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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1091 - ver ahora
Transcripción completa

Andrade es el hombre al que buscamos.

-De eso no tengo duda.

Pero parece que no quiere admitir

que el tráfico de personas es su negocio.

-Dele tiempo, el anzuelo ya está echado.

Dentro de muy poco se pondrá en contacto con nosotros.

Este dinero será suyo si desaparece de nuestras vidas.

Son todos mis ahorros.

Déjenos vivir tranquilos.

-No, no lo voy a hacer. Sería un mal negocio.

¡Quiero ir a casa de ese malnacido y arrancarle la piel!

-Felipe, sé que su rabia es mucha, pero si hiciera eso,

lo único que conseguiría es perderla para siempre.

Tiene que ser frío y calculador.

¿Desde cuándo estáis así?

-Desde que entré a vivir aquí.

¿Cómo va, amigo, ya de vuelta?

-He venido a recoger unos documentos.

-Le veo algo circunspecto. ¿Ocurre algo?

-Estaba meditando en ciertos asuntos.

Ahora que ellos lo saben, deberíamos pensar

en llevarnos mejor.

Si puede ser, claro.

-Pues mal empezamos, Carmen.

Mal empezamos si ya está dudando desde el principio.

-¡Que es un decir, mujer!

-¡Pero con muy mala baba!

-¡Virgen santa, esto es un imposible!

Hace un rato estaba dando un paseo después de la misa

y me he topado con ese malnacido de Ledesma.

Nos desprecia porque no estuvimos sentados con él.

¿Y sus peinetas?

-Que me he dejado las peinetas en el baño y me las han afanado.

"Andrade se ha puesto en contacto conmigo.

Se marcha unos días de la ciudad.

A su regreso concertaremos una cita.

Sé que está impaciente, pero tómelo como una buena notica.

Andrade nos ha abierto las puertas de nuevo".

Una buena noticia.

¡Maldita sea!

Tenemos que actuar ya.

No, no te voy a dar el gusto de hacerte caso.

Tú mismo me dijiste en numerosas ocasiones

que Lolita estaba teniendo un embarazo insoportable.

-Eso no se lo he dicho, no tergiverse mis palabras.

-Me lo dijiste muchas veces.

Tienes la misma mala intención que ella.

-No quiero seguir escuchándole. -Ni yo te lo estoy pidiendo.

Si está en esa casa, la salvaré.

Así sea lo último que haga.

¿Dónde se habrá metido este malnacido?

Este pollo...

Este pollo es capaz de cualquier cosa.

¿Usted?

Gracias a Dios, daba por hecho que algo le había pasado.

-¿Qué me podría haber pasado?

-Vaya usted a saber. Veo que acaba de llegar.

-Sí. Quería hablar con usted antes de que se supiera.

-Has hecho bien. ¿Qué tal su estancia en Santander?

-Pues he tenido algunas complicaciones.

Tenía que pasar desapercibido delante de mis conocidos.

-¿Y lo ha logrado?

-Creo que sí, nadie me ha reconocido.

He estado indagando en el pasado de Ledesma.

-Cuidado, que lo acabo de ver por aquí.

¿Y qué, qué ha podido averiguar?

-Que se trata de un hombre sin escrúpulos.

-Pues para descubrir eso, se podría haber ahorrado el viaje.

Eso lo sabemos de antemano.

-Ya lo sé.

Pero no he podido encontrar nada que podamos usar en su contra.

-No desesperemos, Emilio.

Algo habrá que se nos haya pasado.

Alguien de su calaña por fuerza tiene que estar manchado.

-Eso creía yo, pero parece que me equivocaba.

-No me creo que en su vida

no tenga un episodio que quiera ocultar.

-Lo único que he encontrado que pudiese resultar

mínimamente comprometedor fue que...

Que algunos de los hombres de sus cuadrillas

murieron bajo extrañas circunstancias.

-¿Y se sabe la causa?

-No se sabe bien.

Se sospecha que quizá pudo haber sido por alguna intoxicación.

O un mal contagioso que contrajeron durante su labor.

-¿No tienes más información? -No.

Por desgracia, no.

-Bueno, menos da una piedra.

Quizá de ahí podamos tirar del hilo.

-¿Usted cree? -Hombre...

sé que es poco, pero es lo único que tenemos.

Debemos tratar de averiguar qué les pasó a esos desdichados.

-Tiene usted razón. -Bien.

Ahora márchese a casa. Mañana será otro día.

No quiero que nos vea juntos. -De acuerdo.

(SUSPIRA)

Mi amor, ¿estás bien? Dime que estás bien.

¿Qué te han hecho?

Mi amor, ¿qué te han hecho? Contéstame.

Mi amor, contéstame.

(GRITANDO) ¿Qué le ha hecho?

¡Contésteme! ¿Qué le ha hecho?

(RÍE)

-Mi amor, por favor.

¿Qué pasa por tu cabeza?

Por favor, reacciona.

(MARCIA RÍE)

-¡Contésteme, canalla! ¿Qué le ha hecho?

¿Qué le ha hecho? ¡Conteste!

(RÍE)

(RÍE)

(Risas)

¿Quién es usted?

¿Dónde estoy?

Mauro.

-Está en el hotel, Felipe.

Deje que le ayude a levantarse.

-¡Oh! -Venga.

-Le agradecería que me contara qué está ocurriendo.

-Te puedes marchar.

No te necesito más. De momento.

-He hecho una pregunta. -La respuesta es sencilla.

No me fiaba de lo que pudiera intentar.

Y mis sospechas no eran infundadas.

-¿Quién era ese hombre?

