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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1151 - ver ahora
Transcripción completa

Saber si la idea de que pueda estar embarazada

te hace dichoso o no.

Y al parecer ya tengo la respuesta.

¿Por qué no nos da clases a nosotros del "Chorriso"?

-Eso, eso, eso, eso.

-Tuve una conversación de lo más inquietante con Úrsula.

Me aseguró

que también sabía a través de quién había llegado aquí.

Miente. Eso es imposible.

Puede afirmar sin ninguna duda

que Úrsula desconoce su conexión con César Andrade.

-Sé que tuvo usted una conversación con las mujeres de Acacias.

-Sí.

-Espero que las comprenda.

Muchas de ellas son muy tradicionales.

Nada que ver con sus conocidos en París.

-Son vidas y mundos distintos,

por eso creí necesario aclarar mis posturas.

Es posible que Genoveva esté en estado de buena esperanza.

¿Qué opina usted al respecto?

No lo sé.

Sabe que de confirmarse la noticia, solamente tienen una salida.

Casarme con Genoveva sería lo más honroso.

¿Desea un poco más de té, mi querida amiga?

Yo misma se lo preparo ya que no está su criada.

-Se lo agradezco, querida, pero ya he tomado demasiado.

No quiero que me pueda sentar mal.

-¿Cómo va a hacer tal cosa una bebida tan saludable?

-¡A las buenas, Arantxa y compañía!

Ya estamos aquí bien preparados para aprender la clase de "Chorrico".

-Pues yo pensé que la pintura te agradaba.

-Lo que no me agrada son sus ideas.

Ya te conté las barbaridades que dijo delante de las señoras y de mí.

-Lo sé, pero tampoco veo qué tiene de malo que exponga sus creencias.

-Lo malo es que sus creencias sean tan escandalosas.

-Ojalá pudiera dejarte a un lado, pero te quiero demasiado.

-Utilizaré mis labios para otra cosa que no es hablar.

-¿Nos conocemos?

Ya lo creo que sí.

Encantada de volver a verle,

señor Andrade.

Lo siento.

Ni la conozco de nada.

¿Está seguro?

Míreme bien.

Usted y yo hicimos negocios en el pasado.

Hago negocios con mucha gente.

Ya.

¿Y qué me dice si le hablo de una muchacha llamada...

Marcia?

Veo que empieza a recordar.

Me pegaron un tiro por su culpa.

Y está aquí también por su culpa.

Debió haberla matado cuando todavía estaba a tiempo.

Un error del que me arrepiento todos los días de mi vida.

Yo puedo brindarle la oportunidad de repararlo.

Y le ofrezco un trato.

La escucho.

(EN VOZ BAJA) La cabeza de Felipe Álvarez Hermoso.

Así matará dos pájaros de un tiro.

A usted no le interesa que ese abogado

testifique en su juicio.

Y de paso, arrebatará a Marcia lo que más quiere.

¿Cuál es el precio?

No quiero ni dinero ni propiedades.

Todo el mundo quiere dinero.

No.

(EN VOZ BAJA) Yo prefiero información.

¿Información?

¿De quién?

Santiago Becerra.

Lamento decepcionarla.

No conozco a nadie con ese nombre.

Haga memoria.

Es el marido de Marcia.

La viuda de Bryce lo trajo aquí para impedir su boda

con don Felipe Álvarez Hermoso.

Hable entonces con la viuda.

Seguro que estará encantada de ayudarla.

Deje de fingir y aproveche la oportunidad que le brindo.

Dudo que usted solo

pueda acabar con esa negra.

Y me necesita.

Es una pena que haya perdido usted la memoria.

Espero que cuando la recupere

no sea demasiado tarde.

Abra. Espere.

Déjenos un minuto.

¿Por qué quiere información de ese infeliz?

Eso es asunto mío.

Hace tiempo que le pedí la pista.

Tendría que recurrir a mis contactos.

Y aquí dentro, como verá, no lo tengo muy fácil.

No hay prisa.

Tómese su tiempo.

¿Qué me dice?

¿Hay trato?

Pero se lo advierto,

cumpla con su parte del acuerdo.

A pesar de estar aquí,

mi sombra es muy alargada.

Lo sé.

¿Te has vuelto loca?

-Sí.

Completamente loca.

Loca por usted.

Desde aquel día que entró en el restaurante

por primera vez y puso mi vida patas arriba.

-No, no digas eso.

-¿Por qué? Es la verdad.

Pienso en usted a cada instante.

No como, no duermo.

No puedo concentrarme en otra cosa.

Usted ocupa todos mis pensamientos.

-Camino, cállate, por favor.

-No quiero callar.

¿Por qué he de callar lo que siento? Lo que tengo tan claro.

¿Acaso usted no siente lo mismo por mí?

-¿Qué más da lo que yo sienta?

O lo que tú sientas.

No podemos amarnos, Camino.

Dos mujeres no pueden amarse.

-Eso no fue lo que me dijo.

Eso no fue lo que usted me enseñó.

Usted me hizo ver que el amor es bello siempre.

En cualquiera de sus formas.

-Eres muy joven.

E inexperta.

No sabes lo que dices.

-Sí, sí que lo sé.

Nunca lo he tenido tan claro.

¿Tú sabes el tremendo lío en el que podríamos meternos?

-Me da igual.

-Pero sufriríamos muchísimo, Camino.

El amor entre dos mujeres está prohibido.

¿Recuerdas el cuadro que te enseñé?

Dos mujeres amándose.

Jamás podré exponerlo.

Esta sociedad castiga ese tipo de amor.

Solo puedo mostrárselo a alguien como tú.

De absoluta confianza.

¿Tú sabes lo que ocurriría si alguien lo viese?

Que nadie jamás compraría mis cuadros.

La Iglesia me excomulgaría y podrían hasta llevarme presa.

