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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 290 - ver ahora
Transcripción completa

A fuerza debí oír mal. Cadáveres.

¿De quién?

Usted no los conocía, pero doña Cayetana

debería andarse con cuidado conmigo.

Sé algo que ella desconoce.

¿Quiénes son los muertos?

No me diga que Manuela y Germán.

De los que tanto se habla en este barrio.

Vaya. Al final, escucha usted más de lo que creía.

¿Ha perdido el oremus? Esas tumbas estaban vacías.

Manuela y Germán se marcharon. Se fugaron.

Eso es lo que doña Cayetana quería que se creyera.

Nadie puede huir de su maldad.

Criando gusanos es como están. Puede creerme.

En caso de que así sea,

¿cómo puede saber dónde están enterrados?

Yo los enterré.

Mientras, mi señora estaba en presidio,

acusada de matarlos.

Me debe la libertad y la vida,

aunque ahora parece olvidarlo.

Maldita ingrata.

Créame. Cumplí mi cometido.

Con mucha diligencia. Solo yo sé su paradero.

Nadie podrá encontrarlos jamás.

A no ser que sea yo la que quiera

que se les encuentre, claro está.

¿Cómo puede estar tan segura de que nadie nunca dará con ellos?

¿Dónde están enterrados?

Muy curiosa la encuentro. No son cuitas de su interés.

Así es. No es ningún interés para mí.

Solo pensaba en su beneficio.

¿A mí en qué me favorecería el que esté usted al tanto?

¿Nunca ha pensado en que,

si alguna vez, Dios no lo quiera, le sucede algo terrible,

se llevaría el secreto a la tumba?

Cayetana quedaría impune.

Ahí tiene razón.

Más de una vez esa lúgubre idea me ha rondado el magín.

Y más ahora, que estoy de uñas con la señora.

Sería muy capaz de desembarazarse de alguien como usted.

Alguien que es capaz de causarle la ruina.

Sí.

Gustosa me haría entregar la pelleja.

Tenga por seguro que no le resultaría sencillo.

¿Seguro que quiere correr el riesgo?

Puede confiar en mí. Estoy de su lado.

Si he llegado a vieja, ha sido precisamente por no confiar.

No voy a comenzar ahora. Es usted amiga de doña Cayetana.

Le interesa por lo de su colegio.

No voy a negarlo.

No voy a consentir que un crimen quede impune.

Que se le acuse a una inocente como usted.

Allá usted.

Está en todo su derecho de no confiar en mí.

Lo tendré en cuenta.

Puede que más pronto que tarde le tome la palabra

y le desvele algún que otro secreto.

-Qué vergüenza. Tienes el detalle de venir

y te hago esperar. Descuida.

Me he pasado antes de ir a comisaría para ver cómo estabas.

Pues ya me ves.

La caída por las escaleras ha sido mi puntilla.

Gracias a mi torpeza ahora me duele hasta al respirar.

¿Precisas algo? Sí, un cuerpo nuevo.

El mío está para el arrastre.

Ya está.

El Altísimo ha de castigarme por ser tan quejumbrosa.

No te preocupes por mí, Mauro. No me hace falta de nada.

Estás más callado de lo habitual.

¿Acaso te ocurre algo?

No, no. Estaba pensando en asuntos de la comisaría.

Se hace tarde, Humildad. Me voy. ¿Tan pronto?

Sí, tengo mucho papeleo aguardándome.

Trabajas demasiado.

Eso díselo al comisario.

Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.

Mauro, espera una miaja.

¿Puedo preguntarte algo?

¿Tienes algún problema con la amiga de Cayetana, la tal Teresa?

¿Yo? No. ¿Por qué dices eso?

Ayer cuando os encontrasteis en casa,

me pareció veros de lo más incómodos y tensos.

No sé a qué te refieres. ¿Cómo que tensos?

Sí, tensos. La misma tensión que veo en ti.

No, no es tensión, Humildad. No entiendo tus preguntas.

No noté nada extraño esa vez. Qué extraño que no lo hicieras.

Ella estaba deseando marcharse cuando te vio entrar por la puerta.

¿Ha sucedido algo con esa mujer? Que no. Que no, Humildad.

¿Y entonces? ¿A qué se debe su proceder?

Pues no lo sé.

Quizá se mostró tensa conmigo por su amistad con Cayetana.

Sabrá que llevo mucho tras ella y querrá mantener distancias.

Sí. Quizá sea eso.

De hecho, no conviene que Cayetana sepa lo nuestro, Humildad.

Te podría perjudicar para el patronato.

Bueno. Mauro.

Tú no me mentirías, ¿verdad?

¿Por qué dices eso?

Ya sabes que yo soy capaz de aguantar cualquier cosa,

incluso que me abandones,

pero no que me mientas. No lo soportaría.

