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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 309 - ver ahora
Transcripción completa

Enhorabuena, tortolitos.

-Gracias, hijo.

-Madre, que ha dado usted el campanazo.

(RÍE)

-Hoy es uno de los días más felices de mi vida.

El día en el que el hombre al que siempre he amado

me ofrece la posibilidad de compartir mis sentimientos.

Os felicito por vuestro buen corazón.

No tiene por qué.

Readmitir a Casilda es un acto de justicia.

Sí, sí, no lo dudo.

Pero involucrar a Felipe

es un acto de mucha generosidad.

-¿Qué ocurre con Felipe?

Felipe va a defender a Martín por orden expresa de tus hijos.

-"Debemos pensar la estrategia".

Debemos llegar a todo el gobierno.

Convencerles de que sus declaraciones han sido cruciales.

Y que está arrepentido.

Eso va a ser casi imposible. Nadie ha dicho que sea fácil.

Voy a hacer todo lo posible para sacarte de aquí.

-"Me gustaría que me ayudara"

a elegir el traje de novia.

No sé si eso sería buena idea. ¿Por qué no?

Ya me ha ayudado con la tela.

Estoy segura de que tenemos un gusto muy similar.

"Esta insignia"

de la cofradía del Sagrado Corazón estaba en casa de doña Cayetana.

Y no estaba en la estancia principal, precisamente.

¿Acaso he de pensar

que no llegó por casualidad?

Por supuesto que no.

-"Mira, Leandro,"

tu madre.

-¡Uh!

¡Está sin sentido!

Quiero que me acompañe al altar.

-Pero ¿cómo voy a hacer tal cosa?

-Siempre ha sido muy cariñosa.

Es usted una mujer muy buena y generosa.

Tampoco hay otra persona a la que tenga tanto afecto.

Sería la mujer más afortunada del mundo si aceptara.

Se lo ruego.

No me niegue el placer de acompañarme hasta el altar.

Ya.

Supongo que no ve bien que ate a un hombre a mi silla.

No, qué disparate.

Es que no la conozco tanto como para hacer algo tan importante.

Ya le dije que no tengo amigas.

Humildad, yo... Deseo que ese día sea hermoso

y estar rodeada de la gente que me quiere y aprecia.

Soy un poco mayor para llevar las arras y el velo.

Humildad... Sea, pues, mi apoyo.

Acompáñeme en el día más feliz de mi vida.

Dígame que sí y me hará la mujer más afortunada del mundo.

Gracias.

Gracias.

Es usted todo bondad.

Ay.

Perdone.

No sé dónde está Susana.

Está tardando.

(Puerta)

¡Fabiana!

(Puerta)

No esperaba visita. Y menos, la tuya.

¿Molesto?

Nada de eso.

Verte es la más grata de las sorpresas.

No sé dónde se ha metido mi criada.

Me alegro de que haya salido.

Así tenemos la casa para nosotros solos.

No me malinterpretes.

Esta visita se debe a que he de hablar seriamente contigo.

Lo que hicimos no puede volver a suceder.

No sabes lo que me entristece oírte decir eso.

Soy un hombre casado, tengo familia.

Lo que hacemos no está bien.

Me siento sucio y despreciable.

Estoy mancillando la sagrada institución de la familia.

Dejaré el patronato.

Es mejor que no volvamos a vernos.

Así evitaremos las tentaciones.

¿Me abandonas y ya está?

¿Tan poco te afecta separarte de mí?

¿Así, tan fácil, me abandonas?

Olvidarme de ti me va a costar la vida.

Pues no lo parece.

No sabes lo que estoy pasando.

Me acuerdo de ti cada segundo de mi vida.

Tu cuello.

El olor de tu piel.

Tus besos.

Y luego...

¿Y luego?

Luego, me acuerdo de mi esposa,

de mis hijos, de Dios,

de mis votos.

La culpa me consume.

Ojalá mi situación fuera otra, pero no puedo cambiarla.

No me abandones, por favor.

No puedo vivir sin tus besos, sin tus caricias,

sin tus abrazos.

No me digas eso.

Debemos tratar de ser buenos cirstianos y no sucumbir

al deseo de la carne.

No es lascivia.

Es amor, por tu afán con el patronato,

por todo el sacrificio que has hecho con esos niños.

Yo no hubiera sacado adelante este proyecto sin ti.

Te necesito. Cayetana.

Tienes razón.

Yo soy una distracción.

Y tú te debes a tu familia, a tu dios.

Olvídame.

Yo...

Yo no importo.

Sí importas, cielo mío.

Importas.

No te dejaré.

No.

¡Madre!

¡Madre!

¿Dónde se puede haber metido?

La hemos visto venir.

Quizá cembió de dirección o se entretuvo en casa de alguna vecina.

Hablando de tu madre,

me ha dejado de piedra lo que nos acaba de contar.

¿Lo del desmayo de doña Susana?

Hasta la casa de socorro se la han llevado.

Sí, ya lo he oído.

Pero me extraña.

¿Crees que será fingido?

