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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 596 - ver ahora
Transcripción completa

Escúcheme un segundo.

-No quiero escucharle.

-Cálmese, por favor.

-Me calmaré cuando me diga que todo esto es falso.

Que mi mujer recibirá el entierro que se merece,

y que los del cementerio y la funeraria están equivocados.

-Es cierto que existen ciertos desencuentros entre el cementerio

y la funeraria, pero nada que no se pueda arreglar, de verdad.

-"¿Por qué no le habéis contado a Ramón que tenéis un compromiso?".

-(RESOPLA) Por los negocios del Antoñito.

Le tienen...

hecho un ovillo y, "enmarañao".

-"Veo que te has puesto mi regalo".

-Y bien a la vista, para que me lo vean.

-Simón, Adela te está engañando.

Te está haciendo creer cosas que no son y, no te das cuenta.

-No es verdad. De lo que me doy cuenta es de que Adela

es el alma más caritativa que he conocido.

-Te darás cuenta de que lo que digo es verdad.

-Pero mientras eso no suceda,

podríais ayudarme a buscarla, ¿no?

-"Me gustaría oír lo que pasó de sus propios labios".

-Como insultos, vejaciones...

Fueron muy crueles.

Y todo por culpa de esa arpía de Cayetana.

-Pero usted es una mujer fuerte.

-Sí.

Lo soy.

Pero es muy difícil mantenerse en pie,

cuando todo el mundo te trata

como si fueras una basura.

-"Habla de un amor tan inconveniente,

que puede hacer daño a mucha gente. Gente a la que quiero.

-El problema, amigo Diego, es que...

no se puede controlar lo incontrolable.

Tarde o temprano sucumbirá a esos deseos.

-"Sí".

Me casaré contigo.

-(LEE) "Aunque él no lo diga y parezca entusiasmado

con reencontrase con ella,

en realidad no hace otra cosa que buscarme a mí".

"Tiene que dejar atrás esos sentimientos por ella,

para a la postre, volver a mis brazos".

"Por eso me he ido. Solo así sabré cuánto ansias recuperarme".

Blanca.

¿Te encuentras bien?

¿Sucede algo?

No solo te resistes a darme respuesta,

ni siquiera me permites ver tu rostro.

Blanca, ¿estás bien?

¿He dicho algo que te haya podido molestar?

-No, Samuel.

No es eso.

-Entonces, ¿qué?

-Es solo que...

me ha sorprendido.

No era menester

que me regalaras un anillo de compromiso.

-¿Qué joyero sería si no le regalase a mi prometida una de mis piezas?

¿Acaso el anillo no resulta de tu agrado?

-¿Cómo no iba a gustarme?

Es la joya más bella que he visto jamás.

Sé lo mucho que significa este diseño para tu familia.

Es...

Solo que, no sé si lo merezco.

-Todas las esmeraldas del mundo son poco para ti.

Por favor, póntelo, te lo ruego.

¿Y bien?

¿Acaso no vas a besarme para celebrar

que hemos sellado nuestro compromiso?

Aunque no lo reconozcas, sé que te pasa algo.

Antes me negabas tu mirada.

Y ahora tus labios.

-No he dicho que no quiera besarte.

-Es cierto, no lo has dicho, pero tampoco lo has hecho.

Detente, Samuel.

Podrían vernos.

-¿Quién? -Mi madre,

sin ir más lejos.

-Úrsula está en el hospital con mi padre.

Y si estuviera aquí, ¿por qué escondernos?

Vamos a casarnos.

-Ya, pero hay ciertas normas que nos exigen un decoro.

-¿Desde cuándo te han importado las normas, Blanca?

-Perdona.

No deja de sorprenderme el ahínco que tienes para aferrarte a la vida.

¿No crees que ha llegado la hora de rendirse?

Aunque en el fondo, te comprendo.

Yo tampoco he tenido una vida sencilla.

Y nunca, nunca he dejado de luchar día tras día.

Todos me han dado la espalda.

Todos me han defraudado con su comportamiento.

Incluso mi hija.

También a aquella a la que consideré fruto de mis entrañas,

Cayetana.

Tu hija.

Las dos se volvieron contra mí.

Pero como tú,

nunca me di por vencida.

Y mírame ahora, convertida...

en una señora de posibles.

Y con una posición que es la envidia de mis vecinos.

Nadie me mira por encima del hombro.

Nadie puede humillarme.

Lo que sucedió el día de los Paulinos,

¡no volverá a repetirse jamás!

Todavía puedo ver sus caras de odio.

Puedo escuchar sus risas.

¡Todos reían zarandeándome!

Hasta la más modosita de todas,...

esa santurrona de Celia.

Me hace bien hablar contigo.

Al final va a resultar que eres el marido ideal:

mudo, inmóvil y rico.

(Llaman a la puerta)

-¿Quería verme?

-Pasa.

-Si lo desea, podemos hablar fuera.

-No.

No guardo secretos para mi marido.

Y menos ahora que no puede revelarlos.

-Permítame que vuelva a disculparme por lo ocurrido.

-No es menester.

Tus lamentos no enmiendan tu error.

-Va a ser difícil que termine lo que inicié.

Han redoblado la vigilancia sobre el enfermo.

Y apenas he tenido tiempo de estar a solas con él.

-No importa.

Mi marido está bien como está, no puede hacerme daño.

Pero hay otra cosa que te quiero pedir.

