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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 304 - ver ahora
Transcripción completa

Contéstame de una vez. ¿Le has contado esto a alguien?

Ni una sola palabra ha salido de mis labios.

Que me caiga aquí ahora si miento.

Lo que no entiendo es cómo no me has contado esto antes.

Me faltó valor.

Me preguntaba si contárselo a Guadalupe.

¿Has perdido el oremus? ¿Quieres acabar conmigo?

Una madre merece saber dónde descansa el cuerpo de su hija.

Eso no es de tu incumbencia.

Aunque se me abran las entrañas por el sufrimiento de Guadalupe,

protegerla a usted es lo primero.

Por eso me he quedado callada como una piedra.

-¿Dónde se emplazará la construcción del colegio?

Solo los alejaríamos 10 m del límite de la parcela.

No es eso lo que pregunto.

Lo que me inquieta es si queda alguna tumba por desplazar.

No, esa zona fue la que primero se trasladó.

Solo quedan las tumbas de dos desconocidos.

Dos desgraciados que no han sido reclamados.

Un tal Álvaro Vega

y una mujer llamada Susana Hernández.

Los guardias acaban de detener a Calanda

y al resto de los anarquistas.

(SUSPIRAN ALIVIADOS)

Todo gracias a las informaciones de Martín.

Vamos, Martín, vámonos a casa

que una ya ha tenido celda para toda la vida.

No tan deprisa.

Me temo que se tiene que quedar algún tiempo con nosotros.

Pero si ya han cogido a los malnacidos.

Sí, pero no depende de mí que Martín salga libre.

Lo tiene que decidir un juez. -Es cuestión de días, ¿verdad?

Eso espero.

-¿Cómo pudiste dejarte engatusar por Juliana?

Una mujer que no tiene ningún respeto...

-Madre, no le consiento... -Pero habéis tenido vuestro castigo

engendrando ese bastardo.

-¡Ni una palabra más! -¡A mí no me culpes de tus errores!

-¡La culpo de todo!

-Vamos a organizar un ágape aquí

para los socios y los clientes de tu padre.

¿Qué te parece? -¿Cómo?

-He pensado que nosotros también podemos organizar una fiesta.

Ya he convocado a Ginés que convoque a los invitados.

María Luisa, a ver qué tal te queda este conjunto tan bonito.

-Queremos pedirle que se plantee la posibilidad

de que Casilda pueda volver a casa.

No va a encontrar persona más cariñosa, buena y dispuesta.

Todo lo que ha pasado ha sido una burla del destino.

Si estuviéramos seguros de que es inocente,

jamás le pediríamos esto.

Usted puede perdonarla si nosotros lo hemos hecho.

-Me siento incapaz de hacer tal cosa.

-Después de lo que han dicho los médicos,

es mejor que abandones esa promesa. Humildad, no voy a dejarte.

Nunca.

Lo que te he dicho es cierto.

No te voy a dejar. No sabes lo que dices.

Atarte a mí cuando mi enfermedad va a peor.

Me da igual.

Me quedaré a tu lado sean cuáles sean esas secuelas.

¿Qué ocurre?

No me tengas al margen.

¿Cuáles son las secuelas que dejaron la crisis que tuviste?

¿Por qué no dejas a los médicos que me lo digan?

Porque no quiero preocuparte más.

En qué me ocupe o me preocupe es asunto mío.

Mírame. No.

Humildad, he dicho que me mires.

¿Qué te han dicho los médicos?

¿Qué ha ocurrido?

Lo peor que podía ocurrir.

(LLORA)

Humildad.

Por favor, dame un vaso de agua.

(LLORA)

(GRITA)

¿Cómo puedo ser tan torpe?

Es un vaso, no tiene importancia.

Sí la tiene. Soy un estorbo.

Soy un estorbo para ti y para todo el mundo.

¡No hago nada bien! No digas eso.

Eso no es verdad.

Es usted inasequible al desaliento, ¿no?

-No le regañe, padre.

-Eran tus órdenes que no entrara, pero vamos,

si ahora quieres que esté a tu lado,

yo no he de oponerme, Humildad.

¿Cómo te encuentras, hija?

-Algo débil, para qué engañarnos.

Pero peores calamidades pasó Cristo en la cruz.

Así que no soy nadie para quejarme por una minucia como la mía.

-¿Qué te ocurre, hija?

¿Habéis regañado? -No, no es eso.

Mauro me ayuda en todo lo que puede. No es eso, padre.

-¿Seguro?

-Sí, puede quedarse tranquilo, de verdad.

-¿Me puedo ir en paz y convencido de que estás bien?

-No, solo que antes me gustaría que me hiciera un favor.

-Claro, hija, ¿de qué se trata?

