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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 599 - ver ahora
Transcripción completa

Sería mejor si estuviéramos unidas. -Jamás.

No tengo ninguna razón

para hacerlo.

Usted es la responsable de lo que he sufrido.

Adela inventa esos ensueños para protegerse. Ha sufrido mucho.

-Tampoco para los demás el mundo es un camino de rosas.

Y no vamos diciendo que vemos burros volar.

-Adela ha sufrido por falta de afecto,

ante la amenaza de esta situación.

-Se inventa cosas.

-Tu hermano, además de mi cuñado, es mi amigo.

O traicionaba a uno o a otro.

-Así que preferiste traicionarme a mí,

a tu futura esposa. A la futura madre de tus hijos.

Víctor, que te zurzan.

-"Blanca no tiene nada que ver con Úrsula, y tampoco está conchabada"

con ella.

-¿Dónde está ahora?

-No la he visto en todo el día.

-¿Ni sabes dónde puede haber ido?

-Te noto preocupado.

Demasiado, para ser ella.

La manía que le tienes.

-Lo le tengo ninguna manía.

-Me van a hacer una entrevista para una revista ilustrada.

Se llama "Los Breves". -¿Qué?

Como mujer de futuro:

moderna, culta y elegante.

-Estoy segura de que Simón sigue amando a Elvira.

-Elvira está muerta.

-Su amor va más allá de la muerte.

-Lolita no tuvo nada que ver con ese fiasco.

Fui yo quien se llevó la gargantilla.

-¿Y qué vas a hacer?

Tus soluciones consisten en tapar un error con otro más gordo.

-Recuperaré la joya. Está empeñada en el Monte de Piedad.

-El licenciado Castijón, doña Celia. -Encantada, licenciado.

Le presento a mi amiga Trini, que ya se iba.

-Encantada, licenciado.

Me voy.

-Señor, perdóname.

-Blanca, aquí presente, es...

mi hija.

-¿Hija de usted?

Nos ha dejado a todas de piedra, ¿verdad?

Vaya secreto tenía usted guardado.

-¿Usted es madre?

¿Cómo ha podido ocultar un hecho tan,...

tan trascendental? -¿Dónde crió a Blanca?

-¿Y quién es el padre? -Eso no viene al caso.

-Pues cuéntenos al menos

qué es lo que sucedió.

-Es la historia de siempre.

Una sirvienta joven que se ve obligada a ocultar su embarazo

para poder salir adelante.

Para poder comer y mantener a su hija.

-Qué indefensas estamos las mujeres estos días.

-Madre soltera.

Doña Úrsula, quién lo iba a decir de usted,

que es tan... -Estricta.

-Eso.

-Pero mujer al fin y al cabo: débil,

pecadora.

La vida...

y, Dios es testigo, me he dejado

por salir adelante con mi hija.

Todo lo que ganaba era para pagarle los mejores colegios.

Que se educara como una señorita, que nada le faltara.

-Tuvo que ser horrible vivir separada de ella.

-No sabes hasta que punto.

Pero era mi obligación darle todas las oportunidades

que se encontraran en mi mano.

-Así somos las madres.

Estamos dispuestas a todo

con tal de sacar a nuestros vástagos adelante.

-Por eso, cuando la vida me ha dado una nueva oportunidad

para reunirme con ella,

no lo he dudado ni un minuto,

y he querido estar a su lado, compartir con ella el día a día.

-No sé si aplaudirla por su buen corazón

o por sus dotes interpretativas.

-No alcanzo a entenderte.

-Es muy simple. Me parece que está usted manipulando la realidad.

-Samuel tiene razón.

Tiene usted una forma muy particular de entender el pasado.

Muy liviana.

Para mí fue mucho más duro

que como usted lo cuenta.

-¿Acaso he mentido en algo?

-No fue un camino de rosas criarse sin madre.

-Pe...

-Discúlpenme, señoras.

-Comprendo que les resulte chocante

la reacción de mi hija, pero han de entender que está molesta.

Yo no quise desvelar nuestro parentesco cuando llegó al barrio.

-Pero ¿por qué lo hizo usted? ¿Qué necesidad tenía?

-Temí la reacción de los vecinos al descubrir mi maternidad oculta.

Temía el rechazo

de las personas que admiro y respeto.

-Sí, claro, pero es que, se trata de algo de mucha enjundia

como para mantenerlo así, así oculto.

No sé, yo no acabo de entenderla.

-Rosina, por favor,... no seas tan simple.

Una cosa así siempre es difícil de confesar.

Ya puedes prepararla.

Y date prisa.

-Señora, perdóneme por lo que le voy a hacer,

pero no tengo otra alternativa.

Padre.

Padre, por favor, míreme a la cara.

-¿Cómo quieres que lo haga con el disgusto que tengo?

-Vengo de casa de doña Rosina.

Me he disculpado por el robo de la gargantilla.

Padre.

Escúcheme, trato de enmendar mi error.

-Tus buenas intenciones llegan tarde.

No hiciste lo correcto.

