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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 597 - ver ahora
Transcripción completa

Es la joya más bella que he visto jamás.

Solo que no sé si lo merezco.

-Todas las esmeraldas del mundo son poco para ti.

Por favor, póntelo, te lo ruego.

-"Han redoblado la vigilancia" sobre el enfermo.

Y apenas he tenido tiempo de estar a solas con él.

-No importa.

Mi marido está bien como está. No puede hacerme daño.

Pero hay otra cosa que te quiero pedir.

-"Osman, el pintor," te cita aquí mismo mañana por la tarde.

-Pero no dice lo que quiere comunicarnos.

-Serán buenas noticias.

Si quiere verte, es porque Elvira está viva y sabe su paradero.

-Es mejor que no lancemos todavía las campanas al vuelo.

Vamos a ser cautos.

-"Elvira está muerta".

-Coronel, los dos sabemos que eso no es cierto.

-Lo es para todo aquel que se interese por su destino,

señor Osman.

-He podido comprobar que aquí tiene amigos que la estiman de veras.

Me duele en el alma tener que mentirles de manera tan cruel.

-Le duela o no, eso es lo que va a hacer.

Adela, me tenías con el corazón en un puño. ¿Dónde estabas?

-No te puedes imaginar lo que me ha pasado.

Salí temprano para...

comprar unas flores donde Fabiana y un hombre me asaltó.

-Samuel me ha confesado que dudas de tu compromiso.

Que no pareces tan segura de la promesa que le hiciste.

¿Estás jugando con él?

Blanca, ten cuidado.

No te lo voy a permitir.

-Lamento tener que ser yo quien te dé el aviso,

pero en la chocolatería se está armando.

Allí se han reunido clientes que tenían contratadas pólizas contigo

y, les ha llegado que no cumples con tus compromisos adquiridos.

Y exigen que les devuelvas el dinero.

Lolita, será mejor que te vayas, porque esto va a terminar mal.

-Nones, servidora no se mueve de tu lado.

-Calma, calma, se lo ruego. Déjenme pasar, déjenme pasar.

-Padre.

-¿Qué es lo que está ocurriendo aquí?

¿Qué significa todo este escándalo?

Te ruego una explicación.

-Burak me encargó el cuadro para poder recordarla siempre.

Él me dio una fotografía para que me sirviera de modelo.

Y me ordenó pintarla ante la Torre del Reloj Esmirna.

-Perdone que les moleste,

pero es tarde y debo administrar la medicación al paciente.

Usted debe ser la prometida del hijo del señor Alday.

-Blanca, Blanca, aguarda.

Vendiste la Estatua de la Libertad,

llegaste a España y te pusiste a estafar a la gente

con un negocio de bolsa fraudulento.

No has ganado un real en toda tu vida,

pero esto... -Padre, por favor,

déjeme que se lo explique. -¡Silencio! Esto es el colmo.

No me sirven tus explicaciones ni tus excusas.

-Ramón, tranquilízate, que te va a dar un síncope.

-Pues ojalá. Ojalá me dé un síncope

y me lleve al otro barrio. Así me ahorraría

de vivir una escena tan bochornosa

como la que acabo de vivir en "La Deliciosa".

-Mi intención nunca ha sido estafar a nadie.

-Lo de los seguros era una buena idea.

Un buen negocio.

Solo había una cosa que lo podía estropear.

Tu mala entraña. -Ramón, por favor, ¿eh?

-Sí, su mala entraña. Y no, no me retracto.

No sé de dónde la habrá sacado.

Si ha sido de mí, le pido perdón

al cielo, porque yo nunca quise tener un hijo que solo destacara

por su avaricia

y por su falta de escrúpulos. -Padre, por favor,

si me va a insultar, tenga al menos la delicadeza de escucharme.

-Está bien. Habla, di lo que tengas que decir.

-Todo ha sido mala suerte.

Esa mujer se murió antes de tiempo.

-Ahora solo faltaba que la gente se muera

cuando al señorito le venga bien. -Ramón, por favor, ¿eh?

Déjale hablar.

-Usé el dinero de las primeras pólizas en pagar al coronel.

Sí, sé que debía haber sido más precavido,

pero el hombre me presionaba y usted se avergonzaba de mí.

-Más me avergüenzo ahora. -Padre, por favor.

Yo solo quería ser el hijo que usted siempre quiso tener.

Resuelto, triunfador y que sabe afrontar los problemas.

-Yo solo quería tener un hijo que fuera decente y honrado.

-Fue cuestión de un mes.

Si esa mujer se hubiese muerto un mes más tarde,

usted se sentiría muy orgulloso de mí.

-Ramón,

el muchacho ha obrado de buena fe.

Es más, esa señora ha tenido su entierro.

-Tarde. -Cuando he podido organizarlo.

-A la gente se la entierra cuando se muere,

no cuando tú lo tengas todo a punto.

Después de lo del escándalo del coronel,

ahora ha llegado el escándalo de los seguros.

Vamos a tener que devolver todo el dinero de las pólizas.

¿Seguro que no vamos a tener ninguna otra sorpresa?

-No. No, no, ninguna sorpresa más. -¿Seguro?

-Seguro.

-Eso espero.

Me voy a mi despacho, tengo muchos números que hacer

y muchas cosas en las que pensar. No sé cómo vamos a salir de esta.

-Voy a hacerle una tila a tu padre.

No vaya a ser que ahora le dé un síncope de verdad.

Lo que nos faltaba.

Ya han terminado.

Parece que no ha llegado la sangre al río.

-No sé cómo puedes estar tan pendiente de ellos.

-Pues son tu padre y tu hermano, y el lío es morrocotudo.

-Sí, a mí me lo vas a decir.

