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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1106 - ver ahora
Transcripción completa

Marcia será operada de nuevo por el doctor Arnau Balaguer.

¿El renombrado especialista de Barcelona?

Ha estudiado el caso y ha decidido intervenir esta tarde.

-¿Se va a mudar a Acacias? -Lo estoy contemplando.

Estas veladas en el Nuevo Siglo XX no tienen nada que envidiar

a las del bulevar Saint-Germain.

-Parece que el señor caballero y Felicia han hecho buenas migas.

-"No puedo tener más tiempo a tu tía en casa".

-Si no ha pasao ni un día con ella.

-La ponga donde la ponga, no deja de mirarme, me da repelús.

-¿Me permites un momento? ¡Dios!

-He ido con Emilio a la productora de Alfonso Carchano.

Dice que de momento no va a hacer ninguna película con nosotras.

Nunca podré agradecerte todo lo que estás haciendo.

Por Marcia y por ti, Felipe.

-¿Por qué nos ha colgao a las tres a la vista de todos?

-Ya que no vais a hacer la película, por lo menos,

no teneros olvidadas en un cajón.

En este momento, los vecinos comen de su mano,

sobre todo, después del gesto desinteresado

en traer a ese doctor.

Sí, la presencia del doctor Balaguer

ha impactado a todos.

A todos, e incluso a mí.

Me gustaría que sea la protagonista de mi próxima película.

-¿Yo, artista del cinematógrafo?

-Es usted única e irrepetible.

-Y usted un embustero, que ha montao todo este lío para llegar hasta mí.

-Todo vale si el fin es bueno.

-Ahora me va a explicar de qué va todo esto.

He hablado con el doctor.

La operación ha sido un éxito,

pero no tiene la certeza de cómo evolucionará la paciente.

Estas horas son cruciales.

¿Qué ha hecho con el retrato?

Me ha dicho Cesáreo que se lo había entregao a uste.

-La tía Olegaria está colgada en la pared de una habitación

de un huésped que tengo moroso.

Mañana por la noche, cena en casa, no me des plantón.

-Tranquila, que estaré.

-Mañana tiene que quedar todo perfecto, no quiero fallos.

Y no le digas a nadie que está invitado el amigo de Liberto.

-Claro como el agua clara.

Marcia, cariño, la operación ha salido bien.

Cuando te recuperes, volveremos a estar juntos.

Marcia...

Hola, mi amor.

Cariño.

¿Me oyes?

¿Está todo bien, doctor?

-Es bueno que haya despertado pronto.

-(SUSPIRA ALIVIADO) Gracias a Dios.

Ya te dije que todo saldría bien.

Muchas gracias.

No me quedan palabras.

-Le veré más tarde.

-Felipe...

-Cariño.

No te esfuerces.

Has salido bien de la operación, es lo único que importa.

-Gracias. -Chist...

Ya tendremos tiempo de darnos las gracias

y decirnos lo mucho que nos queremos.

Toda una vida.

Mira.

Voy a creer en este collar tanto como tú.

No he dejado de apretarlo contra mi corazón.

Me daba la seguridad de que seguirías con vida.

Te lo voy a poner.

Te protegerá.

Ogúm no me ha querido ver muerta. -Nadie quería verte muerta.

Todos queremos formar parte de tu vida.

Marcho, os dejo solos.

Necesitáis estar juntos, no más médicos ni medicinas.

Gracias por todo.

Jamás podré pagarte lo que has hecho.

Me basta un abrazo.

Volveré a ver cómo sigue la enferma.

Si hay novedades, házmelo saber.

Lo haré.

Y cuídala, ha sufrido mucho.

Más de lo que una mujer debería en toda una vida.

Me desviviré por hacerla feliz.

Con Dios. Con Dios.

-¿Qué hacía ella aquí?

-Mi amor,

tenemos mucho que agradecerle.

De no ser por ella, no estarías con vida.

Olvidémosla, ella misma lo ha dicho.

Lo que necesitamos es estar juntos.

Me alegro de escuchar tu voz.

Pronto estaremos en casa y seguiremos con nuestra vida.

No llores.

(Sintonía de "Acacias 38")

¡No quiero explicaciones a medias, quiero la verdad!

-Está bien.

Mi interés fue siempre contactar con usted.

-¿Y pa eso embaucó usted a mi hija?

Sé que no hice bien, pero no vi otra forma

de que me abriera sus puertas.

-Engañando a mi niña, haciéndola creer

que tenía futuro en el cinematógrafo,

¡destrozando su sueño!

-Tiene razón, pero no lo vi de esa manera.

Me gustaría pedirle perdón.

-No se ha comportao uste bien. Por favor, salga de mi casa.

-Se lo ruego, doña Bellita, por favor.

Por lo mucho que la admiro.

Sí.

Desde muy joven la idolatro.

Hace muchos años, mi padre compró un gramófono.

¿Sabe cuál fue el primer disco que sonó en mi casa?

-No tengo ni la menor idea.

-"Sueños del sur".

¿Lo recuerda?

-Claro que sí.

Sueños de sur, belleza de tus mujeres,

aroma de tus jazmines.

-# Acordes de tus guitarras... #

-(SONRÍE)

Esa canción la cantaba yo muy jovencita.

-Después, fui comprando todas sus grabaciones.

"Cantos de mi tierra".

"La Andalucía que amo".

"Cantares de toreros".

No me falta ni uno.

¿Tiene los que grabé en Buenos Aires?

-El primero. "Lamentos de esta otra orilla".

-Era mejor el segundo, "Risas de la Plata".

-He sido incapaz de encontrarlo en España.

