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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1093 - ver ahora
Transcripción completa

¿Se puede saber qué significa esto?

-Debería pedirle disculpas,... pero no lo voy a hacer.

es normal que tome precauciones

sobre las personas que se acercan a mí.

-Ha estado indagando sobre mí. -Póngase en mi lugar.

Tenía que cerciorarme de que era realmente Mauricio Aguirre,

por eso pedí una fotografía.

Es de hace tiempo, pero diré a su favor

que no se conserva nada mal.

-Es inquietante la desconfianza que se esconde tras su sonrisa.

-Dada la naturaleza de mis negocios,

no me puedo permitir dejar ningún cabo suelto.

Comprenda mi exceso de celo.

-Espero que la identificación le haya tranquilizado.

-Mis contactos me han confirmado que, efectivamente,

usted poseía varios negocios... no bien vistos por la policía.

Aun así, hay algo que me gustaría que me aclarara.

-Curioso que sus contactos no hayan podido hacerlo.

-¿Por qué desapareció?

-Mi impunidad se puso en peligro.

Tuve que huir del país y refugiarme una temporada en Francia.

Lo suficiente para que la policía se olvidara de mí.

-¿Y cree que lo ha conseguido?

-¿Sabe, señor Andrade?

Yo también tengo contactos.

Por eso estoy aquí hablando con usted,...

porque ha llegado el momento de volver a los negocios.

-Bien.

Abandonemos las desconfianzas y recelos,

y celebremos su vuelta, después de tanto tiempo.

-Espero que así sea,

y que esto sea el preludio de los futuros negocios que emprendamos.

¿Otro zumo, caballeros?

Por qué no.

(Sintonía de "Acacias 38")

Aquí tienen, caballeros.

-Gracias.

Hm... El aroma es excelente.

Deberían visitar la isla antes de que la destrocen.

Lo mismo les digo de Brasil.

La pérdida de las colonias, solo traerá desorden y miseria

a sus pobladores.

-¿Abolir la esclavitud es traer miseria?

Yo y muchos hombres hemos perdido un dinero

que ayudaba a enriquecer al país.

¿Para qué sirve la libertad si no hay nada que llevarse a la boca?

-Ya.

Veo que le preocupa el bienestar de estas personas.

-Noto cierta ironía en su tono.

-Disculpe a mi socio, simplemente,

le llama la atención su interés por lo que nosotros consideramos

instrumentos de trabajo.

Le preocupa que solo nos pueda conseguir 10 mujeres.

-Son las que ustedes me solicitaron.

¿No son suficientes para su negocio?

-Cada vez hay más trabas legales

y el asunto se está poniendo complicado.

Entienda nuestra preocupación.

-¿Tiene ya a las mujeres?

-(RÍE) Por supuesto que no. ¿Por quién me toma?

Tendría que ser un inconsciente.

Las mujeres están en un lugar al que nadie tiene acceso.

-¿Cuándo podríamos verlas?

-De momento tendrán que esperar,

hay otros clientes interesados en comprarlas,

y las venderé al mejor postor.

-¿Y...

para qué las quieren esos clientes?

-Mire, soy un tipo discreto,

no suelo hacer preguntas a los posibles compradores.

Pero intuyo que no es para bailar el vals.

(RÍE)

Es una inversión muy arriesgada, no podemos permitirnos ningún fallo.

Espero que estén sanas y fuertes.

-No lo dude,

aunque le advierto que las más bellas no suelen acabar en campos

y fábricas, sino en burdeles de lujo.

Es una pena desperdiciar

su talento trabajando de sol a sol.

-Tomaremos nota, señor Andrade.

Le agradezco que nos haya recibido.

Pues nada,

avísenos cuando decida a quién vender las mujeres,

cuando podamos verlas. -No se preocupen, así lo haré.

Don Felipe,... abandone sus recelos

y confíe en mí.

No le defraudaré.

El puro, fúmeselo a mi salud.

-Con Dios.

Si lo desea, puedo servirle la cena más tarde.

No hace falta.

Me aburre tanto el papeleo y la burocracia.

Fletar barcos no es asunto baladí. Eso parece.

¿Azúcar?

No.

No dejo de darle vueltas a la visita del comisario a Acacias.

No sé por qué le inquieta tanto,

el comisario tiene muchos amigos aquí,

y ya forma parte de la fauna típica del lugar.

Insisto en lo que le advertí el otro día.

Quiero estar al tanto de las entradas y salidas

del comisario en el barrio, aunque sea solo para tomar un café.

Así será, señora.

Estaré alerta ante cualquier movimiento del comisario.

Y me informará de ello.

Por supuesto.

Con permiso.

Espere, Úrsula.

Comprenda mi inquietud, tengo un pálpito con ese hombre.

Su presencia en el barrio no es gratuita,

hay algo que le empuja a rondar estas calles.

Señora, no dudo de su intuición,

pero un pálpito no es algo demostrable.

Pero se siente.

Céntrese en los barcos y deje de ver fantasmas por todas partes.

El miedo y la desconfianza suelen enturbiar el entendimiento.

¿Y si hay algo que no estamos controlando?

Señora, deje de elucubrar,

no hay ningún motivo que nos haga pensar que se nos escapa algo.

Se equivoca.

Sí que lo hay, y tiene nombre y apellidos: Mauro San Emeterio.

Ese hombre nos traerá problemas. Lo he intuido desde el principio.

