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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1098 - ver ahora
Transcripción completa

¿Cuánto quiere por ella?

-Le advierto que, en este caso, la cantidad sería muy elevada.

-Tan solo ponga una cifra.

-Lo pensaré.

En los últimos tiempos, he empezado a dudar de sus recomendaciones.

A estas alturas,

ni estoy segura de que haya sabido resolver el asunto de Marcia.

-He olvidado las señas de un prestamista que usted conocía.

Necesito su dirección. -¿Acaso el señor

piensa empeñar alguna de las joyas de doña Celia?

-Sí, es posible.

-He dado aviso a Jacinto para que nos ayude con la mudanza.

-Pues te lo agradezco.

Me gustaría poder dormir esta noche en la nueva casa.

Sacaré a Marcia, cueste lo que le cueste.

-¿Aunque termine descubriendo nuestra identidad?

-¡¿Qué más da?! ¡A ese hombre solo le interesa el dinero,

me lo dejo bien claro.

-Estamos procurando que crean que hubo una discusión

entre Ledesma y Emilio,

en la que llegaron a las manos.

Por eso, el aparcero ha decidido marcharse de Acacias.

¿Y si me intereso por la vida de los demás,

porque la mía no tiene sentido?

-No digas tontunas.

Encima que te preocupas por tus vecinos.

Y sí que tienes familia. ¿Qué somos Liberto y yo?

-No te lo tomes a mal, ya sabes lo que os aprecio,

pero un sobrino no es lo mismo que tus propios hijos.

-Acompáñeme al hotel.

Hay alguien con quien quiero que se reúna.

-¿Con quién? -No sea impaciente, lo averiguará.

De Servando me creo cualquier cosa.

-Ha tratado de convencerme de que sea yo, y no él,

quien suba al dirigible.

-Arrea, eso no me lo esperaba.

Ven mañana a mi casa.

Ya sé que no tienes tiempo para el proyecto,

pero preciso de su opinión.

Está bien, lo intentaré.

Pero... me da la sensación

de que todo esto se ha estropeado por mi culpa,

y quería hacer algo para ver si todo volvía a ser como antes.

-No diga eso, mujer, si la culpa de to solo la he tenido yo.

De verdad que sí.

Tenemos que hablar con usted. Es la hora de que sepa la verdad.

Les exijo que me digan qué está pasando aquí.

¿Qué está haciendo el comisario?

-Mauro y yo estamos colaborando en este caso,

pero creo será mejor que sea él quien se lo explique.

-Es aconsejable que nos sentemos y hablemos con calma.

No quiero que nos dejemos detalles importantes sin tratar.

Por favor.

Lamento no poder ofrecerle un té que haga más digerible todo esto.

Déjese de rodeos y hable de una vez.

-Tiene razón, Felipe.

Es hora de que Mauro le haga saber la verdad.

-Lo primero es pedirle disculpas por haberle mentido.

Sigo siendo policía.

-¿Y lo de Teresa? ¿Es verdad que ha fallecido?

-Sí, desgraciadamente,

es cierto, y nada me la va a devolver.

En eso no he mentido.

Aunque me gustaría que hubiese sido así.

Verla entrar por esa puerta.

Usted perdió a Celia y sabe cómo la echó de menos,

pero en fin,...

su ausencia nada tiene que ver con lo que nos ocupa.

Mi vuelta al barrio no fue casual,

fue tras los pasos de una organización

de traficaba con mujeres.

-¿Tiene algo que ver con Marcia?

-Sí.

Pero no sabía se llamaba así, ni que servía en su casa,

ni que usted se había enamorado y pretendía rehacer su vida con ella.

Me enviaron a mí porque sabían que había vivido en el barrio,

conocía en terreno

y, en ese momento vivía en el extranjero, así que era difícil

que fuera reconocido por los hampones que traficaban

con esas mujeres.

Al principio, ni Méndez sabía de mis planes.

-Y en medio estaba yo.

Solo querían usarme. -No, usarle no,

hacer que su conocimiento de una de las víctimas de la trama

nos ayudara a liberar al resto.

-Felipe, a usted solo le preocupa Marcia, y lo entiendo.

A nosotros nos preocupan las decenas de mujeres que ya han sido vendidas

por Andrade, y a las otras que venderá si no le paramos los pies.

Nos hubiéramos servido de usted y de cualquier otro para parar esto.

-Está bien, no querían usarme, les creo.

Pero les exijo que salven a Marcia.

-Paciencia, Felipe.

-¡Me piden paciencia continuamente,

y yo sé a la velocidad que actúa la policía!

-A veces tenemos que parar para garantizar

que obramos según la ley.

-No consiento que Marcia se pierda en uno de esos parones.

Yo quiero salvarla y es lo que voy a hacer.

Ustedes hagan lo que crean oportuno.

-Sé que está usted nervioso por ver a Marcia en libertad.

-¿No lo entiende? -Perfectamente.

Pero nosotros lo podemos conseguir antes.

-No me quiero arriesgar.

-Felipe, por favor, no sea terco.

Estamos muy cerca de conseguir nuestros objetivos.

-Ya no confío en ustedes.

Y usted tiene la culpa, con sus secretos y embustes.

Lo siento, pero seguiré por mi cuenta.

-Felipe. Felipe, vuelva aquí.

¿Qué hacemos?

-Deberíamos ponerle vigilancia.

-Es lo mejor.

No puede echar a perder los avances que hemos logrado.

-Puede ponerse en peligro él mismo y la vida de mucha gente.

