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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1089 - ver ahora
Transcripción completa

Andrade tiene una organización grande y bien engrasada.

Las chicas no estarán en la casa donde se hacen las transacciones.

Haremos que sea Andrade quien nos lleve a ellas.

-¿Y cómo conseguiremos eso?

-Nos pasaremos por compradores.

-¿Sabes si ha sucedido algo entre Carmen y Lolita?

-Si siempre han sido como hermanas...

-Es que doña Susana me ha dicho que se llevan fatal.

-¡Que no, que nuestras esposas siempre se han tenido mucho afecto!

-"¿Una botella?".

-Y de buen rioja, Jacinto, del de los señores.

Pero ¡Servando se lo merece!

(MAURO) "Estimado Felipe: Me cambio a un hotel".

"Es lo mejor para proceder con seguridad".

"Hoy intentaré contactar con Andrade".

"Le informaré del resultado".

-Vengo a decirte que no me pondré el gorrito de bebé por la calle.

-Pensaba que eso ya lo teníamos hablado.

-¡No me lo voy a poner porque es ridículo!

-Por petición de don Felipe, hablé con Carratalá

para sustituirle como asesor legal de la comisión de apoyo.

¿Eso quiere decir que ya no colaborará con nosotros?

-En menor medida.

No tengo ni el tiempo ni los ánimos necesarios.

-O sea, usted quiere que Fabiana devuelva las peinetas,

y usted quedarse con el vino. ¡Es usted un miserable!

¡Pague las peinetas! -¡Qué fácil

es ser generoso con el dinero ajeno!

-¡Le ruego que no se meta

en los asuntos de la familia Pasamar hasta que forme parte de ella!

-Cuando nos casemos, esta familia pasará a ser la familia Ledesma.

-¿Conoce a Mauricio Aguirre?

-No le he oído nombrar.

-Manténgame informado.

Mauro San Emeterio se deja llevar a menudo por la pasión

y en este trabajo esa no es una virtud.

-Me ha dicho que se llama

Mauricio... ¿qué?

-Mauricio Aguirre.

-Y se dedica a los negocios. -Así es.

-Antes, al entrar en la mantequería, las vi enfrentadas.

-¿Discutiendo?

-Me dijeron que no, pero yo creo que sí.

-¡Pues tenemos que hacer algo para averiguar la verdad!

¡A ver si es cierto lo que dijo doña Susana y no se soportan!

-Llevo años buscando un socio en España.

Podría ser usted.

-¡Suéltenme!

¡Suéltenme!

¡Suéltenme!

-¡Suelten a ese caballero!

¿Puedo saber quién es usted?

¡No parece que sea rápido el caballero!

Le he preguntado quién es usted.

-Es mi socio.

Sánchez. Don Felipe...

Sánchez.

-Mi siguiente pregunta es...

qué hace usted en mi casa.

-Le ruego que nos disculpe, señor Andrade.

El señor Sánchez debía esperarme en nuestro hotel,

pero no ha podido contener la impaciencia.

-Parece que mi intuición empieza a abandonarme.

Hubiera jurado que era usted un lobo solitario.

Hasta un lobo solitario prefiere que otro le husmee la presa.

El señor Sánchez conoce muy bien la ciudad.

Me ha sido muy útil.

-Disculpen.

No pretendía interrumpirlos.

Me marcharé gustoso.

Don Mauricio me dijo que no tardaría...

y estaba extrañado por su retraso.

Si don Mauricio responde por usted,

sea bienvenido a mi casa.

Siéntese, por favor.

(Sintonía: música orquestal)

(Sintonía: música orquestal)

(Sintonía: música orquestal)

(RÍEN A CARCAJADAS)

-¡La plaza... mayor! (RÍE)

-¿La plaza mayor? -¡Sí! (RÍE)

-¡En el bar del Cascorro!

-Disculpen las molestias. Enseguida se irán.

-¡Menuda tajada! (RÍEN)

(HOMBRE) ¿Tajada, yo? Pues...

¡Pues sí que...! (RÍE)

(LOS CLIENTES RÍEN)

-No se puede decir que sea una noche tranquila.

-¡Estaba acompañado! (FELICIA) Les he advertido yo,

pero ¡nada! ¡Como quien oye llover!

-Debería haber insistido: los habituales se marchan molestos.

-¡Ya! ¡Gajes del oficio!

No todos los clientes

se comportan al gusto de una.

(LOS HOMBRES RÍEN)

-No soy quién para darle consejos, señora, pero...

conozco a esos tipos.

Son jugadores, y de los bajos fondos. Gente del bronce.

Debería vigilarlos.

-(RÍE LEVEMENTE) ¡Algo así pensaba yo!

¡Gracias por avisar, Cesáreo!

¿Quiere tomar un café para pasar la noche?

-No, gracias, debo seguir con mi ronda.

Con Dios. -Con Dios.

-¿Tajada, yo? ¡Pues...!

¡Pues si estaba....! (RÍE A CARCAJADAS)

(LEDESMA) Buenas noches.

¡Mira que es usted guapa, rediez!

¡Y se empeña en llevar siempre el ceño arrugado!

-¡En el bar ese...!

-¿La están molestando?

-Sobre todo a los clientes.

¡La gente viene aquí a pasar una noche tranquila y ya ve!

(Carcajadas)

-¿Estaba acompañado o no? (LEDESMA) Eh...

De parranda, ¿eh? (RÍE)

Unos cigarritos, os invito.

-¡Muchas gracias!

-¡Cómo echo de menos yo la parranda! ¡Ahora,

poco y mal! ¡A ver si, cuando me despose con la señora,

me puedo resarcir un poco!

(LEDESMA Y LOS HOMBRES RÍEN A CARCAJADAS)

-Otra rondita...

-¡Venga, hombre!

-Felicia,

dígale a la niña que saque...

dos copas de coñac y una de sol y sombra.

-¿Así los advierte usted de que no son bienvenidos?

-¡Bueno, qué tiesura! ¡Solo se están divirtiendo un poco!

-¡Y espantando a los parroquianos! -Me importan muy poco

los parroquianos.

-¡Son los que nos dan de comer!

-No, son los que calientan sillas.

Y lo seguirán haciendo.

Pero este local necesita gente que se deje los cuartos

con alegría.

-¡Son gente del hampa!

¡Cesáreo los conoce! -¿Y qué pasa,

que su dinero no vale?

-Yo misma les serviré las copas.

-Acabo de hablar con Angelines. Van a venir

más convidados a la boda.

-¿Y eso por qué?

-El tirón de la ciudad.

Al saber sus primos que nos casábamos aquí, se han apuntado todos.

