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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1177 - ver ahora
Transcripción completa

-Marcia es incapaz de matar a nadie.

-Y menos a Úrsula, que no tenía nada en su contra.

-Las pruebas incriminan a Marcia y es mi obligación detenerla.

Vámonos.

-"¿Doña Bellita y su hija Cinta Domínguez?".

-Y don Jose Domínguez.

-¿Y a qué horas se les puede ver? -¿Pa qué quieres saber tanto?

-Yo nunca he conocido a gente de tanto postín.

-Liberto tiene una copia de las llaves del estudio de Maite,

esperaré a que ella no esté...

-¿Piensa entrar a escondidas?

-¿Me va a ayudar? -Cuente conmigo.

Si le parece bien, me haré cargo de la defensa de Marcia.

(ASIENTE)

Por una vez estamos de acuerdo en algo.

Eme, ese, Marcia Sampaio.

El pañuelo estaba junto al cadáver de Úrsula,

y según me acaba de contar, es muy hábil bordando pañuelos.

Vengo de los juzgados.

Si no hay una denuncia contra Margarita, la sueltan.

No quiero poner la denuncia porque Margarita está loca.

Ha perdido la cabeza.

Y si la encierran en una cárcel o en un manicomio,

se va a volver más loca todavía. Y se acabó,

pa mí esa mujer ya no existe.

-Pero yo no fui, yo no la maté.

Lo sé, pero de nada vale saberlo, hay que demostrarlo.

-Han dejado esto en la portería pa usted.

-Gracias, Jacinto.

-¿Qué pasa, Jose? -Na, el correo.

¿Soy yo? -Claro.

-Me gustaría que se viera mi cara

y que todo el mundo supiera que me he mostrado así ante ti.

-"Sé que eres inocente y lo voy a demostrar".

-"¿Cómo?".

Si es necesario,...

estoy dispuesto a hacer una declaración de culpabilidad

sobre ese asesinato.

-¿Cómo? ¿Qué dices?

-No permitiré que pagues por algo que no has hecho.

¿Confesión de culpabilidad?

No entiendo de qué hablas.

-Ya lo has oído, le diré al comisario Méndez

que fui yo quien la mató.

-Pero... eso es falso.

-Sí, es falso.

Pero prefiero pagar yo por algo que no he hecho,

a que lo hagas tú. -No hagas locuras.

-Estoy dispuesto.

Tú ya has sufrido bastante por culpa de esa bruja.

-Si confiesas, no investigarán más, te condenarán injustamente,

aunque no tengas nada que ver con esa muerte.

Felipe logrará demostrar que soy inocente.

-Algo hay que hacer.

Debemos encontrar al verdadero asesino

y hacer que dejen de sospechar de ti.

-¿Sabes algo sobre la muerte de Úrsula?

¿Hay algún rumor en el barrio?

-No, ninguno.

-Pon el oído, entérate de cualquier rumor,

por muy absurdo que parezca. Y ve a contárselo a Felipe.

Él es nuestra única esperanza.

Sé que no te gusta que mi futuro dependa de él,

pero no tenemos otra opción.

-Lo sé.

-No le ocultes nada, no hagas nada a sus espaldas.

De eso depende que yo pueda salir.

-Sé que cogeremos ese barco a La Habana

y, esto solo será un mal recuerdo.

-Sé fuerte, yo también lo seré.

(Sintonía de "Acacias 38")

(Ruido)

¿Quién anda ahí?

-Soy yo.

La puerta estaba abierta. ¿Llego en mal momento?

-No, don Liberto. Le estaba mostrando un cuadro a Camino,

nada más.

-Me ha... impresionado el cuadro.

-Es lo que tienen las pinturas de Maite, que son apasionantes.

-Sí. Y fíjese lo emotivas que somos las artistas...

Camino ha visto el cuadro y me ha abrazado.

-La comprendo perfectamente.

A mí también me ha pasado lo mismo en alguna ocasión.

Dan ganas...

-Qué vergüenza que me haya visto en pleno momento de efusividad.

-No se preocupe, Camino, la comprendo.

-Yo me marcho,

que ustedes tendrán que tratar asuntos de la galería.

Gracias por mostrarme el cuadro.

-De nada, vuelva cuando quieras.

-Con permiso, don Liberto.

Que tenga un buen Dios, día... Con Dios.

-Camino es encantadora.

Además de una gran artista.

-Sí, espero que no se malogre con el tiempo, ¿no?

-¿Por qué dice eso?

-Bueno, ya sabe, es algo que suele pasarle a las mujeres, ¿no?

El marido, los hijos,

las tareas de la casa,

todo eso lleva su tiempo

y..., claro, la carrera profesional suele quedar a un lado. Una pena.

-Sí, pero esperemos que a ella no le pase.

¿Venía por algo?

-Sí. Para avisarle de que se va a demorar unos días

el traslado de sus obras a la galería.

-¿Y eso?

-Una simple humedad que ha aparecido en una de las paredes.

Pero que hay que arreglar, no vaya a ser que afecte a los cuadros

y sea un problema. -Más vale prevenir.

-Sí, sí,... más vale prevenir.

-¿Algo más?

-No. Le mandaré las nuevas fechas.

Buenas. -¡Uy! Vaya susto me ha dao uste.

-Ya lo siento. Solo quería comprar el periódico.

