www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.17.1/js/
5453861
No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1147 - ver ahora
Transcripción completa

Seré yo quien decida cuándo mostrarte las obras.

-Lo lamento. -"Es para Cinta".

Para que arreglemos nuestros rifirrafes de estos días.

-¿Y le volverá a hablar de la boda?

De eso y de todo lo que sea necesario para hacerle ver

todo lo que siento por ella.

Le diremos que desconvocamos las tertulias.

-¿Está seguro de hacer eso?

-Sí. Mientras que venga ella a las tertulias, no vendrá nadie más.

¿Es de Cinta? -Claro que es de Cinta.

-Dice que no podrá verme hoy,

que le ha surgido un asunto importante y ha de atenderlo.

Vengo de la reunión con el dueño del café.

Ha encontrado un teatro para mi vuelta a los escenarios.

Es dentro de un mes.

¿Es cierto que Santiago tuvo anoche una pelea?

-¿Fue en el barrio?

-Creo que fue cerca del lugar donde trabaja.

No voy a asistir más a tus tertulias.

No tenéis nivel para apreciar mi amena conversación.

-Apreciamos su conversación,

si fuera una conversación,

pero lo suyo es un monólogo, ¿Qué le sucede a Emilio?

-Le había preparado un desayuno especial

para que pudieran estar solos.

Le ha sentado muy mal que usted no le hiciera caso.

-Su hija tiene mucho talento.

Debería usted enviarla a la universidad.

Imagínese lo que podría aprender en una institución especializada.

-No me lo voy a imaginar porque no va a ocurrir.

Nadie podrá conmigo.

Nadie va a poder

con Úrsula Dicenta.

"Han traído esta nota para usted. -Es del director de la obra".

Han cancelado la función de esta noche.

-¿Y explica el motivo?

-(NIEGA) Pero nos convocan a todo el elenco a una reunión urgente.

¿Qué habrá pasado?

-Le vi con Bonifacio el Guantes. -¿Y?

-Manténgase alejado de él y, sobre todo, de sus partidas.

Marcia nunca ha formado parte de mi pasado.

Por mucho que lo he intentado,

no puedo olvidarme de ella.

¿Sigue enamorado de Marcia?

-¿Quién se cree que es para meterse en mi vida?

-No le he dicho a nadie que le vi con Bonifacio,

pero si viene con esas, ¡quizá lo haga!

-¿Me está amenazando? ¡¿Es eso?!

-¿Qué está pasando aquí?

¿No me van a contestar? ¿Qué ocurre?

-No pasa nada, Marcia.

-No digas eso, se ve que estaban al borde de una discusión.

-Pero no pasa nada.

Los dos somos muy exagerados,

pero hablábamos de algo sin importancia, ¿verdad, Cesáreo?

-Sí, ninguna importancia.

-Marcia,

Cesáreo conoce al hombre con el que tuve la pelea en el mercado?

-Ah, ¿lo conoce de verdad?

-Desde hace años.

-¿Y por qué no lo había dicho antes?

-Porque no ha sabido quién era hasta hoy.

Y... no le consiento que dé crédito a las mentiras

que ha dicho ese energúmeno de mí.

No lo esperaba de usted. -Yo solo doy la versión de él.

-¿Y no es la misma que la de mi marido?

-Claro que no. Según él, fue mi culpa,

y eso no es cierto.

Pero lo que me molesta no es que ese hombre mienta, que lo espero en él,

sino que usted le dé crédito. ¿Es que no somos amigos?

-Yo no digo que su versión sea cierta o no,

solo digo lo que él dijo.

Y en el centro está la virtud.

-Es normal que lo vea distinto,

porque cada uno ve la fiesta según le va en ella.

Y yo me llevé una ceja rota,

pero el otro no se fue sin marcas.

-¿Y ustedes se van a pelear por la opinión de ese hombre?

-Mi esposa tiene razón.

Usted y yo somos buenos amigos

y nos hemos llevado siempre a las mil maravillas.

-Eso es cierto.

-Pues dejemos esta discusión, que no lleva a nada.

Que cada uno piense lo que quiera.

-Eso digo yo.

-Pues venga esos cinco.

-Así mejor, sin deudas pendientes.

-Claro.

¿Vamos al cuarto?

-Sí, pero antes tengo que terminar con esto.

-Con Dios.

-Con Dios.

(Sintonía de "Acacias 38")

Arantxa,...

¿te acuerdas del abanico de flores que me pintaron a mano en Argentina?

-Pero de esos tiene tres, señora.

-Aquel que me regaló aquel señor tan gracioso.

-¿El general Roca?

-Sí, el que tenía el bigote muy grande.

-Doña Bellita, ese señor tan gracioso, como usted dice,

era ministro de la Guerra, y ahora,

es el presidente de la República Argentina.

-Bueno, ese, el que me regaló él. Es que no lo encuentro.

-¿Este? -Ay, sí.

Este. Se lo voy a regalar a Margarita.

-A ver, señora,

que es un recuerdo de un presidente,

no puede andar regalando estas cosas.

-Los tengo de reyes y de emperadores,

¿qué más da uno de un presidente?

-Bueno, usted sabrá, el abanico es suyo.

Eh... A ver, señora, que yo...

Yo quería pedirle permiso para ir a pasear con Cesáreo.

-Mira, no hay nada con más gracia que un abanico.

Hasta conversaciones de lejos se pueden tener con uno.

-Señora, ¿usted me ha oído? -¿Qué me decías?

-Que si me da permiso para salir a pasear con Cesáreo.

Sería a primera hora,

para no interferir con el servicio de la casa.

-Sí, claro que sí.