-Alguien a quien pago para que le tenga vigilado

y evitar que cometa alguna tontería.

Esta noche se ha ganado el sueldo.

-¿Ha mandado seguirme? -Sí.

Y a la vista está que con mucho éxito.

Veo que ni lo sospechaba.

-No me lo puedo creer.

Quería tenerme controlado.

-Por su seguridad, Felipe. Y demos gracias a que lo he hecho.

¿Cómo se le ocurre ir solo a la casa de Andrade?

¿Ha perdido el oremus?

¿Qué se proponía? -¡Mauro, ya lo sabe!

Encontrar a Marcia.

-Lo único que va a conseguir es condenarla para siempre.

No olvide que estamos juntos en esto.

No puede actuar a mis espaldas. -Mauro.

Le pido que deje la regañina para más adelante.

Me duele demasiado la cabeza para seguir discutiendo con usted.

Su matón puede presumir de tener una buena pegada.

-Pues no le obligue a utilizarla de nuevo.

Échese a dormir. Ya hablaremos mañana.

Pero le ruego que confíe en mí.

Si ama a Marcia, es lo que debe hacer.

Le juré que la encontraríamos y no faltaré a mi palabra.

Ah.

Oh.

Lolita.

¿Serías tan amable de pasarme la salsera, por favor?

-Claro, Carmen, ahí la tiene.

-Gracias.

-Perdone que se lo diga, Carmen.

Se ha equivocado con las copas de agua.

-No, perdóname tú.

Pero algo sé sobre poner mesas.

Y estas copas son las apropiadas.

-Ya, ya lo sé.

Yo también he servido en casa ajena y sin queja alguna.

Que parece que lo olvida.

Pero esta cristalería la usamos para ocasiones especiales.

Que se rompen con solo mirarlas.

-Entonces, la solución es sencilla: no las mires.

No entiendo que tengamos

una cristalería tan bella que no se use nunca.

-Tampoco pasa nada por beber en vasos normales.

Digo yo.

-Voy a por los otros. -No, Carmen.

Tienes toda la razón.

En la mesa hay que saber guardar las composturas.

-A mí me apetece beber agua en vaso.

En vaso normal. Voy a por ellos.

(CARMEN SUSPIRA)

Ya ni beber agua en paz se puede en esta casa.

-Toma, cariño, tu vaso normal.

-Gracias, amor. Brindemos.

-No, no.

No brindes con agua, Lolita, que trae mala suerte.

-Peor sería brindar con vino, que estoy embarazada.

Aunque lo olvide con tanta alegría.

-Lolita, ¿le puedes decir a Antoñito que me acerque el vino?

Amor, tu padre dice... -Sí, lo he escuchado, gracias.

Tome, padre, su vino.

-Brindemos nosotros también, Carmen.

-¿Y por qué brindamos, amor?

-Porque te quiero.

Y porque somos solo uno.

Cesáreo.

Como apriete más rebañando, le van a salir cardenales.

-Esto está delicioso. -Ya, ya.

-¿Le retiro el plato?

Ha terminado, ¿no? -Sí, sí.

-¿Precisa usted preguntarlo, Fabiana?

Lo ha dejado medio fregado.

Solo le ha faltado lamerlo como un perrillo.

-Ganas no me han faltado. Cocina usted como los dioses.

-No blasfeme, Dios solo hay uno.

-No me extrañaría que bajara para probar sus guisos.

Después de semejante cena,

ya tengo fuerzas para hacer la ronda de noche.

-¿Seguro que quiere irse?

Pues aguarde, que no ha tomado el postre.

He preparado un arroz con leche para chuparse los dedos.

-A mí no me lo ha ofrecido. -¡No te ondula!

Ni que usted se lo mereciera.

-A ver si usted piensa lo mismo

después de darle esto que le he traído.

-¿Eso es para mí? (ASIENTE)

-¿Y qué es, Servando?

-Si quiere averiguarlo, ábralo y saldrá de dudas.

-¡Ah!

¡Peinetas, Servando, son peinetas!

-Me encorajinaba que se quedara sin ellas.

-No tenía por qué haberse gastado tanto parné.

-¿Son de su agrado?

-¿Cómo no me van a gustar? Ahora mismo me las pruebo.

-¡Huy!

-¡Ay, que es usted pan de Dios!

¡Oro molido, de todo!

-Ande, ande, ande.

Mírela usted, Cesáreo.

Está más contenta que una niña con zapatos nuevos.

En este caso, con peinetas nuevas.

-Me sorprende usted, no me esperaba un detalle así de su parte.

-Pero bueno, ¿por quién me toma, por un tipo egoísta,

interesado y sin corazón?

-¿Está seguro de que quiere que conteste a eso?

-Ya ve que se ha equivocado. Soy un hombre desprendido.

-Me cuesta creer que se haya gastado más parné en Fabiana.

-La verdad es que no me han costado.

Las peinetas las he pagado con las ganancias

que he sacado de vender la botella que me regaló Fabiana.

-Pues sí que le ha sacado provecho.

-También he de confesarle otra cosa.

Esas peinetas son más baratas que las otras.

No le diga nada a Fabiana.

No son de auténtico carey.

-Está bien, seré una tumba.

No me interesan los cambalaches que haya hecho para conseguirlas.

Me importa la felicidad de Fabiana.

-Venga, venga. -Ya están puestas.

¿Qué, qué les parece?

-Fetén. -Le sientan divinamente.

-Ajá.

Conque ahora me sientan muy bien. El otro día no decía lo mismo.

-No nos lo tenga en cuenta, estábamos bromeando.

