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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1129 - ver ahora
Transcripción completa

Ese hombre no es quien dice ser.

-Y si fuera así, ¿qué pretende?

-No lo sé.

Olvídate de todo lo que hemos hablado.

Armando lleva días desaparecido del Ateneo, nadie sabe dónde está.

-Ese nos la ha dado a todos con queso.

¿Le preparo jamoncito como siempre?

-No quiero nada, tengo asuntos que atender.

Te vi hablar con Genoveva. Parece que tenéis mucha confianza.

-Hable con ella para ver si te podía conseguir una colocación.

Espero que lo pienses mejor

la próxima vez antes de acusarme sin fundamento.

Esta mañana se ha pasado por aquí don Armando.

-¿A qué vino? -A despedirse de nosotras.

-"Quiero que me ponga en contacto con Margarita,

necesito hablar con ella".

-Usted necesita un detective. Dígale que llama de mi parte.

-Muchas gracias. -Quiero ayudarle.

¡Mentira!

Todos los vecinos me han tenido envidia desde que llegué.

Siempre han buscado mi mal,

siempre esperando verme flaquear para acabar conmigo.

Usted sabe que eso no es verdad.

La desprecio,

igual que desprecio al resto de los vecinos de Acacias.

Quería avisarles de que voy a convocar a la prensa

en esta casa, mañana.

Y por supuesto, están todos invitados.

Hasta a Bellita, a mi esposa.

Es la primera vez que engaño a Bellita,

y la pobre se queda en la inopia.

-¿Qué está diciendo el señor? ¿En que habrá engañado a Bellita?

Quiero que me organices un viaje a Génova ya.

-Si lo tiene decidido, le compro los billetes a escape.

No me insista más, mi decisión es firme.

Está bien.

Pero será mejor que no hables del asunto delante de tu madre.

Le dije que se quedara en el altillo.

Tiene que ayudarme,...

he de vengarme de toda esa gente.

Hay que tener mucho temple para la venganza.

Lo tengo.

He esperado muchos años.

Y no va a echar usted a perder tanta espera, ¿verdad?

Todo tiene su momento,

es inútil tratar de forzar los acontecimientos.

¡Se confabularon contra mí!

Vuelva al altillo y descanse,

ya hablaremos con más sosiego.

Pero... tiene usted que ayudarme.

Paciencia, Úrsula. Todo llegará, incluida su venganza.

Pero, por el momento, es mejor no dejarse llevar por la histeria.

¡No es histeria!

¡No estoy loca!

¡Se lo merecen!

¡Ellos no tuvieron compasión! ¡Yo tampoco!

Suficiente.

Controle sus nervios,

su excitación.

Si no domina su ansiedad,

me veré obligada a tomar medidas drásticas.

Váyase.

Suba y descanse.

Volveré al altillo como usted me pide.

Pero escúcheme bien,

si me deja de lado,

si no me ayuda a acabar con todos esos hipócritas que nos rodean,

con esos sin Dios,

la consideraré a usted uno de ellos.

No creo que en sus circunstancias pueda ya no enfrentar,

sino amenazar a alguien.

Puede usted creer lo que le venga en gana.

Pero lo juró en este momento,

lo juro por Dios o por el diablo:

todos los que me han agraviado,

todos los que me dieron la espalda recibirán su merecido.

Dios y el diablo cobran un alto precio por esos juramentos.

Pueden llevarme ante ellos.

Desde el otro mundo me vengaré de todos,

incluida usted,

si me decepciona.

(Sintonía de "Acacias 38")

Señora, he traído unas anchoas más frescas,

que ni que las hubieran traído del río.

He pensado poner una ensalada de tomate...

Ay, barkatu. O sea, perdón.

No sabía que tenía visita.

-Espera, que el señor ya se marchaba.

Bueno, un placer y muchas gracias por su interés.

Arantxa, acompaña al señor a la puerta.

-Cómo no.

Señora, igual debería decirme cuándo va a haber visiteo,

porque da mejor impresión tener al servicio revoloteando.

-No era ningún invitado.

Ya lo he visto, lo ha largao en un pispás.

-Solo quería vendernos una póliza de seguros.

-Ja. ¿Y ese "gracias por su interés"?

-No hay que ser maleducada con los viajantes.

-Señora, no está usted obligada a explicarme nada,

faltaría más,

pero ese tiene de corredor de seguros lo que yo de gotzain,

de obispo, para que me entienda.

-No era un vendedor, no, pero tú sí eres fisgona, ¿eh?

-No me lo diga si no quiere,

que ya me llegará el cuento por un oído o por otro.

-Ay, Arantxa, qué cansina, recoñe, hija de mi vida.

Era un detective.

-¿Eh? ¿Y para qué necesita un sabueso de esos?

-Coge una vasca, Bellita, que son honradas,

leales y más bien de pocas palabras, me decían.

-Y en poco marraron.

-¡No me lo diga, no, que tengo que rebozar anchoas!

-Quiero que encuentre a Margarita.

-¿Cómo?

-Ya sé que una vez solucionado el embrollo,

no debería darle más vueltas.

-La tal Margarita le odia,

está más claro que un arroyo de la sierra de Aralar.

Y que yo sepa, el odio no se cura hablando.

-Necesito que sepa que yo no tuve na que ver.

-Señora, ella sabe lo mismo que usted, pero de otra manera.

¿Qué le dijo el abogado? -Que me traería problemas.

-Ah, claro, y como usted sabe más que un abogao...

-De leyes no, pero puede que de corazones sí.

Yo también tuve mis caídas antes de alcanzar la fama.

Sé de decepciones y resentimientos.

Si hablara con Margarita, haría que comprendiera.

-¿Otra vez? Y dale.

¿Esto lo sabe don Jose?

-Ni lo sabrá.

Si no mantienes el pico cerrado,

¡no podrás esconderte ni detrás de la catedral de Bilbao!

-¡Jesús!

¿Y si me lo saca? Dios no lo quiera.

-Si te lo saca, te saco yo a ti el alma del cuerpo.

Así que chitón, ¿entendido?

Mutis.

No puedo hacer otra cosa. -¿Cómo que no?

Instar a esa naviera a que dé mejor servicio a sus viajeros.

-Tía, ¿no pretenderá que modifiquen las fechas de la travesía

solo porque usted tiene prisa?

-¡Diez días, Liberto, me hacen esperar diez días!

A una viuda no se le debería hacer esperar para nada.

-Es el calendario de los fletes a Génova.

Mírelo por el lado bueno,

así tiene tiempo para preparar la maleta

y para que le encuentre un transporte hasta el puerto.

-Ay...

-¿Le apetece un té?

¡Casilda!

¡Casilda!

-Demasiado consentido tenéis al servicio.

-Estará cantando y no me oye.

Con leche, ¿verdad?

Sabía que iban a querer té.

-¿Y por qué no has llevado tú? -Porque verá, señor,

será pariente suyo, pero es que me da susto.

-¡Que no, mujer!

Está pasando por un momento malo, pero no tiene malicia.

Además, seguro que ni siquiera se acuerda.

-Señor, lleve usted la bandeja.

-Mira que eres, ¿eh?, que no va a pasar nada.

Yo vuelvo ahora, voy a coger unas postales de Génova,

que veo a mi tía de capa caída, a ver si se anima.

-Sí, claro.

Y cuando está de capa caída, siempre hay alguien que se la recoge

y si hace falta, hasta con los dientes.

-Ay... Algo habrás hecho para temblar como una locomotora.

No, no, quiá, doña Susana.

Verá, es que estoy muy apená por mi primo Jacinto.

-¿Por ese portero tan escandaloso?

-El mismo que viste y calza.

Está muy disgustado porque ha muerto la Remigia.

-Así es la vida.

Aunque, eso sí,

los caminos del Señor son inescrutables.

¿Ha dejado viudo a Remigia?

-Puede que alguno.

-¿Te atreves a hablarme de una pilingui?

-No, doña Susana, no es ninguna pilingui, no, que es una oveja,

de cuando mi primo apacentaba.

Sí, era nieta de la Lucerita. Mi primo la quería tanto...

-¿Me estás diciendo que el portero está melancólico

por la muerte de una oveja?

-Es que... ha pasao a mejor vida chuleteada.

-¡Esto es inaudito!

Yo, aquí, escuchando todo bondad las cosas del servicio,

para que me vengas a contar que todo el brete es por una oveja muerta.

-Es que mi primo la quería mucho.

-¿Vas a venirme a mí con historias de amor desgraciado

con un cuadrúpedo, a mí, a una viuda?

No sabéis lo que es el dolor verdadero.

¡El que sentimos los humanos cuando se van otros humanos!

¡Viuda de uno y abandonada por otro!

¿Y me vienes a mí con ovejas?

-En algunas cosas somos parecidos.

-¿Me estás llamando borrega?

¡Dímelo, dímelo, ¿me estás llamando borrega?!

-¿Qué pasa aquí?

Aquí hay que barrer dos veces al día, y aún vendrían mejor tres.

-¿Quiere que me quede doblado por las bisagras para los restos?

-¿Y se queja?

Le recuerdo que esto es lo que nos da de comer.

-No me quejo, pero qué necesidad hay de hacer trabajos manuales,

cuando está Santiago, siempre dispuesto a ayudar.

¡Lo sabía, yo lo sabía!

Sabía que quedar con el muchacho pa que nos ayudara,

iba a endurecerle a uste el careto hasta dejarlo como hierro de yunque.

¡A trabajar, que ya nos ayudará Santiago

en los avíos de más enjundia!

Tienen ustedes que echarme un cable.

-Sí, como si no tuviéramos faena para un regimiento.

-No es pa laborar, es pa sacar a mi Jacinto de su tristeza.

-Calla, que me acuerdo de esas chuletas.

-Ay, Marcelina, ven. ¿Qué pasa, no se le va la amargura?

-Al contrario, va a peor. Y contagia.

Doña Rosina ha intentao animarle

y han terminao los dos llorando como niños chicos.

-Hija, ¿y qué podemos hacer nosotros?

Podríamos hacer una asadura, otra, pero esta vez de ternera.

Un clavo saca otro clavo. -No es más animal, porque no puede.

¿Ha pensado en algo?

-To lo que se me ha ocurrido no ha funcionao.

-Podríamos, no sé, enmarcarle un retrato

en el que esté él con sus ovejas.

-Sí, pa que se quede hasta las tantas mirándolo

y llamándolas a todas por su nombre.

-Menos mal que no puso apellidos. -A mí se me ocurre

endiñarle un estacazo en el cacumen,

a ver si se le olvida la Remigia.

-Quite, que bastante tuvimos con los coscorrones que me dio a mí.

Casi se me lleva por delante la santa inquisición, a mí.

-De desagradecidos está el mundo lleno.

-¿Y regalarle una borreguita?

¿Pa qué, pa que se encapriche y tengamos otro drama cuando palme?

-Pero si muere de muerte natural,

sin intervención del carnicero,

sí se podrían hacer unas chuletas, ¿no?

Es ley de vida.

-Es usted un animal. Con chaleco, pero un animal.

-Bueno.

¿Y si le encandilas con tus encantos de maritornes

y le camelas para darle una noche de bodas perpetua?

-¡Uy, peor! ¿Qué se cree, que soy tonta?

Ya lo he intentao, pero hemos acabao como el rosario de la aurora.

-El hombre es que se las trae, también.

-Que no cunda el pánico.

Pensemos con orden y concierto. ¿Qué le gusta a Jacinto?

-Las ovejas. -Pero vivas.

-Por ahí, tenemos buscar sus gustos,

sus querencias, lo que le hace singular.

-Ya lo tengo.

-Las ideas del sereno.

¿Qué es lo que hace mejor Jacinto?

-Uy...

-Eso no puedo decirlo.

-¡Que no, mujer! Me refiero entre nosotros, en la calle.

¿Qué hace mejor que nadie?

-Sus gritos. -¡Exacto!

Ah, ¡a gritar nadie le gana! -Eso habría que verlo.

-¡Es buena idea!

Podríamos organizar un concurso,

participamos todos, y Jacinto gana el primer premio.

Eso anima a cualquiera. -A mí me parece bien.

-Y a mí también, menos en lo del premio.

Yo también participaría y seguro que ganaría,

porque esto...

-Con Dios. -Con Dios.

Gracias, doctor.

Y descuide, que se hará todo tal y como usted ha dicho.

Ya lo ha oído usted,

por encima de todo, guardar reposo.

No quiero verla zascandileando por ahí.

¿Qué le pasa?

El doctor dice que es de los nervios,

por eso le ha mandado una medicina, un preparado, dice él.

¿Podría decirme qué es lo que la tiene a usted así?

Aunque...

a lo mejor es lo que nos termina pasando a muchas, a la mayoría.

Mucho trabajo,...

sustento más bien escaso y más escasa distracción.

Tenga usted paciencia,

resignación, lo que haya que tener.

Ya verá como con el remedio se pone usted buena enseguida.

Estoy bien.

Si de lo que trata es de no tomarse la medicina, va usted lista.

Ahora mismo voy a buscarla,

que doña Genoveva me ha dado dinero para eso.

También ha pagado al doctor. Genoveva...

Está bien preocupada.

Voy a buscarle un camisón

y cuando vuelva,...

quiero que esté metida en la cama.

Voy a cuidarla como usted cuidó de mí.

Solo me curará la venganza.

¡No diga usted enormidades!

¿A ver si va a ser verdad que no rige usted como debiera?

Voy a escape.

Se toma la medicina y a dormir,

que con la mañana se ven las cosas mejor.

A veces pienso que eres como fray Escoba,

que tenía la facultad de estar en dos sitios a la vez.

-¿Y eso?

-Te has levantado un segundo antes que yo

y, en un momento, tienes la mesa puesta

y el café que huele como para levantar a un muerto.

-Trucos de mujer.

-Espero conocer todos esos trucos algún día.

-O no, no, no, no, mejor que no

y no termine de conocerlos nunca.

-Qué contento se ha levantado el caballero.

-¡Y hambriento!

Pero sí, sí que estoy satisfecho.

Porque hoy, Genoveva presenta

ante los plumillas el proyecto de ayuda a los soldados del Rif.

-Lo sé. -¿Café?

-Sí.

-¿Y esto?

-Quiero que seas el más elegante del acontecimiento.

-Buenos días. -Buenos días.

Lolita me ha hecho un regalo.

-¡Vaya, qué casualidad! ¿Intuyo un complot?

-No es ningún "compló".

Por lo menos, en lo que yo le he regalao.

-La verdad es que las dos hemos decidido compraros un regalo.

-Pero ¿con qué motivo?

-Porque hemos visto pelar las barbas de nuestra vecina.

Doña Susana no tiene barbas, pero así se dice en Cabrahígo.

-La desilusión

de Susana con don Armando nos ha hecho pensar.

-La pobre, se ha quedao destrozá. -Ella,...

que se creía que había encontrado el amor con don Armando...

Pues ya veis.

-Compuesta y sin novio.

Y los regalos son para demostraros lo mucho que os queremos.

-Pues eso, pa deciros eso, que os queremos.

-Somos nosotros

los afortunados porque nos dierais el sí.

-Y porque lo sigáis dando. En fin, ¿los abrimos?

-Uy.

-¿Seguro que no era un complot?

-¡Que no, que no, pesao!

Uy.

-(AMBOS) Es preciosa.

Buenos días, Fabiana.

-También para ti, hija.

¿Cómo va la cosa?

-"Tirando" dicen ustedes, ¿no?

¿Na más que tirando? ¡Anda ya!

Si solo fuera tirando,

no te habrías puesto tan guapa y arreglá.

-Voy a salir.

-¿A ver a Santiago?

-No, voy a recuperar mis alianzas de casamiento.

-¿Las de boda? ¿Las de oro?

-Fue lo único de valor que traje y pronto tuve que empeñarlas.

-Pobre, como pensabas que eras viuda...

-He ahorrado para recuperarlas.

-Haces muy bien. Santiago te lo agradecerá.

-Eso espero. Es una sorpresa.

-Esas nunca vienen mal, aunque a tu marido no le hace falta.

A la legua se ve que está más enamorao

de ti, que el Romero ese.

-Romeo, Fabiana.

-¿Romeo? Pues yo siempre pensé que era un torero, Romerito.

Hala, ve, ve, que no quiero entretenerte más.

-Con Dios. -Con Dios.

-Faenando de buena mañana.

-Sí, Agustina, pa eso hemos nacío.

¿Cómo está Úrsula,

sigue alterá?

-Parece que ha dormido bien.

Esperando que el tónico que le ha mandado el doctor haga su efecto.

-¿Ha venido un médico y to?

-Nos lo mandó doña Genoveva.

Y lo pagó, claro. Algo ha habido entre ellas.

-A mí me lo va a decir,

que ayer me estuvo dando la murga con que si su señora la despreciaba.

-Es muy sentida Úrsula. -Y mu puñetera.

Con la palabra en la boca me dejó porque no le daba la razón.

-Pues por la noche estaba como aplanada, mustia, reconcomida.

-Ella es así.

Sube y baja más, que los caballitos del tío vivo.

Tenga uste mucho cuidao,

que cuando Úrsula se pone de mala uva, se las trae.

-No será para tanto.

-Puede que no, pero ya perdió una vez los cabales

y la llevaron a un sanatorio.

-En fin,... esperemos que la medicina la apañe.

Subo a casa de doña Genoveva,

quiere que atienda a los periodistas y ya deben estar llegando.

-¿Quiere que arrime el hombro?

-No hace falta, ya lo tengo todo preparado,

pero agradecida por el ofrecimiento.

-Que Dios reparta suerte, Agustina. -Eso espero,

que doña Genoveva y los señores se lo merecen.

Esos soldados estarían muy desatendidos

sin ellos.

Me alegro de que me hayan llamado para esto.

-A más ver.

Mira qué bien verte ahí sentada,

así podemos hablar de un par de cosillas.

-¿Qué cosillas? -Nada, de la familia y todo eso.

-¿Quieres ir al grano?

-¡Esa es mi reina!

Déjate de zalamerías. ¿Qué tramas?

-La niña, ya sabes que le ha cogido aborrecimiento al arte.

-Y por un lado, es una pena, porque madera tiene.

-Y bien pulida.

Pero, le vendrá bien para pensar en su futuro

y en las cosas que piensan las demás mujeres.

-No digo yo que no,

que ya sabes que yo siempre respeto tus opiniones.

Es solo que...

si fuera porque la niña lo ha decidido, pase,

pero no me quedo yo tranquilo

pensando que se ha echado atrás por el malnacido de don Alfonso.

-No está mal visto lo que has dicho de la niña.

¡Ese sinvergüenza...!

-Sí que lo es, sí.

Algo haré para que la niña vuelva a sentir escalofríos por el arte.

Tablao, el cinematógrafo o lo que le echen.

-Algo haremos, sí.

-El caso es que, estaba yo pensando...

que...

Ya ves tú lo que son las cosas.

-Hijo, al grano, Jose,

¡que el tema me pone de muy mala leche!

-¡Esa es mi reina!

-Y no vuelvas a decir lo de "Esa es mi reina",

que la leche se me corta.

-Bueno, ya está, nada.

Has dicho que ibas a hablar de un par de cosillas,

una es la niña, ¿y la otra?

-Pues eso, eso, que... que ya ves tú,

ya ves tú.

Que yo también...

Aprovechando el amor al arte que tiene toda nuestra familia,

pues no sé, a mí también me gustaría...

Yo qué sé.

-¡Ay, Jose Miguel Domínguez Chinarro, hijo,

que cuando te da por trastabillarte, aburres al público más entregao!

¿Qué?

-Ya está, ya he terminado.

-Venga, ¿qué ibas a decir?

¿Que tú qué?

-Una cosa que Arantxa tenía que haberse traído de la plaza

pal almuerzo.

Ya se me ha olvidado, serán los años.

Yo tenía una memoria de ciego.

Y ahora ya...

-Pues nada, cuando te acuerdes se lo dices a Arantxa y todo arreglado.

¿Eh?

Voy a pintarme el ojo pa dar un paseo.

Qué hombre.

-(RESOPLA)

-Buenos días, don Jose.

-¿De dónde sale usted?

-De la cocina, no se me sulfure.

He venido a darle a Arantxa una salsa que hace mi madre

y me ha dado por pasar a saludarles.

-Ah, bueno está.

-Muy animosos los actores aficionados, ¿eh?

Lástima que sea en el barrio de al lado,

si no, doña Bellita podría dirigir la escena o algo así.

-Me he apuntado.

-¿Se ha apuntado al grupo parroquial?

-Chist.

No digas nada, que todavía

no me he atrevido a decírselo a mi mujer, maldita sea mi estampa.

-Descuide, soy una tumba.

¿Qué obra van a representar?

-Digamos que una pequeña pieza basada en la Biblia,

como es un grupo parroquial...

Yo haré de pastor.

-¿No cree que a su mujer y a su hija les gustaría verle?

-Ya se lo diré, si se me da bien.

Es que, ellas tienen mucho arte dentro

y, siendo el cabeza de familia,

no estaría bien que hiciera el ridículo.

Usted chitón.

-Que sí, descuide.

También le he estado dando vueltas a lo de Cinta.

Tengo la cabeza como una noria.

-Sigue obcecada con no querer saber nada de los escenarios, ¿no?

-Como si hubiera nacido en un convento de clausura.

Así que,

a ver si se le despierta de nuevo el gusanillo a Cinta...

Llévela estar tarde a ver a este bailaor.

-Miguel Santulario. -Miguelón.

El Cojo, por mejor nombre.

-No parece muy comercial.

-Ya. Pues con todo y con eso,

es un fenómeno del baile flamenco.

Si verle cimbrearse

no apasiona de nuevo a Cinta,

no la apasionaría ni la Salomé con la danza del vientre

y la cabeza de san Juan Bautista en la ensaladera.

Han venido los plumillas de los diarios de la ciudad

y otros de los de mayor tirada nacional.

-A nada que Genoveva se los camele,

nuestra iniciativa será conocida en todos los rincones del país.

Se los ganará, no les quepa duda.

Es una mujer con los pies en el suelo y con mucho entusiasmo.

Ella los ha traído a todos.

¿Vamos? Sí.

-Una fotografía, por favor.

Ahora, una juntos.

Miren aquí. Sonrían.

Señores, tengo el inmenso placer de presentarles

a doña Genoveva Salmerón.

(Aplausos)

Mañana te vas a hinchar a vender papeles.

-Si tos los que han ido a casa de doña Genoveva escriben sobre ella,

no va a haber papel suficiente.

¿Cómo se acordarán de to esos hombres?

-No lo sé, pero van a dar que hablar a toda la ciudad.

Me alegro mucho por los señores también, sobre to por don Liberto,

que ese hombre carga con carros y carretas casi más que yo.

-Hemos estao pensando cosas pa animar a mi Jacinto.

-Eso está muy bien, que el pobrecico es más sentío...

-Mucho.

Nos hemos decidido por un concurso de gritos ovejeros.

-Eso es muy buena idea, pero no sé si dará resultao,

nunca lo había visto tan decaído.

-A mí me lo vas a decir,

que no le saco sonrisa ni caricia desde que asamos las chuletas.

-Ay... Muchachas, ¿qué?

Mala espina me da Úrsula.

-¿Sigue metida en su cuarto? -Dormida está.

Ella, que parece una lechuza de lo poco que cierra el ojo.

-Será por las medicinas.

-Será.

-Ya me gustaría que alguna señora se pasara dos días seguidos durmiendo.

-Lo dice por la sastra.

-¿Sigue atravesá doña Susana?

-Como una espina en la garganta.

Ayer me puso a caer de un burro por contarle lo de Jacinto.

-Y esta mañana, en el quiosco,

ha puesto el grito en el cielo

porque no había llegao la revista de moda que le gusta.

Madre mía, pensaba que me desmontaba el tinglao con tanto grito.

-Esa no tiene perdón de Dios.

A ver si vamos a tener que pagar nosotras sus desarreglos.

-Se ha marchao el diplomático

y la ha dejao más amargá que una mala hierba.

-Pues yo no aguanto más. A la próxima,

le suelto una fresca, que la dejo tiritando.

-Te meterías en un lío,

con la razón, pero en un lío.

Lo mejor será que hablemos con doña Rosina pa que la temple.

Doscientos soldados han llegado a nuestras costas,

a la patria, y otros tantos vienen de camino en un segundo flete.

Ellos estarían sufriendo de no ser por las generosas colaboraciones

anónimas

y por el empeño entusiasta de los caballeros que me flanquean.

Don Ramón Palacios,

don Liberto Méndez Aspe

y el letrado don Felipe Álvarez-Hermoso.

Gracias a los tres.

(Aplausos)

Por favor, Felipe.

Solo unas palabras como colofón.

Me gustaría dejar constancia de que la impulsora de la iniciativa

es ella, doña Genoveva Salmerón.

De ella fue la idea,

de ella fue el entusiasmo para ponerla en práctica

y de ella también salieron las fuerzas

que no nos permitieron caer ante las dificultades.

Déjenme terminar con una enmienda a la sabiduría popular:

si dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer,

en nuestro caso, detrás de una mujer excepcional,

hay solo tres hombres corrientes y molientes,

y creo que mis compañeros y amigos estarán de acuerdo.

Muchas gracias.

(Aplausos)

Miren aquí.

No digo yo que no tenga mérito traer soldados,

pero África está a tiro de piedra.

-Tampoco es tan sencillo.

Hay que conseguir los permisos, fletar los barcos,

por no hablar de las marejadas.

-Ahí quería yo llegar.

Eso es más antiguo que el Vaticano.

¿Sabe usted lo que haría una nación civilizada?

-¿Dejar a los rifeños en paz?

Los rifeños tienen bastante con saber que su tierra es España,

pero eso es otro tema. No, señor,

una nación moderna del siglo XX

haría un túnel que fuera desde Algeciras a Ceuta.

-Usted delira. ¿Por debajo del mar?

-Toma, claro.

Por eso se llama túnel, porque va por debajo.

Y así podríamos traer todos los soldados que quisiéramos, es más,

los podríamos llevar por el túnel. Imagínese,

soldados pa arriba y pa abajo, y sin mojarse los calcetines.

-Es imposible una obra de ese calibre.

-Claro, con el ministerio que tenemos.

Que me pongan a mí de maestro de obras,

verá qué rápido hacía yo ese agujero.

-Mire, yo no dudo de sus habilidades,

pero esa obra es una quimera. -¿Una quimera?

Ya verá qué pronto se horadará.

Es más, se horadará otro túnel

que vaya desde Reino Unido hasta Francia.

Y que digan que el Canal de la Mancha es bravo,

eso que se lo digan a la Armada Invencible.

-A ustedes quería yo verles.

-¿Qué? ¿Se anima Jacinto a pegar unos gritos?

-No se lo he dicho.

-¿No? -Que pensando y pensando,

que se lo digan ustedes, a mí es más fácil decirme que no.

-No puedo, porque si se lo digo yo se va a rajar, que sabe que le gano.

-¡Chist! Mirad quién está aquí.

El hombre con los pulmones más grandes

que el fuelle de Pedro Botero. -¿Es a mí?

-¡Pues claro, Jacinto, todos te admiran!

-¿Pa eso has dicho que querían verme?

-Queríamos verte, porque Servando dice que grita mejor que tú.

-Con su pan se lo coma. -Jacinto...

-¿Qué? -¿Vas a dejar que Servando,

nada menos que Servando quede por encima de ti?

-Y no solo Servando.

Yo he estado practicando y tengo un grito que es un gozo escucharme.

¿Quieres oírme? -No. Si no es molestia, claro.

Yo preferiría que me dejaran en paz con mi luto.

Yo no digo nada, que luego dicen que tengo muy mal ganar,

pero si se hace ese concurso y no te presentas,

mi triunfo no va a ser el mismo.

-Hazlo por ellos, hombre.

-Además, hay un premio para el ganador.

-¿Qué premio?

¡Ah, el premio!

Claro, díganselo ustedes.

-Venga. -Venga, Jacinto,

que a mí me encanta que traigas premios a casa.

-Venga, Servando, no se haga de rogar y dígale el premio al amigo.

-¡Una chaqueta de lana de oveja merina,

la mejor de la meseta!

-Oveja.

-Anda, que... uste también.

-Ha sido sin querer,

no va a conocer a todas las ovejas de la trashumancia.

-Uste y yo la tenemos.

-Si es que...

¿Descansando un poco después de comer?

-¿Qué es?

-Ábrela.

Son las nuestras.

-Yo os declaro

marido... y mujer.

No se comía muy bien en el presidio.

-Tuve que empeñar las alianzas para poder comer.

Yo también he pasado penalidades, pero... todavía me sienta.

-Y te hace más mía.

¿Por qué le das tanta importancia?

Qué más da que mis dedos mengüen o engorden.

Lo que cuenta es que tú has ahorrado para recuperar nuestras alianzas,

nuestros recuerdos,

que nos sentimos tan casados como el primer día.

No te preocupes,

que con las comidas que me haces,

pronto volveré a tener los dedos gordos como plátanos.

¡Y ahora, a trabajar!

Dame un beso.

Hasta la noche.

-Y ella dice:

"Ha bajado el pastor de la dehesa".

Y yo digo:

He dejado mi rebaño en el pasto.

Y ella dice: "¿Para venir a adorar al Señor?".

Y yo digo:

Para pedir el perdón de mis pecados al Señor Todopoderoso.

Y, cuando obtenga la absolución,

arrodillarme con humildad y decir:

"Te seré fiel y, en adelante,

renunciaré a los placeres de la carne".

Mira, no está mal.

No está mal.

No sé, no sé, no sé, puede...

También podría darle un aire más, más, ¿cateto?

Cateto, cateto. No.

Cateto puede que sea excesivo.

No sé, tal vez, a lo mejor,

más altivo, eso, más altivo,

menos humilde, eso.

No, porque si hago un pastor menos humilde,

no sería el "pastor humilde", que es como se llama mi personaje.

Ozú con los dramaturgos, los dramaturgos nos encorsetan.

(Puerta)

-¿Con quién hablabas?

-Yo?

-í, usted, como si rezara.

-¿Rezar? (RÍE)

Ni que fuera yo un pastor santurrón.

Tarareaba un poquito, canturreaba.

-¿Canturreabas leyendo el periódico?

Si tú nunca has hecho dos cosas a la vez.

-De alguna forma hay que celebrar las buenas nuevas

o las noticias o como se llame.

Qué cosas tengo, buenas nuevas suena a evangelio.

-Mira,

mañana podrás leer una noticia del barrio.

-O eso nos han contao.

-Sí, Genoveva y sus acólitos,

que ya han hecho público el asunto de los soldaos.

-Hombre, me parece muy bien.

-Ea.

Pues nada, deja eso en su sitio,

y prepáranos algo de cenar al cantarín y a mí.

-(CARRASPEA DISIMULANDO)

Puede ser que me esté dejando llevar por mi amada profesión,

pero yo me preocuparía por si molestamos con los berridos.

-Quiá, si todos han dormido ya la siesta

y se han marchao a sus ocupaciones.

Ni siquiera está Marcia, con la de horas que echa en la habitación.

-¿Qué, dispuesta a aplaudirme, Agustina?

No la veo a usted muy contenta, no.

-Ya me animaré con los aullidos. -No diga "aullidos", por Dios,

que le puede escuchar el pastor

y se cree que habla del lobo y se nos funde aquí en lágrimas.

-Por cierto, ya debería estar aquí.

-A no ser que se haya encontrado con una oveja descarriada

y la haya sentado a rezar el rosario.

-¡Y con todos ustedes,

el campeón! -Hola.

-Ven, siéntate aquí,

que ahora empezamos.

-¿Se admiten espectadores?

-Claro, mujer, más jaleo. -Hala.

-Buenas.

-Ya, ¿no?

Bienvenidos al acontecimiento.

-Magno, magno acontecimiento.

-Magno, magno acontecimiento.

Los concursantes: Marcelina,

Cesáreo,

Servando

y el actual campeón, Jacinto,

gritarán como Dios les dé a entender.

Los dos primeros pasarán a la final.

-Es pan comido. -A ver,

¿quién es el primero, quién empieza?

-Yo.

-Muy bien.

¡Yepa ya!

-¡Bravo, bravo!

(Aplausos)

Si me hubiera escuchado Arantxa... -Ahora yo, ahora yo.

(GRITA)

(Aplausos)

Lúcete, Jacinto, que tenemos al público en contra.

-¿Servando?

-(CARRASPEA)

(ACALARA LA VOZ)

¡Mi, mi!

¡Arrea pa'ca!

(Aplausos)

Ya, ya, ya.

-Amigos, la cosa está que arde.

No va a ser fácil

tomar una decisión

y, mucho menos, cuando Jacinto nos demuestre lo que sabe hacer.

Jacinto, adelante.

-¡Yepa...!

Qué duda cabe que son los nervios,

claro, son los nervios.

Todos estamos de acuerdo en dejarle repetir, ¿no?

¡Usted también Servando!

Adelante, Jacinto.

-Jacinto, ¡lúcete, rediez!

-¡Ye...!

-¿Es que no tienes orgullo?

-Cuando voy a gritar me acuerdo de la Remigia y...

Perdón.

-Ay, ay.

Perdón.

-¿Declaramos el concurso estepa?

-Cómo que estepa? ¡Será desierto!

-Pues eso, desierto. -No, no, no, no,

¡de desierto nada! ¡Cesáreo y yo vamos a la final!

"Y te se...".

"Y te seré fiel y, en adelante,

renunciaré a los placeres de la carne".

"Y te seré fiel y, en adelante,

renunciaré a los placeres de la carne".

Que no, que no, que no, más culpable, más culpable.

Al fin y al cabo,

es un pastor hablando con Dios, que lo sabe to.

"Y te seré siempre fiel y, en adelante,

renunciaré a los placeres de la carne".

-¿Hablaba de los placeres de la carne?

-Que estoy pensando en hacerme vegetariano, y puede que nudista.

-¿Ha bebido?

-¡Que no, mujer, que seguía canturreando!

-¿El qué?

-Una alegría.

(CANTA) Guanti guan...

-Qué raro, ¿no? Nunca le había oído canturrear esa.

-Pues Arantxa, será porque no prestas atención.

Si prestaras atención... Escucha:

# Y te seré siempre fiel

# y, en adelante,

# renunciaré porque sí, a los placeres de la carne. #

Un aire tradicional,

de Olula del Río, ni más ni menos.

# Y te seré siempre fiel

# y, en adelante... #

Ni en sueños podría haber salido mejor.

Tengo que felicitarte otra vez, has nacido para brillar.

Adulador.

Siéntate.

Agustina no está,

tendrás que conformarte con una infusión colada por mí.

¿Una infusión va a ser todo el premio por mi supuesta brillantez?

Tienes razón, champán es lo mínimo en un día como hoy.

Voy a por él.

Elegante, ¿eh? -Y a la moda.

-Me la ha regalado mi maritornes.

-Me gusta, pero ¿no es la que llevaba su padre esta mañana?

-Sí. Carmen y Lolita nos han regalado la misma corbata

sin ellas ponerse de acuerdo.

-Una familia unida.

-Debe ser, sí.

¿Le ha gustó a Cinta el bailaor?

-Miguelón el Cojo. Un portento.

Pero Cinta no ha dicho ni esta boca es mía.

-¿A tanto llega su rechazo por las tablas?

-Ya le digo que ni una palabra.

-Hablaré con ella, le preguntaré directamente, así salimos de dudas.

Lo que habla esa gente.

-¿Por qué crees que he alegado una urgencia?

Sí, sí, muy listo.

-Cinta, una pregunta,

estaba pensando en llevar a Lolita a ver a Miguelón el Cojo.

¿Cree que vale la pena?

Tiene mucha técnica.

De sentimiento, así, así, pero lo compensa con su frenesí de tacones.

El comienzo del espectáculo es sensacional, para enmarcar.

Lo único... que el final estuvo algo descompuesto.

Pero vale la pena.

-Creía que no te había gustado, ni fu ni fa.

-Una crítica improvisada digna de aparecer en un periódico.

Se ve que lleva el arte en las venas y en las meninges.

Solo he dicho lo que he visto y sentido.

-Por eso mismo, te viene de nacimiento.

¿De verdad que no quieres volver al mundillo?

Yo soy una espectadora apasionada,

pero los escenarios se han acabado para mí.

-Ya lo ha oído, es de opiniones rotundas.

Susana, a ver,

disculpa si te resulto un poco brusca,

pero es mi obligación como amiga comentarte

un par de cosas sobre tu carácter.

-¿Mi carácter? ¿Qué recontra le pasa a mi carácter?

Sí, estoy un poco quisquillosa,

pero ¿no puede una viuda estar un poco quisquillosa?

-Insisto, lo hago en nombre de nuestra amistad,

pero debo ser sincera, es algo más que quisquillosa o tiquismiquis,

estás... ¿Cómo lo diría? Arisca.

Huraña, áspera, bueno, hasta cerril.

-¡Falso!