Permiso y mi deseo de que disfrutes.

Como si hubiera que darte permiso

para que hicieras lo que te apeteciera.

Madre, qué abanico más divino. ¿Me lo presta para mi estreno?

No, que se lo voy a regalar a Margarita.

Dele otro, que se me ha antojado. Pues que se te desantoje.

Escoge otro, que estás muy caprichosa.

-¡Atención Familia!

-¿Qué pasa? -Vengo de la reunión del teatro.

El protagonista de "Don Álvaro o la fuerza del sino"

ha enfermado. -¿Y han suspendido la obra?

-No, van a cambiar al protagonista.

-No te preocupes,

si la gente va a verte a ti.

Pongan al que pongan, seguirás recibiendo tus aplausos.

-Que no es eso.

Que el nuevo protagonista, el nuevo don Álvaro, voy a ser yo.

-¡Oh!

-Enhorabuena.

Qué maravilla,

podré llevar a Margarita al estreno. Voy a envolver el abanico.

¿Y cómo es que va a cambiar de personaje de la noche a la mañana?

Aprovecharé el fin de semana, que no hay función, y me lo voy a preparar.

Qué vértigo me ha entrado.

Espero que para el estreno no tenga ensayos ni actuación,

y espero haber hecho las paces con Emilio.

Voy a buscar otro abanico.

Ni me han prestado atención. -Yo sí me alegro.

-Gracias, gracias.

Es muy importante para mi carrera,

un protagonista, quién me lo iba a decir,

si acabo de empezar de pastorcillo.

-Estoy segura de que lo va a hacer mejor que el que había antes,

segura estoy.

Que me tengo que ir a preparar la cena.

Está exquisita.

Menos mal, hacía mucho que no me metía en la cocina.

Esto de las primeras cosas que aprendí a hacer.

Pues debías hacerlo más a menudo.

No sabía que supieras cocinar.

Lo poco que aprendí de mi abuela,

ella sí que era una maravilla entre los fogones.

Y menos mal, porque mi madre no siempre estaba disponible para mí.

Cuéntame.

No, mejor otro día.

Nunca hablas de tu familia.

No sé nada de tu pasado. Te lo contaré todo,

no quiero tener secretos para ti.

Pero hoy no,

hoy quiero que disfrutes de la sopa que te he preparado.

¿Qué tal ha ido el día? Bien. He estado en comisaría.

Ya hay fecha para el juicio contra Andrade.

Méndez me ha pedido que vaya a declarar.

¿Y lo harás? (ASIENTE)

Ese hombre tiene que pagar por lo que le hizo a Marcia

y a las otras mujeres. Claro que sí,

es fundamental que los hombres íntegros, como tú,

ayuden a hacer pagar a los sinvergüenzas de esa calaña.

Hombres como Andrade o Cristóbal deben ser castigados

por sus desmanes.

Celebro que estemos de acuerdo en eso.

No podía ser de otra manera.

Hablando de Cristóbal,

habría que contratar a alguien para que te proteja.

Ya me proteges tú.

No puedo dormir en tu casa todos los días,

¿qué pensarán los vecinos?

No me importa lo que piensen.

Ojalá no tuviéramos que dar satisfacciones a los demás,

pero la sociedad es así, y no se puede ir contra ella.

Solo hay un posible resultado, la derrota.

Tienes razón.

Pero hoy no te vayas.

No me dejes sola esta noche.

No puedo dormir tranquila si no estoy a tu lado.

Pero prométeme lo de contratar a alguien para que te proteja.

No quiero meter a un extraño en casa.

¿Te conté que eché de menos un retrato mío?

¿Ha entrado alguien?

No sé,... estoy nerviosa.

Quizá Agustina lo cambió de sitio.

Es posible, pero hoy no me dejes sola.

Está bien, me quedaré.

Mi deseo de estar contigo es más fuerte al miedo

a lo que opinen los demás.

Ya le digo que no me importaría ir a su caserío a ver esas competiciones.

-No se creería la fuerza que tienen allí los hombres.

Piedras de 200 kilos se levantan para desayunar.

-No me hable de eso, que solo pienso en un café

y en una ensaimada. -No sea bromista, hombre.

-Lo digo en serio. ¿No le apetece un café y un bollo?

A mi señora le pedí permiso para salir a pasear a primera hora,

no para desayunar. -¿Y necesita permiso?

-Mi señora dice que no,

pero yo creo que lo bien hecho, bien parece.

-Pues nada, espero que podamos repetir este paseo tan agradable.

Y que no sea a una hora tan temprana.

-¿Es que no le gusta madrugar?

-Más que a los gallos.

Cuando los gallos se acuestan, yo canto. ¡Kikiriki!

(RÍEN)

-Me recuerda usted a uno de mi pueblo, a Joseba,

era muy gracioso y divertido.

Pero serio cuando había que serlo.

-Sí. Se puede ser cualquier cosa menos un chisgarabís.

-Bien dicho.

-(BOSTEZA)

Buenos días.

No se lo van a creer porque estamos en la ciudad,

pero he oído cantar a un gallo. -(RÍE)

Pues sí que tiene buen oído, que se lo conserve Dios.

Ha sido Cesáreo. -¿Qué me dice?

Pues ha cantado lo mismito que un gallo que teníamos en el pueblo.

Eh...

¿Qué hacen en la calle tan temprano?

-Vengo del mercao.

-¿Sin capazo?

¿Y usted qué hace vestido de domingo?

-Jacinto, mejor se va a tomar un café con leche...

O no, mejor, vuelva a la cama, que le veo con una pinta de "logura".

-¿De locura?

No, "logure", "logure", ganas de dormir.