-Yo lo tengo. Quizá algún día pueda venir a escucharlo.

-¿Entiende ahora por qué cometí el error de acercarme a su hija Cinta?

Necesitaba conquistar a alguien de su entorno para que usted,

la mejor cantante que ha existido nunca en España

no me diera con la puerta en las narices.

-Eso mismo es lo que debería hacer ahora.

-Doña Bellita,... ¿nunca ha querido hacer filmes?

-Me lo propusieron, pero la idea no llegó a buen puerto.

Además, ¿qué hace una cantante en un negocio en el que no hay sonido?

-No, no hablo de cantar en el cine,

no hablo de que mueva los labios y suene un disco,

ni que una cantante ponga la voz por usted,

no, no, no,

me refiero a hacer de actriz.

-¿De actriz? -Sí.

-Yo no tengo talento pa eso.

-No diga que no tiene talento, porque falta a la verdad.

Las artistas más grandes, las que marcan época,

tienen talento para lo que se propongan,

y usted es una de ellas. -Por Dios.

Está usted exagerando. -Ni un ápice.

Si este país fuera agradecido con sus hijos,

en cada pueblo español habría una plaza que se llamara:

Plaza de doña Bellita del Campo.

-(RÍE) Jesús, Jesús, no vaya tan rápido, que se estampa.

-Se lo ruego, doña Bellita.

Mi mayor sueño es que usted protagonice uno de mis filmes.

-Verá,... no me siento cómoda con esto.

Además, estoy enfadá con usted.

-Piénselo.

Solo le pido eso.

Piénselo.

Piénselo cuando se le pase el enfado conmigo por haber usado a su hija.

Sí, hija, todo bien. ¿Comes bien?

Sí, sí, sí, pero qué prisas. Un beso, Leonor.

Y a Íñigo y a las niñas.

Sí, sí, pronto, pronto. Un beso enorme, hija.

Adiós, hija, adiós.

Don Armando, qué sorpresa, no le esperaba hoy.

-¿Cómo que no le esperabas? ¿No teníamos una cena hoy?

-¿Hoy?

Ah, sí, sí, la cena.

-¿No me diga que se ha confundido de día?

-Perdón, don Armando. Pensará que somos un desastre.

-No, de ningún modo.

Tenga, dos orquídeas, como disculpas por mi parte.

-¿Cómo que disculpas por su parte?

Ni que usted tuviera la culpa de nada.

-Cuando un hombre tiene un desencuentro

con una mujer tan bella como su esposa,

la culpa siempre es del hombre, amigo Liberto.

-Supongo que una de estas orquídeas será para Susana.

-Cuando la vea, habrá dos para ella, no tema.

Es usted tan atento, tan educado.

-Normal, nada más que eso. -No, no lo creo.

En esta España se está perdiendo la educación a marchas forzadas.

Voy a poner estas maravillosas flores en agua. Disculpen.

-Mientras tanto, permítame ofrecerle un jerez.

Aunque la cena no sea hoy,

no quiero que piense que somos poco hospitalarios.

De verdad, le pido disculpas,

no sé cómo he podido equivocarme de día.

-Si le dijera las veces que me equivoco yo...

No puedo presumir de memoria, desde luego.

Es como... ese que va al doctor y le dice:

Doctor, he perdido la memoria. ¿Desde cuándo?

¿Desde cuándo qué?

(RÍE) -Sí, sí, muy ingenioso.

-Qué bonitas.

Nunca entenderé por qué las orquídeas se regalan de una en una.

Dos hacen el doble de efecto, ¿verdad?

-Pues no hay dos sin tres.

Ya sabe lo que le regalaré la próxima vez.

-Es usted tan atento.

-Se me está ocurriendo algo.

¿Por qué no nos vamos los tres a cenar a ese restaurante francés?

-Sí, sí, a mí me parece perfecto.

-Pues figúrese por mí.

-Bueno, pues voy a por mi sombrero.

Nada. He intentado acercarme a él, pero

Felipe se está comportando como un hombre rencoroso.

-No debe cejar en su empeño.

A mí me costó 10 años, pero al final lo logré.

Le aseguro que Felipe y yo somos ahora tan amigos o más

que lo fuimos en vida de nuestras esposas.

-No lo sé, don Ramón. Lo peor es esa sensación de,...

de haber cometido un error

y que quizá Marcia esté así por mi culpa.

-Los errores pasados están ahí. No merece la pena volver a ellos,

salvo para asegurarnos de no volver a repetirlos.

-Haría lo que fuera por salvar la vida de esa muchacha.

Buenas. -Buenas.

Vengo del hospital. ¿Y qué se sabe?

Marcia ha superado la segunda operación.

Es pronto para una completa seguridad,

pero las perspectivas son magníficas.

Alabado sea el Señor. -Dios ha escuchao las plegarias.

-¿No se alegra, Úrsula?

Sí, claro.

La noticia me hace muy feliz.

Aunque ya sabe usted

que yo no soy amiga de expresar mis sentimientos.

Doña Genoveva, en mi nombre

y en el de todos los vecinos quiero agradecerle esto,

sin su aportación, no hubiera sido posible.

No me lo agradezca.

¿Qué es el dinero cuando hay una vida humana en juego

y la felicidad de alguien tan querido como Felipe?

No se quite méritos, que los tiene.

Meritos que alegran mi corazón.

En fin... Úrsula, nos vamos a casa. Sí, señora.

Con Dios.

-Voy a contárselo a las criadas, que se van a poner muy contentas.

A más ver. -A más ver.

-Tal vez esto aplaque las iras de Felipe contra mí.

-Es posible, pero si me deja un consejo, no le atosigue.

