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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 371 - ver ahora
Transcripción completa

¡Madre de Dios! ¡No es posible!

-A lo mejor,

sería conveniente que la cuidara una persona con mayor dedicación.

Al menos, hasta que se sienta recuperada plenamente.

¿Qué pretende, torturándome con esos mensajes?

El broche...,

las notas..., el mensaje en el cuadro...

¿Qué quiere? ¿Asustarme?

Nada tengo que ver.

No quiero volver a verla en mi vida.

Me temo que en eso no voy a poder darle contentura.

Me he instalado en una vivienda cercana.

Pero no tema,

ya le he dicho que su secreto

está a salvo conmigo.

-Señorita,

la estábamos esperando.

Ya me han dicho que se traslada usted con nosotras.

Pase.

Ahora mismo le preparo la habitación.

Doña Cayetana está ahí, en el despacho,

atendiendo unos asuntos.

Señorita,

¿qué le ocurre? ¿Está usted bien?

Sí, sí, no es nada.

-¿Recuerdas a Amparo?

Era cigarrera en la fábrica.

Sabe que te hiciste una copia de las llaves de la fábrica,

y que ibas a destrozar la producción.

Si coges tus cosas, y te largas de esta ciudad, sin más tardanza,

haré que te salves.

-Lo lamento pero no acepto su trato.

-¡Entonces es que eres una estúpida!

¡Te doy la oportunidad de tu vida

y tú la echas a perder como cualquier cosa!

-¡Es que no tengo porqué aceptar las limosnas de un burgués!

"Estimado comisario Del Valle,

como ya ha podido comprobar, mi esposo es obstinado y terco".

"Lo que de verdad me inquieta es la obsesión

que siente hacia doña Cayetana y Teresa".

"Esas dos mujeres van a terminar por hacerle perder la razón,

si es que no han hecho ya".

"Bastaría con que usted

no guardara más tiempo silencio,

aunque tal revelación pudiese causarle el presidio".

¡Teresa! Teresa, ¿qué le ocurre?

¡Fabiana! ¡Fabiana!

Eso hacen 37, 41,

42...,

43...

Y cuadra... dos, cuatro, seis, ocho...

-¿Cómo está la mujer más hermosa de España?

¡Caramba, Leandro! Ya me he perdido la suma, ¿ves?

¿Cuántas veces he de decirte que no te me acerques por detrás

cuando estoy haciendo cuentas? -No pienso hacerte caso.

Vuelves a empezar después.

Siempre sumando y sumando millones y millones de reales

que debes de guardar debajo de un colchón.

-Te voy a hacer lo mismo cuando estés dibujando.

-¿Besarme? Te lo compro, de acuerdo,

pero ten cuidado, no vayas a estropearme diseños como este.

¡Oh, Dios mío, Leandro!

No tengo palabras.

-Es el más bonito que he diseñado. Me lo han encargado mis jefes

para la boda de la hija de los marqueses de Alcoy.

Pero este me lo voy a quedar yo. Que cojan otro antiguo.

-¿Y eso? A ver si se van a molestar.

-Este

me lo quedo yo.

Yo no, que no es de mi talla, sino para mi futura esposa.

-¡Caray!

Es una mujer con suerte, si va a entrar en la iglesia

con esta preciosura de vestido y con un novio de primera.

Solo me falta encontrar la candidata.

¿Tú crees que doña Guadalupe,

la del quiosco, accederá si le pido matrimonio?

-¡Eres un payaso!

Supongo que por eso te quiero tanto.

Don Raúl, tengo que encontrar al doctor Galván.

Es por la señorita Teresa. Se ha desmayado

y casi no respira.

-Vamos, alquilaremos un simón.

¡Vamos! -¡El teléfono!

El número está en el tarjetero.

¿Ha ocurrido algo?

-¿Cayetana está bien? -Doña Cayetana está muy bien.

Ha sido la señorita Teresa, que está muy malamente.

Un ataque.

Estaba tirada en el suelo y casi no respiraba.

Menos mal que doña Cayetana ha podido sacarla adelante.

Teresa, nunca debe temer que yo la dañe.

Es mi amiga más querida. Casi como una hermana.

Ahora vendrá el médico. Él la curará.

Entre todos haremos que esté bien,

que vuelva a sonreír,

de ser mi gran apoyo.

Se va a quedar aquí conmigo.

No me separaré de usted ni de día ni de noche.

(Llaman a la puerta)

No me deje sola, por favor.

Quizá sea él.

Voy a abrir, solo tardo unos segundos.

¿Cómo está Teresa?

En el salón. Pasen.

¡Ay! Usted no es bienvenido

en esta casa, San Emeterio.

Cayetana, por favor. ¡No te metas!

Y ve con Teresa, que no quiero que esté sola.

Por favor, doña Cayetana, solo pretendo ayudar.

¿Ayudar?

No me haga reír. Esto es como lo de Pedro y el lobo,

tantas veces ha engañado y mentido que ahora nadie le cree.

No puede entrar en esta casa,

ya se lo he dicho. Váyase y no vuelva.

¡Espere!

Voy a ver a Teresa lo quiera o no.

¡Teresa! Fuera de mi casa,

no me obligue a llamar a la policía.

¡Teresa!

Ya ve

el interés que tiene ella por usted.

Seguro que tiene muchos amigos en la Policía

que estarán encantados de tenerle en el calabozo unos días.

Por donde usted pisa no crece la hierba.

Se va a arrepentir.

Fuera de mi casa.

