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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 296 - ver ahora
Transcripción completa

Humildad, ¿qué haces aquí? ¿Estás bien?

Ayúdame a llegar a tu despacho.

No, siéntate aquí y recupera el resuello.

La agredió.

Se burló de ella delante de todos. -Pobre desdichada.

-El proceder de Cayetana no tiene perdón de Dios.

Ni tampoco el mío. No es merecedora de mi estima.

-La detenida ha quedado libre. Todo está en orden.

¿Pretende enseñarme a hacer mi trabajo?

Solo a exigirle que lo acometa correctamente.

-Llevas un tiempo misterioso, esquivo.

Ya no pasas por casa ni me haces cariñitos.

-Ya basta de reproches, Trini.

No tengo tiempo para reclamos de una esposa malcriada.

Ni para comidas ni para nada. A ver si te enteras de una vez.

-Quiero verla sufrir en su piel la humillación que me hizo pasar.

Véngame de ella. Que dé con sus huesos en la cárcel.

Despreciada por todos. Que el vil garrote sea su fin.

Yo te ayudaré.

Ha intercedido en su favor para evitar que hable con contra.

Ha mostrado ser inteligente. ¿Qué cree que hará ahora

que ha comprendido que usted puede suponer un riesgo para ella?

Corre usted un grave peligro.

-No pienso consentir que me estafe.

Que un señoritingo juegue con el pan de mi familia.

-Entiendo que está considerando mi propuesta.

-Haga lo preciso para que le llegue el mensaje.

-Sé lo que tengo que hacer. -¡Ábreme la puerta!

¡Soy Leonor! -¡Ayúdame, doña Leonor!

-¡No la toques, cerdo!

-Te voy a dar tu merecido, señoritinga.

Baja esa mano si no quieres que te la arranque.

-No tengo duda de que decidieras lo correcto, Víctor.

Me alegra que tomaras en cuenta mi consejo.

-Yo me alegro de otra cosa. -¿De qué?

-De que hayamos tenido una conversación padre e hijo.

-50 000 pesetas es lo que preciso

para asegurarme de que no volveré a pasar necesidades.

No le voy a dar ese dinero.

Me he asegurado de que si me ocurre una desdicha irreparable,

todo lo que sé salga a la luz.

Mejor que pague o acabará encarcelada.

¿Se lo ha contado a alguien?

¿Ha hablado de la muerte de Germán y de Manuela?

Lo malo de dejar los armarios llenos de cadáveres,

es que terminan por aparecer.

No. No he cometido ese error.

No se lo he desvelado a nadie.

¿Está nerviosa?

50 000 pesetas le darán la tranquilidad.

Si lo piensa es muy barato.

La tranquilidad que no le dio la muerte de su hija.

La muerte de don Germán, la muerte de Manuela.

Es curioso.

Tanto decidir sobre la vida de los demás y ahora es la suya

la que está en juego.

No se va a atrever. No podrá probar nada.

Son muchas maldades.

Muchos cadáveres.

Cada uno de ellos, un motivo para enfrentarse al garrote vil.

¿Cree que no tengo material suficiente para acabar con usted?

¿Qué no puedo probarlos uno a uno?

Usted no ha sido nunca ni inocente ni incauta.

No empiece a serlo ahora. No se lo voy a permitir.

No me va a traicionar.

Mi silencio tiene un precio, ya se lo he dicho.

50 000 pesetas.

Pague. Es solo dinero.

Y recuerde: quien a hierro mata, a hierro muere.

Debería recoger esto.

Los trapos están en la cocina. Seguro que sabe hacerlo.

Al fin y al cabo, solo es la hija de una fregona.

Voy a acabar con usted.

No, se equivoca.

Soy yo la que va a acabar con usted.

Va a lamentar cada humillación, cada desprecio, cada mala palabra.

¿Cómo me dijo antes? Ah, sí.

Que era una vulgar criada.

Se equivoca.

Soy la que tiene su futuro en las manos.

Ni se le ocurra. No provoque más mi ira.

Y sepa que hay otra persona

que intentará destruirla. Ese policía no va a hacer nada.

(Ríe)

¿Mauro San Emeterio?

No, no se engañe. Es alguien mucho más cercano.

No ha hecho usted muchos amigos en la vida.

Solo yo le era leal y ya ve. Ni eso ha sabido conservar.

Ahora va a tener que pagar por mi silencio.

¿Quién es? ¿Quién quiere hundirme?

¿Quién no? Aparte de mí,

solo hay una persona con la determinación para hacerlo.

Alguien muy cercano.

Dígame quién es.

No voy a pagarle para caer a los pies de otro.

Si quiere el dinero, dígame de quién se trata.

Arregle primero las cuentas conmigo. Después podrá ocuparse de los demás.

Ya sabe dónde están los trapos. En el segundo cajón de la cocina.

Límpielo.

Pronto podré decir orgulloso que soy tu padre.

(Respira aceleradamente)

(Se ahoga)

-No puede ser. No, no.

No puede ser.

Madre mía. ¿Por qué?

Dime por qué. ¿Por qué me haces esto?

Tanto penar para nada. Dime por qué.

¿Qué te he hecho yo?

Ayúdame

porque sola no puedo.

(Llora)

Nada, que no me sale.

No soy capaz ni de hacer una bufanda.

(Suspira)

-A ver.

Es que estás tejiendo punto derecho cuando es punto revés y viceversa.

-¿Para qué quieres hacer una bufanda?

-Para los quintos de Cabrahigo, que es la tradición.

Cada quinto se lleva una bufanda al servicio militar.

Y se acuerdan del pueblo cuando están de centinela.

-¿Le dejan llevar una bufanda color naranja?

