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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1095 - ver ahora
Transcripción completa

-¿Todavía sin vestir y sin asear?

Qué vergüenza. (RÍEN)

-Os estábamos esperando para desayunar.

-Pues no va a poder ser.

-Es que nos vamos al Nuevo Siglo XX a comer torrijas.

¿No las ha probao?

-¿Y no nos vais a esperar a que nos vistamos?

-No. -Tengo algo que contarle.

No fui a Barcelona por nada relacionado con el negocio.

Estuve en Santander buscando una forma de deshacernos de Ledesma.

Y creo que la he encontrado.

-A ver cómo me las apaño.

-Mire... -No quiero ponerle en peligro.

-Muchacho,

yo me he puesto delante de un toro.

Y he compartío cartel con Bombita Chico.

-Les he entendido muy bien.

¡Me parece que las dos están muy aburridas

de la vida que llevan

y necesitan andar a la gresca para divertirse!

¡Les voy a decir una cosa, que tengo mucho trabajo

y muy poco tiempo para andarme con majaderías!

Así que, venga, andando.

-"Es de César Andrade. -¿Dice algo de Marcia?".

-No, claro, él no sabe que la buscamos.

Estaríamos en problemas si se enterase.

Me cita en su mansión en unas horas.

-Anuncia una sorpresa. ¿Qué es?

Ellas están enfadadas con nosotros aunque no sepamos el porqué.

-Te sigo.

-¿Y si nosotros nos enfadamos más con ellas

para que sean ellas las que tengan que pedirnos perdón a nosotros?

-¿Y vamos a ser nosotros capaces de hacer algo así?

-Es que es eso, o yo qué sé, fingir un dolor de estómago.

¿Qué les parecen?

-Muy bellas.

-Mírelas de cerca, amigo Mauricio. -¿Están en venta?

-Todo en el mundo está en venta. Solo hay que llegar

al precio oportuno. -"No quiero dinero".

solo unas firmas para que el alcalde nos atienda.

-Pues venga, ¿adónde hay que firmar? -Aquí. Ahí.

Estás preciosa, querida.

Prepárame un baño mientras mis invitados se divierten.

-Sí, señor.

¿Desea algo más, señor?

-No, ve a prepararme ese baño.

¿Qué aroma te gustaba?

¿Fresas? Pon muchas sales de fresas.

¿Qué?

¿No se ha consumado el amor, amigo Felipe?

-No, no es eso. Es una joven preciosa.

-Sobre gustos no hay nada escrito. Pida por esa boca, amigo.

-Es una fantasía que siempre he tenido.

-No es que estemos aquí para satisfacer sus perversiones,

pero si está en nuestra mano...

-Verá, siempre me han gustado las chicas de color.

-Faltaría más.

Son la especialidad de la casa, como ha podido comprobar.

-¿Podría ser brasileña?

-Podrá ser, no lo dude.

Le traeré a la mejor.

Espere aquí, mientras viene su amigo.

(Sintonía de "Acacias 38")

Arriba ese ánimo, con un poco de suerte y en poco tiempo,

la pesadilla habrá terminado.

-¿Terminado?

¡Eres un inconsciente!

¡Y encima me pides que levante el ánimo!

¡Pesadilla es lo que voy a tener si tu artimaña no sale bien!

-No se deje llevar, por favor.

-¡No es fruto de un arrebato, no te engañes!

No me dejo llevar.

¡Es lo que pienso cuando tengo el temple de pensar!

¡Más que inconsciente, eres un insensato!

-No, no lo soy. Confíe en mí, se lo pido.

-¡Ojalá pudiera ser tan temeraria como tú y confiar!

¡Pero Ledesma no se dejará torear!

¡Ese hombre acabará contigo!

-No, si todo sale como espero. -¡"Si todo sale como espero"!

¡Sí, sí!

El "sí" es lo que nos puede hundir. ¿Y si es no?

Si es no, habrás traído la desgracia no solo a tu familia,

también a los que se han prestado a ayudarte.

-A ayudarnos.

-¡No me vengas con juegos de palabras!

Se lo dije a Camino y te lo digo a ti,

Ledesma es cruel; y sabe mucho.

No le temblará la mano cuando te mande al infierno.

-Buenas tardes.

-Buenas.

-¿Tiene usted un momento, Emilio? Le quiero enseñar una cosa.

-Puede usted hablar con libertad. Mi madre está al tanto del asunto.

Lo sé, yo también hubiera preferido que quedara entre nosotros.

Pero si mi actúa por su cuenta,

iba a dar al traste con nuestro plan.

-Créame, don Jose, de haberlo sabido, no habría permitido

que le inmiscuyeran en este asunto.

-Déjese de pamplinas. Para algo estamos los amigos.

Si no me meto ahora en este berenjenal, ¿cuándo me voy a meter?

-Se lo agradecemos todos, don Jose.

Vamos a lo que vamos.

Firmao del mismísimo puño y letra de ese desgraciao.

-¿Qué le decía yo, madre?

-Gracias, don Jose. -Esto hay que mojarlo, ¿no?

-¡Claro que sí! ¿Un fino?

-Zarzaparrilla, que no quiero que se me quite el hambre pa la cena.

La de vueltas que he tenido que dar pa engatusar al maromo...

-Me lo imagino.

¿Cómo ha conseguido que firmara?

-Dándole a la testuz.

Y con mi arte flamenco.

Me he inventado el Hogar del Guitarrista y la bonhomía

necesaria para amparar a los músicos jubilados.

Él cree que ha firmao una súplica de auxilio

pa los guitarristas de dedos cansaos.

-Lo que no se le ocurra a usted. Tiene madera de cómico.

Muchas gracias. -Yo también se lo agradezco.

