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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 532 - ver ahora
Transcripción completa

¡No! ¡No!

"Que, al principio,"

me hizo ilusión ver a Benito. Pero cada día me siento más incómoda.

-A servidora no le parece nada... cristiano

verle pelar la hebra

a su marido y al que fue su novio.

No hay supervivientes en el naufragio

del buque Gran Victoria.

Ha muerto.

-"Me da coraje"

tener que trasladarnos mañana a casa de Celia

y dejarte sola en este estado. Mira, si es tu deseo,

podemos posponer nuestro traslado. No me moveré de tu lado

hasta que sea preciso. -¡Ay!

-Mi tía precisa ahora de un poco de tranquilidad.

-Sí, Rosina, vete.

-"Deje que la ayudemos".

No nos separaremos de su lado.

Lograremos que recupere su vida.

"¿Ha perdido usted las fuerzas"

o ya ha muerto?

(Puerta)

¿Hay alguien ahí dentro?

Soy yo, Servando.

"Cuando me iba a retirar de allí, pues me encontré"

esta nota debajo de la puerta, como si alguien la hubiera deslizado

desde el interior.

¿Qué dice la nota, Felipe?

"Ayuda, por caridad". -"Servando viene con Mauro y Felipe".

Llega tarde, inútil. Están a punto de entrar.

¿Cómo?

¡Por todos los santos, señora!

¿Qué ha pasado aquí? No hagas preguntas ahora y ayúdame.

¡Que me ayudes!

(Golpes en la puerta)

-"¿Está satisfecho ahora que ha matado a su hija?".

-"¡Cállate!".

No te atrevas a nombrarla.

Es usted el que callará para siempre.

"Sangre, señores".

Así es, amigo.

¿De quién será la sangre? ¿De Cayetana?

Si no, ¿de quién?

Las preguntas se nos acumulan y carecemos de respuesta.

-"¿Te digo lo que va a pasar?".

Que te vas a arrepentir de esta afrenta por el resto de tus días.

Advertido quedas.

Y ahora, fuera de mi casa.

-Vamos.

Las perrunas y manzanilla con miel.

Me siento como una niña consentida.

Pues déjese mimar. Es el mejor alivio

para todos los males: el cariño.

Cuánta paciencia está teniendo conmigo.

Y también Felipe.

Bendito sea.

¿No se olvida usted del rey de la paciencia, amiga?

Mauro.

No me he portado nada bien con él.

Se ha portado

como podía,

ni bien ni mal.

Ni se aguantaba a sí misma, como para pensar en los demás.

Pero todo eso va a cambiar.

Se lo noto, está encontrando la paz.

Muy magnánima la veo. No sé si Mauro lo será tanto.

Más. La ama con locura.

Me cuesta creer

que algún día pueda recuperar la tranquilidad y...

alcanzar un poco de felicidad.

Lo hará.

Es un tópico, pero el tiempo todo lo cura.

Felipe me hizo mucho daño en el pasado,

y mire ahora, mejor amigo

no podía tener.

¿Amigo?

¿Son solo amigos?

¿Se atreve a picardear conmigo?

Veo que ya se encuentra mejor.

Me alegro en gordo.

Y ya que ve que estoy mejor,

¿por qué no marcha? Seguro que la seduce

la idea de volver a pisar su hogar.

Le aseguro que no me seduce en absoluto.

¿Y eso por qué?

# La Virgen del Pilar dice

# que no quiere ser francesa,

# que quiere ser capitana

# de la tropa aragonesa. #

-Francesa me hacía yo y me iba a París para no oírte.

-Ay, Lolita, canta conmigo.

Es día para dar el do de pecho.

-Lo que tengo yo es una "pechá" de faena y un dolor de mollera...

-¿No me digas que no te sabes esta jota? Bien alegre que es.

Yo tengo sangre aragonesa, de ahí mi forma de ser bravía,

sana, llena de fuego.

-Y de palabras, que no calla usted. -¿Qué dices, que no te escucho?

(TOCA MAL EL PIANO)

¿Qué?

-¿Cómo que qué? ¿No ves la pose?

-Pues sí, sí, la veo, la veo. Y no la creo, señora.

-¿No me digas que no te echarás un bailecito conmigo?

-Pues se lo digo, no voy a bailar con Vd.

Tengo labor para rato. -Ay, unos pasitos,

unos compasitos, un poco de bailecito.

-Un cuerno, señora.

-¿Qué formas son esas?

-Discúlpeme usted.

Es que una no da a basto.

Tengo que atender en dos casas, a dos familias enteras.

Y me llegan los invitados. O sea, ustedes.

Y es que a una le faltan horas del día y resuello.

-El trabajo santifica. -Y el descanso vivifica.

Ya ve usted, de eso ni catarlo.

Es que ya no sé cómo ver la luz del día.

-Los pobres os quejáis de vicio.

¿Sabes lo que de verdad

es verdaderamente insufrible?

Estar mano sobre mano.

-Pues lo mismo.

Pero una no lo ha experimentado nunca.

-Si supieras... El aburrimiento es una tortura,

un tormento dado por nuestro Señor

para que el pudiente se sepa terrenal.

-Sí. Lo mismo, lo mismo.

A los paniaguados nos dan entretenimiento

a todas horas del día.

Va a ser verdad eso de que el Señor es todo amor.

-¿Noto cierta blasfemia en tus palabras?

-Es la hora de aviar los garbanzos para la tropa. Voy para la cocina.

Si me dispensa usted... -No, no te dispenso.

¡Ay, Lolita! Si te vas, ¿a quién le doy aplique?

Celita no para por casa. Mi niña dice que me visita y no aparece,

o me hace la visita del médico. Y mi marido no sé dónde se halla.

Qué desazón. ¡Eureka!

¡Ah! -Ahora se me pone a hablar en latín.

-Lolita, te voy a enseñar

a bailar el minué. Atiende.

Eres un loco, un necio, un imprudente. Valverde te podría

haber descerrajado cuatro tiros.

Y ahora lamentaríamos dos muertes en vez de una.