Ya lo sé.

-¡Diantres! Templa, Leandro.

-¿Qué te sucede, hijo?

¿Ahora hablas solo? -Madre, que no ando fino.

Estoy dibujando mal el patrón.

-Date aire, que tenemos muchos encargos y poco tiempo.

-Lo sé, madre. Lo sé.

-Hijo, ¿estás bien? -Sí, madre.

Ya se lo he dicho. Solo me lamentaba de mi torpeza.

-Nunca lo has sido y menos dibujando patrones.

Hace una semana que andas mohíno y nervioso.

¿Crees que no me di cuenta?

-Pierda cuidado, madre. No ando últimamente muy cristiano.

Debo estar resfriado. -Si es así, luego te prepararé

una tisana en casa. Ahora debo irme

en busca de tela para hacer un traje de torera.

Menudo retal ha de ser con la talla que gasta la mastuerza de Lolita.

La niña de Cabrahigo. Lo que hay que ver.

-Madre, me sorprende que al final haya cogido el encargo de Servando.

-El trabajo es el trabajo, hijo. Mientras paguen, les atendemos.

Ahora mismo vuelvo.

-Disculpe la molestia, don Leandro. Solo quería saber

si está listo el tocado encargado. -Sí. Precisamente, ayer hice

los últimos retoques.

Aquí está.

-¡Arrea! ¡Pues sí que es buen pintón!

Hay que ver, don Leandro. Tiene usted unas manos...

¡Qué maravilla! Me lo llevo puesto.

¿Qué? ¿Qué le parece? ¿Qué tal me queda?

Pues al contrario de lo que pienso, debo parecer un adefesio.

Ni siquiera me mira.

-Disculpe. Últimamente estoy algo distraído.

Le quedaba fetén. -Gracias.

Don Leandro, entiendo su turbación.

Sepa que estoy al corriente de todo lo sucedido.

-No la comprendo.

-Conmigo no tiene que disimular.

Sé que Víctor es hijo suyo.

-Trini, me sorprende que usted sepa eso.

Me enfada todavía que alguien sea tan poco discreto

con un tema tan delicado.

-Don Leandro, le ruego no se amostace.

-¿Cómo no iba a estarlo, Trini?

Mi madre, la abuela de ese muchacho, no lo sabe.

Ahora compruebo que la nueva va de boca en boca.

-No se ponga estupendo, don Leandro. Esas bocas son bien pocas.

Aparte de los afectados, Luisi y yo nada más.

Una no es como otras. Sabe guardar un secreto.

Don Leandro, descuide.

Usted puede contar con mi discreción.

No soy amiga de los cuchicheos.

Y menos cuando son cuitas de tamaña enjundia.

Lo único que me preocupa es saber cómo le afecta al muchacho.

No es la única a la que le preocupa.

-He de reconocer que sé que no lo está pasando bien.

Desearía hablar con usted, pero cuesta.

-Lo entiendo. No debe ser sencillo, Trini.

-Por eso, lo que debe hacer es facilitarle el terreno.

-¿Cómo? No sé qué hacer.

Si le digo la verdad, no sé cómo tratar esta situación.

-Don Leandro, es verde y con asas.

Háblele con el corazón en la mano y punto redondo.

-Ya lo intenté, pero Víctor me rehúye.

-Pues insista, hombre de Dios.

¿Sonríe? -Sí.

Estaba recordando que no hace mucho yo daba un consejo parecido.

Qué difícil es aplicarse la medicina que uno recomienda.

-Entonces, ¿qué? ¿Lo hará?

¿Hablará con Víctor con sinceridad? -Sí.

Sí, hoy tendré esa conversación.

Esa conversación que debí tener hace mucho.

Con mi hijo.

Gracias, Trini.

-¿Para qué me mandó a llamar?

Veo que sigue enojado. ¿Cómo no habría de estarlo?

Me porté muy bien contigo. Así es.

No tengo queja alguna de su proceder.

Sin embargo, tú no me has pagado igual.

No debería pedirme imposibles.

Nada de lo que te he pedido hasta ahora lo era, Martín.

Mientras tanto, el tiempo transcurre en tu contra.

De hecho, está próximo a agotarse.

No me importa mi destino.

En eso estamos de acuerdo. A mí tampoco me importa un comino

la suerte que corras. Solo siento que cuando te juzguen,

perderé la ocasión de hacer justicia.

De encontrar a los verdaderos culpables y hacérselo pagar.

¿Guardas silencio?

Ya me acostumbro a él.

Silencio es lo único que obtuve

cuando te pedí señalar a los anarquistas detenidos.

No podía hacerlo. Ya.

Sin embargo, autoricé que Pablo te visitara.

A pesar de que no cumpliste con lo acordado.