Y ahora, estas excusas no van a arreglar las pillerías

que has perpetrado.

-Estoy poniendo todo mi interés e intentar enmendarme.

-Me suena a cuento ya escuchado.

-Será distinto. -Y tanto que lo es.

¿Acaso no has visto cómo nos mira la gente por la calle?

Peor que si fuéramos de la banda de Los Candelas.

No solo te has puesto a ti mismo en evidencia,

sino que has traído la vergüenza a esta familia.

-Te prometo que lo voy a arreglar todo.

-Ya me dirás cómo.

-Voy a la comisaría a ver cómo van las demandas de los afectados.

Si quiere acompañarme... -No pienso acompañarte.

¿No has escuchado lo que te he dicho?

-Perfectamente, pero... -¡Pero tú nada!

Esto no tiene arreglo posible, hijo. Has tocado fondo.

-Padre, deme un voto de confianza.

Estoy intentando arreglarlo.

-Vas a ser un indecente toda tu vida.

Dios. Pero ¿en qué me habré equivocado yo contigo?

¿De qué han servido todos estos años

en que te hemos mandado al extranjero para estudiar?

¿Qué te he hecho yo para que me hagas sentir esto?

Toda mi vida trabajando,

esforzándome para cubrir tus necesidades, y tú me haces esto.

-Siento en el alma haberle hecho pasar por este brete.

-¡Mentira! Tú eres incapaz de sentir nada.

Tú solo quieres salirte con la tuya.

Y vivir de la mejor manera y la más holgada posible,

y si es de gorra, mejor. -Padre...

-Cállate o pierdo los estribos y te hundo las costillas con un bastón.

-Padre, sosiéguese, que le va a dar un síncope.

-Mejor.

Si así fuera y el señor me llamara a su seno,

me evitaría la vergüenza

a la que me expone tu hermano. -Por favor, no diga enormidades.

Jamás pensé en recibir un trato semejante por uno de mis hijos.

-No siga con esto, que no le va a venir bien.

Vamos a casa

y que le preparen una tisana. Vamos.

Deja de andar de un lado para otro, pareces una fiera encerrada.

-No puedo hacer otra cosa. ¿Cómo crees que me siento

después de que mi madre desvelara nuestro parentesco?

-Supongo que sorprendida y furiosa.

-Ha sido un golpe bajo hacer tal revelación.

Y más de esa forma y en ese momento.

Solo busca hacerme el mayor daño posible, desestabilizarme.

Debes mantener la cabeza fría, no entrar en su juego.

-Lo que tengo claro es que no ha sido sincera.

-En eso estoy contigo.

Ella sabe cuáles son sus razones para actuar así.

-Sabía que yo estaba a punto de hablar

y, que me versión iba a ser bastante menos almibarada que la de ella.

-Parece que disfruta haciéndote sufrir.

Me estremezco cada vez que recuerdo las condiciones

en las que te encontré

en el sanatorio.

-Fue una suerte que me encontraras.

Si no, ahora nadie me creería.

Y esa arpía se atreve a decir delante de todos

que siempre buscó mi bien.

-Comprendo que te saque de tus casillas.

Pero veras como pronto destapa cuáles fueron sus intenciones.

Por qué actuó de la forma en que lo hizo.

Y por qué se hizo pasar por bondadosa, cuando no lo es.

-Estáis muy equivocados.

Siempre he obrado de buena fe,

buscando el bien tuyo,

lo mejor para mi hija.

-¿Y por eso me encerró en aquel lugar?

-Necesitabas ayuda. -Eso no es cierto.

-Lo es.

Estabas enferma. Yo solo quería que te curaras.

Por eso busqué los mejores médicos.

-Su cinismo no tiene límites.

-¿Crees que no fue un sacrificio para mí ingresarte en ese centro?

-Permítame que me ría.

Las dos sabemos muy bien por qué lo hizo.

-Lo hice una vez, y puedo volver a hacerlo

cuando lo considere necesario.

Estoy dispuesta a cualquier cosa por preservar la salud de mi hija.

-Me marcho a mi cuarto.

No puedo soportarla más.

-Hija.

-¿Cuándo va a dejarla en paz?

¿No se cansa de hacerle daño?

Estoy desesperado, Víctor.

Parece que todo el mundo se ha puesto en mi contra.

-Todo el mundo no creo, pero sí parte del barrio.

-Por más que lo pienso, no sé cómo voy a arreglar

el asunto de las pólizas. -Ya.

No es por desanimarte, pero tampoco le veo fácil arreglo.

-Tenías que haber escuchado a mi padre.

Me dejó a la altura del betún.

Nunca me había hablado con palabras tan duras.

-Sí. Es de suponer que le tienes bien enfadado.

-Estoy perdido, no sé cómo voy a salir de esta.

-(SUSPIRA)

-Esperaba un poco más de comprensión por tu parte.

Cualquiera diría que te importa un comino lo que te cuento.

-Ese cualquiera no iría muy desencaminado,

fíjate.

-Pues te tomaba por un buen amigo. -Y lo soy.