-Elvira no está muerta. -Elvira...

está en el fondo del mar.

Y su alma está junto a nuestro Señor.

¡Pero tú estás vivo y buscando la parca!

-¡Buscando justicia! -Buscando el enojo

de un militar para el que matar no ha sido más que su trabajo.

Si Liberto no te saca de allí, ahora estarías muerto.

-Si Liberto me hubiera dejado, estaría muerto ese malnacido.

-¡Simón, estás ofuscado!

¡Tomarte la justicia por tu cuenta solo traerá desgracias!

-¿Dónde me dejarías a mí?

¿No te importo? ¿Ni yo ni nadie

de los que hemos cuidado de ti, de Elvira?

Creo que nos debes alguna devoción, digo yo.

Aunque no seamos nada tuyo.

-Le agradezco a usted y a todos lo que nos ayudaron,

pero no puedo perdonar a ese criminal.

Hizo la vida imposible a su hija hasta llevarla

a ese barco endemoniado.

-Simón, vas a matar de un disgusto a doña Susana.

Si no estoy yo con ella cuando marchaste enajenado,

habría caído redonda.

-Y ahora tampoco tiene buen aspecto.

Tieta, siéntese.

Voy a traerle un Brandy, está sofocada.

-Lo siento.

Siento los desvelos

y los sinsabores que les creo.

A ti, Liberto, a Leonor y...

Y sobre todo a usted,

doña Susana.

Pero no me harán claudicar.

Daré su merecido al coronel y encontraré a Elvira,

aunque baje San Pedro

a decirme que está en el cielo. -¡Simón!

No añadas blasfemias a tus pecados, no te lo voy a consentir.

-Habrá de consentirme que siga con la esperanza

de que mi amor está viva.

Y juro que la voy encontrar.

O sea, que se van pasando a Rosina de vecina en vecina.

Como lo oye.

Susana me la endosó sin mucho disimulo.

Y, como siga dando la murga en mi casa,

tendrá que buscarse otro acomodo.

Señoras.

Me alegra escucharlas reír.

¿Te encuentras mejor?

Algo. Gracias.

Mucho mejor.

Nuestra Teresa volverá a ser la misma en nada, ya verá.

Eso no. Nunca volveré a ser la misma.

Les traigo noticias que de seguro les insuflan fuerzas.

Pues bienvenidas sean.

Resulta que hemos descubierto que Cayetana nunca abandonó el barrio.

Ni siquiera salió de su casa. ¿Cómo?

¿La han visto? No.

Pero Servando halló una nota

que rezaba ayuda por caridad

saliendo por la puerta del principal.

Eso,

junto a los ruidos que se venían escuchando en la casa,

nos decidió a entrar en la morada de Cayetana.

Más ella no se hallaba. No.

Pero encontramos numerosos indicios de la presencia de personas.

Comida,

agua

y algo mucho más chocante:

una cuerda,

un pañuelo que parecía haber sido usado como mordaza

y una mancha de sangre seca

en el suelo.

Dios mío, sangre. ¿Pero qué habrá sucedido?

Viniendo de quien viene,

nada bueno. Esa mujer fingió marchar.

Hasta escribió cartas de despedida,

para luego esconderse y no salir de Acacias ni de su piso.

Como poco, es inquietante.

¿Por qué habrá fingido

su marcha? ¿Qué tramará? No lo sé, doña Celia.

Pero lo voy a averiguar,

de eso no tenga duda.

Cariño,

la vamos a encontrar.

Todas esas pruebas

no pueden ser ignoradas por la Policía.

Algo sucedió en esa casa.

Algo que Cayetana quiere ocultar. Y yo lo voy a descubrir, te lo juro.

Mauro,

alabo tu optimismo.

Más no te las celebres muy felices.

Decenas de veces hemos creído tener a Cayetana contra las cuerdas

y luego se ha escurrido

como agua. Esta vez es diferente.

Nos cuesta lo mismo

no tener fe que tenerla.

Optemos por lo segundo.

Has hecho unas buenas pesquisas.

Gracias, doña Celia. Así lo pienso yo.

Marcho.

Felipe ha ido a comisaría a hablar con Méndez.

Esta vez tendrán que intervenir.

Mi vida,

escúchame, Tirso va a tener la justicia que merece.

Aunque sea lo último que yo haga en mi vida. Te lo prometo.

No me sirvas más, que esos espirituosos no me van a aliviar.

-Al menos, la tranquilizarán un tanto. Tenga.

Comprendo que Simón es un hombre que se hace querer

y que usted ha estado involucrada en sus cuitas con Elvira,

pero no puede luchar así o enfermará.

-Liberto, ya soy mayorcita.

Ese muchacho no tiene a nadie en el mundo.

Me he propuesto no dejarle solo con ese energúmeno del coronel.

-Ese energúmeno, como el llama, tiene todos los ases en su mano.

Dígame, ¿hizo mal mintiendo a Elvira para que abandonara a Simón

fingiendo estar en la ruina? Sí.

¿Llevó con mano de hierro la relación de su hija con Simón?

Por supuesto. Pero poco más

podemos hacer nosotros.

-Liberto, Simón está ofuscado,

roto de dolor por el amor de su Elvira. Tanto es así,

que no cree que esté muerta.

No me puedo desentender de su pena.

-Bien, desentiéndase de sus actos.

-¿Qué quieres decir?

-Simón es un hombre. Sabrá atenerse a las consecuencias de sus actos.

A mí me aflige sobremanera su dolor,

pero nada gana echando las temporalidades a don Arturo,

y menos dándole una paliza.

-Me temo que solo nos queda rezar a nuestro Señor

para que aplique un lenitivo a su dolor y le dé cordura

para no enfrentarse más a ese carcunda del coronel.

(Puerta)

-Iré a abrir.

Doña Susana.

Liberto.

-Don Ramón.

-Ha llegado a mis oídos el agrio enfrentamiento

que mantuvieron el mayordomo

y don Arturo. -Más que agrio,

violento diría yo, don Ramón. Siéntese.

-Gracias.

