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No recomendado para menores de 7 años Acacias, 38 - Capítulo 14 - Ver ahora
Transcripción completa

Es difícil faenar en casa de don Serna.

¿Y qué esperabas?

Si tu señora haría temblar de miedo hasta a Satanás.

Tú tienes arresto para eso y para mucho más.

Así es.

No ha nacido mujer capaz de doblegarme.

Te está resultando difícil adaptarte.

Y yo siento igual cuando tengo que mantener distancia

y tratarte como a una criada.

Y eso, mismamente, soy.

Con el tiempo hemos de acostumbrarnos.

Señor Rivero.

-¿Sí? -¿Podemos hablar?

-Estoy ocupado.

-He escrito unos relatos y quizá sean de su agrado.

-Quiere mi ayuda y mi consejo, pues aquí lo tiene.

Déjese de perder el tiempo y molestar y dedíquese a hacer punto.

¡Manuela, que me ha sonreído!

¿Me concede este baile, María Luisa, bella?

¿Cómo bailar con una criada

pudiendo hacerlo con este pedacito de terciopelo

del que está bordado la bóveda celeste?

¿Es cierto eso que me contabas

de que tu madre no pudo concebir hasta no ver a esa curandera?

-Así me lo contó.

-¿Y tú podrías dar con ella?

-Eso, a saber.

-Has de intentarlo.

¿Cuánto hace que no bailamos?

Es que ya no sé

cómo conseguir dinero para ayudar a mi padre.

Dicen que los anarquistas han acribillado a un diputado.

-¡Santa María, qué horror!

¿Adónde vas, muchacha? ¿Se te ha secado el entendimiento?

¡Casilda!

¡Aparta, que lo remate!

¡Tú lo has querido!

¡Apártese!

Si no tapono la herida, no se va a salvar.

¡Que se aparte!

¡Que no!

Entonces, morirá junto a él.

Que así sea. No bromeo.

Contaré hasta tres.

Uno,

Haga lo que deba.

dos... -¡Guardia!

¡Guardia, por aquí! ¡Han disparado! -¡Vamos!

¡Rápido!

¡Fuera!

¡Trini! ¡No! -¡Quieto o la mato!

-¡No le hagas daño! -De ti depende.

Deja que nos vayamos o te la encontrarás muerta.

-¡Calla!

¡No!

-¡Guardias!

¡Trini!

Se ha llevado a mi mujer.

-Oliva, García, vamos.

Eh, ¿usted dónde va?

Quédese o vaya a su casa, no queremos más muertes.

¡Manuela!

¡Manuela!

Manuela, ¿estás bien? Un rasguño, ¿y tú?

A medias. Me tiemblan las piernas del susto.

-Cercad las calles.

Y pedid el nombre a todos.

Podría haber más anarquistas camuflados. Vamos.

Vamos. Casilda, hay que salir de aquí.

¿Adónde creéis que vais?

¡Vamos, en fila de a uno!

Manuela, ¿qué pasa?

Has visto un alma. No puede llegar a mí.

¿Y eso por qué? Casilda, ayúdame.

¡Corre!

-¡Señorita! ¿Está bien, señorita?

Señorita, ¿está usted bien? Señorita, despierte.

¡No, no!

¡Ah!

¡Criado! ¡Malnacido!

-Veo que no has perdido tu clase.

¿No te alegras de volver a verme?

-¡Ni un poco de nada! Has matado a un hombre. ¡Estás loco!

-Las libertades están en manos de esa gente.

Ni amo ni soberano, ¿recuerdas? -¿Andas con eso?

-Es seria, la lucha. -Y peligrosa.

-El fuego se combate con fuego.

Gracias por ayudarme a escapar. -No has escapado.

Y date prisa, los guardias están al caer.

Aunque deberían darte garrote, asesino.

¿Tienes un sitio para esconderte?

-No, has de ayudarme también en eso.

-¿Yo? ¡No! -Me esconderé unas horas

hasta que la cosa escampe. Ven mañana a por mí.

Quedaremos en el parque.

-No, ni hablar.

-Méteme en tu casa.

-No. -Nadie sospechará de una mujer

que se ve que no es la de antes.

-¡Vamos, registrad las calles! ¡Oliva, conmigo!

-He dicho que no.