Solo espero no tener que arrepentirme, ni nosotros ni usted.

-Saldrá bien, señora, ya lo verá.

Se lo merecen ustedes.

-No siempre se consigue lo que uno se merece.

-Nosotros sí lo conseguiremos, no lo dude.

En cuanto ponga en marcha la última fase de la argucia,

Ledesma tendrá que marcharse. -¡Así se habla, Emilio!

Póngase otra, que si no brindamos, las cosas no salen bien.

Y usted también. -Gracias, pero tengo faena.

-Bueno.

¡Ay, ay! ¡Maldito estómago!

-¿Qué pasa?

-Carmen, es como si el mismísimo Pedro Botero hubiera encendido

las hogueras del infierno justo en mi estómago.

-¿Te duele?

-Me arde, ¿no te lo estoy diciendo?

-Pero ¿solo es el estómago?

-Empieza en el estómago, pero la escocedura

sube para arriba, baja para abajo...

Es como si me ardieran todas las vísceras.

-Yo de ti, después de cenar,

me tomaría una cucharadita de bicarbonato.

-¿Habéis hecho cena? -No.

-¡Ay, ay, ay! Ahora mismo, como si fueran alfileres,

más que alfileres,

como si fueran agujas, agujas, agujas...

Y a veces, se clavan de una en una, y todas a la vez.

¡Es como si se me hicieran un siete en el estómago!

-Pues yo de ti, ni cenaría, ¿eh?

-Carmen, ¿hasta cuándo puede un hombre aguantar sin cenar?

-No sé, yo pensaba que vosotros os apañabais bien en el restaurante.

-¿Apañarnos? ¡Ahí es donde empieza la tortura!

Ya me lo decía mi madre:

"Nunca vayas a comer a un restaurante".

Ahora lo entiendo. ¿Qué le pondrán?

-(SUSPIRA)

Si quieres, y sin que se entere Lolita,

te puedo preparar un caldito de pollo espeso

para que cubra el ardor.

-Gracias, mi amor.

Y que no solo es comer, es también dormir,

porque dormir en una cama ajena, también hace lo suyo,

digo yo.

Bueno, dormir,

que a cualquier cosa le llaman dormir.

Si es que no pego ojo, Carmencita;

si en cuanto me voy a la cama y los cierro,

Antoñito empieza a roncar como si se le abriera el pecho.

Es que, me paso las noches en vela.

Menos mal que se viene a dormir un rato al sofá.

-¡A otro perro con ese hueso! A mí no me la das.

-¡Ay, ay! ¡Ahora mismo, ahora mismo, como un hierro al rojo,

como un maldito hierro al rojo!

¡Como si fuera una espada sarracena... al rojo!

-Júramelo.

-Mujer, es una metáfora. Los sarracenos ya no llevan espada.

-Lo del dolor. Júrame que es verdad.

-Tu marido en agonías

y tú pidiéndole pruebas.

(SE QUEJA)

-Ramón, será un momento.

Tú juras

y, al momento, yo te preparo un puré de guisantes.

-¿Y una purrusalda?

-Sí. Con poca sal.

Jura.

Júralo.

-Parece que se me va pasando.

-Lo suficientemente atrevido

como para fingir una enfermedad,

pero lo suficientemente honrado como para jurar en falso.

Voy a preparar la cena para Lolita y para mí.

-¡No tienes corazón, Carmen! ¡Esto no es vida!

-Ramón, eres como un crío, peor, peor que un chiquillo.

Y no sigas por ahí,

que me voy a enfadar.

Más.

-¿Y Carmen?

-Calla, calla.

-¿Se ha atrevido a poner en práctica mi idea?

-¿Idea? A cualquier cosa le llaman idea hoy en día.

-¿No ha funcionado?

-Ha sido peor el remedio que la enfermedad.

Menos mal que ya hemos cenado.

-Bueno, yo seguro que en un rato tengo hambre.

¿Mejor?

-Sí, gracias.

No hay como pedir, amigo mío. Pedid y se os dará.

Desde luego, la muchacha es una hermosura.

Vamos, todas largo de aquí.

¡Venga!

Siéntese, Sánchez.

¿Le gusta la poesía?

-No la leo a menudo. -Hace mal.

Es uno de mis pasatiempos favoritos.

Más que un pasatiempo, diría yo.

Aunque le parezca mentira, la poesía, leída con atención,

suele ser capaz de orientarnos en la vida.

Y en los negocios. Solo hay que estrujarla.

-Me temo que no tengo tanta afición.

Te pone el cerebro a funcionar,

no solo sobre el tema de que trate,

sino sobre lo que ocupa en esos momentos su mente.

¿Quiere que se lo muestre?

-Por favor.

-Los sonetos de Shakespeare. ¿Los abro al azar?

-Claro.

-Vaya, el soneto 130. Escuche.

"¿Y qué si blanca es la nieve?".

"Sus pechos son morenos".

"¿Hebras son los cabellos?".

"Hebras negras los suyos”.

-Unos versos muy bellos, sí.

-Y apropiados.

Déjeme leerle un par más.

Esta vez del 132.

"Entonces, juraré que es negra la belleza

y feo quien carezca del color de tu tez".

Poesía, Sánchez.

Poesía, mujeres.

El paraíso.

¿Qué le ha parecido?

-Como le decía, la poesía... -La negra, digo.

-Una maravilla, sí.

Es lo que Mauricio y yo estábamos buscando.

Son ustedes unos "connaisseurs", unos sibaritas.

Me gusta.

Son de mi cuerda.

-¿Tiene más? -Claro.

Muchas más.

Las que necesiten.

Y mejores. -¿Puedo verlas?

-Aunque sea de mal gusto,

debo advertirle que esa mercancía sube un poco de precio.