-Le voy a hacer caso.

Puede que hasta me eche una cabezadita.

-¿Por qué ha dicho eso del mercado?

-No quiero que sepa que hemos ido solos hasta el río.

-¿Por qué?

-Para evitar habladurías. Y espero que usted sea discreto.

-Si me lo pide usted, no diré nada.

-Mejor. -Eso sí,

con una condición,... que repitamos el paseo.

-Ya veremos.

Tengo que ir a preparar el desayuno,

que estará la familia con mar de fondo.

Qué digo, mar de fondo, una mariscada del Cantábrico.

Agur.

-Agur.

Bueno, así da gusto que a una le inviten a desayunar

y que solo haya exquisiteces.

-(ROSINA RÍE) -Y que lo digas, Lolita.

-¿Y a qué se debe este lujo, doña Rosina?

-A que las costumbres de París son de París,

y las españolas, son las españolas.

-Claro que sí.

Pero si no nos lo explica... Me he quedado in albis.

-Quiero decir que allí gustan mucho las veladas artístico literarias,

pero aquí somos más de un buen chocolate,

de ensaimadas y de bollos suizos. -A falta de churros y porras.

-Tienes razón, Lolita,

el próximo desayuno será más español:

churros, porras y picatostes.

-Ole. ¿No viene doña Bellita?

-Uy, no.

Es que... en esa casa siempre andan con líos, ¿sabe, Maite?

Cuando no es una cosa, es otra.

¿Sabe usted algo, Felicia?

-Los líos normales de una casa.

Y Cinta y Emilio, los tiras y aflojas normales de unos novios.

Nada grave.

-¿Esto de los desayunos es típico en París, Maite?

-Claro.

Y después de una noche de jarana,

se va en comanda al mercado a tomar sopa de cebolla.

-¿Sopa de cebolla en el desayuno?

-Claro, es lo mejor para asentar el estómago después de mucha absenta.

-¿Absenta?

-Sí.

Bueno, son costumbres distintas,

y ya saben: allá donde fueres, haz lo que vieres.

-Claro.

Y si vas a los mares del sur

y son caníbales, cómete la pierna del misionero.

-Eso ha tenido gracia.

¿A qué sabrá la pantorrilla de un misionero?

-Bueno, conformémonos sabiendo a qué saben los bollos.

Cambiemos de tema, algo interesante.

No todo van a ser tendencias de moda.

-A ver, ¿qué tal la futura guerra en Europa?

Me da que eso no hay quién lo pare.

-No hablemos de eso,

que si hay guerra, nos invaden seguro,

no hemos podido ganar la guerra de Marruecos...

Ahora, no sé yo si los ingleses...

o los franceses, claro, lo harán.

-Por Cabrahígo no creo que pasen.

Hasta Napoleón los rodeó.

-No me extraña, Lolita,

las cosas como son.

No solo se arriesgaban a no conquistar Cabrahígo,

sino a perder todo el imperio. -Claro.

-¿Y usted qué opina, Maite? Supongo que estará...

completamente a favor de los franceses.

-Yo estoy en contra de la guerra.

No hace nada por los obreros.

-¿Por los obreros dice? -Sí,

por los obreros.

La guerra interesa a los militares, a los burgueses

y a los grandes empresarios.

Los que van al frente son hijos de obreros,

y esos no tienen nada que ganar.

Pierden hasta la vida, que es lo más preciado.

-Pues tiene razón. Yo que tengo una mantequería,

a mí qué me importa que mande el káiser alemán

o el rey de Inglaterra,

yo quiero que me compren chorizos y vivir en paz.

Yo también soy pacifista. -Hablemos de otro tema,

estos son asuntos de hombres. -De eso nada.

Los soldados que mueren tienen madre,

pues es asunto de todos, también nuestro.

Los asuntos de actualidad son tanto de hombres como de mujeres.

-Toda la razón.

-¿Y qué me dicen de la moda francesa?

Tiene unas cosas...

Hablando de París...

Qué solapas...

Yo, ni loca me pongo un vestido con estas solapas.

-Ni yo.

-(ROSINA SUSPIRA)

(Puerta)

Santiago.

¿Por qué echas la llave? -No lo sé.

Lo he hecho sin querer, la costumbre, supongo.

-Nunca lo haces.

Aquí no, pero he estado en sitios donde era mejor hacerlo así.

-Pero ¿no pasa nada?

Nada en absoluto, confía en mí.

Iba a comer una naranja. ¿Te apetece?

-No, gracias, ahora no.

¿Quieres que te la pele yo? -No, que me malacostumbras.

¿Tienes mucho trabajo hoy? -Como siempre. Y que no falte.

-¿Y tú?

-Ya sabes que el trabajo en el almacén anda flojo

solo nos llaman para cargar y descargar.

-Santiago, tienes que encontrar otro.

-No es fácil,

pero hago lo que puedo,

aceptando lo que me ofrecen, aunque sea por dos horas.

-Mientras sea todo legal... -Todo es legal, no te preocupes.

Marcia,...

quería decirte una cosa. -¿Qué ocurre?

-He estado pensando en Cuba.

Allí hay grandes plantaciones de azúcar,

ya sabes que antes del caucho, trabajé en un ingenio en Brasil,

conozco el trabajo y sé cómo funcionan estos ingenios.

-Pero Cuba está muy lejos.

-Tengo un viejo amigo en Pinar del Río, nos ayudaría a instalarnos.

Y tengo experiencia como capataz, ya lo sabes.

-¿Y volver al campo?

-O a La Habana.

Le llaman la Perla del Caribe.

Allí, el dinero corre a espuertas,

y un hombre con ganas de trabajar, prospera con facilidad.

