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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 486 - ver ahora
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Leonor. Cariño.

¿Qué pasa?

¿Ya no soportas que te toque? -No.

No te soporto ni un simple roce.

Cada vez que me miras o me tocas,

me recuerdas al calvario que viví por tu culpa.

-Por mi culpa. -¡Sí!

-Leonor. -¡Que ni me mires!

"Teresa, deshaz esa maleta y quédate aquí conmigo".

Juntos lo resolveremos.

Que sea otro quien tenga que ir a recoger el premio del Patronato.

No quiero quedarme solo en esta casa.

No puedo hacerlo, Fernando.

La verdad es que nos vendrá bien poner distancia el uno del otro.

¿Qué encontraré en esta dirección?

No lo sé. Lo copié de un sobre que le encontré

a Úrsula, un sobre repleto de dinero.

Quiero que averigües qué relación hay entre Úrsula y ese sitio.

Aún no me has contado si tu plan de darle celos a Simón

con ese hombre amigo de tu padre, resultó efectivo.

Ese hombre es el pretendiente que mi padre ha buscado para mí.

¿Cómo?

Gracias al turco, he podido comprobar

que Simón me sigue amando. Pero de poco te va a servir.

Te equivocas.

Pretendo seguir alimentando la llama de sus celos.

Forzarle a que reaccione y se desprenda de su careta.

¿No te parece un paraje de lo más bello y bucólico?

Cualquier lugar en el que pueda estar a tu lado,

me parecerá el más hermoso de la Tierra.

Aún así, creo que arriesgamos demasiado.

No temas. El cochero es de confianza.

Además, yo soy la primera que no quiere que te expongas.

Aquí no corremos ningún riesgo.

¿Sería demasiado atrevimiento sellar este brindis dando a mi prometida

un casto beso?

-En absoluto, querido amigo. Proceda.

A fin de cuentas, no tardará en ser su esposa.

Creo que siente por mí algo más que estima.

No quiero hacerle daño a Teresa. Usted merece mucho más.

Y yo se lo voy a dar todo.

Buenos días.

No quería despertarte.

Buenos días.

Parece que no recordaras que he dormido aquí contigo.

Lo recuerdo a la perfección.

Será mejor que nos levantemos antes de que llegue el servicio.

Sí.

Vamos.

Fernando. Estoy desnuda.

Aunque ayer me vieras de todas las formas posibles,

sigo siendo una dama.

¿Me acercas la bata?

Date la vuelta.

Cayetana, lo de anoche...

Antes de que hables, lo de anoche fue un error.

Y no se va a volver a repetir.

Eso quería decirte.

No porque no lo desee.

No porque no lo disfrutara. No porque me arrepienta.

Sino porque no se puede repetir.

Teresa no lo merece.

Yo también disfruté. Pero tienes razón.

No debemos repetirlo.

Aunque me va a costar reprimirme.

Quizá tenga que alejarme de esta casa un tiempo.

¿Cómo vas a alejarte de tu casa?

No volveremos a repetirlo y así será.

¿Podremos evitarlo? Seguro.

No somos animales.

No, pero somos dos personas necesitadas de afecto,

de cariño.

De una caricia.

Dos personas que podemos dar mucho amor.

Yo se lo daré a Teresa. Es mi esposa.

Y tú encontrarás a otro hombre.

¿Ahí fuera habrá un hombre para mí? Lo dudo.

Los hombres me temen,

me llaman "doña Cayetana" y guardan distancia.

Como si fuera un monstruo.

Pocos hombres son tan valientes como para entregarse a mí.

Como tú.

Fernando.

No olvides el cariño que le tengo a Teresa.

Lo siento.

Por mucho sufrimiento que tengamos,

por muy solos que nos sintamos,

Teresa es como una hermana para mí, y eso es lo más sagrado

de este mundo.

No te dejes llevar por los impúdicos deseos.

No. No lo haré.

Será mejor que te marches

y dejes que me adecente.

Como ya te he dicho antes, sigo siendo una dama.

Aunque ayer me convirtieras

en una concubina. Sí.

Voy a vestirme. Perdóname, Cayetana.

Y le ruego

que volvamos a las formas educadas.

Que sigamos hablándonos de usted.

Teresa se extrañaría mucho si no lo hiciéramos.

Y no queremos que sospeche.

Le veo más tarde.

Bueno, pues habrá que volver.

Nos va a ver el cochero.

¿Qué puede pasar, que tenga envidia?

(RÍE)

Mauro, siempre voy a tener en mi corazón la noche que hemos pasado

en esta posada.

Prométeme que si estamos cerca, volveremos para recordarla.

Prometido, mi amor.

Para recordarla y para repetirla.

¿Volvemos a entrar y pedimos una habitación?

Vas a acabar conmigo.

¿Acaso no quieres volver a casa?

No, no quiero volver. Mi amor.

Cuanto antes regresemos, antes conseguiremos que todo acabe.

Y que llegue esa vida nueva para nosotros.

Esa vida que siempre nos merecimos.

¿Lo conseguiremos? Ni lo dudes.

De momento hay que lograr que nadie sepa que estoy vivo.

Solo así conseguiremos dar con la mujer que intentó matarme.

Con Elena Pérez Casas.

Solo así sabremos quién está detrás de ella.

Y por qué lo hizo.

Teresa, hay algo que no te he contado.

Mauro, no es eso de lo que dudo.

Sé que eres un buen policía y que la encontrarás

y conseguirás ponerla a la sombra.

¿Entonces? ¿De qué dudas?

Sigo siendo la esposa de Fernando.

Cuando te reencontré, pensé que todo cambiaría.

Que con este viaje empezaríamos una nueva vida.

Solo necesito unos días más. Lo tengo todo previsto y pensado.

Mauro, Fernando es mi esposo.

Y tiene derecho sobre mí.

