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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1097 - ver ahora
Transcripción completa

-¡Se va a pudrir en la cárcel, se lo juro!

¡No pararé hasta que le condenen de por vida!

¡Asesino!

-No puede ser. No quería que ocurriera esto.

Don José, usted es amigo, me creerá.

Yo no soy un asesino.

Tome las de Villadiego.

Váyase, antes de que esta gente

quiera tomarse la justicia por su mano.

Durante un tiempo, prestó servicio a otra persona,

pero en cuanto me fue posible la recuperé.

Siempre he pensado que ella es la joya de mi corona.

-Es una de las mujeres más bellas que he visto.

Creo que lo único que motiva a Genoveva a seguir en el proyecto,

es tener una excusa para estar con Felipe.

-Estoy totalmente de acuerdo, yo también tengo esa impresión.

Que todos la vean desviviéndose por el proyecto,

que su caridad sea encomiable,

independientemente de lo que haga Felipe con su vida.

No te dejaré a merced de ellos. -Esta gente es muy peligrosa.

No pararé hasta sacarte de este infierno.

¿Qué ha pasado?

Que se la hemos dado con queso a Ledesma.

Ha sido una treta que hemos preparado

para librarnos de él para siempre.

-Le hemos hecho creer que había cometido un asesinato.

Nos marchamos.

-¿Por qué se van a ir ahora que empezábamos a entendernos?

-No tienen que mudarse.

-Por el bien de esta familia, sí.

Parece ser que el personal que necesitan es para ayudar al monarca

en el vuelo inicial de un dirigible.

-¿Esos trastos que van por el aire?

-Justamente.

¿No tiene vida ni familia que atender,

que tiene que meterse en la de los demás?

-¿Qué?

Esa no es forma de hablarle a las clientas.

-En mi casa hablo como me sale de las pestañas.

-Dígame la verdad,

¿quién le está informando de mis pasos?

-De momento, no necesita saberlo.

-Es Yolanda, ¿verdad?

No me fío un pelo de esa mujer.

-Siendo sincero, pensamos que ya no le interesaba este proyecto.

¿Cómo me va a dejar de interesar una idea que fue mía?

En fin, sigamos con más asuntos pendientes.

¡¿Qué pasa, qué sucede?!

-Le ha dao un aire al ver que le han elegido.

-¿Elegido para qué? -¿Para qué va a ser?

Para acompañar al rey en el vuelo.

Sé que me dijo que era su bien más preciado

y que no estaba en venta,

pero sé que en este mundo todo tiene un precio,

y yo estoy dispuesto a pagarlo.

-Dígame la verdad de una vez, Felipe.

¿A qué ha venido usted aquí?

¿A qué aguarda para darme una respuesta?

Tan solo quiero algo muy sencillo,

que me diga, de una vez por todas la verdad.

-¿A qué se refiere? -Es sencillo.

¿Cuál es su verdadero interés en esa muchacha?

-Ya se lo he dicho. Me he encaprichado de ella.

-¿Por qué?

Dispongo de otras mujeres aún más bellas y mucho más solícitas.

-Pues... no sabría decirle,

veo en ella algo indómito.

Me gustaría tenerla a mi servicio.

-Eso no va a ser posible. Pensaba que había sido claro.

Marcia no está en venta.

En cuanto a las demás, tendremos que negociar.

Como les he dicho, la demanda es muy alta.

-¿A qué se refiere? -Sencillo, Felipe,

a que no son mis únicos clientes.

Estoy cerca de concretar un acuerdo con un empresario inglés

que posee plantaciones en las Colonias.

Si es así,

muchas de esas mujeres marcharán en breve hacia el extranjero.

-Entonces, ¿Marcia no estaría incluida en el acuerdo?

-Por lo pronto no, pero... -¿Pero?

-Hay algo que podría hacerme cambiar fácilmente de opinión.

¿El qué?

-¿No lo adivina?

El dinero.

-Verá... Estoy...

-Mauricio. -Señor Andrade.

No le esperaba.

Y por la expresión de su socio, parece que él tampoco.

-Lamento la intromisión.

Ha surgido un asunto importante y andaba buscando a Felipe.

Algo me decía que podía estar aquí.

-Como ve, no se equivocaba.

-Debe acompañarme.

Ha surgido un imprevisto que debemos solucionar de inmediato.

-Ahora mismo le acompaño,

pero déjeme unos minutos a solas con el señor Andrade.

-Dese prisa, se lo ruego.

-¿Cuánto quiere por Marcia?

-Ya le he dicho que no está en venta.

Y también me dijo que el dinero le haría cambiar de parecer.

Dígame cuánto.

-Le advierto que, en este caso, la cantidad sería muy elevada.

El dinero no es problema. Tan solo ponga una cifra.

-Lo pensaré.

Y ahora, váyase, su socio le espera.

-Con Dios.

(Sintonía de "Acacias 38")

Entonces, es cierto, ¿Ledesma se ha ido de la ciudad?

Nos han llegado rumores, ¿verdad Susana?

Hija, qué entusiasmo, ¿estás bien?

-Sí, sí, Rosina, no te preocupes por mí.

-Bueno, no nos alejemos de lo importante.

También nos han asegurado que se peleó con su hijo.

-No les han engañado, amigas. Tuvieron una fuerte discusión.