Mauro, por favor, compórtese como una persona civilizada.

Yo le informaré del estado de Teresa.

Nunca me arrepiento de lo que hago. Cláveselo a fuego.

Gracias por la ayuda, Celia. ¡Maldito malnacido!

Se preocupa por Teresa.

Pues mejor le hubiera ido a ella de no haberlo conocido.

Ayúdame a llevarla al dormitorio.

¿El doctor Galván por qué no está aquí ya?

Yo cuidaré de usted.

Se pondrá bien.

Vamos.

¡Uy!

-¿Necesita usted ayuda?

-No me vendría mal, no te engaño.

Son más pesados de lo que parecen.

-Pues deje, que los entro yo.

¿Qué hacen aquí fuera? -Leí en una revista

que hay que hacer reclamo de la actividad de los negocios.

Y se me ha ocurrido sacarlos a última hora de la tarde.

-¿Y? ¿Se le han agolpado los clientes?

-Ni chicha ni limonada.

Los mismos de todos los días de Dios,

que, por suerte, no son pocos.

Déjalo ahí.

-Habrá que ser constante y sacarlos más días.

-No sé si estando sola me conviene.

Ya ves, a mi hijo trabajando en los grandes almacenes.

Si mi difunto esposo lo viera, le retiraba hasta el apellido.

-¿Lo dejo en el mismo sitio que el otro?

-Sí. Y a casa, que ya es tarde.

Casilda.

Espera a este marido que tienes, que vale un potosí,

de solícito y dispuesto que es.

-Sí, un potosí.

-Ya cierro yo, Martín. Y muchas gracias por tu ayuda.

-A mandar, doña Susana.

¿Eh? ¿No esperas?

-Ni que te lo merecieras. -¿Pasa algo?

-¿Y te atreves a preguntármelo?

-Es que no sé de qué hablas, Casilda.

-¿Ah, no?

Si te digo de dónde vengo seguro que te enteras, Martín.

He estado viendo el cinematógrafo.

-No es lo que te piensas.

-¿Y cómo sabes lo que yo pienso, Martín?

Yo creo que sí sabes de qué hablo,

aunque lo niegues. -Hay una explicación.

Verás que no es motivo de enfado. -Sí, que lo puedes explicar,

pero ¿sabes qué? Que no lo voy a entender. Burra que es una.

-Todo lo que hice lo hice por dinero.

Para que tuvieras la casa que tú querías. Para ti y para mí.

-Y yo voy con cara de pánfila.

Y que todo el mundo sepa que mi Martín

se tima a la Enriqueta Dor.

¡Ancha que es Castilla!

-Ni una mano le puse encima.

-Martín,

salían dos manos en la película,

y no solo las manos, hasta besos os habéis dado.

-¡Pero fuera de la película! Quiero decir, de verdad.

De verdad, mi amor.

Que lo hice por nosotros, para que tuviéramos una casa,

un lugar para nosotros.

No por vicio. -¡Ya! Para nosotros

y para ella cuando yo no esté, ¿verdad?

Mira, Martín, te puedes guardar en moni para ti solo y para siempre,

porque yo me vuelvo al altillo.

-Escúchame. -¡Que no!

Y no me vuelvas a buscar nunca más, conmigo no se te ha perdido nada.

¡Se acabó, Martín!

¡Sanseacabó!

En el altillo contaban que la señorita Teresa

la había dado un ataque, que ni el aire le llegaba al cuerpo.

-Y no mentían.

Cuando llegué Teresa estaba muy mal.

Menos mal que Cayetana hizo algo que la había enseñado Germán.

Algo para respirar. -¡Uh! ¡Qué artificios!

Yo esta mañana la vi mal. Lo tenía que haber dicho.

Me calle para no preocuparla a usted.

-Mira que eres mentecata. Lo tendrías que haber dicho.

¡Ay!

El doctor Galván le ha cambiado la medicación.

A ver si así remonta.

Daba pena verla, Lolita.

Estaba muy pálida, y apenas respiraba.

Después mejoró, pero nos dio un susto de muerte.

-No me extraña.

En Cabrahígo había uno, que se llamaba Colodión,

que estaba, hasta diez minutos, sin respirar.

-¡Qué barbaridad!

-Todos pensábamos que se había muerto,

hasta que respiraba y se echaba a reír.

"Que os he engañado", decía.

Y aplaudíamos.

El alcalde se lo prohibía hacer, pero Colodión "na", seguía igual.

-¿Y qué pasó? -Una vez lo hizo

y nos echamos a reír. Y el alcalde le decía:

"Colodión, llena el pulmón",

y pasaron diez minutos, pasaron quince,

y todos pensábamos que había perfeccionado su técnica,

hasta la media hora.

Íbamos a aplaudirle más que nunca cuando respirara.

-¿Y?

-Pues que no, que esta vez había muerto de verdad.

Al principio todos reíamos,

hasta que el alcalde se enfadó y ya pues todos lloramos.

Ahora, en San Colodión, hacemos luto.

-¿Todas estas historias de Cabrahígo las sabe Trini?

-¡Para no saberlas! Creo que Colodión era primo

de su abuela, o algo así.

-Es el pueblo más raro de España, Lolita.

-No se crea, que los del pueblo de Servando, Naveros del Río,

tampoco se quedan cortos.

-¿A qué hora cenamos?

-Cuando tú digas.

¿Lo tienes todo listo, Lolita?

-Cinco minutos. Caliento la sopa y ya.

-Pues ponte a ello.