Ustedes que tienen predicamento

sobre el muchacho, deberían pedirle que mantenga la calma

y que deponga su actitud de inmediato.

De otra manera, esta tragedia puede no haber hecho más que empezar.

-De eso hablábamos,

don Ramón. De seguir así,

Simón acabará poniéndose la soga al cuello.

-Mucho me temo

que la soga ya está alrededor de su gaznate, doña Susana.

-Don Arturo.

-Vino a visitarme hoy mismo.

Quería preguntarme si yo había escuchado

golpes y ruidos airados que provenían de su casa.

-¡Dios mío!

¿La pelea?

¿Quiere testigos?

-Lo cierto es que...

Que los golpes en su cuerpo dan prueba fehaciente

de que fue golpeado

con contundencia y... Y bien es verdad que todo aquel

que pasara por el 38 notaría los ruidos

de los golpes al caer y de esas voces, que parecían

de un puerto en plena estiva.

-Simón se ha puesto en la picota. -Así que, don Arturo

quiere denunciar a Simón.

Era de esperar.

Quiere su compensación, y esta vez no será con pistolas,

sino a través de las leyes.

-Intenté convencerle de que desistiera,

de que el joven estaba loco de dolor por Elvira,

pero todo fue inútil. Don Arturo está decidido.

Pues si le denuncia,

Simón está perdido.

Todos vieron la actitud de Simón cuando desapareció Elvira

de la boda, cada vez más beligerante con don Arturo.

-Tía, si va a la iglesia, la acompaño.

Querrá rezar por Simón. -¿Qué rezar

ni qué ocho cuartos?

Esto requiere de otras medidas más terrenales.

Voy a ir a hablar con ese coronel que pretende percochar a mi...

a nuestro muchacho.

-No se meta en esto, por favor. ¡No se inmiscuya más!

-Haga caso a su sobrino, doña Susana.

Usted ya las ha tenido tiesas con don Arturo.

Le va a hacer pasar

las de Caín, y solo se llevará un sofoco.

-Ya veremos quién se lleva el sofoco.

-La voy a acompañar. -No.

Tú te quedas aquí.

Acábate el Brandy con don Ramón.

Lo último que necesito a mi lado

para hablar con don Arturo es un hombre.

No le daré la oportunidad de que pague contigo

las ofensas que le cause.

-Pero, tía... -Ni pero

ni peras.

Te quedas aquí. Queden con Dios. -Que él la acompañe,

doña Susana.

Tan fuerte que parecía y ahora es un saco de patatas.

Camine.

Por piedad, señora,

que yo no puedo más. detengámonos una "miaja".

Si no, tendrá que cargar conmigo también.

¿Quieres que nos descubran? Ponle arrestos y sigue.

Que no puedo más, señora, de veras que no.

Yo necesito recuperar el aliento.

Menuda ayuda me he procurado.

Vamos a sentarnos aquí, como si fuéramos tres paseantes.

Ahora tendrás que relatarme qué demonios hacemos.

¿Y qué hacía Úrsula en tu casa, y así, de esta guisa?

Eres tan chismosa

como todas las de tu oficio. Puede.

Pero nadie de mi oficio se arriesga a sacar este desecho de casa

y anda por los caminos

como en una procesión.

-"Mi tía siempre ha sido"

una mujer inflexible. Recta hasta la exasperación.

Pero, de repente,

con Simón todo ha cambiado, y no sé por qué.

-Quizá la cercanía de usted

y, al mismo tiempo, la añoranza de Leandro, obraran el cambio.

-Quizá.

¿Pero a qué viene tanta devoción si no es nada suyo?

A ver, no me malinterprete, por favor, don Ramón.

Simón es un buen hombre, trabajador, culto, honrado, pero...

-Pero ni es su familia ni su allegado.

-No sé, tal vez me estoy comportando como un chiquillo celoso.

Pero, de verdad,

no entiendo, no comprendo a qué viene tanto afecto por Gayarre.

-Es extraño, no se puede negar.

La conozco hace muchos años

y no la he visto nunca comportarse de esa manera.

Aceptar la relación entre dos muchachos de diferente clase social,

que para más inri, mantenían relaciones secretas por pecaminosas.

-En otro tiempo, los hubiera quemado en la hoguera.

Y, sin embargo, ya ve,

ahora está dispuesta a enfrentarse a ese militar

sin que le tiemble el pulso.

-Mujeres...

Deberían venir con libro de manejo. -¿Le recuerdo que estoy con Rosina?

Ni una enciclopedia me lo explicaría a mí.

Pero...

hay que reconocer que somos afortunados con nuestras mujeres.

Son alegres, fieles y devotas. -Afortunados somos, es cierto.

Pero...

el fantasma de los celos acecha

al más dichoso de los enamorados.

-Don Ramón, su esposa es linda y atractiva para el sexo fuerte,

no se lo voy a negar.

Si me lo permite, claro está,

pero yo no la veo más enamorada que ella.

No tendría por qué tener celos, amigo mío.

-Se lo permito y se lo acepto.

Pero ella es más joven.

Al menos, más joven que yo. -Sí.

Eso es obvio, salta a la vista.

Se llevan los años que cuando casaron.

-Pero los años pesan, Liberto.

Mi Trini... Mi Trini es un tabardillo,

ya la conoce usted.

Ahora... Ahora quiere montar unas partidas de cartas en casa.

-¿Timbas? -Sí.

Usted lo ha dicho.

La entretienen.

Y lo cierto es que cada tarde mi casa se...

se llena de chismes,

de cotilleos y de hombres que podían ser mis hijos.

Bueno,

de hecho, mi hijo es uno de los de las partidas.

-A ver, a ver, espere.

¿Me está insinuando que su esposa Trini anda en amoríos

con uno de esos jóvenes? No, don Ramón, no lo creo.

Ella bebe los vientos por usted.

-No le achacaría tales pecados, pero...

Pero es verdad que... que cada día la veo más viva,

más chispeante, más retumbante de juventud.

Y yo, por el contrario, cada amanecida

me encuentro más somnoliento,

más cetrino, más...

