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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 600 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué tal la entrevista?

-Bien.

-¿Y qué te preguntó?

-De todo, lo normal en una entrevista.

-"He estado indagando".

He dado con un cochero

que llevó al señor Valverde a las oficinas de una naviera

para comprar un billete, nada menos que a Turquía.

¿No te parece chocante?

-"No quise hacerte daño"

pero es que, las fantasías...

crecen en mi cabeza como enredaderas

y, se hacen tan fuertes, que no las puedo controlar.

Llegan hasta tal punto que,

que no distingo lo que es real y lo que no lo es.

-Te haré una pregunta y, quiero que me respondas de inmediato.

¿La historia de Carlos también era falsa?

-"Uy".

Pero ten cuidado, pisacharcos, que casi me pasas por encima.

-"Todo lo que ganaba era para pagarle"

los mejores colegios, que se educara como una señorita,

que nada le faltara.

-Tuvo que ser horrible para usted vivir separada de ella.

-No sabes hasta qué punto.

Pero era mi obligación

darle todas las oportunidades que se encontraran en mi mano.

-"Parece que disfruta haciéndote sufrir".

Me estremezco al recordar en las condiciones

que te encontré en el sanatorio.

-Fue una suerte que me encontraras.

Si no, ahora nadie me creería.

Esa arpía se atreve a decir delante de todos

que siempre busco mi bien.

-"Cuanto más nerviosa esté,"

y más odio sienta por mí, mejor podré manejarla.

Estaba a punto de contarlo todo, estoy segura.

Ahora al menos, he arruinado su golpe de efecto.

-Ambas conocemos sus puntos débiles.

¿Cuáles son sus demonios?

-Y si es necesario,

se los volveremos a recordar.

-"¿Has oído hablar"

de la piroterapia?

Es un método doloroso.

-¿Por qué me hacen esto?

-Porque es la única forma de curar

tu dolencia. Tu madre te quiere

y, quiere expulsar los demonios de tu cuerpo y de tu alma.

-Ella solo quiere matarme.

Madre...

¿Por qué me hace esto?

(Se cierra una puerta)

Blanca, ¿qué te ocurre?

Blanca.

Soy yo, Samuel.

Mírame.

¿Acaso no me reconoces?

Eh, eh, tú ¡para!

Quieto "parao". Yo a ti te conozco.

Ya lo creo que sí.

Eres el médico que me hizo una prueba de un escupitajo

y, me dijo que estaba sana como un roble.

Vamos, que no la iba a endiñar. Eres tú, ¿a que sí?

-Me confunde. -Ah, no, no,

que yo no confundo "na".

¿Te crees que me chupo el dedo? ¿Qué haces vestido de mozo?

-Lolita, te estaba buscando.

Mi padre lleva un rato preguntando por ti.

-Ni te me arrimes

o te suelto aquí un mamporro.

-¿Qué mosca te ha picado?

-Yo de aquí no me muevo hasta que me digas qué está pasando.

Entonces, todo lo que me has contado es mentira.

Tu padre no te encerró... -Mi padre no,...

No me encerró... como castigo por haberme enamorado

ni por saltarme las normas sociales.

Me encerró

porque vio que tenía lagunas.

Cada día me alejaba más de la realidad.

Apenas tenía 12 años

y vi lo que no estaba bien.

-¿A qué te refieres conque no estabas bien?

-Mi mente se desbordaba.

Imaginaba cosas que,...

que al final creía que eran verdad.

-¿Qué cosas?

-Fantasías,

consejas...

Que era una princesa...

Que alguien me había echado un maleficio.

Que... aparecía un príncipe y me rescataba.

Toda clase de invenciones, que al final, me creía que eran verdad.

-¿Y Carlos?

-Carlos no era más que un mozo que venía al convento y traía

los víveres de su granja.

Yo le veía allí

y, transformé la realidad

en mi realidad.

Pero jamás crucé una palabra con él.

Y por supuesto, jamás viví una apasionada historia de amor.

Pero te juro, te juro por lo que más quieras

que, que me creía que era el amor de mi vida.

Y cuando fuimos

a la granja y... -No sabía quién eras.

-No. Cómo iba a saberlo, si no me conocía.

La primera vez

que mis fantasías se hicieron realidad

fue cuando te encontré.

Cuando conocí a Elvira en el convento

y me contó todo lo que sentía,

y lo que habíais vivido juntos...

-Quisiste ser ella.

-Lo vuestro era un amor tan apasionado y tan romántico,

con todos en vuestra contra,

solo teniéndoos el uno al otro.

Es lo que siempre había soñado,

la historia de amor perfecta.

Y cuando te vi en la iglesia, lo sabía todo.

De lo mucho que la amabas

y lo mucho que habías luchado por ella.

Y me enamoré perdidamente de ti.

Cuando no aparecía Elvira,

pensé... que podría ocupar su lugar.

Por favor, Simón, no me culpes,

no soy más que una huérfana, que...

Que una enferma incapaz de controlar su imaginación.

Necesito alguien que me cuide

y que ponga freno a estas fantasías,

porque estas fantasías son tan reales como mi vida.

Por favor, Simón, perdóname.

Perdóname, por favor.

Lolita, aguarda un momento. Déjame que te lo explique.