-Si no me ayudas, me pillarán.

-¡Pues haberlo pensado!

-Aparece mañana o será peor.

Avisada quedas.

¡Chist!

¡Guardia, guardia!

¡Guardia!

¡Guardia!

Eh, chaval, ¿qué ocurre, que hay tanto bullicio?

Un anarquista ha disparado a un diputado.

¿Qué traes? ¡Estás temblando!

¿Es por lo del atentado? Por los guardias.

¿Los guardias? ¿Qué ha ocurrido?

Me vi mezclada entre la multitud con el atentado.

Nos pararon y empezaron a pedir la cédula.

Gracias a Casilda, pero... ¿Qué?

Creo que un guardia me vio.

¿Cómo que te vio? Salí corriendo antes.

Corrí, corrí sin mirar atrás.

¿Te ha visto? No sé.

Puede que sí. No sé, no lo sé.

¡Maldita sea!

Si te relacionan, estamos bien jeringados.

Mira, hagamos una cosa.

Vete a casa y ya no salgas más.

Tienes que cambiar de aspecto.

Córtate el pelo, péinatelo al revés, coloréatelo.

Ya te han visto de fiesta. Has de parecer otra.

Cuanto menos andes por la calle, mejor. Te conseguiré una cédula.

Es muy peligroso que vayas sin ella.

Mañana preguntaré por el mercado y conseguiré una.

Es arriesgado.

Podrías meterte en líos por mi culpa.

En peores estaré si te veo en el garrote.

Has de hacer lo que te pido hasta saber si te buscan.

Es mejor que andemos con cuidado.

Tienes que dejar de ser Carmen Blasco para siempre

y convertirte en Manuela.

Es ella la que te va a salvar la vida.

Más te vale tenerlo claro. Más que el agua.

Bien.

Ándate por lo oscuro.

No sé qué haría sin ti, Pablo. Gracias.

Voy arreando, que no llego. ¿Aún sigues así?

No me encuentro muy católica.

Será que aún te dura el pasmo.

Será.

Gracias por el cable, Casilda.

No me lo vas a contar, ¿verdad? ¿A qué venía el susto?

Mira, Manuela, yo trago con todo menos con los embustes.

Y menos viniendo de alguien que duerme al lado.

No te he mentido. Te conté lo de mi niña, mi mayor secreto.

Pero no el único.

Se me hace que vales más por lo que callas.

¿Qué pasa?

¿Por qué saliste huyendo? ¿Tiene que ver con tu niña?

No tengo cédula personal.

¿Cómo que no? ¿Por qué?

La perdí en el viaje de tren, al venir.

Mal asunto ese. ¿Y cómo no has ido a sacarte otra?

He de hacerlo, pero no he tenido tiempo.

Es lo primero que has de solventar.

No puedes andar sin papelajo que diga quién eres.

Se podría pensar que no eres de fiar. Lo soy.

Eso no lo dudes.

No lo hago, mujer. Que eres buena se te ve en los ojos,

que esos no mienten.

Todas tenemos historias que no queremos publicar.

La vida no es fácil cuando una es pobre como una rata.

No, nada fácil.

Gracias por ser mi amiga.

Gracias a ti, Manuela,

por apoyarme con lo de Víctor aunque no haya servido.

Parezco una tonta.

Tonto él, por no darse cuenta.

Pues tontos todos, porque nadie se da cuenta.

Que

maldita sea mi estampa. A este paso,

no me caso.

Mira, me ha salido una rima.

Bueno, me voy antes de sacarte el soneto.

Una cosa más.

¿Me dejas orquillas y peinetas?

Todas tuyas.

Anda, que la Manuela...

Y también Maximiliano.

Si es que va a tener razón

ese que dijo que la vida es un valle de lágrimas.

Vamos, que sí, más que un santo y todo.

¡Ay!

Puerta

Hola, señora Fabiana.

-Niña, ¿puedes darme sal?

Que se me ha olvidado comprarla y se está gastando.

Pero chiquilla,

¿qué tienes?

¿Y ese vaso?

¿Y esos ojitos?

-Una tisana, que me hace falta. -¿Para qué?

¿Tan destemplada andas? ¿Y a santo de qué?

-Nada, cosas mías.

Tome, la sal.

-Muy bien.

