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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 570 - ver ahora
Transcripción completa

Partiré cuando se celebre el mercadillo benéfico.

-Lamento perder su compañía.

-Esto iba a pasar, antes o después.

-Ya, ya lo sé, lo sé, pero no sé, me hacía la ilusión

de que aún nos quedaba un poco de tiempo.

-Tiempo que ya se ha agotado.

Ahora me quedan las cuatro paredes de mi celda.

-"Solo estaré fuera un día".

Cuando vuelva, tendrá que darme explicaciones

más convincentes sobre mi inversión.

Va a tener que rendir cuentas, ¿está claro?

-Clarísimo.

"-Vas con tu señorito, ¿no?".

-Pues sí. A dar una vuelta.

-Mira, Lola, no te digo nada.

Pero ir a esa cita no te va a traer más que desgracias.

-Que no va a pasar "ná".

-Lola, que me da a mí que tú no deberías lanzarte.

"Ha llegado el momento".

No podemos demorarlo más.

Hay que dar un golpe de gracia a Cayetana.

Teresa debe revelar ya quién es en realidad.

Todo el mundo ha de saber que Cayetana es la hija

de una criada. -"Voy a casarme con Úrsula".

-No alcanzo a comprender lo que me dice.

¿Acaso la ama?

No, nada más lejos.

-¿Entonces?

-Más vale que te vayas haciendo a la idea, Samuel.

La decisión está tomada, es irrevocable y, desde luego,

la boda va a ser inminente.

"Quiero que Fabiana esté al tanto" de todo lo que va a suceder.

Estoy convencida de que es una buena persona.

Quiero que sufra lo menos posible.

Difícil tarea.

¿Crees que yo les asesiné?

Contéstame.

Al menos ten el valor de decírmelo a la cara.

¿No significan nada para ti todos estos años de amistad?

Creo que es mejor que te marches.

Tenemos que hablar de Cayetana, pero de otro asunto.

Que le quede claro

que voy a defender a Cayetana con uñas y dientes.

Aunque usted no lo entienda.

¿Cómo no lo voy a entender, Fabiana,...

sabiendo que es tu hija?

¿Ha perdido el oremus? Las dos sabemos que no, Fabiana.

Sé que eres la madre de esa que se hace llamar Cayetana Sotelo Ruz.

No quiero seguir escuchando tales barrabasadas.

Verdades como puños, Fabiana, bien lo sabes.

Déjeme marchar, se lo ruego. No.

Deje ya de mentir, Fabiana.

No sabe lo que dice.

Sí que lo sé.

¿Y sabe por qué lo sé?

Porque yo estuve allí, Fabiana.

Yo era la niña que tú cuidabas de pequeña.

Yo era la niña que jugaba con tu hija.

Anita.

¿Qué?

Yo soy Cayetana, Fabiana.

¿Ya está usted en casa, señora?

¿Es que no lo ves?

¿Quiere que le sirva ya la cena?

No tengo apetito.

Me duele la cabeza.

¿Necesita que le traiga algo?

Le puedo preparar unas hierbas.

A mí me calman las friegas de aceite de lavanda.

¡Lo que quiero es que te calles! Déjame en paz.

(RESPIRA FATIGADA)

No.

No puede ser.

Sí, Fabiana.

Yo soy la niña que un día diste por muerta en el incendio

de la casa de mi familia.

Vine a Acacias

en búsqueda de mi identidad.

Quería recuperar mi nombre, el apellido de mi familia.

Aquel que tú y tu hija me arrebatasteis.

Pero conocí a Cayetana y,...

cambié de parecer.

Durante un tiempo, me olvidé de mis propósitos.

Recordé el cariño que sentía por esa niña.

Volví a quererla como si de una hermana se tratara.

Ahora entiendo...

la unión tan fuerte que se tenían.

Siempre la tuvieron.

Desde niñas.

Y yo las crié... como si fueran gemelas.

Como de la misma sangre.

Cayetana.

Mi niña preciosa.

Es un poco tarde para eso, Fabiana.

(LLORA)

No te culpo, Fabiana, sé que eres una buena mujer

y que solo tratabas de proporcionarle un futuro mejor

a tu hija.

Posiblemente, yo lo hubiera hecho también, pero

sé que tú no tienes nada que ver con ella.

Pero la señora no es mala, no es mala.

Fabiana, es una asesina. ¿Es que no te das cuenta?

Tienes que abrir los ojos, Fabiana. Has de abrir los ojos.

Ha llegado la hora de que Cayetana pague por todos sus pecados

y por todas sus maldades.

Fabiana.

Voy a hacer pública mi identidad.

No.

Le contaré a todo el mundo que es una mentirosa y una farsante.

Que yo soy la auténtica Cayetana Sotelo Ruz

y que siempre lo he sido.

No lo haga.

Se lo ruego.

Anita... Anita solo es una víctima que no tiene culpa de nada.

Te lo he contado por el aprecio que te tengo, pero

quiero que sepas que nada malo voy a hacer contra ti.

Puedes estar tranquila.

No lo haga.

No menee más las cosas del pasado.

No vuelva "pa" atrás, señora.

Allí solo encontrará tristeza...

y desasosiego.

No, Fabiana.

Encontraré justicia.

Y no voy a parar hasta ver a Cayetana hundida.