-Está bien, se han ganado los dos

los cuencos más grandes que se han visto de arroz con leche.

-¡Ole!

Fíjese si nos gustará el arroz con leche en Naveros,

que hasta tenemos un refrán que así reza:

Me gustaría estar despierto todo el día desde la mañana

si el río de Naveros trajera leche

y en lugar de granos de arroz, castañas.

-Pero eso lleva más castañas que granos de arroz.

-No vea cómo son los cuencos. -Como su cabeza.

-Oiga, que estoy hablando en serio.

Y después le echamos por encima un chorrito

de licor de castañas y aquello está...

-¿No se le pone azúcar por encima?

-No, el azúcar lo saca la misma castaña del licor.

Vamos, aquello está de rechupete.

Eso son maneras de comerse un arroz con leche.

En cuenco grande y con licor...

-Ea, pues aquí tiene.

Uno para usted y otro para usted.

Que se lo han ganado.

Y me voy, que todavía tengo que recoger los cacharros.

-Adiós.

-Que digo yo que esto será la muestra.

-Eso espero.

Emilio, hijo, no sabes cuánto me alegra tenerte de vuelta.

-Lo comprendo, el restaurante trae mucha faena.

-No solo te he echado de menos por eso.

Me angustiaba saber que retrasabas tu regreso sin motivo.

-Lo lamento.

Me retrasé más de lo que pretendía.

-Al menos el viaje te habrá servido para airearte un poco.

-Sí, bueno, me ha durado bien poco.

Saber que tengo que ver a Ledesma ha terminado con mi buen ánimo.

-Lo comprendo, hijo.

Más vale resignarse.

Y es mejor que lo hagas cuanto antes porque por ahí viene.

-¡Hombre, Emilio!

Has vuelto de Barcelona. ¿Cómo te ha ido?

-Bien, gracias.

-¿Y al final qué has comprado?

-Nada, no he visto nada que mereciera la pena.

-¡Qué raro!

En las ferias siempre hay muy buenas ocasiones.

-Es posible, pero yo no las he encontrado.

-Por cierto.

¿Dónde estaba situada la feria?

Porque he preguntado a algunos conocidos

y ninguno sabía nada de ninguna feria en Barcelona.

-Es que no estaba en Barcelona, estaba en un pueblo cercano.

-Ah, claro, será eso.

-¿Por qué no pasa al restaurante? Hay torrijas recién hechas.

Las estamos sirviendo en verano para no esperar a Semana Santa.

-¡Qué buena idea, Felicia!

Pues habrá que entrar a probarlas.

Qué lista es tu madre.

Aunque me mima demasiado.

Emilio, hijo, contente, no caigas en sus provocaciones.

-Me cuesta la vida, madre.

No puede unir su vida a la de ese hombre.

-Hay que aceptarlo, hijo, ese es mi destino.

En tu ausencia intenté deshacerme de él ofreciéndole dinero.

-A la vista está que no lo ha conseguido.

-Lo rechazó sin duda.

Está empeñado en llevarme al altar.

Más vale que lo aceptemos cuanto antes.

¡Pero bueno, prima, despierta, que te duermes encima de la leche!

-Pues no me vendría mal, no te creas.

He estado en vela por culpa de tu primo.

-Te ahorras los detalles, no nos interesan vuestras intimidades.

-¡Quia, ojalá fuera por eso!

Lo que me mantuvo desvelada no fueron sus juegos,

sino sus ronquidos.

No sé cómo los vecinos no se han quejado.

Se le oía a dos leguas a la redonda.

-No seas tan exagerada.

-Pero si tú lo has oído, prima.

Es todo un prodigio.

No me extraña que los lobos no se comieran sus ovejas.

Se espantarían al oírle roncar.

-Ay.

Buenas.

-Pues sí que nos hemos levantado mohínas esta mañana.

Parece que la señora Agustina ha escuchado los ronquidos.

(BOSTEZAN)

-Pero dejen de bostezar.

Que me lo van a pegar a mí.

¿Usted también ha dormido mal?

-Mal no, Casilda, déjalo en nada.

Estoy muy preocupada por don Felipe

y sus idas y venidas.

-Dirá por sus idas porque sus venidas no abundan.

Que no se deja ver el pelo.

-Te equivocas, ayer pasó por casa.

-¿Y por qué está tan alarmada, si lo tiene en casa?

-De eso nada, no se quedó más allá de un suspiro.

No tardó en ponerse nervioso y me mandó pedirle un coche.

-¿Para ir adónde?

-Eso, Marcelina, quedó entre él y el cochero.

A mí no me dijo palabra.

-Así son los señores, no nos dan explicaciones.

-Lo que me inquieta es que no ha regresado en toda la noche.

-¿Y cómo puede estar tan segura? Quizá vino bien tarde.

-Ni tarde ni pronto.

Esta madrugada he bajado a la casa

a comprobar si estaba y nada.

-Tampoco tiene que despertarse al alba

para comprobar si el señor está en la casa.

-Ni que fura su madre.

-Me preocupo por él como si lo fuera.

Y sé que no me faltan motivos.

Cuanto más tarden los barcos en llegar a África,

mayores penalidades tendrán que pasar nuestros soldados.

-De ahí nuestra urgencia, pero no es fácil prepararlo todo.

-Liberto, te hacía en casa, no sabía que habías salido.

-Estábamos comentando los avances

en la repatriación de los soldados.

Pero no están siendo tan rápidos como nos gustaría.

-Aunque la labor de Liberto está siendo encomiable.

De eso no cabe ninguna duda.