Pero vas a contarme qué te pasa. ¿Una tisana a estas horas?

-Pues que estaba yo rumiando lo que dijo alguna vez alguien

de que la vida es un valle de lágrimas.

Y estaba muy atinado, Fabiana.

Que parece ser que no servimos nada más que para penar.

-Eso los que tienen tiempo. Nosotras ni eso.

Pero bueno,

¿por qué ahora esos pensamientos?

-Pues porque es así, Fabiana. ¿No penamos todas?

Y si no, mira a don Maximiliano.

El que mejor corazón tiene de todos en la casa

y va a resultar que es el que peor lo tiene.

-Lo dices por su soponcio.

-Claro.

Se me hace todo tan injusto.

A ver qué va a pasar.

-Pues mira, van a pasar dos cosas.

La primera, que tu señor se va a curar porque es fuerte, ya verás.

-Dios la oiga. ¿Y la segunda, qué?

-Pues la segunda es que vas a alegrar la cara.

Que te pondrás al servicio porque no necesitan

una criadita mustia, que ya tienen ellos sus preocupaciones.

Que no vean que has llorado.

Así que aire, venga. Espabila que necesitan ayuda. Hala.

-Si es que es una desgracia, Fabiana.

Es una desgracia.

Lo digo por lo de don Maximiliano.

¿Qué pasa si se va al otro barrio, eh?

Que me quedo sola con su esposa.

Una mujer que no hace más que gastar

para parecer lo que no es.

Eso sí, a mí ni un real ni siquiera que me gano.

La señorita Leonor

con lo buena que es, la pobre.

-Bueno, mucho andas cavilando tú.

Hazme caso y vete con tus señores. Os irá a todos mejor.

-Si es que

no debí salir del pueblo.

Que una se cree que los burros vuelan

y que aquí hay porvenir.

Y mira tú ahora cómo estoy.

Que una es una ilusa

y se cree que se va a comer el mundo.

Y como mucho se come una rosquilla

o lo que tienen sus señores a bien de darle.

Y, al final, pues se echa de menos a los paisanos,

a los aldeanos, que son pobres, pero mucho más felices.

-Piensas mucho, zagala, y eso, a la larga, no es bueno.

-¿Y qué nos queda sino fabular?

-Nos queda no bajar los brazos jamás.

Mirar hacia delante. Cosas buenas vendrán.

Y te lo digo porque la pena es negra,

pero siempre, siempre hay un mañana.

Anda, venga.

Espabila, que no te tomen por una holgazana.

-Bueno, déjame que me tome la tisana.

-Aire, criatura, que con tu discurso me has puesto la carne de gallina.

Ahora, la que necesita la tisana soy yo.

No, no debiste hacerlo, jugarte la vida,

ponerte en peligro por algo que ni te va.

Salvar la vida de un hombre es mi deber.

Una cosa es el deber y otra la inconsciencia.

Soy médico. Y padre y esposo y mi amigo.

¿Quieres dejar huérfana a Carlota?

Lo siento, Germán.

Pero mis palabras no son de insolencia, sino de preocupación.

Nos diste un susto.

Fue un impulso, amigo, casi un acto reflejo.

Siento haberos preocupado,

pero lo volvería a hacer. Y yo te daría la turra.

Eres más tozudo que una mula, Germán.

¿Pasaste miedo, amigo?

Risa tampoco.

Verte apuntado con un cañón da que pensar.

Dicen que se pasa la vida por delante.

Sobre todo al ver que es muy corta y que no se puede desaprovechar.

¿Hablas de lo que creo?

¡Manuela!

Dónde se habrá metido, con lo tarde que es.

He tenido que abrir la puerta,

como si fuera casa de un don nadie. En fin.

Ha llegado un billete para ti. ¿Un billete?

Ajá.

El presidente Silvela.

Me agradece haber intentado salvar a su hombre de confianza.

De su puño y letra. Enhorabuena.

No todos reciben cartas escritas por el mismo presidente del país.

No todos. Era hora de que se nos reconociera

el rango que merecemos.

Bueno, os dejo que mi madre debe preguntarse si me he ido del país.

Pero recuerda una cosa,

el camposanto anda lleno de héroes con grandes gestas

y sin voz ya para poder contarlas.

Envidia que te tiene.

Cambia esa cara. Parece que no te alegres de las buenas noticias.

