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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1088 - ver ahora
Transcripción completa

César Andrade.

-¿Y qué pasa con él?

-Suele traficar con mujeres.

-¿Mujeres de color?

-La mayoría de Brasil.

-¡Marcia está en peligro!

-Estoy seguro de que tras esta pista hay algo sólido.

-Ledesma se está aprovechando de mi secreto.

Pero todo el mundo tiene secretos...

y yo estoy dispuesto a descubrir los suyos.

-¿Y cómo piensa hacer eso?

-Regresando a su tierra e investigándole.

-Doña Susana sospecha que ustedes no se entienden

muy bien y anda preguntando por ahí.

-¿Y a quién ha preguntado? -¡A mí!

-A Barcelona, a buscar ideas para el restaurante.

-Pero ¿por qué has de ir tan lejos?

-Es que hay una feria de restauración. ¿No se lo dije?

-La peineta no era lo que le compré a la Fabiana.

-¿No?

-No, no. Yo... Entré en una tienda muy elegantona

y lo que compré fue un pastillero,

que es un regalo más sencillo y barato.

-¿Y de dónde salen las peinetas?

-Lo que debió de pasar es que la dependienta se equivocó

de paquete y me dio a mí las peinetas.

-Y a ella, el pastillero.

-Me parece que usted

nunca ha renunciado a encontrar a Marcia, como nos ha hecho entender.

¿Me equivoco?

-Completamente.

-¿No está buscándola, entonces?

-Digamos que no renuncio a ello.

Pero no hago nada especial para encontrarla.

-Entonces, eso significa que las cosas van bien por casa,

que no hay rencillas fruto de la convivencia.

-¿Rencillas? ¡No, no! ¡De eso nada! -(RÍE)

-¡Nos llevamos todos estupendamente!

-Quería preguntarle si estaría dispuesto a relevarme

en las negociaciones con el ministerio.

-Sí. Claro que sí, don Felipe,

pero ¿qué ocurre? ¿Por qué no quiere seguir?

-No, no es que no quiera.

Pero tengo mucho trabajo

y no tengo tiempo de dedicarme a esa tarea.

Veo que su estancia en España no le ha hecho cambiar ni un ápice.

Le agradezco que haya acudido a mi llamada.

-Un gusto volver a verla...,

señora.

El gusto es mío...,

señor Andrade.

-¡Lolita y Carmen se llevan muy bien! ¡Mejor que bien!

¡Es que son como hermanas!

¡No sé quién se habrá inventado semejante falacia! Pero ¡es falsa!

-Pues me alegro de que sea así y no pase como en otros lugares,

que los esposos son los últimos en saberlo.

-He seguido la pista del tal Andrade.

Al parecer, hay una lujosa casa a las afueras de la ciudad

que es de su propiedad.

-¿Una casa?

-Se comenta

que allí se trafica con mujeres.

-¡Hablemos con el comisario! -Ya le dije

lo peligroso que es precipitarnos, ¿eh?

Avisar a Méndez no es lo que vamos a hacer.

No lo entiendo.

¡Si sabemos dónde está Marcia, debemos actuar ya!

-Es que no sabemos dónde está.

Sabemos dónde podemos empezar a buscarla.

No podemos entrar allí sin más.

-¡Me dan igual sus reparos! ¡Saquémosla ya!

-¡Escúcheme!

Yo me sé mover en ese mundo, ¿de acuerdo? Así que hágame caso.

-Cada minuto que pasa es decisivo para ella, ¿entiende?

-¡Y cada minuto que nos precipitemos también!

Así que haga el favor de escucharme y le diré qué haremos.

¿De acuerdo? -Está bien.

(SUSPIRA) Está bien, cuénteme su plan.

-La información que tengo de Andrade

es que es un hombre peligrosísimo.

Un verdadero canalla.

-Por eso hay que encarcelarlo.

-Claro, lo encarcelamos esta noche...

y mañana vuelve a salir por la misma puerta por la que entró.