¡Buena excusa para echar una cana al aire! ¡Y ya verá,

mis parientes son muy buenos

echando canas al aire!

-No soy la tesorera de palacio.

-Ni yo quiero pasar por tacaño.

Ha recibido un buen dinero.

Invitaremos a mi gente, vengan los que vengan.

(Risas)

(CLIENTE) ¿Qué te pasa? ¿No me puedo reír?

-Y sáqueme otra copa de coñac para mí.

(LOS CLIENTES Y LEDESMA RÍEN)

-¡Tomaré una copita con vosotros! -¡Un cigarro!

-Sí, porque... -Esto se ha caído...

Ya que usted ha venido a mí, no creo ser impertinente si le pregunto

por sus ámbitos y perspectivas de negocio.

-He picoteado aquí y allí mientras estudiaba las posibilidades

y tengo un par de negocios.

Barcos, puertos: ese tipo de grietas.

-¿Grietas?

-Ya me entiende. Zonas grises.

(ANDRADE RÍE) ¡Sí! ¡Entiendo!

Los puertos, las fronteras...

Sus grietas...

siempre ofrecen una oportunidad de lucro a los hombres inteligentes.

-Y audaces. -Eso es.

Y audaces.

Espero que ese par de negocios le hayan resultado provechosos.

-Bueno, no me puedo quejar.

Pero aún estoy esperando...

la oportunidad para jugármelo todo.

-¿Usted juega?

-Invierto.

Es muy parecido, ¿no cree?

-(RÍE) ¡Mucho, sí!

Los muy virtuosos financieros también buscan sus grietas.

-Mi socio...

-El señor Sánchez. -Así es.

Me ha ayudado mucho para encontrar oportunidades.

Y ahora estamos buscando un sector,

una actividad

que merezca la pena...

para invertir, para jugarnos una cantidad definitiva.

-¿Tienen ustedes alguna idea preconcebida?

-Estamos abiertos a todo.

-¿Qué quiere decir con "todo"?

-"Todo" incluye...

los sectores más delicados.

Aquellos que no terminan de estar bien vistos por la sociedad.

-Nuestra pacata sociedad. (RÍE)

¿Podrían ser ustedes más concretos?

-Podríamos.

Pero tal vez sería más discreto hablar...

cuando no haya tantos oídos alrededor.

-(RÍE) ¡Los entiendo!

Ya lo creo. Aunque mis hombres, mis socios,

sean de la más absoluta confianza.

-La discreción nunca está de más, ¿no?

-Bien visto.

Yo también tengo algún dinerillo puesto

en esos sectores tan desprestigiados,

equivocadamente desprestigiados, diría yo.

-Ya que tiene tanta confianza

en sus socios, podríamos ser más específicos.

¿De qué transacciones hablamos?

-La prisa siempre es mala consejera, señor Sánchez.

Siempre lo he dicho.

Los negocios, como las mujeres bellas,

requieren calma,

delicadeza,

suavidad.

-Y confianza.

-Eso es. ¡Bien visto!

Y confianza.

En especial, entre asociados.

Ahora, si me perdonan, debo retirarme.

Mañana he de atender algunos asuntos

que me exigirán una mente descansada.

-Ya que hemos llegado hasta aquí, podríamos precisar

nuestro ámbito de acción.

-¿Ve por qué no ha podido esperar en el hotel?

(RÍE) El señor Sánchez

es un hombre de acción, de decisiones rápidas.

Será un placer terminar mañana esta charla.

-Encantado, don Mauricio. Mañana

será otro día.

Mucho gusto, señor Sánchez.

Síguelos, no quiero sorpresas.

¿Y Antoñito?

-Pues estaba muy cansado.

Está ya en la piltra. Al parecer, ha tenido un día de mucho tute.

-¿Quieres llevarle la infusión? -No.

Si se la toma y se acuesta enseguida, se pasa la noche en la letrina.

-Lolita, preferiría que en la mesa no dijeses esas palabras.

Que dijeses...

"excusado" o, en el peor de los casos, "mingitorio".

-Y yo preferiría...

que usted...

tuviera algo más de paciencia

con quienes querrían haber ido al colegio y no han podido.

-Eso es lo que trato de hacer, Lolita.

Llenar esas carencias.

-Pues es que yo no veo que tenga ninguna. Se me entiende, ¿no?

Pues, ea, aire. -Yo creo...

que sí deberías limar un poco tus expresiones, Lolita.

Pero...,

Carmen, a mí no me importa, la verdad.

Al revés, me hacen gracia: ¡son tan vivaces!

¿Y qué? ¿Qué se cuenta por el barrio?

-¿De chismes?

-O de hechos. ¿En qué entretiene la gente sus paseos?

-Casi todo el mundo habla

del bueno de don Felipe y de la huida de Marcia.

-Bueno... Más bien, de la boda de doña Felicia

con el mendrugo del Ledesma.

-He dicho "casi todo el mundo".

Aunque también se habla de lo de Emilio.

-Que se ha ido a Barcelona.

¡Uf, átele al camarerito la pata con un hilo a la cama!

(RÍE)

-Yo no le llamaría camarerito.

Es hijo de una muy buena familia y es un muy buen restaurador.

-Pues yo no lo llamaría restaurador.

-¿Por qué? -¿Y de nosotros?

¿Qué se dice de nosotros?

-¡Qué se va a decir de nosotros!

-Eso. ¿Qué se va a decir, suegro?

¡Si nuestra familia no da que hablar

en este barrio! -¡Qué razón tienes, hija!

-¿Qué tenéis pensado hacer mañana?

(LOLITA BALBUCEA)

¡Qué vamos a hacer! ¡Un día más de faena!

-Yo tenía pensado sacudir las alfombras

mientras Lolita... -(SE ATRAGANTA)

-¿Qué pasa? -¿Sacudir las alfombras,

Carmen? ¿En esta época del año?

-Ah, perdona, que no sabía...

que las alfombras eran como las aceitunas,

que se recogen en enero. -¡No!

¡Son como las uvas,

que se recogen al final del verano!

En toda casa decente se sabe que se sacuden...

-¿Y qué os parecería si mañana cenáramos aquí los cuatro,

pero que nos trajeran la comida del restaurante?

-¡Qué buena idea, amor!

-Pues tendría que preguntar a Antoñito.

-Ya se lo he preguntado yo. -Ah.

-Después de la reunión para la repatriación de la tropa,

Antoñito y yo tenemos que visitar a unos clientes y hemos pensado

que, como volveremos tarde

y para que no nos esperéis liadas en la cocina,

pues sería una buena idea encargar la cena en el restaurante.

