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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 605 - ver ahora
Transcripción completa

Mi paciencia se agota. ¿Se va a marchar?

-Está bien, haré lo que me pides.

Te prometo que me marcharé de esta ciudad para siempre.

-Le aconsejo

que no falte a su palabra.

Si no, la próxima vez esta jeringuilla

estará clavada en su corazón. -No.

Bien que te has lucido, eh.

Por un lado, por creerte las promesas que te ha hecho mi hermano

y por otro, por fresca, que te has lanzado a tus brazos.

-No le hables así.

-No tienes derecho a decirme lo que debo hacer.

Eres una vergüenza.

-"Has hecho que Castora se marche".

¿Es así como piensas ganarte mi confianza?

¿Así pretendes que te cuente la verdad?

-Puede que haya otras cosas que me importen más,

que tenga otros medios para que confiese.

-No subestimes mis fuerzas.

¿Quién nos iba a decir que ocurriría eso?

-Toda una sorpresa.

-Muerta me quedé al oírlo, igual que cada vez que lo escucho.

¿No te pasa que cada vez que lo dices en alto no te puedes creer que...?

-¿Que Don Arturo esté en Estambul?

-¿Qué está en Estambul? -"Sigo amando a Felipe".

Y por eso hace un tiempo que volvimos

el uno con el otro.

-¡Uy!

-Y me duele que este retrato afecte a mi relación.

Pero espero que su amor le haga ver la verdad.

¿Por qué te importa lo que hago?

Luego soy yo la cobarde.

Atrévete.

Di lo que sientes.

¿Dónde has estado? Hace rato que no te veo.

-Salí a tomar el aire.

Estas recepciones me abruman.

-¿Quieres una copa de champán?

-"¿Y si todo es una farsa?".

-Dejas volar tu imaginación

en exceso. -Debemos contárselo Simón.

-¿Pero cómo puedes ser tan cansina? ¡Deja este asunto, porque si no...!

-Si no, ¿qué? -Me creeré que te importa más Simón

que este noviazgo. -"Debí caer antes".

-Esta servidora

sabe muy bien cómo mira una mujer a un hombre cuando le desea,

y es así como su hija miró a Diego.

-Pues habrá que avivar esas llamas.

(RECUERDA) "¿Por qué te importa tanto todo lo que hago?".

Luego soy yo la cobarde.

Atrévete.

Di lo que sientes.

-"Diego".

¿Por qué te has marchado así? -¿Así cómo?

-Tan repentinamente y sin despedirte.

-No estaba cómodo en ese lugar.

-¿Ha ocurrido algo con Úrsula?

-No.

-Entonces con Blanca.

¿Habéis vuelto a discutir?

Sé que chocamos con frecuencia, pero somos hermanos.

Cada uno tenemos nuestro carácter. -Samuel, olvídalo.

Me he ido porque no me gustan este tipo de fiestas.

Demasiada gente para mí.

-¿De verdad que solo es eso?

-No encajo en ese ambiente

y no soporto a esa mujer, Úrsula.

Es algo de tripas.

-Entiendo.

-Creo que tienes razón cuando me dices a menudo

que pierdo las formas con facilidad,

que me pierde mi mal carácter. -¿Pero a qué viene eso?

Cada uno es como es. -Me voy unos días de la ciudad.

-¿Cómo que te vas? ¿Adónde?

-Quizá a las minas de Huelva.

Quiero encontrar una piedra preciosa, de valor.

-¿Por cuánto tiempo?

-No mucho.

Necesito...

despejarme por unos días, alejarme de todo esto.

-Si es solo por eso, me parece bien,

pero no me gustaría que la cosa se alargara.

Pese a tu mal carácter y tu temperamento,

te quiero.

Eres mi hermano

y no soportaría vivir lejos de ti.

Te necesito

y padre también.

-Todo irá bien en mi ausencia, ya lo verás.

Solo serán unos días.

Deberías regresar a casa de doña Celia,

comienza a hacer mal tiempo. -Sí.

Cuando termine esto. Doña Susana me ha pedido el favor

de que ordene estas telas, y no quiero dejarlo a medias.

Cuando acabe, ¿me acompañas?

-No puedo, no puedo.

Debo esperar a doña Susana.

-No importa, doña Celia vive a dos pasos.

Solo que...

-¿Solo qué?

-Es que disfruto tanto de tu compañía,

que me gusta que estés conmigo.

No sé, me agrada que me acompañes a casa

y que vengas a verme.

-Bueno, y a mí me agrada hacerlo.

-Perdóname, Simón.

-¿Yo a ti, por qué?

¿Por qué dices eso?

-Por dar la cara por mí delante de Lolita,

por cubrirme cuando dije esas mentiras,

fruto de mi fantasía y de mi imaginación.

-La verdad es que deberías controlar

esos impulsos, Adela. -No me regañes, por favor.

-No, sabes que no es eso.

Me preocupo por ti. Temo que la gente no lo vaya a entender.

-Es que no lo puedo controlar.

Esas historias aparecen

en mi cabeza, de repente,

se apelotonan y salen por mi boca sin que me dé cuenta.

-Pues deberías hacer un poder si no quieres problemas.