Pagando por todas sus maldades.

Me asquea llamarla así

cuando las dos sabemos que es Anita.

Pero la seguiré llamando así hasta que todo se destape.

Por favor.

No lo haga.

Tenga piedad.

Hágalo por mí.

(BALBUCEA)

Lo lamento, Fabiana.

Cayetana.

(LLORA)

Señora. Señora, ¿qué le ocurre?

Señora, cálmese.

-"No te lo tomes así, mujer".

Ya verás como ya vendrán otros pretendientes.

Y mejores que don Antoñito.

-¿Mejores? -Más apropiados.

-Que no, Casilda, que no nadie hay mejor que él.

-Pero Lola, que no digas "tontas".

Mira, lo mismico me barruntaba yo cuando me dio plantón el Pablico.

Y mírame ahora, la mujer más feliz del mundo con mi Martín.

Hay millones de muchachos...

que están deseando conocer a una mujer tan guapa y salerosa como tú.

-Y para qué quiero yo millones, si con uno me basta y me sobra.

-Vamos a ver, ¿a ti qué perra te ha entrado con don Antoñito?

No lo entiendo.

¿Qué es lo que le ves?

-Que él es...

gracioso, que me hace reír todo el rato.

Y "echao" "palante",

que no se acobarda si le digo yo 100 veces que no.

Se mueve con una energía , que me vuelve loca del todo.

La misma con la que me habla, así,

con brío y fuego. Es que vive la vida con pasión.

Con la misma pasión que me mira, que cada vez que lo hace ,

me sube un calambrazo desde la punta de los pies hasta la rabadilla.

Y ya sé que él

es refinado y un señoritingo con estudios,

listo y bien hablado. Que hasta pronuncia todas las eses.

Y yo, criada, bruta y mal hablada hasta decir basta.

(SUSPIRA)

Pero así soy yo.

Y así le he gustado a él.

Que yo no le he hecho creer nada que no era ni he engañado a nadie.

Así que voy a ir a esa cita. ¿Sabes por qué?

Porque soy de Cabrahígo.

Y allí cogemos el toro por la cornamenta, que somos valientes

y corajudos,

y no nos avergonzamos de lo que somos. ¿Entiendes?

Así que, voy a ir a esa cita.

Parlotearemos, nos reiremos...

y hasta lo pasaremos requetebién. ¿De acuerdo?

-¿Eso es lo que tú quieres?

-Sí. Eso es lo que yo quiero.

-Pues así sea, Lola. Ahora, te digo una cosa, ¿eh?

A mí luego no me vengas ni con llantos ni con penas.

Y date prisa, que ya llegas tarde.

Antoñito.

¿Subes conmigo para casa? Seguro que está la cena casi lista.

-No, que se ha quedado muy buena noche y me apetece dar una vuelta

y poner un poco en orden mis pensamientos.

-¿Te encuentras bien, ha ocurrido algo?

-No. Nada en absoluto. -Bueno, si quieres te acompaño.

-No, descuida, hermanita, que me apetece estar solo.

Bueno, y me voy ya, que igual luego refresca y...

-Si es que...

-(RÍE)

-Pero...

-Pues "ná", que me alegro que le divierta.

-Mujer, no te lo tomes a mal, pero...

Pero es que nunca te he visto de esta guisa y me ha sorprendido.

-Ya, lo que viene siendo "apañá" para salir, quiero decir.

Se supone que una pretende estar guapa.

-Bueno, Lolita, pero es que...

Es que nunca te has vestido con tanta floritura,

y es como si no fueras tú.

-Ya.

Por cierto, esta ropa

era mía, ¿no? Esto es idea de Trini, ¿verdad?

-Si es que...

-Mujer, Lolita,

no te lo tomes a mal, que estás muy guapa.

No me hagas caso, pero... de primeras es un impacto,

luego ya te acostumbras.

-Uy.

-¿A quién pretendes engañar, Lolita?

Si eres una mamarracha.

Nunca seré lo suficiente para él.

Anda.

Señora.

Sabía que la encontraría a usted así.

Y no puede permitírselo, señora.

Tiene que levantar cabeza, tiene que alzarse.

Tiene que mirar para delante y plantarles cara.

No puedo, Fabiana.

No me quedan fuerzas.

Pues tendrá que encontrar las pocas que le queden.

¿Qué te ha dicho Teresa?

Teresa sabe quién es usted.

Sabe que su nombre es Anita.

Y lo sabe... porque ella es la niña que yo creí muerta.

Es Cayetana, hija.

Cayetana.

¿Tú lo sabías?

Teresa vino a Acacias con el único propósito de vengarse.

¿Por qué no me lo dijiste? No quería preocuparte,

causarte más sufrimientos.

¿Y soportaste toda la verdad sobre tus hombros, hija?

¿Por mí?

Teresa solo se acercó a mí para...

destruirme.

Para verme arrastrada por el fango.

Para hundir mi vida y mi reputación.

Pero ella no es como yo.

¿Como tú?

Fuerte.

Valiente.

Luchadora.

Ella es frágil

y vulnerable.

Yo soy

Cayetana Sotelo Ruz.

Porque he convertido ese nombre en algo respetable,

grande, poderoso.

Yo he hecho del apellido de su familia

algo mucho más grande de lo que hubiera hecho ella.

