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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 593 - ver ahora
Transcripción completa

Aquí va a vivir.

No es digno de mi padre. -Diego, lo hemos hablado.

-No hay residencia más lujosa

ni que mejor trato da a los pacientes.

-"Si es que es Elvira".

-O no, María Luisa, o no.

Madre mía, se parece tanto

que parece increíble. -La esposa ante la torre del reloj.

No existen las casualidades, es Elvira.

-"No sé quién eres"

ni qué has hecho, ni por qué te quieren mal.

Yo haré mi trabajo. No es nada personal contra ti,

quiero el dinero que me pagarán.

Creo que es un buen momento para hacer las paces.

-No hace falta,

somos hermanos,

nunca dejaremos de serlo.

Los enfados pasan,

pero la sangre sigue ahí.

-"¿Has hecho lo que te mandé?".

-Le dije a Castora lo que usted esperaba,

o lo que creí que esperaba.

-Seguro que has acertado, no eres boba.

-Iré a casa, tengo qué hacer.

-Espera un momento.

Todavía no hemos terminado.

Tengo algo más que pedirte.

Se trata de Lolita.

-"¡Ay, Dios!".

¡Es preciosa!

-Como el cuello que la lucirá. Te la pruebo.

-"Quiero que me acompañes a casa de doña Úrsula",

a preparar una empanada. -¡Uh! ¿Para esa?

No me parece bien cocinar para esa.

-Se ha enterado de que en Cabrahigo se hacen las mejores empanadas

y le he prometí que aprendería.

-Ahí estaré.

Que aunque para esa no quiera, por una compañera, lo que haga falta.

-"Hola, Simón".

Esto te quería enseñar. -No saques

conclusiones precipitadas. No sabemos nada.

Lo mismo es simplemente una casualidad.

Samuel,

hijo...

Samuel.

Diego, Diego.

Diego.

Hijos...

Ahí viene el carruaje.

(Puerta abriéndose)

Aquí está Lolita, señora, como usted pidió. ¿Le viene bien?

-Sí, sí, sí, es muy buen momento. Gracias, Carmen.

-Si no le importa, preferiría escuchar yo también la receta.

-Lo siento,

precisamente las recetas se transmiten de madres a hijas

para guardar el secreto.

¿Verdad, Lolita?

-Como diga la señora. Así será, sí.

-Muchas confianzas te estás tomando, Carmen.

Solo eres una criada,

mi criada.

Espera en la cocina.

Me gustas, Lolita.

Sabes mantenerte en tu lugar

a capa y marea.

Nos vamos a entender muy bien.

El cuadro se lo encontró María Luisa

cuando lo trasladaban a una galería de arte.

-Lo reconocí de inmediato.

-El parecido es tremendo.

Pero no podemos asegurar que esa sea Elvira.

Además, eso significaría que, efectivamente,

llegó a Estambul. -Y que está viva, Simón.

-¿Viva?

¿Posando en Estambul?

No, no puede ser.

Murió en el océano.

Murió cuando sus dedos se deslizaron entre los de Nemesio.

-Yo pienso exactamente igual que tú, pero María Luisa cree que...

Cree que está viva.

-Pero ¿por qué razón

me mentiría Nemesio Contreras?

¿Por qué un hombre que acaba de salvar su vida

vendría hasta aquí para mentirme a mí?

-Pues quizá se confundió, no conocía a Elvira.

Si lo hizo, si mintió,

solo pudo tener un motivo.

Y estoy seguro que ese malnacido del coronel conoce la razón.

-Simón, Simón, recapacita y piensa, que después te arrepientes.

-Pero ¿cómo pretendéis que me quede quieto? ¿Cómo?

Estoy seguro de que el coronel

conoce toda la trama, incluso la habrá preparado él.

Y aunque tenga que sacárselo a patadas, confesará.

-No ganarás nada con ello.

-La verdad. ¿Te parece poco? -No. Tienes que pensar

con frialdad y ser listo.

-Estoy harto de ser frío y racional. Lo he sido demasiado tiempo.

Escupirá lo que sabe o morirá.

-¿Y si no sabe nada?

Hay dos posibilidades:

que no sepa nada o que, como tú dices,

esté al tanto de todo y hasta sea el cerebro del enredo.

-Razón de más para estrangularle. -No. Porque si lo supiera,

si supiera que su hija está viva,

que está en Estambul y nos lo ha ocultado,

mejor sería no hace saltar la liebre.

-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué tengo yo que perder?

-No sé, pero quizá mucho.

Si el coronel teme que descubramos que Elvira está en Turquía,

se lo dirá a quien está con ella. -Que será Burak.

El cuadro es La esposa frente a la torre

del reloj. -Esposa de ese hombre.

No dudes que, de saberse descubierto,

el coronel esconderá aún más a Elvira,

y quién sabe si con peor vida.

-¿Ves por qué te pido que pensemos

y actuemos con frialdad?

Deberíamos guardar esto en secreto, indagar primero

si Elvira está viva, y, después, dónde la esconden.

-¿Estás de acuerdo, Simón?

Te ayudaremos en todo lo que necesites.

-Es imprescindible

que lo que hemos hablado no salga de aquí,

y todo lo que sabemos.

¿Estamos de acuerdo?

No.

La empanada es más simple que todo eso.

Se parece a las empanadas de otros lugarejos.

