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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1109 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué hizo Úrsula para que algunos la odien tanto?

Compró a Marcia como si fuera un animal. Le pagó al tratante.

¿Para qué haría tal cosa?

Para meterla en mi casa.

Para que fuera sus ojos y sus oídos en mi casa.

¿Quieres más?

Creo que estuvo involucrada en el secuestro de Marcia.

No, eso no puede ser.

No puedo probarlo todavía.

¿Qué hace con el retrato de mi tía?

¿Y ese dinero?

-¡Es de tu tía Olegaria!

¿Y qué tal la niña?

He oído que va a participar en una película.

-Sí. Al final, Bellita tendrá el papel protagonista

y Cinta y Camino actuarán como comparsas.

Pero Jacinto, eso es como el teatro.

Que los besos son de mentira.

-Cavile un poco.

¿Le gustaría ver a la señorita Cinta

bien apretada por un galán de esos?

-No sé, nunca lo había pensado.

Si estás a gusto con el diplomático,

¿por qué no ahuyentar moscones y repetir la salida?

-Déjame en paz.

Que yo ya sé lo que me hago.

¿No os gustaría venir a mi casa a ver unas bobinas de prueba?

-Claro, sí, sí, claro.

-Os espero.

¿Quién ha tocado mis papeles, qué buscaba?

Yo no he tocado nada, señora.

No sé cómo puede pensar eso de mí.

Tan solo tenga muy presente que si se inmiscuye en mis asuntos,

va a salir muy mal parada.

Es una promesa.

Ha colmado mi paciencia.

Don Armando, además de caballero y diplomático,

es hombre, hágame caso, Felicia.

-Allá usted, Felicia, hágale caso a doña moderna

y vístase sugerente

pero no se queje de que le tachen de vulgar.

-¡Qué exageración! Hágame caso de verdad.

Don Armando se lo agradecerá. -Mañana me decidiré.

Dependerá de cómo me levante.

Les queremos invitar a un brindis por nuestro próximo enlace.

Será dentro de dos días.

-¡Oh!

(Aplausos)

(Aplausos)

¡Maravilloso!

Felipe me ha contado algunas cosillas de su pasado.

¿Adónde quiere ir a parar?

Me preocupa menos su pasado que su futuro.

Por eso, porque no quiero dejarle en la calle,

he estado hablando con la baronesa.

¿Me está echando de esta casa?

Deje de sonreír así.

Usted no me va a echar de mi casa.

(RÍE)

¿Le he escuchado bien, acaba de decir su casa?

¿Acaso tengo que recordarle que no es más que una sirvienta?

Dejé de ser una simple sirvienta cuando hicimos aquel pacto.

Ese día esta volvió a ser mi casa.

Y solo saldré de aquí para ir al cementerio.

Ha perdido el juicio, no me cabe duda.

Quizá es usted la que no está en mis cabales.

Si piensa que voy a permitir

que me traicionen como hicieron todos antes...

Úrsula, le aconsejo que acepte la oportunidad que le doy.

La baronesa Hirsch está dispuesta a recibirla.

Y su mansión es mucho más pomposa que este principal.

Pomposa o no, esta es mi casa.

Veo que persiste en su locura.

La tenía por una mujer mucho más sensata.

Muéstreme que no estaba equivocada y retírese a tiempo.

Saber perder es una gran virtud.

En tal caso, espero que esa virtud

se cuente entre las de la señora.

Si insiste en echarme de mi casa,

contaré todo lo que sé de usted.

Veo que prefiere jugar fuerte.

Usted me obliga.

¿De verdad cree que puede hacerme daño?

¿Que alguien va a tener en cuenta su palabra antes que la mía?

No confío en mi palabra.

Confío en los hechos que puedo demostrar.

¿Se puede saber de qué está hablando?

Es muy sencillo, señora.

Una servidora sabe guardarse las espaldas.

Miente, tan solo trata de asustarme.

Y por la expresión de su cara, veo que lo he conseguido.

Muéstreme esas supuestas pruebas.

(RÍE)

¿Acaso la señora considera que soy tan tonta

como para enseñarle mis cartas?

Ya lo ve, doña Genoveva.

Me temo que vamos a tener

que seguir soportándonos la una a la otra.

Si insiste en echarme de esta casa,

le juro que se arrepentirá.

¿Desea la señora que le sirva un postre?

Ahora que ya hemos dejado las cosas claras, doña Genoveva,

¿me permite que le haga una pregunta?

Es simple curiosidad.

¿Quién se hospeda en la pensión Roleno?

No tengo la menor idea de lo que me está hablando.

Señora, antes mentía usted mucho mejor.

Por supuesto que sabe de lo que le estoy hablando.

¿De quién se trata?

Sin duda, ha perdido el norte.

Se equivoca.

Alguien ha perdido el norte en esta casa, sí.

Pero no soy yo.

(SUSPIRA)

-¿Qué pasa, amor mío?

Vas a marear la tisana con tantas vueltas.

-No dejo de darle vueltas a lo que he visto.

-Yo tampoco puedo olvidarlo.

Estabas inmensa, faraónica, preciosa, como eres tú.

(ARANCHA TOSE)

-A ver si nos cuidamos esa tos. -No le regañes.

Son tus falsos halagos los que se la han provocado.

-¿Falsos? Que me caiga muerto ahora mismo si miento.