La he visto fingir tantas veces en estos años que no me extrañaría.

Aunque quizá esta vez haya sido real.

Por la valentía de Leandro.

No lo sé.

Les debe haber costado mucho

dar este paso tan importante

y declarar su amor frente a todos.

Y más, con lo chismosa que es la gente.

La noticia habrá volado. Yo creo que les da igual.

Bastante que han aguantado.

Toda una vida.

Me alegro mucho por don Leandro,

que es muy bueno. Los dos lo son.

Se merecen la felicidad que están disfrutando.

Esperemos que doña Susana no lo estropee. Tiene muy mala baba.

-Aquí estáis, bribones.

Hablando de mala baba.

Suegra.

-Antes de que arme la de San Quintín, deje que le expliquemos.

-¿Explicar qué, que has hablado con don Felipe

a mis espaldas, que le habéis contratado

sin mi consentimiento

para que defienda a ese anarquista del demonio?

Martín no es un anarquista.

Ese abogado me va a oír. ¡Es un hipócrita y un traidor!

¡Le diré unas cuántas palabras!

-Deje primero que le contemos.

-No quiero oír vuestras mentiras.

¿No respetáis la memoria de tu padre?

¿Defendéis antes a ese asesino que a quien te dio la vida?

-Martín no es un asesino y mucho menos, el de mi padre.

Ya lo hemos hablado muchas veces.

-Y no os he hecho ni caso.

Se autoinculpó. ¿Qué inocente hace eso?

Alguien que quiere salvar a otra persona.

Lo hizo por Casilda, por amor a ella.

¡Melindres! -Es la verdad.

-La verdad es que es un asesino y punto.

Martín es inocente.

Ha colaborado para que atrapen a esos anarquistas.

No tiene ni idea de lo que ha pasado en el penal.

Ha intentado quitarse la vida.

Por la culpa que le atenazaba.

O por verse el futuro tan nublado.

-Madre, la situación de Martín es desesperada.

Y queremos ayudarle por eso.

Por eso y porque Casilda le quiere y nosotros la queremos a ella.

-¡Habla por ti! Sabes lo que siento por ella.

-¿Cómo puede ser tan obtusa?

-¿Cómo sois tan ingenuos?

-Es una insensible. -Nunca debisteis traerla de vuelta.

Y menos, contratar a mi abogado para defender a ese asesino.

Nunca me imaginé esto de vosotros.

No sé cómo pude pensar

que yo sería capaz de dejarte.

No sé cómo pude imaginar

que podría Dios darme tanta fortaleza.

Vamos.

Tengo un compromiso que no he podido eludir.

Hoy, con todo el dolor de mi corazón, he de irme.

No sabes cómo me entristece oírte decir eso.

Mañana haré lo indecible por encontrar un hueco.

Vendré después de la reunión del patronato.

Contaré los minutos hasta que llegue ese momento.

Va a ser un suplicio alejarme de ti.

Antes de que marches, he de pedirte algo.

¿Qué ocurre?

Ya sabes lo obcecada que está Teresa

en meter a todos esos niños del orfanato en nuestro colegio.

Teresa es una buena muchacha que se preocupa por esos niños.

Lo sé, y yo también.

Pero solo puedo aceptar a un pequeño grupo.

¿Y qué puedo hacer yo?

Necesito que le des esperanzas a Teresa.

¿Esperanzas?

No te entiendo.

Necesito que le hagas creer a Teresa

que hemos encontrado una solución para esos niños, una salida.

¿Una salida?

¿Qué quieres que haga exactamente?

Necesito que presentes unas listas

en las que se aseguro que los niños que no vamos a poder acoger

serán admitidos en otros colegios religiosos

más adecuados a su condición.

Unas listas falsas, quieres decir. Provisionales.

Solo hasta que veamos lo que podemos hacer.

Eso es mentir. No quiero mentir a Teresa.

Está haciendo una gran labor en el patronato.

¿Me estás diciendo que nunca has engañado a nadie?

¿Que es el mayor embuste que vas a decir hoy?

Piénsalo un momento.

La imagen que demos de nuestro colegio es crucial.

Debemos hacer de ese colegio un lugar de prestigio.

Necesitamos familias con nombres y apellidos.

Tendremos muchas de esas familias.

No, si admitimos a todos esos pobres.

Los ricos no querrán llevar a sus hijos ahí.

Y sin esas familias ricas, nuestro colegio no será nada.

A la larga, podremos admitir todos los huérfanos que queramos.

Pero ahora, debemos rechazarlos por su propio bien.

Si no, nunca podrán ser admitidos.

¿Por qué no se lo cuentas? Porque ella no es como tú.

No lo va a entender.

A las mujeres nos pierde el corazón y nos falta la razón.

Si se bloquea el proyecto, será el acabose.

Entonces, ningún niño tendría plaza.

¿Qué prefieres,

salvar a unos cuántos o a ninguno?

Si no quieres, no lo hagas por mí.

Hazlo por el proyecto.

Por esos niños que sí tienen plaza.

De acuerdo.

Lo haré.