Lolita no se dio ni cuenta, pero podría ser otra persona,

alguien con un corazón menos bondadoso.

Si la gente se entera de que inventas esas historias...

-Lo sé, lo sé.

-Muchos no lo van a entender. -Sí, lo sé, Simón.

Mira, te prometo que haré el esfuerzo por controlar mis historias.

-Solo te pido eso.

-Además, ya no necesito esas fantasías para vivir,

ahora tengo la mejor de las realidades,

la más bonita, la más maravillosa, te tengo a ti.

(Puerta)

¿Doña Susana? -No, no.

Doña Susana tiene llaves.

Madre, ¿qué hace usted aquí?

La recepción en casa de doña Úrsula ha sido de lo más entretenida.

Bueno, a Celia no le ha faltado arrojo

y ha declarado su amor por Felipe ante todos.

Espero que mañana la cosa vaya mejor,

porque Celia no se merece ningún disgusto más.

Ya veo que hablar contigo es lo mismo que hacerlo con una pared.

-¿Pero por qué tarda tanto padre?

-Antoñito, por favor, no te pongas nervioso.

La cosa está yendo bien, seguro.

-Y si ha habido algún problema con las funerarias, ¿qué?

-Que no, que tu padre es un hombre peritísimo en tales menesteres.

Está acostumbrado a lidiar con hombres de negocios.

Ya verás como sabrá manejar la situación.

-¿Qué, padre? ¿Cómo ha ido?

-Ramón, dinos,

¿habéis llegado a algún acuerdo?

-No.

-¿No? -No, hijo, no.

Solo hemos discutido.

-Las condiciones del acuerdo.

-La cantidad que se debería abonar para que abandonaran la demanda.

Y no hemos llegado a un acuerdo

porque los afectados se han reunido

y ahora piden revisar al alza la cantidad pactada.

-Vale. ¿Pero hablamos de mucho dinero?

-Hablamos de un dinero suficiente

como para arruinar a las familias más pudientes

de este país.

-Bueno, a ver, Ramón,

tenemos una situación holgada, seguro que podemos hacerle frente.

¿No?

De no ser así,

el niño iría a la cárcel.

-Pienso que no sería una mala idea.

-Ramón, Ra...

Antoñito, tú no te preocupes,

que tu padre no piensa así. Dice eso

porque está enfadado, pero se le pasará.

Tranquilo.

Menuda ventolera me ha sorprendido en el camino.

-Le agradezco que, pese al mal tiempo, haya venido. Pase.

-Simón, ¿tú sabías que iba a venir?

¿Por qué no me habías dicho nada?

-Porque no queríamos preocuparte.

-¿Y por qué iba a preocuparme?

¿Y bien?

Madre, ¿me va a contar qué ocurre?

-¿Estás segura del paso que vas a dar, hija mía?

Madre, no hay nada que tenga más seguro en el mundo

que le amo por encima de todas las cosas habidas y por haber,

nada más claro

que jamás he amado ni me he sentido más amada que estando con él.

Si no es el hombre con el que pasar mi vida, es que ese hombre no existe.

-Bueno, entonces solo me queda una pregunta:

¿me invitas a la boda?

Te deseo de corazón la mejor de las suertes, muchacha.

Espero que se cumplan todos tus deseos

y que tus sueños se hagan realidad al lado del hombre al que amas.

-Muchas gracias, madre.

-Siento interrumpir,

pero pedí a sor Genoveva que viniera para hablar

a solas con ella.

-¿Hablar a solas?

-Nada, sobre ti, sobre mí.

Quiero convencerla de que voy a ser un buen esposo para ti.

(Puerta cerrándose)

Le ruego disculpe mi preocupación.

Estoy al cargo de Adela desde niña y la quiero como a una hija.

-Y eso me agrada sobremanera.

Adela tiene poca gente con la que contar.

-Ella es frágil, es como el cristal. Basta cualquier golpe pequeño

para que se rompa en mil pedazos. Esto debe tenerlo muy claro.

-Créame que lo sé.

Y sepa usted que mi amor es sincero.

Mi única intención es cuidarla y protegerla.

-¿Hasta cuándo?

-¿Disculpe?

-Yo soy una mujer mayor, Simón,

el Señor me llevará antes que a Adela,

téngalo por seguro.

-¿Y qué trata de decirme?

-Adela necesitará que usted esté a su lado siempre,

no ahora ni al mes que viene.

Debe ser para toda la vida.

Su promesa debe durar

hasta el día en que uno fallezca.

-No conozco otro tipo de compromiso.

-Me alegra oírle decir eso.

Porque abandonarla,

echarse atrás, dudar, sería como clavarle un puñal.

Acabaría con su vida.

-Quizá usted no sepa

nada sobre mi vida, de mi pasado, pero quiero que sepa algo:

perdí a la mujer con la que me iba a casar justo el día de mi boda.

Eso me partió el corazón en dos.

No conozco

un dolor tan intenso como el que sentí.

Pensé que jamás sería feliz,

pero entonces, apareció Adela

y se convirtió en algo por lo que luchar,

en un motivo para salir adelante.

Nunca la voy a abandonar,

no la dejaré en la estacada. Ella me salvó

y ahora, yo quiero salvarla a ella.

Tiene mi palabra.

