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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1152 - ver ahora
Transcripción completa

Le ofrezco un trato.

La cabeza de Felipe Álvarez Hermoso.

¿Cuál es el precio?

Santiago Becerra.

¿Por qué quiere información de ese infeliz?

Eso es asunto mío.

Cumpla con su parte del acuerdo.

No podemos amarnos, Camino.

Dos mujeres no pueden amarse. -Eso no fue lo que me dijo.

Eso no fue lo que usted me enseñó.

Usted me hizo ver que el amor es bello siempre.

En cualquiera de sus formas.

-Pero sufriríamos muchísimo.

-"Su marido es un encanto".

Es la alegría del grupo.

Es un tesoro. -No, usted.

No, Camino, no puede ser.

Márchate, por favor.

Estaba leyendo el caso de Andrade.

No quiero que se me escape ningún cabo suelto.

Velasco, el abogado de ese mafioso, es un hueso duro.

Sí, sí que lo es.

¿Le conoces?

No, me suena el nombre.

No había pensado qué pasaría si Cinta triunfa.

-¿Por qué?

-Porque se pasaría el día viajando.

-Dicen que así es la vida del artista.

-Tengo que hacer algo definitivo.

Y tengo que hacerlo ya.

No podía más con las clases.

-Lo sé, si lo he hecho por eso.

Para ahorrarle el sufrimiento

de bailar tan mal, que hay que ver qué mal baila.

(RÍE)

Allí coincidí con el embajador de Brasil y su señora.

Estaban buscando una doncella para la mujer del embajador.

Aproveché la buena relación que tenemos para proponerle a Marcia.

Me gustaría que usted se acercara a Marcia

y le contara esto como si fuera idea suya.

Vengo del estudio de doña Maite.

La portera me ha dicho que la vio salir con una maleta.

Le comentó que se iba de viaje.

¿De verdad que está bien? Tiene mala cara, mujer.

Deña Bellita, por Dios.

¡Ay, Dios mío, ay, ay!

¡Doña Bellita, por Dios!

¿Cuáles son esas novedades, Velasco?

Al parecer, el señor Andrade recibió una misteriosa visita.

¿De quién? Una mujer mayor.

El guardia que me rinde cuentas afirma que más que decirle,

estuvo sonsacándole información

sobre un antiguo empleado de Andrade,

un tal... Santiago.

Santiago Becerra, sí.

¡Maldita seas, Úrsula Dicenta!

Así que esa mujer está interesada en Santiago Becerra.

Es el nombre que me han dado mis contactos.

El guardia estaba muy atento a la conversación.

¿Le dice algo ese nombre?

Sí, claro que sí.

Tanto que soy capaz de saber quién es esa mujer sin haberla visto.

Se presentara con el nombre que se presentara.

¿De quién se trata? Prefiero que lo averigüe usted.

Y que confirme mis sospechas.

Es una mujer muy inquietante.

Su vida ha sido un carrusel.

Lo mismo ha sido la esposa de un famoso joyero,

viuda o rica heredera que institutriz o criada.

Una vida interesante, nada vacía.

Una vida encaminada a las acechanzas

y a provocar daño, si me permite verlo de otra manera.

Una enemiga peligrosa, entonces.

Es una mujer muy astuta, eso hay que reconocérselo.

Sería peligrosa si usted no estuviera a mi servicio.

Pero confío en poder desactivarla con su ayuda.

Yo estoy al servicio de quien mejor me paga.

En este caso, esa persona es usted.

Me gusta que sea tan sincero.

Verá, en los tiempos que corren,

incluso se habla de una inminente guerra en Europa,

no hay nada más honesto que el dinero.

Y aunque algunos vayan de hidalgos y lo rechacen,

no es mi caso.

Hicimos mucho por su difunto esposo en mi despacho.

Y él siempre pagó con generosidad.

Lo sé, Alfredo confiaba mucho en usted.

Siempre decía que era especialista en hacer lo imposible fácil.

Qué gran hombre su esposo. Su muerte fue una gran pérdida.

Pero volvamos a lo nuestro.

¿Está dispuesta a pagar lo que le pido?

Le aseguro que soy la primera que sé

que los servicios hay que pagarlos generosamente.

Mi esposo me lo enseñó, insistía mucho en ello.

No tema por eso.

Pues celebro oírlo.

Ya sabe que si se representa a la justicia como ciega,

es para que no vea los tejemanejes de nosotros, sus servidores.

¿Por dónde empezamos?

Quiero que confirme que mis sospechas

sobre la identidad de la visitante de Andrade son ciertas.

Averigüe su nombre.

No creo que sea difícil.

Espero que el propio Andrade me lo facilite.

Soy su abogado, no debería tener secretos para mí.

No me fiaría yo mucho.

También quiero que averigüe

qué le ofreció a Andrade a cambio de información.

¿Cree que trató de llegar a un acuerdo con él?

Estoy convencida. Es su manera de hacer las cosas.

Yo te doy si tú me das.

Probablemente, le ofreció algo de valor

a cambio de esa información.

Quiero saber qué es, no sea que me afecte.

Me enteraré. ¿Algo más?

De momento, eso es todo, señor Velasco.

Me pongo en marcha sin más dilación.

A sus pies. Con Dios.

Buenas noches. -Buenas.

¿Dónde has estado toda la tarde, que no te he visto?

-No he hecho nada especial.

He estado en el Ateneo, he charlado con don Ramón,

don Felipe, Antoñito, he dado un paseo hasta el parque.

Poca cosa. ¿Y tú?

-Aburrirme sin mi marido cerca. -Oye.

¿Tú sabes si le pasa algo a Bellita?

-¿A Bellita? No, ¿por qué?