-Muy bien. Estaré en el despacho.

-Felipe,

¿no irás a ponerte a trabajar ahora?

Ven, anda, siéntate aquí conmigo.

¿No sabes lo de Teresa, verdad?

-No.

-Se ha puesto fatal.

Yo nunca había visto a Cayetana tan preocupada,

ni a su hija la trataba con tanto mimo.

-Qué bien.

-¿Cómo que qué bien?

Felipe, ¿me estás escuchando?

¡Felipe! ¿Se puede saber qué te pasa?

Estás "in albis". -Lo siento, cariño.

Estaba pensando en asuntos de trabajo. Discúlpame.

-¿Estás bien? -Sí.

Siento haberte asustado.

-Te contaba que Teresa ha sufrido un ataque.

-¡Vaya!

Lo siento. ¿Qué ha sido?

¿Está grave?

-El doctor Galván no lo sabe.

Tienen que hacerle pruebas. Lleva días sintiéndose mal.

-Es una mujer joven

para tener achaques.

Esperemos que el doctor dé con su mal.

-La cena está. ¿La sirvo ya?

-Voy a cambiarme pues.

Voy a ponerme el batín y las zapatillas.

Enseguida vuelvo.

-El señor nunca se pone el batín

para cenar. -Es más raro que un perro verde.

Yo creo que tiene nervios por el juicio de esa criada.

De Huertas.

-¡Uh! Pues si él está nervioso, imagínese ella.

Tiene que estar subiéndose por las paredes, la pobre.

El señor es abogado y está acostumbrado,

pero ella es una pobre fregona, como las demás.

-Esa está más que acostumbrada a los conflictos, Lolita. Los busca.

Buenos días, Vicente.

En media hora tengo listo el chocolate. Le invito a uno.

-Hola. -Elena.

Enciende la máquina mientras que monto la terraza.

-Muy bien. -Buenos días.

-Buenos días, Servando. ¿Qué hace aquí tan temprano?

A esta hora solo trabajamos los pobres de solemnidad.

-¡Menos guasa, que tus buenos duros has ganado ya

antes de que despierte el primero de los vecinos.

-Se cree la gente que todo el monte es orégano.

¡Anda que no hay que faenar antes de abrir la caja

y que empiecen a entrar los reales.

-¡No llores tanto! ¿Has hablado ya con tu madre,

sobre mi concierto de cuchufleta?

-Sí.

Imp... Imposible, Servando.

Aquí no contamos con las condiciones necesarias

para disfrutar de su arte.

-No... No me digas eso, me tienes que hacer este favor.

-Y se lo haría, Servando, ya lo sabe. Ha sido mi madre.

Ha dicho que no, que no se va a oír.

Y tiene razón. ¿Por qué no lo hace en los Jardines del Príncipe?

Va todo el barrio. -¿En la calle?

?Como un pordiosero y cobrando la voluntad?

No, no, no, eso no se lo merece mi música.

-Yo no puedo hacer más. Mi madre ha dicho que "ni hablar".

Voy adentro,

a ver cómo va la cosa. -Ya.

¡Buenos días, doña Juliana!

-Buenos días nos dé Dios, Servando.

-Permítame que le haga una pregunta.

¿Tiene usted algo en contra de la cuchufleta,

también llamado "turuta" o "mirlitón"?

-¿Yo? Nada.

Dios me libre.

-Entonces, ¿por qué no me deja dar un concierto

en La Deliciosa?

-Don Servando, La Deliciosa no es una sala de conciertos.

Pero si es por el bien del barrio se hace, y asunto arreglado.

-¡Doña Juliana me autoriza!

Madre.

¿Ha escuchado la cuchufleta alguna vez?

Porque suena a grillos.

-¿Grillos?

De verdad, qué poquita sensibilidad artística.

Así va España.

Permítame, doña Juliana, que le demuestre mi arte.

-Ahora lo va a ver.

-¡Servando! ¡Servando! Pare, por favor.

Pare, ¿eh?, que va a despertar al barrio entero.

-Buen inicio de mañana. ¿Le ha gustado, verdad?

-¿Un grillo, decías?

Esto es un coro entero de grillos.

¿Por qué no toca usted en los Jardines del Príncipe?

Doña Juliana, no me esperaba yo esto de usted.

Que sepa que triunfaré con mi cuchufleta.

¡Y me vendrán a pedir que les demuestre mi arte!

¿Y sabe cuál será mi respuesta?

¡Que nones!

-¡Vaya!

Ya le hemos ofendido. -Bueno.

-Anda, hijo, ve tras él y pídele disculpas.

-Eso se le da mejor a usted, madre.

A mí, Servando, a veces, me saca de mis casillas.

-Yo no puedo.

Bastante preocupada estoy con la salud de Teresa

y con la chocolatería...

Ve tú, hazme el favor.

Y no eches esto al fuego,

que no tengo el cuerpo para las balandronadas de Servando.

-De acuerdo.

Pero más tarde, madre, que ahora hay mucha faena.

-Pero no lo dejes pasar. -No.

-Voy dentro, a ver cómo va todo. -Ande.

Odio bordar

desde chica.

-Pues no bordes.

Ojalá todo fuera tan fácil de solucionar.

-¿Y qué hago?

Huertas lo tiene todo controlado.

Lo tiene todo hecho. mucho mejor que yo, desde luego.

Me aburro.

-Lo sé. Estudia inglés.

-¿Inglés?

Pues vaya idea descabellada, Ramón,

que los ingleses hablan como si tuvieran papas en la boca.