Llegaron a las manos.

-Dios mío, qué pena no haberlo visto.

Quiero decir, que lamento que algo así pasara.

-Después del enfrentamiento,

Ledesma aseguró que se marchaba para siempre.

-¿Ha roto su compromiso con usted, Felicia?

-Aseguró que no quería emparentarse con Emilio,

ni tener que tratarlo más.

Ni a él ni a nadie de la familia Pasamar.

-¿Y cree usted que pueda cambiar de opinión?

Ya sabe, hablando se entiende la gente.

-Lo dudo.

Hizo las maletas y nos dejó plantados.

-La pelea debió de ser tremenda.

Nos han dicho que su hijo se golpeó y que había mucha sangre.

No haga caso a la mitad de lo que oyen,

la gente es muy exagerada.

-Entonces, ¿no es cierto?

-En absoluto. Fue un golpe sin importancia.

Ni siquiera tuvieron que atenderle en el hospital.

-Perdone que le diga, Felicia,

pero para acabar de ser plantada en el altar, no parece disgustada.

-Queridas amigas, ¿me guardan un secreto?

-Por supuesto. Ya sabe que somos muy discretas.

-Si les soy sincera, me siento aliviada,

deseo no volver a ver a Ledesma en la vida.

-Si iba a casarse con él.

-Por compromiso, ya lo saben ustedes.

Nunca fue un matrimonio por amor.

Es más, llegué a pensar que podía ser el mayor error de mi vida.

En estas últimas semanas, mi prometido se mostraba

como un hombre tosco y autoritario. Me temo

que mi matrimonio hubiese sido un infierno.

-En tal caso, bien está lo que bien acaba.

-Tiene usted toda la razón.

Si me permiten, me apetece invitarlas a merendar.

-Mujer, no es menester.

-Susana, no le podemos hacer este feo a nuestra amiga.

Si le apetece invitarnos, no le vamos a quitar la ilusión.

-Siéntense.

Ya he terminado de recoger mis cosas.

Los armarios ya están vacíos.

-No tendría que haberse dado tamaña urgencia.

-No quedaba otra, Lolita.

Mañana mismo nos trasladaremos a la nueva casa.

-Es cierto, aún me cuesta creerlo.

-Y a mí.

Se me olvidaba, quería darte algo.

-¿A mí?

Oh...

-Es una chaquetita y una mantilla que hacen juego

con la prenda que ya te di.

-Arrea, Carmen, son un primor. -La verdad es que...

he trabajado a marchas forzadas para dártelo antes de irme.

-No tenía que haberse molestao. -¿Cómo que no?

Somos familia.

Y, sobre todo, amigas.

-Eso es cierto.

Aunque estos estúpidos rifirrafes casi nos lo hacen olvidar.

-No eran más que tontadas.

-Y bien que me lo ha demostrao con creces.

A pesar de nuestros enfrentamientos, sé que usted siempre pensaba en mí.

Ojala nos hubiéramos dao cuenta antes

y no tuvieran que marcharse de la casa.

-La verdad que sí, hija, es una pena.

¿Quién nos iba a decir, que después de todo,

íbamos a estar tan tristes por tener que separarnos?

-Así somos los humanos de puñeteros.

No nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos.

Por cierto, ¿qué hacías con esas hierbas?

-Na, cosas mías.

Tradiciones de Cabrahígo.

Como no hicimos el ritual del sueño,

he preparao estas hierbas pa compensar.

Huela.

-Huele bien, huele bien. -A que sí.

-Eso me hace pensar...

que si yo hubiese cedido,

quizás nos hubiésemos reconciliado antes

y no hubiésemos llegado a esta situación.

-Que no, mujer, no diga eso.

Le pedía demasiao.

¿Se imagina haciendo el pino en la calle.

Ahora,

que lo que dijo de que las costumbres de Cabrahígo

son una tontá, ya lo puede ir retirando.

-Descuida, que lo retiro ahora mismo.

-Agradecía.

Uy.

¿Desea más bizcocho, señora?

No, no tengo demasiado apetito.

Quiero organizar una reunión con el armador y con Liberto.

Dispóngalo todo convenientemente.

Descuide, señora, así lo haré.

Si me permite decírselo,

me complace que haya hecho caso de mi consejo

y se centre en su labor con los soldados.

Espero no haberme equivocado en hacerle caso.

En los últimos tiempos, he empezado a dudar de sus recomendaciones.

A estas alturas,

ni estoy segura de que haya sabido resolver el asunto de Marcia.

Ya le he dicho en varias ocasiones que así es.

Confío más en los hechos que en su palabra.

Y la actitud de Felipe me dice que la equivocada es usted.

Le insisto en que no hay nada de qué preocuparse.

Está todo atado y bien atado.

Solo trato de ayudarla para que consiga sus propósitos.

¡No quiero que lo intente!, deseo es que lo haga.

Créame, Marcia ya debe estar muy lejos.

No volverá a ser un obstáculo para sus deseos.

Eso espero.

¿Qué pasa, Emilio? No te esperaba, qué sorpresa.

Me he escapado del restaurante aprovechando que no había clientes.

¿Sucede algo para que vengas a verme a escondidas?

Sí, Cinta, y algo extremadamente grave.

¿El qué?