Por mucho que leas la nota, no vas a cambiar las palabras.

-Y ya te lo debes saber de memoria.

Osman, el pintor, te cita aquí mismo mañana por la tarde.

-Sí.

Pero nada dice de lo que quiera comunicarnos.

Presiento que son buenas noticias.

Si quiero verte es porque Elvira está viva y sabe su paradero.

-Creo que es mejor

que no lancemos las campanas al vuelo. Seamos cautos.

-Pero ¿por qué?

¿Qué otra explicación puede tener el cuadro?

Esa pintura prueba que nuestras esperanzas son ciertas.

-Aguardemos a escuchar al pintor.

Confirmará lo que yo digo. ¿Tú piensas como yo, Simón?

¿Qué significa ese silencio?

¿Has perdido las esperanzas?

-En absoluto. Ese es el único anhelo que me mantiene en pie,

que me hace desear que el reloj avance

hasta que llegue la hora de encontrarme con ese hombre.

-Pues no entiendo ese aire tan lúgubre.

-Porque no me puedo quitar del pensamiento a Adela.

Estoy inquieto por ella.

Seguimos sin tener noticias. Y lo que leí

en su diario está lejos de tranquilizarme.

-No nos has contado lo que ponía en él.

-Afirmaba que desaparecía para siempre.

Que esa es la única forma de saber si en realidad

quiero recuperarla.

Y temo que haya podido cometer alguna locura.

-No temas, Simón.

Adela era sierva de Dios, así que nunca atentaría contra su vida.

Si se ha marchado es,...

porque ha pensado que lo mejor era alejarse.

Ella sabe que no hay sitio para ella si Elvira regresa.

Elvira está muerta.

-Coronel, los dos sabemos que eso no es cierto.

-Lo es para todo aquel que se interese por su destino.

-He podido comprobar que aquí tiene amigos que la estiman.

Me duele en el alma tener que mentirles de manera tan cruel.

-Le duela o no, eso es lo que va a hacer.

Usted y yo tenemos un acuerdo y lo va a cumplir.

Oh.

Por fin apareces. ¿Dónde están los clientes

que me has conseguido para los epitafios?

-Estarán tan ricamente en sus casas.

Por la calle no he encontrado a ninguno.

-¿Has corrido la voz?

¿Has dicho que el brillante ganador del concurso de epitafios

realiza frases para pasar a la posteridad

por un módico precio?

-Sí, Servando.

Pero me da que no va a conseguir clientela.

-No lo has debido hacer como te indiqué.

A estas alturas,

que es una temeridad, debería de tener una cola

que diera la vuelta a la calle.

Los vecinos tienen que estar deseando estirar la pelleja,

aunque solo sea

para usar mis epitafios.

Vuelve e insiste a todo el que te encuentres. Ah, espera.

Tráeme tinta y una pluma.

¿Vale? Vamos, vamos.

Ea.

(SUSPIRA)

Disculpe que le moleste,

caballero, pero tiene usted cara de necesitar una esquela.

-¿Cómo lo sabe?

-Por su color, no creo que le quede mucho tiempo.

-Pues espero que se equivoque usted. Y sí, es cierto,

tengo a mi esposa de cuerpo presente en mi hogar.

-¡Vaya, qué fortuna! No, disculpe.

Fortuna para mi negocio, no para su esposa.

Sepa usted que tiene ante sí

al ganador del concurso de epitafios.

Le puedo hacer una frase a su esposa,

que le van a dar ganas de volver a la vida,

aunque sea para leerla. -Hombre, se lo agradezco.

Pero no me puedo permitir

pagar sus honorarios. -No, no...

Son muy "ajustaos", ¿eh?

-Ya, pero no es posible.

-Ya.

-Por culpa de un embrollo

en el que me he metido,

no tengo dinero ni para pagar el féretro de mi esposa.

-Bueno, vaya, pues...

Permítame usted que le regale mi epitafio.

Ya lo grabará usted en el mármol cuando... salga de este aprieto

y cuando tenga parné para pagar la lápida.

-Es usted muy amable. -Lo sé. Ah, Martín.

Vienes al pelo. Siéntate.

Siéntate ahí y apunta.

Apunta,

que me están viniendo las musas.

Ahí.

Te vas de esta vida,

pero te juro

que el tiempo que me resta

en este valle de lágrimas,

lo pasaré

recordándote.

¿Eh?

-Tenía usted razón, es muy bello.

Muchas gracias, muchas gracias. -Le acompaño en el sentimiento.

Ay. -Ay. Vaya, Servando,

ha tenido usted un gesto muy bonito con ese hombre.

Lo sé. Es que uno tiene un corazón que no le cabe en el pecho.

Te quieres dejar ya de rascar, que pareces un mono.

-No me estoy rascando. -¿Qué no?

Si me están entrando a mí picores solamente de verte.

-Pero calle, hombre.

-Martín, al fin te veo, hombre.

Anda,

parece que tengo que ir a faenar

a casa de los señores "pa" saber de ti.

-Yo también te he echado mucho de menos, canija.

-Pues no se nota.

Vuelves de viaje, y en lugar de dormir conmigo,

pasas la noche en el edificio.

-Es que... tengo muchas cosas que hacer.

-Es que, Casilda, tenemos mucha faena en la portería y...

Vamos, que cuando terminemos los apaños, te lo devuelvo.

-Eso espero.

Parece que está casado con usted, y no conmigo.

-Se agradece la ayuda, Servando.