He conseguido evitarlo, pero no sé si podré seguir haciéndolo.

En unos días todo estará resuelto, cariño.

Siempre me dices lo mismo, Mauro.

Es como si no te importara que se metiera en mi cama.

Que me tomara.

Eso ni lo digas.

Sufro cada vez que esa posibilidad pasa por mi cabeza.

Y sufrí cada noche después de tu boda,

pensando que él estaba contigo.

Nunca he dejado que me tocara.

Mauro, tú has sido el único hombre.

Y quiero seguir así.

Pues no sé si podré conseguirlo.

Espero que no decida tomarme a la fuerza,

porque poco podré hacer por evitarlo.

Si te hiciera daño, no me lo perdonaría jamás.

Vámonos.

Cuanto antes marchemos, antes sabremos si hemos alcanzado

nuestro destino con éxito.

Buenos días.

Nadie se ha levantado aún.

¿Hay café? -No.

Siéntate.

Tengo hambre.

-He dicho que te sientes.

¿Sabes qué es esto? -¿Una especie de látigo?

-Es una fusta. Se utiliza con los caballos.

¿Leonor te contó alguna vez que yo quería ser jinete?

-Sí, me contó lo de tu accidente.

(Latigazo)

A mí nunca me ha gustado utilizar la fusta con mis caballos.

Solo para marcarles el camino,

confirmar órdenes, pero nunca

para hacerles daño.

Pero la fusta puede hacerlo.

Y mucho. Si se sabe utilizar.

-¿Por qué me dices esto?

¿Me amenazas?

Esto es como todo:

si se utiliza con moderación, la fusta puede ser muy útil.

Si se utiliza de una forma irresponsable,

causa dolor.

Es como la verdad y la mentira.

Su utilidad depende de quien la use.

Toma.

Utilízala.

Más fuerte, no temas. Es muy flexible.

(Latigazo)

-Hay dueños de plantaciones en África que usan el látigo

contra sus esclavos.

¿Crees que ya no existen esclavos?

-Hace años que la esclavitud no está permitida.

-Hay tantas cosas que no están permitidas y se hacen...

Pero allí no usan fusta.

Allí usan un látigo de cuero. Con varias colas.

Cada una de ellas termina en un nudo endurecido.

-Yo nunca la utilizaría contra una mujer.

Contra nadie.

-En mi tierra, no muchos hombres piensan como tú.

Rara es la mujer que no ha probado el látigo.

-¿Fue eso lo que le pasó a Leonor en Fernando Poo?

-Lo hemos hablado. Yo no soy quién para decir nada.

-Pero es que Leonor está bloqueada. Es incapaz de hablar.

Necesita ayuda.

Tú tienes que contármelo todo para que yo pueda hacer algo por ella.

¿Un beso? ¿Te dio un beso?

Casto, no te vayas a creer.

Sí, aquí, en el salón. Delante de mi padre y de Simón.

Y Simón ¿qué hizo?

Rabiar, ¿qué otra cosa podía hacer?

Yo acababa de darle el "sí" a Burak, y el turco estaba en la gloria.

Mi padre, satisfecho y Simón, celoso a rabiar.

Elvira, estás jugando con fuego.

Tengo que hacer que reaccione. Sé tus motivos.

Lo que temo es que tus acciones se vuelvan en tu contra.

No me queda otro remedio que esperar a que Simón no consienta

que me lleven a Estambul.

¿Qué clase de hombre consiente que se lleven a la mujer que ama?

(Puerta que se abre)

Estambul tiene que ser una ciudad muy bonita.

¿Te imaginas a las dos paseando por sus calles?

Dicen que en el Gran Bazar venden hasta camellos.

Ah... -¿Hablando de Estambul?

Le contaba a María Luisa las ganas que tengo

de conocer Turquía.

Seguro que tiene que ser una ciudad maravillosa.

Aunque a mí, eso de que sean infieles...

-El señor Demir no es el Moro Muza, María Luisa.

No.

No lleva turbante.

Un respeto a tu futuro esposo, hija.

Me voy a la tertulia del casino militar.

Demir vendrá de visita a última hora de la mañana.

Sí, padre, eso me dijo.

Confío en él más que en ti,

así que supongo que no tengo que ponerte una carabina.

Compórtate con corrección.

No sé qué se cree que voy a hacer.

Pero si no se fía, dígale a Simón que pasee con nosotros.

De ti me espero cualquier cosa y ninguna buena.

Sí, le diré a Gayarre que te vigile con atención

y que no te quite el ojo de encima.

Volveré a la hora del almuerzo.

No sé por qué te molesta que tu padre no confíe en ti.

Te conoce a la perfección.

No me conoce, si se cree que me voy a casar con el turco.

Si mi padre fuera como el tuyo, no le llevaría la contraria.

El tuyo me da miedo.

Imagina que quisiera separarte de Víctor.

¿No estarías dispuesta a cualquier cosa?

A lo que fuera.

Pues yo estoy dispuesta a prometerme con el turco

y, hasta a hacer una locura para recuperar a Simón.

El peligro es que por querer recuperarlo, lo pierdas del todo.

Lo correré.

De momento, todo el barrio habla de Burak.

Difícil será que no se enteren que estáis prometidos.

Yo misma lo diré.

Me conviene que todo el mundo le conozca.

Hasta que le cojan cariño.

Es lo mejor para que todo salga como he previsto.

Dime,

¿trataban a Leonor como a una esclava?

¿La golpeaban?

-¿Sabes cómo consiguen trabajadores para las plantaciones?

Obligados.

Nadie quiere trabajar allí. Todos intentan huir.

-Es una colonia española, la esclavitud está prohibida.

-Hay tratantes españoles que llegan al continente.

A la zona del río Muni.

Van a los poblados, hablan con los jefes.

Les piden hombres y mujeres para trabajar.

