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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1090 - ver ahora
Transcripción completa

Pero este local necesita gente que se deje los cuartos con alegría.

-Son gente del AMPA.

Cesáreo les conoce.

-Y ¿qué pasa? ¿Que su dinero no vale?

Encantado, don Mauricio.

Mañana será otro día.

Mucho gusto, señor Sánchez.

Si ni me escribe ni me pone un cable será que se ha olvidado de mí.

Emilio te adora.

No hay más que verlo.

Venera el suelo por donde pisas.

Y si no te ha escrito, será porque está en alguna cuita

para que seáis más felices luego.

No le sientan bien las peinetas.

¿Eh?

-Y a su madre, ¿cómo le sientan?

No volverá a Acacias hasta que terminemos con Andrade.

-¿Qué pasa con mi trabajo?

Tengo obligaciones y muy serias.

-Quiere encontrar a Marcia, ¿no?

Pues no lo hará si está muerto.

¿No me decías nada de mis peinetas?

¿Acaso pensáis que me sientan mal? -¡Qué va!

Y quien diga eso, miente. -Sí.

Don Felipe se ha citado con una pelandusca en su propia casa.

¡No le digo más!

¿Es eso cierto, don Liberto?

-Mucho me temo que sí.

Haré desaparecer las peinetas, Fabiana creerá que las ha perdido

y las devolveré al comercio que me las vendió.

-¿No se las agenció por la patilla? -Eso son matices.

La cuestión es que volveré al regalo inicial, que era el pastillero.

Es la única manera que tenemos para saber si nos engañan

o se llevan tan bien como hacen creer.

-Eso es. A escondernos.

"No soy la tesorera de palacio".

-"Ni yo quiero pasar por tacaño".

"He recibido un buen dinero.

"Invitaremos a mi gente, vengan los que vengan".

¡Como si la señora condesa no tuviera manos!

-No me lo puedo creer.

¿Es cierto lo que escucho?

Lo he escuchado todo. Discutíais como dos verduleras.

¿A que sí, padre?

Jamás traficaría con personas. ¿Trata de insultarme?

-Jamás, señor Andrade.

Eso sí, puede que haya sido mal informado.

-No le quepa la menor duda.

Quizá me hablaron de otro César Andrade.

En fin, perdone.

Ya hablaremos cuando me interese.

Señor Sánchez, nos vamos.

Sin rencores, ¿no?

Aquí tiene mis señas. Aún estaré unos días en la ciudad.

Hotel Sintra.

-No sé qué pretende que haga con esto.

-Déselo a ese otro César Andrade, si es que lo conoce.

Le estaría eternamente agradecido.

Tiraré la casa por la ventana si me consigue 10 mujeres de color.

Siéntese y temple.

Con tanta vuelta, parece un león enjaulado.

-No puedo estar tranquilo después de lo que ha pasado.

-Bajemos a cenar algo.

Le vendrá bien cambiar de aires un rato.

-No, no tengo apetito.

-Haga un poder. No puede seguir así.

-¿Cómo quiere que esté después de su comportamiento?

-¿Le parece mal que me ofrezca a comprarle mujeres?

-No, pero cuando él se ha hecho el ofendido, usted se ha achicado.

-Es parte de la negociación.

-Que ha llevado de forma muy torpe. Debería haber sido más resolutivo.

-Se deja llevar por los sentimientos. Sosiéguese.

El camino más corto no suele llevar a buen puerto.

-¡No hemos conseguido nada!

¡Y el tiempo corre para Marcia!

-Felipe, pero si ahora insistimos y forzamos la situación,

alertaremos a Andrade,

y pondremos en peligro a su novia y a todas las mujeres que tiene.

-Puede que tenga razón.

Pero solo pienso en ella.

En que está en peligro.

-Tiene que ser fuerte.

Sé que Andrade es el hombre al que buscamos.

-De eso no tengo duda.

Pero parece que no quiere admitir que trafica con personas,

y menos cerrar un trato con nosotros.

-Dele tiempo, el anzuelo ya está echado.

Verá como dentro de muy poco se pone en contacto con nosotros.

-Dios lo quiera.

De lo contrario, perderíamos a Marcia para siempre.

-Felipe, descuide, eso no ocurrirá.

-Lo que no termino de entender es...

por qué se ofreció a comprarle diez mujeres.

¿No es una cantidad excesiva?

-Si le hubiéramos dicho que solo queríamos una mujer

no habría sido suficientemente tentador para él.

Hay que ponerle delante una buena suma de dinero

para que reaccione.

-Ya.

Supongo que por una sola mujer...

no se iba a quitar la máscara de comerciante honrado.

-No tenga la menor duda.

Él no nos conoce, no confía en nosotros, pero...

estoy seguro de que en este momento está contando el dinero

que puede ganar, y eso le hará cambiar de opinión.

Mauro,

¿cree que pueden vender a Marcia...

como objeto sexual?

-No lo sé, Felipe.

Pero Marcia es muy bella.

Demasiado para estar en un taller de mala muerte.

Sin duda,

podría sacarle más rentabilidad empleándola en otras actividades.

-Eso me temo.

Me hierve la sangre cuando pienso que la pueden obligar a prostituirse.

-Es terrible si le ocurre algo así.

Pero haremos todo lo que podamos para impedirlo.

-Pero se me acaba la paciencia.

¡Quiero ir a casa de ese malnacido y arrancarle la piel!

-Felipe,

a ver, sé que su rabia es mucha,

pero si hiciera eso,

lo único que conseguiría es perderla para siempre.

Tiene que ser frío y calculador.

Es su mejor arma.

-Lo intentaré.

Pero no sé hasta cuándo podré hacerlo.