-¿Tú quieres ir?

-Yo quiero volver a Brasil, pero no es posible.

Cuba es lo más parecido en todo.

-Yo también echo de menos el calor del trópico.

Podemos ahorrar

y pagarnos unos pasajes de barco, pero tardaríamos unas semanas.

-Sí, no se trata solo de los pasajes,

tendríamos que conseguir dinero para los primeros tiempos,

quizá para montar un negocio.

¿No quieres ser dueña de tu propio negocio?

-Claro que sí, Santiago,

es un deseo que he tenido siempre, peo es un imposible.

-Nada es imposible,

solo tendremos que luchar para conseguir nuestros sueños.

No serán unas semanas, sino unos meses,

pero lo conseguiremos.

-Ojalá.

Te quiero. -"El regalo que le dije".

-¿Lo puedo abrir? -Claro, es suyo.

-Es precioso.

Es una obra de arte.

-En Buenos Aires hay artesanos maravillosos,

pero este tiene historia.

-Quiero escucharla.

-Me lo regaló el general Julio Roca,

que por aquel entonces, era Ministro de la Guerra,

y ahora es presidente de la República Argentina.

-Entonces, no lo puedo aceptar,

es un recuerdo muy bonito para usted.

-Por eso quiero que lo tenga.

Lo bonito de los regalos es que estén cargados de sentimientos,

no basta con ir a una tienda y comprar algo que valga dos duros.

Abaníquese, verá qué calidad.

-¿Es posible que dé más aire que uno normal?

-Yo creo que sí, que parece un vendaval.

(RÍEN)

-pero qué cosas tiene usted.

Pero me hace reír,

Con la tristeza en la que me ha sumido

el abandono de mi esposo...

-Es una vergüenza lo que le ha hecho su esposo.

Los matrimonios tienen que fortalecerse con las adversidades,

no romperse.

-No todas hemos tenido su suerte en la vida.

Lo digo por don Jose, no por su carrera.

Se ve que ese hombre besa el suelo que pisa.

-Y yo el que pisa él, que es recíproco.

¿Le apetece que vayamos a dar un paseo?

-Si no le importa, prefiero que tomemos un té.

¿Qué le parece si tomamos un té moruno?

Mire, lo he comprado de camino,

yo misma se lo preparo.

-Les traigo un té con colación,

que a estas horas ya hace un poco de hambre.

-Ya ve la eficacia de Arantxa,

pensamos en tomar té y ella ya lo tenía preparado.

Y además, con unas pastas de acompañamiento.

Tendremos que dejar el té moruno para otra ocasión.

-Espero que las haya.

Y muchas.

# -Desde Santurce a Bilbao, vengo por toda la orilla... #

(CESÁREO CANTURREA)

-Bueno...

El sereno cantando, esto es el mundo al revés.

-No se crea, suelo cantar para mis adentros

para no quedarme dormido.

-Como yo cuando iba por los montes con mi rebaño,

a voz en grito, que a veces las ovejas se asustaban.

-¿Y qué cantabas? -Eh...

Cosas que me inventaba, pero no me las haga repetir, que me da reparo.

-No sabía que eran aficionados a las damas.

-Intento enseñar a este cafre, pero no hay manera.

Cada vez que le toca, me pregunta cómo se mueven.

-Es muy complicao.

-Si es el juego más fácil del mundo.

No sé qué dirías si supieras cómo se juega al ajedrez.

-¿Usted sabe?

-Mover las piezas y poco más.

¿Y a qué venía por el altillo?

-A... beber un poco de agua del botijo, que está fresquita.

-Pero ¿no hay botijo en el chiscón de la portería?

-No habrá subido buscando a alguien, ¿no?

-No. ¿Y a quién iba a buscar yo? -No sé,

pues usted sabrá de quién no se separa ni a sol ni a sombra.

-Jacinto, no levantes falsos rumores.

Y recojan el juego, que están en jornada de trabajo.

-Tiene razón, Cesáreo,

el otro día despidieron al Rufino, el portero,

a Rufino, por no hacer su trabajo.

-¿A Rufino? Pobre hombre.

¿Es que ya no hay corazón? -Lo que no hay es seriedad.

Se encontraron un saco lleno de cartas que no repartía.

Eso es delito, y suerte que no lo han denunciado.

-Y lo que barría debajo de la alfombra.

-Ah, eso yo no lo hago.

-Pero estás aquí jugando a las damas en horario de trabajo.

-Rufino se vuelve al pueblo,

con la familia, sin un duro y con cara de fracaso.

-Así que ándate con ojo, Jacinto.

Me voy.

# Desde Santurce a Bilbao, vengo por toda la orilla... #

-¿No está muy contento?

El Cesáreo ha sido siempre muy cenizo.

Pa mí que se ha enamorao.

-Venga, hombre, por Dios.

No digas pamplinas. Recoge todo esto y vámonos pa'bajo.

Date prisita. -Ya va, ya va.

¿Qué vas a pintar hoy?

Es hora de que decidas por ti misma.

-No he pensado nada.

-Pues ya puedes estrujarte el cerebro.

Es importante que vayas registrando imágenes.

Cuando salgas a la calle o vayas a las afueras y veas un edificio,

una plaza, un parque, un bodegón,...

te pones delante del lienzo, lo recuerdas

y decides lo que vas a pintar.

-¿La pinto a usted?

-Todavía no es el momento.

-¿Posará para mí?

Me gustaría mucho pintarla. -Algún día.

Pinta esta manzana.

-¿Mordida?

Aunque esté mordida, píntala como tú la veas.

-Lo intentaré.