-¡Es estupendo!

-Sí...

Fetén de los fetenes, suegro.

Así, usted y yo tendremos más tiempo para hablar de nuestras cosas.

-¡Justamente!

Lo que andaba necesitando: charlar contigo, y es que, además,

quiero hacerlo ya.

-¡Pues qué bien...

que os guste a las dos la idea!

-Sí...

(LOLITA CARRASPEA Y SUSPIRA)

-(SUSPIRA)

(Canto de grillo)

¡No lo entiendo, Felipe!

(SUSPIRA)

¿Por qué cree que no le conté

lo de Andrade? -¡Eso le pregunto yo!

-¿Por qué me dio esquinazo? -¡Cristo!

¡Casi arruina la treta!

-¡Por favor, un engaño así, meterse en la boca del lobo!

¡Con los dos habría habido menos riesgo!

-¿Menos? -¡Sí!

-¿Ponernos los dos a merced de ese hampón es menos osado?

-¡En caso extremo, nos habríamos defendido uno a otro!

-Pero ¿no ha visto la escolta de Andrade?

¿No ha visto a esos matones?

(SUSPIRA) ¡Da igual, cada uno a lo suyo!

¡Usted es muy buen letrado, pero yo estoy acostumbrado al riesgo!

-Estaba, ¿eh?

-¿Y cómo ha sabido que el nombre

que iba a dar es Mauricio Aguirre?

-(SUSPIRA)

Tan solo tuve que atar cabos.

El comisario Méndez vino a verme.

Me preguntó si conocía a un tal Aguirre.

-Eso no es atar cabos, Felipe. Es una locura.

¿Qué habría pasado si me hago pasar por otro, eh?

¡Habría arruinado mi tapadera! -No es arriesgado.

He buscado por varios hoteles

y solo en este se había alojado Mauricio Aguirre.

Es decir, usted.

He jugado sobre seguro. -Ya.

Y también ha sido un empleado del hotel

quien le ha dicho dónde había ido. -No.

Un cochero.

(MAURO RÍE)

Tiene madera de investigador, debo admitirlo.

Y también un par de bemoles.

-(SUSPIRA)

¿Y quién es ese tal Aguirre?

-Un delincuente muy conocido en el norte del país.

Supuse que Andrade habría oído hablar de él y querría conocerlo.

-¿Y eso no es arriesgado? -¡Menos que lo suyo!

¿Qué habría ocurrido si Andrade o algún secuaz suyo

le hubiera reconocido, eh?

¡Usted es un notable de la ciudad!

-¡Los notables no frecuentan esos lugares!

¡Y no entiendo una cosa!

¡Nuestra intención era descubrir el paradero de Marcia,

y no hemos presionado en absoluto!

-¡Porque el mero hecho de nombrarla a ella o la trata de blancas

nos habría condenado a muerte!

-Pero ¡tampoco irse de vacío!

-Amigo, paciencia.

Los nervios, calmos, y la cabeza, atenta.

La fruta caerá por su peso, pero cuando esté madura.

Debemos ser comedidos y discretos.

-¡Me pide usted demasiado!

¡Cada vez que pienso en cómo estará Marcia...!

-¡No se encienda!

¡Que no ganaremos nada así!

-(CHASQUEA LA LENGUA)

Está bien.

Nervios calmos.

-Y cabeza atenta.

-Me tengo que ir.

-Ni lo sueñe.

Nada de volver a Acacias.

Andrade nos ha hecho seguir.

-No he visto a nadie seguirnos.

-Sus hombres están bien entrenados.

Y le dijimos que nos alojábamos aquí y eso debe parecer.

No volverá a Acacias hasta que terminemos con Andrade.

-¿Y qué pasa con mi trabajo? ¡Tengo obligaciones, y muy serias!

-Y quiere hallar a Marcia, ¿no?

Pues no lo hará si está muerto.

-(SUSPIRA)

Prima, te lo digo yo.

¡Se querían, se querían de verdad! No había más que verlos.

Además, que Marcia es transparente como el agua,

incapaz de doblez.

-¿Y entonces por qué se ha largado con viento fresco?

¡Anda que es mal partido el abogado!

-¡Por eso mismo! ¡Porque lo quiere y no quiere jeringarle la vida!

-¡Más tonta que Abundio ha sido!

-Tonta o no, la echo mucho de menos.

Nadie puede saber lo que pasa

por la cabeza del prójimo.

A mí también la conducta de Marcia...

me parece incomprensible.

-¿A que sí?

Sí, pero...

Por mucho que nos parezca absurda su decisión,

hemos de respetarla.

Hemos de respetar su voluntad de desaparecer.

-Ya, si no digo yo que no...

Pero, si la echo a faltar, la echo a faltar.

-¡Ha vuelto a las andadas!

-¡El muy truhan!

-¿Y ahora qué hago yo? -¿Que qué hace?

Sentarse, que enseguida le cuelo yo una manzanilla, venga.

(AGUSTINA SUSPIRA)

¿Le saco los colores cada mañana

o dejo que se reboce con las busconas hasta que se harte, como la otra vez?

-¿Están ustedes hablando de don Felipe?

-¿Ha vuelto a traer lumis a casa?

-¡Casi peor! ¡Que no ha aparecido ni a dormir!

-Mal está que aparezca

por el barrio con las busconas...

¡Al menos una estaría tranquila

sabiendo que no le ha pasado nada, pero así...!

(SOLLOZA) ¡Me pasaré las noches

preguntándome si no le han dado un tajo

en cualquier arrabal!

-¿Ayer empinó el codo?

-¡No, que yo sepa!

¡Estuvo intranquilo

todo el día, desasosegado,

muy arisco!

¡Y ya, entrada la tarde,

se marchó sin decir esta boca es mía!

-¡Doy fe!

¡Mi Jacinto y yo estábamos en el portal

y le vimos salir a la calle como alma que lleva el diablo!

¿Conoce usted las costumbres de don Felipe?

-¡Ni que Agustina fuera perita en rufianería!

Yo no he dicho eso.

Pero ni siquiera sabemos si se ha ido de picos pardos.

-La Úrsula tiene razón.

Quizá le ha pasado algo malo.

-¡Sí, eso! ¡Arréglalo, hija!

Casilda no va desencaminada.

A veces damos demasiadas cosas por seguras.

Como lo de las meretrices.

Quizá haya ido a buscar a Marcia.

-¿Usted cree?

Pues no lo sé.

De eso se trata:

que no lo sabemos.

-Visto así,

que si le ha pasado algo,

que si se ha ido así, al buen albur, a buscar a esa chica, no sé...,

casi me siento mejor con las zorras.