-Entonces...

¿qué hemos de hacer?

¿Lo ignoramos?

¿Cómo me saco el amor que siento por usted?

¿Cómo me lo arranco de dentro?

¿Acaso usted no me ama?

¿No siente lo mismo por mí?

-Te amo tanto...

Que despierto cada día pensando

en que cruces esa puerta y mi corazón vuelva a palpitar.

Te amo tanto

que cada vez que me miras,

sonríes,

o te acercas,

tiemblo.

Tu iluminas mi mundo, Camino.

Cuando desapareces se apaga.

Por eso tengo que protegerte.

No puedo ponerte en peligro.

-No es usted quien decide eso.

-¿Recuerdas la historia de amor que te conté?

Pues también fue con una mujer.

Acabó tan mal que me juré y me perjuré

que jamás cometería los mismos errores.

-¿Amarnos?

No es un error.

-Pero es peligroso.

-Yo decido ponerme en peligro.

Nada me importa, Maite.

Ni la convención social,

la Iglesia o la cárcel.

La amo.

-No, Camino, no. No puede ser.

Márchate, por favor.

-Has estado magnífico.

¡Solemne! ¡Grandioso!

-Mira que eres exagerada, vida mía.

Cómo se nota que corre sangre andaluza por tus venas.

Yo diría que se ha quedado corta, eh.

Uy, y te quedarías corta también tú.

Y esto se lo va a decir una vasca.

Ha estado usted majestuoso, ha estado.

Lo único un poquito raro cómo se le arrimaba, ¿no?

La chiquita esta, la que hacía de la monja Leonor. Esther Nadal.

-Margarita dijo que parecías más joven

de lo que era el personaje en realidad.

-¿Tú crees?

Pero si don Álvaro es un galán.

-¡Como eres tú, José, mi alma!

-Ah, sí.

(RÍEN)

Bueno, ¿qué? ¿Quién se viene al restaurante?

Que he quedado con los actores de la obra para invitarles a un vino.

-Ay, yo es que no puedo porque le prometí a Margarita

que le iba a regalar unos trajes que no uso.

Y tengo que revisar bien el armario.

Y yo debería ensayar.

Entonces yo voy a subir

a dejar preparada la mesa para la cena.

-Ah, pues qué bonito.

Yo pensaba que vendríais conmigo a celebrar mi éxito.

-Y lo celebramos, pero por dentro. En la intimidad del hogar.

Anda, vete tú y disfruta.

(RÍE) -En su momento.

¡Qué risa!

¿Me disculpan un momento?

Buenas noches a todos.

-Hola. Buenas.

-Usted debe ser sin duda la esposa de José.

-La misma que viste y calza.

Bellita del Campo, señora de Domínguez.

Y usted es la que hace de Leonor.

-Sí.

Sí. La actriz que hace de la monja Leonor en la obra.

Esther. Esther Nadal.

-Es un placer para mí conocer a una estrella veterana como usted.

-Bueno, no se confunda.

Veteranos son los generales.

Yo soy una artista de ultramar.

que he llenado teatros desde México hasta Filipinas.

-Esther es una gran actriz. Ha ganado muchos premios, ¿a que sí?

Sí. Pero bueno.

Aún me quedan unos años para estar a la altura

de la gran Bellita.

-Yo le agradezco mucho que hayan acogido a José.

En una compañía grande lo hubiera tenido difícil.

-Su marido es un encanto.

Es la alegría del grupo.

No hay problema que él no solucione con una frase o con un fandango.

Es un tesoro.

-Que no, usted.

Que es capaz de convertir a la monja Leonor

en la más salada de todas las obras.

-Y bien que me cuesta.

Es la primera vez que interpreto a una monja.

(TOSIENDO) -Tunanta.

-¿Perdone, decía?

-¿Yo?

¡Nada! ¿Yo qué voy a decir?

Que lo ha hecho usted estupendamente bien, ha hecho.

-Gracias.

José.

¿Vamos dentro? Ya han llegado todos.

-¿Sí? -Bueno.

Nosotras nos vamos que la niña va a actuar

y tiene que ensayar.

Va a actuar en un teatro solo para ella.

Con lo chica que es...

(AVERGONZADA) ¡Madre!

Bueno, pues encantada de conocerlas.

-¿Vamos, José? -Sí.

Nos vemos luego.

-Buenas noches. -Buenas noches.

-Estás en mis brazos.

Es tu esposo quien te está abrazando.

Marcia.

A veces creo que fantaseas

con que quien te está abrazando no soy yo.

-Santiago.

Te dije que te iba a respetar.

Y creo que te lo estoy demostrando.

-Y yo también, ¿no?

Creo que estoy demostrando que soy merecedor de tu amor.

-Sí.

Eres muy tierno conmigo, sí.

-Hay un pero, ¿no?

Siempre hay un pero.

(SUSPIRA)

-A veces siento inseguridad, Santiago.

-¿Qué quieres decir?

-Pues que a veces siento que no me cuentas toda la verdad.

Como cuando llegaste con el rostro lleno de sangre.

O cuando me enteré de que apostabas.

-Te hizo desconfiar de mí.

-Me recordó al Santiago con el que me casé.

Un hombre mentiroso.

Caradura.

Y violento.

Sigues siendo ese hombre, Santiago.

Sigues siendo el mismo hombre con el que me casé.

-No sé quién soy.

Seré quien tú quieras que sea.

Mi única apuesta eres tú.

Esposa mía.

Eres lo único que me importa en el mundo.

-Santiago.

Muestra la cicatriz.

-¿Cuál de ellas?

-La de la espalda.

-No sé. Búscala bien, era muy pequeña.

-No está.

(RÍE)

-¿De qué te ríes?

-Entonces, doña Sonia Gonçalve sí que era curandera.

-¿Te la quitó ella?

-Marcia.