Mañana presentaré esas listas falsas.

¿Lo ves?

Te necesito.

Yo no sé qué haría sin ti.

Falta el último pago del préstamo concedido a Bermúdez de Castro.

-¿A cuánto asciende la deuda?

-Le quedan por pagar 2000 pesetas. Gasta sin tino.

¿Lo dejamos para mañana?

-Sí, va a ser lo mejor.

Se está haciendo tarde y no quiero que se me eche la hora encima

y discutir con mi mujer.

Será mejor que ella no le vea por aquí.

-Hace usted muy bien manteniendo a su mujer al margen.

-Me temo

que ya es tarde.

Sabe que no me dedico a los residuos, sino a prestar dinero.

-¿Quién se lo dijo?

-Pues no lo sé.

Alguien le iría con el cuento y ella hizo sus propias averiguaciones.

-Es una mujer de carácter, inteligente e insistente.

-No lo sabe bien.

Es más lista que una hambruna salvaje.

Era cuestión de tiempo que se enterara.

Y créame que no es plato de gusto engañarla.

-Si hacemos las cosas bien, todos saldremos favorablemente.

Comprenderá que lo ha hecho por ella y por su hija

y eso la llenará de dicha.

-Eso espero.

No hay nada que desee más que el bienestar de mi familia.

-Ha de hacer un poder y hacer que se mantenga al margen.

Cuanto menos sepa, más a salvo estará.

Sobre todo, ahora, que Clemente nos ha echado el ojo.

-No me gusta un pelo.

-Razones tiene para estar alerta.

-¿Sabe algo que yo no sepa?

-Sé que es un hombre de palabra

y que cumple sus amenazas.

Don Clemente es un hombre de armas tomar, literalmente.

-¿Por qué dice eso?

¿Se ha enterado de algo?

-He preguntado por ahí.

¿Qué es lo que le ocurre?

-Durán me pidió dinero.

No le hice caso porque sabía de sus negocios con Clemente.

Le dije que no quería meterme en líos.

-Y supongo que no quedó conforme.

-Me amenazó con decirle a Clemente

que estábamos haciendo negocios, fuera cierto o no.

-¡Maldito Durán!

-Llevo todo el día dándole vueltas al magín.

-Pues me temo que no nos queda otra cosa

que sucumbir a sus amenazas.

-¿Prestarle dinero a Durán?

-Y confiar en que cerrará el pico y no dirá nada a nadie.

-Me estoy metiendo yo solito en la boca del lobo con esto.

Pero tiene razón.

No me queda otra salida.

Pensé que ya no estabas.

Aún me queda un rato.

Tengo mucho trabajo, se me acumulan los papeles.

No me cuentes tu vida.

No somos amigos.

¿Qué ocurre?

Teresa.

Aleja a Humildad de mi vida.

¿Qué ha sucedido?

He de verla casi a diario por los asuntos del patronato.

Y es una auténtica tortura.

Yo no tengo nada que ver con eso.

Traté de evitar que Humildad trabajara allí.

Pues no lo conseguiste.

Pero no puedo ir en contra de su voluntad.

Ella quiere trabajar allí.

Lo del patronato le llena de dicha.

Verla me hace desdichada.

¿Acaso no lo entiendes?

¿Sabes lo duro que es para mí ver a la persona que ocupa mi lugar?

¿Sabes la tortura que es enfrentarme

al hecho de que se va a casar contigo?

Teresa.

Me ha pedido que le acompañe al altar.

¿Y qué le has dicho?

Tal ha sido su insistencia que no he podido negarme.

¿Crees que puedo hacer eso

en una boda que me produce tanta desgracia y tanto dolor?

No llores, Teresa, por favor. No soporto llorar.

Aléjala de mí, Mauro, te lo ruego.

Lo siento.

Lo siento.

Suéltame.

Aléjate de mi vida.

Aléjala de mi vida.

No debería haber venido.

Buenos días tenga usted.

-Y que usted lo vea. ¿A ver el quiosco?

-A ganarme el pan, como todos los días.

-¿Se ha enterado usted

de lo de Leandro y Juliana? -Como para no enterarse.

Está el barrio lleno de chismes y habladurías.

-Para una cosa buena que pasa,

más vale que lo conozca hasta el padre santo de Roma.

Le han quitado el puesto de ser la madre de los amantes

más apasionados de la calle Acacias.

-¿Por mi Manuela habla usted?

-Manuela, Germán, Pablo, Leonor.

Para dos hijos que ha tenido, ha hecho pleno.

-El amor, que a veces duele y otras, es marfavilloso.

Yo solo he querido que fueran felices.

-No creo que doña Susana tenga tanta contentura como usted

con el amor de su hijo y doña Juliana.

-Tan poco le agradó la declaración pública

que casi no lo cuenta.

-Creo que le han mandado reposo absoluto.

-Hablando de reposo, ¿cómo está su señora?

-Está, que ya es bastante.

-Me contó Lolita lo de la ceguera pasajera.

¿Molesto mucho si le hago una visita?