-La verdad, no hay de qué.

Ay, caramba. ¡Ja!

Ya sé lo que te pasa.

Tú evitas a tu santa

para que no te vea rascándote. Tú tienes piojos.

-Baje la voz, que se va a enterar todo el barrio.

Has dado con la persona apropiada. Vamos a quitarte esos bichos.

Pero primero, recoge

todo esto y llévatelo a la portería.

Vamos. Vamos, vamos.

Samuel, aquí te encuentro.

Vengo de ver a nuestro padre. -¿Cómo se encuentra?

-Estable.

Pero me parte el corazón verlo tan impedido.

-Al caer la tarde iré con Blanca a visitarle.

-Un momento, ¿por qué no le llevamos su cuaderno de diseño?

¿Quién sabe? Quizá...

por su mirada logremos entender el sentido de esos números

que acompañan el dibujo del colgante "Ana".

-Pareces olvidar que nuestro padre no está en condiciones

de comunicarnos nada.

-A veces, incluso dudo

que su alma esté dentro de su cuerpo.

-Me sorprende tu actitud.

No sueles ser tan negativo.

¿Te preocupa algo más,

aparte de la salud de nuestro padre?

-Me conoces bien, hermano.

Estoy inquieto por Blanca.

-¿Ha pasado algo?

-Anoche le regale el anillo en el que había estado trabajando.

¿Y... no resultó de su agrado?

-No, me aseguró que le gustaba,

pero había algo en su actitud que me hizo temer que...

se esté arrepintiendo del paso que ha dado.

Como si para ella, el anillo fuera una enorme piedra

que certifica un compromiso del que no puede escapar.

-Quizás solo sean imaginaciones tuyas.

-Ojalá. Empiezo a conocer a mi prometida.

Y creo que no me dijo nada

por no herirme. -Tienes que estar equivocado.

Ahora no puede faltar a su palabra.

-No os calléis por mí.

¿De qué hablabais? -De nada que te incumba.

-¿Vamos a casa a almorzar?

-Sí.

-¿Nos acompañas, Diego? -Lo lamento, pero no.

No quiero compartir mesa con Úrsula.

No soporto su presencia.

Hace que me odie por no haberla apartado aún de nuestras vidas.

-Olvidemos por un momento nuestras rencillas con ella.

Debemos centrar nuestros esfuerzos

en que vuestro padre mejore.

Es lo único que importa. -Blanca,

¿estás defendiéndola?

Quizá has cambiado de parecer. -No.

De ninguna manera. ¿A qué viene esa pregunta?

-Blanca no ha dicho tal cosa.

Será mejor que almorcemos por separado.

Si quieres, esta tarde nos vemos para ir a la residencia.

Doña Rosina.

Qué alegría verla. Usted...

siempre tan elegante, tan bella...

-Me alagas en exceso.

-Tan solo hago honor a la verdad.

Usted siempre ha destacado entre las señoras de Acacias.

Y más ahora, con la gargantilla

que le ha regalado su esposo.

-Sí, mi Liberto ha sabido elegir el presente con tino.

-Tan solo me genera una pequeña duda.

¿Usted cree que es oportuno llevarla puesta

en la iglesia?

-Pues claro, ¿por qué no habría de serlo?

-Ya sabe que nuestro párroco

no es muy devoto de la ostentación.

Y la joya, salta a la vista

que le ha costado un potosí.

-Quizá él no repare en ella.

-Pide un imposible.

Cuando entre, todos los ojos se van a posar sobre usted.

-Uy, quizá tengas razón.

Ahora que lo dices, un día, el párroco

llamó la atención a Cayetana

por acudir al templo demasiado recargada.

Quizá lo mejor sería quitársela

y guardarla en el bolso.

-Claro, qué buena idea. Menos mal que te he encontrado.

Ayúdame. -Sí.

-Sí.

Ya estoy lista para acudir a misa. Gracias.

-No, no, no puede.

-¿Qué pasa?

Tiene una mancha en la barbilla.

-¿Ah, sí? Qué despistada.

Si que he salido preparada hoy.

-¿Por qué no va corriendo y se echa agua?

Yo me quedo con su bolso.

-Gracias.

-Antoñito.

¿Qué pasa?

-Nada, que me has pillado de improviso.

-Dime, ¿has encontrado solución para el entierro de la señora García?

-Ya te dije que puedes disponer del parné que tenemos en el altillo.

No es mucho, pero quizá nos haga un apaño.

-Te lo agradezco, pero no va a hacer falta, porque ya tengo la solución.

-Arrea, no es posible.

¿De dónde has conseguido el "moneys"?

-Ya te contaré, que tengo que buscar al señor García.

No hay tiempo que perder.

-Uh.

-Toma, es de doña Rosina. Va a venir ahora a buscarlo.

"Hoy Simón me ha demostrado hasta dónde puede llegar por mí".

"Ha puesto en peligro su propia vida".

"A veces me parece que su amor lo puede todo".

"Y es capaz de amar por los dos".

"Que aunque yo no le amara, él todo lo daría".

"Pero ¿cómo no corresponderle?,

cuando ha arriesgado lo más preciado".

"Me ha salvado de unos bandidos".

"Me ha subido a su caballo

y me ha llevado hasta la más bella de las cascadas".

"Y yo me he entregado a él,

desvergonzada y enamorada, llena de pasión".

"Simón es mi hombre y yo soy su mujer".