-Ah, pues hoy está de suerte,

porque con lo que ha pasao estos días,

me quedaba sin ejemplares na más llegar.

-¿Y eso? -El barrio, que anda revuelto.

Hubo un asesinato. Y hoy han detenido a una vecina,

así que mañana vuelve la baraúnda. -Entiendo.

Pero, pero acusada en falso,

todos pensamos que es inocente.

Aquí todos la queremos mucho.

-Debe de ser maravilloso vivir en este barrio.

Como en cualquier otro barrio de la viña del Señor, ni mejor ni peor.

-Como en otro barrio no,

que no en todos vive una gloria de la canción española

como la gran Bella del Campo.

-Eso sí que no, que vive ahí mismito, en el 38.

-¿Y cómo es ella en la intimidad, como vecina?

-De lo más normal.

Buena gente ella y su familia.

Educada, elegante...

Y alguna vez nos ha cantado a todos nosotros.

Aunque ahora la que canta es su hija.

-Qué maravilla, qué envidia me da.

-Y dígame, ¿recibe muchas visitas?

-Ay, pues como todo el mundo, no me he fijao.

-¿No ha visto usted por aquí al rey, a don Antonio Maura,

al conde de Romanones?

-Yo a esos no los he visto...

Y supongo que si viene el rey se monta jaleo.

-Sí, un guirigay de todos los infiernos.

Pues menudo aparato lleva cuando se mueve.

-Jacinto,

¿tú sabes si el conde de Romanones

o el rey han venido a ver a los Domínguez del Campo?

-Uy...

Mucho interés tiene usted en doña Bellita y los suyos.

-Es que soy un gran admirador suyo. Nada malsano.

-Si de verdad es un admirador, un consejo, déjelos vivir.

No es la primera vez que pregunta por ellos.

-Lo hago sin mala intención, para nada quiero molestar.

Me presento, me llamo Julio.

-¿No tiene tarjeta de visita? -Desgraciadamente, no.

Pero me haré una, que es símbolo de triunfo y distinción.

-(JACINTO CHISTA)

A ver.

Tenga la mía.

-Qué maravilla, qué clase de barrio.

Buah...

Siento no poder seguir de tertulia con ustedes, pero debo marchar.

Tenga.

Quédese el cambio.

-Ay. -Con Dios.

-Si me ha dao el precio justo, rumboso.

-Me da mala espina.

-No es más que un admirador.

No sé pa que te has puesto tan fastidioso.

¿Y si es un gacetillero que quiere averiguar algo de doña Bellita?

-Ay, pues en eso no había pensao.

-Tanto preguntar, tanto preguntar...

Y después de lo que ha pasao con la mujer esa, la Margarita...

-Qué listo es mi marido. Ven, que te doy un beso.

-Yepaya.

Yo me he ofrecido para la defensa de Marcia

porque mi apellido, Gallo, puede hacer que el jurado se piense mucho

el coger su trabajo con displicencia.

-¿Gallo?

¿No se llamaba usted Servando Gallardo?

-Ese es un apellido muy vulgar. No, no, no.

Gallo. Gallo...

es un apellido de noble estirpe,

en cuyo escudo de armas hay tres gallos de pelea y un torreón,

muestra del poderío militar y el valor en la batalla.

¿Sabe lo único que me apena desde que lo sé?

-Dígame.

-Que mi Paciencia no me diera hijos para poderles trasmitir

a esas generaciones de nuevos héroes españoles.

-Lo que se aprende con la heráldica. No me extraña que lo lamente.

-Mucho.

-¿No ha llegao Santiago?

-No, desde que yo estoy aquí, no.

-Maldita sea, eso es que no ha sacao a Marcia y duerme en el calabozo.

-Pa mí que no se libra de estar una noche en la sombra.

-¡Con la de gente que tenía motivos pa matar a la bruja de la Úrsula,

y van a prender a una pobre! ¡Siempre es igual!

-La justicia es ciega,

si la han prendido a ella y no a otro, habrán visto algo.

-¿Duda de Marcia? -No,

del que no dudo es del comisario Méndez.

Habrá encontrado indicios, que se confirmarán o no,

pero su honradez está probada.

-No discutan, que no depende de nosotros.

-Por una vez dice usted algo sensato.

Tiene razón,

de nosotros no depende el destino de Marcia,

pero en lo que esté en nuestra mano, habrá que lucharlo.

-A las buenas. -Cierre, que se escapa el gato.

-Uy, a que adivino de qué hablan.

-No hay que ser una pitonisa, Marcelina.

Sí, hablamos de Marcia.

-Pobre mujer. -He pensado

que podríamos manifestarnos en comisaría pa que la suelten.

-O para que nos metan a todos dentro, conmigo no cuenten.

-Cobarde.

-No, sensato.

Que tengo un apellido que debo proteger de escarnios.

¡Que no soy un Pérez o un Gómez, que soy un Gallo!

-Mejor dejamos que don Felipe la saque,

que es un abogao de primera.

-Y que la justicia siga su curso.

-¡Santiago!

¿Y Marcia?

¿No viene con uste?

-No.

No ha habido forma de sacarla de allí.

Ni don Felipe lo ha logrado.

-No hay derecho.

-Yo que ya me veía con ella camino de Cuba...