-No, se alegrará mucho de verla. Pase, pase.

Que está...

Estaba aquí. ¿Dónde se ha metido esta mujer?

-Muy lejos no ha podido ir. -Hace un minuto, estaba ahí.

Venga.

(Timbre)

-¡Aaah! ¡Loco!

¡Desalmado!

¡Tarambana!

-¡Que te van a matar!

Escalón para arriba.

-A quien voy a matar yo es a ese.

No lo veo, pero casi me lo como.

-Vamos a casa, que si no es por mí, no lo cuentas.

-¿Está bien, Paciencia?

-De guinda estoy, Guadalupe.

Guadalupe, es que esto es

una ceguera temporal y pasajera.

Un milagro que me ha mandado la Virgen

de tanto mirarla.

-Quedarse ciega es un milagro.

-No.

Es una prueba que me pone para que crea en ella.

Conforme ha venido, se irá.

Conforme me la ha mandado, me la va a quitar también.

-Por arte de magia.

-Huy, no, no, no.

Por mano divina,

mano divina y acción celestial.

-Si usted lo dice, me alegro.

Espero que la Virgen la proteja.

-Lo hará.

-Si sale a la calle, falta le va a hacer.

¿Y dónde...?

¿Dónde estaba la Virgen

cuando casi te atropella el suicida ese en bicicleta?

Que si no es por mí,

te deja en el sitio.

Te he dicho que no salgas de casa. ¿Es que no me has oído?

Hala, venga. -Sí, sí.

Te he oído, Servando, pero no refunfuñes tanto.

Se me habrá olvidado.

Ya sabes lo defectuosa que tengo yo la memoria.

-Escalón para arriba.

Defectuosa para lo que quierees.

Escalón para arriba.

Escalón para abajo.

Para lo que quieres, te haces la loca.

Derecha, ar. -¿Aquí?

Don Felipe.

¿Qué desea usted?

-Hablar contigo. ¿Puedo?

-Pues es que...

hay ropa tendida.

-¿Cómo?

Doña Rosina, ¿tiene usted un minuto?

He aceptado el encargo de Casilda de defender a Martín.

Prefiero que lo sepa por mí y no por otros.

-Tarde, don Felipe.

Me enteré por doña Cayetana ayer tarde.

-Bien, me alegro de que lo sepa

y que lo haya aceptado con templanza.

-¡Naranjas de la China!

-¿Cómo?

-Que no lo acepto con templanza y que no puede usted aceptar

el caso del asesino de mi esposo.

-¿Qué significa que no puedo?

-Que no puede. Es usted mi abogado.

-Y un profesional.

Sé separar los asuntos.

-Si Maximiliano levantara la cabeza...

Aplaudiría mi decisión.

-No utilice su buen nombre. ¿Usted qué sabe?

-Era un hombre justo y aquí hay un inocente en prisión.

-Como si le importara eso. Solo le mueve el dinero.

Como lo sé, le voy a dar donde más le duele.

Si insiste en defender al asesino de mi esposo,

olvídese de gestionar las tierras llenas de oro.

-¿Eso es lo que desea?

-¿Va a renunciar al dinero que gana conmigo?

-No es lo que deseo.

Pero si me pone entre la espada y la pared,

tendré que dejar de prestarle mis servicios, muy a mi pesar.

Pero le diré una cosa.

Piénselo bien, porque aquí, ganamos dinero los dos.

Usted también, gracias a mis gestiones brillantes.

¿O ha olvidado los beneficios que recibe todos los meses?

Y ahora, si me disculpa, ¿me permite a su criada?

-No, no se lo permito, está faenando.

-Solo será un momento. -Ni uno ni medio.

Tráeme el té. -¿Qué té?

-Uno muy caliente y con anís.

¡Hace media hora que lo espero!

-Bueno.

Luego voy yo a verle a usted

y me cuenta lo que tenga que contarme.

Lo mejor será que obedezca a la señora.

-¿Desea algo más?

-Ha acertado en su valoración y juicio hacia mi persona.

Sí.

Me suelo mover por dinero.

Pero a veces, solo a veces,

me toca un caso que me permite lavar mi conciencia y ser justo.

Conmigo, no se ha equivocado.

Pero con Casilda y con Martín, de cabo a rabo.

Ah, y le diré algo.

Espero que esté a tiempo de rectificar

o se va a arrepentir toda su vida.

¿Ciega, cómo que ciega?

-Lo que oye, señora.

Pero es... corto y para un rato.

-¿Pasajero, quieres decir? -Eso.

Haga por que no echen a Servando y a Paciencia.

Ruego por lo más sagrado. -Nadie va a echarlos.

-¿De verdad que no? -Te lo prometo.

-Señora, otra cosa.

-Dime.

-Ya que estaba usted allí,

es verdad que don Leandro y doña Juliana se juraron amor eterno

con un beso?

-No dio para tanto el momento, pero fue bonito.

-¿Don Leandro dijo que la quería?

Todo el mundo habla de eso.

De detalles de esos escabrosos y suculentos.

-Él dijo que la quería y que la había querido desde siempre.