Yo me encargo.

(Sintonía de "Acacias 38")

Me tenía preocupada, no pensé que llegaría tarde.

Ni yo esperaba tardar tanto en volver.

¿Sabe dónde he estado? No, señora.

Siguiendo a Felipe.

He descubierto que ha acudido al hotel donde se aloja Mauro,

el Hotel Sintra.

¿Sabe quién ha ido allí a su visitarlo?

No tengo la menor idea.

¡El comisario Méndez!

¿El comisario Méndez?

Sí, no ponga esa cara de sorpresa. ¡Méndez!

¿Está metido en esto?

Pues ya ve, si no lo estaba antes, ahora sí.

Y si investigan algo no quieren que nadie en Acacias se entere

y por eso se ocultan, ya sabe quién está en el ojo del huracán,

¡yo!

O nosotras, señora.

Quizá solo yo.

Tengo que contarle algo.

Don Felipe me echó ayer de su casa

cuando me descubrió sonsacándole información a Agustina.

¿Por qué no me lo dijo? Para no preocuparla.

Cada vez que hace algo para no preocuparme,

¡termina preocupándome más todavía!

Lo siento. ¡Harta!

Estoy harta de su incompetencia.

Al final, caeré por su culpa.

No, señora, no va a caer usted.

Y si yo cayera, jamás la delataría, se lo juro.

¿Se cree que no la conozco, Úrsula,

que no sé que vendería a su propia madre por un simple beneficio?

A mí no me engaña.

No puede decir eso de mí.

Repta y ataca como una serpiente.

Pero conmigo no le va dar resultado.

¿Qué averiguo en casa de Felipe?

Don Felipe está interesado en vender unas joyas

que pertenecieron a doña Celia. No.

Jamás se desharía de esas joyas.

No... No lo haría si no precisara el dinero.

Felipe tiene liquidez. ¿Para qué va a querer el dinero?

No.

¿Por qué se desharía del recuerdo de su esposa?

Llevo pensando en eso desde ayer.

Solo puede haber una causa.

¿Marcia?

Sí, señora.

Yo misma me voy a encargar del tema de Marcia.

¡Úrsula!

Quiero saberlo todo.

¿Cómo se llama el hombre que se la vendió?

César Andrade.

¿Se la devolvió a él mismo?

Sí.

Bien.

Quiero que me cuente todo, absolutamente todo.

Buenos días, Emilio.

-Hombre. Mucho ha madrugado hoy, es el primer cliente del día.

-Es que, he escuchado tanto hablar de las torrijas del Nuevo Siglo XX,

que he decidido madrugar para no probarlas.

-Pues Antoñito,

la vida es una cuestión de oportunidad:

ni muy pronto ni muy tarde.

-¿Quiere eso decir que me quedo sin torrijas?

-No saldrá la primera tanda hasta dentro de media hora, como pronto.

-Es la historia de mi vida,

muy pronto para unas cosas y muy tarde para otras.

-Lo que yo decía. Pero le puedo poner un café.

-Me tendré que conformar, digo yo.

-Vamos dentro.

¿Ha leído lo del estadio de fútbol que han construido en Bilbao?

-Sí. San Mamés le han puesto de nombre, ¿no?

-Tres mil quinientas personas de capacidad, qué barbaridad.

-Lo que es una barbaridad es lo que se han gastado,

90 000 pesetas.

-En el futuro se hablará de millones de pesetas

como el que habla de pipas.

-A ver si ganamos nosotros alguno.

Gano un millón de pesetas

y me paso lo que me queda de vida viajando por el mundo,

eso sí, con Cinta.

-Y todavía le sobra algo para poder dejar a la descendencia.

Soñar sale muy barato.

-Bueno, a veces los sueños se cumplen.

Fíjese en la huída de Ledesma,

cuando parecía imposible librarnos de él, desaparece.

-Reconozca que les vino Dios a ver.

-Nuestra ayuda le hemos dado.

-Ya decían los antiguos: a Dios rogando y con el mazo dando.

-Y no somos los únicos a los que todo les ha salido bien.

Sé de uno que ha logrado restablecer la paz en su casa.

-Sí. Al final, mi padre y Carmen no se van de casa,

se quedan con nosotros.

Parece que vuelve a reinar la concordia.

A ver cuánto nos dura.

-No sea cenizo, son buenas noticias, y han de durar.

Aprovecho para pedirle un favor, me queda un asunto que resolver.

Necesito que me asesore

en un tema mundano que tengo que acometer esta tarde.

-Si está en mi mano...

-No quiero que nadie lo escuche.

-Ahí, ahí, ahora sí que se pone interesante.

Aquí tienen los cafés. -Muchas gracias.

-Buenos días.

¿No está Fabiana?

-Ha tenido que ir a correos y me ha pedido que la cubra.

¿Qué pasa hoy

que se levanta todo el barrio tan temprano?

-Yo a la misma hora que siempre, que siempre me amanece ya en pie.

-Yo antes de lo habitual, lo reconozco.

-Se conoce que don Antoñito también, me lo he cruzado hace un rato,

que iba a desayunar torrijas.

-Vamos antes de que se acaben.

Tranquila, que ni siquiera habrán empezado a servir los desayunos.

¿Es verdad que ayer Carmen estuvo en la calle haciendo cabriolas

con un gorro de lana?

No lo sé, pero por lo que me contaron, no eran cabriolas,

sino una costumbre de Cabrahígo. -Tenía que ser,

ese pueblo es de locos.