-Bueno, no...

No se apene, que mientras hay vida hay esperanza.

-A mí se me acaba.

-¿Sabe qué tienen contra ella, por qué la retienen?

-Por un pañuelo.

Junto al cuerpo de Úrsula apareció un pañuelo

con las iniciales de mi esposa.

-¿Y qué hacía allí ese pañuelo?

-No lo sé,

no sé cómo pudo llegar hasta allí.

-Dios quiera que Marcia no tenga que utilizarlo pa secarse las lágrimas.

(Suenan las campanas)

(Motor de coche)

(Ruido)

¿Quién anda ahí?

-Soy yo.

Perdona, estaba la puerta abierta. Espero no llegar en mal momento.

-"No. Le estaba mostrando un cuadro a...".

-Camino.

Camino.

¿Qué te ocurre?

-Nada.

estaba pensando que aún no he actualizado la carta,

están los platos de ayer. -Tranquila, no corre prisa.

Hasta la hora de comer no tienen que estar.

Tu hermano venía contándome lo de Marcia, lo del pañuelo.

¿Qué pañuelo?

-Es imposible que se te haya olvidado,

si lo hablé con madre delante de ti hace un rato.

-Sí, claro, estaba distraída y no me enteré.

-Ya veo. Vives distraída últimamente.

No te metas con tu hermana.

Desde que conoce a Ildefonso, no vive en este mundo.

¿Es eso verdad, Camino? A ver si me lo presentas.

Es bastante agradable.

Eso sí, no sé si tanto como le resulta a mi hermana.

-Cada día eres más botarate, Emilio.

-No te enfades, que cuando te cases

tendré que llevarte al altar del brazo, como padrino.

Ya suenan campanas de boda y todo.

-Otra igual, sois tal para cual. Me voy a hacer lo de las cartas.

Me alegro que tu hermana esté ilusionada con su nuevo novio.

Pensaba que se iba a quedar para vestir santos.

-¿Has visto? En cuanto ha aparecido el adecuado.

Todavía no lo admite, pero se nota que está enamorada.

Ojalá le vaya bien el noviazgo.

Oye, ¿tenéis esos suizos que le gustan a mi madre?

Ha tenido que llegar el pedido. Sí, aquí están.

Ponme media docena, así desayuna cuando se levante.

Ahora mismo.

Oye, ¿os contó tu madre por qué no denunciaba a Margarita?

Sí, pero es absurdo y no hay quien lo entienda,

dice que para que no se vuelva más loca.

No hay quien lo entienda.

-Voy a tomar el aire.

-¿Has visto qué rara está mi hermana?

Déjala tranquila, estará pensando en Ildefonso.

Se enterará por el periódico.

Adonde se ha ido, llegarán las noticias.

-Mi prima no sabe juntar dos letras,

y no se iba a gastar ni un real en un periódico.

-Pues se enterará cuando vuelva.

-Mejor, que con lo que mi prima quiere a Marcia,

se llevaría un disgusto al saber que la han detenido.

-¿Cuando se fue ya había muerto Úrsula?

-No, pues otra sorpresa para ella.

Aunque no creo que vaya a soltar mucha lágrima.

-No va a reconocer el barrio.

-A la paz de Dios. ¿Hay café caliente?

-Ahí tiene, sírvase.

Vengo de acompañar a Santiago al tranvía,

ha ido a comisaría a ver si sabían algo de Marcia.

-Pronto es pa tener novedades.

-Y lo del pañuelo es una prueba contundente.

A no ser que alguien lo haya dejado allí.

-¿Quién?

-El asesino, quién va a ser. Qué preguntas hace usted.

-Yo qué sé. Tengo mis cuitas en las que pensar.

-¿Más graves que las de Marcia?

Menos mal que la policía tiene medios y paciencia

para llegar al final del asunto.

La policía contará lo que tenga que contar.

-Quiera Dios.

Cesáreo, ¿sabe usted de algún sitio

donde me pueda informar sobre heráldica?

-¿Sigue con lo del apellido?

-Es una pena que teniendo un escudo tan pinturero,

no pueda decorar la recepción de la pensión.

-¿Lo ha hablado con Fabiana? -Todavía no, cuando lo haga.

Pero le va a hacer mucha ilusión.

Espérate que no cambiemos el nombre del establecimiento por mi apellido.

-Le despertaremos con un kikirikí.

-No se preocupe, la gente noble hemos sido la burla de los plebeyos

durante siglos.

Bueno, ¿me puede informar de eso o no?

-Sí. Hay una librería especializada en el centro.

Y curiosamente, conozco al dueño. -No me diga.

-Don Jorge Martínez,

especialista en blasones y heráldicas.

Ha escrito varios libros,

y seguramente conocerá el origen de su apellido.

-No extrañaría,

porque han sido muchos siglos sirviendo al rey.

Le voy a encargar uno de buen tamaño,

en piedra, para que luzca.

-Tenga cuidado, no le dé la Fabiana con él en la cabeza,

hágalo blando.

-¡Plebeyo!

-¡Marquesito!

-¡Pastorcito de Belén!

-Gallinácea.

(IMITA UN BALIDO)

-(IMITA UN CARAQUEO)

-¡Si es que le...!

¿Desea tomar algo?

No, gracias, acabo de tomar un café antes de subir.