-¡Huy!

Cuida bien lo que dices, que no me quiero quedar viuda.

-Calla.

-Mis movimientos eran... No eran bonitos.

Eran torpes, tiré las cosas.

No bailaba con gracia.

Nada de nada. -No digas eso.

No estás acostumbrada a verte en esa pantalla.

Pero lo hiciste divinamente.

-Arancha.

¿Y tú qué opinas?

A ver si es posible escuchar alguna palabra de verdad.

No le mires a él, que te estoy preguntando yo.

-Ah, pues estuvo usted fantástica.

-Ya veo, tendré que ir a preguntar fuera.

Por más que os ruegue, no me he ganado vuestra sinceridad.

-Si insiste así...

Bueno, igual he de decirle que no estuvo tan natural,

como Cinta y como Camino.

Estaba usted un poquito más forzada.

Estaba un poquito más incómoda que ellas.

Estaba...

Estaba usted tosca.

Estaba falsa, grotesca.

-¡Vamos, horrorosa!

-Así se podría resumir.

-¿Cómo se te ocurre decir tales barbaries?

-No, José.

Se lo agradezco.

Aunque ha sido más sincera de lo que me hubiese gustado.

Además, no me ha dicho nada que yo no sospechara.

Las risas contenidas de Marcelina y de Fabiana

resultaban suficientemente elocuentes.

-Seguro que se reían por otro asunto.

Insisto, estuviste perfecta.

Tan formidable y racial como siempre.

Buenos días.

-Buenos días. Al fin se digna a aparecer.

-Baje la voz, que todavía estoy medio dormido.

-Pues vaya despertando.

Yo ya llevo horas faenando.

¿No me irá a decir que ha olvidado que los clientes de la 5

habían encargado a primerísima hora el desayuno?

-Pues sí, se lo digo.

He tenido un sueño la mar de placentero.

Y me ha costado una barbaridad levantarme.

-¿Sabe una cosa?

-Mi único sueño placentero sería que usted tuviese sesera.

-Lo que he soñado es que tenía 14 años.

Estaba en Naveros, subido en un castaño.

Y abajo, las mozas

limpiando y lavando la ropa y nadando divertidas.

Sí.

Alegría, castañas y mozas. Así tiene que ser el paraíso.

-¿El paraíso?

Con usted solo es posible el infierno.

-No me chille, que si no me tomo un café, no soy persona.

-Buenos días. -Buenos días.

Agustina, ¿qué hace usted aquí tan temprano?

-Venía por si precisaban de ayuda para los desayunos.

Anoche le escuché que hoy tenían que servirlos pronto.

-¿Lo ve? Vergüenza debería darle.

Agustina se acuerda y usted no.

Agradecida, Agustina. -No hay de qué.

De todas maneras, no podía pegar ojo

dándole vueltas al condenado discurso.

Soy incapaz de encontrar las palabras adecuadas

que decirle a don Felipe.

-Por eso no se preocupe.

-¿Cómo que no? Mañana es la boda.

-Que yo le echo una mano, soy muy bueno con los discursos.

-¿Ah, sí?

¿Y eso, desde cuándo?

Ni caso, el remedio puede ser peor que la enfermedad.

-¿Usted cree?

-Hágame caso, vaya que si lo creo.

Bien, el primer barco ya ha zarpado rumbo a costas africanas.

-Sí, y pronto traerá a nuestros soldados de vuelta en él.

-No será el único viaje que haga. Sacaremos a todos de allí.

-Estarán en deuda con usted, ha hecho una labor encomiable.

Así lo creo yo también.

Me hubiese gustado ayudarles más.

Pero ya están al tanto del asunto que me impedía hacerlo.

Aunque mi compromiso con la empresa nunca desfalleció.

-Eso nunca lo hemos dudado.

-Lo importante es que todo se ha resuelto

de forma satisfactoria y usted y Marcia vuelven a estar juntos.

-Disculpe, Genoveva.

No quiero parecer chismoso.

Todos sabemos que le ha visitado la baronesa.

-Nos preguntábamos si tenía algo que ver

en la empresa que nos une.

¿Trataba de implicarla en algún donativo?

No se equivocan.

Estoy tratando de movilizar

a la nobleza para fletar otro barco.

-Es una idea brillante. Esperemos que lo logre.

-Hablaré con el marqués de Viana.

No dudará en apoyarnos.

-Lo único que tiene que hacer es prepararse para su boda.

-Que es mañana, no lo olvide. -No lo he olvidado.

Peo tienen razón, mis gestiones tendrán que esperar.

-Precisamente, aquí tenemos a la bella novia.

-Me alegro mucho de verte tan recuperada.

¿Cómo te encuentras? -Un poco débil.

Mas estoy mejor.

O amor de Felipe me ha terminado de sanar.

Me alegra ver que tu suplicio ha terminado.

Aunque todavía queda mucho por hacer.

Esos tratantes de mujeres deben desaparecer de la faz de la Tierra.

-No podemos estar más de acuerdo.

Al menos, la resolución del caso Manaos

ha permitido que la Policía empiece a investigar.

Me alegra escucharlo.

Quizá podríamos remover el avispero

para que las autoridades se comprometan a acabar con esto.

¿Quieren que trate de movilizar a la prensa?

Gracias, yo también lo había considerado, pero desistí.

