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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 537 - ver ahora
Transcripción completa

Espero que tenga usted más suerte de la que yo estoy teniendo

con los naipes y con este estúpido bisoñé.

-Yo tampoco creo que le siente tan mal.

Cualquiera diría que es su pelo.

-Soy consciente de que hago el ridículo.

Pero no lo puedo evitar.

Me siento añoso,

como si ya no fuera capaz de atraer a Trini. Al menos, no como antes.

Y no desde luego como ese tal Benito.

Contemos a la Policía dónde está Úrsula.

Confiese y acabamos

de una santa vez. Estoy harta de tus melindres.

Basta ya de escrúpulos y tonterías.

Obedece y calla.

¿Entiendes? -"Su santa tía"

intentó convencerme de que disculpara a Gayarre.

Solo Dios sabe por qué le tiene tanto aprecio.

-Yo solo le pido que se lo piense. No merece pasar sus días preso.

-Sí lo merece.

Has destrozado todo lo que quiero. Ni se te ocurra ofrecerme ayuda.

Eres el demonio, Cayetana.

¡Ojalá me hubieras matado!

¡Teresa, por favor, deténgase!

Será mejor que se marche. Por favor, no complique las cosas.

"Si te doy ese beso,"

te marchas de aquí, pero ya. Ese era el trato.

-Lo que sea por un beso tuyo.

-¿Va todo bien por aquí?

-Estupendamente. ¿A qué esa pregunta? -No, por nada.

Por si había algún problema. "Se lo suplico, Fabiana".

Cualquier cosa será de ayuda. Estoy desesperada,

yo no sé qué hacer.

Sosiéguese, señora, se lo ruego.

He de conseguir que la memoria de Tirso descanse en paz.

Solo así lograré la paz que necesito.

"Quiero confesar". "Cállate. No digas eso".

Teresa está destrozada. Y don Mauro.

¿Y a mí qué me importa ese?

Te lo ruego, Cayetana.

Haz algo para acabar con todo esto,

te lo suplico, hija, por favor. Por favor.

De acuerdo.

¿De verdad?

¿Lo harás por mí? No.

No lo haré por ti.

A mí tampoco me gusta ver sufrir a Teresa.

Iré a buscar a Úrsula y la entregaré a la Policía.

Ve a escape, hija. Que a esa mujer le faltaba

el canto de un real para morir.

Anda. Lo haré.

Pero tú ve tranquila

y con la boca cerrada.

(LLORA)

Cuando me encontraste...

recibiste

el renacimiento

a través

del bautismo.

Olga...

Blanca,

os pido que me liberéis

de este dolor.

¡Ay, de este sufrimiento!

Blanca.

(REZA EN LATÍN) "Pater Noster, qui es in caelis,

sanctificétur nomen tuum".

"Adveniat tegnum tuum,

fiat volúntas tua,

sicut in caelo et in terra".

(Puerta)

¿Molesto? -No, claro que no, coronel.

¿A qué se debe la formalidad de su vestimenta? ¿Ocurre algo?

-Necesitaba hablar con Gayarre.

Supongo que está en casa.

-Ya sabe que no puede salir de casa.

¿Se le han curado las magulladuras? ¿Se encuentra usted mejor?

-¿Podría avisar a Gayarre?

-Coronel,

no haga una locura.

No cometa un error del que arrepentirse

toda la vida. -Avísele, haga el favor.

-Simón.

Simón, ven un momento.

-¿Qué ocurre?

¿Se puede saber qué busca...? -¡Eh!

¿En qué puedo ayudarle, coronel?

-Caballeros,

contengan sus nervios y templen los ánimos.

-Será mejor que no se meta, doña Susana.

-Estamos de acuerdo.

-Coronel, tenga compasión.

Se lo suplico.

-No tema, he venido en son de paz.

Su sobrino y usted son muy persistentes.

¿Me invita a tomar algo?

Creo que deberíamos hablar.

Maldita seas, Úrsula. ¿Dónde te has metido?

Usted y yo no tenemos nada que decirnos.

Así que, si no desea nada más, salga de esta casa.

-Se equivoca, Gayarre.

Tenemos mucho

que decirnos. -¿El qué, si puede saberse?

-Lo que sea menester para poder perdonarnos.

Hemos de perdonarnos.

(Pasos acercándose)

Aquí ha estado escondido alguien.

Quizá la misma Úrsula.

(Portazo)

¡Maldita sea!

Se me han vuelto a escapar.

Aún no me ha contestado, Gayarre.

¿No cree que nuestra pugna no nos llevará a nada bueno?

Ha llegado el momento de apartar

nuestras diferencias.

-¿A qué esperas, Simón?

¿No es momento de acabar con esta locura?