-Espero de corazón que todo lo que dice sea cierto.

-Créame,

nunca le haré daño a Adela, jamás.

Y créame,

cuidaré de ella tan bien como lo ha hecho usted.

¿Cómo puede abandonar a la primera de cambio?

-No lo hace a la primera de cambio.

Los señores dicen que no quieren ruido en el altillo.

-¿Y ahora tenemos miedo a los señores?

-Desde que el mundo es mundo. ¿A qué se refiere?

-Me refiero a que cuando vivía doña Cayetana,

ella mandaba y nosotros obedecíamos,

porque daba más miedo que Belcebú,

pero ahora los señores son razonables.

-¿Podría no mentar a mi hija?

-Sí, perdone, Fabiana. Si es que soy un tarugo.

Bueno, pero en que lo señores

son más manejables me dará usted la razón.

-Pero los señores han dicho que no quieren que hagamos ruido.

Se obedece y punto redondo. -Además,

no sé qué decirle. Úrsula es peor que doña Cayetana,

pero mucho peor.

Y nos la tiene jurada a los del altillo.

-Naranjas de la China.

Además, no sé qué opináis, que ni siquiera vivís aquí. Venga,

a vuestra casita de guardeses

y dejad aquí que discutan los artistas.

-¿Con lo de "los artistas" se refiere a usted?

-¡No, me refería a ti!

-Basta ya de consejas y de matracas.

¿Qué más da si nos lo han prohibido o no?

Yo no pienso volver ni a cantar ni a bailar más

porque no tengo el arte

metido en el cuerpo. -Señora Fabiana, no diga usted eso.

Pero si usted tiene un talento...

-Quizá cuando fui moza, sí.

Pero ahora, ¿ahora a quién le va a interesar lo que hacemos aquí

el Servando y una servidora?

-Pero si hay un montón de turistas enamorados del cante jondo.

Usted, con su gracia,

José, a las cuerdas,

y yo, como empresario y organizador.

-Pamplinas. -Ni pamplinas ni niños muertos.

Si estuviéramos en las cuevas de Sacromonte,

nos podrían apedrear, pero aquí,

aquí los turistas se rechiflan por todo esto.

-En caso de que eso fuera cierto, Casilda tiene

más razón que un santo. Los señores no nos dejan canturrear

y punto redondo.

-Pues iremos donde están los turistas.

-¿Adónde? ¿Al extranjero?

-Que no, loca.

A la calle.

Montaremos un pequeño tablao en la pérgola.

Pasa todo el mundo y no nos pueden decir nada.

-Como poder, les pueden decir lo que quieran.

-Pues nosotros tres cuartos de lo mismo.

La calle es de todos, de señores y de criados, ¿no? Pues ya está.

Mi amor.

Ay, mi vida.

Cariño,

cuánto has sufrido...

¡Ay!

-Celia...

-No, no, no ,no, no hables.

Ya me ha dicho el médico que no puedes hablar.

Tus heridas todavía se tienen que sanar.

Pero me ha dicho que vas por buen camino

y que pronto podrán quitarte las vendas.

Ay, mi vida,

cómo te he extrañado.

En tu ausencia, han ocurrido cosas terribles.

He dudado mucho de si debía contártelo.

De hecho,

pensaba esperar a que salieras del hospital.

Pero no quiero que te enteres por otras personas.

Creo que mereces verlo con tus propios ojos.

No puedo negar que la que aparece en el artículo soy yo.

Y lo que dicen en esas páginas no es mucho más honroso.

Me gustaría poder explicarte

qué es lo que pasó, pero no me acuerdo.

No sé cómo consiguieron hacerme ese retrato,

pero sé que no fue por voluntad mía.

Como también sé que no hay nada cierto en estas páginas.

No hay nadie más en mi vida.

Te amo.

Aunque me haya costado reconocerlo.

Cuando me enteré

de que habías tenido un accidente,

no podía hablar.

Me quedé sin aire,

sin vida.

Si te hubiera pasado algo, yo...

No he podido dejar de pensar en el tiempo que estuvimos separados,

en todo el tiempo en que te obligué a esconder nuestro amor.

No puedo perdonarme que, por mi culpa,

no hayamos disfrutado más el uno del otro.

Por eso,

ayer le conté a todos nuestros vecinos

que te amo,

que mi existencia está unida a ti.

No podía seguir negándolo.

Pero entiéndeme bien,

no quiero que pienses que con esto

quiero obligarte a que me creas

o a que olvides ese artículo.

Solo quiero ser honesta contigo.

Pero, decidas lo que decidas,

no te lo reprocharé.

¿Quieres papel y lápiz?

"Te amo".

Perdón, perdón.

El cielo se está nublando.

Parece que va a llover.

-Buenos días. -Buenos días.

-Buenos días. Te he dejado sobre la mesa una misiva de un cliente.

-Es una carta del señor Valdivia, un joyero abulense

y buen cliente nuestro hace años.

-¿Se trata de algo malo?

-Se queja de que le han estado llegando las piezas

con cierto retraso, se plantea romper la relación comercial.

-Si es un buen cliente, no podemos perderlo.

-Desde luego que no,

pero no sé cómo hacer para convencerle de lo contrario.