¿Qué le parece?

-¿Qué me va a parecer? Muy jugoso.

-Todo este dinero puede ser suyo si desaparece de nuestras vidas.

Es dinero contante y sonante.

Dinero que mañana mismo puede estar en su bolsillo.

-Es una oferta muy tentadora.

Pero ¿por qué iba a conformarme con esto?

Puede que usted tenga más en el banco.

-Ni una peseta más.

Se lo juro por mis hijos.

Son todos mis ahorros.

Con este dinero, usted tiene como para vivir durante unos años

sin preocuparse por su sustento.

-La verdad es que es mucho más dinero del que pensaba que podría tener.

-¿Acepta el trato entonces?

-Es una buena oportunidad.

Podría comprar unas tierras o montar un negocio.

¿Cree que mi iría bien de mesonero?

-No me cabe la menor duda.

Coja ese dinero...

y separemos nuestros destinos.

-No, no acepto su trato.

-¿Cómo?

Acaba de decir que es una buena suma.

-Y lo sigo diciendo.

-¿Por qué no la acepta?

-Sería como matar a la gallina de los huevos de oro.

-Por favor, no me venga con cuentos de niños.

¿Qué quiere decir?

-Muy fácil.

Puedo coger este dinero y salir corriendo

o quedarme aquí y sacar mucho más.

Cuando estemos casados, podré disponer de su dinero a mi antojo.

Y no solo eso.

También tendré su condición social en el barrio.

Y por primera en mi vida voy a ser un señor.

-Ni aunque pasen cien años logrará usted serlo.

Puedo asegurárselo.

-No se engañe.

Con tantas perras en el banco,

a cualquiera lo tratan como a un señor.

-Por favor,

coja ese dinero y márchese.

Se lo pido por humanidad, de verdad.

Déjenos vivir tranquilos.

-No, no lo voy a hacer.

Sería un mal negocio.

Además, a pesar de su edad está usted muy bien.

Estoy seguro de que vamos a disfrutar mucho.

Tome su dinero.

-Padre,

¿qué sucede?

-Que resulta que tu madre cree que soy más tonto

que una mata de habas, y no es así.

Voy a coger algo de dinero. Tengo unas cuentas pendientes.

La verdad es que me resulta muy caro vivir aquí.

Estoy deseando mudarme a su casa para quitar gastos.

Con Dios.

¿No podemos hacer nada para que se marche?

-No.

Ya has visto que no.

¿Sabes que los Palacios tuvieron que ir de urgencias al hospital?

-¡Ay! ¿Lolita ya se ha puesto de parto?

-¡No, mujer! Todavía le queda.

El enfermo era don Ramón.

-¿Qué le ha ocurrido? Esperemos que no sea nada de enjundia.

Con lo que le ha costado

levantar cabeza, sería una pena que entregara la pelleja.

-Mujer, no seas exagerada. Solo fue un arrechucho a la espalda.

-Es que hablas con tanto misterio, que me pongo en lo peor.

¿Está bien o no está bien?

-Está bien.

Al parecer, era un tirón, pero que le dejó doblado.

-Y ¿cómo es que tienes el parte médico?

-Me lo contó Cesáreo,

que les ayudó a buscar un coche para ir al hospital.

-Pobre don Ramón.

Ya es mayor, y empieza a tener achaques.

-De mayor nada. Tendrá más o menos mi edad.

-Pues lo que yo digo, añoso.

-¡Ni que tú fueras un pimpollo!

-Pues casi no aparento los 30. ¡Jacinto!

-Ah.

-¿Qué sabes de don Ramón y del accidente que tuvo ayer?

-Ah, pues le puedo decir entre poco y nada.

Pues que volvió más tarde y mejor de lo que estaba,

porque cuando cogió el coche, estaba más doblado que una alcayata.

-Pero ¿le viste salir?

-No, yo no estaba.

Pero según me han contado, daba pena verlo. Estaba en un "ay".

Don Antoñito y Cesáreo intentaron estirarlo,

pero cada vez que tiraban,

se quejaba como una oveja con la pata rota.

-¡Virgen Santa! Menudo sainete tuvieron que liar en la calle.

-Pero por lo menos, regresó mejor que como se fue.

-Eso sí, lo vi yo llegar.

Lo vi a él y a toda la familia.

Tenían las caras largas,

como si les hubieran dado un disgusto en vez de una alegría.

-Qué cosa más extraña.

-Don Antoñito me envió a por un linimento.

Y cuando se lo he llevado, seguía con la cara de palo.

-Está claro que en esa casa... hay problemas de enjundia.

-Claro, y a don Ramón le está afectando a su salud.

Menuda desgracia que les ha caído encima.

-Para que luego nos hagan creer que esa casa es un lecho de rosas.

-¿Cómo es eso de "cara de palo"?

-Como cuando llegas al rebaño

y te das cuenta de que han pasado los lobos.

¿Te han sentado bien las friegas?

-Me encuentro algo mejor.

Pero no puedo ni moverme.

-Bueno, has de ver como en unos días estás restablecido completamente.

-Podemos ponerle unas cataplasmas de linaza caliente.

Le quita los dolores hasta a un buey, sin ofender.

-Lo importante es que vas mejorando.

Y que todo esto... va a quedar solo en un susto.

-Si no me dais otro disgusto, sí.

Lo que menos me importa es el dolor de espalda.

-Bueno, parece que es hora de que nos sentemos todos a hablar

sobre ciertos asuntos.

-Lo mismo no es el momento ahora, Antoñito. Tu padre...

necesita reponerse.

-Eso, no se vaya a alterar y se le vayan los nervios a la espalda.

-Qué bien, en esto os ponéis de acuerdo.

