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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 381 - ver ahora
Transcripción completa

Sé que necesitas tiempo, Rosina, pero escúchame bien:

te esperaré el tiempo que sea menester.

Te quiero.

-¿Cuándo pensaban comunicarme que se marchaban a París?

-cuando nos hubiéramos decidido a hacerlo, hijo.

Antes quería consultarlo contigo. Si no quieres que vaya, no lo haré.

-Yo nunca le pediría nada que fuera en contra de su felicidad, madre.

Se merecen esta oportunidad que la vida les está brindando.

Yo envié estas cartas de amor a Teresa, pero esta...

Esta nunca salió de mi pluma.

Alguien la hizo pasar por mía,

y tiene algo impregnado, algo que ha manchado mis dedos.

Huele ácido.

Temo que hayan mojado el papel en veneno.

No montes más a lomos de ese caballo, te lo ruego.

He de hacerlo, Martín. ¿Por qué? ¿Qué quieres demostrar?

Que soy bien capaz, que valgo para esto, que soy un buen jinete,

que no soy un inválido inútil.

Y se lo quiero demostrar a todo el mundo y a mí mismo.

Solo he venido a decirle que voy a salir.

Tengo una cita que puede resultar de suma enjundia.

¿Una cita?

Así es, con el padre Fructuoso.

Mis últimas pesquisas me han llevado a la conclusión

de que la acusación es injusta, y por eso deseo retirarla.

Las pruebas que poseo de que la acusada fue quien mojó el tabaco

se basan en la suposición y conjetura de la parte demandante.

Cada vez estoy más seguro de que es inocente.

Humildad tuvo las cartas.

¿Impregnaba el veneno antes de hacérselas llegar a Teresa?

Eso me temo.

"¿Ha logrado que confesara?" "No se encontraba en casa,

pero la silla de ruedas, sí, ¿cómo pudo marcharse sin ella?"

"Sáqueme de aquí, no podemos perder ni un segundo".

"¡Vamos,comisario! ¡Inmediatamente!"

¡Auxilio!

¡Socorro!

¡Que alguien me ayude! -¡Cállese!

¿Por qué le hace venir aquí a confesar un crimen

que ninguno de los dos ha cometido? Para entretenerla.

Para sacarla de su casa. ¿Para sacarme de mi casa?

Arderé en el infierno.

¿No se da cuenta, Cayetana?

¡Humildad está a punto de matar a Teresa!

Hola, Teresa.

No eres real.

Sí que lo soy, querida, para tu desgracia.

Se lo ruego, Humildad, por favor, por caridad, no lo haga.

Por caridad lo hago.

No te resistas.

¿Callas al fin?

Mejor.

Me pones mala con tus gimoteos.

(SUSPIRA)

Qué ganas tengo de librarme de ti.

De tus ojos grandes

y tu mirada dulce.

Por fin se te apagará

esa maldita mirada de una vez.

¿Qué ha ocurrido?

¿Por qué muestras tanta resistencia?

Está bien.

Humildad.

¡La señorita Teresa, corra, señora, corra!

Un último pinchacito...

y morirás de una vez.

¡No!

¡Detente demonio, detente! (GRITA)

-¡Déjame!

Has llegado demasiado tarde.

Lo siento.

lo siento.

Ha sido el demonio el que actúa a través de mí.

¡Eres tú el demonio!

¡Teresa! ¡Teresa, lucha, por Dios!

¡Fabiana!

¿Qué ha ocurrido? ¿Está usted bien?

¡No, Teresa! ¡Teresa!

Que el Señor me perdone.

Yo no sabía lo que hacía.

Cállate.

Cállate, perra.

(Grito)

¡Por favor! Aguarde.

-¡Quieta, deténgase!

¡Ayúdeme!

Teresa.

Teresa, aguanta, estoy a tu lado.

Humildad, ¡respóndeme!

Teresa, ¡Teresa, no!

¡Guardias, ayúdenme!

¡Su corazón se para, demontres! ¿Qué hace ahí quieta?

¡Corra a por un médico! ¡Corra!

Teresa, no me abandones.

Teresa, no me dejes solo.

Uno, dos...

No voy a dejar que te marches, Teresa.

¡Teresa, no me dejes!

¡No me dejes, Teresa!

(LLORA)

Uno, dos.

(RESPIRA)

Teresa...

Teresa lo has hecho, lo has logrado.

Teresa...

Estoy aquí, Teresa.

Estoy aquí.

Respira.

Tranquila.

Tranquila, ya pasó.

Ya pasó, ya pasó...

Ya pasó.

Ya pasó.

Ya pasó, ya pasó.

Ya ha pasado todo, Teresa.

¿Aún no ha llegado? ¿Dónde está ese doctor?

Tranquila, señora, que no tardará en llegar.

Ya, pero es que Teresa no puede aguardar más.

Puede que sea demasiado tarde, y ella es la única culpable

Loca, embustera...

-Humildad, respóndeme.

Aguanta.

Usted, baje a la calle a esperar el carromato que hemos solicitado.

¡Aprémieles en cuanto lleguen!

Hay que trasladarla a un hospital.

¿Qué hace ahí parada como un pasmarote?

No podemos perder un segundo, esta mujer puede morir, ¡corra!

Le agradezco sus atenciones, señoría,

y que haya permitido celebrar la vista preliminar en mi casa.

-Guarde sus agradecimientos y pague mis atenciones respondiéndome a algo.

¿Qué acaba de ocurrir ahí adentro?

Explíqueme su proceder.

-Es fácil de entender.