-Necesito orar a solas con usted.

Aliviar mi alma con Dios.

Te prometo que en cuanto acabe de hablar con el padre,

te contaré lo que los médicos me han dicho.

Con pelos y señales.

Muy bien.

Iré a hacer unos recados.

Ay, las tierras que nos ha dejado tu padre son una bendición.

-Una mina de oro, más bien.

Valga la redundancia, ¿no cree?

Hablando de minas de oro,

la que era un diamante en bruto era Casilda.

-Otra vez con Casilda.

-Debería poder hablar de ella sin soliviantarse.

-No quiero hablar de esa demonia. ¿No puedes dejar el tema un minuto?

-Pues mire usted, no puedo dejarlo.

Me veo en la obligación de hablar de Casilda,

quiera usted o no.

-Eso es: no quiero.

Estás haciéndome coger mal cuerpo. Que acabo de cenar.

-Pues se aguanta usted.

-¿Cómo dices? Lo que ha oído, suegra.

¿Tú también me vas a dar la turra?

La turra y lo que haga falta hasta que usted entre en razón.

Con este tema nunca voy a entrar en razón.

Ni ahora ni nunca.

¿No se puede hablar en esta casa de algo que no sea esa raquítica?

Pues no hasta que no se arregle.

Estamos poniendo de nuestra parte para que esto vaya bien,

para que la familia esté unida.

Pero tenemos que poner todos un poco de nuestra parte.

Y usted la primera.

Leonor ha dejado lo del yacimiento para volver a escribir,

para encargarse de la casa, de usted, de mí.

Y Pablo ha cambiado toda su vida por adaptarse a nuestro mundo.

-Una vida que era mucho peor, sin duda.

Pues a mí me gustaba.

Porque a mí esto de enfundarme trajes caros no es lo mío.

¿Y qué hago? Aguantarme por la familia.

¿Sabe quién me enseñó esto?

Don Maximiliano, que en paz descanse.

Me dijo que lo más importante para un hombre era tener

a la familia de su lado.

Saber que estaban bien, que eran felices.

Que todos estaban unidos.

Sí, así era él.

Pues deberíamos hacerlo para respetar su voluntad.

Su voluntad la respeto, pero no me pidáis

que vea con buenos ojos a la endriaga de Casilda.

-Casilda no es ninguna endriaga.

Usted lo sabe.

-Yo lo que sé es que puso la bomba que mató a tu padre.

-Madre, hemos hablado de esto mil veces.

-Pues 1001.

Doña Rosina, se lo juro, es inocente.

Además, la necesitamos. Esta cas ano funciona sin ella.

Doña Rosina, tiene que readmitirla.

No puedo.

-Pero, mamá. -Por favor, hija, no me lo pidas.

Te juro que no puedo.

Prefiero que me metan agujas en las uñas antes que readmitir

a esa chiquilla en casa. Lo siento.

-Más lo siento yo.

Que sepa que no es usted la única que decide aquí.

-¿Cómo? -Me ha entendido perfectamente.

Su opinión no es la única válida en esta casa.

La mía y la de Pablo,

que ahora es el hombre de la casa, también importan.

Que le quede a usted claro.

Pero ¿dónde va, alma de cántaro?

Traiga, que le ayudo.

Anda, que no me ha hecho caso.

Sigue dando el timo con su agua bendita.

-Me doy a esperanza.

-Vaya rollo que se gasta.

Tampoco pesa tanto. ¿Ha perdido las fuerzas?

-Esto es por culpa del ayuno al que me obliga Paciencia,

que me tiene como el espíritu de la golosina.

¿Por qué las vírgenes y los santos

pedirán cosas tan complicadas?

-Porque se supone que son sacrificios.

-Si lo hacen para chinchar.

¿Por qué no me piden que me eche la siesta todos los días?

¿O que coma a todas horas migas y castañas?

Más devoto, fiel y creyente sería yo de la virgen.

-Bonita penitencia sería esa.

-Como otra cualquiera, ¿o no? -Verídicamente.

-Es que el ayuno no va conmigo.

Tengo las tripas pegadas a la espalda.

-Eso le pasa por no parar la locura de su señora a tiempo.

Está probando de su propia medicina.

-Mientras que me siga dando reales el agua bendita,

me doy con un canto en los dientes y hago de tripas corazón.

-Me da que con la tripa usted no hace nada.

-¡Alabado sea Dios!

-¡Gloria a Dios!

-La Virgen me está hablando.

Silencio.

Silencio, lo noto aquí. Aquí.

-Mujer, ¿eso no serán gases?

-La Virgen nos pide voto de pobreza.

-Si ya somos pobres.

A ver si lo que te pide es para los señores y no lo has cogido.