Intuiciones. No.

He visto a los policías rondando estas calles,

son algo más que intuiciones.

Esto no me gusta nada.

Señora, le aseguro que está todo bajo control.

Se agotarán buscando a Marcia,

nadie la encontrará.

¿Cómo puede estar tan segura?

Lo mío no es una intuición, sino una certeza.

Dígame dónde está Marcia.

Pensaba que prefería no conocer los detalles para no arriesgarse,

¿a qué viene ese cambio de parecer?

La incertidumbre es más fuerte que el riesgo.

Necesito certezas, ¿dónde está Marcia?

Nadie encontrará a Marcia,

porque Marcia... ya no está en el país.

Espero que así sea.

Con permiso.

Pues esto, en Cabrahígo, no se nos había ocurrido.

Mira la Carmen.

-¡No empuje usted, Fabiana! -Hombre.

-Pero bueno, ¿qué pasa aquí? -Eso me gustaría saber a mí.

-Pues muy sencillo, tienen ustedes que arreglarse,

que esto no puede seguir así. -¿Así de qué?

Hace na, han estado en la pensión don Ramón y Antoñito a tomar café,

bueno, por decir algo,

que uno no se lo ha tomao y al otro se le ha atragantao.

-Esa no es razón para arrastrarme como si fuera ganado.

-Es razón, y de más,

que ni padre ni hijo se han mirao

y hablarse, poco, y pa soltarse cuatro frescas.

-Pues mal hecho, pero a nosotras qué nos cuenta.

-Más que contar, os pregunto qué diantres habéis hecho

pa que padre e hijo no puedan tomarse ni un café juntos.

-Tiene razón, Fabiana,

la situación en casa no es agradable.

Se trataba de facilitar la convivencia, no de complicarla más.

-Por eso nos repartimos las tareas, pa no pelearnos.

-Ni hecho a propósito,

que si me descuido, terminan con los pelos arrancaos.

Hala, no exagera uste ni na.

-Sí, exagerada...

-A las manos no hemos llegado,

pero Lolita, reconoce que bien no estás.

-Pues no, no estoy bien, Carmen,

me duele la espalda, tengo las piernas hinchadas

y repite la comida.

-Lo sé perfectamente, yo también he pasado por un embarazo.

Entonces, me dará la razón

en que hay cosas que no se le dan bien,

que tengo que ir yo detrás pa arreglarlas.

-Yo solo quiero quitarte trabajo de encima.

-Pues no me quite na, que me carga todavía más.

-¿Lo ve? ¿Lo ve?

No hay manera de que entre en razón.

-En su razón, Carmen.

En mi razón no, en la única.

-¡Ya está bien! -Qué piquito de oro tiene.

-¡A callar las dos!

Esta no parece la mejor manera de remediar este dislate.

¿Les tengo que recordar

que son señoras y que tienen que comportarse como tal?

¡Ni las criadas montan un cirio como este!

No puedo perder más el tiempo,

así que, a avenirse los dos matrimonios o esto acabará fatal.

¿Entendido?

-(ASIENTE)

-¿Y tú Lolita?

-Entendido, Fabiana.

-Bueno, pues dicho queda, pues.

-(CHISTA)

Pero ¿tú estás segura de lo que dices?

-Tan segura, como que de un chuletón de dos kilos

no comen cuatro de Murueta.

-Pero ¿cómo va a estar mi Jose como uña y carne

con ese malaje de Ledesma?

-A ver, señora, así lo he visto y así se lo cuento.

No vea las risotadas que se echaba su marido con el susodicho.

-No es que desconfíe de ti, pero a mí esto no me cuadra na de na.

(Puerta)

-Vivan las mujeres españolas, con su arte, su salero, su gracia

y su tronío.

Toma ya.

-¿Y esto qué es? -¿Esto?

-Un detallito de Barcelona que ha traído Emilio para mi reina mora,

la más grande, la única e irrepetible.

-¿Pensé que había traído un fuet y que ya te lo comiste?

Por eso me ha dado una butifarra,

pa que no te quedes sin probarla.

Arantxa, pon una tapita para que la catemos.

-Déjate de butifarras y cuéntame qué hacías de parranda con Ledesma.

-¿De parranda? ¡De parranda, nada!

Me lo he cruzao y le he felicitao por su matrimonio, ya está.

-(TOSE)

-¿Cómo que ya está?

Si parecía que estabas de vinos con ese mala sombra.

¿No decías que te caía tan mal?

-No saques las cosas de quicio, ha sío algo puntual.

Dos palabras de cortesía, punto y aparte.

-(TOSE)

-Jose, no me vengas con embustes,

que se coge antes a un mentiroso que a un cojo.

-Está bien.

Está bien.

No te lo quería decir, pero me has pillao...

-¡Déjate de requiebros y desembucha!

Es cierto que he hablado con Ledesma,

pero todo ha sido por una causa mayor...

-¡Aligera los detalles, que me pierdo!

-Qué bulla.

Vamos a ver, lo que le he preguntado de hombre a hombre,

ha sido que si ha tenido el valor de criticar el arte

de Bella del Campo.

-¿Has hecho eso? -(ASIENTE)

-¿Y qué te ha dicho? -Que nanay,

que te admira muchísimo

y que es un honor pa él ser vecino de una persona

de la categoría y fama de Bella del Campo.

-Entonces, ¿no me había criticao?

