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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 372 - ver ahora
Transcripción completa

No puede entrar en esta casa. Ya se lo he dicho.

Váyase y no vuelva. Espere.

Voy a ver a Teresa lo quiera o no.

Teresa. Fuera de mi casa,

no me obligue a llamar a la policía.

Ya ve el interés que tiene ella por usted.

Todo lo que hice lo hice por dinero.

Para que tuvieras la casa que tú querías, para ti y para mí.

-Mira, Martín, te puedes guardar el moni para ti para siempre

y para ti solo porque yo me vuelvo al altillo.

-Pero Casilda, escúchame... -Que no.

Se acabó, Martín.

Sanseacabó.

-Hay un doctor del que hablan maravillas.

Se llama Arana. ¿Y cómo puedo contactar con él?

Te aseguro que es muy caro.

Muy caro, doña Cayetana. Me da igual, aunque tenga que gastar

el último real de mi fortuna. Quiero lo mejor para Teresa.

El doctor Arana acaba de llegar de hacer estudios en Suecia.

Tengo el teléfono de su hotel. Le llamaré.

Corra, corra. Vaya, acompáñele a la puerta.

-Venga. Debe recibirla Teresa en mano.

¿Puedo confiar en ti? Puedes.

Lo sabes.

Sé que no es fácil, pero solo tú puedes ayudarme.

No quiero implicar a los Álvarez-Hermoso más de lo que están.

Confía en mí. No es plato de buen gusto pero... lo haré.

Cayetana quiere su mal y puede que la esté envenenando.

No.

Cayetana no.

Teresa, hágame caso. Y disimule.

-Eso no volverá a ocurrir.

-No te lo crees ni tú.

No me voy a marchar,

y me buscarás. Te lo aseguro.

-Huertas.

No juegues.

Porque yo no estoy jugando.

Espero no volver a verte por estas calles.

El doctor le ha recetado un específico para calmar sus dolores.

Hasta que de con la causa final.

Me ha parecido un hombre muy sabio.

Estoy segura de que sus remedios van a ser efectivos.

Tome, Teresa.

Fuera.

Teresa. Teresa, ¿qué le ocurre?

¡Fabiana!

Señora, ¿qué ha pasado?

No lo sé.

Parece que se muere. ¡Doctor!

¡Presto! ¡Doctor,

acuda, doctor, acuda!

¿Por qué no viene ese doctor?

¡Doctor Aranda, por Dios!

-Déjenme espacio, por favor.

¿Qué le pasa?

Un momento, por favor.

A ver.

Me temo que se trata de algún tipo de dolencia cardíaca.

Una angina de pecho quizá.

Un ataque al corazón.

Haga algo, por Dios.

Algo.

Se muere.

¿Se muere, doctor? ¿Se muere? Intento evitarlo.

Su pulso es débil.

¿Saldrá de esta?

No reacciona a mis esfuerzos.

Nunca se sabe con el corazón,

pero me temo lo peor. Si no respira en unos segundos

quizá podemos perderla.

Muy bien.

-¿Es bueno que manque el aire, doctor?

-Mejor que no encontrarlo.

Parece que respira.

Pero con escaso brío.

Creo que ya ha superado la crisis.

-Mire, señora, mire.

Se diría que duerme como una bendita.

-Si supera esta crisis... puede que sobreviva.

¿Qué opina?

¿Hay esperanza?

Desafortunadamente, doña Cayetana, todavía sabemos muy poco del corazón.

Sin embargo, si fuera una mujer de edad, yo no le daría esperanzas.

Pero tratándose de una mujer joven...

puede que tengamos una oportunidad.

¿Podrá curarla?

Debo estudiar el caso con precisión y dar un diagnóstico.

Los síntomas son algo confusos.

Pero antes de dar un tratamiento

tengo que dar con la causa que los provoca.

¿Mientras tanto podemos aliviarla de alguna manera?

Siga con el específico ya prescrito. Yo estudiaré bien el caso,

consultaré con colegas afamados y propondré una cura.

Gracias, doctor. Si no fuera por usted

estaríamos oyendo doblar campanas.

Es mi deber salvar vidas.

-Señora.

¿Qué le ha explicado el doctor?

No sabe bien cuál es la causa de lo ocurrido pero...

sin darme esperanzas...

se muestra optimista para averiguar la causa del síncope.

¿Rezamos, hija?

Reza tú. No le irá mal. Yo me quedo con ella toda la noche.

¿Le diste la carta a Teresa?

¿Y?

Claro.

Pero dudo que sirva de algo.

¿Qué te dio esa impresión?

Tenía muy mala cara, como apagada y grisácea.

Parecía estar...

Aunque no te guste escucharlo, parecía estar...

a dos pasos de la parca.

Pero recibe atenciones, supongo.

Sí, pero el doctor no sabe distinguir de dónde viene su mal.

Mira, yo creo que mejor que

un cirujano le vendrán bien unas oraciones.

¿Te importa?

Haz lo que quieras.

Bendigan a los que los persiguen, bendíganlos, no los maldigan.

Alégrense con los que se alegran, lloren con los que lloran.

Te alabamos, Señor.

Calla, Humildad, me estás desquiciando.

Me desquicia esa perra de Cayetana.

Y me desquicia no poder hacer nada.

Amor, te puede la furia pero...

no te lo voy a tener en cuenta. Mejor descansa

y mañana... ¿Qué mañana, Humildad?

No hay mañana. Sí que lo hay.

Tenemos un mañana y un futuro,

pero tú debes poner algo de tu parte.

Te empeñas en sufrir y, es verdad, el Señor entiende el sufrimiento pero...

también le gusta vernos alegres y animosos.

¿Dónde está ese dios que ha olvidado a Teresa?

Los caminos del Señor son infinitos.

Deja que elija el nuestro.