-Mira, así me ayudas con unas cartas que tengo que enviar a Inglaterra.

Si nos hacemos con la distribución, de las cafeteras express allí,

nos hacemos ricos.

-Ya lo somos. -Pues más ricos todavía.

Y eso que en España las cosas van viento en popa.

-Me alegro. No tanto por el dinero,

sino por verte feliz.

-Todo va bien, Trini.

Mi mujer,

mis hijos,

mi casa, mis negocios... ¿Cómo no voy a estarlo?

-Ramón, ¿no te irás a fumar un puro habano ahora?

Luego dejas una peste en la casa que no hay quien la quite.

-Pero si huele a flores. Toda la casa está llena de flores.

-Sí. Y también es cosa de Huertas.

Esta muchacha es una alhaja.

Solo espero que el juicio con don Felipe no acabe mal.

Podrías hablar con él.

-No insistas, Trini.

Y a todo esto, ¿dónde está Huertas?

-Bajó a hacer la compra.

No puede ser que haya acabado.

¡Es una centella!

-Señora, el afilador está a dos calles.

Vine corriendo al oír el chiflo. He de bajar los cuchillos de cocina,

¿me autoriza? -Sí, claro, adelante.

-Gracias.

-¿Lo ves?

Está en todo,

no tengo que ocuparme yo de nada.

Ramoncín, te voy a decir una cosa.

Como Huertas se tenga que ir por culpa de don Felipe,

le mato con mis propias manos.

-A lo mejor, me adelanto yo.

-¡Ni hablar! Le mato yo.

Pareces preocupado.

Seguro que se trata de Teresa.

Ya te dije que no quería mentir, seré sincero.

Estoy preocupado por ella, sí.

Por su salud y por el peligro que supone

que Cayetana le ronde cerca.

Es una nota de Celia.

¿Y qué dice?

Que está estable,

pero sigue disociada de la realidad,

ajena a este mundo, en Román Paladino.

¿Y el médico no dice nada? ¿El médico?

El médico no sabe lo que tiene.

Hace conjeturas, pero no pasa de ahí.

Dice que hay que esperar a las pruebas,

como todos los médicos.

Pobre mujer.

Yo, que tanto he sufrido, y sufro por mi salud,

sé qué es lo peor que existe.

Por eso me preocupas tú.

Apenas has dormido, y no quiero verte sufrir.

No te inquietes por mí.

No voy a caer enfermo por pasar la noche en vela.

Si no me inquieto por ti, ¿por quién voy a hacerlo?

(Llaman a la puerta)

¿Esperas a alguien? No, a nadie.

Comisario, buenos días.

-Buenos días. ¿Puedo pasar? Claro.

¿Desea tomar algo?

Solo venía a hablar con usted, si me lo permite.

-Buenos días, comisario. ¿Desea que me ausente?

-No es necesario, Humildad.

Lo que tengamos que hablar, lo puede escuchar libremente.

Es más, debe de ser así.

Usted dirá. Quiero, aprovecho que está su mujer,

a ver si recapacita,

que acepte mi propuesta de traslado, y seguir en el cuerpo.

Ya la he rechazado. Y he presentado mi dimisión.

El escrito está todavía sobre mi mesa.

Puedo romperlo y tirarlo a la papelera. Piénselo.

Comisario, está todo pensado.

No quiero moverme de esta ciudad.

Aunque no sea como policía,

quiero impedir que Cayetana siga haciendo daño.

¡Por favor, San Emeterio! ¡Recapacite!

¡No tire por la borda su carrera por una obsesión! ¡Piénselo!

Comisario, si me disculpa, usted ya no es mi superior.

Le ruego que curse mi dimisión y no insista más.

Personalmente, le guardo el mayor de los respetos,

pero ya no me debo a sus órdenes.

No me deja más remedio que actuar.

No tengo otra salida.

Haga lo que crea que tenga que hacer, yo haré lo mismo.

Le deseo lo mejor.

Siempre.

Estás metido en un buen embrollo, amigo.

Esa mujer, Enriqueta,

va a acabar con mi matrimonio, ¡maldita sea!

No le eches a ella toda la culpa. Una parte es tuya.

No debiste mentir a Casilda.

¿Y qué podía hacer? Ya sabes, Casilda es de ideas fijas.

Ya, pero hay que convencerla, no faltar a la verdad.

Se coge antes a un mentiroso que a un cojo, deberías saberlo.

Sí, mentí, pero por ella,

para conseguir el dinero que necesitamos

para tener nuestra casa.

¡Nunca fui infiel! Ni de pensamiento. Ya, Martín,

pero cuando se descubre que alguien ha mentido

se cree que lo ha hecho siempre, y en todo.

Sí.

Tienes razón.

Las maniobras de Enriqueta y mis farsas han roto mi matrimonio.

Eh, eh...

Debes resistirte a eso como gato panza arriba.

No vas a dejar que tu matrimonio se acabe.

Se ve a la legua que Casilda y tú tenéis mucho amor que daros.

No sé.

Tanto que anoche durmió al altillo, por no compartir cama conmigo.

Bueno, tranquilo.

Si no crees en ti mismo, ¿quién lo va a hacer?

Ya iré yo a hablar con ella, o te acompañaré cuando vayas tú.

A mí no me echará. Me escuchará, supongo.

Te escuchará. Y después me dará puerta, ya verás.

-¿Quién te va a dar puerta?

Casilda, como si lo viera. Mucho ha tardado.

