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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 611 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué hace con el cuaderno?

-Estaba viendo sus dibujos. -¿Espera que me crea eso?

-¿Por qué tanto desprecio? -Es responsable

de que Blanca rompiera el compromiso. -Pregúntale a tu hermano.

-¡Cállese! -La cuidó mientras estabas de viaje.

-¡Deje mis cosas, deje las cosas de mi padre y lárguese de mi vida!

-No sé, me da la sensación

de que es una de mis fantasías,

que nada es real,

que la boda ni siquiera está planeada,

que todo está en mi cabeza.

-Nuestra boda y lo que siento por ti es real, Adela, muy real.

En dos días, seremos marido y mujer, y nadie va a poder cambiar eso.

-Necesito saber más sobre Olga, necesito encontrarla.

Seguro que ella la perdona,

seguro que no le importa lo que pasó ahora que está con su madre

y con su hermana. -Eso no va a poder ser.

-¿Pero por qué es tan obtusa? ¿Por qué se niega a encontrarla?

-¡Porque Olga está muerta! -"Quería que supiera"

que le deseo lo mejor.

Y que, si a usted no le importa,

pues me gustaría poder asistir a su despedida.

-Me encantaría que nos acompañara esta tarde, María Luisa.

-Si supieras los motivos por los que Blanca rompió el compromiso,

me lo dirías, ¿verdad?

-¿A qué viene eso?

-Estuvisteis juntos ese día.

¿Blanca no te comentó nada, no te dijo nada?

-"Llevaba días notando a don Jaime"

un tanto inestable.

Se quedó sin respiración, le dimos asistencia

y le salvamos la vida.

Pero, por desgracia,

ha quedado inconsciente.

-"Si no te alejas, seré yo quien lo haga".

Me iré bien lejos de todo esto.

De ti.

Hasta que ya no sienta nada.

-"Buenas noches tengan ustedes".

"Doña Úrsula, ha llegado un sobre para usted".

-"Ah, gracias, Servando".

"Buenas noches. Ve subiendo a casa, ahora voy".

¿Sucede algo, madre?

Ha perdido la color. ¿Qué es eso

que le han enviado?

-Algo que creía enterrado para siempre.

-¿Qué esconde? A ver. -¡Aparta!

No es asunto de tu incumbencia. -Tan solo me preocupaba

por usted.

-Preocúpate mejor por tu destino.

Estoy harta de que te inmiscuyas en todas mis cosas.

Por fortuna,

tú solita me has allanado el camino para hacer lo que me plazca.

Y no voy a desaprovechar la ocasión.

Volveré a encerrarte en el sanatorio,

así aprenderás a no meterte donde no te llaman.

Es eso lo que querías, ¿verdad?

¿Eres o no un aparecido?

-¿Eso te parezco?

-Para chasco que sí.

Eso u otra imaginación de las mías antes de la muerte.

Si ayer estabas de viaje,

no puedes estar junto a mí. -Compruébalo tú misma, si quieres.

Ni sueño ni fantasma, soy tan real como tú.

¡Ah!

Que me arrancas un trozo de carne.

-Tú mismo me has pedido que lo comprobara.

-¿Y no puedes comprobarlo de forma más delicada, con un beso o caricia?

-Vale, sí, eres tú de carne y hueso.

¿Y qué haces aquí, Antoñito?

Tendrías que estar en el yacimiento. -No. Mi sitio está contigo.

Yo he venido a quedarme contigo.

Encontré tu carta en mi chaqueta.

Y pienso exactamente lo mismo que tú.

Eres lo mejor que me ha pasado nunca.

Y nada ni nadie podrá separarnos.

-Pero...

Tu padre quería que aprendieras lo que es faenar

y que te ganaras el pan con sudor.

-Y eso haré, empezar desde abajo,

pero no en una mina lejana, sino aquí, en estas calles.

-No te comprendo.

-Lolita, lo nuestro

no va a ser una historia de amor entre un señor y una sirvienta.

Va a ser una historia de amor entre dos criados.

Yo voy a trabajar

como mozo, como recadero, deshollinador, lo que sea,

pero aquí, en estas calles.

A mí no me asustan las dificultades,

mientras sea a tu lado,

siempre y cuando tú me aceptes, claro.

Supongo que esto es un sí.

-Pero bien poquito que va a durar nuestra dicha.

Recuerda que,

esta noche, voy a morir.

-Si finalmente tienes razón y ese es tu destino,

no lo vas a hacer sola.

Yo me voy a quedar aquí, abrazándote. -¡Oh!

¡Uy, uy, uy! Quieto "parao".

Que una ha vivido honrada y no voy a fallecer de otra forma.

-Confía en mí, que no pienso

ponerte un dedo encima.

Solo me voy a quedar aquí, a tu lado, para que no tengas miedo.

Y ya verás cómo mañana amanece para los dos.

