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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 590 -  ver ahora
Transcripción completa

Padre, ¿puede oírme?

-"¿Quieres buscar la felicidad"

a mi lado?

Sea cual sea la respuesta,

yo la aceptaré.

-No podría rechazar semejante petición, sería un necio.

-"Esta cantidad no es suficiente para saldar la deuda,"

pero espero que sirva para que tenga usted paciencia

y no vuelva a desconfiar de la buena voluntad de mi familia.

-Sabía que podía confiar en usted.

Lástima que no pueda decir lo mismo de su hijo.

Habrá que darle una tregua a Antoñito.

-Fabiana, cuenta con el dinero que necesites para el quiosco.

¿Estás contenta?

Exprésate, mujer.

Es de bien nacidos

ser agradecidos.

-Mucho, señora, mucho.

Agradecida y contenta.

-"¿Novios?".

Simón, ¿qué tontería es esa?

-Nada de tonterías, realidad.

-"Continúe".

"¿Fueron estas las pastillas"

que tomó? -Sí, son esas.

Yo misma se las di.

-Pero no son las que yo le receté.

-¿Qué has hecho, endriago?

¿Has intentado asesinar a mi esposo?

-¡Ya está bien, madre!

No es necesario cargar contra ella.

Ya se irá aclarando lo que ha sucedido.

-"Pues en tu mano está que deje de penar".

¿Y qué puedo hacer, si soy una "na" y menos?

-Ayudarme a conquistar a Lolita.

-"Usted no me da ningún miedo".

Acabaré destruyéndola.

-Espera.

Hablemos sin tapujos.

Pongamos las cartas sobre la mesa.

Empiezo a sentirme inquieto por Jáuregui,

todavía no tengo noticias suyas.

-Has de tener paciencia.

-Si el abogado no consigue nada en el sanatorio,

no sé si podré contener a Diego.

-¿Qué es lo que temes de tu hermano?

-Diego es cariñoso y leal como el que más,

pero esconde una rabia que, en ocasiones, no controla.

-Entiendo que temas que Diego explote.

Es comprensible que, queriendo tanto a tu padre

y sintiendo la impotencia de no poder hacer nada, pierda la calma.

-Eso es lo que más me inquieta.

En esta situación, debemos ser astutos.

-Es cierto.

Pero cuando se tiene la sangre caliente, como tu hermano,

es difícil olvidar lo que hizo mi madre a esta familia.

-¿Por qué no nos olvidamos de todo

y retomamos lo que dejamos a medias la otra noche?

¿Qué es lo que te ocurre?

-No me siento con ánimos

después de todo lo que ha sucedido.

-Como quieras.

Dudo mucho que sea capaz de quitarse la máscara.

¿De verdad me va a decir lo que le une realmente a mi padre?

-Nada más que amor.

¿Por qué no queréis creer que vuestro padre se haya podido enamorar,

que sea capaz de tener sentimientos

hacia otra mujer? -Porque le conozco bien

y sé que nunca se sentiría atraído por alguien como usted.

-¿Tan distinta soy de tu madre?

-No le consiento que la nombre.

-Yo solo pretendo, de alguna forma,

ocupar su lugar en vuestros corazones,

ser, si no una madre, una buena amiga para vosotros.

Es natural que no confíes en mí.

Tu padre me contó lo que te sucedió con ella.

-¡No continúe! No se atreva a hablar de ella.

-No tienes que culparte

de lo que sucedió.

-O se calla de una vez,

o le juro que no respondo de mis actos.

De nada sirve ponerse violento.

Insisto, tú no tuviste culpa alguna.

Pero, claro,

dejaste a tu pobre padre viudo.

Cerrarás los ojos y verás siempre esa imagen,

la de tu madre muerta.

-¡Cállese!

-Fue un desgraciado accidente que no puedes olvidar.

¡Es lógico que la culpa te atormente!

¡Dejaste también a tu pobre hermano pequeño sin el amor de su madre!

-¡He dicho que no hable de mi madre! -¡Ayuda!

¡Socorro!

-¡Diego, Diego, suéltala!

¡Diego, suéltala!

¡Basta! ¡Detente, Diego! -¿Qué haces?

¡Ni se te ocurra volver a tocarme!

-Estás loco.

¡Has intentado matarme!

-Diego...

¿Está usted bien?

-Tu hermano...

tu hermano ha perdido el oremus.

(ÚRSULA LLORA)

Señora Trini.

-Dime, Casilda.

-¿Se va usted ya a dormir?

-Sí, eso pensaba, ya es tarde. ¿Ocurre algo?

-¿Podríamos hablar un momento? No la entretendré

más que una "miaja". -Tranquila, no me molestas.

Dime.

¿Qué ocurre?

-Aún nada, pero me da a mí que podría suceder.

Verá usted, don Antoñito me ha pedido que le ayude

para darle una sorpresa a la Lolita, una sorpresa buena, se entiende.

-Sí, bueno, eso me lo imaginaba.