Pero no me sale darte consuelo.

Ya te advertí de que te estabas metiendo en un berenjenal

y no me hiciste caso.

Por tu culpa he discutido con María Luisa.

-Lo siento. Pero sabes que a mi hermana le dura un enfado

lo que tarda en estrenar un sombrero.

-Ah.

¿Para qué quieres mis consejos?, si después me haces menos caso

que al pito de un sereno.

-Víctor.

Víctor, te juro que he obrado de buena fe.

-Pues te has lucido.

-No quería dejar a la gente sin entierro.

-¿Por qué conmigo no eres sincero?

Tú querías sacarte unos cuartos y te ha salido rana.

-Nos conocemos desde niños,

no puedes pensar así.

Sabes que yo nunca jugaría con un asunto tan serio.

-Ya no somos unos niños.

Yo he madurado, llevo un negocio.

Solo pienso en casarme, formar una familia,

pero tú sigues con las mismas historias

de cuando teníamos 14 años.

-Víctor, tienes que creerme, aunque solo sea por la amistad que nos une.

-Me gustaría creerte, de verdad.

Pero entiende que tus actos tienen consecuencias.

Y algunas muy malas.

-Sí, tienes razón.

He vuelto a fastidiarla otra vez.

Pero esta noche necesito un amigo.

Así que, por favor, ¿por qué no cierras el local

y damos cuenta de una buena frasca de vino?

-¿Te das cuenta?

Sigues siendo el mismo niño caprichoso de antaño.

Igualito.

-(SUSPIRA)

(Puerta)

Gracias.

-¿Se encuentra bien?

-Me siento como si me hubiera pasado la noche recorriendo tabernas.

-¿Ha dormido mal?

-He tenido un sueño muy profundo y me he despertado débil

y mareada. -¿Tiene fiebre o algún otro síntoma?

-No.

Pero me siento desazonada

y nerviosa. Con mal cuerpo.

-Puedo prepararle un desayuno que le sirva como reconstituyente.

-No, gracias. No creo que me entrara nada.

-Saldré a buscar a un médico.

-No, no, no, no.

Puede que tomara

más licor del que pensaba.

-Me quedaría más tranquilo si la visitara un galeno.

-Créame que no es necesario.

Mejor, prepáreme

ese desayuno.

Me parece que estoy recuperando el apetito.

"Carmen,"

sírvenos dos copas de jerez, por favor.

¿Le gusta el jerez, licenciado?

-Me apasiona.

(Llaman a la puerta)

-La señora Palacios. -Gracias, Simón.

-Uy, qué señorial todo.

Tu mayordomo me presenta como si fuera la duquesa de Alba.

(RÍE)

Bueno, cuéntame.

¿Qué tal la entrevista? -Bien.

Era guapo, ¿eh? Bueno, y elegante.

-¿Sí, de verdad? Ni me fijé.

-Anda ya, Celia, que a mí no me engañas.

Dime, ¿has quedado para verlo más veces?

-Qué ideas, Trini. Vino, me entrevistó y ya está.

-¿Y qué te preguntó?

-Pues de todo. Lo normal en una entrevista.

-Disculpe usted, señora marquesa,

que no sabía que a usted la entrevistaban todos los días.

Pues no tengo el gusto de saber qué es lo normal en una entrevista.

-No hay nada que pueda contarte.

-O que no quieres. O que me ocultas algo.

-Pamplinas, Trini.

Vino, me entrevistó y se fue.

-Ya. ¿Y las fotografías?

-Pues lo normal. Como si nunca nos hubieran retratado.

-Pues ya que parece

que no hay nada que contar y que no soy bienvenida, me marcho.

Que bastante tengo yo con lo que tengo en casa.

-Me va a estallar la cabeza.

Buenos días, canija.

-Buenos días. Coge, coge. Además, me han salido de rechupete.

-¿No me dices nada por afanarte el desayuno?

-No. Con ese cuerpazo, tienes que comer bien para coger fuerzas.

-Parece que te has levantado de buen humor.

-¿Y por qué no iba a hacerlo? Que sepas que el asunto

de los piojos de doña Rosina ya es agua pasada.

-¿Y cómo ha sido?

-Se ha echado la loción matapiojos, creyendo que era un elixir

estimulante.

Y tan contenta que se ha ido.

-A lo mejor sirve para esos menesteres.

Si anoche se le escuchaba desde nuestra casa.

-Que no lo creo, Martín.

Ahora, que hasta temblaban

los cristales del escándalo que se traían.

-Buenos días. ¿Cómo va mi desayuno? ¿Hablabas de mí?

-No, señora. Hablábamos de unos pájaros que han piado toda la noche.

-Yo no he oído nada. He dormido como una bendita.

-Natural. -Debe estar agotada.

Me voy a Acacias a faenar.

Seguro que Servando tiene mucho trabajo para mí.

-Prepárame unas tostadas, Casilda,

que tengo hambre de lobo. -Enseguida señora.

-Buenos días.

-He dormido como una niña.

Todos mis pesares se han desvanecido después de lo de anoche.