Deje, que la coloco.

¿Sabes? Hoy he desayunado con las señoras.

No soporto que sean tan anticuadas.

-Me contó mi madre que está usted en contra de la guerra.

-Claro.

¿Y qué insensato puede estar a favor?

-Nunca he pensado en esas cosas.

-Pues deberías pensar, Camino.

No podemos permitir que sean los hombres

los que tomen las decisiones importantes.

-¿Le parece bien así?

-No.

En el mundo vivimos hombres y mujeres,

y todos tenemos los mismos derechos, obligaciones y responsabilidades.

-Me refería a la manzana.

-Ah, sí, está bien así.

Disculpa, me enciendo y...

Las señoras me sacan un poco de quicio.

-Ni mi madre ni Rosina, ni mucho menos Carmen o Lolita

han tenido la misma educación que usted.

Hay que perdonarlas.

-No es una cuestión de educación, es una cuestión de interés,

de evolución, de querer aprender.

¿Sabes qué es lo peor?

Que intentan trasmitirlo a generaciones futuras, su ignorancia.

-Me parece radical, son mujeres con buena intención.

-La buena intención no mueve el mundo.

Como tu madre, empeñada en que trabajes en el restaurante,

con el talento que tienes para la pintura.

-Gracias,

pero mi madre no quiere mi mal,

me quiere con locura y solo quiere protegerme.

-Con la excusa del cariño, lo que hace es ponerte ataduras

para que seas tan ingenua como ella,

y si no te las quitas, lo logrará.

-Estoy segura de que al final no pondrá trabas para las clases.

-Eso espero.

Y venga, dejémonos de charla y a pintar.

Quiero que pintes la manzana más apetitosa del mundo.

Gracias, Agustina.

-Ay, qué cansancio.

Se agradece un momento para sentarse y conversar con una amiga.

Es que, llevar dos casas

es agotador. Debería dejar de hacerlo.

-No es tan difícil, no se crea.

Y tampoco son trabajos forzados como los de los presos.

-Agustina, que he sido criada y lo sé perfectamente:

la comida, la colada, limpieza diaria, la compra...

-No es lo mismo llevar una casa en la que hay una familia,

que dos casas en las que hay una persona en cada una.

Difícil era llevar al día el hogar de los Antequera Emperador.

Eran doce personas:

comida para doce,

ropa para doce,

limpiar para doce...

Para mí, atender a dos personas es el paraíso.

-Bueno, visto así...

Y, además,

don Felipe me lo pidió

solo por dos días.

He sido ya la que ha querido seguir,

que lo he pedido voluntaria.

Pero a doña Genoveva le sobra el dinero,

podría tener hasta a media docena de criadas.

Organizar a tantas criadas, sería más trabajo

que atender a don Felipe y a doña Genoveva.

-Bueno, bueno...

Sigo pensando que dos casas dan más trabajo que solo una.

Al final, hay que pasar el plumero en dos salones.

-Le voy a decir algo, pero que no salga de aquí.

-Agustina, por Dios, sabe que de mí no va a salir.

-En realidad, viven en una sola casa.

Don Felipe y doña Genoveva

viven prácticamente juntos.

Comen, cenan y hasta duermen

juntos.

-Pero ¿como un matrimonio?

-Si en la intimidad se comportan como un matrimonio

o ella conserva el decoro, no lo sé.

Por lo demás,

como si estuvieran casados.

Carmen, qué sorpresa. ¿Cómo es que está en la cocina?

Solo he venido a tomar un té con Agustina.

Espero que no le importe.

Todo lo contrario, me apunto si soy bienvenida.

Por supuesto.

-Claro, señora. Le sirvo el té en el salón.

Me lo tomaré aquí con ustedes, si no les importa.

No sé qué vestido ponerme para la actuación.

Dudo entre dos.

Los veo y te doy mi opinión.

¿Tendrás tiempo?

Entre el restaurante y las clases de pintura, estás cara de ver.

Sacaré el tiempo de dónde sea.

¿A que no sabes qué estoy pintando hoy?

¿Qué? Una manzana mordida.

Qué porquería de pintura.

No pongo yo eso ni loca en mi casa.

Eso pensaba yo, pero tiene matices.

Es una manzana como yo la vea:

el color, la forma... Es mi manzana, ¿sabes?

(ASIENTE)

Bueno, si a ti te gusta, allá tú.

Yo estoy con el asunto de escoger el repertorio para la actuación.

Tengo que ver por dónde empezar, cómo lo voy a cerrar, los bailes...

Es como un rompecabezas, ¿sabes?

Tiene que haber partes más animadas, otras más sentimentales,

otras con más ritmo...

Ay, madre mía... Vas a escoger de maravilla.

No te agobies.

¿Es cierto que tu padre va a ser protagonista de una obra de teatro?

Sí, está de un pesado, no habla de otra cosa.

Pues como tú.

Lo mío es más importante.

Cantar en un escenario es más importante que actuar, ¿no?

Cada cosa tiene lo suyo.

Para tu padre es el teatro, para mí la pintura, para ti la música...

En fin, pa gustos colores.

¿Y tu hermano?

¿Sabes si sigue enfadado conmigo?

Pues creo que sí,

pero no me atrevo a afirmarlo porque no estoy segura.

Cuando te menciono, cambia de tema.

¿Por qué no le llamas y le dices que estoy aquí?

Está bien, pero por favor,

nada de tiraros los platos en la cabeza, que cuestan una fortuna.

Palabra.

¡Emilio! ¿Puedes salir un momento?

Yo os dejo solos.

Voy a ayudar a madre, a ver si acabo pronto para las clases.

-Hola. Hola.