-No importa.

-¿De veras? Me priva oír eso.

Solo falta saber si su socio piensa igual que usted.

-Sigue dentro.

-Parece que Yolanda ha sido de su agrado, muy de su agrado.

Tendremos que esperar.

-No me importa. Estoy en condiciones de decidir.

Quiero ver a todas las chicas de color.

Sé que se guarda un as bajo la manga.

-Me gusta que mis clientes no se conformen

con lo primero que encuentren.

Eso quiere decir que están dispuestos a pagar un precio justo.

Alto, pero justo.

-Enséñemelas.

-Tendrá lo mejor de mi catálogo, créame.

(RÍE)

Bueno, ya me gustaría a mí ver al mismísimo Sansón

hacer una gimnástica tan sufrida.

-Tan solo preámbulos, digno portero, algo de calentamiento.

-¿Usted cree que esos ejercicios son recomendables para hombres?

(RÍE) -Qué ignorante eres.

Me ha dicho un distinguido miembro de la sociedad gimnástica,

que estas flexiones y arqueamientos

son tan eficaces o más que el ejercicio en el suelo,

y no tragas polvo. -Ah.

Eso.

Eso. Así, tú alardea,

que cada vez que te mides con Arantxa,

todo son quejas y crujir de dientes.

-Es que, Arantxa es vasca.

-Si pa todo hay una excusa. ¡Por Dios!

¡Por Dios! Baja los brazos y ponte firme,

que te huele el sobaco más que a Lucifer,

que lleva una eternidad en el infierno. Baja, baja.

-Me está engañando, que mis aguas me he dado cuando me he levantao.

-¿Había que lavarse? ¿Es fiesta de guardar?

-No, pero he ido al vivero a comprarle un regalo a Marcelina.

Para mí, to lo que tenga que ver con ella es sagrao.

-Pues te habrás dado un agua, pero el jabón ni olerlo.

-De tanto no me acuerdo.

-Pues que se te meta en la mollera,

que lo de bañarse no es lo mismo que persignarse con agua bendita.

El baño requiere agua y jabón,

igual que un jardín requiere su tierra y flores,

o un cura su sotana.

-Está usted afeándome por envidia. -No, no, no.

Por mí, tú sigue sin lavarte.

¿Qué crees que pensarán en palacio si te presentas allí

oliendo a macho cabrío?

-Eh... Los machos cabríos no huelen.

Eso es un embuste de los señoritingos de ciudad.

Si olieran, ¿cómo le iban a rondar las cabras?

¡Y bien que les festejan y galantean!

-Tú di lo que quieras.

¿A quién crees tú que va a escoger su majestad?

-¿Y lo van a escoger a usté? ¡No me haga reír! (RÍE)

-Por Dios, no te rías más,

que salen de ahí efluvios que marean.

-¿Lo van a elegir a usté por esas cuatro flexiones

que puede hacer hasta una niña? -¿Cuatro?

Que sepas que llevo desde la madrugada curtiéndome.

-¿Y yo no?

Pongamos las cartas sobre la piedra: he ido al vivero y he vuelto

corriendo a to correr.

Eso es ejercicio, lo demás, melindres.

-Ya sabrás tú los melindres.

-Ja, lo que yo pensaba,

aquí están los dos, de cháchara.

Claro, ejercitando, ejercitando la sin hueso.

-Si está usted recién levantá.

-Que sepa que he subido dos veces a la ermita de San Cosme

y bajado otras tantas, como es natural.

-¡A otro perro con ese hueso! Si no tiene sudor en la frente.

-Ah, curiosa que es una.

Y les digo también que esta tarde haré el mismo recorrido

corriendo tres veces. ¿Y vendrán conmigo?

-Me gustaría, pero tengo muchos huéspedes, muchos.

No puedo. -Yo tengo que fregar las escaleras.

No ha bajao ningún señor a ordenármelo,

pero ayer les vi las caras y está cantao, pero cantao.

Hoy toca escaleras.

Si no, yo le sacaba una legua sin despeinarme.

-Ya, cantao está, ¿no? -Sí.

Ya le digo yo lo que está cantao. Como ustedes quieran.

Pero con esa actitud y esa pinta, ¿qué creen,

que van a quedar en buena posición en las pruebas?

Jesús María y José. (HABLA EN EUSKERA)

(RÍE)

Si es que se creía que me la iba a dar con queso.

Como si una fuera tonta.

Que si me duele el estómago,

que si no puedo seguir comiendo fuera de casa...

No le creí ni por un momento.

-Ya. También Antoñito estuvo rondándome.

Que sí su padre ronca, que si hace frío en cama ajena,

que un hombre necesita sueño y dormir con la parienta.

¡Anda y que le ondulen!

-¿Sabes qué? Se creen más listos que nosotras.

-Se creen más listos que nadie.

-Y no lo son. -¡Claro que no!

-Te digo una cosa, de esta, aprenden.

-O aprenden o la palman de sueño.

-No vamos a ceder ni un ápice.

-No vamos a ceder ni un... No vamos a ceder ni una miaja.

-Por mucho que lloren.

-Aunque berreen. Como se dice en Cabrahígo:

"Al que no le apañe, se le echa del pueblo".

-Pues mira, eso me gusta. Y así va a ser.

¿No decías que esto era una tontería y era de señoritas?

-Y bien que me arrepiento.

¿Es esto lo que llaman el "muro de las lamentaciones"?

-¿Lo dejamos? -Si no hay más remedio...

(SE QUEJAN)

-No creo... que su majestad el rey...

No creo que lo principal sean las condiciones físicas,

creo que más bien tirará a estimar las condiciones mentales

y culturales de los candidatos.

-Y usted cree que en eso va sobrao, ¿no?