-Me alegro que estés mejor.

-No me preocupa ni la historia de la gargantilla

ni los picores de cabeza, ni la maternidad de Úrsula...

Eres el mejor, mi amor.

Esta noche me gustaría probar más de la misma medicina.

-¿No crees que estamos abusando un poco?

-No creo.

Estoy dispuesta a bañarme en ese elixir si es menester.

-Tampoco es cuestión de airear

nuestras intimidades delante del servicio, ¿eh?

Después de la noche que hemos pasado,

lo mejor es dejar pasar unos días y que los cuerpos se recuperen.

-Yo creía que tener un marido tan joven, pues...

tenía algunas ventajas. -Por supuesto que las tiene.

Pero no es cuestión de desafiar a las ciencias médicas ni físicas.

-Eso ya se verá. Enseguida vuelvo.

-Casilda.

Todo ha salido a pedir de boca.

-Ya se ve, por la sonrisa de la señora.

-Me refiero a lo de los piojos.

Espero que se solucione.

-Sí, sí, no le quepa a usted duda.

Lo que se me antoja a mí,

es que ahora, el problema es otra cosa.

Pues eso. Que la señora se ha quedado tan contenta,

que va a tener que esconder el elixir

si quiere dormir por las noches. -Tengo que encargarme

de que no vuelva a usarlo.

Yo estoy dispuesto, pero no soy un miura.

Termina el desayuno

que yo también tengo hambre.

Necesitaba aire.

-A veces es necesario salir del barrio para preservar la salud.

-Y el buen ánimo. -Os buscaba.

Debemos hablar de la revelación que hizo Úrsula.

-En otra ocasión. Queremos distraernos de ese asunto.

-No. Ahora.

-Blanca está muy alterada desde la reunión de las vecinas.

Necesita distraerse. Me la llevo a los jardines.

-Nada de paseos.

¿Por qué está tan alterada?

Si ahora resulta que Úrsula la protege.

-Puedes hablarme a mí, estoy presente.

-Te lo ruego, déjanos continuar con nuestro paseo.

-¿Qué piensas hacer, Blanca?

¿Tramáis algo juntas?

-Déjalo ya.

-No os vais a marchar hasta que me conteste.

¿Estás confabulada con tu madre? -¿Cómo se te ocurre decir eso?

-Porque parece no importarte el estado de salud de mi padre.

Ni que esa malnacida siga siendo su esposa.

Tu querida madre, ayer,

con todas las señoras, un cuento de brujas, y tú, ahí,

tan fresca sin decir ni pío.

No me fío de ti.

Le traigo las cartas de ayer.

Perdone, ¿no se encuentra mejor?

-Sí, estoy restablecida, pero...

estoy un poco distraída.

-¿Cómo fue la entrevista?

Espero que Carmen estuviera a la altura y les atendiera bien.

-Sí, no tengo ninguna queja de ella.

-Simón.

Usted también estaba un poco alicaído esta mañana.

¿Le ocurre algo?

-No es uno de mis mejores días.

-¿Es por el secuestro de Adela?

-En realidad, no.

Lo que le sucedió solo fue un susto

al que ella le dio más importancia de la que tenía.

Tiende a magnificar todo lo que le ocurre.

-Trate de resolver este asunto cuanto antes.

Me duele verle como un alma en pena.

En fin, voy a hacerme un café.

Necesito despejarme para leer estas cartas.

-Se lo traigo. -No, no, no.

Quiero moverme un poco.

Gracias.

-Adela.

-¿Adela tomando decisiones?

Ella es incapaz de hacer eso.

Es solo una chiquilla soñadora y fantasiosa,

que lo único que necesita es poner orden en su vida.

Todo encaja, en el convento, en...

Cuando fuimos a buscar a Carlos.

Ya vinimos en su busca, pero nos encontramos con su padre.

¿Usted también se llama Carlos Cañada?

-Así es.

¿Y ustedes son?

-En realidad es, ella quien viene en su busca.

Lo mejor será que les deje a solas.

"¿Qué le ha dicho exactamente?".

-Insiste en que no me reconoce.

Que no sabe quién soy.

¿Usted cree que está despechado?

¿Qué trata de hacerme daño con su desprecio?

No me ha dejado explicarme.

Hasta cuando él estaba a punto de morir.

¿Ese hombre era Carlos Cañada, su novio?

-Se lo llevan a operar.

-Ahora entiendo que quisiera atenderle usted.

Por eso me impidió acercarme a él, ¿no?

Está claro.

Está claro.

¿Cómo no me he dado cuenta antes?

¿No piensas decir nada?

Entiendo.

Blanca, solo puedo decirte que me has defraudado.

-(LLORANDO) Samuel, te ruego que pares esto.

Apenas puedo respirar. Necesito irme.

-¿Estás contento? -No, no lo estoy.

Blanca, necesito respuestas.

¿Qué ocurrió en el hospital? ¿Qué fue lo que viste?

¿Por qué Úrsula te tiene amedrentada?

-Déjame. No puedo escucharte más.