-Nosotras, lo que queremos es que se mejore.

-Y por eso vamos a hablar ahora mismo.

¿Me podéis contar lo que sucede?

-Si no pasa nada. -No.

Bueno, algún roce,

pero nada de enjundia.

-No me andéis toreando...

que hasta cuando respiro veo las estrellas.

Decidme la verdad y decidla ya.

-¿Qué va a pasar? -Estamos desquiciadas.

-Es muy difícil vivir aquí... -Una dice blanco y la otra, negro.

-con todos los caprichos de Lolita.

No puedo ni descorrer las cortinas sin que me llame la atención.

-Lo hace todo a la buena de Dios. Yo le digo las cosas para ayudarla

y que todo salga de perlas.

-Pues buena ayuda tengo,

si me criticas todo lo que hago.

Deberías ser más comprensiva y dejar hacer las cosas de otra forma.

-Si no lo hiciera todo mal, no iría detrás.

Me trae la cabeza loca.

Desde que está aquí, hago las cosas dos veces.

-Yo no hago las cosas mal.

Lo que pasa es que tú no escuchas

y tienes la cabeza más dura que los adoquines de la calle.

-Pues usted es más torpe que un guitarrista manco.

Por mucho que le digo, hace lo que quiere.

-¿Cómo no lo voy a hacer?

¿Cómo no lo voy a hacer?

¡Si no me pides más que tonterías!

-¿Tonterías como qué?

Le he dicho cosas que hacían falta.

Carmen, no mienta usted.

-¿Te parece poco pedirme que haga el pino en la calle?

-Si eso se lo pedí,

es por el bien de la criatura que estoy esperando.

-¿Qué bien le va a hacer al niño

que yo haga el ridículo delante de los vecinos?

-Carmen, no tiene corazón.

No le importa lo que le pase a su nieto.

-¿Desde cuándo estáis así?

-Desde que...

entré a vivir aquí.

Pero no os hemos querido decir nada

para que no os preocupéis.

-Pues os habéis lucido con ese apaño.

-Deberíais habérnoslo dicho,

para ahorraros este disgusto, ¿no?

-Esto no puede seguir así.

Hay que buscarle remedio a esta situación cuanto antes.

-Está bien.

Yo haré todo lo que sea menester.

-Yo también, Ramón.

Voy a hacer todo lo posible para que nos llevemos bien.

-Lo posible y lo imposible.

Por la salud de todos los que estamos en esta casa.

-Deja que te ayude.

Me voy a reposar un rato.

No quiero escuchar ni una palabra más alta que otra.

-Ya podéis tomar nota las dos.

¿Ha venido sin Mauricio?

-He hecho lo que me pidió en su nota.

-Me alegro de que así sea.

Siéntese.

¿Quiere un café?

-No, gracias.

-Está bien.

Le voy a decir la verdad.

No confío en ese hombre.

-No veo por qué razón.

Es un hombre de lo más honesto.

Tan solo quiere hacer negocios.

-(RÍE)

Por favor, no me tome por tonto.

-No pretendía tal cosa.

-Déjese de comedias.

Les he investigado a los dos.

Sé que Mauricio Aguirre en realidad se llama Mauro San Emeterio.

-¿Cómo ha descubierto tal cosa?

-Tengo buenos informadores.

También sé que se trata de un expolicía

y que usted no es su socio.

-Y según usted,

¿qué tipo de relación tengo con él?

-Supongo que le está ayudando a recuperar una mujer

de la que está enamorado.

¿Me he equivocado en algo?

Ni se le ocurra hacer una locura.

Mis hombres están alerta.

No puede huir.

-¿Dónde está Marcia?

-(RÍO)

-¡Exijo verla inmediatamente!

-No se altere.

De nada sirve ponerse nervioso.

Aquí la tiene.

-Mi amor.

Mi amor, mi amor.

¿Estás bien?

Mi amor, dime que estás bien.

¿Qué te han hecho?

¿Qué te han hecho? ¡Contéstame, por favor!

Mi amor, contéstame.

¿Qué le ha hecho?

¡Contésteme! ¿Qué le ha hecho?

-(RÍE)

¡Mi amor!

Por favor, contéstame.

Dios mío.

Dios mío.

¿Qué os ha hecho este monstruo?

¿Qué os ha hecho?

¿Qué las ha hecho?

¡Contésteme! ¿Qué las ha hecho?

¡Mi amor!

¡Mi amor, por favor!

Contéstame, por favor.

Ha sido un mal sueño.

Es de Mauro.

He salido a hacer unas averiguaciones.

Llegaré más tarde.

Esté tranquilo y descanse.

Andrade no tardará en picar.

Debemos esperar.

Yo no puedo esperar.

Aquí tienen su postre.

Si todavía están con el primero.

Disculpen, esto no va aquí.

Enseguida salen sus platos. Es cuestión de minutos.

Aurelio, siga usted con el servicio, que no doy pie con bola.

Gracias.

¡Don José! Me alegro de verle.

¿Tiene noticias sobre mi hermano?

-No.

¿Por qué he de tenerlas?

-Sabía que era muy improbable, pero quería agotar las posibilidades.

-¿Ha ocurrido algo que te preocupe?

-No tenemos noticias de él.

Y eso es muy raro.

Siempre se pone en contacto cuando está fuera de casa.

-Estarán cortadas las líneas telefónicas.

Nunca lograremos que ese invento termine de funcionar bien.

-No nos ha enviado ni un telegrama.

-Sí que resulta chocante.

Lo más lógico es que no haya tenido tiempo

de ir a Correos.

-Me parecería muy desconsiderado por su parte.

Estamos muy preocupadas.

-No perdáis el sosiego por eso.