¿Por qué no nos marchamos?

Lejos de esta ciudad de pecado y sufrimiento.

El que huye lleva su pena consigo.

Olvidarás. Siempre se olvida.

Por favor, acepta la propuesta del comisario Del Valle y...

ya nada puedes hacer aquí, ni por Teresa ni por nadie.

Mira, Humildad,...

Mírame a los ojos.

Y escucha mis palabras.

No voy a abandonar a Teresa.

Te agradezco tu ayuda. Y tu cariño.

Que le hayas entregado esa carta no voy a poder pagártelo nunca.

Pero no me voy a ir de aquí.

Jamás.

¿No te me vas a aparecer, Maximiliano?

Necesito de tu consejo para saber qué debo hacer con Liberto.

Escúchame, Maximiliano.

El muchacho... está en la edad del amor intenso,

y además es de natural fogoso y audaz.

Vamos, que no se va a conformar con un par de besos

por mucho tiempo, por muy atrevidos que estos sean.

Vaya que eres terco cuando quieres, ¡y cabezón!

¿Sabes qué te digo?

Que me da igual verte o no verte. Yo sé que como ánima

puedes escucharme. Vamos, que me estás escuchando,

así que pienso soltar lastre,

porque tú eres el único que puede comprenderme.

Yo te diría...

Liberto quiere consumar y,

si te digo la pura verdad,

yo no le hago ascos a ese avance.

Y tú dirías: "Adelante". Y yo diría:

"Tengo miedo".

Miedo como no había sentido nunca desde...

desde que mi madre me dijo que...

Me contó...

lo del deber conyugal.

No he conocido otro varón, tú lo sabes.

¿Y si no soy capaz de satisfacer el ardor de un veinteañero?

¿Eh?

Claro que...

de gallina vieja sale buen caldo.

Bueno, cuando digo vieja quiero decir madura, sabia.

(Golpe)

Pero ¿por qué no me contestas, Maximiliano?

Venga, dime algo. Habla.

Dime.

Ah, eres tú.

-¿No reciben respuesta sus plegarias?

-Eso nunca se sabe al momento.

-Señoras, ya he finiquitado la faena.

¿Me puedo subir a la piltra?

-Por lo que entiendo, no has resuelto tus asuntos con Martín.

-No, señora.

Y parece ser que no lo vamos a resolver nunca.

-Lo siento. -Y yo.

Ya me dirás qué haremos nosotras con un hombre impar en la casa.

-Deme tiempo, señora,

que ya le encontraré solución, eh.

Martín y yo... Pues bueno, que... ya veremos.

Lo primero que tengo que hacer es parar esta cabeza

que sube y baja

y sube como una noria.

-Sí, Casilda, pero, como comprenderás, a nosotras nos urge

que toméis una determinación.

No es cristiano que tu marido more en uno de nuestros aposentos

sin mujer al lado.

-Dele un tiempo, madre. No pida más la chica,

solo unos días. -Muchas gracias, señora.

Y a usted, la otra señora.

Buenas noches.

Buenos días, señora.

¿Hay mejoría?

No. Ninguna.

No ha abierto los ojos en toda la condenada noche.

¿Y usted? Desazonada, Fabiana.

Tampoco ha pegado ojo, ¿no? No.

No puedo.

Ni habrá comido, claro.

¿Pero no se da cuenta que así no puede usted ayudar a nadie?

Va a caer mala usted también. ¿Y entonces qué,

quién va a cuidar de nosotras?

No es momento de pensar en mí, Fabiana.

Bueno, pues entonces yo pensaré por todas.

Ahora mismo le traigo un desayuno.

Fabiana, de verdad, no insistas. No tengo ánimo para pleitos.

Bastante tengo con los de mi cabeza, que no me dan tregua.

Pero la señora... Ya te he escuchado.

¿Sabes qué es lo que de verdad ocupa mis pensamientos?

El destino.

La fatalidad.

El pensar que toda mi vida, desde niña, y tú lo sabes,

he ido perdiendo a las personas... que más quería.

Y tengo miedo que pase lo mismo con Teresa.

Se remueve.

Si tiene fuerzas para ello

tiene que ser buena señal. La mejor, señora, sí.

Teresa.

¿Está usted bien?

¿Puede hablar?

Cayetana.

Me reconoce. Vuelve a ser ella.

(LLAMAN A LA PUERTA)

Ese es el mozo que nos va a hacer la compra. Voy.

Tiene que hacer un pequeño esfuerzo.

Y tomarse lo que el doctor le recetó.

Su vitalidad va en ello.

"Mauro me ha advertido de un asunto muy importante".

"No tome nada, absolutamente nada de lo que le de".

"Cayetana quiere su mal y puede que la esté envenenando".

¿No me entiende, Teresa?

El doctor insistió en que debía tomarse el específico.

No me lo tire como ayer, no sea cría.

Estoy muy cansada.

Lo sé.

Pero tiene que hacer un poder.

Está bien. No voy a agobiarla más.

Ya se lo tomará más tarde.

Lo importante es que está aquí.

Que sigue con nosotras.

Así me gusta, que te preocupe salir bien apañada,

que el hábito no hace al monje, pero sí a la malcasada.

-La que quiera achicoria, que coja una taza y se acerque.

-Ay.

Ya estaba tardando usted. Que una, sin este brebaje

por las mañanas, no es nada.

(Música con una cuchufleta)

-¿Pero qué ruido es ese?

-Suena a cabras sin pasto.

-Sí, una cabra llamada Servando.

-Y todo gracias a que a la Lolita

le pareció bien regalarle ese martirio al portero.

-Por amor de Dios, deje usted de tocar

ese cachivache del infierno.

-¿Le gusta el aria que estoy tocando?

"Alegres maitines" se llama.

-Se parece a una de mi pueblo. La tocan todos los días

durante las fiestas a las 6 de la mañana.