No puedo seguirle el ritmo, Liberto.

-A nuestras mujeres

no les sigue el ritmo ni un potrillo árabe.

Y yo soy más joven.

Pero estoy convencido que ninguna joven

podría ganarle en vitalidad.

-Pero usted también es joven y lozano.

Y es verdad que Rosina se adecúa perfectamente a usted,

a pesar de la diferencia de edad.

-Es cierto, no le falta razón. Cuando mi Rosina

sea ancianita, seguirá tirando de mí con la misma energía.

-Eso es lo que me gustaría a mí

para con mi Trini.

No andarle nunca a la zaga.

Lo cierto, amigo Liberto, es que yo...

Yo...

Yo desearía aparentar unos añitos menos.

-Don Ramón,

a ver, entiendo sus cuitas, eh.

Pero yo estoy convencido

de que su Trini seguiría enamorada, aún fuera de monóculo y bastón.

-Aún así,

esos años de decrepitud

me gustaría que me quedasen cuanto más lejos, mejor.

Tengo que seguirle el ritmo a mi Trini, cueste lo que cueste.

-Está bien,

don Ramón, cuente conmigo, si así lo desea.

Pero una cosa le voy a decir,

no solo tiene que rejuvenecer de cuerpo,

también de espíritu. Debe ser más joven por fuera y por dentro.

De otra forma, sería imposible.

¿Entonces qué me dice, don Ramón?

¿Acepta el reto?

-Acepto.

-"Dime".

¿Qué hacías con Úrsula escondida en tu casa?

Estás preguntona. ¿Te crees que es un salón de tertulia y té?

No hay tiempo para respuestas. Algunas tendrás que darme.

Esto será por algo de mucha enjundia.

¡Chist! Baja la voz.

¿Qué quieres, que te oigan tuteándome?

Eso es lo que te acongoja,

y no llevar a una media muerta por los caminos.

Lo que tienes que saber es que hiciste lo correcto avisándome.

Y ahora, haces lo justo ayudándome.

Ayudarte te voy a ayudar, aunque sea lo último que haga.

Pero esto es distinto.

Que tienes a este desecho, que parece un eccehomo.

¿Ahora te compadeces de Úrsula?

No tengas cuajo. Tienes tantas ganas como yo de acabar con ella.

No dándole tormento porque sí.

Una es cristiana y no se complace al prolongar las penas del prójimo.

A mí eso tampoco me gusta, madre.

Era cuestión de vida o muerte.

Mi muerte.

Úrsula quiere buscarme la ruina.

En cambio, tú...

Tú eres mi salvadora.

Eres mi ángel de la guarda.

No solo me diste la vida,

me diste la mejor vida que podía tener

por tu sacrificio.

Y ha sido así hasta ahora.

Si no llegas a ayudarme cuando Mauro intentaba entrar,

hubiera sido mi final.

Pero son muchos los azares de la vida, hija.

Y de tanto ir el cántaro a la fuente, puede que se quiebre.

Has de reformarte, Cayetana.

Quitar de tu lado a todo el que te hace mal.

Vivir una vida recta y honrada.

Madre, eso intento.

Dejar atrás el pasado turbulento

y tener una vida de paz y honestidad.

Pero para ello te necesito.

Y lo que necesito es que vayas a por un carruaje.

Por favor.

¿Me vas a abandonar?

Que sí, Casilda, que te juro por estas que son cruces

que tu señora me tiene

hasta la moña. -Qué exagerada.

-¿Exagerada?

Como siga así, la saco de casa de doña Celia

al estilo de Cabrahigo.

-¿Es cómo es? -De una patada.

-¡Ay!

Pues volvería a entrar. Y haría

que te echaran.

No con una patada, pero con una mano delante y otra detrás.

-Yo no apostaría por eso. Porque doña Celia ni pasa por casa.

Yo creo que para ni verla.

Lista que es. Si fuera por mí...

-No digas esas barbaridades, Lola.

Tu señora es oro molido, y muy amiga de la mía.

-Barbaridades la que paso yo en esa casa.

Bueno, en esa y en la otra.

Que por si una no quiere caldo, dos tazas.

Doña Rosina con sus locuras y apremios.

Y el hijo de don Ramón

que es un tarambana y un lechuguino.

Es más pedigüeño que un monaguillo en Navidad.

-Para mí que tú te quejas de vicio, Lola.

Te iba a poner yo a elaborar unas horas

con el carapalo del coronel.

Que te digo que tiene horchata

en las venas en lugar de sangre, por eso es tan frío.

-Pues mejor un carapalo que un caradura.

El Antoñito la tiene como el cemento armado.

Y ahora, organizan las timbas él y mi paisana en su casa. ¡Hala!

-No, claro. Mejor sería en casa ajena, ¿no?

Así servidora tendría que recoger

los desperdicios y las marranadas

que dejan los gorrinos de los jugadores.

-Mira, Casilda, no te me soliviantes, que no es tu casa.

Sí, si estuviera tu señora.

Pero tu señora está en mi casa.

Esta tampoco es su casa ya.

Huy, Casilda, que me he mareado.

¡Huy! Qué trajines, eh, por la Virgen de los higos.

Ya.

-Yo lo que te digo

es que desde que el Simón le arreó al coronel,

al tal se le ha agriado el carácter mucho más.

Ha pasado de quesillo a cuajada.

-Le endiñó pero bien, ¿no? -Pues sí.

Le arreó más palos que a una estela, O, al menos, eso parece por su facha.

-Ay, el Simón...

Se va a meter en un pendencia muy gorda.

-Descomunal.

Fíjate tú si el coronel no tuvo compasión con su propia hija,

¿cómo la va a tener con él?

-Pues ninguna. Ni pizca, vamos. Ay, va a engrilletar al Simón.

-O le pega un tiro entre ceja y ceja. -¡Ay!

-Hombre, es que es de gatillo suelto, como todos

los soldados.

-¿Tu Martín también?

-No, mujer. Que mi Martín es soldado. Eso es menos que ser coronel.