¿O ella hubiera conseguido todo lo que he conseguido yo?

¿Hubiera hecho mis sacrificios con esa cara de mosquita muerta?

Y aunque así hubiera sido,...

yo no tengo la culpa de nada.

Era solo una niña cuando todo aquello ocurrió.

Tú no tienes la culpa de nada, no.

Yo soy la única culpable. Anita,

mi vida.

Yo te di el nombre... y el apellido.

Mía es la estafa y el engaño.

Y mío ha de ser el castigo.

Mauro y Teresa vendrán a por mí.

No sé qué voy a hacer.

Yo tampoco lo sé.

Pero te juro por lo más sagrado

que no voy a dejar que nadie te haga "ná".

Yo nunca me voy a separar de tu lado.

Nunca.

Así tenga que arder contigo en el mismísimo infierno.

¿Me oye?

(RESOPLA)

(Llaman a la puerta)

Lola ¿pero qué pasa? Que están todas las criadas

preguntando por qué no has amanecido aún.

Que ya es tarde para ir a faenar, Lola.

-Lo sé.

-¿Entonces?

¿Qué es lo que te ocurre que estás así?

¿Se alargó mucho la cita con don Antoñito?

-No, no, no es eso.

-¿Y qué es lo que te ocurre? -Nada.

-Pues algo te pasará cuando tienes esa cara de lechuga.

¿No fue bien la cita?

-Ni bien ni mal ni regular. No fui.

-¿Por qué?

-Porque no me presenté, Casilda.

Que dejé al pobre compuesto y plantado.

-Pero Lola, ¿por qué hiciste eso?

-Porque tú tenías razón y yo me equivocaba.

Soy una boba haciéndome ilusiones.

Si es que no sé cómo he sido tan idiota de pensar

que esto me podía salir bien.

-Ay, Lola, mujer. -Casilda.

Si una no se hace ilusiones, no se hace daño.

Esto del amor es una pamplina,

una tontada y una trampa del demonio.

-Un regalo del cielo, Lola.

Eso es lo que es. Y precioso cuando es correspondido.

-Que no, Casilda.

Que me rindo. Abandono, me retiro.

No quiero saber nada de las tontunas del amor.

-¿Qué dices, loca?

-Lo que oyes. -Vamos a ver, Lola.

Tú ahora dices eso porque estás dolorida.

Pero un día encontrarás a un muchacho

que te irá como un calcetín al pie.

Como a mí me ha pasado con Martín.

Si no, al tiempo.

Bueno. Y ahora vamos a faenar,

que es muy tarde.

Venga.

-"A ver, doña Celia y don Felipe riñeron,"

y él se fue a vivir a otro lado.

Que ya sabes lo calavera que ha sido siempre el "abogao".

-Y claro, doña Celia saltó. -Servando, más despacio,

que no soy un chupatintas.

-¿Y qué más?

-Ah, sí, bueno.

Pero luego se vino arriba como un pastel con el calor,

porque vino su madre y la convenció para poner una compañía

de tintes

para el pelo. Y ahora es todo una empresaria.

-Un momento.

¿Empresaria es con "N" o con "M"?

-¿A mí me lo preguntas eso?

-Con "M", Martín. -Pues eso, con "M".

-¿Por dónde íbamos, qué más?

Ah, sí. Luego recorté las cabezas

de la señorita María Luisa y de Víctor en un cuadro

que pintó

el pintor Calatrava.

Se trataba

de que la gente metiera por ahí las cabezas

y se hiciera retratos.

Ya sabes.

Para ganar unas perras, ya me conoces.

-Bueno, ya te conoce tu Paciencia y todos nosotros.

-Va. A ver. ¿Qué más estaba diciendo?

Sí, pero la cosa no me dio

lo suficiente para comprar un pasaje a Cuba e ir a verte.

¿Y qué más? Ah, sí.

Eh... Celebramos...

un partido de fútbol

entre señores y criados.

Y ganamos nosotros, claro, claro. -No diga tonterías, Servando.

Esto ya está. Cuando quiera.

-¿Ya está?

Vamos, sujétame la patata un momento.

-Espere.

-Querida Paciencia

de mi alma y de mi corazón.

Yo...

Yo te quiero hasta decir basta.

Y... ¿Por dónde íbamos?

-Diga lo de doña Celia y... -No, no, no, no.

Lo del partido de fútbol. -Ya que estamos,

podría usted decirle la verdad a Paciencia.

-¿La verdad? -Que ganamos nosotros y no ustedes.

-¿Cómo? -Bueno, el resultado final

fue empate a ocho, si no recuerdo mal.

-Bueno, empate, que no es lo mismo que victoria.

-No.

Moralmente, ganamos nosotros,

porque hubo algún penal

que se anuló.

-Penal o falta de causa mayor, lo importante es el resultado.

-¿Ya?

-¿Ya se ha terminado otra vez el zurullo este?

-Ya está.

-Pues vaya un invento defectuoso lo del cilindro.

-Martín, defectuoso, no.

Lo que pasa es que tiene que ir al grano y no entretenerse

pegando a la hebra y diciendo tontadas.

-Pues si la culpa es tuya, Víctor. Hombre, por Dios, que me lías.

Me lías con lo del fútbol.

¿Qué le importará a la Paciencia lo del fútbol?,

que seguramente no sabrá ni lo que es.