Eso no lo queremos.

Solo podremos darle un golpe, y este debe ser

definitivo.

-(SUSPIRA) -Que ya no pueda recuperarse.

-¡Bueno! Entonces, ¿qué propone?

-Andrade tiene una organización grande y efectiva.

Las chicas no estarán en la casa donde se hacen las transacciones.

Una redada solo serviría

para ponerle sobre aviso y que nunca las encontremos.

-¿Entonces?

-Entonces usaremos la inteligencia.

Nos ganaremos su confianza.

Haremos que sea Andrade quien nos lleve hasta ellas.

-¿Y cómo vamos a conseguir eso?

-Nos haremos pasar por compradores.

-¿Compradores de mujeres?

-¿Hay algo más vil?

-Iguales son el que las vende y el que las compra.

Y vamos a por él.

A exterminar su organización.

Nos infiltraremos.

Y, si es necesario, compraremos algunas de esas chicas.

(FELIPE SUSPIRA)

(FELIPE RESOPLA Y SUSPIRA)

Mauro...

¿Usted cree...

que Marcia puede estar siendo prostituida?

-No lo sé, Felipe.

-Pero hay que prepararse para lo peor.

Daremos con ella, pero esto será peligroso.

¿Está dispuesto a correr el riesgo?

-¡A lo que sea!

Incluso a arriesgar mi vida para ello.

(FELIPE SUSPIRA)

(Sintonía: música orquestal)

(Sintonía: música orquestal)

(Sintonía: música orquestal)

¿Qué hay para cenar?

-La porrusalda de mi "amatxu". -(SUSPIRA)

¡Me encanta! -(RÍE)

-Aunque...

¿No será muy pesado para cenar?

Mira que Bellita últimamente

tiene el sueño quebradizo.

-¡Ya! Pero eso será por las preocupaciones,

no por la porrusalda.

-¡Sí, bien cierto es!

¡En fin...! No sabes

lo que te ahorras no teniendo hijos.

-¡Don José, eso no me diga, por favor! ¿Eh?

¡Usted ya sabe que Cinta es como una hija para mí! ¿Eh?

¡Que los disgustos que se llevan ustedes

me los llevo yo!

-Tienes razón, Arantxa... Perdóname.

Es verdad, a veces se nos olvida.

Y ella...

¡Y ella te quiere como a una madre!

-Buenas noches, señora.

He hecho porrusalda para cenar. ¿Qué opina?

-Lo que quieras. -No, como justo me decía el señor

que igual era muy pesada...

-Ajá.

Don José está más raro que un perro verde...

y me va a contar por qué.

A ver...

¿Qué te ha pasado?

-¿Con qué?

-No has querido quedarte a hablar con Felicia y Ledesma.

-(RESOPLA)

¡Eso son figuraciones tuyas, chiquilla!

-José, no me mientas, que no soy tonta.

-¡No es que no seas tonta!

¡Es que pocas artistas más listas que tú han nacido en España!

-¡Mira, no me enredes con tu palabrería!

¡A ver! ¿Tanta ojeriza le has cogido a ese Ledesma?

¿Después de tanto insistirme

en que hiciera las paces con ella, ahora eres tú

el que marca las distancias?

-¡A ti tampoco te gustaba!

-¡Bueno, una cosa es que no me caiga bien, y otra, que se me note!

¡Hombre, hay que mantener las formas!

¡Y más ahora que va a casarse con Felicia!

-¡Ese hombre no es de fiar!

-¿No? -¡No!

-¿Por qué? -¡Pues por...!

(SUSPIRA) ¡Porque no!

¡Y ya está!

¡Mira! ¿Sabes qué ha dicho de ti? -¿De mí?

-¡Sí, de ti! ¡Que eres una artista de tres al cuarto!

(JOSÉ RÍE CON SORNA)

¡Y que desafinas en los fandanguillos!

-¿Qué? Pero ¡si me dijo que era admirador mío!

¡Será embustero! -Pero ¡bueno!