-Pero ¿qué me tienes que explicar?

¿Es o no es ese mozo el doctor Gálvez?

-Sí, lo es.

Pero para. Para, por favor, Lolita. Para un segundo.

-Le dijiste que se hiciera pasar por doctor para darme embuste.

-Sí, un poco sí.

-Y él me hizo el lío

y me engañó por orden tuya.

-Sí.

-Me hiciste creer que no me iba a morir,

cuando en realidad, puedo estirar la pelleja de un momento a otro.

-Bueno, sí.

Y entonces, ¿qué quieres explicarme?

¿Qué eres un liante, un embustero

y un sinvergüenza? -Por favor, Lolita.

-Ni Lolita ni Lolito.

(SUSPIRA)

Confiaba en ti.

Presumí delante de doña Trini

de tu buen corazón.

Saqué pecho diciéndole que nunca me habías "engañao".

-Lo hice con buena intención.

Quería que se te fuera de la cabeza lo de la maldición familiar.

-Esta vez te has "pasao", Antoñito. Y esto no te lo puedo perdonar.

-Por favor.

-No me sigas.

-"Blanca, dime algo".

No sé qué hacer, no sé qué tienes. -Déjame.

-No voy a estar tranquilo hasta que no sepa que estás bien.

¿Qué te sucede, mi amor?

-Solo quiero estar sola.

Solo eso. -No te dejaré sola, no así.

Blanca, ¿qué te ocurre?

Permíteme ayudarte.

-No quiero tu ayuda.

Tampoco tu consuelo.

-¿No estarás así por lo de Diego?

Por su mal carácter, por su actitud, ¿es eso?

No sé si me estás diciendo o no la verdad,

pero sea lo que sea lo que te ocurre, sé que es algo importante.

¡Ay! -Martín, por el amor de Dios,

no seas tan quejica. Qué flojo eres.

-Es la tercera vez que buscas por ahí y no encuentras nada.

-Ya lo sé.

Pero doña Rosina se ha obcecado en que hay que revisar la piojera.

-¡Ah!

-¿A ver la barba?

Ya lo sabía yo

que se iba a poner así en "cuantico" se enterara.

-Pues como haya que hacer esto todos los días con la de pelo que tengo,

nos van a dar las burras de leche.

-Doña Rosina, que no, que no hay intrusos de ningún tipo.

-Me da igual.

El boticario me dio esta solución antipiojos. Hay que echársela.

-Pero ¿para qué?

Estamos requetelimpios. A mí ni me han pisado la cabeza.

-Mejor prevenir que curar.

Echáosla, y con generosidad, ¿estamos?

-Si me lo permite, ese potingue no me lo voy a echar.

Eso será malo para la salud.

-¡Tú harás lo que yo te diga!,

que para eso vives en mi casa.

-Pero... -Ni peros ni peras. Te echas esto

y punto redondo. Y menos quejas. Que fuiste tú

el que trajiste este mal.

-Pere que no es una muerte, no sea usted exagerada.

-Tú te callas, traidora, que lo sabías y no me dijiste nada.

Os aplicáis esto de los pies a la cabeza

y no os lo quitáis en todo el día.

Y mañana... -¿Mañana también?

-Quitáis las sábanas y las ponéis a hervir.

Las toallas, las fundas de los cojines,

las cortinas, todo. Quiero que hasta los paños estén en agua hirviendo.

-¿Cómo? -Y además,

oreáis los colchones, por un lado y por otro.

¿Ha quedado todo claro? -Meridiano, doña Rosina.

-Una cosa más.

-¿Cómo que una cosa más?

-No le contéis esto a nadie en la calle.

Con lo que le gusta a la gente darle a húmeda.

Dirán que soy una cochina. ¿Entendido?

-Sí, señora.

A ver si terminamos pronto con todo esto.

-Para vosotros no ha hecho más que empezar.

Arreando.

-Ay, señor.

Estaba tomando un café.

¿Quieren uno? -Sin azúcar, gracias.

-Es muy extraño verle sin su esposa, don Liberto.

-Sí. Se ha quedado en casa debido a un asunto que le trae de cabeza.

-Vaya, una lástima. -No, yo no diría tanto.

Amo a mi esposa,

pero descansar de vez en cuando de ella,

tampoco es mala idea. -Lo entiendo.

Lo cierto es que Trini es la alegría de mi casa,

mi razón de mi vivir, pero cuando sale de paseo con sus amigas,

la casa se queda más en paz.

-En fin. Les he hecho venir para despedirme.

Marcho por unos días de la ciudad. -No sabía que se fuese usted

de viaje. -Sí.

El coronel adelantó el alquiler.

-Así es. Marcho a Argentina.

-Eso será para mucho más que unos días.

-No está cerca, sin duda.

-¿Y qué le lleva a hacer ese viaje?

Mi esposa no pudo sacárselo el otro día.

-Negocios.

Quiero informarme sobre algo que estoy seguro

que empezará a tener éxito.

-¿Y puede saberse de qué trata ese menester?

-Exportación de carne congelada desde Argentina.

-Allí tienen muy buen carne.

-La mejor del mundo, dicen.

-Hay un barco que parece que puede hacerlo sin problemas.

Y conservando las propiedades de la carne hasta llegar aquí.