Tal vez le escriba una carta de disculpa.

-Lo mismo es un asunto

que necesita más atención.

Quizá deberías ir a visitarle, por tranquilizarle.

Si le explicas lo que ha sucedido últimamente con tu padre,

estoy segura de que se hará cargo y comprenderá el retraso.

-Lo cierto es que es muy buena idea.

Diré a Carmen que prepare mi equipaje.

Marcharé hoy mismo. -¿Tan pronto?

-Cuanto antes, mejor.

Ahora que vamos a quedarnos solas, podríamos pasar más tiempo juntas.

Ir a ver a las vecinas, pasear...

-Está disfrutando con todo esto, ¿verdad?

-¿A qué te refieres?

-A pasear con las vecinas, a que la traten como a una señora.

Es lo que siempre ha deseado, ¿no?

La posición de la que disfruta.

-Una posición social que no siempre he tenido,

es cierto.

Antes fui una institutriz,

poco más que una criada,

alguien que debía callar y obedecer.

Y tú no sabes lo que es eso.

Y no lo sabes porque siempre has vivido en los mejores colegios,

tratada como una princesita.

Y todo gracias al sudor de mi frente,

a mi esfuerzo y sacrificio. -¿Como una princesita dice?

¿En los mejores colegios de Europa? -Sí.

-No me haga reír.

¿De verdad cree que me ha dado una vida buena?

¿Cree que fue un camino de rosas?

Quizá debería ir a las vecinas,

de cuyo trato tanto presume,

y hablarles del infierno que viví en esos lugares.

Quizá debería hablarles también de Castora.

-¿Ese es el as que te guardas?

¿Con eso quieres amenazarme, con difundir chismorreos?

Querida,

esperaba algo más de ti.

¿Adónde vas? ¿No terminas de desayunar?

-Se me ha quitado el apetito.

Es extraño,

no es normal que refresque tanto en esta época.

-Pero eso es porque amenaza tormenta.

Veréis como en cuanto rompa a llover, se limpia el ambiente y templará.

-Para tormenta la de ayer en casa de Úrsula.

¿Y tú sabías que Celia y Felipe volvían a tener relaciones?

-Pues sí,

y me alegro muchísimo. Ahora, solo espero que Felipe

no se tome a la tremenda el artículo.

Celia iba hoy a visitarle y así poder contárselo.

-Uff, pobre, vaya trago. -Me temo que pronto nos enteraremos.

Por ahí viene Celia.

-Celia, querida,

has ido a ver a Felipe, ¿verdad?

¿Cómo ha ido? -Bien.

Bueno, el pobre está todo vendado

y aún no puede hablar.

También tiene una muñeca dolorida.

Pero los médicos son muy optimistas

y esperan que se recupere pronto y sin secuelas.

-Dentro de lo que cabe, son buenas noticias. Me alegro.

-Sí, sí, yo también.

Perdona nuestra franqueza,

lo que queremos saber es cómo ha tomado lo del artículo

y el dichoso retrato. -No hace falta que contestes,

tu sonrisa lo hace por ti.

-Entonces, ¿te ha perdonado?

-No hay nada que perdonar.

Me ama y confía en mí.

-¡Enhorabuena, Celi! Os deseo que seáis dichosos,

os lo merecéis todo.

-Me parece la casa de tócame, Roque.

Primero vuestras peleas,

después el escándalo de la separación,

la que liasteis con la anulación

del matrimonio ante el Tribunal Eclesiástico.

¿Y todo eso para qué? ¿Ahora volvéis a ser marido y mujer?

-Pues sí. -Sí, Susana.

Y ahora, ya nada podrá separarnos.

-Disculpen las señoras el atrevimiento.

¿Está diciendo lo que he oído?

-Pues sí que han sido discretos. Ni ella lo sabía.

-¿Vuelven a rejuntarse?

¡Ay!

Señora, pido permiso para saltarme el protocolo.

Ay, qué alegría más grande.

Sabía que estaban hechos el uno para el otro.

Si es que, a veces,

solo hace falta eso,

para que el amor salga requetebién y triunfe.

Ahora, a ser felices y a disfrutar.

Han superado todos los obstáculos.

Es lo que tienen que hacer.

Y es su obligación, ¿estamos?

Pues arreando.

Ah, bueno, y dígale a don Felipe que le voy a llevar yo un guiso

que se va a sanar en un santiamén.

Y que si hace falta que le cargue para arriba y para abajo,

yo le cargo encantada, faltaría más.

-Pues seguro que está encantado de verte.

No sé, Víctor,

es que no me apetece salir.

¿No ves que no hace día para ir a pasear?

-Pues nos vamos a un museo.

-¿A un museo, a qué?

-A guarecernos de este frío. -Para eso, me quedo en casa.

-¿Y no prefieres despejarte? Y olvidas lo que atormenta

a esa cabecita. Entre lo de Antoñito con tu padre,

el tema de... -Mira, ni me nombres a mi hermano,

que en menudo lío ha metido a mi padre.

-¿Ves? Vámonos.

El aire te va a despejar. -Víctor...

Sé que haces todo esto

porque temes que siga obsesionada con lo de Elvira.

Pero puedes estar tranquilo, que es agua pasada y está olvidado.