-¿Vas a poner en entredicho a la Virgen y ponerla en duda?

-No, no. Ni se me ocurriría.

-Pues chitón.

-Va usted aviado, Servando.

-Estoy hasta las castañas.

-Ale.

(SUSPIRA)

Fabiana, saca las copas de champán.

-¿Le importa si cuando aviemos esto

me acerque por si doña Cayetana necesita algo?

(SUSPIRA)

-Espero que Cayetana sepa la suerte que tiene contigo.

-Gracias, señora.

-Empezaremos por allí.

Pondremos los vinos espumosos y los champanes para abrir boca.

Ah, también los aperitivos fríos que has preparado.

Aquí pondremos los platos fuertes,

que aquí hay más espacio.

Ramón, ¿cuántos invitados hay confirmados?

-Unos ocho o así, creo.

-Espero que no nos quedemos cortos con la comida.

-No te vas a quedar corta.

Ojalá hubiera podido cancelar todo.

-Es un poquito tarde para decidir eso.

-Lo sé.

Si no lo he hecho ha sido por no ser descortés con los invitados,

no por falta de ganas.

-¿Me queda bien? -Estás preciosa, hija.

-Será perfecto para el ágape.

-Temo que eso no va a poder ser. -¿Cree que no es buena opción?

-Creo que no vas a acudir al ágape. Y tú tampoco, Trini.

-¿Cómo?

¿Has perdido la chaveta?

-Mis invitados vienen a hablar de negocios, no a pelar la pava.

Además, no traerán sus esposas.

Así que aprovechad para hacer vuestras cosas.

-Pero, padre... -Está bien, María Luisa.

Déjalo.

Tu padre sabe perfectamente qué es lo mejor para todos.

Terminaremos de arreglar esto

y nos marcharemos si es lo que quieres.

Eso es lo que quiero.

Gracias por entenderlo. -Nada.

(GRITA)

-Déjelo. Déjelo, madre, yo le ayudo.

(SUSPIRA)

¿No ve que no podemos seguir de esta guisa?

¿No recuerda las buenas infusiones que nos había Casilda?

Recuerdo que le gustaban más que las de la Deliciosa.

-¿Porque hacía buenas infusiones tengo que perdonarla?

No sigas con eso, hija.

-No me puedo creer que no le quede ni un poquito de cariño por ella.

La quería usted como a una hija.

-Sí, por eso la traición duele más. ¿No te das cuenta?

-¿Y hemos de olvidar todo lo que ha hecho por nosotros?

-Leonor.

-Casilda es la misma que la misma que se las estuvo ingeniando

para tener un plato caliente en la mesa

cuando en esta casa no entraba un real.

Guardó el secreto y no dijo a nadie que estábamos arruinados.

Aguantó faenando sin sueldo, sin quejarse

y sin saber si algún día iba a cobrar.

Casilda era la que ponía los paquetes de garbanzos

encima de la cesta para que parecieran víveres

cuando en realidad iba de piedras a rebosar.

Y la que estuvo a mi lado

cuando yo me casé con Pablo

a pesar de que yo la había traicionado.

Y fue la que estuvo a su lado

cuando le entró la locura de operarse.

Madre,

que si no llega a ser por ella,

usted hoy no está aquí.

Casilda es la persona más leal que conozco

y la que más ha hecho por esta familia.

¿Lo ha olvidado ya?

-No, no lo he olvidado. Nada de eso.

Pero tampoco he olvidado que si no fuera por ella,

tu padre estaría sentado en este salón, cuidándome,

haciéndonos reír. ¿Es que tú le has olvidado?

¿Es que tú ya no le echas de menos?

-Todos los días, todos.

Le echo de menos con todos los poros de mi piel.

Pero él también habría perdonado a Casilda.

Casilda no tuvo la culpa, madre.

-Siento no pensar como tú.

-Ha de perdonarla. -¡No puedo, no puedo!

Es superior a mis fuerzas. No puedo.

-En ese caso, será mejor que se busque otro lugar.

Que se marche de la casa.

-¿Yo? ¿Qué?

-Pablo y yo vamos a volver a contratar a Casilda.

Si no es capaz de perdonarla ni de vivir con ella,

lo mejor será que se busque otro lugar para vivir.

-Pero hija... -O nos vamos nosotros

porque ahora no tenemos problemas de dinero.

Ya no tenemos por qué vivir todos juntos.

Está usted muy elegante.

Gracias.

Era el vestido favorito de mi hija. ¿Te acuerdas, Fabiana?

Decía que parecía una princesa con él.

Mi niña preciosa, que Dios la tenga en su gloria.

No me lo había puesto desde que falleció.

Lo quiero llevar hoy en su honor.