Me da tanta vergüenza , que prefiero no pensar en él.

-Ahí viene doña Trini.

-Voy a llevarle una tila a tu padre, que me preocupa

que esté tan nervioso. No, si cualquier día el corazón

nos da un susto.

Desde la bomba, ese tema me tiene en un ay.

¿Te has enterado de lo de tu hermano?

-¿Y quién no?

-Bueno, Luisi, tú tranquila, ¿eh?

Que tu padre lo va a arreglar todo y no nos vamos a quedar en la calle.

-No, si no es eso lo que me preocupa, Trini.

Que mi hermano la líe con un negocio, ya no sorprende a nadie.

-¿Entonces?

¿A qué viene esa cara de funeral?

Mira que no quiero malas noticias, ¿eh?

Víctor.

¿Qué ocurre?

¿Es por lo que me contasteis del cuadro de Elvira?

¿Habéis averiguado algo? -He hablado con Osman.

Y me ha dicho que el cuadro se lo encargó su marido, Burak Demir,

a partir de una fotografía.

Elvira ya estaba muerta

cuando él pintó el cuadro. -Pero es que el cuadro es perfecto.

Está tan bien pintado...

No pensé que se pudiera hacer un cuadro tan bien

con tan solo ver un retrato.

-Bueno, Luisi, hija, hay gente que tiene un verdadero don.

Lo siento. Sé que creías que tu amiga estaba viva.

-Es que es como verla morir una y otra vez.

-Bueno, ánimo, Luisi, que hay cosas en la vida

que no tienen vuelta atrás, y la muerte es una de ellas.

Voy a llevarle la tila a tu padre. Luego hablamos.

-¿Tú crees que Osman dice la verdad?

-Yo creo que Osman no tiene ningún motivo para engañarnos.

Con que lo único que hace es corroborar lo que ya sabíamos,

que Elvira murió en el naufragio.

Hay que olvidarse del tema, mi amor.

La vida sigue.

-Elvira sigue muerta, Adela vuelve...

Espero que Simón se dé cuenta de que no es con esa mujer

con quien debe compartir su vida.

-No sé por qué tienes tanto en contra de ella.

Acuérdate del agujero negro en el que estaba antes Simón.

-Mira, Víctor,

Adela se ha aprovechado de su fragilidad y, no quiero decir

que Simón tenga que guardar ausencias a Elvira para siempre,

pero esa mujer no le merece.

Otra vez no.

No puede volver a empezar.

(Llaman a la puerta)

-Blanca, perdona que entre así.

No has salido a cenar.

-No tengo apetito.

-Es solo un poco de caldo y una rodaja de pescado.

-Te digo que no tengo apetito.

-El caldo está realmente rico.

Sería una pena que se enfriara.

Tómate eso al menos.

Blanca, ¿qué te ocurre?

-¿Cuántas veces me lo vas a preguntar?

¿Cuántas veces quieres que te responda que nada?

-Sé que no es cierto.

-¿Cuántas veces necesitas preguntármelo

para convencerte de que no hablaré? -Tal vez pueda ayudarte.

-No puedes hacer nada por mí.

Nadie puede hacer nada por mí.

Déjame sola, por favor.

-Sabes dónde estoy.

Dispuesto a escuchar, a ayudarte.

A cualquier hora.

"Soltadme".

"Dejadme salir, por favor".

Buenos días, Adela. No ha llegado Simón, ¿no?

-No. Estaba mirando a la calle a ver si le veía aparecer.

No sé, tal vez haya ido a la estafeta de correos.

-Tal vez. Es tan responsable

y está tan al tanto del negocio, que a veces yo misma

me olvido de las obligaciones y solo él las tiene en la cabeza.

Tendremos que prepararnos nosotras mismas el desayuno.

-Me preocupa. Nunca llega tarde.

-¿Quién sabe?

Puede que haya ido a Correos, o al banco. Usted misma lo ha dicho.

A no ser que haya pasado algo que yo desconozco.

Usted fue la última con la que habló anoche.

-Sí, pero no tuve oportunidad de preguntarle.

-No me refiero a eso. En realidad,

no me refiero a nada que tenga que ver con él,

sino con usted.

Todavía no sé qué es lo que ha pasado estos días.

A qué se ha debido su ausencia.

-No me gusta recordarlo,

pero a usted no tengo más remedio que contárselo.

-Espero que no sea por obligación, sino porque quiera hacerlo.

-No, si no quiero tener secretos para con usted.

Pero es que me da mucha vergüenza lo que le voy a desvelar.

Se va a pensar que mi virtud está manchada.

-Por Dios. Hable, hable de una vez.

-Un hombre me atracó y me hizo subir a un carruaje

en plena calle Acacias. -No puede ser.

-Y no contento con eso me llevó a un sótano y me retuvo allí.

Sin agua, sin comida.

A oscuras. Temiendo por mi vida.

Apenas había una rendija de luz

que se colaba por la trampilla

por la que el hombre entraba y salía con una escalera de mano.

Imposible para mí alcanzarle y fugarme.

-¿Y abusó de usted?

-No. No, gracias a Dios.

Lo intentó.

Pero el Señor y la Virgen me dieron fuerzas para resistirme.

Pasé mucho miedo.

Cada sonido que escuchaba en ese sótano, pensaba...

que era el último que,...

que se colaría en mis oídos

antes de morir. -¿Cómo logró escapar?

-Tal como me retuvo, me dejó de nuevo en la calle.

Sin más.

Nunca le agradeceré lo bastante al Señor

que me salvara de esa muerte

que ya esperaba.

-Hay que denunciarlo.

Qué pena que no esté aquí Felipe

para ayudarnos a hacer la denuncia y, hacer que ese hombre

pague por su felonía. -No, no. Ni siquiera le vi la cara.