-Hombre, sobrao, sobrao, lo que es ir de sobrao, pues no.

Fíjate, van a venir aspirantes de todas las provincias de España.

Hombre, y más luces que Arantxa y que tú, tengo.

-Pues muy bien. Espero que hagan también una prueba de modestia.

-Por mí, que la hagan.

También de modestia y llaneza... También os doy sopas con honda.

-Muy buenas.

Hombre, Jacinto,...

¿adónde ibas antes con tanta prisa? -¿Yo?

-Sí, en el vivero.

Te he visto corriendo como alma que lleva al demonio.

-¿Eh?

-Pensaba que se te estaba quemando la portería.

-Nada que preocuparse, señor. Es que,...

estoy haciendo músculo para unas pruebas en palacio.

-No sabemos si es en palacio.

Lo que sí sabemos es que las convoca la Casa Real.

-Ajá. ¿Y qué desempeño se exigirá a los ganadores?

-Vaya usté a saber.

-No lo sabemos, pero viniendo de su majestad el rey,

ha de ser algo para un cargo importante.

Que digo importante:

para algo influyente, solemne,

trascendental.

-Exacto.

-Y por eso, estamos haciendo brazos y piernas.

-Que yo buscaba a Fabiana.

-No la he visto esta mañana.

Como madrugo tanto... pa las pruebas, ya sabe.

-Servando, que nos conocemos tos.

Cuando usted llega, Fabiana está de vuelta.

-El caso es que la necesito.

Le he comprando un regalo a Lolita...

Son unos bulbos para que plante en macetas en otoño.

Pero en el vivero no tenían lazo para el envoltorio.

-Fabiana es mucho de envolver. -Por eso, por eso.

Seguro que tienen algo con lo que hacer un nudo artístico.

-Tiene que haber algo por ahí.

Fabiana lo guarda todo, como las urracas.

-A mí también me vendría bien un lazo.

Como los de los cordericos, ¿verdad?

-Algo que le dé más entidad al regalo.

-Voy a ver si encuentro algo por dentro. Ahora vuelvo.

-Antoñito, ¿usted ha viajado mucho, verdad?

-(ASIENTE)

-Pero allá, allá, ¿verdad?

-Sí, sí.

-¿Usté cree que las flexiones de pierna de pared

son útiles?

-¿Qué es una flexión de pierna de pared?

-Mire, mire, mire.

Aquí.

(RESOPLA)

Ahí. (SE QUEJA)

-No parece propio para caballeros.

-Pruebe.

-No. -De verdad.

Señor, venga.

Pruebe.

Ahí, ahí. -Me acabo de duchar.

-Venga.

Ahí, ahí. Abajo.

Ahí, ahí.

-Don Antoñito, he encontrado esta cinta que lo mismo le sirve...

Jode...

Vi el cielo abierto

cuando don Jose nos enseñó el documento firmado por Ledesma.

Estamos a un pelo para terminar con él.

Renunciará a la boda, ya lo verás.

-No veo el momento de decirle adiós. -No tardará,

te lo prometo.

-¿Lo sabe Cinta?

-No. Su padre y yo hemos decidido que era mejor mantenerla al margen.

-Ella te conoce, y sabe que no te ibas a quedar de brazos cruzados.

-Algo se olerá, no digo que no.

-Tiene que estar pasándolo muy mal,

y más sabiendo que su padre se ha hecho amigo de Ledesma.

-Era irremediable.

El plan necesitaba que don Jose le bailara el agua al cateto.

-Buenas, familia.

Esta tarde convidaré a merendar a doña Bellita y don Jose.

Quiero una mesa bien vistosa.

Si me vieran codeándome con los mejores artistas de España

y en mi propio negocio...

-No es su negocio.

-Lo será, no te quepa duda, zagal.

Y si todavía no lo es, por el momento, mejor para mí,

no tendré que ocuparme de nada y nos serviréis la merienda sin rechistar.

-¿Qué quiere que le sirvamos?

-Así me gusta, cada uno a lo suyo.

¿Ves, Emilio, tu hermana ha entendido que seré el patrón?

¿Cuándo vas a aprender?

Cuando sea su padrastro,

al primer desaire, te meto un soplamocos,

que vas a estar todo el día bailando.

Servid lo que queráis,

siempre que sea digo de ricachones. De eso sabes tú más que yo.

Por ahora.

-Saldrá bien, Emilio.

Ya lo verás.

Sí, Carmen, tiene razón.

Les buscamos y les decimos que son unos mandrias.

-Sí. Y unos pusilánimes.

-¿Unos qué?

-Como mandrias.

-¿Como bragazas y achantaos?

-Como timoratos, sí.

-Eso.

-Buenas.

¿Cómo está lo más bonito de este mundo?

-Cabreá.

-¿Y Ramón?

-Comprando la prensa. Ahora viene.

Hemos estado hablando de cómo arreglar las cosas.

-Reunión de pastores, oveja muerta. -Venga, no seas así.

En lo que viene mi padre, ábrelo. -¿Joyas?

¿Antoñito, joyas a mí? ¡Qué poco me conoces, rufián!

-Que no, que la única joya aquí eres tú.

No es ninguna alhaja, es algo más personal y meditado.

Ábrelo, verás como sí que te conozco.

Es para nuestro hogar.

Para que lo veamos cogidos de la mano y digamos:

mira, esto es un hogar, es nuestro hogar.

(TOSEN)

-¿Qué es esto, un broma?

-No entiendo qué ha podido pasar.

-¡Es mierda, Antonio! ¡Mierda!

-Estiércol. Ya sabes que en los viveros...

-No tienes vergüenza, no tienes vergüenza.

-¡Lárgate de esta casa!

-Cuando yo lo compré no era estiércol.