-¿Mejor no hablar con él?

-Mejor no hablar con él por el momento.

Deje que las aguas vuelvan a su cauce

y que la inquina que pueda sentir ahora, desaparezca.

-Le haré caso, don Ramón. Es usted un hombre muy sabio.

Fue un buen detalle lo de Servando.

-Y hasta ha resultao de buen agüero,

puso un retrato de Marcia ahí, y Marcia se ha salvao.

-¿Eso ya es seguro?

-Ay, Cesáreo, en esta vida, na es seguro.

Pero por lo que se ve, el médico que ha venido de Barcelona,

ha hecho un milagro. -Buena acción la de Genoveva.

Una sorpresa tras otra, desde luego. -Dice usted bien.

Y a lo que decía de que la idea de Servando había sido buena,

no solo esta, también la de la tía Olegaria.

-¿La puso en el cuarto del moroso?

-Mano de santo, Cesáreo.

El moroso pagó la factura, hizo la maleta

y se marchó.

Que se vaya a otro lado, que aquí no queremos clientes como él.

-¿Dónde va con eso?

-¿No lo pondrá ahí, eh?

Que ese no es adorno de buen ver para recibir a los clientes.

-Que no, que no, la voy a guardar debajo de la barra.

Ya le he descubierto yo la utilidad a la tía Olegaria.

Que queremos echar a un cliente, Olegaria al canto. (RÍE)

-Pues sí, no es mala idea, no.

Por cierto, Servando,

falta por llegar el cliente de la habitación número cinco,

y hay que quedarse esperando. ¿Le importa quedarse usted?

Estoy muy cansada. -Toma, y yo.

-Servando, caballerosidad, que no se diga.

-Pero con eso de la caballerosidad, terminamos acoquinando

con el doble de trabajo. -A ver,

¿vemos lo que ha hecho usted hoy y lo que he hecho yo?

-Está bien, está bien, váyase, que yo me quedo esperando.

-Me voy a hacer la ronda. Buenas noches.

-Buenas noches.

-Ahí, ahí, aprieta la caja.

Dios, siempre a mí.

Me deja esta mujer con todo el trabajo.

¡Olegaria! ¡Tía Olegaria!

¡Tía Olegaria, ¡¿qué le ha pasao?! ¡Tía Olegaria!

Tía Olegaria.

¡Olegaria, ¡¿qué le ha pasao?! ¡Tía Olegaria!

Tía Olegaria... Tía...

¿Eh?

¿Tía Olegaria?

(RÍE)

Tía Olegaria, hombre.

Ay, cómo es la tía Olegaria.

Era una maniobra del productor

para acercarse a mi madre y darle el papel a ella.

-Pues vaya chasco.

-Espero que tu madre lo echara de casa.

Esa era su intención,

pero se quedaron charlando y no sé qué pasaría después.

-Con la ilusión que me hacía trabajar de actriz...

-Bueno, habrá más oportunidades. -Como esta no, Emilio.

¿Y a ti no te fastidia, Cinta?

Por un lado sí, pero por el otro no.

Explícame por cuál no, a ver si lo veo yo.

Es algo personal. Estoy orgullosa de mi madre.

Veo que realmente es famosa.

Ya lo creo que es famosa, pero eso lo ha sabido siempre.

Ya, pero yo no la veo como una cantante o una artista,

la veo como a mi madre.

Es bueno que vengan de fuera para recordarte que es verdad.

Y que lo de Bella del Campo no son solo piropos que le echa mi padre.

Pues ya lo sabes, famosa de primera.

Pero vaya,

nosotras nos hemos quedado sin carrera en el cinematógrafo.

Buscamos otra cosa.

A mí me gusta cantar y que me aplaudan.

Yo solo te digo una cosa,

como este Alfonso se atreva a venir a tomar café, le echo a matarratas.

-No digas eso, que si viene,

vamos a atenderlo igual que a cualquier cliente.

-Lo atenderás tú.

Yo no soy capaz de servirle nada sin matarratas.

Me voy a la cocina, a ver si están los bollos del desayuno.

Está muy enfadada.

-Y porque no has visto a mi madre, le salen puñales de los ojos.

Mejor que ese hombre no se atreva a venir a comer.

Me preocupa que tu hermana y tu madre

se enfaden con la mía y que los problemas vuelvan.

Esos tiempos ya pasaron.

Podríamos ir esta tarde a dar un paseo al parque.

¿Tú y yo solos?

No sé si atreverme. ¿Serás capaz?

Si eres tú más atrevida que yo.

Buenos días, querida.

-¿Has dormido bien? -Como un tronco.

-Ya me imagino.

Me he levantado tres o cuatro veces. -Claro.

No tenias que haber repetido de la tarta esa, Selva Negra,

te lo advertí. ¿Quieres café?

-No, gracias, estoy tomando manzanilla.

-Yo sí.

Sí que ha sido una mala noche.

-Y más pensando lo que nos ha costado la cena.

-Sí que salió cara, sí.

En casa de Felicia no hubiera sido ni la mitad.

-Y hubiéramos comido mejor. -Ya lo sabemos para la próxima.

Lo que no entiendo es cómo nos pudimos confundir

en la noche de la cena.

-No le des más vueltas, nos confundimos y ya está.

-Nuestro plan para unir a tu tía con Armando nos ha salido fatal.

-No estaba de Dios que saliera bien, no.

-Tenemos que pensar otro.

-Ni hablar.

Nos hemos dejado un dineral y hemos hecho el ridículo.

Ya tengo bastante.

-¿Y dejamos a tu tía sola? La pobre no tiene a nadie,

ni un canario que le haga compañía.