Como veo que tú no das el paso, lo doy yo.

¿Sigues enfadado conmigo?

Enfadado no, decepcionado.

He hecho lo que he podido para agradarte y me ignoras.

Hasta faltaste a la cita a la que te llamé.

No sabía que fuera tan importante.

Iba a decirte que estoy dispuesto a pedirles tu mano a tus padres.

Es que no sé si te quieres casar conmigo de verdad

o lo que quieres es que ceda a tus pretensiones amorosas.

Pero ¿dudas de mí a estas alturas?

En los últimos tiempos,

parece que no quieres otra cosa que encontrarte conmigo a solas,

como si quedarte con mi virtud fuese lo único que te importa.

Ya. Pues si no estás segura,

nos tendremos que pensar si queremos seguir juntos.

No, amor, no. Yo te adoro.

Pues no sé cuál es el problema, porque yo también te adoro a ti.

Eres un bruto y un troglodita.

Y tú una anticuada y una mojigata. Y tú un descarado.

No sé por qué me he enamorado de ti.

¿Qué te parece si dejamos la actuación y hablamos de todo?

¿De todo, todo?

Sí, de todo, de eso también, pesado.

Ya se lo contará Lolita, doña Genoveva,

pero, por lo que sé, ha hecho los contactos

en su pueblo para el asunto de los comités de las mujeres en Cabrahígo.

Luego me pasaré para que me dé los contactos

y para darle la enhorabuena.

Se pondrá muy contenta.

-Hace usted una labor maravillosa

con el comité de ayuda a los soldados.

Gracias, pero no sería posible sin la ayuda de personas como usted.

¿Como yo?

No pensará que podría estar reunida con abogados y políticos

de no tener las espaldas cubiertas en casa. Imposible.

No compare la importancia de una cosa y la otra.

Lo importante es que cada uno haga lo que le corresponde.

Siendo así, todos progresaremos.

-Qué razón tiene usted, doña Genoveva.

En su casa y en la de don Felipe.

No contenta con llevar una casa,

que ya es mucho, Agustina es capaz de llevar dos.

A veces, me siento una explotadora.

Sabe que lo hago de corazón.

Y yo se lo agradezco,

no solo por el trabajo que hace,

también por la tranquilidad que me da.

No quiero meter a nadie extraño en casa,

nadie que pueda servir a los intereses de...

Cristóbal Cabrera o de Úrsula.

Usted me abrió los ojos sobre esa mujer,

debo compensárselo de alguna manera.

Lo que debe hacer es seguir cuidándome como hasta ahora.

Ahora he de marcharme, tengo que seguir trabajando.

-Sí, yo también me voy.

Estoy muy a gusto hablando, pero me espera mi esposo para dar un paseo.

Vaya, vaya y disfrute.

Y dele saludos a don Ramón de mi parte.

Tenemos suerte de contar con su presencia.

Descuide, así lo haré.

Le acompaño.

Gracias.

Agustina, gracias.

(Puerta)

Agustina, quería preguntarle si ha cambiado de sitio un marco

con un retrato que había en el salón.

No, señora. Yo no he movido nada.

No sé qué puede haber pasado. Ha desaparecido.

¿No pensará que lo he robado?

No, por favor, claro que no. Confío plenamente en usted,

solo que no sé dónde puede estar.

¿Y esto qué es?

-No sé.

Hay muchos cuadros, unos se entienden, pero otros

pa chasco que no.

-A mí me recuerda al carnaval, como los de Brasil.

-¿En serio?

¿Esto te recuerda al carnaval de Brasil?

-No, la verdad es que no.

-Yo sé que es.

Esto seguro que es un cocido. Eso blanco es el tocino.

-Tampoco. ¿Dónde están los garbanzos y el chorizo?

¿La gente se compra cuadros

que no saben si es un carnaval o un chorizo?

-Hay mucha gente rara por el mundo.

Y estos cuadros suelen ser caros,

los compran los ricos, gente muy rara.

-Tienes más razón que un santo.

Se debe de trabajar bien aquí...

entre tanta cosa... rara.

Te puedes pasar el tiempo pensando qué es cada cosa

sin acordarte de los problemas.

-¿Tienes problemas con Santiago?

-No, lo de los golpes en la cara.

No sé si me ha dicho la verdad,

pero no quiero volverme loca con eso.

Si me meto en su vida, se enfada. -Más vale un enfado a tiempo.

-No le conoces.

Por mucho que haya cambiado,

me acuerdo de sus enfados, y me da miedo.

A ver si sigue así, como ahora, tranquilo y sosegado.

-Buenas tardes.

Hola, Marcia, ¿has venido a acompañar a Casilda?

-He traído el pedido de la mantequería.

Pero ya me voy,

no quiero que Casilda se retrase y usted la riña.

-No, quédate, que no voy a reñir a nadie.

Me encanta que vengáis, miréis los cuadros

y charléis conmigo.

-Por cierto, hablando de sus cuadros,

¿esto qué es, es el carnaval de Brasil o es un cocido?

-Ninguna de las dos. Es...

una cebra, ¿no lo ves?

-No, no, la verdad que no. -Yo tampoco.

-Es que no es nada.

Es una composición que se me ocurrió,

ni carnaval, ni cebra ni cocido. Unas manchas, nada más.

-Son unas manchas muy bonitas.

-Ahí está el título de mi cuadro: Manchas bonitas.

¿Lo compraríais?

-Con todos mis respetos, doña Maite, yo...

Son unas manchas muy bonitas,

pero no me dejaba yo el parné en este cuadro.

-Ni gratis me lo llevo.

-Así me gusta, sinceridad.