Las pruebas que teníamos de que la acusada fue la culpable

no eran concluyentes.

-Eso ya lo he oído en su despacho.

Lo que me intriga es por qué ha sido usted el que lo ha revelado

dando así por perdido el juicio.

-La acusación era injusta.

Ya le he dicho que mi intención tan solo es que se haga justicia.

-Sí, y tanto antes como ahora no le creo.

Como abogado, debe velar por los intereses de su representado,

no debería ser menester que se lo recordara.

-Tan solo he actuado como me dictaba la conciencia.

-Dudo que su cliente tenga el mismo concepto de la justicia que usted.

Después de lo sucedido, la tabaquera tendrá que pagar hasta el último real

que su empleada le reclamaba como indemnización.

-Así es.

Tan solo espero que entiendan mi proceder.

-Le deseo buena suerte con eso, la va a precisar.

Le ruego que sea sincero conmigo.

¿Seguro que no hay ninguna razón oculta que explique su actuación?

No, no...

Nada más de lo que ya le he dicho.

-En ese caso, no merece la pena insistir más.

Cuídese, letrado.

Siempre le he tenido en alta consideración,

sentiría que lo sucedido significara el final de su carrera.

Agradecida, abogado.

Ahora tengo que irme, mi abogado me aguarda para ir a celebrarlo.

Ya hablaremos tú y yo.

-¡Auxilio! ¡Auxilio, Servando!

-¿Que le sucede, Fabiana? Tome asiento, mujer.

-¿Se puede saber a qué viene este alboroto?

¿Y Teresa?

Sigue estable.

Ha superado el paro cardiaco. Gracias a Dios.

Este mengue estuvo a punto de matarla.

Y todo gracias a la ayuda del padre Fructuoso.

¿Estás segura de eso? Sí, él mismo me lo confesó.

Le tenía comiendo de su mano, bajo la amenaza de sacar a la luz

el robo de unas reliquias. En el Santo Sepulcro.

Le pidió que me entretuviera

para llevar a a cabo su maquiavélico plan.

¿Y usted?

¿Usted no advirtió nada?

¿Ni siquiera que su esposa nunca ha estado inválida?

La ha estado envenenando.

Poco a poco, a su antojo, ¡en nuestras narices!

Nos engañó a todos.

Pues hemos puesto en juego la vida de Teresa por nuestra ingenuidad.

¿Sabe qué? Le juro por mi vida que va a pagar por todo lo que ha hecho.

Sí, pero Humildad no va a ser sola la que va a pagar por sus crímenes.

No necesitaba atacar con semejante saña

a una mujer que se había rendido.

¿Ahora me va a acusar de salvar la vida a Teresa?

Para eso no precisaba tratar de matar a Humildad.

Desde el pasillo la oímos cómo pedía clemencia.

Comisario, no es momento para discutir.

-Ya está todo preparado para llevar a doña Humildad al hospital.

-En tal caso, no nos demoremos.

Usted y yo, ya seguiremos hablando.

-Mauro, ¿qué ha pasado?

Fabiana estaba tan nerviosa que apenas me lo ha podido contar.

Ya habrá tiempo de que le ponga al día, Felipe.

Ahora, lo más urgente es llevar a Teresa a su casa.

¿A su casa? Sí.

No puede quedarse ni un instante más aquí.

Puede haber restos tóxicos en la habitación, ventile bien la casa.

¿No sería mejor llevarla a un hospital?

Eso lo decidirá el doctor. Lo hemos hecho llamar.

No aguardemos más, vamos.

Pobre Teresa, me parte el corazón verla así.

-Le preparo una palangana para enjuagarle un poco esos sudores.

-No, Lolita, ya Cayetana se ha quedado a su cuidado.

Mejor será que te retires, aguardaremos a que llegue el doctor.

-Lo que diga la señora.

-Mejor voy a la habitación, junto a Cayetana.

Dadnos aviso cuando llegue el doctor.

-Creo que necesitamos una copa.

Mauro, ahora que estamos solos, le pido que me cuente lo que pasó.

Al final resultó que Teresa tenía razón,

no era fruto de su mente enferma.

Humildad nos ha estado mintiendo a todos.

Entonces, ¿recuperó la movilidad de sus piernas?

Más bien creo que nunca la perdió.

Esa silla de ruedas fue su disfraz.

Amparada en su falsa incapacidad, me ha tenido atado y ciego

mientras envenenaba a Teresa.

Pero ¿cómo pudo administrar el veneno?

Empapando con él mis cartas de amor.

Qué perfidia.

Es increíble y asombroso que pudiese cometer tal locura ella sola.

No estaba sola, siempre contó con la ayuda del padre Fructuoso.

Lo tenía amenazado con contar el robo de las reliquias.

Mauro, le pido disculpas.

Me pidió que investigara el robo

y no supe relacionarlo con el mal de Teresa.

Es más, lo descarté por completo. No, Felipe.

Si hay algún culpable, ese soy yo.

¿Cómo pude no darme cuenta del juego de Humildad?

Todo este tiempo la tomé por un alma cándida,

sin percibir que..., que estaba perturbada.

Por unos pocos segundos no se salió con la suya.

Solo la aparición de Cayetana impidió que le inyectara

una segunda e irremediable inyección.

Por una vez, hay que alabar su actuación.

Estaba encendida, casi mata a Humildad a golpes.

Entienda que en semejante situación se dejara llevar por la furia.

Yo ya no sé qué pensar de nada, ni de nadie.

Solo espero que llegue ya el doctor Arana

y atienda a Teresa cuanto antes.