-¿No puedes o no quieres?

Dime si Úrsula está moviendo

sus hilos en el hospital

para que mi padre no mejore.

¡¿Qué sabes de eso?! -¡Basta! No te consiento que sigas.

Blanca no es tu enemiga. Los tres estamos en el mismo barco.

¿O lo has olvidado?

Muy cargada la veo hoy, Fabiana.

-Pues no llevo "na", las cuatro cosas de siempre.

-No me diga que...

"Pa" mí que está comprando a escondidas.

¿No pensará celebrar un banquete, verdad?

-Pues no sé a cuento de qué.

-¿No era por estas fechas su cumpleaños?

-Sí.

Pero no lo vaya cascando por ahí.

-No sé por qué. Ni que fuera una deshonra cumplir años.

-No lo es.

Pero a ciertas edades no se cuentan los años que se tienen.

-(RIENDO) Muy coqueta me ha salido usted.

-De esto chitón y punto en boca.

¿Me lo promete?

Si así lo quiere... Ni que fuera yo un chismoso.

Traiga que no está usted para estos trotes.

-Gracias, jovencito.

-Me parece de los más curioso que Blanca sea la hija de Úrsula.

No se parecen, ¿no? -Habrá salido a su padre.

-¿Y ese quién podrá ser? -Deja de darle vueltas ya.

Ese asunto ni te va ni te viene.

-Seguro que a tu tía sí que le interesa, ¿verdad, Susana?

-Es tremendo lo de la maternidad de Úrsula. Quién lo iba a decir.

-Eso le comentaba a tu sobrino.

Me ha censurado por prestarle atención al asunto.

-Pues que se deje de melindres.

El asunto tiene tela. Y os lo digo yo, que soy sastra.

-Ay. Pues será menester que nos pongamos al día a escape.

Tengo muchas cosas que contarte.

-Eh... -Mejor os voy a dejar solas

para que podáis chismorrear. Estaré en la chocolatería.

-Pero esta tarde te espero en casa,

que tenemos un asunto pendiente.

-Tú siempre tan ocupada.

Menos mal que tienes a mi sobrino para que te auxilie.

-No lo sabes tú bien. Ay...

-¿Qué me querías contar?

-Don Arturo me ha pagado tres meses de alquiler

porque se va fuera de España.

-A saber dónde va a ir ese.

-Yo misma te lo puedo decir.

Pero sería mejor que estuvieras sentada, créeme.

Ay. Susana, he estado indagando y he dado con un cochero

que llevo al señor Valverde a las oficinas de una naviera

para comprar un billete, nada menos que a Turquía.

¿No te parece de lo más chocante?

-Sí que es raro

que pretenda hacer el mismo viaje que le costó la vida a su hija.

-¿Qué le llevara allí?

-No lo sé, pero sea lo que sea, te pido que esto no lo cuentes.

Me da mucho miedo que la noticia

haga que Simón vuelva a pensar que Elvira está vida en Estambul.

-Como quieras.

Pero me va a costar silenciar algo de tanta enjundia.

-Pues haz un poder. Chitón.

-A los buenos días. ¿Han visto a Adela?

¿Les ocurre algo? -Sí. No.

-Cualquiera diría que estaban hablando de mí.

-Ay, no. Hablábamos de viajes.

-¿Y quién se marcha? -Nadie.

Hablábamos de lo bien que está Leonor

en Isla Margarita. -Sí.

Te quiero pedir un consejo

de experto sobre unas telas que acaban de llegar. Vamos.

-(RESOPLA)

Me he enterado de que te has "pasao" por casa de mi señora.

-Barrunto que para hablar del asunto de la gargantilla.

Lola,

no me supo bien hablarte de la guisa que te hablé ayer.

Pero peor me sabe contarte lo que te tengo que contar.

-¿Qué ha pasado?

-Que la ha palmado otro de los asegurados de don Antoñito.

Ahí está el hombre, de cuerpo presente

sin poder recibir sepultura.

-No puede tener peor suerte este hombre.

Cliente que asegura,

cliente que la endiña en menos que canta un gallo.

-Lola,... de verdad que lamento

que ese chisgarabís te esté haciendo pasar las de Caín.

-Gracias, Casilda, pero no le llames así.

Que ya me he enterado.

Que la ha endiñado otro.

-Así es.

Venía de comisaría de ver cómo iba el tema de las denuncias,

cuando me he enterado.

-No pueden ir peor las cosas. -No.

Todo se puede complicar, y más cuando das con un gafe como yo.

¿Por qué todo me sale tan mal?

Es que no sé cómo voy a salir de esta.

-Bueno, alguna solución encontrarás, ¿eh?

Que Dios, pues... aprieta,

pero no ahoga. -Pues conmigo

se está pasando varias leguas.

No sé cómo voy a salir de este entuerto.

-Yo voy a estar a tu vera "tol" tiempo.

Alguna solución encontraremos para salir de esta.

No lo veas todo negro.

-Menos mal que te tengo a mi lado.

Somos los dos solos contra todos.

-No del "to".