Crea que se lo agradezco. Guárdate tu agradecimiento.

No lo hice por ti.

Lo hice por esa desdichada de Casilda.

Me preocupa la suerte que corra por tu mala cabeza.

Creo que se te sorprenderá saber que, a pesar de todo, encarcelé

a tus dos antiguos compañeros.

Le he dicho al comisario Peiró que lo conseguí con tu ayuda.

¿Ha mentido a su superior?

No te preocupes por mí. No será la primera vez.

Pero no lo entiendo. ¿Por qué lo ha hecho?

Para ver si ya te entra en esa dura mollera que quiero

hacer justicia, Martín, y ayudarte, aunque te resistas.

Así hemos conseguido más tiempo.

Ahora Peiró no verá con malos ojos mediar a tu favor si colaboras.

Martín, ahora sí que me debes devolver el favor.

Por última vez, te pido que me des algo.

Algo que me ayude a detener a Calanda y sus compinches.

Si ven que me ayudas, solicitaremos una moratoria

para tu condena.

En eso tienes razón.

No me estoy portando como es de ley con usted.

Aún estás a tiempo de enmendarte. No, se equivoca.

No puedo hacerlo. No puedo contarle nada.

En ese caso, tu futuro es muy negro, Martín.

Ya le he dicho más de una vez que solo me importa Casilda.

Mi destino me da igual.

(Abren la puerta)

Bueno, por fin se digna a aparecer.

¿Dónde se encontraba ayer? Estuvo todo el día desaparecida.

-Andaba dejándome la piel tratando de recuperar los papeles

del duque de Filabres.

No le pedí que se esforzara, sino que enmendara su error.

¿Lo ha logrado o no?

Ya veo. Para fracasar tan miserablemente,

¿ha precisado de tanto tiempo?

Después me sentí indispuesta.

Ya. ¿Sabe? Antes mentía mejor.

Claro que también era más diligente.

En fin, espero que al menos sea capaz de arreglar la casa.

Esta tarde recibiré al secretario Oliva

y todo debe estar perfecto.

Bajaré a por unos emparedados de La deliciosa para merendar.

Aguarde.

Antes de marcharse, quiero hacerle una pregunta.

Ya que veo que no puedo seguir contando con su eficacia,

espero que al menos siga contando con su lealtad.

¿Es así o no?

Antes dígame usted, señora.

¿Puedo yo seguir confiando en usted?

¿A qué viene eso?

Señora.

Me ha llegado que considera usted prescindir de mis servicios.

Eso no es verdad. ¿Quién le dijo tal cosa?

Su nueva amiga Teresa.

No lo niegue. ¿Por qué mentirme? Aquí la única que miente es usted.

Quiere ponerme en su contra con sus invenciones.

¿Qué le pasa? ¿Ahora también celosa de Teresa?

Aparte de los celos que tiene de Fabiana.

¿Yo celosa? Sí.

De las atenciones que les dispenso.

Es usted una desagradecida y una ingenua.

Aquí la única ingenua es usted.

Su gran amiga Teresa solo está a su lado por interés.

Ella misma me lo ha confesado. Solo una estúpida no lo vería.

No vuelva a hablarme así. Estoy harta de sus actitudes.

Me está perdiendo el respeto y no lo voy a consentir más.

No crea que me tiene en sus manos.

Le puede salir muy caro. ¿Cómo se atreve?

Olvida que con todo lo que sé es usted la que está a merced

de mi capricho. ¿Quién cree que es, desgraciada?

Pierde la razón.

Déjeme solo decirle dos nombres.

Don Germán y Manuela.

Por su interés, mejor que sigan disfrutando

del sueño de los muertos en ese sepulcro cuyo paradero

solo yo conozco.

-A las buenas, María Luisa. Qué alegría verte.

Dime. ¿Qué te parece? -¿Parecerme el qué?

-Vamos a ver, niña. ¿Qué te sucede?

Que una mujer no repare en un tocado nuevo y tan bonito como este

es que algo le ocurre. -Disculpe, Trini.

Ando con la cabeza en otra parte. -Ya se ve que no es en la mía.

Las ganas que tenía de presumir. -Víctor me aseguró que hoy

iría a hablar con Leandro. No me tengo de los nervios.

-Pierde cuidado. Vengo de hablar con el sastre.

Es un buen hombre. Seguro que todo sale bien. Ya verás.

-Ojalá tenga usted razón. Víctor está en un sinvivir.

-Ya, pero no es el único afectado por lo ocurrido.

María Luisa, deberías tener en consideración a Juliana.

La pobre debe pasarlo muy mal.

Es posible que Víctor le reproche su silencio siempre.

-No sabía que estabais en casa. ¿De qué hablabais tan interesadas?