-Ha tenido una idea muy interesante. Le felicito por su visión de futuro.

-Quería informarles, ya que no me verán por aquí durante algún tiempo.

Después de estos meses, les considero amigos.

Y a mi regreso, me gustaría retomar esa amistad.

-Por supuesto, don Arturo, la duda ofende.

-Bien es cierto que nuestros comienzos no fueron pacíficos.

Pero la desgracia acaecida nos ha permitido conocerle mejor,

coronel.

Y no es tan fiero como lo pintan. -Ya sabe,

la vida castrense obliga a una coraza de severidad

y distancia. Y después,

a uno le cuesta mucho vivir como un hombre más.

-Le deseo

la mejor de las suertes.

Y que cumpla con éxito su misión.

-Estoy seguro de ello.

Celia, ¿cómo te ha ido la entrevista con el licenciado?

-Bien, fue bien.

¿Alguien quiere un suizo?

-Celia, ¿estás bien? ¿Ocurre algo?

-No. Claro que estoy bien. ¿Qué me ha de ocurrir?

-No sé,

estás rara.

No sé por qué no quieres hablar de tu entrevista.

Ayer me costó horrores sacarte ni media.

-No sé de dónde te has sacado eso, Trini.

Claro que quiero hablar, pero hay cosas más importantes

que presumir de mis éxitos. -Te doy la razón, Celia.

Está el barrio que arde.

-Claro,

como lo de Úrsula y su maternidad.

-¿Cómo puede una mujer mantener a su hija en secreto?

-A saber por qué lo hizo.

-Sus razones tendrá.

-¿La estás defendiendo?

-No. Solo digo que podría llegar a comprender sus circunstancias.

-¿Y qué circunstancias pueden disculpar a una mujer

para no ocuparse de su hija? Y fuera del sagrado matrimonio.

Parece mentira, doña Susana, usted bien que mortificó a doña Juliana.

-Luisi. -Déjala, Trini.

En parte tiene razón.

En ocasiones he sido demasiado inflexible.

Pero son las circunstancias, María Luisa.

Úrsula era criada. Y quizá pensó

que dejar a su hija a cargo de otros,

era lo mejor para la criatura.

-Lo mejor es estar con su madre,

se mire por donde se mire.

-Pero por lo menos ahora la ha traído consigo

y la está cuidando, ¿no? -No puedo creer

que estés defendiendo a esa mujer en este asunto. ¿Qué te ocurre?

-Yo no sé qué habrán puesto en la bebida.

Pero Celia está rara, Susana está rara.

Yo espero que no sea contagioso. -Bueno, me voy.

Tengo mucho trabajo

y no tengo tiempo para vuestras pamplinas.

-Uy.

(LLORA)

¿Qué tienes, muchacha?

-Nada, no es nada.

-Algo será, que te hace llorar. ¿Has regañado con Simón?

Pues, ¿qué es, pues?

-Es algo íntimo y personal de lo que preferiría no hablar.

Pero me gustaría pedirle un favor.

-Dime, mujer.

-¿Usted me daría permiso para ausentarme hoy del trabajo?

Es que he de hacer una gestión importante.

-Una gestión importante. ¿Y de qué se trata?

-Disculpe mis reparos, pero no puedo contarle nada.

-Ay.

Ve, anda, ve.

Haz lo que tengas que hacer.

Pero te espero antes del cierre de la mañana, que hay mucha faena.

Lo lamento, pero me temo que no regresaré antes de media tarde.

El asunto del que me he de ocupar

me lleva bastante lejos aquí.

-Pero ¿dónde has de ir, muchacha?

-No me pregunte más, se lo ruego.

Solo le prometo que antes de volver a casa, dejaré todo acabado.

-Ve con Dios. -Gracias.

No entiendo la actitud de Blanca, pero tampoco entiendo la tuya.

-¿La mía? -No la hablaste bien.

Tus formas no fueron las más correctas.

-No le falté el respeto en ningún momento.

-Cuestión de opiniones.

Decidle que no confiabas en ella, no es una muestra de cariño.

-A veces hay que ser implacable para conseguir lo que uno quiere.

Provocar una reacción para descubrir la verdad.

-No estoy de acuerdo.

-Solo hago lo mejor para la familia.

-Sé que lo haces con buena fe, Diego.

Sé que solo lo haces pensando en Blanca y en mí.

Estoy preocupado, hermano.

Algo le pasa a Blanca y no sé cómo hacer para acercarme a ella.

Está distante, esquiva.

-Blanca es una mujer inteligente, profunda.

No esperes sencillez ni simpleza en su comportamiento.

-Aparte, ella es especial.

No tiene nada que ver con otra mujer que yo haya conocido.

-Es extraordinaria, Samuel, eso no te lo niego.

Por eso tienes que estar preparado.

Debes darte cuenta de lo que eso conlleva.

-No es su complejidad lo que más me preocupa.

Algo se está removiendo dentro de ella,

algo que la atormenta y que la aleja de mí.

-Yo también lo he percibido.

-No sé cómo hacer para que se abra y me lo cuente.

Tiene que ser algo importante.

Algo que le afecta en lo más hondo.

La amo, Diego.

Y no sé cómo hacer

para que deje de sufrir.

-¿Quieres que yo hable con ella?

-Temo tus maneras.