-No se burle de mí, doña Rosina. -¿La pequeñaja ha visto la película?

¿La película?

¿Qué sabe usted de la película?

Lo que...

Lo que se dice en el barrio,

que este truhán

ha hecho una película... ¡cochina!

¿Hay más gente de Acacias que ha visto la película?

Martín, mal asunto estar en boca de todos.

Pues alguien la... la habrá visto,

cuando me han venido a mí con el cuento.

Os dejo aquí, con vuestras cosas.

¿No venía usted a la cocina a por algo?

¡Sí, a por una galleta, que me ha entrado apetencia!

Martín,

¿qué sabe mi suegra de la película?

-Nada, ni idea. ¿Qué...? ¿Qué va a saber?

Ya. Ya me contarás cuando todo esto pase.

¡No! ¡Es un sonido insoportable!

-¿Se lo dije o no se lo dije?

Ya se han marchado dos mesas.

-Y ahí va la tercera.

Teníamos que haberle dejado

hacer el concierto en la chocolatería.

Más vale una de morado que ciento de colorado, Víctor.

¿Y tú no fuiste a pedirle disculpas, a que no?

-Pensaba hacerlo esta tarde, madre.

Voy a cobrar.

-¡Servando, por favor!

¡Que se va a abrir el infierno y van a salir todos los demonios!

Que parece que los llamas con esos pitidos.

Pero ¿qué haces? ¡Para ya!

-Música para los oídos de los viandantes.

-¡Oh! ¡Verídicamente,

tú no tienes oído! ¡Tienes orejas y desencontradas!

-No me han dejado tocar en La Deliciosa,

se han reído de mí...

¡Ahora se van a enterar de lo que es el orgullo naverense!

-Juliana, así no hay quien se concentre.

-Ve a hablar con él.

A mí no me hace ni caso.

-Aunque sea le pago para que no toque ni una nota más.

Servando, ¡por Dios!...

Denos cuartelillo,

por lo que más quiera.

Sabía que usted iba a apreciar mi música, don Leandro.

-¿Apreciarla? ¡Servando,

eso no es música, son ruidos!

-Se lo ruego, Servando, ¡calle!

-¡Calle!

Ahí le ha dado. La calle es libre, y toco en la calle

para quien sepa apreciar mi arte.

-¡Un poquito de piedad, Servando!

¡Se me están levantando los clientes y se van!

-¡Oh!

-¡Voy a llamar a la policía!

-¡Servando, por Dios, un poco de civilidad!

-¡Sí! ¡Y conmigo no, ¿eh?!

¡A mí me han humillado, me han despreciado,

verbigracia, vituperado!

-Servando,

seguro que no ha sido con mala intención.

-¡El problema no es su arte! ¡El problema

es esa puñetera cuchufleta, que es maligna!

-¡Servando! ¡Servando!

¡Como escuche una nota más,

no voy a parar hasta que lo condenen a trabajos forzados en Cuba!

-¡Cuba ya no es nuestra! -¡Uh!

¡Usted verá, que don Felipe es abogado!

-¡Así...! ¡Así va este país! ¡No aprecian el arte!

¡Y... Y no me engaña, que sé que don Felipe

no está en casa! ¡Y si me callo...

es porque me da la gana, no por falsas amenazas!

-¡Ay!

Anda, que la que has liado con la película.

-Lolita, tienes que ayudarme, no es lo que parece.

-A mí no me metas. Haberlo pensado antes.

-¡Uf!

-¿A ti qué te pasa, que tienes esa cara mustio?

-Que he metido la pata hasta el corvejón.

Casilda ha visto la película.

-¿Qué película?

-La cochina que hice con Enriqueta.

-¡Ah! ¿Has hecho una película cochina con esa diva?

¿Y dónde se puede ver?

Lo que daría yo por hacer una con ella

y posar mis dedos sobre su piel...,

y mis labios

sobre sus labios. -Va en serio, Servando.

Casilda no quiere saber nada de mí. No sé qué hacer para que me perdone.

-¡Tú no te preocupes por nada, Martín!

Que aquí estamos mi cuchufleta y yo

para socorrerte.

¿No van a venir tus señores? -Calla. ¡Bésame!

Menos mal que se ha callado Servando.

¡Menuda matraca con la cuchufleta! Alguien se la habrá hecho tragar.

¿Qué? ¿Merendando?

-Perdone, señora, tenían tan buen aspecto...

-Sí.

Están bonitas, sí.

"La fruta del pecado", que la llaman.

¿Qué has pensado para la cena?

-Crema de champiñones, que los había ricos,

y bien de precio en el mercado, y buñuelos de bacalao.

¿Quiere probar la crema? -Sí, por favor.

-A ver...

-¡Mmm! ¡Está riquísima!

A mi esposo le va a encantar.

¿Cómo va lo del juicio?

Mira que estamos muy contentos con tenerte aquí en casa

y no queremos problemas, ¿eh?

-Espero que no los haya.

-Huertas,

¿no te convendría retirar la demanda y arreglarte con don Felipe?

-No sé. Lo de arreglarme con él ya quisiera.

-Creo que ganaré el juicio.

-¡Uy! Cuidado con don Felipe, es bueno, tiene muchas habilidades.

-Y tanto que las tiene, muchas.

¿No ha notado nada raro en la crema?

-Sí. ¿Lleva especias, no? -Especias afrodisiacas.

-¡Uy! -Un poquito de ajedrea

y un poquito de pimienta de Cayena.