-De nada de enjundia. Solo hablábamos de Juliana,

que la pobre no lo tuvo fácil. Se ha esforzado toda la vida

por sacar a su hijo adelante. -Sí. Su dedicación ha sido

digna de elogio. Ferrero la dejó viuda muy pronto.

-Y debió remangarse la primera. -Bueno. Al menos, su marido

pudo dejarle las chocolaterías. Si no, no sé de qué vivirían.

-Sí. Y la misma cosa que Ferrero pienso hacer yo.

-¿Nos comprarás chocolaterías? -No, mujer.

Pienso dejaros el riñón bien cubierto

cuando os falte. -Padre, ¿aún sigue con eso?

-Ramón, deja de hablar de la muerte que trae muy mal fario.

-Solo cumplo con mi obligación cuidando de vuestro futuro.

Nunca está de más ser precavido. -Pues no es menester

que tenga tantos desvelos. Usted nos sobrevivirá a todos.

-Me matarás a mí como no me digas nada.

Nada, otro que no reparó en mi sombrero. De verdad, yo no sé

para qué me esfuerzo. Podría ponerme una gallina

y nadie se habría dado cuenta. Ay.

Apresúrate. Es muy arriesgado que nos vean en pleno día.

Lo sé. No podía esperar a la noche para informarte.

No puede ser tan urgente para no ser prudente.

Úrsula sabe dónde están los cuerpos de Manuela y Germán.

Me lo ha confesado. ¿Piensas que no era urgente?

¿Dónde están enterrados? Tanto no dijo y menos de momento.

Ella se fue enrabietando y acabó contándome la verdad.

Al parecer, ella piensa utilizarlo para protegerse de Cayetana.

No debemos perder de vista a Úrsula. Nos llevará a los cuerpos.

¿Te das cuenta? Puede ser el final de Cayetana.

Eso espero porque todo me parece un suplicio

cada vez más difícil de soportar.

Vaya con cuidado. Casi me mancha. -Disculpe.

Tome nota. Quiero encargarle unos emparedados para hoy.

¿Por qué no se sienta en la terraza y lo anoto?

Déjeme invitarla a un chocolate. No me puedo entretener.

Va a entrar. Nos verá juntos.

De verdad, Juliana. No insista. No sea pesada.

Vamos adentro y me anota.

Teresa, ¿qué hace usted aquí? No podía resistirme al chocolate.

¿Me acompaña? Hoy todos quieren convidarme.

Por fin, mi amor.

¿Cómo estás? -Cansada, pero feliz de verte.

No sabes cuánto te he añorado.

-¿Y a tu suegra? ¿No la echas también de menos?

Sí, sí. También, suegra, de otra forma.

Bueno, ¿qué? Contadme qué es eso del oro.

-Lo que te conté por teléfono, Pablo.

Agárrate. En esas tierras...

(AMBAS) ¡Hay oro!

-Nos vamos a hacer de oro. Valga la redundancia.

¿Pero qué me están contando? -La verdad, Pablo.

Encontramos pepitas de oro en el río que atraviesa nuestras tierras.

¿Están seguras? -Ay, hijo. De otra cosa no,

pero de metales y joyas preciosas una sabe mucho. Hay que organizar

la explotación con sumo cuidado y discreción y seguro

que nuestros problemas financieros terminaron de una vez por todas.

-Mi padre hasta después de muerto nos ha salvado una vez más.

-Sí, hija mía. Así es.

-Ay. No sé si me sorprende más

que encontraran una fortuna o que hayan vuelto así.

Tan unidas. Pues no te sorprendas, Pablo.

Este viaje nos ha servido para estrechar nuestros lazos

y recomponer la estima que la desgraciada ausencia

de mi padre pareció romper para siempre.

En tal caso, ahora sí podemos decir que somos ricos.

-Sí porque encontramos oro. Bueno. Ahora, si me disculpáis,

voy a bañarme y quitarme este olor a campo.

Luego debemos empezar a gestionarlo, hablar con Felipe,

con Ramón. También hablar...

-Ay.

¿Y tú qué tal por aquí? ¿Alguna novedad?

Pablo.

Tu silencio me alarma. Ya sé que eres sepulcro.

¿Ha ocurrido algo? No, no. Nada, nada.

Soy tan dichoso de tenerte aquí que no me lo creo.

-Lolita, no me gusta que quien trabaje aquí

esté en boca de todos. -Lo lamento, señor.

No era mi intención. -Ah, ¿no?

¿Qué pensaste que pasaría al torear a Servando en la calle?

-No se habla de otra cosa, Lolita. -Al oírlo, pensé que podría ser

una invención, pero ya veo que no. -Pierdan cuidado. No pasará más.

Buscaré un lugar más discreto para practicar.