Como desee, tome asiento.

Gracias por haber atendido tan rápido mi llamada.

Sabe que estoy siempre a su servicio, es un honor.

Tampoco me extraña, tal como le pago.

Primero quería felicitarle por la limpieza y la eficacia

con la que se hizo el encargo con Andrade.

Gracias.

No es fácil encontrar a hombres que sepan medirse en una situación así.

Hacer el daño justo, sin pasarse y sin quedarse cortos...

Seguro que encontró excesiva la paliza que recibió,

pero así es la vida.

Le reconozco que fue un encargo con el que disfruté,

estaba harto de su socarronería y palabrería.

Me gustó darle esa lección.

Ahora medirá más sus palabras.

Pero vamos a lo nuestro. Se trata de Marcia.

¿Quiere que le ocurra lo mismo que a Andrade?

¿Una paliza? No, por Dios.

No entiendo entonces.

Lo que quiero es que la defienda,

que la saque de la cárcel cuanto antes.

Nadie se adapta a la situación de Marcia.

No se engañe, Felipe, el ser humano se adapta a todo.

Le recuerdo que yo pasé diez años en la cárcel.

Lo sé, amigo. Y me siento culpable por ello.

Todo aquello está olvidado y superado, gracias a Dios,

pero le aseguro que uno termina por adaptarse

y considera aquellos barrotes y esas paredes como su propia casa.

Hasta tiene miedo de salir de allí, que lo liberen.

Le creo, pero la primera noche no es así.

Lo he visto muchas veces. Sí.

La primera noche es una pesadilla

y Marcia no habrá hecho otra cosa que llorar

y lamentarse por su destino.

¿Qué opina de lo del pañuelo?

Es una prueba contundente, no se lo puedo negar.

Bien utilizada por el fiscal,

sería suficiente para condenar a Marcia.

¿Cree entonces que es culpable? No, en absoluto.

Pero hay que descubrir cómo llegó ese pañuelo hasta allí.

Quien lo depositó sabía que haría volver los ojos del comisario

sobre Marcia y que ella acabaría presa.

¿Y cómo pretende demostrarlo?

Todavía no lo sé.

Pero ayer noté algo en el comisario,

él tampoco está seguro de la culpabilidad de Marcia.

Pero la ha detenido. Sí, cumple con su obligación,

pero tiene tantas dudas como yo. Lo sé.

En fin, espero que todo se arregle.

Le dejo, tengo que ir al Ateneo, que pase un buen día.

Lo mismo le digo. Con Dios.

-Don Felipe.

Vengo de la comisaría.

¿Hay novedades?

¿No quiere que Marcia se pudra en la cárcel?

Sería fácil conseguirlo.

La oferta es tentadora, no se le voy a negar.

No entiendo. Quiero lo contrario,

que use todos sus conocimientos para ponerla en la calle.

Cueste lo que cueste, que asumo será caro.

En este caso no es cuestión de dinero, es que no sé cómo hacerlo.

Encuentre una solución.

Todo es cuestión de dinero.

Cuando la encuentre, se la pagaré.

La encontraré y me la pagará, sé que es usted generosa.

¿No le está saliendo muy cara su relación con don Felipe?

Una mujer como usted podría tener al hombre que desee

sin tantos esfuerzos ni tantos gastos.

No quiero oír hablar de otros hombres.

Es una pena escucharlo de su boca.

He amado a dos hombres en mi vida, a Samuel y a Felipe.

Al primero me lo mataron, y al segundo no le dejaré escapar.

Le repito que es una pena que esté tan centrada en él.

Es usted una mujer muy atractiva

para cualquier hombre. ¿También para usted?

Reconozco que me encantaría ser el tercer hombre

de esa prestigiosa lista.

Tomo nota, pero no es una oferta que ahora me interese.

Me conformo con que satisfaga mis deseos

y saque a Marcia de la cárcel.

Ese es mi objetivo,

satisfacer sus deseos. Que tenga un buen día.

No he podido contenerme y he discutido con Méndez.

Le he exigido que suelte a Marcia.

Quedamos en que haría lo que le indicara.

Lo siento, no quiero empeorar la situación de Marcia.

Pues limítese a cumplir mis instrucciones.

Luego hablaré con el Méndez, espero que se haga cargo

y no la tome con Marcia. Eso espero.

Me hierve la sangre ver a Marcia entre delincuentes.

De momento no se puede hacer nada,

tan solo usar la cabeza para pensar

y no hacer nada que pueda perjudicarla.

Sí.

Eso es lo que voy a hacer.

¿Ese no es...?

No, no, no sé, no le he visto la cara.

Me habré confundido, no es nada importante.

-Don Felipe.

Buenos días.

He ido a ver a Marcia para llevarle ropa.

¿Lo ha conseguido?

No, señor, no me han consentido entrar.

Me han dicho que cuando puedan se la darán.

Hablaré con el comisario.

No puede retener a Marcia, si sigue así, se hundirá.

-Haga lo que pueda.

Hoy mismo. Con su permiso.

Venga, madre.

Le he traído unos suizos de esos que le gustan.

Me vais a cebar.

-A usted no hay quién le entienda.

Ayer exigía su tarta de manzana y hoy no quiere los suizos, ¿eh?

-Alguno me comeré, déjalos ahí.