Y no sé dónde está ese sótano.

-¿Y si vuelve a actuar en el barrio?

Por favor, Adela.

-No. Usted misma pensó que había abusado de mí.

Pues todos los vecinos pensarán lo mismo, diga lo que diga.

Y no quiero que me señalen por la calle

como si fuera una mujer mancillada. -Pero Adela...

-No. Por favor. Por favor, doña Celia.

-Como desee.

-Iré a mi alcoba.

Necesito rezar.

Disculpe, señora.

En un minuto tendrá listo el desayuno.

He ido al banco a rellenar los giros a los proveedores.

-Gracias, Gayarre. Gayarre.

Adela me ha contado lo del secuestro.

-Ya. -Creo que debería convencerla

para que denunciara.

-Simón. Me había parecido oírte entrar.

-Adela,...

le he pedido a Simón que hable con usted de lo ocurrido.

Creo que es necesario que presente una denuncia.

Por la seguridad de las demás mujeres.

Les dejo a solas para que hablen.

No había suizos, así que he cogido picatostes.

-En tiempos de Juliana nunca se agotaban los suizos.

-Rosina, no me hables del siglo XIX que estamos ya en el XX.

-¿Y qué tendrá que ver? -Tiene mucho que ver.

Ahora el negocio se lleva de una forma diferente.

Un comerciante no quiere que le sobre género

y afina lo que puede.

-Comerciantes... Son todos iguales.

Mira sino Antoñito.

Un sinvergüenza de tomo y lomo. Lo manda su padre

a estudiar a los Estados Unidos para que aprenda de negocios

y vuelve con alma de filibustero.

-Antoñito está metido en un buen lío, sí.

Ayer todos los asegurados

le pedían en masa la devolución de sus pólizas.

No sé de dónde va a sacar los cuartos.

-¿No lo sabes? Pues yo lo sospecho.

Es más, estoy segura. Al menos de parte de ellos.

-Antoñito no tiene nada que ver con el extravío de tu gargantilla.

-No seas inocente, Liberto. Y no es extravío, es robo.

-Bueno, que nadie te escuche hablar de esto, ¿estamos?

No podemos echar tierra sobre el nombre de ese joven

sin tener ninguna prueba. -Nos sobran las pruebas.

Y deberíamos ir a hablar con él y con Ramón.

-Rosina, ¿te pasa algo en la cabeza? -Sí, me pica.

Es el peinado, una horquilla o algo. -Pues deja de rascarte,

que no es nada refinado en una dama.

-"Ya no sé si quitártelos"

o formar un ejército con ellos.

-Servando, por favor, póngalos en otro sitio.

-Tú no te preocupes que luego el trapo ese se quema.

-Pareces una monita.

-Liberto, ¿puedes mirarme si tengo algo en la cabeza?

Debe ser una horquilla mal puesta.

-Déjeme a mí, que a veces se lo hago a Casilda

y tengo más maña.

(SE ASOMBRA)

Pues no parece nada, ¿eh?

Se ve que le tira el peinado o algo.

A más ver.

-Qué raro, ¿no? -Y que lo digas.

¿Crees que tenemos que ir a hablar con don Ramón?

-Sí.

No te preocupes.

Si Antoñito no es el responsable del robo, que lo dudo,

al menos que sepa que sospechamos de él y que nos dé su versión.

-Entonces estas cosas no tenemos que dejarlas enfriar.

Cuanto antes las afrontemos, antes nos las quitaremos de la cabeza.

Termínate el chocolate y vamos a casa de los Palacios.

Menudo bochorno para el pobre don Ramón.

Supongo que le has contado a doña Celia lo de tu secuestro.

-Quiere que denuncie, pero, pero yo no estoy dispuesta.

Y no me voy a dejar convencer,

así que, mejor dejamos de hablar de esto.

¿Qué te ha dicho el pintor del cuadro?

-Me confirmó que Elvira estaba muerta.

Que el cuadro fue pintado a partir de una fotografía.

-Lo siento. Lo siento mucho, Simón.

¿Hay algo más?

-¿Acaso te parece poco?

-Me refiero a que... si hay...

Si hay algo conmigo.

¿He hecho algo que te haya podido molestar?

-Mira, si me perdonas, me gustaría ponerme a trabajar

para quitarme de la mente todo esto. -Sí, sí, sí.

Puedes contar conmigo siempre que quieras.

Mejor te dejo solo, no quiero incomodarte.

Me he dejado mi diario.

"El retrato fue un encargo del hombre que iba a ser su esposo

en Turquía". -"Burak Demir, lo sabemos".

-El desdichado nunca pudo contraer matrimonio con ella.

La travesía no llegó a puerto.

Su prometida murió ahogada.

Burak me encargó el cuadro para poder recordarla siempre.

Él me dio una fotografía para que me sirviera de modelo.

Y me ordenó pintarla ante la Torre del Reloj Esmirna.

-¿Por qué la apartó de mí, coronel?

"Es mi hija".

Y es mi decisión.

-El destino que le estaba reservado no parece ser el mismo

que usted le ha elegido.

Su comportamiento está muy alejado del que debería tener

una buena esposa turca.

Es rebelde e insolente. -No me descubre nada nuevo.

Durante años he sufrido su desobediencia.

Ahora le corresponde a otro meterla en vereda.

-Burak Demir lo está intentando, puede creerlo.

Está usando todos los medios necesarios

para que entienda cuál es su sitio.

-Pues tendrá que insistir con más ahínco.

-Le aseguro que empeño no le falta.

La mayor parte de las mujeres que conozco

ya hubiesen dado su brazo a torcer.

Pero Elvira es fuerte,

y no se deja vencer. -Ya.