-¿Y su nuera cómo está, tiene muchas molestias?

-Las propias de su estado, pero bien, agradezco su interés.

-Pobrecita, deben tener paciencia con ella.

No debe ser fácil la convivencia.

-No le voy a negar que han tenido algunos choques.

Nada que no puedan solucionar al momento.

-¿Y Antoñito y usted?

Lo último que quiero es malmeter.

Esta mañana he visto a Antoñito salir de casa

muy enfadado, hablando solo, quejándose.

-No es de extrañar.

A veces las cuitas del trabajo pueden con nosotros.

-¿Seguro que es el trabajo el que lo tiene tan alterado?

-Tía, por favor, ya basta.

-Liberto. -Parece que lo está interrogando.

-Sin mucho resultado, todo sea dicho.

No suelta prenda.

Así que déjame preguntar a mí, querido.

¿Hay novedades de Felipe y de don Mauro?

Buenas. -Buenas.

Disculpen, no he podido evitar escuchar a doña Rosina.

Yo también estoy muy preocupada por don Felipe.

Está mucho más afectado de lo que dice por la marcha de Marcia.

-Lamento decirlo, pero a mí me pareció lo mismo.

¿Qué le comentó?

Apenas nada, el encuentro fue breve.

-¿No trató de justificar sus ausencias?

-Levemente, dijo que tenía mucho trabajo.

Y que este le obligaba a estar codo con codo

con unos colegas de una ciudad próxima.

-Eso explica que pase tan poco tiempo en Acacias.

-Así es y ante la urgencia del asunto,

se veía obligado a pernoctar algunas noches

para perder el menor tiempo posible.

-¿Y tú le creíste?

-¿Qué otra cosa podía hacer?

-Es que ahí hay algo más.

No se me va de la cabeza la visita del comisario.

-¿El comisario Méndez estuvo en Acacias?

-Sí, preguntando por Felipe y Mauro.

-Seguro que tiene que ver con la desaparición de Marcia.

Pobre Felipe.

Lo que menos necesita es que se lo recuerden.

Un hombre tan sensible sigue afectado por su abandono.

-Estoy totalmente de acuerdo.

Por eso debemos estar prestos a mostrarle nuestro apoyo

y nuestra estima cuando lo necesite.

En fin, les dejo.

-Con Dios. -Con Dios.

Ahí va. Enseguida te pongo tu queso, Marcelina.

El Jacinto te dirá que no tiene

nada que envidiar al de sus ovejas.

-Qué bien te veo, Lolita.

Hacía tiempo que no te veía tan relajada.

-Ya ves, hija, faenar, que templa mis nervios. Tú dirás.

-Un poquito más. Ahí, perfecto. -Ahí va.

-¿La Carmen dónde anda?

¿No te estaba ayudando?

¡Huy!

Lolita, ha sido mentarte a la Carmen y ponerte nerviosa.

-Mis motivos tengo.

Entre tú y yo, Marcelina,

estoy mejor sin ella.

-Pero un poco de ayuda nunca viene mal.

-Si quieres, te la mando al quiosco envuelta y con un lazo.

-¿Prefieres estar sola que tener aquí a tu suegra?

-Mi suegra no es, no es nada mío.

Es la mujer de mi suegro.

-Tanto monta, monta tanto.

-Que no, que es mejor que no venga a la mantequería.

Está muy bien paseando con su marido, haciendo de señora.

Mi suegro es muy señor y ella es muy señora.

Les gusta beber el agua en el vaso indicado. Ya me entiendes.

-La verdad es que ni papa. ¿De qué vasos hablas?

-Que yo estoy muy bien sola

y así voy a estar hasta que nazca mi retoño.

¿Ya lo notas?

-No, aún es pronto, pero lo noto aquí y aquí.

Así que no necesito a la Carmen para nada.

Ya sabes, mejor sola... -Que mal acompañada.

-Pues eso.

-Carmen, no le hemos oído. -¿No me digas?

Sí, ya lo he podido comprobar.

Veo que tardas poco en hablar mal de mí a mis espaldas.

-Descuide, si quiere, se lo digo a la cara.

-Mujer, tampoco es eso.

Tan solo comentábamos lo bien que estaba paseando con su esposo.

-Ya.

-¿Alguna cosita más?

-Un par de chorizos para guisar. Voy a hacer unas lentejas.

-Les dejo solas para que puedan seguir hablando de sus cosas.

-De los que pican, ¿verdad? -Mejor, de los normales.

Sí.

-¡Ay!

No te imaginas lo que te echaba de menos.

Te equivocas, sí que lo imagino.

Yo también lo he sentido. No puedo vivir sin ti.

¿Por qué has alargado nuestra tortura retrasando tu regreso?

Precisaba de más tiempo.

Lo comprendo, necesitabas alejarte de todo esto.

Es muy duro lo que tenías que aceptar.

Yo no he dicho que lo haya aceptado.

Sigo sin tolerar que mi madre se case con ese malnacido.

Me duele más que va a hacerlo por mi culpa, parea salvarme.

No le queda otro remedio, ya lo sabes.

Bueno, eso aún está por ver.

Quizá suceda algún milagro.

¿Sabes?

Por momentos temí que me hubieses mentido

y que no hubieses ido a Barcelona.

¿Qué te ha hecho creer tal cosa?

Llegué a pensar que te habrías ido a Santander.

Que planeabas un plan descabellado para salvar a tu madre.

(RÍE)

Qué tontería, no fue así.

Llegué a elucubrar con que mi padre tenía algo que ver.

Tú no me ocultarías algo así, ¿verdad?

Claro que no.