¿Os hago un té?

Estoy deseando que me cuentes cosas de tu país, Marcia.

-Otro día me encantará, pero debo volver a la mantequería,

Lolita está sola.

-Qué pena.

Bueno, pero otro día, ¿me lo prometes?

-Claro que sí, doña Maite.

Yo le cuento cosas sobre Brasil,

si usted me cuenta cosas de París.

-Por supuesto.

-Eso, que todas las criadas estamos deseando saber cosas sobre París.

-Pues nunca me has dicho nada.

-Ya. No le he preguntado porque soy muy tímida.

Además, usted es una señora y yo soy una criada.

-No, no, aquí todas somos mujeres y somos iguales.

Si me invitáis al altillo, yo voy y os cuento cosas de París.

-Yo me apunto.

-Pues hecho.

¿Quiere dos cucharadas de azúcar?

-Hija, ¿cuántos años llevas poniéndome el café?

-¿Unos veinticinco?

¿Se te ha olvidado el azúcar que quiero?

-Sí, dos.

-¿Y la leche templada?

-Como siempre. ¿Se puede saber qué te pasa?

-Jesús... ¿No me va a preguntar nada?

-¿Nada sobre qué?

-¿Sobre qué va a ser?

Sobre mi paseo con Cesáreo.

-Ay, es verdad, que se me había olvidado.

¿Cómo te fue? -Bien.

Cesáreo es muy agradable, señora, y muy discreto también.

Se comportó todo el paseo como un caballero.

-Pues así no vais a ningún lado, que tenéis edad.

Si andáis con remilgos, te quedas para vestir santos.

-Dile que no sea tan caballero.

-Pero bueno, señora, ¿qué quiere usted de mí?

¿Que me comporte como una chiquilla sin cabeza?

-Más te valdría.

Pero bueno... Jesús, María y José,

lo que tiene una que oír.

Se lo cuento a su marido, que me va a aconsejar mejor que usted.

-Sí, sí, pregúntale a él.

¿Le habrá gustado el abanico a Margarita?

Está tan triste...

-"La jaca torda,

la que, cual dices tú, los campos borda".

"La que tanto te agrada por su obediencia y brío,

para ti está, mi reina enjaezada".

Etcétera, etcétera... -¿Qué dices?

Es de mi papel, el de don Álvaro.

¿Me ayudas a pasar el texto?

-No, que te ayude Arantxa.

Yo me voy a buscar a Margarita, la voy a llevar a una tienda nueva

a comprarle un tocado, que el suyo está muy viejo.

-Margarita, Margarita, nada, que no me ayuda.

-Yo le ayudo, señor. -Ay...

Eres la única que me hace caso en esta casa.

-No diga eso, don Jose. -No lo digo, pero es la verdad.

A ver, que no me equivoque. Espera, espera, esa parte.

...enjaezada.

(Puerta)

Ay, socorro.

¡Para mí el alazán gallardo!

-Ya, ya. "Para mí el alazán gallardo y fiero".

"¡Oh, loco estoy de amor y de alegría!".

"En San Juan de Aznalfarache,

preparado todo con gran secreto, lo he dejado".

"El sacerdote en el altar espera".

-Se lo sabe muy bien, de pe a pa se lo sabe, ¿eh?

Has el propio texto lo dice, ¿eh? -¿Qué?

-Pues que el que tiene amor, tiene alegría.

-Ah. Pues no sé qué decirte.

Pero trae, vamos a la siguiente parte.

-(ARANTXA CANTURREA)

-Este.

(CESÁREO CANTURRREA)

-¿Se puede saber qué le pasa, que le veo feliz y canturreando?

-Nada. ¿Qué me va a pasar? -Venga, hombre,

usted no me engaña.

Usted es un aguafiestas y hoy parece el hombre más feliz del barrio.

-Amigo Servando,

a veces la vida te da sorpresas,

y cuando no esperas nada de la vida, te da un regalo.

-¿Regalo con nombre de mujer?

-La dicha es privada,

a ver si al desvelarlo, voy a hacer que desaparezca.

-(SERVANDO RÍE)

Ya está otra vez ese tipo por aquí, lleva rondando toda la mañana.

Lo voy a denunciar.

-Si no ha hecho nada,

él solo camina y mira.

-Seguro que busca a alguien, quizá un deudor.

-¿Y usted sabe quién es?

-Me temo que sí. Pero no lo puedo afirmar.

-¿Quién, Cesáreo?

-No, no puedo.

-A mí se me hace tarde,

que tengo que hacer algo muy importante.

-¿Ah, sí? ¿Y adónde va?

¿Qué es eso tan importante?

-Que he encargado un retrato de mí a un fotógrafo

pa pasar a la posteridad, ya sabe. Mañana es mi aniversario.

-Muchas felicidades. A ver si se invita a un piscolabis.

-Mañana hay merienda en la pensión.

-Claro, y pretenderá que la prepare yo.

-Mujer, si no es molestia...

Es que... eso no es cosa de hombres.

Que... Bueno... Con su permiso.

-Menuda desfachatez que tiene este hombre.

En fin, prepararé un bizcocho.

Con permiso. -Con Dios.

Buenas tardes.

-Cesáreo, estoy asustada.

Ayer, usted discutía con mi esposo. ¿Era por ese hombre?

-No, ya le dije,

era por el hombre con el que se peleó en el mercado.

Y no era una discusión, solo que tuvimos unas diferencias.

Santiago estaba en lo cierto, su versión era la correcta.

-¿No me engaña? -No, ¿por qué iba a hacerlo?

-¿Y ese hombre? Parece que nos vigila.

-No hace nada malo, solo mira.