-Mi tía está muy bien así.

Dudo que mi tía tenga interés en emparejarse de nuevo.

Y dame una rosquilla, que la cena de ayer era carísima, pero escasísima.

Estoy hambriento.

-Buenos días.

-Buenos días. ¿Qué tal la visita de ayer a tu prima?

-Ay... Muy deprimente.

La pobre será buenísima, pero aburrida,

solo hablaba de enfermedades,

de conocidos muertos y de desgracias.

-Qué charla más animada.

-Ayer me dijo Casilda que habíais estado cenando fuera.

-Sí, sí, se nos ocurrió así.

Fuimos al restaurante francés

que han puesto nuevo, cerca del ayuntamiento.

-Dicen que es carísimo.

-¿Sí? Pues no nos pareció, ¿verdad, Liberto?

Pero en todo caso, nada del otro mundo.

-Pues eso que me ahorro,

el conocerlo.

¿Os habéis enterado de lo de Marcia?

-Ay, sí, nos lo contó Casilda.

Qué maravilla que viniera ese médico desde Barcelona.

Liberto, ¿cuánto habrá costado eso?

-Más caro que la comida de ayer seguro.

-Si no fuera por Genoveva,

esa chica rendía cuentas. Qué vueltas da la vida.

¿No me pones un café?

-Sí, claro.

Coge.

Buenos días.

Siento haber tardao.

Todas las mañanas hago mis ejercicios,

los mismos que cuando era torero, pa no anquilosarme.

-Me tiene que perdonar usted por haber venido tan temprano.

Sé que no es hora propicia de visitas.

-Uy, mientras traiga estos bollos tan buenos, Dios mío,

como si quiere venir cuando canta el gallo.

-A ver. -Qué cosa más rica, Jose. Prueba.

-Esto estará... ¿Cómo decía aquel bailarín italiano

que actuaba en las cuevas del Sacromonte?

"Boccato di cardinale", seguro.

-Digo, italiano.

Pero bailando parecía como si fuera del barrio de Triana, ¿eh?

Por Dios, qué arte, daba gloria verlo.

-De eso mismo quería yo hablarles, del mundo del arte.

Me ha parecido muy mal lo del productor de cine,

poniéndoles el caramelo a las niñas para quitárselo después.

-Siento decirle que eso es moneda común en el mundo del espectáculo.

-Pues qué faena.

Bellita, mi hija me ha dicho que le ha ofrecido a usted el papel.

-Pero no he dicho que sí. -Yo creo que deberías aceptar.

Usted no tiene la culpa de que se haya portado mal con las niñas.

-Ya, mujer, pero me sabe mal.

-Señora, tenga en cuenta que el cinematógrafo

no solo se ve en España, se ve en el mundo entero.

Hasta en mi pueblo ponen uno en verano, al aire libre.

Es una oportunidad única para que vean a la gran Bella del Campo.

-Y sin viajar de un lao pa otro.

-Si me ofrecieran hacer una película,

no lo dudaba.

Pediría que sacaran la fachada del restaurante

para que viniera más gente.

-Esa es una idea magnífica.

-Y a lo mejor me dejan a mí sacar el café y servir a las señoras.

¿Se imagina que dirían en mi pueblo?

Más famosa que el bacalao al pil pil se está haciendo.

-Bueno, no me atosiguen entre todos.

Ya me lo pensaré.

Hoy mismo voy a la productora a ver a Alfonso

y que me cuente las cosas punto por punto.

Y tomaré una decisión. -Ole, mi Bellita.

La mejor cantante, y dentro de poco, la mejor actriz de España.

"Feliz por vosotros. Genoveva".

No había visto la nota.

Debió dejarla ayer cuando te trajeron a la habitación

antes de dejarnos solos.

-Me gustaría agradecer. Pero no tengo fuerzas.

-No te preocupes, cariño, yo lo haré.

-¿Por qué me ayuda Genoveva? -No lo sé.

Supongo que estábamos muy equivocados

cuando pensábamos que era una mala persona.

-Creo que lo es.

-Cariño...

Fue a Barcelona cuando se enteró que había un médico que podía salvarte.

Le pago una fortuna para que dejara todo en Barcelona y atenderte.

Organizó un rosario en su casa para que las vecinas rezaran por ti.

-Y no se ha separado de ti ni un minuto, ¿eh?

-No sientas celos.

Esa nota demuestra que ha olvidado cualquier pretensión hacia mí.

Ha asumido que tenemos que estar juntos.

¿Conoces su historia?

-Apenas que estuvo casada con un banquero.

-Antes, mucho antes.

Tuvo una vida que en poco se diferencia a la tuya.

Estuvo con un mal hombre, un tal Cristóbal.

Se portó con ella como... César Andrade lo ha hecho contigo.

Un vecino del barrio la liberó,

Samuel Alday.

Quizás, el único hombre al que amó.

-También a ti. -No.

No del mismo modo, estoy seguro.

Samuel tuvo problemas económicos con gente muy peligrosa

y acabaron asesinándole.

Debo reconocer que los vecinos

no le ayudamos como deberíamos.

-¿Y por eso quiso vengarse?

-Eso parece.

Después, se casó con Alfredo Bryce, el banquero,...

y se convirtió en esa mujer fría que todos conocemos.

Aunque seguro que por dentro

sigue siendo esa mujer enamorada y vital

que llegó con Samuel Alday.

-Yo no sé si creerlo. -Cariño,...

mírame,

dale una oportunidad, se lo merece.

Eh.

Los médicos dicen que tendrás hambre.

-Sí, tengo.