-¿De verdad?

¿Me lo prometes?

-Te lo prometo.

-Bueno, pues me voy a la chocolatería.

Si cambias de opinión, ¿vienes a buscarme?

Con Dios. -Con Dios.

¿Qué haces?

-¿Me habla a mí, señorita? Estaba...

Estaba buscando unas tablas para montar un escenario.

Fabiana va a cantar.

-Ya. Muy bien.

Oye,

¿y sabes si los balcones

de la casa del coronel están cerrados?

-Pues no tengo ni la más remota idea.

-Pues deberían estarlo,

porque parece que va a caer una buena

y podría filtrarse el agua por las ranuras y liarse muy gorda.

Deberías subir a comprobarlo.

Porque tienes las llaves, ¿verdad?

-Sí, sí, sí.

Aquí mismo la tengo, pero...

Es que no sé,

el coronel me dejó dicho y muy bien dicho

que no tocara su casa.

Y con el respeto que me da ese hombre,

prefiero no llevarle la contraria.

Estaré al tanto. ¿Sabe qué canta Fabiana?

-No. Hasta luego.

Suerte que Celia y Trini nos han dejado,

porque quería hablar a solas contigo. -¿Quieres contarme algo

que no sepa? Ay, mira, Rosina, Adela está planchado

el vestido que llevaré en su boda.

-Es precioso del todo.

-Como preciosa va a ser vuestra boda.

-Lo estoy deseando. Estoy tan ilusionada...

Nunca había sentido tanta felicidad.

-Mira, ¿te gusta?

-Ay, es bien bonito, eh.

Y da gusto verte tan contenta.

-Lo estoy.

¿Acaso una boda no es motivo de regocijo y alegría?

-Sin duda, y más siendo una la madrina.

Simón debe sentir algo muy especial por ti

cuando te pide que ostentes

semejante honor. -No tiene a nadie,

de ahí la petición.

Bueno, ¿qué es lo que querías contarme?

-Nada importante. Lo cuento otro día. -De eso nada.

Me has dejado intrigada.

-Es por el vestido

de la boda. -¿Qué le pasa a mi vestido?

-Pues ya lo había visto.

Y, sinceramente, Susana, ¿no es muy colorido para tu edad?

-Pero si es marrón.

-Pues por eso. -A ti te encanta el marrón.

Te he hecho vestidos con ese tejido.

¿No será que me cambias de tema

para no contarme lo que querías contarme?

-Ah, no, para nada. Me tengo que ir ya, como una saeta.

Te lo cuento otro día.

Con Dios. Otro día te lo cuento.

-Con Dios.

-Bueno, Dios mío.

¿Estás segura de que no quieres acompañarme?

-Será mejor que me quede.

Alguien tiene que cuidar de tu padre.

-Puedo decirle a mi hermano que retrase unos días su viaje.

-A mí no me importa hacerlo.

No me apetece viajar con este tiempo malo.

¿Qué iba a hacer yo, aparte de molestar?

-Hacerme compañía.

-Tienes que atender tus negocios.

Apenas tendrías tiempo para estar juntos.

-De acuerdo.

Pero no me gusta la idea de dejarte con Úrsula.

Hay tensión entre vosotras.

-La misma que llevamos arrastrando toda la vida, ni más ni menos.

No te preocupes, estaré bien.

Sé manejar a mi madre y defenderme.

-¿Estás segura?

-¿Te crees que soy una damisela en apuros, débil y desvalida?

-Sabe Dios que eres cualquier cosa menos débil.

Enseguida bajo.

-Sabré defenderme,

no te apures por mí.

Solo temo una cosa.

-Dime.

-Lo que te echaré de menos.

-Y yo a ti, cariño.

No pasaré un segundo sin pensar en ti. Me gustaría

que cuando veas el anillo,

recuerdes lo mucho que te quiero.

Buen viaje.

¿Qué haces ahí, tan en silencio?

Podrías haberte hecho notar.

-Perdona, no quería asustarte.

Solo estoy un poco agobiado por todo lo que ha pasado.

-Pues todo lo que ha pasado ha sido por tu culpa, Antonio.

-Ya lo sé.

-No me das lástima.

Además de defraudar a tus clientes, de estafarles,

has puesto a tu familia en una situación delicada.

-No era mi intención. -Pues lo has conseguido.

Y no sabes lo que nos ha costado llegar hasta donde hemos llegado.

El regreso de madre, la ruina total,

el tener que ver a nuestro padre pedir favores,

empezar de cero, tenernos que ir a un sitio horrible...

-¿Pero de qué estás hablando?

-Hablo de que mientras tú vivías la vida padre,

aquí todo eran penurias. No teníamos casi ni para comer.

-Qué sabrás de la vida padre que me pegaba...

¿Sabes cómo pasé yo esa época?

¿Me lo has preguntado?

-Pues no, pero me imagino que... -Pues imaginas mal.

Porque yo también sufrí mucho esa época.

Padre dejó de mandarme dinero

y tuve que dejar de estudiar para ponerme a trabajar.

No podía encontrar alojamiento

ni podía regresar a casa.

Así que, sí, pues me embarqué en negocios absurdos

y, a veces, en estafas.