¡Y encima se atreve a mencionar los fandanguillos!

Pero ¡si casi los ha inventado usted!

-¡Digo! ¡Valiente ignorante!

-¡Vamos! ¡Voy a cantarle las cuarenta!

-(LE CHISTA) -¿Ahora?

La porrusalda está hecha.

Ahora... -¡Claro! ¡Ahora a cenar!

¿Vamos a dejar que la porrusalda se enfríe por ese endriago?

Arantxa, avisa a Cinta y sirve la cena.

Ahora mismo. -Vamos.

-¡Decirme que desafino en los fandangos!

¿Qué hace, padre?

Creía que me lo había dejado todo encendido. Acuéstese.

-Estaba revisando los detalles del contrato de los barcos

que traerán a los hombres de Marruecos.

-Ya. Que usted nunca descansa, ¿no?

-Sí lo hago, hijo.

Lo que pasa es que no me gusta dejar flecos sueltos.

La diferencia entre los buenos negocios

y los malos está en los pequeños detalles.

Tú siempre estate atento a los detalles y a la letra pequeña.

Cinco minutos perdidos aquí leyendo...

pueden ahorrarte luego muchas horas de lamentos.

-Sí, si tendrá razón, como siempre.

Pero esto de los barcos no es exactamente un negocio.

-Bueno, no deja de ser invertir un dinero para obtener un beneficio.

En este caso pasa que no es económico,

es humano: traer a esos hombres.

-Bueno, una forma distinta de verlo, sí.

-Y, además, quiero revisar todo bien.

Don Felipe está muy afectado con la desaparición de Marcia

y me temo que en los contratos

haya dejado algunos flecos sin resolver.

-Ya.

¿Y no puede ser que usted no se termine de fiar de Genoveva?

-Hijo, en los negocios no me fío ni de mi propio padre,

así que ¡imagínate de doña Genoveva!

-Pues yo sí me fío de mi padre. -Pues haces mal.

No deberías fiarte ni de él ni de tu hijo.

-No se fía de mí.

-¿De ti? ¡De ti el que menos!

Por cierto,

hijo, ¿tú sabes si ha sucedido algo entre Carmen y Lolita?

-No, siempre han sido como hermanas.

-Es que doña Susana me ha dicho que se llevan fatal.

-¡Porque doña Susana siempre se está inventando cosas!

¡Yo no sé qué conseguirá con eso!

-No creo que se lo invente.

Se basará en algo, por eso te lo comento.

-¡Que no! ¡Que nuestras esposas

siempre se han tenido mucha simpatía y afecto!

-En fin, espero que así sea.

Y no te preocupes. Yo sigo aquí trabajando un rato y después...

apago todo cuando me vaya.

-Pero no tarde.

-No tardo...

-Buenas noches. -Buenas noches...

Pues no me escama lo que me cuenta de Servando.

Lo raro hubiera sido que hubiera hecho lo contrario.

-Pero reconoce que no ha sido honesto.

-Honesto no.

Pero espabilado un rato. -(RÍE)

-Con poco, vaya regalo ha hecho a la Fabiana.

-Unas peinetas de carey que ha pagado otra persona.

-(RÍE) ¡Qué truhan!

¿Y...? ¿Y a la Fabiana le han gustado?

-Imagínate. ¡Como para no gustarle!

¡Como unas castañuelas está con sus peinetas!

¡Uf! -¡Rediez!

¡Pues sí que la ha liado!

-¡Y bien gorda! -Ajá.

-Pero no me quedaré de brazos cruzados.

Represento a la ley en el barrio y algo tendré que hacer.

-Sí. -A las buenas noches.

-Buenas noches. -Buenas noches, Fabiana.

¿Qué hace por aquí a estas horas?

-No, si ya me retiro, que el barrio, con Cesáreo aquí,

está bien tranquilo. Pues nada...

Estaba buscando a Servando.

-¿A...?

¿A Servando? Pues... debe de estar ya en el catre,

¡maquinando alguna barrabasada!