-¿Por qué motivo? No parece una mala idea.

-Debo resguardar a mi futura esposa.

No quiero verla expuesta a los periódicos.

Me conformaré con denunciar ante la cúpula política.

Y exigir que sigan investigando.

-Lo comprendo.

-Créanme.

Estoy dispuesto a ejercer una gran presión institucional.

¡Casilda, más brío!

Se trata de que le quites el polvo a los libros,

no de que les hagas cosquillas.

-Sí, señora, perdone.

Estaba pensando en algo.

-Mal hecho, ni tienes costumbre ni te pago para eso.

-Verá, hay un tema que me tiene "desvelá".

Tengo cinco pesetas.

Y no sé qué hacer con ellas.

-Dámelas y se acabaron tus preocupaciones.

-Ya, está una para regalar.

Es que no sé si gastármelas en comprarme un relojito

o en un automóvil.

En subir en un automóvil, como hacen ustedes, los señores.

-Yo me compraría la mejor botella de champán francés.

Y una cena suculenta.

-Pues lo siento mucho, señora.

Pero no me voy a dejar semejante parné

en algo que va a terminar en el retrete.

-¡No seas ordinaria!

A todo esto, ¿de dónde sacas semejante fortuna?

-Me la ha dejado en herencia mi tía Olegaria.

En aquel retrato.

-Qué generosa.

-Diga usted que sí.

Mi primo y yo nos sentimos muy malamente

por no haberle rendido el homenaje que se merecía.

Hemos tenido su retrato deambulando como si fuera un trasto.

-Bueno, nunca es tarde para honrar a los muertos.

(Puerta)

-¿Quién será tan temprano?

-Ve a abrir y así lo averiguas. ¡Con brío!

Susana, querida, qué bien verte. ¿Estás bien?

-¿Por qué no iba a estarlo?

-Es que Liberto y yo nos quedamos un poco preocupados

por lo sucedido en la mantequería. ¿Por qué te alteraste tanto?

-No sé de qué me hablas.

-Te refresco la memoria.

Te pusiste hecha un basilisco cuando comentamos

que Felicia y don Armando hacían buena pareja.

-Bueno, como un basilisco tampoco.

Solo es que lo he pensado mejor.

Y Felicia no es adecuada para el diplomático.

Armando necesita una mujer... más mujer.

-¿Más mujer? Me temo que no te comprendo.

-Pues alguien más vivido, más mayor.

Sin compromisos ni familiares ni profesionales.

Y con la sensatez que da la experiencia.

-Ya, cualquiera diría que te estás describiendo a ti misma.

-¿Qué estás diciendo?

Estoy hablando de otro tipo de mujer.

¿Cómo se te ocurre decir esas tontunas?

-No sé por qué piensas tan mal de Felicia.

Harían muy buena pareja.

-Pues yo creo que estás equivocada.

-Pronto saldremos de dudas. Hoy han quedado para comer.

Si tienen tanta afinidad como parece,

tal vez acabe surgiendo el amor.

Así que esa mujer que le conviene más a Armando

ya puede ir apareciendo prontito,

porque si no, Felicia se quedará con el susodicho.

¿Qué tal fue la proyección de sus escenas?

No nos ha comentado nada.

Es verdad, no le he preguntado a Fabiana y a Marcelina.

-No, no lo hagas, Lolita.

Mejor vean la película sin saber nada al respecto.

-Para eso queda mucho tiempo.

No sé si seré tan paciente.

-Pero la película va viento en popa.

-Sí, pero quedan algunos flecos que resolver antes de rodarla.

-Aquí tiene su café. Agradecida.

¿No nos acompaña?

Está bien, pero solo un momento.

Si me disculpa, Carmen.

¿De qué hablaban? -De la película de Bellita.

-Pero podemos hablar de otra cosa, de lo que sea.

No quiero ser protagonista de esta tertulia nuestra.

Sobre todo, en vísperas de una boda.

-Es cierto, mañana se casan don Felipe y Marcia.

Ha sido tan precipitado que casi se me ha olvidado.

-Mejor que se den prisa, querida.

No deberían compartir techo sin estar casados.

Estaban obligados a ello.

Después de lo sucedido, Felipe quería protegerla.

-Tiene más razón que un santo.

Lo principal es que Marcia esté a salvo.

-Podría estar igual de protegida manteniendo las formas.

Hay cosas que una no se acostumbra a ver.

-A ver qué dicen Rosina y Susana.

-¿Hará falta preguntarles?

Les va a parece entre muy mal y fatal.

-¡Buenas! -Buenas.

-¿Podemos unirnos a ustedes? Por supuesto.

-José, unas sillas para las señoras.

-Supongo...

Gracias.

Estarían hablando de la boda.

Sí, y justo se me viene a la cabeza

que no hemos pensado si vamos a darles un presente

de parte de los vecinos y amigos.

-Sería lo más apropiado.

No deberíamos acudir al convite con las manos vacías.

Puedo mirar a ver si veo algo que me parezca apropiado.

-Nada excesivamente caro.

Por no alardear, ya saben lo que se dice.

Lo que cuenta es la intención. (RÍE)

Cuanto antes me ponga, mejor.

Felicia, apunte los desayunos a mi cuenta.

-Muchas gracias. Con Dios, señoras.

-Con Dios.