Hoy es un día muy especial. Me acuerdo tanto de Carlotilla.

No sé si podré contener las lágrimas cuando vea puesta la primera piedra

del colegio que llevará su nombre.

Qué bonito homenaje le está haciendo a su hija.

Y no solo a ella. También a Germán.

Este colegio será como un monumento a las personas que más he querido.

Y bien lo sé yo.

Que lo he visto con estos dos ojicos.

Hoy será un día muy importante

y quiero que todo salga perfecto.

Estará allí la prensa.

Sí, y no es para menos. Será el evento del año.

Pero no he querido que fuera un acto multitudinario.

Vendrá solo lo mejor de la ciudad.

Gente de la nobleza, grandes empresarios

y el ministro de educación.

Le deseo lo mejor para este día.

Ha hecho mucho por este colegio.

¿Pero no piensa venir? No, por Dios.

No, no puede no asistir. Eso sería imperdonable.

Este colegio no sería una realidad si no fuera por su ayuda.

No he hecho nada. Todo el mérito es suyo.

Es usted quien debe estar. Yo no pinto nada.

No me gusta la falsa modestia. Es un rasgo de soberbia.

La necesito ahí, a mi lado.

Esto lo hemos hecho juntas.

Era solo un sueño y juntas tenemos que ver cómo se hace realidad.

Tiene que estar ahí cuando ponga la primera piedra.

De acuerdo, si insiste. Insisto.

Iré, pues.

Gracias.

Es usted una buena amiga.

Señora, cuando la apañe a usted, iré a terminar de aviar las cosas

para el ágape de don Ramón.

¿Cómo? ¿Tú tampoco pensabas venir?

No hay cosa que más me apetezca que acompañarla, señora.

Pero doña Trini...

Si hace falta, hablo yo con doña Trini.

Te necesito ahí conmigo, madre.

Hoy es un día muy importante.

Hoy enterramos el pasado y empezamos a construir el futuro.

Tenemos que hacerlo juntas.

Acaba de arreglarme.

Antes de la inauguración quiero pasarme por la iglesia

a poner una vela en recuerdo de Germán y Carlota.

¡Leandro!

¿Dónde vas?

-Camino al centro.

Tengo que comprar unos menesteres que hacen falta en la sastrería.

-Te he visto cruzarte con tu madre.

¿Qué ocurre?

-Nada.

-Leandro.

-Juliana, no ha de preocuparte. Son asuntos entre ella y yo.

-Asuntos que siempre me han salpicado a mí.

-Pues eso no va a pasar más.

-¿Qué quieres decir?

-Que se lo he dejado muy clarito. -¿El qué? si se puede saber.

-Le he dicho que no le permitiré más desprecios ni hacia a ti,

ni hacia Víctor.

-Has hablado con tu madre de Víctor.

Te dije que no le dijeras nada. -No tenía otro remedio.

Tenía que dejarle claro cómo serán las cosas a partir de ahora.

Y eso es lo que he hecho.

Y mucho he tardado.

-No me gustaría que te distanciaras de tu madre por mi culpa.

-Si he de hacerlo por ti y por Víctor,

así lo haré.

-No quiero que tu madre me pueda echar en cara

que he sido responsable de ello.

Ni lo quiero ni me lo perdonaría jamás.

Es tu madre.

-Y bastante le he consentido todos este tiempo.

Pero no, Juliana.

No le voy a permitir que os desprecie más.

Nunca más.

Bueno.

Marcho, pues.

-Leandro.

-¿Sí?

-Gracias.

En mi nombre y en el nombre

de nuestro hijo.

¿Está usted lista, Teresa?

Apresúrese, llegaremos tarde.

No tardo, enseguida termino.

Lo está haciendo mal.

¿Qué tendrá en la cabeza?

Anda, deje que le ayudo.

(SUSPIRA)

¿Qué pasa?

Se trata de Mauro, ¿no es eso?

De Mauro, de Humildad,

de mis sentimientos.

En realidad, no debería darle tantas vueltas.

Mauro me aseguró que Humildad no nos había visto besándonos.

Pues eso es bueno, ¿no?

Lo es.

Entonces ¿a qué tantas cuitas nublándole los pensamientos?

Creo que debería visitar a Humildad.

Esa muchacha necesita el calor de la amistad

y no tiene muchas.

Ninguna, a decir verdad. Yo también lo creo.

Pero el hecho de hacerlo me descompone.

Sería mentirle y fingir que soy su amiga cuando en realidad

la he traicionado con su novio.

Pese a todo, ha de ir.

Si no lo hace, se sentirá mucho peor.

Ha de superar ese sentimiento de culpa

y hacerle una visita a Humildad.

Ella se lo agradecerá.

¡Lolita!