Emilio os reportará cuando menos lo esperéis.

-Ojalá que sí.

No sé, tengo un mal pálpito.

-No te dejes llevar por los nervios. Seguro que está divinamente.

-¿Y si le ha pasado algo?

-Nos habríamos enterado, sin duda.

Las noticias vuelan, y si son malas, más deprisa.

-Bueno, puede que tenga razón.

-Tengo más razón que un santo.

Si no habéis recibido ningún aviso es porque no ha pasado nada.

-No dejo de pensar que todo esto ha sido una imprudencia.

Emilio se está acercando al hombre de Valdeza

y quizá lo han descubierto.

-Bueno, tampoco hay que ponerse en lo peor.

Ya verás como Emilio regresa sin un problema.

-No lo sé.

Tengo la sensación de...

De que estamos condenados desde aquel fatídico día.

No puedo evitar preocuparme por mi madre y por mi hermano.

-Natural.

Es natural que estés inquieta.

Pero has de tener fe en que todo saldrá a pedir de boca.

-Tengo pocas razones para pensar así.

-Pues haces muy mal.

La esperanza es lo último que tienes que perder.

¡Padre!

¿Qué hace aquí? ¿De qué habla con Camino?

-Eh... Nada importante, Cinta.

No se preocupe.

-Le estaba pidiendo que me preparara una mesa dentro.

-Eso, justo, sí.

Hay varias libres. Siéntese donde quiera.

¿Quieres acompañarme?

Sí, ¿por qué no?

-Enseguida les digo que les preparen la mesa.

¿Esta les parece bien?

Gracias.

(CARRASPEA)

Fabiana.

-¿Qué hay?

-¿No lleva usted las peinetas puestas?

-Pues ya está viendo usted que no.

-¿No las habrá perdido?

-No, lo que pasa es que no quiero que se me estropeen

mientras hago las labores.

-Ya.

¿Y Servando no anda por aquí?

-No.

Ha ido a la farmacia a que le preparen un ungüento

que dicen que hace milagros.

-Y ¿para qué lo necesita?

-Para el mamporrazo que recibió anoche.

Que le ha salido un chichón del tamaño de un huevo de gallina.

-¿Qué le ocurrió?

-Servando se llevó allí una buena tarascada por mi culpa.

Resulta que el pobrecito se levantó de madrugada

para ir al retrete.

Como iba medio dormido, acabó entrando en mi habitación.

-Y usted le arreó por eso.

-¿Qué quería que hiciera?

Yo vi una sombra y pensé que podía ser un caco.

-Y lo era.

-¿Por qué dice usted eso?

-Que era una pregunta.

Quería preguntarle si en realidad era un ladrón.

-Usted no se entera de la misa la media.

¿No le estoy diciendo que Servando estaba medio dormido?

Ay... -Cómo es la vida, ¿verdad?

Ahora los dos tienen un adorno para la cabeza.

Usted, las peinetas, y Servando, el cardenal.

-No sea cruel y no se tome esto a chanza, ¿eh?

¿No ve usted que cuanto más se ríe más culpable me siento yo?

-Usted no tiene culpa de nada.

-Yo no entiendo nada de lo que usted me dice.

-Bueno, pues yo lo veo con una claridad meridiana.

Cuando vuelva Servando, dígale que le convido a un café.

-Está bien, yo se lo diré.

-Con Dios. -Con Dios.

Buenas, Cesáreo.

-Buenos días.

Fabiana,

Jacinto nos ha mandado un recado para ver lo que quiere.

-Vayan sentándose que esto va a ir para largo.

-Ah...

¡Ea!

Usted dirá.

-Ya me pueden explicar qué fue lo que pasó ayer.

Ustedes dos eran dos señoras,

pero se comportan como un par de chiquillas.

(PIENSA) "Marcia, ojalá estuvieras por aquí".

"Paseando tranquilamente, haciendo tus labores".

"Daría mi vida porque fueras tú".

¡Don Felipe!

¿Cómo va, amigo? ¿Ya de vuelta por el barrio?

He venido a recoger unos documentos.

-Le veo algo circunspecto. ¿Ocurre algo?

-Estaba... meditando en ciertos asuntos.

El trabajo me va bien, pero... no tengo motivos para estar alegre.

-Ya.

Le echamos de menos en la reunión.

Genoveva no quería empezar sin usted.

-Qué tontería.

Ustedes pueden seguir con esa labor sin mi presencia.

-Sí, así lo hicimos.

Luego recibimos su nota disculpándose por no poder asistir.

-¿Qué tal fue la reunión?

-Bien. Estuvimos comentando los últimos encuentros con el Ministerio.

Están desbordados con tanto lío.

No saben si... atenderles allí o traerlos a la península.

-Eso tendrán que decidirlo ellos. -Naturalmente.

Genoveva se ha prestado a ofrecer más dinero,

para que atiendan a los muchachos bien.

Es innegable que está siendo generosísima.

Don Felipe.

¿Me está escuchando?

Me da que me está haciendo el mismo caso que el que escucha llover.

-Disculpe, tengo...

varios asuntos en la cabeza

y apenas puedo concentrarme.

-¿De dónde viene, don Felipe?

Me temo que no me cuenta toda la verdad.

-Siento no poder contarle nada sobre ese asunto.

-Ya sé que es privado y de mucha enjundia.

Pero quiero que sepa que si precisa de mi ayuda,

solo tiene que pedírmelo.

-Se lo agradezco.

En cuanto pueda, le contaré más sobre ese tema.

-Bien.

En ese caso, no le distraigo más. Le dejo con sus asuntos.

Con Dios. -Con Dios.

-Ah, por cierto, se me olvidaba.