-Se encontraba mal y estaban atendiéndola.

-¿No me digas? Espero que no sea nada.

A su edad, cualquier susto hay que cuidarlo.

-Claro, es que ella es mucho mayor que tú.

¿Verdad? -Pues verdad.

Sabes que sí. Si quieres, después de cenar

te demuestro que soy una jovenzuela.

-No, eres mucho mejor que una jovenzuela en esos asuntos.

(Puerta)

¿Está Casilda? -No.

Ha ido al altillo. ¿Para qué le pagamos si nunca está?

-Yo voy.

¡Camino!

-Buenas noches, don Liberto. ¿Le importa que pase?

"José Domínguez, el mejor Don Álvaro hasta el momento.

Acaba de llegar al mundo de las tablas

y ya es uno de los grandes.

Es espectacular el futuro que le espera a José Domínguez".

¡Bendita sea!

(RÍE)

-¿Ya está otra vez leyendo los periódicos?

-Es que nunca han hablado de uno así.

Ni cuando era torero.

Bueno, cuando era torero, mucho menos.

Mira, mira.

"José Domínguez te habla de una flor

y lo hace con tanta pasión que hasta la hueles".

(RÍE)

Eso ya lo sabía yo sin necesidad de leer los diarios.

El pilpil está mejor cuando usted lo cuenta que cuando lo cocino.

-No, no, mentira.

Cuando tú haces pilpil, se para el mundo.

(RÍEN)

-Le he dicho dos millones de veces que no sea tan exagerado.

-Eso, la última semana. Han sido cuatro millones de veces.

(RÍEN)

¡Ay, Arantxa!

Eres la única que me hace caso.

Toda la vida soñando con devolverle las cosas buenas que me ha dado

y ahora ella no sé ni dónde está.

-¿Dónde va a estar? Con la Margarita esa.

No nos vamos a librar de ella nunca.

-¿Qué le ha entrado con esa mujer?

Con lo que trató de perjudicarnos.

-Pero ya sabe que a doña Bellita nadie le gana a buena.

Ella está intentando devolverle a Margarita

algo de lo que ella dice que le quitó.

-Que no se arrepienta es lo único que podemos pedir.

-Amén.

(Puerta)

¡Jesús!

(Puerta)

-¡Qué urgencia!

Ve a ver quién es. -Voy, voy.

¡Jesús!

¿Qué pa...? ¡Ay!

¿Qué ha pasado?

Pasen, pasen. ¡Ay, Virgen de Begoña!

-Ya está.

-¡Amor mío! -La tengo.

-Ayuden a acomodarla en el sofá. -Cuidado con la alfombra.

-Aquí, señora.

¡Ay, ama!

-Ahí, ahí.

-¡Ay!

-Lucero mío, amor mío de mis entrañas, ¿qué ha pasado?

-Ay, José. Tranquilo.

Ya estoy bien.

-Se ha desmayado en plena calle.

-No se preocupe, ya la ha visto un médico del 34, un vecino.

Dice que ha sido una bajada de tensión.

-Menos mal que estaba Jacinto.

-Sí, la he cargado en brazos.

-Muchas gracias. -Para eso estamos.

-El galeno nos ha dicho

que le pongamos unos trapos de agua fría.

-Si le pone romero en los trapos, se recuperará antes.

-¿Cree que es un cochinillo que va al horno?

-Yo creo que lo mejor es mojarlos en manzanilla.

-Ni romero ni manzanilla, agua fresca.

Y un platito de jamón, eso es lo que le da vida.

Más que las fórmulas magistrales de las boticas.

Ah, y un abanico.

Y bueno...

Y ahora, todos para fuera, por favor.

Ya me ocupo de cuidarla. Muchas gracias por traerla.

-De nada, don José.

-Ya han escuchado a don José. Muchas gracias, Lolita.

Gracias, Jacinto, por haberla subido.

Buenas noches, doña Margarita. -Buenas noches.

-Ay, mi José. -¿Cómo estás, reina mora?

-Ay, qué susto más grande, que creí que no lo contaba.

Que creí que no volvía a verte, vida mía.

-Eso no lo digas ni haciendo un chiste.

Ahora trae Arantxa unas compresas húmedas para la frente.

-Lo que quiero es que no me sueltes la mano.

Que no me dejes ir para el otro barrio.

-Niña, no digas más chaladuras.

-Ay, chiquillo.

No te preocupes, querida, tú no molestas.

Tú dirás, ¿en qué te podemos ayudar?

-Es solo que estaba preocupada por doña Maite.

Ha marchado sin avisarme de que suspendíamos las clases

y quería saber si es algo importante.

-Lo cierto es que no nos ha dado muchas explicaciones.

Ha tenido que irse a Pamplona

para cuidar de su madre, que ha caído enferma.

-¿Está grave?

-No lo sé, pero no creo.

Tengo que pedirte disculpas.

Me pidió que te avisara y se me ha olvidado.

Pensaba pasar mañana por el restaurante a hacerlo.

-¿Les ha dicho si tardaría mucho en volver?

-Supongo que lo que tarde en recuperarse su madre.

-¿Te inquieta algo más?

-No, no, solo la ausencia de mi maestra.

Y ahora, la salud de su madre.

-¡Ay!

Tu madre tiene que estar muy contenta

de la educación que te ha dado.

Es de personas bien nacidas y bien criadas

preocuparse por el bienestar de las personas mayores.

-Gracias.

-No como Casilda, todo le da igual.

-¿Perdone, doña Rosina?

-No le hagas caso, cosas de mi esposa.

¿Podemos ayudarte en algo más?

-No, les agradezco su atención. Les dejo solos.