Buenos días, esposo. -Buenos días, amada esposa.

¿Todavía no has desayunado? -Su señora, que ya sabe cómo es,

que lo mismo se come una tarta, que no quiere ni catar un dulce.

¿Le sirvo otro cafetito?

-Sí, por favor. Con una gota de leche.

La leche está aquí. -Ahora mismo.

¿Van a querer el periódico? -¿Sale algo de lo de Marcia?

-No lo he mirado,

pero ya lo buscaremos, ahora tienes que desayunar.

Pobre Marcia,

con lo buena que es y en la cárcel,

y Margarita, que es mala, en la calle.

¿Es que vais a volver con lo mismo? -Tu hija tiene razón.

Margarita y su esposo no se merecen andar libres.

Tata, ¿qué habría que hacer con Margarita y su esposo?

¿Con esos dos?

Encerrarlos y tirar la llave al río,

para no abrirles esa puerta en 20 años.

-En esta casa no puede una ni desayunar tranquila.

Lo que nos han hecho sufrir esos dos...

-Y lo que le pueden hacer sufrir a otros si siguen sueltos.

¿Creéis que le pueden hacer a otra mujer

lo mismo que me han hecho a mí?

-Y tanto.

Como tengan diferencias con alguien,

van a por él hasta hundirle la vida.

-Si están en la calle, pueden volver a intentar algo contra ti.

O contra nosotros, que propiciamos que la detuvieran.

-Tenéis razón.

-¿Y qué hacemos?

-Presentar cargos contra ellos, claro.

Me habéis convencido.

No se pueden hacer planes en la vida, Carmen.

-Y que lo digas.

-Marcia esperaba estar en un barco, con la brisa marina en la cara

y el puerto de La Habana a su espera, en lontananza,

y está en un calabozo.

-Y sin haber hecho nada para merecerlo.

-Pobre mujer.

A perro flaco to son pulgas.

-Parecía que se iba a convertir en señora

cuando la boda con Felipe, y ahora, mira.

-Pues lo que se dice siempre,

que la vida es como una noria, tan pronto estás arriba, como abajo.

Tan pronto estás patas p'arriba, como patas p'abajo.

-No le demos vueltas, hay que confiar en la justicia.

-Como su santo esposo,

que siendo estuvo diez años en la cárcel.

(RESOPLA) -¿Sabes qué?

Que dejemos el pasado atrás.

Y tú no tendrías que trabajar tanto.

-Buenos días. -Buenos días.

-¿Qué se le ofrece, don Liberto?

-Esto, todo esto.

Como Casilda está de vacaciones, me ha tocado hacer la compra.

-No se preocupe, que no dejará usted de ser hombre por hacer la compra.

-Desde luego que no.

En mi época de estudiante ya cocinaba yo de vez en cuando,

no se me daba mal. -¿Ah, sí?

¿Y cuál era su plato estrella? -El bocadillo de chorizo.

-Pues igual nos tiene que dar usted la receta.

-No adivino qué quiere hacer doña Rosina con estos ingredientes.

-Un cocido, ha dicho.

Al parecer es sencillo de hacer,

todo a la olla, se pone al fuego, y en un rato está listo.

-Es fácil, pero no sé si tanto.

-Yo le pongo los ingredientes

y le doy un par de consejos para doña Rosina.

-Me parece muy bien, Lolita.

Hemos terminado con todo lo que dejó preparado Casilda,

y me veo comiendo y cenando a diario donde Felicia.

-Tampoco es tan mala idea.

Seguro que se lo dice a Felicia, y se lo sube a casa.

-Eso, está muy bien Lolita, que entre vosotras,

entre las mujeres, quiero decir,

se den consejos las unas a las otras.

-Pero...

¿acaso entre los hombres no se los dan?

-No. Nosotros tenemos que andar con mucho cuidado

para no ofender al otro.

-Bueno, las mujeres sí es verdad que somos más amistosas.

-Y afectuosas.

-Quiero decir, que los hombres, como mucho, nos damos la mano.

¿No? Pero las mujeres...

Vosotras sois... No sé, os dais...

abrazos,...

caricias... Mucho cariño, ¿no?

-Abrazos

y caricias...

Bueno, depende.

-Yo no me doy arrumacos con nadie que no sea mi santo esposo.

-Ni yo.

-Claro, no es muy normal, ¿no?

O sea, que sí, que sois afectuosas,

pero que tampoco tanto, ¿no? Como... Que...

-Carmen, dame un kilo de garbanzos. -Sí.

(Puerta)

Felipe. Buenos días.

No te esperaba a estas horas.

¿Ocurre algo?

He visto a Javier Velasco salir del edificio.

¿Ha venido a visitarte a ti?

¿Estás celoso?

Sabes perfectamente que no lo estoy.

Será mejor que pases al salón.

¿Quieres un café? No.

¿Qué hacía el abogado de Andrade aquí?

Parece como si no confiaras en mí.

Es el abogado de Andrade y de todo el que le contrate,

no tiene un único cliente.

Ha venido porque le he pedido la defensa de una persona.

¿De quién?

De Marcia.

¿De Marcia? ¿Me lo puedes explicar?

Velasco es muy bueno y quiero que Marcia tenga una buena defensa.

¿Y yo no lo soy? Sí, el único mejor que él.