-En el quinto sueño.

Y la barrabasada, seguro,

que este hombre no tiene idea buena. -Bueno,

se lo daré mañana: le he traído un regalo.

Pero no se metan con él.

¡Que es como un ángel del cielo!

-¡Expulsado del cielo, diría yo!

Oiga, que eso parece...

una botella.

-¡Y de buen rioja, del que beben los señores!

-Ah. -Mis buenos cuartos

que me ha costado.

Pero ¡Servando se lo merece!

-¡Quién lo catara! ¡Ay!

-Pídanle que los invite,

que para eso está, para que se lo tome con quien quiera

y no para echárselo al gañote él solo.

-Y...

Y eso del regalo...

¿Es el cumpleaños de Servando?

-No.

-No...

-No será por devolverle el regalo que le hizo.

-¡Esas peinetas de carey valían un Potosí!

-Pero los regalos no se hacen para devolverse,

sino para que el otro se sienta querido.

-¡De bien nacido es ser agradecido!

Y me voy, que hoy tengo ya sueño.

-¿Y si le doy yo la botella?

-¡Para que se la beba usted!

¡De eso nada, que no me fío ni un pelo!

¡Buenas noches!

-Espere, que la acompaño a la pensión.

Buenas noches. -Buenas noches.

Y buena ronda. -¡Gracias!

(JACINTO SUSPIRA)

(Puerta abriéndose)

(FELIPE) Buenos días.

Veo que está preparándolo todo. Estarán al llegar.

-Cuando los señores se sienten, les traeré

una cafetera y unos platos con algo de bollería.

-Perfecto. Aunque trabajemos, hay que ser hospitalario.

¿Y Mauro? Pensaba encontrarle en el despacho, y no estaba.

-Salió muy temprano.

Le ha dejado una carta

sobre la mesa.

(MAURO) "Estimado Felipe: Me cambio a un hotel".

"Es lo mejor para proceder con seguridad".

"Esta tarde intentaré contactar con Andrade".

"Le informaré del resultado".

"Le ruego que no se inmiscuya en la operación:

podría correr un grave riesgo".

"Afectuoso, Mauro".

-Agustina.

¿Mauro llevaba una maleta? -Sí, señor.

Una maleta pequeña. ¿Ocurre algo?

-No. Mauro se va a alojar en un hotel.

-Quizá no he sabido atenderle. -No.

No es eso.

¿No dijo a qué hotel iba?

-Nada... No dijo nada.

Solo se asomó a la cocina

y me dijo que le había dejado a usted esa carta.

Después se marchó. Ni siquiera tomó un café.

(Puerta)

-Gracias. Vaya a abrir.

Buenos días. -Buenos días.

-Buenos días. Me ha dado tiempo de ir a ver

a Carratalá. -Bien.

-Le encuentro un poco tenso, Felipe. ¿Va todo bien?

-Sí.

En cuanto llegue Genoveva, empezamos.

Por favor.

(LOLITA) "Ya verá como mañana"

viene a comprarme otra vez estas patatas.

No las he tenido mejores en la tienda

desde que abrí.

Sobre todo para hacer costillas. (RÍE) ¡Ande, agradecida,

doña Rufina!

Con Dios.

-Buenos días, Lolita.

-No vendrá a llevarse lo de la casa. No me ha dado tiempo a prepararlo.

-Puedo hacerlo yo.

-No, prefiero hacerlo yo.

Es que así sé lo que tengo en la tienda.

-Como quieras.

Ahora voy a la iglesia.

Si quieres, a la salida, me vuelvo a pasar por aquí.

-Perfecto.

-Bien.

¡Por cierto!

(RÍE)

¿Has visto

las peinetas de carey

que le ha regalado Servando a Fabiana?

-¿De dónde las habrá sacado?

-¡Hombre!

Llevan muchos años siendo socios de la pensión y se tienen aprecio.

-Servando es de la cofradía del puño.

Incapaz de hacer un regalo que valga más que el envoltorio.