Baja a por un ramo de flores donde Guadalupe

y tenlo preparado para cuando volvamos.

-¿Algún tipo de ramo en especial?

-Si hay, unos crisantemos estaría bien.

Teresa ha de llevárselo a una amiga.

Pablo, ¿has visto a Fabiana?

Creo que ha ido a buscar un carruaje al final de la calle.

Gracias.

¿Qué te pasa que vienes con esa cara?

Nada.

Casilda, ¿qué te pasa?

Lo que pasa es que me voy a tener que ir a buscar trabajo

donde Cristo perdió el sombrero.

Cuanto más lejos de aquí, mejor. No digas eso.

Aquí todo el mundo me mira malamente, Pablo.

Les da igual lo que haya dicho la policía.

Siguen pensado que soy una asesina. No, imaginaciones tuyas.

Verdades como puños. Casilda, las cosas cambiarán.

Solo tienes que dales tiempo.

Lo que hay que darles es un corazón.

Yo conozco bien a esta gente y cuando se emperran con algo

no hay quien les haga cambiar de parecer.

Se olvidarán.

¿Has visto cómo me ha mirado doña Cayetana?

Esa mujer mira mal a todo el mundo.

Esa mujer manda en esta calle más que el Santo Padre.

Si ella me niega el saludo, todo el mundo hará lo mismo.

Todos, no. Que hay gente buena por ahí.

Muchos de los que te culpaban ya no lo hacen.

¿Ah, sí? ¿Quién?

¿No estarás hablando de doña Rosina?

Por ejemplo. ¿De verdad, Pablo?

Claro que sí.

¿Y qué te ha dicho?

No lo recuerdo ahora.

¿Ha sido algo bueno?

Claro, sí, sí.

¿De verdad? Que sí, Casilda.

Pues me parece raro que no te acuerdes.

Ya sabes que habla por los codos.

¿Seguro que no lo dices solo por animarme?

Que no, que está haciendo un esfuerzo para perdonarte.

Ya sabes que es muy orgullosa y le cuesta reconocerlo.

¡Madre mía! Eso me haría tan feliz.

Se lo tengo que contar a Martín.

Casilda...

Dios.

Recojo algo y marcho otra vez.

-Pues sí.

A ver si el aire de la tarde te despeja las ideas

y te hace razonar.

-Madre, ¿quiere que volvamos a regañar?

Parece que siempre está con el palo en alto.

-Es lo último que quiero.

-Si no se opusiese a mi relación con mi hijo,

mejor nos iría, madre.

-¿Tu hijo? -Sí.

Eso he dicho.

Ese chico es mi familia.

-Tu familia soy yo,

no ese bastardo. -¡Madre!

Ni es un bastardo ni le consiento que hable así de él.

-¿Por qué no?

Un hijo de una relación sin santificar

es eso: bastardo.

Además es un crápula y lo ha sido siempre.

Normal, siendo engendrado como lo fue, del pecado.

-Madre, tengamos la fiesta en paz. -Mira, una mujer que se encama

con un hombre que no es su marido, es una fresca.

Y tú un ingenuo.

A saber quién es el padre verdadero.

-Basta, madre. ¿Me oye?

Nunca vuelva a hablar así de Juliana, por favor.

Ni de ella ni de nuestro hijo.

Si no, no responderé de mis actos.

Ya se lo he dicho dos veces y no habrá una tercera, madre.

-Ay.

¡Ay!

-Madre.

-¡Ay, madre mía! No sé qué me pasa.

Me he mareado.

Ay, Dios mío, Virgen Santa. Pierdo el sentido.

Leandro, ayúdame.

Dios mío.

-Agárrese donde pueda. Así no se volverá a caer.

(LLORA)

-¡Me ahogo!

¡Me ahogo!

Me está dando un síncope.

Por favor. Dios mío.

Ay, ay...

(LLORA)

(GRITA)

(LLORA)

Bienvenido a mi casa, Durán, pase usted.

-Gracias.

Vaya.

¡Menuda choza tiene usted!

-Muy amable.

-Me he dado un garbeo por el barrio

y es de lo más elegantón y señoritingo.

-Más bien, familiar.

Mi hija se ha criado aquí y tengo la mayoría de mis amigos.

¿Quiere tomar algo?

-Algo que me levante el ánimo y me aclare las ideas.

(RÍE)

Ya lo encontraré yo, no se preocupe.

-Estoy harto de esta gente.

Ha venido todo el mundo. -Y los que quedan por llegar.

Haga de tripas corazón.

-Pero esto no va a durar mucho, ¿no?

-Antes de que termine la noche,

llevaré el evento a un café de teatro cercano.

Pero ahora necesitamos más vio y más brandy.

Parece que están todos sedientos. -La criada no da abasto.