Lo hice para sacar dinero de debajo de las piedras,

no podía soportar que pasarais hambre.

A veces, hasta me jugué mi propia libertad.

-No lo sabía. -No.

Claro que no lo sabías. ¿Sabes por qué?

Porque nunca protesté,

nunca llamé llorando y contando mis miserias,

ni os mandé una misiva triste.

Me limitaba a deciros que todo me iba muy bien.

Y así me ahorraba que padre sufriera.

Y cuando, por fin, conseguí reunir algo de dinero,

ya habíais superado la crisis

y padre había vuelto a ser un respetado hombre de negocios.

¿Sabes qué fue lo peor de esa época,

peor que las dificultades económicas

o peor que no saber si podría echarme algo al buche?

-¿El qué?

-Que no tenía a nadie en quien apoyarme.

Porque me separaron de mi familia cuando era niño

y no podía recurrir a vosotros.

¿Quién estaba ahí

cuando necesitaba un abrazo por haber discutido con un compañero

o para darme ánimos cuando algo salía mal?

¿O quién estaba ahí para hacerme compañía

cuando todos se iban a celebrar las fiestas con su familia?

-Nadie.

-No, nadie.

Estoy un poco harto

que todos me digan que ha sido un camino de rosas,

porque no lo ha sido.

Martín, ¿tú crees que todo esto aguantará?

-No se preocupe, Fabiana,

esto está agarrado al suelo a conciencia.

-Venga, rápido,

cada uno a su sitio.

El Servando ha cazado a turistas italianos y vienen.

-Arrea, Martín, recoge todo eso. Vamos, rápido.

Es que... Venga.

Sube.

-Aquí.

Aquí está el tablao que les dije.

Sí, sí.

Tablao.

"¿Capicci?".

Tablao.

Típico de España, de España y olé.

Flamenquito. Venga.

Vámonos, mi "arma".

-Coge la quisquilla.

#Ya y que ya,

#que ya,

#que ya, y que ya y que ya.

#Ay, cinco sentidos tenemos,

#los cinco necesitamos.

#Y todos los cinco perdemos

#cuando nos enamoramos.

#Ay, mariquilla.

#Mariquilla me dio a mí

#agua en un cántaro nuevo.

#Ella se muere por mí

#y por ella yo me muero.

#Ay, ay, ay,

#que ya,

#que ya, y que ya y que ya. #

-Mira cómo se lo pasan los criados.

Ojalá tuviera yo cuerpo para palmear con ellos.

-Pues parece que Lolita sí que tiene cuerpo, sí.

-No todo el mundo está en tu contra.

-Pues, ciertamente, eso es lo que parece.

Mi padre decepcionado conmigo, que ni me mira a la cara,

Lolita me ha dado de lado

por el tema de su supuesta muerte,

y hasta mi hermana me ha dado la espalda.

Me hace a mí responsable de la ruina familiar.

Si al menos ella me apoyara... Ella siempre me ha admirado.

-Bueno, Antoñito, hijo, no se lo tomes en cuenta,

lo está pasando mal.

-Yo creo que gran parte de su rechazo

se debe a que me vio besar a Lolita.

-Acabáramos. Entraría en cólera.

-A mí me tachó de aprovechado

y a ella de fresca.

Pero fue peor cuando le dije

que yo a Lolita la quería de verdad.

Ahí sí que puso el grito en el cielo.

Me parece una clasista

y una retrógrada. -No.

Antoñito, tu hermana no es así. Lo era, reconozco que lo era.

Dios sabe lo que me costó

que me aceptara y me cogiera cariño,

pero ya no lo es.

Ha madurado,

ha cambiado.

Lo que pasa es que todo esto le ha pillado de sopetón.

-Me va a decir que le da igual que me mezcle con una criada.

-No.

Te digo que cuando se dé cuenta de que es amor verdadero, aceptará.

Le costará, pero lo aceptará. -Le aseguro que es amor verdadero.

-Lo sé, yo lo sé.

-De toda maneras, da igual. No merece la pena ni pensar en ello.

Lolita sigue obsesionada con el tema de la maldición familiar

y nunca querrá tenerme a su lado.

-Mira, es probable que ahora no me creas,

pero todo esto se arreglará. No sé cómo, pero se arreglará.

Lo importante es que estemos unidos

como la familia que somos. Si no...

-Si no, ¿qué?

-Puede que las heridas que nos hagamos ahora, no cicatricen.

¿Qué?

¿Cómo ha ido, Ramón?

-Puedes estar tranquilo,

no vas a ir la cárcel, no por esta vez.

El gremio de funerarios lo ha olvidado todo.

-¿Cómo lo has conseguido? -Vendiendo unas tierras de Murcia

para poder pagar lo que me pedían. Como siempre,

mi hijo vuelve a salirse con la suya.

Una vez más, tus caprichos y tus errores

los acaban pagando los demás.

-#Ay, ay, ay,

#que ya,

#y que ya y que ya.

#Ay, con usted,

#yo me casé con usted,

#usted se casó conmigo,

#usted por tener mujer,

#yo por tener "marío".

#Que ya y ya y que ya, que ya.

#Que ya, y que ya y que ya.

#Que ya y ya, que ya

#y que ya, que ya y ya, que ya y que ya.