-Si yo fuera don Alfonso XIII, los echaba de España.

-No exagere, que no hacen daño a nadie.

-Las locuras se contagian.

Ya verás como empiezan a salir pueblos raros como setas.

-Pueblos y personas.

Fíjate, con lo sensata que parecía Carmen.

-Por mantener la paz en la familia Palacios,

Carmen hizo esa extravagancia,

que da gusto ver cómo han superado las rencillas entre ellos.

-Y don Ramón, no sé, ha rejuvenecido,

vuelve a ser el galán que siempre fue.

-Eso es por mantenerse ocupado.

Uno envejece cuando no tiene la cabeza ocupada

y no hace más que pasear, ir a la iglesia

y charlar con las vecinas. -¿Estás hablando de mí?

-Por Dios, doña Susana, no osaría hacerlo.

-Si lo dices por mí, te diré que soy mucho más joven que tú.

-Bueno, eso habría que comprobarlo. -Más joven, y ya está.

-Claro, claro que lo es.

Si me perdonan, voy a subir las toallas a las habitaciones.

-Qué descaro.

-Por favor, que la pobre Agustina no ha dicho nada.

-Ha insinuado que soy vieja.

-Ha dicho que don Ramón parecía más joven

desde que su esposa y Lolita se han reconciliado.

-Una vieja sin futuro, sin entretenimientos, sin proyectos.

Al menos, tú tienes a tu marido.

-No irás a buscar marido a estas alturas.

-No.

Pero esa mujer no tiene derecho a decir eso de mí.

-Vamos a dar un paseo por los Jardines del Príncipe,

que te vendrá bien. Y después, a por las torrijas.

-Bueno.

Puede contar conmigo.

Le acompañaré a buscar eso que me ha pedido.

-Ya le digo, no confío en mi buen gusto.

¿Puede esta tarde?

Sí, después de comer, en cuanto deje a Lolita en la mantequería.

-Sabía que no me iba a fallar.

-No se ponga sensible y sáqueme una torrija, que me muero de hambre.

-Voy a ver cuánto les falta.

Buenas. Buenas, Cinta.

Emilio acaba de ir a la cocina, no tardará.

Así me cuenta qué es lo que pasó ayer con la esposa de su padre.

Nada, costumbres de Cabrahígo.

Lo importante es que todo se ha solucionado.

-Aquí la tiene. Hola, amor.

Hola. ¿Quieres tú una torrija?

No, muchas gracias.

He desayunado las rosquillas que hace Arantxa,

que son como un brazalete, de grandes que las hace.

-Está buenísimo. Vaya preparando otra.

-Antoñito, vamos a tener que racionarlas.

¿Le ha contado Emilio lo del concurso?

-No.

¿Me hurta información?

-No quería contarlo hasta que fuera seguro.

Le propuse a mi madre que celebremos aquí

la entrega de premios de un concurso de moda

que organizan unas revistas, sería una manera de darnos a conocer.

-Parece una buena idea.

Bueno, me voy. Venía a proponerte algo.

¿Me acompañas esta tarde a ver una actuación en un café?

Es una actuación de una cantante que dicen que va a arrasar,

se llama Raquel Meller.

Pues me resulta imposible.

Es solo hoy. Como te digo, es una ocasión única.

Ya. Lo siento, pero hoy no puedo.

Le pongo su torrija.

Aquí tiene el periódico de hoy, don Felipe.

-Gracias, Agustina.

¿Me prepara una taza de café? -Sí, señor.

Antes quería pedirle disculpas

por lo de doña Úrsula.

-Esa mujer es una víbora. No quiero que pise esta casa.

-No volveré a dejarla entrar.

Aunque, si me permite decirlo, no creo que sea tan mala.

-La conozco desde hace años, demasiados.

-¿No cree que la gente puede cambiar?

-No. No en el caso de Úrsula.

Es ponzoñosa y contagia la maldad a todo el que está a su lado.

Fíjese en Genoveva.

-¿Cree que el mal que ha hecho ha sido por su influencia?

-En parte por influencia, y en parte por necesidad.

A pesar del mal que ha hecho, Genoveva no tiene mal fondo.

-Entonces, todo lo achaca a Úrsula.

Es como si creyera que es el mismísimo demonio.

Eso es lo que creo que es Úrsula.

El demonio reencarnado en esa mujer.

Que os digo yo que a eso le llama hacer el pino.

-(JACINTO RÍE)

Pues en el campo,

cuando un pastor dice hacer el pino, se refiere a otra cosa.

-¿A plantar un árbol? -No exactamente,

a hacer de vientre en medio del campo.

-Qué guarrería, Jacinto.

Pues lo que se ha hecho siempre desde que el mundo es mundo

cuando uno tiene ganas.

Ponerse en cuclillas y dejar ahí el regalito.

Que los baños con agua corriente es cosa de los señoritingos de ciudad.

-Vamos a hablar de otro tipo de pino,

del que estábamos haciendo, el de la señora Carmen.

Por cierto, eso en mi pueblo no se llama hacer el pino,

se llama ponerse de patas arriba.

-También se entiende.

Tuvo que ser gracioso ver cómo se sujetaba la falda

pa no enseñar los refajos.

Menos mal que estaba Lolita,

que si no, vamos, eso lo iban a recordar para toda la historia.

Menos mal que le hico parar.

-Buenos días. No se molesten, señores.

¿Qué? Hablando de doña Carmen, como si lo viera.

-De sus gimnasias. -¿Ustedes lo vieron?

-No tuvimos la suerte, pero lo sabemos de primeras.