Imagino que habrá más en la cocina. Venga por aquí.

Alguien ha encendido una luz.

-Pues no sabría que decirle. ¿Por?

Porque ha sido entrar usted y se ha iluminado la sala.

-Calle, zalamero.

Ha ido a piropear a la menos indicada.

-¿Y eso por qué? -Soy la esposa de don Ramón.

-Pero eso no la hace menos bonita, señora mía.

-Cierto.

Lo que me hace es menos dispuesta a reírle a usted las gracias.

-Tómese una copa conmigo y lo vamos viendo.

Que no muerdo ni hago mal a nadie.

Al menos de momento.

-Y bien, dígame.

¿Qué tipo de negocio tiene usted con mi esposo?

¿Qué te ocurre, canija? Te tono un poco alicaída.

-Solo es el cansancio.

-No te creo.

Algo ha pasado que no me quieres contar.

-No ha pasado nada. Ni bueno, ni malo ni regular.

Ese es el problema.

-¿No ha mejorado la búsqueda de faena?

-Lo que no ha mejorado ha sido encontrarla.

-Y hay amigos del barrio que se esfuerzan por ayudarme.

-Algo saldrá, no desesperes.

Nos hemos ganado tener un golpe de suerte.

-Si Dios fuera justo y repartiera con sentido,

ya nos tocaba el Gordo y hasta el Niño.

-A mí me toco la lotería cuando te conocí.

-¿Qué vamos a hacer cuando salgas?

-Ser felices.

-No suena malamente.

-Suena fetén.

-A veces, cuando sueño, me imagino contigo fuera.

Como una pareja de novios

normales y corrientes.

-Sí.

-Me imagino haciendo las cosas más cotidianas y tontas.

-¿Qué cosas son esas?

-Pues pasear,

pegar la hebra en un banco de la calle,

oír a la gente pasar por la calle Mayor.

-Que el sol nos dé en la cara al atardecer.

(Unas llaves tintinean)

Don Mauro, ¿qué sucede? Ha habido otro atentado.

En un café en el centro de la ciudad.

¿Anarquistas? Eso parece.

Una respuesta a la detención del grupo de Calanda.

No hay víctimas graves. Solo heridos.

Has de venir conmigo a un interrogatorio.

¿Un interrogatorio? ¿Eso por qué?

Él no ha hecho nada.

-No te preocupes. Esto no tiene nada que ver conmigo.

Vamos.

Ah, buenas tardes, Susana.

Vengo a recoger los vestidos que te encargué.

-Todavía no los tengo terminados.

Si me dejas hasta mañana, los tendré para la tarde.

-En la tarde tengo mucho que hacer.

-¿No puedes enviar a alguien? -Aún no tenemos criada, así que no.

-¿Te encuentras bien?

-Sí, solo un dolor de cabeza.

Es solo eso.

(SUSPIRA)

-Es por Juliana, ¿verdad?

He notado que andáis mucho a la greña.

Tiene que haber algo más.

A ti las riñas con Juliana te importan bien poco.

Como vienen de lejos, te has hecho a ellas.

-Es mi hijo quien me preocupa.

-Has discutido con él.

-Y esta vez, de verdad, Rosina.

Llevo toda la vida dedicándome en cuerpo y alma a su cuidado

y ahora me quiere arrinconar como si fuese un mueble viejo.

-¡Qué bien te entiendo, Susana! Me está pasando parecido con Leonor.

-¡No me digas! Con lo buena muchacha que es.

-Pues me ha puesto los puntos sobre las íes.

-¿Al hilo de qué?

-Quiere que readmita a Casilda.

Menuda perra les ha entrado con eso.

Todos los días con la cantinela. Como un martillo pilón.

Dice que le va a pedir que vuelva quiera yo o no quiera.

¿Qué te parece?

-Madre del amor hermoso. ¿Adónde vamos ir a parar?

-Le digo yo eso a mi madre y me cruza la cara.

-Sin embargo, Rosina,

creo que si alguien ha de ceder,

esas hemos de ser nosotras.

-¿Qué dices? ¿A qué viene esa chaladura?

-No cometas el error que yo cometí con mi hijo.

A veces hay que ceder en algunas cosas

para conseguir otras. -Y ya está.

¿Y nuestra opinión cuenta menos que un real o qué?

-Estamos solas en el mundo, Rosina.

Si perdemos a nuestros hijos,

¿qué nos queda?

¡Ay!

¿Un aguardiente?

(RESIGNADA) Sí.

Padre. Dime, hija.

¿Cómo se encuentra Humildad?

Algo mejor.

Es una pena que no pueda estar hoy aquí

con todo lo que ha hecho por este colegio.