#Que ya y ya, que ya y que ya. # ¡Vámonos!

¡Eso es!

-(APLAUDEN)

-¡Bravo!

¡Olé las guapas!

-No me extraña que aplaudan tanto. Con el frío que hace,

entramos en calor. -Lo que acaba de hacer la Fabiana

es para aplaudir hasta que duelan las manos.

-"Ende luego" que sí. La señora Fabiana tiene arte

por los cuatro costados. -Y no hace frío.

-¿Lo qué? -Será que estoy acostumbrada

a vivir en el altillo, se le mete a una el frío en el cuerpo.

-Ay, sí, ya me acuerdo del biruji que entraba en invierno.

Qué frío.

-Oiga, Servando, ¿a cuánto tocamos?

-A cero, hombre. ¿No te acuerdas que dijimos

que era para el regalo de bodas de Simón?

No me seas egoísta, por Dios. -No me he olvidado. Lo siento.

-A ver, ahí.

Ya está.

Claro, todo...

Todo, menos mi comisión,

que para eso soy el cerebro de esta operación.

Disculpe, mi muy señora mía.

-Dígame, caballero.

-Es increíble el talento que tiene.

-Gracias. Es usted muy amable.

-"Mamma mía", lo que soy es afortunado

de tener una mujer tan hermosa y talentosa delante.

Su voz, su manera de bailar,

la fuerza que emana en sus movimientos...

Es un espectáculo verla.

-Deje de decirme esas cosas, que me saca los colores.

-Solo digo la verdad de lo que ven mis ojos.

-Gracias por sus piropos, caballero.

Y ahora, con su permiso, tengo que irme a faenar.

No puedo estar

todo el día con tanto cante, que una

no es señora de posibles.

-Digo yo

que, si quiere, le organizo otro de estos para mañana.

-Ya me gustaría.

Pero, lamentablemente,

mañana marchamos de viaje.

De vuelta a casa.

-Oh, ¿tan "pronti"?

Qué "lástimi".

Me encanta el frío.

Me ayuda a mantener la cabeza despejada.

-En cuanto rompa a llover, se templará un poco.

A mí no me gusta el frío, señora.

-Blanca, ¿se ha marchado ya Samuel? -Sí.

-Espero que el mal tiempo no le perjudique en su travesía.

-Buenas noches, María Luisa.

¿Subía usted hacia su casa?

-No. Estoy esperando a Víctor.

-Hasta mañana entonces.

Buenas noches. -Hasta mañana.

¡Ay!

Qué "gustico", por Dios, qué "calorcico",

esto sí que recompone el cuerpo.

-Cuidado con los cambios,

que no son nada buenos para los constipados.

-Bueno, venga, vamos a ponernos a la faena.

¿Qué es lo que tengo que hacer?

-Pues servir la mesa.

Gracias por venir a ayudarme, Casilda.

No puedo ni mirar a la señorita María Luisa.

-Tu problema no es la señorita, sino el hermano,

ese sí es el que te trae por la calle de la amargura.

¿No crees que le estás evitando demasiado?

-¿Sabes lo que queda para mi cumpleaños? Y ya sabes lo que pasará.

-Lo que tú crees que pasará.

-Bueno, y si pasa, ¿qué?

¿Para qué le voy a hacer ilusiones para luego quitárselas muriéndome?

¿Para qué darle problemas? Como si no tuviera ya.

-Pues ahí no te digo yo que no.

Pero también te voy a decir una cosa.

Yo esa maldición que te tiene tan obsesionada, no me la creo.

Y, oye, ¿has pensado en lo que vas a hacer

si sigues viva después de tu cumpleaños?

¿Qué te has dejado, Casilda?

-No soy Casilda.

-¿Qué haces aquí?

-He visto lo bien

que te lo pasabas dando palmas.

-¿Qué quieres, Antoñito? No quiero discutir.

-Saber cuánto tiempo seguirás escondiéndote de mí.

-No deberíamos estar solos, puede entrar alguien.

-¿Alguien? A doña Trini no te referirás,

que sabe lo nuestro.

-A la señorita María Luisa. ¿Qué dirá?

-Que diga lo que quiera, me da igual, Lolita.

Yo no lo soporto más.

-¿El qué no soportas? -Estar separado de ti.

Necesito tenerte a mi lado.

-Y yo a ti. Pero ya hemos parloteado de esto,

y no puede ser. -¿Y quién lo dice?

-Pues el destino, la maldición.

-Mira, estoy harto del destino y de tus estúpidos miedos.

-No son estúpidos.

-Que no te vas a morir, que no te puedes morir.

Porque algo en mi vida me tiene que salir bien.

Mira,

me da igual

si mi padre y mi hermana me dan la espalda.

Y me da igual si voy a la cárcel.

Pero lo que no soporto

es pensar que tú no me quieres,

pensar que puedo estar un segundo más separado de ti,

eso es lo que no soporto.

No vas a decir nada.

Pues no digas nada si no quieres.

El amor se siente o no se siente, no hay más.

Ay, Lolita,

pues sí que están malamente las cosas.

¿Pero qué hace este cuadro aquí?

Carmen, puedes retirarte al altillo. -Buenas noches, señora.