Ella soltó la bandeja y se fue corriendo hacia él y entonces...

-Se besaron.

-Se besaron. -Parece un cuento de hadas.

Una historia de esas que escribe doña Leonor.

De esa gente que come perdices.

-Ciertamente, eso parecía.

Anda, Lolita, sigue con tus tareas.

Teresa, ¿qué le ocurre?

¿No se alegra por doña Juliana?

Como sabe, somos amigas.

Me alegro y ya la he felicitado.

¿Y a qué esa cara de desazón?

Es difícil que te pasen el amor por la cara si se sufre de desamor.

No soporto esta situación.

Primero, he de ver cómo Humildad se prueba el vestido de la boda.

Y luego, me propone que la acompañe hasta el altar.

¿Eso ha hecho?

Ha de estar pasando un calvario.

Duelen más los males del alma que los de la carne.

No imagina cómo la comprendo.

Yo preferiría que me metieran alfileres entre las uñas

antes que regresar a cuando Felipe pasaba más tiempo fuera de casa.

Debería hacer un poder por disimular su pena.

¿A qué se refiere?

Estuve hablando con Cayetana y me hizo muchas preguntas.

¿Preguntas sobre qué?

Sospecha que tiene usted problemas sentimentales.

Y está empezando a indagar.

No le conviene que siga por esos derroteros.

¿Cree usted que Cayetana sospecha que Mauro y yo...?

No lo sé, pero me dejó preocupada tanta pregunta.

En caso de que así fuera,

estaría en un serio problema.

Veo que está todo lo que le pedí.

-Si quiere, puede usted volver a contarlo.

-No, no va a hacer falta.

¿He de firmarle un recibí?

-Esta vez, no. -¿Cómo que no?

-No quiero que haya ninguna prueba sobre nuestro acuerdo.

-Muestra una enorme confianza hacia mí.

-Todo lo contrario.

Con sus amenazas,

ha demostrado que no puedo confiar en usted.

Pero ándese con cuidado.

Pienso recuperar mi dinero

y no voy a perdonarle ni una sola peseta.

-Ha hecho bien en prestarme esta pequeña fortuna.

De lo contrario, habría tenido usted graves problemas.

Por no decirle que su mujercita habría tenido que temer por su vida.

-¡Ni la nombre!

¡Es usted una rata!

-Más bien, una víbora.

Sí, una serpiente.

Alguien sin escrúpulos

y con veneno en las venas en lugar de sangre.

El mundo es de los tipos como yo

y no de los pusilánimes como usted.

-¡Váyase de mi casa, ahora!

-Será un placer.

-Y no olvide lo que le he dicho.

Una y no más.

Disculpe la tardanza, don Felipe.

La señora se ha liado más que la pata de un romano.

Má ha tenido toda la mañana de arriba para abajo y de abajo para arriba.

¿Qué tenía que decirme?

-Tan solo, novedades con respecto al caso de Martín.

-¿Algo bueno? -Esperanzador, solo.

-Dígame usted.

Sea lo que sea, abro los oídos para que me quede todo cristalino.

-Estoy a la espera de una cita en el ministerio para pedir el indulto.

He intentado localizar a un antiguo socio para que lo agilice,

pero no doy con él.

-¿Puedo hacer algo para que la cosa vaya más al trote?

Si tengo que aporrear a la puerta de alguien, allá que me voy.

O si tengo que esperar en un despacho, cuente conmigo.

-No son las mejores maneras.

Tendremos que esperar a que nos atiendan.

-¿Y para qué me ha hecho llamar si no puedo hacer nada?

-Para informarte, como cliente mía. -¿De verdad?

Se lo agradezco sobremanera.

Rezaré para que todo salga requetebién.

-Toda ayuda es poca. -Don Felipe.

¿Cree que me dejarían llevar un potaje de garbanzos a la prisión?

Es la comida favorita de Martín.

Me gustaría que tomara algo caliente.

-Creo que no es lo más adecuado en estos momentos.

-¿Por qué?

-Porque en esta etapa del proceso, es mejor que no reciba visitas.

-Pero yo no le iba a molestar mucho.

Se lo juro por estas. -Casilda, créeme.

Es lo mejor.

¿Cómo se encuentra usted con la ceguera que le ha caído encima?

-Bien, hija, si ni duele ni nada.

-Pero será incordiosa.

-Mujer, divertido tampoco es, que no veo ni torta.

Pero pierde cuidado.

Esta ceguera me la ha enviado la Virgen,

pero cualquier día viene y me la quita.

-Qué cargante se pone. Desde el cariño se lo digo.

-¡Ay, que no es para ponerse así, Lolita!

¿Que no eres devota? Pues no eres devota.

Pero yo te digo a ti

que la Virgen es muy buena y muy santa

y que va a venir a devolverme la vista

para que yo pueda volver a ver los colores y las formas.

-¿Has perdido la cabeza y estás hablando con el aire?

-Estaba hablando con Lolita.

Me ha dejado con la palabra en la boca.

-Ya. -¿De dónde vienes?