-¡Ay, no se haga usted mala sangre, Agustina!

Ande, termínese la manzanilla y no le dé más vueltas.

Yo me bajo a la pensión,

que tengo mucha tarea. Después vendré a ver cómo se encuentra, ¿eh?

-Sí, vaya, señora Fabiana, vaya.

Y quédese tranquila, que nosotras le echaremos un ojo.

-Bien.

Con Dios. A más ver.

¡Eh! ¿Qué?

¿Desayunándose, sereno?

-Sí, un cafelito. Se pasa uno la noche soñando con este momento.

-¿Y...?

¿Y el posadero?

-Ha salido a no sé qué. -Ah.

-Me ha encomendado la pensión. Y Fabiana está fuera.

-En el altillo.

Ha ido acompañando a Agustina, consolándola.

¡Menudo disgusto lleva la chacha!

Al parecer,

don Felipe se ha vuelto a aficionar a dormir en camas que no son la suya.

-Estoy al tanto. -Vaya, como siempre,

no se le escapa una, ¿eh? -Debo estar a lo que acontece

por las noches. La noche es muy mala consejera.

Y por eso se creó el noble cuerpo de serenos.

-¡Vaya! ¡Me alegra ver que es usted tan cumplidor!

Porque...

supongo que habrá cumplido, ¿no?

-¿A qué te refieres?

-¿Ya no se recuerda que al final usted...

se comprometió con Servando a decirle a la Fabiana

que estaba hecha un adefesio con las peinetas?

-No me atrevo. ¡Eso es una salvajada!

-No le digo que no, pero usted le dio la palabra al posadero.

-¡Buenas! ¿Qué hora es, sereno?

-Las nueve en punto.

-¡Madre, con todo lo que me queda por hacer!

¡Rediez!

¡Si parece que aquí ha desayunado un regimiento!

-Cómo son las mujeres, ¿no? -¿Eh?

-Siempre buscando...

cachivaches que ponerse.

¡Que si entorchados, que si cordones, que si galones...!

¡Como granaderos!

-¡Y muy bien traído que está!

¡Se trata de lucir palmito! -Ajá.

-Ya me ha visto usted con las peinetas, ¿no?

¡Si es que parezco otra! -Ya...

Eso no sé si es bueno. -¡Hombre!

Es una forma de hablar. Sigo siendo yo,

pero con peinetas. -Ya.

-Y se preguntará por qué no me las he puesto hoy, ¿no?

-Creo tener la respuesta.

-Seguramente porque se las reserva para las fiestas de guardar.

-Pues no le sientan bien.

-¿Cómo ha dicho usted?

-Decir,

lo que se dice decir, eso es mucho decir.

He insinuado y, aun así, se me antoja exagerado.

-¿Y qué ha insinuado?

¡Largue! ¡Largue usted!

¿Qué ha insinuado?

-Que cada mujer es un mundo y eso lo sabe usted mejor que yo.

-Ya. Y hay mundos con peineta y mundos sin peineta.

-Ahí quería llegar yo.

-¡Pues está dando más rodeos que un carnero enamorado!

-¿Y por qué no se lo dices tú, que lo sabes igual que yo?

¡Que no le sientan bien las peinetas!

(JACINTO BALBUCEA)

-¿Eh?

-¿Y a su madre de usted cómo le sientan?

¿Eh? ¡Así, con los ojos cerrados

es como debe mirarse al espejo! ¡Y quítese la gorra,

que parece un hongo y no un sereno! ¡Y de los venenosos!

¡Grosero! ¡Es usted un grosero!

¡Por no decirle chabacano, faltón y gilipuertas!

-¡Maldito Servando!

-(CHISTA)

¿Cómo ha ido? -¿Cómo ha ido?

Y el Señor hizo la luz.

Al sexto día creó al hombre, para que la disfrutara.

(RÍE)

Y al séptimo...

¡desayunó!

O desayunaron los dos.

O los tres, si contamos con la costilla.

No te has reído, Canelita.

Mira que a mí no se me escapa una.

(SUSPIRA)

Muy bien.

Tomo nota.

¡No está el horno para bollos!

¡Pues cuéntamelo!

¿Emilio?

¡No me ha escrito desde que se fue! ¡Ni un telegrama!

¡Como si Barcelona fuera el desierto!

¿Solo eso?

¡Yo creía que había hecho una barbaridad!

¿Más bárbaro que no dar señales de vida, padre?

¡Estará ocupado, chiquilla!

¡Está en viaje de negocios! Un viaje de negocios... (RÍE)

Yo, cuando viajaba por negocios...

No llegaba al negociado porque se paraba en cada taberna.

¡Es un modo de decirlo, sí!

¡No me venga con mojigangas de negocios!

¡Sabe igual que yo que Emilio se fue a Barcelona

para no aguantar a Ledesma babeando sobre su madre!

Es un modo de decirlo, sí.

No hay otro.

¡Si ni me escribe ni nada será porque se ha olvidado de mí!

¿Olvidarse de ti?

Pero ¿cómo se te ocurre?

¡Será un desmemoriado,

pero no idiota!

Y solo un idiota

se olvida de una mujer como tú.

¿De verdad cree eso, padre?

¿Puede Arantxa remar

en una trainera?

¡Pues claro que estoy seguro!

Emilio te adora. ¡No hay más que verlo!

Venera el suelo por donde pisas.

Y si no te ha escrito será porque está en alguna cuita

para que seáis más felices luego.

¿Qué cuita?

Ya te la contará, cuando vuelva. Y no tardará.

¡Ay, padre! ¡Siempre me anima

hablar con usted! (RÍE)

¡Es un sol! Bueno...

¡El sol que Dios creó al cuarto día! (RÍE)

(RÍE)

¡Ay, al séptimo desayunó, que ya era hora!

-(RÍE) ¿Qué le está ocultando a la chiquilla?

-¿Yo? -No, otro zampabollos.

Pero ¿qué cree? ¿Que no recuerdo que trajo el otro día aquí a Emilio

y estuvieron aquí haciéndose confidencias?

-(CARRASPEA) Nada que tenga que ver con Cinta.

-Ya... -¡Y deja de escuchar tras la puerta!

-¡Yo no escucho tras la puerta!

¡Y, si hubiera escuchado, no le estaría preguntando!

-O sí. Tú eres muy retorcida.

-¿Retorcida, yo? ¡Jesús, María y José! Lo que hay que oír, ¿eh?

¿Y los buñuelos?

¿No fue usted ayer al restaurante a comprar buñuelos

cuando siempre ha dicho

que los míos son como el elíxir de la vida o el maná del cielo?