-Hay que ver lo generosa que está últimamente.

-"Pa" chasco que sí.

Le dio su buen parné a don Felipe

para que negociara con el raptor. -Trajo al médico que la salvó.

-Cualquiera diría que se alegra de esa boda.

-Parece sincera, ha penado suficiente

con lo que pasó con Alfredo Bryce.

Está demostrando con creces que se puede confiar en ella.

-Sí, eso parece.

-Y hablando de todo, cuéntenos, Felicia.

¿Va a almorzar con don Armando?

-¡Uh!

¿Otra vez, Emilio?

¿Qué le pasa, que está tan serio? -Nada, no es nada.

-Nadie lo diría viéndole tan mohíno.

-Está bien.

Estoy preocupado por Cinta y su carrera como actriz.

-No debería, parece marchar a las mil maravillas.

-Por eso, eso es lo que me inquieta.

-No lo entiendo.

-Es sencillo de entender.

En su carrera como actriz, es probable

que tenga que besarse con apuestos galanes.

-Sí, pero solo ante las cámaras.

-Más que suficiente. El roce hace el cariño.

Uno de esos actores podría enamorarse de ella y seducirla.

-Parece olvidar que Cinta le adora.

Debería confiar un poco más en ella.

-No es cuestión de confianza, Antoñito.

¿Qué pensaría usted si Lolita

tuviese que besarse con otros hombres?

-No creo que su oficio justifique ese comportamiento.

-Déjese de bromas y conteste.

-Bueno, sí, supongo que no me agradaría lo más mínimo.

-¿Os ha llegado ya el libreto completo de la película?

-No.

-¿No os han adelantado si habrá escenas románticas?

-Lo que tu hermano quiere saber

es si os besaréis con algún actor.

-Pues no lo había pensado.

Espero que no.

Aunque si no es en esta película, será en otra.

-Parece no importarte.

-Bueno, no me agrada.

Es parte del trabajo de ser actriz.

-Ya. -¿No se lo dirás a madre?

-No.

-Ah, creo que no soy yo la que te preocupa.

Es Cinta, ¿verdad? ¿Estás celoso?

-¿Celoso yo? Qué tontería.

Toma, cariño.

Para que no cojas frío.

-Felipe, estoy bien. Me mimas demasiado.

-Acostúmbrate.

Así será para el resto de nuestros días.

La mayoría de invitados han confirmado su asistencia.

-Es de agradecer siendo todo tan precipitado.

-¿Te preocupa algo?

-Felipe, hay una cosa que aún no te he pedido.

-Sea lo que sea, cuenta con mi sí.

-Me gustaría que Casilda sea mi madrina.

Es la que más me ha apoyado.

-Había pensado que los padrinos fueran don Ramón y su esposa.

Pero...

(Puerta)

No faltaré a mi palabra de no negarte nada.

Así que cuenta con ello.

-Gracias, Agustina.

Lamento interrumpirles. -¡Mauro!

No le esperaba. ¿Ocurre algo?

-Nada, no se alarme.

Solo quería interesarme por el estado de Marcia.

Eso y desearles suerte en su matrimonio.

-¿Y no puede esperar a mañana en la boda?

-Mañana no podré acompañarles.

Me marcho de la ciudad.

Aquí tienen la cuenta.

-Doña Felicia.

-¡Don Armando! Qué sorpresa. ¿Son para mí?

Se lo agradezco.

-Estaba aguardando a que terminara de atender esa mesa.

No quería interrumpirle

ni que creyeran que le ofrecía flores como aperitivo.

(RÍE)

Descuide, enseguida pongo las flores en agua

y vengo a sentarme con usted.

Vamos a empezar con el aperitivo.

Mis hijos se harán cargo.

¿Le agrada la mesa que he reservado para nosotros?

-Por supuesto, pero me gusta más la compañía.

-Enseguida vuelvo.

Venga, Susana, atrévete, ve allí y haz lo que tienes que hacer.

No lo comprendo.

¿Por qué se marcha de forma tan precipitada?

-Debo incorporarme a una brigada de la Policía en Bilbao.

-No vuelve a Francia.

-No, de momento, no.

Aún necesito curar heridas que no están cicatrizadas.

-¿Y no puede curarlas aquí?

Entre sus amigos.

-Me debo al deber.

Un policía lo es para siempre.

-Lo comprendemos.

Y le deseamos la mayor de las suertes.

Le echaré de menos, amigo.

Espero que me disculpe por aquellos momentos

en los que me porté de forma desconsiderada.

-No hay nada que disculpar.

-Yo le estaré siempre en deuda.

Yo y todas las mujeres a las que liberó.

-¿Podía pedirles un favor?

-El que sea.

-Cuando vean a Yolanda,

¿podrían entregarle esta carta?

-¿No prefiere hacerlo en persona?

-Creo que será mejor que no lo haga.

Bueno, pues supongo que esto es una despedida.

Les deseo que sean muy felices.

Se lo merecen.

-Mauro.

Antes de marcharse, ¿podría pasar por aquí esta tarde?

Me gustaría darle algo para su viaje.

-Mi tren sale a las seis. Vendré un poco antes de partir.

Le echaré de menos.

-¿Qué es eso que le querías dar?

-Nada, era una excusa para que volviera.

Quiero organizarle una despedida como se merece.

Con aquellos que tanto le aprecian.