-To lo contrario.

Le he tenido que frenar, el hombre se ha venido arriba...

Tú ya me entiendes, uno no es de piedra

y le afecta a uno que piropeen de semejante manera a su mujer.

-¿No me estarás mintiendo, Jose de mi alma?

Que te conozco.

-(TOSE)

-Verdá de la buena, verdadera.

Y tú, Arantxa, ve a tomarte una pastillita,

que esas toses nos están matando, bueno, te están matando a ti.

Aquí lo tenemos, Fabiana. -¿Qué hace aquí, hombre de Dios?

Aquí, barruntando.

Mientras las criadas están preparando las cenas,

está el altillo tranquilo.

¿Qué hora es ya?

La hora de que baje a atender sus obligaciones en la pensión,

que se escaquea uste a la media de cambio.

-Sí, se me ha ido el santo al cielo. ¿Quién les ha dicho que estaba aquí?

-Se dice el pecado, pero no el pecador.

-Ha sido la Casildilla, ¿verdad?

-Sí. Qué bien la conoce.

-Esa Casilda, Pecadorcilla.

¿Se encuentra bien? Le noto desanimado.

-No, desanimado no, desilusionado más bien.

¿Qué asunto necesita de tanto tiempo y meditación?

Quizás podamos ayudarle. Cuénteme eso que tanto le preocupa.

-Mi ingenuidad, que me ha cegado.

Quería entrar a ser parte de la Casa Real, y no va a poder ser.

-Servando, no le reconozco.

Usted no es de los que tiran la toalla a la primera de cambio.

Esta vez sí, porque necesito una carta de recomendación

que ni tengo ni posiblemente tendré.

Ah... ¿Una carta como esta?

-¿Esto qué es? -¿Usted qué cree?

-Parece...

Parece... Eso sí, una carta de recomendación.

A ver, déjenme que la lea.

(LEE) "Por la presente, manifestamos...

que don Servando Gallo...".

¿Es una carta de recomendación para mí?

-Sí, Servando.

Dé las gracias a Cesáreo,

que ha conseguido que la firme el jefe de los serenos de la ciudad.

Esta firmada para mí.

-No es la mayor autoridad del mundo, pero tiene su ascendente.

Podrá acceder a las pruebas que ha convocado la Casa Real.

-Acceder y conseguirlo.

La firma de un jefe de serenos, nada menos.

Esto tiene el mismo peso que tiene la firma de un general o que un...

Venga uste a mis brazos.

-Servando, Servando, baje, baje.

Baje, hombre. ¿Se ha vuelto loco?

-Es usted más buena que el pan blanco.

-Cálmese, por Dios, qué vergüenza. Menos mal que no hay criadas.

-Ya me veo con mi uniforme escoltando a la familia real...

-Deje de fabular y dele un abrazo a Cesáreo, que se lo merece

tanto o más que yo. -Diga usted que sí.

Venga uste a mis brazos.

Usted es un amigo de verdad.

Venga aquí.

(RÍE DE ALEGRÍA)

Bueno, ya, ya, hasta ahí.

Camino, ¿has terminado ya con las mesas?

-Sí.

"Bonifacio Soler".

¿Ese hombre tiene que ver con tu investigación?

-Sí.

Trabajó para Ledesma durante un tiempo.

Da la casualidad que por motivos familiares, vive cerca de la ciudad.

-Parece una buena noticia.

-Prefiero no hacerme ilusiones.

Iré a verlo, aunque no sé si lo que me diga me será de ayuda.

-Hagas lo que hagas, por favor, sé prudente,

no soportaría que te ocurriera algo.

-Andaré con pies de plomo.

Eso sí, necesito que me hagas un favor.

No le digas nada a Cinta sobre mis pesquisas

y no le menciones nada sobre este tipo.

-Tranquilo, hermano, tu secreto está a salvo conmigo.

Los menús de la noche ya están preparados.

Espero que los primeros clientes se rezaguen para poder descansar.

-Trabaja usted mucho, madre.

Y más que nos queda con la boda.

Mi boda con Ledesma, quiero decir.

-Ya, ya.

Ledesma me ha pedido que hagamos unas invitaciones

para enviárselas a la gente.

He pensado que como siempre te has dado maña con el dibujo,

podrías hacerlas tú.

-¿Quiere que diseñe sus invitaciones de su boda?

Algo sencillo, y que no sea demasiado caro,

no olvides que correremos con los gastos.

Lamento mucho haceros pasar por este trance,

sé que es duro para vosotros.

-Y para usted, madre,

cada día se la ve más triste y apagada.

-Ya te lo dije, solo es cansancio, hija,

no te preocupes.

-Voy a casa a por mis pinturas, a ver si se me ocurre algo.

Gracias.

¿Operadora?

¿Podría ponerme una conferencia con Cádiz?

Sí.

Espero.

Bueno, pues...

Lolita y yo os hemos convocado para tratar de solucionar

de una vez por todas,

los problemas de convivencia que estamos sufriendo.

-En casa y en la calle,

que la Fabiana nos ha contao vuestro rifirafe en la pensión.

Se acabaron los reproches.

A partir de ahora, tenemos que hablar sin tapujos y con sinceridad.

A ver si es posible que las aguas vuelvan a su cauce, ¿no?

¿Estáis de acuerdo conmigo?