¿Cómo has pensado algo así? No lo sé.

Habrá sido la desesperación por tu ausencia.

Bueno, ya estoy aquí de nuevo.

¿Por qué no vamos a pasear para celebrarlo?

Hace un día estupendo y quiero estar a tu lado.

Me encantaría, pero me va a resultar imposible.

¿Y qué te lo impide?

He quedado con unos proveedores y no puedo posponerlo.

(Pasos)

-Hola.

Hola, Camino.

¿Te apetece venir a pasear?

Es que tu hermano ha quedado con unos proveedores

y prefiere su compañía.

Quizá más tarde pueda acompañarte.

Ahora me precisan en el restaurante.

Hay mucha faena.

Ya me voy a pasear sola.

Luego te veo.

-Adiós, amor mío.

-¿Proveedores?

-Tengo que ir a la biblioteca a investigar

sobre los fertilizantes que usaba Ledesma.

Y después me veré con un periodista que investigó las muertes.

-¿Crees que vas a descubrir algo? -Eso espero.

Es nuestra última esperanza.

(Puerta)

Buenos días, Fabiana. -Buenos días, Cesáreo.

¿Por casualidad ha visto usted a Jacinto?

-No, no lo he visto. ¿Para qué lo necesita?

-Para que suba al altillo. Se ha estropeado el timbre

y las criadas andan como locas porque no saben cuándo las llaman.

A ver si el hombre lo arregla.

-Eso falla más que una escopeta de feria.

-Tiene usted razón.

Por no hablar de las ventanas.

No sabe las corrientes tan frías que hay en invierno.

Anda que no he sufrido estos años en el altillo.

¿Quiere usted un cafelito?

-No, he venido a ver si tenía el periódico de ayer.

Sale un artículo sobre Belmonte. ¿No le quedará algún ejemplar?

-Aquí tengo un montón.

Los guardo para limpiar los cristales.

A ver, a ver...

Está usted de suerte.

Aquí lo tiene. -Gracias.

Luego se lo devuelvo.

-No, vaya tranquilo, no hay problema.

-Con Dios. -Con Dios.

Si ve a Jacinto, dígale que lo buscan.

-Así lo haré. Gracias. -A más ver.

¡Úrsula!

¡Úrsula, venga de inmediato!

Señora, ¿desea algo? Sí.

Para empezar, que me conteste algo.

¿Qué opina acerca de la visita de ese comisario a Acacias

de la que nos ha hablado Rosina?

Nada, no creo que deba preocuparnos.

¿No le resulta alarmante que pregunte por Mauro y Felipe?

¿Y tampoco le parecerá obvio que Felipe sigue investigando?

Y que sus excusas de trabajo no son más que falacias.

Comprendo que la señora esté nerviosa.

Lo comprende.

Menos mal, me quedo mucho más tranquila.

También comprendo que don Felipe siga intentando

encontrar al amor de su vida.

Es lo mismo que hace usted. ¡Basta ya!

Deje de mofarse de mí y dígame a dónde quiere llegar.

Ahora mismo, señora.

Quiero que se calme.

Que se quede tranquila de una vez por todas.

Me he encargado de Marcia, como le prometí.

La he sacado de su vida para siempre.

Sé que le cuesta, pero debe confiar en mí.

Espero que mi éxito le haga convencerse de que yo

nunca fallo.

Eso está aún por ver.

Quizá el éxito del que tanto presume

termine por convertirse en un fracaso.

Márchese.

Liberto. -Muy buenas, don Ramón.

-Precisamente iba a buscarle. Vengo del Ateneo.

He hablado con unos socios sobre la labor

que estamos llevando a cabo con los soldados.

-Me alegra escucharlo. -Más le alegrará saber

que la respuesta ha sido magnífica.

Están dispuestos a contribuir con grandes donativos.

-Lo necesitaremos si queremos traerlos de vuelta.

-Lamentablemente, aún no tenemos suficiente.

No nos podemos dormir en los laureles.

Debemos sensibilizar a nuestros conocidos.

-Así es, son muchos los que tenemos que traer a casa.

¿Va todo bien? -Sí, no se preocupe.

-Le convido a un café. -Lo tomaremos en otro momento.

He recordado que tengo ciertas cuitas que atender.

-Claro, no se preocupe.

-Con Dios. -Con Dios.

¿Acabas de ver lo mismo que yo?

-Pa chasco que sí, Carmen.

-Parece que nuestros maridos se están evitando.

Bueno, ¿qué?

¿Puedes con el timbre o el timbre puede contigo?

-Dan mucha guerra, no hay semana que no se funda uno.

-Con los empalmes que haces...

-Lo bien que sabe mandar.

-Tienes razón, qué gran general ha perdido este mundo.

-¿Se ha enterado de la que tienen liada los Palacios?

Al parecer, andan de uñas.

-Algo se rumorea. -No, no son rumores.

La Marcelina me ha contado

que la Lolita y la Carmen casi tienen la de Dios es Cristo.

-Eso solamente puede acabar de dos maneras.

O muy mal o en desastre.

-Es mala idea meter a dos mujeres casadas en la misma casa.

-Y no solo el enfrentamiento lo tienen la Lolita y la Carmen.

Antoñito ha entrado en la pensión como alma que lleva el diablo.

-¿Y qué quería? -Que no le viera su padre.

-¿Usted cree? -Más claro que el agua.

Se cruzaron e hicieron como que no se veían.

-No sé cómo van a evitarse viviendo juntos.

-No me gustaría estar en ese pellejo.

Es una bomba de relojería.

-A punto de estallar.