-Vaya, pues yo pensaba que destacabais

por las empanadas de cabrito e higos.

-Y destacamos. -Ah.

-Bueno, sobre todo los días siguientes.

Es que muchos exagerados dicen

que les cuesta un potosí ir a la letrina,

que son como ladrillos atravesados.

Sigo sin entender

por qué le ha dado por las empanadas,

si nunca se ha preocupado por los fogones.

-Has dado en el clavo, la gastronomía no me interesa.

Yo como para vivir.

Pero sí que me han llamado la atención

esas tradiciones de tu patria chica. No sé,

sois como muy...

¿Cómo diría yo? -Brutos.

-No, no, no.

Agudos y cáusticos.

-¿Y eso qué es lo que es, señora?

-Pues que os reís de todo, e incluso de algo más.

Por ejemplo,

vuestros festejos, sin ir más lejos.

Son unas tradiciones, como mínimo, inquietantes.

Los Paulinos, por ejemplo.

Pero bien lo sabes tú,

que fuiste justamente la que propuso hacer esa celebración en Acacias.

-Una solo quería pasar un buen rato.

Y ahora que me acuerdo,

que es que tengo faena.

Ya hablaremos de la empanada,

en cuanto recuerde qué llevaba.

-Eres muy inteligente, Lolita.

Y tú lo sabes.

-No se mofe de una, fui a la escuela cuatro días mal contados.

-La modestia es otro indicador de tu buen juicio.

No me negarás que eres de las pocas

que sabe leer en el altillo.

También sabes

discernir entre lo bueno y lo malo,

lo que te conviene y lo que no.

Has de saber

que una de mis mayores habilidades

es descubrir los secretos de la gente,

de aquella gente que a mí

me interesa.

-Pero yo... no le intereso a usted.

-Conozco tus secretos, Lolita.

Pero no te preocupes, no diré nada.

También soy buena guardándolos.

-Yo, señora, de verdad, que es que no sé de lo que me habla.

-No tientes a la bicha, infame.

Tú y yo podemos llevarnos muy bien.

Nadie sabrá tus secretos

si me dices, sin mentiras ni dilaciones,

quién te ayudó con ese pecado de muñeco que quemasteis.

-Doña Úrsula, que fue una chanza.

-Fabiana, Servando, ¿quién más?

-Una no puede hablar depende de qué. Hágase cargo.

-Ya.

Te acusarían de dilación, ¿verdad?

De chota, como decís la gente baja.

Y tú eres muy fiel a tus compinches, ¿no es así?

-Déjeme marchar, por el amor de Dios.

Gracias, señora, gracias.

¿Dónde demonios está padre?

-Templanza, Diego, tendrá una explicación,

le estarán haciendo pruebas.

-No le trajimos aquí para que le hicieran pruebas,

le trajimos para cuidarle.

-Quizá haya mejorado y le han sacado al sol. Iré a informarme.

Lo ves, ¿no?

¿Ves a lo que conduce tu empeño de traerle a un sanatorio?

-¿Estás responsabilizándome?

-Le trajimos aquí para que le protegieran,

a pesar de que yo me opuse.

Como le haya sucedido algo...

-Te lo voy a tolerar porque sé que estás fuera de sí,

pero no abuses de mi paciencia.

-¿O qué?

¿Qué sucederá cuando creas que he sobrepasado tu paciencia?

Gracias a Dios que están ustedes aquí.

-¿Dónde está mi padre?

-Señora, ¿la envía Blanca?

-¿Quién? No sé de qué me habla. -¿No sabe de lo que le hablo yo?

Conteste. ¿Dónde tienen a mi padre?

-El paciente ha sufrido una insuficiencia respiratoria

y está siendo intervenido. -¿Qué intervención?

¿Cómo está él?

-Como saben, no estaba previsto su paso por quirófano...

-Pregunta cómo está.

-Si quieren la verdad,

entre la vida

y la muerte.

-¿Por qué?

¿Qué ha sucedido para operarle?

-No lo sabemos. Le hemos encontrado sin apenas pulso

y con ventilación insuficiente. No hubo tiempo

para diagnósticos certeros, y el cirujano le tomó a su cargo.

-Le pregunto qué ha sucedido. ¿Qué tiene, por qué ha empeorado?

-Caballeros, no dispongo de más información.

El doctor hablará luego con ustedes. Si me disculpan...

-Lo sabía.

Sabía que no debía ceder ante tus ruegos.

No debí permitir que lo trajeras, ¡ni aquí ni a ningún sitio!

-Quizá hubiera sufrido la misma crisis en casa.

Estar aquí puede haberle salvado, ha recibido atención inmediata.

-No quisiera alarmarnos,

pero vuestro padre está en quirófano.

El doctor vendrá a hablaros en cuanto sea posible.

¿Ya sabíais que le operaban?

-Para atajar una crisis respiratoria.

-¿Y os han dicho las posibilidades de sobrevivir?

Preciosa,

por fin te dejas ver.

¿Y esa cara? Si alguien te ha ofendido...

-No se haga suposiciones, nadie me ha ofendido.

-Pues tienes cara de espantada.

-Déjelo, que no me ha pasado nada.

¿Para qué me busca? -No te lo creerás,

pero he conseguido contactar con el afamado doctor Gálvez.

-¿Y quién es ese?