-Lo lamento, no puedo hacerlo.

-No olvidaré esta afrenta. Se arrepentirá de lo que hace.

-Salga de esta casa.

-Te lo ruego, Simón, recapacita.

¿No ves que el coronel trae buenas intenciones?

-No confío en sus palabras.

-¿Ni tampoco en sus gestos?

Haz el favor de aceptar la paz que te propone.

-Nada puedo querer con el asesino de Elvira.

Tan solo que desaparezca

de mi vista. -Se lo advierto,

no tolero este trato.

No me gusta que me humillen.

-Humillaciones es lo único que logrará de mí. ¡Y ahora,

salga de esta casa o le saco! -Cuidado, Simón.

No eres quien para echar a nadie. Y más si han venido

con buenas formas y respeto, como ha sido el caso.

-¿Se va a poner de su parte?

-No me pongo de parte de nadie. Te recuerdo que la casa es mía

y no tuya.

-Tiene razón, tiene razón.

Aquí solo soy un invitado.

No la voy a abochornar más ante sus visitas.

Ya me marcho yo.

-¿Dónde vas, Simón?

¿Acaso has olvidado que estás bajo mi custodia?

-No, lo recuerdo perfectamente.

Pero prefiero una celda que estar donde no se me quiere.

-Detente, Simón.

(Portazo)

Tómate esta tila, querida, a ver si te calma los nervios.

Ay, tiemblas más que un flan.

-¿Cómo quieres que esté, Rosina?

Simón no ha dado señales de vida.

Toda la noche fuera de casa.

-Pierda cuidado, sabe cómo cuidarse.

-No es él quien me preocupa, sino la Policía.

¿Qué harán cuando vean que ha quebrantado el confinamiento?

-Pues lo que se merece. Sí, por cobarde

y por temerario. Llevarlo a la cárcel.

-Eso no nos ayuda, doña Rosina. -Déjala, Víctor.

No ha dicho más que la verdad.

Yo no quería que se marchara.

Solo quería que no llegara la sangre al río.

El coronel se ofendía muchísimo. Y me temo

que iba armado. -No te culpes. Hiciste lo que debías.

-Si no interviene, se arma la de Dios es Cristo.

-Claro. Simón debe pensar en los demás y no solo en su pena.

Para una vez que el coronel se comporta como debe...

Quería limar asperezas, ¿no? -Dudo mucho

que no tuviera intención oculta. -Pues si la tenía, no la mostró.

Fue Simón

el que le trató con bastante dureza.

(Puerta cerrándose)

¿Qué? ¿Vienes solo?

-Vaya, ya veo

cómo os alegra verme. -No. Pero más nos hubiera alegrado

que trajeas a Simón. -Fue imposible.

-No has dado con él. -No.

Pablo y Leonor me han ayudado.

-¿Y dónde están ahora?

-Han ido a preguntar por los alrededores del barrio.

-Pues no quiero ser agorera,

pero dudo que tengan éxito en su empeño.

Difícil encontrar a quien no quiere ser hallado.

-Pues lamento decirles

que nuestro fracaso no ha sido lo peor

que nos ha ocurrido. -¿Qué más ha podido pasar?

Dímelo sin miedo,

que me tienes en ascuas.

-Me he cruzado con la Policía en el portal.

Se disponían a subir.

-¿Has confesado la verdad, que no estaría Simón?

-No tenía otro remedio. -Bueno,

pues si ya saben que ha incumplido el confinamiento,

darán orden de caza y captura. -Y si lo cogen,

darán con sus huesos en la cárcel. -Parece inevitable.

-Pues yo no me quedaré aquí sentada, siendo testigo de su ruina.

Lo tengo que arreglar sea como sea.

Me voy a la comisaría. -Espere.

-Déjeme que intente hablar con el comisario.

Apelaré a su clemencia.

-No le pedirás poco, Víctor. -Tendré que intentarlo, doña Rosina.

Luego le cuento.

Siéntese, tía,

haga el favor.

(Puerta cerrándose)

Ya verá como todo se soluciona.

Seguro que Víctor le librará de la cárcel.

-No es eso lo que más temo ahora.

-¿Y qué más puede pasar, querida? -Que cuando lo cojan,

Simón, en su desesperación,

se resista al arresto.

Lo que no entiendo es cómo convenció a don Ramón para que le deje pintar.

-Pues porque aquí hay mejor luz, y tu patrón es amante

del buen arte. -El pobre no tiene que ver

tres en un burro si cree que eso

es arte. -¿Qué estás diciendo, mastuerza?

Este lienzo podría acabar en el Museo del Prado.

-Sí tapando un agujero

que dé la corriente. (RÍE)

Sé que tiene menos dotes para pintar

que un mono con pincel. ¿No recuerda cómo dejó

a la Virgen de los Milagros?