Que he descubierto que no puedo vivir si verte.

Tonto, me has asustado.

Perdóname, es que soy tan dichoso por habernos librado de Ledesma.

Yo también estoy muy contenta. Parecía imposible, ¿verdad?

Sí. Y así hubiese sido si no llega a ser por tu padre.

Pero ya no tenemos nada que temer.

Me cuesta tanto creerlo después de todo lo que hemos pasado.

Por fin podremos pasear sin escondernos ni temerle a nadie.

Sí, terminó nuestro sufrimiento.

Ya podemos dar rienda suelta a nuestro amor.

Pues... podríamos empezar ya, ¿no?

-(CARRASPEA)

Madre, no la había oído entrar.

De eso ya me he dado cuenta.

Es de comprender que estabais ocupados en otros asuntos.

-No es lo que parece, doña Bellita.

-¿No os estabais besando a escondidas de todos?

Sí, quizás sí sea lo que parece.

Cinta, ve a tu habitación.

Pero madre...

Luego nos vemos.

-Será mejor que yo también me marche.

-Quieto, Emilio.

Usted y yo vamos a tener unas palabras.

-¿Es necesario? -Ya lo creo que sí.

Emilio, me alegra enormemente saber

que su familia se ha deshecho de Ledesma ya.

Pero espero que ya se acaben las tonterías

respecto a su relación con Cinta.

-(TITUBEA) -Chist.

No he terminado.

Estoy cansada de que hayan estado tanto tiempo ocultando cosas.

-No tuvimos otro remedio.

-Eso ya terminó.

A partir de ahora, le exijo que respete a mi hija como se merece.

Nosotros seremos artistas,

pero eso no quiere decir que todo el monte sea orégano.

Ahora, con Dios.

-Con Dios.

Señor,... marchaba al mercado, ¿precisaba de algo?

-No, Agustina.

Espere.

Sí que preciso algo de usted.

-Usted dirá.

-He olvidado las señas de un prestamista que usted conocía.

Necesito su dirección.

-Descuide, luego se las busco.

Perdone que le pregunte, pero...

¿acaso el señor piensa empeñar alguna de las joyas de doña Celia?

-Sí, es posible.

Pero en todo caso, eso sería asunto mío.

-Disculpe, tan solo preguntaba

por si tuviera algún problema en que el pudiera ayudarle.

No quería molestarle ni meterme donde no me llaman.

-Agustina, discúlpeme, de verdad.

Discúlpeme.

Pero no se preocupe.

Sé perfectamente lo que tengo que hacer.

(Llaman a la puerta)

No esperaba a nadie.

Vaya a abrir.

Señor, don Mauro quiere verle.

-Déjenos solos.

Mauro, no puedo estar con usted, tengo que atender un asunto.

Anoche cometió un grave error yendo usted solo a ver a Andrade.

Nos está poniendo en riesgo a los dos.

-Ya me lo dejo claro ayer cuando me sacó de allí.

-Es obvio que se lo tengo que repetir.

Parece que no termina de entenderlo.

Es usted el que no lo entiende. No he cambiado de opinión.

Sacaré a Marcia, cueste lo que le cueste.

-¿Aunque termine descubriendo nuestra identidad?

-¡¿Qué más da?!

¡A ese hombre solo le interesa el dinero,

así me lo dejó bien claro!

-Escúcheme, Felipe. -¡No, escúcheme usted a mí!

¡Ya se la vendió a Úrsula, ahora voy a conseguir que me la entregue a mí!

Aunque accediera, no será barato. -¡No me importa!

¡Estoy dispuesto vender todo lo que tengo para liberar a Marcia!

-Le he dicho ya mil veces que hay que ir paso a paso en este asunto.

Con su ansiedad, lo va a echar todo a perder.

-¡Y yo le he contestado que no voy a permitir que Marcia

pase un día más a su merced!

Es fácil pedir paciencia cuando no es su amada la que está peligro.

Si fuera Teresa, no habría retrasado el rescate.

(Puerta)

Hijo. -¿Ya lo tiene todo listo?

-Casi. Es asombroso la de cachivaches que se acumulan

en una casa.

-He dado aviso a Jacinto para que nos ayude con la mudanza.

-Pues te lo agradezco.

Me gustaría poder dormir esta noche en la nueva casa.

Antes debería pasar por casa de Liberto,

quiero comentarle ciertos aspectos relativos a la donación.

-Me alegra que el proyecto se haya reactivado.

-Sí, Genoveva parece haber recobrado con creces el interés en él.

No ha ocurrido así con Felipe, no creo que contemos ya con él.

-Es una pena, pero lo importante

es que esos soldados reciban ayuda de la manera que sea.

-No puedo estar más de acuerdo, hijo.

Además, estamos muy cerca de lograrlo.

Hemos recaudado una gran cantidad de dinero en las donaciones.

Ah, ven un momento conmigo, hijo.

Estos libros no me los voy a llevar a la nueva casa.

Es mejor que te quedes tú con ellos. Espero que sean de tu agrado.

-Seguro que sí, padre. Gracias.

Le voy a echar mucho de menos.

-Y yo a ti, Antonio.

Pero es lo mejor para todos. No queda más remedio.

Y ahora es el momento de añadirle el chorizo a las alubias.