Son más templados. -Natural.

-El caso es que yo de ser Simón, me tomaba las de Villadiego

y me marchaba hasta que se acabara lo de la golpiza.

-Que no, que no se va a ir.

Sigue con la cosa de que la señorita Elvira está viva.

No se va del barrio por si volviera. -"Ende luego", con lo listo que es

y lo tonto que es para esto.

-¿Qué quieres, mujer? Si sigue enamorado.

(Puerta)

Ea, ya nos llama la faena.

Bueno,

yo me voy, que tengo plancha para aburrir.

Tengo que pasar por la cabrería para llevar la leche a doña Trini. ¡Ay!

Ale. -Muchas gracias,

Lola.

¿Tú qué haces aquí?

-Pues nada, que vine a hacerle unos recados al coronel.

-Dile que quiero verle.

Imagino que no viene a interesarse por mi estado.

-Por supuesto que sí. Claro que me interesa.

¿Cómo está?

-Apaleado por ese criminal que un día fue mi mayordomo.

Hora mala cuando le permití entrar en mi casa.

-Lo siento.

Aunque no lo crea.

Lamento muchísimo que le atacara.

-Más lo va a lamentar él.

-Está en su derecho, pero yo le imploro y le suplico

que no lo denuncie.

Simón es un buen muchacho, pero está cegado

por el dolor de la muerte de Elvira,

como, sin duda, estará usted.

-Yo no voy por ahí dando mamporros al prójimo,

y la fallecida es mi hija.

-Sí.

Tiene usted toda la razón.

Y le honra su mesura y su comportamiento.

Pero...

Simón tiene en contra la pasión de la juventud.

-Señora, estoy un poco dolorido y quiero descansar.

¿Qué quiere de mí exactamente?

-Que no le denuncie.

Le pido, por favor, que tenga piedad

y no vaya a la Policía.

Él no le molestará más,

se lo prometo.

Se lo juro

por mi hijo, que es lo que más quiero en el mundo.

Y yo le estaré eternamente agradecida.

-Simón,

es un muchacho que amó

con locura a su hija.

Y ahora, se halla roto por el dolor.

Por favor se lo pido,

sea magnánimo.

No le condene a la cárcel.

-No.

-¿Cómo?

-Que no le perdono.

Le deseo la cárcel. Que pague por todo el daño que ha hecho.

-Por el amor de Dios, don Arturo, por todo lo que más quiera.

Se lo pido. Haré lo que me diga.

Lo sacaré de aquí, del barrio, de la ciudad si quiere.

Pero no lo denuncie. -Señora, no pierda la dignidad.

Ese mostrenco no lo merece.

Soy hombre de orden y normas.

Mi obligación es dar parte. Pagará con la prisión.

-Pero... -Y no quiero hablar más de esto.

¿Cómo va eso, don Ramón? ¿Le queda mucho?

-Ya estoy.

He encontrado unos trajes de hace unos años

y me están que ni a medida.

Como un guante me sientan.

-Efectivamente, don Ramón,

le quedan como un guante, pero de ajustado.

-Ya se lo decía yo.

El caso es que he debido crecer,

porque recordaba que las hechuras me estaban holgadas.

-Sí, seguro, seguro. Si yo no lo dudo.

Esto...

¿Qué le parece si probamos con algo de este siglo?

-Lo ve un poco anticuado, ¿no? -Por ponerle

un adjetivo. -Quizá debería atreverme con diseños

más actuales, ¿verdad? -Eso es, justo.

Quítese eso, no le dé una apoplejía.

-No veía el momento.

Me disculpe. -Sí.

Verá, Liberto, yo siempre he sido un hombre de negocios.

Y claro, pues mi vestuario ha sido formal y sobrio.

-Sí, como su habla, don Ramón.

-¿Como mi habla?

-Sí. Su lenguaje, su forma de hablar.

Que es un poco correcto.

Los jóvenes utilizamos una forma mucho más coloquial.

-¿Y no pretenderá que hable como un muchacho?

-¿No se trataba de eso?

-Sí, claro, pero...

El... El español es un idioma rico y basto y...

Y pleno de matices y de colores. Y no voy a hablar como un estibador

por recuperar a mi esposa. No. Me niego.

-A ver, tampoco vamos a pasar de repente al:

"Eh, que vo por lo pan".

Pero tampoco ha de expresarse con tamaña corrección.

-Para palabros tengo bastante con los de mi Trini

y su paisana Lolita.

Liberto, hijo, no creo que mis tímpanos se acostumbren

a escuchar más coloquialismos. -Pruebe.

A ver, dígale un requiebro a su Trini.

Pero no la tenemos aquí.

Y era una sorpresa, ¿no?

-Bueno, pues úseme a mí, valga la expresión.

Venga, yo haré de su Trini.

Imagine que ella está acicalándose el pelo en el espejo.

Vamos, no estaré toda la vida haciendo el Lila.

-Sí, sí.

Ya... ya voy.

Esto...

Vamos a ver.

Eres tan linda

que las guedejas de tus prístinos cabellos

enredarían mis andares.

-Eso es, algo sencillito, eh.

Por el amor de Dios, ¿no puede ser un poco menos superferolítico?

-¿Y qué te digo?

Bu... Bueno, ¿qué lo digo a ella?

-No sé, algo así como:

"Apoyado en esos rizos dormiría yo

toda la noche".

-No, no, no. A mí eso me suena a cochinada.

-No es una co... Mire, mejor vamos a volver

a lo de la ropa. A ver.

(ANTOÑITO CARRASPEA)

¿Es amor lo que veo entre ustedes?

-No seas merluzo, hijo.

Liberto, que me está ayudando a introducirme en el siglo XX.

-Y con mucho esfuerzo, he de decirte. Oye, en cambio, tú...

-¿Yo?

¿Qué?

-Que tú vienes de los EE. UU.

Tierra nueva. -Verídico.

¿Y...? -Tus ropas son modernas y fetén.

Podrías dejarle algunas.

-El hábito no hace

al monje. -Mejor, don Ramón.