-Pues bien que la rezón la gente con devoción renovada.

Mis buenos "moneys" me saqué. -Eso todavía no me lo explico.

Es el milagro más gordo que hizo.

Al menos,

quítese eso de la cabeza, que parece que se le haya escondido ahí

una rata. Y no está el patio para bromear

con dichos bichos. -Que esto es mi bisoñé.

Que Dios te conserve a ti la cabellera

y que nunca conozcas tú

la maldición de tener frente despejada.

O la calvorota aterida por el frío en invierno

y el duro sol en verano.

-Calle, Servando, que parece una maldición gitana, hombre.

-¿Qué? -Ay, Martín, qué bien que estés aquí.

¿Y tu Casilda? -En el altillo, con Fabiana.

-Ale, pues me voy a verla y así descanso una "miaja"

de las "tontás" de este hombre. A más ver.

Arrea, Servando,

¿ya es Carnaval?

-¿Quieres hacer el favor de no meterte con el artista?

-Primero tendré que encontrar a uno, pero...

¿Pero qué le ha pasado en la cabeza?

-Esto... esto es un bisoñé

que me da porte y distinción. -Sí.

Lo que le da es una pinta de mamarracho que espanta.

Que de tanta distinción va a ser usted el hazmerreír de todo Acacias.

¿Y esos quiénes son?

-¿Pues no lo estás viendo?

El Víctor y María Luisa.

-La señorita parece una atracción

de feria, eh.

-Me he ofrecido para arreglar el desaguisado del pintor ese.

-Ya. No como usted, que es de pelo entero,

con bisoñé incluido, eh.

Pero, Servando,

¿no se da cuenta que cuando el señorita y la señorita

se vean pintados así

le va a caer a usted un rapapolvo? -No creo que sea para tanto.

-A la señorita María Luisa

no le gustará verse de esa guisa.

-Hala, venga, saca...

Sácalo de aquí, que solo me faltaba que cogiera un sofoco.

Venga, sácalo, sácalo. -Hace usted bien.

Bueno,

¿y qué hago con el cuadro? -No sé, lo dejo a tu elección.

Si lo quieres quemar, tirarlo, pero quítalo de mi vista.

Que... ¡Eh!

Se me acaba de ocurrir una idea

que ni el mismísimo Séneca.

"Señá" Fabiana, relaje,

que vamos a acabar en menos de lo que canta un gallo.

-Quiero acabar pronto, que tengo otras cuitas que atender.

-No, no, si eso ya se ve. Pero cada cosa lleva su tiempo.

Bueno, pues como le iba diciendo,

que todavía tengo el susto en el cuerpo.

Me temí lo peor cuando el coronel salió armado para encontrarse

con el Simón. -Y no es de extrañar.

Pensarías que iba a darle muerte. -Mismamente.

Gracias a Dios, no llegó la sangre al río.

-Por esta vez. Las cuitas

que se traen no pintan bien. No quiero ser agorera,

pero acaba en tragedia. -Ay, Dios no lo quiera.

Si supiera usted la pena que me dan don Arturo y Simón.

Los dos sufren

una barbaridad y enfrentados por la señorita.

-No tiene sentido que se lleven como perro y gato por esa desdicha.

Ya no pueden hacer nada

por la señorita Elvira, salvo tratar de rehacer sus vidas.

-Pues yo no sé el coronel,

pero para mí que el muchacho tardará mucho tiempo en curarse las heridas.

-Y es de entender, Casilda. Es muy complicado

superar la muerte de alguien tan joven

y a quien has amado tanto.

-"Pa' chasco" que sí. Que pregunten a la señorita Teresa,

que anda como alma en pena por Tirso.

-Anda, veo que no soy la única con el corazón en un puño

por la señorita Teresa. -¿Se sabe algo más?

-Pues nada bueno.

Por lo que le he oído a doña Celia, que Mauro

se ha ido de la pensión y está vagando por esos mundos

como si fuera un mendigo.

-¿Adónde va, "señá" Fabiana?

Ay.

Qué raro.

Con la prisa que tenía por terminar la limpieza.

-Pues ahora te tocará a ti sola. -"Nanai". De eso nada, monada.

Coge un trapo y ayúdame.

-¡Ay!

-Aguarda un momento.

Estoy pensando.

-A ver si te va a dar un vahído. -Yo ayer os dije

que vi a un individuo todo desaliñado

que se parecía a don Mauro.

Y no me creísteis ni una sola palabra.

-Pues hicimos mal. Visto lo visto, tenías razón.

¿Te marchas? -Sí. Alguien debería

a la señorita Teresa.

¡Hala!