Les amenazan con destruir el poblado si no consiguen lo que quieren.

Los jefes de las tribus deben aceptar.

Los trabajadores se desplazan a Fernando Poo

con un contrato de trabajo. -¿Así llegaste tú?

-De niña.

Tan pequeña, que ya no recuerdo la cara de los míos.

El sueldo es miserable.

Y existe la obligación de trabajar la finca que se te asigne

durante 10 años.

Después, si sobrevives,

eres libre.

En ese caso, firmas por más tiempo.

Así que, no se le puede llamar esclavitud.

Pero no es muy diferente.

Por lo menos,

los dueños de los esclavos cuidaban a los suyos.

Para no perder la inversión.

Ahora da igual que mueran.

-Pero eso es ilegal.

¿Qué pasa, que las autoridades no hacen nada?

-Son los primeros

que se aprovechan.

Todos los españoles que llegan a Guinea reciben varias hectáreas

de terreno fértil, y gratis.

Los blancos no las trabajan. Tenemos que hacerlo los africanos.

Todos los que trabajamos somos de allí.

Menos los que llegan de Europa. Sin documentos.

-¿Como Leonor?

-Esos son tratados como los demás.

Trabajo. Sin agua.

Sin comida. Malos tratos.

-Pobre Leonor, Dios.

-A veces, para las mujeres blancas, es mucho peor.

Los capataces se hartan de las negras.

Y les gusta la variedad.

-¿Quieres decir que...?

-Leonor ha llorado como todas.

Otras mujeres la han consolado.

Y ella ha consolado a muchas.

-Tengo que hablar con ella.

Tiene que saber que la entiendo.

Que la voy a ayudar a olvidar.

-Ella decidirá si quiere hacerlo contigo.

Ahora, si me perdonas, voy a tomar café.

Veo que tiene apetito.

Sí, siempre me lo produce las noches agitadas.

¿Y esta lo ha sido?

Úrsula, no es de buen tono hablar de esas cosas.

Y menos en la mesa.

Teniendo en cuenta que doña Teresa

se encuentra en Segovia recogiendo el premio para el Patronato,

la noche ha estado despejada.

Sin moros en la costa, como se dice vulgarmente.

Así es. Y su esposo se encontraba

tan falto de cariño, afecto y atención...

Me fascina su forma de sacarle partido a su belleza.

Nunca ha tenido remilgos.

Gracias, Úrsula. Me lo tomaré

como un cumplido.

Y no como que está insinuando que soy ligera de cascos.

No quería decir eso.

Solo que siempre ha podido usted conquistar

a todos los hombres que ha deseado.

Sí, pero muchos hombres que me han deseado a mí,

se han quedado con la miel en los labios.

Lo del té

es magnífico.

Tengo que reconocer que los ingleses han sabido sacar

mucho más partido a su imperio que nosotros.

Supongo que don Fernando ha caído como un ratón en la trampa.

Sin saber siquiera que estaba adentrándose en una celada

de la que no podrá salir nunca.

Úrsula, Fernando solo ha hecho lo que cualquier hombre habría hecho

en su situación.

Ahora solo falta que mi buena amiga Teresa regrese de ese viaje

y que los acontecimientos sigan su curso.

De acuerdo a sus planes.

Por descontado. Todo siempre sale mejor

si es fiel a un plan. Nunca si se produce la anarquía.

Todo está siendo tan fácil como había imaginado que sería.

Y así va a seguir.

Supongo que eso es lo que empujó hacia delante a los ingleses

con su imperio,

que tenían un plan. ¿Cuál era el nuestro?

¿Cogerles el oro y luego perderlos? Menuda insensatez.

¿Le ha prohibido hablar?

Sí, no me interesa lo que me pueda decir.

¿No va a abrirlo?

Nada es más importante que desayunar con usted.

Pese a lo cual, debo marcharme. He de pasarme por el colegio.

Hoy con más razón, puesto que Teresa no se encuentra aquí.

Le agradezco mucho su dedicación a nuestro proyecto, Úrsula.

Sabe que para mí es una prioridad. Con permiso.

"La policía me busca en el barrio de las Iglesias".

"Iré esta tarde a su casa por la puerta de servicio".

"Le sorprendería saber lo que he averiguado de Úrsula".

Ay, no, no, no, no, ¡no puedes ir con ese tocado!

-¿No es bonito?

-Sí, Celia, es bonito; es precioso.

Pero es que casi no se te ve el pelo.

-¿Y?

-¿Cómo que "y"? Celia, vendemos tintes.

Y tú misma lo has probado, así que todo el mundo tiene que ver

el color tan bonito que se te ha quedado.

-Ya, pero es que tocado es muy bonito, Trini.

-Celi.

Ramón.

Ven aquí.

Mira el tocado de Celia.

-Muy bonito.

-No me puedo creer que digas eso.

¿No se te ocurre nada mejor que decir?

-¿Es que no es bonito? -Sí.

Es precioso.

Pero mírala, casi no se le ve el pelo.

-Es cierto, casi no se le ve el pelo.

¿Está de moda que no se le vea?

-No, no es que esté de moda que no se le vea.

¿Nadie piensa lo que vamos a hacer? Vamos a vender tintes.

¿Y qué mejor manera de mostrar el producto,

que en el cabello de la promotora del negocio?

-Ahora entiendo.

Yo me reúno con los clientes de las cafeteras tomando un café

y Celia tiene que enseñar el pelo.

-Está bien, Trini, me has convencido. Voy a cambiarme el tocado.

-Te acompaño y escogemos uno.

Voy a por el mío a la alcoba. -Vale.

Felipe.

Qué alegría verte.

-Lo mismo digo.

-Siento no poder quedarme a tomar un café contigo,

pero Trini y yo tenemos una reunión muy importante.

Tan importante, como que es con las peluqueras

con más establecimientos de España.