-Que te largues. Fuera del pueblo.

-Ya sé lo que ha pasado, Lolita. -Basta.

No cuentes más mentiras, que no está el horno para bollos.

-Ha sido una equivocación. El estiércol era para Marcelina.

-Muy bien. Y ahora tratas de humillar al servicio.

¿La mierda es buena para Marcelina? Yo fui criada, Antoñito.

-Que no, Lolita. -No te quiero ver.

Que te vayas. Vete con tu mierda. Hala.

Venga. -Venga hombre ya.

Ya está bien. -Que sí, que me voy, que me voy.

-Fuera, hombre.

¿Cómo se te ocurre?

Semejante...

Como si fueran ganado, Mauro, así habla de ellas y así las trata.

-No se caliente la cabeza con derivaciones morales.

Tenemos un trabajo que hacer.

-Llevé la conversación por donde nos interesaba.

En definitiva:

nos traerá a las mejores chicas, todas de color, como le pedí.

-Bien hecho.

No estaba seguro de que pudiera usted contenerse.

-No sé cómo, pero lo conseguí.

-Siento haberle puesto en este compromiso.

-Tranquilo, soy yo quien busca a la mujer a la que ama.

-Y para ello, tuvo que irse a la habitación con una pobre muchacha.

-No, no, no, no hicimos nada, hablamos un rato.

Le tuve que dar algo de dinero para que no contara mi desgana.

-Algo parecido me pasó con Yolanda.

-Es una belleza.

-Por fuera y por dentro.

Tiene un lunar...

en el mismo sitio que Teresa,

y... casi idéntico.

-Parece afectado. -No podría haberla tocado.

Tierna, hermosa...

Un primor, pero... no habría podido.

No sé si volveré a amar.

-Mauro, no se venga abajo.

-Yo también lo creía, y mire.

Moviendo cielo y tierra para encontrar a Marcia.

-Hablamos, ¿sabe?

No sé, hay algo en Yolanda...

En sus ojos. Es como si...

me pidiera que fuera franco con ella, que fuera honesto.

-¿No estaría sonsacándole? -No, se echó a llorar.

Cuando le conté por qué estábamos negociando con Andrade, lloró.

-¿Le puso usted al corriente? -Guardará el secreto.

-¿Le dijo que había sido policía?

¡Mauro, por favor!

¿Y de Marcia, le dijo algo?

-No, de Marcia ni una palabra.

-Mejor así.

-Quiero sacarla de allí.

-Mauro, las liberaremos a todas.

Y Andrade tendrá que responder ante un juez.

No sé cómo has podido soportarlo tanto tiempo.

-Por el deseo de vengarme, supongo.

-¿Cuándo le conociste?

-Entré a trabajar en su servicio muy pequeña.

Esclavizó a mis padres antes de que yo naciera

y, cuando mi madre murió,

a causa de las palizas de Andrade, yo la sustituí.

-¿Y tu padre, no os defendió?

-Al morir mi madre, él se aferró a la botella.

Yo estuve a punto de morir también, de fiebres,

pasé dos años en cama.

Aunque supongo que eso fue lo que me salvó.

¡Ojalá hubiera muerto allí!

Así no tendría que haber trabajado en el ferrocarril.

-¿Siempre a las órdenes de Andrade? -No.

Digamos que... arrendada.

Perdí allá a todos mis familiares y amigos.

El ferrocarril del diablo, le llamaban.

-Lo siento.

-No importa.

-¿Y cuándo llegaste a España?

-Cuando la justicia acusó a Andrade de asesinato,

huyó de Brasil... y a algunas nos trajo con él.

Te tiene en mucha consideración, eres su favorita.

A veces me he preguntado si no serías su mujer.

-No, jamás me ha puesto un dedo encima.

Don César Andrade no duerme con negras.

-Tampoco te ofrece a los clientes.

-Me reserva para una buena venta.

Ya lo hizo una vez.

-Mira, ¿sabes lo que hago yo?

A veces, al final del día,

sueño que...

un caballero me libera, me rescata.

Alguna esperanza hay que tener.

Ese cliente que ha venido a la habitación conmigo,

no es como los demás.

Esta noche soñaré que es él quien me libera.

-Yolanda,

deja de soñar despierta.

Tu príncipe azul es como todos los que vienen aquí.

-Te equivocas. Me trató bien incluso.

No son como los otros clientes de Andrade.

-¿Son?

-El que vino conmigo y su socio, o lo que sea.

Felipe se llama.

-¿Felipe?

El cambio.

Hale. Vaya, vaya.

No ha probao unos torreznos así en la vida.

A no ser que sea de Cabrahígo,

que los habría probado en la casa del cura y en Navidad.

A más ver.

(SUSPIRA)

Pero miquituso, vaya patá. ¿Te ha dao miedo el cuchillo?

Uy.

¿Estabas escuchando lo que he dicho antes?

Porque si te has quedao con eso, será mejor que lo olvides.

Tu padre es un buen hombre,

diga yo lo que diga cuando me da el arrebato.

Uy.

¡Que no, que no es un mentecato, por muchos puntapiés que des!

Bueno, puede que tenga la cara más dura que el pavimento.

Y que sea dao al embuste y al enredo pa salirse con la suya.

(RÍE)

Sí, pue que sea todas esas cosas, pero ¡recoñe, es tu padre!

Por lo menos, el mejor que tienes a estas alturas.

Uy.

-¡Para dentro, que nadie te va a comer!

-Largo, que voy a fregar.

-Un momento, Lolita, un momento.

Quiero que te convenzas de que lo del estiércol fue un error.

-La caca.

-Lo de la caca fue un error. Dale el regalo, Jacinto.

Si no lo vas a coger, por lo menos lee la tarjeta.