-Prometo ser suave y amable.

-¿De verdad?

-Descubriremos lo que le ocurre y la ayudaremos. Te lo prometo.

-Gracias, Diego.

(SUSPIRA)

-(ANTOÑITO CARRASPEA)

-¿Qué haces aquí?

-Quería hablar contigo.

-"Na" tenemos que hablar tú y yo.

Me has mentido. Me has hecho sentir como una boba.

Y yo he "picao".

Fuera. -Lolita.

Lo hice por un buen motivo.

-A ver, ¿qué motivo es ese?

-Pues que te quiero.

Y no quería que sufrieras.

Quería sacarte de la cabeza la idea de la maldición familiar.

-Eres un embustero

y un calavera. -Por favor, perdóname.

Quería quitarte ese miedo absurdo de que te vas a morir.

-¡Que no son absurdos!

Has jugado con mis sentimientos y, eso es algo muy serio.

-¿Tan malo es querer sacarte esas pamplinas de la cabeza?

¿Tan malo es querer que recuperes la alegría de vivir,

de vivir conmigo?

-Me has hecho sentir como una boba.

Y esto no te lo puedo perdonar.

-Lolita,

¿a qué te refieres?

-A que no te quiero volver a ver nunca más,...

fuera de la faena, se entiende.

Como "enamoraos". -Ya, ya.

Te he entendido, pero no puedes hacerme esto.

-Tú solito te lo has hecho.

-Lolita, por favor,

no te apartes de mí, que te necesito más que nunca.

-Pues haberlo pensado antes de engañarme como una bellaca.

-Eres mi único apoyo, mi único bálsamo, por favor.

Te quiero.

-Y eso, puede ser verdad,

o puede ser mentira. Si me quisieras tanto,

no me habrías soltado el embuste ese del médico.

Ya no te creo "na" de "na", Antoñito Palacios.

Ya no confío en ti.

Y eso es algo muy triste.

-¿Estás rompiendo conmigo?

Y "pa" siempre.

-No.

-¿Lo "cuálo"?

-Que no, que no acepto tu ruptura.

Madre, ¿dónde está Adela?

-Me ha pedido permiso para ausentarse.

-¿Y le dijo dónde iba?

-Ni por asomo. Y no será

porque no le pregunté. ¿Qué os está pasando?

-Nada. No es nada, madre. -Claro que es algo.

Pero no me lo quieres decir.

-Pronto lo sabrá, pero antes he de hablar con Adela.

-Me dejas preocupada, hijo. Adela estaba extraña.

Y después de lo que me contaste

de que se hacía un mundo de fantasías...

Esa chica

no está bien. -Adela es frágil.

Con un corazón puro y bondadoso.

-Sea lo que sea, quiero saber lo que está pasando.

-Le ruego que tenga paciencia.

Pronto lo sabrá, pero antes he de hablar con ella.

"Seña" Fabiana. Ande, hombre, deje que la ayude.

Que no, que se va a deslomar usted.

-Casilda... -Que sí, traiga.

Hale.

-Casilda, ¿a qué hueles?

-¿Yo? A "na". A una loción de camomila

que me he echado yo "pa" aclararme el pelo.

-Eso no huele a camomila, eso huele a pipirrana.

-Es un ungüento nuevo, lo último.

-Lo último va a ser, ya lo creo, porque nadie va a repetir.

Oye, ¿y tú qué vas a hacer mañana?

-Pues faenar, como todos los días de Dios.

-No. Yo digo luego, por la tarde.

-Ah, a luego, por la tarde.

Pos... Bueno, voy a estar ocupada toda la tarde.

Es que, doña Rosina me ha pedido que meta en agua hirviendo las sábanas

y la ropa de la casa, ¿sabe? -¿Así de repente? ¿Y por qué?

-Cosas de doña Rosina.

Ya sabe que es más rara que un pio...

Que un perro verde. -Lolita. Lolita, ven, ven.

Oye, Lolita, ¿tú tienes mucho lío mañana?

Es que podíamos juntarnos todos y hacer algo, ¿no?

¿Reunirnos, "pa" qué? ¿Se celebra algo?

¿Han descubierto una América con indígenas o algo así?

No. Pues...

Nada de celebraciones, Fabiana, que una no tiene el cuerpo "pa" fiestas.

-Hablando de descubrimientos,

¿"sus" habéis enterado de lo de la Úrsula?

Lo de que es la madre de la señorita Blanca.

-Todavía no me lo creo.

Con lo mal que me trató esa endriaga cuando descubrió que yo era la madre

de doña Cayetana.

-Qué fácil es ver la paja en ojo ajeno,

y no el árbol en el propio.

-A mí lo que me maravilla es que de esa salga forma humana.

-Y que lo diga, "seña" Fabiana.

De ese vientre debería de salir un cerdo con cuernos

y con alas de murciélago.

-Bueno.

Doña Carmen, con usted quería yo hablar.

-Llevo algo de prisa, Simón. -Solo será un momento.

¿Qué ocurrió en la entrevista que le hizo el licenciado a doña Celia?

-¿Qué ocurrió de qué?

-Doña Celia anda perturbada desde anoche.

Algo le preocupa desde que habló con el tal.

-Todo fue bien sin más.

Será otro asunto el que le atormenta.