Si quieres que te diga la verdad, no me acuerdo.

¿En qué piensas?

-En nada.

Ven.

-Muy buenos días.

-Hola, hijo.

Al parecer,

el éxito de don José Domínguez en el estreno del teatro

fue impresionante.

Aquí lo menciona el periódico.

-Pues me alegro por él.

Me cae muy bien ese hombre.

¿Y Lolita y Carmen?

Sí que han madrugado hoy, ¿no?

-Carmen me dijo que tenía varios recados que atender.

-Es que yo, Lolita no sé de dónde saca las fuerzas.

A pesar de estar embarazada siempre se mueve

y madruga más que yo.

-La naturaleza cabrahíguense.

-Bueno, padre.

El otro día entro a la habitación y la veo colocando cajas

en la parte de arriba del armario. Pero de dos en dos.

-Sé de lo que me hablas.

Parecen hechos de acero.

Mira.

Aquí dice que el juicio contra César Andrade

va a comenzar.

Ese hombre es un ser sin escrúpulos.

un endriago sin corazón ni moral.

Ojalá pague por todo lo que ha hecho.

La gente como él, que no parece tener empatía

por el sufrimiento ajeno,

es que no merece ninguna benevolencia por nuestra parte.

¿Qué pasa, hijo?

¿No estás de acuerdo conmigo? ¿En qué estás pensando?

(PENSATIVO) -Pienso en cacahuetes.

-¿Qué?

-Sí.

No sé. De repente me estaba entrando como una imperiosa necesidad

de comer cacahuetes.

-Pero si a ti siempre te han sentado mal los cacahuetes.

-Ya. Por eso me llama tanto la atención.

Nada, que me voy a comprarlos.

-Acábate el desayuno. -Que no, que no, padre.

Cacahuetes.

-¿Cacahuetes? -Cacahuetes.

-El estreno del señor Domínguez fue un éxito.

Me ha contado Marcelina

que hasta han salido varias reseñas en los periódicos.

Me alegro mucho por él.

Estaba muy nervioso esta semana.

Cierto.

Se le veía por la calle a menudo hablando solo y recitando su texto.

¿No va a ir usted a ver la función?

¿Qué tal unos días?

Seguro que a doña Genoveva le encantaría que la invitara.

Agustina, tengo asuntos muy importantes que atender.

Veremos si puedo sacar un hueco.

(Llaman a la puerta)

Buenos días, Agustina.

Pase, señora.

Doña Genoveva, señor.

¿Estás muy ocupado?

No querría distraerte de tu trabajo.

No te preocupes.

Estaba leyendo el caso de Andrade.

¿Lo estás leyendo de nuevo?

Ya te lo debes saber de memoria.

Además, solo has de testificar.

No quiero que se me escape ningún cabo suelto.

Javier Velasco, el abogado de ese mafioso, es un hueso duro.

Sí. Sí que lo es.

¿Le conoces?

No.

Me suena el nombre.

¿De qué?

Quizás de escuchárselo a Alfredo.

Vete tú a saber.

Siempre estaba tratando con abogados.

Especialmente los que hacen triquiñuelas.

Es de esos.

Andrade ha contratado al abogado más canalla.

Javier Velasco hará todo lo que esté en su mano

para que Andrade se vaya de rositas.

Ahora más que nunca la justicia tiene que imponerse.

Y así será.

Estoy segura.

Pero debes dejar que los abogados del caso hagan su trabajo.

Ya me conoces.

Quiero que todo salga como es debido.

No puedes estar en todo, Felipe.

¿Por qué?

Porque a lo mejor tienes otras cosas en las que pensar.

Ni siquiera me has preguntado cómo me encuentro hoy.

Genoveva... No.

Déjalo. En realidad estoy bien.

Simplemente es que me hubiera gustado

que preguntaras.

En fin.

Te dejo con tus cuitas.

Yo también espero que ese hombre pague por lo que hizo.

¡Eh!

¿Pero qué hace usted aquí, señora?

Si le hacía dando su paseo matinal.

-Qué va, hija. No se me ha apetecido salir.

-¿Se encuentra bien? ¿Le pasa algo?

-Pues lo cierto es que no me he levantado muy fina, eh.

-¿Quiere que llame al doctor?

-No, mujer. Claro que no.

Si será cosa de no haber podido dormir bien.

Ay, mi José se ha llevado toda la noche hablando en sueños.

Bueno,

más bien dicho,

una noche recitando en sueños su papel.

-Si es que anda obsesionado el pobre.

-Como que he tenido que despertarlo tres o cuatro veces.

Vamos, que voy a acabar yo aprendiéndome el texto

de tanto oírlo.

-Espero que no sea así cada vez que tenga función, eh.

Porque ya les veo durmiendo en habitaciones separadas.

-Uy, Dios no lo quiera, chiquilla.

-Señora, ¿quiere que le prepare unas hierbas?

Que seguro que le sientan bien.

-No, déjalo Arantxa. Es que no me entra nada.

Después de comer me voy a echar una siestecita

que tú verás cómo me encuentro mejor.

-Lo que necesito es dormir. -Muy bien.

-¡Niñas!

No os lo vais a creer.

¡Otra vez hablan de mí en los periódicos!

-¿De verdad? -Sí. Digo.

(CARRASPEA)

"Un impecable José Domínguez emociona en el estreno

de don Álvaro o la fuerza del sino".

Con una fotografía muy bonita.

A ver.

Aquí.

"Éxito rotundo de José Domínguez en su primera representación

como Don Álvaro".

Aquí estaba...

Aquí.

"José Domínguez

pone su alma al servicio del mejor Don Álvaro

que se ha visto en mucho tiempo

sobre los escenarios de esta ciudad".

"Abran paso, ha llegado una estrella

y ha venido para quedarse".

-Vaya, vaya.

Ese también debe de ser andaluz.