-¿Cómo? ¿Piensas seguir adelante con esta locura?

-Ay, señor. Me entró el gusanillo. Según Servando, puedo ser

una gran maestra en la tauromaquia, como la mismísima Guerrita.

-Por favor, lo que hay que oír. ¿Y tus obligaciones en esta casa?

-Servidora es bien responsable. No quedarán desatendidos.

-Tano, ¿acabaste ya con tus lecciones?

Así es. Le preparé unos deberes para hacer mientras esté de visita

en casa de sus tíos. -¿Qué, Lolita?

A la vuelta, me enseñas a torear, ¿no?

Podría ser de tu cuadrilla para cuando seas una figura del toreo.

Sería buen picador. No. O banderillero.

-Tú no clavarás banderillas, sino los codos en la mesa.

Esa son costumbres bárbaras. Venga. A tu cuarto a estudiar.

Las manos encima de la mesa. No quiero oír más tonterías.

¡Vamos!

-El marqués debió hablar antes conmigo. Quedamos en que me encargo

de tales asuntos. -Nos conocemos de hace tiempo.

Es normal que decidiera acudir a mí sin intermediarios.

Debido a esa antigua amistad, he pensado en ser más considerado

con él en las condiciones del préstamo de lo que fui.

-Ya sabe mi opinión. Es usted demasiado generoso

con los intereses. -Tampoco nos va tan mal.

Este negocio puede ser muy provechoso.

Aparte de todo, me ha prometido una participación

en los beneficios de su inversión. -Cafetales en América.

Parece una buena elección. -Lo que habla de la inteligencia

y de la audacia del señor marqués. -Aun así, 40 000 pesetas

es muchísimo dinero. Una fortuna. -Por fortuna tengo esa cantidad.

El que algo quiere, algo le cuesta.

-En mi humilde opinión, no debería apostar todo su dinero

a un solo caballo. -¿Y esa humilde opinión

no estará influenciada porque el negocio no surgiera de usted

y tema perder su comisión? -¿Tal consideración tiene de mí?

-Para aclararle todas sus dudas, le diré que mantendré

lo que hemos convenido, aunque no intervenga.

Soy de palabra. -Así me lo demostró siempre.

Le estoy agradecido. Sepa que mis dudas no eran por eso.

Ningún prestamista debería dejar tantísimo dinero

a una única persona. Si saliera mal...

-No tiene por qué ser así.

Créame que lo he meditado largo y tendido.

Cada vez estoy más seguro.

-Entonces, hay poco que hablar. Además es su capital en riesgo.

-Don Norberto es de mi total confianza.

Además los beneficios pueden ser muy rápidos y muy provechosos.

Con un par de negocios como este, conseguiría mi objetivo propuesto.

Reunir la cantidad necesaria para que mi esposa

y mi hija nunca tuvieran necesidad de nada.

Por ellas dos, merece la pena todo riesgo.

-¿Pero por qué debo ir a ese pueblo, madre?

Prefiero quedarme aquí con usted. -Tano, ya lo hablamos.

Necesitas aire fresco y jugar con niños. Mi prima te espera.

-Pero, ¿cómo son mis primos? No serán unos estiraditos, ¿no?

-Tano, pierde cuidado. Seguro que os haréis muy amigos.

Aquí tienes los deberes para dos semanas.

A tu regreso, quiero verlos todos hechos y bien.

-Entonces, ¿cuándo tengo tiempo para jugar?

No te quejes tanto. Solo te puse uno al día.

-Vamos, Tano. Se nos hace tarde.

Celia, aguarde.

Le ruego que no esté tan distante conmigo.

Crea que le aprecio y con el tiempo verá que soy digna

de su confianza. Teresa, no estoy enfadada.

Solo algo descolocada. No entiendo lo que se trae

con mi marido. Les daré el tiempo que me pedís.

De momento, confiaré en usted.

Gracias, no se arrepentirá. Así lo espero.

Vamos, Tano. Marchamos ya.

¿No me das un beso? -¿Cómo no le voy a dar un beso?

Venga, madre.

¿Dónde crees que vas? A seguir a Úrsula. Algo trama.

Ni lo sueñes. No la podemos dejar marchar.

Dijiste que debíamos estar ojo avizor con ella.

Por eso, vigilo el portal desde que hablamos.

Tú no vas a ninguna parte. La sigo yo. Puede ser peligroso.

No me importa correr el riesgo. Teresa, no es una sugerencia.

Te quedas aquí.

No he dejado pensión ni taberna donde preguntar.

Nadie sabe nada de Casilda.

-En algún lado ha de estar. Lo sé, pero no adivino dónde.

Fui a los bajos fondos. Con pocos sus posibles,

allí debió encontrar refugio.

-Muy poquita cosa era la zagala.