En el último momento, hojitas picaditas de cilantro.

-Hay que ver qué ciencias, ¿eh?

Mejor que mejor, a ver si esta noche tengo suerte con Ramón.

-¡Mmm,

qué bien huele! -Sí.

-¿Qué es? -Crema de champiñones.

-¡Espera, espera! ¡Mejor tú no la pruebes!

-¿Por?

-Le falta sal.

-Yo la veo bien de sal. Está rica.

Me voy a dar un paseo con Víctor.

-Para la niña mejor haz otra cosa.

Tiene un novio y una edad muy mala,

de poco pensar y mucho hacer.

No vaya a ser que le entren ganas de...

Ya sabes.

Últimamente anda con más deseos que frenos.

-Lo que mande.

-Gracias. Y cuidado con la crema, no vayamos a tener un disgusto.

¡Mmm! ¡Qué bueno, Huertas!

Gracias, José.

Hasta mañana.

Buenas tardes, Felipe.

San Emeterio. ¿No quiere lustrarse los zapatos?

No soy rico. Ya lo hago en casa.

¿Puedo sentarme con usted? Por favor.

Siempre es bienvenido.

¿Qué sabe de Teresa? ¿Está bien?

Ya me parecía raro que solo buscara mi compañía.

Celia está más pendiente de ella que yo.

Creo que está mejor, aunque a veces se evade de la realidad.

El doctor Galván está con ella. ¿Galván?

Ayer la examinó. Y hoy ha regresado.

No confío en él.

¿No confía?

Es un médico experimentado.

Felipe,

no tengo ninguna prueba,

pero creo que Cayetana está envenenando a Teresa.

¿Envenenando?

Mauro, se está convirtiendo en una parodia de sí mismo.

¡Deje de inventar esas teorías!

La gente va a pensar que ha perdido la cabeza.

Y yo lo empiezo a sospechar. ¿No la cree capaz?

A Cayetana la veo capaz de eso y de mucho más.

Pero, según Celia, el afecto que siente por Teresa es verdadero.

Esa mujer no siente afecto por nadie.

Señora San Emeterio.

-Buenas tardes, don Felipe.

No esperaba verte por aquí.

Supongo que he venido a lo mismo que tú,

a interesarme por Teresa.

Me decía don Felipe que, según su esposa, está mejor.

¡Cómo me alegro!

Me disponía a ir a rezar por ella y después subir a visitarle.

En ese caso, voy a pedirte un favor.

La paciente tiene el ritmo cardiaco acelerado.

Y la temperatura alta.

¿Ha sufrido algún dolor? Sí.

Ahora está tranquila pero se ha quejado toda la noche.

Le dolía el abdomen.

Siento reconocerlo,

les aseguro que sus males escapan a mis conocimientos.

Debería haber mejorado con los medicamentos.

¿Qué podemos hacer?

Lo único que puedo recomendarles

es derivarla a un especialista.

¡Cayetana!

Estoy aquí.

¡Quiero ver a Cayetana!

¿Por qué no está aquí conmigo?

Estoy aquí con usted.

Teresa, no me he separado de su lado.

¿Dónde está?

¿Dónde está?

-Tranquila.

Volverá en sí.

Te estás portando con ella mejor de lo que nadie puede mandarte.

Doctor, ni siquiera me reconoce.

-Lo que tiene no es solo sicológico, tiene que haber una base física.

Hay un doctor del que hablan maravillas,

se llama Arán Aplá. ¿Cómo puedo contactar con él?

Le aseguro que es muy caro.

Muy caro. Da igual que tenga que gastarme

hasta el último real de mi fortuna.

Quiero lo mejor para Teresa.

El doctor Arán acaba de llegar de hacer estudios

en Suecia, y todavía está buscando

un lugar donde establecer su consulta.

Tengo el teléfono de su hotel. Le llamaré.

¡Corra! ¡Corra! Acompáñele a la puerta.

-Venga conmigo.

Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que se ponga bien.

Debe recibirla Teresa en mano.

¿Puedo confiar en ti?

Puedes, lo sabes.

Sé que no es fácil, pero solo tú puedes ayudarme.

No quiero implicar a los Álvarez Hermoso más.

Confía en mí.

No es plato de buen gusto, pero... lo haré.

Humildad, escúchame bien.

Bajo ningún concepto debe caer en manos de Cayetana.

Lo pongo en la nota. Pero insiste.

Advierte a Teresa contra ella.

Que no tome ningún medicamento.

Pueden estar envenenándola.

Le llegará a Teresa. Lo haré por ti.

Te lo agradeceré siempre.

Tu confianza en mí ya es un premio.

Llevaré tus billetes siempre que quieras.

Llama a la chica, por favor.

Después de la iglesia, lleva a mi esposa a casa de doña Cayetana.

Gracias, Humildad. De nada.

¡Esta Leonor siempre haciéndome esperar!

-(CHISTANDO) ¡Rosina! ¡Ven!

-¡Uy!

Pero ¿qué haces aquí? ¿Estás loco? Nos van a descubrir.

-No aguantaba más sin verte.

¿Sabes qué? He estado pensando.

Creo que voy a dejar los estudios.

Voy dedicarme a los negocios, a engordar las rentas.

-¿Por qué?

-Para darte todo lo que te mereces.

-¡Ay, loco de remate!

-Loco por ti.

¿No te gusta? -Me encanta.

-¡No seas descarado! ¡Esas manos!

-Es que mue muero de ganas de disfrutar de tu cuerpo.

¿Tú no?