-Bueno,

y si no es así, pues moriré dichosa.

¿Cómo está nuestro padre hoy?

-Igual.

Inconsciente.

Como si estuviera más muerto que vivo.

-Conociéndote, no te habrás movido de su lado ni un momento.

Seguro que no has comido nada.

-No podría hacerlo.

No tengo apetito.

-Haz un poder y ve a desayunar.

No nos vayas a enfermar ahora.

-Descuida, estoy bien.

-Si no quieres comer nada, al menos, marcha a casa.

Descansa un poco. Ya me quedo yo

mientras tanto haciéndole compañía.

Samuel,

tenemos que guardar fuerzas.

Aún nos queda un largo camino por delante.

-¿Pero y si abre los ojos y yo no estoy a su lado?

-Me temo que eso no va a ocurrir hoy.

Hermano,

desde que padre sufrió su primera crisis,

camina al borde de la muerte.

Y ahora, su estado se ha agravado aún más.

Quizá resista.

Pero su recuperación no será nada fácil.

-Pero sí posible.

-Sí.

Por supuesto que sí.

Yo también me niego

a perder la esperanza.

Pero...

debemos estar preparados.

Lo más probable es que siga inconsciente

hasta que sus fuerzas le fallen

y su cuerpo no pueda luchar más. -Diego, para, por favor.

Te lo ruego.

Ahora mismo, no me veo preparado para afrontarlo.

Ya he perdido a Blanca.

No me veo capaz de perder también a nuestro padre.

Insisto, marcha a descansar.

-No, Diego.

No podía hacerlo.

Deja que me quede aquí, a su lado.

Y además,

no podría afrontar el encontrarme ahora con Blanca en este estado.

Ay, Susana, gracias por atenderme. Poco más y no tengo el vestido.

-Descuida, Rosina, estoy más que acostumbrada a esto.

En estos días hay arreglos

de última hora.

Y parece que en esta boda no va a ser distinto.

-Susana, ayúdame con un tocado. Me lo he probado

con el vestido y necesito algo diferente,

más alegre, más vistoso. -¿Y por qué no pruebas

con el pájaro que se compró Úrsula?

Seguro que todos te miran. -Pues creo que tu idea llega tarde.

El pájaro se ha escapado. No le seduce la idea

de vivir con una urraca.

¿Seguro que no has sido quien lo ha liberado?

-Yo no me meto con esa mujer ni muerta.

-¿Tú también quieres algo, María Luisa?

-Sí. Ver si me puede quitar

una tabla del vestido que, no sé por qué, pero me aprieta.

-Hija, ¿no sabes por qué?

Es por Víctor, que tanto suizo, le ha subido una talla.

-Tú no escuches, María Luisa,

que el azúcar alegra el alma.

Y, cuando te cases, Víctor agradecerá esos kilitos para calentar el nido.

-Doña Susana, que me va a escandalizar.

-Adela, mejor harías en tomar buena nota,

que esta tarde estarás casada.

-¿Y usted no debería estar preparándose para la boda

y no faenando? -Tengo tiempo de sobra.

Y así, entretenida, calmo los nervios.

Y no voy a dejar a doña Susana.

-Es más buena que el pan.

Simón se lleva un tesoro.

-Y esta tarde, estarás guapísima,

que este vestido es un primor.

-Ay, sí. Es que, Susana, qué gusto, es como...

¡Ay! -¡Rosina!

¡Rosina, lo has roto!

-¡Ay, Dios mío, qué fatalidad!

-La que has liado. -Lo siento,

lo siento. -Es señal de mal agüero.

-¿Qué hacemos ahora?

-Dejar de lamentarnos y ponernos malos a la obra.

-Di que sí, que con las manos que tienes, quedará fetén.

-Eso espero.

Voy a tener que aplicarme mucho

para poder llegar antes de la boda.

-Arrea, ¿vengo en mal momento?

Traigo las botas, señora.

-Ve probándote esto, Rosina.

Adela, ayuda a escoger un tocado para Trini.

Yo me pongo con tu vestido enseguida.

Te lo prometo.

-¿Y yo?

¿Qué pasa con el mío?

-No va a dar tiempo. Lo siento, cariño.

Vas a tener que aguantar el tipo

y aguantar la respiración,

para que no se vea que te viene prieto.

-Casilda,

¿has visto a Lolita? Todavía no ha aparecido por casa.

-Arrea.

A ver si la "desdichá" la va a pichar de verdad.

¡Ay, Dios mío! Con tal de tener razón, es capaz de cualquier cosa.

Voy a ver. Señor...

-Ayúdame, Trini.

-Ay, sí, perdón, perdón, Susana. Vamos.

Me temo que se nos han pegado las sábanas.

Parece ya buena mañana.

Despierta, Maritornes.

Que tu cumpleaños ya ha pasado y hoy comienza nuestra nueva vida.