-¿Y crees que exagera?

-Claro que no, hombre.

Pero sí quizás que se haya precipitado una mijilla.

Que todos los que hemos estado en el mundo del espectáculo

sabemos lo difícil que es llegar.

Pero que es más difícil asentarse.

-Es que no hay que vender la piel del oso antes de cazarla, eh.

En mi pueblo había una chiquita. Qué guapa era...

Preciosa. Preciosa era.

Y esa estuvo todo el rato escogiendo pretendientes

pensando que la hermosura también le iba a durar toda la vida.

Y escogiendo, escogiendo, ¿y cómo quedó? Compuesta y sin novio.

-Sabias palabras, Arantxa.

No quieras correr, José, que te estrellas.

-Para animar sois únicas, eh.

Otra cosa no, pero animando sois, vamos...

-Realistas.

-Chiquillo, es lo que hay. Si tú lo sabes.

-¿Lo que hay?

Lo que hay aquí son dos malajes.

Me voy con mis amigos,

que son más sandungueros que vosotras.

-Parece que a don José le ha ido bien en el estreno.

-Mejor que bien diría yo.

Fue todo un éxito.

-Ha de serlo para que aparezca en los periódicos.

Las críticas son muy buenas.

Solo espero que no se le suba el éxito a la cabeza.

-¿Por qué habría de subírsele?

-La gente del espectáculo es así.

-No es verdad, madre.

Siempre está usted reticente con la familia de mi novia.

¿Acaso no quiere que les vaya bien?

-Claro que quiero, hijo. ¿Cómo no voy a querer?

Que les vaya bien o no te afecta a ti directamente.

-¿Entonces?

-Solo digo que no hay que confiarse.

El éxito puede ser flor de un día

y humo al día siguiente.

Hay que tener los pies en el suelo.

-Madre, me parece que no termina usted de entender ese mundo.

Como en todo en la vida,

nunca se tiene certeza de nada.

Nunca se tiene un futuro asegurado.

-Claro que lo entiendo, hijo.

Otra cosa es que me parezca bien o no.

-¿Qué es lo que no le parece bien?

-La falta de estabilidad.

Lo efímero que puede llegar a ser todo.

Bueno, vamos a dejarlo.

No quiero discutir contigo siempre por lo mismo.

-En eso tiene usted razón.

-Tendremos que ir a ver a don José al teatro

a ver si la obra es tan maravillosa como cuentan.

-Aquí tiene. La miel y el azafrán.

-Perfecto, hija.

Por cierto, Camino, hoy tendrás que cancelar tus clases de pintura.

-¿Por qué?

-Ha entrado una reserva de última hora

y tenemos 11 comensales.

Necesito que me ayudes.

-Pero hoy no puedo cancelar la clase.

-¿Por qué no?

Quedamos en que tus clases de pintura no podrían interferir

en tus obligaciones en el restaurante.

-Lo sé, lo sé.

Pero es que hoy no puede ser.

-Camino, ¿qué te ocurre?

¿Estás nerviosa?

-No.

No. Estoy como siempre.

-No...

No estás como siempre.

¿Qué te pasa?

-Me pasa que...

Que tenía pensado presentarme a un concurso de pintura

y tengo los días justos para practicar.

-¿Un concurso?

-Sí. Para aficionados.

Por eso no puedo cancelar mi clase de hoy.

-Madre.

Yo puedo quedarme a ayudar.

Así Camino no tendría que saltarse su clase de pintura.

Sería una pena que no pudiera presentarse a ese concurso

con el talento que tiene.

-De acuerdo.

Pero que sea la última vez que me dejas plantada.

Puedes marcharte.

-Gracias, madre.

(Llaman a la puerta)

-¡Voy!

¡Jesús! ¿Pero qué hace usted aquí, hombre?

-He venido a verla.

-¿Pero cómo se presenta aquí sin avisar?

Ay, Dios mío. Que le podían haber visto mis señores.

O le podía haber visto algún vecino.

-No me ha visto nadie.

-Pero podría haber pasado.

Además, yo ya le he dicho, Cesáreo que yo quiero ser discreta.

Y fíjese. Me pilla usted tan atareada...

Porque justo estaba preparando un caldito de verduras para mi señora

porque no la he visto hoy muy católica, la verdad.

-¿No se encuentra bien? -No.

Anda mal del estómago hoy.

-¿Y usted cree que sus señores se huelen lo nuestro?

-¿Pero cómo lo nuestro?

¿Qué es lo nuestro, Cesáreo? ¿Qué es?

¿Hay algo entre nosotros?

-No...

Nada, claro.

-Pero podría haber, ¿no?

-¡Arantxa! ¡Arantxa, anda, anda!

Que llego con un paso del "chopino" este

que no me aclaro, que el de...

¿Qué hace usted aquí?

-Pues exactamente lo mismo que usted. Ha venido por lo mismo

Tiene un problema con un paso de baile...

¿Usted con qué paso tiene problema?

-Con la tercera vuelta. -Ay, Cesáreo con la segunda.

Pues vamos a hacer una cosa.

Mire, Jacinto, mejor va a la portería

no vaya a ser que le reclamen para algo,

no esté en su sitio,

y luego me caiga a mí la de San Quintín, eh.

Yo me quedo un poquito ahora con Cesáreo

que está mucho más verde que usted. ¿Dónde va a comparar?

Y luego ya estamos.

-Vale, pues la espero abajo.

Y si quiere pásese usted que yo la segunda vuelta la clavo.

-Hasta ahora. -Hasta ahora.

-¿No sería más fácil contarle a los criados

lo que hay entre nosotros?

Lo que podría haber.

Y así nos evitamos hacer tanto teatro

y de paso yo me evito las clases, que se me dan muy malamente.

-Yo...

Yo creo que todavía es muy pronto, ¿no? Para contar nada.