-Te acompaño a la puerta. -Claro.

Buenas noches. -Buenas noches.

Me han informado de que ha venido a verle una mujer. ¿Quiñen era?

-Nadie importante.

Una buena samaritana que quiere ayudar a los presos.

-Le advierto que soy su abogado.

No quiero ni secretos ni mentiras.

De lo contrario no podré defenderle en el juicio.

-Una buena samaritana, ya le digo.

Alguien tiene que traer un plato

de comida caliente de vez en cuando.

¿Qué me trae en la carpeta?

-De "El adelantado", sobre el juicio.

-Bien.

Una noticia pequeña, casi un breve.

Déjeme adivinar.

Salió en una página poco importante.

-Efectivamente.

Una noticia perdida en medio

de las noticias sobre la situación en Europa.

Dudo que alguien la haya leído.

-Espero que el juicio no se convierta en un espectáculo.

Cuanto menos aparezca en prensa, mejor.

Por una vez, el dinero que pago sirve para algo.

-El dinero que paga doña Genoveva.

Ella paga los periódicos, paga mi minuta.

Y está dispuesta a pagar al juez para que todo vaya bien.

-¿Es posible sobornar a un juez?

-Usted ya sabe que no, casi imposible.

99 de cada 100 son insobornables. -Pero queda uno.

Siempre queda uno.

-El que recibirá nuestras atenciones.

-Está bien que doña Genoveva cumpla con sus obligaciones.

Es la que más tiene que ganar.

-Lo sabe.

Permítame una pregunta. ¿Por qué está doña Genoveva

dispuesta a pagar tanto dinero para ayudarle?

-El amor, que es ciego, ya lo sabe.

Y hay personas a las que, además de la vista,

les priva de la razón.

-¿No me dirá que está enamorada de usted?

-¿Acaso no me ve digno de su amor?

Soy bastante guapo. Y hasta elegante

fuera de estas paredes.

-Hablo en serio, Andrade. -No.

No está enamorada de mí.

No soy el afortunado, desgraciadamente.

-¿Y quién es?

-Uno de sus colegas.

Don Felipe Álvarez Hermoso.

-El testigo al que tanto tememos.

-Ese mismo.

(MARCIA) Me ha dejado muy intrigada.

Y preocupada. -No.

No tienes de qué preocuparte, no es nada malo.

Se trata de una oferta de trabajo.

-Pero yo ya tengo trabajo, en la mantequería, con Lolita.

Y también ayudo a la señora Fabiana en la pensión.

-Lo sé, pero se trata de un trabajo mejor pagado y menos duro.

A través de mi amigo, el embajador de Brasil,

he podido saber que su esposa busca una doncella.

Quiere que sea de su país y de plena confianza.

El trabajo está muy bien pagado.

¿Una embajadora?

Yo no sé si tengo nivel para tanto.

-Eres honesta, trabajadora y conoces el idioma.

Lo demás se aprende.

-No sé.

No me imaginaba que conociera al embajador.

-Sí.

Tuve el placer de conocerlo hace años

en una antigua colonia portuguesa, en Maracaibo.

-Le seré sincera, don Liberto.

No puedo dejar a Lolita sola

ahora que le falta tan poco para tener al niño.

Sería desleal.

Ella ha hecho tanto por mí. -Entiendo.

No tienes que tomar una decisión a la ligera.

Piénsalo tranquilamente, consúltalo con tu esposo.

Con Lolita, incluso, antes de decir que sí o que no.

-Lo haré.

-Y si aceptas, me lo dices

y me encargo de arreglar la entrevista.

-Sí, señor.

Con su permiso, debo volver al trabajo.

-Te acompaño.

¿Estás al tanto de lo del juicio de Andrade?

-Lo poco que cuentan los diarios.

Solo espero que ese hombre pague por todo el mal que ha hecho.

-Eso es lo que deseamos todos.

Que tengas buen día, gracias por venir.

-Con licencia.

-Estabas con Marcia.

-Sí, era ella.

-¿Y qué quería?

-Eh...

Estuve en el Ateneo con el embajador de Brasil

y me comentó que su esposa andaba buscando una doncella.

Pensé en Marcia.

-¡Anda! ¿Y qué te ha dicho ella?

-Que lo tenía que pensar.

No quería dejar sola a Lolita

después de lo que ha hecho por ella.

-Pues eso la honra. ¿Qué ocurre contigo?

Anoche viene Camino, ahora, Marcia.

¿Te estás convirtiendo en consejero de las mocitas del barrio?

-¿Celosa? -¿Celosa yo?

Sé más de lo que te gusta de lo que ellas pueden imaginar.

No son rivales.

¿Sabes dónde está Casilda?

¡Esta chica está en todas partes menos donde tiene que estar!

¡Uf!

(Timbre)

(Música)

(RÍEN)

¡Ahí, ahí!

Qué bien se te da esta danza, prima.

-Pues a ti tampoco se te da nada mal, primo.

Parece que en lugar de llamarte Jacinto te llamaras Aitor.

-Yo tendría que haber sido vasco, que son los mejores pastores.

Los llaman de América para que lleven rebaños.

-Pues menos mal que no te has ido para allá.

Allí las ovejas tienen el porte de una vaca lechera.

Debe ser porque como todo es mucho más grande en esas tierras.

-Es verdad. -¡Uuu!

Estas escaleras antes no las sentía tanto.

Aquí tenías que estar, Casilda.

Que te has dejado esto. -¡Ay!

Madre mía, no sé ni dónde tengo la cabeza.

Ni qué hora es tampoco.

-Tendrías que estar faenando en casa de doña Rosina.

-Ay, pues sí, es hora de faenar.