"Ha disfrutado de lo que nunca le di a nadie".

"No hay vuelta atrás, seré suya para siempre".

Te he traído una tisana de "La Deliciosa".

A ver si te sienta el cuerpo.

-Se lo agradezco, madre.

-Aunque más bien tenía que haberte traído un coñac.

A ver si el licor te devolvía el color a las mejillas.

No te comprendo, Simón, no has pegado ojo en toda la noche.

Tampoco has ido a la comisaria a denunciar

la desaparición de Adela. ¿A qué esperas?

-Es difícil de explicar, madre.

Primero tengo que aclarar mis ideas.

Me están pasando cosas a la vez.

-Tienes razón.

-¿En que tengo que esperar?

-En que es difícil de explicar.

Adela ha desaparecido.

En nada tienes que pensar al respecto,

solo dar con ella.

-Descuide, ya lo entenderá en su debido momento.

Marcho a casa de doña Celia.

-No sin antes tomarte la tisana.

-Se lo agradezco, pero me vendrá bien trabajar,

me ayuda a despejar la mente.

Simón.

-Adela, me tenías con el corazón en un puño. ¿Dónde estabas?

-No te puedes imaginar lo que me ha pasado.

Salí temprano para...

comprar unas flores donde Fabiana y, un hombre me asaltó.

-¿Un hombre dices? Pero ¿quién era?

-No lo sé, no le vi la cara.

Y entonces, me obligo a subir a un carruaje.

-¿Y dónde te llevó?

-A un sótano húmedo y oscuro.

Sin comida y sin bebida.

Hasta hoy, que he conseguido zafarme de sus garras.

¿Qué sucede, no te alegras de verme?

-Sí, sí, claro que sí.

Lo mejor será que subamos a casa de doña Celia

y que descanses.

Ya tendremos tiempo de hablar de lo ocurrido.

-Gracias, Simón, sé que contigo estoy a salvo.

Te desvives por cuidarme.

(LLORA)

-Vamos.

¿Qué me está echando, Servando? -Vinagre,

para atontar a los piojos.

-¿Y no me podría echar otra cosa?

-Si hay otra cosa, servidor la desconoce.

Los piojos hay que quitarlos

uno a uno.

-Los debí coger cuando fui a ver al Dámaso, como vive en un establo...

-Anda que me podrías haber traído otro regalito de tu viaje.

Si es que estás "plagao".

Ya no sé si quitártelos o formar un ejército

con ellos.

-Ah. Servando, póngalos en otro sitio.

-No te preocupes, que luego el trapo ese se quema.

Además, si esto no funciona,

solo nos queda una solución,

raparte al cero.

-No, no, eso no, ¿eh?

Yo soy como Sansón, sin su melena no es nadie.

-Pues ya te estás buscando un bisoñé como el de don Ramón.

Que no quiero que me infectes de piojos

Acacias 38. ¡Ay!

-Servando, tengo aviso de don Ramón. -Sí, sí.

-¿Aquí no huele raro?

-¿Aquí? Yo no huelo a nada.

¿Hueles algo Martín? ¿Qué quería don Ramón?

-Ah, sí, que subáis, que necesita unos arreglos en la cocina.

-Ah, muy bien. Martín, vámonos, el deber nos llama.

-No tengas tantas urgencias. Antes, decidme,

¿habéis visto a Antoñito? No le encuentro.

-Antoñito...

No, yo desde esta mañana no le he visto el pelo.

Ni el resto del cuerpo. ¿Qué sucede?

-No quería hablar mal del hijo de tan buen amigo,

pero antes, le he dicho a Antoñito que sujetara la limosnera.

Y cuando he vuelto no estaba ni él

ni una valiosa joya que llevaba dentro.

-¿Está usted diciendo que don Antoñito tiene la mano larga?

-No, no, yo no digo tal cosa.

Pero espero que tenga una buena explicación para lo ocurrido.

-Bueno, Martín, vamos a buscar a don Ramón.

Si vemos a don Antoñito le diremos que está usted buscándole.

(RÍE)

Con permiso.

-El caso es que me está apeteciendo una ensalada.

(ESTORNUDA)

Por Dios.

(ESTORNUDA)

Ah, que cosa más tonta.

Diego, no sabía que estabas en casa.

-Carmen me ha abierto la puerta.

He venido a buscaros para ir juntos

a la residencia.

¿Qué tal ha ido la comida?

¿Has disfrutado de la compañía de tu madre?

-La tuya está empezando a disgustarme, Diego.

¿Qué he hecho yo para que no confíes en mí?

¿Acaso no te he demostrado ya de qué lado estoy?

Creo que tengo muchas más razones que vosotros dos juntos

para odiar a mi madre.

No tienes ni idea de la vida que me ha dado.

Esos maltratos, esos desprecios...

-Hasta ahora creía que era así.

Que podríamos contar con tu apoyo,

pero...

empiezo a temer que cambias con excesiva facilidad de opinión.

-No sé a qué te puedes referir.

-Yo sin embargo creo que sí lo sabes.

Samuel me ha confesado que dudas de tu compromiso.

Que ya no pareces tan segura de la promesa que le hiciste.

¿Estás jugando con él?

Blanca, ten cuidado.

No te lo voy a permitir.

-Te estás inmiscuyendo en asuntos que no son de tu incumbencia.

Todo lo que se refiera a mi familia me atañe.

Haré lo que sea por protegerle.