-Carmen.

Venga un momento.

¿Qué sabe usted sobre lo que se dice

de Úrsula?

¿Usted sabía que era la madre de Blanca?

-Solo soy una criada, ¿qué voy a saber yo?

Ustedes que lo son desde la cuna, deberían saber que el servicio

ni sabe ni escucha.

Marcho, que tengo mucha faena.

-¿Y a esta qué la pasa? -Que a mala casa ha ido a parar.

Doña Úrsula es como

una escopeta de perdigones,

que llega y salpica de temor y odio a "to" su alrededor.

Lo siento.

Lo siento de veras.

Sé que debería ir a Samuel y a Diego y contarles

quién es de verdad esa mujer,

Castora.

Porque yo,...

don Jaime, la conozco.

Ella es el mismísimo demonio.

Es la persona más malvada y cruel que he conocido nunca.

La más despiadada.

Por eso siento dejarle a expensas de esa mujer.

Solo,...

sin ayuda de nadie.

Desamparado.

Don Jaime,... no me lo tenga en cuenta.

No me culpe por ello.

Sé que usted está preso en su propio cuerpo,

y yo no puedo imaginarme lo que es eso.

Pero sí sé lo que es estar presa

y ser víctima de la voluntad de esa mujer.

No soportaría volver allí.

Tiene que entenderlo.

Aquello fue horrible.

Un infierno, el peor sitio en el que he estado nunca.

Y eso es lo que pasaría si dijese algo de todo esto.

Mi madre y Castora volverían a encerrarme en el sanatorio.

Y yo volvería a quedar en las manos de esa mujer,

capaz de todas las maldades.

Dígame una cosa,

¿ella tuvo algo que ver en la crisis que le dejó en este estado

en el que está ahora?

Deme alguna señal, se lo ruego.

Solo una señal.

¿Qué intenta decirme?

Sé que debería hacer algo,

pero no puedo.

-(CASTORA) Saque esta camilla de aquí inmediatamente.

He dicho 1000 veces que los pasillos tienen que estar despejados.

-Lo siento.

Tengo que irme.

No sabes lo difícil que ha sido disimular delante de mis amigas

el asunto de los piojos.

Cualquiera suelta prenda,

que estás tienen la húmeda, más larga que un ovillo de lana.

-Bueno, gracias a Dios, todo ha terminado.

-Pues no estoy yo tan segura, Liberto.

Aún me dura el enfado contigo.

-¿Cómo? ¿Que aún sigues enfadada conmigo?

-¡Hombre! Has cerrado filas con Casilda para engañarme.

-Es que no quería que sacaras las cosas de quicio, Rosina.

Si te enteras de lo de los piojos te hubieras vuelto loca.

-¡Pues claro que sí, son bichos que se reproducen en tu cabeza!

Es para volverse loca. -Y tú más.

-¿Qué quieres decir con yo más?

¿Crees que soy una enajenada, que pierdo el oremus,

que no se contenerme?

-¿Es una pregunta con trampa?

-¿Lo crees de verdad?

-Eh...

A ver, Rosina,

lo que creo es que no hay nada que me haga más feliz en el mundo

que verte relajada y tranquila.

Y voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que así sea.

-Hasta engañarme.

-Y hasta contarte una mentira piadosa

para que no sufras, sí.

Pero ya me di cuenta de mi error y te pedí disculpas.

-Pues por más disculpas que me pidas,

lo que pasé con esos picores no se me va de la cabeza.

Qué manera de rabiar, Dios mío de mi vida.

-Ya.

¿Y los efectos secundarios qué?

¿Eh?

¿Me vas a negar que estuvieron requetebién?

Menuda noche calenturienta pasamos, ¿eh?,

bichito mío.

-Déjate de bichitos, a ver si me va a quedar alguno vivo,

te lo pego y se reproducen de nuevo.

-¿Y qué más me da que me pegues nada?

Si tú eres mi luz,

cariño, mi verdad,

mi alma.

Tienes piojos, pues bienvenidos sean.

Tus piojos son mis piojos. -No digas eso. Estás loco.

-Ven.

Te lo digo porque es lo que siento, cariño.

Que se me llena el corazón de amor infinito cada vez que te miro.

Que te quiero.

Te quiero. Te quiero.

-Pues si me quieres, mírame la cabeza

a ver si queda algún bicho vivo.

-Si no tienes ninguno, mujer. -Por si acaso.

-Vale.

Oh, Dios mío.

¡Dios mío, tienes uno gigante, del tamaño de una mosca!

-¡Quítamelo!

¡Ah!

-Que era chanza, mujer.

-Serás...

-Tuyo, prenda mía, eso es lo que soy.

Tuyo. ¿Sabes lo que voy a hacer ahora?

Te voy a quitar los piojos

y, luego todo lo demás.

-(ROSINA RÍE)

-Eres el amor de mi vida, Rosina Rubio.

Y te amo como nunca he amado a nadie.

-Ay.

Antoñito, ¿qué haces en casa?

Y con esa cara.

¿Ha ocurrido algo?

-Sí, ha ocurrido algo.

Ya lo creo que ha ocurrido.

-Cuéntame, que me asustas.

-Pues ha ocurrido que soy un calavera,

un irresponsable y un sinvergüenza.