Pero bueno, por el baile no se preocupe

porque ya se me ha ocurrido a mí algo

para que no tenga usted que bailar más

-¿Ah, sí?

¿Y qué es?

-¿Se ha enterado usted de las clases de baile que está dando Arantxa?

Podría apuntarse con su mujer Marcia ahora que no tiene tanto trabajo.

-Muchas gracias.

-Por mucho tiempo libre que tenga,

que le aseguro que es demasiado para mi gusto,

no lo voy a perder con bailes regionales.

-Hombre, eso no es perder el tiempo.

Eso es aprovecharlo y distraerse con su mujer,

que no todo va a ser trabajar.

-Pues sí para mí.

Necesito encontrar trabajo pronto.

Justo estaba mirando el periódico a ver si encontraba

alguna oferta.

-¿Y? -Nada.

Me da a mí que la situación política influye.

-A ver, ¿qué quiere decir?

-Que si la gente teme que venga una guerra,

no va a gastar dinero.

Y si no gasta dinero, los negocios no van bien,

y si los negocios no van bien...

-Claro, no hay trabajo.

Pues no creo yo que sea tan pésimo lo de que haya una guerra.

Bueno, sí, es pésimo para algunos, pero para otros es buenísimo.

Los pobres siempre lo sufrimos.

Pero los banqueros y los ricos mientras se llenan los bolsillos.

-¿Cree usted?

-Estoy convencido.

Ya verá que si hay una guerra,

las grandes fortunas se harán todavía más grandes.

-¿Y eso por qué?

-Hombre, está claro.

Cuando hay una guerra, un país no escatima en gastos.

¿No es así?

Entonces, los que venden productos al país ese que está en guerra

lo saben, ¿y qué hacen?

-Subir los precios. -Ahí está.

Y como saben que lo van a comprar de cualquier manera,

les da igual embargarse de por vida,

y ahí es donde aparecen, pues los listos, los pillastres,

y todos estos que se aprovechan que hay una guerra

para sacar tajada y llenarse los bolsillos de oro.

-Buenas.

-Muy buenas.

-¿De qué hablan?

-Nada, de la economía mundial, Cesáreo. La economía mundial.

¿Va a tomar algo?

-No, gracias.

-Pues si me disculpan,

mientras voy a llevar las cuentas para dentro.

-¿Está usted bien?

-Sí. ¿Por?

-Le noto pensativo, preocupado.

-Estaba pensando en algo que pueda ayudarnos

a salir adelante de una vez por todas.

-No estará pensando en volver a... -No.

No voy a volver a las partidas ilegales, no se apure.

-Ya.

-Esta vez estoy pensando en algo mucho más gordo.

Gordo de verdad.

Anda, Emilio, que ya has tenido suficiente por hoy.

Hemos.

No parece que tú lo estés sufriendo tampoco.

Cierto.

Pero tenemos que tener cuidado, eh. Que no nos pueden ver.

Tienes razón.

Pensaré en la muerte a ver si se me pasa.

Uy...

En fin, ¿cómo está tu padre?

Contento con el éxito de la obra, ¿no?

Mucho.

La verdad es que me sorprendió verlo tan desenvuelto.

Parecía como si llevara haciéndolo toda la vida.

Desde luego que es lo suyo. Si es que lo lleva en la sangre.

Ojalá me vaya a mí la mitad de bien que le ha ido a él.

Ya con eso tengo una gira por toda España asegurada.

Te irá mejor. Mucho mejor. Ya lo verás.

Me estoy esforzando mucho, amor.

Estoy ensayando todo el día. Le pongo todas mis ganas.

Un momento.

Antes has dicho gira por toda España.

¿Tanto viajarías?

Lo más probable.

Pero eso quiere decir que la cosa va bien.

Así es la vida del artista, Emilio. Unos días aquí y otros allí.

Pues entonces tendré que irme contigo.

Bueno, yo no sé si mi madre nos va a dejar

viajar solos por ahí.

Y mucho menos la tuya con lo beata que es.

Venga, anda. No te preocupes. Ya lo veremos el día que llegue.

Me voy.

Tengo que ensayar.

¿Te veo luego?

Muy buenas.

-Buenas.

-Enhorabuena.

Por el éxito de su suegro.

Los periódicos vienen llenos de halagos.

Como siga así ya le veo yéndose de gira con la familia.

-De aquí...

-Al otro allá. -Gracias.

¿Qué pasa?

-Nada.

-Bueno, es bastante obvio que le pasa algo.

-Que no había pensado qué pasaría si Cinta triunfa.

-Eso sería maravilloso.

-Sí, sí. Lo sería.

Pero...

También sería perjudicial para nuestro noviazgo.

-¿Por qué?

-Porque se pasaría el día viajando.

-Dicen que así es la vida del artista.

-Tengo que hacer algo definitivo.

Y tengo que hacerlo ya.

-¿Qué?

-Gracias, Antoñito.

-Pero, ¿y el café qué? ¿Me lo pongo yo?

-Sí, sí.

-Pues me lo pongo yo.

-¿Ha leído ya el periódico?

No. Ando un poco liado.

Pero Agustina me ha comentado que las críticas son muy buenas.

Desde luego que lo son.

Deberíamos ir al teatro una noche de estas

tal y como dijimos.

Y deberíamos hacerlo antes de que se corra la voz

o nos quedaremos sin entradas.

Prometo sacar un hueco.

Lo que pasa es que ahora ando con la cabeza en otro lado.

Intuyo que por lo del juicio de César Andrade.

¿Va usted a declarar?

Sí. Así es.

¿Nervioso?

Bueno, más bien inquieto.

No tiene por qué.

Es usted un abogado muy experimentado.

Debería estar acostumbrado a este tipo de situaciones.

Lo sé.

Pero Javier Velasco, el abogado de Andrade,

es un hombre muy peligroso.