-¿Y ahora qué hacemos?

-No sé, porque he comprado tres cilindros de estos

y, ya hemos grabado dos.

-¿Que ha comprado tres? Servando, si son muy caros.

-Bueno, son caros y difíciles de encontrar.

Que me he gastado todos mis ahorros.

Madre mía, ¿qué vamos a hacer?

-¿Grabar el cilindro que le queda?

-Pues sí, habrá que hacer esto. Pero con tranquilidad y...

Hay que pensar bien lo que voy a decirle y cómo, ¿eh?

Con calma, que mi Paciencia es mucha Paciencia.

-Bueno, entonces deje de decirle "tontás".

Que lo del fútbol no le interesa ni a su Paciencia ni a nadie.

A las mujeres les interesa escuchar galanterías y cosas bonitas.

-La mía lo que quiere son noticias frescas y cotilleos.

-Y saber que usted está bien, Servando.

Saber que la vida sigue por aquí, saber de los suyos,

que para algo ha vivido en este barrio.

-Claro. Eso es.

-¿El qué?

¿Eso es qué?

-Que se me acaba de ocurrir una idea que va a dejar a su Paciencia

con los ojos del revés. -¿Qué idea es esa?

Hace días que Cayetana no pisa la calle.

¿Alguien la ha visto?

-Desde que hallaron los cuerpos de Germán y Manuela, no.

-A mí anoche me pareció oír ruidos en su casa.

Pero bueno, no sé, quizás no escuché bien.

-El que sí se hizo oír fue tu yerno, Rosina.

Qué sofoco llevaba el pobre hombre el otro día.

-Acaba de enterarse que su hermana

está muerta, cuando la imaginaba feliz viviendo su vida en Cuba.

-No me quiero ni imaginar lo mal que se debe estar sintiendo.

-Con las carnes abiertas como poco. No hay duda.

Son los restos de su hermana los que han encontrado

en las inmediaciones del colegio.

-Yo, hasta que no se aclare lo sucedido y se descubra

quién es el responsable, no voy a estar tranquila.

-¿Creéis que tratamos injustamente a Úrsula?

-¿Quieren un poco más de té? -No.

-No, gracias, Simón. -Gracias.

-Yo lamento sobremanera haber perdido a Simón

en la sastrería.

Su trabajo y su dedicación eran inmejorables.

-No sabes cómo te entiendo, Susana.

No sé qué haría yo sin él en estos momentos de mi vida.

No quiero ni imaginármelo. -Exageran ustedes.

Aunque reconozco que disfruto haciendo mi trabajo.

-No te quites mérito. Eres de lo mejor que tenemos.

Celia tiene mucha suerte.

-Son muy amables, aunque he de reconocer que a las órdenes

de señoras como ustedes , es muy fácil ser competente.

-Bueno, Susana,

tú tampoco has hecho mal cambio.

Has perdido a Simón, pero en su defecto has ganado a Adela.

Que, por otro lado, es un dulce

de muchacha. -Simpática, amable, encantadora.

Un regalo caído del cielo.

-Reconozco que Adela ha hecho un gran trabajo

para el mercadillo benéfico.

Y que tiene unas manos para bordar, que son un verdadero primor.

-No sé por qué me da a mí

que esa frase esconde un "pero".

-Pues que lamentablemente

tendremos que prescindir de ella.

-¿Y eso?

-Su vocación es lo más importante.

Esta misma tarde vuelve al convento.

-Ay, qué lástima me da

oírte decir eso. -Sí, es una pena,

la verdad, pero el deber le llama.

-La muchacha se había hecho un hueco en este barrio.

-Y en nuestros corazones.

-¿Y si vamos a despedirnos de ella

antes de que no la volvamos a ver?

-Dadle recuerdos y deseadle lo mejor de mi parte, tengo trabajo

y no sé si voy a poder bajar.

-Pues así lo haremos, querida.

Marchémonos, que ya hemos entretenido bastante a Celia.

-Gracias, querida. -A vosotras por la visita.

-Gracias. -Por favor.

"Samuel, Diego,

queridos hijos míos,

os escribo estas letras con la intención de que algún día

entendáis mi comportamiento y mis actuaciones".

"Sé que durante mucho tiempo

no llegaréis a comprender el por qué de mi matrimonio con doña Úrsula".

"Por qué me dejo chantajear por esa mujer".

"Por qué sucumbo a sus deseos y manipulaciones".

"Hace muchos años

cometí un error imperdonable".

"Un error cuyas consecuencias

aún duran a día de hoy".

"Tuve una relación con una criada de una adinerada familia".

"De esa relación nació una niña".

"En aquel momento, me desentendí".

"Nada quise saber de ese bebé".

"Pero ni la memoria ni el corazón me han permitido el olvido".

"En algún lugar hay una niña. Una mujer ya,

que lleva mi sangre

y la vuestra".

"Vuestra hermana es tan hija mía,

como lo sois vosotros".

"No pasa un solo día en el que no piense en ella

y en cómo reparar mi error".

"Necesito conocerla".

"Saber que está bien".

"Abrazarla y...

pedirle perdón por haberle arrebatado a su padre,

a sus hermanos".

"A una familia entera".

"Úrsula Dicenta es la única que sabe su nombre".

"La única que puede ponerme en contacto con ella".