Buenas dianas serán para el enemigo.

-Ninguno se ha quejado del color. Será que no les viene mal.

Muy bizarro debe ser el enemigo para dispararle a uno de Cabrahigo,

que el pueblo se basta para poner una pica entera de infieles.

-Pues como no le apliques, hay un quinto que se va sin bufanda.

-Dios nos libre. Que todos los años han vuelto todos

y han colgado la bufanda en la puerta de la casa.

Es que no me centro. No paro de pensar en la Casildilla.

No he podido ir a buscarla y tengo el pensamiento extraviado.

De ahí los errores. -Pablo sabrá qué es lo mejor.

Si no ha dicho dónde encontrarla, sus motivos tendrá.

-Fíate de la Virgen y no corras.

Si ni aceptó la ayuda de Pablo, la insensata.

-Lo hará, que mi hijo es muy insistente.

Encontrará la manera de hacerse con su voluntad y la traerá con nosotras.

-¡Casilda! Silencio,

que la hemos entrado a escondidas y por la escalera de servicio.

-Te caliento un caldo, que tienes cara de haberlo pasado canutas.

-Te echo un chal no te vaya a llevar un mal aire.

-Qué bien que has regresado.

Que lo hemos pasado más mal que en la seguía del 96,

que las ranas llevaban cantimplora. -Cuando sepáis lo bajo que he caído

no me vais a volver a mirar a la cara.

-Lo pasado, pasado está. -Deja que se siente Casilda,

que tiene que descansar.

Tiempo tendrá para narrar lo que ella decida.

-Esto hay que tomarlo de una vez, ¿eh, Casildilla?

Que levanta a un muerto de lo bueno que está.

No merezco que sean tan buenas conmigo.

No me atrevo ni a mirarlas a la cara.

-Tú te lo mereces todo.

No la hay más buena ni más desprendida.

-Eso es porque no sabéis lo que he hecho.

Una María Magdalena casi he sido. -Olvidado está.

Ni ganas de saber. Solo que vuelvas a ser la de antes.

Casilda, quedas en buenas manos. -En las mejores.

-Mañana subiremos a verte. Y no la atosiguen.

Ya tendrá tiempo de desvelar sus secretos.

Por favor, no le cuenten a nadie que ha vuelto.

A la que menos a mi madre. Chitón hasta que llegue el momento.

-Vaya con paz, señora.

Que nosotras la hemos recobrado con solo ver a Casildilla.

-Y no las hay más discretas que nosotras.

Ni con tenazas nos sacan una palabra.

-Gracias por su perdón.

-Perdón tú por mi ceguera. A partir de ahora tabla rasa.

Nunca pensé que Úrsula saldría tan pronto de prisión.

Nada en la vida de Cayetana sigue el rumbo

de cualquier otra persona. Siempre hay giros inesperados.

Qué engañada he estado siempre con ella.

Y pensar que llegué a considerarla la mejor de mis amigas.

Es cierto que Cayetana puede parecer la mejor

para luego virar.

No me extrañó su amistad para con ella, Celia.

Queremos que los demás sean lo que nosotros esperamos.

Para bien y para mal.

Pero usted contagia al bien y eso se ven en los demás.

Y no está dispuesta a aceptar la maldad de ellos.

No crea.

Todos tenemos nuestros secretos, Teresa.

Y cosas de las que nos arrepentimos.

¿Qué le dijo Úrsula cuando se acercó a ella?

Poco y nada.

Esa mujer tiene una relación de dependencia con Cayetana.

Enfermiza.

Que un loquero debería estudiar.

No entiendo cómo puede callar más allá de toda lógica.

Cayetana tiene algo que nubla la mente.

Tuerce la voluntad de las personas.

¿Perversidad?

(Ríe)

(Llaman a la puerta)

Iré a abrir. No, no, iré yo.

Seguro que es mi marido que se ha olvidado las llaves.

Teresa, no es mi esposo.

Es el Sr. San Emeterio que viene a hablar con usted.

Disculpe las horas.

Sé que no son apropiadas para visitar una casa decente.

Si usted nos deja a solas.

¿Segura? Por favor.

Estaré en mi alcoba. Aún tardaré en acostarme.

Si me necesitan, allí estaré.

Cuidado, alguien podría vernos.

A veces pienso que las paredes de Acacias ven, oyen y sienten.

Disculpa.

Solo quería contarte que me he visto obligado a liberar a Úrsula.

Bien lo sé.

La he visto llegar al barrio. Incluso he podido hablar con ella.

Le he dicho que confiara en mí y que se protegiera de Cayetana

contándome todos sus secretos. ¿Y aceptó?

No. De su boca no salió nada.

No sé si me signifiqué en exceso.

Esperemos que no haya sido tan evidente.

En este momento no sabría cómo protegerte.

De momento me basto por mí misma.

¿Crees que Úrsula pueda aliarse de nuevo con Cayetana?

Tiene mucho rencor contra ella, pero le debe su libertad.

Y esa criada es ávida e inteligente. Sabe lo que le conviene.

¿Inteligente? Inteligente como las hienas.

La inteligencia que dan la soberbia y la maldad.

Pagaría por asistir a lo que se dijeran en privado.

Un duelo de serpientes, sin duda.

Vayas horas, ¿eh?

Ya hace rato que pasaron las burras de la leche.

-¿Han empezado a bajar los vecinos? -Aún no, pero sabes que a algunos

parece que los echan de la cama. -Si fuera rico,

no iba a madrugar ni aunque me matasen.

-Si fuera rica madrugaría más para aprovecharlo.

Que la vida de los ricos es la que merece la pena, no la nuestra.

Que cuanto más la pases dormido, mejor.

-Visto así... -Así hay que verlo.