-Sí, nunca ha sido muy generoso. Más bien, todo lo contrario.

-Ajá. -Bastante agarrado.

-Carmen, que no soy tonta.

-¿Qué? -Y tengo muchas cosas que hacer.

¿Me dice de una vez a qué ha venido o...?

-Pues mira, sí.

Vengo a decirte que no me voy a poner el gorrito de bebé

para salir a la calle.

-Pensaba que eso ya lo teníamos hablado.

-Da igual lo que hayamos hablado.

No me lo voy a poner porque es ridículo.

-¿Ridículo?

¿Me está diciendo que las costumbres de Cabrahígo son ridículas?

-Si son esas, sí.

-¡Muy bien! ¡Pues me está llamando ridícula a mí,

ridículo a mi pueblo, ridículos a mis antepasados

y ridícula a doña Trini,

antigua esposa de su esposo, le recuerdo!

-Lolita, solo estoy diciendo...

que una persona adulta que se pone un gorrito de bebé

para salir a la calle es ridículo.

-Ajá. -¡Y que no!

¡Que me da igual, que no lo haré, que no saldré a la calle

con el gorrito, sean costumbres de Cabrahígo o de la Conchinchina!

-¡Pues dígaselo a don Ramón, a ver qué le parece que insulte a Trini!

-(SUSPIRA)

-¿Eh? -¡Que no la insulto!

-¡No! -Y lo del gorrito,

si quieres se lo digo a Ramón.

Ya verás como está de acuerdo conmigo.

-Muy buenas.

-¿Va todo bien?

-¡Bueno!

¡Venga, te lo cuento! (RÍE)

¡Es que resulta que la jota en el pueblo de la Carmen

se baila de modo distinto a la jota de Cabrahígo!

Que... dice la Carmen

que empieza así, con las que lo bailan

enfrentadas y en jarra.

Verás, verás... ¿Cómo sigue, Carmen?

¿Cómo sigue? ¿Cómo sigue? -¿Eh?

Pues eso... (LOLITA RÍE)

-Que en mi pueblo no...

No levantamos las manos ni nada, nos quedamos así.

Y... damos

una vuelta, así.

Así.

Ahora hazlo tú.

Hazlo tú.

-Eh... Pues... Así.

(RÍE) -Eso, muy bien.

(RÍEN LAS DOS)

-Me alegro. Pensaba que estabais enfadadas.

-¡No! -¿Qué dices?

Con... Con lo amigas

que somos la Carmen y yo... ¡Qué vamos a estar enfadadas!

-Muy bien.

Voy al banco, Lolita. Dijiste que querías cambio, ¿no?

-Sí, de monedas chicas.

-Bueno, pues ahora te lo traigo. (RÍEN LAS DOS)

-¡Adiós, mi amor! -Con Dios.

(LOLITA SUSPIRA)

Menos mal, ¿eh?

Si no llega a ser por mí, mi Antoñito nos pilla discutiendo.

-Yo te lo agradezco en el alma, Lolita.

Porque ahora solo pensará

que somos dos majaderas

que se dedican a bailar la jota en la mantequería.

¡Fetén!

Pensé que veríamos a don Mauro.

-Salió temprano esta mañana.

¿Necesita algo de él, si le puedo ayudar?

-No. No, simple curiosidad. Siempre me ha gustado saludarle.

Es una persona muy interesante.

-Nos hemos acostumbrado de nuevo a su presencia por el barrio.

-Quizá lo frecuente menos próximamente.

-Va a hospedarse en otro lugar. -¿Por trabajo?

-Lo ignoro.

-Espero que no haya habido

desavenencias entre ustedes.

(Puerta)

-Será doña Genoveva.

Voy a abrirle.

-¿Habrán tenido un desencuentro los dos?

-Eso parece, desde luego.

Buenos días, señores.

Espero que no les moleste que traiga unos pasteles.

Por muy dramático

que sea lo que vamos a tratar, hay que endulzar la vida.