-Para que caiga "rendidica" a sus pies y loca de amor,

porque él asegura estar enamorado de ella.

-Entiendo.

¿Y qué problema hay con eso?

-No sé si hago bien ayudándole.

-¿Y eso por qué?

-Más que nada, primeramente,

porque no sé si a la Lolita le agradará

o me va a dar un mamporrazo. Y, segundamente,

porque no sé si le pongo la soga al cuello.

-Casilda, ¿no dirás eso por la maldición de las narices?

-¿Y por qué lo voy a decir si no?

Esa maldición tiene preocupada a la Lolita,

porque si la endiña,

dejará al señorito compuesto y sin novia.

-Que no, Casilda, que no, que esas cosas son zarandajas.

-Tiempo al tiempo, ya parlotearemos en su cumpleaños.

-Pues claro que vamos a parlotear y nos vamos a reír de la chaladura.

Casilda, que lo único que es cierto

es que Antoñito quiere a Lolita y Lolita a Antoñito,

y yo estoy contenta de que luche por ella.

Y tú deberías colaborar. -¿Eso cree usted?

-Hombre que si lo creo... Yo ya he ayudado a Antoñito.

Le he enseñado el baile de cortejo

de Cabrahigo.

Aunque la cosa no ha funcionado como yo esperaba que funcionase.

-Ya, pero la Lolita con usted no se enfurruña,

pero conmigo igual se enoja

y "a luego" me descalabra. -Vamos a ver, Casilda,

¿tú lo haces por su bien o no?

-Pues sí. -Pues entonces,

si se enfada, que se amuele.

Lolita necesita un empujón.

Y, aunque ella no quiera verlo, tú, como amiga,

deberías dárselo.

-Ahí tiene usted toda la razón, señora Trini. También le digo

que es que está refrescando una barbaridad, eh.

-Una barbaridad, eh. -¿Qué va a refrescar

ni qué niño muerto? Hace calor.

-¿Ah, no?

Será que yo ando destemplada, va a ser eso.

-Va a ser que yo también.

Oye, que hasta mañana.

-Hasta mañana.

Diego.

Diego, vamos, le invito a tomar una copa.

Sea lo que sea, no será tan urgente

como para no demorarlo para tomarse un licor con un amigo.

-Quizá tenga usted razón y necesite esa copa.

-Yo no sé si la necesita,

pero seguro que será más placentera que darle patadas a unas cajas.

Vamos.

Señores, ¿desean tomar algo?

-Un coñac. -Que sean dos.

-Muy bien.

¿Quiere usted contarme lo que le ocurre?

A veces, desahogarse con un amigo sirve para ver

que las cosas no son tan graves.

-Se lo agradezco, pero prefiero no hablar de ello.

-Como usted quiera,

pero soy muy bueno escuchando

y muy discreto si es algo que no ha de airearse.

-Estoy bien.

-Está bien, no le insistiré más.

Pero entonces, temple los ánimos, hombre.

No le traerán nada bueno.

-En eso le doy la razón.

-Mire, Diego,

si sobrevivimos a ese terremoto, podemos sobrevivir a cualquier cosa.

-El problema es que hay desgracias que te persiguen toda la vida.

-Marchando dos coñac para los caballeros.

-Mejor deja la botella, Víctor.

-Gracias, Simón.

Es usted un buen tipo.

-A veces, un hombre

solo necesita tomarse una copa con un amigo y no pensar en más,

¿no cree?

-Hablando de distracciones,

¿despejó sus dudas sobre su relación con Adela?

-¿Y...?

-Se podría decir que, oficialmente, somos novios.

-Cómo me alegro de oírle decir eso.

-Elvira siempre estará en mi corazón,

pero Adela me ayudará a tener paz.

Y, ahora mismo, es lo que más necesito, paz.

-Estoy con usted.

Es mi mismo anhelo.

Aunque me veo muy lejos de encontrarlo.

Pero usted tiene todos los mimbres para ese cesto.

-Sin embargo, hay que ir poco a poco.

Hay desgracias que le persiguen a uno toda la vida y no es fácil

desprenderse de ellas.

-Brindemos por conseguirlo algún día.

-Salud.

Martincico mío,

¿sabes dónde he dejado el capazo? No sé dónde lo he puesto.

Ay, mira, ahí está.

Hay que ver, eh, no sé dónde tengo la cabeza.

Me marcho al mercado,

que se me ha echado el tiempo a la chepa.

¿Tú estás bien?

¿Te pasa algo?

-A mí nada, ¿qué me va a pasar? -Pues no sé,

por eso mismo te pregunto.

Pues nada, canija, te lo he dicho. -Ya, y yo te he oído,

otra cosa es que te crea, que te conozco

y sé que hay algo que me quieres contar.

-Pero bueno, ¿a qué viene este interrogatorio?

-Pues al tembleque de tu voz, tus ojos,

pareces nervioso.

-Verás, canija,

estaba pensando una tontería, te vas a reír.