-Es la mejor noticia que he escuchado estos días.

Voy a avisar a una enfermera.

No tardo.

Cena en ese restaurante tan caro y orquídeas en el salón...

¿Hay algo que no me estás contando?

-No exageres, Susana, que nunca hemos sido pobres del todo.

-No mientas, que te conozco.

Tú no gastas ni un real si no es por un objetivo.

-¿Me estás llamando tacaña?

-Ahora que lo dices...

-Mirada con el dinero, no tacaña, es distinto.

La cena fue una sorpresa de Liberto,

no te vamos a contar todo lo que hacemos.

-Dios me libre de saberlo.

-Y las orquídeas, otra sorpresa de mi Liberto.

-Liberto nunca ha sido de flores, y menos de estas tan caras.

Él es más de un ramo de margaritas del campo.

-Para que veas lo poco que conoces a tu sobrino.

Y deja ya las orquídeas. ¿Has sabido algo más de Marcia?

-¿Sabes que la que ha pagado al médico ha sido Genoveva?

-No tiene mérito, dinero le sobra.

-Y ganas de quitarse de en medio a la morenita también.

La viudita da una de cal y otra de arena.

-Qué barbaridad, Susana.

No creo que quisiera su muerte,

por muy encaprichada que estuviera de don Felipe.

-Eso solo lo sabe ella.

Hay que ver qué vueltas que da la vida.

-Como que te mareas si te descuidas.

-Hablando de vueltas, Rosina, he pensado volver a mi casa.

Os agradezco a Liberto y a ti lo que habéis hecho por mí,

pero como en casa de uno no se está en ningún sitio.

-En mi casa eres una más, como si fuera la tuya.

-Mejor me voy, antes de que os canséis.

Que lo poco gusta y lo mucho cansa.

-Qué grata sorpresa encontrarme con mi admirada doña Susana.

¿Me permiten sentarme con ustedes? -Sí, sí.

¡Yolanda!

-Por favor, no me descubras.

Solo he venido a ver si estás bien.

Pensé que ibas a morir.

-He estado a punto. ¿Y tú?

Conseguí escapar el día de la redada,

he estado ocultándome de la policía.

Tengo cuentas pendientes.

-Felipe te puede ayudar.

-He hablado con Mauro, él me ayudará.

Igual que yo le ayudé a él para que nos liberaran.

-Felipe no le perdona.

-Pero si se dejó la piel para ayudarnos.

Espero que no me deje tirada.

Tengo que irme, no quiero que me encuentren.

No tengo tu suerte,

que tienes a don Felipe para protegerte.

-¿Voy a volver a verte?

-Lo intentaré. Prométeme que seguirás con vida.

-Te lo prometo. Y tú también.

-Hecho.

¿La pariente a la que visitó ayer se ha recuperado ya?

-Fui a ver a una prima, pero estaba bien de salud.

-Bueno, todo lo bien que se puede estar a esas edades,

Que cuando no tienes que tapar una gotera, tapas otra.

¿Qué le ha traído por aquí, don Armando?

-No necesito razones para pasear por Acacias,

tan solo la satisfacción de estar con caras amigas.

-Se lo dijo Liberto y se lo digo yo, es un placer

compartir conversación con usted.

A Susana y a mí nos encantan las historias

y anécdotas que nos cuenta.

-Acabo de recibir carta de un amigo que se encuentra en la India.

-Señor, no podía irse más lejos.

-En realidad, sí, sí que podía,

el lugar más lejano a España en el mundo es Nueva Zelanda,

en nuestras antípodas. -Seguro que no son ni cristianos.

-Ha sido colonizado por los ingleses y hay muchos protestantes.

Pero mi amigo está en la India,

y allí hay otras religiones.

-Ah, pues cuente, cuente. Me fascina ese mundo.

-Si lo conociera como yo, todavía le fascinaría más.

Mi amigo ha ido a cazar tigres. -Da miedo solo de pensarlo.

-La gente cree que hay tigres en África,

pero el tigre es propio de Asia.

Son animales impresionantes.

No es raro que algunos alcancen los doscientos kilos.

-Dios mío, como para encontrarse con uno.

Se te cae encima... Pero perdóneme, don Armando,

¿y si vamos a mi casa y sigue allí su relato?

Tengo un licor del pueblo, que añadirá a las maravillas

que ha visto por esos mundos. -Oh.

Es imposible rechazar una invitación tan sugerente.

-¿Vamos Susana? -Sí, claro.

¿Y qué comen los tigres?

Lo que encuentran,

a veces hasta hombres.

-(RÍEN)

-De hecho, en una ocasión yo viví el ataque de un tigre

a un compañero de cacería.

-¿Sí? -Madre mía.

(Llaman)

¡Marcia!

-Casilda.

¡Ay! ¡Me vas a hacer daño!

-Perdón, es que me da tanta alegría verte...

-Y a mí. -No sabía si traerte flores,

y luego me he acordao de lo mal que se come en los hospitales,

así que, te he traído un cacho de chorizo.

-No sé si me van a dejar comer.

-Bueno, tú te lo escondes.

Y si te hacen pasar hambre, le pegas un bocao.

¿Dónde te lo dejo?

-Déjalo ahí, en la mesilla.

Felipe ha ido a buscar a una enfermera para que me dé de comer.

-Te traerá un caldo.

Puedes echarle chorizo, así tendrá más sabor.

-Qué alegría volverte a ver.

-Lo mismo te digo, Marcia, has estado a punto de espicharla.

-Da gusto hablar contigo, por lo sensible que eres.

Perdón. Perdona, Marcia.

¿Tú no pensaste lo mismo?

