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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 533 - ver ahora
Transcripción completa

Tan fuerte que parecía y, ahora es un saco de patatas.

Camine.

Encontramos numerosos indicios de la presencia de personas en la casa.

Comida,... agua...

y algo mucho más chocante,

una cuerda,

un pañuelo que parecía haberse usado como mordaza

y una mancha de sangre en el suelo.

-"Daré su merecido al coronel"

y encontraré a Elvira, aunque baje el mismísimo San Pedro

a decirme que ha cruzado las puertas del cielo.

-¡Simón!

No añadas blasfemias a tus pecados, no te lo voy a consentir.

-Habrá de consentirme, pues, que siga con la esperanza

de que mi amor está viva.

Y juro por Dios que la voy a encontrar.

-"Lo sacaré de aquí".

Del barrio, de la ciudad si quiere.

Pero no lo denuncie. -Señora, no pierda la dignidad.

Ese mostrenco no lo merece.

Soy hombre de orden y normas.

Mi obligación es dar parte a las autoridades,

Gayarre tiene que pagar con la prisión.

-Pero... -Y no quiero hablar más

de este asunto.

Tú tienes que volver a tu vida, con calma y sosiego.

Y, sobre todo, no decir ni mu de lo que has visto.

Yo no voy a olvidar hasta que me lleve la parca

de lo que estamos haciendo, Cayetana.

Esa aberración, ni es de cristianas...

ni podemos dejarlo así, hija.

Madre, le voy a poner remedio.

¿De acuerdo?

-"Una celda fría y oscura"

es un castigo desmesurado, sobre todo si no ha sido juzgado.

-Este hombre vive en una pensión. El riesgo de fuga sería mayúsculo.

-No, señor. Simón Gayarre vive en mi casa.

Y yo misma me hago responsable de todos sus actos.

-Perdonen los señores, y usía,

pero doña Cayetana está sana, salva y danzando.

-Lolita, ¿qué dices?

-Que una venía de la cabrería por el parque y me la he topado.

Ella no me vio, pero yo sí.

Nada malo le pasa. ¿Ve, comisario?

Se lo estoy diciendo, algo oculta. No caigamos en su celada,

sea cual sea. Atrápela.

¡Interróguela!

¿A qué viene esta reunión en mi casa?

Lo voy a repetir por si no me han escuchado.

¿Qué hacen en mi casa,

quién les ha dado permiso para entrar?

-Cálmese.

Teníamos la sospecha de que algo podía haberle sucedido.

Entonces habrán pedido una orden al juez.

Muéstrenmela.

No hay orden.

Don Felipe, ellos son simples policías,

no espero que tengan conocimientos legales, pero usted,

usted es abogado. ¿Ha olvidado sus obligaciones?

No puede alegar que no conoce el procedimiento.

-Lo siento, Cayetana.

Creíamos que lo mejor era entrar y comprobar que todo estaba correcto.

¿Y la criada también era necesaria?

Es circunstancial que ella esté aquí.

Imagino que nos vio y entró para darnos una información útil.

-Temíamos por usted.

Me conmueven.

Disponíamos de evidencias que indicaban hechos

cuanto menos inquietantes.

Ya.

Y se vienen aquí, a mi casa, de tertulia.

Menudos defensores de la ley de pacotilla,

que se saltan la ley en cuanto les apetece.

Díganme, ¿quién les ha abierto la puerta?

Porque espero que no la hayan forzado.

Se lo pedimos al portero.

Vaya con Servando.

Ni su lealtad a quien le paga. Hablaré con él también.

Ruego que le disculpe.

Servando se ha limitado a cumplir una orden de la autoridad.

Vaya tropa.

En fin, dígame, San Emeterio,...

¿de qué le apetece acusarme esta vez?

Porque estoy segura que ha sido usted el promotor

de este desaguisado.

Y que el pobre comisario no ha sido más que un pelele

siguiéndole los pasos.

-No le consiento que hable así.

Está en mi casa, saltándose la ley,

así que me va a consentir lo que a mí se me ocurra.

-Lolita,... será mejor que te marches.

-Sí, señor.

-Tenemos serios indicios de que en esta casa

se había producido un hecho luctuoso.

Incluso que usted podría haber sido la víctima.

¿Yo?

Y para saber que no estaba en casa, ¿no podían haber preguntado?

¿Dónde ha estado?

Descansando.

¿O es que ahora las leyes obligan al ciudadano libre

a dar cuenta de su paradero,

mientras descanso unos días

y, en cambio, dejan a los policías entrar en casa ajena cuando quieran?

Mire ese vaso.

Uy.

Un vaso en el suelo. Se me ponen los pelos de punta.

Mire esa cuerda. Alguien ha sido atado.

Ese pañuelo de ahí

ha sido utilizado para amordazar a una persona.

Hay restos de comida.

Los utensilios de la cocina están sucios.

Sí, parece que los que estuvieron aquí se lo pasaron bien,

y tuvieron hasta invitados.

Venga conmigo.

¿Qué me dice de eso?

¿Qué es eso?

No sé.

Ya se lo digo yo: sangre.

Mucho me temo que sangre humana.

¿Quién ha muerto o ha resultado herido en esta casa?

¿No nos va a decir qué ha ocurrido aquí?

¿Por qué no me lo dice usted?, que entra en mi casa

como Pedro por la suya. Basta ya de juegos, Cayetana.

¿De quién es esa sangre?

¿Cómo lo voy a saber yo?

Usted nunca ha estado en Castillo de Ruano.

¡Bueno! Qué sorpresa.

Pero si hasta conoce usted el nombre del pueblo.

Pero no. No les voy a mentir.

La verdad es que no me sorprende lo más mínimo.

Lleva usted tanto tiempo acosándome.