-Tuvo que ser digno de verse. Un espectáculo.

-Como la fuga de Ledesma, otro espectáculo.

-No hay día que no haya que andar con los ojos abiertos en el barrio.

-Ende el principio venía diciendo que no me gustaba

el susodicho Ledesma.

-Ni a mí.

-Pues parecían amigos, perdone que le diga.

-Bueno, a veces, de lo que parece a lo que es, hay un trecho de leguas.

A Ledesma solo quise integrarle, para ayudar a doña Felicia,

iba a ser su esposo y lo íbamos a tener por Acacias mucho tiempo.

Mejor llevarse bien...

-Es verdad, hay que ser buenos vecinos.

-Pa compensar los malos ratos jugando con él a los dados,

les voy a invitar a los toros.

-¡Ole! -Venga.

-sí, señor. La semana que viene torea Rafael González.

-Y eso son palabras mayores, es cosa muy seria.

Creo que es de las últimas oportunidades de verlo

antes de que se corte la coleta. -Se nos va un maestro.

-Sí.

Ahora, ha dejado tardes que se te pegan en las pupilas

y no te sacas de ahí en siglos.

El califa le llaman.

-Pues por mí, encantao. ¿Uste podrá Servando?

-¿Por qué no iba a poder?

-Como tiene el vuelo en el dirigible,

lo mismo ya no está con nosotros.

-Creía que lo decías porque iba a estar en el palco de su majestad

viendo los toros.

Digo con nosotros, con los vivos.

Que lo mismo el dirigible se cae

y pa esos días ya está uste criando malvas.

-Dios no lo quiera

-bueno, ya nos contará, Servando, qué valor.

Yo no me subo ahí arriba,

ni aunque me prometan que hay un millón de pesetas en lo alto.

Bueno, quedan ustedes invitaos.

Con Dios. -Con Dios.

¿Qué es esto?

-Documentos del armador del barco que va a Marruecos.

-Estoy harta de todo eso. -No sé en qué te afecta.

-Claro que sí. Piensas en eso y no piensas en mí.

Porque soy muy patriota, si no te pediría que lo dejaras.

-Anda, mi amor, ven.

Ni un barco ni dos, ni toda la armada invencible

podrían hacer que me olvidara ni un segundo de ti.

-Zalamero. Tenemos que hablar.

-¿Ahora?

-Claro que ahora. Es más importante que eso del barco.

Ven.

Estoy muy preocupada por tu tía.

-¿Está enferma?

-Sí, de aquí. -Ah, pues como siempre.

-No te mofes, que es serio.

Está triste, pero no triste un rato,

vitalmente triste. -¿Deprimida?

-Eso, deprimida.

-¿Por qué?

-Le sentó mal un comentario de Lolita y otro de Agustina,

y dice que su vida está vacía, que no tiene alicientes ni objetivos.

-Y en parte es así, Rosina.

Mi tía no emplea sus días en nada útil.

Sobre todo, desde que cerró la sastrería.

-Pues hay que hacer algo para ayudarla.

-¿Qué?

-Para eso te lo cuento, para que me des ideas.

-No sé. ¿Le compramos un billete a París?

Así ve a su hijo y a su nieto.

-¿Y no se te ocurre nada más barato?

Pues anda que no cuesta duros un viaje a París.

-No creo que sea tan caro. En El Ateneo ha ido todo el mundo.

-Ya lo tengo. -¿Qué?

¡Claro! Ya te lo contaré. Es que soy la monda.

-Pero...

Sí. Estaban todos la mar de contentos.

Don Ramón con su esposa y don Antoñito con la suya.

-¿Te han dao propina por ayudar a subir las cosas?

-Un duro.

-Pues trae p'acá, que lo guardamos pa cuando llegue la verbena.

-¿No me lo puedo quedar pa los billar?

-Pues no.

Ya sabes que no me gusta que vayas a los billares,

allí están los más vagos de la ciudad.

Me alegro que se hayan arreglao los Palacios,

que no los hay más buenos que ellos.

-Los Domínguez del Campo.

Don Jose nos ha invitao a los toros al Servando, al Cesáreo y a mí.

-No sé cómo os puede gustar esa salvajada.

-Pues gustándonos.

-Jacinto, necesito hablar contigo.

-Pues aquí estoy.

-A solas. -De eso na.

Mi Jacinto no tiene secretos pa mí.

¿Verdad, cariñín? -No.

Y si los tuviera, me los sacabas con tenazas, como el duro.

-Está bien, lo hablo delante de ti, Marcelina.

Vamos, es una fruslería sin importancia.

Más bien es por hacerle un favor a Jacinto.

-Arranque, Servando.

-Me gustaría que le convencieras para que me sustituya

en el vuelo del dirigible,

que yo sé que a Jacinto le hace ilusión trabajar para la Casa Real.

-Ilusión sí, y orgullo. Pero ni por esas, Servando.

-Ni hablar.

Mi Jacinto no se sube en na que se despegue un palmo del suelo.

-Pero si no hay riesgo.

-Que no.

Pa volar ya se han inventao los pájaros, no hay más que inventar.

¡Seréis Cobardes!

No volar por vuestro rey...

¡Así va España! ¡Qué falta de valor, qué falta de valores!

El que faltaba ya.

-Servando, queriendo que le sustituyan en su deber.

¿No será que tiene usted miedo?

-La palabra miedo no está en mi diccionario,

como no consta tampoco la palabra egoísmo.