-(AMBOS ASIENTEN)

-A ver,

que Aquí todos tenemos culpa, que dos no se pelean

si uno no quiere. Y quien dice dos, dice cuatro.

-Claro.

Ha sido nuestro afán por ayudarnos,

lo que ha desencadenado el desencuentro.

-Que es muy fácil poner pegas,

cuando una está acostumbrá a hacerlo to sola.

-Así es.

La finalidad de repartir las tareas de la casa era...

para rebajar el peso entre nosotras,

no provocar desencuentros ni malentendidos.

-Eso. Vamos, que somos humanas y nos hemos equivocao.

¿Qué? ¿No decís na?

-Habéis reconocido ser el origen de esta controversia,

y eso os honra, especialmente a ti, Lolita,

que, desde que anunciaste tu embarazo,

hemos tenido que lidiar con cambios de humor difíciles de sobrellevar.

-La verdad es que no has puestos las cosas fáciles.

No sabíamos si era mejor darte la razón o llevarte la contraria.

-Tampoco hay que exagerar, Antoñito. Un embarazo es un embarazo,

y hay cosas que no deben tenerse en cuenta.

-Ese es otro problema, Carmen,

es usted muy impulsiva,

no hace falta decir todo lo que se le pase por la cabeza.

-¡Uy!

Amor mío, la Carmen ha dicho una verdad como un templo.

Que cuando una está embarazá, pues está trastocá perdida.

-Que yo sepa, Carmen no está embarazada.

-Pues no, no. Lo que le pasa es que es mu honrá,

y a quien le piquen ciertas cosas, pues que se rasque.

-No todo vale en nombre de la honradez.

Somos seres civilizados,

no podemos decir lo que nos plazca sin atenernos a las consecuencias.

-Ramón, ¿estás sugiriendo que soy una salvaje

por decir lo que pienso?

-No saque las cosas de quicio,

mi padre solo te recuerda que a veces,

el respeto y la educación deben prevalecer sobre los pensamientos.

-(RÍE LOLITA)

Mira quién fue a hablar.

-¿Qué queja tienes tú de mí?

-No, cariño, yo mejor me callo,

que luego dices que no tengo "educación".

-No, cariño, no te calles,

aquí hemos venido a ser sinceros,

para que "las aguas vuelvan a su cauce".

-No hagas chanza de lo que ha dicho la Carmen, que la vamos a liar.

-Esto es un sinsentido. -Claro, un sinsentido.

(RÍE) Qué fácil es criticar

sin proponer nada, ¿verdad?

Así cualquiera mantiene la educación

y guarda las buenas formas.

-Necio que calla, por sabio pasa.

-¿Has llamado necio a mi padre? -Déjalo,

que lo estamos estropeando más.

-No, es que te ha llamado necio. -Déjalo.

-Cesáreo,...

Jacinto, no me dejéis solo con Ledesma,

no se vaya a pensar que le tenemos miedo.

-No es por miedo, sino por cumplir con el deber de mi ronda.

Empieza ahora y no quiero andar con prisas.

-Pero si entre cuatro, una partida dura menos que un pirulí

en la puerta de un parvulario. -No insista,

que el deber es el deber, y más en un sereno.

En nuestras manos está la ciudad y sus gentes.

-Jacinto, tú sí que no tienes excusa para escaquearte.

-No, excusas no, pero...

sí tengo mis razones.

Ese hombre, Ledesma,...

no me da buen olfato.

-Pues tápate la napia y céntrate en las fichas,

que es una partida de dominó.

-Jacinto tiene razón,

Ledesma no ha entrado con buen pie en el barrio

y tampoco tiene mucha intención de cambiar.

-Cuesta creer que Angelines haya salido de ese tarugo.

-No se dejen llevar por las apariencias,

Ledesma es un buen hombre.

¿Si no, a qué iba doña Felicia a casarse con él?

-Otro misterio, como la amistad que tiene con usted.

-Don Copérnico Ledesma puede parecer petulante, brusco, sí,

y si me apuran, pendenciero,

pero tiene un buen fondo, háganme caso,

que tengo un don para calar a la gente.

-Buenas. -Ledesma,...

qué alegría verle.

Le he traído dos regalitos de los buenos para usted,

por algo somos amigos. ¿Sabe usted lo que es esto?

-Unos boletos. -Unas entradas para los toros,

tendido nueve.

En barrera,

en la sombrita, para no pasar calor y ver al gran Cocherito de Bilbao.

¿Lo conoce? -No, yo soy más de vacas y caballos.

-Eso conmigo se va a acabar. -¿El qué?

-No conocer a Cocherito.

Él mismo en persona le dio las entradas a Arantxa, mi criada.

Resulta que los dos son de las vascongadas, de donde es usted.

-Soy de Santander.

-Ah, bueno, tanto monta, monta tanto.

Nos vamos a ir los cuatro a la plaza:

el portero, el sereno, usted y yo, ¿qué le parece?

-Dijo que tenía dos regalos, ¿dónde está el otro?

-Aquí delante.

Estos dos buenos amigos se han ofrecido a disputar

una partida al dominó.

-¿Al dominó?

-Sí, pero con apuestas.

-¿Apostando?

-Pues claro, ¿cómo va a ser?

-Lamento decepcionarles, pero ya le dije a don Jose que tengo la ronda.

-¿Tampoco vas a venir a los toros? -Lo siento profundamente.

Que lo disfruten ustedes. Con Dios.