Si nos vende los tintes, va a ser un éxito.

-Mucha suerte entonces.

-Ha sido un placer.

Trini, ¿nos vamos?

-Sí.

A más ver, don Felipe.

-A más ver.

-Felipe. -Don Ramón.

-Me disponía a tomar un café. ¿Me acompaña?

-Si no es molestia.

-Eso nunca. Usted es uno más de esta casa.

-Veo que lo de los tintes va en serio y viento en popa.

Me agrada ver a Celia tan entusiasta.

-Y a mí ver a mi Trini. Está en todo.

Las dos forman un gran equipo.

Muy pronto van a ganar más dinero que nosotros.

-Las mujeres cada día están ocupando puestos que les parecían vetados.

Dentro de unos años no nos van a necesitar.

-Y es bueno que así sea, que compartamos igualdad

entre los hombres y las mujeres. Siempre dentro de un orden, claro.

¿Café?

-Por favor.

Coincido con usted en que es bueno.

Pero nos costará adaptarnos.

Es duro no ser el rey de la casa.

Según los evolucionistas ingleses,

solo sobrevivirán

los que sean capaces de adaptarse a los cambios.

-¿Quién sabe si no soy yo de los que se queda en el camino?

-Esperemos que no.

Ya sabe que puede contar con mi apoyo, con mi consejo

y mi atención cuando necesite desahogarse.

-Se lo agradezco, don Ramón.

Le tomaré la palabra.

La verdad es que está siendo duro. No estaba preparado

para esto.

Me porté mal. Aunque no fuera mi culpa,

sé que lo que hice estuvo mal.

¿Cómo se me ocurrió hacer el mono?

-Martín, eres más pesado que un gorrino en brazos.

Olvídalo ya, hombre. -Pero ¿viste la cara que puso Habiba?

Y con razón.

A ti no te gustaría estar en medio del África

y que alguien imitara a un español. -¿Cómo se imita a un español?

-Pues yo qué sé.

Dando pases de pecho, morlaco.

No es momento de pensar en eso, sino en pedir perdón a Habiba.

-No sabemos cómo se pide perdón en su país.

Lo mismo tienes que matar a un león.

-¿Ves? Ese es el problema, que somos prejuiciosos.

-¿Qué quiere decir?

-Quiere decir que tenemos una idea metida en la cabeza

y no nos la sacan ni a tiros.

¿Cómo sabemos que no es gente cabal y sensible?

-No lo parece. -Pues eso, que eres una prejuiciosa.

-Que no me llames prejuiciosa. Y deja ya de darle vueltas al magín,

que vas a terminar más mareado, que un pollino.

Yo te digo que no creo que le molestara.

Son imaginaciones tuyas.

Mira, mira, por ahí va Habiba. Yo le voy a pedir disculpas.

Habiba. Habiba.

Me gustaría pedirle perdón por lo de ayer.

-No hay que pedir perdón cuando no se ofende.

No ofendas y te lo ahorras.

-Pues eso le quería decir, que mi intención no era ofender.

-La culpa fue de los demás.

Bueno, mía. De mis celos y todo eso.

Una majadería.

-Yo vi lo que vi.

A tu marido dando saltos como un orangután.

No me esperaba eso de él.

Creí que estaba hecho de otra pasta.

-Y por eso le quería pedir disculpas,

para que vea que no había maldad. No la quería afrentar.

-No es que yo me escarnezca,

es que aquí no me veis como persona.

Peor para vosotros que lo soy.

Así que, disculpas aceptadas y se acabó.

No me interesa tu amistad.

Adiós.

¿Ves como se había enfadado?

-"Pa" chasco que sí.

Y lo peor es que a lo mejor tiene razón.

Tenemos que hacer algo para que se le pase el enfado.

-Sí, pero ¿el qué?

-Pues no sé. Dame tiempo a que se me ocurra algo.

Está claro que hay que hacer que sea la mejor amiga de todo el barrio.

Venga, vamos.

Pues ¿qué queréis que os diga?

A mí me parece que Celita está más feliz que nunca.

-Pues no es de Dios estar feliz tras una separación,

que bien que juró ante Dios que se casaba para toda la vida.

Es el devenir de los tiempos.

Relaciones de quita y pon. -No sea antigua, doña Susana.

Hasta la iglesia comprende y admite que haya matrimonios

que no funcionan.

-Así va el mundo.

Y así va la Santa Madre Iglesia, como un caballo desbocado.

¿Tú te casarías para descasarte después?

-Dios me libre.

Yo me caso cuando me case, hasta que la muerte nos separe.

O ni eso.

Con panteón familiar para estar juntos después.

-(RÍE) Muy bien, como debe ser.

Pero a veces, el hombre propone y Dios dispone.

-No me hables tú que yo...

Eso de las segundas nupcias no lo veo ni medio bien.

-Vaya, es mi turno. Pues no tienes razón, Susana.

Aquí lo importante es que se ve que Celia y don Felipe lo asumen,

y hasta se llevan bien. -Pues eso es pecado.

Y que no aleguen que el matrimonio no está consumado,

porque lo deben tener hasta gastado, porque menudo pieza es don Felipe.

-¿Os habéis callado al vernos llegar?

Así que debíamos ser nosotras las criticadas.

Y como Trini no ha dado qué hablar, debo ser yo la agraciada.

-¿Criticaros nosotras?, qué va.

Antes, que nos muerda la lengua un tigre.

-Uy, pues porque no los hay cerca, si no se pondría morado el felino.

-No, si me da igual.

Que hablen, que hablen.

Pues no estoy yo contenta con mis tintes.

No sabía que me lo iba a pasar tan bien con mi negocio.

-¿Han conseguido el contrato para los tintes?

-Creemos que sí.

Todavía tienen que estudiar la oferta que les hemos hecho, pero...