Otra vez la tonta de la Lolita se queda con la faena.

¡Ay!

Tía, cálmese, se lo ruego.

Y detenga ya su paseo.

Podría haber ido hasta Santiago y volver un par de veces.

-No puedo calmarme mientras no tenga noticias de Simón.

-Descuiden, que no vengo solo.

Gracias a Dios. Temí no verte más.

¿Dónde estabas? ¿Has perdido el oremus?

Comisario, le agradezco que lo haya traído a mi casa.

-Es Víctor quien lo merece.

Me convenció de que lo trajera aquí

y no a la cárcel. -¿Entonces no le va a detener?

-Solo por esta vez.

Si vuelve a violar el confinamiento, dará con sus huesos

en el calabozo más profundo. -Descuide, comisario.

Le doy mi palabra de que no volverá a suceder.

Si es preciso, le ato a una mesa.

-Si me disculpan, iré a mi habitación.

-Detente, muchacho.

No vas a ningún sitio

sin antes escuchar lo que tengo que decirte.

(Puerta abriéndose)

(Puerta cerrándose)

"¿Cómo has podido comportarte de una forma"

tan imprudente y tan desconsiderada? -"Desconsiderada" dice.

-Quizás deberíamos dejarles a solas. -No, no es menester.

Pueden escuchar lo que le diré a este imprudente.

-No comprendo su enojo. Tan solo actué como debía.

-De ninguna manera.

El coronel

vino a pedirte perdón, sin importarle humillarse.

-No me creí ni una palabra.

-Pues yo sí.

Podías, al menos, haber hecho un intento

de escucharle. -No puede pedirme

que le trate bien,

no después de lo sucedido. -¿Por qué no?

¿Acaso don Arturo es responsable de la tragedia?

¿Crees que fue él

y no el cruel mar

el que hundió el barco

en el que viajaba Elvira? -No, no.

Pero fueron sus engaños los que la embarcaron a Turquía.

-Simón,

sabes que don Arturo no ha sido santo de mi devoción,

pero el hombre que vino a verte ayer no era el militar

que conocíamos, sino un padre

roto de dolor por la muerte de su hija.

-Lo lamento, pero no daré mi brazo a torcer.

Diga lo que diga,

no cambiaré mi proceder hacia él. -Ya basta.

¿Acaso has olvidado que mi tía te dio cuidados sin tener obligación?

Haz el favor de no disgustarla más.

¿Me has oído?

Es una mujer mayor y sufre mucho. -Bueno,

quizá lo mejor sería que descansáramos todos un poco.

Ha sido un día muy largo.

¡Ay!

Deténgase, señora, soy yo.

Por el amor de Dios, señora,

que casi me mata del espanto. Por tu culpa, casi me da un síncope.

¿Pero quién creía que entraba para esperarle de esa guisa?

Úrsula. Estoy convencida

de que viene a por mí. ¿Úrsula?

¿No me aseguró de que iría a buscarla y llevarla a la Policía?

¡Respóndame, señora, por Dios! ¿Dónde está Úrsula?

¡Cállate! ¡No lo sé!

Fui a la casa de aperos y estaba vacía. Abrí la puerta

y ni rastro de Úrsula. Si estaba más "pa' allá" que acá.

No puede haber ido muy lejos.

El demonio la ha puesto en pie. Seguro que viene a por mí.

No.

No solo vendrá a por usted,

las dos tenemos motivos para temerla.

Tómese este salmorejo,

precisa comer.

Y no solo por usted,

no olvide que lleva una vida dentro que tiene que alimentar.

Lo sé, pero es que no me entra nada.

Vamos, Teresa.

Haga un poder.

Lo ha preparado Lolita. Es una excelente cocinera.

Bueno, eso cuando no pierde la cabeza

con algún ingrediente.

Mejor no pregunte.

Venga, Teresa, haga un esfuerzo.

Trate de levantar el ánimo.

No puedo.

Si supiera algo más sobre Mauro o...

tuviera la certeza

de que está bien...

Ya.

¿No sabrá algo

que me está ocultando?

¿No le ha contado nada Felipe?

No. Son grandes amigos,

no es de extrañar que sepa su paradero.

Si es así, nada me ha dicho.

¿Quiere que le prepare una tisana?

Celia, por favor, se lo ruego,

deje de buscar excusas para huir de mí.

¿Qué está pasando?

La conozco bien, y sé que me oculta algo.

Es que, Teresa, en su estado no le conviene saber nada

de Mauro. ¿Saber qué?

¿Dónde está? Celia, por favor, ¿qué lo curre?

Ahora mismo es mejor que estén separados.

Juntos solo pueden hacerse más daño.

Celia, se lo ruego, dígame dónde está.