Esto ya ha quedado niquelado.

-Con la chapuza que has hecho, eso no dura ni dos días.

-Usted opina de todo, ¿no?

-Buenas.

-Pero Fabiana.

Si yo estoy aquí y usted está aquí,

¿quién leches está cuidando la pensión?

-Tan solo he subido un suspiro.

Quedé con la Casilda en recoger unos manteles.

Tiene que haberlos dejado por ahí.

-Mire a ver si son esos. -Ah, pues sí, estos son.

Huy, Jacinto, como me los haya manchado con esas manazas,

le va a faltar calle para correr.

-¿Y sus peinetas, cómo es que no las lleva puestas?

¿No me diga que las ha perdido?

-Descuide, Servando, están a buen recaudo.

-¿Por qué no se las pone?

¿Qué ha sucedido?

-Verá, Servando, he de confesarle que aunque las peinetas son fetén,

no acaban de convencerme para una servidora.

-Pero ¿eso por qué?

-Porque las veo más apropiadas para una muchacha mas joven.

¿Usted no podría cambiar el regalo por otra cosa?

¿Antoñito no merienda con nosotros?

-Ha dicho que no tenía apetito.

Y es raro, con lo goloso que es.

-¿Sabes qué le sucede para que no quiera merendar con nosotros?

-¿Yo qué voy a saber? Tendrías que preguntárselo a él.

No es un chiquillo para que esté pendiente de si merienda.

Bueno, que no es un chiquillo vamos a dejarlo.

-Mira.

Hablando del rey de Roma.

¿No te sientas con nosotros?

-No, no puedo, me marcho.

Tengo una reunión con los clientes de las cafeteras.

-¿Seguro que no quieres un pastel?

Los he comprado en el restaurante para ti.

Están diciendo: "Antoñito, cómeme.

Cómeme, cómeme".

-No, Lola, no me da tiempo. Cojo un poco de café y ya está.

-Bueno, pues no insisto más.

Voy a guardar los que sobren.

-Eh, ¿dónde vas?

Intuyo que la mesa la has preparado tú.

-Pues sí, ¿por qué?

-A lo mejor la tiene que recoger Carmen.

Es lo justo.

-Tienes razón, Antoñito.

Enseguida lo retiro todo. -No, tú no recoges nada.

-Pero si no me cuesta.

-Ya se recogerá cuando hayamos terminado de merendar.

Yo todavía tengo hambre.

-Ramón.

Nunca meriendas tanto, a ver si te duele el estómago.

-Estoy perfectamente.

Tomaré más café y más suizos.

-En ese caso, iré a prepararlo.

-Espera, te acompaño.

Estaré allí más cómodo.

-Permiso. -Claro.

Uf, se deshace y todo, qué rico.

-Pero ¿qué haces? -Está buenísimo.

-¿No decías que no tenías apetito?

-Cariño.

No te beso, que voy pringado. Luego te veo.

Esto va a acabar como el rosario de la aurora.

Hay que cerrar el trato con el armador para enviar los barcos.

Precisamente de eso quería hablarle.

El armador me ha hecho varias propuestas.

Tiene preparadas distintas embarcaciones para nosotros.

Me alegra tener dónde elegir. Sí.

Hay que organizar una reunión con él antes de ver al comisionado.

Ahora que lo dice, no he podido preguntarle.

¿Cómo marchan las relaciones con Máximo?

De momento, van bien.

Intento hacer mi papel lo mejor posible.

No lo dudo.

Sepa que no puedo estar más satisfecha con su labor.

No podría haber mejor sustituto para Felipe.

Agradezco sus palabras, pero seamos honestos.

A pesar de mis esfuerzos,

don Felipe tiene una capacidad mayor para la negociación.

Espero que se reincorpore lo antes posible.

Y hablando de eso,

¿usted también cree que Felipe sigue buscando a Marcia?

Supongo que siendo tan amigos como son, habrán comentado algo.

Sí, Genoveva, soy del mismo parecer que mi tía.

Me extraña que se haya rendido tan pronto.

Pero se equivoca en algo.

No tengo ninguna evidencia, Felipe no me ha dicho nada.

¿Puedo preguntarle algo?

Sí, por supuesto.

¿A qué viene tanto interés al respecto?

Me mueve solo un interés sincero por su persona.

Le tengo gran aprecio.

Me preocupa lo que está sufriendo por el abandono de esa mujer.

Ya.

He de marcharme, Genoveva.

He quedado con Rosina. No le haga esperar.

Me alegra que todo se haya solucionado entre ustedes.

Lo nuestro nos ha costado. Y le estoy agradecida a Rosina

por permitirnos trabajar en la repatriación de los soldados

después de todo lo sucedido.

Con Dios.

Con Dios.

Disculpe, Agustina.

Usted dirá, doña Genoveva.

Quería preguntarle sobre su señor.

¿Ha llegado ya?

No ha pasado la noche en casa.

Disculpe, señora, no se me moleste,

pero no creo que una servidora

deba hablar de los horarios de su señor.

Su discreción le alaba.

Pero no tema, le pregunto por sincero interés.

Estoy muy preocupada por don Felipe.

Y supongo que usted también, sé bien cuánto le aprecia.

La señora tiene más razón que un santo.

Estoy muy alarmada por él.

En efecto, don Felipe no durmió ayer en la casa.

¿Y sabe dónde pudo estar? No, señora.

Sé tanto como usted, nada quiere decirme.

Agustina, hágame un favor.

Si le ve o se entera de dónde puede estar,

dígale que le busco para un asunto que no admite dilación.

¿Me lo promete?