-A mi señora le van a encantar. Espero acordarme de to.

-Descuida, que tampoco se lo tiene que saber como el padre nuestro.

Una buena cocinera ha de saberse la receta,

pero sobre todo, ejercitar el olfato y el sabor, para ir ajustando.

-Por el olfato no hay problema, que huele que alimenta.

Lo del gusto es otro cantar.

Por cierto,

¿se ha enterao del follón que ha habido en el restaurante?

Me ha dicho mi señora, que Ledesma se fue por patas

después de discutir con Emilio.

-Sí, algo había oído.

-Y doña Felicia se ha quedao compuesta y sin novio.

-Más vale sola que mal acompañada. Ese no era buen partido.

A la legua se veía que era un fresco y un aprovechado.

Una tiene mucho ojo para los sinvergüenzas,

y juraría que ese es uno, y de los buenos.

-Y en seguramente tendrá usted razón, señá Arantxa.

Es más, hace un suspiro he visto a doña Felicia de cháchara,

se la veía muy feliz.

No parecía una novia abandoná. -Pues eso,

hasta ella se ha dao cuenta de que está mejor sola que con ese.

Pero nosotras, a lo que nos atañe.

Una vez echados todos los ingredientes que faltan,

eso tiene que seguir a fuego lento tres cuartos de hora más.

-¿Tres cuartos de hora? -(ASIENTE)

-Se lo agradezco mucho,

pero no podré quedarme tanto, mi señora me va a echar en falta.

-No pasa nada, luego hago yo el sofrito y lo pruebas.

-Muchas gracias, señá Arantxa. Con Dios.

Con Dios.

-Justo iba a llamar a la puerta en este momento.

Ah. ¿Qué quería, Servando?

-Ah.

No se preocupe, yo ya me marchaba, ¿a que sí?

-Sí. -Sí.

Pero antes, quería darle a usted otra vez la enhorabuena.

Mire que conocer al rey. Qué suerte, qué suerte.

-Bueno, Servando, ya estamos solos. ¿Qué quería?

-Antes de nada, quería darle mi enhorabuena

por la manera en que se enfrentó a las pruebas.

En su honor, he de decir que lo hizo mejor que muchos hombres.

-Ya, eso ya lo sé yo, no me tiene que dorar la píldora.

¿Qué quiere, Servando? Que tengo mucha faena que hacer.

-Verá, he estado pensando largo y tendido.

Uy, pues eso sí que es raro, ¿no? Usted no tiene costumbre.

De pensar, digo.

-El caso es que me he dado cuenta de lo mucho que le gustaría a usted

montar en dirigible.

-Pues sí, pero pa eso no hay que ser Séneca, pa darse cuenta.

Es que, no sé, yo me imagino que volar

por los aires tiene que ser apasionante.

-No podemos estar más de acuerdo.

De hecho, es algo que cualquier persona debería hacerlo

al menos una vez en su vida.

-Servando, ¿adónde quiere llegar pues?

-Verde y con asas, Arantxa.

Dada mi increíble generosidad,

he decidido cederle a usted mi puesto,

en el dirigible del rey.

Yo mismo iré a hablar con la Casa Real.

-A ver, a ver, Servando, no sé si estoy yo de acuerdo con esto.

Yo soy de ganar, pero siempre, en limpia competencia.

Y el que superó todas las pruebas fue usted.

El honor tiene que ser suyo.

Bueno, un detalle, yo se lo cedo.

-Que no, le digo. -Que sí.

-No puede ser. -Que sí.

-Le digo que no. -Yo le digo que sí.

-Que no. -Bueno, ¿por qué?

-Pues porque tengo que declinar el ofrecimiento.

A ver, el honor tiene que ser suyo. Es mi última palabra.

Bueno, la última no.

Si se encuentra con el rey, pídale un retrato firmao para mí.

Le agradezco que haya acudido, Cesáreo.

-No lo haga, Felicia, estoy para lo que precisen.

Pero me sorprende que me haya citado aquí y no en el restaurante.

-El asunto requería de la mayor discreción,

y en el restaurante cualquiera podría oírnos.

-Ya. -Si me acompaña, ahora se lo cuento.

Queremos disculparnos por lo ocurrido con Ledesma.

-Siento no haberle puesto al tanto del plan,

pero teníamos que ser muy cautos.

-Tenía que marcharse convencido de que había matado a Emilio.

-Se lo ocultamos incluso a Cinta, a riesgo de darle un susto de muerte.

-¿Y qué les han dicho a los vecinos?

-Estamos procurando que crean que hubo una discusión

entre Ledesma y Emilio, en la que llegaron a las manos.

Y por eso, el aparcero ha decidido marcharse de Acacias.

-Para siempre jamás.

-Ojala sea sí. Lamento ser pájaro de mal agüero,

pero quizá demasiado pronto para cantar victoria.

¿Y si el aparcero se entera de que todo fue un montaje?

-No lo creo.

Creo que le asustamos tanto,

que es posible que huya del país.

-Dudo que se atreva a acercarse a nosotros.

-Es de suponer que tenga algo de mucha enjundia contra ustedes,

si no, no se entiende semejante paripé para librarse de él.

-No se equivoca, Cesáreo.

El asunto es muy grave, pero no podemos compartirlo con nadie.