Lo mismo hay alguien que nos puede echar un cable.

Mejor que sobre que no que falte.

(RÍE)

#Donde hay jarana hay alegría... #

Uy, qué poquito queda.

Voy a tener que mandar a buscar otro frasco.

Uy.

Es que así...

Trini, me muero de la vergüenza.

Me he portado fatal contigo y vienes a traerme pasteles.

Soy yo la que debe disculparse. -Venga, Celi.

A ver si nos vamos a quedar la una por la otra y la casa sin barrer.

-Gracias, Trini.

Anda, coge un pastel.

Por eso los has traído.

-Quita, que desde que la niña es novia de Víctor,

los tengo por toda la casa y me los como a dos carrillos.

Ojalá Antoñito fuera la mitad de formal de lo que lo es Víctor.

-¿Hay alguna novedad?

-No quiero ni pensar.

Vengo a tu casa para liberar la mente de la mía.

¿Y tú?

¿Estás mejor que esta mañana?

-Tenía la cabeza...

como un tambor de Calanda. ¡Pum, pum!

-¿Y no puede ser que te pasaras un poquito con el jerez?

-No te digo yo que no.

Espero que no,

que no me lo notara en la entrevista.

-Seguro que no.

Seguro que dejaste impresionada a ese tal Castijón.

-Buenas tardes. Disculpen que moleste.

-No hija, no molestas. Ya me tengo que ir.

Cada vez que salgo de mi casa, pienso que al volver

no voy a encontrar piedra sobre piedra.

Voy a ver si mi esposo no se ha llevado otro disgusto

gracias a Antoñito.

-Apóyale mucho. Todo apoyo es poco.

-Luego te veo.

Con Dios. -Con Dios.

-Doña Celia, quería hablar con usted.

-Adela,

debería denunciar el secuestro.

-Es que es sobre eso.

Todo es mentira.

-¿Qué?

-Que me lo inventé.

Que nadie me secuestró.

Que ese hombre no existe, que nadie me hizo daño.

-Pero no lo entiendo.

¿Por qué iba a hacer algo así?

-No sé. Me fui del barrio

y, quería regresar. Tenía que dar una explicación

y no se me ocurrió otra cosa.

Perdóneme.

Lo siento.

No sabía que iba a causar

tantos problemas y preocupaciones a la gente que me aprecia.

-No sé qué decir.

-Perdóneme, por favor.

No diga nada, solo perdóneme.

-Va, no llore. No llore.

Olvidémonos de este asunto.

-Gracias.

¿Cómo te ha ido en casa de doña Celia?

-Exactamente como usted lo pidió.

-Bien. Pronto empezarán a pagar por todo lo que me hicieron.

-Me da mucho reparo por doña Celia.

-Tú lo único que tienes que hacer es obedecer y dejarte de remilgos.

O será peor para ti.

Puedes irte.

Castora,...

desde que mi hija te vio, está aterrorizada.

-Es de entender que no le traiga buenos recuerdos.

-La conozco bien.

Tiene un carácter imprevisible, como el de un volcán.

-Yo diría que la tiene a punto de explotar.

Ah.

Oh.

Qué sofoco me está entrando.

(SOPLA)

-A las buenas, querida.

Rosina, cariño, ¿qué te ocurre? Tienes la cara roja.

Sí. No sé. Ando como desasosegada y tengo picor hasta en los ojos.

Anda, dame aire, que ardo.

-¿Y te ha ocurrido así sin más?

-Ha sido cuando he empezado a echarme el dichoso elixir.

-Qué extraño, porque ayer no te produjo ninguna reacción.

Ninguna reacción adversa,

claro. -Quería darte una sorpresa.

Quizás me he pasado con la dosis.

-Pero Rosina,

¿qué has hecho? Pero si no has dejado casi ni una gota.

-Porque pensé que cuanto más mejor.

Si ayer con unas gotas pasamos la noche en vela,

he pensado que con todo el frasco, ¡madre mía!

-Pues vaya despropósito. Tienes que darte una ducha a escape.

O mejor aún, que te vea un médico.

-No te entiendo. ¿Qué me está pasando?

-Rosina, que tienes piojos.

Vas llena de piojos y te has embadurnado

el cuerpo entero con este elixir contra esos bichos.

-Ay. -A saber lo que puede ocurrirte.

-Ah...

Ay, piojos. Virgen santa.

Ay, que prefiero la muerte. -Pero...

-(LLORA)

(LEE) "¿Cómo pude creerme estas fantasías?".

Creo que ha llegado el momento de que hablemos.

-Estoy dispuesto a escucharte.

-Te he contado muchas cosas

que no son ciertas desde que nos conocimos.

-Lo sé.

-Nunca quise hacerte daño.

Te amaba.

Y te amo con todo mi corazón.

Pero es que, las fantasías crecen en mi cabeza como enredaderas

y, se hacen tan fuertes, que no las puedo controlar.

Se dan hasta tal punto que, no distingo lo que es real y lo que no,

como en esta ocasión.