Demasiado débil para semejante infierno. A ver dónde andará.

Tirada en el río seguramente. -Eso ni lo mientes, animal.

¿No cometerías la insensatez de mentirme con dónde la vio?

-Nones. Que me caiga muerto si no dije toda la verdad.

-Cuidado. Puedo cumplir tus deseos ahora.

-¿Fue a la pensión que le dije? Para chasco que sí,

pero me abrió otra muchacha. Nada sabía de Casilda.

¿No sería una zagala morena,

con buenas carnes y muy descarada?

Sí, así es. ¿La conoce? Para mi desgracia.

Pondría la mano en el fuego por dos cosas.

La primera, esa es la Fátima. Menuda pieza.

¿Y la segunda? Que no le dijo ni una verdad.

-¿Y por qué habría de mentirle?

-Bien lista que es la Fátima.

De seguro que quiere aprovecharse de la inocencia de la tal Casilda

para sacarse un buen parné.

-Aparta, desgraciado. Te arrimas más que un pulpo.

Casilda, zagala. ¿Qué te pasa? ¿Qué te tiene tan mohína?

-Perdona, Fátima. Ya me marcho y te dejo sola.

-No, no, no, no, no, no. Es este el pollo que se va.

Venga, calladito. Hoy ya tuviste de lo tuyo.

El próximo día vienes a por el postre.

Hala, arreglado. -Siento estropearte la faena.

-Pierde cuidado. Le tengo comiendo de mi mano.

Y ahora cuéntale a la Fátima qué te tiene tan mohína.

-¿Qué me va a pasar? Que no valgo para nada.

Hoy me he encontrado con esa señora elegantona que quería contratarme.

-¿Se echó para atrás? ¿Lo pensó? -Para chasco que sí.

Dice que precisa de una criada más mayor

y con más presencia. -Mal rayo la parta.

-¿Qué va a ser de mí?

-Tranquila, zagala.

Todo se solucionará. -¿Cómo?

Porque yo ya no sé qué hacer.

-¿No te ondula? No escuchas a quien bien te quiere.

-No te lo tomes a mal, Fátima.

Yo no valgo para hacer lo que tú haces.

-Si ni lo has intentado. -Ni falta que me hace.

Ya bastante tuve con aquel mal hombre, el Antón.

Aún me dura el susto en el cuerpo.

-Ese cabestro es un mal nacido. No todos los hombres son iguales.

Con un mucho de aquí y un poco de aquí,

se les puede manejar a voluntad.

¿Sabes que más de uno me preguntó por ti?

Te deben haber visto por la calle y les has debido gustar.

-Mientes. Nadie se fijaría en servidora.

-Eso crees tú. Así no vales ni una peseta.

Con arreglarte un poco, tendrías el mundo a tus pies.

¿Lo ves? Eres una muñeca.

Mira que pasar hambre disponiendo de tal material.

Eso no tiene perdón de Dios.

-Fátima, yo te respeto.

No soy como tú. -Claro que no eres como yo.

No soy una tonta que se pasa el día rezando para tener permiso

para fregar suelos por una miseria pudiendo tener

la vida solucionada.

Si las cosas te van como creo, solo sería hacerlo una temporada.

En un suspiro tendrías monís suficiente para empezar

una nueva vida lejos de aquí.

¿Qué haces aquí? ¿Me sigues?

Con poco éxito me temo.

¿No te dije de quedarte en Acacias?

No tengo que seguir tus órdenes ni tus caprichos.

No era ni lo uno ni lo otro. Solo trataba de protegerte.

Yo nada soy tuya. No tienes por qué hacerlo.

Sé cuidar de mí misma. No estoy seguro.

Suéltame y déjame demostrarlo. Calla.

Maldita mi estampa. No puede ser. ¿Qué ocurre?

¿Y Úrsula dónde se ha metido? Eso me gustaría saber a mí.

Parece que se la tragó la tierra.

No me mires así. No es mi culpa. Ah, ¿no?

Entonces, ¿de quién?

Lo que faltaba. Ahora parece que va a llover.

Dudo que nos dé tiempo de llegar a Acacias antes que la tormenta.

¿Qué hacemos entonces?

-Venga, Víctor.

Tienes que hacerlo.

(VOZ) -"Después de lo sucedido, deberás hablar con Víctor".

-Víctor.

-Usted y yo tenemos una conversación pendiente.

Insisto en que no creo que sea buena idea refugiarnos aquí.

¿Sería más acertado permanecer fuera con la que está cayendo?

Si es así, sal a la lluvia y yo me quedaré aquí a dormir.

Teresa, con semejante tormenta, nunca llegaríamos a Acacias.

Lo sé, pero si al menos hubiera dos habitaciones y no una.

No te quejes y da gracias.