Necesito verle y pedirle perdón por lo que le he dicho.

(Puerta)

Ahora seguimos hablando.

Casilda, ¿qué te trae por aquí? Perdone que la moleste, señorita.

Creo saber dónde está don Mauro.

(Puerta cerrándose)

Disculpe, don Ramón.

Tiene usted visita.

-Qué agradable sorpresa.

¿Me acompaña usted a tomar una copa?

-Se lo agradezco, pero no dispongo de mucho tiempo.

Me gustaría comentarle ciertas cuitas de enjundia.

-¿Ha sucedido algo nuevo entre el coronel y Simón?

Sé que dejó la casa de su tía.

-Así es, pero ese tema se solucionó de una forma satisfactoria.

-Me place escuchar eso.

Entonces dígame lo que tiene que decirme

para que tenga el rostro ensombrecido.

-Es que se trata de un tema un tanto delicado. No quiero parecer

un chismoso o desconsiderado.

-Así le voy a considerar como no lo diga.

-Ya. Es que a lo mejor es una tontería.

-Déjeme que eso lo juzgue yo.

Ayer vi a su esposa

con Benito por la calle.

-Bueno, eso no tiene nada de extraño.

Son amigos desde la infancia y se tienen aprecio.

-Lo sé, lo sé, pero lo que más me sorprendió

fue su actitud zalamera.

Juraría que estuve a punto de sorprenderles

en una situación... de lo más comprometida.

Y dado el cariño que le tengo,

he considerado mantenerle al corriente

por si quiere tomar medidas.

¿No tenía hoy

una timba en su casa con ese Benito? -Sí, pero...

Trini la ha suspendido. Benito se encontraba indispuesto.

-Ya.

Pues ayer, cuando le vi, no lo parecía.

Siento si le he importunado. -No, no.

Al contrario, le agradezco su consideración.

-No le molesto más.

-Liberto. -Con Dios.

(Puerta cerrándose)

Don Ramón, un mozo ha traído esta nota para usted.

¿Malas noticias?

-No, no. Benito, que...

me confirma que, finalmente, acudirá a la partida que me debe,

la definitiva.

Y tanto que será la definitiva.

(Puerta)

Buenas tardes, comisario.

Pase, por favor.

Le agradezco que haya venido.

¿Puedo ofrecerle una copa?

Tendré que servírsela yo mismo. Mi criada está desaparecida.

-Descuide.

He de volver raudo a comisaría.

Dígame por qué me ha mandado llamar.

-Verá...

después de pensarlo mucho,

voy a retirar mi denuncia contra Simón Gayarre.

-¿Está usted seguro?

-Por supuesto. Si no, no le habría hecho venir.

-Supongo que comprenderá

que eso significa que su agresor quedará inmediatamente en libertad.

Me veo en la obligación

de advertirle, el muchacho está muy revuelto y excitado.

No sé lo que hará una vez quede libre.

No puedo garantizar su seguridad.

-No se preocupe,

sé cuidarme. -Eso no lo dudo.

¿Puedo preguntarle por qué lo hace? ¿Por qué quiere liberarlo

tras lo ocurrido?

-A pesar de nuestras diferencias,

he comprendido que ese muchacho sufre tanto como yo por la muerte

de mi hija. -Su gesto le honra, coronel.

-También lo hago por doña Susana.

Está muy disgustada por todo lo que está pasando.

-De acuerdo.

Si esa es su última palabra,

dejaré en plena libertad a Simón Gayarre.

-Gracias, comisario.

Pasemos al despacho.

Teresa me pidió que me marchara.

Quería ir ella sola a buscar a Mauro.

-Lamento que no hayas podido evitarlo.

Temo que vuelvan a discutir.

-Por mucho que hemos tratado de ocultarle la situación de Mauro,

Casilda se nos ha adelantado.

-Ya podría haberse mantenido callada.

-No la juzgues.

Ella lo ha hecho con la mejor de las intenciones.

-De buenas intenciones está el infierno lleno.

Espero que no lamentemos su decisión.

-# Ave María. #

-Celia, ¿qué es esto?

¿Están degollando a alguien?

-Descuida, no es ningún crimen. Solo Rosina cantando el "Ave María".

-Sí que es un crimen, solo que la asesinada es la música.

(ROSINA CANTA MAL)

Celia, parece una jauría de gatos furiosos.

Ojalá fuera eso lo que tuviera en casa y no a Rosina.

-¿Cómo soportas semejante voz?

-Felipe, no lo hago.

No es que yo sea muy docta en la pianola,

pero Rosina no da una nota sin desafinar.

-Tiene un talento natural para convertir tan bella melodía

en una tortura. -Felipe, esto es desesperante.

Tengo que pedirte un favor.