"La despertá" le llamamos.

-Venga, échate un baile, salerosa, venga.

-¡Ni bailes ni narices! O deja de tocar eso

o le hago tragarse la cuchufleta.

-Bueno, bueno, que yo solamente quería alegrarle la mañana

a la Casildilla para que perdonara a Martín, que no hay nada

como una melodía mañanera para que a uno le entre la compasión. Mira.

Y este ramos de flores es para ti. Por tu esposo.

-Ni con usted ni sin usted, Servando. Ni con flores ni sin ellas

tienen remedios mis males.

-¿No me ha oído usted decirle que deje de tocar,

que parece la flauta de Bartolo,

con un agujero solo? O se calla y se marcha o le echo.

-Bueno, bueno, sin avasallar. Hay que fastidiarse,

las analfabetas estas del solfeo.

-El hombre es un tostón.

Pero sus intenciones eran buenas.

Hazle caso, Casilda.

Dale la ocasión a Martín de congraciarse.

-No va a ser fácil, "señá" Guadalupe. No lo va a ser.

(Puerta que se abre)

¿No tenía usted bastante con avergonzarme a mí con la sicalipsis?

-Oye, oye, guapito de cara.

Que yo lo único que he hecho ha sido enterrarte en parné.

Si eres un melindres enseñando chichas no es mi apuro.

Si sigues en ese tono,

puerta. Que tengo que ensayar.

-Ha tenido que ponerme a mal con mi mujer.

-No te lo tomes tan a pecho, hombretón,

que no hay mal que por bien no venga.

-No me toque usted más.

¿Sabe que mi mujer se ha ido de mi cama?

-Así tienes más sitio.

-Me he quedado solo, Enriqueta.

No es para tomarlo a chufla.

-Tú nunca vas a estar solo.

Al menos, mientras yo tenga... posibles.

¿Por qué no te vienes a casa?

Yo te voy a cuidar mejor que tu mujercita, eso va de calle.

-No diga usted sandeces.

-Y no hables tú sin pensar.

¿No te vendrían bien al menos

unos duros y seguir haciendo películas conmigo?

-Ha hecho usted un destrozo conmigo, ¿no se da cuenta?

Soy un gacho roto, como un muñeco. Y todo por su maldita culpa.

-No, hijo mío, no.

Tu esposa tiene la culpa en todo caso.

Si estuvieras conmigo,

solo por tenerte, te dejaría corretear a tus anchas.

Tu mujer es una egoísta

que solo quiere tener a su hombretón amarrado.

Ella es la culpable de tu ruina,

no yo.

Es una harpía.

-Oiga, no le tolero que hable así de ella.

-Pero ¿qué no toleras tú, mi amor? ¿Qué no toleras tú?

¿Por qué te crees que le he ido con el cuento a esa bruja?

-Porque no quise seguir rodando con usted.

-No. Porque a mi pesar, te quiero.

Pazguato, que te adoro.

Y tienes un tipazo para el cinematógrafo.

Que todo hay que decírtelo.

-Oiga, no puede usted quererme. Soy un hombre casado.

-Pero mira qué es mono el andoba.

Lástima que seas tan bobo.

Conmigo estarías bien.

Y podrías desarrollar tu talento para el celuloide.

Vivirías como un marqués.

-No aspiro yo a tanta nobleza.

Me conformo con mi mujercita, una cocina, un cuarto

y lo que tenga que venir.

-¿Y no volver a disfrutar jamás de la libertad?

Pero mira que eres bobo, Martín.

Que te crees que porque está celosa esa chacha te quiere más.

Y no es más que capricho

y mala baba.

¿Quieres ser un pelele en sus manos

toda tu vida?

conmigo serías libre

y estarías siempre satisfecho.

-¡Ni ella me quiere a mí pelele ni yo la quiero a ella tan...

ligerita de cascos como usted!

Ella es la mujer de mi vida, ¿sabe? Por mucho que usted se ría.

Con ella vivo. Bueno, vivía feliz y satisfecho.

Y la libertad... ni la quería ni la recordaba.

-Ya me dirás eso dentro de unos años.

-Dentro de unos años y toda la vida, Casilda será mi mujer.

Aunque no vuelva a recibirme.

Haré todo lo que esté en mi mano para recuperarla.

Y si no la consigo, ya sé a quién se lo tengo que agradecer.

A usted.

Mauro, tranquilícese, por favor.

En sus circunstancias no le conviene tomar tanto café.

No es el café lo que me altera los nervios.

Sino la tardanza de su esposa.

¿Acaso no le dejé bien claro que subiera a por noticias de Teresa?

Y no a una visita social. No sea injusto.

Tampoco puede subir, preguntar y marcharse.

Sería un desplante para doña Cayetana.

Me importa un ardite lo que Cayetana pueda sentir o pensar.

¿Cómo está Teresa?

¿Cuál es su mal? Parece que está fuera de peligro.

Pero sigue sufriendo debilidad y está muy pálida.

¿Por qué motivo? ¿Qué diagnosticó el doctor?

Tiene sus dudas, el galeno.

Parece que se inclina por algún mal de tipo cardíaco,

una angina de pecho, un ataque al corazón,

pero no puede certificar nada concreto.

Esa ambigüedad no me es suficiente.

Debo subir a verla. -Mauro.

¿No se da cuenta que con su insistencia por verla

lo único que hace es empeorar las cosas?

Mi esposa y yo le mantendremos informado.

No haga más sangre.

Felipe, usted no puede saber la impotencia que padezco al verla

tan vulnerable en manos de Cayetana.

Sí que es cierto. No lo sé.

Pero creo que sé que en circunstancias como esta

debe pensar las cosas dos veces antes de ejecutarlas.

No digo que no lleve razón.