Pero no me parece oportuno que tú defiendas a esa chica.

¿Por qué?

La cercanía emocional del abogado no es buena para el acusado.

Y Santiago acabaría volviéndose en tu contra.

No es cierto, ha asegurado que acataría mis instrucciones.

¿Por cuánto tiempo?

Felipe, te diré la verdad, nuestra boda está cercana.

Te quiero para mí, soy egoísta.

Pero hay una causa más. ¿Cuál?

Velasco no tiene escrúpulos,

está especializado en sacar de la cárcel a asesinos.

¡Marcia no es una asesina! ¿Ves?

Tu relación personal con Marcia te hace ser irracional,

no analizar la situación.

Créeme, quiero lo mejor para ella y para nosotros.

Te lo repito:

Marcia no es una asesina.

Pero hay que defenderla como tal.

¿Recuerdas cuando hubo que sacarle la bala?

¿Qué hicimos?

Recurrir al médico con más experiencia,

uno en Barcelona.

Pues ahora es lo mismo.

El abogado con más experiencia en casos de asesinato es Velasco.

Deberías habérmelo consultado.

Y tú deberías haberme consultado

antes de comprometerte a defenderla.

Era mi obligación.

Tu única obligación es cuidar de mí y de nuestro hijo.

Anda, ven. No.

Tengo prisa.

Genoveva,...

he escuchado tus razones y las comprendo,

pero yo me haré cargo de la defensa, soy el abogado indicado.

Y la sacaré de la cárcel aunque sea lo último que haga.

Te veo luego.

Pues muy bien. ¿Esa también es de moda?

-Sí, pero no le gusta mucho a doña Bellita.

-Ah. -Ella prefiere aquella otra.

-Pues nada, deme la que usted dice, Marcelina.

Por lo menos, una tarde entretenida pasará mi señora.

-¿Y cómo está ella? ¿Cuándo podrá salir de casa?

-Yo espero que dentro de poco.

Exceptuando que cuando estornuda

parece que ha llegado un tornado, por lo demás, va mejor.

-Dígale que estamos deseando verla,

que se la echa de menos verla pasear con don Jose,

tan pintureros los dos.

-Se lo diré, no se preocupe.

¿Se sabe algo de Marcia?

-Na nuevo.

Que Fabiana ha ido a verla pa llevarle algunas cosas...

y no la dejaron entrar.

-Ay, mal pinta el asunto, ¿no?

Jesús.

En fin apúnteme las revistas en la cuenta, ¿eh?

-Claro. -Gracias. Con Dios.

-Con Dios. -Abur.

-Y con tu espíritu.

Marcelina, mírame a ver si tienes una revista

que hablan de escudos de armas.

-Yo no tengo na de eso.

-Ah. ¿Y dónde se compra?

-En un sitio especializao.

En el centro los hay.

Uy...

¿No te habrá entrao la tontería del escudo de armas como a Servando?

-Pues... Si él puede, ¿por qué yo no?

-¡Porque no eres noble, Jacinto, ni él, ni tú!

Empiezo a pensar que lo que tenéis en la cabeza es serrín.

-A ver, mujer...

Mira, si los Gallo tienen tres gallos de pelea

en su escudo de armas,

seguro que los Retuerto Escolano

tenemos un rebaño de ovejas

para demostrar nuestra recia estirpe de pastores.

-¿Y pa qué te sirve todo eso? -Pa honrar a los míos.

-No están aquí pa verlo. -Y pa colgar el escudo en el portal.

-¿Te crees que los señores te van a dejar?

¿Qué...?

Me lo van a agradecer, Marcelina,

mira lo que te digo, me lo van a agradecer.

Me lo van a agradecer.

-Madre mía.

(Puerta)

Qué bien, Felicia, gracias por venir tan pronto.

-Si me llama y me dice que venga urgente, no iba a tardar.

¿Se puede saber qué pasa? -Liberto está a punto de salir.

-¿Y qué? -Cariño.

-Luego se lo cuento. Disimule.

Yo me marcho ya.

Hola, doña Felicia, no sabía que estaba aquí.

-Buenas, Liberto. He venido a charlar con su esposa.

-Podías consultarle a Felicia qué te ha salido mal en el cocido.

El cocido es muy fácil de hacer.

-¿Fácil? Los garbanzos parecían balas del ejército español, piedras.

-Serían de mala calidad. Los tuve cociendo media hora.

-¿Media hora solo? Y encima no los pondría en remojo.

-¿Hay que ponerlos en remojo?

Dígale, dígale, que yo me marcho.

Con Dios, doña Felicia. -Con Dios.

Usted dirá. ¿Me ha traído aquí para que le enseñe a hacer un cocido?

-Déjese de cocidos.

Prefiero encargar la comida en el restaurante

y que me la suban cada día hasta que vuelva Casilda.

Quiero que me ayude a buscar la llave.

-¿Qué llave? -La del estudio de Maite,

para ver los cuadros.

Tenemos que darnos prisa, volverá pronto Liberto.

Usted busque en el salón, yo miraré en el despacho.

-El sombrero. -Ah, sí.

-¿En dónde?

A lo mejor me equivoco,

pero si yo me enfrentara a una condena

como la que le puede caer a Marcia,

preferiría un abogado con más distancia con el tema.

-Felipe es un gran abogado,

no se va a ver contaminado por su relación personal

con ella.