-No vengo, voy a la perfumería.

He recibido una carta a nombre del señor Aroca

y tengo que ir a la chocolatería.

No me suenan las letras.

¿Me acompañas? -Pues claro que sí.

A ver si me da el aire,

porque aquí encerrada, me va a dar un soponcio.

Ponme esto bien. -Ahí.

Agárrate.

Agarra, que te llevo. -Vámonos.

Qué bien.

-Escalón para arriba.

Escalón pequeño para abajo.

Escalón para abajo.

-Siento todo el trabajo que te estoy dando.

-Escalón para arriba. -Aquí, sí.

-A ver, ahora, aquí.

Espera, que ahora salgo, pastelito sin visión.

-(RÍE)

(SUSPIRA)

¡Anda!

¿Y esto?

¡Huy!

-Hala.

-(RÍE)

-¿Qué pasa?

-Yo que sé, un tarado

me ha dado una limosna.

-Arrea.

-¿De cuánto es?

(RÍE)

-Vámonos para casa, pastelito sin visión.

Cuidado, para abajo.

Buenas tardes.

¿Cómo se encuentra tu madre? -Mejor.

El médico dice que no es de enjundia.

Aunque ella insiste en que no le llega el aire a los pulmones.

Le han recomendado reposo, así que...

estará unos días en casa.

-¿Has perdido el seso? -Sí.

Es por ti.

Estás preciosa.

-¿Yo?

Estoy como siempre.

El que pareces otro eres tú.

¿Qué te ocurre?

-Debe ser la felicidad, que le cambia a uno el rostro.

He estado contando los minutos hasta poder verte.

-La verdad es que yo también.

Pero no he podido escaparme.

A todo el mundo le ha dado por tomar chocolate.

-Lo sé.

He estado toda la mañana mirándote por el escaparate.

Moviéndote de acá para allá y de allá para acá.

-¿Será por lo nuestro?

¿Habrá despertado tantas habladurías

que han venido a ver qué se cocía?

-Me da igual que hablen.

Que lo escriban en los periódicos negro sobre blanco.

Nunca he sido tan feliz como ahora, Juliana.

-Leandro.

No quiero vivir en guerra con tu madre.

Me gustaría que nos lleváramos bien.

-Acabará haciéndose a la idea.

Ya lo verás.

-No sé yo.

Su aversión hacia mí viene desde muy lejos.

Me temo que no va a ser tan fácil.

-Mírame.

¿Me oyes?

Nada se interpondrá entre nosotros.

Estamos juntos y eso es lo más maravilloso que nos puede pasar.

Lo demás... ya no tiene importancia.

¿De acuerdo?

-De acuerdo.

-Te amo, Juliana.

No hemos convocado a toda la junta

porque el tema no es de la incumbencia de todos.

Y el secretario Oliva y yo,

como presidenta del patronato,

hemos creído que podemos llegar a un acuerdo satisfactorio.

Aunque no estoy obligada a comunicarles todas mis decisiones,

he creído conveniente hacerles partícipes de esta.

Secretario Oliva.

Gracias.

Hemos hecho lo posible

por admitir a todos los niños del hospicio en el colegio.

Pero no hemos podido.

Sin embargo,

les hemos conseguido una salida.

Los que hemos tenido que rechazar

serán acogidos en otros colegios

de reconocido prestigio

en los que recibirán una educación

privada y de calidad.

Gracias a la insistencia de doña Cayetana,

he movido mis contactos para que ninguno se quede fuera.

Así que todos y cada uno de ellos

serán acogidos por las instituciones privadas

que han respondido a nuestros ruegos.

¿Y qué instituciones son esas? El...

El colegio del Pilar, por ejemplo.

El Sagrado Corazón.

El de las Carmelitas Descalzas.

El de Nuestra Señora de la Adoración.

Que raro que esos colegios se presten a acoger a esos niños

con tanta facilidad.

Teresa, en el mundo, hay gente buena.

¿Acaso lo duda?

-Les felicito por la labor que están haciendo con estos niños.

Doña Cayetana, secretario Oliva,

son ustedes muy buenos cristianos

y gente de bien.

Creo hablar en nombre de todos si les digo

gracias, gracias de todo corazón.

-Señores.

Juliana.

-Doña Celia.

-Estaba con su enamorado.

-¿Tanto se me nota?

He ido a preguntar

por el estado de doña Susana, que me quedé preocupada.

-Llevo un rato largo esperando a Trini.

Y sé que lleva mucho tiempo en la sastrería

como para estar simplemente preguntando por su suegra.

-Me gustaría que esto se hubiera llevado con mayor discreción.

-No sea boba. Los que les apreciamos nos alegramos enormemente.

Cuente, ¿cómo va la cosa?

¿Bien? -Ay.

Estoy feliz como una niña chica.

Ahora mismo, me siento capaz de conseguir cualquier cosa.

-Disfrute mientras pueda.

Esas maripoas que siente ahora pasan como un tren de medianoche.

No es que no quiera a mi marido, lo amo por encima de todo.