"Es igual de terca que su madre".

No puedo dejar que te salgas con la tuya.

Si tu esposo no te mete en cintura, iré a Estambul o donde haga falta

para hacerlo yo mismo.

¿López Aranda?

-Sí. He visto antes la ficha.

Aquí.

Contrató un seguro de entierro para su esposa y para él.

Adelantó el dinero del primer año con un descuento del 10 %.

(Llaman)

-Por lo menos hay que devolverle el 10 % menos.

-No. Me temo que no.

Incluyó una cláusula que le aseguraba

recuperar el dinero íntegro en caso de necesidad.

-Pero ¿cómo se te ocurrió aceptar eso?

-Porque no pensaba que tuviera que devolver nada.

Le repito que mi intención era que el negocio funcionase.

-Qué desastre, Señor, qué desastre.

-Perdone, don Ramón. Que tienen visita.

-Doña Rosina, Liberto.

Lamento mucho no poder atenderles, porque estoy cerrando

unos asuntos de negocios.

-Pues no se trata de una visita de cortesía.

-Venimos a hablarle de algo muy importante.

-¿Algo relacionado con la mina de oro?

-No, relacionado con su hijo,

Antoñito.

-¿Con mi hijo?

¿Acaso han firmado ustedes también con él una póliza de seguros?

No se preocupen,

vamos a reembolsar todo el dinero a los asegurados

que así lo soliciten. -No, ojalá fuera eso solo.

Me temo que se trata de un asunto más grave.

-Se trata de una gargantilla de gran valor, desaparecida.

-Lamentamos comunicarle que,

tras haber analizado las circunstancias

en las que se produjo la desaparición,

tan solo pueden ser Lolita o él.

-Y por Lolita ponemos la mano en el fuego.

Ella lleva mucho tiempo en Acacias sin dar el menor escándalo.

-Mi hijo no es ningún ladrón.

Estafador, puede.

Tunante, también.

Pero no es ningún caco. No le consiento que duden de él.

-Pues yo no me atrevería a afirmar

tal cosa, teniendo en cuenta los negocios

que ha emprendido desde su vuelta de los EE. UU..

-Hijo, ¿qué tienes tú que decir de esta acusación?

-Yo...

-Fui yo.

-¿Qué, tú? ¿Qué?

-Pues... Que no lo hice con mala intención.

Y no quería robar ni nada de eso, ¿eh?

Cogí el bolso, se abrió y se cayó la gargantilla

al suelo. Y...

se rompió

y pasé mucha vergüenza. Pero claro, no podía devolverla

con dos piedras sueltas. -Pero ¿dónde la tienes?

Se arregla y ya está. -Sí.

No vamos a hacer que te despidan.

Dinos dónde está y olvidaremos este lamentable incidente.

-Eh...

Ahí viene la cosa. Que yo la quería llevar a...

A la joyería que hay en la plaza del mercado.

Y repararla.

Y pagarla con mi dinero.

Pero...

me la robaron.

-Me la robaron. Lo siento mucho, de verdad que sí,

lo siento mucho. Lo siento.

-Disculpa, Antoñito.

-No, Liberto. Fue culpa mía.

-No. Si fue Lolita, tú no tienes culpa.

-Pero usted me confió el bolso a mí

y yo debí cuidar de él.

Si me disculpan, voy a hablar con ella.

-Ay, don Ramón.

Discúlpenos, por favor.

Lamentamos mucho esta terrible confusión.

-Aclararemos las cosas, no lo duden.

-Y discúlpenos por haber dudado de la honorabilidad de su hijo.

-Con Dios.

Adela me ha contado una cosa muy delicada.

-Soy toda oídos.

-Es que prefiero que te lo cuente ella.

Es un poco extraño lo que le ha sucedido.

-¿Es algo libidinoso?

Quiero decir, algo que le impida seguir siendo mi empleada.

-No, no, en absoluto. No debes preocuparte por eso.

Pero sí es algo que debería ser denunciado.

-¿Denunciado?

Desde luego, a esta chica...

le pasan unas cosas muy raras. Que eso no son normales.

Le preguntaré en la sastrería. -Hazlo.

Estoy deseando poder hablar contigo abiertamente.

Si Felipe estuviera aquí, él podría ayudarnos

a hacer la denuncia en comisaría. -Seguro que sí.

No os entiendo.

Os separáis y seguís tan amigos.

Desde luego, en mis tiempos mozos, eso no era así.

La gente no se casaba para separarse,

y muchísimo menos, no se separaba y seguían tan amigos.

-Los tiempos avanzan, gracias a Dios.

-¿Has recibido noticias suyas

después del telegrama?

-No. Pero espero que lleguen pronto.

-Ay.

-Buenos días, doña Celia. Espero no interrumpir.

Es que la puerta del servicio estaba abierta y...

Puedo regresar más tarde. -No, no, no, no, Carmen.

-Pues yo me voy a la sastrería.

No quiero dejar a las oficialas a la buena de Dios,

que el trabajo no sale.

-Muchas gracias por la visita,

Susana. -A ti.

-Espero que no le parezca

una falta de decoro.

Siempre he querido comprarme un tinte para el cabello

y, dicen que los suyos son los mejores.

-Pues dele las gracias a quienes dicen eso.

-El caso es que he estado ahorrando para comprarme uno

y, he pensado que si se lo compraba a usted directamente,

me saldría más barato. -Mucho más.

Tanto que le va a salir gratis.

-No, no, no, por favor, señora.

Va a pensar que soy una aprovechada. -Nada de eso.

Tengo unas muestras que le irían genial a tu pelo.

¿Habías pensado en algún color?

-El mismo que tengo, natural.

Lo que de verdad quiero es tapar algunas canas.

No le importará que sea tan coqueta, ¿no?