Lolita.

Despierta.

Lolita.

Lolita.

Dios mío, no puede ser

que la maldición fuera cierta. ¡Lolita!

¡Lolita!

-¡Uy!

¿Qué pasa?

-Que me has asustado, no podía despertarte.

-Pues porque una

es de sueño profundo. ¡Ay!

Aguarda.

¡Es ya de día!

-Sí, amor.

-He vencido a la maldición. Que... Que...

No me he muerto.

¡Ay!

¡Lola!

Lolita...

Vamos a ver,

yo toda asustada,

pensando que ibas a entregar la pelleja,

y tú pelando la pava con tu novio.

¿Qué hace usted aquí, don Antoñito?

-Estoy aquí porque tú me metiste la carta de Lolita.

-Ah.

¿Y tenía que meterse en su cama? Debería darte vergüenza, Lola.

-Uy, pues estoy demasiado feliz para sentirla.

Y enojada contigo por colarle la carta al Antoñito.

Tanto que mira cómo sonrío.

Anda, deja de quejarte y dame un abrazo.

¿Pues no ves que estoy viva?

-Sí, pero no por mucho tiempo, eh.

Si no te ha matado la maldición, te voy a matar yo.

-¡Anda!

¿Entonces no recuerdas quién te dejó el sobre que me entregaste anoche?

-Eso mismo acabo de decirle.

Se me ha debido contagiar la mala cabeza de mi Paciencia.

-Si no quieres seguirla hasta Cuba y sin trabajo, ya puedes recordar.

-Perdone usted, doña Úrsula,

pero no recuerdo si la dejaron entre el correo

o en mi mesa. Lo que sí sé seguro es que no la trajo ningún mozo.

Calle, aguarde, aguarde. Sí, sí, ya recuerdo ahora mismo.

Sí, estaba en el cajetín del principal.

Señora, vengo de comprar. -¡Ah!

-¿Está usted bien?

-Sí.

Ah, Carmen,

¿no habrás notado algo extraño en los últimos días?

-¿Extraño dice?

-Sí, no sé, que alguien me estuviera siguiendo los pasos,

vigilándome.

-No, señora, seguro que no.

-¿Tampoco has visto a nadie merodear alrededor del piso?

-Me está asustando. ¿Acaso sucede algo?

-Es posible que sí.

Hay que estar prevenidas.

Quizá tenga que acelerarlo todo,

aunque eso signifique desprenderme de ciertos obstáculos.

-¿Obstáculos dice?

-Mi hija Blanca.

Me temo que no tardará en volver otra vez al sanatorio.

-¿Y los hijos del señor Alday accederían a tal cosa?

-Diego y Samuel están a punto de enfrentarse para siempre

por esa mujer.

-No creo que ninguno salga en su defensa

cuando todo acabe. -Señora,

¿qué va a hacer? -¿Yo?

Nada.

Bueno, quizá facilitar un poco las cosas.

Lo hará mi hija Blanca.

Ella es experta en labrarse su propio infierno.

(Puerta abriéndose)

Adela,

al fin aparece.

Debería estar arreglándose ya mismo.

Veo que trae consigo su vestido de boda.

-Pero por poco, si supiera lo que pasó...

Pero bueno, todo está solucionado.

-Me alegro de que haya sido así.

Le deseo lo mejor en su matrimonio,

se merece un día feliz y sin sobresaltos.

-Se lo agradezco de corazón.

Presiento que vamos a ser muy dichosos.

-No lo dudo.

Pero no olvide que el matrimonio es como una bella flor,

hay que regarla todos los días,

si no quiere que se marchite. -Sí.

-Ahora es cuando debe ser constante y llenarlo de paz.

Es cuando empieza el verdadero esfuerzo.

Daría media vida por tener la oportunidad

que le ha sido brindada.

Ojalá pudiera empezar de cero mi matrimonio con Felipe.

-Pero aún no es tarde para ustedes.

Se pueden casar de nuevo, si quieren, porque él se pondrá bien.

-Sí, no dudo que será así.

Pero, aunque así lo hiciéramos,

el tiempo perdido no se puede recuperar.

-No, ustedes se aman de verdad.

No hay más que ver cómo se tratan, cómo se miran,

todo lo que ha hecho él

por estar cerca de usted.

-Sí, pero, a veces, el amor no basta.

A veces,

la vida te lo pone difícil,

sin más. -No diga eso.

Ustedes tienen la felicidad al alcance de su mano.

-No se preocupe por mí,

estaré bien.

Además, no es de mi persona de quien deberíamos hablar,

hoy es usted la protagonista.

Va a unir su vida

a la vida del hombre al que ama. -Sí.

¿Quiere verlo? -Claro.

Padre, ¿ha visto a Lolita?

-No, hija. ¿Puedo ayudarte yo en su lugar?