El comisario Méndez estuvo buscándole a usted y a don Mauro.

-¿El comisario Méndez? -(ASIENTE)

-¿Llegó a hablar con él?

¿Qué le dijo?

Nuestros maridos nos han pillado infraganti,

como a dos crías robando peras.

-Y tienen un disgusto de bigotes.

Claro,

no les ha sentado bien que les ocultemos algo de tanto peso.

-Menos mal que se ha destapado el pastel.

Todo el barrio andaba ya cuchicheando sobre este asunto.

-Ay, qué vergüenza, Fabiana.

-Y tanto que sí, Carmen.

No está bien que los señores de Palacios queden como dos tontos.

-No. -Mejor que se sepa la verdad.

-Sí, pero también le digo que hay que ver lo cotilla que es la gente.

¡Mire que han tardado para meterse en los asuntos de los demás!

-¿Quién les ha dado vela en este entierro?

¿Qué le importa a esa gente lo que pase en mi casa?

-La gente se ha quedado sorprendida

de que don Ramón haya tenido un accidente.

Y se pregunta y está pensando si tiene algo que ver

con que ustedes discutan o dejen de discutir.

-Pues mucho tiempo tienen que tener para preocuparse por nosotras.

-Ya sabe cómo es el barrio. Aquí no hay secretos.

Las comadres están preguntándose qué les pasa a las señoras de Palacios.

-¡Pues qué nos va a pasar!

Que nos entendemos menos que si una hablara en chino.

-Como tú lo pones tan fácil...

-Mire, Carmen,

yo no me he casado con usted ni le he prometido a Dios aguantarla.

Si no nos entendemos pues no nos entendemos.

¿Qué le vamos a hacer?

-¡Tú la cabeza solo la tienes para ponerte el moño!

Les advertí que esto no podía salir bien.

Y aquí están las consecuencias.

-Sí, que mi pobre Ramón tiene una lumbalgia de caballo.

-Y algo peor le podía haber pasado.

-Yo admito que tengo algo de culpa.

Pero tampoco es de recibo

que nuestros dos maridos se escondan para espiarnos.

Es que...

-Pues mira, Lolita, ahí te voy a dar la razón.

Ellos también deberían llevarse su parte de regañina.

-Y ¿qué querían que hicieran? ¿Ir tragándose las mentiras?

-No, mujer.

No se trata de pensar quién tiene más culpa.

-Ustedes dos, sin duda.

-Ahora que ellos lo saben,

deberíamos pensar en...

En llevarnos mejor.

Si puede ser, claro.

-Pues mal empezamos.

Mal empezamos si ya está dudando desde el principio.

-¡Que es un decir, mujer! ¡Un decir!

-Pero con muy mala baba.

-¡Ay, Virgen Santa! ¡Esto es un imposible, vamos!

¡Ay, Casilda, limpia con más brío!

Que así no terminamos ni para el almuerzo.

¡Menuda ayuda que tengo contigo!

-Sí, perdone, es que tengo la cabeza en otro lado.

-Eso se ve a la legua.

Andas de lo más distraída.

-Ya, es que ando disgustada

por la mala sombra que tiene la gente del barrio.

-Con todo el tiempo que llevas aquí,

tenías que estar más que acostumbrada.

-Sí, pero no deja de darme coraje

que la gente vaya hablando

de lo mal que se lleva la Lolita y la señá Carmen.

-Es que esas dos... deberían haber tenido más cuidado...

y no airear los trapos sucios fuera de casa.

-Pero bueno, señá Agustina.

-Las únicas que hemos visto algo somos usted,

la señá Fabiana y servidora.

A luego, to lo que digan los demás, no son más que habladurías.

-Doña Susana tiene un sexto sentido para esas cosas.

O Lolita y Carmen bajan el hacha de guerra

o se va a enterar de sus trifulcas hasta San Quintín.

-Lo que sí resulta chocante es la visita del comisario Méndez.

-¿Vino a verte a ti?

-No, a mí no, señá Agustina.

¡Cómo va a venir a verme a mí!

Vino a ver a mi señor, a don Liberto.

-¿Qué quería de él?

-Preguntaba por don Felipe.

-El comisario también se pasó por aquí

preguntando por el señor y por don Mauro.

-¿Qué estará pasando, señá Agustina?

¿Tendrá que ver con Marcia?

-No lo sé.

Y no voy a intentar averiguarlo.

(RESOPLA)

Por mucho que me preocupe mi señor, no voy a meterme en sus asuntos.

Ya me puso el otro día colorada por hablar con Úrsula.

A mí no me vuelven a tachar de indiscreta.

-Eso es un disparate.

Pero si usted es más prudente que una monja de clausura.

-Eso díselo a mi señor, que me ha puesto de vuelta y media.

Eso es porque anda revirado por lo de Marcia.

-De eso no tengas dudas.

Don Felipe no termina de aceptar que ella se haya marchado.

-¿Sabe? Yo creo que ha convencido

al comisario Méndez para que vaya a buscarla.

Está temeroso de que algo malo le haya ocurrido. Seguro que es eso.

-Y ¿por qué iba a ocultar don Felipe que la estaba buscando?

-Tendrá sus razones.

(Puerta cerrándose)

¡Don Felipe!

¡Qué alegría verlo en el barrio! ¿Cómo está? ¿Está bien?

-Perfectamente.

¿Ha habido alguna novedad en mi ausencia?

-El comisario Méndez vino aquí y preguntó por usted y por don Mauro.

-También se pasó por casa de mis señores.

-Lo sé, Liberto me ha puesto al corriente.

-Pues... en seguro que se trataba de algo de enjundia.

La Policía estará investigando en el barrio.