-Con suerte, tintes Albora va a estar

en la cabeza de las españolas.

Ay, Trini, apunta esa frase que es buena para la propaganda.

"Tintes Albora, en la cabeza de las españolas".

-Yo he trabajado siempre fuera de casa y te digo, Celita:

a más libertad, más tentaciones.

Ahora es cuando tienes que andarte con más ojo.

-Susana, ¿no me digas que tú has tenido tentaciones alguna vez?

Cuenta, que sepamos cuáles son las tretas del diablo

para enseñar el rabo. -Mirad ahí.

Simón.

Aunque mi padre te haya dicho que nos vigiles,

no hace falta que seas muy estricto.

El señor Demir y yo podemos quedarnos un rato a solas.

Ya sabes que los novios se entretienen con cualquier cosa.

No seas traviesa, Elvira. Simón cumple con su obligación.

No me perdonaría que tu virtud quedara en entredicho.

Mira. Están las vecinas mirándonos.

Se mueren de ganas de conocerte, Demir.

Vayamos a saludar.

Leonor.

-Pensé que estaba sola en casa.

-Quería hablar contigo. Te estaba esperando.

-Pues me tengo que marchar.

-Habiba me lo ha contado todo.

-¿Todo?

-El trato de los capataces, el hambre.

El látigo con varias colas.

-¿Y qué más?

-Insinuó que tuviste que sufrir abusos.

-¿Y qué más?

-¿Te parece poco?

Cariño, tuviste que sufrir mucho.

-Ya te lo dije el día que llegué.

Fue muy duro.

Y yo solo quiero olvidarlo y tú no haces otra cosa

que repetirlo.

-Mira, cariño, te pido perdón por haberte presionado.

Sé que has tenido que vivir un auténtico suplicio.

Sé que lo último que debía hacer era exigirte nada.

Sé que debo respetar tus tiempos.

-Gracias. Me voy.

-Cariño. Déjame.

-Cariño. -Pablo.

Basta. ¡Basta!

¡Basta! ¿No acabas de decir que vas a respetar mis tiempos?

¿Puedes parar de imponerme tu presencia?

¿De tocarme?

-Yo solo quería expresarte mi cariño.

-Es que, yo no quiero tu cariño.

No quiero tu comprensión. No quiero que interrogues a Habiba.

Yo solo quiero olvidar lo que ha pasado, ¿lo entiendes?

Es que no sé cuántas veces voy a tener que repetírtelo.

¡Y tú no paras de recordármelo

a cada minuto!

-Perdón. -Basta.

Pablo, basta ya.

Buenos días. Buenos días, Elvira y compañía.

-¿No nos vas a presentar a tu apuesto acompañante?

Claro que sí. A eso me acerco a ustedes.

Les presento a mi prometido. El señor Burak Demir.

-Ah.

¿Tu prometido? Ah, pues enhorabuena, Elvirita.

-O mucho me equivoco o ese nombre y apellido

no son de nuestras tierras.

-Turco, mis apreciadas señoras.

Súbdito del glorioso imperio otomano. -Infiel.

-Habla usted muy bien castellano.

-Muchas gracias.

Siempre he tenido negocios en este maravilloso país.

Incluso corre por mis venas

sangre española. -Ah.

Mi prometido se dedica a la construcción.

Ahora mismo está trabajando en el que será el símbolo

de la nueva Turquía: la Torre del Reloj.

En Esmirna. -Qué interesante.

-Ha sido un encargo del sultán Abd al-Hamid,

al que estaré eternamente agradecido.

La obra estará coronada por un reloj

donado por el káiser Guillermo II.

En mi país

es el mayor honor posible.

Tanto como el haber conocido a la bellísima Elvira Valverde.

-Elvirita, tu padre estará muy entristecido.

Parece que pronto te va a perder. -En absoluto.

Mis deseos son quedarme en España, junto a la que pronto será mi esposa.

No sin antes conocer mi país y mi familia, claro.

Me muero de ganas de conocer Turquía.

-Claro, hija. -En ese caso, todo es felicidad.

Me alegro de que al fin don Arturo haya conseguido relacionarte

con un hombre de tu gusto.

Sí. Un hombre de verdad.

Dispuesto a luchar por lo que quiere.

No hay tantos así.

-Si me perdonan los señores, ya que están aquí de tan amable tertulia,

aprovecharía para hacer un recado.

-Claro, Gayarre, vaya.

No tardes.

-Ilústrenos sobre esa torre.

-Por supuesto. -Me parece algo fascinante.

-Les mostraré unas postales sobre las obras.

¿Una brújula?

Sí. Es para Tirso.

Mañana tiene excursión con el colegio.

Es un buen regalo.

Y una buena enseñanza para un chico de su edad.

Uno siempre tiene que estar en su sitio.

No sirve para encontrar tu sitio, solo para saber dónde estás.

¿Me la deja? Claro.

Creo que es la primera vez que tengo una en mis manos.

No sé usarla.

Es sencillo. Siempre señala dónde está el norte.

¿Y si se quiere ir al sur?

Caminas en sentido contrario.

Claro. Ingenioso.

Un día podríamos ir al campo y me enseña usted a utilizarla.

Podríamos hacer eso que dicen los ingleses que es un picnic,

que es solo como una merienda en el suelo.

Se lo diremos a Teresa.

Sí. Claro.

Aguarde.

Seguro que a Tirso le gustará más el regalo si va bien envuelto.

Gracias.

Todo es siempre más atractivo si va en el envoltorio adecuado.

A veces lo más interesante de un regalo es,

rasgar el papel que lo envuelve.

O un vestido.

La ropa es nuestra manera de hacernos atractivos.

¿Y hay que rasgarla?

No siempre.

Si no, menudo presupuesto.

Haríamos rica a Susana.

(Llaman)

Será Teresa. Es posible.