Gracias.

Con Dios. Con Dios.

Señor, será usted quien me pague el jornal,

pero en este asunto está equivocado.

La mejor playa de Andalucía

palidecería ante las del Cantábrico.

-Ganas me dan de dejar de pagarte después de esa barbarie.

No hay color. -Usted lo ha dicho.

No hay color. Las de mi tierra, mucho mejores.

-Siempre que te guste bañarte con el agua helá.

-¡Huy, helá! Helá, dice.

Agua templada tirando a fría, pero eso activa la circulación.

-O te congela la sangre para siempre.

Pero si no hay quien se bañe ni en pleno verano.

-Bueno, bueno, eso es más falso que una peseta de madera.

Lo que pasa que son aguas para valientes.

Para hombres de verdad.

Si no se cuenta entre ellos, eso es otro cantar.

-Cuidado con lo que dices, sin faltar.

-No falte usted a mi tierra.

Aritxetxu, una playa como Dios manda.

-¿Cómo, Arichochu?

Contigo no se puede discutir.

-Pues no discuta.

Limítese a darme la razón y asunto acabado.

-También es verdad.

Hablemos de otra cosa.

¿Hay alguna noticia de esa muchacha

con la que don Felipe iba a comprometerse?

-¿De Marcia? Como si se la hubiera tragado la tierra.

-Lamento escucharlo.

-En el altillo la más afectada es Casilda.

Eran muy amigas.

-Don Felipe tiene que estar pasando un mal trago.

-No se equivoca usted.

Agustina está muy preocupada por él.

(Puerta)

Voy a ver quién es. -No, no.

Ve a partirme más bizcocho.

Que esto parecía una loncha de jamón york.

Y prepárame más chocolate. Ya voy yo a abrir.

(ARANTXA SUSPIRA)

¡Hombre, no le esperaba, Emilio!

Pase.

-Perdone que le moleste, tenía que hablar con usted.

-Espere.

¿Ha habido novedades?

-He estado en la biblioteca

y hablando con un periodista que investigó las muertes.

¿Y sabe qué? Que estas no fueron las únicas.

Al parecer hubo más muertes extrañas.

-¿Se saben las causas?

-Se sospecha que fue por el uso de fertilizantes prohibidos.

-Uf, mal asunto.

-¿Sabe lo que eso significaría?

Quizá haya encontrado la manera de librarnos de Ledesma.

Pero solo no puedo hacerlo, necesito su ayuda.

¿Qué, no dice nada?

-Créame, lo lamento, pero debo mantenerme al margen.

No puedo ayudarle más.

(SUSPIRA)

(Puerta)

¡Ya va! ¡Ya va!

-Ha llegado una nota para usted.

-¿De quién es? -No sé, no tiene remite.

-Aguarde.

Aquí tiene. -Gracias.

Está dispuesto a conversar.

(Puerta)

Lo siento, Mauro, no pienso quedarme de brazos cruzados

mientras sigue con ese canalla. -No, ni hablar.

-Mauro, déjeme pasar. Se lo advierto.

¡Déjeme salir! -¡Escúcheme!

-¡Déjeme pasar! -Felipe.

Comparto con el padre de Cinta los resquemores con este asunto.

-Camino, yo tampoco lo he elegido.

Puede que sea la única manera de librarnos de Ledesma.

-Pero si ese canalla está detrás de esas muertes,

eso lo hace más peligroso de lo que creíamos.

-Sí, y menos indicado para unir su vida a la de nuestra madre.

-¿Y si descubre lo que estás tramando investigando su pasado?

Podrías poner tu vida en peligro.

-No las tengo todas conmigo.

La situación podría volverse muy peligrosa.

-¿Entonces?

-No veo otra manera de salvar a nuestra madre.

¿O acaso tú sí?

(SUSPIRA)

Necesito que haga algo por mí. -Lo que diga.

-Llévele esto al comisario Méndez. -Sí, señor.

Algo tenemos que hacer, Ramón lo está pasando muy mal.

-Peor aún lo está pasando mi Antoñito.

-¿También tenemos que discutir por quién lo está pasando peor

de los dos en esta situación?

-Mire, Carmen, ha empezado usted.

(CARMEN SUSPIRA)

Sea quien sea el que lo esté pasando peor de los dos,

tenemos que solucionarlo.

Ramón y Antoñito tenían una muy buena relación.

-Pues sí, y se me parte el alma de verles así.

-Hay que darles ejemplo

y traer la paz de nuevo a la casa.

-Eso es muy fácil de decir, pero no tan fácil de hacer.

No culpes a tu criada.

Me ha dicho que no podías recibirme.

No he aceptado un no por respuesta.

No te engañaba, no te puedo atender.

Tengo que salir. Descuida.

No te entretendré más allá de unos segundos.

No llegarás tarde por mi culpa.

Muy bien, tú dirás.

¿Por qué me niega su ayuda?

Contaba con usted para evitar que se case con mi madre.

-No pensé que se trataba de remover asuntos tan turbios.

-¿Lo dice por los trabajadores muertos?

-Pues claro, a los muertos hay que dejarlos tranquilos.

No son cuitas de mi agrado. -No es plato de buen gusto para mí.

Pero fue usted quien me aconsejó que investigara.

-Pensé que se trataba de un solo accidente.

Cada vez aparecen más afectados.

Mire, Emilio, yo soy un hombre tranquilo.

Entregado al arte de mi esposa.

Estos asuntos me sobrepasan.

Veo que recibió mi nota.

-Y como me adelantaba en ella,

recibí una nota de Felipe pidiéndome que fuera a verle.