Me alegraría si le hubiera salvado. Lo intentaste.

No te atormentes más, debemos ver el lado bueno.

¿Que es? El futuro que nos espera.

Ahora que eres reconocido,

podrían invitarte a fiestas donde va gente de poder y fortuna.

¿En fiestas estás pensando?

En el futuro de mi hija.

En conseguirle un esposo.

¿No te arreglas?

¿No vienes a casa de mis tías?

He de leer estos informes que me acaban de llegar.

¿Te importa que no vaya?

Prefiero ir colgada de tu brazo que sola, pero ya estoy acostumbrada.

Eso.

Ahí.

Ya está.

¿Te traigo un refrigerio?

¿Tiene hambre?

-No. Y no me trate como a un moribundo.

-Como a un enfermo, eso es.

Y ella solo trata de que no te falte nada.

-Lo siento, es que no soporto verme así.

No puedo dar dos pasos sin cansarme o necesitar ayuda.

-No pase usted prisa,

que para ir a correr al monte siempre hay tiempo.

-Con lo que está pasando

y yo aquí encerrado sin poder hablar con alguien en el café.

Casilda, hija, ¿qué se dice en la calle del atentado anarquista?

-Nada bueno. Un desgraciado que casi mata

al bueno de don Germán. Así estamos como estamos.

-Ya era hora. ¿Dónde te metiste ayer, que no te hallaba?

-Tuve que ayudar a una amiga a buscar un sombrero

para un baile al que debía ir.

-Deberías ayudarme a mí a salir de este enredo.

Nuestras penurias te importan un comino.

-Tienen visita. Es Claudio Castaño.

-¡Oh, oh, oh!

¡El hijo de los Castaños! ¡Ah, de los Castaño!

Dios ha debido escuchar nuestras plegarias.

Oh, Dios mío.

-Buenos días.

Espero que perdonen mi atrevimiento de haberme presentado sin avisar.

-Siempre es un honor que nos visite, sea cual sea el motivo.

-Interesarme por don Maximiliano. He oído lo de su achaque.

¿Cómo se encuentra? -Mucho mejor.

¿Qué se dice en el café del atentado? ¿Saben quién es? ¿Lo han cogido?

-Le cogerán. Esa rata no andará muy lejos.

-Has sido muy amable visitándonos tras el malentendido con tus padres.

Debe disculparnos ante ellos.

¿Quién iba a saber que esas tierras no tenían valor?

-¿Ustedes no lo sabían?

-Palabrita del niño Jesús.

Fuimos víctimas de un engaño. ¿Por qué cree que está así?

Fue enterarse y caer al suelo

por la noticia.

-En ese caso, transmitiré sus disculpas.

Sería una pena que se enemistasen

por un malentendido.

Lo cierto es que disfrutaba con sus atenciones

y tenía la esperanza de encontrarla aquí.

-Más apenada estaba ella por su distanciamiento.

Qué manera de llorar.

-Era de esperar y me lo imaginaba.

¿Les apetecería salir a pasear bajo mi compañía?

Mi animada conversación les animará el día.

-Sí, siempre lo hace. Vamos a arreglarnos.

Si es tan amable de esperar.

Carraspea

¿Un purito no tendrá por ahí? -No.

No puedo creerme que yo sea ese hombre cruel que dicen que era.

-Habladurías, que les gusta el jarabe de pico.

No sería para tanto. -Yo les he oído.

Cuchichean como de un demonio.

Dicen que gritaba, que pegaba a mi mujer.

Que la oían gritar cuando estaba cerca.

Preñé a mi esposa forzándola.

Soy peor que un mengue. -No te atormentes.

En todo caso lo eras. Ya no eres ese hombre.

Ni te le pareces. Ahora eres otro

mejor, reformado, bondadoso.

-Tengo que hacer algo.

-¿Algo de qué?

-Debo saber si soy quien dicen.

-¿Qué puedes hacer para eso?

-He de encontrar a mi esposa y a su madre.

Ellas saben toda la verdad. -Ellas están muertas,

con perdón. -A lo mejor no.

Cosa bonita sería esa, y remota.

-¿Por qué? No sabemos qué pasó aquella noche.

-Algo feo. A ti te encontré más muerto que vivo.

-Igual ellas corrieron esa suerte.