-¿Y qué mujer no lo es?

No se preocupe por lo de las canas

que le guardaré el secreto. Yo también tengo algunas.

Vamos a ver qué color se acerca más a tu tono natural.

Ven conmigo.

Venga, ya lo has visto suficiente.

¿Verdadero o falso?

-Yo diría que verdadero.

-Falso.

Pero una de las falsificaciones más conseguidas

que he visto nunca. -Increíble.

-Para que veas lo alerta que hay que estar siempre.

Estas falsificaciones las hacen en unos talleres de Brooklyn.

Un barrio en Nueva York.

Dicen que las diseñan los mismos oficiales

que tallan las piedras más valiosas.

-No hay lugar en el mundo en el que no se intente engañar.

Aunque la humanidad avance, la ambición

nunca será del todo inocente.

-Efectivamente. Pero en cuestiones

de piedras preciosas,

no me va engañar nadie.

Ni a ti tampoco.

En condiciones normales no te habría dado gato por liebre,

si tuvieras la mente puesta en lo que haces.

A ti te inquieta algo. ¿De qué se trata?

-Es Blanca.

-¿Mal de amores?

-No. Bueno, no lo sé.

Desde ayer se comporta de forma extraña.

Algo vio en la residencia que la alteró.

-¿Qué? -No lo sé.

Ese es el problema. No quiere hablar conmigo.

Pero creo que fue algo que vio en la habitación de nuestro padre.

-¿Qué te apuestas a que eso acabará llevando a Úrsula?

-Sin duda.

-Samuel, no olvides nunca que Blanca es hija de esa mujer.

A la hora de la verdad, quizá escoja su sangre.

-Lo dudo.

-No des nada por seguro.

La vida de nuestro padre está en peligro.

Entérate qué vio Blanca en la residencia.

De eso puede depender que lo salvemos.

Fíjate tú el disgusto que llevo, que hasta he tenido que comprarme

un sombrero nuevo para que se me pasara.

-Yo le voy a decir una cosa. Lo de la Lolita me parece muy raro.

-Ya te digo. Yo no me lo esperaba de ella, ¿eh?

Pero es verdad eso que dicen: "No metas la mano en el fuego

porque te puedes quemar".

-No sé.

Es que no me lo creo. Yo sé que me pinchan y no sangro.

-Pues créetelo. Ella lo dijo delante de todo el mundo.

Llevó la gargantilla a arreglar y la atracaron.

-¿Y no contármelo a mí, doña Rosina?

Que no, que no me lo creo, vaya.

-Pero ¿qué interés podía tener Lolita en mentir?

Si hubiera sido para echarle la culpa a otro,

pero ¿para echársela a ella misma? -Pues ahí.

Ahí el intríngulis del asunto. -Qué pesadita.

Que no, Casilda. Nadie se echa la culpa

por algo que no ha hecho.

Pero bueno, si hay algo raro, lo descubriremos.

Porque las mentiras tienen las patitas muy cortas.

Ay, no quiero hablar más de esto. Me voy a probar mi sombrero nuevo.

A ver qué te parece. -Tenga.

-¿Cómo me queda?

-Es precioso.

Anda que no me gustaría a mí tener uno de esos en la vida.

-Uy, pues no te queda mal, Casildita.

-Mi reino por un espejo. -Anda, que tú no tienes reino.

-Pero Casilda, quítate esto,

que puedes estropear el sombrero. -¿Qué haces tú?

-Oye, que no le iba a hacer nada malo. Tenga.

Muchas gracias por dejar que me lo pruebe, doña Rosina.

-Llévalo a casa.

Yo voy a por un chocolatito, que aún me dura el mal cuerpo

por lo de tu amiga.

-Con Dios.

¿Se puede saber a ti qué mosca te ha picado?

-Que creo que doña Rosina tiene piojos

y te los puede haber pegado. -¿Piojos?

-Es una historia muy larga. Los traje yo de mi viaje.

-¿Que tú los has traído? -Pero ya no tengo.

Servando me echó vinagre en la cabeza

y me los quitó.

Pero apareció doña Rosina y usó un pañuelo

que no tenía que haber usado.

Verás cuando todo el barrio se entere que he contagiado

a todos los vecinos de liendres. -Martín,

hay que hacer algo a escape.

A Servando no le digas nada,

que ese es capaz de liarlo todo todavía un poquito más.

Venga, vamos.

Me está picando todo, ¿eh?

Todo me está picando. Mírame. ¿Tengo algo?

-No sé. -Que me pica.

¿Vas a misa? -No, señora, la esperaba aquí.

-Pues quiero que vayas a misa cada día.

Hay que estar en paz con Dios.

Ya que no logramos estarlo con los hombres.

Habla. -He hecho lo que me mandó.

-Te he mandado tantas cosas.

-Estuve en casa de doña Celia. Me regaló muestras de tintes.

He quedado en ir a decirle cuál me gusta más.

Es una mujer muy hospitalaria y muy amable.

-Una pavisosa, eso es lo que es.

Quiero que te enteres de todo lo que se cuece

en esa casa.

Seguro que Celia tiene algo que ocultar.

-No sé. Parece muy honesta.

-Abre los ojos.

Todo el mundo tiene cadáveres en sus armarios.

Quiero saber de qué pie cojea esa mujer.

Y entérate bien.

Las historias de sábanas son las que más llaman la atención.

-Tal vez su exmarido.

No sé, no es normal que una mujer y su exmarido

pasen tanto tiempo juntos. -No.

Mejor una historia... fuera del sagrado matrimonio.

Eso sí que sería una vergüenza

y un escándalo. -Dudo que doña Celia tenga una.

-Ya veremos.

Y ahora vete a casa.