-¿Ah, sí? -Sí.

Tú sabes que desde que nos casamos no nos hemos separado,

excepto el recado de Rosina

a Sabiñánigo. -Ni nos separaremos.

Tú y yo juntos hasta la muerte. -Sí, sí.

Hasta la muerte. -Sí.

-Pero separarnos y viajar un poco de vez en cuando

tampoco es malo, ¿no?

Mira doña Leonor, que se ha ido sola

a la isla esa. -Sí,

pero se ha marchado por Pablico, que en paz descanse.

Él está muerto, pero tú estás vivo, que yo sepa.

A nosotros eso no nos hace falta, Martín.

Y menos ahora, que "ende" que te pasó

lo del criminal ese, no te quiero perder de vista, ¿estamos?

Tú imagínate,

maleantes aquí, en Acacias, ¿qué no habrá

por esos mundos? -Sí.

-Pero dime algo, ¿a qué viene esto?

-No, a nada, que me da a mí

por pensar y... -Ah, bueno.

Pues no pienses tanto, mi vida, y faena más.

Ve a la portería, lo mismo Servando te estás buscando.

-Sí. -Venga, con Dios.

Buenos días por la mañana.

¿Ocurre algo, Martín? Pareces nervioso.

-Lo siento, señor.

Verá, quería preguntarle si es posible que Casilda

se ausentara durante unos días.

-No. ¿Alguna pregunta más? -Rosina...

¿Qué te ocurre, Martín?

-Un amigo mío, Damaso Madrona,

que luchó conmigo en la Filipinas, donde perdió una pierna.

-¿Y...?

-Que ha regresado a España y no lo está pasando bien.

Me gustaría ir a verlo.

-Pues vete tú solo, Casilda no se puede ausentar,

tiene mucho que hacer aquí y donde los Palacios.

-Querida, serán unos pocos días. Nos las podemos apañar solos.

-Ni hablar, ni unos días ni medio.

Vete tú solo y no tengas prisa en volver.

Un plato menos de comida. Cuando te fuiste,

se notó una boca menos. A Casilda me la dejas

en esta casa y en paz, ¿estamos?

¿Qué lee, que le hace tener

esa cara tan sonriente? -Un poema que me ha escrito Simón.

¿Quiere que se lo lea?

-Claro.

"El día que me quieras, tendrá más luz que junio".

"La noche que me quieras,

será de plenilunio,

con notas de Beethoven

vibrando en cada rayo sus inefables cosas".

"Y habrá juntas más rosas que en todo el mes de mayo".

-Es precioso.

-Y eso que es la primera estrofa, pero hay más, y a cuál más bonita.

-Qué curiosa es la vida.

A veces, golpea con una fuerza iracunda

y nos llena de tristeza y otras veces,

nos da un segunda oportunidad para ser felices.

Es alentador

ver cómo han rehecho sus vidas

sin que ello suponga despreciar lo que dejaron atrás.

Espero de todo corazón

que ese amor que albergan sea eterno.

-Yo también lo espero, doña Celia.

-Me marcho a la iglesia.

-Doña Celia,

no mencione el poema a Simón, por favor,

se sentiría avergonzado si sabe que le he leído los versos.

-Soy una tumba.

-Gracias.

"Aquel día, celebrábamos la fiesta que organizó mi padre, el coronel,

para celebrar la llegada al barrio y presentarnos así a los vecinos,

cuando, de repente,

tres atracadores entraron en la casa haciéndose pasar por criados,

y golpearon a Simón, mi pobre Simón".

"Cómo sangraba".

"Estar alejada de Simón es...

es lo más duro que he vivido nunca".

"Mi padre no acepta que me enamorara de mi mayordomo".

"Pero juro por lo más sagrado

que venceré todas las barreras que nos separan

para algún día estar junto a él".

"Adela y Simón".

"Simón y Adela".

Simón Gayarre,

mi amor, mi vida.

Primero, me arregla las paredes y las ventanas

y luego, ya el techo, que quede bien sujeto,

lo "mismico" que antes. ¿Ha entendido?

Quiero que los cuartos me lleguen.

Carmen.

Carmen.

¿Dónde va usted tan distraída?

¿No me ha visto, mujer?

-Lo lamento, pero no. Ensimismada en mis pensamientos andaba.

-¿Y qué pensamientos la llevan tan lejos?

Mire, mire que mi curiosidad ha pasado a ser preocupación.

¿Le ha pasado algo, Carmen?

¿Puedo yo ayudar en algo?

-Se trata de doña Úrsula.

No es mi intención hablar mal de nadie,

solo que no es fácil trabajar en esa casa.

-¿Qué quiere usted decir?

-Nada que deba mencionarle a usted, que me gusta la discreción.

Pero estoy planteándome cambiar de casa.

-¿Dejar de faenar para Úrsula?

Temo que esa es un pésima idea.