Le agradezco la ayuda, Fabiana.

A mí no me daba tiempo a hilvanarlo.

-A ver, Agustina, un día antes de la boda

y nosotras, arreglando el vestido.

-Y porque he ido a comprarlo esta misma mañana.

De no ser así, se hubiera casado en bata.

Ay, esperemos

que con el arreglo, le quede bien.

-Descuide, que con la percha que tiene,

seguro que le queda como un guante.

Es lo que tiene ser tan joven y tan guapa.

-Ojalá no se equivoque. La pobre está tan débil

que no ha podido preparar nada.

-Menos mal que estaba usted aquí para arreglarlo todo.

Ha organizado usted la boda sola y en un par de días.

-A la fuerza ahorcan.

-Tiene que estar usted agotada.

-Los sudores los doy por bien empleados

si mi señor es dichoso.

Después de tanto sufrimiento, se lo merece.

Bebe los vientos por la muchacha.

-Aquí están, aquí están.

Vengo a decirles algo que les va a llenar de alegría.

-¿Se va usted de Acacias?

-No, no, señora.

-Tengo terminado el discurso que tiene que dar Agustina

a don Felipe, se van a quedar ustedes pasmadas.

-Eso me temo, pero de espanto.

-Se lo agradezco. ¿Se lo sabe de memoria?

-Sí, claro que sí.

Se lo voy a recitar. No ha escuchado nada igual.

-¡Venga ya, deje de darse tanto bombo y empiece ya!

-Allá va.

¡Estimado señor!

¡Para mí es usted más que un patrón!

A pesar de que algunas veces

se le olvide pagarme el jornal.

Déjeme, con mi ágil verbo,

le dedique unas sentidas palabras que van a sonar

a música celestial en sus oídos.

Y también van a endulzar su corazón.

-¿No es un poco florido?

Una no sabe si podrá decir tales cosas.

-Usted aguarde, que no he hecho más que empezar.

-Sí, eso me temo, lo crea o no, esto puede ir a peor.

-¡Y como decían los romanos,

es de bien nacido ser agradecido!

Aunque en latín suele sonar más sabio y sentido.

Ya he dado aviso para que nos sirvan el aperitivo.

-Estaba deseando almorzar con usted a solas.

-¡Qué maravillosa coincidencia!

¿Les importa que me siente con ustedes?

-Quizá no estemos tan solos.

-¿Cómo así por aquí, sucede algo?

-Nada irreparable, querida. Se me ha quemado la comida

y he tenido que salir a comer fuera.

-En ese caso, únase a nuestra mesa.

Si no le parece mal.

-Por supuesto, será un placer. -Me sabe mal.

-Descuide.

Seguro que con la buena comida, se le quita el mal sabor.

(RÍE)

¡Lamentablemente, mi notorio e impactante discurso

llega a su fin!

-Creí que nunca lo oiría.

-Brindo por los novios

y porque su amor sea tan fuerte como el de una castaña.

Resistente y dulce.

Y, a poder ser, sin gusano.

-Como vuelva a comparar el matrimonio

con una castaña, no respondo.

-También quisiera recordar a mi muso,

el que me ha ayudado con tan exquisito esmero

en este discurso.

Un hombre con mucho talento.

Un talento quizá igualado con su generosidad

y a su saber estar.

Servando.

-Ha tenido el detalle de señalar al culpable.

-¿Qué, le ha gustado?

-Pues mira, ¿cómo le diría yo en pocas palabras?

Ridículo, incomprensible, cursi,

eterno, vergonzoso, redicho, horripilante.

-Menos mal que eran pocas palabras. -¡Ay!

Si a Agustina se le pasa por la cabeza decir tantas tonterías,

ese hombre irá al altar con dolor de cabeza.

-De verdad, es usted una insensible.

Es que no tiene ni idea de lo que es un discurso.

Dígale a Fabiana que le ha encantado.

Dígaselo. -Eso, Agustina.

Dígamelo, dígamelo.

-No se cohíba en halagos, sea sincera.

-¿Está usted seguro de que quiere que lo sea?

Mire que no me cuesta nada mentirle una miaja.

-Ay, Servando, para ser usted un hombre,

cuyo talento tan solo es comparable con su generosidad

y su saber estar, ha estado usted muy poco avispado.

-Son ustedes... ¡Son ustedes unas ignorantes!

¡Incapaces de apreciar lo que es el verdadero arte!

¡Encima que uno lo da todo!

(RÍEN)

Ay, es un caso.

Ahí.

¿Eh?

¡Ah! ¿Eh, qué?

¿Qué os parece?

-Que al fin le hemos rendido el homenaje que se merece.

-¿Y no podríamos haberle rendido un homenaje en otro lado?

-¿Y dónde iba a estar mejor?

-Por ejemplo, en el altillo. -No empieces.

Tenemos que respetar a la tía. Se queda en la casa.

-Si no es por faltarle al respeto.

Pero en el altillo iba a estar mucho más acompañada.

-La tía Olegaria tiene que estar con nosotros.

-¡Pero si está tu prima!

Y a las demás criadas se las presentas. No va a quejarse.

-Nanay, la tía Olegaria

se queda aquí en agradecimiento por dejarnos sus cuartos.

-"Pa" chasco que sí.

Y mira lo mal que se lo he pagado

intentando desembarazarme del cuadro.