Pero hágase cargo de las mías para estar tan afectado.

Hable, amigo.

Enumere esas razones.

¿Por qué ni siquiera una eminencia de doctor

puede dar un diagnóstico preciso?

¿No le parece que a cada momento que pasa está más claro

que es la propia Cayetana la que está minando la salud de Teresa?

Mauro, deje de culpar a Cayetana sin tener pruebas.

Cayetana es de la piel del diablo, sí, pero se desvive por Teresa.

-¿Cómo puede creer que Cayetana es la causa de su mal?

Si se está gastando una pequeña fortuna

en traer a ese médico tan destacado. Carecería de toda lógica, Mauro.

-Y correría el riesgo.

Además de que un médico experimentado descubriera su intención.

Miren,... entiendo sus razones.

Y que me las dan por hacerme un bien.

Pero no me van a convencer.

Cayetana ha descubierto a Teresa.

Y la está matando lentamente. ¿Qué?

No diga eso, por el amor de Dios.

Si le alivia,

le prometo que hablaré con Cayetana para que le deje visitarla.

Eso si a ti no te parece mal, cariño.

-Por supuesto, cariño.

Por intentarlo, nada se pierde.

-Pues dicho y hecho.

Pero antes iré a la iglesia a poner una vela a la salud de la enferma.

Gracias, Celia. No hay por qué darlas.

-Ánimo, amigo. Ya verá como Teresa se recupera.

Ay, arriba esos ánimos, Casildica.

Que no has dicho ni esta boca es mía desde que le has pedido

los boquerones al pescadero en el mercado.

-¿Y para qué voy a hablar, Lolita?

¿Para que se me peguen las lágrimas a las pestañas?

-El Martín de tus pecados. Te tiene bien jeringada, eh.

-Pues sí. No me lo puedo sacar de las mientes

ni aunque me ponga a repasar coplillas.

No, ahí está, entre ceja y ceja, dale que te dale.

Me va a volver loca.

-Cría que te habías apaciguado al subir al altillo de pernocta.

-Ya, y yo pensaba que no se atrevería a subir allí a darme el tostón.

Pero nada. Naranjas de la China.

Ayer por la tarde subió con Pablo. Menuda pareja.

-¿Y qué querían, darte la perdiz? -Pues más o menos.

Pablo me confesó que siempre lo supo todo.

Y que el dinero que yo encontré en la plancha

que no era suyo sino del descarado de mi marido.

-Fastídiate con el señorito, cómo cubre a su compinche.

No te apearías en tus ganas de dejar al Martín.

-Pues no. Ni por pienso.

Le tiré el parné a la cara,

como si yo fuera una modistilla renegada.

Yo no te quiero meter peores ideas en la cabeza, Casilda,

pero a esta chacha tu marido la ha decepcionado pero bien.

Tan enamorado que parecía, tan bueno, tan tierno, tan cabal.

-Arrope, ¿a mí me lo vas a contar?

Que me ha tenido engañada como una necia todo este tiempo.

¿En qué estás cavilando, Huertas?

Que pareces más ida que una pastor cuando apoya la barbilla en el cayado

y se queda mirando los oteros.

-¿Qué voy a pensar, muchacha, si no en el juicio inminente

con queme amenaza el tal don Felipe?

-Pues no sé yo a dónde he oído que había pensado en darte una salida

para no reventarte delante de su señoría el juez.

-Me ofreció la alternativa de tirarme del barrio.

Si me iba de aquí lo olvida todo.

Pero no sabe con quién ha topado ese leguleyo.

Yo no huyo tan fácil.

-No lo tendrás tan claro cuando te has tirado toda la noche

en el altillo para arriba y para abajo.

Sin dormir y sin dejar dormir.

-Había ratos que hubiera cogido el hatillo

y marchado viento en popa, bien lejos de esta finca.

-No hablarás en serio. Que yo te hacía mucho más jabata.

-No me tengo por medrosa y encogida,

pero una también es humana y duda cuando se enfrenta

al campeón de los patronos.

No he decidido aún. -Pues que Dios reparta suerte

porque vas a necesitar... un hatillo, vamos.

Bueno, una se va donde mis señores que ya me estarán echando en falta.

-Yo me voy contigo, Lola, que también voy atrasada con la faena.

Bueno, Huertas, espero que decidas para bien.

¡Paciencia!

¡Servando!

¿Están por aquí?

Sagrado corazón de Jesús,

me gustaría saber si es un pecado mortal mis deseos

y cómo evitar que lo sean. ¿Quizá con amor?

Oye, y tú, por casualidad,

¿no sabrás si puedo satisfacerle? Ya sabes.

Bueno, tú qué vas a saber si eres sagrado y casto.

-No me digas que tienes pecados de los que arrepentirte.

No. No me lo creo.

Eres el alma más cándida que conozco.

La más bella también.

Para no hablar del cuerpo.

Y para no hablar también de esa risa tuya.

Que me cautiva.

Me arrebata.

Como si me asesinaran con puñales en el pecho.

-Ay, no sigas por ahí, por favor.

Que estamos a las puertas de la casa del Señor.

-No seguiré requebrándote si me prometes un beso.

-Quita, sátiro. -Venga.

Solo uno.

Pequeñito. Como...

si fuera un jilguero

dándole de comer al pollo. -Para pollo el que estás tú hecho.

Entonces, Celia, ¿dices que ni los médicos saben los intríngulis

de las dolencias de Teresa? -Esa chica tan enfermiza,

qué fatalidad. -Saben que es del corazón

pero no al completo la causa.

Pues ya ven, señoras,

que venía a rezar y de repente he visto a la señora

pálida y temblorosa.

Y cuando me he acercado para preguntarle

y socorrerla, y sujetarla, se ha caído al suelo.

Pobre.

-Rosina.

Rosina. -Rosina.

¡Lolita!