Lo demás son ganas de sufrir. Anoche llegaste muy tarde.

Pasas mucho tiempo en la taberna. -Ya sabes cómo son los músicos,

gente de malvivir.

Me recorrí un montón de cafés hasta que di con el compositor.

-¿Y?

¿Arruinados ya del todo? -No, mujer de poca fe.

Solucionado el asunto del peculio. Se queda con el pasodoble.

Santas pascuas y deuda zanjada. -A cambio de nada.

-De nada, no. La idea del pasodoble fue mía.

Si se hace famoso, se lo queda todo. La letra, la rima,

los versos, todo. -La letra era una patochada.

"Sus ojos de azabache que parecen un mapache".

A nadie se le ocurre una rima más torcida.

-Pues si te ha quedado no serán tan ruin para la memoria que tienes.

Se cantará en las plazas de toros de España.

(Ríe)

-Para entrar a matar.

-Ya te darás cuenta un día y reconocerás que tu marido

es un hombre triunfador y de un talento sin igual.

¿Qué pasa que no me crees? -¿Sabes por qué estaba poniendo

mantequilla en el pan? -Supongo que para el desayuno.

Qué memoria tienes. Te la has dejado en la almohada.

-¿Entonces es de mañana? ¡Qué cabeza la mía!

Yo ya estaba pensando en plegar para irme a dormir.

Ahora que lo pienso. Algo tenía que decirte.

Pero lo he olvidado. -Ya te acordarás.

-O no. Era algo de enjundia.

Que cuando lo sepas, te alteras.

¿De verdad puede distraer la comida?

-Hoy en casa de mis señores toca costillas con patatas.

Con echar un par de papas más, la Casilda come y hasta repite.

-Échale algo de carne que ha sufrido y necesita recomponer fuerzas.

-Descuide que doña Celia no lo notará.

Y si lo nota no dirá nada, que es pan bendito.

-Pero sin decirle que la Casilda está aquí.

Que si se entera una, se enteran todas.

Las señoras no necesitan periódica para que las noticias corran.

-Como la pólvora. De la cena me encargo yo.

Unos huevos duros y un poco de chorizo no le han de faltar.

¿Y la pequeñaja tiene que estar encerrada sin poder salir?

-Ya oyeron a Leonor: secreto hasta que nos lo digan.

Si doña Rosina se entera de que Casilda ha regresado,

se monta el Sursum corda. -Y la Marimorena de rebote.

-Pues no sé qué vamos a hacer para que Úrsula no la vea.

Anoche volvió de chirona.

-Pues de nada vale que la escondamos.

Esa cuerva terminará por verla.

Habrá que pedirle que no hable. -Pedirle algo por las buenas...

-O por las malas. Yo me encargo.

Que a esa le estoy cogiendo yo las medidas.

-Pues que sea para un traje de madera.

-Buenos días.

-Para quien los tenga.

-¡Anima ese ánimo, pequeñaja!

-Y esa cara a lavarla que parece de una india apache.

Ayer porque llegaste como llegaste,

pero hoy hay que echarle valor.

-Y volver a lucir esa sonrisa que nos encandila.

-Va a tardar en volver, Guadalupe.

-Pues ya la puedes estar llamando. Si hace falta te doy

con el estropajo para quitarte la pintura.

A la jofaina y sin rechistar.

-Solo pido que vuelva a ser la de antes por mucho que haya sufrido.

-Por nosotras que o quede.

Y del silencio de Úrsula yo me encargo.

Y ahora vamos a ayudar a Lolita que le va a dar con estropajo.

(Ríen)

A ver.

Más bonita que un San Luis.

-Ni que te hubiéramos mandado a Lourdes.

-Tal cual. -Qué sería de mí sin las mías.

-Calla, muchacha, que ya estamos juntas otra vez

y para los restos.

Toca fregar las escaleras.

-¿Otra vez? -Cada dos días.

-No puede ser bueno para la madera tanto fregar.

-¿Qué madera? Si el suelo es de mármol.

Aguanta toda el agua que le eches.

Y no te hagas el perplejo que es tu turno.

-De eso no te olvidas, ¿no?

-Ahora me he acordado de lo que tenía que decirte.

La Virgen. -¿Qué pasa?

-Que ya no está, que se la han llevado.

-Eso no puede ser. ¿Qué atropello es este?

Que yo soy el artista que le dio vida.

Así es España.

No se respeta el arte ni a los artistas.

¿Y dónde?

-¿Dónde se respetan? ¿En el extranjero?

-Que dónde se la han llevado. -No lo sé.

-¿No lo sabes o no te acuerdas? -No lo sé.

A alguna iglesia donde faltase una imagen que venerar, supongo.

No deben ser muy exigentes si aceptan la imagen

que dejaste descompuesta. -Nunca entenderás mi gran labor.

Voy a ver dónde se la han llevado. -¿A rescatarla?

-No, para que no se sienta sola.

¿Cómo se llamaba el padre de la Virgen?

-San Joaquín.

-Pues yo soy el San Joaquín de la Virgen del barrio.

No pienso abandonarla. -Desde luego,

yo seré un desmemoriada, pero tú estás como un cencerro.

(Farfulla)

Madre, ¿ha leído lo del tren subterráneo?

Había leído que había en Londres y en Nueva York,

pero ahora lo quieren poner en España.

Metro lo llaman.

(Ríe)

Madre, metro. Que no cuenten conmigo.

Viajar bajo tierra como un ratón.

¿Y usted viajaría en un túnel de kilómetros sin ver el sol?

Solo falta que vendan pasajes para el Averno.

¿Verdad, madre?

-Hola, Víctor, ¿qué haces aquí?

-Ya me marchaba, doña Susana.