"Por eso ha utilizado esa información en su propio beneficio,

manipulándome,

obteniendo dinero, joyas, favores,

posición social

e incluso el amparo de un matrimonio".

"Es comprensible tu perplejidad, Samuel, ante mi decisión

de casarme con ella".

"Soy consciente de que estoy asumiendo un riesgo muy elevado

al aceptar su chantaje, pero...

¿qué puedo hacer?".

"No confío en Úrsula".

"Y tengo un mal presentimiento".

"Temo que algo vaya a salir mal".

"Si así fuera,

espero que leáis esta carta y encontréis el camino

para entender mis razones".

"Deseo que algún día podáis perdonarme".

"Vuestro padre, que os quiere".

El papeleo de la boda está dispuesto y listo para ser firmado.

Esta misma tarde,

Úrsula Dicenta se convertirá en la esposa, ante Dios y la ley,

de don Jaime Alday.

Y ya no habrá vuelta atrás.

¿Está usted preparado?

El mercadillo benéfico ha sido un éxito.

Nunca pensé que podríamos recaudar tanto dinero.

-Dinero que irá a parar a mucha gente que lo necesita.

-Me siento tan contenta de haber colaborado en una causa tan noble.

-Su trabajo ha sido excelente, hermana.

Nunca podré agradecerle lo suficiente

la ayuda que me ha prestado cosiendo día y noche para llegar a tiempo.

-Lo he hecho con mucho gusto, doña Susana.

De hecho, no siento dolor en las yemas de mis dedos,

sino alegría por haber ayudado a los más desfavorecidos.

Sentirse útil es

es una sensación muy gratificante.

No suelo sentirla de manera tan plausible.

-La oración también es útil, hermana, nunca lo olvide.

Útil para las almas pecadoras

que tanto la necesitan.

Y supongo que estará deseando

recuperar su vida, su día a día en el convento.

-Sí, no veo el momento. -Pues creo que ha llegado el momento

de regresar al convento, a su casa.

Supongo que echará de menos todo eso.

-Sí.

-Hermana, menos mal.

Temíamos no llegar a tiempo de despedirnos de usted.

-Eso mismo estábamos diciendo, que es el momento de partir.

-Esperamos verla de nuevo pronto por aquí.

¿Vendrá a hacernos alguna visita?

-Hombre, la hermana pertenece a una orden de clausura, no puede andar

de aquí para allá como si esto fuera la verbena de la Paloma.

-Y me temo que la Madre Superiora

ya ha sido bastante laxa

permitiendo que Adela pase aquí unos días.

-Sí.

Doña Susana y María Luisa tienen mucha razón.

Ha sido una experiencia muy bonita estar aquí,

pero he de regresar a mis obligaciones.

Ha sido un placer conocerlas.

Me imagino la cara que pondría la pobre Fabiana

al oír quién eres tú realmente.

Palideció del todo.

Apenas podía balbucear nada.

Bueno, y en todo este tiempo, ¿no imaginó nada?

Le extrañaba la conexión que teníamos Cayetana y yo, pero...

¿cómo iba a imaginar algo así?

Ni siquiera ella pensaba que...

aquella niña que había cuidado de pequeña

junto a su hija, estaba viva.

Pensaba que había muerto en aquel incendio.

Hasta ayer. Hasta ayer.

En el fondo, me da pena Fabiana.

Ella solo actúa como haría cualquier madre,

protegiendo a su hija.

Es lo que debería haber hecho yo con Tirso.

Protegerlo.

Sin duda, será diferente con el que está en camino.

Con la salvedad de que su hija es el demonio.

Y ella debería saberlo ya.

(Llaman a la puerta)

¡Nadie hace nada! ¡La policía no actúa!

¡Ella va a quedar libre! ¡No podemos quedarnos

de brazos cruzados, mientras ella obstaculiza la investigación!

¡Pablo, cálmate, por favor!

¿Quiere un vaso de agua?

Pablo.

Empieza por el principio, ¿qué ha pasado?

Pues que vengo de la comisaría y me han informado que el juez

ha prohibido la autopsia de don Germán.

Sí, ya lo sé. ¡Ah, y no pensaba hacer nada!

¿Qué hago?

¡Esa mujer está obstaculizando una investigación,

está poniendo palos en las ruedas para no esclarecer la verdad!

Pablo, que te calmes, por favor, templa.

¡Que no me voy a calmar!

¡Mi hermana está muerta y todos sabemos quién ha sido!

¿Va a permitir otra vez que se quede libre?

No. ¡Pues entonces haga algo!

Pablo,...

mira, te entiendo perfectamente, no sabes cómo te entiendo.

Yo siento la misma impotencia.

El mismo fuego ardiéndome en el estómago

cada vez que un paso de Cayetana De la Serna la aleja de la cárcel.

Pero si esta vez no respetamos la legalidad,

se va a librar para siempre.

Tenemos que ser pacientes, Pablo.

Tenemos que actuar bien.

O habremos de ver como nunca se hace justicia.

No.

¿No qué?

Ya me ha oído.

He dicho que no.

Esta vez acabaré con Cayetana.

Aunque tenga que hacerlo con mis propias manos.

Juro por la memoria de mi hermana

que vengaré su muerte.

No será necesario.