-Claro.

Si me ayuda a buscar mi vestido para la boda,

a vestirme y a peinarme...

-¿Cuándo aprenderé a no abrir la boca?

Trini, llegas justo a tiempo.

-¿Qué sucede?

-Lolita ha tenido la desfachatez de desaparecer

cuando más se la necesita.

-Vamos a ver, Luisi, Lolita es una invitada más de la boda.

Yo le di permiso para arreglarse tranquilamente.

-Ah, muy bien. ¿Y quién me ayudará a vestirme ahora?

-Bueno, pues, hija, tú me aprietas el corsé a mí y yo a ti.

Para peinarnos, lo mismo.

Además, que Lolita necesita

alegría después de lo que ha pasado. -No sé de lo que habla

ni me interesa, pero mientras le da el día libre,

no encuentro mis zapatos.

-¿Has probado a mirar en el armario?

-Vaya drama para arreglarse.

No puedes llegar ni a imaginar lo que me complace

no haber nacido mujer.

-No te creas, que me alegro también. No creo que las faldas

te quedaran my bien.

Sin embargo, lo que te sienta muy bien es tu sonrisa,

y hace tiempo que no la sacas a pasear.

-No encontraba demasiados motivos para ello.

Antoñito se había encargado de quitármelos todos.

-No te creas, que no estaba convencida con tu idea de la mina,

pero, al ver que te reconforta haberle encaminado,

me parece bien.

-Pues a mí no del todo.

Debo confesarte que le debo haber encontrado gusto a los disgustos,

porque, la verdad, le echo de menos. -Yo te entiendo.

A mí me pasa exactamente igual. Le da alegría a esta casa.

-Lo sé, pero es por su bien.

Trabajando duro aprenderá a ser un hombre de verdad,

a labrarse su propio porvenir.

Al fin está en el lugar que le corresponde.

¿Qué?

¿Cómo estoy?

-Que cierren las puertas del cielo,

que se están cayendo los ángeles.

-Uy, qué zalamero eres, truhán.

-Que no, mujer, es verdad, estás preciosa.

De hecho, hasta tengo celos

de saber que todo el mundo se te va a quedar mirando.

-Pues fácil solución tiene.

Agárrate del brazo y vente conmigo.

Así nos mirarán a los dos.

-No, no, nada me haría más feliz.

Pero si mi padre me ve aparecer y descubre

que no me he marchado, se celebrará un sepelio.

-Uy, no seas exagerado. -Mujer, que es verdad.

Mi padre es capaz de estrangularme, y luego a ti,

por encubrirme.

Tú crees que Casilda será capaz de guardar el secreto, ¿no?

-Pierde cuidado, que pongo la mano en el fuego. No dirá ni "mu".

Pero hay una cosa que no comprendo.

-¿El qué?

-¿No pensarás quedarte encerrado de por vida?

-¿Y estar todo el día aquí contigo sin más ocupación que amarte?

-¡Uy!

Pues nada me haría más feliz,

pero no, algún día tendré que salir a la calle.

-¿Y entonces por qué no ahora?

Por mucho que temas a tu padre, tendrás que dar la cara.

-Hoy no, que es día de celebración.

Que disfrute de la boda.

No quiero arruinar el festejo ni a mi familia, ni a ti, ni a nadie.

-Bueno, por mí no te preocupes, que consideraba no ir.

Que es que pues me sabe mal dejare aquí solo.

-No, Lolita, de eso nada, te vas,

que Simón te estima y debes estar con él.

Seguro que te lo pasas de muerte. -No miente a la bicha.

Espero que de muerte no. -Pues nada de bichas.

-Eso. -Yo mañana hablo con mi padre.

Ya verás como pronto todo se soluciona.

Quita esas manos, que ya me había peinado, hombre.

¡Uy!

Listo.

Ahora sí que estás fetén, muchacha.

-Una flor para otra flor.

-Bueno, ¿qué? Viéndome tan emperifollada,

¿a que te no te arrepientes de pedirme en matrimonio?

-Si pudiera, lo haría todos los días de mi vida.

-Hay que ver qué marido tan saleroso. -¡Hey, hey, hey!

Que corra el aire, mastuerzos.

Menos arrumacos, que estamos en lugar sagrado.

-No sea tan sieso,

que estamos de celebración. Y además, quererse no es pecado.

-Si ya lo sé, Fabiana,

pero es que viéndolos así,

me acuerdo de mi Paciencia y siento morriña.

Con la cantidad de arrumacos que le hacía yo

a todas horas... -Anda que no la extraña.

-Sí.

Pues mucho, y más en estos momentos tan señalados,

que me acuerdo de nuestros votos.

Que lo que Dios ha unido

no lo separe el hombre,

y menos una cuñada. -Bueno, y a todo esto,

¿cómo está Gliceria? -Según las noticias

de mi Paciencia, como siempre, delicada.