-¿Tres milagros en una noche?

-No lo sé, pero no pararé hasta dar con ellas.

He de encontrarlas.

¿Qué anda mirando? ¿Algo interesante?

-Nada, por distraerme. Pensaba que ya te habías ido.

-No hasta que Herminia saque esta mancha. ¿Dónde está?

-La mandé a hacer recados. -Esperaré.

-Ni hablar, se retrasará.

Mejor será que te pongas otra. ¿No tenías la reunión a las once?

-A y media. -Ah.

-Celia, ¿qué te ocurre? -¿A mí? Nada.

-Te noto nerviosa, como volada.

-Será por lo del atentado.

Que pase tan cerca de casa te deja contrariada.

-No quiero que tus pensamientos se alteren por semejantes zarandajas.

No voy a consentir que nada te pase. -Lo sé, querido.

¿Qué chaqueta te pones? ¿Te la traigo?

-Deberían matar a los anarquistas,

agitadores que alteran la paz del país

y la tranquilidad de mi esposa.

Si dependiera de mí... -Pero no depende.

Te traigo la chaqueta. -Celia,

diría que quieres que me vaya.

-Ni por asomo.

¡Qué cosas dices, Felipe!

-Me voy, pues.

Hasta la tarde.

-Que tengas un buen día.

¿Lo puedes creer, Fabiana?

Creen que el anarquista no ha salido del barrio,

que podía estar escondido en cualquier sitio.

Quizá tiene un cómplice. -¡Virgen!

¿Y quién va a ayudar a ese desalmado? -Pues otro desalmado de su calaña.

No seré yo quien defienda a Silvela,

pero no se puede disparar así.

Por cierto, ¿por qué no estás con mi esposa?

No la quiero sola ni un instante.

-Lamento darle fatiga, pero salió sola hace un rato ya.

Dijo que no quería compañía, yo insistí.

Me dijo que tenía recados y yo, faena.

-¿No te dijo qué recados?

-Ni palabra.

-Dónde se habrá metido después de que ayer casi me la secuestran.

¡Será inconsciente!

¡Me haces daño, carajo! -Así no te me escapas.

-¡No quiero! ¡No quiero verte en mi casa!

-Te tendré que dar una solfa.

¿No estaba claro?

O me escondes en tu casa o me finiquito a esa familia.

-Eres un miserable.

Solo unos días, hasta que la cosa se calme.

Luego coges tus cosas y te largas lejos.

-No me verás.

-Mi esposo y su hija viven conmigo. Son gente buena

y honrada. No les metas en líos.

-A saber qué habrá hecho para vivir aquí.

-¿Y qué te importa? Solo preocúpate de tenerle respeto.

-No agacharé la cabeza ante un señoritingo, si te refieres a eso.

-Me refiero a que vivirás en su casa y a su costa.

Te callarás y no darás problemas.

-No haré la rosca a nadie,

y menos a un rico a costa de los trabajadores.

-Esto es un error.

-El error será no obedecerme.

-¡No matarás a mi familia, te pillarían!

-Trini,

me estás agotando la paciencia.

O me das cobijo y finges que soy un ángel del cielo

o contaré quién es la verdadera Trinidad.

Me pregunto si tu esposo

sabe la verdad sobre tu pasado.

-No lo hagas, Santiago, te lo suplico.

-De ti depende.

¿Qué dices?

¿Navegamos juntos o nos hundimos los dos?

¿Dónde te has metido?

A punto estaba de salir a buscarte.

No está el patio para salir sola. Estaba preocupado

tras lo ocurrido ayer.

-Lo siento, esposo. He ido a buscar a alguien a la estación.

-¿A alguien? ¿A quién?

Es... Ernesto,

mi hermano. -Encantado.

-Nada sabía de su visita.

No me lo dijiste. -No lo sabía.

Me avisó hoy de que estaba de paso.

-Fue una decisión de última hora.

Debía arreglar unos papeles y dije: "Así veo a Trini".

Se la echa de menos en el pueblo. -Sí.

-Pero serán unos días.

-¿Unos días?

-Sí, ya sabe cómo son estas cosas de papeles.

Te dicen dos y acaban siendo cuatro.

Pero si hay algún problema, don Ramón, busco una pensión.

No se apure, me las apaño.