¿Qué pasa? ¿Ahora no le gustan

mis buñuelos o qué?

-Pero ¡qué tontería, Arantxa!

Te estás haciendo mayor

y pierdes confianza en ti misma.

(JOSÉ RÍE)

Pero ¡sin razón, eso sí!

¡Tus buñuelos siguen siendo la masa

que da sentido a la creación! -Claro...

¿No fueron una excusa, entonces, para camelarse a Cinta,

para que no sepa la pobre

lo que se trae usted entre manos con los Pasamar?

-(CARRASPEA)

Si compré buñuelos fue...

Fue para darte un respiro.

-Ya... -¡Sí, tenía un antojo

y no quería que te pasaras toda la santa tarde en la cocina!

¡Y me voy!

¡Que tengo que irme! -Ya...

-¡Qué cosas tienes, Arantxa, ay!

No hable usted así, tía.

Aún no sabemos qué hace don Felipe.

-¡No lo sabrás tú,

que, de puro bueno, pareces memo!

¡Yo lo tengo clarísimo!

Felipe de mis pecados ha vuelto a echarse al monte,

que en su caso significa que está de jarana

día y noche. ¿Es así o no, Felicia?

-No puedo asegurarlo, doña Susana.

Eso son acusaciones mayores.

-¡Vaya, qué modosita está usted hoy!

-Deje en paz a Felicia,

que bastante tiene ella ya. -Ah...

¿Te refieres a su próximo enlace?

-¡Tía, por el amor de Dios!

Me refiero a que le han dado la noche,

o eso me han comentado al menos.

-¡Está usted en lo cierto, don Liberto!

¡Unos gamberros estuvieron alborotando

hasta las tantas aquí mismo, en la terraza!

-Gente de mal vivir,

comentan.

No debería usted consentirlo o acabarán dándoles mala fama.

-¡Bien lo sé yo, pero no tuve fuerza para echarlos!

¡Y debí hacerlo!

-No se agobie, mujer.

¡Si es que se pasa el día aquí metida y eso acaba notándolo!

¿Quiere que hagamos una visita a Rosina y así se distrae?

-Me parece buena idea.

Así le hacen compañía mientras me reúno con Carratalá,

que uno sabe cuándo entra en el ministerio,

pero no cuándo sale.

-Ea, pues dicho y hecho.

-Díganle que acudiré lo antes posible.

(SUSANA SUSPIRA)

Buenos días.

Buenos días, Genoveva. -Buenos días.

-¿No sabrá nada de Felipe?

¿Tendría por qué? ¡Mujer!

Como vuelven a llevarse bien...

El caso es que no ha aparecido en su casa esta noche.

¿Ni siquiera usted sabe algo?

-Nada.

Pero, tranquila, aparecerá en cualquier momento.

Felipe sabe cuidar de sí mismo.

-¡Y dejar que le cuiden, si es así como se llama ahora al fornicio!

¡Doña Susana, por favor, no hable por hablar!

¿Por hablar? Primero,

sus antecedentes son muchos y muy variados,

y, segundo, que le cuente aquí mi sobrino,

que ha sido testigo de la golfada.

-Tía, ¿quiere usted callarse?

-¡Si te echas atrás en tu testimonio, tendremos que consultar a Rosina,

a la que se lo referiste todo detalladamente!

¡Don Felipe se ha citado con una pelandusca en su propia casa!

¡No le digo más!

¿Eso es cierto, don Liberto?

-Mucho me temo que sí.

Marcho al ministerio, tía.

Genoveva, espero llegar a tiempo a la reunión de hoy.

Y no le ponga usted más mientes. Felipe también acudirá.

-¿Quiere venirse con nosotras? Vamos a visitar a Rosina.

Lo siento, estoy esperando a Úrsula.

Me va a acompañar a hacer unos recados. Pásenlo bien.

Claro. -En otra ocasión.

Con Dios. Con Dios.

Señora...

¿Se ha enterado de lo de Felipe?

(SUSPIRA)

¡Estará con el zascandil de Mauro San Emeterio!

¿Cree que andan detrás de Marcia?

¡No! No lo creo.

Y, aunque así fuera,

estarán dando palos de ciego.

Marcia está ya muy lejos de su alcance.

No hay nada que temer, señora. Créame.

¡Pasen! ¿A qué se debe esta agradable sorpresa?

-¡Estábamos hartas de tanto Felipe arriba y tanto Felipe abajo!

Y nos hemos dicho: "¿Y si nos dejamos caer en casa de Rosina?".

"Al menos ella sabe sacarles jugo a los chismes nuevos".

Y aquí estamos. -Siéntese, Felicia.

-Gracias. -¡Ay, de modo que Felipe ha vuelto

a las andadas!

¿Se ha bajado ya de algún coche dando tumbos?

-¡Ni eso, hija! Esta vez puede que ni dé el espectáculo.

-Algo habrá aprendido ese hombre.

-El hombre es el animal

que tropieza dos veces con la misma guarra.

-¡Ay, doña Susana, calle, por favor! -¡Y nosotras,

infelices, pensando que la visita de Mauro le haría bien! ¡Y estarán

por ahí, de picos pardos! ¡Tú lo has dicho!

¡Hombres! Felicia, espero que el suyo no cojee de la misma pata.

-No creo que se lo consintiera.

-¡Calle! ¡Más consentimiento que entregarle

su viudedad en bandeja...!

-¡Yo no logro entender cómo ha aceptado usted ese trato,

por mucho compromiso que tenga!

-Bueno, no metas más el dedo en la llaga, que aquí Felicia

sabe sus circunstancias mejor que nadie.

Toda viuda con descendencia tiene derecho a encontrar un hombre

que la proteja a ella y a sus hijos.

-¡A ver si es verdad! ¡Me conformaría con que no fuera un manirroto

y no le metiera mano a la caja del restaurante!

-No es de ese tipo. -¡Ay, querida,

ninguno lo aparenta,

pero sé de muchas a las que el marido les ha limpiado los ahorros!

Un día un poquito; otro día, más...

-En el peor de los casos,

ya me cuidaría yo...

(JACINTO RÍE)

¡Pues no veas cómo se puso la Fabiana,

que parecía una oveja cuando la están esquilando!

-¡Normal! ¡Ese hombre no sabe tratar a una mujer!

¿A santo de qué

le dice Cesáreo

que las peinetas le sientan mal? -No, pero...

¡Si lo más gracioso es que ni siquiera lo piensa! (RÍE)

-¡Y tú deja de burlarte ya, que eres más simple que el asa de un cubo!

Y, si no lo piensa de verdad,

aún lo entiendo menos. -Eh...