Era por hacerle un favor al Jacinto. -Pues no le haga tantos favores.

Cuando don Alfonso me condecore, no vengan a llamarse amigos míos.

¡Yo soy un hombre que atiende, atiende a los deseos de su rey!

¡Me cueste lo que me cueste, aunque me cueste la vida!

¡Y abrid paso, abrid paso al futuro amigo de su majestad!

Abran paso.

-(RÍEN)

Emilio, ¿tienes preparada la cuenta de la mesa cuatro?

-Ahora mismo. -¿Qué te pasa hoy? Estás en Babia.

-En cuanto acabe el servicio me voy con Antoñito.

Para eso que te he dicho.

-Pues cuanto antes saquemos las cuentas, antes te vas.

-La cuenta de la mesa cuatro.

Hola.

Hola. No te esperaba. Se queda una mesa libre en cuanto paguen.

No vengo a comer,

solo a saber si has cambiado de opinión

y te vienes conmigo a ver la actuación que te dije.

Es que... no puedo.

Es una artista nueva,

una chica joven a la que me apetece mucho oír cantar.

Se llama Raquel Meller. Ha tenido mucho éxito en Barcelona.

Dicen que será la mejor cantante de España de los próximos años.

Mienten, la mejor vas a serlo tú.

Por eso quiero verla, para saber con quién me enfrento.

Mi madre no me deja ir sola.

Otro día te acompañaría, pero hoy tengo trabajo.

Van a traer un horno esta tarde y tengo que estar.

Pues nada.

Pero más tarde me podías llevar a tomar una horchata.

Mañana, mañana te llevo a tomar una horchata,

una leche merengada o lo que tú quieras, te lo prometo.

Ni que no quisieras estar conmigo.

No digas eso.

Desde que hablaste con mi madre estás muy raro.

¿Te dijo algo que no me hayas contado?

-La mesa uno quiere la cuenta dividida en tres. Y tienen prisa.

-De verdad, qué pesados.

-Hola, Cinta.

Pon la mesa para tres.

-¿Para tres? ¿Voy a comer con ustedes?

-No, va a venir doña Susana.

A ver si aprendes modales y eres un poco menos fastidiosa.

-Está usted perdiendo el sentido del humor, doña Rosina.

-Será que no tienes gracia.

(Llaman)

Ya voy yo. Este mantel está arrugado.

Susana. ¿Qué? ¿Qué has hecho esta mañana?

-Lo de siempre, nada.

He ido a ver escaparates.

-Eso es algo.

-Nada útil, aburrirme.

(SUSPIRA)

Va a tener razón la indiscreta de Agustina y me hago vieja.

-Perdone, pero estoy segura de que la señá Agustina

no le quiso ofender.

-Casilda, no te metas en las conversaciones,

ya no sé cómo decírtelo.

-Perdón. Perdón.

-Me da la impresión de que cada día es igual de aburrido

que el anterior,

da igual que sea martes, miércoles o jueves.

-¿Saben lo que me entretiene a mí?

Me gusta planchar.

Y también me gusta ordenar roperos.

Hay criadas que no les gusta, pero a mí se me pasan las horas volando.

-Casilda, a nadie le interesa qué te entretiene a ti.

-Yo lo decía por ayudar.

-Anda, ve a la cocina, que te gusta tanto.

-¿Ha sido siempre así de desfachatada?

-Desde que vivía Maximiliano.

En el cielo me van a dar una medalla por haberla soportado tantos años.

-Eso si vas al cielo.

-Claro que voy, he sido una bendita.

Antes de que llegue Liberto para comer, quería enseñarte algo.

Mira.

Ay, espera.

-Concurso de diseño de moda.

¿Qué pasa?

-Que te podías presentar.

-¿Yo? Es un concurso en una revista.

Es para principiantes, no para modistas y sastras consagradas.

-Dan un premio imponente, publican el trabajo del ganador,

habrá una comida con lo más granado del mundo de la moda en España.

-No. No pienso presentarme a un concurso.

-Luego no digas que te aburres.

-Es un disparate. Y ya está, no se hable más.

¿Vamos a comer o no? -Sí. Voy a avisar a Liberto.

¡Casilda, acaba de poner la mesa!

Las natillas estaban riquísimas.

-Pues don Jose no ha querido ni probarlas.

-Había quedado a tomar café, si no, se come tres tazones.

-Para esta noche se los guardo.

-Oye,...

¿no era hoy el día que cantaba en privado Raquel Meller?

Sí. Ya debe de haber empezado.

Pensé que querías ir.

Es que quería ir, pero usted no me dejaba ir sola.

De ninguna manera. Una señorita no va sola a algunos sitios.

-A casi ninguno, no vayan a pensar que...

Eres más tradicional que mi madre.

A ver, que las cosas son como son. Haberte venido conmigo.

Dicen que la Raquel Meller canta

como si estuviera pecando contra el sexto mandamiento.

No me interesa nada.

A mí me gustan las señoras en el escenario, como tu madre.

-Di que sí. Gracias, Arantxa.

Vaya dos antiguas las dos, el sexto mandamiento.

Si voy a ver a la Bergés buscándose la pulga.

-Ni sueñes que te iba a dejar.

-Y no se llama antigua, eso sí que es antiguo,

que vivía yo en Algorta la primera vez que oí hablar de eso.

(RESOPLA)

-Cinta, espera.

¿Y no podías ir a ver a la Meller con Emilio?

Sí, si él hubiera querido. ¿Es que no le gusta la música?