Ha trabajado muchísimo para que hoy se levante esta obra.

Se merecía ver con sus propios ojos cómo se ponía esa primera piedra.

Señores, procedan.

A veces los caminos del Señor son inescrutables.

Señores, vamos a empezar.

Señores, estas tumbas están ya vacías.

Los restos de las almas que aquí yacían han sido trasladados

a la fosa común.

Tenga por seguro que no la dejaré marchar hasta que no me diga

dónde están los cuerpos de Germán y Manuela.

Hable ya, perra.

-Como quiera.

-Si tanto ansía saber la verdad,

le daré capricho.

En un lugar donde nadie nunca los buscaría.

-¿Dónde? ¿Dónde?

-En el mismo cementerio

que la señora se ha empeñado en vaciar de tumbas,

enterrados bajo dos lápidas falsas con los nombres de Álvaro Vega

y Susana Hernández.

Por su ambición va a cavar su propia tumba.

Quédate, Fabiana, por favor.

Voy a decir unas palabras.

Lo cierto es que no termino de entender qué tipo de negocio

se trae usted con mi esposo.

-No es que no lo entienda. Es que no se lo he contado.

-Ni va a hacerlo. ¿No es eso?

-No lo sé.

Tengo la impresión de que perderá el interés por mí

en cuanto se lo cuente. ¿Me equivoco?

-Es usted pero viejo.

-Lo que soy es un hombre solo al que no le gustaría verse privado

de tan agradable compañía.

-¿De dónde es usted?

No es de por aquí, ¿verdad?

-Me da a mí que ni usted ni yo nos hemos criado

en casas tan elegantonas como esta.

-¿Qué haces aquí, Trini?

-Disculpa, querido, olvidé mi limosnera.

En fin, ya marcho.

Disfruten de la velada, caballeros.

-Encantado.

-Querido.

-¿De qué hablaba con mi esposa?

-De cosas castas, no se altere.

Es una mujer muy simpática y divertida.

Voy a ir a picar algo.

-Don Ramón.

Tiene usted otro invitado.

-Don Clemente, es una sorpresa verle por aquí.

-Espero que grata.

Debió de haber algún error

porque no me llegó su invitación.

Si no me fiara, pensaría que no quería que viniera.

Además, ha invitado también a Durán.

-¿Se conocen? -Sí.

Es cliente mío.

¿No será suyo también?

Mire, Ramón.

Este es un negocio muy pequeño.

Aquí cada uno tiene su parcela.

Será mejor que no se meta en parcela ajena.

Si quiere que nos sigamos llevando de guinda,

que no se le olvide.

Hoy es un día muy significativo para mí.

Hoy ponemos la primera piedra del colegio que llevará el nombre

de mi hija fallecida: Carlota de la Serna.

Este colegio no es solo importante para la ciudad

y para los niños que disfrutarán de un aprendizaje de calidad

Este colegio es importante porque es en honor a mi esposo,

Germán de la Serna y a nuestra hija, Carlota.

Esas dos personas eran la luz de mi vida.

Mi faro,

mi báculo, mi guía.

Ellos hacían que cada mañana me levantara con ganas de vivir.

Su muerte fue un duro golpe para mí.

Los que me conocen saben

que mi vida no ha vuelto a ser la misma.

(Murmullos)

Por favor.

Yo no he vuelto a ser la misma.

Germán y Carlota me han dado fuerzas para sacar adelante este proyecto,

para superar obstáculos y llegar hasta aquí.

Germán era un buen hombre.

Un hombre que entregó su vida a los enfermos,

a los débiles, a los desfavorecidos,

pero sobre todo un hombre que entregó su vida a su hija.

Nuestra hija, Carlota.

Hoy, al fin, puedo decir

que este colegio va a ser construido

sobre la memoria de Germán de la Serna.

Solo espero que entre estas paredes que hoy empezamos a levantar,

los niños sean tan felices como yo lo he sido con mi familia.

Procedan, por favor.

Con esta gozosa celebración

de colocación y bendición de la primera piedra,

imploramos la ayuda de Dios para que los niños que aquí estudien

sean felices.

Para que las personas que aquí trabajan estén protegidas

y Dios las guarde de todo mal.

Amén.

Demos gracias a Dios.

Alabado sea el Señor.

Debe de ser muy duro lo que ha pasado con su prometida.

Lo que ha ocurrido es terrible.

He de reconocer que me cuesta concentrarme.

Ha habido otro atentado.

En un café del centro de la ciudad.

¿Anarquistas?

He de darle esa información

a mis compañeros de la comisaría del centro.

Creo que esto va a salpicar a Martin.

Mauro, no va a poder con todo.

Pues he de poder, Felipe.

¿Por qué no deja lo de Martín en manos de otro policía?