Con un pie aquí y otro allá

y sin decidirse en qué sitio quedarse.

-Con lo buena que es la señora Paciencia,

no se marcha hasta verla recuperada del todo.

Y estando el chiquillo,

el sobrino. -En eso tienes razón,

pero creo que me merezco yo más el nombre que ella,

que paciencia estoy teniendo yo más que el santo Job con todo esto.

-Temple, Servando. Aunque le echa de menos

tanto como usted a ella,

en la lejana Cuba seguro que es dichosa sintiéndose útil.

-Eso. Y eso mismico debería hacer usted, que nos tiene a nosotros

para cuidarnos. -Hoy es día de festejos

y no de andarse con nostalgias, hombre.

-Ya está aquí la que faltaba,

vivita y coleando.

-Y con el guapo subido.

-Veo que no has entregado la pelleja. Estarás contenta.

-Demasiado, al parecer.

-Lamento una barbaridad haberos preocupado con lo de la maldición.

-Ya ves que no había nada que temer. -Sí.

Si he sobrevivido a esta noche, estoy a salvo.

-Tú no cantes victoria,

que lo que está claro es que a todo nos espera la muerte.

Así es que cuídate, que la parca no sabe de edades

y le da igual jóvenes que viejos.

-Es usted único animando. -Pero en eso tiene razón,

que una ya lo ha vivido en sus carnes.

-Fabiana, no se me ponga mohína. -Eso.

Hable de otra cosa, del enamorado que bebe los vientos por Vd.

-¿Qué enamorado y qué ocho cuartos? No digas "tontás", niña.

-Aquí está el protagonista del día.

-Y más bonito que un San Luis. -No hay novio más pintón en Acacias.

-Os agradezco los cumplidos, aunque no me los merezca.

¿Para qué me hacéis venir

con tanta premura?

-Porque hemos comprado una cosica que queremos darte.

-Y también para coger buen sitio.

-Tú no hagas caso a Servando. Para empezar,

yo traía una flor para ponértela en el ojal.

Pero ya veo que llevas una.

-Eso se arregla en un santiamén.

Por nada del mundo

iba a despreciar un presente suyo.

Cuando llegaste, pensé que eras un estirado.

Qué equivocada estaba.

-Bueno, y la flor no es lo único que te espera.

-No tendrías que haberos molestado. -Eso mismo había pensado yo.

No hay mayor regalo que nuestra presencia.

Pero se han empeñado

en hacer un dispendio.

Disculpe que le interrumpa. -¿Qué haces aquí, Carmen?

¿Le ha sucedido algo a mi padre?

Hable ya. -No, no se alarme.

Son otras cuitas las que me traen.

Ha sido la señorita Blanca la que me pidió que viniera.

Quiere verle sin tardanza. -¿Por qué motivo?

Tengo la boda de Simón Gayarre, no puedo faltar.

-Usted decide, señor,

pero hay algo de enjundia que desea comunicarle.

-¿El qué?

-Yo solo soy una sirvienta, eso no me lo ha confiado.

Tan solo me pidió que viniera a darle aviso

y que le manifestara lo importante que sería que acudiera.

-Está bien, ya has cumplido con tu cometido, puedes marcharte.

¿Deseas algo más?

Una manta. -Sí. Y es de lana, cosa fina.

-Para que no solo vuestro amor os caliente las noches frías.

-Os lo agradezco mucho, pero es demasiado gasto.

-Sí, esto también

lo he pensado yo, pero... -No le hagas caso a Servando.

Lo hemos puesto entre todos.

Con lo del flamenco, no ha sido tanto.

-Lo que importa es que seas dichoso

en tu matrimonio. Que, por cierto, ¿sabes si tu esposa

tiene hermana y si esta está con buena salud?

-Simón,

te deseo que seas muy feliz en tu nueva vida.

Sabe Dios que lo mereces.

-Agradecido, Lolita, pero no era necesario

que lo repitieras, me lo dijiste ayer.

-Ayer era ayer y hoy es hoy.

-En eso tienes toda la razón.

Lo que una quiere decir es que haber pasado

esta noche y seguir viva, ha cambiado todo. Todo no,

que te sigo queriendo y te deseo que seas muy feliz.

-Bueno, Lola...

Ya sabes que se explica como un libro cerrado.

No preguntes, Simón.

-Pues sí que es suave, sí.

Con esta manta vais a dormir mejor que un marajá.

-Disculpa, Casilda, ¿tienes un momento?

Doña Susana me dijo

que hablaste con Adela.

-Sí, y no te engañó.

La vi en la puerta de la sastrería y, a decir verdad,

la conversación me dejó algo revuelta.

-Quizá te resultó extraño lo que dijo, pero no te preocupes.

-No, no, si quien debería preocuparse eres tú.

Me dijo que tenía un misterioso pretendiente.