-Ninguno. Discúlpame, Ernesto.

Es que nada sabía de tu visita.

El tiempo que sea menester, eres su hermano

y es tu casa. Y apéame el tratamiento, somos familia.

¿Un coñac para recomponerte? -Solo si tú te tomas otro.

Ya estoy aquí, doña Celia.

-Y no vienes sola.

-Vicenta, la seño de la que le hablé. -Señora.

-No me la imaginaba así.

-¿Cómo me imaginaba?

-Distinta. Parece usted muy corriente.

¿Seguro que sabe de esto?

-¿Lo duda?

-A priori, no.

-¿Y a luego?

-Se lo digo cuando lo vea.

-Pues va a ver poco y decir, menos. Me voy.

Ahí te quedas. -Quieta, Vicenta. Espera.

-Me mira como si fuera a robarle la limosnera.

Con tu madre sirvió porque estaba entregada.

-Y doña Celia también, se lo juro por la virgen.

Es respeto por el desconocimiento. -Y desconfianza.

-Un poco, si le soy sincera, pero tenga paciencia conmigo.

Nunca he hecho algo así a espaldas de mi esposo.

Pero desesperada me hallo por no florecer.

¿Me disculpa usted?

-¿Confiará en mí?

-Prometo intentarlo.

-¿Hará lo que le diga? -A pies juntillas.

Golpes

¿Manuela?

Señor.

¿Y tu pelo?

Me molestaba la melena para la faena.

Estás muy guapa igual.

¿Te encuentras bien?

Cayetana preguntó por ti.

Como te retrasaste... Ruego me disculpe.

Tuve que arreglar unos asuntos que no podían esperar.

Pero debí avisar. No volverá a pasar.

Espero que nada por lo que preocuparse.

Nada que no tenga solución.

¿Dónde está la señora?

Le pediré perdón.

No te apures y no está, ha ido a visitar a unos tíos.

Anoche, en la verbena,

nos dio un susto haciendo eso.

Yo no hice nada. Hacerse el héroe.

Si algo le hubiera pasado, no sé qué haríamos.

¿Haríais? ¿Quiénes?

Su familia, sus vecinos, sus amigos.

Y el personal de su casa.

Ni conocidos somos ya, mujer.

Deja el usted para cuando no estemos solos. Me incomoda.

Pasamos mal rato viendo

cómo se ponía ante esa bala. Me alegra

que haya sido un susto.

No para ese diputado. Nada pude hacer para salvarle la vida.

No puede salvar a todos siempre, no es un dios.

No, solo un hombre, y defectuoso, por lo que se ve.

Yo no diría tanto.

Yo, sí.

Hay muchas cosas

que no consigo,

por mucho que me esfuerce y buena voluntad que ponga.

Hago lo posible por respetar nuestro acuerdo.

Quiero, de verdad, sacarte de mi cabeza,

pero no es fácil.

Hay cosas más difíciles que otras.

Imposibles, diría yo. No digas eso.

Solo es cuestión de tiempo.

Espero que tengas razón.

Tengo faena.

¿Qué es ese potingue? -Cabote, té de caléndula,

serrín de unicornio, semillas de lino,

té verde, trébol rojo, raíz de regaliz

y hierbas chinas.

-Nada conozco de lo que dice.

-Con que lo conozca yo, sobra.

-¿Y cree que eso funcionará?

-Si no lo creyera, estaría haciendo calceta.

-Ya verá como sí.

Pronto prenderá, estoy segura. -Tome esto

todas las noches tras la cena.

Tres cucharadas de las de café.

A palo seco.

Cuatro las noches de luna llena.

No haga actividad ninguna

y visíteme todas las semanas.

-¿A palo seco y sin agua? -Ni gota.

Siga las instrucciones

y, al tercer mes, prenderá.

Pero ni una cucharada más ni una menos.

La naturaleza no le niega su deseo de ser madre,

solo se lo pone difícil y hay que darle un empujón.

-Yo necesito algo más que eso. Un milagro, por ejemplo,

y no sé si con esto se solventa el asunto.

-Se solventa,

pero no del todo.

Algo falta que usted no tiene y parece que ni tendrá.

-¿Un útero proclive a la creación?

-Fe y convencimiento. Si no lo cree, jamás se quedará embarazada.