De verdad, comisario, ¿no se puede hacer nada

para evitar que un ex policía acose a un ciudadano?

O al menos, para intentar que haga bien su trabajo.

Todos lo hacemos. Sí.

Entonces, he de suponer que ha encontrado usted a Úrsula

y la ha detenido.

Basta ya de cinismo. -Mauro, por favor.

No debemos caer en descalificaciones personales.

Tan solo en averiguar quién ha estado en esta casa

y a quién pertenece esa sangre. Por fin escucho algo sensato.

-Doña Cayetana, le pido permiso

para registrar el resto de su domicilio.

Pensé que ya lo habían hecho.

Me extrañaría que el señor San Emeterio no hubiera hurgado

hasta en el cajón de mis medias.

¿Se ha divertido usted entre medias y enaguas?

Grosera. Mauro, haga el favor.

Pida disculpas a doña Cayetana.

Lo siento. No pasa nada.

No todos tenemos educación.

Y ahora, si tienen que registrar mi casa, háganlo rápido.

Quiero descansar.

Así lo haremos,

señora. Solo le pido una cosa, comisario.

Vigile que el señor San Emeterio

no se acerque a mis prendas íntimas.

Su obsesión podría aumentar.

Letrado, quédese aquí.

Vamos a ver, si contamos las 40 que hemos cantado de la pinta,

y las del 20 de oros, no hay discusión.

-Hay que contar las cartas.

-No merece la pena, don Ramón.

Si es que han besado ustedes el suelo, como vulgarmente se dice.

Trini, recoge la pasta.

-Y tú la herramienta.

Que ya hemos acabado por hoy.

-No sé cómo hemos podido perder con las cartas que tenía usted, padre.

Es que no había un as que no cogiera.

-Ya me dirás tú lo que tenía que haber hecho.

-Jugar con cabeza, que tiene usted mucha sesera para los negocios,

pero muy poquita para los naipes. -No lo cambio, te lo aseguro.

Aunque la mollera ya la uso yo para imaginarme comprando tintorro

del bueno, para celebrar la jarana que nos vamos a correr

cuando le demos a estos leña de la buena.

¿Qué has dicho, marido?

-Tintorro, ha dicho tintorro.

-Tintorro, sí, tintorro.

Morapio.

-Benito, 18 duros:

nueve para ti y nueve para mí.

-Para ganar yo esto en el campo tengo que vender toneladas de trigo.

Si es que, además de guapa, me hace ganar dinero.

-Bueno, ya está bien, ¿eh? Mañana jugaremos la revancha, ¿no?

-Marido, no me puedo creer.

¿Acaso quieres seguir perdiendo dinero?

-¿Acaso no te atreves? Cobarde.

-Uy, yo me atrevo. Hasta a doblar las apuestas,

si es lo que te peta.

-Pues muy bien, pero que sea a última hora,

que me quiero ir de compras. Es que voy a renovar el vestuario

antes de regresar a Cabrahígo.

Con los cuartos que nos has sacado, podría comprarse

hasta un carruaje de lujo.

-No lo dude, y con los mejores percherones.

Oiga, don Antoñito, a usted que lo veo así tan...

¿Dónde puedo hacerme con ropa de postín?

-En la sastrería de doña Susana trabajan muy bien.

-(RÍE)

Excuse, pero es que estoy buscando algo más,

más discreto de lo que lleva usted.

-La última moda de Nueva York.

Me lo trajo desde allí mi hijo.

-Y bien ajustada que se lleva la ropa por esos lares, ¿eh?

-Te daré la dirección de una tienda en el centro

que tienen ropa cómoda y actual, Benito.

Falta mucho para que lleguen a España las modas americanas.

-Eso es lo que me hace falta a mí.

No parecer un carcunda, pero tampoco un mamarracho, claro.

-Bueno, ¿qué? ¿Un último anís?

-¡Sea!

-Voy a por otra.

¡Uy! -¡Uy, marido,

que enseñas el fondillo!

-Le dije que le quedaba muy estrecho, padre.

A ver cómo me hago ahora con uno igual en España.

-No sé yo si ese pantalón no iba a causar desorden público

en Cabrahígo.

-Voy a...

Voy a cambiarme.

-Vaya, Ramoncín.

-Tú, mutis y por el forro, ¿eh?

Será mejor que levantemos el campamento.

Anda, Antoñito, hijo, acompaña a Benito a la puerta.

Yo voy a ayudar a tu padre a encontrarle otra ropa.

-Vamos, Benito.

Claro que sí, don Antoñito.

(RÍE)

Me extraña que Mauro no haya llegado.

¿Sabes si tenía algo importante?

Lo ignoro.

Sé que por la tarde iba a ir a Acacias

con el comisario Méndez y Felipe, pero... de eso hace ya unas horas.

Quizá tuviera trabajo después.

Qué trabajosa es la labor del policía.

Felipe vivía mejor antes de separarnos, creo.

Cuando se dedicaba a los temas de los tribunales.

Al menos sabía cuándo iba a regresar a casa.

Seguro que lograba éxitos con más frecuencia.

¿Quiere más?

Un poco.

Está riquísimo. Me va a estallar el corsé.

Buenas noches. Buenas.

¿Ya cenando?

Es la hora.

Llegas tarde.

A tiempo para cenar con nosotras.

Yo me he unido a la cena porque no quería soportar a Rosina en casa.

¿Quiere que le sirva un poquito de sopa?

No, no tengo apetito.

Quizás coma algo antes de ir a dormir.

¿Un día difícil?

Así es, doña Celia.

Cayetana ha vuelto al barrio.

Y haciendo lo que mejor sabe.

Malmetiendo. Enturbiándolo todo.

Acusando a unos y a otros.

Es lo que lleva haciendo años.

¿A quién le sorprende? A mí, desde luego, no.

Hemos registrado su casa.