Que tenía algo de vital importancia que contarme.

-Espero que haya venido antes a hablar conmigo.

-Efectivamente.

Y espero que me corresponda explicándome

por qué estaba tan seguro de que Felipe iba a citarme.

-Muy sencillo.

Lo conozco bien.

Sabía que no se iba a quedar de brazos cruzados.

-¿Brazos cruzados de qué?

Le exijo que me diga qué se traen entre manos.

Además, deberías empezar a cuidarte, que tienes una edad.

-Vaya, qué gran piropo me has echado.

-Lo digo para que no termines lastimándote la espalda.

Deberíamos tener una criada, pero Lolita no quiere.

-Es que yo tampoco lo encuentro necesario.

-Y lo peor es que detrás de todo este asunto

adivino la mano de mi hijo.

Se quiere burlar de nosotros.

Y tú mientras, todo el día partiéndote el lomo.

-Qué exagerado, tampoco es eso.

-Si Carmen tuviese vergüenza, bajaría a echarte una mano.

-¡Ay!

Templa.

He sido yo la que ha escogido quedarse en la mantequería.

Aquí estoy distraída.

-Pero te puede salir caro. ¿Te recuerdo cuál es tu estado?

-No, no hace falta, que me acuerdo perfectamente.

He escuchado a un par de clientes que decían

que había salido en un artículo que la Casa Real precisaba

personal para un acto muy especial.

-Ah.

¿Y eso qué le importa?

-Pues blanco y en botella.

Me voy a postular. -Ande, ande.

Si no sabe en qué consiste la faena.

-Sé lo principal.

Que se precisa gente con vocación y amor a la patria.

-¿Y?

-Parecía que hablaban de uno.

Seguiré colaborando en la medida de mis posibilidades

y buscando donativos.

Pero no acudiré a más reuniones.

Es lo que venía a decirles.

Debo marchar enseguida. -Lo comprendemos.

Estese tranquilo.

Te aseguro que soy más fuerte de lo que crees.

Sé cuál es mi destino y lo he aceptado.

-¿Así de sencillo?

No debería.

-¿Acaso puedo hacer otra cosa?

De nada sirve negar la realidad, hija.

Solo espero que mis hijos también lo acepten

y no estén tramando ninguna tontería.

Mire, por ahí viene Servando.

-Servando.

Trae cara de funeral. ¿Está bien?

-Parece usted disgustado. ¿Ha sucedido algo?

Mauro, no voy a quedarme de brazos cruzados

mientras Marcia está en peligro.

No voy a consentir que me saque de la investigación.

-Es lo más conveniente. -Lo sé.

Pero amo demasiado a Marcia.

Arrojo, José.

Que no se diga.

-Que se vaya acostumbrando mi señora. Venga.

-¡Ay, perdone!

Iba pensando en mis cosas, distraído.

-No hace falta que lo jure.

-Está claro que nuestra relación no ha comenzado con buen pie.

-No tiene ninguna pinta de mejorar.

Carmen.

No ha limpiado los cristales, están como esta mañana.

-Es que no me ha dado tiempo de acabarlo, Lolita.

-Bueno, mujer, ni que se tratara de la obra de El Escorial.

Ya me dijo mi Antoñito que no me fiara de su trato.

Me lo voy a tomar aquí, con don Ramón Palacios.

-No hace falta que me evites

de esta forma tan cobarde. Ya me marcho.

-Se puede quedar o se puede marchar.

Me la trae al pairo.

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Acacias 38 - Capítulo 1091

05 sep 2019

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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  1. Lucia

    Hola a mi me jode lolita, con el pretexto que está embarazada hace la vida imposible a Carmen, cuándo lolita pidió que se quedara a vivir con ellos. La Úrsula le tienen que pillar ya, es el colmo que vaya matando gente, y el comisario nunca resuelve ni un crimen me parece ridicúlos que nadie vayan a la cárcel hasta ahora. El Antoñito me parece mal que se comporte así con su padre, después que Ramon haya recuperado todos hasta la mantequería, y no tuvieran irse a vivir a la calle. Los mejores autores Don José y Aranxa es lo más me encanta.

    07 sep 2019
  2. Cristina

    No puede ser que sean tan chismosos y que muestren la vagancia de los geandes señores don jose y aranxa los mejores . pero estan un mes con un tema que aburre haste el hartazgo para resolverlo luegp como si los televudentes fueramos tontos . el personaje de susana y rosina cansan , se las dan de grandes señoras que van a misa para conportarse como dos nefastas agoreras . son muy desagrasables y lolita cansa ya con su enojo con carmen

    06 sep 2019
  3. ANADELY

    Desde hace anos, veo la seria. Excelente vestiario, vocabulario..y actores. Pero se pasan de alargar algo por sintonia, ya cansa en monotonia y extremos cansino. Distorcianando los temas en exceso. Termina siento patetica

    06 sep 2019
  4. Nelly Cooper

    Tengo ya various messes de estar viendo esta serie. Me parecen todos muy buenos actores y los temas muy interesantes. Los ricos vestuarios, que hasta los últimos detalles se ven auténticos de la época. La música también e notado que incluye melodías muy lindas. Muchas gracias por el esfuerzo de todos los responsables, la seguiré viendo con ávida dedicación. Desde Suiza, Nelly

    06 sep 2019
  5. Luisa

    Veo la serie, pero ya estoy cansada de que nunca cojan a Úrsula y de que ningún crimen o fechoría se resuelva

    05 sep 2019
  6. Gema

    Los mejores actores Don José y Arantxa. Sin duda

    05 sep 2019