Debería aparcar también lo de Cayetana.

Ahora lo importante es su vida personal.

Hoy era el día de la inauguración de las obras del colegio.

Así es. Han puesto la primera piedra.

Conociendo a Cayetana habrá asistido la flor y nata de la ciudad.

No lo dude usted.

Cayetana subiendo como la espuma.

Cada vez más altiva, más poderosa,

más soberbia... ¿Y yo?

Usted tratando de destaparla.

Pero no tengo nada sin Úrsula.

No sé cómo seguir, Felipe. No sea tan duro consigo mismo.

Y menos después de lo que le está pasando a su prometida.

Dese tiempo.

Ahora lo importante es Humildad.

A partir de ahora,

se acabaron los llantos,

las cuitas, la inquietud y la incertidumbre.

Se acabó sufrir y pasar calamidades.

Eres mi madre.

Soy tu hija.

La misma sangre corre por nuestras venas

y eso es indestructible.

Juntas seremos fuertes.

Invencibles.

Nadie nos va a hacer daño.

Eso es meridiano.

Pero eso...

Esto es solo el principio.

Estamos aquí.

A partir de ahora todo va a ser distinto.

El futuro empieza aquí y ahora.

Solo necesito saber algo.

Tú puedes confiar en mí.

Nunca te voy a fallar.

Jamás.

Pero ¿puedo yo confiar en ti?

Fabiana.

Eres mi hija.

Antes me arrancaba los ojos que traicionarte.

Teresa.

¿Qué estás haciendo aquí?

He venido a ver cómo se encuentra Humildad.

Humildad está...

Paralítica.

Gracias, Juana.

El Señor me ha condenado a esta inmovilidad.

Su razón es infinita

y acepto el castigo.

Paciencia. -Sí.

-¿Ha visto a Servando?

-Pues por la fuente andaba.

-¿Querías algo de él?

-Sí, que suba donde mis señores que se ha roto un picaporte

y quieren que lo apañe.

-Pues ahora vendrá, pero si tienes que marchar, me encargo yo

de darle el recado. No te preocupes.

¡Ah!

-Paciencia, ¿está usted bien? Que casi se traga la puerta.

¿No la ha visto?

-Si la llego a ver, no me golpeo. ¿No te digo?

-Pequeña no es, la condenada.

Eso es que no ve usted bien. -Tontadas.

Una ha tenido siempre la vista de una liebre.

-He sabido que se enfrentó a doña Susana por defenderme.

Créame que se loa gradezco.

Que no era menester, que yo estoy bien.

-Descuida que no lo he hecho por ti, sino por mí.

No soportaba más sus desplantes hacia vosotros dos.

No lamento lo que ha ocurrido.

Solo lamento no haberle puesto los puntos sobre las íes antes.

Anda.

Ve a ayudar a tu madre con la terraza.

-¿Qué, Ramón?

Estarás orgulloso de la fiesta de ayer.

Tus invitados parecieron quedar satisfechos.

Con los que pude hablar, me parecieron de lo más amable.

Eso sí, poco doctos en los negocios, que todo hay que decirlo.

-¿Qué querías, Trini?

El negocio de las basuras no se nutre de Sénecas.

Ya ves que está compuesto de gente de lo más normal.

-A los que me encanta el monís más que un niño un dulce.

También me fijé. -Lo dicho, gente corriente

a la que le gusta el dinero y todo lo que puede comprar con él.

Tú misma parecías encantada con la joya que te regalé.

-Sí, Ramón.

Pero te he dicho mil veces que prefiero tu compañía

a cualquier joya.

-Como le decía, fue un lamentable error

organizar el ágape ayer.

-El error fue no invitar a Clemente Heredia.

No le agradó que le dejara al margen.

-Al fin mostró su verdadera naturaleza.

No pretendía ser mi amigo ni mi socio.

Quería avisarme de que hay líneas rojos que no debo traspasar.

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  • Capítulo 304

Acacias 38 - Capítulo 304

21 jun 2016

Rosina se niega tajantemente a aceptar a Casilda como criada, pero Leonor le pone entre la espada y la pared: o acepta a Casilda o no pueden vivir juntas. Susana convence a Rosina de que acepte las condiciones de su hija. Paciencia dice que la Virgen le exige hacer voto de pobreza. Ramón no quiere que su familia esté presente en la recepción a socios de trabajo, pero Trini se cuela. Ramón la descubre hablando con Durán.

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  1. Beatriz

    A mi me gustan mucho las series españolas, pero esta es un ir y venir con el mismo cuento que ya basta con lo de Humildad que ya se muera por el amor de Dios¿¿¿¿¿¿ ya enfado hasta el hartazgo

    22 jun 2016