En una noche así tuvimos suerte de que no estuviera completa.

Si no llegamos a firmar como matrimonio, no nos lo dan.

Vamos. Templa, mujer. No hay de qué preocuparse.

Nada somos, como ya me dijiste.

No pasa nada. Duerme en el suelo, que yo dormiré en el catre.

¿Serías capaz de no dejarme el lecho a mí?

Tú ponme a prueba.

¿Dónde se habrá metido esa mala mujer de Úrsula?

Quién sabe. Es escurridiza como una serpiente.

En fin. Solo espero que esté donde esté se empapara como nosotros.

Con tu permiso, me quito esta ropa mojada.

Y tú deberías hacer lo mismo si no quieres coger una pulmonía.

Voy a cambiarme.

Permítame servirle más vino. -Agradecido.

Ya he tomado más de la cuenta. No estoy acostumbrado.

Temo empezar a decir tonterías.

Creo que en usted eso sería imposible.

¿El servicio no está en casa?

¿No le complace cómo le sirvo yo? Por supuesto.

Tan solo me ha extrañado. Le he dado la tarde libre

a la criada para ir a misa. Así hablamos más tranquilamente.

Temo que ya tengamos poco más que decir.

Ya sabe que en mi opinión debería desistir de sus propósitos.

No debe enfrentarse a familias tan poderosas.

¿Aunque eso paralice la construcción del colegio?

Si es el designio del Señor, nada podemos hacer.

No se opone Dios a mis planes. Es el duque de Filabres y otros.

Se lo digo por su bien. Nada ganará enfrentándose a su voluntad.

Lo lamento, pero el obispado no la apoyará.

Deberé seguir sus consejos.

Está claro que es usted mucho más sabio que yo.

En ese caso, no la entretengo más. No, por favor.

¿Qué anfitriona sería si le dejase salir con semejante tormenta?

Espere a que escampe un poco. Está bien, está bien.

Le agradezco su preocupación. No, la agradecida soy yo.

Gracias a este chubasco, disfruto más de su compañía.

Además me dan miedo las tormentas.

Disculpe mi insistencia anterior.

Debo confesarle que tengo un buen motivo

para desear construir ese colegio con tanto ímpetu.

¿Y cuál es?

Dar sentido a mis días, a mi soledad.

Si no tuviera el patronato, me sentiría tan vacía...

Tan olvidada entre estas paredes.

Tras la desaparición de mi marido y el morir mi hija,

he quedado sin compañía.

Sin cariño para pasar estos largos días.

Disculpe, ¿le he incomodado? No era mi intención.

No, no. No, no. Claro que no. Perdone.

Es que me siento tan cómoda a su lado.

Es como si le conociera de toda la vida.

Agradezco tanto su compañía y su cariño.

No sé, me siento...

Extraña. Me dan ganas de serle sincera y contarle cómo estoy.

Sin caricias.

Sin amor.

Parezco avocada al abandono.

Y sin embargo, me siento tan joven.

Tan llena de energía.

Había otra toalla seca en el baño. Toma, sécate.

Mauro, no.

-Vaya lluvia la de ayer. Seguro que algún cristiano

tomó más agua que en el bautismo.

-Y alguna de aquí también chapoteó en el barro.

Son las botas de Úrsula, ¿no? -O las pone junto al fuego

a que se sequen o de poco servirán ya.

-Agua y barro. -Andaría por algún descampado.

-No me digas que no te gusta. Vamos, media España

se va a pirrar por ti. -Pues me queda bien, ¿eh?

-Si es que a arte torera no te gana ninguna. Eres heredera

del Paquiro y del Frascuelo.

# Como una diosa que vino a lidiar

# con su arte torero. #

-¿Un yacimiento de oro en sus tierras?

Es una suerte morrocotuda.

-Sí. Es como mi difunto esposo nos cuidara desde el cielo.

-Ahora lo importante es saber explotar los beneficios que nos dé.

-Dejarlo en manos de los que saben y limitarnos a hacer caja.

-Necesitaré las escrituras. -Ahora mismo se las traigo.

-Pórtate como si no recibieras la noticia de que es tu padre.

Además Susana también estará. Delante de ella no hablará contigo.

-¿Tú has caído en que Susana es mi abuela?

Ríete, ríete. Es que...

-¿Me vas a decir qué te pasa con la chocolatera?

-Nada que a usted le incumba, madre.

-Si ya sabía yo que era mujer te haría sufrir.

¿Qué se espera de una viuda que actúa como soltera

a la caza de marido? -Madre, por favor.

No hable así de Juliana. -Como si no tuviera razón.

Qué ciego estás, hijo.

Tan listo que eres para unas cosas y tan corto para otras.

-Pablo. ¿Qué?

¿Desde cuándo nos mentimos?