Y una última cosa y la más importante,

si no sigue las instrucciones a rajatabla,

si se equivoca en la más tonta de las tontadas,

algo terrible podría suceder.

-¿Terrible? -Todo lo contrario a lo que busca.

Con el vientre seco

se queda de forma irreversible.

Puerta

-¡Celia, querida! Ya estoy en casa.

Qué pena más grande no poder pagar lo que vale.

¡Válgame Dios, qué estruendo! Parece que ha entrado un coche de caballos.

Disculpe, no la había visto. ¿Necesita usted algo?

¿Qué? No, no, nada en particular.

Miraba por si había algo nuevo. No quiero lo de siempre.

La economía centra el consejo de ministros

La economía centra el consejo de ministros

Está de suerte. Llegaron unos tejidos

que, según dice don Leandro, son de lo que no hay.

que comienza a esta hora en el Palacio de la Moncloa.

El gabinete adelanta un día la reunión

Aviso a doña Susana

para que la atienda.

No, deja. Si está en el taller le urge algún encargo.No la molestes.

No es molestia ninguna.

Los clientes son lo primero. ¡No insistas!

Si veo algo de mi agrado, la llamamos.

Como usted quiera.

¿Qué guardáis en esas cajas?

Son capas y de una calidad excelente, según dicen.

Las han traído de... Vale.

Acércalas para que las vea, por curiosidad.

Doña Susana dice que no hay mejores en la ciudad.

No están mal.

Cuestan un potosí.

Para algunos, para otros menudencias.

Perdone, pero debo hacer un pedido a la plazuela.

¿Le importa que salga?

No, claro, muchacho, ve a por tus quehaceres.

Hablo con Susana.

¡Ay, qué hermosura!

Qué bien luciría Leonor con ella.

Los Castaño quedarían impresionados.

¡Por Dios, Rosina, qué estás pensando!

Ay, qué vergüenza.

Pero podía cogerla como un préstamo.

¡Claro, claro! Es que es una tontería.

Es una tontería molestar a Susana por esto.

-¿Le gusta la capa, doña Rosina?

Menudo día llevo, padre.

Vengo de la sastrería, ¿y adivine?

No tendrán mi vestido para la fiesta.

Qué disgusto, por Dios.

¿Y ahora qué hago? No tengo nada.

¿Qué le sucede, que no me contesta?

Parece que quiere que hable sola como una...

-Cotorra.

-Enajenada, iba a decir.

¿Quién es y qué hace en mi casa?

-Soy Ernesto. -¿Ernesto?

¿Qué? -Ernesto,

tu tío, según parece.

-¿Perdón?

-Perdonada estás hasta que pise la tumba.

Soy hermano de Trini.

Encantado.

-Siento no poder decir lo mismo. ¿Y por qué se ha hecho pasar

por mi padre y me ha tenido hablando sola?

-No es de caballeros interrumpir a una dama.

-Lo dice como si hubiera alguno. -Y menos a una tan bonita.

-Ahórrese el piropo, tío, que nadie le ha preguntado opinión.

-Más yo la doy.

Si sé que te tengo de sobrina, vengo antes.

-Pues por fortuna lo ha ignorado y, por desgracia,

¿cuánto tiempo se va a quedar? -El que sea menester,

según tu padre.

Pensaría que te molesta.

-Me molestan los extraños en mi casa.

Pero soy hija de bien y lo que diga mi padre, bien dicho está.

-Buena chica, sí. Me gustan las mozas bien mandadas.

-Y a mí los caballeros bien hablados.

Gracias. -Las que tú tienes.

Le digo, quería verla con la luz de la calle.

No acierto a saber de qué color es. ¿Marrón, parda?

-Pues vaya a mirarse la vista porque está claro que es marrón.

-Ah, sí, con el reflejo me doy cuenta.

Pero como no hay luz, no puedo saberlo.

-Será por lámparas.

En otras casas no las encienden por no gastar.

-De todo hay en la viña del Señor.

¿Va a renovar vestuario?

-Pensaba regalársela a Leonor.

Pero no me atrevo a comprársela sin que la vea.

Igual podría prestármela para mostrársela.

-Si la ve, no habría sorpresa.

-Lo importante es que le guste.

-Puede verla cuando quiera.