-¿No te servía de ayuda para la mala conciencia tenerla cerca?

Al fin y al cabo, a ti te ha dejado la herencia.

-Qué insistencia la tuya. Cualquiera diría

que intentas librarte del retrato de la tía.

-¡Huy, qué "tontá"!

¿Cómo puedes pensar eso?

-Si es por la herencia, la reparto con vosotros.

-Ah, no.

Si te dejó los cuartos a ti, sería por alguna cosa.

Y hay que respetar las decisiones de los difuntos.

-¿Los cuartos, sí y el retrato, no?

Así cualquiera rinde homenaje a los difuntos.

-No digas lo mismo cuando la espiche.

-Pero tú eres mi marido.

A esa señora, que en paz descanse, no la conozco de nada.

-Un momento.

No os disgustéis, que tampoco quiero eso.

A ver, prima, te doy la mitad de la herencia.

Dos pesetas, ¿qué te parece?

-Sí, me parece bien. Aunque es menos de la mitad.

Que otra cosa no sabré, pero a contar no me gana nadie.

-Bueno, pues arreglado.

La tía se queda aquí para los restos.

-Qué alegría.

-Hale, poneos firmes.

¡Epa ya!

Arreglado.

Ya la hemos homenajeado como debíamos.

Pasemos a hablar de temas de más enjundia.

¿En qué nos vamos a gastar los dineros?

Podríamos juntarlo e ir a pasar un día en el campo.

-Mejor nos las gastamos en la feria.

-Muy buena idea también.

-A ver si no toca una de esas muñecas de porcelana.

O un jamón. -¡Ay, sí!

Una de esas muñecas que se les abren los ojos.

Prima, siempre he querido tener una.

-No, conmigo no contéis para eso.

-A todo lo que decimos le pones peros.

-Tampoco quiero llevar la contraria.

Es que...

Siempre he querido hacer algo y no he podido por falta de monises.

-Ah, comerte un cochinillo entero.

-No, no me refiero a eso.

Me gustaría subirme en un automóvil,

como hacen los señores.

No recuerdo una comida tan agradable.

Para que luego digan que tres son multitud.

-Estaba todo exquisito.

Sobre todo, el segundo plato.

-Dígame, Felicia.

¿No ha pensado en llamarlo sorpresa de salmón?

-Pero si se trataba de pollo.

-Ahí está la sorpresa.

(RÍEN)

-Me lo he pasado muy bien, pero debo volver al trabajo.

-Le comprendo. Mejor nos vamos.

-No les estoy echando, pueden continuar de tertulia.

Ahora vienen a atenderles.

¡Ay!

Ya nos hemos vuelto a quedar solos.

-Espero no aburrirla.

-Estoy segura de que no.

-¿Has visto cómo le mira Susana? -Sí.

No tengo duda de que mi tía está enamoriscada.

Solo falta que le demos el último empujoncito.

(Campanadas)

Úrsula.

Iba a darle aviso.

Vaya a esta joyería a recoger un marco de plata.

Vamos a regalárselo a los novios por su boda.

Ya está pagado. Tenga cuidado, vale un potosí.

Un bonito regalo.

(ASIENTE)

Me pregunto si Marcia y don Felipe

llegarán a poner su retrato matrimonial en ese marco.

Así lo espero. ¿Por qué no habrían de hacerlo?

No disimule conmigo.

¿Qué es lo que está planeando?

No voy a consentir que el servicio se comporte con tanta grosería.

No sé de qué me habla.

No me creo que vaya a quedarse de brazos cruzados

esperando que don Felipe llegue al altar con otra.

Usted no es así.

Marcha a hacer ese recado.

La sigues teniendo a tu servicio. Sí.

Siento lástima por ella. Creo que es una pobre mujer.

Eres demasiado ingenua.

Espero que no te traiga problemas.

Mi madre no está nada contenta por cómo salió en la pantalla.

Bueno, seguro que se anima a la que empiece el rodaje.

Lo que me temo es que ni empiece.

No es por ponerme en lo peor, pero es muy cabezota.

¿Y si le asaltan las dudas y decide no seguir adelante?

Menos mal que no te ibas a poner en lo peor.

Es una posibilidad. Más que remota, Cinta.

Seguro que le pesa más el deseo de hacer la película

que haber quedado regular en la prueba.

Vamos a hacer la película.

Si le asaltan las dudas, estamos para convencerla.

Espero que resulte tan sencillo.

Tengo que ir a atenderles.

¿Qué hablabas con mi hermana? Nada.

Conversábamos sobre la película. ¿Os ha llegado el guion?

¿Sabes quiénes serán tus compañeros masculinos?

¿Sabes si tu personaje tendrá historia de amor?

No sé ni por dónde empezar.

Por lo último. ¿Habrá historia de amor?

No lo sé, tenemos que esperar al guion.

Señora, le traigo el marco...

¿Qué hace usted aquí?

Aguardar a su señora.

Está despachando con su abogado.

Quería despedirme de ella.

¿Acaso nos deja?

Así es.

Pero no se preocupe, no me iré muy lejos.

Seguiré luchando para que la gente como usted

acabe donde merece, en prisión.

Veo que ni siquiera ahora va a dejar de faltarme.

Ahórrese la falsa indignación.