Sea cual sea el problema que tiene usted,

deje que le diga algo:

si la deja usted ahora, será peor. Úrsula es del tipo de mujer

que siempre se cubre la espaldas.

¿Es que ha pasado algo grave en casa?

-Gracias a Dios, no, pero ha faltado el canto de un real.

-Sé que yo fui la que la animó para que trabajar con Úrsula,

pero he decirle que tiene que andarse usted

con mucho cuidado, Carmen.

Usted ha sido señora,

pero ya ha visto todas las maldades. Y de pobre,

peor, que a perro flaco, todo son pulgas.

-Ay, Fabiana, me está usted asustando.

-Úrsula es peor que Belcebú.

Es una demonia sin cuernos y sin rabo,

pero una de la demonias más malas que he visto.

Y sabe que quien se mezcla con ella, acaba trasquilado.

Ándese con ojo, Carmen.

Es un consejo.

Buenos días.

¿Qué haces tan pensativo?

¿No está Diego en casa? -No.

-¿Y dónde está?

-Lo cierto es que no lo sé.

No le escuché salir anoche ni tampoco esta mañana.

-Estás preocupado por él.

Tu gesto te delata, Samuel.

¿Hay algo más que la mera preocupación por no saber dónde está?

¿A qué vino lo de ayer?

Nunca vi a Diego tan fuera de sí.

Tiene algo que ver con tu madre, ¿no?

Está claro que Úrsula le dijo algo a tu hermano que desató su ira.

Oí a Diego decirle que no hablara de ella, de tu madre.

-Son cosas del pasado.

-¿Y a qué tanto reparo en hablar de ellas?

-Reparo ninguno.

Mi madre murió en un accidente y nos afectó.

No nos gusta recordarlo por motivos obvios.

-¿Qué le ocurrió?

-No quiero hablar del asunto.

-No voy a insistirte más.

Señora,

me ha dado un susto de muerte.

-¿De dónde vienes? Llevo rato esperando.

Vine y no estabas.

-¿Necesita usted algo?

-Saber dónde has ido.

-Me sentía culpable por la crisis respiratoria del señor

y he ido donde el boticario.

-¿Y para qué? -Quería saber qué había ocurrido.

Y el boticario me ha explicado que las pastillas no eran las mismas

que le recetaron.

-No me gusta por dónde estás yendo, Carmen.

-Estoy segura que administré a don Jaime

lo que usted me dio.

Yo no cometí ningún error.

-¿Qué intentas decir?

-¿Por qué eran otras pastillas?

-¿Estás insinuando que yo cambié los específicos?

-Yo no digo que usted los cambiara. -Sí.

Yo cambié las pastillas.

¿De qué serviría

negarlo a estas alturas?

Me has descubierto.

Mereces saber la verdad.

Eres una mujer perspicaz.

Se nota tu buena cuna y educación.

Por eso sé que guardarás el secreto,

que no se lo dirás a nadie,

que te mantendrás en silencio.

-No.

Claro que no lo haré.

Es más,

me voy de esta casa, no puedo trabajar para usted.

Mi moral me lo impide.

-Pues vas a tener que tragarte tu moral.

-No, señora.

Es más,

lo único que haré antes de irme

es contarle a don Samuel y a don Diego

lo que pretende hacer a su padre.

-Hazlo.

Y le diré a Raúl Andrade

dónde vives.

-¿Conoce usted a ese hombre?

¿Le conoce?

-¿De verdad crees

que voy a meter a trabajar a alguien en mi casa sin saber quién es?

Han cambiado las reglas del juego.

Ahora vas a hacer todo lo que yo te diga,

te guste o no.

Y sin rechistar.

Lamento si te he hecho sentir mal.

-No es eso.

Simplemente, no me gusta recordar cosas dolorosas.

-No te volveré a preguntar.

Solo que me sorprendió la reacción de Diego

y quería saber a qué obedecía su ira. -Es difícil convivir con él.

-Nada de eso.

-Puede serlo.

Diego, a veces, tiene esos arrebatos violentos.

Y lo último que necesitamos es que pierda el control.

Si no, no conseguiremos derrotar a Úrsula.

-Te doy la razón. Debemos estar unidos

contra ella.

Cualquier error que cometamos... -Ella lo utilizará en nuestra contra.

-¿Sabemos algo del abogado?

-No. Jáuregui aún no se ha pronunciado.

No debe de haber descubierto nada.

-Buen, hay que tener paciencia. -Lo sé, pero reconozco

que me cuesta sobremanera.

Tener a Úrsula bajo mi mismo techo me saca de quicio.

Ni siquiera tenerla cerca.

-La cogeremos en un renuncio, ya lo verás.

Está usted muy guapa, Adela.

Se ha puesto sus mejores galas.

-Gracias. Es que la ocasión lo merece.

He quedado con Simón

y quiero que me vea bonita.

-¿Le ocurre algo, María Luisa?

-Seré clara con usted.

-Por favor.

-Su relación no va a ninguna parte.

-¿A qué viene eso?