Pues no lo sé. Últimamente no quiere ir a ningún lado conmigo.

Pero ¿te ha dicho algo para no acompañarte?

A lo mejor tiene trabajo.

Me ha dicho que les llega un horno nuevo

y que tiene que estar allí para recibirlo.

-Tiene lógica.

Si lo va a pagar, comprobará que está a su gusto.

Pero es mentira. No hay horno nuevo.

¿Qué dices?

Este chico, cada día está más tonto del capirote, ¿eh?

No sé qué le diría usted, pero ahora me huye.

¿Yo? Escucha, niña, espera.

Digo. -Pero señora,

¿qué le dijo a Emilio pues?

-Nada malo, hija, te lo juro, todo lo contrario.

-Sí que son raros Cinta y Emilio.

O Emilio y Cinta, que tanto monta, monta tanto.

-Mira, ese chico se va a enterar, te lo digo yo que se va a enterar.

Ya estamos otra vez.

Jesús, Jesús.

Buenas tardes, don Ramón. -Buenas tardes.

La última vez que vi a un hombre con dos ramos de flores,

acabó la policía en el barrio,

uno era para su esposa y otro para su mantenida.

-No es mi caso.

Uno es para mi esposa y el otro para mi nuera.

-Sé que han hecho las paces.

Y no me extraña, con sus dotes de mediador.

-Fue más fácil poner de acuerdo a los franceses de Napoleón

con los bandoleros de Sierra Morena.

-El caso es que se queda en el barrio,

y eso es una alegría.

Es como los adoquines del paseo, no se imagina uno Acacias sin ellos.

-Es la primera vez que me comparan con una piedra, pero bueno, gracias.

-A lo mejor el ejemplo no ha sido bueno, pero la intención lo era.

No le entretengo, con Dios. -Con Dios...

¡Cesáreo, espere, espere!

¿Ha visto a Servando? -No. ¿Qué ha hecho ahora?

-Ha dejado esto en un cajón del mostrador.

-¿Su testamento?

-Tenemos que encontrarlo, este hombre va a hacer una locura.

-¿No se da cuenta de que es por lo del dirigible?

-¿Por qué cree que ha hecho eso?

-Tiene tanto miedo, que la camisa no le llega al cuerpo.

-Pero subir al dirigible no tiene tanto peligro.

-¿Usted ha conocido a alguien tan valiente de boca para fuera

y tan cobarde para dentro como Servando?

-Pues la verdad es que no.

Todo lo buena persona que usted quiera, pero un gallina.

-¿Y ha dejado el sobre donde pudiera encontrarlo?

-Sí. Imposible que no abra ese cajón.

-No lo vamos a abrir,

pero me juego lo que sea a que son hojas en blanco.

Ni testamento ni na. -¿Y pa qué lo ha dejao ahí?

-Para que usted le pida de rodillas que no se suba al dirigible.

-¿Sería capaz? -Claro.

Le echaría la culpa a usted, no tendría que subirse al dirigible

y su valentía quedaría intacta. -Muy típico de Servando, sí.

Ahora, que yo a ese le canto las 40.

-Tengo una idea.

¿Y si en vez de cantarle las cuarenta, hacemos otra cosa?

-Soy toda oídos.

Bueno, ya está, una mesa reservada el domingo

a las dos de la tarde para cuatro personas.

-Eso.

Yo estoy acostumbrada a comer más tarde,

pero mi suegro empieza a quejarse de hambre a la una y media.

-Cómo me alegro de que vengan los Palacios a comer a mi restaurante.

-A ver si convertimos lo de comer los domingos fuera de casa

en una tradición. Un día menos pa cocinar.

-Por nuestra parte, pondremos lo mejor, para que estén toda la semana

pensando en venir a comer aquí todos los domingos.

-Reservada queda.

Por cierto, cada día tienes mejor la piel.

-¿Te echas algo?

-No. Agua fresca y jabón.

-Entonces, sabes lo que significa, ¿no?

-Ni idea. -Que viene niño.

-Ay.

-Si la piel se pone radiante sin echarle nada, viene niño,

y si la barriga se pone redondita como una pelota, viene niña.

-¿Y si la piel se pone radiante y la barriga redonda?

-Entonces, quiere decir que vienen mellizos o trillizos.

-Ay, Dios mío, pa volverme loca. -(RÍE)

Que no.

Es una broma. Tranquila, Lolita.

Lo que tenga que venir, vendrá. -Y bien recibido será.

Me voy a abrir la mantequería.

-Guárdame un par de quesos de esos que te traes del pueblo.

-¿De los que huelen mal? -Esos, a los clientes les pirran.

-Guardaos están pa cuando quiera.

-Buenas tardes. Lolita, qué guapa te veo.

-Gracias. Ustedes, que me miran con buenos ojos.

A más ver. -Con Dios.

-Con Dios.

-¿Qué le trae por aquí?

-Un asunto delicado, a mi pesar.

-¿Tanto como para que nos sentemos? -Creo que sí.

-Siéntese. ¿Quiere un café? -No.

Quiero soltar lo que traigo para decirle,

así nos quedamos tranquilas. -Usted dirá.

-Es por Cinta y Emilio. Otra vez.

-Mire, Bellita, más que me he opuesto yo a esa relación,

pero los chicos se quieren, y no podemos hacer nada para impedirlo.

Lo más inteligente es aceptar lo que no tiene remedio.

-No, si yo lo acepto, a la fuerza ahorcan.

Lo que no estoy dispuesta es a que Emilio juegue con mi hija.