Ha ocurrido que estropeo

todo lo que toco.

Y que no puedo evitar decepcionar a todo el mundo.

-No digas eso, por favor.

-Es la pura verdad, Trini. Todo,

todo va de mal en peor.

Los clientes me acosan,

mi padre se avergüenza de mí.

Y hasta Lolita me ha dado la espalda.

-¿Lolita?

-Sí. Me ha abandonado.

-No me lo puedo creer.

-Pero no la culpo, porque es lo que me merezco.

-¿Qué has hecho?

-La he mentido.

La he contado una mentira muy gorda y, ahora

ella no me quiere perdonar. -¿Qué tipo de mentira?

¡Uy!

Pero ¿qué? ¡Uy!

(LOLITA LLORA)

-Estás preciosa.

(RESOPLA)

(RÍE)

No vas a llorar, Lolita.

Porque tú eres una moza de Cabrahigo.

Y vas a honrar a tu pueblo, siendo fuerte como una roca de cantera.

Tienes que olvidar de una vez por todas a ese patán.

Juro que no volveré a caer en tus brazos.

Embustero...

del demonio.

Lo juro por estas que son cruces.

Ah.

Lolita, ni una lágrimas más

por ese calavera.

Antoñito, la verdad que un poquito calavera si que eres,

las cosas como son. -No meta el dedo en la llaga,

por favor, hoy no.

¿Qué voy a hacer sin ella?

-Yo sé que esto lo haces sin maldad.

¿Cómo puede ser que seas tan torpe? -No lo sé.

Me sale solo, es innato.

Soy un desastre, un desgraciado y un patán.

-Tranquilito, amigo,

que hablas de mi hijastro.

-¿Cómo voy a arreglar esto, Trini?

-Déjame que hable con tu padre.

Bueno, a ver si poco a poco encontramos una solución

a este desaguisado. -¿Haría eso por mí?

Yo le prometo

que voy a cambiar, que dejaré la mala vida

las ideas de bombero y el intentar coger siempre el camino más corto.

¿Cree que mi padre me perdonará?

-(RÍE)

Antoñito, hijo, tu padre tiene un buen corazón.

Es un hombre bueno

y bondadoso.

-Trini.

-(TRINI RÍE)

-¿Qué haces aquí

hablando con mi hijo

como si no hubiera pasado nada?

-Ramón, querido,

hay algo que tenemos que hablar. -Ahora no.

He venido a pedirte

que me acompañes a visitar a doña Rosina.

-¿A Rosina? ¿Para qué?

-Apenas hemos hablado con ella y con Liberto

desde el incidente de la gargantilla

y, creo que deberíamos hacer

para acercar posturas y recuperar la buena relación que hemos tenido.

-La relación no es tan mala, ¿eh?

Esta mañana he desayunado con Rosina.

Yo pensaba que tú estabas donde el coronel hablando con Liberto.

-La gravedad del asunto

de la gargantilla requiere una visita especial.

Además, no hay que olvidar que doña Rosina es mi socia en el yacimiento.

-Bueno, está bien, te acompañaré.

Pero dame un par de horas,

que he de hacer algo.

-¿Y qué es eso tan importante que tienes que hacer

que no puede esperar? -Es algo...

que ayudará a aliviar las tensiones que hay entre nosotros.

-Trini. -Ramón.

Confía en mí.

Padre,

por favor.

-Todo el mundo

hace lo indecible por arreglar

lo que tú estropeas.

Espero que estés contento.

¡Uy!

-Lolita de mi alma, ¿qué es lo que te pasa?

-Ha sido Antoñito, Casilda.

Tú tenías razón. No es de fiar.

-¿Qué te ha hecho?

-Algo muy gordo.

-Ya, bueno, Lola, pero ¿el qué?

-Me ha mentido.

-¿Te ha mentido?

Pero ¿con una pelandrusca?

Si parecía que estaba "enamorao" de tus huesos

y de toda la carne que lo recubre.

-Casilda, que no es eso.

Es algo mucho más gordo.

¿Tú te acuerdas... del doctor este que me hizo las pruebas

y me dijo que estaba bien? -Sí.

-Pues no era doctor. -¿Y qué era?

-Un mozo harapiento al que contrato el Antoñito

para hacerse pasar por doctor "reputao" y, darme a mí embuste.

-¿Y cuál era el engaño?

-Hacerme creer que estaba bien, Casilda.

Que me voy a morir.

Y Antoñito, Antoñito es un embustero.

Un liante y un mentiroso más grande que la catedral de Segovia.

¡Maldita sea su estampa!

(SUSPIRA)

¿No vas a decir "na"?

-¿Qué quieres que te diga, Lola?

-Pues: "Te lo dije, es un mal hombre".

"Que se veía a la legua que me iba a engañar".

-Yo no creo que te haya hecho nada malo.

-¿Me has oído lo que te he dicho,

lo del falso doctor

y hacerme creer que estoy bien?

-Sí. Y es lo más bonito que he oído nunca.

-A ver, es verdad que te ha "engañao", eso es muy cierto.

Pero no lo ha hecho por egoísmo, ni tampoco por salvarse a sí mismo,

sino por ti.

-Por mí.

-Sí, Lola.

Para que no pases pena. ¿Y sabes qué es lo que demuestra eso?