-Creo que Simón sigue enamorado de Elvira y que el acercarse a Vd.

solo ha sido por su necesidad de olvidar.

-Agradezco su advertencia,

pero no voy a permitir que nada estropee este día

lleno de alegría y de... y de cosas bonitas.

-El tiempo me dará la razón. Hasta más ver.

¿Adónde va lo más bonito de la calle Acacias?

-Víctor, no estoy para tus tonterías.

-¿Qué mosca te ha picado?

-Lo lamento, no me hagas mucho caso. Acabo de cruzarme con Adela

y no la soporto, te lo prometo.

-¿Otra vez estamos con eso?

Hay algo en ella que no me da buena espina.

Creo que ha conseguido ser la novia de Simón a base

de insistencia, y creo que Simón no la quiere.

-Al final, voy a tener que preocuparme.

¿No será que sientes algo por Simón?

Últimamente, estás bien obsesionada con el tema.

-Víctor, no digas tonterías. Sabes que te amo por encima de todo

y que no tengo ojos para otro hombre. -¿Entonces?

-Bueno, pues...

creo que me he hecho la fuerte este tiempo.

Que ayudé a Simón a superar lo de Elvira,

pero soy yo la que no lo he superado.

-Pero, mi amor, ¿a qué viene esto?

Si Elvira hace mucho tiempo que falleció.

-A una buena amiga no se la olvida nunca.

O es solo que me siento sola.

Y que Leonor se haya marchado a la otra punta, tampoco ayuda.

Me siento sola, Víctor, muy sola.

-Mientras que yo tenga un pie en este mundo, tú no estás sola.

¿Estamos?

Nunca vas a estar sola.

-Agradezco tus palabras, Víctor,

pero un novio nunca podrá sustituir a una buena amiga.

¿No quieren evitarle a sus hijos y a sus nietos el duro trámite

de tener que gestionar los pormenores de su propia muerte?

La elección del ataúd, la contratación de la ceremonia

o incluso la elección del traje

que llevarán ustedes una vez fallecidos.

Ruego me disculpen un segundo,

tengo un asunto que atender,

pero pueden echar un ojo a los papeles.

Coronel.

Intuyo que ha venido a recordarme el dinero que le debo.

Le aseguro que no lo he olvidado. -Lo supongo.

-Sepa usted que tengo entre manos

un negocio que me reportará pingües beneficios.

Y lo primero será pagarle hasta el último céntimo.

-Lo cierto es que no había venido a presionarle.

-¿Ah, no? -No, todo lo contrario.

Su padre me adelantó una cantidad y ha tranquilizado

un poco mis ánimos.

-No sabe cuánto me alegra oírle decir eso.

-Al verle, he entrado a ver que su padre tenía razón,

que está poniendo empeño en solucionar las cosas.

Caballero...

-¿Qué? ¿Le has oído?

-Hasta la última de las palabras.

¿Tú ves que cuando se hacen las cosas

correctamente salen bien?

¿Te has puesto en contacto con los servicios fúnebres

de los cementerios para firmar? -Estoy en ello.

-No te demores con eso.

Por fin podemos decir que la fortuna nos sonríe, Antoñito.

Dime qué quieres, que te invito para celebrarlo.

-Eh... quizá más tarde, Víctor.

Lolita.

¿Podemos hablar?

-Tengo faena.

-Ayer vi que llevabas en el pelo la flor

que te regalé en casa de doña Celia.

Así que, imagino que si la llevabas,

será porque te gustó el detalle.

¿Leíste la nota?

-¿Qué nota?

-La que hablaba de mis sentimientos.

-No sé nada de ninguna nota.

-Pues en ella

te decía que mi amor por ti es...

sincero y verdadero,

que no puedo dejar de pensar en ti,

cada minuto, cada segundo.

Pero claro, como tú eres

tan dura de mollera, pues...

-¿Ha terminado ya?

Es que tengo que seguir con la faena.

No voy a tirar la toalla.

Lolita, te guste o no, no lo voy a hacer.

Porque enamorarme de ti es lo más bonito que me ha pasado nunca.

¿Está seguro de que le va a gustar la sorpresa?

No la veo yo mucho por la labor. -No, no,

no está por la labor, pero lo estará.

Cuando vea la sorpresa, no podrá resistirse más.

-No sé yo qué decirle, don Antoñito.

No es que Lola se le resista a usted por una fruslería o una "tontá",

no, es un asunto de fuerza mayor

lo que hace que le rehúya.

-¿Pero tú qué es lo que sabes?

-Nada, yo no sé nada de eso.

En boca cerrada, no entran moscas.

A más ver.

¿Y de qué clase de acto de rebeldía estamos hablamos?

Estoy harta de que los hombres

crean saber lo que me conviene y decidan por mí.

¿Entonces?

Tengo un plan.

Y tiene que ver contigo.

¿Conmigo?

Se van a enterar.

Cuenta. ¿De qué se trata?

¿En serio?

Pero tú has perdido el oremus.