-Ah, aguarda.

Quiero darte una cosa.

-¿Qué es esto? -Una carta

para Diego. Debes entregársela mañana, de amanecida.

Luego vienes temprano a buscarme.

No sé qué haremos, pero de cara al mundo,

pasaremos el día en la residencia, cuidando de mi marido.

En esta carta le reclamo con urgencia.

Si lo que viste en la fiesta es cierto...

-¿Habla de don Diego y Blanca?

-Como buena madre que soy, debo procurarle la felicidad a mi hija.

-Quiere separar a Blanca de Samuel, ¿es eso?

-No has entendido nada, Carmen.

Diego tiene fuerza,

poder, es un hombre corajudo y valiente,

con un carácter firme y lleno de luz,

como mi hija.

Unidos pueden ser demasiado fuertes,

demasiado peligrosos.

Voy a juntarlos para separarlos de nuevo

y hacer que todo explote.

Voy a romper la familia Alday para siempre.

-Lo tiene todo bien estudiado.

-Así es.

Mi querida hija va a serme útil.

-¿Y cree que Diego vendrá?

-Por supuesto.

Ahora, vete.

(Truenos)

¡Madre del amor hermoso!

Parece que se ha partido el cielo en dos.

-Ojalá estalle de una santa vez la tormenta.

Que el cielo lleva tanto tiempo cargándose,

que caerá una trompa de agárrate.

-Afortunadas seremos si no se nos inunda

el barrio, Lolita. Que el diluvio de Noé parecerá un "chirimiri".

-"Deja tus teorías"

o empañarás los días previos a la boda.

-Víctor, aquí el único que se muestra obstinado eres tú,

sin aceptar que algo extraño ocurre.

Primero el coronel se marcha a Turquía mintiéndonos

y luego, encuentro el cuadro de Elvira en su casa.

Está claro que algo oculta.

-Puede ser por miles de motivos. -Pues con uno me conformo.

-"Blanca, el otro día"

me marché para no montar un espectáculo delante de todos.

Lo que me dijiste fue un disparate.

No podías estar más confundida,

nada sabes de mí ni de lo que pueda o no sentir.

-Lo que sí puedo asegurar es que te falta coraje para aceptarlo.

-"Por suerte,"

Felipe no parece darle importancia,

pero esa fotografía muestra que hubo algo

entre ella y ese periodista.

-Lástima que mi hija no esté aquí.

Ella sabría cómo defenderla. -Seguro que saldría en su defensa,

considerando su historial,

que es para tener en cuenta.

-Mi familia se está haciendo añicos.

-Pues aguarde, que acabo de tener una idea la mar de buena.

-Buena o mala, no te la guardes.

A mí, con que ayude a unirnos, me vale.

-¿Y si organizamos una comida?

Así ayudamos a calmar los ánimos

e intentamos que vean que es mejor perdonar y seguir unidos.

-Como las familias.

(Truenos)

-"Hablando en plata,"

salta a la vista que es un señor de posibles. Y una,

aunque honrada como la que más,

solo es una humilde trabajadora.

No sé en Italia, pero aquí esas historias nunca terminan bien.

-Pero para conocer el final,

primero habrá que comenzarlas.

-Tranquilo.

No voy a hacerte daño.

Blanca, abre el balcón.

-¿Estás seguro?

-Sí.

Hay cosas que no se pueden tener encerradas.

Hay que liberarlas,

dejarlas escapar.

-Ay, María Luisa, lo siento, pero no te puedo atender.

Como verás, hoy ejerzo de clienta,

no de sastra.

-No es a usted a quien vengo a ver, sino a Simón.

-¿A mí?

-¿Puedes salir un momento?

Debo hablar contigo. Hay algo que debes saber.

-"No busques ocupación".

He encontrado una en el yacimiento.

-En cierta ocasión, rechacé el empleo.

Esta vez, no pienso hacerlo.

-Pero bueno, un momento, ¿Rosina no tendrá inconveniente?

-Ten por seguro que no.

El empleo que le ofrezco

no es el que la otra vez rechazó. Ya es tarde.

Ni cuentas con la confianza de mi socia

ni mucho menos con la mía.

-"Es por Antoñito".

Él me estima en ley. ¿Y yo cómo se lo he pagado?

-Yo te lo recuerdo sin ningún inconveniente:

apartándole de tu vida como si fuera una mosca molesta.

-Si es que parece que tengo la cabeza para llevar el moño.

Y tal vez solo me queden unos días.

-Yo no estoy convencida de que vayas a entregar la pelleja.

-Bueno, pues, aunque así sea,

pienso aprovechar lo que me queda a su lado.

-"Hasta pronto".

Si todo sale hoy

como he planeado,

no volverás a ver a tus hijos juntos.

Los dos hermanos se enfrentarán para siempre.

La familia Alday

quedará rota.

  • Capítulo 605

Acacias 38 - Capítulo 605

20 sep 2017

Diego decide marcharse de Acacias por un tiempo. Pero antes, Úrsula aprovecha la reclamación de un cliente para forzar que Samuel se vaya de viaje y así Blanca y Diego puedan estar solos. Llega Sor Genoveva al barrio, previene a Simón de lo que implica su matrimonio con Adela.

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