-No lo creo.

Si quería ver a Mauro, sería por un asunto profesional.

Es un gran policía.

Quizás quiera reengancharle al Cuerpo.

-Yo pensaba que usted les había convencido para buscar a Marcia,

como se pensó que ella no se había ido por su propia voluntad.

-Te equivocas. Mis esperanzas con Marcia están muertas.

Estoy convencido de que se ha marchado por su propio pie.

-Señor,

¿de verdad no cree que la han obligado?

Acuérdese del colgante. -¡Casilda, por favor! ¡Ya está bien!

Te estás pasando de descarada.

Esto me ha costado mucho aceptarlo.

Marcia se ha marchado porque ha querido.

Y no quiero escuchar ni una palabra más.

Tengo mucho trabajo.

Te has pasado de suelta.

Ya te he dicho que don Felipe no está para bromas.

-No me termino de creer que a Marcia no se la hayan llevado.

-Piensa lo que te plazca.

Pero venga, vamos a recoger y a llevarnos esto a la cocina.

¡Digo!

¡Mira qué hora es!

Me suenan las tripas de hambre,

y no hay movimiento en la casa, ni la mesa está puesta ni na.

-Es pronto pa comer. -¡Que no, hombre! ¡Que es la hora!

Estoy más famélica que el perro de un maestro.

-Ten un poco de paciencia.

Arancha es más fiable que un reloj suizo.

Jamás se ha retrasado con la comida.

-Yo me voy a la cocina a ver qué es lo que pasa.

Seguro que está hablando de su tierra y se le ha ido el santo al cielo.

-¡Chiquilla, para un poco! ¿Qué tienes?

-¿Qué he de tener? ¡Na! Aparte de un hambre de lobos.

-Dime la verdad.

Ese genio no es propio de ti a no ser que te haya pasado algo.

-Se nota que me conoces bien.

-Más que si te hubiera parido.

-Pues nada, hijo, que hace un rato,

estaba dando un paseo después de la misa,

y me he topado con ese malnacido de Ledesma.

Estaba hablando con unos hombres en la puerta del restaurante.

Oye, y parecía el amo de to.

-Cada día que pasa me parece más despreciable.

-Y lo peor no es eso.

Le he saludado, y no me ha devuelto el saludo.

¡Fíjate!

Y yo preocupada por guardarle las formas.

-¡Qué grosería! ¿Y tú qué has hecho? -Nada.

Soy una señora. Solo quiero espectáculos sobre el escenario.

Que si no es por eso,

le canto muy bien cantadas las cuarenta a ese desgraciado.

-Has hecho muy bien.

¿Quién se habrá creído que es semejante gañán?

-Está claro que nos desprecia porque no estuvimos sentados con él.

-Eso es lo que le hubiera gustado.

Pero no vamos a reconocerlo como uno de los nuestros.

No tiene ni pizca de clase ni categoría.

-Por supuesto que no, no debería estar con nadie.

No es más que un ruin dispuesto a todo

con tal de satisfacer sus intereses.

-Tú no te alteres.

No merece la pena prestarle atención,

ni facilitarle nuestro trato.

-La que me da mucha pena es Felicia.

¡Menuda vida le espera casada con semejante elemento!

Bueno, mira, voy a ver qué pasa por la cocina

y le voy a meter prisa a Arancha con la comida,

que aunque estoy más sosegada,

tengo más hambre que el perro un ciego.

¡Ojú!

¿Qué le pasa a madre? Nada.

Que se ha cruzado con Ledesma,

y el muy grosero no le ha devuelto el saludo.

¡Qué tipejo, de verdad! Es lo peor que hay por este barrio.

He conocido gente despreciable, pero este se lleva la palma.

Padre,

¿no tiene nada que contarme?

¿Yo?

Ya te he contado lo que le ha pasado a tu madre. No tengo más detalles.

No disimule, sabe bien de lo que le hablo.

No tengo ni la menor idea.

No me tome por tonta.

Le he visto un par de veces hablando con Camino,

y estoy segura que es sobre Emilio.

Ah.

Algo hemos comentado, pero nada de peso.

Padre,

le ruego que me diga lo que sabe.

¿En qué anda metido Emilio?

Te estoy diciendo que sé lo mismo que tú.

Me ha comentado que su hermano se ha ido a Barcelona

para alejarse de Ledesma, y ella está deseando que regrese.

Ya está.

¿Nada más?

Nada más.

Que me parta un rayo si no es verdad lo que te digo.

Pues será verdad entonces.

Porque no parece que haya tormenta, ¿no?

"(Risa)"

-Bueno, no sé qué tiene de gracioso venir con boina.

-Déjese de melindres y enseñe el chichón.

-¡Que no, que no tengo yo el cuerpo para bromas hoy, hombre!

-Pero ¿tan fuerte fue el golpe?

-No, el golpe no fue fuerte.

El golpe fue el dinero que me costó la broma.

-Bueno, pero ha hecho lo que debía.

Piense que hoy se ha ganado un pedacito de cielo.

-Como no podía ser de otra manera.

Como un hombre honrado y cabal que soy.

Me tenía que comportar como lo que soy, un buen ciudadano.

-Ya, pero le ha costado decidirse a hacer lo que debía.

-Bueno, bueno, en un momento dado, hasta Jesucristo tuvo dudas.

-¡Menudas comparaciones me pone!

-El caso es que yo me presenté allí para pagar lo que debía,

que nunca me han gustado los ladrones y me comportaba como tal.

-Ya, pero le ha hecho falta una buena tarascada

para comportarse honestamente.

-Bueno, lo que sea, que yo fui a pagar

y terminé apoquinando.

-¿Qué le dijeron cuando les contó todo?