-Ya.

Bueno, no le hagas caso.

Tan solo estaba bromeando.

-Pues menudas chanzas se gasta la susodicha.

-O quería ver cómo reaccionabas. Anda nerviosa con la boda.

-Ah. Yo no te quería decir nada

hasta que pasara lo que hoy tiene que pasar.

Así que nada, me has quitado un peso muy grande de encima, Simón.

-Simón, toma, ponla a buen recaudo, que no se te pierda.

-Ahora mismo lo llevo a la sastrería.

Muchísimas gracias por todo, no podría tener mejor regalo.

¿Le alivia el paño, padre?

Ya verá como pronto se encuentra mejor.

Úrsula, no la había escuchado entrar.

-Discúlpame.

Solo estaba observando la delicadeza con la que atiendes a tu padre.

Es un placer ser testigo de tanto amor en un hijo.

-El que merece.

Los padres recogen la estima

que han sembrado, ni más ni menos.

Usted debería saberlo.

Samuel,

¿puedo hablarte con franqueza?

Sé que no confías en mí, pero... -Antes en un lobo hambriento.

-No hemos empezado con buen pie nuestra relación,

pero te aseguro que el tiempo mostrará que no hay motivo alguno

para tanta animadversión.

-Tendré que aguardar entonces para cambiar de opinión.

-Es normal que estés molesto conmigo.

Te ruego aceptes mis disculpas por mi indiscreción

con el cuaderno de tu padre.

Así mismo, yo también olvidaré

el arrebato de violencia que tuviste para conmigo.

Es comprensible que estés sumamente afectado por el estado de tu padre

y por la ruptura con Blanca.

-De eso Vd. y yo no tenemos nada de qué hablar.

-Te equivocas.

Precisamente para hablar de mi hija es por lo que vengo en tu búsqueda.

Ella se está comportando como una niña indecisa,

pero es solo por una razón.

-¿Cuál?

-Todo lo que le ha acontecido en su dura vida

le ha hecho temer la felicidad,

incluso cree que no es posible para ella,

por eso tiene miedo al compromiso.

Pero la conozco bien, sé que te adora.

-Curiosa manera ha tenido de demostrarlo.

-Ten paciencia con ella.

Sé que, al final, entrará en razón.

Te cueste o no creerlo,

me encantará ser testigo de vuestra boda.

-Tiene razón, me cuesta creerlo.

-Duda de mí, si quieres, pero no dudes del amor de mi hija.

Cometerías un grave error. No debes rendirte.

Me quedaré esta tarde al cuidado de tu padre.

Aprovecha para ir a casa,

habla con Blanca, aclara lo sucedido.

-¿Serviría de algo?

-Quizá para lograr vuestra felicidad.

¿Te parece poco?

No le des la espalda, Samuel.

Para vencer sus temores,

Blanca necesita ver que luchas por ella, que es importante para ti.

Corre tras ella.

¿No se está retrasando ya el novio?

-Bueno, querido, ten paciencia. No hay prisa ninguna.

Todavía les queda por delante una vida llena de dicha.

-Espero que no se equivoque.

Este pollo no aparece. -Lo mismo

se ha ido a tomar anís y se ha quedado durmiendo la mona.

-No digas eso ni en broma.

-¡Chist!

Callad, que los oigo venir.

Todos nos miran. Siempre llegamos tarde.

-A mí no me digas nada, eras tú la que no terminaba de arreglarse.

-Ya te puedes ir acostumbrando. Llegará tarde hasta a su funeral.

(SIMÓN RECUERDA) "Soy tan feliz de haber podido recorrer a tu lado

el camino hasta el altar...".

Cuando pisé estas calles por primera vez, no imaginaba

lo generosas que iban a ser conmigo.

Encontré a mis dos mujeres.

-Simón, ¿estás bien?

-Sí.

-Comencemos a andar hacia el altar.

Tienes que dar los que serán los pasos más importantes de tu vida.

-Que hoy salga todo bien. Dios así lo quiera.

Diego.

¿Qué haces aquí?

-Lo he dudado mucho,

pero es cierto, tenemos que hablar.

-No.

No, lo he meditado mucho y es mejor seguir así,

evitándonos en lo posible.

Hacer como si el uno no existiera para el otro.

-Creí que querías verme.

Yo, sin embargo, no he cambiado de opinión:

sí, quiero verte,

hablar contigo.

-Nos hemos dicho lo que había que decir.

-Todo no.

Sé que debo pensar en el bienestar de mi hermano,

pero no me puedo olvidar del tuyo.

-Yo estoy bien.

-¿Por cuánto tiempo?

Al romper tu compromiso con Samuel, quedas a merced de tu madre.

-Ya lo sé y no me importa. -Pero a mí sí.

Puede encerrarte en ese sanatorio, si esa es su voluntad.

-Que haga conmigo lo que desee, Diego.