Hay que ver, qué poco dura lo bueno.

Es que verás, te explico.

Estábamos aquí bailando el zortziko.

-¿Y eso que es?

-Es un baile vasco que nos está enseñando Arantxa.

¿Quieres verlo?

-¿Es vistoso? -De lo más.

-Ah, pues vamos a verlo. -Pon ahí.

(Música)

-Ahí y para allá. -Para acá.

-Ahí y para allá. -Y...

-¡Eh!

-¡Parad, parad, parad!

Para eso, Casilda. -Pero ¿qué pasa?

-¿Baile vasco?

¿La Arantxa os ha dicho que esto es un baile vasco?

-Sí, el "chorrillo" o algo así. ¿Es que no lo es?

-No, esto es el baile del pedrusco.

Es un baile de Cabrahígo

que bailamos en honor a la Virgen.

Y si hay algo en Cabrahígo que nos molesta

es que nos roben las tradiciones, ya sean ladrones vascos

o de la Conchinchina.

Ya hablaré con Arantxa.

Ea.

Me voy a las escaleras.

(RESOPLA)

Nos hubiera gustado ver a doña Bellita

y desearle una pronta recuperación.

-Menudo susto nos llevamos cuando Lolita nos lo contó.

-Me puse tan nervioso al ver a mi esposa en ese estado

que ni siquiera recuerdo si se lo agradecí a Lolita.

-No se inquiete, ella se hace cargo.

-Denle las gracias de mi parte.

Y siento que no puedan ver a Bellita.

Ha sido una noche difícil y está durmiendo.

-Ya saben que si necesitan cualquier cosa,

estamos a su disposición. -Lo sé.

Pocos vecinos hay tan dispuestos y son tan atentos.

Pero confío en que Bellita despertará

a las mil maravillas.

Y querrá irse a dar un paseo con su amiga Margarita.

-Si me permite el cometario, don José,

hay que ver, con el inicio tan difícil

que tuvieron las relaciones entre su esposa y la de Alfonso,

lo poco que han tardado en hacerse inseparables.

-Yo mismo no lo entiendo, poco puedo decirle.

-A veces la amistad es como el amor,

inexplicable, pero sincera.

-Qué razón tiene usted, don Ramón.

Pero bueno, cambiando de tema,

espero que vayan a verme al teatro.

-Lo antes posible, pero las entradas están agotadas

hasta dentro de varias semanas.

-¿Agotadas?

Pero no para ustedes.

Porque yo mismo les he reservado unas entradas.

Sí, señor, dos para ustedes.

Dos para Lolita y Antoñito.

Y dos para doña Rosina y don Liberto.

Ahí tienen. -¡Para esta noche!

Pero si se estrenó anteayer.

Estas entradas deben ser de lo más codiciadas.

-Son para ustedes.

Esta noche es una sesión de lujo para amigos y familiares.

-No podemos aceptarlas, don José. Con los compromisos que tendrá.

-No diga eso, estoy deseando que vea la obra.

Fue usted el que más me insistió en que tenía talento para actuar.

-Tiene un talento descomunal, si se me permite decirlo.

-Haga caso a mi esposo, que no es muy dado a los elogios.

Siempre que vamos descubre un defecto en cada actor.

-A ver si me voy a arrepentir de que vengan.

-No, hombre, no.

Pero es muy difícil que encuentre una actuación redonda.

Y siempre que le ha visto me ha dicho que es impecable.

-Lo digo yo y lo dice la prensa,

que yo no he inventado la pólvora.

-No sigan, que voy a acabar ruborizándome.

Pero les espero esta noche. -Allí estaremos.

Siempre que Bellita esté bien, claro.

-Mi esposa tiene la salud y la fuerza de un toro bravo.

No se preocupen por eso.

-Pues nos va a tener que disculpar,

pero si vamos al teatro, debo preparar mi vestido.

¿Vamos, Ramón?

(CARRASPEA)

-Muchas gracias.

-Gracias a ustedes siempre.

-Hasta la noche.

Aquí tiene, doña Felicia. -Gracias.

¿Traen algo sobre la actuación de don José?

-Nada nuevo, al menos, que yo haya visto.

Ayer sacaron todo lo que tenían que decir.

-Vaya éxito.

Quién nos iba a decir que íbamos a tener

a un prodigio de las tablas.

-¿Cómo será eso de tener a todo un teatro aplaudiéndote?

-Me parece que ni tú ni yo lo vamos a saber nunca.

-A mí también me parece que no.

Pero nunca se sabe, cosas más raras se han visto.

¿Sabe algo del desmayo de doña Bellita?

-Me lo contaron. Vaya susto, ¿no?

-Y menos mal que estaba Jacinto para ayudarlas.

Si no, a ver quién la sube. -¿La subió en brazos?

-Como a una oveja parturienta.

-Menos mal que estaba él. -Menos mal.

Voy a seguir con el reparto.

Con Dios. -Con Dios.

¿Quiere tomar algo, señorita?

-Buenos días, madre.

-Ah, hija, eres tú.

Te he visto con tan pocas ganas de trabajar

que me parecía una clienta que se parecía mucho a mi hija.

¿Te ocurre algo?

-Creo que estoy enfermando, no me encuentro muy bien.

-¿No tendrás fiebre?

¿No será del estómago?

-No, es malestar en general.

Como si fuera un enfriamiento, no será nada grave.

-Bueno, ya se te pasará.

¿Conseguiste acabar lo del concurso de pintura?

-No, Maite tuvo que irse a Pamplona

a cuidar de su madre enferma y eso ha quedado parado.

Qué se le va a hacer, ya habrá más concursos.

-¿No puedes hacerlo tú sola?

-No, sin Maite, no puedo.

-Vaya, lo siento.

Lo mejor es que vayas a casa a descansar

si no te encuentras bien.

-No, déjeme reposar 10 minutos y me pongo a atender mesas.

-Como quieras.

¿Has leído los periódicos?

-No, la verdad es que no he tenido tiempo.

¿Dice algo mas sobre don José?

-No, de eso ya salió bastante ayer.

Lo que me fastidia es que le presten

tan poca atención al juicio de Andrade.

Apenas he podido leer un breve.

-¿Y en otros periódicos? -Ni eso.

¿Y tú, otra vez comiendo cacahuetes?

-Correcto. ¿Quiere?

-No, además, es casi la hora de comer.

-No sé qué me pasa, no puedo dejar de comerlos.

Los he comprado en una tienda que los trae desde Brasil.

-¡Pero si siempre te han sentado mal los cacahuetes.

Como sigas a ese ritmo te va a dar un cólico.

-Ya lo sé, padre, pero no sé qué me pasa.

Lo alejo así medio metro

y me da un no sé qué que tengo que acercarlos y seguir comiendo.

-No me lo puedo creer.

-Se lo juro, estoy como embrujado.

Solo puedo pensar en cacahuetes, cacahuetes, cacahuetes.

Padre.

Venga, padre.

Démelos. Cacahuetes.

Cacahuetes.

-No sé si llamar a un médico o a un psiquiatra.

-Llame a los dos, por si acaso.

-A las buenas.

¡Los vascos nos han robado el baile del pedrusco!

-¿Cómo? -Pues eso.

El baile de Cabrahígo. Que ahora se llama zortziko.

Así lo llaman ellos y se lo han agenciado.

-Lolita, yo estoy muy preocupado por mi hijo.

No puede dejar de comer cacahuetes y siempre le han sentado mal.

-Hale, pues ya está. -Eh, eh.

-¿Lo ves?

-Cacahuetes.

-Ya sé lo que tiene.

Un antojo de Cabrahígo.

-¿Cómo va a tener un antojo, si la embarazada eres tú?

-Que sí, en el pueblo pasa, el antojo le da a los hombres.

Al tío Ulpiano le dio un antojo de comer melones.

Diez se zampó de una sentada.

-Y se murió. -El pelo de un calvo le faltó.

-Pero esto tendrá cura.

Habrá alguna manera de conseguir que deje de comer cacahuetes.

-Claro.

-Eh...

Lola. -¡Que se va a morir!

-¿Usted ha visto morirse a alguien por no comer cacahuetes?

Se le pasará. -¡Lola!

-¿Estás mejor?

-Sí, un poco mejor.

Uf, vaya trago.

(LLORA)

Todos mis hijos,

todos me han abandonado.

Perdónalos, Señor.

(Gritos)

¡Ah!

Olga.

Blanca.

No podía negarle la oportunidad de despedirse de él

antes de partir para siempre.

¡No, no, no!

Cayetana.

¡Fuego!

¡Está protegiendo al diablo!

¡Nunca olvidaré lo que ha pasado hoy aquí!

¡Yo os maldigo!

¡Lo maté por usted! ¡Cállese!

No quiero escucharla más.

Cogeré a Mateo y nos iremos hoy mismo de la ciudad.

Debo ponerlo a salvo de usted.

Telmo.

Genoveva.

Tengo una mala noticia. Sus días están contados.

¿Qué va a hacerme?

No es más que una vieja decrépita

a la que todo el mundo odia.

Pienso sacar a la luz toda su ponzoña.

Y cuando haya atado todos los cabos,

usted desaparecerá para siempre.

Mis queridos hijos.

Todos me habéis abandonado.

Tantos desvelos.

Tanto amor desperdiciado.

¡Ah!

Perdona todo el mal que he causado.

¡Ah!

Todo el que voy a causar.

¡Ah!

Tiene que haber por aquí un saco de cacahuetes.

-Antoñito ha dicho que los compró en un comercio de ultramarinos.

-Porque no sabía que aquí había.

Pero es que ahora

tiene que tener el olfato lo suficientemente desarrollado

como para pasar por la puerta

y que su nariz le traiga hasta aquí.

-Porque tú lo dices.

Hace tiempo que renuncié a entender las costumbres de Cabrahígo.

Pero eso del antojo del esposo de la embarazada...

No lo acabo de creer.

-Mire, Carmen.

El tío Ulpiano, 10 melones de una sentá.

El tío Juliano, más de 50 huevos fritos.

Y el tío Mariano, que le dio por merendar nueces,

se puso trocotró, trocotró, 12 kilos que se comió.

-Bueno, 12 kilos de nueces con cáscara igual tampoco...

-Carmen, Carmen.

Pelás. ¿Quiere que siga?

-No, si tú lo dices...

-Y no querrá que esta noche, en el teatro,

don José tenga que parar la función

porque mi Antoñito hace ruido comiendo cacahuetes.

-¡Por Dios! -Ea.

¡Ay!

Aquí están.

Esto hay que guardarlo en el almacén bajo llave

hasta que no sea un peligro para mi marido.

-Buenas tardes. -Buenas tardes.

-Con usted quería hablar. -Para eso he venido.

Para que deje de decir difamaciones.

El zortziko es un zortziko.

-Y un baile del pedrusco es un baile del pedrusco.

-¿Se puede saber qué pasa? -Yo se lo explico.

-Aquí, Lolita, que anda diciendo por ahí que el zortziko,

uno de los bailes más típicos de mi tierra,

que es de Cabrahígo, dice.

-Es que es de Cabrahígo.

Desde pequeñicos nos lo enseñan

para homenajear a la Virgen de la pedrusquera.

-Pedrusquera. Falso.

¡Falso, Lolita, no hay cosa más típica

y más vasca que un zortziko!

-¿Y no puede ser que los dos bailes se parezcan mucho?

(AMBAS) Imposible.

-Pues solo hay una forma de verlo.

Bailando.

-Bat, bi. -Uno, dos.

-Hiru. -Tres.

-Pues yo los veo idénticos.

-¡Es que no puede ser! -¡Un robo!

Un robo, Carmen.

Uno de Cabrahígo fue a su tierra, lo enseñó

y ahora dicen que es suyo, se lo han apropiado.

-¿No estará diciendo que los vascos hemos robado el zortziko?

-Y más cosas, Carmen.

Que cada vez que habla Arantxa me tengo que morder la lengua.

Siglos llevamos levantando piedras gordas.

-¡Bueno, bueno, bueno!

-Y lanzando troncos lejos. -¡Bueno, bueno, bueno!

Me voy a ir.

Me voy a ir porque no puedo escuchar más disparates.

¡Ay!

Me voy.

Bueno, bueno, bueno.

Ni bueno ni buena.

¿Entonces, tienen o no tienen cacahuetes?

-Ya le he dicho que no nos quedan.

-Pues me parece un poco deleznable.

Lo mínimo en un restaurante de categoría es tener cacahuetes.

-Hay un sito donde he visto que los llevan por quintales.

-¿Dónde? -A la casa de las fieras.

Los monos se pirran por ellos.

-Emilio, cuidadito con las bromas.

-Es que no termino de creerme lo del antojo de Cabrahígo.

Que le dé al esposo en lugar de a la embarazada.

-A las pruebas me remito.

Hace tiempo que dejé de intentar entender

las peculiaridades de Cabrahígo, las acepto y punto.

-Doy gracias a Dios por no haber puesto

a un mujer de ese pueblo en mi camino.

-Tampoco es que su relación esté libre de altibajos.

Por cierto, ¿cómo van las cosas con Cinta?

-Pues mire.

He tomado una decisión.

-Bueno, bueno, con caja y todo.

No hace falta decir más.

-No lo saco de la caja, que se me cae seguro.

Es que no podía arriesgarme a que Cinta triunfase

y se fuese de gira sin conocer mis intenciones.

-Maravilloso. Solo le digo una cosa suerte y al toro.

-Gracias.

-¿Para cuándo va a ser?

-En cuanto Cinta entre por esa puerta.

-Pues nada, Emilio.

A por ello.

-¿Estoy...? -Está guapo.

Hola.

-Hola. -Buenas.

Que me voy.

Me voy a comprar cacahuetes, como aquí no...

Cinta, un placer verla. Con Dios.

-Con Dios.

¿Qué mosca le ha picado?

Nada, anda buscando cacahuetes por un antojo de Cabrahígo.

No me hables de Cabrahígo. Arantxa está indignada.

Dice que es un pueblo de ladrones de tradiciones vascas.

¿Vamos a dar un paseo? Sí, pero...

Un momento, que hay una cosa que quiero decirte.

Qué apuro me dan estas cosas.

Por ti soy capaz de lo que sea.

Emilio, por favor, ponte de pie.

No, esto debo hacerlo en posición genuflexa.

Es decir, con la rodilla en el suelo.

De acuerdo, pero date prisa,

que como nos vea alguien, me muero de la vergüenza.

Cinta.

Te traigo este anillo que...

Habría preferido que fuera más caro,

pero era el único que podía comprar.

En fin, te traigo este anillo

como muestra de mi compromiso y de mi amor

para pedirte que te conviertas en mi prometida.

¿No dices nada?

Habíamos quedado en hablar esto cuando pasara el estreno.

Ya lo sé, pero no puedo esperar más.

Es que tan de repente, tan precipitado.

Lo sé, pero ¿no te da la sensación de que el tiempo

pasa muy deprisa y no merece la pena dejarlo pasar?

Ya hemos sufrido suficientes separaciones y malentendidos.

Creo que ha llegado el momento de que seamos felices.

¿Y vamos a serlo?

Yo, por lo menos, voy a esforzarme al máximo.

¿Qué me dices?

Todavía no me has dicho que sí. Que sí, pesado, que sí.

Le he pedido que me acompañe a tomar un té porque necesito

preguntarle por una persona, ya que es de Santander.

Encantada de ayudarle.

Y más, cuando se trata del Comité de Ayuda a los Soldados.

¿De quién se trata? Doña Pilar Satrústegui.

La conocí en la recepción de sus majestades.

Será la encargada de organizar el comité de mujeres

que buscará colocación a los mozos en la zona.

La familia Satrústegui es una de las más conocidas de la región.

Y doña Pilar es habitual en las obras benéficas.

¿La conoce personalmente? No he tenido el gusto.

Se mueve en círculos muy elevados para mí.

Es una pena. A veces es mejor la opinión

de alguien a quien se tiene aprecio

que lo que se dice en las crónicas sociales.

Le agradezco el cumplido. Lo siento.

No puedo ayudarle. Aun así, le quedo grata.

Y ya que está aquí, póngame al día de lo que se cuece en el barrio.

Lo de siempre, el embarazo de Lolita,

el éxito teatral de don José,

que contrasta con el desmayo de doña Bellita.

¿Y sobre Úrsula y eso asuntos?

Hay alivio porque no se le ha vuelto a ver.

Los vecinos, cada día que pasa, están más tranquilos.

En lo que se refiere a esa mujer, no hay que bajar la guardia.

Lo sé. También se buscan noticias

en los periódicos sobre Cristóbal Cabrera.

El asesino de su marido Samuel.

El proceso sigue en marcha.

Si Dios quiere, pasará la vida en la cárcel.

Aunque no le parezca cristiano, me alegro.

Yo también.

No son buenos tiempos para la conmiseración y el perdón.

Nada podemos hacer.

En fin, me alegro de que haya venido.

Espero que podamos repetir estos encuentros.

Cuando usted desee.

Y dele saludos a sus hijos.

Son dos muchachos estupendos y muy educados.

Lo haré de su parte.

(Puerta)

Doña Felicia, no esperaba encontrarla aquí.

Me marchaba ya. Con Dios.

Con Dios. Con Dios.

¿Qué quería?

La he mandado llamar para preguntarle por una mujer

que nos va a ayudar con el tema de los comités.

¿No me besas?

Sí, claro.

¿Cómo estás? Bien.

Si me preguntas si he tenido mareos o náuseas,

algo, pero nada importante.

Sí, me lo dijo Agustina.

Qué indiscreta. Me enfadaría si no fuera

porque sé que lo hace con la mejor de las intenciones.

Aunque no sabe que es por un posible embarazo.

No dejo de pensar en esa posibilidad.

¿Estás muy asustado?

Hoy he estado en el médico y me ha hecho pruebas.

Lo he hecho a escondidas para que nadie se enterase.

¿Qué te ha dicho?

Me darán los resultados en tres días.

Te propongo que hasta entonces no nos preocupemos

ni pensemos en el futuro.

Tranquilidad absoluta.

Haremos lo que tú decidas.

Pues claro que tienes que intentar que te den ese puesto.

-¿De doncella para la esposa del embajador?

Yo no tengo nivel para eso.

-Eres limpia, hacendosa, conoces el trabajo de doncella

y tienes muy buena presencia.

¿Qué más te hace falta?

-Me crie en el interior de mi país, casi en la selva.

No en salones de embajadas.

-A ver, ven para acá, niña.

Si yo te comprendo, hija.

Tienes miedo de no dar la talla.

A todas nos ha pasado eso en la vida.

Pero yo te aseguro que aprenderás.

Y que serás mucho mejor trabajadora.

Y eso te dará más oportunidades para después.

-Para seguir trabajando de criada.

-Sí, pero en casas importantes.

En donde te pagarán mejor, comerás mejor y trabajarás menos.

No puedes dejar pasar esta oportunidad, muchacha.

-No es solo miedo, Fabiana, que existe.

Es que tampoco quiero dejar a Lolita sola

después de todo lo que ha hecho por mí.

-Bueno, eso ya es otra cosa y, además, te honra.

Tienes que hablar con Lolita y no renunciar así, sin más.

-Fabiana, ¿tiene cacahuetes?

-A veces tenemos, pero ahora no.

-Yo tampoco y a Santiago le gustan mucho.

Había un paquete en la mantequería.

-Ya, ya los he escondido. Ah, Marcia.

Si Antoñito te los pide, le dices que no hay.

Le ha dado un antojo cabrahiguense y se los come a puñados.

-Prefiero no preguntar qué es eso del antojo cabrahiguense.

Por cierto, Lolita, Marcia quiere hablar contigo.

-¿Qué pasa?

-Nada grave, no te preocupes.

-¿No me digas que estás esperando un hijo?

-No, no, Lolita.

-Ay.

-Don Liberto me hizo llamar para decirme

que la esposa del embajador de Brasil busca una doncella.

Y le habló de mí.

-Pero eso es ideal para ti. -Eso le he dicho yo.

Buen trabajo, mejor sueldo. -Claro, tienes que aceptar.

-Ya, pero sola, con el embarazo. -Mujer.

Estoy perfectamente. Antes he bailado el baile del pedrusco.

-Algo de Cabrahígo, ¿no?

-Pues sí, aunque la Arantxa diga que es vasco

y le ponga un nombre raro.

De eso ya hablaremos, lo importante es lo de Marcia.

Yo, si fuera tú, haría lo posible para que me dieran ese trabajo.

-¿Y la mantequería? -Que yo me apaño, mujer.

Ya buscaré a alguien para que me ayude.

Tenemos que pensar qué te pones

para la entrevista con la embajadora.

Yo te podría dejar una blusita crudita muy apañada.

-Sí, que te iría muy bien con el traje verde.

Y mis zapatos marrones. Vas a estar perfecta.

Van a creer que es una invitada más que una doncella.

-Anímate, mujer.

(RECUERDA) "¿Acaso no me ama, no siente lo mismo por mí?".

-Te amo tanto que despierto cada día pensando

en que cruzas esa puerta y mi corazón vuelve a palpitar.

Te amo tanto que cada vez que me miras,

sonríes o te acercas,

tiemblo.

Tú iluminas mi mundo, Camino.

Y cuando desapareces, se apaga.

Por eso tengo que protegerte.

Camino, ¿a que no sabes lo que he hecho esta tarde?

-Perdona, Emilio.

Voy a aprovechar que no hay nadie para ir al parque a descansar.

-Tienes mala cara. ¿Te pasa algo?

-No, nada importante.

Algo de malestar. Quizá he cogido frío.

Pero si descanso un rato, seguro que estaré perfecta.

¿Te quedas tú, por favor? -Claro, no te preocupes.

-Gracias.

¿No estaba esta tarde tu hermana?

-Sí, pero no se encontraba bien y ha ido a sentarse al parque.

Está muy rara.

-Son las malditas clases de pintura.

Debería centrarse más en el negocio familiar

y dejarse de fantasías de querer ser pintora.

-Sabe que yo apruebo que luche por sus sueños.

-Son chiquilladas.

Le voy a prohibir que siga asistiendo a clase.