Hija.

Qué bien que te encuentro.

Quería presentarte a don Saturio Lobo Villar,

un buen cliente de las cafeteras. -Encantada de conocerle.

-Mi hija es mi mayor orgullo, Saturio.

Se parece a mí en todo, menos en la belleza, me temo.

Subimos a casa a tomar una copa. ¿Nos acompañas, hija?

-Claro, padre, será un placer acompañarles.

A las buenas.

¿Qué pasa, Martín? ¿Qué tripa se te ha roto?

-Vaya pasmo me has dado.

-¿Ah, sí?

Lo que te voy a dar es con toda la mano abierta

como no me digas qué te tiene nervioso.

-¿Pero qué cosa ni qué coso? Si yo no estoy nervioso,

nervioso para nada. -Ya.

Y yo soy la reina de Saba. Vamos a ver.

¿Has tenido un percance nuevo?

¿No me lo quieres contar porque no me dé preocupación?

-No, no, no.

Martín, yo soy tu mujer.

Dime qué te pasa. A mí me lo puedes contar todo.

-Que no me pasa nada,

no insistas mujer. Bueno, me voy que tengo faena.

Lola, ven aquí.

Léeme qué pone aquí.

-Bueno, ¿pero qué son esas formas?

-Creo que mi Martín tiene una querida.

-Uy, ¿otra vez con alucinaciones, Casilda?

Como con la actora esa

de las películas. A ver, ¿de dónde sacas tamaño dislate?

-Pues porque yo le conozco y hay algo que no me está contando.

Al principio, pensé que era por lo del criminal,

pero no, hay algo que se está callando.

Léeme estas letras, a ver si salimos de dudas.

Se trata de una amante, ¿verdad?

¿Tú crees que será más guapa que yo?

Será más alta, o con más formas, claro que...

que eso no es muy difícil.

¡Venga, Lola, mujer! Dime dónde vive, dime...

Dime si se quieren.

Quiero saberlo, aunque me duela. Dime la verdad.

-Pues no es ni más guapa

ni "na", lo que es

es coja y lisiada.

-¿Cómo?

-Que la amputaron una pierna.

-¿Qué me estás diciendo, que va a dejar por una tullida?

-Ay.

Tiene más pelos en la espalda y en el pecho que tú. Toma.

-Pero, Dios mío de mi vida, coja, peluda...

¿Qué le he hecho yo

para que se busque una querida

que es una monstrua? -No es querida,

es un amigo soldado, como él. Estuvieron juntos en Filipinas.

-¿De qué estás hablando? -Pues eso,

de un amigo soldado del Martín.

Le escribe para decir que está en España. Y lo mismo

pues el muchacho no se siente bien con eso de ser cojo y tullido.

-¿Y por qué no me lo ha contado esto?

-Se piensa que te vas a enfadar si se va a ver a su amigo.

-¿Yo? -Sí, tú, Casilda.

A veces tienes un pronto que puedes ser muy farruca.

-No sé de qué me estás hablando, Lola.

-Te hablo de que cuando el Martín se agarró los machos

y se fue a los Pirineos, le hiciste perjurar

que no os ibais a separar nunca más.

Y está "muertecico" de miedo de preguntarte.

-Me entran "papurrias" cuando se va lejos.

Y me entra mucha pena también.

-Pero no es lo mismo, mujer.

El pueblo este no es un lugar tan lejano como el norte.

Además,

¿no quieres que disfrute con su amigo?

Pues pónselo fácil.

-La verdad es que tienes toda la razón, Lola.

Se me acaba de ocurrir algo. -¿El qué?

-Bueno, ya lo verás.

Ah, guardemos la húmeda, que me tienes que hacer un favor.

Me ha pedido el cura que le apañemos la iglesia.

-¿Otra vez? -Pues sí.

Ya sabes tú que es un hombre muy limpio y muy aseado.

Y mañana quiere que todo reluzca en la misa de amanecida.

-"Pos" podría agarrar el "cepillico" y aplicarse el cuento.

-Bueno, Lola,

¿me vas a ayudar o no?

-Que sí.

Luego nos vemos allí.

Dimos un paseo por los jardines del Príncipe

y nos sentamos en un banco.

-Me alegro de que empieces a pasarlo fetén.

-Sí. Adela es un chica estupenda, Víctor.

-Eso parece.

-Divertida, buena y muy ingenua.

Siempre dispuesta a hacer cosas, a salir, a pasear.

Me gusta su risa,

no para de reír. Le ve el lado bueno a todo lo que ve.

-Entonces...

¿te estás enamorando?

-Amor es algo muy serio.

-Sí que lo es.

-Le estoy cogiendo mucho cariño.

Estoy a gusto con ella y eso es maravilloso.

He estado en un pozo muy oscuro, Víctor,

del no pensé salir.

-Nos has tenido muy preocupados a todos.

-Y Adela me está devolviendo las ganas de vivir.

Empiezo a ver la luz al final del túnel, pero hasta ahí.

Eso sí, es muy especial.

Y singular.

-¿A qué te refieres?

-Fue ella quien dio el primer paso.

Yo ni me atrevía a decir nada, pero ella fue valiente,

se aventuró,

aún a riesgo de recibir un no.

-Venga ya.

Eso no es lo que va diciendo.

-¿Y qué es lo que va diciendo por ahí?

-A las del altillo les dijo que diste el primer paso

y que no tenías ninguna duda,

que estabas seguro de tus sentimientos.

-Bueno,

supongo que lo dijo

porque no está bien visto que una chica sea tan osada.

-Seguro que sí.

-Sí, sí, sí, Víctor. Estoy convencido.

Y más teniendo en cuenta que la chica

era religiosa hasta hace nada.

Es eso.

Gracias por el café y por la conversación.

¿Qué te pasa, María Luisa, con esa carita que me traes?

-Juraría haber visto a Elvira.

¿Cuánto llevas ahí?

-Lo suficiente para comprobar que estás más tranquilo.

¿Te encuentras mejor?

¿Qué sucedió con tu madre?

-¿A qué viene eso?

-¿Por qué te pusiste nervioso al hablar de ella?

-No me puse de ninguna manera. -Sí.

Te pusiste como un loco. Y está claro que algo ocurrió,

algo que hoy aún te afecta.

-Sí, ocurrió algo, pero no quiero hablar de ello.

No creo que tú lo entendieras. -Inténtalo.

Diego, te lo ruego,

confía en mí como yo confié en ti cuando te conté lo de Marion.

Quiero ayudarte.

No me gusta verte sufrir.

(Puerta abriéndose)

Vengo de hablar con el abogado por el asunto

de las pruebas que anulen lo de padre y Úrsula.

-Y, por tu cara, no traes buenas noticias.

-Jáuregui dice que su investigador ha hecho averiguaciones

y ha descubierto

que el personal del sanatorio de Blanca fue sobornado

para decir a la Policía

que Úrsula estuvo allí ese día.

Los libros de registro fueron manipulados.

-Eso son muy buenas noticias.

Es todo un éxito. -Hay algo más, ¿no es así?

-No fue Úrsula quien los sobornó.

-¿Quién fue entonces?

-Padre.

Y eso afianza aún más el matrimonio entre ellos.

-Sabía que no conseguirías absolutamente nada, lo sabía.

No.

No puede ser,

no hagas esto. No podemos estar juntos.

(Música de violín)

¿Por qué me hace esto?

-Pues... para que te sientas como una princesa,

aunque solo sea por un día.

Si es que una

pues no es una de esas princesas de los cuentos.

-Bueno, de cuentos o no, tú eres mi princesa.

Y eso es indiscutible.

Esto no puede ser.

No, no, no, no.

-¿Por qué?

¿Es que no me quieres?

Sabe que sí

y que lo daría todo por usted,

por eso he de abandonarle.

-¿Eso no puede funcionar al revés?

-Le estoy protegiendo, señorito.

-¿Protegiéndome de qué? Explícamelo para que yo pueda entenderlo.

-Creo que ha llegado la hora de... de que le cuente mi secreto.

-¿Secreto? ¿Qué... qué secreto?

No me devuelvas tales palabras.

-¿Ha servido lo que has hecho?

-Lo he intentado. -¿Cómo?

¿Tratando de anular su matrimonio por la vía legal?

-Sí. Y eso es mejor que quedarse así.

-Es lo mismo que quedarse de brazos cruzados.

Con esa mujer no sirven legalismos, estoy harto de decirlo.

-No me convertiré en un endriago, como ella.

-Y siempre perderás contra ella. -No. Y lo primero que haré

será llevar a padre a un lugar seguro.

Aquí no está a salvo. -Tú no eres nadie

para sacarle. Por encima de mi cadáver.

-No os enfadéis entre vosotros. Debéis estar unidos contra ella.

-No eres nadie para decidir.

-Soy su hijo, como tú. -Un hijo que no ha estado cuidándole,

que ha cogido la puerta y se ha ido, que ha viajado.

-Buscando piedras para el negocio.

-Yo soy el que se ha quedado cuidándole

y dándole lo que necesitaba. -¿Por eso te crees mejor que yo?

Samuel, no eres mejor que yo.

No eres perfecto, aunque lo creas. -Desde luego que no.

Si lo fuera, no te hubiese llamado, ese ha sido mi error.

Mejor estabas donde siempre: lejos de esta familia.

Me alegra ver a Simón y a Adela tan enamorados.

Han hecho bien en hacer pública su relación

sin mayor tardanza. -Sí.

Es lo que tienen las almas jóvenes, que no saben estar desocupadas.

Ay, el amor llama siempre.

Qué bonito es vivir.

-Y más después de la tragedia que han vivido.

-El terremoto. -La muerte de Elvira.

-Calla. ¿Te crees que se me olvida?