-Pues sí que es una fatalidad, sí.

-A los señoritos de ciudad

se os va la fuerza por la boca. Mucho prometer y luego na.

-¿Y si en vez de al dominó jugamos a los dados?

-Por mí no hay ningún problema, a mí me da igual lo que sea

con tal de jugar, apostar y ganar. -Bien dicho, amigo Ledesma.

Ya has oído, Jacinto,

quita las fichas y vamos a sentarnos.

-Pero... ¿apostando?

-Claro, con dinero.

Los juegos sin dinero son pa niños de teta,

y nosotros estamos bastante creciditos.

-Qué arte tiene este hombre.

-Venga,... dados y cubilete.

-Creo que Servando tenía unos por ahí.

-Señor Domínguez, ya que le sobra una entrada pa los toros,

¿le importa si viene la Marcelina con nosotros?

Es que nunca ha estao en ninguna y seguro que le hace ilusión.

-Eso ni se pregunta, Jacinto. Marcelina se viene con nosotros

a los toros.

Y ahora, tú te sientas y juegas.

-Sí. -Venga.

Usted empieza.

-Qué bien se está ahora aquí, y qué pena da marcharse a casa,

con el calor que hace. -Sí, es que el verano es así:

el cuerpo, que te pide calle. -No a todos.

Por ejemplo, los Palacios no se han dejado ver en toda la tarde.

La mantequería ha cerrado antes de hora.

-Mejor que andar a la gresca. A nadie le apetece ver caras largas

por las esquinas.

-Lo contrario que el marido de la artista,

he oído que es íntimo de Ledesma.

-¿Ese cateto?, pero si no tienen nada que ver.

-Eso pensé yo,

pero parejas más extrañas hemos presenciado,

sin ir más lejos, la del difunto banquero y la viuda de Alday.

-Bueno, no creo que esos dos fueran tan distintos.

La misma maldad en diferente funda.

-Sea lo que sea, nos han devuelto parte del dinero que perdimos.

-Porque los remordimientos no la dejarían descansar tranquila.

Se piensa que así nos olvidaremos de todo lo que nos ha hecho.

-Si ese es el precio que hay que pagar

para que nos devuelvan la inversión, no tengo ningún problema,

de sentarla en mi mesa.

-¿Serías capaz?

-Claro.

-Señoras.

-Emilio, ¿qué tal ha ido todo?

¿Has conseguido hablar con Bonifacio?

-Sí. Luego te cuento.

-Emilio, hijo, ¿dónde te has metido? Te estaba buscando.

-Pues... he estado hablando con unos nuevos proveedores.

Tienen precios más asequibles, y nosotros tendremos más margen

de beneficio. -Buena falta nos hace,...

sobre todo ahora con los gastos de la boda.

-¿Por qué me estaba buscando?

-El sereno me ha comentado hace un momento algo inquietante

sobre el señor Domínguez.

Está tejiendo una amistad bastante estrecha con Ledesma,

incluso le ha invitado a una corrida de toros.

-Eso no es de nuestra incumbencia.

Puede hacer con su vida lo que le venga en gana.

-Ya, tienes razón, pero...

¿no te parece extraña la actitud del marido de Bellita?

-¿Sabe qué le digo, madre? Que cuanto menos sepa de ese traidor

de Jose Domínguez, mejor para todos.

-Camino, ven un momento.

Emilio, Camino,...

ahora que estáis los dos,... quiero deciros algo importante.

-¿De qué se trata, madre?

-Se acerca la fecha de la boda...

y aunque yo confío en poder acostumbrarme a Ledesma,

sé que vosotros no seréis felices a su lado.

Quiero que comencéis una nueva vida lejos de aquí.

Os daré dinero para que os marchéis a otra ciudad

e iniciéis vuestro propio negocio.

No quiero que os quedéis en Acacias.

-Pero ¿adónde vamos a ir?

-Lejos de aquí,...

lejos de Santander, donde nadie os conozca,

en el otro extremo,...

a Cádiz.

-¿A Cádiz?

-A Cádiz.

Está decidido.

-Toma.

Póker de reyes, todo para mí y os dejo temblones,

sobre todo el cabrero, que no levanta cabeza.

-Así es la vida, unas veces se gana y otras se pierde.

-Unos más que otros, que aquí el del norte me ha dejao más pelao

que a un pavo en pascua.

-Bueno, no te desanimes, una más, la revancha.

-Como no me dejen apostar con garbanzos, no sé con qué.

-Si es por dinero, yo se lo adelanto,

que tengo la suerte de cara,

y no me parece bien hacerle un feo al destino.

-Bien dicho, déjele unos reales al portero.

-Para entramparme más, mejor abandonar.

-Buenas.

¿Todavía siguen ustedes jugando?

-Y que no pare, que estoy de racha.

Traiga una botella de vino, y apúntesela a estos amigos,

que los perdedores pagan, según la costumbre.

¿El excusado? -En el pasillo.

-Voy a echar una meadita rápida y enseguida vuelvo.

-Qué pocas maneras tie este hombre.

No lo veo yo, no lo veo con doña Felicia.

-¿Usted también, Fabiana?

Vaya ojeriza le tienen todos a este pobre hombre.

-Pa pobre yo, que hay que ser bien pollino

pa dejarse ganar de esta manera.

Lo dice Marcelina, que soy un blando,

que con dos palabras bonitas... me arrastran al infierno.