Pero no hace falta que vaya usted. Irá Edicta.

Se nota que le ha echado de menos.

Ni que no le hubiéramos tratado bien en su ausencia.

Recuerde que hay detalles que es mejor que ella no sepa.

Soy el primer interesado

en que eso no suceda.

Teresa. ¿Qué tal ha ido el viaje?

Muy bien.

Agradecí el premio en tu nombre.

Gracias. Seguro que diste un discurso muy bonito.

Es el primer premio que nos dan, casi me emociono al recibirlo.

Somos un buen equipo.

Tú nos has representado fuera de casa,

y yo me he ocupado a la perfección de Tirso y de tu marido.

¿Verdad que sí, Fernando?

¿O tiene usted alguna queja?

No.

Todo lo contrario.

Mira lo que he comprado para Tirso. Mañana tiene una excursión.

Una brújula, qué buena idea.

Voy ahora a recogerle al colegio y se la daré.

¿Quieres acompañarme?

Lo siento, pero estoy algo cansada del viaje.

Iré a deshacer el equipaje y a descansar un rato.

Permiso.

Si Teresa no quiere ir al picnic

quizá podamos ir a solas usted y yo.

Y ver dónde nos lleva esa brújula.

Así brillan como brillan los zapatos del coronel.

Menuda trabajera.

-¿Tú no se los lustrabas a don Felipe?

-Pues no. Iba a un limpiabotas en el café.

-Una de las labores de un mayordomo es hacer que su señor

vaya con unos zapatos tan limpios, que pueda mirarse en ellos.

-Y otra de sus obligaciones...

es quitar esa cara de mustio. Toma.

Que te pareces a mi tío Cosme.

-¿Quién es ese?

Pues es un tío mío de Cabrahígo que, a parte de tener mulas,

enviudó tres veces.

Y el alcalde le prohibió volverse a casar, claro.

-Pero ¿cómo?

¿Las mataba?

-Quita. Se le morían de repente.

Una se le cayó de un burro para atrás.

A la otra, le dio un rayo.

Y a la tercera la atropelló un gorrino.

-Pobre mujer.

-Pues para que veas que los hay peores que tú.

¿Y de qué le sirvió al gorrino?

Pues de nada de nada.

Le mataron igual, y buenos chorizos dio.

Y el Cosme se los jalaba diciendo

que así se acordaba de su difunta esposa.

-(RÍE)

-¿Ves? Sonriendo

estás más guapo.

-Pues malditas las ganas que tengo yo de estar más guapo, Lolita.

Tú no sabes lo que es ver a Elvira con ese hombre.

Riéndole las gracias, sonriéndole todo el rato.

Le habla al oído y le toma de la mano.

Hasta se besaron delante de don Arturo.

-Pero ¿un beso de verdad de la buena?

-No. No, solo en las mejillas.

-Ah. Ya me parecía.

Que se podía haber armado una zarabanda de órdago.

-Pues casi lo habría preferido.

¿Sabes qué les ha dicho a las vecinas?

Les ha dicho que por fin ha conocido a un hombre de verdad.

Y me ha mirado de reojillo antes de hablar.

-Qué retorcida.

-Me ha costado muchísimo que no se me notara la desazón.

-Y digo yo...

¿no lo estará haciendo la moza para causar tus celos?

-Imposible.

-Mira que las mujeres

somos muy arteras.

Bueno, yo no; las demás.

-No. No, no, no. No, Lolita.

¿Qué interés podría tener?

-Tú le quieres, y ella lo sabe. Y de tonta no tiene nada.

Que sabe que sois de clases sociales distintas

y, que todo se vuelve en contra vuestra.

-Bueno, pues por eso ha aceptado al turco.

-Tú la conoces mejor que yo, Simón.

Pero puede ser una cosa o la contraria.

-No lo sé, Lolita.

Sea lo que sea, algo tengo que hacer.

No puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo destroza su vida.

Y de paso, la mía.

¡Qué alegría veros por aquí!

He encontrado al Pablico por la calle

y le he invitado a subir conmigo. Espero que no te moleste.

-Pues claro que no.

Pablo, hace mucho que no se te ve por el barrio.

No me digas que estás todo el día encerrado en casa.

-Últimamente no me apetece salir mucho.

-Lo que necesitas es pasar más tiempo con tus amigos.

Te voy a poner un jerez. ¿Tú qué quieres, mi vida?

-Nada, cariño.

Nos morimos de ganas por que nos cuentes

cómo fue la cena sorpresa con Leonor.

¿Se derritió con tu declaración de amor?

-Bueno, fue bien. Fue bien.

No tan bien como yo esperaba, pero vamos, que no me puedo quejar.

-Bueno, poco a poco.

-Toma. -Gracias.

-Les volveremos a ver juntos.

Oye, podríamos organizar para ir un día al teatro, ¿no?

En el de la Comedia están poniendo una obra

que te descacharras de la risa, de los Álvarez-Quintero.

"Las flores", se llama.

-Leonor no sale mucho.

Apenas va a la iglesia con Habiba y poco más.

-¿Y ha vuelto a escribir? -No, pero espero que lo haga pronto.

-Me encantan sus historias de amores imposibles.

-Te gustan porque siempre acaban bien.

- Sí. ¿A quién le gustan las historias que acaban mal?

Yo solo quiero alegrías.

En los libros y en casa.

-Bueno, lo importante es que Leonor va a volver a ser quien era.

Se reintegrará en Acacias y, con suerte, volverá a escribir.

-Ya sé.

Tiene que escribir una novela con todo lo que le ocurrió en la huida.

Ya imagino el final con vuestro reencuentro:

éxito seguro. -Ni se te ocurra mencionárselo,

María Luisa.

La vida no es una novela y mejor nos iría si olvidamos

estos tiempos de zozobra.

Bueno, perdonadme que tengo que marcharme.