Sé que estuvo en contacto con Andrade,

que compró a Marcia para traerla a Acacias.

Tendrá pruebas para demostrar tan graves acusaciones.

Si así fuera, ya estaría encerrada.

Ha tenido suerte de que ese canalla no haya cantado.

Al menos, de momento.

No creo que nuestra despedida sea definitiva.

Espero no tardar en volver para detenerla.

Tendremos que esperar mucho tiempo hasta su regreso.

Procure no dar un paso en falso.

Porque le juro que lograremos probar todos sus crímenes.

Lamentablemente, tengo mucha tarea ahora.

No puedo seguir con tan afable conversación.

Le deseo un buen viaje, don Mauro.

Deme aviso cuando esté todo dispuesto.

Disculpe que le haya hecho esperar.

No sabe la de asuntos que tengo que atender

como viuda de un hombre tan poderoso.

Se equivoca, me lo puedo imaginar.

Su marido tenía negocios de todo tipo.

Espero que haya sabido quedarse al cargo solo de los lícitos.

No lo dude.

Me ha costado restituir mi nombre.

En fin, le deseo mucha suerte en su viaje.

Y no se preocupe por Felipe. Aquí tiene buenos amigos.

Y a partir de mañana, una amantísima esposa

de la que está enamorado.

Lo sé, es un hombre con suerte.

Quería agradecerle lo que ha hecho por él y por Marcia.

Ya que no puedo ser la dueña de su corazón,

quiero demostrarle mi afecto con mi amistad.

Y lo ha logrado.

Felipe sabe que cuenta con usted.

Y espero que usted también lo haga.

Si precisa algo, llámeme.

En fin, tengo que marchar.

Precisamente, a casa de Felipe.

Ha sido un placer conocerla.

Lo mismo digo.

Pero no nos despidamos tan rápidamente.

Yo también tenía que ir a su casa.

Le acompaño.

Antes le he visto conversando con don Armando.

He oído tanto hablar de él que ha despertado mi curiosidad.

¿Ha sido diplomático en el lejano Japón?

-Así es, no le han engañado.

Es un auténtico placer poder conversar con él.

Tiene un sentido del humor desternillante.

Tengo que dejarle.

-Parece que mi conversación no le resulta tan apasionante.

-¡Felicia!

Aguarde.

-¿Quería algo, doña Susana?

-No, tan solo agradecerle su invitación al almuerzo.

-Ha sido un placer. -Me alegra oírlo.

Me ha dado por pensar que a lo mejor estaba molesta conmigo.

-¿Yo, por qué tendría que estarlo?

-Por haberla interrumpido.

Quizá hubiera preferido comer a solas con don Armando.

Ya me entiende.

-La verdad es que no comprendo ni una palabra.

-Había pensado que quizá esa comida

no era tan solo de amigos, sino algo más íntimo.

(RÍE)

¿Está insinuando que don Armando podría estar cortejándome?

-Perdone que me entrometa.

¿No es así? -Por supuesto que no.

Reconozco que don Armando es muy amable.

Y que está dando mucha vida con sus tertulias.

Pero nada más. -Claro.

-No tengo tiempo ni ganas para cortejos.

Con Dios. -Con Dios.

Mira, mira, mira.

Necesitamos un anillo y tenemos uno en atrezo.

Acércate y tráemelo, por favor.

Está seguro, yo lo he visto.

Y vamos a necesitar también una bata de cola.

Gracias.

-Buenas tardes.

-No les esperaba.

Qué sorpresa más agradable.

-Espere a escucharnos antes de considerarla así.

Me temo que tenemos que hablar.

Y no le va a gustar lo que va a escuchar.

-Me están preocupando.

-No le faltan motivos.

-Bueno, sentémonos.

Por favor.

Bien, ustedes dirán.

Lamento comunicarle que debo abandonar la película.

No puede ser verdad.

-Hacías bien en irle preparando. -Pero vamos a ver.

¿Cómo va a hacerme eso?

No soy capaz de ponerme delante de la cámara.

Yo soy cantante.

Ha quedado demostrado que soy una actriz horrible.

Lo sé, lo sé.

Quiero decir... Vamos a ver, doña Bellita.

Eso no le tiene que preocupar ahora.

Su nombre llenará las salas, aun actuando tan mal.

-Hombre, debería usted haber intentado negarlo.

La decisión está tomada.

-Vamos a ver, Bellita.

¿No comprende que tendré que buscar otra actriz

que se convertirá en una estrella en su lugar?

-Mi carrera puede permitirse rechazar tal oportunidad.

-Está bien.

Supongo que no puedo decir nada más para convencerla.

Aunque lo lamento por su hija y por su amiga.

-¿Cómo?

¿Qué tienen que ver con mi decisión?

-El compromiso era con usted.

Solo les di el papel por consideración a mi estrella.

-Podría decir que está usted tratando de chantajearnos.

-Lamento que lo vean así.

-Verá.

Haría usted muy mal en desembarazarse de ellas.

Cinta puede ser la solución a su problema.

Necesita una actriz que me sustituya como protagonista.

-A ver si lo he entendido.

¿Que le dé el papel a su hija? -¿Y por qué no?

Cinta puede ser tan grande como yo.

No lo digo porque sea su madre.

Es una muchacha especial y sensible.

Solo necesita una oportunidad.

¿Les sirvo algo de beber mientras esperan?