¿Lo conoce?

De oídas.

Me han dicho que es un hombre con pocos escrúpulos.

Y sin conciencia.

Hará todo lo que esté en su mano moral o inmoralmente

para sacar a Andrade de prisión.

No, no lo haga, Felipe.

No soporto verla trabajar de esta manera.

No debe preocuparse por ella.

Está acostumbrada al trabajo duro

y como bien usted sabe,

su esposo se ocupa de que no le falte de nada.

Su esposo.

(SUSPIRA) Lo sé.

(SUSURRA) No piense más en ello.

Si está trabajando tantísimo,

es porque ella ha querido colaborar.

No porque...

No le quede otro remedio.

Ella es trabajadora y voluntariosa.

Es una auténtica luchadora.

Me gustaría ayudarla, pero...

Sé que no lo va a aceptar.

Y no sería la única, Felipe.

Ya.

Su esposo tampoco.

Intente olvidarla, amigo.

Por su bien y por el de todos.

-Muy bien. Eso estamos haciendo. Puntita delante.

Puntita detrás. Lateral. Dos pasitos.

Puntita delante, puntita detrás, lateral, dos pasitos.

A ver, ahora kurpil.

La punta tiene que estar hacia abajo. Usted hace así con el tobillo.

-Eso queda horroroso, hombre. -Oiga horroroso, eh.

-Pero a ver, orgullosos. Barbilla alta.

Orgullosos todos. Somos vascos bailando.

Bonito y...

-¿Podemos parar cinco minutos? Aunque solo sea cinco minutos.

-Vamos a ver...

¿Qué le pasa? A ver.

¿Qué le ha dado? ¿Una rampa o algo?

-Un infarto es lo que me va a dar si no paramos.

-Alabado sea Dios, de verdad.

Es que daban ustedes pena, eh.

Bueno, sobre todo usted.

Mi abuela tiene más gracia y salero, fíjese.

-Bueno, ¿y a usted quién le ha preguntado la opinión,

Servando?

-Nadie, pero como sé que le gusta que se la dé, pues...

-Me da vueltas todo.

-Usted permanezca sentado, Cesáreo.

No vaya usted a caerse. Con lo grande que es...

-Oiga, que tiene gracia el choricico este de baile suyo,

eh, Arantxa.

-El choricico el que me comía yo ahora mismo,

que con tanto baile me ha entrado hambre.

-Luego te preparo un guiso con uno picante

que le he comprado a la Lolita.

-Oiga usted una cosa, Servando.

Este baile no se llama "choricico".

Se llama "chortijo".

-Hocico, prima. Hocico. -Eso mismo.

-Zortxiko. Se llama Zortxiko.

-¿Qué más da cómo se baile este baile, hombre?

Lo único que es, es que vamos,

al baile de Naveros no le llega ni a la suela de los zapatos.

-Perdone.

¿Qué ha dicho?

-Ni a la suela de los zapatos.

-No, que qué quería decir.

-Pues que este baile...

El baile del Navero...

Va a ver.

Usted apártese.

Sujétame esto.

# De tantas castañas se quedó, # flojo calvo y horroroso.

# Y todas las mozas decían:

# "Eso es porque es un goloso". #

¡Toma ya!

-Pues sí. Sí, sí.

-¿Se han dado cuenta qué arte?

Qué estilo.

Qué maestría, qué elegancia.

Esto lo bailan todos los señores de allí de Naveros.

Y no los cuatro pelagatos que bailan en su choricico ese.

-¿Eh?

¿Qué ha dicho?

¿Pelagatos no habrá dicho?

¿Pelagatos no habrá dicho?

-¿Y usted a qué ha venido?

-Yo a nada. Yo pasaba por aquí a saludar.

-Pues nos damos por saludados.

Y ahora aire, venga.

¡Venga!

-Que me voy, eh.

Pero que conste que me voy no porque usted me lo diga, no.

Me voy porque yo quiero.

A las buenas.

-Con Dios.

-Bueno y...

Y vamos a aprovechar la marcha de Servando también

para dar ya por terminada la clase, eh.

-¿Qué? -¿Ya?

-Sí. Ya y para siempre.

-¿Qué quiere decir "para siempre"?

-Marcelina, que es que yo no tengo tiempo.

Tengo que estar atendiendo en la casa de mis señores.

Yo no puedo andar viniendo aquí todas las tardes a enseñar bailes.

-¿Y nos va a dejar aquí así a medias?

-¿Qué a medias? Si yo todo lo que tenía que enseñar

ya les he enseñado, Jacinto. Si hacen ustedes muy bien.

Ahora lo único que les queda es practicar y practicar y practicar.

Sobre todo usted, Cesáreo, eh.

Tiene que practicar el doble o el triple, no sé yo.

-Yo practicaré mucho en casa con mi Jacinto.

Y haremos nuestra propia versión del Zortxiko agarrado.

-Pues tira para la puerta, cordera, que vamos a empezar ahora mismo, eh.

(AMBOS) Con Dios.

-Seña Arantxa, muchas gracias por las lecciones.

He aprendido una barbaridad.

-Gracias a ti, Casilda.

-Cesáreo, ¿se baja usted conmigo?

-No. Me quedo a descansar un rato más.

-Pues ale.

A más ver.

-Con Dios.

-Y gracias. -¿Por qué?

-Por evitarme esta penitencia.

No podía más con las clases.

-Lo sé. Si lo he hecho yo por eso, eh.

Para ahorrarle el sufrimiento de bailar tan mal.

Que hay que ver qué mal baila, Cesáreo, eh.

-Señor, señor, espere.

No lo haga usted, que esto no lo tiene que hacer usted.

Discúlpeme,

que es que me he entretenido en el altillo.

-No te apures, Casilda.

¿Estaba Agustina allí?

-No, ¿por qué lo pregunta?