¡Lolita!

¡Acude presto!

-Ay, señor.

Qué susto.

Que gritaba usted como un teniente de la Benemérita

a un asaltador de caminos.

-He de hacerte una pregunta y necesito de tu total discreción.

-Una es una tumba. Pregunte usted,

que si está en mi lengua darle el gusto le responderé.

-¿Sabe si Huertas ha abandonado el altillo ya?

-Ay, señor, qué cosa me pregunta usted.

Es que no está en mi ser hablar de cosas de compañeras,

que luego todo se sabe

y le dan a una la murga.

-No tienes ninguna elección, muchacha.

No es ninguna petición.

Es una orden de tu señor. -Ya.

Si donde hay patrón no manda marinero.

Si lo sé. Pero es que, señor,...

-Lolita, ¡responde ya!

-Pues Huertas está dudando si marcharse o no, no sé más.

-Lolita, si de verdad sois amigas...

o compañeras, o como os llaméis entre vosotras,

aconséjale... que desaloje,

que no la vuelva a ver.

-Uy, señor. Habla usted con más dureza que el pampamigas.

-No es de tu incumbencia, mi tono.

Haz lo que te he dicho y punto.

(LLAMAN A LA PUERTA)

-¡Correo para don Felipe Álvarez-Hermoso!

Tiene usted varias misivas, don Felipe.

-Anda, trae.

Que eres más teatrero que el Tenorio.

¿De dónde ha salido este sobre?

-Del mismo rebaño que los demás. -Me extraña.

Porque no exhibe remitente ni franqueo.

Este te lo han colado devuelto, Servando.

-No en mi presencia, señor.

Ni me he fijado, vamos.

-Ese es el problema.

Que no te fijas en absolutamente nada.

-No tiene usted... buena cara, don Felipe.

¿Ocurre algo?

-Si son malas noticias, siéntese.

-No, despreocupaos.

Es simplemente la emoción de recibir noticias de un antiguo amigo.

-¿Un amigo que no pone el remite?

-¿Acaso dudas de mis palabras, Servando?

Idos a trabajar los dos.

Que estáis aquí como dos capirotes. ¡Venga!

-Sí, señor, sí.

"Querido y entregado amante".

"Necesito hablar contigo".

"Ya he tomado una decisión".

"Te la contaré esta noche en los Jardines del Príncipe".

"Te espero".

Ábranse paso, por Dios, señoras, señorita.

Dejen que corra un poco el aire y pueda animar a la desmayada.

-Ya estoy mejor, don Ramón.

-¿Me ayuda a alzarme?

Es que aquí estirada a la puerta de la iglesia

parezco uno de esos mendigos que desayuna con vino.

-Faltaría más.

-Se preguntarán qué es lo que me ha pasado.

-Sí, y con mucha curiosidad.

-Pues nada, nada más llegar a la iglesia

me he sentido como... alelada, como tonta,

y no recuerdo nada más.

Excepto al bueno de don Ramón

sujetándome la testa y a vosotras,

Dios os ampare, dándome aire.

-¿Y a Liberto?

¿No recuerdas a Liberto?

Porque bien cerca que lo tenías. -¿Ah, sí?

Pues no, no lo recuerdo. La mente en blanco.

-Pues ustedes me llamarán gafe o algo similar,

pero me da a mí que tantos desvanecimientos en el barrio

se deben a una epidemia.

Como la malaria esa que trajeron los soldados de las colonias.

-No digas sandeces, hija.

El desmayo es común en las mujeres, y más cuando acumulan cierta edad.

-Oiga, don Ramón, que una no está en la senectud.

Quizá, no sé, ha sido debido

a un cambio de temperatura o una corriente que me ha afectado.

-Me alegro mucho, sobrino, de que estuvieras tan cerca

y pudieras socorrerle.

-Sí, ha debido de ser la mano de Dios o de un santo

que yo pasara por aquí.

Pero... ya pueden seguir su camino,

que ya me encargo yo de esperar a que doña Rosina

se reponga del todo y de acompañarla a su casa después.

-Te espero en la sastrería con una limonada,

para que pases el trago.

-Adiós, Rosina.

-Con Dios.

-Con Dios.

-No podemos seguir así, tan clandestinos como Luis Candelas.

Nos van a pillar con las manos en la masa y vamos a dar la campanada.

-Sí, estoy totalmente de acuerdo contigo,

no podemos seguir escondiéndonos.

Formalicemos entonces la relación.

-¿Qué pasa, que eres tú el que se ha desmayado

y ahora tienes delirios? No podemos actuar así

como dos atortolados que no piensan, Liberto. Que la cosa es delicada,

ya has visto. -Bueno, pensemos entonces,

pero solo tenemos 2 opciones.

O anunciar nuestros quereres o seguir huyendo.

-Qué calamidad esto nuestro.

Quiero hacer las cosas que hacen los demás, sin trampantojos.

Figúrate, ahora que se acerca mi cumpleaños...

el no poder celebrarlo contigo me tiene negra.

-Celebrémoslo.

Sí, claro, en "La Deliciosa", con tu tía de carabina.

-No. Buscamos una alcoba

en un hotel de relumbrón o una pensión discreta

y pasamos el día juntos.

-Ay, mira, solo con escuchar en una frase tuya

las palabras "alcoba" y "pensión" se me suben los colores a la cara.

Es una deshonestidad. -Sí, pero gustosa.

Al menos para mí.

-Y puede que para mí, pero no para el Señor.

-Pues quitamos los crucifijos de la cabecera.

-Calla, rufián. Ahora en serio.

Permíteme que me lo piense. Te lo haré saber cuando decida.

Para decirle la verdad,...

me siento al borde de la desesperación.

Hasta mi incapacidad se me olvida cuando pienso en mi marido.

No sabe usted cómo está.