-¿Interrumpo algo?

-Qué sorpresa verte en casa, Diego.

No sueles premiarnos con tu presencia.

-Dile a mi hermano que os espero en la calle.

-Siempre tan encantador.

-Discúlpeme,

debo cambiarme para salir.

(Se cierra una puerta)

Uy.

Al fin se digna a aparecer el señorito.

Cuando he oído la puerta, he rezado "pa" que fuera usted.

-¿Y por qué elevarme el tratamiento?

-Pues por si aparece su padre y me arranca la cabeza de un papirotazo.

-Pues ya estoy aquí.

Morena mía, tus plegarias han sido escuchadas.

-¿Qué? ¿Dónde te has metido?

¿Qué ha pasado? ¿Has arreglado el "desaguisao"?

¿Has podido solucionar

el entierro de la señora? -Para.

Para, demasiadas preguntas.

Y una misma respuesta para todas, sí.

-Puf. -Ya está todo solucionado.

-No me engañas.

-No. Aunque más tarde de lo que me hubiera gustado, pero...

por fin esa mujer ha tenido un entierro de alto copete.

Con un nicho mirando a poniente,

una lápida de mármol con un bonito epitafio...

-Menos mal, ¿eh? ¿Y el viudo ha quedado satisfecho?

-Bueno, no del todo.

Nada podía aplacar el disgusto

que tenía el hombre en el cuerpo.

Pero bueno, al menos yo he cumplido con mi parte del acuerdo.

Ay... Dame un beso.

-Toma.

-Pues sí que te alegras. ¿A qué viene este sopapo?

-Eso, por la jugarreta que me hiciste con el bolso de doña Rosina.

Me cayó la del pulpo al darse cuenta

que no estaba la joya.

-Sabía que doña Rosina no iba a dudar de ti.

Pero era obvio que a mí me iba a echar a los galgos.

-"Pa" chasco que servidora no entiende ni media.

¿Qué has hecho con la dichosa gargantilla?

-Pues empeñarla, para poder pagar el entierro.

-Pero...

Arrea. Eso me pasa por preguntar.

-Estaba desesperado.

No podía dejar de pensar en esa mujer y en su familia.

-Si es que en el fondo,...

tienes buen fondo.

Eres un golfo, pero bueno, más bueno que el pan.

¿Y ahora que vas a hacer con doña Rosina?

Está hecha un basilisco. -No lo sé.

Pero algo se me ocurrirá. -Pues ya puedes darte prisa,

porque esta mañana ha venido a la casa preguntando por ti.

-Bueno...

Lolita, yo teniéndote a mi lado,

voy a poder superar cualquier embrollo.

(Llaman a la puerta)

-Esperemos que no sea ella.

Tiene visita.

-Liberto.

Intuyo que te ha mandado Rosina.

-Pues no.

¿Por qué iba a hacerlo?

-Bueno, pues,...

¿en qué puedo ayudarte?

-Mira, Antoñito, lamento ser yo quien te dé el aviso,

pero en la chocolatería se está armando la de Dios.

Se han reunido clientes que tenían contratadas pólizas contigo

y, les ha llegado que no cumples con tus compromisos adquiridos

y, exigen que les devuelvas el dinero.

Samuel. Samuel, ¿puedes venir?

-¿Puedo ayudarte en algo, Blanca?

-Entra y cierra la puerta, por favor.

¿Puedes abrocharme la blusa? -Claro.

¿Mi hermano nos está esperando fuera?

No se habrá quedado a solas con Úrsula.

-No.

Diego está en la calle.

-Apuesto a que has tenido un encontronazo con él.

Discúlpalo, no sabe contenerse.

La sola mención de Úrsula

le saca de sus casillas. -No hablemos de eso ahora.

Mejor dicho, no hablemos de nada.

-¿Y este cambio de actitud?

¿Ya no te preocupa guardar la compostura?

-Cállate...

y bésame.

Tengo preparado el menú de mañana.

Siempre que usted dé su aprobación.

-No es necesario. Confío en tu buen criterio.

Estoy muy satisfecha de tu labor, Carmen.

Doña Cayetana siempre tuvo mucho acierto para escoger servicio.

Contigo no se equivocó.

Salta a la vista

que no eres como las muertas de hambre del altillo.

Tú tienes clase.

Tu vida ha sido bien distinta.

Pierde cuidado, puedes estar tranquila.

Mientras me sigas siendo fiel como un perro, nada has de temer.

Tu pasado será nuestro pequeño secreto.

-Ya que parece tenerme en tan alta consideración,

permítame que le pida algo. -Tú dirás.

-Le ruego que no sea tan dura con mis compañeras del altillo.

Si es cierto que no han disfrutado de una buena educación,

también lo es que no hay maldad en ellas.

-Te equivocas.

Claro que la hay, como en todos.

La pobreza y la ignorancia no son obstáculos

para la malevolencia.

Pero en algo tienes razón,

ellas no son las responsables del maltrato que sufrí.

Solo eran unas recaderas,

como en otro tiempo yo lo fui.

Las verdaderas culpables... duermen entre algodones de plumas.

Y se pasan el día entre rezos, presumiendo

de ser unas buenas cristianas.

Pero a mí no me engañan.

Ellas serán las que pagarán con creces

el daño que me hicieron.

Ah.

Quiero que busques la manera de acercarte a doña Celia.

Ya veremos si sigue sonriendo

cuando sienta en su propia piel lo mismo que a mí me hicieron,

la misma humillación.