-Ni siquiera con usted.

-Lo que sí queremos es agradecerle el apoyo que nos ha dado siempre.

-Especialmente a mí, Cesáreo.

-Descuiden, saben que les tengo en la más alta estima.

Y no tema, puede contar con mi lealtad y mi discreción.

-Aprecio tanto la una como la otra.

-No necesito saber nada más,

excepto que ese mal hombre ya no puede hacerles daño.

Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

Ya va, ya va.

Úrsula, ¿sucede algo?

Nada, Agustina, no se alarme.

Solo venía a interesarme por usted.

Pase, pase.

Últimamente, la he visto muy preocupada por su señor.

Se lo agradezco.

La verdad es que lo estoy pasando muy mal.

Las ausencias de don Felipe,

no saber si va a venir a dormir... Me tiene desazonada.

Claro, es comprensible.

Vaya usted a saber qué le sucede.

Me temo que también tiene serias dificultades de parné.

Tantas, como para desembarazarse de las joyas de doña Celia.

No termino de entenderla.

Mejor, que me temo que estoy hablando de más.

Mujer, ya sabe que solo me preocupo por usted, nada más.

Nunca me han gustado los chismorreos.

Lo sé, Úrsula, discúlpeme.

Es que estoy muy nerviosa.

Sé que algo grave le sucede.

Antes estuvo don Mauro visitándole y terminaron discutiendo.

Pude oír desde la puerta

como tuvieron sus más y sus menos.

¿Y no pudo oír de qué discutían?

Nada, solo palabras sueltas.

-Úrsula.

¿Qué diantres hace aquí?

-Disculpe, señor, Úrsula solo ha venido a preguntarme una tontada.

-Que espere a preguntársela en el altillo.

No quiero verla en mi casa. No es bien recibida.

No comprendo qué he podido hacer para recibir tal trato.

¡Usted lo sabe perfectamente, así que déjese de teatros!

¡Fuera de mi vista! -Señor...

-¡¿No me ha escuchado?!

¡Largo! ¡Usted es la culpable de todo!

Temple, don Felipe. Ya marcho.

Agustina, ya hablaremos.

Agustina, no quiero que bajo ningún concepto,

deje entrar a Úrsula en casa, ¿queda claro?

-Pero... -¡¿Queda claro?!

-Sí, señor,

descuide que así lo haré.

No me sorprende que terminaran peleando esos dos.

Emilio y el tal Ledesma se llevaban como el perro y el gato.

Pero aun así, todo me sigue pareciendo extraño.

¿No crees, Susana?

El compromiso con Angelines que al final quedó en nada.

Y el lío que se trae con la niña de Bellita.

El tal Emilio es un veleta, qué quieres que te diga.

-Sí, es posible.

-Al final, la familia Pasamar, que tan normal parecía,

nos está dando mucho que hablar.

Bueno, lo que se dice hablar, solo a mí,

porque tú no sueltas prenda.

-Disculpa, Rosina, la verdad es que estoy un poco distraída.

-¿Qué puede ser más distraído que chismorrear sobre los vecinos?

-Estaba pensando en algo que me dijo, Lolita.

-Eso es otra cosa. No te lo guardes para ti.

¿Habló mal de Ramón, de Carmen?

-No, Rosina, el comentario era sobre mí.

-¿Sobre ti?

-Sí, tú estabas presente. Fue ayer en la mantequería.

-Sí, ya me acuerdo,

pero para que veas que no le di importancia,

apenas lo recuerdo.

-A pesar de ser una insolencia y una grosería, me ha hecho pensar.

Me insinuó que lejos de mis hijos, y sin trabajo,

ya no me queda nada en la vida.

-Sí, sí, ya lo recuerdo,

no me extraña que estés molesta. Fue muy maleducada.

-¿Y si tiene razón, Rosina?

¿Y si me intereso por la vida de los demás,

porque la mía no tiene sentido?

-No digas tontunas.

Encima que te preocupas por tus vecinos.

Y sí que tienes familia. ¿Qué somos Liberto y yo?

-No te lo tomes a mal, ya sabes lo que os aprecio,

pero un sobrino no es lo mismo que tus propios hijos.

-Te recuerdo que yo también tengo a mi hija lejos.

Ya. Y sé lo que la echas de menos, pero...

tienes a tu maridito al lado. No estás sola.

-No pienses más en tontunas.

Tú lo que tienes que hacer es distraerte.

Oh, oh, te vas a quedar de piedra.

Antes me comentó Jacinto,

que Ramón y Carmen se mudan del piso de Antoñito.

-¿Ah, sí? -Sí, sí. Lo que escuchas.

Se mudan unas calles más abajo.

Mira, Jacinto. A ver qué nos cuenta.

Jacinto, ven un momento.

-¿Qué he hecho?

Felipe, le estaba buscando.

He ido a su casa y Agustina me ha dicho que había salido.

Quería hablar con usted.

¿No nos hemos dicho ya todo lo que era preciso?

-No, creo que no deberíamos dejar las cosas así entre nosotros.

-En eso tiene razón.

Tengo que pedirle disculpas por lo que le dije de Teresa.

No era mi intención ofenderle.

-Lo sé. -Supongo que sabe que fue

mi impaciencia la que habló por mí.

-Le comprendo, Felipe.