-Ni yo. ¿Puedo saber qué ha pasado?

-Verá, hoy, mi hija estaba muy afectada.

Dice que desde que hablé conmigo,

Emilio ha cambiado su actitud hacia ella.

Lo que me faltaba es que dudase de mí.

-Pero ¿le ha dicho por algo? ¿Le ha hecho Emilio un feo?

-Esta tarde, había una actuación de una nueva cantante en privado,

solo para entendidos.

Y nada le hacía más ilusión a Cinta que ir.

Pues nada, por lo visto, Emilio se ha excusado con mentiras.

-Le puedo asegurar que Emilio va muy en serio,

y que no haya ido,

nada tiene que ver con hacerle un feo a su Cinta.

-¿Entonces?

-¿Me permite que le guarde el secreto a Emilio?

-¿Secreto?

Emilio va a hacer algo esta tarde

que le agradará mucho a Cinta cuando lo sepa.

Lo sabrán después.

Emilio quiere hablar con usted y su esposo.

Y quiere que le acompañe.

Si le parece bien, claro.

-Que vayan en serio, pero que tampoco corran que se las pelen.

-Confíe en ellos. -Está bien.

Ahora sí le acepto ese cafelito.

-Ahora mismo.

Esto me lo apuntas.

¿Sigues discutiendo con Carmen?

-Discutiendo no, porque me callo, pero hace cosas absurdas,

y tengo que sonreír para no acabar a la gresca.

-Absurdas, ¿como qué?

-Regar los tiestos por la noche.

-Yo riego los tiestos por la noche.

-Los tiestos se riegan por las mañanas.

Está bien. ¿Más cosas?

-Corta el pan antes de llevarlo a la mesa.

-¿Y tú cómo lo cortas?

Con la mano, como toa la vida de Dios.

Y come el queso con cuchillo y tenedor.

Si hasta don Ramón lo coge con la mano.

A mí nada de lo que me estás contando me parece grave.

-Ya, pero son cosas que a la larga, a una...

-Buenas tardes Fabiana, que Lolita no las merece.

-Doña Susana, espere.

Quería pedirle perdón, que estuve un poco brusca el otro día.

-¿Brusca? No, en absoluto.

Si solo me dijiste que era una cotilla

y que lo que me hacía falta era tener una familia a la que atender.

-Pero no quería decir eso, seguro que me entendió mal.

-Mira, será mejor que no lo intentes arreglar,

porque tú piensas de mí todo eso,

y yo pienso de ti que eres una impertinente.

No me entretengas, que tengo cosa que hacer.

-Meterse en la vida de la gente.

-Y participar en un concurso de diseño de moda.

Un concurso para jóvenes talentos.

¿Qué? Sí. Jóvenes.

-El talento no envejece, doña Susana,

y usted lo tiene a raudales.

-Gracias, Fabiana. Que tenga buena tarde.

-Le juro que yo no quería ofender.

-Pues pa no querer ofender, mediste poco las palabras.

No sé qué te pasa, pero desde que estás embarazada,

que sales a pelea diaria.

Y, por último,

los permisos de los dos puertos, el de partida, que está en Algeciras,

y el de llegada, que será Ceuta.

Pensé que serían más difíciles de conseguir,

pero hay que reconocer que Carratalá ha hecho bien su trabajo.

Perfecto. Pues la parte legal ya está.

Y lo demás se irán cerrando. ¿Sabe algo de las donaciones?

Eso lo lleva don Ramón.

Ya sabe que es un hombre de una meticulosidad absoluta.

No dudo de que cumplirá los plazos.

Yo tampoco lo dudo, era solo curiosidad.

Su intención es que donaran dinero todas las familias del barrio.

Y lo está consiguiendo, casi al cien por ciento.

El nombre de don Ramón para los vecinos es sinónimo de honradez.

El único que no ha colaborado ha sido Felipe.

¿No?

Siempre ha sido un hombre generoso.

A mí también me extrañó,

pero no tiene liquidez suficiente.

Pensaba que su economía estaba saneada.

No creo que sea un problema grave,

simples fluctuaciones de las inversiones.

Parece que no llega, algo le habrá ocurrido.

Sí. Había quedado en pasarse. Suele ser muy responsable.

Le habrá surgido un contratiempo.

Yo debo marcharme. Con su permiso, doña Genoveva.

Vaya, yo me quedo comprobando los documentos.

Con Dios. Con Dios.

(Puerta)

¿Liberto?

Disculpa, me he cruzado con Liberto en la puerta.

Quería pedirte disculpas por no haber podido asistir a la reunión.

Me marcho. No, Felipe, espera unos minutos.

Ya que estás aquí, necesito ayuda con unos documentos.

Según me ha contado Liberto, está todo en orden.

Supongo que sí, pero tú me das seguridad.

Felipe, Liberto me ha dicho que no has aportado nada.

No, no me va bien.

Sabes que cualquier problema que tengas, cualquiera,

puedes contar conmigo.

Lo mío es tuyo. Gracias.

Si necesitas dinero, para lo que sea, dímelo,

estaría encantada de ayudarte.

Lo haré.

Fuera.

Todo parece en orden.

Todo lo estará algún día.

Gracias por comprobar los documentos.

De nada.

Con Dios. Con Dios.

¿Que va a venir Emilio?

Pues se le recibe y ya está, que no será la primera vez que venga.

¿Le has dicho a Arantxa que prepare un piscolabis?

-Deprisa y corriendo, menos mal que Arantxa siempre se apaña.