-¿Qué ha venido a hacer? -Nada, madre.

¿Se puede saber de qué hablabas con Víctor?

-Pues no.

-Ya te he dicho que te pido una explicación.

-Madre, ya le he dicho yo que no puedo dársela.

-Yo me alegro de otra cosa. -¿De qué?

-De que hayamos tenido una conversación

padre e hijo.

-Víctor.

Madre, ¿está usted bien? ¿Qué le ocurre?

Está llorando. -Mi vista ya no es la que era.

En cuanto la fuerzo, me lloran los ojos.

-¿Seguro que es eso? Está muy rara.

-Quién habló que la casa honró.

El que tiene más secretos que palabras.

-Es cierto, madre. No debería hacer esas cosas.

Son cosas para las mozas. Déjelo en sus manos.

-Mejor que yo no lo hará ninguna. -Eso es cierto.

También tiene razón en eso. ¿Ha leído lo del eclipse?

-Lo que nos faltaba. Pasará como siempre.

Los que digan que el eclipse es de buen agüero

y los que digan que traerá el fin del mundo.

-¿Y usted qué opina?

-Que el mundo ya no tiene mucho arreglo.

Los hijos no respetan a los padres,

los pobres no acatan las órdenes de los señores.

Mejor que se acabe todo

de una vez por todas y Dios nos cree de nuevo.

-La veo Apocalíptica, madre. Es la alegría de la huerta.

No me diga que no le pasa nada. -Lo que me pase es conmigo.

¿Me prohíbe que diga que Casilda está en el altillo?

¿Usted me prohíbe? -Si lo hace, se arrepentirá.

Haré que doña Cayetana la castigue.

Si supiera lo poco que me importan

sus prohibiciones o los castigos de doña Cayetana...

Lo único que puede salvarle de que no diga nada

es que no me importa lo más mínimo.

Ni lo que a ella le suceda. Ni lo que le suceda a usted.

Y muchos menos lo que pase aquí, en este altillo miserable.

-No me atañen sus motivos.

Solo que mantenga punto en boca.

-Le diré una cosa:

esa fregona, Casilda, me cae bien.

De tan boba que es, se le coge cariño.

Es la única que sentiré perder de vista.

-¿Perder de vista?

-¿No pensaría que iba a quedarme en este palomar para siempre?

Este no es mi lugar.

-¿No baja a atender a doña Cayetana? Ya es la hora.

-Edad tiene para atenderse sola.

A ver si entre todos hemos criado una inútil.

-Va a saber de sus palabras. -Corra a decírselas.

Seguro que le queman en la boca.

Mientras hace de correveidile,

yo iré a mi cuarto a descansar.

Ah, si la señora se enfada mucho, venga a decírmelo.

Nos reiremos juntas. -¡Respete a doña Cayetana!

-Que se lo gane.

-¿Ha oído?

¿La ha oído hablar de doña Cayetana?

-Por fin alguien dice las verdades sobre esa mujer.

Usted no debería protegerla tanto.

-No la conoce. Nadie la conoce.

Todo el mundo habla por hablar pero nadie sabe lo que dice.

-De más la conocemos.

No la hay más aviesa ni más traicionera.

El día menos pensado le muerde a usted también.

Más de una vez lo ha hecho.

-Si la critica a ella, me critica a mí también.

-Sus actos la retratan sin que yo la critique.

¿Ha olvidado lo que le hizo a mi hija?

¿A Germán? ¿A usted misma?

-Defenderse.

-Defenderse de ella es lo que tiene que hacer usted.

Es una alimaña sin corazón ni sentimientos.

-Bueno, basta ya de maledicencias.

Iré a ver si Casilda necesita algo.

Al fin y al cabo,

es la única de aquí que merece que alguien se preocupe por ella.

A los buenos días, Ramón.

-Buenos días. -¿Te apetece un suizo?

Los trajo Fabiana de la Deliciosa y están deliciosos.

Valga la redundancia. -No, solo un café bebido.

-Pero esa no es forma de desayunar. -¿Se puede saber qué te pasa?

-No es nada, mujer. Todo está bien.

-¿Crees que no me he dado cuenta de que has pasado

toda la noche dando vueltas? -Siento haberte despertado.

Supongo que cené demasiado anoche.

-Ramón, ¿no confías en mí?

-Trini, no es nada. Son asuntos de trabajo.

No voy a aburrirte con ellos.

Te prometí que te trataría como a una reina y eso hago.

Porque tenga un momento de preocupación

no tienes por qué alarmarte.

(Llaman a la puerta)

¿Fabiana?

-Ah, sí, ha subido al altillo.

No sé qué pasa, pero está todo el servicio revolucionado.

-Siempre están revolucionados. Ya abro yo.

Buenos días, don Ginés, adelante.

-Dichosos los ojos, doña Trini. -A los buenos días, don Ginés.

-Trini, tengo que hablar de negocios con don Ginés.

¿Te importa dejarnos solos? -Por supuesto.

Y haga el favor de no darle muchos disgustos

que se ha levantado con un humor de perros.

-Intentaré que no sea así. -Agradecida.

-Por orden de su mujer no le daré malas noticias.

Solo buenas. Don Norberto ha hecho el pago.

Las 10 000 pesetas del préstamo extra.

Y el primer plazo de las 40 000 que estaban en el contrato

con sus intereses. -¿Pagó de buen grado?

-Hubo que darle un aviso. -¿Solo eso?

-Uno contundente. Pero no se preocupe.

Deje esas cosas en mis manos. Ahora pagará en plazo.

Es lo único que debe preocuparle.

-No hay temor de que se vaya de España.

-Dudo que pueda viajar en unas semanas.

-¿Qué le ha hecho? -Lo que había que hacer.