-¡Ay, claro que sí!

Pero no querrás que lo haga en la escalera,

como si fuera una criada con un soldado.

-¿Entonces, cuándo?

¿Y dónde?

-¿Cuando? Pronto. ¿Dónde? Ya veremos.

(Se oyen pasos)

-¡Madre!

-¡Mi hija!

-Madre, ¿qué hace usted en la escalera de servicio?

-Pues... Pues mirar a ver si limpian, como por aquí no pasamos las señoras,

no limpian nunca, y es aquí de donde salen las cucarachas.

¿Te has enterado de la pelea de Martín y Casilda?

-No. ¿Se han peleado?

-¡Uy! A partir, pero así están. Vamos a la iglesia y te lo cuento.

-Hola, buenas.

(SILBA)

¡Hombre, Felipe!

Con usted quería yo hablar.

De Huertas.

-Dígame, don Ramón.

-Es un asunto delicado.

Espero que no le moleste que intervenga.

-Hable con total libertad.

-En realidad, no quería hablarle solo de Huertas,

quería hablarle de Huertas y de usted.

-Don Ramón, no se precipite en sus conclusiones.

-No se crea que no lo he meditado bien.

Trini me pidió que se lo dijera, pero hasta ahora no me decidí.

¿No sería posible

interceder por esa joven,

que llegaran a un acuerdo satisfactorio

para las dos partes en el juicio?

Estamos muy contentos con ella,

y lamentaríamos su pérdida.

-Esos asuntos ya se nos escapan de nuestras manos.

La maquinaria de la justicia está en marcha.

-Lo imaginaba.

Lamento la intromisión,

y espero que no afecte a nuestra amistad.

-Claro que no, don Ramón. La amistad va por un lado

y el trabajo va por otro.

La única relación que tengo con Huertas

es meramente profesional. -Por supuesto.

Pero no se ensañe mucho con ella, a pesar de ser tan reivindicativa

es una buena moza, y trabajadora.

Bueno,

no le molesto más. Voy a Correos y se me hace tarde.

Con Dios. -Con Dios.

(SUSPIRA)

-¡Felipe!

-¿Qué haces aquí? Habíamos quedado en los jardines.

-No podía esperar. Y tú tampoco,

seguro. -Cierto.

Para decirte que lo de ayer no se volverá a repetir.

-Igualito no, mejor.

-Ni mejor ni peor.

Lo más sensato es que te vayas del barrio.

Y yo me olvidaré del juicio.

-Ya.

Te has dado el capricho y ahora te entran los arrepentimientos.

No te hacía así, Felipe,

parecías tener más arrestos. -Y los tengo.

Para ser fiel a mi esposa y dejarme de calenturas de chiquillo.

Y no me tutees.

-¿Ni cuando estemos sin ropa?

-Eso no volverá a ocurrir.

-No te lo crees ni tú.

No me voy a marchar,

y me buscarás, te lo aseguro.

-Huertas.

No juegues, yo no estoy jugando.

Espero no volver a verte por estas calles.

Dígame, doctor, ¿qué tengo?, por favor.

Todavía no puedo hacer un diagnóstico con precisión.

Es un poco pronto.

Debo de analizar todas las circunstancias.

Sin embargo, lo que más me preocupa es la disociación

de la realidad. Que tenga usted alucinaciones.

Porque del dolor del abdomen y de la sed nos ocuparemos más tarde.

Cuando encontremos las causas que lo originan,

encontraremos la solución.

Estese tranquila.

Doctor Arán, le agradezco mucho que haya venido tan pronto.

No hay de qué, doña Cayetana.

Cuando me lo pidió el doctor Galván, no tuve la menor duda.

Conocí a su difunto esposo hace años.

Buen médico.

Gracias.

¿Podemos hablar en privado?

Sí, por supuesto. Vamos a mi despacho.

Fabiana, por favor, quédate con Teresa. Cuídala.

-Vaya tranquila, señora. Perdone.

En unos momentos

le toca la medicación que le ordenó el doctor Galván. ¿Se la doy?

-No, suspenda la medicación hasta que analice sus necesidades.

¿Vamos, doña Cayetana?

Sí. Sí, sí.

Tengo sed.

-Nunca había visto a doña Cayetana

comportarse con tanto cariño hacia alguien.

Es usted una mujer afortunada.

Lo soy.

Confíe en ella, señorita. Quiere lo mejor para usted.

(Llaman a la puerta)

Voy a abrir.

-¿Cómo se encuentra, Teresa?

¿Qué haces aquí? ¡Fuera!

-Casilda, no seas cabezota.

-No quiero saber nada de ti, Martín.

¡Eres un sicalíptico!

Casilda, por favor, por lo menos escúchale.

No te metas tú, Pablo.

Es que si no me meto vas a hacer una locura.

Martín, cuéntale lo que me has contado a mí.

-Sé que he metido la pata,

pero todo lo que hice lo hice por nosotros.

Para darte lo que nunca hemos tenido.

Un hogar para ti y para mí.

Un sitio en el que fueras la señora,

y no la criada.

El dinero de la plancha era mío.

-¡Así que tú también mentías!

Sí, pero me arrepiento. No sabía que te ibas a poner así.

¿Tú sabes lo que me ha hecho ese desgraciado?

¿Sabes las cosas que hacía en la película

con la Enriqueta Dor? -Pero, Casilda,

que era falso. En la vida real no he puesto la mano encima

a nadie que no seas tú.

-Pues peor para ti,

que encima de hacerlo no le sacabas el gusto.