-Descuida, no hace falta que digas nada.

Quieres que te libre de tu invitada de honor, ¿no?

-¡Ay! Felipe, Celia, ¿qué hacen aquí tan juntitos?

-Doña Rosina, la escuchábamos cantar.

-Sí. -Le aseguro

que nunca habíamos escuchado nada igual.

-Ay, ¿pues se pueden creer

que soy autodidacta? Jamás he acudido a clase alguna.

-La creo, la creo perfectamente.

-¿Saben qué? Acompáñenme.

Ya que les gusta tanto y aprecian la buena música,

les voy a deleitar con un recital exclusivo

para ustedes. -No es necesario.

-Claro que sí, no es molestia. -Sí que lo es.

¡Ay!

# Ave María. #

Mauro.

Mauro, despierta.

Teresa.

¿Acaso sigo soñando?

No.

Soy yo. Venga, vayamos a tomar un café

que te despeje la mente. No, no, no. No es menester.

No he bebido.

Tan solo estoy exhausto.

Vete, por favor.

No sin que antes me escuches.

Teresa, ya no queda nada por decirnos.

Aléjate de mí, anda.

Nada bueno puedo traerte.

Solo dolor y frustración.

No soy digno de tu estima.

No merezco la de nadie. Mauro, no digas eso.

En nada miento.

Me detesto, Teresa.

No valgo para nada.

Desconoces...

mi última y brillante investigación.

Ayer perseguí a Cayetana

hasta una casa de aperos a las afueras.

¿Qué la llevó allí?

Eso deberás preguntárselo a ella.

Una vez más fui incapaz

de descubrir nada.

Por las precauciones que tomó,

pensé que allí encontraría alguna pista o...

no sé, quizá a Úrsula.

Pero no fue así.

Allí no había nadie.

Tan solo algunos restos.

Tal vez merezca la pena investigarlos.

Podrían llevarnos hasta Úrsula. Claro.

Podría seguir investigando, podría interrogar a Cayetana,

podría buscar alguna pista para descubrir

lo que ocurrió allí. ¿Qué te impide hacerlo?

Sé perfectamente

cuál será el final de mis tentativas.

Cayetana lo tendrá todo previsto y nuevamente saldrá indemne.

Esa será siempre la recompensa

a mis esfuerzos. Mauro, no te dejes vencer.

No, ya es tarde.

Ya he sido derrotado.

Solo mi orgullo me impedía aceptarlo.

Teresa, soy un fraude.

Solo he hecho el ridículo.

Aléjate de mí.

Olvida que un día me conociste.

Mauro, nunca podré olvidarte.

Mira, me marcho.

No. No sin que antes me mires y escuches lo que debo decirte.

¿Pero cómo te atreves?

¿Se te ha ablandado la sesera?

-Yo también me alegro de verte, Trini.

-No me vengas con chanzas, que sales a escobazos.

-Arrea, menudos humos me gastas.

Cuando vuelva a Cabrahigo y cuente cómo cuidas de tus invitados, verás.

-Que tú no eres mi invitado. Eres una mosca zumbona

de la que no consigo liberarme. -Templa, mujer.

He venido a echar una partida.

-Vas tú dado.

Sal de aquí antes de que te vea. -Espera, espera, espera.

Si quieres perderme de vista, ya sabes qué hacer.

Sí, que soy de fácil capricho.

-¿Todavía sigues con lo del beso?

-Para servidor no es ninguna "tontá".

Es lo único que me salvaría de irme con el corazón roto.

-Con la cara echa añicos.

-Pero no me seas siesa. Todavía sigo con la espinita

de aquel beso que nunca me diste.

¿Qué?

Un beso,

un beso y no me vuelves a ver en tu vida.

Que tampoco te pido tanto.

-Está bien, tendrás lo que buscas.

Pero no te hagas ilusiones.

Si te doy ese beso, es para que me dejes tranquila.

A ver si te largas y Ramón deja de ver

los fantasmas esos que ve.

Teresa, déjame marchar. No, Mauro. Ya no.

He comprendido cuál ha sido nuestro error.

Nos lanzamos contra Cayetana

cuando solo éramos dos personas heridas.

Así nunca lo lograremos.

Cayetana siempre saldrá victoriosa.

Ese es su sino:

derrotarnos una y otra vez.

Eso es porque se lo hemos puesto demasiado fácil.

Cayetana se aprovecha de las debilidades de los demás.

Lo ha hecho siempre.

Y ahora, las nuestras son demasiadas.

¿Y qué podemos hacer?

Pues descansar y curar nuestras heridas.

Esperar nuestro momento,

aquel en el que podamos cazarla

y vengarnos de todos sus crímenes.