-Felipe estuvo a punto de casarse con Marcia,

de hecho, la boda se suspendió en la puerta de la iglesia, no sé.

Me parece mucha cercanía como para no verse contaminado.

-¿Estás insinuando que no va a poder defenderla con seriedad?

-No voluntariamente, pero...

sí creo que está demasiado implicado emocionalmente.

-Está usted muy callado, don Jose.

¿Qué opina?

-Estoy callado porque les estoy escuchando,... y me convencen ambos.

Pero tiendo a ponerme en la posición de Antoñito.

Don Felipe estará tan convencido de la inocencia de Marcia,

que quizá no busque la forma de librarla.

-¿Me está diciendo que es mejor que Felipe la considerara culpable?

-Por lo menos que tenga dudas, así podrá ponerse en la postura

del fiscal y del defensor.

-Eso es muy interesante.

-Desde luego.

Pero mucho me temo que Felipe ya ha tomado una decisión

y no la va a cambiar.

Veremos en qué queda todo esto.

-Estos temas legales... siempre son complicados.

Nosotros, pronto nos veremos envuelto en uno.

Sí.

Bellita ha decidido, por fin,

que presentemos cargos contra Margarita y su esposo.

-Una gran idea.

Esa mujer no se merece caminar libre.

-Así opino yo.

¿Quién nos dice que no intente de nuevo hacernos daño?

-Por supuesto.

-En fin...

Es un placer hablar con ustedes,

pero he de pasarme por la mantequería para ayudar a Lolita.

-Preséntele mis respetos, que hace días que no la veo.

-De su parte.

Con Dios. -Con Dios, Antoñito.

-Padre. -Adiós, hijo.

-Don Ramón, me gustaría comentarle un asunto.

-Es un placer para mí.

(Se cierra una puerta)

-Mire. -¿Qué es?

-Lea, lea.

-Es una carta de Edgar Golden, el productor americano

que le quería contratar como actor, ¿no?

-Así es.

-Pues no veo por qué está preocupado.

Aquí dice que terminará su viaje por Italia

y después... vendrá unos días a España

y que le gustaría reunirse con usted para hacerle una suculenta oferta.

¿Cuál es el problema?

-Que no sé qué hacer.

Mi mujer no pasa por su mejor momento

y yo me desentendí mucho de ella cuando la envenenó esa arpía.

-Esa arpía está detrás de unos barrotes.

No pierde nada por reunirse con este hombre y escuchar la oferta.

-Pero sentiría que estoy traicionando a mi mujer,

como la otra vez, cuando no estuve pendiente de ella al máximo.

-Usted no es culpable de nada.

Hable con ese hombre,

consúltelo después con Bellita y tome una decisión.

Para decir que no, uno siempre está a tiempo.

Pero para decir que sí, no.

Los trenes pasan una vez en la vida y no vuelven atrás.

-Gracias por sus sabios consejos, don Ramón, como siempre.

-No hay de qué.

En el despacho no está.

-Yo he mirado en todos los cajones y nada.

-¿Dónde habrá metido la dichosa llave este hombre?

-Igual la lleva encima. -No, es muy grande.

No puede cargar con ella, se le romperían los bolsillos.

-Pues la ha escondido.

-¡Claro!

-¿Claro qué?

-Una vez me contó que de niño guardaba sus tesoros en un jarrón

en casa de sus padres.

-Usted lo ha dicho, cuando era un niño.

-Los hombres nunca dejan de serlo.

-Ay, pero ¿qué hace?

Quite, que soy más alta que usted.

En qué líos me mete.

¿Y ahora qué?

-Al suelo, todo al suelo.

-Anda, una pipa, no sabía que fumaba.

Una estilográfica...

¡La llave, la llave!

-¿Qué hace dentro de un jarrón? -Ay, tiene mi retrato.

Guardemos todo lo demás y el jarrón a su sitio.

-Ay, la falda. -Cuidado.

Cuidado con el jarrón.

(GRITAN)

(Puerta)

-Olvidé el sombrero. Felicia, ¿qué hace en el suelo?

-Que, que, que se ha caído.

-¿Está bien? -(SE QUEJA)

-Llamaré a un médico. -No, de verdad. Qué caída más tonta.

-Es usted un poco patosa.

-Patosa de marca mayor, desde los 15 años.

Pero no pasa nada.

Ahora voy al restaurante y me tomo una manzanilla.

-Se la podemos preparar aquí.

-De verdad, no hace falta.

-Deje al menos que la acompañe. -No, de verdad, estoy bien.

Con Dios.

-Ay, Felicia, el sombrero.

-Gracias. Qué cabeza. Con Dios.

Buenas tardes. -Buenas tardes.

Don Emilio, espere, con usted quería hablar.

-Pues dime.

-¿Los Pasamar tienen escudo de su apellido?

-Ni idea, nunca me he preocupado por saberlo,

pero supongo que sí. -¿Tienen antepasados nobles?

-En España, quien más quien menos tiene un hidalgo por ahí.

Al menos en Cantabria, que es de donde procede el apellido Pasamar.

-¿Y usted cree que yo también tengo un antepasado hidalgo?

-No lo sé. ¿Por qué te interesa?

Los antepasados tienen importancia si han dejado rentas y tierras.