Pero precisamente por eso, porque hoy estás aquí y mañana allí,

me alegro de que las nuevas generaciones

sigan amando.

-No te llevo la contraria. Precisamente ese pensamiento

significa que nos hacemos mayores, Trini.

-Bueno, ¿y qué, mujer? Mejor para nosotras.

Más experiencia, más libertad para sacarle el jugo a la vida.

Ay, si fuera yo una mujer libre...

¿Estaban hablando de una?

-Verás, Casilda,

tengo algo que contarte. Es muy importante para mí,

pero no quiero que te enfades.

-Nos van a dar las uvas. -Aguarde.

Mi amigo Damaso me ha escrito.

Si te leo la carta, lo entenderás rápido,

porque no sé cómo decírtelo. -Sabes, pero no tienes arrojo.

¿Y ahora a qué aguardas?

-Señora, no encuentro la carta.

-¿Esta carta?

-Esta misma.

"¡Por Dios, padre!".

"Tenga piedad de mí

y sáqueme de una vez del horror que vivo".

"Venga a buscarme a Estambul, se lo ruego".

"Creo recordar"

que la tela que cubría el lienzo

tenía un bordado con el nombre de la galería.

Era algo así como...

Galería Sendra. Ay, no lo sé.

-Está bien.

Yo voy a intentar dar con ellos.

Aunque solo sea para que te quedes tranquila.

-"Que sea señorito y yo criada"

sí, es un impedimento para lo nuestro,

pero no es lo más importante.

Servidora le está protegiendo

de quedarse viudo y solo

en menos de lo que canta un gallo.

-¿Viudo dices?

-"Pa" chasco que sí. Voy a entregar la pelleja en menos de un mes.

-¿Pero qué dices?

-Eso.

-¿Pero... pero...

te han diagnosticado alguna enfermedad que yo desconozco?

-"Nanai".

Que servidora no necesita médicos para saberlo.

El día de mi cumpleaños

seré pasto de los gusanos. -"Tu rostro"

se ensombrece.

¿No sientes la misma dicha que yo? ¿Qué te preocupa?

-Descuida, tan solo es una tontería.

-No, no lo es.

Por su culpa, no disfrutas a mi lado.

-No es nada, no es nada.

Ha llegado hasta mis oídos que dices por ahí

que yo te pedí compromiso.

¿Por qué hiciste eso?

Los dos sabemos que fuiste tú quien lo hizo.

-Parece confiar en su nuevo negocio.

-Tarde o temprano, todos vamos a pasar por ese trance.

-Qué gran verdad.

-¿Estaría interesado en hacerse una póliza?

Siempre le he considerado un hombre muy sensato.

-Antoñito, quizá no sea este

el mejor momento.

-Su hijo tiene razón.

-No sería mala idea hacerme una.

-"Me han informado"

de que han estado indagando en el sanatorio.

¿Acaso creías que me ibais a coger en falta?

-¿Debo entender entonces

que lo ha manipulado todo para salir indemne?

-Por supuesto que no.

¿Por quién me tomas, querida?

Lo dejé todo atado y bien atado hace ya mucho tiempo.

No dejas de decepcionarme una y otra vez.

-"Mientras jugaba con la escopeta, mi madre entró a darme la merienda".

Me acarició el pelo.

Me animó a comer y nos reímos por alguna tontería.

Se la veía tan dichosa...

-¿Y la escopeta?

-Yo no quería dejar de jugar con la escopeta.

Ella me dijo que la dejara,

pero yo no obedecí.

La conminé a que mirara mi pericia con el manejo de la escopeta.

Fue solo cuestión de segundos, Simón.

Sin quererlo...

el arma se disparó.

-"Harás con ese anciano"

todo lo que puedas para aliviar su sufrimiento.

-No.

No puede pedirme tal cosa.

-Claro que puedo.

Puedo pedirte todo lo que me venga en gana.

¿O prefieres que le diga a Raúl Andrade que vives aquí?

-"Te lo advierto, hermano,"

si consientes en alejar a padre de su familia

y le sucede algo,

tú serás el único responsable.

  • Capítulo 590

Acacias 38 - Capítulo 590

30 ago 2017

El negocio de Antoñito prolifera y Arturo se tranquiliza al ver que todo va bien. Antoñito prepara una sorpresa a Lolita, pero ella le dice que no pueden estar juntos. Martín no sabe cómo contar a Casilda que quiere viajar a ver a su amigo. Ella lo descubre. Adela escribe un inquietante diario con sus fantasías. Simón se da cuenta de que su novia inventa cosas sobre su relación. María Luisa ve un cuadro con la imagen de Elvira, pero le pierde la pista. Úrsula amenaza a Carmen con destapar su pasado si no le obedece. Conoce su punto débil. Diego y Simón estrechan su amistad. Blanca intenta averiguar qué ocurrió en el pasado con la madre de los Alday, pero Samuel no le cuenta nada. El intento legal de Samuel por romper el matrimonio de su padre fracasa.

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