No quiero que me vean hablando con una criada.

-Como ordene.

-¿Y por qué no me lo han pedido a mí?

Yo también he hecho mucho por la liberación de la mujer.

Casarme con un hombre más joven fue una gesta.

-No sé, Rosina. Solo sé que me lo han pedido a mí.

-Ay, doña Úrsula.

¿Qué le parece? Vamos a tener a una vecina famosa

en el barrio. Han escrito a Celita

para pedirle una entrevista para una revista.

-¿Y eso?

-Quieren hablar con una mujer trabajadora.

Emprendedora, empresaria y separada.

Me ha llegado hoy mismo la carta.

Estoy tan nerviosa.

Es la primera vez en mi vida que me piden que dé una entrevista.

-Ay, qué pena que no esté mi hija.

Ha concedido tantas. Podría haberte asesorado.

-Pues sí. -Mira, Celia.

"Licenciado Castijón".

Este es el que te quiere entrevistar.

Parece que es un periodista muy importante.

Está entrevistando a María Guerrero. A la actriz.

-Ay, qué ilusión. Primero una actriz

y luego yo.

-Una gran noticia. Enhorabuena, doña Celia.

Pero tenga cuidado con los periodistas.

Todo lo tergiversan.

Que no, Ramón. Que no. Que los antepasados de Lolita

llevan viviendo en Cabrahigo miles de años, igual que los míos.

Y nunca jamás se ha conocido en esa familia un ladrón.

Al contrario que los Cortabolsas, que esos sí que...

-Yo no digo que Lolita sea una ladrona.

Yo solo estoy diciendo lo que ella me dijo.

Que se llevó la gargantilla y que después se la robaron a ella.

-Bueno, pero ¿y no vino a contártelo de inmediato?

Que eso no es propio de una muchacha de Cabrahigo.

¿Qué dice nuestro escudo, eh? "A lo hecho, pecho".

-Me parece extraño. Tengo de ella la mejor de las consideraciones.

Últimamente

no hacemos más que meternos en un embrollo

un día sí y el otro también.

-Yo solo te digo lo que pienso.

No me lo creo. Tiene que haber otra explicación.

-Tiene usted razón, doña Trini.

Hay otra explicación.

Fui yo...

quien robó la gargantilla.

Lolita solo quiso encubrirme

delante de doña Rosina y de ustedes.

-No es posible. -Padre,

sé que no tengo perdón posible, pero estaba desesperado.

Solo quería dar entierro

a esa pobre mujer. Su marido,

el señor García, no dejaba de acosarme.

Yo quería mantener en pie el negocio de los seguros

y, no quería depender de ustedes.

-No eres digno de esta casa, de esta familia.

-Ramón, tranquilo.

-Quítate de mi vista.

-Ramón, ven, ven. Siéntate.

Siéntate, tranquilo.

Vete ya.

-Qué vergüenza, Trini.

Qué vergüenza.

No.

No.

No lo soportaré otra vez, por favor.

-Blanca. ¿Estás bien?

-Sí.

Un poco cansada.

Mareada.

-Llevas así desde la visita de ayer a la residencia.

-Samuel, por favor.

No regreses a eso.

-Blanca, disculpa que me inmiscuya, pero debemos volver una y otra vez.

Tememos por la vida de nuestro padre.

Y no sabemos de qué lado estás.

Si con doña Úrsula o con nosotros. -Diego,

por favor. -Deja que me responda.

Blanca, ¿nuestro padre está a salvo?

-Blanca. Blanca, espera. -Déjame tranquila.

-Así no vamos a conseguir que nos ayude.

Solo bloquearla. -No seas inocente, Samuel.

Blanca es mucho más fuerte de lo que aparenta.

-No es a Blanca a quien hay que tratar así, es a su madre.

-Blanca nos puede decir qué vio en la residencia.

¿Qué te apuestas a que eso es un peligro para nuestro padre?

¿Qué te apuestas a que Úrsula está detrás?

¿Y si Blanca la está encubriendo?

-No. No, eso no es así.

-Buenas tardes.

-¿Nos habrá escuchado? -No lo sé.

Hay que ir con cuidado con lo que decimos

en las cercanías de esa mujer.

Y con lo que decimos en las cercanías de Blanca.

¿Seguro que no quieres comer nada más?

-No. Con la sopa es suficiente. No tengo apetito.

-Se me parte el alma verte cenar aquí y no en el comedor

con tu familia.

-No puedo sentarme con mi padre. Se pondría hecho un basilisco.

Y lo peor de todo es que tendría toda la razón del mundo.

Esta vez no tengo perdón de Dios.

-Si es que no tenías que haber dicho nada.

Porque yo me apañaba la mar de bien. -Ya. Y yo te lo agradezco, mujer.

Pero va siendo hora de que asuma mis actos y mis obligaciones.

Fui yo quien se equivocó. No tienes que pagar tú por mí.

-Yo te voy a apoyar

en todo lo que haga falta.

-Lo sé.

Y ojalá yo tuviera la mitad de buen nombre que tienes tú,

de verdad.

-Mira, aunque no lo creas, todo se olvida.

Parece que no,

pero todo pasa. Lo bueno y lo malo.

Siempre.

En Cabrahigo hay unos que les llamamos los Cortabolsas,

por un tatarabuelo rata que tenían. Y ahora, pues todo está olvidado.

-No estará tan olvidado

si les siguen llamando Cortabolsas.

-Bueno, yo solo te digo que Juan el Cortabolsas ahora es alcalde.

-Pues no sé si eso me dice nada bueno.

Mira,...

yo lo que tengo que hacer es empezar a trabajar en serio,

pedir perdón y devolver el dinero.

La verdad es que no sé cómo pude robarle la gargantilla a Liberto

y a doña Rosina, que son mis amigos.