-Porque estaba pensando que Agustina tiene ya unos años

y está atendiendo dos casas.

La de Genoveva y la de Felipe.

¿No crees que es demasiado para ella?

-Ella dice que puede con todo. Será verdad.

-O quizás no quiere admitir que nos e ve capaz.

-Pues también puede ser cierto.

Que ella es más terca que una mula.

Pero mire, ¿sabe una cosa?

Yo la voy a ayudar con la faena.

No se preocupe usted. Si yo lo hago con mucho gusto.

-De todas formas le preguntaré a Felipe cuando venga

a ver cómo la ve él.

-¿Es que espera su visita?

-Sí. Me mandó una nota hace un momento

diciendo que vendría a verme.

(Llaman a la puerta)

Ese debe ser él.

No te preocupes. Yo mismo le recibo.

Buenas tarde, don Felipe.

Le estaba esperando.

¿Le apetece tomar algo?

No, gracias.

Pase y siéntese, por favor.

Por su rostro deduzco que lo que tiene que decirme

es de mucha enjundia.

Quería hablarlo en privado.

Por eso he venido ahora.

Sabía que su esposa no estaba.

No.

De hecho está donde Genoveva.

Quería presentarle a otras señoras conocidas

para involucrarlas en los comités regionales

de ayudas soldado.

Verá.

Me gustaría pedirle un favor. Claro.

¿Usted sabe que estuve en la recepción de la Casa Real?

Sí, con doña Genoveva de hecho.

Allí coincidí con el embajador de Brasil y su señora.

Somos viejos amigos.

Y le saludé.

El caso es que me enteré por casualidad

que estaban buscando una doncella para la mujer del embajador.

Entiendo.

Aproveché la buena relación que tenemos

para proponerle a Marcia para el puesto.

Es un trabajo fijo y bien pagado.

Para una criada desde luego es como si le tocara la lotería, sí.

El trabajo no es suyo.

Tendrá que someterse a una prueba de aptitudes, pero...

Estoy seguro de que las pasará.

Es usted muy generoso.

Pero discúlpeme,

no entiendo qué tengo que ver yo en todo este asunto.

Verá,

me gustaría que fuera usted el que se acercara a Marcia

y le contara todo esto como si fuera idea suya.

Vamos, que fingiera ser su benefactor.

¿Y por qué no quiere que sepa que es usted quien le está ayudando?

No aceptaría el trabajo.

Su orgullo la llevaría a no aceptar ninguna ayuda

que venga de mí.

Le reconozco que a mí no se me da muy bien mentir.

Liberto, solo será una mentira piadosa.

¿Lo hará?

Lo haré.

Solo espero que no me descubra.

No.

Ni ella ni su esposo.

Y tampoco Genoveva.

Por cierto, amigo, ¿cómo va todo ese asunto?

¿Hay novedades?

No.

Todavía no me ha confirmado que esté...

ya sabe.

Yo tampoco le he preguntado para no presionarla.

Desde luego es un tema muy peliagudo.

Para los dos.

Imagínese lo que supondría que todo el mundo supiera

que vamos a tener un hijo fuera del matrimonio.

Eso sería terrible.

No nos precipitemos.

¿De acuerdo?

Lo más importante ahora es mantener la calma

y ver en qué queda todo.

-Son para su madre, que me los encargó.

-¿Qué es?

-Quesos de mi pueblo. Que están de agárrese y no se menee.

-¿Cuánto le debo? -Ahí lo tiene.

-Nueve.

-Aquí tiene.

-Agradecida.

-¿Sabe?

Anoche me crucé con una señora de negro y pensé en Úrsula.

-Uh...

Pues qué pensar más malo, ¿no? -Ya.

Hace unos cuantos días que no se la ve por aquí-

-Y que así siga siendo.

Que parece que cuando esa mujer está cerca

nada más que nos caen desgracias.

Ay, esperemos que esté bien lejos y que nunca más se atreva a venir.

-Hola. -Hola.

Y adiós.

-Adiós.

Camino, te imaginaba en clase de pintura.

¿Qué haces aquí?

¿Y a ti qué te pasa?

-Vengo del estudio de doña Maite.

Y estaba la puerta cerrada.

-Habrá salido un momento.

-He encontrado a la portera y me ha dicho que la vio salir

con una maleta.

Y le comentó que se iba de viaje.

-¿Y no te había dicho nada?

-Es muy raro que no me avisara.

-Le habrá surgido alguna urgencia imprevista.

Te lo contará cuando regrese.

-Camino, no es tan grave.

¿A qué viene esa cara de tristeza?

-Es por el concurso de pintura.

Sin la ayuda de Maite no podré preparar el cuadro.

Y si tarda en regresar, no me dará tiempo a entregarlo.

-Ya...

-Eso si regresa.

-¿Y por qué no iba a regresar?

No hay ningún motivo para que se quiera alejar

de Acacias así de la noche a la mañana.

Vamos, parecía muy a gusto aquí.

Pero si tanto te preocupa,

¿por qué no vas a hablar con don Liberto?

Es posible que él como casero sepa lo que ha pasado

o cuánto tiempo va a tardar en volver tu maestra.

Pero ahora, ya que estás aquí,

será mejor que te pongas a la faena o madre se enfadará.

Y no te preocupes tanto.

No hay ningún motivo para tomárselo tan a la tremenda.

-Se ha quedado una tarde divina, ¿no cree?

-Sí.

-¿Qué tiene? ¿Todavía se siente mal?

-Puedo reconocerle que la cosa me empieza a preocupar.

A lo mejor Arantxa tenía razón y debería ir al médico.

-Seguro que es algo pasajero.

Yo no me preocuparía lo más mínimo.

-Ay, Margarita, este malestar no es propio de mí.

Nunca me he sentido tan enferma.

-Últimamente ha tenido muchos nervios en su casa.