Ahora lo único que debe importarnos somos nosotros.

Debemos estar unidos para ser fuertes como antes.

Llegará nuestra hora.

Y la surte de Cayetana se habrá terminado.

No es tan sencillo, Teresa.

Nuestras heridas son profundas.

No van a sanar con facilidad. Mauro, juntos lo lograremos.

Y ahora, dime, ¿harás ese esfuerzo por mí?

¿Serás capaz de perdonarme

y empezar de nuevo a mi lado?

Bueno, Trini, ¿qué?

¿Cuánto más me harás esperar? ¿Vas o no vas a besarme?

"Quia", ya veo lo que ha durado tu determinación.

Pues nada,

tendré que retrasar mi vuelta a Cabrahigo. Ya diré a la Josefina...

-¿Satisfecho?

-Aún no. -¿Cómo?

Mauro, sigues sin responderme.

¿Acaso no puedes perdonarme?

No, no puedo.

Lo entiendo.

Te he hecho demasiado daño con mi desdén. Yo...

No puedo perdonarme porque no hay nada que perdonar.

Jamás te culpé de nada.

El Señor escuchó nuestras súplicas.

Hablando de súplicas, Felipe,

¿ha llamado ya a los afinadores para la pianola?

-Mañana mismo me encargaré, Rosina.

(CARRASPEA)

Los mismo que van al hotel Tres Naciones.

¿Sabe que en ese hotel hay hasta un piano de cola?

-¿No me diga? -Rosina,

¿te imaginas? Lo mismo un empresario

escuchaba tu voz y...

Y te convertías en la estrella del "bel canto".

-¡Ay! ¿Te imaginas? La Scala de Milán,

el Liceo de Barcelona.

-La Ópera de París.

El Metropolitan Ópera House de Nueva York.

La pena, doña Rosina,

es que no podrá cantar en los salones del hotel

si no es usted huésped.

Tienes buenos amigos,

gente que te quiere y dispuesta a recogerte cuando haga falta.

No me lo merezco.

Mauro, no sé por qué dices eso.

Siempre estás dispuesto a ayudar a la gente

y a sacrificarte por todos.

¿Y de qué ha servido, Teresa? Mauro,

no se hace balance de la vida hasta que no llega a su final.

Una vida no es feliz o infeliz hasta que no toca a su fin.

O hasta reconocer que se han agotado las posibilidades.

Teresa, ayer estuve a esto,

a esto de conseguir lo deseábamos: desenmascarar a Cayetana.

Y una vez más, se me volvió a escapar,

como la sangre de una herida.

Vamos, Mauro, no lo piense más. Olvida a Cayetana.

¿Olvidarla?

¿Nunca te han dicho que en tu trabajo

hay confidencialidad? A ver si haces que me acuerde

de que tu abriste la puerta al comisario sin ninguna orden.

Disculpe, doña Cayetana, pero es la emoción de tocar un sobre

que lo ha tocado la mismísima reina de los españoles.

-Tenga usted, señora.

Gracias.

-¿Algún asunto importante que quiera tratar con usted

la reina? Para mí es un honor servir a tan ilustre dama.

Servando la curiosidad acabará contigo.

Vete al portal.

Sí, señora, sí.

La reina me invita a una "garden party"

en el Jardín del Muro. -"Madre..."

He recapacitado sobre lo que me dice usted

y también sobre lo que me dijo ayer Liberto

y el mal trago que tuvo que pasar Víctor.

Reconozco que he sido un egoísta, y no se repetirá.

-Me alegra oírlo, Simón. Y supongo

que es un deber más que te debo. -Yo no he hecho nada,

aparte de traer al conde de Montecristo.

Que si prepara una fuga,

lo haga como Dios manda.

-No, no. No se preocupe, que no habrá más fugas.

-Eso espero, Simón.

Y cuidarte como no te cuidé en la infancia.

-María Luisa de mi vida.

-Victorcito de mi corazón.

-"Ende luego", que ya sabía una. Si parecen dos críos de pecho.

-Que no, que esto es un negocio. Es para hacer retratos a enamorados.

Para que salgan en vez de con los trajes de pobres,

pues que salgan vistiendo pues vestidos de todo lujo.

-Sí, sí. Y podemos hacer otros cuadros

con distintos cuerpos.

Como, por ejemplo, con cuerpo de gato y perro.

-O personajes históricos, como el Cid Campeador

y la reina Isabel, que tanto monta, monta tanto.

-¿Qué dice? Si esos dos ni se conocieron.

-Los dos vivían en la antigüedad.

En la antigüedad vivía todo el mundo en amor y compañía.

No se privaban de nada esos.

"Buenos días".

Buenos días tenga usted.

No les interrumpo. Voy a salir de paseo.