¿Y?

Nada en claro.

Además, el comisario ha dado orden de redoblar esfuerzos

para buscar a Úrsula.

Cayetana lo ha vuelto a convencer de que ella es la culpable de todo.

¿Hay alguien que no lo crea? Yo.

Estoy convencido de que detrás del asesinato de Tirso

está Cayetana.

¿Y qué importa? Nadie logrará incriminarla.

Yo lo haré. Tú el que menos, Mauro.

La verdad saldrá a la luz.

Tarde lo que tarde. Eso si alguien la busca con tino.

Que no es el caso.

Si no vas a cenar, retiraré la cena.

Con vuestro permiso.

Teresa, escúchame.

Voy a encontrar a Úrsula,

aunque solo sea para desarmar

el entramado de mentiras de Cayetana.

Me creas o no.

¿Eso dijo doña Cayetana?

-Como lo oyes. Le llamó pelele al comisario.

-Desde luego que tiene redaños la doña.

-Para hacer el mal. Que no tiene una buena idea

ni un buen sentimiento.

-Martín, ¿te lo imaginas,

hablarle así a un guripa?

-Así es este país.

Si has nacido en cuna de oro,

no te chista ni un general de caballería.

Ahora, si eres pobre, no tienes ni derechos.

Pero a mí lo que me inquieta es lo de la mancha de sangre.

-Estaba debajo de la alfombra.

-¿De quién sería?

-Para mí que eso es sangre encebollada,

que estamos aquí estrujándonos las meninges.

-Que no, Casilda, que si la policía lo investiga,

es porque era sino humana.

Y por el humo, se sabe dónde está el fuego.

Y por la sangre, se sabe dónde había un cadáver.

-Bueno, o un herido, tampoco te pongas en lo peor.

¿Y qué más viste?

-Pues una soga, que sirvió para atar a una persona, y una mordaza.

Ahí ha pasado algo de enjundia. -¿Y qué es lo que ha podido pasar?

-Casilda, pues alguien atado, amordazado y con sangre.

Lo dicho. Ahí han matado a alguien.

-Servando fue quien abrió la puerta al comisario.

¿Sabrá algo?

-Imposible. Servando es incapaz de quedarse callado.

Si supiera algo, lo sabría todo el barrio.

-Ahí le has dado.

La que seguro que sabe algo es la “señá” Fabiana.

-Sabrá, pero es que está más rara que un perro verde.

Como siempre que pasa algo con doña Cayetana.

Qué amor le tiene. -Pronto sabremos algo.

Lo bueno es que doña Cayetana no la tome con nosotros.

-Pues yo no me fío un pelo, que a mí me pilló dentro de su casa.

Y si fuera el Servando, me echaría las barbas a mojar.

-Pues esperemos que no pase nada malo.

Y que los guripas pillen a doña Cayetana y a doña Úrsula,

porque no sé de cuál de las dos me fío menos.

-A cada cual más escurridiza.

Si una es serpiente, la otra es anguila.

-Bueno, yo solo sé que en esa casa ha pasado algo, y nada bueno.

(Campanadas)

Esa seguro que es tu señora.

Porque doña Celia no toca así la campana.

Hala, que llame, que llame.

(Campanadas)

Esta Lolita nunca está.

Qué harta, de verdad.

¿Y Pablo, por qué no ha subido?

-Se ha quedado en La Deliciosa con Víctor.

-Como si yo no le tratara bien. Y que me tuviera inquina.

-Que no, madre, no tergiverse.

Solo que a ellos les gusta hablar de caballos y de partidas de pelota

y esas cosas.

-Pues qué aburrimiento. Mal vamos si esos son los temas

que preocupan ahora a la juventud.

Pero tú y yo hablemos de cosas importantes.

¿Te has enterado de lo que pasó ayer en casa de Cayetana?

-No. ¿Qué ha pasado?

¿No estaba doña Cayetana pasando unos días de descanso en un pueblo?

-Ya ha regresado. Me lo contó Lolita.

¿Y a que no sabes a quién se encontró al volver a su casa dentro?

-Pues no. No tengo ni la menor idea.

-Al comisario Méndez y a Mauro.

Sin permiso, le pidieron a Servando que les abriera la puerta,

y entraron, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo.

-Pero bueno, eso es ilícito.

-Felipe también estaba dentro. -Entonces es que tenían permiso.

-Que no.

Es que se ve que encontraron indicios

de que en esa casa...

se había cometido un crimen.

-¿Un crimen?

Decenas se han cometido en esa casa.

No entiendo cómo doña Cayetana no está en una prisión

encerrada bien lejos.

-Bueno, a lo mejor no es tan culpable como pensamos todos.

Bueno, pero cuéntame, ¿sabes algo de Simón?

¿Qué va a pasar con él?

-Pues no. Liberto ya se lo habrá dicho todo.

Que doña Susana fue a pedirle al coronel que no le denunciara.

Y, además, le pidió al comisario Méndez,

que en lugar de encerrarlo en el calabozo,

le dejara confinado en casa.

-Y el comisario, ¿qué le dijo?

-Pues no sé qué ha contestado, pero lo mismo acepta.

Están los calabozos que no cabe ni un alma.

-Te voy a decir una cosa, y que Dios me perdone si ando errada.

Pero yo creo que Susana anda encaprichada con ese joven.

-Encaprichada.

En plan amoroso, dices. -Amoroso, festivo y erótico.

A ver, Leonor, ¿qué otro motivo hay para que le baile así el agua?

-Madre, no me fastidie.

Doña Susana es una beata.

-Esas son las peores.

-No. -Que sí.

No me extraña, porque a su edad,

pocas alegrías le restan. -Ay.

-Además,

Simón es un buen mozo, ¿no?

Sí. Está muy bien.