Has estado muy cerca.

Y si no llega a ser por doña Genoveva, te despeñas.

-Eso es verdad.

Yo no sé con qué cara la voy a mirar para agradecerle.

-Con la que tienes, mujer, vaya cosa.

-Casilda. -Don Felipe.

-Qué alegría que hayas venido.

Cariño, la enfermera me ha dicho que enseguida te trae la comida.

-Qué bien, tengo hambre.

-Eso es buena señal.

-Estaba por pegarle un mordisco al chorizo que trajo Casilda.

-Casilda, no sé si es la comida adecuada.

-¿El chorizo? Si es muy bueno. Eso no le hace mal a nadie.

-Anda, llévatelo y se lo das cuando esté mejor.

Yo creo que en dos o tres días volverá a Acacias.

-En el altillo va a estar más cuidada que una infanta en España.

-No, Marcia se viene a mi casa.

La cuidaré yo. -Eso será un escándalo, Felipe.

-Morrocotudo.

-La gente que se meta en su vida, nosotros haremos la nuestra.

-Arrea, pues sí, eso es lo que tendría que hacer todo el mundo.

Yo me voy a marchar, que mi señora se cree que estoy en el mercao.

-Casilda, llévate el chorizo.

¿Podrías hacer algo por mí? -Claro, lo que uste mande.

-¿Puedes darle esto en mano a don Liberto?

-Sí, na más llegar al barrio. -Agradecido.

-Gracias, Casilda.

Pronto estaré de vuelta.

-Cuanto antes mejor.

Con Dios.

-¿A tu casa? ¿Estás seguro?

Completamente.

-Tú sabrás.

¿Qué le has dado a Casilda?

-Pronto lo sabrás.

(Llaman)

Aquí está tu comida.

Adelante.

-"Piensen en la situación".

Yo, montado sobre el elefante,

mi amigo en el suelo, el tigre

que venía hacia nosotros a toda velocidad.

La única posibilidad era que yo disparara y no fallara.

-¿Y acertó?

-Cojo mi rifle,

llevo la mirilla al ojo, apunto...

Sabía que era el disparo más importante de mi vida.

-Y el de la vida de su amigo. -Con más motivo.

-Pero ¿acertó?

-Aprieto el gatillo y el rifle se encasquilla.

-¡Dios mío!

-Pero entonces, el tigre se comió a su amigo.

-No quedaban más que dos metros,

el tigre ya había saltado contra mi amigo,

se iba a dar un banquete,

cuando suena un disparo.

-¡Uy!

¿Quién disparó si no fue usted?

Eso... se lo contaré la próxima vez que nos veamos.

-¡No, no, ,no, no, no nos puede dejar así!

-¿No hacía lo mismo su hija Leonor en las historias que publicaba

por entregas?

-Sí, y siempre me quejé. -Pero era lo que le daba el éxito.

Acuérdate cómo esperábamos cada nuevo capítulo.

-Ay, perdonen he de abrir la puerta.

-Debo de estar muy duro de oído,

porque no he escuchado que hayan llamado.

-Ni yo.

Será la tensión de la historia, su amigo, el rifle encasquillado,

el tigre o ese disparo enigmático...

-Qué desgracia. Me tengo que ir.

-¡¿Qué ha pasado?!

-Una de mis mejores amigas se ha caído por la escalera.

-¿Qué amiga?

-No la conoces. Quédate con don Armando.

Vuelvo en un santiamén. Perdón.

-Si... usted quiere ir.

-Es extraño, Rosina no tiene más amiga que yo.

No puede ser verdad, qué raro.

Doña Rosina, a veces dice cosas muy raras.

Ayer en la cena, estuvo extrañísima.

-¿Ayer? ¿Es que cenaron juntos ayer?

-Sí, ¿no se lo han contado?

Buenas.

Hombre, ¿ahora trabaja usted aquí o qué?

-El caradura de Servando, que me ha pedido que le arregle el aplique.

Pero ¿ese hombre no decía que nadie sabe más que él de electricidad?

-De lo que no sabe es de trabajar,

es más vago que la chaqueta de un guardia.

-Pues nada, luego vuelvo.

-Espere, Arantxa, quería preguntarle.

-Dígame usted, Jacinto.

-¿Cómo ha acabado lo del asunto del cinematógrafo?

Marcelina se quedó chafada de no poder hacer la película.

-Pues que no se chafe,

que al final no habrá ninguna desconocida haciendo la película.

-¿Y quién la va a hacer?

-No lo vaya contando por ahí, por favor,

que todavía no hay nada seguro, ¿eh?,

pero el productor le ha pedido a doña Bellita

que sea la protagonista.

-Ah, si ya me extrañaba a mí que una desconocida fuera la protagonista.

-¿Le puedo pedir un favor? -Pues depende del favor. Dígame.

-Que si va alguna estrella del cinematógrafo a casa de doña Bellita

le pida un autógrafo. Para Marcelina.

-Yo se lo pido,

ahora, si algún día usted estuviese en su puesto de trabajo,

lo podría pedir usted.

-Pues también es verdad.

-¿Qué? ¿De charla?

-Arreglando el aplique que debía arreglar usted y dice que de charla.

-No tengo tiempo pa esas menudencias,

tengo muchas cosas en la cabeza.

-¿Y ese pañuelo que lleva al cuello, Servando?

-Le gusta, ¿eh?

Seda natural.

Un montón de gusanos trabajando pa que yo vaya elegante.

-Eso tie que costar un dineral. -Cinco pesetas.

-¡Jesús!

-¿Y cómo se gasta ese dinero en un pañuelo?

¿Ha recibido una herencia?