¡Hala! Ya os he escuchado,

así que marchaos de aquí.

Mira, Casilda,

esto es lo que encontraste en la plancha.

Es de Martín y tuyo,

para vuestra casa. Para vuestros hijos.

¡Dinero sucio!

¡Fuera!

-Pero, Casilda...

-¡Fuera!

Vámonos, Martín.

Tranquilo, ya se le pasará.

El doctor es de relumbrón, señora. Dice que la va a sanar.

-¡Gracias a Dios!

No he dejado de rezar ni un momento por su salud.

Gracias, Humildad.

¡Ay!

Tendré que pedir cita con ese doctor tan competente.

Llevo con esta tos desde ayer por la noche.

Fabiana, por favor, ¿puede acercarme un vaso de agua fresca?

-Ahora mismo.

-Gracias.

Teresa,

es de Mauro.

Que no la vea Cayetana.

Mauro me ha advertido de un asunto muy importante.

No tome nada.

Absolutamente nada de lo que le den.

Cayetana quiere su mal, y puede que la esté envenenando.

No.

Cayetana no. Teresa,

hágame caso, y disimule.

-Tome.

-Gracias.

Buenas tardes, Humildad.

Buenas tardes.

Gracias.

Perdone que no me quede más tiempo, pero es que...

me ha entrado un ataque de tos terrible,

y no creo que sea bueno para la paciente.

No quiero contagiarle nada.

Sí, es mejor extremar las precauciones.

Fabiana, acompáñala a la puerta.

El doctor le ha recetado un específico para calmar sus dolores,

hasta que dé con su causa final.

Me ha parecido un hombre muy sabio.

Estoy segura de que sus remedios van a ser efectivos.

Tome, Teresa.

Teresa.

Beba.

No.

¡Beba!

¡Fuera!

¿Dónde...? ¿Dónde está?

-¿El qué? -Se ha esfumado.

¿Qué va a ser? ¡La cuchufleta! ¡Que me la han "birlao"!

-¡Oy, qué dolor, qué pena, Mambrú se fue a la guerra!

-¿No tendrás tú nada que ver con el secuestro sinfónico?

No seguiré requebrándote

si me prometes un beso. -¡Ay! ¡Quita, sátiro!

-¡Venga! Solo uno.

Pequeñito.

Como si fuera un jilguero

dándole de comer al pollo.

-Para pollo el que estás tú hecho. ¡Ay!

-Entonces, Celia, ¿dices que ni los médicos

saben los intríngulis de las dolencias de Teresa?

-Esa chica tan enfermiza... ¡Qué fatalidad!

-Sabes que es el corazón pero no, al completo, la causa.

-¡Ah! -¡Paciencia!

¡Servando! ¿Están por aquí?

-¿Por qué no nos marchamos

lejos de esta ciudad de pecado y sufrimiento?

El que huye lleva su pena consigo.

Olvidarás. Siempre se olvida.

Por favor, acepta la propuesta del comisario Del Valle.

Ya nada puedes hacer aquí, ni por Teresa ni por nadie.

Mira, Humildad...

Mírame a los ojos.

Y escucha mis palabras.

No voy a abandonar a Teresa.

-Tiene usted varias misivas, don Felipe.

¿De dónde ha salido este sobre?

-Del mismo rebaño

que los demás.

-Me extraña.

No tiene ni remitente ni franqueo.

Este te le han colado devuelto, Servando.

-No, no, ni presencia, señor.

Ni me he fijado.

-Ayúdeme, comisario.

Prométame que impedirá que Mauro cometa una locura.

-Ya intenté que dejara la ciudad.

-Lo sé, y se lo agradezco, pero no lo deje usted ahí,

siga ayudándome, ¡por amor de Dios!

-Estoy de tu lado, Humildad.

No permitiré que te sientas tan sola y desesperada.

Contendré la insania de Mauro.

Con la ayuda del Señor. -Que él le bendiga.

¿Conoce usted el modo?

-Le he estado dando vueltas,

y creo que lo tengo decidido.

En cuanto estén los trámites imprescindibles,

le mandaré arrestar.

Cayetana

ha descubierto a Teresa y la está matando lentamente.

-¡Uy! No diga eso, por el amor de Dios.

Si le alivia, le prometo que hablaré con Cayetana

para que le deje visitarla.

"No tomes nada que Cayetana te dé,

puede estar envenenado".

¡Bastardo!

¿Ha ocurrido algo para que venga la pareja a hacer la guardia?

No, que yo sepa.

No pintan nada entonces.

¿Le importaría preguntarles qué buscan a estas horas?

Yo la voy a esperar dentro.

Descuide, le haré el favor.

¿Qué me pasa?

¿Qué me pasa?

Un momento, por favor, deme un minuto.

A ver.

Me temo que se trata de algún tipo de dolencia cardiaca,

una angina de pecho, un ataque al corazón.

¡Haga algo, por Dios!

¡Algo!

  • Capítulo 371

Acacias 38 - Capítulo 371

11 oct 2016

Teresa continúa delirando y se muestra esquiva con Cayetana. Mauro intenta colarse en casa de Cayetana para ver a Teresa. Cayetana se lo impide. Galván deriva a Teresa a un especialista. Cayetana está dispuesta a gastar lo que sea por curar a su amiga, por lo que llama al doctor Arana. Casilda le echa en cara a Martín su mentira y le informa de que se mudará al altillo. Pablo le ofrece a Martín interceder por él ante Casilda.

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