¿No me digas que tú no pensarías en él para...

algo más que dar un paseo?

-¡Madre!

-Sí, sí, maravillas le haría cualquier cristiana.

-¡Madre! -¿Cómo que “madre”?

La que va de moderna y está más atrasada que su abuela.

Que, por cierto, ella era muy moderna.

Me contaron que al enviudar, se echó tres amantes,

uno de ellos francés.

-Mire, madre, yo no quiero escuchar sobre las intimidades

de mis antepasados.

-Me voy. -¿Ya?

-Sí. -Si no has estado nada.

-Prefiero escuchar la conversación de Víctor y Pablo.

Hasta más tarde, madre. -Bueno, te acompaño.

Hasta más tarde, sí.

-Buenos días. -Buenas.

-¿No estabas con Leonor?

-Sí, pero ha marchado, como todos.

Eh... Liberto,...

si yo te pido una cosa,...

¿la harías?

-Depende.

-Una prueba de amor.

-Ah, entonces sí. Lo que tú quieras.

-Es que, verás,...

de tanto verlos por casa

me ha entrado como capricho, porque Maximiliano,

que en paz descanse, era calvo,

y tú eres más bien morenito, castaño oscuro, ¿no?

-¿Y?

-He pensado en teñirte el pelo. De rubio.

Vikingo. -Ah, no, eso sí que no.

Rosina, ni hablar. -¿Por qué?

-No. -Sí.

Sí, Liberto.

Mira, piensa que... por las noches

sería como... si un vikingo...

viniera a conquistar la fortaleza. ¿Te imaginas? Yo con trenzas...

Tú cubierto de pieles.

Yo lo veo, ¿eh?

¿Simón?

¿Simón?

¡Simón!

-Aquí estoy.

-¿Dónde estabas?

-Estaba terminando de limpiar mi habitación.

-No hace falta que limpies, ya lo hago yo.

-He sido mayordomo, no se me van a caer los anillos por hacer una cama.

Y le aseguro que si le arreglo yo las sábanas,

dormirá en la cama más cómoda de su vida.

-Vengo de la comisaría.

El comisario Méndez ha accedido a que te quedes confinado en casa.

Hasta que te cite el juez. -Lo sé.

Ha venido un agente para que firmara unos papeles.

-Simón, te lo tienes que tomar muy en serio, ¿eh?

Pueden venir en cualquier momento a comprobar si estás a o no.

Y si te pillan, te meten en el calabozo.

No es plato de buen gusto. -Descuide, madre.

Aunque el que debería estar en el calabozo... es ese coronel Valverde.

No yo.

-No vas a poder cambiar el mundo desde el salón de casa.

Te he traído unos libros

para que no se te haga tan duro pasar el tiempo aquí.

-“Tratado de sastrería”.

-Lo que tenía. A parte de Biblias

y libros religiosos.

Y mejor eso, que leer novelitas y perder el tiempo.

Le he dicho a todas las clientas que vengan a probarse a casa.

Así te hacemos más compañía.

¿Quién sabe si al final termina gustándote

el trabajo de alfayatería?

-¿Quién sabe?

Pero, de momento, le voy a pedir a Pablo y a Víctor

que me traigan lecturas más apropiadas.

-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo,...

“Lances entre caballeros”, del Marqués de Cabriñana.

Tengo que repasar el escrito por si el coronel me reta a un duelo.

Conozco bien las normas que rigen un duelo entre iguales,

aunque en este caso se trate de un hombre decente, que soy yo,

y un canalla, que es él.

-Eso no lo digas ni en broma, Simón, ni en broma.

Hijo mío,...

ya va siendo hora

de que olvides a esa joven.

Murió ahogada. Y eso no lo puede cambiar nadie.

-¿Usted ha visto el cadáver?

Mientras no lo vea, no lo creeré.

-Lo siento mucho, Simón.

Pero ese cadáver está en el fondo del mar,

y tú no puedes ir a buscarlo.

Me estás haciendo sufrir. Pienso...

que vas a perder tu cordura.

-No sufra. No sufra.

El día que asuma que Elvira ha muerto,

entonces deberá empezar a sufrir.

Ese día habrá terminado la vida para mí.

Doña María Luisa, procure no moverse.

-Pero si no me estoy moviendo.

-Cada centímetro cambia la luz y me impide plasmar

la belleza de su rostro.

Hoy que por fin he conseguido que usted sonría,

me he dado cuenta que es una de las mujeres más bellas que he pintado.

-Gracias. -Lástima que su prometido...

no esté a la altura.

Llega tarde. -Perdón por el retraso.

-Mi tiempo es valioso.

-Y precisamente por eso he llegado tarde.

-Me he pasado por el banco.

-Entonces me habrá traído el dinero de pago por mis servicios.

-No. Porque he tenido mala suerte y estaba cerrada la caja,

pero le he traído un pequeño adelanto.

Y, para endulzar la espera, un surtidito

con lo mejor de “La Deliciosa”.

-Esto es una miseria, un insulto.

-Vamos a ver, que eso es solo un adelanto del adelanto.

Y los pasteles. -¿Pretende pagarme en especias?

¿Se cree usted que soy un fabricante de odres para vino?

-Mire usted, los pasteles de La Deliciosa

también son obras de arte.

¿No decían que los bohemios, los artistas y los pintores

tenían más hambre que el perro de un ciego?

-¿Bohemio? ¿Me está usted llamando bohemio?

Que sepa que soy un autor consagrado y, que tengo obras

en los más grandes museos del mundo, que he pintado a don Alfonso

dos veces y, a su madre, otras dos.

Tranquilo, Genaro Calatrava.

La ira es mala para el arte.

Los colores calman tu mente.

Pinta.

Pinta. Tu vida es pintar.

Un día.

Tiene un día para pagar por mis servicios.