Pero ya no siento ese cosquilleo que le quita a una hasta el hambre.

-El amor da tantas fuerzas...

Le hace a una sentirse invencible.

Será mejor que vaya a trabajar.

Gracias por alegrarse y por su interés.

-¿A qué esa cara, Trini?

¿Ocurre algo?

-Ay, Celia.

Acabo de escuchar algo en casa que me ha dejado pasmada y preocupada.

-¿Qué cosa?

-Hablaban Ramón y Durán.

-¿Y qué se decían?

-No era el qué, era el cómo.

Durán le dijo a Ramón que había hecho bien en prestarle el dinero

porque así, protegía mi vida.

-¿Tu vida?

-Y...

Y lo segundo era el tono.

Era amenazante, daba mucho miedo.

Tengo que saber qué está pasando.

-¿Cómo piensas hacerlo?

-Preguntándoselo a Durán.

He conseguido su dirección.

Le voy a oblugar a que me lo cuente todo, de cabo a rabo.

-¿Has perdido la cabeza?

-Celia, tengo que saber la verdad.

-Es una imprudencia y puede ser peligroso.

Si Ramón te mantiene al margen,

él sabrá por qué.

Prométeme que no vas a cometer tamaña chaladura.

O me das tu palabra

o voy a hablar con Ramón y le cuento lo que estás pensando.

-No serás capaz.

-¿Por protegerte?

Cualquier cosa, Trini.

Tú, encima, ponme a prueba.

Trini.

(Puerta)

He traído cosas para la cena.

¿Cómo te encuentras hoy?

¿Qué te ocurre?

Ocurre que cuando he llegado a casa, me he encontrado a una mujer dentro.

Dice que se llama Josefa

y que la has contratado para que se encargue de mí.

Así es.

Le diste la llave.

Debiste haberme consultado antes.

Josefa, vaya a preparar la cama de la señora.

Nunca me sentiré cómoda

con una extraña. Has de cambiar de parecer.

Necesitas que te cuiden. No, ya cuidaré yo de mí.

Eso ya no puede ser.

¡No me gusta que me sirvan como si fuera la señorona!

¡Estoy acostumbrada a hacer cosas por los demás!

Habrás de acostumbrarte.

Necesitas ayuda y punto. No.

(SUSPIRA)

¿Cómo van los preparativos de la boda?

Bien.

Muy bien, gracias a Dios.

El padre Fructuoso ha arreglado todo con el párroco de la iglesia

y yo me ocupo de todo lo demás.

Del banquete, la lista de invitados, los vestidos.

¿Los vestidos?

Sí, el mío y el de Teresa.

¿Y a qué has de ocuparte tú del vestido de Teresa?

Le he pedido que me acompañe al altar.

¿Y se puede saber por qué has hecho algo así?

¿Qué sucede?

¿Tienes algo en contra de ella?

Es amiga de Cayetana.

Por lo tanto, no es defiar. Es bondadosa y amable.

Y es la mejor amiga que he tenido. De hecho, la única, desde niña.

Mis padres me apartaron pronto de las distracciones mundanas.

Quiero una amiga que me acompañe el día de mi boda.

Además, se lo he pedido y ha dicho que sí.

Pero... ¡Pero nada!

¡Tú tomaste una decisión con esa cuidadora y he acatado!

Acata tú la mía. Teresa me acompañará y punto.

Lleva usted toda la tarde en casa de doña Cayetana.

¿Y, acaso hay alguna ley que lo prohíba?

Me extrañaba que un hombre tan ocupado como usted

pueda dedicarle toda la tarde a los asuntos del patronato.

Manzanilla con un poquico de anisete,

para que duerman toda la noche y descansen de lo lindo.

-Gracias, Casilda.

La cena estaba buenísima. -Se agradece.

¿Quiere que le lleve un poco al Pablo?

Perdón, al señor.

De las hierbas, digo.

Le sentarán bien a la tripa y le templarán el cuerpo.

-Deja, yo le llevo un poco de lo mío.

-Casilda.

Has sido muy lista.

Has engañado a todo el mundo.

Y has puesto a todos de tu parte.

-Hay mucha gente que me quiere, señora.

Y eso me da contentura al cuerpo y al alma.

¿Qué quiere que le diga?

-A mí no me quiere nadie. -No diga usted eso.

Sabe que no es verídico. -Lo es, los que deberían quererme

me dan la espalda y se posicionan en mi contra.

Me hacen sentir como la bruja. Por suerte, sé que no lo soy.

Tengo sólidos motivos para hacer lo que hago y pensar lo que pienso.

Mírale.

¡He dicho que le mires!

Ni te imaginas

cuánto dolor siento aún

cuando me despierto por la mañana y me acuerdo de él.

¡Y tu novio es el culpable de esa desdicha, él me lo arrebató!

-Eso no es verdad.

-¡Calla, mastuerza! Me vas a escuchar.

Tú tienes a ese anarquista del demonio,

pero yo no tengo nada.

¡Maximiliano era mi vida y él lo mató a sangre fría!

-Señora, se equivoca.