-Gracias, pero mejor esperaremos a nuestro invitado de honor.

-Estará a punto de llegar.

-Ha hecho muy bien en avisarnos de que Mauro se marchaba.

No me hubiera perdonado no poder desearle suerte.

-Estaba decidido a que tuviera una despedida como se merecía.

(Puerta)

-Ahí está. Agustina, vaya a abrir.

(Aplausos)

-¿Qué significa esto?

-¿No pensaría que le íbamos a dejar marchar sin despedirnos?

-Por esto quería que volviera a su casa.

Se lo agradezco, de verdad.

Pero les advierto que nunca fui amigo

de despedidas largas ni muy sentidas.

-Lo sé, Mauro.

Por eso hemos querido invitar a los más allegados.

-Aunque lo que de verdad merece usted

sería una despedida con todos los honores.

Es usted un héroe por salvar a todas estas mujeres.

No podría estar más de acuerdo.

-En algún momento dudé que lo fuéramos a conseguir.

Todo ha acabado bien.

-Y mejor que va a acabar tras la boda.

Brindemos por la felicidad de todos.

Mauro.

Bueno, ya es hora de partir.

Nunca les olvidaré.

-Te acompaño.

¿No me estarás engañando?

¿Engañando, por qué dices eso?

Quizá me estés ocultando que ya tenéis el libreto.

¿Por qué iba a hacer esa tontería?

Sé que me apoyas incondicionalmente.

¿O me equivoco?

Iba a ver a Felicia, a preguntarle cómo le ha ido el almuerzo.

-Te puedes ahorrar el viaje.

He comido con ellos y he hablado con Felicia de Armando.

-¿Ah, sí? -Sí.

Venía a interesarme por tu salud y a saber de don Mauro.

¿Ha sucedido algo?

¿No habrás empeorado? No.

No, en absoluto.

Se trata de Mauro.

¿Le ha sucedido algo?

Tan solo he tenido que decirle que no.

¡Cientos de artistas estarían encantados de hacer la película!

Yo no soy como las demás.

-En eso tiene razón. Con tu madre se rompió el molde.

Pues ha cometido un grave error.

Cuando nos vea a Camino y a mí, se dará cuenta.

Por Marcia.

A partir de hoy, será una señora para mí y para todos.

Deberíamos decirle la verdad.

Es probable que don Alfonso no cuente con ella.

-No lo ha dicho firmemente. -Pero lo ha sugerido.

Y con lo enfadado que estaba, no creo que cambie de opinión.

Ya lo has visto.

La niña no sospecha que su papel está en peligro.

Le traigo la solución a su problema.

-¿Ah, sí?

¿Y qué solución es esa?

-¡Mi Jacinto!

Ha preparado unos palabros que les van a emocionar.

Como bien saben todas, es muy sensible.

Deja atrás el pasado.

Ahora estamos juntos.

En casa y a salvo.

Y hoy nos vamos a convertir en marido y mujer.

-Sí, aún me cuesta creerlo.

¿Por qué dices eso? Verde y con asas.

Después de la negativa de mi madre, todo se vendrá abajo.

No seas agorera.

Aunque cuando el río suena, agua lleva.

Felicia, ¿piensa acudir esta tarde a la ceremonia?

-Si me da tiempo a dejar preparado el convite, es mi intención.

-¿Irá acompañada de don Armando?

Ha llegado el momento de quitarme la alianza que adorna mi mano

desde el día que me casé con ella.

Hoy voy a empezar una nueva vida con Marcia.

¿Me permite hablar con usted?

Estoy preocupada por la ausencia de Armando.

No ha aparecido en todo el día.

-Qué extraño. ¿Qué le habrá pasado?

-Eso me gustaría saber a mí.

-He estado pensando que quizá

ha apreciado el desinterés de Felicia

y ya no tiene razón para volver.

-No, no creo que sea eso.

¿O sí?

Tal vez tenga razón y no lo veamos nunca más.

Hay algo que debería contarte.

-Cariño, deja de torturarte.

¿Crees que algo va a cambiar mi decisión de casarme contigo?

No quiero que mi niña ni Camino

pierdan la oportunidad de trabajar en el cine.

Y me siento tan culpable por haber roto sus ilusiones...

-Ojalá don Alfonso no cumpla su amenaza.

No está en tu mano evitarlo.

-Te equivocas.

Don Felipe, aquí le hago entrega

de la novia. Den sus últimos pasos como solteros.

-Gracias, amigo.

-¡Que vivan los novios! (TODOS) ¡Vivan!

-¡Que vivan los novios!

(TODOS) ¡Vivan!

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Acacias 38 - Capítulo 1109

01 oct 2019

Rosina espolea los celos que Susana siente por Felicia y consigue que la exsastra impida la cita que Armando iba a tener con la hostelera. El matrimonio Seller-Rubio se da cuenta de que Susana está enamorada de verdad.
Bellita después de verse en pantalla y no gustarse confiesa a Alfonso que no va a hacer la película. El productor amenaza a la folclórica diciendo que si ella no actúa ni Camino ni Cinta lo harán.
Genoveva finge amabilidad con Marcia y organiza el regalo de bodas para ella y Felipe. Úrsula consigue que su señora no le eche de casa y pregunta que plan tiene para tiene para impedir la boda entre el abogado y la brasileña.

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