De lo contrario, abandonaré el encargo.

Ahora, sitúese junto a su prometida.

Sonría, señorita.

Aunque sé que es difícil

ante la vida que le espera junto a él.

-(SUSPIRA)

(Graznidos)

Espero que Susana no me haga probar el traje otra vez,

que con esta ya van tres. -¿Te lo vas a hacer aquí en su casa?

-Yo no sé por qué nos convoca aquí y no en la sastrería, pero bueno.

Sus motivos tendrá.

-Un “Tratado de sastrería”.

Aquí puedo mirar diferentes tipos de solapas para hacerme un traje

de lo más moderno.

¿Tú crees que Susana sería capaz de hacerlo?

-A Susana lo único que le importa es que le pagues.

La forma de la solapa le da exactamente igual.

Ya sabes lo que dicen:

"Si le das alpiste, canta el canario".

-Claro, solapas de seda.

Leí en una revista que son lo último en los trajes de caballero

en Londres. -Pero Ramón, qué manía te ha entrado

a ti con la moda, con lo bien que vas tú así, a lo clásico.

Mira lo que te pasó ayer por ponerte el traje de tu hijo.

-Mi tía ha terminado conmigo.

Es su turno, doña Trini, dice que entre a probarse.

-Pues nada, que al final me toca probarme otra vez.

Ramón, te va a dar tiempo a leerte el “Tratado de sastrería”

enterito. Paciencia.

-Si lo desea, puedo hacerle compañía

un rato. -Claro, por supuesto.

Así puedo contarle mis cuitas en lo relativo a mi aspecto.

Ayer me puse el traje más moderno de mi hijo,

recién traído de Nueva York.

-¿Y? Causó sensación, supongo.

-Sensación...

y escándalo.

Porque al agacharme, se rasgaron las traseras de los pantalones

y casi dejo mis vergüenzas al aire.

Y en lo relativo a mis expresiones coloquiales, el contrario me mira

como si me hubiese dado un aire.

-Y todo por agradar a nuestras señoras, ¿eh?

¿Sabe la última de mi Rosina?

Quiere que use el tinte de Celia para teñirme el pelo de rubio.

Como los vikingos, dice. -¿No lo consentirá usted?

No me gustaría a mí decirle que no.

Pero... no. No puedo apostar con ello.

Al final son ellas quienes mandan.

-Menos mal que yo no tengo suficiente pelo

como para que Trini decida teñírmelo.

-Claro.

Claro, como mi tío abuelo Agustín.

Él fue un figurín y un casanova hasta su muerte.

¿Sabe cuál era su secreto?

-Tenía el pelo que ni Sansón.

-¿Qué pretende usted, darme celos? -No.

Cuando falleció, descubrimos que era calvo como una naranja.

Que llevaba peluquín.

Eso es lo que tiene que hacer usted, ponerse bisoñé.

-Bisoñé, eso es ridículo.

-Pues se quitaría cinco años de encima.

Bueno, ¿qué digo cinco?, se quitaría 10 años de encima.

¿No era eso lo que quería para su Trini?

Entonces, ¿dices que doña Cayetana me quiere ajustar las cuentas?

-Pues sí, pero don Felipe salió en su defensa.

Dijo que solo cumplía con su obligación

abriéndole la puerta al policía.

-Si al final me va a traer problemas ser buen ciudadano,

y el mejor de los porteros por añadidura.

-Oiga,...

¿y cómo es que don Mauro sabía

que en casa de doña Cayetana ocurría algo?

-Mira. Te lo voy a contar, pero que no salga de aquí.

Verbigracia,... chitón.

Yo fui el que empezó a sospechar.

-¿Usted?

-Como lo oyes.

Hay cosas que a un buen portero no se le escapan.

Tú te crees que yo abuso del Martín porque le dejo encargado del portal,

¿verdad? -Es que abusa.

-No, de eso nada. Él hace el trabajo físico,

yo hago el trabajo... elevado, el trabajo fino de portería.

Yo soy... el que vela por el sueño de los vecinos.

Ven. Noté indicios,

sumé dos y dos y me dije... tate, aquí hay tomate.

Voy a avisar a don Mauro.

¿Quién sabe si no hemos evitado

una desgracia en casa de doña Cayetana?

-¿Ya estamos levantando falsos testimonios contra la señora?

Para una dama que hay en el edificio.

-Mire, Fabiana, usted sabía que había alguien en esa casa

y me lo tenía que haber dicho. -¿Me acusa de algo, iscariote?

-No es acusar, Fabiana, pero es que usted siempre

está encubriendo a doña Cayetana, y es que a veces no lo merece.

-¿Qué sabrás tú, patana?

-Pues mire, sabemos lo que vamos viendo año tras año.

-Las mentiras que va diciendo el maldito de don Mauro.

Y usted, monsergas y chismorreos,

que es de lo único que entiende.

Más trabajar y menos darle a la húmeda.

-¡Mire, Fabiana, que...!

Mire, no le voy a contestar

por no perderle el respeto, y me voy a ir.

No la he visto más ciega en todos los años que hace que la conozco.

-¡Ande, ande! Ande donde más valga.

-La madre que...

-Fabiana, yo no es por faltar, ¿eh?, pero es que no sé

por qué defiende tanto a esa mujer. Si es que no tiene defensa posible.

-Otra que no sabe de la misa la media y habla como de paja.

¡La defiendo porque lo que se quiere hacer con ella es una injusticia!

El maldito inspector no deja de inventar atrocidades

para encerrarla.

Y no,... no la hay más buena que doña Cayetana.

-¿Y no ha pensado por qué quieren encerrarla?

-Por envidia. Y por malevolencia.

Porque una señora como doña Cayetana levanta rencores

entre los que son peores que ella.

-Hay asuntos que mejor con usted no tratar.

Me voy, que tengo faena.

Cayetana.

Cayetana, esta mujer está muy débil. Mejor, no se moverá.

Abre esa puerta.

Corre.

¡Corre!

Cógela.

Coge esas cuerdas, rápido.

Ayúdame a atarla. Necesita un médico.

Pues no lo va a tener.

Ten piedad, Cayetana.

¿Tampoco puedo confiar en ti?

Esta mujer vino a mi casa a acabar conmigo.

¿Quería matarte?

Quería hundirme, arrastrarme,

acusarme de la muerte de Tirso.

Pobre Tirso. Yo lo único que hice fue llorar su muerte.

A solas.

Como hice con mi pequeña Carlota.

¿Tú también crees que yo le maté?

¿Eh? Sé que tú no fuiste.

Lo sé.

¿Y vas a dejar que ella pueda acusarme?

Ella sabe que ese policía

me va a encerrar y va a arrastrar mi nombre

por el barro.

No puedo dejar que siga hablando.

¿Cómo?

Solo hay una manera de asegurarse de que alguien calle para siempre.

¿Vas a matarla?

No me ha dejado opción.

Solo una de las dos puede seguir viviendo.

Por favor, Cayetana.

Podrás defenderte

como otras tantas veces.

Demostrarás que eres inocente sin llenarte de culpa.

Piénsalo, piénsalo. Vete.

Vete de aquí.

Sabía que no podía confiar en ti.

Tanto ir de madre sacrificada y mírate.

Vete de aquí, haré lo que tengo que hacer sola,

como tantas otras veces.

-Por favor. Fabiana.

Piedad.

(BALBUCEA)

¡Fuera!

-Por favor.

No te manches las manos, hija.

Fuera.

(BALBUCEA)

(LLORA)

Señor.

Perdóname.

Perdóname...

por no haber sabido proteger a mi hija.

Por abandonarla a ella...

a los pies de esa mala mujer.

Por no haber logrado...

que olvidara su venganza.

Nunca debí dejarla sola con ella.

No debí permitir que la matara. Yo misma...

Yo misma lo tenía que haber hecho, pero no estuve a la altura.

Y he dejado que Úrsula...

viviera, aun sabiendo...

que eso solo traería la desgracia a mi propia niña.

Perdóname, Señor, perdóname tú, que yo nunca podré perdonarme.

Yo, pecadora,...

confieso ante Dios, todopoderoso.

Ante la siempre bienaventurada Virgen María.

He pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Por mi culpa, por mi culpa,...

por mi gran culpa.

Rosina, ¿tú sabes lo que vas a hacer?

-Tú eres el primero que quiere juegos en la alcoba,

y esto es una prueba de amor.

-Pero ahora voy a tener que andar por la calle con el pelo rubio.

-Pues ya nos inventamos algo.

Podemos decir que es una reacción a un medicamento.

-Y todos pensarán que estoy sarnoso.

-Tonterías. Vas a estar rubio como un dios nórdico guapísimo.

¿Preparado? -Pues mira, no.

-Ay. Estate quieto.

¿Te acuerdas cuando...

me pediste que me disfrazara

de sacerdotisa griega? ¿Qué hice?

-Estabas bellísima.

-Y de Cleopatra.

-¡Uh! Nunca ha habido una faraona tan seductora.

-Ay, pues yo te quiero rubio, vikingo,

vestido de pieles, con un gran casco, una buena espada.

¿Puedo?

-Adelante.

-Ay... ¿Sabes? Esto...

Esto...

si se pone de moda, puede ser

una gran idea de negocio, sí, lo veo, lo veo.

Una peluquería para teñir el pelo a los hombres.

Pelirrojos,

rubios, pelo de color azul.

-¿Es que no puedes parar de darle vueltas a la cabeza ni un momento?

-¿Tú también crees que soy insoportable?

-No.

Cariño, en absoluto.

Si yo estoy enamorado de ti

hasta el último rincón de mi cuerpo.

(RONRONEA)

-¿Te gusta mi masaje?

-Me encanta.

Si lo único que temo es el resultado.

-Ay, Liberto.

Me he dado cuenta que todo el mundo se cree que soy...

insufrible, una metomentodo.

Pero yo... solo quiero ser feliz.

Y hacerte feliz a ti. Mi esposo, mi hombre.

-Anda, cariño, ven aquí, siéntate.

Ven.

¿Sabes una cosa?

Cada minuto que paso a tu lado, es el más feliz de mi vida.

Pero tu tía,

por poco nos echa de su casa.

Fíjate ahora, estamos en casa de Celia y ella ni aparece.

Mi hija me hace la visita del médico.

Y Pablo prefiere quedarse en La Deliciosa,

contando las noticias esas del balompié.

Liberto,...

¿tan fastidiosa soy?

-Desde luego, no para mí.

Y también creo que estás confundida, ¿eh?

Todo el barrio te aprecia.

-Pues no se nota. -Que sí.

Todos saben valorar tus virtudes.

E intentan... superar tus defectos.

-Defectos, ¿qué dices? Yo no tengo defectos.

-Bueno, tienes alguno pequeñito,

Rosina, ínfimo, como todos.

-Te vas a enterar.

Mi rubito.

Mañana a primera hora vas al banco.

No quiero volver a pasar la vergüenza de no tener el dinero

para pagar a Calatrava.

-No me parece el momento de hablar de eso, María Luisa.

-Está Simón a punto de salir.

-Te lo recuerdo para que no se te olvide.

-Muy bien.

-¿Te ayudo? -No.

No, no, no. Siéntate y no te preocupes.

Para mí es un placer servir a amigos como vosotros.

Y, además, así me entretengo.

Estar encerrado en casa sin poder salir es un suplicio.

Y más cuando solo hay tratados de sastrería para leer.

-No me extraña. Mañana te voy a traer otras novelas.

-Gracias. -Sí, yo le pediré algunas a Leonor.

Ella sabe mucho sobre novelas y, seguro

que te recomienda las mejores. -Si no estáis hartos de pastas,

probad una.

Son de La Deliciosa, un lugar recomendable.

-Si no fuera por el dueño,

que dicen que es un calavera, ¿no, María Luisa?

En fin. ¿Cómo está doña Susana?

-Ha ido a la sastrería.

Les está pidiendo a los clientes que vengan aquí a probarse.

Para vigilarme.

Ahora tenía que ir a recoger unas prendas.

No digas que quiere vigilarte. Solo cuidarte.

-Viene a ser lo mismo.

-Bueno, que la gente en Acacias

es muy dura.

En cuanto pasa algo malo, hacen boicot a los comercios.

El prestigio para doña Susana es muy importante.

Y tenerte en casa, y además preso, es muy valiente por su parte.

-Sí, lo sé.

Lo sé, Víctor. Y se lo agradezco.

Pero no sé, las paredes me comen.

No soporto estar encerrado en casa, necesito salir.

-¿Y qué hay fuera que no pueda esperar?

-Necesito romperle la cara a don Arturo.

Y salir en busca de Elvira.

-Simón,...

todos echamos de menos a Elvira.

Pero tienes que asumir la realidad.

-Ya no hay nada que podamos hacer, Simón.

-No. No, no, no. Elvira está viva.

Lo siento en mi corazón y en mi alma.

Mientras yo la busque, no estará muerta.

Nuestra historia aún no ha llegado a su fin.

-¿Preparado? -Pues no.

No te asustes cuando te veas, la primera impresión

puede ser impactante.

Pero luego te acostumbras de inmediato.

-Venga, Rosina, déjate ya de preámbulos y destápame la cabeza.

-Sí.

A la de una,...

a la de dos, tres,...

¡Voilá!

-Pero si está igual.

-No digas memeces. ¿Cómo va a estar igual?

Está tan rubio, que parece blanco.

-Que no, Rosina, que está como siempre.

-Pues claro que está como siempre.

¿No pensarías que te iba a teñir tu precioso pelo

de color amarillo canario?

El emplasto es clara de huevo, no tinte.

-Pues entonces ahora sí que no me entero de nada.

-Es que...

necesitaba comprobar que tienes confianza ciega en mí.

Y... has aprobado.

-Ay, mi esposa loca. Te quiero entera.

Anda, ven aquí.

Cuéntame, ¿qué es lo que te ocurre a ti hoy?

Que no sé si alguien me quiere. Solo tú.

Y necesitaba comprobarlo.

-Entonces,...

¿no quieres que me presente en tu habitación...

vestido de pieles,...

con el pelo rubio...

y un hacha en la mano, como los vikingos?

-Un hacha, qué miedo.

¿Qué me harías?

-Arrancarte esa ropa que llevas puesta

y dejarte solamente el mandil.

-¿Ah, sí? -Sí.

-Qué vikingo más malvado.

¿Y después?

-Después me pondría a pensar en alguna tortura.

-Placentera.

-Hombre, si fuera placentera no sería una tortura, Rosina.

Entonces,...

digo yo que,...

¿y si vamos a la habitación y te cuento cómo son esas torturas?

-¿A la habitación, estás seguro?

No creo que un vikingo...

fuera... tan educado.

-No.

Un vikingo no tendría compasión. -No, un vikingo me haría suya

aquí mismo, encima de la mesa. -¿Ah, sí?

-No una, sino dos, tres, cuatro veces.

Ay, mi vikingo.

-Mi faraona.

(RÍEN)

-Es que de verdad, te imagino rubio y no puedo, no puedo.

-No, princesa.

No, no, no, el mandil no te lo dejas.

-El mandil no estorba. -Quítate todo.

"Si me mata,"

las pruebas que tengo contra usted

sobre el asesinato de Tirso, las recibirá Mauro San Emeterio.

Si me deja libre,

yo misma la entregaré.

"¿Qué pretende hacer?".

Seguir sus enseñanzas.

Arrastrar a quien pueda conmigo.

"No se atreve usted".

Solo es capaz de ensañarse con los más pequeños.

Con los más débiles.

Con los niños.

¡Maldita sea!

"¿Ahora te compadeces de Úrsula?".

Vamos, no tengas cuajo.

Tienes tantas ganas como yo de acabar con ella.

Pero no dándole tormento porque sí.

Que una es cristiana y no se complace prolongar

las penas del prójimo.

Solo hay una manera de asegurarse de que alguien calle para siempre.

¿Vas a matarla?

No me ha dejado opción.

Solo una de las dos puede seguir viviendo.

¿Qué haces aquí?

No puedo dormir. Y, por lo que veo, tú tampoco.

¿Qué hiciste con ella?

Lo que viste nunca pasó. Será mejor que lo olvides.

Estamos en Acacias, así que guárdate el tuteo.

No puedo dejar de pensar en lo que ocurrió en esa casa de aperos.

Ni tú ni yo estuvimos nunca allí.

Ni tú ni yo volveremos a hablar de eso,

y tampoco de Úrsula.

Desaparecerá de nuestras vidas como si nunca la hubiéramos conocido.

No soy capaz.

Se me aparece cada vez que cierro los ojos.

En sueños,

cuando rezo. Hasta me habla.

Son imaginaciones tuyas.

¿La has matado?

No vuelvas a preguntarme eso nunca más.

Cuanto menos sepas, menos podrás decir.

Yo soy tu madre. Jamás te traicionaría.

No me fío ni de mi madre. Literal.

Me voy a dormir.

Espera.

Quiero la verdad, Cayetana.

Quiero toda la verdad.