-(ALGARABÍA)

-¿Qué es ese barullo?

¿Qué diantres pasa en "La Deliciosa"?

¡Nos está engañando! -¡Ladrón!

-Templen, por favor.

Les aseguro que no he tratado de estafarles con las pólizas.

-¡Al cuartelillo con él!

(HABLAN TODOS A LA VEZ)

-(SILBA)

¡Eh, callarse ya!

Dejen que se explique, ¿eh?

Hale, aprovecha ahora, antes de que empiece el griterío.

-Les aseguro que lo ocurrido con la esposa del señor García

ha sido un malentendido y no volverá a repetirse.

-Con ese piquito de oro,

les vas a tener comiendo de tu mano en un santiamén.

-No tienen nada que temer.

Sus pólizas son seguras. Y cuando llegue el momento

de hacerlas efectivas, tendrán el servicio que contrataron,

un entierro digno de reyes. -Miente. Estafador.

-Devuélvanos nuestro parné.

-¡Es un embustero!

-Vete, porque esto va a terminar mal.

-No. Servidora no se mueve de aquí.

-Calma, se lo ruego. Déjenme pasar.

-Padre.

-¿Qué ocurre aquí?

¿Qué significa este escándalo?

Te ruego una explicación.

-¡Devuélvenos el dinero! -¡Ladrón!

-Sinvergüenza. -Nuestro dinero.

Osman se está retrasando. Quizá haya olvidado su cita.

-Descuida, que seguro que no tarda en aparecer.

¿No te has enterado del follón que se ha montado aquí esta tarde?

-No.

Por poco no le pasan el cuchillo a Antoñito.

Tenía en pie de guerra a sus clientes.

-Tu futuro cuñado no escarmienta.

¿Y cómo ha salido de esta?

-Por la aparición de su padre.

Les ha prometido que él mismo va a solucionar el embrollo.

Se ha llevado a Antoñito para hablar del asunto.

A ver cómo termina esto.

María luisa está que trina.

Mira.

Ese parece Osman.

A ver si por fin sabemos la verdad de Elvira.

-Buenas noches. Soy Osman Akim.

Querido padre, estábamos deseando verle.

Ojalá pronto se recupere.

Tenemos tan buenas nuevas que darle...

-Samuel, enséñale el cuaderno. Muéstrale lo que me comentaste.

-Padre, he descubierto algo muy extraño en las notas de este diseño.

Las medidas que apuntó no cuadran.

-Esos números no corresponden con la joya.

-¿Qué pueden querer decir? No lo entiendo.

-Se está poniendo muy nervioso.

Intenta decir algo.

Disculpad el retraso. -Sí, déjese. ¿Dónde está Elvira?

-Discúlpele. Tenemos el corazón en un puño a la espera de noticias.

-Es de entender. Perdonad mi desconsideración.

Enseguida tendrán respuesta a todas sus preguntas.

Siento comunicarles de que mis palabras van a estar lejos

de satisfacerles.

Estoy seguro

que la señorita Elvira murió ahogada.

-Pero ¿qué está diciendo? ¿Qué dice?

Miente. Está claro que miente.

¿Y el cuadro? ¿Va a negar que la mujer que aparece en él es Elvira?

-No, pero hay una explicación.

-No tarde en compartirla con nosotros.

-El retrato fue un encargo del hombre que iba a ser su esposo.

-Sí, sí, Burak Demir, lo sabemos. -El mismo.

El desdichado nunca pudo contraer matrimonio con ella.

La travesía no llegó a puerto.

Su prometida murió ahogada.

-Un momento.

Si eso fuera cierto, Elvira jamás hubiera posado para esa pintura.

-Burak me encargó el cuadro para poder recordarla.

Él me dio una fotografía para que me sirviera de modelo.

Y me ordenó pintarla ante la Torre del Reloj Esmirna.

-Pero si quería la pintura de recuerdo,

¿por qué se deshizo de ella?

-Una vez pintado el cuadro, a Burak le resultó demasiado doloroso

ver día tras día el rostro de la mujer perdida.

Y lo vendió.

Lo lamento mucho.

Siento que esta no sea la historia del cuadro que querían escuchar.

-Descuide, usted no tiene culpa alguna.

Somos nosotros, que creíamos que...

el milagro en el que tantas veces habíamos soñado

se había hecho realidad.

-Lo lamento mucho.

De corazón.

Y ahora, si me disculpan...

Les dejo solos.

"Coronel, ¿está seguro de estar haciendo lo correcto?".

-Es mi hija. Y es mi decisión.

-El destino que le estaba reservado no parece el mismo

que usted le ha elegido.

Su comportamiento está muy alejado

del que debería tener una buena esposa turca.

Es rebelde e insolente. -No me descubre nada nuevo.

Durante años he sufrido su desobediencia.

Ahora le corresponde a otro meterla en vereda.

-Burak Demir lo está intentando.

Está usando todos los medios

para que entienda cuál es su sitio.

-Pues tendrá que insistir más. -Le aseguro que empeño no le falta.

La mayor parte de mujeres ya hubiesen dado su brazo a torcer.

Pero Elvira es fuerte

y no se deja vencer. -Ya.

Es igual de terca que su madre.

-Disculpe que me meta donde no me llaman,

pero debería acabar con el engaño.

-Se ha vuelto loco. Yo no puedo hacer eso.