-¿Herencia? ¿Qué herencia?

Ganado con el sudor de mi frente.

-Sí, es su dinero, usted sabrá qué hacer con él.

-Yo venía porque vamos a cambiar unas cortinas en casa

y les pueden servir pa la pensión.

-Ese departamento no lo llevo, eso lo lleva la Fabiana. Gracias.

-Aunque no sé qué decirle, que si tiene tanto dinero para pañuelos...

-Bueno...

Eh, pues esto ya está.

Le debería cobrar las cinco pesetas por el arreglo.

-Con cinco pesetas y mi labia me compro el edificio entero.

¡A ver si un hombre no se va a poder comprar lo que quiera con su dinero!

-¡Jesús, vaya humos, Servando!

Ni que fuera un millonetis.

-Y que sepa que el pañuelo me parece mu feo.

-Mira quién habla, tú solo tienes gusto pa las ovejas.

-¡Uh!

-(HABLA EN EUSKERA)

-Eso digo yo. (IMITA A ARANTXA EN ESUKERA)

-Jacinto. -¿Qué?

Las herramientas se quedan aquí. -Ahí tiene.

Oiga, ¿y usted qué mira?

¡Si yo me encuentro un duro, me lo gasto en lo que da la gana!

Hala, asunto resuelto.

Así que, cenaron fuera. -Sí, un restaurante muy bueno.

Aunque caro, debo reconocer.

-Pero a usted le habían invitado ya a cenar aquí, en casa.

-Al parecer, por un error en el día entre don Liberto y doña Rosina,

no se pudo hacer. -Ya le voy a decir el error,

que me marché a ver a mi prima.

-No entiendo. -Se lo explico.

Mi sobrino y su esposa, están haciendo de casamenteros.

Ay, Dios mío, qué vergüenza.

-Perdón si he dado una imagen que no es la que quería dar.

-No, no se preocupe, si yo tampoco tengo intención...

Es cosa de ellos.

Con buena voluntad, pero con escaso acierto.

Al fin y al cabo, usted y yo somos víctimas inocentes.

-En todo caso, la charla con usted es muy gratificante.

-Lo mismo le digo.

¡Ah!

¡Y la salida de Rosina era para dejarnos a solas!

-A las buenas. ¿Quieren tomar algo?

-No. -No, gracias, yo ya me iba.

-Doña Susana, me ha dicho mi señora

que se vuelve pa su casa.

¿La ayudo con el equipaje? -No hace falta.

Casilda, espera.

¿Cuándo te lo ha dicho?

-Ahora, estaba sentada en un banco del parque.

-Ya ve en lo que ha quedado la amiga caída por las escaleras.

-¡Se van a enterar, se van a enterar!

-No sea tan dura.

Usted mismo lo ha dicho,

la intención era buena. -Pero con poca gracia.

-Si me disculpa.

-Ay, Dios mío, qué vergüenza, qué vergüenza.

Rosina...

Deberá usted asignar la cama de Marcia a otra criada.

-¿Y ella? Por lo que sé, está mejor y pronto volverá.

-Pero no va a dormir en el altillo, ¿no lo sabe?

-Ni palabra. ¿Dónde va a dormir?

-En casa de don Felipe.

Me lo acaba de decir Casilda, y lo sabe de primera mano,

ha ido a ver a Marcia y se lo han dicho ella y don Felipe.

-La verdad es que, es donde va a estar mejor esa joven,

y a mí no me importa cuidarla.

Pero menudo escándalo

se va a montar. -Pasará como siempre,

las vecinas cotillearán y criticarán,

pero en pocos días se olvidarán del asunto.

Lo que no quita que sea grave,

un hombre y una mujer viviendo en pecado.

Ni son los primeros, ni serán los últimos.

Y lo del pecado es una suposición,

ni usted ni yo lo hemos visto.

No hace falta verlo,

que esa moza es extranjera

y no tiene ni la mitad de moral que una de aquí.

-Sea como sea,

nosotras no somos curas que decidan qué es pecao y qué no.

No me extrañaría que el párroco lo condenase desde el púlpito.

Pues que condene,

eso no le va a preocupar a don Felipe.

-En fin, ellos sabrán.

¿Va a tardar usted con la plancha, Úrsula?

No, ya estoy, esto era lo último.

Muy bien, muchas gracias,

que tengo una tonelada de ropa por planchar.

Con Dios. -Con Dios.

-A más ver.

¿Es aquí dónde debo firmar? Ahí.

Una vez firmados los documentos, solo queda pagar al armador.

Me encontraré mañana con él en el banco.

El director está avisado, espero que no surjan inconvenientes.

No se preocupe por nada,

está todo pactado, hablado, firmado y preparado,

no hay motivo para que el barco no zarpe hacia Marruecos.

Y pronto podrán traer a los soldados heridos.

Esperemos que se salven muchas vidas.

La dejo, he de ir al hospital a visitar a Felipe.

Espero que Marcia siga recuperándose convenientemente.

Por lo que sé, todo va bien. Gracias a usted.

Gracias a ese médico que hace milagros.

Haga partícipe a don Felipe de mis buenos deseos.

Lo haré.

Por cierto, Genoveva,

también le agradezco lo que ha hecho por Marcia.

Espero que ella y Felipe alcancen la felicidad.

Sé por experiencia que el ser humano olvida los malos recuerdos

para salvar y revivir los buenos, los dos la alcanzarán.

Con permiso.

Con Dios, Liberto.

Mucho dinero es ese para tenerlo fuera de la caja fuerte.

Debo hacer un pago urgente.

¿Puedo saber a quién?

Al armador del barco.