De todos modos, quizá sería lo mejor.

Que desapareciese de vuestras vidas.

-No, Blanca, no.

Yo te amo.

¿Acaso no te das cuenta?

-No digas eso.

Vete, por favor.

-No me marcharé hasta que digas que sientes lo mismo.

Blanca,

me has escuchado bien.

Te amo.

Te amo como nunca imaginé que se podía amar.

¿Estás lista?

-Sí. He estado soñando con este momento toda mi vida.

-Es la novia más bella que haya visto nunca.

-¿Vamos?

No llores, mujer.

Estás viva. Y un día, llegará tu turno para recorrer ese pasillo,

ya lo verás.

-Me da a mí que ese día

no está tan lejano.

Le queda mejor este traje

que el hábito de monja.

-Te entrego a tu futura esposa.

Ahora es tu responsabilidad cuidarla y amarla como se merece.

-Así lo haré, no lo dudes.

Estás preciosa.

Diego, ¿no te das cuenta de que esto es una locura?

-Lo sé.

Pero también soy consciente

de que no podemos seguir negándonos lo que sentimos.

Blanca,

sé que tú también me amas.

Ni siquiera puedes mirarme a los ojos mientras niegas nuestro amor.

-Diego, no sigas, por favor.

-No pienso quedarme de brazos cruzados.

Y menos aún al ver que no te importa tirar tu vida por la borda.

Que vas a permitir que tu madre te vuelva a encerrar.

-¡No me queda otra salida!

-Te queda una:

ser dichosa,

pasar el resto de tu vida

a mi lado.

-No puedo hacerle eso a Samuel.

-Samuel...

Terminará por aceptarlo.

Blanca, no me arrebates

la posibilidad de salvarte

y salvarme a mí así contigo.

-No podemos hacerlo.

Me prometiste que no le harías daño a Samuel,

que no le causarías dolor.

¿Qué te crees que obtendrías si no reprimimos lo que sentimos?

Solo sufrimiento y padecer.

Vete.

¡Vete! ¿No me oyes? ¡Déjame sola!

Diego.

Blanca.

Señora...

¿Tienes nuevas, Carmen?

-Sí, señora. Diego y Blanca están juntos en la casa.

-¿Y Samuel?

-Acabo de verle entrar.

-En ese caso, ¿por qué traes ese aire tan lúgubre?

Todo está saliendo como planeé.

Ya veo que voy a tener que celebrar mi triunfo yo sola.

Esperaremos un rato antes de subir.

No vaya a ser que lleguemos

antes de que el plato esté en su perfecto punto de cocción.

Gracias.

-¿Sucede algo, señora?

Esa moneda no parece en curso.

-1871.

Así que, mi hermano no es más que un maldito traidor.

-Samuel,

escúchame, por favor. -No a mujerzuelas de tu calaña.

No lo voy a hacer.

-No le hables así. -No eres quién.

Los dos os habéis reído de mí.

-Samuel, no es verdad. -¡No trates de negarlo!

¡Tienes que tener algo más de vergüenza!

-¡Que no la insultes!

-No la insulto, la defino. Se comporta como tal.

-No sabes lo que dices, te tiene aprecio. Merece tu respeto.

-¿Que me aprecia dices?

¿Y así lo demuestra? Mi adorada prometida,

la mujer por la que me he desvivido, ha estado engañándome.

-No, Samuel, eso no es verdad.

-Cállate, cállate. Quítate esa cara de virtud.

He descubierto quién eres realmente. -Es la última vez te que lo advierto.

-¡Dame el anillo!

¡Es demasiado pago para tus servicios!

-Déjame que te lo explique. -¡Dame el anillo! ¡Dámelo!

Te lo he advertido, no la trates con semejante desdén.

-¿Quién me lo impedirá? ¿Tú?

-¡Diego!

¡Vamos, defiéndete!

-Vámonos, Blanca, mejor dejarle solo. -Da la cara de una vez. ¡Pelea!

-No me provoques. Te lo digo por tu bien.

-¿Por mi bien? -¡Deteneos, por favor!

-No eres más que un infame ladrón que me ha robado a todas las mujeres.

Ahora, a mi prometida.

Y primero, a mi madre.

Simón, antes de ponerte el anillo, quiero decirte algo.

Hoy comienza mi vida.

Tú me has dado la felicidad que nunca imaginé que tendría.

Voy a pagártelo amándote

y siéndote fiel hasta el último día de mi vida.

-Y eso haré yo también.

¿No vas a hacer nada, maldito cobarde?

-No levantaré mi mano, hermano.

-¡No me tratas como tal! -Déjalo.

-¡Cállate, zorra! -¡No la insultes!

-¡No! ¡No, parad, por favor! -¡Vamos, defiéndete!

¡Samuel!

Simón.

No conozco a los novios,

pero sé que él es un mayordomo y ella, una monja.