Gracias por el licor.

-Pablo, ¿te ha molestado algo?

-No, en absoluto. Nos vemos por el barrio.

No hace falta que me acompañéis.

-Qué raro.

-No sé yo si está tan bien con Leonor.

-Leonor necesita salir, divertirse, y no hablar solamente

con esa amiga suya.

¿Y si vamos a visitarla?

-Me da apuro.

No creo que le apetezca ver gente. -Pues yo creo que sí.

Leonor necesita vida social.

Y nosotros siempre hemos sido muy buenos amigos suyos.

Mañana vamos a verla.

(Llaman)

Pase.

No sabía si estaba.

Hace una hora que he llegado y ya me siento como un gato enjaulado.

Fue con Teresa a recoger ese premio, ¿no?

Tenga cuidado.

No puede permitir que le vean. Lo tenemos, Felipe.

Pero esta situación me está quemando ya la sangre.

Y yo aquí, encerrado, y Teresa en casa de Cayetana.

Con ella y con ese hombre.

Su marido. No es un hombre cualquiera.

Su marido por poco tiempo, espero.

No cometa locuras.

Tranquilo.

Ya he cometido muchas en mi vida. No quiero más.

Mejor tenerlo claro.

Tengo novedades de comisaría.

Dígame que han detenido a Elena Pérez Casas.

No. Todavía no. Pero no tardarán en hacerlo.

Al parecer, es una mujer lista. Y escurridiza.

Uno de los hombres de Méndez la ha localizado.

Sabe por qué barrio se mueve. Solo tiene que asomar la cabeza.

Pero ¿cómo van a esperar?

¿Y si sabe que la persiguen y desaparece?

Mauro, confíe en ellos. No puedo confiar, Felipe.

No puedo confiar en nadie.

Uno debe hacer lo que cree que debe hacer.

Dígame qué barrio es.

Me pienso meter hasta en el último agujero hasta encontrarla.

¿No dijo que no cometería locuras? Van a dar con ella.

Felipe, no... No me entiende, ¿no?

No me puedo quedar de brazos cruzados.

¿Sabe dónde está Teresa? En casa, con su marido.

Y no puedo sacarla de ahí, hasta que esa mujer no esté detenida.

Mauro, por favor, aguante. ¿Aguantar?

Aguantar, cuando ese hombre puede tomar a Teresa cuando quiera.

No puedo aguantar. Ni puedo aguantar

ni puedo tener paciencia.

¿Se imagina que lo mismo estuviera ocurriendo con Celia?

Dígame el barrio. Solo necesito eso.

Don Arturo. -Dígame, Gayarre.

-Quisiera hablar con usted.

Se trata de algo personal, no sé si es un buen momento.

-Sí, cuénteme.

Le he dicho muchas veces que cuando necesite cualquier cosa me lo diga,

así que déjese de miramientos y hable.

-Está bien.

Verá,

he decidido dejar mi puesto de mayordomo.

-¿Cómo?

Sé que es un problema para usted y sobre todo diciéndoselo así,

de repente, y... -¿Se trata de dinero?

¿Quiere ganar más? Porque si es así podría hablarse.

Incluso igualar lo que le pague, si tiene una oferta mejor.

No, señor, créame.

No es por dinero.

No me iría de aquí por un par de duros más.

-¿Alguna queja del trato recibido? -No, ninguna, señor.

Es tan solo que desearía regresar a mi tierra.

Echo de menos mi ciudad y mis amigos de toda la vida.

-Veo que no puedo hacer nada por impedirlo.

Solo espero que cambie de opinión y se lo piense mejor.

No le hagas caso a mi padre, Simón.

Quiere que tú cambies de opinión, pero él nunca lo hace.

¿Sabes lo que me acaba de comunicar Gayarre?

Pues no.

Que quiere abandonar el servicio de esta casa.

¿Qué?

No puedes hacer eso.

No seas insolente, Elvira. Claro que puede, es un hombre libre.

Solo espero que podamos convencerle de lo contrario,

pero no es el mejor momento para hacerlo.

Piénselo bien y hablaremos otra vez cuando estemos todos más tranquilos.

-Es una decisión firme, señor.

-Si lo consulta con la almohada y cambia de opinión,

olvidaré esta conversación.

En esta casa se le tiene afecto.

Medítelo.

-Gracias, señor.

(Llaman)

(Llaman)

Adelante.

¿Te encuentras mejor?

No. Ha debido ser algo en mal estado

que he comido en el viaje.

No te creo.

¿Qué?

No te creo cuando me dices que has sufrido una indisposición.

Creo que estás fingiendo. Solo quieres rehuirme.

Fernando, por favor. Soy tu marido.

Hablemos las cosas con total sinceridad.

Ahora no, por favor.

Si no quieres escucharme por las buenas,

tendré que obligarte a hacerlo.

Y quizá no sea a lo único que te obligue.

Recuerda que soy tu esposo.

"La policía me busca en el barrio de las Iglesias".

"Iré esta tarde a su casa, por la puerta de servicio".

"Le sorprendería saber lo que he averiguado de Úrsula".

¿Dónde estás, Elena, dónde te has metido?

Soy tu marido. No te obligué a casarte conmigo.

Te lo pedí y dijiste que sí. Y lo hiciste en total libertad.

¿Me estabas engañando?

Me prometiste que tendrías paciencia.

Pues se me ha agotado.

Siento que te estás riendo de mí.

No pienses eso. Yo te ayudé cuando Cayetana

estaba enferma y necesitabas sacar adelante el Patronato.

Intenté hacerte feliz.

Apoyé y aplaudí tu decisión de ayudar a Tirso.

Hasta te consolé cuando te dijeron que Mauro había muerto.

Suponía que era un momento difícil para ti.

¿Y qué he recibido a cambio?

Fernando, nada ha salido como yo quería.