Doña Rosina no sabe que yo estoy laborando para usted.

Si se entera, se va a poner como una fiera.

Yo le prometo que no vuelvo a cocer en su cocina

ni para ella ni para nadie. -No entraré en esas componendas.

Las disputas domésticas no son asunto de mi agrado ni de varones.

Si no puedes compatibilizar las tareas en ambas casas,

es mejor que no vuelvas por aquí. -Ay, no, señor,

que yo ya me había hecho a la idea. Además,

tenemos un destino para ese jornal.

-Tus tejemanejes financieros no son asunto mío.

-"Rosina".

Rosina, tente un poco, te lo ruego,

que no estamos en nuestra casa. -¿Y qué?

¿No lo hace eso mucho más picante?

Ayer poco te importó cuando me ultrajaste en plan vikingo.

-Estuvo la mar de sublime, Rosina, el ultraje.

Pero es que Celia puede volver en cualquier momento.

-Es que te deseo.

Te deseo, mi hombretón, aunque esté mal el decirlo.

Y el peligro de que nos encuentren, no hace sino encenderme más.

-Mira, doña Celia... podrá aguantar a su amiga el tiempo que necesite,

pero lo que es servidora, está a punto de colgarse de una viga

como la señora siga en la casa. -Anda, Lola, no seas exagerada.

Si la señora también tiene su gracia.

Faenando con doña Rosina no sabes cómo puedes terminar.

-Pues mal, ya te lo digo yo, claro.

Los huéspedes son como el pescado,

que de fresco sabe bien, pero a los dos días... jumea.

Algo tengo que hacer para solucionarlo.

-"Necesito demostrarte que te quiero".

Y sentir que tú también me quieres a mí.

-Ya, Felipe, pero me moriría de apuro

si nos encontraran tonteando...

-Chist.

No lo van a hacer.

Ven.

Ven. Ven.

(ROSINA GRITA)

(CELIA GRITA)

Y ahora tengo que marcharme, no me esperéis a almorzar,

voy a comer con unos clientes.

-Ramón,... te noto como,...

como distinto,

como tenso. ¿Muy nervioso?

Como pata de caballo que se cree que se la van a comer las moscas.

-Será porque estoy pensando en las reuniones que tengo hoy.

-No. No es eso.

¿Ocurre algo que yo debería saber, que no me cuentas?

"No hay rastro de Úrsula".

En ninguna parte.

Ni la policía ni yo mismo tenemos noticia alguna de ella.

Y eso que no he dejado esquina sin registrar,

ni chivato sin preguntar.

¿Quieres venir con nosotras a dar un paseo?

Qué buena idea.

Pensábamos caminar un rato y después comer por el centro.

Sería un placer que nos acompañara, Mauro.

Si están ustedes aquí es, porque han encontrado respuesta al caso.

Entonces díganme,

¿quién se enseñoreó de esta casa en mi ausencia?

No hemos encontrado hilo alguno del que tirar, señora.

No tenemos una respuesta a su pregunta.

¿Tengo que recordarle a usted que no solo se abusó de mi propiedad,

sino que encontraron ustedes una mancha de sangre en el suelo?

Eso requiere una respuesta.

A eso hemos venido.

Ni en los hospitales

ni en las casas de socorro se ha registrado herido alguno

al que podamos relacionar con su casa.

-¿Y si le ofrezco a usted chocolate, o café, y bollo suizo

un año gratis?

Imagínese lo que puede ser desayunar por la patilla.

En verano podría subirle horchata.

-Usted lo ha querido, muerto de hambre.

-Si yo le voy a pagar, se lo juro por lo más sagrado,

pero tengo un problema de liquidez.

Por favor, no me deje en la estacada ahora.

Si mi novia se entera, este es el fin de mi felicidad.

-Tampoco la cursilería ablandará mi ánimo.

O me paga ya lo pactado

o soy capaz de pintarle los colores en su rostro.

¿Qué diantre me importa a mí que su prometida le pille en un renuncio?

-"El caso es que cuando se perdió"

la señorita Elvira, y todo el mundo le dio el trasero al coronel,

una se sintió compungida por él.

-Como buena cristiana.

-Eso es.

Y lo que empezó queriendo al principio solo ayudarle,

con el tiempo, el trato

y las pericias de una,

el caso es que he terminado faenando para el coronel,

pero gratis en un principio.

Y ahora contratada, si a usted le place.

-Pero ¿cómo me va a placer?

-Llevo todo el día pensando en la revancha con tu marido.

¿No anda por aquí?

¿Puede que se haya percatado de que no podrá con nosotros

y se haya dado el piro?

-Calla esa boca, pendenciero, que mi padre no se arredra

ante ningún enemigo, ni al naipe ni en la vida.

-¿Ah, no? -No.

-¿Hablas de mí, compañero?

-"Simón se comporta" como si no hubiera mañana,

como si no le importaran las consecuencias

de saltarse mi custodia.

-Tía, usted sabe que la quiero para bien.

Y que me hago cargo de su desdicha, pero... ya ha hecho

todo lo que estaba en su mano. -Temo no poder seguir haciéndolo.

-Desista entonces en su afán, no sea que pierda la salud.

Es que usted se está involucrando demasiado

con alguien que no es más que un muchacho

que le ha cogido un poco de cariño.

-¿Y qué quieres que haga?

¿Que le deje marchar, según tú?

-Si esa es su voluntad...

Mauro.

¿Se encuentra bien?

Perfectamente.

  • Capítulo 533

Acacias 38 - Capítulo 533

08 jun 2017

Cayetana niega tener ninguna relación con la sangre de su despacho, afirma que alguien tuvo que entrar en su casa mientras ella estaba de viaje. Méndez promete investigar. Ramón, en su intento de parecer más joven, hace el ridículo delante de Benito y de Trini.

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