-Deja de lamentarte. Toma, lo que has perdido.

-¿Y esto? No entiendo na.

-Ya lo entenderás, no te preocupes.

Y ahora te aconsejo que te vayas antes que este hombre vuelva.

-Don Jose, le agradezco la invitación a los toros,

pero con este no quiero ir ni a la esquina.

-Fabiana, ¿tú conoces a Cocherito de Bilbao?

-El Cocherito, claro que sí, señor, un torero que a mí me gusta mucho.

-Bueno, bueno.

-¿Y el cabrero, se ha ido?

-Con el rabo entre las piernas,

es que usted no ha tenido clemencia de él.

-En el juego, como en la vida, siempre gana el mejor.

¿Se atreve usted a otra partidita?

-¿Por qué no?

La suerte... puede cambiar en cualquier momento.

-Lolita, estoy pensando que quizá el reloj quede mejor aquí

que debajo de la ventana,

porque así vemos la hora desde el sofá y desde el comedor,

pero si te parece mal, lo devuelvo a su sitio.

-No,... ahí se ve la hora divinamente, Carmen.

Ha tenío una idea fetén.

-¿Seguro que no te molesta?

-No. -Es que no te veo muy convencida.

Mira, vamos a hacer una cosa.

-Que no. -Que sí.

-Ni se le ocurra moverlo, ese sitio es perfecto.

-¿Otra vez estáis a la gresca? Poco os ha durado el armisticio.

-No, Ramón,...

solo estábamos cambiando un reloj de sitio para ver la hora mejor.

-¿Y os habéis puesto de acuerdo? -Por supuesto.

Que tuviéramos nuestros más y nuestros menos hace un tiempo,

no quiere decir que eso haya cambiado, ¿verdad?

-Verdad, Carmen.

-Me alegro de que hayáis entrado en razón y podamos vivir todos en paz.

-Bueno,...

para estar tos en paz,... lo mismo tendría usted

que darse por aludido, suegro, porque la casa es de tos,

no solo de Carmen y mía. Digo que en lugar de leer

tanto el periódico, podría arrimar un poco más el hombro,

y así su mujer no se quejaría tanto de la espalda.

-¿Me estás diciendo lo que tengo que hacer y lo que no?

-¿Qué pasa? -Tu mujer,

que me está llamando vago redomado.

-No tergiverses, que Lolita no ha dicho eso.

-O sí, Carmen, sí, sí. Que se enteren los dos.

No hay derecho a que la Carmen y yo estemos to el día deslomás

y padre e hijo, to el día sentaos en el sofá.

-Eso. -Lolita,

¿primero necio y luego vago? Pídele perdón a mi padre, ya.

-¿Perdón por decir la verdad? -Es que eso no es verdad.

Antoñito y yo nos pasamos el día entero trabajando, a ver si no

quien trae el sustento a esta casa. -Ustedes, y una servidora,

que echo más horas en la mantequería que una beata en la iglesia, suegro.

-Como si fuera lo mismo.

-¿Te estás riendo de mí, cariño?

-No.

-Vergüenza tendría que darle.

-Yo no he dicho nada.

-Te has reído. -No.

-Amor, te has reído. -No se ha reído de ti.

-Lo he visto yo.

-No he visto que se riera. -¿Me he reído, padre?

-No, no te has reído. -Ramón, se ha reído.

-¿Le apetece poner la mesa? -Mira, pueden ir probando ya.

-Me siento yo también, a ver quién lo hace.

-No creo ni que sepan. -Hala, ay, qué a gusto.

-Tenían que ver cómo se pavoneaba Ledesma

con la desgracia de Jacinto. -Pos eso está muy mal.

Hay que ser mala persona pa reírse del mal ajeno.

-Sí, sobre todo cuando se trata de dados, que te toca o no te toca.

-Y además a Jacinto ni le rozó. -¿Y el marido de Bellita no hizo na?

-Sí, jalearle y reírle las gracias a Ledesma,

que todavía no sé a qué viene darle tanto carrete a un tipo como ese.

-Ya. Y usted, señá Arantxa, ¿sabe algo de esa amistad?

-Yo algo les he oído a mis señores,

pero todavía no sé qué se traen entre manos.

También le digo, lo que tiene uno de gracioso,

de malencarado lo tiene el otro.

-Pos ya pondré yo la oreja y me enteraré, porque doña Rosina

le da a la sinhueso con doña Susana.

-Yo también estaré pendiente.

Y usted, Arantxa,

ya verá lo que hace, que nosotras tampoco

queremos ponerla en un compromiso.

-¡Me han aceptado!

¡Me han aceptado! El rey me ha aceptao, Fabiana.

-Ay, amá,

que este ha perdío la chaveta.

-No grite, que lo van a meter preso por mentar al Rey.

-Que no, que no, que voy a entrar al servicio de su majestad.

-Bueno, cálmese, que le va a dar un flus.

-Oiga, ¿y pa qué le han cogido?

Parece que le ha tocao la lotería.

-Voy a entrar a las órdenes de su majestad Alfonso XIII,

para una nueva iniciativa

que ha puesto en marcha. -Madre mía,

¿y qué iniciativa es esa? ¿Lo van a mandar a África?

-No, no, servidor irá donde su majestad le asigne.

-¿Y cómo ha sido eso, le llevó usted la carta de recomendación?