Ya ni me escucha si quiera.

Parece que no me viera.

Soy invisible para él.

Y eso que le pido a Dios su amor todos los días.

-Entiendo tu abatimiento.

Y sí sé cómo está el agente. Ido.

-Sigue empeñado en su convencimiento de que Cayetana

está envenenando a la querida Teresa.

-No entiendo a qué tanto afán.

Yo mismo le pregunté a tu marido

qué motivo tendría doña Cayetana para asesinar a la maestra.

No supo ni darme

una razón convincente.

-No lo conoce usted bien, es terco como una mula.

Me va a llevar a la tumba.

Y puede que lo merezca por mis muchas ofensas, señor.

-Tampoco exageres, hija.

Llevas una vida piadosa.

-Ayúdeme, comisario.

Prométame que impedirá que Mauro cometa una locura.

-Ya intenté que dejara la ciudad.

-Lo sé, y se lo agradezco, pero no lo deje usted ahí,

siga ayudándome, por el amor de Dios.

-Estoy de tu lado, Humildad.

No permitiré que te sientas tan sola y desesperada.

Contendré la insania de Mauro.

Con la ayuda del Señor.

-Que le bendiga.

¿Conoce usted el modo?

-Le he estado dando vueltas. Y creo que lo tengo decidido.

En cuanto estén los trámites imprescindibles...

le mandaré arrestar.

-Madre del amor hermoso.

-No me ha dejado más remedio.

Lo siento por ti y por él.

Pero un correctivo a tiempo le librará de muchos males.

Después de detenerlo haré público toda la falsedad acumulada

en el caso de doña Cayetana. -Ay, señor.

Sé que es lo mejor, más, sin duda, sufriré mucho sin tenerle a mi lado.

-Es hora de que sacrifiques tu interés por el de tu esposo.

Encerrado un tiempo evitará un mal mayor.

Perderá su carrera pero salvará su alma,

ya bastante ennegrecida.

-Espero que este sacrificio sea grato a los ojos del Altísimo.

Y que él nos de fuerzas para pasar este calvario que nos aguarda.

¿Rezamos el rosario?

-Sea.

(ORAN)

Y ahora, señorita, cuando tenga usted fuerzas,

me lo dice y yo la ayudo a alzarse

para cambiar las sábanas y asearla, eh.

Que no digo yo que sea a escape. Cuando usted pueda.

-¿Te puedes creer que la veo aún más triste que ayer?

Es el abatimiento previo a la recuperación.

O eso espero.

¿Y no crees que le haría bien algún tipo de alegría?

¿Cómo qué?

Como una visita.

Algo que la distraiga y le haga olvidar los malos pensamientos,

al menos por un rato. Ya, y seguro que tienes

una visita en mente, ¿no es así?

Pues estaba pensando en el agente San Emeterio.

No.

Jamás. Nunca. Ya me has oído.

Cayetana, no es para tanto.

Ningún mal les puede hacer que charlen un rato.

Además, tú y yo estaríamos presentes.

Celia, no insistas. O me voy a enfadar de verdad.

Ese hombre no va a entrar en esta casa.

Y mucho menos va a alterar a mi amiga.

Cayetana, perdona que insista, pero es que me parece

que sería como una medicina para ella.

Una especie de... Que no, tema zanjado.

-¿Ahora? ¿Ya está dispuesta?

Si no puede hablar, no se apure, que ya nos entenderemos.

Y mejor será no gastar fuerzas en charlas

y guardarlas para llegar al aseo.

Así.

Poco a poco. Muy bien.

Ahora, cuando lleguemos al baño, la voy a lavar de arriba abajo.

Y luego usted me espera mientras yo cambio las sábanas.

-¿Quiere que la ayude, Fabiana?

-No es menester, señora, que una está acostumbrada ya

a faenas más costosas.

-Si lo hago más bien por ella. Que caminará mejor con dos apoyos.

-Bueno, si tanto le apetece.

Yo me ocupo de la ropa. Id tranquilas.

-Muy bien.

Muy bien.

"No tomes nada que Cayetana te de".

"Puede estar envenenado".

Bastardo.

Y todavía tenemos que subir a la azotea a atar las cuerdas una a una.

Que ya se ha quejado más de un vecino

de la bulla que meten cuando sopla el viento.

-¿Atar las cuerdas, pero una a una?

Pero eso nos va a llevar toda la tarde.

Es que... -¿Y qué?

Si hay que hacerlo, hay que hacerlo.

-Ya, pero bueno, y mi tiempo de asueto ¿qué?

Tú estás asuetado desde que naciste.

-Ya, pero yo necesito ese tiempo de ocio

para ensayar con la cuchufleta.

-Mira, me tienes más que harta.

Con la dichosa cuchufleta llevas días descargando en mí tus labores.

-Y si tú no me apoyas, ¿quién lo va a hacer?

Además, que yo tengo que ensayar, que me quiero presentar

como solista en una orquesta que requieren una cuchufleta tenor.

-Pero bueno, tú estás chiflado, ¿no, Servando?

¿Te has fijado que me está saliendo chepa de tanto hacer tu faena?

-Bueno.

Está bien.

Todo sea por el bien común. Te ayudaré.

Pero mientras que anudo esas sogas... ensayaré con mi cuchufleta.

¿Dónde está? -¿El qué?

-Se ha esfumado. ¿Qué va a ser?

La cuchufleta. Leche, que me la han birlado.

-Oh, qué dolor, qué dolor, qué pena, Mambrú se fue a la guerra.

-Oye, ¿no tendrás tú nada que ver con el secuestro sinfónico?

-¿Yo? Ni una miaja.

-Ya. O se te ha olvidado y la has movido de sitio.

-Yo no me olvido de esa cuchufleta, que la tengo bien enfilada.

-Oiga, oiga, oiga, don Leandro.