-Temo que tenga que ver con la pelea de Santiago, que me haya mentido.

-¿Y por qué iba a mentirme?

-No sé, Cesáreo.

Todo me asusta.

Puedes dejarlo por hoy, ya no hay buena luz.

-Mañana, la manzana estará podrida.

-Hay cosas que solo tienen un momento de belleza

y hay que captar su esencia.

Mañana daré un mordisco a la otra manzana.

Pero acabemos por hoy.

-¿Puedo pedirle algo?

-Mientras no sea dinero.

-No, no. Mi petición es más valiosa que el dinero.

¿Podría ver el cuadro del otro día?

Creo que me lo he ganado.

-¿Y... qué has hecho para ganártelo?

-Pasar horas pintando una manzana mordida y a medio pudrir.

¿Le parece poco? -(RÍE)

Tienes razón...,

te lo has ganado.

¿Estás segura de que quieres verlo?

-Será todo un honor para mí.

-No lo ha visto nadie antes.

-Me muero de ganas de ver la obra más íntima de Maite Zaldúa.

-Está bien.

"Voilà".

Es el último que pinté en Parí.

Le quedan algunos retoques.

Se llama "El abrazo".

-Son dos mujeres.

-Sí.

Dos mujeres que se aman.

¿Qué te parece?

-Deslumbrante.

¿Qué quieres? Espero que sea importante.

¿Qué le parece? Mucho dinero.

Lo he ganado hoy.

Podríamos ir a celebrarlo.

¿Te has vuelto loco?

A una taberna, seguro que no es la primera vez que pisa una.

Creo que ya has bebido bastante.

¿No me da un beso?

Ni con todo ese dinero que llevas podrías pagar un beso mío.

Entonces, tiene un precio.

Todo en esta vida lo tiene.

Pero ahora, tú te tienes que conformar con los de Marcia.

No se le ocurra despreciarla. Así me gusta,

que sigas enamorado, aunque me desees a mí.

Y ahora, quita de en medio,

me voy con Felipe, él sí tiene los besos gratis.

Dicen que de noche todos los gatos son pardos, pero... es falso,

se pueden ver sus colores.

Déjeme en paz.

Me alegra ver que sigue usted teniendo encuentros con su amigo,

¿o debería decir... compinche?

Es el contrato que he firmado con el gerente y el dueño del teatro.

¿Has ido a firmar un contrato sin pedirme que te acompañara?

¿Para qué le iba a pedir que viniera conmigo,

si solo está con Margarita?

Sé que usted trajo a ese tipo a España

para impedir el matrimonio de don Felipe con Marcia.

¿Otra vez con sus delirios?

Sé a través de quién lo hizo.

No sé si es algo adecuado como para plasmarlo en un cuadro.

-El arte está por encima

de cualquier convencionalismo y tabú.

Diría que está bien.

No le ha dado tiempo a leer ni mi nombre.

He leído tantísimos contratos,

que no necesito nada para ver que todo está en regla.

Ha tenido suerte con Maite,

es la profesora perfecta.

-Sí, eso parece.

-No le pondrá pegas.

-Tiene unas ideas que no quiero que inculque a mi hija.

¿Es verdad que en París las mujeres van solas a los cafés?

-¿Y que las criadas tienen un día libre a la semana?

-(ASIENTE) Así es.

Es del Ministerio del Ejército.

Me invitan a una recepción real.

Si me he arriesgado a venir,

ha sido para proponerle un trato.

¿Cómo de lucrativo? Mucho.

Doña Maite es campechana y sencilla.

Si no fuera por sus ropas y lo mucho que sabe de to,

parecería una de nosotras.

-No me gusta nada lo que estás contando.

-Criadas y servicio mezclado. Esto es el acabose.

Diría que no se la ve muy liada a su esposa de usted.

-Irse de compras no parece cosa de mucha enjundia, no.

En casa de mi señor, ha desaparecido un retrato de Telmo.

Y eso no es todo,

desde hace unos días, de casa de doña Genoveva

falta un marco con una foto de ella.

Tenías razón,...

soy muy dichosa trabajando la arcilla.

-"Santiago está metido en timbas ilegales".

"Y es de ahí de donde saca el dinero".

-Aquí hay una fortuna.

Cesáreo tenía razón, eran mentiras de Santiago.

  • A mi lista
  • A mis favoritos
  • Capítulo 1147

  • Compartir en Facebook Facebook
  • Compartir en Twitter Twitter

Acacias 38 - Capítulo 1147

26 nov 2019

Cesáreo acepta las amenazas de Santiago y le oculta a Marcia las sospechas de que su marido está metido en timbas ilegales.
La nota del teatro era para que Jose sea el protagonista de la obra... Pero esta gran noticia recibe una fría acogida en su familia: Bellita está pendiente de Margarita y Cinta de su debut.
Genoveva afirma estar asustada tras las últimas amenazas de Úrsula... Pero es una estrategia para dormir con Felipe, que sigue distanciado después de que ella le dijera que quiere ser madre.
La cercanía entre Arantxa y Cesáreo empieza a llamar la atención del resto de criados.
Maite anima a Camino que siga su senda a pesar de las reticencias de su madre. En un momento de cercanía Camino desvela el cuadro de su maestra ¡son dos mujeres desnudas y abrazadas!
Úrsula empieza a sospechar de la alianza de Santiago y Genoveva. La criada se relame: parece tener una nueva forma de atacar a su señora.

ver más sobre "Acacias 38 - Capítulo 1147" ver menos sobre "Acacias 38 - Capítulo 1147"
Programas completos (1162)
Clips

Los últimos 3.741 programas de Acacias 38

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios