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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1128 - ver ahora
Transcripción completa

No te acerques a mí en la calle, que nadie sepa que nos conocemos.

¿Y si no estoy de acuerdo?

Más te vale estar a bien conmigo,

aunque solo sea por repetir lo que acabas de vivir.

-Un caballero español, y no dudo que usted lo sea,

no puede dar la espalda... al deber.

-Cree que debo aceptar.

-Sin dudarlo.

Quería invitarte a una comida con Ramón, Liberto y sus esposas.

Es un halago y será un placer asistir.

No quiero saber de cante ni de baile,

ni de actuar ni na que tenga que ver con el arte.

-Pero si tú eres una artista. Era una artista, Camino, ya no.

¿Cómo va a saber Jacinto que las chuletas eran de Remigia?

Con la de ovejas que se comen en España cada día.

-Es que, pa él, la Remigia es como una hermana.

Les estamos muy agradecidos a todos por estar aquí.

Solo quiero decirles

que el juez ha ordenado destruir las copias.

¿Su abogado no le da lo mismo que yo?

Eres un patán.

Ten cuidado, no vayas a perderlo todo.

-"Toca mejor de lo que había dicho". -Anda.

-Y actúa. Era lo mejor de la película.

¿No ha pensado en dedicarse al teatro?

-Mi padre ha dicho que él pagaría por ir al teatro a verle.

De esa mujer, de Margarita, no hemos sabido nada.

La policía detuvo a su esposo, a Alfonso.

Armando ha ido a despedirse de Felicia y no de mí.

-Ha ido a saldar la cuenta.

No quiero volver a saber de él. Nunca más en la vida.

¿Sí? Buenas tardes, soy Bellita del Campo.

Verá, señor Toscano, quiero hablarle de algo que me preocupa mucho,

quiero hablarle de Margarita, la esposa de Alfonso Carchano.

Ni un saludo. -Úrsula.

¿Qué hace en mi casa?

¡Fuera de aquí!

Esta no es su casa. -Casilda,

creo que Santiago no es mi esposo.

¿Me estás tomando el pelo?

Mira que a esas chanzas no consigo cogerle el aire.

-Te lo digo totalmente en serio.

-¿Has perdido el oremus?

¿Cómo puedes dudar de si Santiago es tu marido?

-Tengo dudas y no pocas.

Últimamente, veo cosas muy raras relacionadas con él.

-Me dirás que te extraña que sea amable, ¿no?

Mira, es verdad que la mayoría de la gente cambia a peor,

pero otros cambian a mejor, como tu esposo.

-No, no es solo eso, son detalles,

y algunos de mucha enjundia.

Cosas que no recuerda, marcas en la piel que ya no tiene...

Además, lo siento en las entrañas,

ese hombre no es mi esposo.

-Tranquila, el tiempo es mu traicionero,

y la memoria todavía más.

Puede que...

recuerdes cosas que no eran tan ciertas como tú crees.

Yo creo que tienes muchos pájaros en la cabeza.

-Ojalá fuera así.

Esta mañana lo vi hablando con doña Genoveva.

¿Qué me dices de eso?

-Qué sé yo,

que lo mismo le estaba encargando un trabajo,

tu esposo es un mozo de manitas de oro.

No hay nada raro en que estuvieran hablando.

-No lo creo,

había demasiada confianza entre ellos,

Santiago no la hablaba como se habla a una señora.

-¿Oías lo que se decían?

-No, no pude acercarme sin que me vieran.

-¿Y cómo puedes sabes que no se trataba de un encuentro

de lo más normal?

-Te aseguro que no lo era,

había algo entre ellos difícil de explicar,

pero eso me escama todavía más.

-No sé.

Creo que estás viendo fantasmas donde no los hay.

-Nunca me he fiado de esa mujer. -Ya.

Eres libre de hacerlo,

pero me parecen de poco peso las cosas que me cuentas.

-Te digo que tiene un trato con mi marido.

-Lo que te he dicho, que a lo mejor le ha encargao alguna chapuza.

No te niego que doña Genoveva ha sido más mala que buena,

pero todos dicen que ha cambiao.

-No estoy segura de eso.

-No le des vueltas al torno, que te vas a hacer mala sangre.

Mira, fíjate en mi señora,

la ha perdonao,

y eso que la Genoveva se lió con su marío.

Y mira, hasta alguna vez se van a comer juntos.

-Me puedes decir lo que te plazca,

pero estoy perdiendo la confianza en Santiago.

Lo creas o no,

se trata de otra persona.

-Ahora me estás escamando a mí. ¿Estás segura?

-Totalmente, ese hombre no es quién dice ser.

-Y si fuera así, ¿qué crees que pretende?

¿Hacerte daño o hacérselo a otro del barrio

o viene a robar a todo hijo de vecino?

-Puede que una de esas razones...

o todas, aún no lo he descubierto.

-Estamos listas, todo el que viene al barrio no es bueno.

-¿Qué podemos hacer con este elemento?

-No lo sé, de momento, olvídate de lo que hemos hablado.

-¡¿Cómo me voy a olvidar?! Ya me has metido miedo en el cuerpo.

Marcia, de ser cierto este asunto,

es una cosa muy seria.

-Lo sé.

Descuida, ya se me ocurrirá algo.

(Sintonía de "Acacias 38")

No me puedo creer lo que me cuenta.

-Pues ha sucedido según lo he dicho.

-¿De verdad que Úrsula trataba de robar unos retratos?

¿No habrá entrao a otra cosa? -Estoy segura.

Ha pasado a la casa furtivamente,

como si fuera un caco,

y ha estado registrándolo todo hasta dar con las fotos de Mateo

y Telmo.

-¿Cómo se le habrá ocurrido semejante disparate?

-Para mí... que esa mujer está mal de la cabeza.

-Lo que ha hecho es mu gordo,

pero de ahí a decirme que está chalada, hay un trecho.

-Tenía que haberla visto cómo me miró cuando la pille infraganti.

-Supongo que se llevó un buen susto.

-Todo lo contrario,

se puso a preguntarme qué hacía en su casa, como si fuese la dueña.

-Sí que está perturbada esa mujer.

-Luego, reaccionó como si se despertara de un sueño

y salió de la casa desorientada.

-Puede que haya perdido el oremus o puede que estuviera fingiendo

para que no la tratara de ladrona.

-De ser así, se le da muy bien

la comedia,

porque parecía totalmente ida.

No sé si contarle todo esto a mi señor.

Debería, Agustina, don Felipe ha de estar al tanto.

-Me preocupa

lo que pueda pasarle a Úrsula si se lo digo al señor.

-Tiene que hacer lo que debe.

-Ya, pero me siento en deuda con ella.

Acuérdese cómo se volcó conmigo cuando estuve enferma.

-Sí. Y recuerde cómo la puso en manos del doctor Maduro,

que casi se la lleva por delante.

-Úrsula no tuvo ninguna culpa de que el doctor errase con el diagnóstico.

Ella siempre actuó de buena fe.

-Bueno, eso cierto, que estuvo junto a su cama to el tiempo atendiéndola.

-Esa mujer ha pasado por mucho a lo largo de su vida.

Unas veces ha estado más acertada

y otra menos.

No sé, tengo cargo de conciencia.

-Uste verá lo que hace,

pero no se meta en líos por tapar la falta de otra.

-Decírselo a mi señor y lavarme las manos sería lo más sensato.

Ya le digo que esa mujer no estaba nada bien.

-Si está convencida de que debe ayudarla,

eso es cosa de su conciencia.

Yo no lo haría.

-He pensado en hablar con doña Genoveva,

pero me da miedo,

lo mismo la cojo con el paso cambiado

y consigo que la eche de su casa y se quede sin trabajo.

-Tampoco me extrañaría,

la señora es de armas tomar, cualquiera sabe por dónde saldría.

-No sé qué hacer entonces.

-No haga nada, Agustina,

déjemelo a mí,

hablaré con Úrsula, a ver de qué pie cojea.

No sé qué haríamos sin usted, Fabiana.

¿Los churros se los sirvo ahora o en el almuerzo?

-Ahora. Y en el almuerzo también.

No entiendo por qué tenemos que andarnos con estrecheces.

-Arrea, con todos los que come,

le habría salío más barato comprarse una churrería.

-No seas descarada. Ve a por ellos. Y tú no le rías las gracias.

No sé cómo tienes ganas de reír con el drama que hay en la familia.

-¿Tan mal está mi tía?

-Peor que mal, tiene un disgusto morrocotudo.

-Muy raro que Armando se haya despedido de Felicia y no de ella.

-Es una faena en toda regla.

-Alguna habrá para el comportamiento de nuestro amigo, no es normal.

Es un caballero.

-Liberto, no te ofendas, pero a veces muy confiado con la gente,

un poco panoli y fácil de engañar.

-¿Cómo que panoli? No estoy de acuerdo contigo.

Seguro que tendrá un gesto con mi tía.

-Ay, que no, acéptalo, todo indica que se ha ido a la francesa.

-De ser así, me molestaría mucho.

A ver, es cierto que mi tía le empujó a cumplir con su deber.

La patria está por encima de todo, pero dejarla así

no es de recibo. -Y más insultante es

que se haya ido sin decir ni chus ni mus

y haya tenido tiempo de despedirse de otra mujer.

Ese, de diplomático tiene lo mismo que yo de chino mandarín.

-Aunque me cueste admitirlo,

lo cierto es que Armando lleva unos días desaparecido del Ateneo,

nadie sabe dónde está. -¿Lo ves?

Ese nos la ha dado a todos con queso.

Espera que sea diplomático.

Lo más lejos que ha estado ha sido en Ponferrada.

-Sujeta tu imaginación, Rosina, no es cuestión de dudarlo todo.

-O sí, Liberto.

No sé pa que pierdo el tiempo barriendo la calle,

al día siguiente está to igual.

-Tienes suerte, yo no tengo ánimo

ni pa levantar la escoba. -Pues anda,

haz un poder y sácalo de donde sea,

que más triste vas a estar si te quedas sin trabajo.

-A eso vengo, a ver si te puedes quedar un rato,

tengo que ir a ver a Pepe, a ver si me deja una llave grifa.

-No te apures por eso, que cierro y me voy para allí.

-No puedo, Marcelina, me reconcome la pena por dentro.

Casi no me sale la voz, me cuesta coger aire pa respirar.

A ver si cojo fuerzas pa hacer el recado y vuelvo en un momento.

-No tengas prisa, ¿eh?

Ya te lo he dicho, cierro esto y me voy a la portería.

Hala, venga. -Pero ¿no dices que sin prisa?

-Sin prisa pa volver, venga.

-Marcelina, ¿qué hace recogiendo tan pronto?

Venía a por la gaceta deportiva.

-Tengo que ir a la portería del 38 un rato.

Mi Jacinto, que me tiene loca.

-¿Sigue disgustado con lo de la borrega?

-Más que si hubiésemos hecho chuletas con su madre.

No sé qué hacer.

-No lo tiene fácil, es la primera vez que escucho

que alguien se lleva un disgusto por una bestia.

-Cesáreo, no hable con tan poco respeto de la finada.

-¿No me diga que a usted también le afecta?

-¿A mí?

No.

Pero como Jacinto le escuche tratar de bestia a la Remigia,

tenemos un disgusto.

-No entiendo que unas chuletas de cordero traigan esta congoja.

-Uy...

Y no lo ha visto to.

Mire, mire, ¿qué le parecen estas flores?

Que lo tiene difícil para venderlas, esas no le aguanta ni una tarde.

Pues cuando ha llegado mi Jacinto, estaban frescas y lozanas,

daba gloria verlas.

-¿Me va a decir que se han puesto mustias por culpa de su esposo?

-Claro... ¿Qué otra explicación puede darse?

-Que están a pleno sol.

-Ah. -A menos

que usted prefiera la otra razón. Ande, deme la gaceta.

-Sí, sí.

En resumen,

que tu tía se queda otra vez más sola que la una.

Con lo bien que la hubiera ido que alguien le removiera las enaguas.

-No digas enormidades, mi tía es una señora, y añosa.

-Pero tendrá picores, como todas.

-Estás muy picarona esta mañana. -Ay.

Pues sí, Liberto.

No me preguntes por qué, pero cada vez que hablamos de tu tía...

se me dispara la imaginación en estas lides.

(Puerta)

-Doña Susana, que viene de visita.

-No hace falta que me anuncies, ya me están viendo.

-¿Quiere acompañarnos, tía? Tenemos churros calentitos.

-Los churros solo dan ardor de estómago.

-No se preocupe,

le voy a traer bizcocho, ya verá como es de su agrado.

-No, no, no, le pones tanto limón, que seguro que se te ha agriado.

-Si siempre le ha gustao mi bizcocho.

-Si antes me gustaba, ahora me repugna, ¿algún problema?

-Susana, Casilda solo pretendía ser amable.

-Por mí, se puede meter su amabilidad donde le quepa.

-Sí que está cambiada, tía.

Estos días estaba más sosegada.

-Claro, es que las personas no siempre estamos igual,

hay gente que cambia de un día para otro, vaya si cambia.

El que es un hombre encantador

se puede convertir en un truhán en un decir Jesús.

¿Qué?

Que vosotros no lo veáis,

lo único que significa es que no os enteráis de nada.

¿Puede ser un café o tampoco?

-Sí, sí. Pero sírvelo sin leche,

no sea que se le corte. -No, no, tenga este.

-Madre mía.

¿Está segura de lo que me está pidiendo?

-No lo haría si no lo estuviera.

Quiero que me ponga en contacto con Margarita, necesito hablar con ella.

Señora Domínguez, mi labor empieza y termina en los juzgados,

lo que usted me solicita, no corresponde a mi competencia,

hay personas que se dedican a eso, acuda a ellos.

-Verá, no quiero que este asunto transcienda.

Y puesto que usted se ha encargado del caso,

¿pa qué desparramarlo más? -Eso mismo le diría yo.

Hemos conseguido incautar la película,

denunciar al señor Carchano

e impedir que pueda seguir haciéndole daño.

¿A qué ese interés en hablar con esa mujer?

-Para dejarle claro que yo no fui la culpable de su fracaso,

no voy a poder dormir a gusto hasta que lo consiga.

-Si me lo permite, no creo que vaya a conseguir gran cosa,

ya ha visto lo molesta que estaba, no le hará cambiar de opinión.

-Es posible,

pero esto es como llevar una piedra en el zapato,

que digo una piedra, un canto rodao.

-Olvídela, haga lo que haga será perder el tiempo

y arriesgarse a que la citen en los tribunales por acoso.

-No lo creo.

Creo que es un asunto orquestado por Alfonso.

Es probable que ella se haya visto arrastrada por su marido.

-¿Y por una probabilidad se va a poner en riesgo?

Imagine que ha sido Margarita

la que haya metido en esto a su esposo.

-Sea como sea, no quiero mantener odios ni rencillas con nadie.

(LEE) "Detective particular

para asuntos secretos, pesquisas e indagaciones".

"Servicio esmerado".

-Un detective es lo que usted necesita, no un abogado.

Dígale que llama de mi parte. Aunque insisto,

debería mantenerse alejada de esa pareja.

-Muchas gracias, señor Toscano. Lo pensaré.

Con Dios.

(Se cierra puerta)

¿Cómo estás, Casilda? ¿Tan atareada como siempre?

-Sí.

Me voy a la compra,

a comprar lo que compro todos los días,

porque una es de una pieza

y se ve muy bien lo que va a hacer viéndola desde muy lejos.

-No te entiendo.

-Que lo que es blanco es blanco y lo negro, negro,

al pan, pan y al vino, vino,

y lo demás son castillos en el aire.

¿Se encuentra bien? -Sí, perfectamente,

porque yo sé quién soy, también sé lo que voy a hacer,

y lo que voy a hacer es irme a comprar, que tengo mucha faena.

Con Dios.

-Marcia, ¿sabes qué le pasa a la criada de la histérica?

Hoy está más ida que su señora.

Tienes que probar esta tarta nueva que hemos preparado, está deliciosa.

Está bien.

Pero siéntate conmigo y toma un poco.

Es tan dulce como tú. Anda, no seas zalamero.

Es la verdad,

eres la mujer más bonita y maravillosa del mundo.

¿Haces eso con todas las clientas a las que sirves esta tarta?

La venderás muy bien.

No, solo lo hago contigo,

para ver si te saco una sonrisa, que las vendes muy caras.

Es que últimamente me han pasado muchas cosas de enjundia,

es normal que me cueste alegrarme.

Lo comprendo.

Pero con el tiempo irás reconsiderando algunas decisiones

que has tomado en caliente.

¿Te refieres a lo de dejar el mundo del espectáculo?

Sí, espero que lo hayas pensado mejor.

No tengo nada que pensar.

Mi decisión es firme,

no quiero saber nada ni de cantar, ni de bailar,

y mucho menos del cinema. Aborrezco todo eso.

A ver, entiendo que no quieras saber nada

del cinematógrafo después de la amarga experiencia que has vivido,

pero el cante y el baile es tu mundo.

Ya no,

me horroriza la idea de subirme a un escenario.

Piénsalo,

es lo que has vivido desde pequeña,

tu vida está ligada a la farándula. Así es, pero lo que ha sucedido

me ha demostrado que es un oficio ingrato,

ya no me interesa.

No puedes cambiar así, con el tiempo te arrepentirás

y no quiero que seas desgraciada.

Más lo voy a ser si me paso la vida rodeada de impostura y engaño,

que es lo que me voy a encontrar si sigo los pasos de mi madre.

No tiene por qué ser así,

además, a tu madre no le ha ido mal,

y tú tienes más talento que ella.

No se trata de eso,

ahora solo aspiro a vivir como una mujer normal.

Piénsatelo, Cinta,

no renuncies a tus sueños.

Te he dicho que no voy a volver a actuar, y punto redondo.

No hay nada más que discutir.

-No he podido evitar escucharos.

-¿Qué te parece?

¿He hecho mal en insistir?

-Muy bien no ha ido, Cinta se ha ido enfadada

y eso no es bueno. -¿Qué debo hacer, dejarlo pasar?

-Tienes que ayudar a Cinta a superar su trauma.

-No sé cómo. Si hablo con ella, se enfada,

y si me quedo parado, me da que no va a cambiar de opinión.

-Puedes hablar con su madre.

-No creo que Bellita, después de todo lo que ha pasado,

este por la labor de ayudarme a convencer a Cinta

de que vuelva a actuar.

-Sin duda, estará de uñas con el cinematógrafo,

pero va a comprender lo que necesita su hija.

-Algo tendré que hacer.

¿Qué le has contado a tu amiga?

-Nada, ¿qué le voy a contar?

-Dime la verdad. ¿Qué es lo que está pasando?

¿Acaso dudas de mí? ¿Es eso?

¿Sigues con esa absurda obsesión?

-Hay cosas que no puedo comprender por mucho que lo intente.

-¿No estarás buscando una excusa para apartarte de mi lado?

-No sé de qué me hablas. -¿Seguro que no?

Vi como os mirabais el abogado y tú en la puerta de la iglesia.

O ayer, en la terraza del restaurante.

¿Vas a tener los redaños de negarlo?

-Yo también puedo hacerte una pregunta.

Ayer... hablaste con doña Genoveva

y parece que tenéis mucha confianza.

-Hablaba con ella para ver si podía buscarte una buena colocación.

Te conozco y sé que no estás a gusto sin hacer nada.

Eso era lo único que tenía que decirle.

-¿De verdad que le pedías una ocupación para mí?

-Claro que sí, espero que te consiga un buen trabajo.

Aunque no lo creas, me preocupo por ti.

¿Te das cuenta cómo ves fantasmas donde no los hay?

-Puede que tengas razón,

y esté dejando volar mi imaginación.

Santiago,...

siento haber dudado de ti.

Espero que lo pienses mejor

la próxima vez antes de acusarme sin fundamento.

Voy a dar un paseo, no tengo ganas de hablar contigo

Marcia,

me duelen mucho tus sospechas absurdas.

Carmen, pruebe este salchichón,

es de Cabrahígo.

-Está muy bien de sabor, pero un poco duro.

-¿Qué dice?

Si esto se lo dan en Cabrahígo a los niños pa destetarlos.

-Será que allí sois muy recios, yo no tengo muelas para esto.

Déjese de melindres y coma un poco más.

Uste no está hecha a estas delicias.

-No, que estoy un poco empachada de la comida de ayer en el restaurante.

-¿Cómo les fue? ¿Vio bien a don Felipe?

-Sí, hacía mucho que no le veía tan animado.

Parece que va superando su desgracia.

-Me da que ayudado por Genoveva. -No tengas duda,

ella se está volcando en animarle.

Lo cierto es que hacen muy buena pareja.

Conforme van las cosas,

va a conseguir que el abogao se olvide de Marcia.

-Sí, y cuanto antes mejor.

-Además, a ella se la ve últimamente mu acomodá con su esposo.

-Eso también me lo han comentado.

Quién sabe, igual cada uno encuentra arreglo por su lado

y aquí paz y después gloria.

-Sí.

-Lolita,

deja de comer, que no vas a tener nada que vender.

-No se apure, me han traído tres cajas

aparte del genero que tengo que colocar.

-¿Quieres que te ayude?

-No, no hace falta.

Lo que sí le voy a pedir es que se pase a pagar a los pintores,

vendrán más tarde, por el cuarto del niño.

-Tengo que reconocer que el color amarillo de las paredes

ha quedado mejor de lo que pensaba. -Uy, ¿acaso dudaba de mi buen gusto?

-Un poco sí, pero tienes razón,... -Ah.

-...y cuando tienes razón hay que dártela.

¿Te gusta la cuna?

-Sí. Es robusta y sencilla,

pa muchos años y pa muchos chiquillos,

justo lo que quería.

-Buenas. -Muy buenas.

-Lolita, ponme unas sardinas arenques,

un kilo de arroz y otro de lentejas.

-Doña Susana,

pruebe este embutido. -No, qué asco.

-Sepa que es de Cabrahígo.

-Razón de más para no probarlo.

-Oiga, que en Cabrahígo no ha salido na malo,

ni las persona, ni los animal, ni el salchichón.

Esto es digo de reyes,

hasta la mismísima Isabel II lo pedía pa su palacio.

-Como no fuera para echárselos a los perros.

-Doña Susana,

verá, que digo yo que...

no es menester faltar a los de su pueblo,

Lolita le ha ofrecido el embutido con la mejor de las intenciones.

-No he entrado aquí para recibir lecciones de urbanidad.

Me sirves el pedido o me voy. -Pues vale.

-Sí, enseguida se lo ponemos.

¿Verdad, Lolita? ¿Por qué no vas a por los arenques?

-Y deprisa, que no me quiero tirar aquí todo el día.

Hay que ver lo de tu tía, cómo cambia de ánimo,

sube y baja como un tiovivo.

-Sí, ha pasado de estar feliz como una colegiala,

a triste como en un entierro.

-Y ahora, agria como un limón. ¿Qué será lo siguiente?

-Que mi tía está pasando un mal momento,

ella no tiene la culpa de estar así.

-Pero tampoco es culpa nuestra que esté pasando por este calvario.

Me gustaría hacérselo ver, pero no hay forma, no me escucha.

-A mí me gustaría echarme a la cara a don Armando,

no me gusta su comportamiento, no es propio de un diplomático.

-Pues sí, estaría bien que te encararas con él

y le pidieras una explicación.

-No es buena idea montar un escándalo en el Ateneo.

-No, eso no. Este asunto hay que llevarlo con discreción.

-En fin...

Yo marcho a casa de Genoveva, que tengo una reunión.

Te veo a la hora de comer. -No tardes, que tengo apetito.

-¿Qué quiere que le prepare para comer,

judías verdes o sopa de picadillo?

-Unas judías verdes.

Bueno, con oreja y chorizo, que tengo hambre desde el desayuno.

¿Qué haces ahí como un pasmarote? ¡Que quiero judías!

-Sí, señora, lo he oído perfectamente.

Verá, yo quería contarle algo, pero no sé cómo hacerlo.

-Pues fácil, hablándolo.

Y rápido, que no tengo toda la mañana para ti.

Hace unos días hicimos unas chuletillas en el altillo,

con tan mala suerte,

que las que preparamos eran de la oveja de mi primo Jacinto,

de la Remigia.

El pobre hombre se dio cuenta en cuanto la olió.

-¡Qué curioso, ¿no?!

Hay que tener olfato para reconocer a una oveja nada más olerla.

-Cosas de pastores.

El caso es que desde entonces, mi primo está muy triste y decaído.

-¿Por qué, por haberos comido a la oveja?

¿Él no sabe, entre otras cosas, que una oveja se cría para eso?

-Sí, si mi primo es pastor,

lo que pasa es que a esta oveja la conocía y le tenía afecto.

-Vaya, sí, qué pena.

Pero ¿para qué me cuentas toda esta peripecia?

-Porque...

yo he pensao que usted

podría hablar con él,

con sus chascarrillos, con su voz chillona...

Es que, su voz resucita a un muerto.

Y el pobre está muy desanimao, y lo que necesita es que lo animen,

o va a caer enfermo de melancolía.

-Yo no estoy para animar a nadie, y menos al servicio.

Si está triste, que vaya a un circo a ver a los payasos.

-Venga, señora,

con el corazón tan grande que tiene usted, que no le cabe en el pecho.

Hágalo al menos porque hubo un tiempo en el que fue

su jardinero.

Daba gusto ver cómo tenía las rosas, qué mano.

Está bien, hablaré con él, pero no te prometo nada.

-Es usted más buena que el pan blanco.

-Ay, espera,

¿qué has querido decir con eso de la voz chillona?

Aquí tiene, su pedido.

-Por cierto,

¿sabe que don Armando ha pasado por la tienda a primera hora?

-¿Don Armando, aquí? ¿A qué vino?

-A despedirse de nosotras,

Por lo visto, se marcha del barrio. ¿Sabe a dónde va?

¿Va a estar mucho fuera? -A ti que te importa.

A ver si aprendes a meterte en tus asuntos.

¡Cotilla!

-Uy. -¡Quita!

-¿Qué le pasa a la sastra? Está fuera de sí.

-"Debemos felicitarnos"

por lo bien que ha ido y la repercusión que ha tenido.

La llegada del primer barco

cargado de heridos ha salido en todos los periódicos.

Ya estamos todos, podemos celebrar la reunión.

Siéntense, por favor.

Debemos felicitarnos

por lo bien que ha salido todo lo que planeamos,

nuestros soldados han empezado a regresar a casa.

Es lo menos que podíamos hacer,

han arriesgado su vida por nuestro país.

Esperemos que al segundo barco le vaya bien.

-Sí, queda mucha gente allí, y en unas condiciones terribles.

Debemos ser diligentes.

-Descuide,

todos nuestros heridos estarán muy pronto de vuelta en sus casas.

Estamos haciendo un buen trabajo. Así es.

Quería avisarles de que voy a convocar a la prensa

en esta casa, mañana.

Y por supuesto, están todos invitados.

Será un honor estar a su lado. Nada de eso,

el honor es mío.

De no ser por ustedes,

la idea nunca se hubiera materializado.

-Solo hemos tratado de ayudarle a poner en pie está empresa,

pero el mérito es suyo, fue quien tuvo la idea.

Propongo un buen aplauso a nuestra guía en este viaje.

Genoveva, eres una mujer excepcional.

Ha demostrado tener una perseverancia digna de elogio.

-Muchos soldados le deben su vida, es usted su salvadora.

No dejas de sorprenderme.

Basta de cumplidos, van a terminar por sonrojarme.

Solo he querido ser útil, esa ha sido mi única intención.

Lo has hecho, puedes estar satisfecha.

Creo que juntos podemos hacer grandes cosas.

Seguro que sí,

esta sociedad no puede terminar aquí.

-Puede contar con nosotros para lo que precise, estamos a sus órdenes.

Vamos con la orden del día.

Buenas. -Buenas.

-Ponme unas galletas, me va a faltar merienda y Casilda no está en casa.

-Enseguida se las pongo, no sea que uste también se disguste conmigo.

¿Por qué dices eso?

¿Has tenido problemas con alguna clienta?

-Con doña Susana. La buena mujer estaba intratable.

-La sastra ha pasao por aquí y estaba más arisca

que un gato en un saco.

¿Qué le pasa pa estar de esa guisa?

-Está revuelta, pero no puedo contar por qué.

-Hace mal en no contarlo,

porque de seguir así de desagradable sin motivo,

se va a enemistar con to el barrio. -Ya lo sé,

pero es algo intimo

y privado.

-¿No estará enferma?

-No, y no me tires de la lengua, que no debo contarlo.

-Bueno, si no puede, pues nada, sus buenas razones tendrá.

-No queremos ponerla en un compromiso.

-Está bien, no insistáis, os lo contaré,

os contaré lo que ha sucedido, pero no podéis decírselo a nadie.

-Está bien. -"Algo tenemos que hacer,"

no podemos permitir que abandone su sueño

de dedicarse al espectáculo.

De ser así, perdería su ilusión

y terminaría siendo una amargada.

Tiene que ayudarme. -Por supuesto.

Me interesa sobremanera lo que le ocurra a mi hija.

-Me quita un peso de encima,

dudo que Cinta pueda ser feliz si desaprovecha su talento.

-No podía figurarme que lo de la película iba a afectarle.

-No quiere saber nada del cinematógrafo ni del teatro.

-No sufras por este asunto, ya me encargo yo de solucionarlo.

La conozco bien y sé cómo he de hablarle.

-De acuerdo.

Muchas gracias.

-Eh, un momento,

quería hacerle una pregunta.

¿Qué opina de mi actuación en la película?

-No sé,... supongo que estuvo bien.

-¿Cómo de bien?

-Bien, yo le vi muy natural,

cualquiera diría que era un actor profesional.

-¿Tengo madera para la interpretación?

-Sí, podría ser. Acuérdese cómo engatusó a Ledesma.

Le engañó haciéndole creer que era su amigo.

-Tengo que reconocer que estuve de lo más convincente.

-Y más que eso, se tragó el anzuelo hasta el fondo.

-Se la di con queso a todos,

hasta a mi esposa.

Es la primera vez que engaño a Bellita

y la pobre se queda en la inopia.

-Ay, amá. ¿Qué está diciendo el señor?

¿En que habrá engañado a Bellita?

-Totalmente, no sospechó nada.

-Y encima se pavonea. Esto no tiene perdón de Dios.

Jesús, María y Jose.

Resumiendo, después de permitir que ella se haga ilusiones,

él hace mutis por el foro

y se despide de todos, menos de Susana.

-Quién lo iba a decir de don Armando,

con lo caballero que parece.

-Pues no, parece que de eso no tiene ni un pelo.

No se rompe con una señora como doña Susana sin decirle un ahí te pudras.

Nada, ni una palabra, la ha plantado de la peor manera.

-Pobre mujer, ahora entiendo lo revirá que venía esta mañana.

-Parece que el amor de Armando le suavizaba el carácter

pero ahora que él no está,

la sastra ha vuelto a ser la criticona de siempre.

-Yo diría que peor, estuvo muy borrica con nosotras.

-Tendremos que tener mucha paciencia con ella,

y sobre todo, no comentéis nada,

si Susana se entera de que lo sabéis, le damos un disgusto.

-Por nosotras no se preocupe,

tendremos la boca cerrá.

Me las apuntas. -Ya te las he apuntao.

-Con Dios. -Con Dios.

Pa mí que ese pollo no vuelve. -Sí.

Tiene toda la pinta de que sea así.

Pobre doña Susana, se ha quedado compuesta y sin novio.

-Pues sí.

Y a su edad, pocos trenes le quedan por coger,

ni un tranvía.

-Con lo bueno que parecía, y mira por donde, nos salido rana.

Será que no quedan hombres buenos.

-Mi Antoñito, su Ramón y uno o dos más.

Anda que no hemos tenido suerte con los hombres que nos ha tocado.

-Sí, son el gordo de la Navidad.

-Esto también.

Úrsula, hay café preparao. ¿Le traigo uno?

Aquí no tengo nada mejor que hacer en todo el día.

Si la han dejao estar aquí,

será porque su señora quiere que descanse.

Eso, Fabiana, no nos lo creemos ni usted ni yo,

por muy buena voluntad que le pongamos.

No se haga mala sangre, mujer,

esto no tiene por qué ser un castigo.

Sí que lo es.

Mi señora, en vez de aceptar mi ayuda y mi protección,

me desprecia.

Y para más inri, lo hace públicamente

mandándome aquí, al altillo.

Yo solo trato de ofrecerle mi cariño.

Hace mal en entregarse tanto, no vuelva a equivocarse

como antaño.

Doña Genoveva es solo su señora,

y no debe de pensar en que sea algo más.

¿Qué sabe usted de mi relación con doña Genoveva?

Lo que todo el mundo, que son criada y señora,

y que cada una debe de tener su sitio.

No, usted no sabe nada,

no sabe de nuestros acuerdos,

de cómo llegue a esa casa,

ni sabe cómo la he cuidado y protegido,

y tampoco de cómo me he dado cuenta de que he ido tirando

mi afecto.

Pues sí, tiene razón, no sé na de eso.

¡Entonces, ¿cómo se atreve a hablar?!

Porque sé que ella no es su hija,

como no lo eran ni doña Cayetana, ni don Telmo.

¡¿A qué viene eso?!

A que nos conocemos bien, Úrsula,

usted siempre termina tropezando en la misma piedra.

Escúcheme,

yo solo quiero ayudarle.

¡Mentira!

Todos los vecinos me han tenido envidia desde que llegué.

Siempre han buscado mi mal,

siempre esperando verme flaquear para acabar conmigo.

Usted sabe que eso no es verdad.

¿Ah, no? ¿Se ha olvidado de los Paulinos?

Poco faltó para que me arrojaran a la hoguera, en lugar del muñeco.

Eso fue un momento lamentable.

Nadie puede estar orgulloso de ello, pero hace mucho que eso pasó.

Yo no lo olvidaré nunca,

me humillaron y me vejaron hasta el extremo.

¿Cómo quiere que crea que no me desprecian?

Debería hacer un poder y pasar esa página.

Mire, todas hemos sufrido mucho,

y para seguir viviendo hemos hecho borrón y cuenta nueva.

No, yo no puedo hacer tal cosa.

No voy a echar en saco roto todo lo que ha pasado,

todas las ofensas.

Ande,... sosiegue...

y vuelva a sentarse conmigo.

Tanto rencor no le va a traer nada bueno.

No voy sentarme a tomar un café con usted

como si fuéramos uña y carne.

La desprecio,

igual que desprecio al resto de los vecinos de Acacias.

Jacinto, menuda polvareda que estás aquí montando.

Jacinto, que estás llenando todo de polvo.

-Perdone el señor que no le haya saludao,

tengo la sesera en otros asuntos.

-Será un asunto de mucha enjundia para que estés tan distraído.

-Según se mire, pa mí es un tema muy serio.

-Pero ¿estás enfermo o pasa algo?

-Sí, que tengo los ánimos a la altura del betún.

-¿Por qué? ¿Ha ocurrido alguna desgracia?

-No, no es na, no merece la pena que se apure por esto.

(LLORA)

(RESPIRA PROFUNDAMENTE)

-¿Seguro que estás bien? ¿Quieres que avise a alguien?

-No, no, continúe con sus menesteres,

si es que lo mío no tiene arreglo.

-Ya. Pues nada, mucho ánimo y a mejorarse.

Venía a ver a don Felipe.

Si necesitas ayuda, solo tienes que pedirla.

-Es usted muy bueno, don Antoñito.

Muy bueno.

-Jacinto.

Precioso día, ¿no te parece?

-Deberías ir al quiosco, coger a Marcelina

y llevarla a dar un buen paseo.

-Le agradezco el interés, doña Rosina, pero no tengo ánimos.

-Ya. Ya me ha contado Casilda lo de la oveja.

-¡La pobre, qué final tan ingrato!

-Pero...

se había criado para eso,

todos tenemos una finalidad en esta vida.

-Pero la Remigia no se merecía eso.

-Por favor, al fin y al cabo no se te ha muerto ningún pariente.

-Lo hubiera preferío,

que Remigia era mejor que la mayoría de mis primos.

-¿No exageras?

-Ni una pizca, era un animal noble,

con la mirada llena de ternura,

un balar suave, una lana sedosa,

su trotecillo te alegraba el alma.

Era una hermosa obra de Dios,

tan perfecta,

inocente, tan buena.

Si te pregunto por Marcelina no la alabas tanto.

Es que era uno cosa única, era...

un poema... de lana.

Y ha acabado hecha chuletas.

-La verdad es que algo te comprendo.

Cuando yo era niña se compraron en casa unos pollitos,

amarillos, pequeñitos... Más bonitos...

Yo los crié a base de cariño y de maíz,

y se convirtieron en unos pollos la mar de pintureros,

daba gusto verlos correr por el corral.

-¿Y qué pasó?

-Que acabaron asados o en pepitoria.

-Pues que pena.

-Sí. La vida es muy dura,

sobre todo si eres cordero. -O pollo.

Esto sí que es una novedad,

es la primera vez que te veo con una aguja en las manos.

He pensado que ya era hora de aprender las labores del hogar,

no quiero ser una mala ama de casa.

Me parece muy bien que aprendas de todo, pero...

¿dónde queda tu carrera en los escenarios?

No se haga el tonto, sabe que ya no hay tal carrera,

he decidido abandonar esa vocación.

Lo sé, estoy al tanto y me parece un disparate.

A mí me parece de lo más sensato,

no quiero volver a pasar por engaños y desilusiones.

Eso es parte de la vida,

hagas lo que hagas, no todo te va a salir como esperas.

Menos disgustos me llevaré si tengo una vida normal.

Eso es una cobardía.

Por mucho que quieras negarlo, llevas el arte en las venas,

es para lo que has nacido, es tu naturaleza y tienes que aceptarla.

No seas niña chica

y no te emperres en esto, no puedes despreciar tu talento.

Mi talento es mío y puedo hacer lo que me plazca con él,

y me place desperdiciarlo.

Canelita, por Dios,

tienes un don que te ha dado Nuestro Señor,

es un pecado no aprovecharlo. Me da igual.

No voy a pasar penurias

solo porque tenga buena voz y sepa bailar con gracia.

Prefiero dejar pasar esta oportunidad.

Haces mal,

puede que con el tiempo cambies de opinión y ya sea tarde.

Correré ese riesgo.

No insista más, mi decisión es firme.

Está bien,

pero será mejor que no hables mucho del asunto delante de tu madre.

En esta casa parece que estoy puesto por el ayuntamiento,

nadie me hace ni pizca de caso.

-¿Qué le preparo de merienda, jamoncito como siempre?

-No, no quiero nada, no tengo hambre, tengo asuntos que atender.

-¿Está enfermo?

Porque eso que se acaba de guardar parecía una receta

y como nunca me había despreciao jamón recién cortado.

-No estoy enfermo, ni tengo hambre.

Y tú, será mejor que no seas tan meticona.

-Me da a mí que este esconde algo

y yo creo que es algo bien gordo. Jesús, de verdad.

Ay, amá.

(Puerta)

Liberto, he ido a por galletas, pensaba que había poca merienda.

Están contentas con tu tía en la mantequería.

Se pasó por allí esta mañana y les montó un jaleo por nada.

¿Has empezado a merendar sin mí?

-Perdóname, pero desde ayer, me como todo lo que encuentro.

-Ay, Liberto, yo estoy igual,

tengo todos los apetitos exacerbados.

-¿De aquello también?

-De aquello más que nada.

Querido, me vas a llamar loca,

pero me estoy oliendo que hay una relación

entre las ganas que tenemos de todo y lo que le pasa a tu tía.

-¿Qué tiene que ver una cosa la con otra?

-No sé cuál es la causa,

pero cuando a tu tía le va mal con Armando,

nos entran unos ardores más grandes que los de antaño.

El aumento de actividad en la alcoba coincide con la desdicha de ella.

-¡Eso es! Cuando más desdichada es tu tía,

más felices somos nosotros, más ganas tenemos...

(Puerta)

-Menos mal que llevo llave.

Vuestra criada no está nunca, deberíais despedirla inmediatamente.

Casilda lleva demasiados años con nosotros, como para despedirla.

-Tú sabrás lo que haces. No he venido a hablar del servicio.

Necesito que me hagas un favor.

Quiero que me organices un viaje a Génova ya,

tengo hechas las maletas.

-No es un viaje corto, pero si ya lo tiene decidido,

le compro los billetes a escape, deme un par de días.

-Vaya noticia. ¿Quieres merendar con nosotros?

Mira, he traído galletas de la mantequería.

No sé cómo sigues comprando allí,

esa Lolita no vende más que porquerías.

Qué pánfila eres, siempre te engañan.

(RECUERDA) Por favor.

¡Venga, acercar las antorchas, que esto arda!

¡Vamos! -¡Venga, vamos a quemarla ya!

-¡Asesina!

-Los vecinos de Acacias nunca hemos estado tan unidos,

y esto tenemos que agradecérselo a Úrsula.

Ella, con su maldad y crueldad nos ha unido a todos contra ella.

¡No la escuchen, ella le ha dado la vuelta a todo

para librarse de sus múltiples delitos!

Cayetana es quien debería arder en la hoguera.

Todos los crímenes, el maltrato que he sufrido cuando estaba...

¡Eres un endriago!

Ya no podrás convencer a nadie utilizando tus malas artes.

(ESCUPE)

-¡Eres lo peor! -¡Maldita sea tu estampa!

-Ya sabemos quién es y lo que ha dicho de nosotros.

-¡Sucia bastarda!

¡No!

(GRITA)

¿Qué está haciendo aquí?

Le dije que se quedara en el altillo

hasta que yo se lo ordenase.

Tiene que ayudarme,...

he de vengarme de toda esa gente.

Si pudiera hablar con ella, haría que comprendiera.

-¿Otra vez? Y dale.

¿Esto lo sabe don Jose?

-Ni lo sabrá.

Y como no tengas el pico cerrao,

¡no vas a poder esconderte ni detrás de la catedral de Bilbao!

-Jesús. -Diez días me hacen esperar.

A una viuda no se le debería hacer esperar para nada.

-Es el calendario de los fletes a Génova.

Me vengaré de todos, incluida usted.

Si me decepciona...

Podríamos organizar un concurso, participamos todos,

y como es natural, Jacinto gana el primer premio.

Eso anima a cualquiera.

-Me parece bien.

Tenga mucho cuidado,

que cuando Úrsula se pone de mala uva, se las trae.

-No será para tanto.

-Puede que no, pero una vez perdió los cabales

y se la llevaron a un sanatorio.

¿Se ha apuntado al grupo parroquial?

-Chist. No diga na.

Todavía no me he atrevido a decírselo a mi mujer,

maldita sea mi estampa.

Uy,

-(RÍE)

-Voy a cuidarla como usted cuidó de mí.

Solo me curará la venganza.

No diga usted enormidades.

A ver si es verdad que no rige usted como debiera.

Los concursantes: Marcelina,

Cesáreo,

Servando

y el actual campeón, Jacinto,

gritarán como Dios les dé a entender.

Los dos primeros... pasarán a la final.

Y te seré siempre fiel,

y en adelante, renunciaré a los placeres de la carne...

-¿Estaba hablando de los placeres de la carne?

Yo os declaro...

Marido... y mujer.

No sé, no comía muy bien en el presidio.

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Acacias 38 - Capítulo 1128

29 oct 2019

Agustina comparte con Fabiana su miedo a que Úrsula se haya vuelto loca, y la dueña de la pensión lo comprueba en sus propias carnes: la cabeza de Úrsula ha dejado de funcionar.
Todos los criados buscan la forma de consolar a Jacinto tras la muerte de la oveja.
Susana muda su carácter tras la marcha de Armando, que ni siquiera tiene la decencia de despedirse de ella. Todas las vecinas sufren el mal humor de la sastra.
Bellita recurre a su abogado para encontrar a Margarita, la mujer del productor de cine. Mientras, Emilio y Jose se alían para devolverle la alegría a Cinta.
Úrsula, en su locura, recuerda la quema de los juanillos y reaviva su juramento de vengarse de todo el barrio.

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