-Solo ha de confesar la verdad.

Decir que Elvira nunca subió a ese barco.

Que los pasajes se falsificaron, que en realidad, llegó a Turquía

para casarse con Burak Demir, en contra de su voluntad.

-No me conoce si cree que voy a hacer tal cosa.

-Hágalo por ella.

Aquí encontrará gente que la estime.

Pero en Turquía, más pronto o más tarde,

Burak Demir acabará por perder su paciencia.

Solo Alá sabe

lo que es capaz de hacer.

-Conozco bien a mi hija,

y eso es lo que pretende con su comportamiento;

hartar a su esposo hasta que la repudie, y conseguir su libertad.

-No es el repudio lo que más debe temer.

-¡Ya basta!

¡Como le he dicho, son asuntos que no le incumben, señor Osman!

Limítese a actuar según lo acordado.

Aquí tiene el dinero que le prometí.

Jamás lo habrá conseguido de forma tan sencilla.

Solo tiene que decir que mi hija no posó para ese dichoso cuadro.

Que ya estaba muerta cuando lo pintaron.

¿Qué esconden esos números, padre?

Sé que trata de decirnos algo.

No se rinda, padre. -Diego, déjalo.

No puede hacerlo.

Tiene que descansar.

-Perdone que les moleste,

pero es tarde y debo administrar la medicación al paciente.

Usted debe ser la prometida del hijo del señor Alday.

¿Me equivoco?

-Blanca, ¿estás bien, cariño?

Estás pálida.

Blanca, Blanca, aguarda.

Blanca, cuéntame qué te ocurre, por favor.

-Nada.

Más de media docena de veces me lo has preguntado.

-Y más de media docena de veces me has dicho que no es así.

¿Qué te ha alterado en la residencia?

-Si digo que nada, es que no me ocurre nada. Basta ya.

-Blanca, solo quiero ayudarte.

-La mejor manera de ayudarme es no presionarme.

No me lo preguntes 100 veces.

-¿Y qué hago? -Dejarme en paz.

-Blanca, por favor, solo quiero...

-Su carácter no es sencillo.

No deberías dejarte llevar por las primeras impresiones.

-No sabía que estaba usted aquí.

-No me he ocultado.

Habéis sido vosotros que habéis entrado sin reparar en nada.

Samuel, la conozco bien.

Si me dices a qué se deben vuestras diferencias, tal vez pueda ayudarte.

-Se lo agradezco, pero no es necesario.

-Habéis discutido.

-No, en realidad, no.

-Hacía tiempo que no la había visto así.

Últimamente parecía más centrada.

-¿Últimamente? ¿Antes no?

-En otros tiempos...

he visto cosas,

he visto situaciones

poco edificantes, que...

Cuando te digo que su carácter no es sencillo,

no es una manera de hablar. -No sé para qué le pregunto.

Solo pretende perjudicarla. -Al contrario.

Yo no quiero perjudicar a nadie.

Pero conozco a mi hija mucho mejor que tú.

Te sorprendería la cantidad de historias

que puedo relatarte sobre ella.

-¿Por qué finge que le preocupa?

Ha demostrado que no siente ningún afecto hacia ella,

que no le importa lo que le ocurra.

-Te lo repito, podría contarte tantas cosas...

-Nada se saca hablando con usted,

solo inquina y malevolencia.

Creo que doña Rosina tiene piojos y te los puede haber pegado.

-¿Piojos? -Chist.

Los traje yo de mi viaje.

-¿Qué tú los has traído?

-Ya no tengo. Servando me echó vinagre y me los quitó.

Pero dona Rosina usó un pañuelo que no tenía que haber usado.

Verás cuando el barrio se entere que he contagiado a los vecinos.

-Martín,

hay que hacer algo a escape.

-Un hombre me atracó y me hizo subir a un carruaje

en plena calle Acacias. -No puede ser.

-Y no contento con eso, me llevó a un sótano y me retuvo allí.

Sin agua, sin comida,

a oscuras... Temiendo por mi vida.

Apenas había una rendija

de luz, que se colaba por la trampilla

por la que el hombre entraba y salía con una escalera.

Imposible para mí alcanzarle y fugarme.

-Ah...

¿Y ha abusado de usted?

-"¿Crees que Osman dice la verdad?".

-Creo que Osman no tiene ningún motivo para engañarnos.

Lo único que hace es corroborar lo que ya sabíamos,

que Elvira murió en el naufragio.

Hay que olvidarse del tema.

La vida sigue.

-Elvira sigue muerta, Adela vuelve...

Espero que Simón se dé cuente de que no es con esa mujer

con quien debe compartir su vida.

-No sé por qué tienes tanto en contra de ella.

Acuérdate del agujero negro en el que estaba Simón.

-Víctor, Adela se ha aprovechado de su fragilidad.

Y no quiero decir que Simón tenga que guardar ausencias a Elvira

para siempre, pero esa mujer no le merece.

-"No puedo dejar que te salgas con la tuya".

Si tu esposo no te mete en cintura,

iré a Estambul o donde haga falta para hacerlo yo mismo.

"Espero que no le parezca una falta de decoro,"

pero siempre he querido comprarme un tinte

y, dicen que los suyos son los mejores.

-Dele las gracias a quienes dicen eso.

-He estado ahorrando para comprarme uno y,

he pensado que si se lo compraba a usted, me saldría más barato.

-Mucho más.

Le saldrá gratis.