Deje que le explique. -¡No quiero escuchar nada!

¡No quiero escuchar tus mentiras!

-¡Martín es inocente!

-¿Me estás llamando embustera? -No.

Solo que no sabe toda la verdad.

-¡Es un asesino! -¡No le llame así!

-¡Eres la novia de un asesino y habrás de vivir con ello!

(Cristales rotos)

(LLORA)

Habíamos de resolver ciertos asuntos

relativos a la construcción del edificio...

Usted sabe que es mentira.

La última de todas las que ha dicho hoy.

¿De qué está hablando?

Hablo de esas listas que ha mencionado en la reunión.

¿Cree que esos colegios van a admitir a niños huérfanos?

Por supuesto, todos lo queremos.

Ya quedó dicho y así se hará. No pierda la fe.

No me mienta.

Me dirá que no pierda la esperanza.

Luego, que hizo todo lo posible y al final, que no pudo ser.

"Teresa, lo lamento, otro año será".

¿No es así? No, claro que no.

Llevo toda mi vida dedicándome a la enseñanza.

Y ni uno de esos colegios ha admitido a uno de mis alumnos.

¿Quiere que crea que van a aceptar a varios?

Por supuesto, las cosas están cambiando.

No tan rápido ni de un día para otro.

Esos niños son criaturas indefensas.

Necesitan ayuda y usted les está dando la espalda.

Si no obliga a Cayetana a aceptar a esos niños en nuestro colegio,

diré por todas partes lo que hay entre Cayetana y usted.

¿Qué está diciendo?

¿Quiere que se lo describa?

¿Quiere sonrojarse al oírlo de mi boca?

Haga lo que deba hacer o prepárese para un escándalo mayúsculo.

Escalón para arriba. Para atrás.

-Ah. -Ahí, ahí.

Ahí estás.

Quieta ahí momentito, no te muevas.

Dios, qué asco.

Tú no te muevas.

Ahí está.

-Pero no pongas cara de alegría, pon la cara más de pena.

-¡Arrea! ¿Y ese capricho, por qué motivo?

-Pues porque...

Para que venga antes.

Pienso que me estás esperando y vuelvo más deprisa.

-Muy bien.

-Dulce tintineo. -"¿Qué tal está Víctor?".

Pensé que podría afectarle que Leandro formase parte de su familia.

¿Y esa mirada?

¿Hay algo que sepáis que yo no sé?

He conseguido una reunión con el ministro de Gobernación.

Bueno, es una magnífica noticia.

Será crucial para conseguir el indulto.

-Gracias, don Felipe.

Dios le bendiga.

Le ha salvado el pellejo. -Yo no he dicho tal cosa.

Este marco sí te hace justicia.

Hija, llegas a tiempo.

Debo darte las gracias de corazón. -¿Por qué?

-¿Cómo que por qué?

A pesar de nuestras diferencias,

le has comprado un marco.

Y este es más bonito que el anterior.

Y las flores huelen a las mil maravillas.

-Estoy de acuerdo sobre la belleza del marco y de las flores.

Pero yo no soy la responsable.

¿Qué haces aquí? He venido a ver al Martín.

No va a poder ser. Ya.

Me lo han dejado claro.

Inspector, déjeme verle.

Tan solo cumplo con lo que me pidió Martín.

Es mejor que te marches ya.

Mira cómo se miran ese policía y Teresa.

Aquí hay algo que se me escapa.

No pierdas de vista a Teresa.

"María Luisa".

Don Ramón.

Muchas gracias por venir.

-Al contrario, somos nosotros los agradecidos por la invitación.

-¿Y doña Trini por qué no ha venido?

-"¿Qué hace por aquí?".

-Busco a un hombre que se llama Durán.

Creo que su casa anda por estos parajes.

-Vive al fondo del camino.

-Agradecida.

"Teresa, tiene en su mano darle un empuje a su lucha".

"No abandone sus objetivos".

"Ya no me queda arrojo"

para llevarlo a cabo.

Tampoco, para enfrentarme a Cayetana.

Entonces, deje que sea Mauro quien lo haga.

Hable con él.

Cuéntele todo lo que sabe.

Quizá pueda actuar en consecuencia.

Tiene razón.

Ahora mismo iré a la comisaría a hablar con él.

No se arrepentirá.

Yo no estaría tan segura de eso.

Gracias.

Con Dios.

  • Capítulo 309

Acacias 38 - Capítulo 309

28 jun 2016

Teresa se ve obligada a aceptar ser la dama de honor. Oliva intenta poner tierra de por medio entre él y Cayetana, pero ella lo manipula y consigue convencerle para que presente falsas listas de admisión de pobres en los colegios. Oliva hace lo que le pide. Teresa se da cuenta, pero decide callar por ahora. Rosina pelea, por una parte, con Leonor y con Pablo por intervenir para que Felipe defienda a Martín; y por otra, con Felipe por hacerlo. Al final, acaba descargando su ira con Casilda. Ginés aconseja a Ramón prestarle dinero a Durán y Trini los ve.

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