-Un médico reputado.

La crema y nata de la ciudad van a su consulta.

-Bueno, yo casi que prefiero no ser ni crema ni nata,

quedarme en lechecilla aguada, pero bien sana.

Esa gente de postín estará en las últimas.

¡Ay!

-Pero ¿cómo no te voy a querer, Maritornes?

Que no están enfermos, que van para evitar enfermedades.

-¡Huy! Eso es poner el carro ante las mulas.

Es como nombrar la soga en casa del ahorcado. Si no están malos, estarán.

-Al contrario, mujer, el doctor Gálvez ha conseguido depurar

un método novedoso que se anticipa a la enfermedad.

Con ese método, puedes saber si estás enfermo o no.

-Con su pan se lo coma,

que yo no necesito de eso.

Y si lo necesitara, pues no tendría para pagarlo.

-No te preocupes por el dinero, y sí que lo necesitas.

Te dirá que estás como una rosa y que olvides

esos miedos familiares.

-Será una eminencia y todo lo que usted quiera,

pero no sabe más que las viejas de mi pueblo.

Y estas saben que en mi familia la endiñamos en un día.

-Las viejas de tu pueblo son las más listas,

pero ¿no me das ese capricho?

-¿O es que te dan miedo los médicos?

-Los médicos no, lo que hacen.

Que seguro que me pone "inyicciones".

O peor, me hace quedarme en cueros. -Inyecciones.

Y no, solo vas a tener que escupir.

-¿A quién?

-A nadie, esputarás en una escupidera.

Se ganó su fama al inventar la esputología.

-Ah, el tío Remigio ya adivinaba

lo que habías almorzado mirándote los gargajos.

No sé, no sé, es que para que me diga

que la endiñaré en mi cumpleaños, no hacen falta alforjas.

-Pues ya está, ya estamos en lo peor, no tenemos nada que perder.

Venga, hazlo por mí.

-Es que yo no creo en la "gargargología" esta.

-Gargología, Lolita, y no es una creencia, es una ciencia.

Dame el capricho.

-Bueno, por usted lo hago.

Pero por usted nada más, eh.

-Huy, que ese hombre de la terraza no nos quita ojo.

Es capaz de denunciarnos. No mires, cabezón.

Que...

-Lolita, precisamente él es el doctor Gálvez.

He querido que le conozcas antes de la cita.

Lolita, el doctor Gálvez. Doctor Gálvez, Lolita.

Vaya, doña Susana,

qué ímpetu por visitar la casa del Señor.

-Ya veo que usted también cumple con alegría

sus deberes para con el Altísimo.

-Sí, el día que, por circunstancias ajenas a mi voluntad,

no puedo echar una parrafadita con el Señor, es como... no sé,

como si me faltara algo.

-¿Una parrafadita?

Es como si le tratara usted de igual a igual.

-Nos entendemos, sí. -Ya veo.

Le ha bendecido a usted con un buen matrimonio.

-El mejor que podía haber deseado.

-Un marido apuesto, añoso, no hay que negarlo,

y un poco escacharrado,

pero apuesto, se adivina.

Ay, de buena familia.

Y dos hijos amantísimos.

Y esa amiga de la familia tan mona, de fácil palabra.

-La juventud ya se sabe...

Bueno, no la quiero interrumpir, tendrá usted mucho que hacer

con el Señor.

-¿Le une a la familia un vínculo estrecho?

A la señorita Blanca digo.

-Se habla con el pequeño de mis hijastros.

-¿La cosa va en serio?

¿No tiene familia la pobre muchacha?

Ah, bueno, no me mire con esos ojos de gato,

que pareciera que quiere amedrentarme.

-Nada más lejos de... -Señora, señora, una desgracia,

un infortunio.

El señor... -Aquiétate, pusilánime.

Dime con sosiego qué ha sucedido.

-Don Jaime ha sufrido una crisis asmática o algo así

y le están operando.

-¿Operando?

-¡Úrsula!

Apóyese, apóyese sin reparo.

¿La llevamos al médico o al confesionario?

-No, no. Sentí una angustia aquí,

una angustia que me reconcomía.

No pregunte usted por qué,

pero nada bueno me presagiaba.

-¿La acompaño al sanatorio?

-Sí, ahora vamos.

El Señor da

y el Señor quita.

Nada le reprocho, si no el momento.

Toda una vida de sufrimiento

para que, al final, tras regalarme un marido, el mejor,

me lo quite sin contemplaciones.

-Cuidado, Úrsula, que el Señor entiende su pesar,

pero está rayando en la blasfemia.

-Discúlpeme,

es simplemente que estoy empujada por el pasmo.

Señor, disculpa mis palabras.

Están dichas, producidas por el calvario que sufro.

-No gaste usted fuerzas.

Sosiéguese, el Señor la entiende.

Tiene que sosegarse para aparecer ante su marido

bien compuesta. -Tiene usted razón.

Por él lo haré,

por mi amado esposo, para que no sufra por mí.

Carmen, acompáñame junto a mi marido.

-Sí, señora. He avisado al carruaje, estará a punto de llegar.

-Gracias.

Gracias, Susana.

Una vez más, me has demostrado

que se puede confiar en ti.

Ahora sé que, de verdad, tengo una amiga.

El desayuno.

He pedido que colaran el café un poco más fuerte.

Venga, a desayunar.

-Yo no tengo apetito.

-¿Qué hora es? ¿Qué se sabe?

-Las siete.

Sigue en observación. Los médicos no dan

un pronóstico.

Pinta muy mal, hermano. -Venga, no seamos nosotros

los primeros en ponernos en lo peor. Los doctores han sido sinceros.

Si estuviera tan mal, nos lo harían saber.

-Nos habrían informado si hubiera sido un éxito.

-Samuel, eh, no seas pesimista.

Todavía no tenemos datos que nos autoricen.

-Intento ser optimista, pero me resulta imposible.

Preferiría ser yo quien estuviera en esa camilla.

No imagino la vida sin mi padre. -Es que no debes planteártelo.

Eh.

-Pero que muera es una opción,

¿no te das cuenta?

-No va a ocurrir.

Samuel, no va a ocurrir.

-Necesito tomar el aire.

-Diego, desayuna algo,

aunque sea un café, va a ser un día...

-Muchas gracias, Blanca,

en su nombre y en el mío.

-Tú también deberías comer algo, aunque sea un bocado.

Venga, va, siéntate.

Venga.

Muchas gracias por ayudarme, Casilda.

-No hay de qué, señora Fabiana. Sabe que a mí no me cuesta nada.

-Y venga otra, venga otra.

Si es que no para mi mollera.

-¿Sigue con los epitafios? -Y me da a mí que va a peor.

-No, no, no, y gracias a las musas. En cuanto he echado a un lado

el mal fario que me deba, es que no paro.

¿Quieren que les declame uno?

-Da igual lo que le digamos. -Bueno...

Héroe en mil batallas, zafarranchos y degollinas,

aquí yace el soldado entero

héroe de las Chafarinas.

Me describe a la perfección, ¿a que sí? No me lo digan.

Apabullante, apabullan...

Bueno, ahora va otro más sentido y sincero,

si cabe. (CARRASPEA)

Aquí, en paz, el soldado,

recordando sus batallas,

la palmó, pero erguido donde los haya.

¿Eh? Vamos... Medidito. Vamos, una perlita.

-Huy, sí. Casilda, se nos había olvidado

que teníamos al Cid Campeador sacándole brillo al portal.

-Ni eso, señora Fabiana. Que, como a muchos generales,

el lustre se lo sacan los soldados.

-Escúcheme usted, Servando, ese es un epitafio

buenísimo, medido, sincero, sentido...

El lustre de los dorados lo sacan los soldados.

-¿Sí? -Sí, señor.

-De verdad... ¿Y eso es...?

¡Qué desvergüenza! Justo ahora, que me abandona el Martín,

que se va a ver enfermos

como una señorita de compañía, ¿me acusan

de no dar palo al agua?

-Pero si es verdad.

Y los epitafios, como mínimo,

tienen que ser verdaderos. -Verdad va a ser

cuando me eche al Martín a la cara y le dé de baja en todas las cosas.

-Y será capaz...

-Como me entere que le echa... -Déjelo, señora Fabiana,

porque no entra en razón.

Es tan caradura que se ofende si le llaman caradura.

-Pero será posible... Miren ustedes,

pues desde este momento les prohíbo

que vayan a mi entierro. No. Les prohíbo

que paseen delante de mi tumba.

No. Les prohíbo que lean mi epitafio.

-No sabemos leer, Servando.

-¡Pues me da igual!

También le prohíbo que se lo lean. Anda, que mira,

las amigas que uno creía que tenía.

Desde hoy y para siempre, no somos amigos

ni somos nada.

-¿Se ha enfadado de verdad?

-Qué barbaridad.

Jamás habías visto la sastrería tan ajetreada, eh.

-Como que no sé si nos dará tiempo a entregar estos últimos.

-Esas palabras jamás se pronuncian en mi sastrería.

Claro que entregaremos,

para eso estamos tú y yo aquí trabajando sin parar.

-Espero coger el ritmo poco a poco.

Doña Susana, quería preguntarle.

¿No ha notado algo raro a Simón

ayer noche o esta mañana?

-La verdad es que no.

Andará tan liado como nosotras en el trabajo.

Toma.

¿Por qué me lo preguntas?

-Nada en concreto. Aprensiones de novia primeriza,

lo más probable.

-Ya te voy conociendo, y tú no das puntada sin hilo.

Eso una sastra lo sabe mejor que nadie.

¿Qué te duele de Simón?

-Simón me tiene preocupada. Bueno, más bien su comportamiento.

No sé, ha cambiado.

-¿De ayer a hoy?

-Desde que María Luisa me forzó a dejarla a solas con él.

¿Se acuerda cuando vine a por sus pañuelos?

-¿No he de acordarme?

Probablemente ni te enteraste de lo que te dije,

no parabas de mirar la calle.

El caso es que cuando volví hasta ellos, Simón era otro.

-¿Y de qué crees que pudieron hablar

y en tan poco tiempo?

Me parece que haces una montaña

de un grano de arena.

Mira, Adela,

María Luisa bebe los vientos por mi nieto.

-Lo sé, doña Susana,

más le aseguro que hoy Simón está distinto.

-Voy a ver si nos enteramos de algo. ¡Simón!

Ven un momentito.

Usted dirá. -Pues estábamos aquí

con tanta tarea y, al verte pasar, hemos dicho:

"Nos merecemos un descanso y que Simón nos amenice el rato".

-No pasa Simón por uno de sus días más ocurrentes.

-Ah. ¿Y qué es lo que te tiene tan romo y tan embotado?

-No lo sé, ni yo mismo lo sé, lo siento.

Y preferiría marcharme, la verdad.

-Claro, ve, hijo, ve, tampoco vamos a charlar a la fuerza.

-Adela...

¿Se ha dado cuenta? ¿Se ha fijado?

Con que una montaña de un grano de arena.

¿Me lo han cambiado o no? De ayer a hoy.

(Puerta)

(Puerta)

Muchacha, abre, que van a volverme loco con tanto golpe.

Muy buenas. -Buenas.

-Coronel,

su dinero.

Puede contarlo, si lo cree oportuno.

¿Qué? ¿No nos va a invitar a sentarnos?

-Ya veremos.

-¿Cree necesario contar todo este efectivo?

Yo mismo lo hice al salir de casa y le aseguro

que no falta ni un céntimo.

-Lleva razón, confío en su palabra, caballeros.

Muchacha, sírvenos tres copas de coñac.

Sentémonos.

Porque usted toma coñac, ¿no, don Antonio?

-En las grandes ocasiones, coronel.

-Parece que los seguros sobre fallecimiento

han resultado ser buen negocio.

-En efecto, por eso aposté por él.

-Está feo que yo lo diga,

pero mi hijo ha demostrado tener un olfato muy fino.

-Sea como sea, algo despierta mi curiosidad.

Por muy buena comisión que se aparte,

no parece sencillo acumular esto en tan poco tiempo.

-Sí, es sencillo si se tiene amplitud de miras

y una visión global del negocio.

-Pero no se pueden sacar peras del olmo,

por muchas pólizas que haya colocado en Acacias.

-Bien visto, coronel.

En efecto, he ampliado mi campo de batalla

al cercano barrio de Platerías.

-No parece una mala idea, ¿verdad, coronel?

En las antiguas calles de Platerías

aún quedan vestigios de la aristocracia más alta.

-Y les he colocado no cualquier seguro,

sino el más caro y completo, el de los tres años.

-Ya.

Aún así, supongo que usted devenga sus comisiones

según se efectúan los pagos.

Por anualidades, imagino.

Lo que significa que la mayor parte del dinero solo la verá

en el futuro. -Vuelve a subestimarme.

Con el objetivo de saldar mi deuda con usted,

he negociado que me abonen las cuotas por adelantado.

Y así saldo la deuda que tengo.

-¿Qué?

¿Qué opinión le merece ahora mi muchacho?

-¿De verdad quieren saber mi opinión?

Enhorabuena, muchacho.

Mis congratulaciones, don Ramón.

Ha criado usted a un joven responsable y valiente.

Y también me felicito a mí mismo.

Por fin podré tener un poco de tranquilidad.

-Muchas gracias, don Arturo.

-Caballeros,

salud.

-Salud.

¡Huy, Fabiana!

-Pero ¿qué te tiene tan espantada, Lola?

-"Na", pues una, que tiene días malos y peores.

De la nervadura, quiero decir.

Pero que vamos, que pasarme no me pasa "na".

-No me contestes si no quieres,

pero ¿qué marrullerías te traes tú con la Úrsula?

Y no me sueltes que ninguna,

porque me la acabo de tropezar y me ha preguntado por ti.

-Las señoras y sus afanes.

-Úrsula no es una señora.

-Tiene antojos como si lo fuera.

Se ha empeñado en hacer una empanada de Cabrahigo.

-Raro es, sí, que le guste la cocina.

-Tiene que alimentarse, digo yo.

-Esa se nutre de sangre.

Tú apártate de ella en cuanto puedas.

Y no digas luego que no te lo he avisado.

Nada hace por nada.

Algo quiere de ti.

-Pues tendré que obedecerla, ¿no?

-Yo no te digo que no.

Dale lo que quieras, pero huye como alma que se lleva el diablo.

¿Me has oído?

Mucho ojo, Lolita, mucho ojo con Úrsula.

(RECUERDA) "Nadie sabrá tus secretos si me dices, sin mentiras,"

quién te ayudó con ese pecado de muñeco que quemasteis.

-Doña Úrsula, que fue una chanza.

-Fabiana, Servando, ¿quién más?

(RECUERDA) "Sucia bastarda".

Esto por enfrentarte a mí.

-No. -¡A la hoguera con ella!

(TODOS GRITAN)

-¡No! -¡Que arda!

-¡Venga! -¡Fuego!

-¡Ahora!

-¡Venga!

-Lolita.

Que se te ha ido el santo al cielo, mujer.

-Eh... ¿Qué? ¿Quería usted algo?

-No te pongas firme, que no soy tu señora, ni siquiera una señora ya.

¿Te inquieta algo?

-"Na", que, de tanto en tanto, se me vienen cosas a las mentes,

como a todo el mundo.

-Sabes que soy una más del altillo, puedes confiar en mí.

-Y dale, que no, Carmen, que ninguna congoja me nuble.

Ya me dirán qué les parece el agua con cebada.

Para estos calores, no hay mejor refresco.

¿Has podido hablar con ese pintor, con el tal Osman?

-Nones. Pero sí he hablado con el marchante de la galería,

que dice que Osman está de viaje. -¿Cómo de viaje?

¿Sabemos cuándo vuelve o algo?

-Tampoco ha sabido decirme cuándo, pero es un viaje corto.

Nos toca tener paciencia.

-La paciencia es un género que se me ha agotado.

Perdona.

Perdóname, estimo tu ayuda, pero no soporto más este desasosiego.

-No hay nada más que podamos hacer mientras este hombre siga fuera.

-Mira, dame las señas del marchante, yo llevaré el asunto.

-¿Me vas a hacer un feo? ¿No confías en mí?

-No me quedaré de brazos cruzados. -Pues tendrás que esperar,

por mucho que te pese.

Él es el único que sabe

cómo fue pintado el cuadro. -El único que sabe si sigue viva.

-También.

-Y yo no es que quiera aumentar tus preocupaciones,

pero ¿has pensado que si Elvira sigue entre nosotros,

tendrás que tomar una determinación con respecto a Adela?

Dicen que padre está bien y que en breve lo traerán aquí.

-Gracias a Dios.

Voy a salir a estirar las piernas y a ver si hablo con algún doctor.

Te agradezco el aliento que le estás dando a mi hermano,

que estés así, a su lado,

sosteniéndole.

Me alivia.

Mi hermano necesita más calor humano que yo.

Por suerte, salta a la vista que sois el uno para el otro.

-Descuida,

estaré a su lado.

-¿Y Jaime? ¿Todavía no le han traído de quirófano?

-Vengo de hablar con el doctor.

Los médicos dicen

que ha salido de esta, eso es cierto, pero...

-Pero ¿qué? Termina de una vez. ¿Qué te han dicho?

Cuidado, no te quemes.

-Ay, Lola, esto huele que alimenta, mujer.

Verás tú como la Úrsula no tendrá nada de qué quejarse.

-La Úrsula siempre tiene de qué quejarse.

No me llega la camisa al cuerpo.

-Aquí huele a empanada de Cabrahigo. ¡Como si lo viera!

¡Ay, bendito sea Dios!

¿Y a qué se debe tal albricia, paisana?

-La Úrsula se ha empeñado en catarla.

-Ah.

Pues menudo desperdicio. Tendrá el paladar de corcho.

-No se me ponga pelusona, que yo ya sabía que pasaría esto.

Y le he preparado

otra para usted.

-¡Ay, ay, ay!

-Aquí la tiene.

-Qué mano tienes para la cocina. ¿Bueno qué? ¿Cuándo emparentamos?

¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato?

-He ido a visitar a un médico, que era lo que el señorito quería.

Ya ve que por mí, que no quede. ¿Quieres médico? Pues toma médico.

-Para saber si la vas a cascar.

-Que la casco es seguro. -Vamos a ver, Lolita,

cascarla la cascaremos todos.

Pero Antoñito quiere que tú veas que no será ahora.

La casques cuando la casques,

si el médico dice que estás bien, ¿te ennoviarás?

-Qué remedio.

-¡Olé, olé! La mejor noticia que hemos recibido en meses.

-Para chasco que sí.

Ahora, nos vamos a comer la empanada a la salud de la parejita. ¡Olé!

-Ay, Lola,

ya os estoy imaginando a ti y a Antoñito rodeados de mocosos,

de muchos mocosos, muchísimos.

Bueno, ¿quién tendrá más: tú con Antoñito o yo con Martín?

-Oye, Lolita,

yo quiero ser la madrina, con el permiso de la tata Concha.

Porque, una vez que caséis,

os van a poner a caldo, y yo seré vuestra defensora.

-Y yo te ayudaré a bordar el ajuar. -Ay, sí.

-Quietas paradas las dos.

Que esto coge velocidad y se confunde con el tocino.

Que digan los médicos.

Y luego, ya habrá tiempo

de dar el sí. -Bueno, vale,

pero ¿quién tiene los resultados? ¿Antoñito?

¿Para quién son las flores, si no es indiscreción?

-Se dice el pecado, pero no el pecador.

Ya te enterarás, tú y todos, que estoy deseando contar

quién es la dueña de mi corazón.

-Afortunado.

-Antoñito.

Las flores para María, nuestra señora, fueron en mayo,

así que son para otra.

-Veo que te conoces el santoral.

-Más o menos. -¡Alabado sea Dios!

Te buscaba. Acompáñame, que tengo que ir al centro.

Antoñito... -No sabes lo que me gustaría,

cariño, pero es que vengo molido porque ya he estado de compras.

-¿Ah, sí? ¿Qué has comprado?

-Flores.

Flores para la esposa más amorosa y más divertida de la calla Acacias.

Lo tenía Antoñito

porque me acabo de abrochar los zapatos.

-Ya. Tú sí que eres cariñoso y amoroso,

amor mío, y generoso. Antoñito,

¿te he enseñado la gargantilla que me ha regalado?

-Un pequeño porcentaje

de todo lo que te mereces.

-Bueno, aquí os dejo, eh.

Por cierto, ya me contarás para quién es el ramo.

-Vaya rata estás hecho, ¿no?

-¿Yo rata?

¿Y tú? Porque todavía no hemos hablado de tus negocios.

¿Has pactado las condiciones con los funerarios?

¿Te han cubierto las garantías de tus pólizas? Cuéntame.

-Bueno, ando peleándolo.

-Peleándolo. Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente.

Antoñito, creo que no eres muy consciente del riesgo que corres.

Los médicos ven muy difícil que nuestro padre vuelva a hablar.

-¿Qué ha sucedido?

-Las cuerdas vocales se han visto afectadas durante la intervención.

-¿No podrá volver a comunicarse?

-No se sabe.

Ha entrado en un estado de aislamiento.

-¡Oh, Dios de todos los cielos!

¿Qué hemos hecho para merecer tal abandono?

Padre...

Otra vez con nosotros.

Ahora todo irá bien.

No me va a resultar fácil,

porque son más agarrados que un chotis

y más duros que mi rostro, pero me voy a hacer con ellos.

-Más te vale. Porque si no te garantizaran la cobertura

de tus pólizas o no llegaran a tiempo...

Vamos, que no digo nada, pero se te caería el sombrajo.

-No, pero no sucederá. He cubierto mi deuda con el coronel,

que me tenía podrido. Ahora solo me queda

cerrar el trato con los enterradores y por fin podré reírme del mundo.

-Muy bien. Ni que decir tiene que te deseo la mejor suerte.

-Gracias.

Toma. Cómprale un ramo a tu señora.

O te va a echar de casa.

-Guárdatelo, que te va a hacer mucha más falta que a mí.

-Lolita.

Te estaba buscando, preciosa.

-¿Qué? ¿Le ha dicho el médico que la voy a endiñar ya?

-No. Aún no tengo los resultados,

pero quiero que sepas que, pase lo que pase,

yo estaré a tu lado.

-Anda.

Ven.

Vaya, Servando, las horas que son

y usted todavía aquí, dale que te pego.

-No sea usted así, Servando, eh.

Si solo estábamos de chanza.

Además, que estamos arrepentidas.

-No, si me habéis hecho un favor.

Siempre es bueno saber lo que piensan de uno

las falsas amigas. -No sea usted exagerado, hombre,

que más de un desplante suyo nos comemos nostras también.

-¿Desplantes?

El que esté libre de pecado, que tire el primer "meño".

Hasta Casilda tiene que arrepentirse.

-¿Yo?

Yo soy una mujer muy trabajadora, honesta y honrada.

-Puede ser.

Pero ¿no harías o habrás hecho alguna barbaridad

a tu señora? Mira,

¿te digo el epitafio que te he compuesto?

-Haga lo que crea menester. -Mira. Aquí yace

Casilda Escolano, que no creció para que su señora doña Rosina,

ordeno y mando, se la pueda meter en un bolsillo,

y hasta el rip le viene holgado.

-Usted, "ende luego", no necesita una abuela

que le ría las gracias. -Tengo para dar y repartir.

Bueno, ¿quiere que le cuente el suyo, Fabiana?

Aquí yace Fabiana Aguado,

emperatriz del altillo,

que tenía una hija que parecía Satanás y, al final, la ha palmado.

-Es un rastrero y me quedo corta, Servando. ¡Retire lo de mi hija!

-Me puede esperar sentada. -Pero bueno,

que no tiene corazón, ¿no?

A mi epitafio se le podía sacar gracia,

rebuscando mucho, pero algo de gracia sí tenía,

pero es que con Fabiana se ha pasado tres pueblos.

-Pues ya sabes lo que dicen:

el que se pica,

que se "arrasque".

-No tiene usted vergüenza.

Igual con este último sí me he pasado un poco, sí.

Lo siento, lo siento, soy yo el que debería haberlo apuntado en el debe.

Lo corrijo de inmediato.

-Me preocupa, Simón.

No ha conseguido concentrarse ni un solo minuto.

-Le ruego que me disculpe, las cuentas quedarán claras, seguro.

-Las cuentas puede,

pero ¿y usted?

-No volverá a suceder.

-Eso espero.

Sería como perder a mi mano derecha.

En fin, demos la jornada por terminada.

Mañana será otro día.

-Sí, mañana.

Es solo cansancio, señora.

-Puede que haya influido, pero no es solo cansancio.

Lleva todo el día distraído,

y creo que ayer también estaba un poco disperso.

Olvídese de eso,

vaya a descansar.

-Antes, dejaré la cena preparada.

(Puerta abriéndose)

¿No ha cenado todavía? Me alegro.

Me había dado prisa para cenar con usted.

-Adela, creo que debería echarle una mano a Simón.

-¿Usted también

se ha dado cuenta?

Ha cambiado, y ha debido de ser por una noticia sobrevenida.

El cambio ha sido por arte de magia.

-Sea como sea, debe averiguarlo y ayudarle.

Conmigo no se abre,

y eso que tenemos una relación muy estrecha.

-Ya pueden cenar.

-Gracias, Simón.

Voy a lavarme las manos.

¿Qué está pasando, Simón?

¿Creías que no me daría cuenta?

Me esquivas,

evitas mis cariños,

¿qué ha cambiado?

Y no digas que son imaginaciones,

porque Susana y Celia se han dado cuenta.

-Tienes razón.

Tienes razón, Adela. Algo ha cambiado y te lo voy a contar.

Eres fuerte,

¿quién lo iba a decir?

Pero lo eres.

Demasiado quizá,

para tu desgracia.

Porque tu único problema

es que yo soy más fuerte que tú

y que toda tu maldita estirpe.

(Puerta)

-Señora.

¿Puedo hablar un momento con usted?

Siento lo que pasó.

Lo siento de verdad, mucho.

No estuve a la altura.

-¡Estúpida!

¿No te quedó suficientemente claro mi encargo?

-El señor

don Jaime empezó a hablar.

Quería ver a sus hijos de inmediato.

Tenía algo muy importante que decirles.

-¿El qué?

¿Qué quería decirles?

¿Qué era eso tan importante?

Servando me ha dado esto de parte del doctor Gálvez.

-Ya está, que me moriré en nada que acabe el año.

Mira, mejor será que me busque un sitio

para dejar mis huesos.

-No digas enormidades, no dije nada de esas fechas.

-¿Qué? ¿Me moriré antes?

-Solo pone que están los resultados. -¡Uh!

-Las anotaciones

no se corresponden con la pieza. -Por una vez, pudo equivocarse.

-Imposible, ya te lo dije, mi padre

es muy meticuloso.

Fíjate aquí.

-Al mejor escribiente se le escapa un borrón de vez en cuando.

Ahí ha corregido su escrito, ¿no?

-Ya me di cuenta y me resulta de lo más extraño.

¿Por qué modificar estas cantidades que no son reales?

-Ir a Estambul no es asunto baladí. -Rezaré mucho

para que así sea y salga a pedir de boca.

-Y yo te lo agradezco. Cualquier ayuda

es bienvenida para llegar.

-Simón...

-No, no os preocupéis, Adela está al tanto del asunto.

No podía ocultarlo.

-Ya le he dicho a Simón

que cuente con mi apoyo para buscar a Elvira.

-Me cuesta creer tanta generosidad.

-¿No será el "papelejo" de...? -Sí. Con el diagnóstico

del doctor Gálvez. -¡Ay!

¿Qué dice? ¿Estiraré la pelleja en un mes?

-No... No, no diga nada. No quiero saberlo.

Si viene la parca a por mí, le doy la bienvenida.

-Lolita... -¡Ay!

Yo no puedo estar así. Le veo con ese "papelejo"

y me entran calambres.

Dígame lo que pone. No, no, no, no quiero.

-¿Te puedes sosegar y escucharme?

-Debemos extremar sus cuidados.

-No sé cómo podríamos hacerlo.

Ya tenemos a toda la residencia pendiente de él.

-Todo lo que podamos hacer será poco.

Aunque nos cueste todas nuestras pertenencias.

Es descorazonador verlo así.

¿Queréis un café?

-¿Le preocupa lo que le ocurra o lo hace para quedar bien

con nosotros?

-Debo confesarle algo

que me perturba por dentro.

He tratado de impedirlo por todos los medios,

pero siento algo por Blanca.

No consigo sacármela

de la cabeza.

Tengo que controlarme,

por Samuel. -"Es que no sé si contarte, Casilda".

-¿Qué tripa se te ha roto ahora? -Tripa ninguna.

Fui a llevarle una empanada a la Úrsula y me tuve que salir.

-Hombre, ¿y eso por qué?

Vale que la mujer es más agria que unos limones pasados,

pero tendrías que estar acostumbrada.

-Es que...

Que trata de sacarme lo que pasó el día de Los Paulinos.

Para mí, que algo le sigue escociendo

y no trama nada bueno.

-No te enfrentes a Simón ni señales a Adela.

-No dije nada inconveniente.

-A ver, puede que Elvira esté viva,

puede que seamos capaces de rescatarla,

pero ha pasado mucho tiempo. Adela y Simón son pareja

y debemos respetarlo.

-Mira, Víctor, el amor de Simón es Elvira.

Y si está viva, Adela no pinta nada en esta historia.

-Como sabía que Lolita no culparía a nadie por Los Paulinos,

e indagado yo.

-Di de una vez lo que sabes.

-Es cierto que el muñeco que se quemó lo hicieron los criados,

pero es absurdo culparles a ellos.

-Entonces, ¿a quién?

-Sabe tan bien como yo

que no se mueve una hoja sin permiso de los señores.

-El señor García pregunta por Vd.

-Ajá. ¿Y en qué puedo ayudarle?

-Es el marido de Amparo García.

-Muy bien. ¿Y...?

-Pues que a mi mujer le ha pillado un carro,

y, como tenía un seguro con usted, vengo a que pague el entierro.

-"Mi amor por él es tan grande que haría cualquier sacrificio".

"Aunque no lo diga y parezca entusiasmado

con reencontrarse, yo me doy cuenta

de que Simón sabe que no encontrará

otra como yo. En realidad,

no hace otra cosa que buscarme a mí".

"Debe dejar atrás los sentimientos por ella

para, a la postre, volver a mis brazos".

  • Capítulo 593

Acacias 38 - Capítulo 593

04 sep 2017

Operan a Jaime de urgencia. Consternación e impaciencia en casa de los Alday. Víctor y María Luisa evitan que Simón cometa una locura tras ver el retrato de Elvira y le convencen de que lo más prudente es hablar primero con el tratante de arte. Pero el mayordomo queda tocado y tanto Susana como Adela se dan cuenta de que algo ocurre. Úrsula interroga a Lolita para saber quiénes fueron los implicados en el ultraje de los Paulinos. El doctor Gálvez, enviado por Antoñito, se ofrece a hacerle unas pruebas a Lolita.

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