-Sé realista, desde que Armando...

-¡Mira, yo soy la que soy sincera!

Si la gente se ofende porque les digo la verdad,

será la gente la que yerra.

-No es que digas la verdad, los dejas tiritando.

-¿A quién? ¿A tu criada?

A Carmen, a Lolita, a Marcelina, y hasta a Fabiana.

Y sí, y sí, y sí, a mi criada también,

que me la has dejado para el arrastre.

No sale de la cocina, que sirvo yo el té.

-Qué pocas espaldas tiene la gente.

Son muy blanditas, ¿eh?

Que no les dé mucho trabajo el Señor,

porque no segarán la mies...

Ay, es verdad, Rosina, tienes razón.

Pero es por la huida de Armando... -No le llames "huida".

-Así se les llama a los seductores que escapan y desaparecen.

Ese hombre me ha amargado,

ha hecho de mí una almendra amarga, una naranja amarga,

una,... un...

-¿Vermú amargo? Le llaman bitter.

Venga, ánimo, ¿eh?

Venga, todos pasamos malas rachas, malas épocas.

-No quiero pagarlo con los demás, pero es superior a mis fuerzas.

-Ya pasará.

-¡Le cumplo a usted los deseos, tía, como el genio de la lámpara!

-Eh,

los genios de las lámparas no están admitidos en la doctrina católica.

-Le he conseguido un pasaje para un barco dentro de tres días.

Era usted lo que quería, ¿no? -No, sí.

¡Hale, a preparar el equipaje, que su tren sale pasado mañana!

-Eso,

me iré, ¡y así podrán descansar de mí las chachas!

¡Eh! Cuidado. Ahí está.

Confiese, abogado, ¿siempre guarda champán por si un aquel?

Podría decir que es para celebrar los casos ganados, pero...

presintiendo que tendríamos éxito, le dije a Agustina que la comprara.

¿No será otra de sus artimañas? Empiezo a conocerle, letrado.

Cuando salgas triunfal en la prensa,

los donativos subirán como la espuma.

¡Como las burbujas!

Felipe, gracias. Por todo.

¿Te lo había dicho ya? Unas 10 veces,

pero me gusta.

Formamos un gran equipo los cuatro.

¿Y nosotros?

Los cuatro formamos un equipo.

¿Y nosotros una pareja?

Estás preciosa.

Y enamorada de ti.

El único culpable de esto es Carchano,

que nos tendió una trampa.

De la que casi salimos escaldados.

Si persiste en su empeño, de alguna forma, habrá triunfado.

Me marcho a Génova a ver a mi Simón y a Elvira.

Y a mi nieto.

En primera página, Lolita.

-No es el único diario que se ha hecho eco de la noticia.

-Todos los periódicos destacan la labor del grupo de apoyo.

Las has recuperao.

-Sí.

La mía me queda perfecta.

-Sí.

-Explícame por qué la de Santiago le queda enorme,

como si perteneciera a otro.

-Maldita sea la hora en que conocimos a ese Carchano.

Lo único bueno es que usted ha encontrado su vocación como actor.

-Aguarde, que aún es pronto pa saber si la vocación es plena.

Mi esposo está en el Ateneo asistiendo a una conferencia.

¿Le ha visto?

-Se equivoca, porque el salón del Ateneo está en obras,

y hasta dentro de unos días no se van a poder celebrar conferencias.

-¿Qué, te ha gustao la conferencia?

-Una barbaridad.

-¿Ha sido en el Ateneo?

-Claro, donde te dije.

Me ha gustado tanto, que estoy considerando ir siempre que pueda.

-Después de darle muchas vueltas a la sesera,

me lleva mi Jacinto pa su pueblo.

-¿Así, de repente? ¿No habrá ocurrido una desgracia?

-Uy, la desgracia va a pasar aquí como no espabile.

He estado removiendo Roma con Santiago

tratando de obtener un permiso para que pueda acompañarme a la misión.

-"Pues el otro día"

escuché a don Jose presumiendo delante de Emilio

de que le había engañao. -Ay, Jesús.

-Y luego decía no sé qué de los "placeres de la carne".

-Por favor.

Deberías casarte conmigo.

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Acacias 38 - Capítulo 1129

30 oct 2019

Genoveva, asustada tras el último acceso de locura de Úrsula, avisa el médico, que recomienda que haga reposo hasta que su cabeza vuelva a su ser.
Bellita sigue su búsqueda de Margarita, cuando Arantxa se entera se lo desaconseja ¿no se da cuenta de que esa mujer solo desea su mal? Mientras, Jose no sabe cómo decirle a su mujer que se ha metido en una compañía de teatro y Bellita sospecha que algo ocurre con su marido ¿pero el qué?
Emilio sigue intentando devolver el gusto por el arte a Cinta y ve un rayo de esperanza cuando descubre que su novia, aunque se niegue, sigue llevando el arte en sus venas.
Susana sigue insoportable, haciendo sufrir al barrio por culpa de su desamor. Liberto le consigue los billetes que ella le pidió para ir a ver a sus nietos a Génova.
Marcia, dispuesta a creer a Santiago, recupera sus alianzas de boda, que estaban empeñadas. Pero al probárselas comprueba que la de Santiago le queda grande ¡No es su marido!
Tiene lugar el encuentro con prensa para festejar el regreso del barco de Marruecos, y es un éxito. Felipe y Genoveva, más tarde, celebran cariñosos lo bien que ha salido el encuentro.

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