-No, madre, no haga eso. Por favor se lo pido.

Camino tiene que vivir su vida.

-Su vida es ganarse el pan, que no somos ricos.

El pan se gana sirviendo mesas y fregando platos.

-Deje que yo hable con ella, se lo ruego.

-Está bien.

Habla con ella.

Pero ya veremos.

¿Lo ve, Bellita? Aquí se está mucho mejor que en la alcoba.

Por lo menos ve la luz y Arantxa nos ha traído el té.

-Perdóneme, doña Margarita, pero yo discrepo.

Yo creo que doña Bellita se tenía que haber quedado en la cama.

Porque cuando una está así, un poquito regulín,

donde mejor se está es en la cama, hasta se crece y todo.

-Una mejora más viendo la vida alrededor.

¿A que sí, Bellita?

-Sí. Además, parece que me encuentro mejor.

Arantxa, ¿y mi esposo?

-Marchó hace un rato al teatro, tenía prueba de vestuario.

-¿No se ha despedido de mí?

-Sí, mujer, claro que sí, pero usted dormía.

-Ya estoy yo aquí para hacerle compañía.

-Compañía le hago yo.

Y desde hace veintimuchos años.

-Arantxa, seguro que a doña Bellita

le sabrán a gloria unas pastas con el té.

-Ay, sí, por favor, tráelas.

-Como usted quiera, señora.

Es un poquito metomentodo su criada.

-Es como de la familia.

-Se las considera de la familia

y aprovechan para tomarse confianzas que no deben.

-Arantxa no es así, Margarita.

-Todas las criadas son así.

Voy a por el té. -Gracias.

(Puerta)

(MARCIA) ¿Sí?

Fabiana, pase. -Buenas, Marcia.

Solo venía a preguntarte si le habías dicho a don Liberto

que acudirás a la entrevista con la esposa del embajador.

-Sí, lo he hecho. Espero no equivocarme.

-¿A qué te refieres?

-Que no le he pedido permiso a Santiago.

Y sin su autorización, no podré trabajar.

-Mira, lo bueno de no estar casada es que mis decisiones

siempre han dependido de mí.

Nunca he tenido que rendir cuentas ante un marido.

-Y le admiro por ello.

Algún día esto cambiará, supongo.

Pero la entrevista es mañana.

-Y te tendremos la ropa preparada.

Vas a ser la elegida.

Estoy segura. -Muchas gracias, Fabiana.

-Buenas tardes, señora Fabiana.

¿Está todo bien? -Sí, sí, claro.

Bueno, les dejo solos, que Marcia quiere hablar con usted.

Con permiso.

¿Pasa algo?

-Algo bueno.

Me han ofrecido entrevistarme con la esposa

del embajador de Brasil para servir como doncella.

-¿Y cómo ha sido eso?

-A través de don Liberto.

Ya he hablado con Lolita.

No quería dejarla sola, pero ella me ha animado a ir.

Siempre y cuando tú me des tu permiso, claro.

-Sí. ¿Quién soy yo para impedirte hacer lo que deseas?

-Gracias, Santiago.

-Pero...

Pero no será un trabajo que puedas hacer durante mucho tiempo.

Tengo otros planes para nosotros.

Úrsula ha vuelto al barrio.

-No puede ser. ¡Qué cuajo tiene esa bicha!

-Me cuesta creerlo. ¿Está usted segura?

-Y tanto, la he visto con estos ojos que se comerán los gusanos.

Arantxa, por favor, llévate el té y tráeme un vasito de agua.

-Sí, señora. ¿Quiere usted el té?

He pensado en lo que hablamos ayer.

Me han entrado dudas sobre nuestro compromiso.

¿Te estás echando atrás?

Me pregunto si don Liberto verá mucho al embajador.

-La verdad es que no lo sé.

Es la primera noticia que tengo de que se conozcan.

-Lo raro es que doña Rosina no presuma

de que se codea con diplomáticos.

(EMILIO) Lo que te decía, ayer Cinta y yo...

-Me parece estupendo que te vaya tan bien con tu novia.

Pero no tengo cuerpo para escuchar monsergas de enamorados.

-Está clarísimo.

No entiendo por qué me hablas así.

Cuénteme, ¿hay novedades respecto al embarazo de Genoveva?

De momento, me recrimina que no muestre suficiente interés.

No quiero imaginar qué sucederá si realmente está embarazada.

(LOLITA) Ese baile lo inventamos nosotros.

Y no voy a permitir que una vasca se apropie de nuestras tradiciones.

-¿Y qué va a hacer usted?

Doña Lolita ha estado aquí.

Nos ha pedido que no le sirvamos cacahuetes.

-Me puede poner unos pocos, no tiene por qué enterarse.

Usted no dice nada, yo no digo nada y me como los cacahuetes.

No perdamos tiempo.

-Sí que le han entrado prisas esta tarde.

Ni que tuviéramos que ir a apagar un fuego.

-Quiero aprovechar que no está el perro guardián en casa.

-¿Lo dice por Arantxa? -¿Por quién, si no?

Voy a retar a Arantxa a que baile.

-¿Y de qué va a servir?

-La que mejor lo haga puede decir que el baile es de su tierra.

Y la otra, chitón para siempre.

¿Qué hace aquí?

Le contestaré aunque no tenga obligación.

Ya no soy su criada.

¿Cómo osa volver después de lo que hizo?

Es usted una malnacida.

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Acacias 38 - Capítulo 1152

03 dic 2019

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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  1. Emilio

    Lo mejor de hoy, oír a Arantxa defendiendo su zortziko. ¡¡¡ Fantástica Gurutxe !!!

    pasado miércoles