Lo necesario para que no olvidara sus obligaciones.

Él conocía el negocio,

pero ha habido que recordarle algunos detalles, la letra pequeña.

-Me siento un canalla.

-El canalla es él, que no quería hacer sus pagos.

Ahora debemos pensar en expandir el negocio.

-¿Incluyendo momentos como este?

-Desgraciadamente son inevitables. Pero déjelo en mis manos.

Tranquilo. -No se exceda, por favor.

-Relájese. Cada uno será tratado como merezca.

Entonces está bien. -Bien, no está, lo ha pasado mal.

Pero con nuestros cuidados se recompone.

-Si hace falta solo tienes que pedirlo.

Estoy para lo que sea. -Ya lo sabemos, don Servando.

-Pobre Casilda. Lo que habrá padecido.

Hay gente que no se recupera habiendo pasado por menos que ella.

-A mí me lo va a decir. En Cabrahigo un vecino se perdió,

se topó con un oso y se salvó de milagro.

No volvió a ser el mismo. -¿Y quedó impedido por el ataque?

-Qué va. Se vestía de oso

y asustaba a las mozas. Hasta robaba las ropas femeninas

de las cuerdas de tender.

Hasta que los quintos lo pillaron y le pegaron una tunda de palos.

-Lolita, tú no escribes, ¿no?

-Cuatro letras y gracias.

La Srta. Teresa me está convirtiendo en alguien cultivado.

-Cultivado como las hortalizas.

Cuando progreses, podrías escribir estas historias de Cabrahigo

que se venderían como rosquillas. -Verídicamente.

-Ya que no quieres ser rica con lo de los toros...

-Ya le dije que lo de matar animalitos nones.

Soy pobre pero no asesina. Y lo de Casilda, secreto.

No se puede enterar ni doña Rosina ni ninguna señora.

-¿Qué es lo de Casilda? -De verdad, Paciencia,

tu memoria va de mal en peor. Lo que te acaba de contar.

-Que era una forma de hablar. Claro que me acuerdo.

De esta boca no saldrá nada. -Paciencia, Servando,

¿sucede algo? ¿Todo bien en el edificio?

-Sí, señora, va todo de guinda. Veníamos a hablar

con Lolita de un menester, pero enseguida nos vamos.

-No te apures, Servando. Llamaba a Lolita y no me oía.

-Ay, no me he enterado, señora, lo siento.

-Doña Celia, aprovechando su presencia,

¿usted no sabrá a qué iglesia se han llevado

a la Virgen de los Milagros? -Al Obispado.

-Al museo Episcopal.

-No, la van a esconder en un almacén para que nadie la vea.

-Qué chasco.

-Pero si es una obra de arte. -Lo siento, Servando.

No ha gustado tanto a la curia como a los fieles.

-Yo estaba convencido de que podía hacer milagros.

-Convertir el agua en aguardiente por lo menos.

-Que conste que a mí me gustaba.

Lolita, ¿preparas algo de café? -Ipso facto.

-Pues el lugar de una Virgen no es un sótano.

Es la Virgen de Acacias y en Acacias debería estar.

Aunque fuera fea. -Esconder a la Virgen...

Los peores males van a caer sobre la calle Acacias.

No tardará en venirnos el castigo divino.

(Llaman a la puerta)

¿Incomodamos? -Nunca.

-No te preocupes. Solo venimos a ver qué tal estás.

-Mejor. Gracias a ustedes y mis compañeras.

No les hemos dicho en qué circunstancias estabas.

Tú sabrás lo que quieres contar. Me da mucha vergüenza.

Pero lo contaré.

Tienen derecho a saber y yo no les quiero mentir.

Además, me vieron llegar como una muñequita de feria.

Tontas no son.

-Lo importante es que ya ha pasado. -No sé cómo pude caer tan bajo.

Si no llegan a aparecer, yo... Más me hundo.

Menos mal que llegamos. No te preocupes más.

Fue culpa de esa mujer. De Fátima.

Me convenció de que lo único que podía hacer

era venderme a un hombre.

Que ya nadie me querría en una casa decente.

Y yo la creí.

-Casilda.

Hay momentos en la vida en los que todo se ve dentro de un túnel.

Sin salida, sin poder volver atrás.

-Me sentía muy culpable por la muerte de su padre,

de don Maximiliano.

Ha sido uno de los hombres que mejor se ha portado conmigo.

Te engañaron.

No puedes echarte la culpa. Ya estaba decidida

a encamarme con un hombre por unas monedas.

Y en el momento de la verdad me acordé de todas las personas

a las que quiero. De ti, Pablo.

De usted, doña Leonor. De Guadalupe,

de Fabiana, de mi Lolita,

de todas mis compañeras, de los porteros...

Hasta de su madre.

Aunque ya no quiera verme. -Se le pasará.

Entonces me di cuenta de que ninguno querría verme allí

haciendo gorrinadas. Ni lo pienses.

Si no llega a ser por vosotros, me pierdo.

Menuda es mi mujer cuando se enfada.

Todo han sido errores.

Si no hubiera metido ese jarrón en la iglesia...

-Casilda, Casilda. Deja de pensar en eso.

Tú no sabías qué había dentro del jarrón.

-Qué buena es usted, doña Leonor.

-Ahora tenemos que convencer a mi madre.

Los tres sabemos que es cazurra, pero que en el fondo es buena.

Y tú tienes que recuperarte.

Todos echamos de menos la sonrisa de Casilda.

¿Qué va a ser de Acacias sin tus locuras?

El tiempo de la maldad ha terminado. Ahora solo queremos risas.

(Llaman a la puerta)

Humildad.

¿Qué haces aquí? Necesitaba hablar contigo.