-Sí, sí, le llevé la carta de recomendación y la solicitud,

pero la carta de recomendación estaba firmada

que por el jefe de los serenos.

-Entonces, nos tendrá que llevar a palacio,

que creo que hay por lo menos 100 habitaciones.

-Pues ya le veo, todo el día haciendo camas.

-Señá Arantxa, no se chotee,

que luego querrá que la lleve a palacio.

-Claro que organizaré una visita por palacio,

pero primero tengo que pasar la selección.

-Pero ¿cómo? ¿Aún no le han cogido, entonces?

-Sí, hay que pasar una prueba de selección muy rigurosa,

pero vamos, la voy a pasar con creces.

-No lance las campanas al vuelo, que la caída puede ser de órdago.

-Ande, Fabiana,

déjelo, ¿no ve lo contento que está?

-Di que sí. Mira,

si parece un niño chico.

-Un niño chico que va a contribuir en una causa real.

Voy a pasar a los anales de la posteridad.

-Jesús. Pues yo le felicito, Servando,

de todo corazón, aunque todavía no me ha quedado claro

qué va a hacer con el rey. -Bueno, ¿qué más da?

Lo importante es que lo quieren a él.

-Muy bien dicho, Casildilla, muy bien dicho, si más claro, agua.

Aquí tiene, doña Genoveva. Gracias.

Póngame también unos nardos, me gusta el olor que desprenden.

Pero estos no se los cobro, que bien agradecidos

le estamos por traer a esos muchachos de África.

Gracias, Marcelina.

Qué pena pa esas mujeres tener a sus criaturas tan lejos,

y tan solitas.

Esas mujeres le van a estar mu agradecida,

que gracias a usted podrán verlos de nuevo,

y cuidarles.

-No le dé más vueltas a la fotografía,

lo importante es que consiguió tranquilizar a Andrade.

-Ha arriesgado demasiado.

Podría haberle descubierto.

-Tengo el mismo instinto de autoprotección

que cuando era policía.

Confíe, algún día se lo explicaré todo.

-Eso espero. Mauro,...

le agradezco que me permita regresar a mi casa,

aquí me siento más seguro. -Los hombres lo vigilarán,

no tiene nada que temer.

-¿Y si nos ven juntos?

-No, el peligro ya ha pasado.

Aunque, si no fuera así, espero que Dios nos proteja de nuevo.

-No le hacía tan piadoso.

-En algo hay que creer, ¿no?

-Ojalá este Dios nos diera algo de luz sobre Marcia.

No soporto la espera,...

no soporto la incertidumbre sobre su paradero.

-Sé que está sufriendo mucho,

pero debe mantener la cabeza fría.

Un mal paso puede dar al traste con nuestra operación.

-Lo intentaré,... pero no va a ser fácil.

-¿Qué? ¿Qué le parece, doña Genoveva?

Sí. Quédese con el cambio.

Le pregunto si peonías blancas o rojas y me salta con esas.

Qué respuesta más rara.

-¿Quiere una fruta, padre?

-Sí, hijo, la misma que tú.

-(TOSE)

-Carmen, que se atraganta.

Tome. Cuidao. Un poco de agua.

Beba, beba.

Uy, uy, uy. Uy, uy.

¿Mejor?

-Sí, mejor. Mejor, Lolita.

-Me voy a dormir.

-¿Y dónde vas a hacerlo?

-¿Adónde va a ser? En mi habitación.

-(RÍE)

-¿Y a ti qué te hace tanta gracia?

Cuenta el chiste en alto y nos reímos tos.

-Era la pregunta de Carmen, que me ha parecido un poco absurda.

-Pues a mí no, porque esta noche te vas a tener que buscar una cama.

-¿Cómo?

-Y no hagas hicieras escenitas, que ya somos mayorcitos.

-Te digo lo mismo que Lolita:

mejor solas que mal acompañadas.

-¿Y qué hacemos? Porque en algún sitio tendremos que dormir.

-No sé. Lolita y yo vamos a dormir en un dormitorio,

y vosotros haced lo que más os convenga.

-¿Y yo qué hago, duermo con mi padre en la misma cama?

-Bueno, juntos o uno en el sofá, como queráis.

-(BOSTEZA)

-Estoy agotada. ¿Vamos, Lolita?

-Vamos.

Buenas noches.

-Ah, y recogéis vosotros la mesa. -Agradecía.

-Esas mujeres le van a estar mu agradecida,

que gracias a usted podrán verlos de nuevo,

y cuidarles como se merecen.

Es un sin Dios dejar a esos soldaos ahí en tierra de nadie.

(Se abre una puerta)

¿De dónde viene?

¿Por qué ha estado ausente todo este rato?

Cálmese, señora. La noto nerviosa,

¿ha sucedido algo?

Me temo que Felipe y Mauro están buscando a Marcia.

Les he visto juntos entrando en el portal.

eso no debería inquietarle.

¡Si nos descubren, podríamos acabar en la cárcel,

o peor aún, en el garrote! Usted y yo.

Usted lo ha dicho, señora, si nos descubren,

y eso no va a suceder.

No quiero morir, Úrsula,...

todavía no,...

y menos por culpa de esa mujer.

Señora,...

nadie va a morir.

Marcia está ya muy lejos

y es imposible que puedan dar con ella.

Confíe en mí.

-¿Me concedes este baile?

-(CANTA EN BRASILEÑO)

(Se abre una puerta)

-Disculpe, don Liberto quiere hablar con usted, ¿lo hago pasar?