Que parezcas un monje tratamos de evitar.

-Ni en sueños se pondría mi ropa.

Él gusta más de plastrones y de puñetas.

No... No se ofenda.

-Me ofendo, me ofendo.

Antoñito, hijo, como padre tuyo que soy,

te ordeno que vayas ahora mismo a tu guardarropa

y me traigas las prendas más modernas.

-Ni por todo el oro le ayudo a hacer el ridículo.

Le aconsejo que se lo piense.

-Lo que me estoy pensando es desheredarte.

-Ea, pues no se hable más. Le voy a dejar hecho un maniquí.

Por todos los santos del cielo, hija, me tienes en un ay.

Qué impaciencia. Suéltame.

Perdón, hija. Pero es que no me llega la camisa al cuerpo.

¿Qué has hecho con Úrsula? ¿Me ves con ganas de charlar?

No me hables con tal desaire, que me juego la honra por ti.

Tenemos que ser rápidas.

Ya te contaré lo que tienes que saber.

Cuanto menos sepas, mejor.

Lo hago por protegerte.

¿Lo entiendes?

¿Y qué hacemos ahora? Primero, separarnos.

No han de vernos aquí.

¿No vuelves conmigo a casa? ¿Estás loca?

No.

Me tengo que esconder hasta que todo pase.

No voy a volver a enfrentarme a todos los vecinos

y a sus hocicos, y menos a Teresa.

Iré contigo. No.

Ni hablar.

A ver, tú tienes que volver a tu vida

con calma y sosiego.

Y, sobre todo, no decir ni "mu" de lo que has visto.

Yo no voy a olvidar lo que estamos haciendo, Cayetana.

Esa aberración

ni es de cristianas

ni podemos dejarlo así, hija.

Madre, le voy a poner remedio.

¿De acuerdo?

Pero ahora,

tienes que volver al barrio sin aspavientos.

Charla con las vecinas, ve a por agua,

lo que suelas hacer durante el día.

Pero, sobre todo, no des señas

de andar con fatigas.

¿Lo entiendes?

Confía en mí.

Vamos, ve.

Vamos.

No puedo por menos que entenderte, Simón.

¿Te ha puesto al día Leonor

de mi visita al coronel? -Sí.

Y repito, entiendo tu rabia.

Yo muchas veces he sentido

que no he podido controlar mi temperamento.

Y me he metido en líos. -Le hubiera matado, Pablo.

Y no creo que hubiera sentido remordimiento.

-Por ventura la sangre no ha llegado al río.

Y tú, ahora, no eres un asesino.

Destrozando tu vida no se la devuelves a Elvira.

-No se la devolvería porque está viva.

-Simón, esa paliza que le has dado al coronel

le da argumentos para destruirte. -Ese malnacido ya me ha destruido.

Ha roto mi corazón y mi esperanza. -Pero piensa

en doña Susana.

Actúa con cordura.

Yo la conozco, ha sido mi patrona durante muchos años.

Se portó conmigo como lo hace contigo ahora.

Su severidad es con buen corazón.

-Lo sé.

Lo sé, Pablo, lo sé.

De hecho, vuelvo a la pensión.

No quiero comprometerla viviendo bajo su techo.

(Puerta)

¿Simón Gayarre? -Sí.

-Señor. -Comisario, buenas tardes.

-Buenas tardes.

-No tan buenas, me temo.

Señor Gayarre, vengo a detenerle por la agresión al coronel Valverde.

-Lo imaginaba.

Disponga.

-¿Pero esto es necesario?

-Lo siento.

-¿Qué sucede?

¿Pero qué está pasando aquí, en mi casa?

¿Dónde se llevan a este joven? -Doña Susana, no se apure.

-¿Cómo que no? Pida que suelten a este muchacho.

-Está detenido y usted sabe por qué.

-Por una pelea entre hombres. ¿Es motivo habitual de prisión?

Porque las calles de la ciudad

parecerían un gineceo si así fuera.

-Un brazo en cabestrillo, magulladuras y un informe médico

avalan la detención, no es una reyerta.

-No, claro que no.

Es una pelea entre un mayordomo y un militar

con influencias. -¿Dice que la ley no es igualitaria?

-Lo afirmo.

El coronel tiene muy buenos asideros.

Pero mi esposa, doña Leonor Hidalgo, también los tiene,

y no peores, en la prensa.

Mañana podrá leer en la primera página de "El adelantado" el caso.

"David contra Goliat" podría titularse, ¿no?

-¿Me amenaza con un escándalo? -Con narrar la verdad.

-Pablo, no te ensucies.

-Caballeros, eso es desmedido.

Comisario, se lo ruego, deje al muchacho confinado

en casa hasta el juicio.

Una celda fría y oscura es un castigo desmesurado,

sobre todo si no ha sido juzgado.

-Este hombre vive

en una pensión. El riesgo de fuga sería mayúsculo.

-No, señor.

Simón Gayarre vive en mi casa.

Y yo misma me hago responsable de todos sus actos.

Que me aspen si no es de pasmo que doña Cayetana esté por aquí.

-¿Qué, hablando sola como el Iluminado?

(RÍE)

-Pues una aún no aúlla, como el Tono.

-Gracias por darme el capricho de ir donde el cabrero, esa leche me pirra.

¿Qué tienes, paisana?

-Perdone, tengo que ir a ver a don Felipe.

Le tengo que contar algo con urgencia máxima.

A ver si le encuentro. -Hija, qué afanes.

Ve, ve.

Ay, que te gusta la nata, golosona.

-¿Qué haces aquí? A ver si vas a tener querencia.

-Mujer, menudo réspice que me has soltado.

Vengo a jugar. Cualquiera diría que no quieres verme.

-No te hagas el lelo, Benito. No, no me gusta.

Fuimos novios en Cabrahigo, rediez.

Y ahora campas como Pedro por su casa, valga la redundancia.

-Menudos palabros que has aprendido en la ciudad, chata.

Si a mí... -Los mamporros no los he olvidado.

Que corra el aire, eh. Le debo respeto a mi esposo.