¿Por qué? ¿Ha pasado algo?

No, ese es el problema. Que no ha pasado nada.

¿A qué te refieres? No sé qué quieres decir.

Te dije que quería vengarme de Cayetana.

Del trato que me dio. De sus comentarios sobre mí.

Estoy esperando que me digas qué debo hacer.

Dejar ese asunto en mis manos.

No pararé hasta que se trague sus palabras y sus desprecios.

Sabes que llevo tiempo detrás de eso.

Deja que sea yo el que siga.

No te quieras convertir en la mujer vengativa

que nunca has sido. ¿Qué pasa?

¿Crees que no soy capaz?

Sé que una mujer despechada es terrible.

Pero estoy acostumbrada a verte más como pía y compasiva.

Temerosa de Dios y cumplidora de sus mandamientos.

Sé que no debo estar orgullosa.

Pero ante Cayetana no pienso poner la otra mejilla.

¿No me crees capaz de ello? Claro que te creo capaz.

Pero es muy peligrosa.

Es un toro que, aún herido de muerte, se puede revolver

y llevarse por delante a quien empuñe la espada

que le ha atravesado.

No debería haberte pedido ayuda ni haberte metido en esto.

No tengo miedo de ella. Y eso te hace muy valiente.

Pero prefiero mantenerte alejada de ella.

Hazme caso.

Y ahora, venga.

Tienes que volver a casa.

Esta noche te veo, que tengo que hacerte las curas.

Está bien.

Recuerda que si me necesitas, me enfrentaré a quien sea.

Ya lo sé. Vamos.

La noto nerviosa, Teresa. ¿Le ocurre algo?

Tan solo ansiosa por ver esa carta que quería mostrarme.

Es bueno saber ocultar lo que una piensa.

Yo llevo practicándolo desde que era una niña.

Se enseña a las jóvenes a bordar y no se les enseña

algo más importante: tejer estrategias.

¿El duque de Filabres ha accedido a trasladar

los restos del cementerio? Es una gran noticia.

¿Lo ves?

Ha costado forzar al secretario Oliva a ejercer sus influencias,

pero ha sido fructífero.

Sin embargo, no parece feliz.

Sí, sí. Lo estoy por ese asunto.

¿Cómo no he de estarlo?

Pero ya le he dicho que es mejor no mostrarse demasiado.

Ni las alegrías ni las penas. Ambas nos hacen débiles.

Y siempre hay muchos frentes abiertos.

Algunos se resuelven, algunos se tuercen.

Nada es para siempre. Ni lo bueno ni lo malo.

¿Alguno se ha torcido en exceso?

¿Me pregunta por algo en concreto?

Por Úrsula.

Hace un día que fue liberada y me ha extrañado

que no me abriera la puerta ella.

El asunto de Úrsula tiene sus dificultades,

pero no diría que esté torcido. Hay cosas peores.

¿En alguna puedo ayudar?

Será mejor que nos centremos en cerrar la agenda del Patronato.

Nos esperan días de esfuerzos titánicos.

Tal vez cuando tengamos todo a punto podamos cenar y charlar sobre Úrsula

y sobre esos temas que se tuercen a nuestro pesar.

La última vez que me invitó a cenar era porque sospechaba de mí.

¿Y tengo motivos para sospechar de nuevo?

Espero que no. Tenga paciencia.

Céntrese en el trabajo.

Tal vez después podamos hablar de todo.

De sus inquietudes, de las mías. Pero ahora a trabajar.

Me hace feliz lo que me cuenta de Casilda.

Menos mal que ese asunto está bien encaminado.

Queda mucho por hacer.

Pero la primera piedra para su recuperación ya está puesta.

Se lo tiene que contar a Martín de la manera más optimista posible.

Pero a la vez haciéndole entender que Casilda lo necesita.

No será fácil. No va a serlo.

Pero estoy confiado.

Conseguiremos que no intente ninguna locura contra sí mismo.

Lo haré lo mejor que sepa.

No le quite los grilletes. No queremos sorpresas.

No soy tan optimista como Pablo. Descuide.

Tengo interés en saber lo que Pablo tiene para contarme.

Bueno, me marcho, que me queda faena por hacer.

Déjelos solos. No más de cinco minutos.

Y después se lleva al detenido a su celda.

Que vaya todo bien. Eso espero.

Martín. Tengo buenas noticias.

Casilda está en el altillo y en perfecto estado.

Gracias. Nunca podré pagártelo.

Quitándote del medio no. Eso seguro.

¿Podré verla? No, de momento no.

La hemos escondido para que no pase lo mismo que cuando la soltaron.

Que la gente la atacó por la calle. Si pudiera ayudarla...

Y puedes hacerlo, Martin.

Dale a la policía el verdadero culpable.

Así se despejarán las dudas que mucha gente tiene sobre ella.

Martín, hemos salvado a Casilda.

Ahora tienes que salvarte tú para protegerla a ella.

Casilda no se merece que la dejes sola en este mundo.

Tal vez tengas razón.

Tal vez haya llegado el momento de perder el miedo.

Espera, hijo.

Me quedaré un rato más. He ido a por un carrete de hilo.

-Ya es tarde, madre. -He de hacer un arreglo

en un vestido de Cayetana. Lo necesita para mañana.

-Está bien. Me quedaré con usted.

-No, vete. Tan solo será un cuarto de hora.

Dile a la criada que sirva la cena.

-Está bien. Pero no tarde.

-Te agradezco el cariño que le estás dando a mi hijo.

-Víctor se lo merece todo.

Si no se lo doy yo que soy su novia, usted me dirá quién.

-No sabes cómo me alegra oírte hablar así.

-La dejo que se me hace tarde. Mañana la veo.