Por lo que sé,

tiene mañana una reunión con él en el banco.

¿Estaba escuchando?

Es mi obligación,

la mejor forma de cuidar sus intereses.

Se lo agradezco.

Tengo que hacer un pago, es todo lo que debe saber.

Y usted, señora, ¿sabe...

que cuando Marcia salga del hospital,

vivirá en casa de don Felipe, no en el altillo?

Ellos sabrán lo que quieren dar que hablar a los vecinos.

¿No le incomoda? ¿Puedo hacer algo para impedirlo?

Sea práctica y no pelee por lo que no está en su mano.

No, no sé qué quiere mi madre, pero quiere vernos en el salón.

¿Y no te ha dicho nada? Es que no la he visto,

ha mandado a mi padre.

Qué raro. (ASIENTE)

Pasa.

-Así me gusta, puntuales, que el tiempo es oro.

He estado viendo a Alfonso, el productor esta mañana.

Tengo novedades. Que va a hacer usted la película.

Nos lo imaginábamos.

Sí, aunque antes prefiero que me haga unas pruebas de cámara.

-Seguro que saldrá genial, enhorabuena.

¿No estáis contentas?

Claro que sí, madre. -Sí.

Entonces, os dará igual saber que he aceptado con una condición:

que haya papeles para vosotras dos.

-¿Qué?

-Lo que has oído, que vais a salir en la película.

¿No era eso lo que queríais? -Eso es maravilloso.

¡Es usted la mejor madre del mundo!

Ay, mis niñas.

(Llama)

Pase. -¿Cómo está la paciente?

Va mejorando, poco a poco.

Ha comido con apetito y ahora descansa.

¿Me ha traído lo que le pedí? -Sí, claro.

En cuanto vino Casilda fui a buscarlo.

-Gracias, amigo, sabía que no me defraudaría.

-Amor.

-Cariño, mira quién ha venido a visitarnos.

¿Querías algo?

-Agua. -Enseguida.

-¿Cómo se encuentra? -Mejor.

Mucho mejor. Gracias por venir.

-No hay de qué.

Para el barrio ha sido una alegría enorme saber de su recuperación.

-Es un barrio lleno de gente buena.

-Ten cuidado, no te atragantes.

-Lo mejor será que me marche.

-Amigo, gracias por todo.

-Suerte. -Quede con Dios, Marcia.

-Igualmente.

Cuando me desperté, algo tramabais hablando en voz baja.

-Eres muy lista. No puedo tener secretos contigo.

-No quiero que los tengas.

-Está bien.

-Don Liberto ha venido a traerme esto.

Es el anillo con el que te quiero pedir

que te cases conmigo.

¿Y qué dirá la gente cuando hagas de una criada tu esposa?

-Nada.

En cuanto pasemos por la vicaría, las malas lenguas se callarán.

He pensado en algo más novedoso.

Algo más fresco.

Una historia que nunca se ha contado en el cine.

-¿De qué se trata?, que me tiene en ascuas.

Sé que quieres liarme con Armando.

-Pero lo he hecho con buena intención.

-Te has lucido. Ya no tengo edad para estos asuntos.

-No seas remilgada, él y tú hacéis una pareja de lo más fetén.

A ver si la tía Olegaria me está hablando desde el otro barrio.

(SE ASUSTA)

Estoy disgustado con Mauro. Por su culpa estás en este brete.

-Estoy segura de que él no quiso ponerme en peligro.

Yo no pondría la mano en el fuego.

Le interesó más solucionar el caso que tu seguridad.

-Al fin y al cabo, es su oficio.

Esa era la misión que le trajo aquí. -No le defiendas.

¿Tendremos que bailar?

Supongo que sí, pero bueno,

el señor Carchano está terminando de escribir el guion.

¿No te alegras?

Espero estar a la altura y no pifiarla.

Lo único que necesito saber de ti

es que vamos a estar juntos el resto de nuestros días.

-Se trata de algo que me pasó en Brasil,

y ahora que nos vamos a casar, tienes que saber.

Prometo pensar en tu ofrecimiento.

Pero debo irme.

A mí me encanta, de hecho, hace unos años

acudí a una academia para aprender ese arte.

-Mire, en ese caso,

le regalo el folleto por si quiere visitar la exposición.

-No sé si tendré tiempo.

Aunque si nos acompaña a Felicia y a mí, podríamos acudir.

¿Puedo pasar?

-Claro que sí.

Su visita es bienvenida.

¿A qué sí, Felipe?

Eso está por ver, que voy a parecer una vieja a su lao.

-No te preocupes, encima del escenario no hay quien te tosa.

-Claro, porque tengo mi voz y mi arte pa defenderme.

Pero en el cinematógrafo no se me va a oír cantar.

Todo lo he hecho por Felipe.

No quiero verle sufrir.

¿Todavía le quiere?

"¿Qué es...?".

"¿Qué es lo que me estás ocultando, Genoveva?".

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Acacias 38 - Capítulo 1106

26 sep 2019

Susana y Armando no sale como ellos esperaban, pero al día siguiente se presenta la ocasión para dejar a ambos a solas. La exsastra descubre que su sobrino y su amiga están haciendo de Celestinos.
Alfonso confiesa a Bellita que su objetivo desde el principio era que ella fuera su actriz y aunque la folclórica se enfada llega a un acuerdo con el productor. Actuará en su película si Cinta y Camino también lo hacen.
Marcia, tras conseguir salir de la operación con vida, recibe la visita de Yolanda y el cariño de Felipe, que tiene además algo que proponerle. La noticia de la mejora del estado de la brasileña corre en el barrio como la pólvora.

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