-Nada, que la otra mujer, cuando abrió el paquete,

se fue a la tienda a denunciarlo.

-Normal, no se iba a quedar con un pastillero de dos reales.

-Claro, le tuvieron que dar unas peinetas nuevas,

con la consiguiente pérdida para el establecimiento.

-Alguien tenía que perder para que usted obtuviera beneficio.

-El que más he perdido en esto he sido yo,

que he tenido que pagar las peinetas, y luego,

este pastillero que no vale pa na.

-Se me ocurre que puede utilizarlo para meter el ungüento de chichón.

-Pero bueno, Fabiana, ¿y sus peinetas?

-No me hable, Servando.

No me hable, que traigo un sofoco que me ardo.

-Pero ¿qué ha pasado?

-Pues na, que me he dejado las peinetas en el baño

y me las han afanado.

Alguna de las clientas ha debido verlas y ha dicho: "Esto pa mí".

-Es que de verdad, menudos huéspedes tenemos.

No puede haber gente más desleal. ¡Es que no doy crédito!

-Lo mismo aparecen.

-No.

Me quedé sin ellas como me quedé sin mi abuela.

Ya no tengo regalo, Servando.

Pa una cosa bien buena que tenía, voy y la pierdo.

No está hecha la miel para la boca del cerdo.

-Bueno, lo mismo va a tener suerte.

-No sé por qué.

En fin, me voy a seguir trabajando.

Así, por lo menos, se me pasará antes el enfado.

Servando,

¿cómo no le regala el pastillero?

Lo tenía a huevo para quedar bien.

-¿Qué pastillero ni qué pastillero?

Ella quiere sus peinetas,

o ¿es que no le ha dado pena escucharla?

-A ver si va a tener usted sentimientos, ¿eh?

¿Qué está pensando?

Salir del hotel no ha sido la solución.

Ni siquiera el trabajo me distrae.

Necesito encontrarte.

(Puerta)

No puedo perder el tiempo.

Disculpe el señor,

pero doña Genoveva viene a visitarle.

-Está bien.

Dígale que pase.

Felipe, siento presentarme en tu casa sin avisar,

pero me he enterado de que habías regresado.

Qué mala cara tienes.

No has debido pegar ojo en toda la noche.

¿Qué te aflige?

Estoy un poco cansado.

Tengo mucho trabajo.

¿Por qué no pasas la tarde en mi casa?

Puedes descansar y relajarte.

Imposible.

Tengo infinidad de cosas que hacer.

No puedo perder el tiempo. Comprendo.

Me doy cuenta de que te estorbo. Perdóname.

No, no hay nada que perdonar.

Simplemente, no es el momento oportuno.

Espero que podamos encontrar ese momento en alguna ocasión.

(Puerta)

Me gustaría hablar contigo

y contarte los avances que ha hecho Liberto en el Ministerio.

Lo dejaremos para otra ocasión. Sí.

¡Agustina!

Acompañe a la señora a la puerta.

-Un mozo ha traído esta nota para usted.

Dice que es urgente.

¿Qué haces ahí pasmada?

-Esperaba, por si tenía que darle una respuesta al mozo.

-No.

Primero, acompañe a la señora a la puerta.

Con Dios.

Felipe, cuídate.

Te lo ruego.

¿Qué novedades tendrá Mauro?

"Ya veo que ha dejado el hotel. Mal hecho".

"César Andrade se ha puesto en contacto conmigo".

"Se marcha unos días de la ciudad".

"A su regreso, concertaremos una cita".

"Sé que está impaciente,

pero debe tomarlo como una buena noticia".

"Andrade nos ha abierto las puertas de nuevo".

¿Una buena noticia?

¡Maldita sea!

Tenemos que actuar ya.

¡Agustina!

¿Tiene contestación para el mozo? No.

Avise a un cochero. Tengo que salir a escape.

Parece que tiene mejor cara, padre.

-No te creas.

Que aunque ando un poco mejor de la lumbalgia,

sigo teniendo un humor de perros.

-No es para menos.

Lo de nuestras esposas es de traca.

-Es que no consigo salir del estupor

y de la rabia por esta mentira.

-Calle, calle.

Ni me lo mencione.

-¿Cómo nos han podido engañar así?

-No sé, no lo entiendo.

Lolita siempre se ha llevado muy bien con Carmen.

No consigo entenderlo.

-Yo tampoco.

Desde luego, ha sido algo sorprendente por parte de las dos.

-Lo peor es el asunto del barrio.

Me da mucho coraje que lo supieran todos menos nosotros.

-Calla, calla, qué vergüenza.

-Éramos los únicos que no lo sabíamos.

-Tampoco es que me importe,

pero todos van a pensar que somos medio lelos.

Y con razón. Las cosas como son,

porque eso es lo que parecemos.

-No lo hemos visto llegar ni de lejos.

-Estamos en la luna de Valencia. -A por uvas.

-Una cosa te voy a decir.

Fue Lolita la que se empeñó en que viviéramos en la misma casa.

Podía ser más consecuente con sus decisiones.

-¿No culpará a mi esposa?

-No, ¿cómo voy a hacer yo eso?

Pero no ha estado muy acertada.

-Bueno, para poco acierto el de Carmen.

Si hubiera más comprensiva, nada de esto hubiera pasado.

-A Carmen a comprensiva no le gana nadie.

-No sé yo qué decirle.

Tenga en cuenta que Lolita está en estado interesante.

-Eso no se discute,

pero convendrás conmigo en que se está aprovechando de ello.

-¿Cómo que se está aprovechando? -Está muy caprichosa.

-Es normal que las embarazadas tengan un antojo.

-¿Pequeño antojo?