Yo le prometo a usted, aquí y ahora,

que yo derrotaré a Cayetana

sin necesidad de mancharme las manos ni ponerle un dedo encima.

Sin necesidad de policías ni de comisarios.

Ni de jueces ni garrotes.

¿Cómo?

Cayetana perderá todas las prebendas que tiene.

Todo su poder. Dejará de ser Cayetana.

Simón. ¿Qué le parece?

Son una prueba para publicitar los "Tintes Albora" en Italia.

¿Cuál le gusta más?

-Este, supongo.

-¿Qué le ocurre?, parece distraído.

-Lo lamento, doña Celia, estaba...

Discúlpeme, espero pueda perdonarme.

-Déjese de formalismos. ¿Qué le ocurre, es por sor Adela?

Le entristece su marcha.

Esa muchacha se ha ganado el corazón de todos.

-Y no dejo de pensar...

-¿Qué?

-Que esa chica no debería regresar para encerrarse de por vida

en un lugar tan oscuro y húmedo.

-¿Qué quiere decir?

-Quiero decir que no creo que sea un sitio adecuado para alguien

con tanta luz y tanta vida.

Y, además, pienso en el sufrimiento

que pasó Elvira y,

como no pude salvarla a ella, pues...

-Le gustaría salvar a Adela.

¿Y qué opina ella de eso?

-Creo que tiene dudas al respecto.

Algo se ha movido en su interior estos días que ha pasado aquí,

en Acacias.

-¿Tiene dudas sobre su vocación?

-No, bueno, no...

No me atrevo a decir tanto, doña Celia.

Pero sí que sé algo.

Esa muchacha ha vibrado

por primera vez en su vida, estaba feliz y llena de ilusión.

Me gustaría verla así siempre.

-Entiendo.

-Además, sor Adela tiene un asunto muy importante que resolver

antes de volver para siempre a ese convento.

No puede irse.

-¿Qué asunto es ese? -Una deuda vital que ha de saldar.

Es algo íntimo y privado.

-¿Y por qué no se lo dice?

-¿Quién, yo?

-Usted mismo me recordó hace pocos días que la vida es muy corta,

como para no luchar por aquello que a uno le hace feliz.

Si de verdad le tiene aprecio a esa chica,

y cree que no es feliz en ese lugar, debería hacer algo

para que se dé cuenta.

Y cuanto antes.

No vaya a cometer un error terrible que le dure el resto de sus días.

-Creo que tiene usted razón, doña Celia.

No debo permitir que sor Adela se resigne a irse a ese convento

si no es lo que realmente quiere. -¿Y a qué espera?

No deje que cometa el error de su vida.

-Está bien, está bien. Muchísimas gracias,

muchísimas gracias.

Pero ¿qué haces tú aquí? ¿Y Lolita?

-Me ha pedido que le suba el cesto. Ella todavía tiene que hacer recados

en el mercado.

-¿Me estás mintiendo? -Nones.

-Lolita me está evitando y no es la primera vez,

que ya la voy conociendo.

-Claro que no.

-Bueno, ¿que está, en el altillo? Pues voy a verla.

-¿Adónde va, alma de cántaro? -Solo quiero

que me dé una explicación.

-Espere.

¿Me permite que le diga lo que yo pienso?

Verá usted,

yo estoy al tanto de todo.

Y sí,... Lolita le está evitando.

No quiere verle.

Y tampoco quiere que usted le insista más.

-Eso te lo ha dicho ella.

-Eso es lo que hay y usted tendrá que conformarse.

-No. No, no. Quiero saber por qué no acudió

a nuestra cita de anoche, cuando ella estaba tan ilusionada.

-Tanta ilusión no le haría. -Pues claro que sí.

Así que algo ha debido pasarle.

Quiero saber qué es, que estoy preocupado.

-Pues no se preocupe por ella, que ella está requetebién.

-Pues entonces no habrá problema en que suba a verla, ¿no?

-Sí, sí que lo hay.

-Pues que me lo diga ella.

Mire, don Antoñito, no se moleste usted

porque yo meta las narices donde no me llaman.

Pero voy a dejarle las cosas claritas,

para que no pase usted pena.

La Lolita no fue a la cita porque no quiso ir.

Y no sé lo que pensaba antes.

Pero sí sé lo que piensa ahora.

Y lo que piensa es que lo mejor es

que haya distancia entre ustedes dos.

-¿Distancia?

-¿Para qué empezar algo que todos sabemos que puede terminar mal?

-¿Y por qué tiene que terminar mal?

-Porque así es como siempre terminan los amoríos entre señoritos

y sirvientas.

-¿Has sido tú?

-¿Perdón? -Sí, quien le ha metido

todas esas ideas en la cabeza, ¿has sido tú?

-Ella ha tomado la decisión solita, si a eso se refiere.

-No, alguien ha tenido que convencerla, porque ella antes

no pensaba así.

-Mire, don Antoñito,

si usted quiere a la Lolita, lo mejor será que se olvide de ella.

-¿Lo mejor para quién?

Lo mejor para todos.

Con su permiso.

-(CARRASPEA)

Venía a por un vaso de agua.

¿Estás bien?

¿Yo te he contado a ti alguna vez cómo conocí a tu padre?

Él venía a la manicura de vez en cuando.

Y yo, por aquel entonces, tenía un...

pretendiente joven y apuesto, carpintero de profesión.

Muy buena persona. Y él era de mi misma condición.

Sin posibles ni parné.

¿Lo entiendes?

-Sí.

-Pero en realidad a mí quien me gustaba hasta decir basta,

era tu padre.

Yo lo veía inaccesible, lejano,

como cuando una mira a un actor de teatro, ¿entiendes?

-Que sí, Trini, que no soy lelo.

-Tu padre era todo un señor.

Y yo, tan solo una manicura, una chica de Cabrahígo.

Él insistía,

insistía, y yo siempre le decía que no.

Trataba de convencerme de que me tenía que quedar con el carpintero.

¿Tú sabes cuánto me dio la turra hasta que me convenció?

-¿Adónde quiere llegar con todo esto?

-A veces, una chica solo necesita que le insistan un poquito más.

Saber que, por difíciles que sean las cosas, por muy feas

que se vayan a poner, porque se van a poner muy feas, Antoñito,

el chico

solo tiene que tener hechura y aguante por los dos.

¿Entiendes ahora?

-Sí. Ahora lo entiendo muy bien.

Gracias, Trini.

Al convento de Santa Luisa. En el Paseo del Molino Viejo.

-¡Aguarde, espere!

Adela.

Adela.

Simón, ¿qué hace usted aquí?

-Sabía que usted se marchaba hoy y...

-¿Qué? -Y me niego a dejarla marchar.

-¿Perdón? -No se lo puedo permitir.

-Simón, he de volver, es mi deber.

-Pero eso no es lo que usted quiere.

¿O sí?

Míreme a los ojos,

y dígame que no ha sido feliz estos días aquí.

-Posiblemente hayan sido los días más felices de mi vida.

-Pues entonces, ¿para qué va a regresar a ese lugar

donde nunca hallará ese mismo sentimiento?

-Porque es así, Simón.

Nunca me he hecho tantas preguntas.

-Pues ya es hora de que empiece a hacerlo.

-Las preguntas no tienen cabida en el corazón de una religiosa.

-Mire, yo no entiendo la vida sin preguntas.

Y no creo que sea sano vivir así.

-¿Así cómo?

-Sin cuestionarse lo que uno hace, lo que uno quiere.

-El convento es mi destino, Simón.

O al menos el que mi padre eligió para mí.

Las mujeres no pueden elegir.

Se someten, callan y obedecen.

-O luchan para conseguir lo que anhelan.

Y usted anhela encontrar a Carlos.

-Lamento haberle abierto mi corazón y contarle mis secretos.

-No. No, por favor, no diga eso.

-Por favor, no se lo diga a nadie, se lo ruego.

-No lo haré.

Su secreto estará a salvo conmigo.

Pero usted ha de ser sincera con su corazón.

Piénselo por un momento.

Usted me tendió su mano y me ayudó a salir del abismo

cuando Elvira falleció.

Y ahora yo le tiendo la mía. Quiero ayudarla

a encontrar la felicidad.

Como me hubiera gustado

que la hubiera encontrado Elvira.

¿De verdad no me va a dejar que le ayude?

-Lo siento mucho, Simón.

Pero yo no sé vivir de otra manera. No sé vivir sin obedecer.

Dice que usted es Cayetana y que ella es la hija de...

-Celia, por favor, escúchame. -Calla.

Callad los tres. Me habéis engañado durante meses.

Teresa, la creí mi amiga.

Yo no podía desvelarle mi identidad, era delicado.

Y peligroso.

¿Y ahora queréis soltar esa bomba delante de todo el barrio?

Es necesario, Celia.

-Y no deberían hacerlo.

Les ruego que me escuchen una última vez.

Sé que las cosas no están saliendo como deberían.

Ha conseguido evitar que se practique la autopsia

al cadáver de Germán. Sí, y eso es terrible.

No, Felipe, eso hace que no tengamos nada contra ella.

Usted mismo dijo que el cadáver de Manuela no esclarecería el asunto.

Que no arrojaba un atisbo de verdad sobre lo ocurrido.

Sí, así es. Entonces, ¿qué quiere que hagamos?

Llevar todo por los cauces legales.

Esperar a ver cómo procede la justicia.

Si no somos impecables, esa mujer volverá a escurrirse.

Mire, Felipe. Mauro, por favor, escúcheme.

No es la primera vez que hablamos de esto.

Los dos sabíamos que Cayetana no iba a quedarse de brazos cruzados,

que lucharía. Pero la desenmascararemos.

¿Por qué no seguimos con lo que teníamos previsto?

Háganlo.

-Estoy harta de mentiras. Y de falsedades.

Digan lo que saben. Que sea lo que Dios quiera.

Gracias, Celia. No, no me las dé.

Sigo enojada.

Pero si estuviera en su situación, quizá también me habría callado.

-Y deberían seguir callando.

Encontrar esos cadáveres ha sido un gran hallazgo.

Le recuerdo que en su momento usted no pudo cerrar el caso

por la ausencia de los cadáveres.

Todo esto está llegando a su fin. Les pido un poco de paciencia.

Felipe, se nos ha acabado. Yo ya no puedo esperar más.

No soporto guardar el secreto de mi identidad ni un minuto más.

He esperado demasiado, Felipe.

He hecho daño a su esposa.

A mí misma.

He esperado muchos meses con eso pudriéndose dentro de mí.

Viendo como Cayetana se salía con la suya una vez más.

Y yo no podía hacer nada, a pesar de tener el arma para destruirla.

¿Sabe lo mucho que yo he sufrido?

¿Sabe lo mucho que me ha costado callar durante todo este tiempo?

Cayetana ha mentido.

No es quien dice ser y, todos deben saber ahora la verdad.

¿Qué ocurre, Celia?

Quizá me acusen de ingenua, quizá piensen que soy una boba

y una inocente, pero...

¿realmente están seguros de las acusaciones que tienen contra ella?

Es algo que me cuesta creer.

De hecho, ayer hablé con ella

y la vi afectada; estaba dolida, estaba destrozada.

No sé cómo decirlo,

pero la vi... frágil.

Como... Como...

vulnerable,

como si fuera una niña asustada.

Cayetana es cualquier cosa menos una niña asustada frágil

y vulnerable. Es el demonio.

Pero usted no tiene la culpa

por creerla.

No es su inocencia lo que está en juego.

Celia,

ella es una experta en el arte de manipular.

De engañar,

de hacerle creer algo que no es.

No es un demonio cualquiera, es el mismísimo Satanás.

¿Es imposible que Úrsula urdiera los crímenes

que ahora acusan a Cayetana?

Es posible que estuviera involucrada,

pero solo fue el brazo ejecutor.

Cayetana lo utilizó a su antojo y, una vez que no le hizo falta

se la quitó de encima cargándole de todos los crímenes.

Por eso Cayetana debe pagar de una vez por todas.

(Llaman)

¿Quién es tan fino de llamar a la puerta del altillo?

-Soy yo, Antoñito.

Quiero hablar con Lolita.

-Madre del amor hermoso. Estoy perdida, Casilda.

No le abras.

-¿Puedo pasar?

(Llaman a la puerta)

Buenas tardes. -Adelante, don Arturo, por favor.

-¿Se disponían a salir? -Así es.

Pero, por lo visto, es más difícil de lo que parece.

-¿Deseaba usted algo, coronel?

-Pues sí.

Tengo que hablar con usted sobre su hijo Antoñito.

-"La pérdida de Elvira es inevitable".

Nada se puede hacer contra la cruel parca.

-Lo sé, lo sé, señora. -Pero el caso de Adela

es bien distinto.

No acepte sin más su marcha.

¿Por qué va a olvidar esa amistad que se ha creado entre ustedes?

-No lo escogimos nosotros, señora. -Pues por eso mismo.

Haga lo que ya le dije.

Haga todo lo que esté en su mano para que vuelva.

No se quede de brazos cruzados lamentándose.

-Señora, ¿puedo pedirle permiso para ausentarme esta tarde?

Teresa,

¿seguro que estás preparada para lo que te propones?

Si no estás segura, estás a tiempo de cambiar de opinión.

No, Mauro.

Tengo que hacerlo de una vez por todas.

He de desenmascarar a esa usurpadora.

Que todo el mundo sepa que yo soy la auténtica Cayetana Sotelo Ruz.

Ese va a ser su fin.

Así lo espero.

No van a poder contigo, Cayetana.

No van a vencerte.

-"La nota me la envía Cayetana".

Y, al parecer, no solo a mí, sino a todos nuestros vecinos y amigos.

Nos cita esta misma tarde, en su casa.

-¿Por qué motivo? -Eso no lo dice.

Nos ruega encarecidamente nuestra presencia.

"Mira a tu alrededor". Es la hora de la merienda

y no hay ningún conocido por estas calles.

Sí. No hay nadie en la terraza de La Deliciosa.

Ni siquiera Víctor está en la chocolatería y,

la sastrería está cerrada ahora tan pronto.

¿Dónde está todo el mundo?

¿Qué está ocurriendo aquí?

"No os hubiera molestado"

si lo que tengo que deciros no fuera de suma enjundia.

Es algo que seguramente

os resultará difícil de creer, como me resultó a mí misma.

Pero que me he alegrado de descubrir.

De saber la verdad sobre mí misma.

Yo ya he cumplido con mi parte del trato, ahora le toca a...

Ahora te toca a ti cumplir con la tuya.

Dame el sobre con el nombre de mi hija.

-Ya han llegado.

Les estaba esperando. Estaba ansioso por verles.

-¿Y a qué esa ansia?

-Madre.

  • Capítulo 570

Acacias 38 - Capítulo 570

31 jul 2017

Cayetana desespera al ver cómo es incapaz de parar su marcha al cadalso. Fabiana promete apoyarla siempre. Después de muchas dudas Lolita decide tomar las riendas y acudir a su cita con Antoñito. Pero María Luisa, al verla embutida en un vestido viejo que le ha conseguido Trini, estalla en carcajadas: Lolita huye dándole plantón a Antoñito.

Adela prepara su regreso al convento. Celia anima a Simón a evitar su marcha, pero es inútil: la monja sabe que su sitio está en el convento. Jaime, antes de su boda con Úrsula, deja en la caja fuerte un testimonio de su chantaje y esconde las claves en el diseño de una nueva joya. Úrsula se casa con Jaime, pero la alegría le dura poco: cuando regresa a su casa está Samuel con su hija Blanca, a la que ha rescatado del sanatorio.

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