¿Por qué el Cesáreo se ha metido en ese lío?

-¡Pues no sé, pues no sé!

¡Que a mí ni me viene ni me va, que no soy el pastor del sereno!

-A las buenas.

-¡Eh! -Anda, prima, dame

un periódico. Pero no me lo des arrugado,

que luego mi señor me regaña.

Ten.

-¿Cómo sigue la Agustina?

-Mejor al menos.

Pero, hasta que no aparezca el señor sano y salvo,

no se pondrá buena del todo.

-Ya... -¡Ay, prima!

¿Sabes que el Cesáreo le ha...?

-¡No, mejor cuéntanos qué sabes...

de doña Carmen y Lolita!

-¿Qué? -Doña Susana va diciendo

por ahí que se llevan a matar.

-¡Desde luego, esta mujer no deja títere con cabeza!

-¡A las buenas!

-¿Eh? -Marcelina,

los vespertinos, que me gusta que mis huéspedes estén informados,

y envolverles los bocadillos con la prensa.

-¿Se ha enterado usted de la especie que va soltando doña Susana?

-¡El diablo, cuando no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo!

A ver, ¿qué especie?

-Mire, que, con lo amigas que son la Lolita y la señora Carmen,

va diciendo que andan a la gresca.

-Doña Susana se saca los bulos de la manga

o de salva sea la parte.

¡La gente,

que se contenta con meterse en las vidas ajenas!

(SUSPIRA)

¿No me decís nada de mis peinetas?

¿Acaso pensáis que me sientan mal? -¡Quia!

¡Y quien diga eso miente! -¡Sí!

-Todo lo contrario, señora Fabiana.

Le quedan...

Le quedan fetén. Le dan un aire así como...,

como si viniera de una corrida de toros.

-A ver, a ver...

¡A pocas he visto yo que les queden tan bien esos cachivaches!

-¡Pues agradecida! ¡No saben el peso que me quitan de encima!

¡Aunque no lo crean,

hay gente que no sabe apreciar la moda de España!

-¡Hay gente para todo!

No me siento muy cómoda celebrando esta reunión sin don Felipe.

Quizá podríamos postergarla.

Con todos mis respetos, señora, creo que deberíamos avanzar.

He pasado por casa de don Felipe

y su criada sigue sin tener noticias suyas.

La prolongación de su ausencia

podría convertir este patronato en inoperante.

-Tal vez,

Genoveva, le parezcamos un poco insensibles.

Claro que nos preocupamos por nuestro amigo,

pero el mundo no se detendrá por él.

Y ese tiempo es vital para los soldados.

(CARRASPEA)

Sí.

¿Ha visitado ya al señor Carratalá?

Sí, hemos mantenido una fructífera charla.

-El ministerio ve con muy buenos ojos nuestra intervención.

-Según Carratalá,

el número de bajas aumenta día a día y a un ritmo superior al esperado,

al punto que el mando militar

no sabe si hacer una repatriación

o una construcción que permita atenderlos sobre el terreno.

Eso llevaría muchísimo tiempo, ¿no?

Ajá. -Eso nos tememos, señora.

-De todos modos, no hay ninguna decisión tomada aún.

¿Y a qué esperan? (LIBERTO RÍE)

Me temo que no se trata de esperar.

En mi opinión, el Ejército y el ministerio están desbordados,

casi paralizados, diría.

-Sobre el papel,

están pendientes de la decisión de la junta médica.

Al parecer, quieren lavarse las manos

y pasarles la patata caliente a los doctores.

Deberíamos insistir con nuestra idea inicial.

Tal y como está la situación,

eso podría necesitar más dinero del presupuestado.

No me parecería mal.

Estoy dispuesta a aumentar mi aportación personal.

-¡Vaya! Es un gesto muy generoso por su parte, señora.

-Yo también alabo su gesto,

pero creo que deberíamos estudiarlo con más detenimiento.

Con lo mal que gestionan las autoridades el dinero,

podría ir a un pozo sin fondo.

-Y, aunque seguiremos alentando las donaciones de particulares,

es..., es muy grato para mí comunicarles

que mi esposa y mi tía Susana harán una buena donación.

Transmítales mi agradecimiento.

(Puerta)

Disculpen, estoy sola.

Es lo que le comenté.

Don Ramón, Agustina tiene algo para usted.

-Ha llegado esto de parte de don Felipe.

(CARRASPEA)

-(LEE) "Admirada doña Genoveva, estimados señores:

Lamento no haber podido asistir a la reunión".

"Soy consciente de su trascendencia,

pero se ha requerido mi presencia

en un grave litigio. Dado que la vista

se lleva a cabo fuera de la ciudad,

he tenido que viajar y no sé cuándo podré regresar".

"En el momento en que quede libre de compromisos, ustedes serán

los primeros en saberlo".

"Atentamente, Felipe Álvarez Hermoso".

En fin, misterio resuelto.

-¡No sabe usted

el peso que me quita de encima!

-Debimos pensar que estaba trabajando.

(RÍE) ¡En fin!

¡Mi tía me tendrá que escuchar!

(LIBERTO RÍE)

-(RESOPLA)

(RESOPLA)

(Puerta abriéndose)

¡Ya era hora!

¡Carmen!

Pero ¿qué haces aquí?

¡Creía que eras mi padre! ¿No estabas con Lolita comprando la cena?

-Pero ¡aún es muy temprano!

¿Y usted no debía estar con Ramón

visitando a unos clientes? -Ahora vamos,

pero aún no ha vuelto de la reunión.

¡A comprar la cena, y acuérdate

de un gran trozo de empanada para mi padre, enorme!

-¿A qué viene tanta prisa?

Pero ¡si le digo que es pronto para encargar nada!

-¡No sea rezongona, venga! -¿Rezongona, yo?

-¡Hombre!

¡Me pilló desprevenido, apeló a nuestra amistad

y no supe decir que no!

-¡Es que Servando es especialista

en que los demás hagan lo que no quieren hacer!

-¡Lo que me faltaba!

-¡Desde luego, tiene usted...

menos tacto que un guardia civil manco!

¡Hombre! ¡Mire que cebarse con la buena de Fabiana

en vez de poner a caldo

las peinetas, que era lo suyo, y no a ella misma en su situación!

¡Qué poca vergüenza de llamarla fea!

-¡Eso es mentira, es una infamia! -¿Mentira, infamia?

¡Con lo facilito que era el encargo! -¿Sí?

¿Fácil? ¡Hágalo usted, con lo hábil que es!

-¡No, y lo haré, lo haré!

¡Claro que sí, pero con algún cambio en el proceso!