-Hasta mañana, hija. Que pases buena noche.

-Hasta mañana.

-Doña Susana.

Doña Susana, ¿quiere algo? -Sí, esto.

(Ahoga un grito)

Pero ¿qué hace?

Mire que me tiene creencia, agente. ¿Qué hace usted?

¿A qué viene enfrentarse a Cayetana sin nadie de su lado?

¿Enfrentarme a doña Cayetana?

¿Tiene usted orejas en nuestras paredes?

Sé lo que está haciendo.

Y le aviso de que no va a lograr nada.

No tiene ni idea de lo que yo pretendo

ni de si lo lograré o no. Nada conseguirá sin aliados.

Aliados. Últimamente me llueven los aliados.

Si España hubiera tenido tantos como yo,

no hubiera perdido Cuba. Todo el mundo me ofrece su ayuda.

¿A quién se refiere?

¿Tenemos que jugar a que usted no sabe a quién me refiero?

Vaya entretenimiento más aburrido, Sr. San Emeterio.

Creo que regresaré a la seguridad del altillo.

Anda por estas calles a estas horas no es recomendable

para una mujer tan indefensa como yo.

Espere.

¿Ha perdido el oremus?

-Si alguien ha perdido algo eres tú.

La dignidad y la decencia.

-Y usted los modales.

¿Quién se ha creído que es para levantarme la mano?

-La abuela de tu hijo. ¿Te parece poco?

Siempre supe que eras una fresca,

lo peor que le podía pasar a mi hijo.

-Usted es lo peor que le ha pasado a su hijo.

-Farisea, boca sucia.

Yo soy su madre y tú nos has arruinado la vida.

-¿Yo? ¿Quién lo alejó de mí cuando sabía que nos íbamos a casar?

Se inventó una dolencia tan falsa como sus principios.

-Sí, lo alejé de ti. Y me siento orgullosa de ello.

No iba a dejar desposar a mi hijo con una cualquiera que se entregó a él

antes del matrimonio. -Usted eso no lo sabía.

-Las mujerzuelas siempre vais al calor de la pana.

Estaba claro que querías pescarle. Eso que tú eres tiene un nombre.

Y no lo voy a pronunciar yo.

-No me quedé embarazada por arte de magia.

Su hijo tuvo algo que ver.

-Tan viejo como la historia del mundo.

Las mujeres de tu ralea sabéis cómo convencer a los dignos

para que pequen. -Me insulta gravemente.

Le recuerdo que no intenté retenerle a mi lado cuando usted manipuló.

-Porque yo lo impedí llevándomelo bien lejos.

Pero tu tripa crecía

y tuviste que encontrar a otro incauto al que engañar.

Pobre Ferrero.

Cornudo y padre de un bastardo.

-Usted sí que merece que le crucen la cara de un bofetón.

-Hazlo.

Hazlo y me libraré de ti y de tu bastardo para siempre.

-Es usted una miserable. -Y tú una cobarde.

Y una perdida.

No te figures que tu hijo vaya a tener una abuela.

Has podido engañar a mi hijo, pero a mí no me engañas.

A saber de quién será tu Víctor. A saber con cuántos más yaciste.

-Jamás había oído palabras tan dañinas y ponzoñosas.

Ni siquiera de su boca pensé que pudiera llegar a oírlas.

Lo siento por mi hijo, pero usted es su abuela.

-Y no creas que lo voy a aceptar.

Para mí es tan bastardo como lo ha sido siempre.

Y no quiero que le digas a nadie que Leandro es el padre de Víctor.

-Llevo ocultándolo 20 años. ¿Cree que lo quiero yo?

-Hasta que yo llegue a la tumba, nadie debe saberlo.

Esta será la última vez que hablemos del tema.

Y espero no tener que hablar de ningún otro.

Me das asco, Juliana. Tú y tu frágil virtud.

Ya me detuvo una vez y me metió en chirona.

Para retenerme aquí tendrá que volver a hacerlo.

Solo quiero que nos entendamos. Usted y yo queremos lo mismo.

Dudo que nuestros intereses tengan ningún punto de contacto.

Queremos acabar con Cayetana. ¿Eso cree que quiero?

Si fuera eso lo que yo quisiera, ya lo habría conseguido hace tiempo.

¿Y por qué ahora se vuelve contra ella?

Le han informado mal o ha entendido usted mal.

Lo que le ocurra a doña Cayetana me importa bien poco.

Si me dice todo lo que sabe, yo acabaré con ella.

¿Y qué gano yo con eso? No sea incauto, agente.

A mí solo me interesa el beneficio que pueda sacar.

Si le digo lo que sé, me quedo sin nada.

Usted sola no podrá acabar con Cayetana.

Yo no estoy sola.

Tengo todo lo que he averiguado y visto de ella durante años.

Doña Cayetana pagará esa información mucho mejor que usted.

Busca dinero.

Dinero, paz, tranquilidad para lo que me quede de vida.

Mientras ella esté libre, usted no estará tranquila.

Siempre mirando atrás.

Consiga de ella lo que quiere y luego entréguemela.

Juntos acabaremos con ella. Hágame caso.

Siento que hayamos tenido que preparar la cena.

No es tan grave. Solo he tenido que calentarlas.

Además, cocinar es divertido. No sabría que decirle.

¿Y Úrsula? ¿No va a volver?

Sí, siempre vuelve.

¿Vino? Claro.

Aunque no es delicia probarlo en exceso.

Un día es un día.

A lo bueno se acostumbra una pronto.

Por el futuro, que a veces se presenta más claro que el pasado.

Por el futuro.

Úrsula ha estado a mi lado desde que era una niña.