La verdad es que no sé qué se me pudo pasar por la cabeza.

-Pues la desesperación y el canguelo, eso pasó.

(Llaman a la puerta)

Uy. Come un poquito.

Voy a abrir.

-Don Antonio, tengo que hablar con usted.

Es algo serio. Me gustaría que su padre estuviera presente.

-Seguro que es un asunto que podemos arreglar nosotros.

Perdón. -No se preocupe.

Si no estuviera su padre, que tan buena fama de hombre cabal

y de orden tiene, no podríamos mantener esta conversación aquí,

tendríamos que ir a comisaría.

-Bueno, en ese caso, lo mejor será

que me acompañe al salón.

Bueno, pues ya está por hoy.

Mañana será otro día.

-Pues muchas gracias, doña Susana. Entonces me marcho.

-Espera. Tú y yo tenemos que hablar.

-Mejor mañana.

Hoy no,... no tengo mucho ánimo.

-Si hasta Celia me ha pedido que hable contigo de estos días

que has estado ausente. Está muy preocupada.

-Por favor, mañana le doy

todas las explicaciones necesarias. Ahora quiero descansar.

-Está bien, mañana.

Pero te adelanto que un negocio no se puede permitir

que uno de sus empleados desaparezca sin motivo

y sin dar explicaciones.

-Lo entiendo. Y agradezco su paciencia.

Pero le aseguro que los motivos por los que no vine a trabajar

son de enjundia. -Eso espero.

-Confíe en mí,

mañana le explico todo. Con Dios.

-Con Dios.

Simón.

Llegas tarde. ¿No has visto a Adela, que acaba de salir?

-Sí, sí que la he visto.

Estaba esperando a que se marchara para poder hablar con usted.

-¿Algún problema?

-¿Le ha contado por qué ha faltado estos días?

-Me ha dicho que me lo contará mañana.

Pero Celia está muy preocupada.

Ha insistido en que hablara con ella y que le convenciera

para ir a la comisaría a denunciar. Pero el motivo no lo sé.

-Yo se lo cuento.

A Adela, un hombre la ha secuestrado

en mitad de la calle Acacias

a plena luz del día y la obligó a subir

a un carruaje.

-¿En la misma calle Acacias? Pero ¿dónde vamos a ir a parar?

Después la encerró en un sótano sin comida ni bebida.

Adela temió por su virtud

y por su vida. -Dios mío.

Por eso estaba tan agobiada.

Pobre Adela. Es muy duro lo que le ha pasado, ¿eh?

Madre mía.

Mañana mismo la convenzo para ir las dos a denunciar a comisaría.

Celia tenía razón. -¿Es que no se da cuenta?

-¿No me doy cuenta de qué? -Que es mentira.

Todo lo que dice Adela es mentira.

Lo de su pasado, todo.

-¿Qué?

Comisario, mi padre llegará en un santiamén.

-¿Quiere tomar algo mientras,

señor comisario? -Nada.

No es una visita de cortesía.

Gracias.

-Lamento que no sea una visita de cortesía.

Vislumbro problemas, comisario. -Y graves, señor Palacios.

Lo que tengo que hablar con ustedes es peliagudo.

No sé si la presencia de las damas...

-Aquí somos todos una familia.

Lo que le afecta a uno, nos afecta a todos.

-Tomemos asiento entonces.

-Le ruego

que no haga preámbulos, comisario. -Iré al grano.

En comisaría estamos desbordados por las denuncias

que hay contra su hijo.

Todos exigen que se devuelva el dinero de las pólizas

que firmaron.

-Tiene que evitar que entren en pánico.

Ninguna empresa puede garantizar liquidez, si todos los depositantes

exigen su dinero al mismo tiempo.

-Joven, mi trabajo no es convencer a la gente,

es meter entre rejas a quien se salta las leyes.

-Es un seguro de entierros.

La gente tiene que disponer del dinero

cuando van a ser enterrados, pero no antes.

-Ni después.

Fíjese usted, comisario. Qué clientes más raros.

Solo porque han tenido a una mujer dos días sin enterrar ,

se enfadan y desconfían. -Padre, por favor,

no haga más mala sangre. -Pero, comisario,

tiene que haber una solución.

Díganos, ¿qué se puede hacer? -Hay una solución muy fácil.

Devolver el dinero antes de que me vea en la obligación

de detener a Antoñito.

No podemos correr el riesgo de que se fugue.

-¿Detenerlo?

Ay, Dios. -Antoñito no se va a fugar,

comisario, eso se lo aseguro yo. Díselo tú, Antoñito.

Dile al comisario que no te vas a fugar.

-¿Qué va a decir este insensato?

Inspector, le agradezco mucho que haya venido a informarnos

con tanta presteza.

Le ruego que nos deje discutir este asunto en familia.

-Confío en su buen criterio.

Espero noticias suyas.

-Lolita, haz el favor,

acompaña al comisario a la puerta.

-¿Qué? ¿Qué sientes al ver tu apellido

de boca en boca, arrastrado por el lodo?

-Ramón, querido,...

dejemos los reproches. No es tiempo para eso.

Lo mejor será que Antoñito y tú habléis de hombre a hombre

y encontréis una solución.

-No hay solución alguna. Al menos una que me incluya a mí.

Esta vez no pienso mover un dedo.

Y mucho menos, gastar un céntimo del patrimonio familiar.

¿Él se lo ha guisado?, pues que él se lo coma.

-Padre, yo le aseguro... -Cállate.

Cállate y no repliques.

Cállate y reflexiona, a ver si aprendes algo.

Hasta vergüenza me da que me vean contigo.

No mereces mi apellido, hijo. No lo mereces.