¿Pone o no pone tu nombre?

-(ASIENTE)

Pero si la lógica no falla en su método,

a lo mejor, este regalo era para ti, ¿no?

-No solo el menda,

Servando estaba presente cuando tu marido llegó con el regalo.

-¿Qué tiene esa caja?

-Bulbos...

para que los plantes en macetas este otoño.

Puede que cuando nazca nuestro hijo ya hayan echado brotes.

-¿Es o no es el mejor?

-¡Que se besen, que se besen, que se besen!

Bueno, pues,

yo ya les dejo solos, que ya veo que no necesitan

ni consejas ni testigos. Que...

Cuando Marcelina reciba el estiércol, seguro que me besa igual.

Con Dios.

-¿Sabes qué?

Mira, toca, me ha dao pataditas.

Espera, espera.

¿Qué? -Cosita.

Eso es. Haz este, que es muy agradecido.

Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve.

Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve.

Y ahora...

Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete...

Mi niña...

Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve.

Y ahora...

Muy bien.

Eso.

Ahí está. ¡Ole!

(RÍE) Eso es lo bonito.

Pero trata de sacar un poco más

el traserito, las caderitas...

Con arte, con gracejo, que yo te vea.

Con esas caderas, ese porte y esa cara,

en Buenos Aires te aullarían. ¿Y aquí no?

Aquí también, aquí te aúllan aunque te quedas tiesa como un palo,

¿no ves que son de misa diaria?

Y sobre todo, mira,

de las caderitas al talle, a los brazos y a las manos, ¿ves?

Las manos son el secreto de una buena bailaora. Ahora tú.

Venga.

Ole, mi niña, ole, mi niña. Eso es.

Madre, es que no me sale.

Escúchame. Las manos son como dos palomas, ¿ves?

Mira.

Las manos... sirven pa mover el abanico.

Con las manos tiras besos.

Con las manos te estrechas la falda y te la ajustas.

Y das guantazos, que hay que adiestrar muy bien las manos.

(RÍEN) Venga, vámonos. A ver. Ole.

Ole, vámonos.

Muy bien. Eso. Eso es. -¡Ole ahí!

¡Vamos que nos vamos!

Qué maravilla.

Por cierto,

tenemos que estar listos en un ratillo,

que Ledesma nos ha invitado a merendar en el restaurante.

-¿Ledesma? -Sí, mujer, el paleto.

-Sé quién es Ledesma.

Lo que no sé es si me apetece merendar con él.

-Merendar hay que merendar, ¿no?

Es un lerdo codicioso. Bueno,

no le podemos hacer ese feo.

-No me termino de creer que hayas hecho tan buenas migas

con ese paleto.

-Porque soy irresistible, morena.

La gente se me pega y ni ellos mismos saben por qué.

Como los imanes.

Voy con ustedes, y de paso veo a Emilio.

Canelita.

Canelita,

sabes lo poco que me gusta decirte que no,

pero esta vez

preferiría que no aparecieras.

Es una merienda entre matrimonios.

Felicia no se ha casado.

Ya lo sé, es una manera de hablar. Quédate, anda.

Así ensayas tú solita, sin que tu madre te dé la tabarra.

-Qué gracioso.

De acuerdo.

Venga, Maribelli, que siempre llegamos tarde.

-Qué hombre. Quédate ahí ensayando.

Un, dos, un, dos, tres, cuatro, cinco...

Y... Ey.

(RÍEN)

Luego, los ateos dirán lo que quieran,

pero nadie cuenta cosas tan bonitas de los difuntos, como los católicos.

-En eso llevas razón, pero los ateos no pasan el cepillo.

(RÍE)

-Úrsula, que su señora se ha quedao dentro.

Ah, sí.

Está encendiendo dos cirios por la memoria de don Samuel

y don Alfredo, que Dios los tenga en su gloria.

-Debe ser atroz enviudar dos veces.

-Y en el mismo año.

-Aunque de don Alfredo, ella ya era viuda antes.

No hables mal de los finados, ni siquiera de los pecadores.

Ya les dará el Señor lo suyo.

Perdonen que no me pare. Buenas tardes.

-Pobre mujer.

Alguien que recuerda así a los que no están,

debe vivir en dolor un constante.

-Yo te recordaría con la misma pena, querido.

-Muy buenas. Si van hacia casa, les acompaño.

Me ha llegado recado de que hay una carta para mí en el 38.

-Sí, porque de acompañarnos al rosario de difuntos, nada.

-Vaya, lo siento, tengo demasiadas cosas en la cabeza.

Se me pasó por completo.

-No se preocupe usted,

ya doña Susana ha rezao un par de salves por doña Trini.

-¿En qué estaría usted pensando? Claro, en Carmen.

-No le haga caso a mi tía.

Para ella, el rosario es poca cosa si no se pega la hebra a la salida.

-Y todo porque me preocupo de la vida marital de mis vecinos.

Anda, vámonos, Rosina.

-Gracias por el capote.

No estamos pasando muy buen racha en casa

y, no tengo ganas de que los vecinos metan las narices.

-Me hago cargo.

-Perdóneme, pero es difícil que nadie pueda comprender

lo que estoy padeciendo.

Si usted supiera la ilusión que me hacía ir a vivir con mi hijo

y con mi nuera...

-No se atormente.

Es normal que haya tiranteces, pero se solucionarán.

-Eso me decía yo,

pero... la situación me está alejando de mi esposa.

Y eso es algo que no podría soportar.

La quiero, amigo Liberto, la quiero. Carmen es para mí...

la vida.

Mucho más que la vida.

Sin ella, preferiría morir.

-No tendrás que morir.

Te quiero, te quiero mucho.

Nada ni nadie podrá separarnos.