-Ya, pero el apellido, ¿sabe?, el un escudo de armas...

-¿Para qué quieres un escudo de armas?

Eso es un armatoste. ¿Dónde lo ibas a poner?

-Mire, mire, aquí. Venga, venga.

Aquí, ¿ve?

En el portal, pa darle prestancia a la finca.

-No sé si a los vecinos les iba a hacer mucha gracia.

Piensa que todos tienen su propio escudo:

los Hidalgo, los Álvarez Hermoso...

-Pero ninguno tan elegante como los Retuerto Escolano,

perdone que le diga.

-Pues no sé, no sé, búscalo y lo propones.

-(CHISTA)

¿Ve a ese hombre? No mire, no mire.

¿Lo ha visto? Que no mire. -Sí, lo he visto.

No deja de preguntar por las costumbres de doña Bellita.

-¿Un admirador? -Eso dice él, pero no me fío.

-¿Y quién cree que puede ser? -Eso me gustaría saber a mí.

¿Un periodista que quiere contar alguna historia de ella?

-Pues ahora mismo lo vamos a saber. ¿Sabes cómo se llama?

-Creo que me dijo Julio. ¿Quiere que le acompañe?

-No, ya me apaño yo.

Tome.

¡Eh! ¡Oiga!

-¿Es a mí? -Sí, a usted.

Me comentan que anda haciendo preguntas

sobre doña Bella del Campo. ¿Puede saberse qué busca?

No entiendo por qué no ha permitido que Marcia reciba visitas.

Es el mismo trato que recibe cualquier sospechoso de asesinato.

Comisario, le respeto,

incluso le considero mi amigo, pero se está equivocando.

Le digo lo mismo, le respeto y le considero un amigo,

pero su defendida va a tener el mismo trato que cualquier otro.

¡Sabe que esa acusación es absurda!

¿Cree que estaría encerrada solo por simples indicios?

¿El qué, el pañuelo?

Comisario,...

se está usted ensañando con ella,

Marcia es una víctima, no un verdugo.

No consiento que me diga que me ensaño con ella,

solo cumplo mi trabajo con justicia.

Santiago ya insinuó que yo obraba por racismo.

Está muy nervioso. ¡Pues que se calme,

no pienso aguantar insultos de ese tipo!

¡Y se lo advierto a usted también!

Está bien, trataré de calmarme.

Sabe que el pañuelo no es una prueba,

pudo dejarlo allí cualquiera.

También pudo dejarlo ella.

Y no es lo único que me hace sospechar.

¿Qué más hay? Su coartada.

Ha intentado demostrarla sin éxito,

en ninguna tienda la recuerdan. En una tienda

entran cientos de personas al día. ¿Personas de color?

Con suerte, ha entrado una en todo el mes.

La recordarían.

No habrán dado con la tienda. Sigue sin ser un indicio claro.

¿No tiene nada más?

Claro que lo tengo. ¿El qué?

Algo que me ha llegado esta mañana.

Se lo muestro para que sea consciente de mi confianza en usted.

Otro abogado se lo encontraría en el juicio.

Véalo usted mismo.

Es una copia,

el original está a buen recaudo.

Marcia es la única sospechosa.

No he dicho eso. ¿Entonces?

¿Tiene más nombres? Sí.

Y le van a gustar tan poco como el de Marcia.

Solamente quería un retrato firmado de la gran Bella del Campo.

Soy admirador suyo.

-¿No es muy joven para conocer a Bellita?

Me quiero hacer un hueco en España y después ir a América.

Cinta, no sabía que quisieras irte a América.

No quiero que transcienda tu embarazo antes de la boda.

Por eso debemos acelerar los preparativos.

He elaborado una primera lista de invitados

para comunicarlo cuanto antes.

Míster Golden me ha vuelto a ofrecer que me vaya a Hollywood.

-Bien calladito que lo tenías.

¿Le has visto ya? ¿Le ha dicho que sí?

Cierra los ojos y olvida dónde estás.

Te sacaré de aquí.

Te lo prometo.

Si Liberto nos viera asustadas,

sospecharía y podría averiguar lo nuestro.

De nosotras depende lo que él crea.

-Llevo huyendo de él todo el día, como si fuera el diablo.

La única forma que tenemos de salvar a Marcia,

es desenmascarando al culpable. Ojalá se pudra.

Cálmese, por favor, ¿de acuerdo? Cálmese,

no vamos a salvar a Marcia con gritos y golpes.

Ni con esa carta de por medio.

¿Qué haces aquí? Vengo a hablar con don Felipe.

Quizá... tenga cosas que contarle sobre usted.

No te atrevas.

Ahora que tiene las llaves del estudio, ¿cuál es su plan?

-Esperar a que Maite salga para poder entrar en el estudio.

Residencia de los señores Domínguez, buenas noches, dígame.

-"Aunque fue Marcia la que se citó con Úrsula,"

fue usted con quien el pañuelo de su esposa

acudió al lugar de los hechos para dar muerte a Úrsula

sin percatarse de perder el pañuelo.

Lo que no me cuadra es el móvil del crimen.

¿Qué cuitas tenía con Úrsula?

¿O se trataba de un encargo que cumplió por dinero?

Dinero que necesitaba para el viaje.

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Acacias 38 - Capítulo 1177

13 ene 2020

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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