-"No, si ya sospeché yo algo"

cuando vi a doña Cayetana entrar en el portal

como alma que se lleva el diablo sin decir las buenas tardes siquiera.

-Pues sí que es raro, porque doña Cayetana puede ser bien siesa,

pero siempre guarda las formas. -Yo ya estaba "amoscao",

pero es que encima, después entró el inspector San Emeterio,

el comisario y más guardias. -¿Y qué pasó luego?

-Ruidos, golpes, allí se debió montar la de Dios es Cristo.

Fabiana gritando, y bajó golpeada por las escaleras,

y encima sacó fuerzas para pedir ayuda.

-De menuda pasta está hecha la señora Fabiana.

-¿Y qué le contó? -¿Que qué me contó?

Que la tal Humildad, estaba más "p'allá" que "p'acá".

Solicitó un carruaje para ir al hospital.

Según parece, intentó matar a la maestra.

-¿Será posible?

-Sí, sí, lo que está usted escuchando.

Que la tal Humildad, de ser una mosquita muerta,

pasó a ser una víbora.

Eso es lo que más me duele del asunto.

-¿Que se haya burlado de nuestra buena fe y nos haya engañado a todos?

-Que me haya tenido escaleras "p'arriba" y escaleras "p'abajo",

pudiéndose valer por sí misma, vamos, que tengo la espalda baldada.

-Lolita, ¿Se sabe algo nuevo de la señorita Teresa?

-Un momento, que todavía no he terminado de contar esto.

Todavía no os he contado

cómo conseguí el carruaje y avisé al médico.

-No, Servando, deje, que ya se ha dado usted demasiados aires, ¿no?

Además, sepa una cosa,

aunque nos haya puesto al corriente de lo sucedido, no estamos en paz,

que aquí todas seguimos bien molestas con usted.

Hala, cuenta Lola.

-Pues en casa de mis señores la tienen.

Pobrecilla, está más débil que un pajarillo.

Por lo visto la han envenenado, no me he podido enterar de "na" más.

-Dios santo, qué maldades. Que no ganamos para sofocos.

-Usted que lo diga, Paciencia, que aquí no hay seguridad alguna.

Mire no lo que ha pasado con la jofaina,

que nos la han robado en nuestras propias narices.

-Esa es otra.

¿Quién se la habrá podido llevar? -Pues vaya usted a saber, Paciencia.

Porque si Servando estuviera más atento de quién entra y quién sale,

estas cosas no pasarían.

-¿Os queréis callar, desagradecidas?

Se me ha ocurrido una idea para que no echéis de menos la jofaina.

-Miedo me da.

Conociéndole, nos dirá que nos lavemos en el pilón.

-De verdad, mujer de poca fe.

Te vas a tragar tus palabras, si no ya lo verás.

Disculpe mi visita, doña Celia, espero no haberla despertado.

-En absoluto, descuide, de hecho he pasado casi toda la noche en blanco.

-Ya ha llegado a mis oídos lo acontecido en casa de doña Cayetana.

Como comprenderá, no se habla de otra cosa en el barrio.

Tan solo esperaba que no fuera cierto.

-Por desgracia, en esta ocasión las habladurías no mienten.

-Oh, santo Dios, ¿y cómo se encuentra Teresa?

-Pues aún muy débil, pero mucho mejor.

Creo que podemos respirar tranquilas.

Su naturaleza ha superado esta prueba tan dura.

-Gracias a sus cuidados.

He de suponer que ha pasado la noche velándola.

-No he estado sola en tal tarea.

Cayetana y el agente San Emeterio, no se han separado de su lado.

Acaban de marcharse.

Ahora Teresa duerme tranquila y reponiéndose.

Dele recuerdos de mi parte cuando despierte.

La tengo en mis oraciones.

Doña Celia, sé que no es el momento con lo acontecido a Teresa,

pero no he subido solo a preguntar por ella.

Quería invitarles a que vinieran esta tarde a merendar a La Deliciosa.

Hay una nueva que Leandro y yo queremos compartir

con nuestros amigos y vecinos.

-Juliana, si la nueva es buena, mantenga la cita.

Bien sabe Dios que necesitamos una alegría.

-Para nosotros, sin duda, es una buena noticia.

Pero claro, estando así la pobre Teresa...

-No se haga cruces.

Le prometo que, si la salud de Teresa nos lo permite, no faltaremos.

-En ese caso, no la entretengo más.

Me voy a entregar el resto de las invitaciones.

Espero verla esta tarde. -Le acompaño.

-¿Qué quería Juliana?

-Pues quería invitarnos a una merienda en la chocolatería.

Ayer, con todo lo ocurrido, al final no llegué a preguntarte.

¿Cómo fue la reunión con el juez Márquez?

¿Y ese silencio?

¿Acaso no resultó como esperabas?

¿Ocurrió algo que te perjudicara de vistas al juicio?

-No va a haber ningún juicio, Celia.

He decidido retirar la acusación sobre la criada.

-Pero si parecías preparado y bien dispuesto a mostrar su culpabilidad.

-Las pruebas que tenía no se sostenían,

estábamos condenados a perder el juicio.

-Me extraña que te retiraras sin luchar, no es propio de ti.

-Lo primero que tengo que hacer es velar por mi cliente.

Que un obrero, encima una mujer, les ganase un contencioso público,

era muy perjudicial para ellos.

Por eso era mejor solucionarlo en privado.

A veces, una retirada a tiempo, es una victoria.

-No dudo de tu buen parecer.

Tan solo espero que los de la tabacalera opinen de igual modo.

-Pronto lo averiguaremos.