-(CARRASPEA) Ya veo que tienen asuntos

de mucha enjundia que tratar.

Con Dios.

Estos torraos están un poco duros.

Gustosos, pero duros.

-Tardan un poco los postulantes. -Las cosas en palacio van despacio.

-¿A quién habrá elegido el rey?

-¡A mí Jacinto! Es puro nervio y potencia.

-¡Que te guardes esas cosas pal dormitorio!

-Si no lo decía solo por eso.

-Aunque solo sea por la ilusión que le hace,

a mí me gustaría que hubieran elegido a Servando.

No es nada personal, Marcelina.

-¡Ande, calle, Agustina! ¿Servando dice?

Pero si se agacha bajo la cama a recoger el orinal

y ya está jadeando como un perro. Que no, que no.

La que está más prepará es Arantxa. -En eso lleva razón.

-A la paz de Dios. -Ya estamos aquí.

-Hombre, alabado sea Dios.

-Y, por lo menos, vuelven todos enteros.

-Cuéntennos,

¿quién ha sido la más fuerte?

-Si no ha tenío na que ver con la fuerza.

-Ha sido una prueba de vértigo.

Nos han tapado los ojos con un pañuelo

y nos han subido a un andamio para ver si nos mareábamos.

-Y este tenía tal canguelo,

que en lugar de decir "yepayá",

dijo: "yipiyí", con voz de flauta.

-(JACINTO HACE BURLA)

-Sería voz de pífano,

que es lo que tocan los pastores.

-A mí, sin embargo, ni fu ni fa.

Con alturas a mí,

que me pongo a la pata coja en el pico Urkiola.

-Y allí volverá usted.

Tengo el placer de comunicar a la concurrencia, que servidor,

Servando Gallo, capitaneará la misión

que el rey quiera encomendarle.

-Qué bien, así, muy bien, con humildad, ¿eh, Servando?

Cuidadito. Piano, piano.

-He de decir, doña, que usted ha estado a la altura.

-Que es de lo que se trataba, ¿no?

-Es una forma de hablar. Arantxa, que no lo ha hecho mal,

pero, a dos dedos de frente que tenga el monarca,

está claro a quién elegirá, ¿no? A un varón, intrépido,

claro.

-Varones como usted me desayuno yo todas las mañanas tres

en ajoarriero.

-¿No les han informado del trabajo que tenían que hacer?

-No hace falta.

Le aseguro que es algo para tener los nervios de acero,

algo de altura, algo,... algo diplomático me huelo.

-¿Y qué tiene que ver el vértigo?

-De nada vale darle vueltas.

Ya se nos sacará de dudas,

sobre la misión

y sobre la elegida.

(RÍEN)

Gracias, comisario.

-Espero que no esté usted decepcionado.

-¿Por la ficha policial? No, en absoluto.

Ya suponía que tendría antecedentes. -No son gran cosa.

Un par de hurtos, la detención en una redada...

Para lo que tengo que ver a diario,

la tal Yolanda está prácticamente limpia.

-Tendría que verla usted.

Parece un ángel.

-Y no digo que no lo sea. Pero déjeme que le prevenga.

Quizá no es el caso de Yolanda, pero, por mi experiencia,

una mujer que, voluntariamente o no,

hace de vender su cuerpo un modo de vida,

suele defenderse con engaños.

-Ya.

Jugando siempre a doble banda, ¿no es eso?

-Al mejor postor, sí. Cuídese de ella.

-Andaré con pies de plomo, no se preocupe.

(Llaman a la puerta)

Debe ser Felipe.

-Abra usted.

Ha podido escucharnos desde su habitación.

-Felipe, pase. -Disculpe.

No sabía que estaba usted aquí.

-Ah... Descuide usted, yo ya me iba.

Solo he venido a comentar con Mauro

un caso que él mismo llevó en el pasado.

-El comisario cree que puede estar relacionado con otro caso

que tiene ahora.

Ya sabe, ¿eh?

No dude en consultarme si lo estima necesario.

-Así lo haré.

Gracias por su ayuda.

-A sus pies siempre, comisario.

-Abogado.

-¿Ha metido a la policía?

-Felipe, por favor, no sea absurdo. ¿Por qué habría de hacerlo?

-¿Por costumbre, por inseguridad, por miedo?

-Terminará ofendiéndome.

-Olvídelo.

-No, olvídelo usted.

Son los nervios y su ansiedad.

Tengo claro que solo contaremos con la policía

cuando llegue el momento.

(CARRASPEA)

Carmen, supongo que usted le ha cantao las cuarenta.

-Naturalmente.

-Yo también.

Le he puesto a caldo. -Y sin flaquear.

Lolita, ¿sin flaquear?

-Ni una miaja.

-Eso es lo que se merecen.

-Con nosotras han topado.

-Buenas...

Aquí están nuestros tormentos.

-Y tan preciosas como siempre.

-Ven aquí, futuro papá.

-Ramón, cómo no te voy a querer.

-Que se van a marchitar las flores.

-Voy a por dos jarrones.

-Hijo, esto hay que celebrarlo.

-Con agallas.

-Y sin flaquear.

-De haber flaqueado, no estarían comiendo de nuestras manos.

-Claro.

Pero les hemos puesto en su sitio.

Que no falte detalle.

Quiero que esos titiriteros se lleven una buena impresión.

¿Dónde está el tarambana de Emilio?

Bienvenidos, señores.

Siéntense. Usted también, Felicia.

El vino, echa el vino.

Bueno, bueno, señores.

Serán ustedes los primeros en brindar a la salud de la novia.

Qué demonios, también de la mía,

que yo también me caso.

Bueno, y sobre todo, que sea de un trago.

-Que si no, da mal fario. -¡No brinden, no habrá boda!