-¿Qué voy a hacer? ¿Qué va a ser de mí?

¿Qué va a ser de nosotros?

-Tú aguarda, a que se calmen las aguas.

Que todo tiene arreglo. Ya verás.

Mírame a mí,

hace nada iba a palmarla, y ahora estoy vivita y coleando.

-Vivita y enredada.

Que has ido a dar con un tipo como yo, que soy como la pirita:

no puede evitar fastidiar a todo el mundo que tiene a su alrededor.

-Viva "pa" ayudarte.

Viva "pa" cuidarte.

Haces bien en esconderte para llorar.

Y ocultar las debilidades a los demás.

Intenté enseñártelo de niña.

Ahora veo con agrado que, aunque tarde, lo has aprendido.

-A lo que no me enseñó fue a no sufrir.

Ni la peor madre entre las alimañas es como usted.

-Supongo que Samuel y Diego te presionan, pero

espero que por tu bien,

no les hayas contado nada.

-No me rete a hacerlo.

-¿Qué viste en la residencia que tanto te alteró?

¿Crees que no lo sé?

¿Crees que no sé que el pasado volvió

a ti?

Eres solo un perro aterrorizado.

-No sé cómo puede comportarse así

con su propia hija.

-Solo te digo una cosa.

Si hablas, si te vas de la lengua,

ya sabes lo que te puede volver a ocurrir.

Señora,... Que...

ya tiene usted preparada la tina para el remojo.

-Ya iba siendo hora.

-Y, además, hoy le he preparado una novedad.

Le he llenado la tina con vinagre.

-¿Vinagre? Ni que fuera yo una ensalada.

-Ay, pues dicen que es lo mejor para rebozar las escamas

y que le deja a una la piel como la de una virgen.

-¿Seguro? En la vida he oído yo semejante desatino.

-Hay un montón de potingues nuevos de los que usted

no se ha coscado todavía.

-Anda ya, maritornes.

No vuelvas a tratar a Blanca así.

-La trataré como yo crea conveniente

y cuando lo crea conveniente, porque está en juego nuestro padre.

Y nuestra familia. Blanca incluida.

-¿Cuándo vas a olvidar tus sospechas?

¿Cómo hay que decírtelo?

Blanca no tiene nada que ver con Úrsula

ni está conchabada con ella.

-¿Dónde está ahora?

-No lo sé, no la he visto en todo el día.

-¿Y tienes idea de dónde puede haber ido?

Simón, yo también estoy preocupada por ti.

Podría ayudarte.

-No te voy a mentir, Adela.

Ni ahora ni nunca.

No estoy bien, pero tampoco puedo compartirlo contigo.

Lo siento, simplemente...

no puedo.

"No hay nada en el mundo que me guste más que verte sonreír".

Que ver tu sonrisa.

-Gracias.

-No hay de qué.

-Sé muy bien que...

estáis preocupados por mí.

Diego y tú.

Os debo una explicación, y la tendréis.

Pero en su momento.

No me presionéis, por favor.

Es un compuesto estimulante. Un afrodisiaco.

-No. (LIBERTO RÍE)

-Sicalíptica.

Me chifla.

¿Y cómo se aplica?

No ilustres con gestos.

-Hay que seguir todo un ritual

para preparar la habitación del pecado.

Con velas, aroma,

misterio. Y luego...

Y luego ya tienes que ponerte esto en la cabeza.

-¿En la cabeza?

Me desvivo por vosotros. Por tu padre, por la familia.

-No me haga reír.

Ha demostrado que es incapaz de sentir amor,

inclinación o ni siquiera aprecio por su propia hija.

¿Cómo va a sentirlo por los demás? -No te consiento

que me hables en ese tono arrogante.

-Le hablaré como me dé la real gana.

Cuídese mejor que no le cuente a todo el mundo, por ejemplo,

quién es Blanca.

Usted sabrá por qué oculta que es su propia hija.

Pero sepa que yo puedo desvelarla.

María Luisa. ¿Tiene un momento?

Créame, no soy dada a enredos ni indiscreciones,

pero es que tengo que preguntarle algo.

¿De qué estaban hablando Simón y usted esta mañana?

Es que, cuando me acerqué les noté algo incómodos.

-¿De verdad necesitas saberlo?

Me dio la sensación de que usted nos escuchó,

así que dejemos las cosas como están.

-No, no se vaya.

No se vaya.

Déjeme hablar y, luego decida si me responde o no.

-"No te precipites".

Rosina, te lo ruego. Escuchemos lo que tenga que decir Lolita.

-No es precipitación, querido.

Quiero que Lolita aprenda que los actos tienen sus consecuencias.

En definitiva, Lolita,

con un servicio como el que tú nos prestas,

¿quién necesita servicio? -Lo sé, señora, lo sé.

Pero es que una no es despistada,

que solo ha sido una vez.

-Pero te ha pasado con una gargantilla mía,

regalo de mi querido esposo. ¿Qué vamos a hacer contigo?

-Lolita no tuvo nada que ver con ese fiasco.

Fui yo... quien se llevó la gargantilla.

¿También está Samuel? Mejor.

Venid, comportémonos

como una familia.

Será mejor que pasemos dentro.

Estaremos más cómodos y podremos hablar tranquilamente.

-Yo le preparo la mesa. -Gracias.

-Me parece buena idea. Estoy dispuesta a hablar...

de todo.

  • Capítulo 597

Acacias 38 - Capítulo 597

08 sep 2017

Blanca no revela a Samuel qué le ha afectado tanto en la residencia. Ya en casa, recuerda cómo la enfermera Castora la torturó en el psiquiátrico. Los hermanos Alday están seguros de que Blanca ha descubierto algo y le presionan. Ella se pone muy nerviosa.

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