Yo me creía que...

era verdad todo lo que escribía en el diario.

Pero es que, lo prefería a la realidad.

Lo único que había vivido era,...

era encierro... y rezos, soledad.

-Te preguntaré algo y, quiero que me respondas.

¿La historia de Carlos también era falsa?

Ay, doña Trini.

¿Qué haces tan "desmelená"?

¿No me digas que ha ocurrido algo gordo?

-Y algo peor que puede pasar si no ponemos remedio.

La ha "endiñao" otro de los de Antoñito

y tienen que darle sepultura. -Este muchacho va de mal en peor.

-Es que no tiene ni una perra chica.

¿Podría hablar con don Ramón para que le echara un cable?

-Ay, Lolita, eso que me pides es una tarea muy difícil.

Que Ramón sigue muy furioso con su hijo. No se fía un pelo de él.

-¿Y usted, confía en él?

-Yo creo que no tiene mano para los negocios.

Pero reconozco que es noble como el que más.

A la postre ha confesado que ha sido él quien robó la gargantilla.

-Mire, doña Trini, a mí nunca me ha "engañao".

Lo de los embustes fue una vez.

No fue tan gordo. "Na" que no se pueda perdonar.

-Eso de que tampoco fue tan gordo, permíteme que lo discuta, Lolita.

¿Cómo se te ocurre decir que has sido tú

quien ha robado la gargantilla?

De tan buena que eres, pareces tonta.

¿Pensabas que ibas a conseguir

apañar algo que no fuera jugarte la pelleja?

-Pues lo hice porque ahora mismo estoy...

-Porque tienes el seso perdido por él.

Le quieres mucho, igual que él te quiere a ti.

(SUSPIRA)

-Qué negra suerte la nuestra.

Le íbamos a decir a todos que estamos ennoviados y,

estamos liados hasta las pestañas. -Ahora no digáis ni chus ni mus,

que no está el horno para bollos, Lolita.

-Qué remedio nos queda.

-Y de lo otro, pues...

Intentaré mediar con mi esposo, pero no te prometo nada.

-Es usted oro molido, doña Trini.

¡Uy! Ten cuidado, pisacharcos, que casi me pasas por encima.

-Lolita, el doctor Gálvez,

el doctor Gálvez, Lolita.

-Pero ¿qué hace un doctor tirando de un carro?

Uy...

Ya he terminado.

-Los dos hijos tienen algo de la cara de Jaime.

Sin duda, Diego ha heredado

ese gesto duro y, Samuel, su mirada vulnerable.

Los dos son un compendio de él.

-No sé cuál de los dos me carga más.

-Diego, sin duda.

Tiene un carácter duro, difícil de doblegar.

Puede ser terrible si se junta

con el de Blanca. Son dos camorristas.

-No lo va a tener fácil ni con uno ni con la otra.

-Por eso he tenido que dar un paso adelante y desvelar a todo el mundo

que Blanca es mi hija.

-No sé qué gana con eso, pero usted sabrá.

-Inquietarla.

Cuanto más nerviosa esté y más odio sienta por mí,

mejor podré manejarla.

Estaba a punto de contarlo todo, estoy segura.

Ahora, al menos he arruinado su golpe de efecto.

-Ambas conocemos sus puntos débiles.

¿Cuáles son sus demonios?

-Y si es necesario,...

se los volveremos a recordar.

-"Necesito respuestas,

¿qué ocurrió en el hospital?".

"¿Qué fue lo que viste?".

"Dime si Úrsula está moviendo sus hilos en el hospital

para que mi padre no mejore".

"¡¿Qué sabes de eso?! -¡Basta ya!".

-"Aunque no lo creas, estoy aquí para ayudarte".

-No. No, se lo ruego.

-"Vamos a devolverte la cordura".

Tu madre ha sufrido mucho por tu culpa, pero te ama.

(LLORA)

Nunca más desobedeceré sus órdenes.

Lo juro.

Pero suélteme, se lo suplico.

-No, no, no. Sabes que lo que dices es falso,

que volverás a caer en tus vicios,

tu comportamiento libidinoso, tu rebeldía.

Hay que extirpar el mal de tu mente,

de raíz.

-Es mi madre.

Ella quiere

volverme loca.

-Tu desagradecimiento no te ayuda.

"Pero te vamos a curar".

"¿Has oído hablar"

de la piroterapia?

Es un método doloroso,...

-(LLORANDO) No, no.

...aunque eficaz.

Te inyectaré una bacteria y, durante unos días tendrás mucha fiebre.

-No. -Estarás casi al borde de la muerte.

Pero al final, nos lo agradecerás.

-¿Por qué me hacen esto?

-Porque es la única forma

de curar tu dolencia. Tu madre te quiere

y, quiere expulsar los demonios de tu cuerpo y de tu alama.

-Ella solo quiere matarme.

-Perdona, la bacteria debe inocularse

en el muslo.

-No.

(BLANCA LLORA)

¿Por qué?

Doña Rosina, que no, que no hay intruso de ningún tipo.

-Me da igual. El boticario me dio esta solución antipiojos.