-Dime, Servando.

-Disculpe que no me detenga en saludos y parabienes,

pero es que tengo un disgusto supino.

¿No me habrá robado usted la cuchufleta por iniciativa propia

o por sugerencia de doña Juliana, verdad?

-¿Has perdido el oremus, Servando?

¿Acusas a doña Juliana y a mí de robarte, so mameluco?

-Con todo mi respeto, pero ayer mismo

doña Juliana me acusó de espantarle la clientela

y no sería descabellado pensar en que han dado un paso más en connivencia.

-Mira, Servando, ¿qué te crees, que soy un chiquillo como tú?

Tengo cosas mucho más importantes que pensar que en un orate

que toca como pastor sordo.

-Oiga, oiga, que yo tengo mucho mejor oído

que cualquier pastor de La Pinojosa.

Y si usted no ha sido, entonces me veré obligado a depositar mi mirada

en su hijo natural de usted.

-Servando, vuelves a ofenderme de nuevo y no te lo voy a consentir más.

Si te empeñas en acusar sin pruebas atente a las consecuencias.

Y si por un azar del destino Víctor

se hubiera llevado el instrumento del diablo,

bienvenida su iniciativa.

-Diga lo que diga el sastre,

tengo que hablar con Víctor para recuperar mi cuchufleta,

que es mi pasión.

Y mi arte. -Tú no te metas en más líos

por el pito ese. -Mujer,

tú no sabes lo que es luchar

por la dignidad y el arte.

-Jolín.

Santa María,

ya la hemos liado otra vez.

Nada. Olvídate.

Cayetana lo tiene más que nítido.

Jamás permitirá que Mauro visite a Teresa.

-Me sabe mal por Mauro.

El pobre está tan destrozado por no poder ver a Teresa

que temo que cometa alguna imprudencia.

(LLAMAN A LA PUERTA) -Díselo del modo más suave posible.

-Celia, ese modo no existe. -Buenas tardes, doña Trini.

Señores, doña Trini.

-No, por favor, no se levanten.

Que no merece tanta ceremonia.

Tan solo venía a preguntar por la salud de Teresa.

-Trini, siéntese, por favor.

-Está bien, pero no me quedaré mucho.

Dime, Celi, ¿cómo sigue la maestra?

-Bien no.

Y eso por no cargar las tintas. A mi modo de ver, empeora.

-¿La cuidan bien?

-Cayetana y Fabiana se desviven por ella, mentiría si dijese otra cosa.

-Y ¿no necesitan que se les eche una mano?

-Yo misma había pensado en pasar la noche en casa de Cayetana.

Por relevarlas.

Felipe, ¿cuento con tu permiso?

-Por supuesto, cariño. Yo también le tengo cariño a Teresa.

Y no ha sido en balde la temporada de convivencia.

Además, me vendrá bien un poco de soledad para preparar el caso

de esa obrera.

-Mire, don Felipe, no es que yo quiera entrar al trapo pero,

por Dios,...

la muchacha es trabajadora y cabal.

Tan solo está luchando por sus derechos.

-De cabal nada.

Está intentando conseguirlos atentando

contra la propiedad privada. -Ya.

Pero es que a veces hay que pegar el zapatazo para conseguir un buen fin.

-Dejad el tema, por favor. Lo importante ahora es Teresa.

Y no una criada respondona que se ha metido en pleitos.

¿De verdad no te importa quedarte solo toda una noche?

-No, cariño. Hay que ser solidario con las amistades.

-Le daré instrucciones a Lolita entonces.

Lolita.

Pasaré la noche en casa de doña Cayetana.

Ocúpate del señor. -Descuide,

que estará mejor atendido que su eminencia el obispo.

-No será necesario.

Me conformo con que me dejes algo preparado para cenar.

Algo que yo pueda calentar o una cena fría.

-¿Vas a salir?

Iré a ver a Mauro para contarle todo lo que hemos hablado.

-Entonces, Lolita, prepara esa cena

y puedes tomarte el resto de la tarde libre.

-¿De verdad, señora? -Yo que tú no preguntaría tanto

y saldría a escape. -Agradecida, señor.

Y señora. Me daré un paseo.

-¿Nos vamos? -Exacto.

A más ver, don Felipe.

Martín.

Martín, ¿estás por ahí?

Dios.

Dios, ¿dónde está el ungüento?

Aquí.

¿Ya estás en casa, cariño?

Sí, sí.

¿De nuevo con el tormento de la espalda?

Cariño, tormento es una exageración, me duele pero...

tampoco es para extremar la pena.

Esto es por la faena que tuvimos el otro día reparando el quiosco.

Ya han pasado unos días desde que faenamos en él.

Otra cosa es la que te machaca el dorso.

Quizá deberías trabajar un poco menos

y cogerte unos días libres. Ya, cariño,

pero sabes que eso es imposible. Arrancar un negocio necesita patrón.

Ya.

Deja que te ponga la pomada yo.

Imagino que no te estás saltando las instrucciones del médico.

No te preocupes por mí.

Soy más obediente que un caballo añoso.

Deberías implicarte un poco menos en la preparación del caballo

y del jinete para la carrera de San Juan.

Si ese jockey es tan bueno como dices, que se prepare por su cuenta.

Tú ya no das a más. A la vista está.

Y si fuera por el jinete seguiría tu sugerencia,

pero es que yo conozco al jaco mejor que él.

Ese pura sangre es bien bravo. Solo le entiendo yo.

No, es que de otro modo nos arriesgaríamos a tener un accidente.

Ay, tú siempre pensando en los demás.

Preocúpate un poco más de ti mismo. Para eso ya te tengo a ti.

Conmigo no es suficiente.

Quizá no estaría mal que fuéramos a pasar unos días a un balneario.

De aguas termales.

Le iría bien a tu espalda.