A veces desaparece, pero siempre vuelve

para recordarme la educación que recibí.

Viniendo de ella tuvo que ser muy estricta.

Lo fue, pero le agradezco que no me dejara convertirme

en una mujer asustada y débil.

No me permitía llorar.

Ni compadecerme de mí misma. Ni siquiera ponerme enferma.

Tampoco jugar. Una niña necesita jugar.

Le agradezco que me enseñara que lo importante

se consigue con esfuerzo.

A mí no me castigaba sin postre.

Nunca tenía postre. Solo en días especiales

cuando hacía algo bien y me lo ganaba.

Debió ser un suplicio para una niña. Fue una buena educación.

La misma que le hubiera dado a mi hija de no ser

por el débil carácter de mi esposo.

Todo el mundo habla bien del Dr. de la Serna.

Sí, él era bueno para los demás.

Pero no para él y para su familia. Ni él ni Carlota están aquí.

Solo yo. Solo los fuertes sobreviven.

Pero no quiero ser maleducada. Dejemos de hablar de mí.

No, por favor. Me interesa mucho lo que me cuenta.

La admiro.

Es usted una mujer que ha conseguido lo que muchas quisieran.

¿De verdad cree que lo querrían?

Lo dudo.

¿Y usted? ¿Cómo fue su infancia?

Como ya sabe, en un hospicio.

Allí no teníamos postre. No por castigo.

Simplemente no había con qué comprarlo.

De lo que había a espuertas era miseria.

Tal vez por eso nos entendemos tan bien.

Porque yo tampoco tenía derecho a postre

Aunque no fuera por falta de posibles.

Y también tenía que lidiar con la dureza de mis tíos.

¿Y su juventud? ¿Cuáles eran sus sueños?

En aquella época, mis sueños eran salir de la pobreza.

Eso ya lo ha conseguido.

Sin embargo, creo que hay algo de su pasado que aún la atormenta.

¿Qué es?

Debería buscarse una muchacha que le echara una mano.

-¿Podéis creer que me da miedo meter a una desconocida en casa?

Desde que esa asesina nos tuvo engañados por completo,

no me fio de nadie.

-Si quiere, podemos ayudarla a encontrar a una decente.

-¿Haríais eso por mí? Me cambiaríais la vida.

-Descuide que seguro que encontramos a una que le guste.

-Víctor, te he echado mucho de menos.

Aunque sabía de ti por María Luisa. Si no vuelves al trabajo,

¿volverás al menos a casa?

-No lo sé, madre.

Estoy aquí porque Leandro me lo ha pedido.

-¿Leandro?

-No pienso trabajar más.

-¿Y qué hace aquí? Aquí solo vivimos las trabajadoras.

-Para estar aquí sí cuento con el beneplácito de doña Cayetana.

Le he hecho una propuesta. Espero que me responda pronto.

-No sé qué piensas tú, pero no me gusta nada.

No me convence.

-Traigo noticias recién salidas del horno.

¿Sobre qué? Sobre Cayetana.

Te he dicho que te mantengas alejada de ella y de sus asuntos.

¿Sabes qué creo?

Que me crees una inútil. Trato de protegerte, Humildad.

Jamás me perdonaría si te ocurriera algo.

¡No necesito tu protección! Necesito tu amor.

-¿Quién cuidará de usted? Cualquiera.

Será por criadas... No, mi niña.

Quiero decir que me deje a mí servirla.

Fabiana sabe muy bien cómo cuidarla. No diga que no.

-No vuelvas a intervenir en mi relación con mi hijo.

Ni para bien ni para mal. -Si así lo deseas, así lo haré.

Pero te recuerdo que también es mi hijo.

Y en la medida de lo posible le aconsejaré

y le protegeré.

-Ya transigimos con que soltaran a Casilda.

Que no pase lo mismo con el que tienen entre rejas.

Perdone que le lleve la contraria.

No es que transigiéramos, es que no la han declarado culpable.

¡Solo pido que no me cruce con ella por la calle!

¡Si no, no sé qué soy capaz de hacer!

-Si ya ha pasado lo peor, ¿esto qué es?

¿Lo mejor? Leonor y yo vamos a hacer lo posible

para que doña Rosina te acepte. No sé por qué no termino de creerte.

No te entiendo, de veras. Pues mastiquémoslo poco a poco.

¿Cómo llegaste a esa pensión? ¿Y a Fátima?

¿Eh?

Vi cómo trató a Humildad.

Esa mujer no tiene compasión. Es una asesina, Teresa.

Y está viviendo tu vida. Me cuesta pensarlo.

Por eso hemos de actuar.

Nada de lo que hagamos será de utilidad

mientras Úrsula no confiese lo que sabe de Cayetana.

  • Capítulo 296

Acacias 38 - Capítulo 296

09 jun 2016

Úrsula deja caer a Cayetana que alguien cercano desea su final. ¿Venderá Úrsula a Teresa? Teresa comparte con Mauro sus miedos a ser vendida a Cayetana por Úrsula. Tras saber que es la abuela de Víctor, Susana llora impactada. En un momento a solas con Juliana, Susana la abofetea y le echa en cara sus mentiras. Finalmente, ambas hacen un pacto de silencio. Pablo y Leonor traen de vuelta a Casilda al altillo. Todas celebran su regreso, la mantendrán allí escondida. Pablo pone a Martín al corriente de las últimas noticias.
Ginés le lleva a Ramón el dinero de Norberto después de haberle propinado un "susto". Humildad insiste en ayudar a Mauro en contra de Cayetana, pero él se niega: quiere protegerla. Mauro teme que Úrsula haya traicionado a Teresa y le ofrece una alianza contra Cayetana. Cayetana invita a cenar a Teresa e indaga en su vida.

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