De lo que no estoy seguro es de que usted me entienda a mí.

El dolor por la pérdida de Teresa

no me abandona ni un segundo de mi vida.

Un dolor parecido al suyo,

con la diferencia de que en mi caso ya no hay esperanza.

¿No se da cuenta de que tenemos mucho en común?

Nos han quitado lo que más queríamos.

Aunque solo fuera por eso, deberíamos seguir unidos.

Y actuando de pleno acuerdo.

-Es lo que intento,

pero no es fácil cuando Marcia está en manos de ese canalla.

-Lo entiendo, pero si piensa un instante,

verá que todo está marchando como debe.

-¿Está seguro de eso? -Completamente.

-Para empezar, ya sabemos que Marcia está sana y salva.

Y eso ya es mucho. -¡No es suficiente, no está libre!

-Felipe...

si permanecemos unidos pronto lo estará.

No puede pretender rescatar a Marcia

dejando en ese infierno al resto de las mujeres.

Sería una canallada.

Y no sabe si Andrade va a cumplir lo que le ha dicho.

¿Quién le asegura que no se quedará con su dinero

para arrebatarle a Marcia de nuevo?

Piénselo.

Mire,...

la única manera de que Marcia esté a salvo, para siempre,

es que ese hombre acabe sus días en prisión.

Y estamos muy cerca de lograrlo.

Nunca más podrá hacer daño a ninguna mujer indefensa.

Confíe en mí.

Trazaremos un plan para que Marcia y el resto de mujeres sean libres

sin que nadie salga herido.

-Está bien, cuente conmigo.

-En tal caso, acompáñeme al hotel.

Hay alguien con quien quiero que se reúna.

-¿Con quién? -No sea impaciente, lo averiguará.

-Iré más tarde.

Llevo todo el día intentando vender

las joyas de Celia, pero no me ofrecen lo suficiente.

Las llevo encima y quiero dejarlas en casa.

-Lo comprendo. Le aguardo en el hotel.

Poco más le puedo decir,

excepto que Antoñito me pidió que le ayudará en la mudanza.

-¿Qué portero eres, que no te enteras de nada?

-¿No sabes a qué se debe esa marcha tan súbita?

-Eso deberían preguntárselo a los Palacios.

-Qué desfachatez, te estamos preguntando a ti, y punto redondo.

-Pero yo no sé qué decirles.

-Pues vas, hablas con el portero y nos cuentas.

-No sé si debería chismorrearles sobre los otros vecinos.

-No se trata de chismorrear, sino de estar bien informado.

¿Te queda claro?

-Claro como el agua.

Pera déjeme marchar, que he quedado con el párroco.

-¿Y se puede saber qué haces aquí mientras el pobre hombre te espera?

Poca vergüenza. Este hombre no tiene remedio.

-Jacinto, aguarda un segundo.

-¿Qué se le ofrece?

-Me preguntaba si...

aún guardas ese gorrito de lana con el que ibas al monte con las ovejas.

-Ah, pa chasco que sí. Qué buenos recuerdos me trae.

Mis ovejas...

Esas sí que eran dóciles, no como las señoras de la casa.

Pero no sé dónde estará. La Marcelina lo guardó.

"Que no tiene clase", dice, ¿usté se cree?

Si le urge, pregúntele a ella dónde está.

ella ha ido a la pastelería de la calle de al lado,

a darle a la sin hueso con su amiga nueva.

-Se lo agradezco, Jacinto, -A to esto,

¿pa qué lo quiere?

¿Y no es poco tiempo?

Lo mismo las alubias se quedan duras.

-Descuida, Casilda, como mantequilla.

Si lo haces así, te va a quedar un guiso de rechupete, ya lo verás.

-Eso espero, tengo ganas de hacérselo a mis señores.

Voy a quedar como una reina.

Casilda, sigue tu camino,

que quiero comentar ciertas cosas con Cesáreo, que está ahí.

-Pues aluego la veo a usted. -Con Dios. Cesáreo.

-Con Dios.

¿Sucede algo, Arantxa? -Nada serio, no se alarme.

Tan solo quería comentarle

una conversación de lo más extraña que he tenido con Servando.

Se va a quedar de piedra. -No esté segura.

De Servando me creo cualquier cosa.

-Ha tratado de convencerme de que sea yo, y no él,

quien suba al dirigible.

-Arrea, eso no me lo esperaba. ¿Y le ha dicho por qué?

-Bueno, él dice que es por su generosidad sin límites.

-¿Servando generoso?

Seguramente se habrá golpeado la cabeza.

He estado cavilando, y creo que hay otro motivo pa su comportamiento.

-¿Ah, sí? Pues usted dirá, yo no caigo.

-Sencillo, está aterrorizado por tener que subirse a ese cacharro.

-Sí, eso es más probable.

-Con todos los aires que se da él,

que casi resfrían de lo grandes que son...

(HABLA EN EUSKERA)

-¿Cómo?

-Que ha resultado ser un gallina.

-Diga usted que sí.

Sería muy honesto por su parte confesar la verdad, pero...

-¿Honesto Servando? Eso es como pedirle peras al olmo.

-Deberíamos darle una lección.

-Estamos de acuerdo.

No podemos permitir que se salga con la suya.

-Yo había pensao...