-No, por favor, señora.

Va a pensar que soy una aprovechada. -No.

Tengo unas muestras que le irían genial a tu pelo.

-"Es algo muy importante".

-¿Relacionado con la mina de oro? -No, relacionado con su hijo...

Antoñito.

-¿Mi hijo?

¿Acaso han firmado ustedes también una póliza de seguros?

No se preocupen, vamos a reembolsar todo el dinero

a los asegurados que lo soliciten. -Ojalá fuera eso solo.

Pero se trata de un asunto mucho más grave.

-Se trata de una gargantilla de gran valor desparecida.

-Lamentamos comunicarle

que tras analizar las circunstancias

en las que se produjo la desaparición,

solo pueden ser Lolita o él.

-Y por Lolita

ponemos la mano en el fuego.

Ella lleva mucho tiempo en Acacias sin dar un escándalo.

-(BALBUCEA)

-"¿Te inquieta algo? -Es Blanca".

-¿Mal de amores?

-No. Bueno, no lo sé.

Se comporta de forma extraña.

Algo vio en la residencia que le alteró.

-¿Qué? -No lo sé,

no quiere hablar conmigo.

Pero seguro que fue algo que vio en la habitación de nuestro padre.

-¿Qué te apuestas a que eso acabará llevando a Úrsula?

-Sin duda.

-Samuel, no olvides nunca que Blanca es hija de esa mujer.

A la hora de la verdad, quizá escoja su sangre.

-Lo dudo.

-No des nada por seguro.

La vida de nuestro padre está en peligro.

Entérate qué vio Blanca en la residencia.

De eso puede depender que lo salvemos.

-"Entérate de todo lo que se cuece en esa casa".

Seguro que Celia tiene algo que ocultar.

-No sé. Parece muy honesta.

-Abre los ojos.

Todo el mundo tiene cadáveres en sus armarios.

Quiero saber de qué pie cojea esa mujer.

Entérate bien.

Las historias de sábanas son las que más llaman la atención.

-Blanca, ¿qué te ocurre?

-¿Cuántas veces me lo vas a preguntar?

Ya te he dicho que nada.

-Sé que no es cierto.

-¿Cuántas veces necesitas preguntármelo

para convencerte de que no hablaré?

-Tal vez pueda ayudarte.

-No puedes hacer nada por mí.

Nadie puede hacer nada por mí.

  • Capítulo 596

Acacias 38 - Capítulo 596

07 sep 2017

Las dificultades derivadas del entierro de la madre del señor García crecen a medida que pasan las horas y Antoñito no sabe cómo salir de ésta, por eso decide robar la gargantilla de Rosina. Aunque Blanc aceptara casarse con Samuel, sabe que no tendrá nada fácil olvidarse de Diego.

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    Capítulo 637 10 nov 2017 Blanca pide a su hermana, delante de todos los vecinos, que se quede a su lado en Acacias. Saltan chispas entre Úrsula y su hija. Diego se despide para siempre de Blanca. Adela cuenta a Simón su enc...

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  1. Paulina

    Comento en base a los avances y lo leido aquí porque no la veo hace semanas. Tienen razón señores, los guionistas o escritores están en la nebulosa. Es cierto, es novela, pero alargan una historia que pudo ser bonita a un culebrón sin pie ni cabeza, porque quedan asuntos a medio palo, la policia inepta nunca dio pie con bola, para la oficina del comisario la clausuraron, jaja, Muerta Cayetana, Teresa salió de escena sin reclamar nombre y apellido para lo cual llegó a Acacias, tan bella la actriz para ponerle un papel cansón y de boba, las antes escenas de Abiba largas por cierto, terminó robándole a Leonor sin que pagara por el hurto. Muy largo el tema de Elvira como desaparecida. Y al Coronel le salvan la vida pero continua más perverso que nunca. Y tonteras como las ratas q invadieron por meses la casa de Rosina, pendejadas que han hecho el programa mediocre. Y contemos las 50 veces que Teresa y Mauro se dejaron y volvieron. A cuando le encuentren el final, ya mataron a todo Acacias. Mejor ni sigo....

    08 sep 2017
  2. Mabi

    Celia, ¡ cuánta razón!!!!!! Nos tendrían que contratar a varios de los comentaristas de éste espacio, como CONTINUISTAS,!!!!! Hay errores que serian salvados, con solo tener un poco de memoria...Celia estaba en su dpto con Mauro y Felipe mirando por la ventana ,cuando estaban hostigando a Ursula...otra cosa, Adela está no solo disociada con la realidad, es perversa al igual que lo fue Humildad, con su obsesión por Mauro y oh casualidad las dos fanáticas religiosas.. En nombre de Dios se han cometido los peores pecados y se ve que Acacias no se queda atrás.....

    08 sep 2017
  3. Amador Merced Rivera

    Bueno bueno, sacan a Cayetana y ponen a Ursula con intrigas y adelantandose a los hechos, como he dicho en comentarios anteriores es el mismo refrito en diferentes platos, me explico y es que repiten los hechos con diferentes personajes; ahora ea Ursula la del poder antes era Cayetana y en el mismo piso, el principal. Se ha puesto morona la serie.Saludos, PS otro mas que el coronel soborna increible, Oh no.

    07 sep 2017
  4. Celia

    Ursula, Celia no estuvo en los Paulinos ella estaba en casa y fue la que dio aviso de que estaban a punto de darte una paliza

    07 sep 2017