Y a nuestro amor.

Te prometo que iremos en cuanto sea posible.

Buenas noches, Juliana. Buenas noches.

Me sabe mal decirle esto, inspector, pero estamos a punto de cerrar.

No, no se preocupe, no voy a tomar nada.

Con su permiso voy a esperar aquí a don Felipe.

Claro.

¿Se sabe algo más del estado de Teresa?

Por eso me he citado aquí.

Para ver si él o su esposa me daban noticias

sobre la evolución de la enferma.

Y para saber si doña Celia ha conseguido que Cayetana

me permita visitarla.

La verdad es que me gustaría tanto volver a ver de nuevo a Teresa

paseando por estas calles.

He de reconocer que la echo de menos.

También yo, Juliana.

¿Ha ocurrido algo en el barrio para que venga la pareja

a hacer la guardia?

No, que yo sepa.

No pintan nada entonces.

¿Le importaría preguntarles qué buscan a estas horas?

Yo la voy a esperar dentro.

Descuide, le haré el favor.

Vaya, por fin acude, seductor letrado.

-Tan solo estoy aquí para saber si has tomado una decisión

sobre marcharte lejos de aquí.

-Lo he pensado con detenimiento.

-¿Has tomado una determinación?

-Desde luego. Y que sepas que no ha influido en mí

nuestro asuntillo.

Sé diferenciar muy bien lo personal de los problemas que me da el tajo.

-Explícate, muchacha.

-Quizá para mi tranquilidad me conviniera largarme de este lugar

lo antes posible y lo más lejos que pueda.

-Créeme, es lo mejor para ti.

-No he terminado.

Quizá me conviniera, he dicho.

Pero no lo voy a hacer.

-¿Te enfrentarás contra mí?

¿En el juicio?

-Y contra el Papa de Roma.

Si tú así lo quieres, seguiremos enfrentados.

Aunque, la verdad, hubiese preferido que anduviéramos más cercanos.

Y hasta juntos.

-Huertas, no quiero saber absolutamente...

(TOSE)

Huertas, ¿qué haces?

Estamos en un lugar público.

Esto no puede ser.

-¿Porque estamos en un lugar público o por qué no puede ser?

-Lárgate.

Buenas noches, doña Juliana. -Buenas noches.

-Estos dos guardias preguntan por el inspector San Emeterio.

Les he dicho que suele parar aquí.

-Pues no, Guadalupe, se equivoca usted.

Don Mauro estuvo aquí pero...

ya se marchó a un quehacer y...

la verdad es que ya estamos cerrando.

-Con su permiso.

Ten más cuidado. Casi me tiras la taza.

-Pues una,

que debe tener la cabeza en otro lado. Que es que a veces se ven

y se escuchan unas cosas que causan espanto,

y luego una

está dándole vueltas a la mollera como si fuera vaca sin cencerro

por la casa, ¿sabe usted?

Y una no es la única. Ahí lo dejo.

-He hecho una reserva a vuestro nombre

para ir a un balneario.

-No me lo puedo creer, madre.

Justo ayer estábamos hablando de lo bien que nos irían

algunos cuidados y algo de reposo para Pablo.

-La fecha ya está cerrada, mañana mismo tenéis que ir.

Sí, hija, porque si no lo vas dejando y nunca encuentras el momento.

A tomar las aguas, la llamada de la cigüeña, eh, que ya estáis tardando.

-Los guardias llegaron buscándote. Lo sé.

El comisario Del Valle

ha ordenado mi detención.

No puede ser. Te aseguro que sí.

Tengo que huir de aquí como sea.

No voy a dejar que me cojan.

Dime cómo puedo ayudarte. ¿Qué es lo que debo hacer?

Habíamos quedado, ¿qué hacía usted por allí a esas horas?

Se me antojó dar una vuelta.

Siempre que se toca la barbilla es porque miente.

Es cierto.

No salía de los Jardines del Príncipe de dar un paseo.

Venía de una cita con Huertas.

-Sé que Mauro le dijo en esa carta que no tomara nada pero...

estoy segura que son fantasías suyas.

No le puede hacer ningún daño.

Tómese su medicina.

Estoy segura que no hay nada que temer.

Teresa, por favor, tómela.

Si no, no conseguirá recuperarse, está usted muy débil.

-¿A que vienen tantas vueltas? Pareces un carretero.

-Por cosas que ni me van ni me vienen.

-Eh.

-No voy a dejar que lances la piedra y escondas la mano.

Ya me estás piando qué te pasa.

-Pues muy bien.

Se acabó el arroz.

Te vi besuqueándote con don Felipe.

¿Qué tienes que decir? -Todo su barrio está protegido

por nuestras patrullas.

¿Y no ha tenido ninguna otra novedad?

No entiendo, ¿a qué novedad se puede referir?

¿No ha recibido usted ninguna otra visita, a parte de la mía?

Señora, no sé de qué me está hablando.

Llevo todo el día aquí, en comisaría.

Con el operativo de búsqueda de Mauro.

Y solamente he visto a mis guardias.

No puede ser.

Teresa.

Teresa.

Mauro.

Estás aquí.

Voy a poder despedirme de ti.

Tranquila, no pasa nada.

Voy a sacarte de aquí, estarás bien.

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  • Capítulo 372

Acacias 38 - Capítulo 372

13 oct 2016

El doctor Arana logra estabilizar a Teresa, pero esta sigue sin tomarse las medicinas que le da Cayetana. Cayetana descubre la carta de Mauro a Teresa. Leonor pilla a su madre pidiendo consejo a Maximiliano. Martín acusa a Enriqueta de haber destrozado su matrimonio. A Pablo le sigue doliendo la espalda y Rosina tiene una idea al respecto. Rosina y Liberto se citan, las señoras le pillan y Rosina finge un desmayo para disimular.

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