Esta tarde tengo una reunión con ellos.

Espero que me apoyen

y que entiendan que ese juicio era muy peligroso para ellos.

La achicoria enseguida estará lista.

-Se agradece, pero ni tiempo voy a tener de echarme "na" al gaznate.

Ya llego tarde donde mis señores.

-Si te levantases a tus horas, no tendrías tamañas urgencias.

-Si es que una no tiene la culpa de que se le peguen las sábanas.

No he pegado ojo con tanto sobresalto.

Por cierto, ¿a la Fabiana la ha visto?

La pobre debe de tener un disgusto encima, de muy señor mío.

-Pues nadie sabe de ella.

Llegó bien tarde y marchó con el alba.

-Esperemos que esté bien. -¿Y la jofaina?

Así no hay manera de terminar de acicalarse.

-Pues anda desaparecida desde ayer.

-Servando ha prometido que lo solucionará, pero no hay noticias.

-Ni las va a haber.

Como dependamos de Servando, ya podemos ir buscando otra jofaina.

-Pues sí que estamos bien.

En fin, no voy a dejar que eso me amargue tan buen día.

-Muy satisfecha te veo hoy.

¿Eso quiere decir que la reunión con el juez no te fue mal?

-Lo que fue es fetén. Ni siquiera va a haber juicio ya.

-Arrea.

¿Y eso?

-Tu señor no tenía pruebas contra una servidora y decidió retirarse.

-Mira que me extraña.

-Te extrañe o no, eso fue lo que ocurrió.

La tabacalera no va a tener otra que indemnizarme y darme lo mío.

-Pues me alegra oírlo.

-Agradecida, Guadalupe.

Por eso anoche llegué a las tantas, estuve de celebración con mi abogado.

En cuanto reciba el monís, haré una comida para todas ustedes.

-Don Felipe nunca pierde sus juicios. -Alguna vez tenía que ser la primera.

-Pues esperemos que no lo pague con una,

que debe de estar hecho un basilisco.

-Descuida, Lolita, que seguro que en nada te afecta.

(Campanilla)

-Me requieren mis patrones.

La vida continúa, sobre todo para las trabajadoras.

Señora, ¿pretende secuestrarme? Mire que soy duro de pelar.

-Ay, calla y sígueme.

-Pensé que no querías saber nada mas de mí.

-Sí, yo también lo pensé,

pero me he dado cuenta de que estaba equivocada.

Liberto, he pensado mucho en tus palabras de ayer,

en todo lo que me dijiste. -Salieron de mi corazón.

-Ahora lo sé, y me he dado cuenta de que he sido una boda.

-Eso también te lo podría haber dicho yo.

-Ay, calla, calla. Aguarda.

Que me cuesta mucho decirte lo que quiero decirte.

-Vale, vale, seré una estatua.

Muda y quieta.

-Quiero decirte que...,

que he sido una boba

por no creerte,

por negarme a lo que siento.

Y que te quiero

y que no pienso perderte.

-Acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo.

-Aun no he terminado, ¿eh?

Debemos ir despacio.

Hacer entender a los demás nuestro amor.

No podemos dar la campanada así como así.

Debemos ser cautos y no lla...

(RÍE)

¿Es que no has oído ni una sola palabra de lo que te he dicho?

-Tan solo que me amas tanto, como yo a ti.

-¡Ay!, lo que faltaba, mi hija.

¡Escóndete, escóndete!

-Madre, ¿Qué hace aquí?

-Estaba... pensando en tu padre.

-¿Sabe algo más del estado de Teresa?

-Del estado de Teresa... No, no, no.

Solo lo que se comentaba, que ya estaba mejor, ¿no?

-Qué horror lo sucedido.

Con razón dicen que la realidad supera la ficción.

-Sí.

-Ni en los folletines encontrarías semejante horror.

-Hija, a lo mejor ibas a hacer algo, por mí no te entretengas.

-¿Cómo, madre, no quiere chismorrear?

-No, es que lo que le ha ocurrido a Teresa me ha afectado mucho.

Justamente ahora iba a la iglesia en busca de algo de paz.

Acompáñame. -Madre, no se preocupe, ahora irá.

Por cierto, no se olvide de que estamos pendientes

de que la gestora el yacimiento

nos avise de cuándo va a mandar a su secretario para rendirnos cuentas.

-No me olvido.

¿Quieres decirme algo más o ya has acabado?

-Lo que quiero es que no tenga tanta prisa en perderme de vista.

¿Se puede saber qué le ocurre? Está usted muy rara.

-Sucede que está conmigo, Leonor, y no deseo esconderme más.

-Efectivamente, no ha oído nada de lo que le he dicho.

-Liberto, en serio que me sorprendes.

¿Es que no te queda atisbo de vergüenza?

¿Tanto te interesa el dinero de mi madre

que, como un perro de caza, no sueltas la presa

una vez la tienes cogida entre tus dientes?

-A mí lo que me sorprende es que des crédito a esas habladurías.

-Sabes que dispongo de buenas rentas, no busco la fortuna de Rosina.

-Ya, ¿Y entonces, qué buscas? -Su amor.

¿Te parece poca recompensa?

-Liberto, por favor, que no nací ayer.

Mi madre ya va para los 50 y tú no llegas a los 30.

No cuela. -50, 60, 40, 30...

Solo oigo cifras, Leonor, no sentimientos.

¿Tan extraño te parece que un hombre pueda considerar a tu madre

una mujer atractiva, interesante, llena de bondad,

digna de ser amada con locura?

Debería avergonzarte la poca consideración que le muestras.

Ya ni siquiera la crees capaz de hacer sentir amor,

de tener pleno derecho a enamorarse.

-¿Enamorarse?

¿De alguien como tú? -El amor es ciego.

No entiende de edades ni de clases sociales.

Y eso, tú más que nadie, deberías saberlo.

Pero estás demostrando ser tan pacata como aquellos que criticabas.

-No me voy a quedar aquí aguantando tus insultos.

-Entonces solo tienes dos opciones:

cambiar de actitud

o bien seguir camino.

-Madre, ¿es que no va a decir nada?

Ya veo.

-Hija...

No te preocupes.

Ya me encargaré yo de hacerla entrar en razones.

Aguarda un segundo, Leonor. -¿Para qué?

No hay nada más que hablar.

Ni siquiera le ha reprochado los insultos que me ha dirigido.

-No, no han sido insultos.

Han sido palabras hermosas a mis oídos.

-Porque está usted obnubilada.

La manipula a su antojo con sus requiebros,

utilizándola. -¡No es verdad!

Estás equivocada con su juicio.

Su amor es sincero, igual que el mío. ¿Qué ha ocurrido?

-Que mi madre no ha aprendido la lección,

y parece dispuesta a seguir haciendo el ridículo.

-No, aquí la única que se pone en evidencia

eres tú con tu estrechez de miras.

Yo amo a Liberto y estoy dispuesta a luchar por él.

Te guste, o no.

Veo que no ha renunciado a Liberto, ¿no?

-Acabo de descubrirlos en medio de la calle.

Nada parece detenerlos.

Cariño, quizá tengan una razón para su empeño.

Sí, que él no ha olvidado el capital de mi madre.

No, Leonor,

que se amen de verdad.

¿Tú también?

¿Acaso te has dejado convencer por sus palabras?

Escúchame, Leonor, una vez superada la sorpresa inicial,

el sobresalto que nos llevamos cuando los vimos aquí juntos,

he podido pensar con un poquito más de calma.

Y yo creí que tú también lo habías hecho.

No hay nada más que pensar. Leonor, deberías ser

un poquito más comprensiva con tu madre.

Entenderla. Sí, darle tu apoyo.

¿Y si hubiese sido tu madre?

¿Si te la hubieras encontrado en el salón desnuda

con un hombre mucho más joven que ella?

¿Actuarías como ahora esperas de mí?

Ahora voy a hacerte yo otra pregunta.

Si la que estaba junto a Liberto no hubiera sido tu madre, sino otra,

¿seguirías criticándola con tal virulencia

o, al contrario, la defenderías con uñas y dientes

ante todos?

Tú siempre has defendido

que las mujeres tienen el mismo derecho que los hombres a elegir,

que el amor no entiende de prejuicios.

Es que no es lo mismo, Pablo.

Cariño, tú y yo hemos vivido en nuestras carnes

la incomprensión

y, como es tu madre, parece que hayas olvidado

lo que siempre creíste.

Reflexiona.

Como puede escuchar, tengo mil razones

para que instalen el agua corriente en el altillo, don Ramón.

-Y la más importante de todas: dejar de oírte de una vez.

-¿Le he convencido? ¿Cree que es la opción más correcta?

-Lo que creo es que eres más pesado que una vaca en brazos.

-Perdone si he insistido un poco. -Un poco dice.

Pero si no dejas de torturarme.

Pero si solo falta que sueñe contigo pidiéndome la condenada agua.

Está bien, hablaré con don Felipe y el resto de vecinos, ya te contaré.

-¿Y le he comentado que las mujeres llegarán antes a sus quehaceres?

-Servando, márchate de aquí ahora o no respondo.

-Sí, sí.

-¿Ocurre algo con Servando?

-Mejor ni preguntes.

-Traemos noticias de lo que pasó anoche.

Se va a quedar patidifuso, qué horrores.

-Uno ya está curado de espanto.

Lo único importante es que Teresa se recupere cuanto antes.

Bueno, y hablando de todo un poco,

ha venido Juliana para dejarnos esta invitación a La Deliciosa.

-¿Una invitación?

Qué formal.

-No seremos los únicos, también el resto de vecinos irán.

Al parecer, tiene una noticia de enjundia que transmitirnos.

-¿Y qué será?

-Esperaba que tú nos lo pudieses contar, María Luisa.

-¿Yo?

-Ya veo que no he preguntado a la persona correcta.

¿Tú qué sabes, Trini?

-¿Yo? Saber, lo mismo que tú.

Pero me puedo imaginar la noticia.

No os voy a contar nada para no estropearos la sorpresa.

-¿Me han mandado llamar?

Ha sonado la campanilla. -Sí.

Yo te he mandado llamar, Huertas.

Quería saber cómo ha ido tu reunión con el juez.

-Gracias por su interés, señor.

No me puedo quejar, no habrá juicio.

La empresa va a indemnizarme.

-Repámpanos, pues eso sí que es una noticia.

Nos alegramos mucho.

-Y no solo por ti, esta situación estaba siendo incómoda para Felipe.

Espero que perder el pleito no le perjudique en exceso.

-Cariño, por Felipe no te preocupes.

Es como los gatos, siempre cae de pie.

(RÍEN)

Señora.

La ha traído Servando.

Es una invitación para merendar en La Deliciosa.

Doña Juliana quiere dar una noticia a todos los vecinos.

Ni tiempo ni ganas tengo para meriendas.

¿Te duele?

Quia, apenas.

Una tiene la mollera bien dura, señora.

Pero se agradece la preocupación.

Una es vieja y cualquier...

(Llaman a la puerta)

Abre, puede ser el doctor Arana.

Al fin, doctor.

Me disponía a salir en su busca.

-Disculpe, he venido en cuanto me ha sido posible.

Vengo de examinar a Teresa. ¿Cómo está?

Bien, pierda cuidado.

Poco a poco va superando lo sucedido.

Aunque en su cuerpo todavía quedan toxinas.

¿Se sabe el veneno que era? No.

Mientras lo averiguamos,

le proporcionamos un tratamiento paliativo

que, por cierto, funciona perfectamente.

Su ritmo cardiaco es ya normal y está estable.

-Gracias a Dios.

¿Sabe usted algo del estado de esa mujer, Humildad?

Mal, su estado es ya terminal.

La hemos trasladado del hospital a su casa

para esperar el triste desenlace.

En fin, no la entretengo más.

Le iré informando si hay alguna novedad.

Gracias, doctor.

Fabiana, acompáñale a la puerta.

(Puerta cerrándose)

Alegre esa cara, señora.

Ya ha pasado lo peor.

Eso me gustaría a mí, Fabiana.

Tengo una mezcla de sentimientos.

Por un lado, siento alivio por haber salvado la vida a Teresa.

¿Y por otro?

Por otro siento temor

por lo que me puedan hacer por golpear a Humildad

delante de la Policía.

Pierda cuidado, nada la va a ocurrir.

¿Quién va a ser tan ruin como para pedirle cuentas

después de haber salvado a la señorita Teresa?

Muy buenas, Casilda y compañía.

Precisamente vengo de casa de tus señores, de darles una invitación.

-Ya he oído de su misteriosa merienda.

Tiene a todos barruntándose qué nueva es que precisa tanto boato.

-Muy pronto saldrán de dudas.

En los próximos días pasaremos a comunicárosla al altillo.

Y, por supuesto, llevaremos chocolate.

-Arrea, entonces sí que va a ser bien bienvenida

Por eso no se apure.

-Pues hasta pronto.

Tanto misterio me escama.

Después de reconocer su estima en público

y también que su hijo es hijo del sastre,

¿con qué nos va a sorprender ahora? -Luego vendré a por el ramo.

Se me han quitado las ganas de flores.

-Ay...

Perdóneme, señora Guadalupe, le he espantado a la clientela.

Ya me lo decía mi padre, que en boca cerrada no entran moscas.

-Pierde cuidado, no ha sido culpa tuya.

¿Has visto a mi hijo? -Nones.

Llevo todo el día con compras y aún me quedan un montón.

Menos mal que me he agenciado un buen mozo por ayudante.

-Supongo que ahora bajará a La Deliciosa.

-Me alegra.

A ver si con las novedades mi Pablo se entretiene un poco.

Anda como obsesionado con la dichosa carrera.

-Motivos le sobran, señora Guadalupe.

Hasta yo estoy muy ilusionada.

¿Qué galas se va a poner usted?

-Ninguna.

-¿Ninguna?

¿Va a ir en cueros, como su madre la trajo al mundo?

-No, mastuerza.

No voy a ir.

Desde que Pablo tuvo el accidente, le he cogido miedo a los caballos.

-Es de entender.

Aunque ninguna culpa tienen ellos,

somos nosotros los que nos encaramamos en sus lomos.

-Casilda, ¿puedes con los capazos? Me tengo que marchar.

-¿Y esta urgencia que te entra ahora?

-Parece que te incomoda la conversación.

-Tontunas, es solo que tengo mucho que hacer.

-En fin, yo también voy a ir a seguir con lo mío.

-Aguarda un segundo.

Me gustaría ir a tu casa a llevar unas flores como detalle para Leonor.

-Bueno, ¿y qué se lo impide?

-Nada, que no quiero molestarles, preferiría que fuera una sorpresa.

¿Te importaría dejarme las llaves?

-Bueno.

Tenga.

-Agradecida, Casilda.

-Bueno, hasta luego.

Felipe querría haber asistido, pero tenía una reunión muy importante

y le ha resultado imposible.

Yo me he escapado aprovechando que Teresa está más tranquila.

Bueno, Juliana parece muy ilusionada.

-Pablo también tenía la intención de acudir,

pero se ha visto indispuesto en el último momento.

-Ellos se lo pierden.

Sea lo que sea lo que nos tiene que comunicar,

la reunión está siendo de lo más agradable.

-Celia, ¿Teresa sigue evolucionando bien?

-Así es, gracias a Dios.

-Nos alegramos mucho.

-Y no solo por ella.

Sabemos la alta estima que la profesa.

-No somos los únicos,

Cayetana no se ha separado de su lado.

Es por eso que no ha podido asistir.

Sigue muy afectada. -No es para menos.

Aún no me puedo creer que haya podido ocurrir algo así en nuestra casa.

-No sé por qué te sorprendes, María Luisa.

Últimamente en el barrio parece que pudiera suceder cualquier barbaridad.

-Mucho se hacen esperar tus padres, Víctor.

Tienen al barrio con el corazón en un puño.

Podrías adelantarme el motivo de tanto misterio.

-Mira, prefiero que lo hagan ellos.

-Queridos amigos, ruego disculpen nuestra demora.

-Descuide, Juliana, su hijo nos ha entretenido con sus dulces.

-Ahora llega el momento de bañarlo, don Ramón.

-Bueno, Juliana, pues ya estamos listos.

Por favor, no nos hagan esperar más.

-Antes de nada, permítannos que mostremos nuestra alegría

por la pronta recuperación de Teresa.

-En segundo lugar, agradecerles su presencia.

-Los agradecidos seremos nosotros

si nos sacan de dudas de una santa vez.

(RÍEN)

-Está bien.

Les hemos convocado aquí

por una sencilla razón.

Esta maravillosa mujer

ha cometido la locura de aceptarme.

Nos casamos. (GRITAN)

-¿Para cuándo, señores?

-La semana que viene.

-No la va usted a dejar escapar.

-No, ya lo hice una vez y no volveré a cometer ese error.

-Pero... ¿No es muy precipitado?

No dará tiempo a los preparativos.

-Doña Rosina, llevamos media vida esperando este momento.

Precipitado no es.

-Hemos adelantado la fecha porque...

Porque nos vamos a ir a vivir a París.

Y queríamos marchar ya casados.

-¿Nos dejan entonces?

-Bueno, eso parece.

Al menor por un tiempo.

A Leandro le han ofrecido una estupenda colocación allí.

Víctor se quedará a cargo de La Deliciosa.

-Pero no nos pongamos tristes por su marcha,

habrá que estar contentos por el feliz acontecimiento.

¿Brindamos por los novios?

-Vivan los novios.

(TODOS) Vivan los novios.

-Bueno...

Esperamos recibir visita en París. -A mí me encanta viajar.

-Claro que sí.

Y hay estupendos tocados. -Felipe.

Querido, llegas justo a tiempo.

Vamos. -Lo siento.

No tengo cuerpo ni ganas para celebraciones.

-Me alarmas.

¿Estás preocupado?

-Vengo de reunirme con la tabaquera para contarles lo sucedido.

-Ya lo sé.

¿Y bien?

-Celia, me han despedido.

Hijo...

Madre, no la oí llegar.

Casilda me dejó las llaves.

He venido a traer flores.

¿Por qué estás en casa y no en la chocolatería?

Tengo mucha tarea pendiente.

Tengo que organizar la carrera, ¿por qué?

Bueno, ¿no tenía que dejar las flores?

Sí, sí, ahora las coloco.

¿Cómo estás, amor?

¿Preocupado?

-No quería desasosegarte.

Te lo he contado porque creí que debías saberlo.

-Una mala nueva.

-Bueno, tampoco ha sido un cese de malos modos.

Digamos que mi cliente y yo no nos entendíamos

y hemos roto nuestra relación profesional.

-No entiendo cómo pueden ser tan obtusos.

Tú hiciste lo mejor, ayer me lo explicaste.

-A ti te lo conté con más convicción y éxito que a mis clientes.

Ellos solo aceptan machacar al contrario,

no una retirada táctica que dé más dividendos.

-¿Y qué va a ser de nosotros, Felipe?

Este era tu cliente más importante,

y otros querrán romper relaciones contigo

cuando sepan que la tabacalera no confía en ti.

-Cariño, no exageres las cosas.

Protestas porque nunca te cuento nada.

Cuando lo hago, lo sacas de quicio.

Como si estuviéramos a un paso de la indigencia.

-Ay, discúlpame, Felipe, soy de natural cobarde.

-Entonces deja que tu marido se ocupe de su trabajo

y del bienestar de su casa.

Aunque no lo creas, son buenas noticias.

-¿Cómo así?

-A un abogado no le conviene defender

a un cliente que tenga un sentido tan peculiar de la justicia,

como la tabaquera con la que acabo de romper relaciones.

En el mundo del derecho, aún existe cierta ética

y ven con buenos ojos defender causas justas.

-¿No lo dices por despreocuparme?

-No, cariño, no.

Tranquila.

Si algún día tienes que inquietarte por mi trabajo, te avisaré.

Tengo que archivar un cúmulo de documentos.

¿Me dejas solo, pro favor?

-Claro.

Ni por un momento pienses que no confío en ti, Felipe.

Para mí eres el mejor abogado de España.

-Cierra la puerta.

(GIME DOLORIDA)

(TOSE)

-Mauro.

No le escuché llegar.

Vengo del laboratorio.

Ya tenemos el informe preliminar del análisis del veneno.

Humildad...

¿Puedes leer?

¿Es este el veneno que utilizaste?

Voy a informar al doctor Arana

para que sepa a qué atenerse

y pueda aplicar el mejor tratamiento.

(SUSURRANDO) ¿Cómo se encuentra?

¿Cuál es su estado?

Está mal.

En el hospital me han informado

de que el golpe le ha producido un derrame.

No hay esperanza, Mauro.

Se muere sin remedio.

Por eso he permitido que la traigan a casa,

para que descanse aquí sus últimas horas.

Haga lo que crea conveniente.

En nada me atañe ya su destino.

¿No siente compasión por ella?

¿No va a permanecer a su lado?

Se lo ruego.

Espere hasta mi regreso.

Hágalo por humanidad.

De acuerdo.

Se lo agradezco.

-Mauro...

Siéntate...

a mi lado, por favor.

Será lo último que te pida.

Gracias.

Sé que voy a morir

y que no puedo pedirte...

ni merezco tu perdón,

pero...

debo hablar contigo.

No te queda nada por decir.

Tus actos ya han hablado por ti.

Déjame que, al menos, trate...

de recompensarte levemente

por todo el daño que te he hecho.

Te lo suplico.

¿Acaso crees que aún puedes hacer algo por mí?

Entregarte a Cayetana.

¿Cómo?

Acusándola de tratar de acabar con mi vida

ensañándose conmigo.

Esa va a ser mi declaración.

¿Y eso?

-¿El qué?

-¡Ahí va!

La jofaina "desaparecía".

-Lo que no se llevan los ladrones aparece por los rincones.

Esta jofaina se la ha llevado un ladrón.

-Ha tenido que ser mi Servando, no me mires.

Se va a enterar, ¡os juro que se va a entrar!

-Estás arriesgando demasiado.

Martín, así es la vida.

Tengo que seguir entrenando para ganar.

¿Y el dolor?

Está ahí, pero no hay que pensar en él,

hay que controlarlo con los sedantes.

Tienes que ir a comprar un frasco.

Si sigues así, vas a empeorar.

¿Quién sabe lo que te puede llegar a pasar?

Yo no quiero ser cómplice.

Creo que no debo recordarte

cuántas veces te he ayudado

y cuántas veces me has dicho que cuente contigo.

Ahora cuento contigo.

-Pablo.

¿Se puede?

¿Qué hace aquí? ¿No debería tener abierto el kiosco?

-Perdone la indiscreción, pero Huertas nos contó ayer

que en las vistas preliminares usted intentó llegar a un acuerdo

para evitar el juicio.

-Así es.

Creía que era la mejor solución.

Desgraciadamente, mi cliente no pensaba igual

y hemos roto nuestra relación profesional.

-Cuánto lamento oír eso.

-No se crea, todo esto me ha ayudado mucho.

El conocer las condiciones de vida de los obreros

me ha hecho pensar que quizá no obramos con honestidad.

Cayetana. ¿Qué hace levantada, loca?

Te he oído entrar y tenía que venir a verte.

Íbamos a visitarte a la habitación.

Quería levantarme para que vieras que estoy mejor

y para reconocerte lo que has hecho por mí.

No tenías que esforzarte tanto.

Para agradecerte que me hayas salvado una vez más.

Lo haría una y mil veces.

La forma que tuvo el barrio

de enterarse de tu relación con mi madre no fue la más adecuada.

-Nadie lo siente más que yo.

A excepción de tu madre, claro está.

-Ahora quieres volver con ella, según me consta.

¿No has hecho bastante daño?

-No he sido lo mejor para su reputación,

nada salió como queríamos,

pero puedo hacerla feliz.

Y ella a mí. -¿Tú feliz a ella?

Tienes edad para ser su hijo, Liberto.

No digas insensateces.

-Pero no soy su hijo, no lo olvides.

-¿Y qué eres?

¿Su amante?

-Solo soy un hombre, y ella una mujer.

Soy quien quiere pasar con ella el resto de su vida.

-¡Me sacan de quicio!

¡Mi hijo y mi sobrino!

-Supongo que lo de su sobrino tiene que ver

con sus amores con doña Rosina.

-A cualquier cosa le llaman amor.

Se ha empeñado en vivir sus sentimientos hacia ella.

Y no entra en razón, ¡no entra en razón!

-¿Y... ella?

Si él no entra en razón, tal vez ella lo haga.

Es una mujer adulta, con una posición.

Ya sabe lo poco que le conviene estar en boca de todos.

Es tan fácil manipular a una mujer insegura.

Yo misma podría indicarle cómo hacerlo.

-"¿Y ahora por quién?".

Por Juliana, que se casa con don Leandro.

Hola, Teresa.

¿Cómo estás?

-Solo permítame que le recuerde algo que parece haber olvidado.

Teresa me presionó para que le desvelara

dónde estaban los cadáveres de don Germán y Manuela.

Por algo sería.

Piense en...

qué interés tenía en saber dónde estaban

y qué destino quería darle a esa información.

Le agradezco sus desvelos, pero tengo muchísima prisa.

Escucha de una vez, Humildad.

Te odio.

Te miro y solo veo mentiras,

maldad, necedad.

Todo lo que siempre he odiado.

Me das asco. (SOLLOZA)

No quiero saber nada de ti. Estás siendo muy cruel conmigo.

-Humildad está muy grave, no le queda mucho de vida.

¿No va a perdonarla usted?

Ni a perdonarla ni a ayudarla a pasar este trago.

Siento por ella el desprecio más absoluto.

Lo siento, y le comprendo.

Después de tantos engaños

y ese proceder tan malévolo,

solo le ruego que apele a sus sentimientos cristianos.

Humildad apeló a ellos y a su relación con el padre Fructuoso.

Tanto rezo, tanta vigilia,

tanto rosario...,

para atentar contra el quinto mandamiento.

Aunque me cueste reconocerlo, así es.

Pero no debemos olvidarnos

de la causa de sus males,

de lo que la llevará a la tumba.

Fueron los golpes de doña Cayetana.

Esa mujer se tomó la justicia por su mano de una manera brutal.

¿No quiere que pague por la agresión?

  • Capítulo 381

Acacias 38 - Capítulo 381

26 oct 2016

Humildad está a punto de matar a Teresa, pero afortunadamente Cayetana llega a tiempo para evitarlo. El inspector Valle y Mauro llegan a la habitación de Teresa justo en el momento en el que Cayetana golpea a Humildad con un jarrón. Salvan a Teresa in extremis de un paro cardiaco. Servando, para intentar que las criadas dejen de ignorarle, roba la jofaina a la espera de que pongan agua corriente en el altillo. Pero las criadas no se toman a buenas el robo. Juliana y Leandro reúnen a todos los vecinos en la chocolatería para anunciarles su boda y su marcha a París. Rosina y Liberto, a pesar del escándalo armado después de encontrarles juntos y desnudos, deciden retomar su relación. Tras el golpe que le propinó Cayetana, Humildad está muy grave y le ofrece a Mauro la prueba definitiva contra Cayetana: testificará que la atacó a pesar de estar ya desarmada.

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