Hay que echársela,

y sin rechistar. -¿Para qué?

Estamos requetelimpios.

Es más, a mí ni me han pisado la cabeza.

-Mejor prevenir que curar.

Echáosla y, con generosidad, ¿estamos?

-"Les he hecho venir" para despedirme.

Marcho por unos días de la ciudad. -No sabía que se fuese usted

de viaje. -Sí.

El coronel adelantó el alquiler.

-Así es. Marcho a Argentina.

-Eso será para mucho más que unos días.

-No está cerca, sin duda.

-¿Y qué le lleva a realizar un viaje tan largo?

Mi esposa no pudo sacárselo.

-Negocios.

Celia, ¿cómo te ha ido la entrevista con el licenciado?

-Bien, fue bien. ¿Alguien quiere un suizo?

-Ay.

-Celia, ¿estás bien? ¿Ocurre algo?

-No. Claro que estoy bien. ¿Qué me ha de ocurrir?

-No sé, estás rara.

No entiendo porque no quieres hablar de tu entrevista.

Ayer me costó horrores

sacarte ni media.

-No sé de dónde te has sacado eso, Trini.

¿Me daría permiso para ausentarme del trabajo?

Es que he de hacer una gestión importante.

-Una gestión importante. ¿Se puede saber de qué se trata?

-Disculpe mis reparos, pero no puedo contarle nada por ahora.

-Ve, anda, ve.

Haz lo que tengas que hacer.

Pero te espero antes del cierre de la mañana, que aquí hay mucha faena.

Lo lamento mucho,

pero me temo que no voy a poder regresar antes de media tarde.

El asunto del que me he de ocupar

me lleva bastante lejos de aquí.

-"Blanca es una mujer inteligente," profunda.

No esperes sencillez, ni mucho menos

simpleza en su comportamiento. -Aparte, ella es especial.

No tiene nada que ver con otra mujer que haya conocido.

-Es extraordinaria, Samuel, eso no te lo niego.

Por eso tienes que estar preparado.

Debes darte cuenta de lo que eso conlleva.

-No es solo su complejidad lo que más me preocupa.

Algo se está removiendo dentro de ella.

Algo que la atormenta y que la aleja de mí.

-Yo también lo he percibido. -"¿Qué haces aquí?".

-Quería hablar contigo.

"Na" tenemos que hablar.

Me has mentido. Me has hecho sentir como una boba.

Y yo he "picao".

Fuera. -Lolita.

Lo hice por un buen motivo.

A ver, ¿qué motivo es ese?

-"¿Y Adela?".

-Me ha pedido ausentarse unas horas.

-¿Y le dijo dónde iba?

-Ni por asomo.

Y no será porque no le pregunté.

¿Qué os está pasando?

-Nada. No es nada, madre. -Claro que es algo.

Lo que pasa es que no me lo quieres decir.

-Pronto lo sabrá, pero antes he de hablar con Adela.

-Me dejas preocupada, hijo.

Adela estaba extraña y, después de lo que me contaste

de que se hacía un mundo de fantasías...

Esa chica no está bien.

Lo siento de veras.

Sé que debería ir a Samuel y a Diego y contarles

quién es de verdad esa mujer,...

Castora.

Porque yo,...

don Jaime, la conozco.

Ella es el mismísimo demonio.

Es la persona más malvada y cruel que he conocido nunca.

-"No quería"

que sacaras las cosas de quicio.

Si te enteras de lo de los piojos, te vuelves loca.

-¡Claro que sí! ¡Son bichos que se reproducen en tu cabeza!

Es para volverse loca. -Y tú más.

-¿Qué quieres decir con yo más?

¿Crees que soy una enajenada,

que pierdo el oremus, que no sé contenerme?

-¿Es una pregunta con trampa?

-¿Lo crees de verdad?

Virgencita de mi alma, pero ¿qué es lo que te pasa?

-Ha sido Antoñito, Casilda. Tú tenías razón, no es de fiar.

-¿Qué te ha hecho?

-Algo muy gordo.

-Ya, bueno, Lola, pero ¿el qué?

-Me ha mentido.

-¿Qué te ha mentido?

¿Con una pelandrusca?

Pero si parecía que estaba enamorado

de tus huesos y de toda la carne que los recubre.

-Casilda, que no eso.

Es algo mucho más gordo. -"Ay, qué nervios".

Seguro que te haces famosa.

-No creo que sea para tanto.

-Te voy a poner en la sastrería. -Sí, Susana,

qué buena idea. Que lo vea todo el barrio.

(RÍEN)

-¿Qué pasa?

-Pero ¿esto que es?

  • Capítulo 599

Acacias 38 - Capítulo 599

12 sep 2017

Celia se queda medio dormida durante la entrevista con el periodista. Carmen parece que prepara algo. Al despertar, Celia no recuerda nada. Carmen afirma a Úrsula que "el trabajo está hecho". Antoñito discute con Ramón en público. El joven va a refugiarse en Víctor, pero el chocolatero le acusa de desconsiderado.

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