Lolita tiene antojos para llenar un carro entero.

-Y Carmen bien que se encarga de echárselo en cara todos los días.

-No te digo que no,

pero Lolita no tenía derecho a tratar a Carmen así.

-Me consta que Lolita ha intentado ser lo más amable posible.

-Pues no le ha salido bien.

Si no es por Carmen, la convivencia habría sido desastrosa.

Ella es la única que ha peleado porque se llevaran bien y en armonía.

-Pues permítame que lo dude,

porque Carmen tiene menos aguante que una soga de papel.

-¿Perdón?

-Lo que ha escuchado, ¿o se lo repito?

-No, lo que quiero es que me digas la verdad.

-Esa es la verdad. Cualquier cosa que Lolita le decía a Carmen,

empezaba a suspirar como un alma en pena.

-¿Qué estás diciendo?

Si Carmen tiene más paciencia que el Santo Job.

-¿Está llamando a Lolita mentirosa?

-La estoy llamando exagerada.

Tú mismo me dijiste que Lolita estaba teniendo un embarazo insoportable.

-Yo eso no se lo he dicho nunca. No tergiverse mis palabras.

-Me lo dijiste y muchas veces.

Tienes la misma mala intención que tu esposa.

-No quiero seguir escuchándole. -Ni yo te lo estoy pidiendo.

Menudo chisme más bueno me ha caído encima sin buscarlo.

Ya tengo tarea.

No, no te voy a dar el gusto de hacerte caso.

¿Dónde estará este malnacido?

Este pollo...

Este pollo es capaz de cualquier cosa.

¿Usted?

Si Marcia está en esa casa, la salvaré.

Así sea lo último que haga.

Esta cristalería la usamos para ocasiones especiales,

que las copas se rompen con solo mirarlas.

La solución no puede ser más sencilla, no las mires.

No entiendo que tengamos una cristalería así

que no se use nunca.

-Tienes toda la razón.

En la mesa...

hay que saber guardar las composturas.

-"¿Eso es pa mí?".

¿Qué es, Servando?

-Si quiere averiguarlo, ábralo y saldrá de dudas.

Emilio, no sabes cuánto me alegra tenerte de vuelta.

-Lo comprendo, madre.

El restaurante trae mucha faena.

-No solo te he echado de menos por eso.

Me angustiaba saber que retrasabas tu regreso sin motivo aparente.

-Lo lamento.

Me retrasé más de lo que pretendía.

Así son los señores, no dan explicaciones a las criadas.

-Lo que me inquieta es que... no ha regresado en toda la noche.

-Quizá vino bien tarde.

-Ni tarde ni pronto.

Esta madrugada he bajado a la casa a comprobar si estaba y nada.

¿El comisario Méndez estuvo aquí?

-Sí, preguntando por Felipe y Mauro.

-Su visita tendrá que ver

con la desaparición de esa chica, Marcia.

-"Yo no necesito a la Carmen".

¡Ea!

Ya sabes el dicho: Mejor sola... -que mal acompañada.

-Pos eso.

-Veo que tardas poco en hablar mal de mí a mis espaldas.

-Descuide, que si tiene el capricho se lo digo a la cara.

¿Por qué has alargado nuestra tortura retrasando tu regreso?

Precisaba de más tiempo.

Es muy duro lo que tenías que aceptar.

Yo no he dicho que lo haya aceptado.

Sigo sin tolerar que mi madre se case con ese malnacido.

¿Qué opina de la visita de ese comisario a Acacias?

Nada, no creo que deba preocuparnos.

¿No le resulta alarmante que pregunte por Mauro y Felipe?

Y supongo que no le parecerá obvio que Felipe siga investigando,

y que sus excusas no son más que falacias.

Por cierto, ¿dónde estaba la feria en cuestión?

He preguntado a algunos conocidos

y ninguno sabía nada de una feria en Barcelona.

-"Y no solo el enfrentamiento lo tiene la Lolita y la Carmen".

"Esta mañana,"

Antoñito ha entrado como alma que lleva el diablo.

-¿Qué quería?

-Supongo que no le viera su padre.

-No sé cómo van a evitarse viviendo bajo el mismo techo.

-No me gustaría estar en ese pellejo.

-Quizá haya encontrado la manera de librarnos de Ledesma.

Pero solo no puedo hacerlo. Necesito su ayuda.

-Emilio, lo lamento, pero debo mantenerme al margen.

No puedo ayudarle más.

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Acacias 38 - Capítulo 1090

04 sep 2019

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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  1. Patricia

    Algo paso el año pasado hicieron lo mismo me parece que tendrían que avisar cuando es que termina y empieza la nueva temporada

    08 sep 2019
  2. Alicia

    Quisiera saber qué sucedió en el canal Mas Chic, miraba a las 23 hsen Argentina Acacias 38, el último que vi fue cuando aparece , la que suponía muerta , madre de María Luisa. Mí sorpresa fue grande cuando el día miércoles , Acacias 38 comenzó las 22 hs y con el capítulo muy anterior donde Cayetana acusa a su esposo de los golpes recibidos. Qué sucedió para que se produjera este cambio???

    06 sep 2019
  3. Marilu

    Señores " aprobadores ": que tenía de ofensivo o inadecuado mi comentario del 4/9/2019? ¿con que vara los evalúan ?

    05 sep 2019
  4. ernesto f. tuñón

    Si ponemos una telenovela tan bien preparada ,no es justo que los capítulos no salgan respetando un orden, yo llamaría a esto una falta de motivación para las personas en general,poniéndome yo al frente por ser el mas viejo,agradezco a la dirección si toman mis palabras como un a porte hacia el lector...

    05 sep 2019