-Sí,... claro.

-Iré preparando la cena mientras están reunidos.

-Buenas noches.

Espero no importunarle. -No. Claro que no.

-Sé que no son horas, pero estaba dándole vueltas

al tema de los barcos y, aprovechando

que se encontraba usted en casa, he preferido contárselo

en persona para conocer su opinión.

Don Felipe, ¿se encuentra usted bien?

-La he perdido, Liberto.

Hasta ahora tenía la esperanza de encontrarla.

Nadie desaparece sin dejar rastro.

-No se ponga en lo peor,...

la policía sigue investigando y el comisario Méndez

sabe lo que se hace.

-Empiezo a pensar que la he perdido para siempre.

-Tranquilo, amigo,... tranquilo.

-La compra de personas desde Indonesia es una buena alternativa

a las nuevas leyes antiesclavistas.

Ya sé que todos preferimos a las morenas de Brasil,

pero estas mujeres son dóciles, y no suelen dar problemas de salud,

que es algo que nos preocupa a todos, ¿cierto?

Me gustaría mostrarles algo.

Si no les importa, acompáñenme a un lugar más privado.

Por favor.

No sean tímidos, entren, y disfruten de la belleza.

-Señor Andrade, ¿desea tomar algo?

-Es una pena que ya no podamos disfrutar de ejemplares como este.

Hermosa,...

delicada,... servicial.

¿Quién no mataría por tenerla en su alcoba?

No la toque.

Esta muchacha es la joya de la corona, se mira, pero no se toca.

¿Lo ha entendido?

Sírvenos una ronda.

Ah, y toca el piano para mis amigos.

-Capaces son de castigarnos a pasar hambre,

que anoche nos hicieron recoger la cena.

-Sí, capaces sí que son, pero a lo mejor no se les ha ocurrido.

-Seguro que tienen una lista con más de 100 maneras de hacernos sufrir.

-No se nos ha perdido nada en Cádiz, ¿qué pasa con usted?

-Yo sabré cuidarme.

-Camino y yo no vamos a tolerar que se quede sola con Ledesma.

-¿Cuándo vas a dejar de complicarnos la vida?

-¿Complicaros la vida, yo?

Está visto que tú y tu padre sois unos desagradecidos.

-¡Pero ¿qué manera es esa de llamar?!

Dios mío, Mauro, Mauro.

-Estábamos hablando de los ruidos que se escucharon ayer

en casa de don Felipe. Sí, yo también escuché barullo,

pero no sabía de dónde venía.

Pues yo me asusté y le pedí a mi Jose que saliera a ver.

Según me dijo, era don Mauro en la puerta.

-Vengo a por los periódicos pa la pensión.

-No, pero si ya se los llevó la señá Fabiana.

-Caramba, pues... no sé dónde los habrá dejao.

Ah, claro, eso es que se está preparando

para cuando entre al servicio de la Casa Real y no esté.

¿Se ha enterado de algo?

De nada, señora,... pero hay algo extraño.

A Mauro hacía días que no se le veía por Acacias.

-Hay que dar ejemplo, porque bastante esfuerzo hacemos

Lolita y yo por haceros felices. -¿Y nosotros no?

-No fui a Barcelona por el negocio.

Estuve en Santander,

buscando una forma de deshacernos de Ledesma,

y creo que la he encontrado.

-Porque nos lo ha pedío don Jose, que si no, no me acerco a un sitio

donde apueste ese. -Ha dicho don Jose

que nos iba a devolver el dinero que perdiéramos de su bolsillo.

-Mucho interés tiene, esperemos que sea por una buena causa.

-A mí me enseñaron que en la mesa, en la cama y en el juego

se conocía a los caballeros.

De momento, quiero hacerles un regalo.

Vengan conmigo.

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Acacias 38 - Capítulo 1093

09 sep 2019

La serie, ambientada a principios del siglo XX, esta situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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  1. Monin

    Esta serie se ha vuelto solo cotilleos, aquello que mostraba la evolucion social en Espsña, ya no queda nada... muy malita, no la veo mas!!!

    10 sep 2019
  2. Antonio Rodríguez

    Como es posible que hoy día 10 de Septiembre, se haya nombrado La Guerra de los Balcanes?.

    10 sep 2019
  3. Belen

    Hoy, capítulo 1094 DEJO DE VERLO. Lo han conseguido!!!! un tostón, qué pena, de verdad. Es lo único que veía de la 1.Se les ve, un montón, el plumero y el rollito hembrita de sobrada en contra del machito de turno, todo es lo mismo. Diálogos propios de reality casposo, tipo GHvipDuo. Se creen que la audiencia es tonta. Pues no, se nota el corte en cuanto han tomado la serie al asalto. Lo mismo pasó con Servir y Proteger. Me paso a Camioneros de Australia, en BeMad.

    10 sep 2019
  4. Berta

    Me encantaba. Ahora es un rollo total. El guión sin sentido, diálogos lentos, sin venir a cuento. Los personajes han perdido su esencia. En fin, seguramente no lo publicarán, sólo publican los que dicen que está muy bien. Democracia, en estado puro. Se están cargando la serie.

    10 sep 2019
  5. teresa fraga

    Me encanta este serie.Sus personajes son excelentes,te ries,lloras te enfureces con los malvados .En fin tiene de todo

    10 sep 2019