Eso demuestra que este hombre te quiere.

-Casilda,...

Te digo que le quiero y, entonces vas a la contra.

Y te digo que es un embustero y, le defiendes.

-Yo digo lo que pienso, qué quieres que te diga.

¿Es que ahora no voy a poder hablar?

-Sí, puedes decir lo que tú quieras, pero con sentido común.

-¿Y quién dice lo que es el sentido común?

¿Tú, Lolita?

-Pero...

-(SUSPIRA)

Qué ganas de que lleguen los periódicos y las revistas.

Me muero de ganas de leer la entrevista de doña Celia.

A las buenas, vecinas. Luisi, marcho a hacer recados.

-¿No te quedas a la entrevista de Celia?

-Deja a Trini, que no es tan importante.

Marcha a hacer tus recados.

-Hombre, no, media hora me puedo quedar.

¿Te encuentras bien?

-Sí, claro que sí. Solo que...

-¿Qué?

Pues que,...

que el periódico, la revista donde sale la entrevista,

pues no es de las de siempre. Se llama "Los Breves".

Y digamos que, tiene un tono más ligero.

-¿Qué quieres decir?

-Pues no sé, que...

que el periodista que me hizo la entrevista,

el licenciado Castijón,

pues que además, no es muy riguroso y...

-Te lo dije.

Ese hombre no es de fiar, solo le importa destacar.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes. -Buenas.

Parece usted preocupada,

doña Celia.

¿No será por la entrevista?

-Nada de eso. Solo que...

Le estamos dando tanto bombo,

y, al final, lo mismo no publican nada.

-Ah,

pronto saldremos de dudas.

Ha llegado el reparto al quiosco.

-Víctor, hijo, llégate al quiosco y trae un ejemplar de "Los Breves".

-Ahora mismo, abuela.

-Seguro que está más ligero que nosotras.

-(RÍEN)

-Qué nervios.

-Seguro que te haces famosa. -Rosina, no creo que sea para tanto.

-Lo pondré en al sastrería.

-Ay, sí, Susana,

qué buena idea. Que lo vea todo el barrio.

¿Qué pasa? ¡Pero ¿esto qué es?!

-Susana, haz el favor de leerlo en voz alta y clara.

-¿Qué ocurre? -No pueden ver esto.

-¿Por?

-¿Qué pasa?

¿Susana?

-¡¿Cómo han publicado esto?!

-Dame la revista.

-No. -Trae, Susana,

hombre, que me estás asustando, por favor. ¡Ah!

-¡Ay!

-Uy, uy, uy.

(Se cierra una puerta)

¿Dónde te habías metido? Te he buscado todo el día.

-Debía hacer algo. -La próxima vez...

-Espera, Simón,

déjame decirte algo, si no, no tendré fuerzas para hacerlo.

Sé que no puedes perdonarme. Y merezco vivir

con ese pesar toda la vida, pero... -No, Adela, espera.

¿Quién te ha dicho que no te perdono?

Por supuesto que te perdono.

-¿Sí?

-¿O por qué crees que te he estado buscando?

¿No te alegras?

-Es tarde, no hay vuelta atrás.

-¿De qué estás hablando?

-Mira, Simón,

durante estos días, mientras vivíamos la posibilidad

de que Elvira estuviera viva, yo he abierto los ojos.

-¿Qué quieres decir?

-Te he visto sufrir

y desvivirte por encontrar

al que es el verdadero amor de tu vida, Elvira.

Mira, ojalá alguien sintiera eso por mí,

un amor tan arrollador...

y tan infinito, pero... no es así.

-Adela, escúchame, por favor. -He tomado una decisión.

Voy a regresar al convento.

-¿Qué?

-No puedo vivir una vida normal,

he de estar controlada y vigilada

y, la Madre Superiora lo hará.

He ido al convento,

he hablado con sor Genoveva y se lo he contado todo.

Mañana mismo vendrá a por mí.

Me llevará de vuelta.

Es lo mejor para todos.

No te marches.

Entiendo que estés enfadada conmigo.

No tuve que hablarte de esa manera

el otro día.

-No tuviste que hacerlo. -Ruego que me perdones.

Quería que reaccionaras.

Provocarte para que me contaras todo lo que ahoga tu corazón.

Sé que hay algo, Blanca.

Algo que te atormenta.

Algo que hace tambalear tus cimientos.

Algo que pertenece a tus más oscuros

recuerdos.

Soy consciente que Úrsula es tu madre,

y quizá te pido mucho al decirte

que vayas en su contra,

que rompas con ella.

Pero temo que si no lo haces,

si no dices la verdad y cuentas lo que viste en la residencia,

Úrsula pueda seguir haciendo daño a mi padre.

Mi padre cada vez está peor.

Si no lo haces por mí,

o por Samuel o por ti misma,

hazlo por él.

-No puedo.

No me lo pidas,

te lo ruego.

-No tienes nada que temer.

Si dices lo que sabes, yo te protegeré.

No permitiré que nadie te haga nada malo.

No te dejaré sola.

Blanca,

yo cuidaré de ti.

Te mantendré a salvo de ella.

No podrá hacerte nada malo

nunca más.

Porque yo estaré a tu lado.

(RESOPLA)

-Te lo contaré.

Te contaré todo lo que sé.