-¿Qué haces? ¿Quieres que te parta la cara?

-Puede intentarlo,

pero, aún así, ¡mi madre no se va a casar con un asesino!

-¡Te vas a tragar tus palabras! -Que se pierde usted, Ledesma.

-Tengo pruebas.

Estuve en Santander, no en Barcelona.

¿Conoce a Bonifacio? Él sí que le conoce a usted.

-Lo que haya largao Bonifacio no vale para nada.

Nuestras familias son enemigas.

Poco tiene que ver vuestra enemistad

con los hombres que murieron en sus cuadrillas.

Entre ellos, el primo de Bonifacio. -Estaban enfermos.

-Puedo demostrar que los mató usted.

-Es una acusación muy grave.

-¡Y también es la verdad!

Les obligó a usar pesticidas y abonos prohibidos.

Murieron intoxicados.

-¿Lo dice Bonifacio?

Poca cosa vale. -Lo dice.

Esta dispuesto a testificar.

-Pues será calumnia.

Si no tienes más, zagal.

-Tengo pruebas fehacientes.

Empiezo a pensar que usted solo me quiere por mi oporto.

-Ya se lo he dicho.

El mozo del hotel perdió una nota que me habían dejado.

Pensé que el recado era suyo,

para mostrarme a las chicas tal como habíamos quedado.

-Siendo así, ¿por qué no ha venido su socio con usted?

-No localicé a Mauro, y tenía prisa.

-¿Mauro?

-Los más cercanos lo llamamos así.

Verá, no nos podemos pasar la vida pendientes de usted.

Ya me cuesta contener la impaciencia de Mauricio.

Y chicas hay en muchos lugares.

-¿Ah, sí?

Si tan bien conoce el ramo, sabrá también como yo,

que no es fácil moverlas de un sitio para otro sin levantar sospechas.

No tardarán ustedes en tenerlas.

(Suena el piano)

-Bonita melodía.

-Tendría que ver usted quién la toca.

No ha visto usted nunca una mujer igual, créame.

Sin parangón.

Es la joya de mi corona.

-¿La quiere solo para usted? -No sea mal pensado.

Siempre la he respetado. Tal es el valor que tiene...

-¿Podría conocerla?

Solo para escucharla cantar.

-No veo por qué no.

Sígame.

Querida, te traigo un admirador.

¿Se encuentra usted bien?

¿Qué pasa aquí?

Este es el contrato de compra de los productos prohibidos.

Firmado de su puño y letra.

¿Reconoce la firma?

-Nunca había visto este papel.

-Pues ya tendrá tiempo de verlo cuando se lo enseñe al juez.

-¡Eh, señores, que van a venir los guardias!

-¡Emilio!

¡Emilio, hijo!

Emilio.

¡Emilio, hijo! ¡Emilio!

Emilio...

¡No puede ser!

(LLORANDO) ¡No puede ser!

¡Ha sido solo un golpe!

¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Emilio?

La señora ha llegado a casa diciendo que ha ocurrido una desgracia.

Díganme la verdad, por tremenda que sea.

Lo he hablado con Carmen, y ahora quiero que lo sepáis vosotros.

Nos marchamos de esta casa.

-¿Por qué se marchan ahora que empezamos a entendernos?

-No tienen por qué mudarse.

¿Novedades con el restaurante?

-Ninguna que aquí interese.

-Uh...

Mucho me parece que se está callando.

-Secreto profesional.

Los serenos somos como los curas en confesión,

lo que oímos o hablamos, no lo contamos.

Cada uno en su casa y Dios en la de todos.

-¿He oído bien, alguien se muda?

-Doña Susana,

¿usted no tiene vida ni familia que atender,

que tiene que meterse en la de los demás?

-"¿No me perdonas?".

-No te lo mereces. Bastante es que te sientes conmigo en la mesa.

-No me hagas esto, mi cielo. No puedo vivir viéndote disgustá.

-Haberlo pensao antes de ocultarme el engaño.

-Lo hice pensando en lo mejor para todos.

-Pues no para mí, que me pegaste un susto de bigote.

He escrito a Genoveva para que acelere las gestiones

de la repatriación de las tropas,

pero no me ha hecho caso. -Será que el tema no le interesa.

Esa mujer, de constante no tiene nada.

-O le preocupa más otra cosa. -No le veo capaz

de solucionar este entuerto. -Pues hace mal.

Solo no va a conseguir liberarla.

-Ahora que tengo la certeza de que Marcia está allí,

no pararé hasta conseguirlo.

Aunque pierda la vida en ello.

No dejo de pensar en él ni un solo instante.

Lo necesito, lo quiero a mi lado.

Cese en su empeño. Sabe que es algo imposible.

¡Sí, y por su culpa!

Sigue obnubilado por esa.

¡Por esa negra!

En mala hora la trajo usted al barrio.

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  • Capítulo 1095

Acacias 38 - Capítulo 1095

11 sep 2019

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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  1. Karina Chiriboga

    Wow uno de los.mejores capítulos! Veo.la serie desde que nació mi hijo que tiene 4 años y personalmente me.encanta!

    12 sep 2019
  2. Estela cardozo gaite

    Que paguen ya Genoveba y el cuervo negro¡¡ que aparesca Marcia ya¡¡

    12 sep 2019
  3. Jacqueline Fernández

    He visto la serie desde su inicio, y nunca había visto un capitulo con tanta adrenalina como 1095, wao, que emocion, único, ojalá la serie continúe así, intensa

    12 sep 2019
  4. Jacqueline Ariel

    He visto la serie desde el primer día, y jamás había visto un capítulo tan emocionante, wao, pura adrenalina, este ha sido lo máximo; ojalá Acacias 38 , continue así

    12 sep 2019