¡En vez de centrarme en la Fabiana, que ha sido su error, me centraré

en los objetos, o sea, en las peinetas!

(JACINTO) Pues...

no lo acabo de entender. -No...

¡Que lo voy a hacer, hombre! Que haré desaparecer las peinetas,

creerá que las ha perdido y las devolveré

al comercio que me las vendió.

-Pero ¿no había sido por la patilla? -¡Eso son matices!

La cuestión es que volveré al regalo inicial, el pastillero.

-¡Ese plan es de lo más rastrero!

¡Hará creer a Fabiana que ha perdido su regalo!

-¡Que no era su regalo, que su regalo era el pastillero!

-¡No acabo de entenderlo!

-¡Y no quiero quejas!

¡Y usted no me deja más opción! ¡Fabiana debió devolverme

voluntariamente esas peinetas...!

Y eso nos lleva...

al punto flaco de este plan alternativo.

Claro, es que Fabiana no las suelta ni así la maten.

-¡Haga sus magias! -¡Voy a hacer mis leches!

Solo se me ocurre afanárselas mientras duerme.

-¡Con rastrero me he quedado corto!

-¿Va a entrar usted en su dormitorio mientras duerme?

-¡Por supuesto, hombre! ¡Vamos a ver!

¡Este plan es solamente para mentes muy astutas!

-¡No quiero escuchar más!

-A no ser que lo quieras hacer tú, portero.

-¡No, no! ¡Ni loco!

-Te doy dos reales por las molestias!

-¡Que no!

¡La Fabiana es capaz de dormir con una escopeta!

¡Al fin, padre! ¡Casi hay que mandar el plan al garete

por su retraso! -¡A punto he estado

de toparme con Carmen! ¡Menos mal que he reaccionado

y me he escondido en el rellano!

-¡Ya! Entonces, ¿vamos a hacerlo?

-Te veo inquieto. -No me gusta

tenderle una trampa a mi esposa.

-¡Ya lo hemos hablado!

Es el único modo que tenemos para saber

si nos engañan o si de verdad se llevan tan bien como dicen.

-Eso es. Conque a escondernos.

A grandes males, grandes remedios.

Bueno, ¿y dónde nos metemos?

Doña Carmen y doña Lolita se han llevado la última empanada.

Aparte de un primero, un segundo y un postre.

-¿Me pondrías un café, preciosa?

-Ahora mismo.

-No han vuelto los pelmazos de ayer, ¿no?

-¿Qué pelmazos?

-¿No te lo ha dicho tu madre?

Unos hampones que estuvieron alborotando de noche.

Y tu padrastro, en vez de plantarles cara,

hizo migas con ellos y los invitó a unos tragos.

-No es mi padrastro.

-Ya veo que no es santo de tu devoción.

-¿He dicho yo eso?

No soy quién para meterme

donde no me llaman.

Si mi madre quiere un marido, no soy quién para impedirlo.

-Apúntamelo. Con Dios.

-¿Por qué no me dijo lo de anoche?

-(SUSPIRA)

No vale la pena.

Digan lo que digan, tampoco fue para tanto.

Además...

Dentro de poco, no tendré que ocuparme de esas cosas.

-¿A qué se refiere?

-Cosas mías, hija.

Lleva esa taza al fregadero.

(FELICIA SUSPIRA)

(RAMÓN) ¡Hijo!

¡Esto resulta más incómodo que la cama de clavos de un faquir!

¿Sabes cuándo tienen que venir?

-Vaya usted a saber, pero espero que no tarden mucho.

(Puerta)

¡Creo que vienen!

(Ruido en la puerta)

(LOLITA REFUNFUÑA)

(REFUNFUÑA)

¡De verdad, Carmen, no entiendo el ansia por la ensalada!

¡Para una migaja de lechuga y dos tomates,

bien la podía haber hecho yo! -¡Ja!

¡Y yo!

Pero esos tomates que nos ha enseñado Camino decían: "¡Cómeme!".

-¡Qué buen oído tiene para los tomates

y qué malo para las personas, porque a mí no me hace tanto caso!

(RÍE) -Mira, vamos a dejarlo ahí.

-Ajá. -¿Eh?

Pero yo no me desdigo.

Los tomates tienen una pinta exquisita.

-¡Y dale con la tomatera! Pero ¡qué sabrá usted

si no ha estado nunca en el campo!

-Lo que sea con tal de llevar la razón,

¿verdad? -(RESOPLA)

-¡Pues nada! ¡Para ti la perra gorda,

si la ensalada ya está ahí! -¡Eso!

¡Restriégueme el despilfarro!

¡Señor, ya no quedan mujeres apañadas en este mundo!

-Tú quieres tenerla, ¿no?

-¡Oh! -¡Otra vez!

¿Quieres tenerla conmigo, es eso?

-Quizá es que usted lo está deseando!

-(RÍE)

¿Sabes lo único que me sosiega? -¿Eh?

-¡Que ni tu marido ni el mío tengan que ver esto!

Anda, pon la mesa, que yo sirvo los platos.

-¡Pues no me da la gana, ea!

¡Como si la señora condesa no tuviera manos!

-¡No me lo puedo creer!

¿Es cierto lo que estoy escuchando?

-Pues pregúntaselo a la condesa, que tiene respuestas para todo.

-Ah, ¿que tú sigues discutiendo?

-Dos no se pelean si uno no quiere, ¿no, Carmen?

-¿Discutiendo? (RÍE)

¡Hijo, no! ¿Cómo vamos a discutir Lolita y yo?

¿Verdad, Lolita? -Quia.

Es mi Antoñito: tiene hambre y se le nublan los oídos.

-¡Lolita, por favor, no digas tonterías!

¡Lo he escuchado todo! ¡Discutíais como dos verduleras!

¿A que sí, padre?

-¿Dónde está tu padre?

-Oyéndolo todo.

¡Anda, que nos la queríais dar con queso!

-¡Suegro, salga!

-¡Saldrá cuando lo diga yo! ¿No? ¡Ramón!

¡Ramón, sal!

(RAMÓN) ¡Ay, ay, ay, ay!

¡Socorro, ay! ¡Ay, ay, ay, ay!

-Pero ¿qué le ha pasado?

-Pero ¿por qué te lo va a decir a ti?

¡Me lo tendrá que decir a mí!

Ramón, ¿qué te pasa, cariño?

-¡Que me he quedado doblado! -¡Ay!

-¡Que no me desdoblo! -¡Ay!

-¡Ay! -¡Le estiro, suegro!

-¡No, no! -¡No!

-¡Que sí! ¡Una, dos y...!

(RAMÓN GRITA)

¿Un habano? Me los traen de Vuelta Abajo,

los más apreciados de Cuba.