El debut de su esposo, los ensayos de su hija...

Eso al final, pues afecta.

Y que una ya no tiene una edad para andar con tantas cuitas.

Aunque sean buenas.

-Quizás tengas razón, Margarita.

Suerte que la tengo a usted.

Que ni mi propia hermana me cuidaría como me cuida usted.

-Fruslerías.

Tan solo...

pretendo devolverle todo lo que ha hecho por mí.

Toda su generosidad.

-No hay nada que devolver, mujer.

-No quiero que nadie pueda pensar que yo me aprovecho de usted.

-Si lo dice por Arantxa, ella es muy buena mujer.

Pero es muy vasca.

-Y muy desconfiada.

-Lo hace porque me quiere mucho.

(SUSPIRA) Margarita...

¿No le importaría acompañarme ahí hasta la tienda?

Que voy a comprar bicarbonato, que todo lo cura.

-Vamos. -Estoy deseando subir a casa, eh.

A echarme en la cama.

Ay, Lolita,

¿pero qué hace usted, chiquilla, que está embarazada?

-Ahí está.

No se apure que están vacías, doña Bellita.

Además, que ya me han dicho

que no tengo que cargar con mucho peso.

-Con ni mucho ni poco, hija. No cargues, mujer.

-Doña Bellita, ¿se encuentra usted bien?

-Un poquillo revuelta, mi alma.

He venido a ver si podías darme un poquito de bicarbonato, hija.

-Sí, sí, sí. Enseguida se lo doy.

Ay, quería decirle que enhorabuena por la parte que le toca.

Que ya me han dicho que su marido en el teatro

estuvo para quitar el hipo.

-Fue impresionante.

Dejó a todo el público con la boca abierta, ¿verdad?

-Y bueno, muchos clientes me han comentado

que las críticas en el periódico

se deshacían en halagos con su actuación.

Ay, doña Bellita. ¿De verdad que está bien?

Que me está preocupando. Tiene mala cara, mujer.

Doña Bellita, por Dios.

Ay, ay que... ¡Ay, Dios mío!

¡Ay! ¡Doña Bellita, por Dios!

¡Ay! ¡Ayuda!

¡Ayúdennos! ¡Llamen a alguien, por Dios!

¡Doña Bellita!

Ay, madre mía...

Le agradezco que haya venido a verme

a estas horas tan intempestivas.

Pero comprenderá que en este asunto

es muy importante la discreción.

Nadie debe vernos juntos.

Ni relacionarnos jamás.

Nadie ha de verle entrar ni salir de esta casa.

(RÍE) No se preocupe. Eso no va a pasar.

Doña Genoveva, aprovecho para transmitirle mis condolencias

por la muerte de su esposo.

Se lo agradezco.

Creo que se conocían ustedes.

Sí, sí. Así es.

Su esposo era un hombre muy inteligente.

Y ahora descubro

que también tenía muy buen gusto para las mujeres.

No le he hecho llamar para que me regale los oídos.

Me anunció novedades

en el asunto del juicio de Andrade.

¿Cuáles son esas novedades, señor Velasco?

Pues al parecer, el señor Andrade recibió una misteriosa visita

en la cárcel.

¿De quién?

Una mujer mayor.

Al parecer se hizo pasar por una dama de caridad

para llegar hasta él.

Mayor.

Sí. ¿La conoce?

¿Qué le dijo?

El guardia que me rinde cuentas afirma que más que decirle

estuvo sonsacándole información sobre un antiguo empleado

del señor Andrade.

Un tal... Santiago.

Santiago Becerra, sí.

Maldita seas, Úrsula Dicenta.

(SORPRENDIDO) Camino.

-Buenas noches, don Liberto.

¿Le importa que pase?

Quiero que confirme que mis sospechas

sobre la identidad de la visitante de Andrade son ciertas.

Averigüe su nombre.

También quiero que averigüe

qué le ofreció a Andrade a cambio de información.

Toda la vida soñando con devolverle a mi Mari Belli

todas las cosas buenas que ella me ha dado

y ahora ella, no sé ni dónde está.

-¿Dónde va a estar?

Con la Margarita esa.

¡Jesús! No nos vamos a librar de ella nunca, eh.

-Lolita, yo lo que estoy es muy preocupado con mi hijo

porque no puede dejar de comer cacahuetes

y siempre le han sentado mal desde que era pequeño.

-Ya sé lo que tiene.

Un antojo de Cabrahígo.

-¿Pero cómo va a tener un antojo si aquí la embarazada eres tú?

-Aquí, aquí, señora.

-Llamad.

-Ay, Jesús. -Ahí, ahí, ahí.

-Ay, Jesús.

-¡Lucero mío!

¡Amor mío de mis entrañas!

¿Qué ha pasado?

-Por una vez el dinero que pago sirve para algo.

-El dinero que paga doña Genoveva.

Ella paga a los periódicos, paga mi minuta...

Y está dispuesta a pagar al juez para que todo vaya bien.

-Te traigo este anillo

como muestra de mi compromiso y de mi amor

para...

Para pedirte que te conviertas en mi prometida.

¿No dices nada?

-A través de mi amigo, el embajador de Brasil,

he podido saber que su esposa anda buscando una doncella.

Quiere que sea de su mismo país y de plena confianza.

-No sé.

No me imaginaba que conociera al embajador de mi país.

(LLORA) Todos mis hijos,

todos,

me han abandonado.

Perdónalos, señor.

Debería centrarse más en el negocio familiar.

Y dejarse de fantasías de querer ser pintora.

-Madre, sabe que yo apruebo que luche por sus sueños.

-Chiquilladas es lo que son.

Y al final le voy a prohibir que siga asistiendo a esas clases.

-Voy a por el té.

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Acacias 38 - Capítulo 1151

02 dic 2019

La serie, ambientada a principios del siblo XX, esta situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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