Aquí tiene su café. -Gracias.

¿Qué tal va la repatriación de los soldados?

Antes creí escuchar a Liberto que estaban avanzando mucho.

Así es, podemos estar satisfechos.

La felicito, es una bella iniciativa.

Enseguida le traigo los dulces.

Felipe, qué agradable casualidad.

¿Por qué no se toma un café conmigo?

Lo lamento, no tengo tiempo. ¿Ni siquiera para un breve café?

No, un amigo me espera. Descuida,

no te haré llegar tarde. ¿Cómo estás?

Hace días que no tenía el placer de verte.

Ya te dije que estaba ocupado.

Lo sé. La expatriación de los soldados marcha viento en popa.

Te dije que no me echarían de menos.

En eso te equivocas. Pero nos vamos arreglando.

He de comentarte que me agrada verte inmerso en tus negocios.

Pareces estar más animado.

Espero que eso signifique que empiezas a olvidar a Marcia

y que estás dispuesto a continuar adelante.

No te equivocas, así es.

Haces bien. Te lo digo por experiencia.

Hay que curar las heridas cuanto antes, sino nunca cicatrizarán.

Seguiré tu consejo. Sigue también este,

para lograrlo, ayúdate del afecto de aquellos que te rodean

y que te apoyan.

Gracias por el apoyo que me ofreces.

Hazlo concediéndome un sencillo favor.

Ven mañana a mi casa.

Ya sé que no tienes tiempo para el proyecto,

pero preciso de su opinión. Te llevará solo un momento.

Está bien, lo intentaré. Eso es todo lo que necesito oír.

Sé que pudo contar con tu palabra.

Si me disculpas, tengo prisa. Lo olvidaba, tu amigo te espera.

Así es.

No te entretengo más. Me alegro de haberte visto.

Con Dios. Con Dios.

Pero ¿dónde se ha metido esta mujer?

-Hola, madre.

-Hola, hijo.

Emilio, espera.

Camino, ¿puedes salir?

-¿Sucede algo, madre? -Tranquila, no es nada.

Pensaba que aún no os he dicho lo orgullosa que estoy de vosotros.

Os agradezco mucho todo lo que habéis hecho por mí.

Nunca imaginé que podríais arriesgaros tanto.

-No vuelva a dudarlo, madre.

-Pensaba que mi boda con Ledesma terminaría por apartaros de mi lado.

-Nunca lo hubiéramos permitido.

¿Sabéis?

Todo el mundo me felicita porque mi compromiso se haya roto.

-¿Y le extraña?

Saltaba a la vista la clase de persona que era su prometido.

-Ya. -No pegaban ni con cola.

-Emilio, ¿y esa cara? Pareces pensativo. ¿Qué te pasa?

-Descuide, madre, nada tiene que ver con Ledesma.

Estaba pensando en otra persona.

-Entonces, ¿se trata de Cinta?

No me mires así, era sencillo adivinarlo.

Solo piensas en ella.

-Camino tiene razón, se trata de ella.

Tengo que decirle, madre,

que he tomado una importante decisión respecto a ella.

-¿A qué te refieres?

(Griterío en la calle)

-¿Qué sucede?

-¿Algo pasa en la calle?

¿Qué diantres pretende esa buena mujer?

-Si no lo veo, no lo creo. -¿Ha perdido el oremus?

(RÍEN)

-Venga, venga ahí.

-Dale ahí.

-¿Se pueden callar? Que no me concentro.

-Venga ahí.

(Animan)

-¿Qué está pasando aquí?

¡Carmen, para!

Carmen, mujer, pare, que se la ve todo.

-¿Cómo voy a parar? Que no quiero parar.

Que casi lo consigo.

-Se va a romper la crisma y va a hacer el ridículo.

-Que me da igual. He dicho que lo hago, y lo hago.

Es más, que lo voy a hacer. -Que no.

Carmen. -¡Que me sueltes!

-¿Qué hacéis?

-No me puedo creer que hayáis vuelto a discutir.

Y ahora, en mitad de la calle delante de todo el mundo.

-No estamos discutiendo, Ramón.

Lolita, que no me deja hacer el pino.

-¿Se puede saber de lo que estás hablando?

-Yo solo trato de repetir el sueño que tuvo Lolita.

Para ver si se puede arreglar

eso que dijo de las costumbres de Cabrahígo.

-Que yo no quiero que dé el espectáculo en medio de la calle.

-Es tarde para eso.

-Carmen, si tú nunca has creído en esto,

¿por qué te pones ahora a hacerlo?

-Ya lo sé, Ramón, pero... me da la sensación

de que todo esto se ha estropeado por mi culpa,

y quería hacer algo para ver si todo volvía a ser como antes.

Y para ver si se puede arreglar.

-No diga eso, mujer, si la culpa de to solo la he tenido yo.

De verdad que sí.

-Venga, calmaos, conteneos.

Creo que puede haber una buena solución para todo esto.

Y sin necesidad de que nadie haga el pino.

-(LLORA) -Bueno, venga,

ya, ya, para casa. Se acabó la feria.

(Llaman)

Voy.

Le estaba esperando, Felipe.

-Disculpe el retraso, me he entretenido.

Descuide, lo importante es que como prometió, ha venido.

Pase, por favor.

Hay alguien más que le espera.