¿Qué querrán? -Cuando vengan, lo sabremos.

¿Se puede saber qué te pasa, Bellita?

-Que me da mala espina.

-Si los chicos están bien,

que se ve a Cinta feliz.

¿Desde cuándo te asustan a ti estas cosas?

-Ay, Jose, que me parece que todo esto va tan deprisa,

que no va a haber quien lo pare. Y que Cinta es una niña.

-Una niña.

Una mujer hecha y derecha es lo que es.

Y bien madura. -Pero no para casarse.

Y no sé si quiero que se case con Emilio.

-La niña se va a casar con quien ella quiera.

Y más nos vale no oponernos, que la corriente

nos lleva por delante.

Al amor, como al agua, no se le pueden poner barreras.

-Ponle música a eso y nos hacemos de oro.

(Puerta)

Ahí están.

Ay, Dios mío. Llevo temiendo esto desde que nació la niña.

-Tú tranquila.

-Señores, están aquí los Pasamar.

Pasen y acomódense que nuestra casa es la de ustedes.

-Gracias, don Jose.

Bonita pajarita.

Supongo que querrás que salga Cinta.

-Hombre, si no es mucha molestia.

-Arantxa, llama a la niña, que venga.

Ay, qué emoción, que me estoy oliendo lo que va a pasar aquí.

-No sé yo si no es muy precipitado.

-Si todavía no sabemos lo que va a decir.

¿Cómo va a ser precipitado?

Ahora mismo viene la niña. Solo una cosa,

¿sirvo ya la merienda o espero un poco?

Es que no me quiero perder nada de lo que pase.

-Quédate, que tú eres una más de la familia, Arantxa.

Hola. Qué alegría que estén aquí.

Bueno...

Siento haberme presentado en su casa así, con tanta prisa.

Hay algo importante que tengo que plantearles.

(Música francesa)

¡Marcia!

-Sí, señor. -Siéntate.

Nunca me has hablando sobre dónde te llevó Úrsula Dicenta

cuando te compró.

-Fui a servir a casa de un hombre viudo.

-¿Conociste a mucha gente?

¿Le iban a ver muchos amigos? -Pocos,

no recibía muchas visitas.

-¿No conocerás al hombre que viene con Mauricio Aguirre?

A su socio. -No, señor.

Nunca lo había visto. Se lo dije, lo confundí.

-Sabes que no me gusta que me mientas.

(Teléfono)

Yolanda.

-¿Puedo marchar?

-¿Dígame?

¿Quién quiere hablar con él?

Espere.

Don César, una mujer quiere hablar con usted.

No ha querido decirme quién es,

pero me ha dicho que lo que le tiene que decir le puede interesar.

Dígame...

Lo mejor es encontrarnos en persona y hablar sobre el asunto.

Yo también puedo proporcionarle la información que precisa.

Quería pedirles permiso para cortejar formalmente a su hija.

Nada en el mundo me haría más feliz que...

establecer un noviazgo formal con el amor de mi vida.

He perdido la técnica. No sé dibujar.

-Paciencia, tía,

en cuanto suelte la muñeca, recuperará su destreza.

Carta de César para Felipe que debo entregar en mano.

Me comprometí a informarle de cualquier cosa que pasara.

Era por preguntarle por mi testamento,

que lo habrá leído y no habrá sido plato de buen gusto.

-No fue agradable, en eso tiene usted razón.

Sea prudente, espere un poco.

Le estoy hablando en serio.

El comisario y yo tenemos listo el dispositivo

para sacar a todas las chicas, incluida a Marcia.

Solo esperamos el momento. -¿Y esto cuándo va a ser?

Hoy, mañana, en un mes... Mauro, no puedo esperar.

Lo peor ya ha pasado, Úrsula.

Los frutos que he cosechado, pronto madurarán.

Me inquieta su actitud, señora. ¿A qué viene esa confianza?

No se preocupe, pronto lo sabrá.

Soy Felipe, el socio de Mauricio Aguirre.

-"¿En qué puedo ayudarle, señor Sánchez?".

-"Disculpe mi impaciencia,"

pero llevo horas esperando una respuesta sin resultado.

¿Cuánto pide por la mulata?

Uh, se le está poniendo cara de diablo.

-¿Qué barrunta usted?

-Esta tarde sabremos si Servando miente o dice la verdad.

-Dudo que gane el concurso con ese diseño tan horroroso.

-Eso no es lo peor, su reputación se resentirá,

y no habrá marcha atrás.

Alguien debe decirle algo, antes de que sea demasiado tarde.

Cinta, buscan jóvenes actrices para películas.

Carchano producciones. -Sí, están por todo el barrio.

-¿Por qué no nos presentamos?

Podrían seleccionarnos para protagonizar una película.

Si necesita hablar o tiene algún problema, yo puedo ayudarle.

Necesito pedirte algo.

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Acacias 38 - Capítulo 1098

16 sep 2019

Rosina, al ver deprimida a Susana, busca la manera de animarla. La oportunidad aparece en bandeja con la celebración de un concurso de diseño, al que Susana se presenta animada por su inseparable amiga.

Cinta le confiesa a su madre, que Emilio vuelve a tener una actitud extraña y distante ¿Qué está sucediendo? ¿Tiene la familia Pasamar más secretos que comprometan sus vidas?

Genoveva decide tomar personalmente las riendas para deshacerse de Marcia de una vez por todas y pone su observador ojo en la agónica situación personal de Felipe, que se encuentra más que necesitado de dinero para pagar el rescate de Marcia.

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