-Muchas gracias. Me la llevo. -Mejor que la vea aquí.

Es un terciopelo delicado y podría pasarle algo.

-Descuide, la cuidaré.

-No, insisto yo.

Mejor aquí.

Por si le tengo que hacer algún hilván.

-Está bien,

le diré a Leonor que baje, pero no le aseguro que sea pronto.

-No se preocupe, que de aquí no nos movemos.

Siempre a su servicio,

doña Rosina. -Con Dios.

Qué pena.

Qué bajo pueden llegar a caer los poderosos.

Vamos, corre, por aquí.

-Celia, ¿no estás?

Celia.

¿Qué haces?

-Me hallaba concentrada. Pronto has llegado.

-Las reuniones han sido intensas y breves, gracias a Dios.

¿No vienes a saludarme?

-Ven tú a mi vera. ¿Nos sentamos? -No quiero encerrarme.

¿Salimos a dar un paseo?

El aire me despejará la cabeza. -Mejor no.

-¿Otra vez indispuesta? Hoy tienes buena cara.

-Atareada, más bien.

-Pues pareces ociosa.

La lectura, según has dicho.

Ya sé lo que te ocurre.

-¿Lo sabes?

-Rara estabas esta mañana, y esta tarde más de lo mismo.

Por eso vine antes, si te soy sincero.

Estás así por la viuda Losada.

Sigues molesta por el regalo. -Bien no me sentó.

-Y te pedí perdón.

-No significa que olvide.

Pero pierde cuidado, se me pasará.

-Eso espero, o penosas conversaciones nos esperan.

¿Seguro que no quieres pasear?

Tu falta, hablar con un mozo.

Buenos días.

Maldito mundo de ricos y pobres.

-Por Dios, Pablo.

Bien sabes que ni mi género ni mi posición me hacen libre.

Claro que confío en ti, pero ese hombre te pretende.

Y eso acaba en boda.

¿Y qué puedo hacer? Lo que sea.

Menos casar con ese lechuguino. No seas niño.

Es hora que despertemos del sueño.

La vida es así. No.

La vida será como nosotros queramos.

Pablo, no quiero

casarme con él, pero mira cómo están las cosas.

Te sacaré de allí.

Te llevaré a otro sitio, a otro lugar.

En tu caballo blanco.

Entiéndeme.

La situación en casa es desesperada y he de actuar en consecuencia.

¿Dejo morir a mi padre de miseria? No.

Mas yo te quiero.

No podemos perder la esperanza.

Debemos.

Por el bien de todos. Me niego.

¿No me quieres?

Sabes que más que a mi vida.

No dejaré que te entregues a quien no amas.

Estaremos juntos.

Te lo prometo.

Madre.

-¡Ve a casa!

-Madre... -¡Que vayas a casa!

Doña Rosina, yo...

Disculpe, señor.

No seas boba, y quédate.

A ver si me puedes ayudar.

¿Has visto mi chaleco, el azul?

Lo planché y lo dejé colgado.

En mi armario no está.

¿Me permite?

Por favor.

Aquí está.

Se había caído.

Perdón.

Lo siento, señor.

No hagas eso. ¿Que no haga el qué?

Alejarte de mí por miedo.

No quiero contrariarte, hicimos un pacto.

Y lo voy a respetar, te lo prometo.

Pero no me tengas miedo.

No lo soporto.

No te tengo miedo a ti...

Sino a mí.

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Acacias, 38 - Capítulo 14

30 abr 2015

Llegan los guardias a la verbena y Ernesto se lleva a Trini de rehén. Parece ser que se conocen. Trini ayuda a Ernesto a escapar presentándolo en casa como su “hermano”. Manuela huye del lugar del atentado cuando los guardias están a punto de atraparla con ayuda de Casilda. Pablo y Manuela hablan de conseguir una cédula y de cambiar de aspecto. Claudio visita a Maximiliano. Rosina intenta que Leonor sea amable con él, pero ella lo evita. Rosina pilla a Pablo y Leonor juntos, les separa y abofetea a Leonor. Justo va a hacer todo lo posible por encontrar a su esposa y suegra. La curandera acepta ver a Celia y le da unos potingues de consecuencias imprevisibles. Felipe está a punto de descubrirlas. Manuela y Germán no pueden contenerse más y se besan.

 

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