-Yo sí voy a probar uno.

-¿Usted no?

-No, gracias.

-Como prefiera.

De modo...

que trabaja usted en el norte, ¿no? -Así es.

Aunque no me dejo ver mucho.

-No le negaré que he hecho...

algunas averiguaciones en el norte.

-No esperaba menos.

-Y debo decirle que todo han sido elogios para usted.

Según parece, Mauricio Aguirre...

es un hombre solvente.

Terminaremos entendiéndonos.

-Me alegra oír eso.

Aunque no dudaba que así sería.

El asunto que tengo pensado

redundará en beneficio de ambos.

-¿A saber?

-He estado dándole vueltas

y he encontrado la forma de darle un impulso

a mi negocio.

Y con él al suyo.

Se trata de diversificar.

Me gustaría trabajar con mujeres...

del otro lado del charco.

-¡No sé a qué se refiere!

-Se lo explico sin problema.

Verá, estoy interesado en adquirir...,

digamos...,

una decena de hembras.

De color.

Y, si las consigo a buen precio, haré dinero colocándolas en Europa.

-No veo qué tiene eso que ver conmigo.

Mis ámbitos son el tabaco, la caña.

Con suerte, diamantes.

¡Jamás traficaría con personas!

¿Está tratando de insultarme?

-¡Jamás, señor!

Eso sí, puede que haya sido mal informado.

-¡No le quepa la menor duda!

-Quizá me hablaron de otro César Andrade.

En fin, perdone.

Ya hablaremos cuando me interese la caña.

Sánchez, nos vamos.

Señor Sánchez.

Sin rencores, ¿no?

Tenga mis señas. Aún estaré unos días en la ciudad.

Hotel Sintra.

-No sé qué pretende que haga con esto.

-Déselo a ese otro César Andrade.

Si es que lo conoce.

Le estaría eternamente agradecido.

Y dígale que estoy dispuesto a gastar

si me consigue esas 10 mujeres de color.

Andrade es el hombre que buscamos.

-No tengo duda.

Pero no parece querer admitir

que trafica con personas, y menos cerrar un trato

con nosotros. -Dele tiempo.

El anzuelo ya está echado.

-¿Cree que pueden vender a Marcia...

como objeto sexual?

-Todo este dinero puede ser suyo si desaparece de nuestras vidas.

Es dinero contante y sonante.

Dinero que mañana mismo puede estar en su bolsillo.

-La verdad es que es mucho más dinero del que pensaba que podría tener.

-¿Acepta el trato?

-¿Cómo quiere que esté tras su comportamiento con Andrade?

-¿Ve mal que me ofreciera

a comprarle esas mujeres? -No.

Pero ¡cuando se ha hecho el ofendido, usted se ha achicado!

-Calma, es parte de la negociación.

-Que ha llevado torpemente.

Debió ser más resolutivo.

-Decidme la verdad

y decidla ya.

-Pues... -¡Estamos desquiciadas juntas!

-¡Es muy difícil... -¡Una dice blanco,...

-...con todas las manías... -...y la otra, negro!

-...que tiene Lolita! ¡No puedo ni descorrer

las cortinas sin que me llame la atención!

-Lo hace todo al tuntún.

Solo le digo las cosas para ayudarla

y que todo salga bien.

-¡Pues buena ayuda tengo!

-¿De dónde viene, don Felipe?

No me está contando toda la verdad.

-Siento no poder contarle nada sobre eso.

-El comisario Méndez los buscó

a usted y a don Mauro.

-¿El comisario Méndez? -Ajá.

-¿Habló con él?

¿Qué le dijo? -"¿Sabe algo de mi hermano?".

-¿Ha ocurrido algo malo?

-No tenemos noticias de él.

-La esperanza... ¡La esperanza es...

lo último que tienes que perder!

¡Padre!

¿Qué hace aquí? ¿De qué habla con Camino?

Qué mala cara tienes.

No has debido de dormir en toda la noche.

-Tengo mucho trabajo estos días.

¿Por qué no pasas la tarde en mi casa?

Puedes descansar y relajarte.

-¿No lleva usted las peinetas puestas?

-Pues no, ya está viendo usted que no.

-¿Y no las habrá perdido?

Estoy intrigada porque le he visto hablar con Camino y estoy segura

de que es sobre Emilio.

-Ah...

Es posible que comentáramos algo, pero nada de peso.

(SUSURRA) Padre...

Le ruego que me diga qué sabe.

¿En qué anda metido Emilio?

-Que hace un rato estaba dando un paseo después de la misa

y me he topado con ese malnacido de Ledesma.

Y lo peor es que le he saludado

y el muy tuercebotas no me ha devuelto el saludo.

-¿Quién se habrá creído que es semejante gañán?

-Está claro que nos desprecia por no sentarnos con él el otro día.

-¡A Carmen a comprensiva no le gana nadie!

-No sé yo qué decirle.

Piense que Lolita está en estado interesante.

-No lo discuto, pero convendrás conmigo

en que se está aprovechando un poco de ello.

-¿Cómo? -¡Pues que está muy caprichosa!

-¡Porque está embarazada! ¡Es normal que tenga un pequeño antojo!

-¿Pequeño antojo?

¡Tiene antojos como para llenar un carro entero!

-¿Ha venido sin Mauricio?

-He hecho lo que me pidió en su nota.

-Me alegro de que así sea.

-¡No!

¡No te daré el gusto de hacerte caso!

¿Dónde se habrá metido este malnacido?

¡Este pollo!

¡Este pollo es capaz de cualquier cosa!

-"Los he investigado a ambos".

Sé que Mauricio Aguirre en realidad se llama...

Mauro San Emeterio.

También sé que se trata

de un expolicía

y que usted no es su socio.

Supongo que le ayuda

a recuperar una mujer de la que está enamorado.

¿Me he equivocado en algo?

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  • Capítulo 1089

Acacias 38 - Capítulo 1089

03 sep 2019

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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  1. Lily Ortega

    Me encanta la serie soy de Perú y por el trabajo no llegó a verla en la TV pero busco los capítulos aqui

    05 sep 2019
  2. Saro

    Me parece que, lo mejor de hoy, ha sido la discusión entre Felipe y Mauro, ha sido una escena "de lujo". Dos amigos, inteligentes, hasta el punto de que Mauro ha tenido que reconocer que Felipe, a pesar de su imprudencia, tiene "madera de investigador". ¡¡Qué dos grandes actores son Gonzalo y Marc!!! ... me encantan, cuando les veo juntos es un disfrute para mí. Gracias a ambos.

    03 sep 2019