Esto es lo que he recibido a cambio.

Desprecios y desplantes.

Ni un atisbo de cariño, ni un momento de amor

por parte de mi mujer.

Me siento estafado. No era mi intención.

¿Hay algo que no me hayas contado y me quieras contar?

No.

¿Es que te casaste conmigo para hacerme infeliz?

Porque es lo que está pasando. Lo soy.

Te conocí y me enamoré de ti. Te traté bien.

No finjas ser una buena persona.

Porque no lo eres.

Si me convenzo de que te casaste conmigo para hacerme infeliz,

intentaré devolverte todo el daño.

Sin compasión.

¿Qué hacemos, Teresa?

Fernando, si quieres repudiarme lo entenderé.

Podemos pedir a la iglesia que anule nuestro matrimonio.

¿Alegando qué?

¿Qué no lo hemos consumado?

Estoy seguro que no estoy dispuesto a permitir eso.

Que si es necesario, se consumará a la fuerza.

A partir de ahora,

te vas a comportar como una esposa.

Como una buena esposa.

Espero que lo hagas de buen grado y, no tengas que obligarme

a hacer algo que ni tú ni yo queremos.

El tiempo de los juegos se ha terminado.

Habiba. Te buscaba.

No quería volver a casa, mientras allí estuviera Pablo.

Me ha dicho que has hablado con él.

-Es que no para de insistir, de perseguirme.

De acosarme.

-¿Le has dicho que el capataz abusó de mí?

No tienes derecho. -Yo no le he dicho nada.

Otra cosa es lo que él haya entendido.

-Quedamos en que te quedarías calladita.

-Ya te he dicho que no he contado nada.

Solo lo que él quiere oír, que su mujercita ha sufrido mucho.

No te olvides de lo importante.

Que nuestros planes salgan bien.

Céntrate en lo que nos interesa,

en la reunión con el comprador de tu parte del yacimiento.

Le vas a decir que sí.

-De acuerdo.

-Lo fundamental es el dinero.

-Pero no quiero que Pablo sepa nada de Fernando Poo.

-No soy estúpida.

De lo verdaderamente comprometedor no le he dicho ni una palabra.

¿O es que quieres que lo haga?

-No.

Me alegra saber que Tirso les trae la alegría que todos necesitamos.

Ya nos veremos.

Estar aquí encerrado

me hace perder la perspectiva. Me impide razonar.

Mauro, no sea tan duro consigo mismo.

Por el momento, lo ha hecho bien. Elena está detenida.

Confío en la habilidad del comisario para hacerla cantar.

Dele tiempo.

Tiempo es lo que no tengo.

Lo que me extraña es que se haya dejado atrapar.

Elena no es una mujer que suela exponerse, y sabía que la buscaban.

La policía tiene sus artes.

Y ella habrá sido torpe.

Sí, puede ser que el mérito sea de la policía, pero...

también podría haber alguna otra razón.

-"Pablo".

¿Dónde está Leonor? Me gustaría verla.

-A ella también le haría ilusión

saludaros, pero no va a poder ser.

Es que, ayer por la tarde, mientras dábamos un paseo por Acacias,

tuvo convulsiones, palpitaciones, un vahído o algo así.

Total, que luego llegamos a casa y estaba agotada, la pobre mía.

Y presa de una terrible jaqueca. Y no se ha levantado, ¿verdad?

-He conseguido cerrar el trato.

Vaya, es una gran noticia. -No del todo.

Me ha puesto una condición.

-¿Podemos aceptarla?

-He tenido que transigir. Se trataba de aceptar o romper el trato.

Pero tendremos problemas.

-Dime de una vez de qué se trata.

-La otra parte exige tener la misma capacidad de decisión

sobre el yacimiento, que mi madre.

-Te deseamos lo mejor.

Aquí tendrás un techo si te vienen mal dadas.

Dios no lo quiera.

-Gracias, Fabiana.

Viniendo de usted, esas palabras tienen más valor si cabe.

Y gracias a todos.

Yo tampoco os voy a olvidar.

-¿Cuándo marchas?

-Lo estoy preparando para marchar mañana a primera hora.

-¿Tan pronto?

-Me voy de aquí sin saber por qué me abandonó.

Sin saber quién es mi padre.

Sin que me haya dedicado aunque fuera una conversación sincera.

¿Sabe qué le digo?

Míreme.

¡Míreme!

Hubiera preferido encontrarla muerta.

-"¿Eres nueva?".

-Estoy sustituyendo a una camarera, pero me gustaría quedarme por aquí.

-¿Has visto en el barrio algo que te guste?

-Los clientes son muy agradables y dan buenas propinas.

Es un buen sitio para trabajar.

¿Viene usted mucho a La Deliciosa?

-No tanto como me gustaría venir en un futuro.

-"Le hemos tratado con respeto y decoro".

"Nos debe usted lo mismo, al menos".

-Está bien, ¿qué quiere que haga, señor?

Elvira va a dar una fiesta para despedirse del vecindario

antes de su boda.

Y tendrá que organizarla usted. No puedo confiar en nadie más.

No. No, no. Insisto, señor.

No me es posible retrasar mi marcha. ¿Ni siquiera si te lo pido yo?

(Llaman)

Voy yo, seguramente sea Celia.

Hemos quedado para organizar las visitas

y para practicar el regateo, que se le da muy bien.

(RÍEN)

(SUSPIRA)

(LLORA)

  • Capítulo 486

Acacias 38 - Capítulo 486

30 mar 2017

Pablo obliga a Habiba a contarle la verdad sobre lo que sucedió con su esposa en Fernando Poo. Después de que Habiba le cuente las atrocidades de la vida en la isla, Pablo pide perdón a su esposa por haber dudado de ella. Casilda y Martín, arrepentidos de su comportamiento con Habiba, intentan integrarla en el barrio.

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