Cariño, si te esperas, te acompaño.

No. Iré sola. Necesito airearme. Estaré de vuelta en dos horas.

Con Dios.

Las mujeres son complicadas.

Claro, que nosotros tampoco nos quedamos atrás.

Para que un matrimonio funcione hace falta un extraño equilibrio

y grandes dosis de generosidad.

Cierto.

Ahora que nos hemos quedado a solas y nadie nos interrumpe,

le contaré el verdadero propósito de mi visita.

¿Cómo era lo de las virtudes cardinales?

Prudencia, justicia, fortaleza

y templanza. Mil veces me lo repitió.

Espero que no sea

una forma de hablar.

-No me vengas con juegos de palabras.

-No es ningún juego.

¿Quiere tirarlo todo por la borda sin escuchar a su esposa?

-Es ella la que lo ha tirado todo, y sin red.

-No reacciona ni con prudencia, ni con justicia ni con templanza.

Está fallando tres de cuatro. -¿Y qué sugieres?

¿Que hable con ella y me deje embaucar por su palabrería?

-Padre, lo que le sugiero es que la escuche.

Trini es una mujer muy sensata

y tiene explicación para todo. -No, Antonio.

Lo que vi lo vi con mis ojos. No hay justificación ni perdón.

Es una adúltera.

Buenas tardes. Le aseguro que no me he movido de casa,

aquí sigo, inmóvil y enclaustrado.

-A partir de ahora, podrá moverse todo lo que quiera.

-El comisario nos trae muy buenas noticias.

-Don Arturo ha retirado la denuncia.

Traigo los documentos que acreditan

que no tiene cuentas con la justicia.

-¿Pero eso quiere decir que soy libre, que puedo salir?

-Siempre que lo desee y con sentido común.

-Gracias, comisario. Muchísimas gracias.

-No es a mí a quien se las debe dar. No soy más que el mensajero.

Ha sido obra de don Arturo. -"Venga, Servando,"

termine, que debo fregar. -¿Y eso por qué?

No trabajas en casa de Cayetana. -Ya.

Pero me lo ha pedido la "señá" Fabiana. Ella no podía.

Si lo dice ella, chitón.

-A nosotros nos ha dicho que revisemos la luz.

Organizan algo. Cosas de doña Cayetana.

Recibió una carta de la reina. Lo mismo viene de visita.

-Nosotros a callar

y a obedecer. -Como se nota que fuiste soldado.

Te vendría bien colaborar,

que lo mismo te tiene que cubrir Fabiana

cuando vayas a Sabiñánigo.

-Calle, Servando,

que me tiene mal pensar en el viaje.

¿Por qué necesitas tanta ayuda en casa?

Porque voy a organizar un baile.

Me ha dado la idea la reina, que me ha invitado.

¿De verdad? Siempre lo hace.

Va a ser como nuestras reuniones de antaño. ¿Recuerdas?

La alegría de volver a Acacias, nuestros paseos, la música...

Todas compartiendo nuestras cuitas y nuestros motivos de júbilo.

Falta nos hace volver a la senda de la alegría.

Me tienes que ayudar.

Con la música, los invitados...

los uniformes de las criadas.

Muy buenas, Lolita.

"¿Quiere tomar algo? ¿Café, té?".

Un cordial. -Don Arturo,

sé que lo que le voy a pedir es de mala educación,

¿pero le importaría dejarnos unos minutos a solas?

Quiero hablarle.

-Bien, como desee.

Estaré en mi despacho si me necesitan.

No sé a qué viene presentarte así en casa de un vecino.

¿No piensas dejarme tranquilo? -Ramón,

tienes que escucharme.

Sabía que no ibas a venir a hablar conmigo,

pero yo necesito explicarte lo que pasó.

-¿Explicarme?

¿No confías que sepa interpretar lo que vieron mis ojos?

(Puerta)

¿Qué haces aquí?

He venido a verte.

A hablar cara a cara. Vete.

Esas no son formas de recibir a una amiga.

Tú y yo no somos amigas. Sí lo somos.

Siempre lo hemos sido.

Por ti he hecho lo que has querido.

Hasta lo más dañino.

  • Capítulo 537

Acacias 38 - Capítulo 537

14 jun 2017

Mauro, siguiendo a Cayetana, llega hasta el lugar donde Úrsula estuvo retenida. Cayetana regresa a Acacias con el miedo de saber que Úrsula está viva y libre, y que volverá para vengarse. Simón rompe la orden de arresto domiciliario, prefiere la cárcel a quedarse en casa sabiendo que Arturo no pagará por haber enviado a Elvira a Turquía. Pero Arturo acude a Méndez para retirar la denuncia contra Simón como muestra de buena fe.

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