-¿Hacemos algo que se lo falte? -No.

Pero te conozco como si te hubiera parido,

y quieres más que jugar.

-Mujer, jugar quiero, pero... -¿Lo ves?

La cabra tira para el monte.

Y yo sé lo que te tira a ti más que dos carretas.

-¿No será que no me quieres cerca

porque aún te hago tilín? -(RÍE IRÓNICA)

Ni en sueños, Benito.

Soy una mujer casada. Muy casada y felizmente casada.

-Me da que tanta afirmación... -¿Qué?

-Indica lo contrario. -Sí.

-Cuánto bueno por aquí.

Benito, campeón.

-¿Campeón?

-Vamos a echarnos

unas manitas a los naipes, ¿no, muchachote?

-Querido, ¿estás bien?

-¿Yo?

Formidable, fetén.

-Ya tenía ganas de vernos

las caras en el tapete.

Bienvenido a la partida.

-Pues vamos al lío, pollo.

¿Le ha llamado pollo?

Les prevengo que hoy llevo un día difícil.

Este barrio y la calle Acacias dan más trabajo que toda la ciudad.

Le hemos hecho llamar por causa de fuerza mayor.

Tenemos pruebas de que aquí ha estado viviendo alguien,

cuando, supuestamente, Cayetana había marchado lejos.

Y no de modo pacífico, a juzgar por las cuerdas y la sangre.

¿Por qué esconderse si no tuviera nada que ocultar?

Si fuera inocente, nada tendría que temer.

¿Y no piensan que la víctima de este entierro ha podido ser Cayetana,

que la sangre puede ser suya

y que las cuerdas atasen sus muñecas?

-Nones. Perdonen los señores y usía,

pero doña Cayetana está sana, salva

y danzando.

-¿Qué dices? -Lo que oyen.

Una venía por el parque y me la he topado. Yo la he visto

con estos ojitos. ¿Ve comisario?

Se lo estoy diciendo: algo oculta.

No caigamos en su celada, sea cual sea. Atrápela.

Interróguela.

¿A qué viene esta reunión en mi casa?

Bueno, ¿qué?

¿Un último anís?

-Sea.

-Voy a por otra.

Tengo ahí.

-¡Ay! -Ay, madre.

Querido, que enseñas el fondillo. -Le dije que le quedaba estrecho.

A ver cómo me hago con uno igual.

-No sé si ese pantalón no iba a causar

temor en público en Cabrahigo.

Que lo ve la Josefina... -Voy a...

Voy a cambiarme.

-"¿Y si vamos a la habitación y te cuento"

cómo son esas torturas? -Huy, huy. ¿Estás seguro?

No creo que un vikingo

fuera tan educado.

-Ah, no.

Un vikingo no tendría compasión. -Un vikingo me haría suya

aquí mismo, encima de la mesa. -¿Ah, sí?

-Y no una, sino dos, tres, cuatro veces.

"Un día".

Tiene un día para pagar por mis servicios.

De lo contrario, abandonaré el encargo.

Ahora, sitúese junto a su prometida.

Sonría, señorita.

Aunque sé que es difícil

ante la vida que la espera con él.

-"Espero que Susana no me haga probar el traje"

otra vez, que ya van tres. -¿Te lo harás en su casa?

-No sé por qué aquí y no en la sastrería,

pero bueno, sus motivos tendrá.

-Mira.

Un "Tratado de sastrería".

Aquí puedo mirar diferentes tipos de solapas

para hacerme un traje de lo más moderno.

¿Susana sería capaz de hacerlo?

-A Susana lo único que le importa es que le pagues.

La forma de la solapa le da igual.

Ya sabes lo que dicen:

"Si le das alpiste, canta el canario".

-Claro, solapas de seda.

Leí en una revista

que son lo último en Londres. -Pero, Ramón, que manía

te ha entrado con la moda, con lo bien que vas así,

a lo clásico, como siempre.

Mira lo que pasó ayer con el traje de tu hijo.

"¿Sabes algo de Simón?".

¿Qué va a pasar con él? -Pues no,

la verdad. Liberto se lo habrá dicho todo.

Doña Susana pidió al coronel que no le denunciara.

Y además, le pidió al comisario Méndez que en lugar

de llevarlo al calabozo, le dejara en casa.

-¿Y el comisario qué le dijo?

-No sé qué ha contestado. Igual acepta.

Están los calabozos que no cabe ni un alma.

-Te digo una cosa, y que Dios me perdone si ando herrada.

Pero yo creo que Susana anda encaprichada con ese joven.

-"Hijo mío,"

ya va siendo hora

de que olvides a esa joven.

Murió ahogada,

y eso no lo puede cambiar nadie.

-¿Ha visto el cadáver?

Mientras no lo vea, no lo creeré.

-Lo siento mucho, Simón.

Pero ese cadáver está en el fondo del mar

y tú no puedes ir a buscarlo.

Me estás haciendo sufrir.

Pienso que vas a perder tu cordura.

-No sufra.

No sufra.

El día que asuma que Elvira ha muerto, deberá empezar a sufrir.

-Si yo te pido una cosa,

¿la harías?

-Depende.

-He pensado en teñirte el pelo

de rubio. "Cayetana ha vuelto".

El comisario ha dado orden de redoblar esfuerzos

para buscar a Úrsula.

Cayetana lo ha convencido de que ella es la culpable.

¿Alguien no lo cree?

Yo.

Estoy seguro de que detrás del asesinato de Tirso está Cayetana.

¿Y qué importa? Nadie logrará incriminarla.

Yo lo haré.

Tú el que menos.

-"La que sabe algo es la señora Fabiana".

-Sabrá. Pero está más rara que un perro verde.

Como siempre que pasa algo con doña Cayetana.

Qué amor le tiene. -Pronto sabremos algo. Lo bueno

es que doña Cayetana no la tome con nosotros.

-Yo no me fío un pelo. Me pilló en su casa.

Y el Servando, las barbas a remojar.

-¡Ay!