-Blanca...

Conmigo estás a salvo.

Hoy es mi cumpleaños.

Sí, Víctor, sí, mi cumpleaños.

Y aquellos a los que yo consideraba mis amigos,

no se han "acordao" ni por asomo.

-Vaya, pues sí que me extraña.

¿No la ha felicitado ninguno?

-Que te digo yo que no.

Ya ha visto la estima que me tienen. -No diga eso, Fabiana.

Las chicas del altillo la quieren como a una madre.

A lo mejor le tienen preparado hasta una sorpresa.

-Qué sorpresa ni qué ocho cuartos.

Esas son todas unas desagradecidas.

-"¿Dónde has estado?".

Ayer no se te vio el pelo

y hoy regresas a estas horas y despistada.

-Discúlpeme, doña Susana, he sido muy desconsiderada.

Pero descuide, que ya no le voy a dar más quebraderos de cabeza.

Ya no voy a seguir trabajando para usted.

-Pero ¿qué estás diciendo?

Tampoco hay que ponerse tan tremenda, niña.

-La decisión está ya tomada.

Mire,

nunca podré olvidar todo lo que usted ha hecho por mí,

y crea que estoy muy agradecida.

Pero hoy mismo regreso al convento.

-"No puedo evitar pensar"

en lo que va a renunciar al encerrarse en esos cuatro muros.

Adela es una mujer que adora la vida,

los bailes, las risas, el amor,

y nunca más podrá disfrutarlos.

-¿Hay otra solución?

Simón, si no ingresa en el convento,

¿quién le brindará los cuidados que precisa?

¿Lo hará usted?

-"Celia,"

me temo que este retrato en paños menores

no es lo peor de todo.

-Es difícil de creer.

Está medio en cueros.

-El periodista te presenta como una mujer libertina, que vive al margen

de toda norma social. Una cualquiera.

Y afirma que...

tu ruptura matrimonial se debe a tus numerosos amantes.

-¡Uy!

-Por eso te encontrabas así.

-Por Dios, Trini, pero si ni sé lo que ocurrió.

-"Conocemos muy bien a Celia".

Ella sería incapaz

de decir tales barbaridades.

Alguien quiere hacerla daño. -Eso opina Trini.

-Su lealtad para con su amiga le honra,

pero ¿qué respuesta tiene doña Trini a la fotografía?

¿Creen ustedes que el periodista

la engañó con el retrato?

No. Créanme,

las imágenes no mienten.

Y no parecía, precisamente, que doña Celia hubiera posado

en contra de su voluntad.

-"Vengo a pedir disculpas" en nombre de toda mi familia.

-No es usted quien tiene que hacerlo.

La falta es de Antoñito, no de su familia.

-Trini, si has venido a hablar en favor de él,

podrías haberte ahorrado el paseo,

porque estamos muy dolidos con Antoñito.

-Es imperdonable.

-Bueno,

espero que esto les ayude a reconsiderarlo.

-¡Oh!

Mi gargantilla.

(ELVIRA) -"Buenas noticias, para mí".

"Solo quería decirle

que por fin mis provocaciones han dado resultado".

"He conseguido lo que estaba buscando".

"Burak Demir me ha repudiado".

"Venga a buscarme. Voy a ser libre".

-"Vengo a advertirles"

que la familia del nuevo fallecido ha denunciado a Antoñito.

Y me temo que eso no es todo.

También me ha llegado, que el gremio funerario

ha puesto una demanda colectiva.

-A perro flaco todo son pulgas. -La situación es peliaguda.

Si Antoñito no se hace responsable de las pólizas que vendió,

tendrá serios problemas.

Por deferencia a usted, don Ramón, estoy calmando los ánimos

de los que me piden que sea detenido.

Pero llegará un momento en el que nada más podré hacer.

-(SUSPIRA)

"Querido padre, tiene usted razón, lo he hecho todo mal".

(LLORA)

"Pero...

hay una manera definitiva de acabar de forma honrosa con lo sucedido".

Todavía no has comprendido

que tienes motivos de sobra para temerme.

-No, madre.

Eso ya pasó.

Ni usted ni su esbirra Castora tienen ya poder alguno sobre mí.

-¿Estás segura de eso? -Sí.

Como lo estoy de que no la encubriré más.

No voy a permitir que deje a don Jaime al cuidado de esa canalla.

No volverá a hacerle daño.

Esta noche iré a la residencia...

y, si para entonces no ha hecho que Castora desaparezca de allí,

les contaré la verdad a Diego y a Samuel.

-¿Me estás amenazando? -No, madre,

tan solo advirtiéndola.

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Acacias 38 - Capítulo 600

13 sep 2017

Samuel intenta consolar a Blanca, que está muy afectada tras recordar la tortura de Castora. Samuel confiesa a Diego que tiene miedo de perder a Blanca. Lolita ve al doctor Gálvez por la calle y comprueba que en realidad tan solo es un mozo. Antoñito intenta que Lolita lo perdone, pero ella rompe con él. Trini y Casilda consuelan a los amantes. Rosina está decidida a erradicar los piojos de su casa y toma medidas extremas. Arturo se despide de Ramón y Liberto y les dice que se va a Argentina a hacer un negocio. Adela informa a Simón de que volverá al convento.

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