-Buenas tardes, Felipe.

-¿Qué hace aquí, comisario?

¿Mauro?

-Tenemos que hablar con usted, es la hora de que sepa la verdad.

Necesito que me asesore en un tema que tengo que acometer esta tarde.

-Sí, si está en mi mano...

Uno envejece cuando no tiene la cabeza ocupada

y no hace más que pasear, ir a la iglesia

o charlar con las vecinas.

-¿Estás hablando de mí?

-Por Dios, no osaría a hacerlo.

-Lo digo porque si lo dices por mí, te diré que soy más joven que tú.

-Eso habría que comprobarlo. -Más joven y ya está.

-Claro.

claro que lo es. Eh...

Si me perdonan, voy a subir las toallas a las habitaciones.

-Qué descaro.

Les exijo que me cuenten qué pasa aquí.

¿Qué está haciendo el comisario?

Mauro y yo estamos colaborando en el caso, como habrá deducido.

Pero será mejor que él se lo explique.

-Es aconsejable que nos sentemos y hablemos con calma.

No quiero dejar ningún detalle sin tratar.

¿Méndez está metido en esto? Si no lo estaba antes, ahora sí.

Si están investigando algo de lo que no quieren que nadie se entere

y se ocultan para ello, ya sabe quién está en el ojo del huracán,

¡yo!

Nosotras, señora.

Quizá solo yo.

Señora, verá, yo...

Tengo que contarle algo.

Ya no confío en ustedes. Y usted, Mauro, tiene la culpa de todo

con sus secretos y embustes.

Lo siento, pero voy a seguir por mi cuenta.

-Felipe, Felipe, vuelva aquí.

¿Me acompañas esta tarde a ver una actuación?

Es una actuación de una cantante que dicen que va a arrasar.

Se llama Raquel Meller. Es después de comer.

Pues me resulta imposible.

Es solo hoy. Como te dije, es una ocasión única.

Ya. Lo siento, pero no voy a poder.

-Me da la impresión de que cada día es igual de aburrido

que el día anterior.

Da igual que sea martes, miércoles o jueves.

No en el caso de Úrsula.

Es ponzoñosa y contagia su maldad a todo el que está a su lado.

-Entonces, todo lo achaca a Úrsula.

Es como si creyera que es el mismísimo demonio.

-Eso es lo que creo exactamente que es Úrsula,

el demonio reencarnado en esa mujer.

-Estoy preocupada por tu tía. -¿Por qué?

-Le sentó mal un comentario de Lolita y otro de Agustina,

y dice que su vida está vacía, que no tiene alicientes ni objetivos.

-Y en parte es así, Rosina.

Mi tía no emplea sus días en nada útil.

Sobre todo, desde que cerró la sastrería.

-Tenemos que hacer algo para ayudarla.

-¿El qué?

-Ya lo tengo. -¿Qué?

-¡Ay, claro! Ya te lo contaré. Soy la monda.

-Pero...

¿Ha visto a Servando? -No. ¿Qué ha hecho ahora?

-Ha dejado esto en un cajón del mostrador.

-Su testamento.

-Tenemos que encontrarlo. ¡Va a hacer una locura!

Me gustaría que le convencieras para que me sustituya

en el vuelo del dirigible,

que yo sé que a Jacinto le hace ilusión trabajar para la Casa Real.

-Ilusión, sí, y orgullo.

¿No puede ir Emilio contigo a ver a la Meller?

Sí, si él hubiera querido.

¿No le gusta la música?

No lo sé, pero últimamente no quiero venir conmigo a ningún lado.

A lo mejor tiene que trabajar.

Me ha dicho que le llega un horno y que tiene que recibirlo.

Lógico, mujer, si lo va a pagar,

tendrá que comprobar que está a su gusto.

Pero es que es mentira, no hay ningún horno nuevo.

¿Qué dices? Este chico cada día está más loco del capirote, ¿eh?

No sé qué te pasa, pero desde que estás embarazada,

sales a pelea diaria.

No voy a consentir que Emilio juegue con mi hija.

-Ni yo. ¿Puedo saber qué ha pasado?

-Verás, hoy Cinta estaba muy afectada.

Dice que desde que habló conmigo,

Emilio ha cambiado su actitud con ella.

Y lo que me faltaba es que dudase de mí.

-Parece que está en orden. O lo estará algún día.

Gracias por comprobarlo.

De nada.

Con Dios. Con Dios.

(Cierra la puerta)

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Acacias 38 - Capítulo 1097

13 sep 2019

Carmen después de hacerle un regalo a Lolita y observar una conmovedora escena entre Ramón y Antoñito decide realizar el rito cabrahíguense que le pidió Lolita. Por fin la familia zanja todas sus diferencias.

Emilio, tras haber fingido su muerte y librarse de Ledesma visita a Cinta, a la que besa con pasión, pero Bellita les pilla e insta a Emilio a empezar de manera adecuada su noviazgo Cinta. Felicia ''explica´´ a las señoras la marcha del aparcero.

Felipe consigue incitar a Andrade para que le venda a Marcia y comienza a buscar dinero de manera desesperada incluso vendiendo las joyas de Celia. Mauro se enfrenta con él, pero viendo que no atiende a razones le cita con Méndez. Tienen algo que contarle.

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