Esperemos que no pase nada malo y que los guripas

pillen a doña Cayetana y a Úrsula. No sé de cuál me fío menos.

-A cada cual más escurridiza.

Si una es serpiente, la otra, anguila.

-Yo solo sé que en esa casa ha pasado algo, y nada bueno.

Mire ese vaso.

¡Huy!

Un vaso en el suelo. Se me ponen los pelos de punta.

Mire esa cuerda. Alguien ha sido atado.

Ese pañuelo de ahí

ha sido utilizado para amordazar a una persona.

Hay restos de comida. Los utensilios de la cocina están sucios.

Sí. Parece que los que estuvieron aquí se lo pasaron bien

y tuvieron hasta invitados.

-"Señor,"

perdóname.

Perdóname por no haber sabido proteger a mi hija.

Por abandonarla

a los pies de... De esa mala mujer.

Por no haber logrado

que olvidara su venganza.

Nunca debí dejarla sola con ella.

No debí permitir que la matara. Yo misma...

Yo misma lo tenía que haber hecho, pero no estuve a la altura.

He dejado que Úrsula

viviera.

¿Qué me dice de eso?

¿Qué es eso?

No sé.

Ya se lo digo yo: sangre.

Mucho me temo que sangre humana.

¿Quién ha muerto

o ha resultado herido en esta casa?

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  • Capítulo 532

Acacias 38 - Capítulo 532

07 jun 2017

Mauro descubre en la casa de Cayetana pruebas de que alguien ha estado secuestrado. Liberto evita que Simón siga agrediendo a Arturo. El coronel jura vengarse del mayordomo y lo denuncia. Susana decide interceder a favor de su hijo, pero Arturo desoye los ruegos de la sastra.

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  1. Maribel

    la verdad yo casi ni la veo ya ..me cansé de lo mísmo esa gaytana nunca la agarran ...a matado a medio mundo en la novela niños y todo...ya no me gusta va a terminar como seis hermana la que daba muerte tubo a lo ultimo la más tonta muerte y nunca confesó ....esta va igual que pena la vuelta que ha dado ...

    08 jun 2017
  2. La gringa

    Solucionado el misterio de las idas y venidas sin ser vista de la Cayetana. Tiene en el sotano un batimovil.

    08 jun 2017
  3. loli

    Teresa esta embarazada de Fernando

    08 jun 2017
  4. Leticia

    Coincido con Lulu. Yo hubiera pensado que no tuvieron oportunidad de intimar Teresa y Mauro ya que cuando ella se va con el a la pension es cuando Tirso murio y ella estaba tan deprimida que ni comia...yo estaba seguro y sigo pensandolo que el hijo es de Fernando ya que fue justo antes de la muerte de Tirso.

    08 jun 2017
  5. Lulu

    Hola. Me extraño cuando dijeron que Teresa estaba embarazada porque no ha tenido oportunidad con Mauro para quedarse embarazada no?( Lleva depre muchos capitulos),Si alguien piensa como yo , decirlo por favor a ver si voy a ser la rara!

    08 jun 2017
  6. marian del puerto

    BASTA CON LAS PAYASADAS DE TERESA, NUNCA VI PINTAR UN PERSONAJE COMO TAN IMBECIL, YA SE PASA DE TARADA, SE HA APROPIADO DE UN HIJO Q NI ERA SUYO Y NO ES PARA NADA CREIBLE, ENCIMA LA PONEN EMBARAZADA DEL Q ES SUPUESTAMENTE EL AMOR DE SU VIDA Y SE QUIERE MATAR, CAYETANA SACA CASI UN CADAVER Y NADIE LA VÈ EN TODO EL BARRIO, ES MUCHO, TOMAN AL PUBLICO DE TONTOS LOS GUIONISTAS?

    08 jun 2017
  7. Margarita

    Yo comencé a verla desde el principio. Me atrapó y continué viéndola con gusto hasta que desaparecieron Manuela y German. El trabajo de ella estaba algo flojo pero no era oara tanto. Después me enteré que son lis mismos autores de Puente Viejo y entendí de donde venia de sa trama tan discordante. Tuve el valir de seguir viéndola pensando inicentemente que mejoraría a lo kargo de la trama. Me he quedado decepcionada. Estoy de acuerdo con lis conentarios anteriores. Una policia inepta. Mauro el.peir policua jamas conocido...la novia de Mauro que ya hasta olvidé su nombre ...suempre enferma, o durmiendo . Nunca quiere comer. Es negativa oara todo..y siempre vive "arrimada".que lástima tan linda que es . Su perdonsje comenzó con buen pie. No se de que vive. No trabaja y siempre esta buen vestida y peinada. Ahora, la mantiene un.policia muerto de hambre que vive del aire porque no se le conoce ni oficio ni beneficio. Ese fulano colegio que inventaron es el colegio fantasma. El personaje de Tirso fue traido de los pelos.....todas las emvarazadas pierden a sus hijos.....los que hacen la serie pensaran que la audiencia es anormal. ..no pierdo más mi tiempo viendo esa serie. ....lo mismo hice con las seis hermanas. ..que fiasco .

    08 jun 2017
  8. Elena

    Peazo de aburrimiento,,, Dar fin a esto para que nos quede un bonito recuerdo de la serie Acacias 38 por que como sigáis así la aborrezeremos,, Teresa con lo bonita y agradable que eras, te están jorobandi los guionistas,, Si me queréis irsennnn!

    08 jun 2017
  9. Lupita

    Llevo dos años viendo esta serie y la han estirado tanto que parece chicle. Hay tantas incongruencias! Cómo sacar a Úrsula por la escalera de servicio y que nadie las viera. Ya no le agreguen más cosas y personajes y ya termínenla que Úrsula y Cayetana paguen por sus crímenes y que Teresa se deje de tanta payasada y retome su vida. Qué termine pronto, por favor.

    08 jun 2017
  10. Carmen

    Se cambia el nombre a Las Asesinas de Acacia 38, ofrece asesinatos de niños, esposos, amante, policías inútiles. Es una parodia. Malísima.

    08 jun 2017