¿Cómo? Nos costó mucho estar juntos.

Debimos luchar contra todo y contra todos.

Lo conseguimos porque estábamos unidos.

Porque nuestro amor era lo más fuerte.

Porque confiábamos el uno en el otro.

Así sigue siendo, cariño. Mi corazón es tuyo.

No. Me has mentido.

Hoy no has ido al hipódromo. Ni ayer ni antes de ayer.

-Esa chica será una figura.

-Sí. Y tú y yo vamos para cesantes

si no acabamos la faena del portal. Vamos.

-¿Te imaginas que alternamos

con Lagartijo, con el Bombita, con Machaquito?

-¿Te imaginas que durmiéramos bajo un puente?

-Teresa.

¿De dónde viene usted?

Ayer con la lluvia pensé que necesitaría algo

y no estaba en su cuarto.

Salí y me pilló el diluvio en la calle.

No pude regresar y mucho menos avisar.

Deje que vaya a cambiarme. Aún estoy empapada.

¿Pasó la noche fuera de casa? -Celia, deja que Teresa

se vaya a cambiar de ropa. No queremos que tenga pulmonía.

-Estas friegas me hacen mucho bien.

Aunque en el momento me duelan, después me dan mucho bienestar.

Las echo de menos cuando no me las das.

Como ayer. Con la noche que hacía y tú por la calle.

Deberías avisarme cuando no vayas a venir.

No es que quiera molestarte. Me preocupo mucho

y enseguida creo que te ha pasado algo malo.

Veo peligros por todas partes.

-¿La encontraste? No.

Si Casilda estaba en la pensión, no pude hablarle.

Nadie me abrió la puerta. Maldita sea.

-Si está con la Fátima, no se la busca en el pueblo.

Esa se sabe ganar muy bien las habichuelas.

Ya le habrá dicho cómo hacerlo.

La Casilda ya no es como la conocisteis. Eso seguro.

-¡Calla, mangurrián!

-Yo lo veo todo en orden. Aunque es una cantidad muy alta

para un préstamo personal sin otros como avalistas.

-Ya hablamos de esto, Ginés.

Tengo confianza en el marqués. Nos conocemos de hace mucho.

-Quería hacerle una petición. -Usted dirá.

-Que la cantidad sea de 50 000 pesetas en vez de 40 000.

Tengo gastos imprevistos.

(Puerta)

Casilda, abre.

Casilda, sé que estás ahí. Me dijeron que no saliste.

Casilda, por favor. No puedo irme sin hablar contigo.

Necesito ayudarte.

Como ya sabes, estoy enamorada de un hombre.

Ese hombre no es libre. -¿Un hombre casado?

No está casado, pero para el caso es lo mismo.

De él depende una mujer y esa mujer está enferma.

Ese hombre es...

Mauro.

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  • Capítulo 290

Acacias 38 - Capítulo 290

01 jun 2016

Humildad le pregunta a Mauro por Teresa. El inspector niega que la conozca. Trini aconseja a Leandro que hable Víctor cuanto antes, y por fin se propicia un encuentro entre padre e hijo. Rosina y Leonor llegan de su viaje. Pablo al fin se queda tranquilo, y madre e hija no pueden estar más unidas. Casilda, dejándose engatusar por Fátima y sus promesas de dinero, duda si debería ver a alguno de los clientes de Fátima. Oliva se deja seducir por Cayetana.

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  1. Eve

    Con esta noticia de Úrsula, me ponchan el globo de volver a ver a German y Manuela en Acacias... Podría estat mintiendo? No creo que una casi-monja como Teresa quede a la talla de una Úrsula bien corrida... Ella tiene posdoctorado en maldad. Vamos, que ni Cayetana le llega a Úrsula. Cayetana es solo una creación de las manos de Úrsula y la mala sangre de Fabiana.

    06 jun 2016
  2. Claudia

    Vela por google yo la veo ahí y no hay ningún problma

    03 jun 2016
  3. Avatar de Creaciones Dalysa Creaciones Dalysa

    Que decepcion ! ya no podemos ver acacacias 38 ni en la computadora ni la trablet. por favor indiquen como hacemos para verla. porque por youtube tampoco es posible

    02 jun 2016
  4. Artemia Falcón

    Lo mismo me sucede vivo en Canadá y podía seguir la en la iPad, como hacer para verla?

    02 jun 2016
  5. Isabel

    Menos mal que la deje de ver cada vez peor avisen para ver el ultimo capitulo a lo mejor ese vale la pena verla;desde que decidieron alargarla se convirtio en un bodrio

    02 jun 2016
  6. Natalia castellanos

    Donde puedo ver acacias 38 online? Antes lo hacía en mi tablet pero ahora ya no se puede, vivo en USA , gracias

    02 jun 2016
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