Vaya pareja.

-Hace un tiempo, él estuvo a punto de casarse con la hija

del coronel Valverde. -Sí, eso lo sé.

No la amaría tanto si en cuatro días

está casándose con otra.

Voy a saludar.

-Hija, ¿tú te lo puedes creer?

-Buenas tardes.

Esperaba encontrarles

echando arroz a los novios.

-Qué va. ¡Qué escándalo! -¡Auxilio!

Necesitamos ayuda. Samuel está malherido.

Vengan rápido.

-¿Qué pasa? -Necesita un médico. Está con Diego.

-Carmen, busca una ambulancia. -Vamos, tal vez podamos ayudar.

-¡Dios mío!

¿Dónde vas?

Cuéntame lo que ha ocurrido.

-"Ahí vienen".

Aquí.

Vamos, rápido -Vamos.

-Aquí está.

Llévenselo.

Cuidado, llega un golpe.

Está sangrando. -¿Vale?

-Con cuidado.

Espere.

Ahí.

-"Sería mala suerte"

que no esté aquí justo cuando su hija regresa a casa.

-O buena, Ramón, vete tú a saber.

-Los hijos no hacen otra cosa más que darnos disgustos.

Ojalá que Antoñito vuelva de la mina hecho un hombre

de provecho.

-Ramón, querido,

necesito que no te alteres

y que te gires con tranquilidad,

que te puede dar un síncope.

-"¿Le ocurre algo, padre? Le noto tristón".

Tu hermano,

que ha dejado el trabajo

en la mina y ha vuelto a Acacias.

Dice que quiere casarse con Lolita.

-¿Y aún le sorprenden las ocurrencias de mi hermano?

Que yo ya estoy curada de espanto.

-¿Tú sabías algo de esto?

-"Y ahora, ¿qué?".

Yo, después de contarle a mi padre nuestra relación,

no pienso subir a casa. -¿Qué? ¿Que se lo has contado?

Pero... ¡Ay, madre mía!

Has perdido el poco juicio.

-Que lo sepa todo el mundo.

¿Qué pasa? -Poco a poco, que se llega más lejos.

¿Con qué cara le miro a tu padre? -Con la de siempre,

la que tienes, que es bien bonita. Está enfadado contigo, no conmigo.

Lo importante es encontrar un sitio

para dormir hoy. -"¿Qué harás?".

-No lo sé.

Es muy injusto, madre.

-Adela es tu esposa.

-¿Cree que no lo sé?

¿Cree que no es algo que lleva horas clavado en mi corazón?

-Ten cuidado.

No le hagas daño a tu esposa, es lo único que te digo.

-"Hoy mismo"

te pones a buscar trabajo. Me vas a devolver todo.

Dos días te doy para encontrarlo.

-Sí, señor. -Dos días o te vuelves a la mina.

Y lo de Lolita ya lo puedes ir olvidando.

-No, padre, por ahí sí que no.

Amo a Lolita y no me importa que sea una criada.

-Pero a mí sí me importa.

-Queremos saber cómo ha pasado la noche Elvira.

-Elvira está bien.

El médico le recetó un calmante y ha pasado buena noche.

Y María Luisa no se ha separado de ella ni un momento.

-Entonces pronto nos dirá dónde estuvo estos meses.

-Poco a poco,

iremos conociendo todos los detalles.

Está claro que no falleció en el buque, como aseguró el testigo.

-No, está claro que Nemesio mintió.

-Blanca, ¿quieres que recemos un rosario por Samuel?

-No, madre.

Lo único que quiero es que el doctor venga a decirnos algo.

-Pobre Samuel.

No tiene ni quien le rece un rosario.

Toda una vida de sufrimientos

para acabar desnucado.

-Está vivo.

¡Maldita sea!

¡Vivo!

¡No hable como si hubiese muerto!

-Doctor,

¿cómo está Samuel?

  • Capítulo 611

Acacias 38 - Capítulo 611

28 sep 2017

Blanca se da cuenta de los nervios de Úrsula e indaga, pero Úrsula se niega a mostrarle la moneda. Las mujeres terminan de preparar sus atuendos para la boda de Simón y Adela. Los criados entregan a Simón un regalo de boda. Lolita y Antoñito despiertan vivos en el altillo: la maldición se ha roto. Antoñito decide quedarse oculto hasta que pase la boda de Simón; luego hablará con su padre. Úrsula recibe otra misteriosa moneda. Simón llega a la iglesia recordando su frustrada boda con Elvira. Simón y Adela celebran su boda cuando una mujer llega a la calle Acacias. Úrsula propicia un encuentro en casa entre su hija y los hermanos Alday. Diego y Blanca se confiesan su amor cuando Samuel llega y les sorprende besándose. Samuel y Diego se pelean y el primero cae al suelo quedando inconsciente.

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