Todo lo contrario, doña Genoveva. Es de agradecer.

A nadie le amarga un dulce.

-Mejor dejemos la cortesía para luego y centrémonos en el trabajo.

Claro.

Y disculpen si les he parecido frívola.

Solo quería amenizar la reunión.

Perfecto. Empecemos entonces.

Don Liberto tiene algo que contarnos.

-Sí, así es.

Por petición de don Felipe, he contactado con Carratalá

para sustituirle en sus tareas como asesor legal de la comisión.

¿Eso quiere decir que ya no colaborará con nosotros?

-En menor medida.

Durante unos días no podré ocuparme de la comisión.

No tengo ni el tiempo ni los ánimos precisos.

Pero usted ya se había comprometido con nosotros, don Felipe.

Sí, lo sé.

Pero no tengo tiempo para el trabajo que supone.

Liberto lo hará genial.

Mejor que yo.

-¿Es que no cree que pueda cumplir con la tarea?

¡Por supuesto!

Simplemente, me preocupaban los motivos que habían llevado

a don Felipe a abandonar su labor.

-Exceso de trabajo.

Nada más.

¡Es que no puede ser

que ni Ramón ni Antoñito se hayan dado cuenta!

-¡Están in albis! ¡No ven ni lo que pasa en su casa, delante de ellos!

-¡Por favor! ¡Si todos notamos

que entre Carmen y Lolita saltan chispas!

-Chispas, rayos y truenos.

¡Cualquiera se daría cuenta!

Pero ellos no porque están en Babia.

-Buenas.

-Buenas. -Buenas.

-No hemos empezado

a servir las comidas y la verdad es que ya estoy cansada.

-¡Huy! ¡A ver si está enferma! ¡La gripe,

que la deja a una planchada y sin fuerzas!

-No, yo más bien creo que son los nervios

por los preparativos de la boda.

No es lo mismo cocinar

para las bodas de los demás que preparar la de una misma.

-Va todo muy rápido, ¿no?

-Mi futuro esposo no para de meterme prisa.

No se fía de que lleguemos. -¿Es cosa

de su futuro esposo? ¿Acaso usted no desea...

que todo se haga lo antes posible?

-Para serle sincera, yo no la veo muy entusiasmada, ¿eh?

¡Yo, cuando estaba en capilla,

estaba como un flan, con Maximiliano y con Liberto!

-¡Claro que sí!

Lo que pasa es que, a cierta edad, la ansiedad no es la misma

y el noviazgo no es tan apasionado.

-Yo no lo sé porque solo me he casado una vez,

a Dios gracias. -(SUSPIRA)

¡Pues mi noviazgo con Liberto fue... (SUSPIRA)

ideal!

¿Eh?

Casi más que el de mi primer matrimonio.

¡Y eso que yo ya no cumplía los 30!

-¡Ni los 40!

-Pero ¡no hay que exagerar!

¡Una cosa fue el noviazgo de mi sobrino

con Rosina, y no sé si habrán rezado

los suficientes padrenuestros como para congraciarse

con Dios, de lo que pecaron, y otra cosa

es el suyo, doña Felicia!

-¡Bueno! ¡No somos dos jóvenes a los que se les vayan las manos

en un banco del parque!

-¿Cómo lo aguantan?

-(SUSPIRA)

Ustedes dos son

lo bastante agudas como para darse cuenta

de que mi boda no es por amor.

-A la legua canta.

-Pero, entonces, si no es por amor...

-Pues solamente pueden ser dos cosas:

por amor o por conveniencia.

-Se equivoca, doña Susana.

También está la tradición

y el cumplimiento de compromisos.

-¡Ahora sí que me lo deberá explicar!

-¡Y a mí!

-Nuestro matrimonio es un compromiso de nuestras familias desde hace años.

Una tradición de nuestro pueblo.

-¡Y dale con las tradiciones de los pueblos!

-Como Cabrahígo.

-¿No había un compromiso entre Emilio y Angelines?

-Es un compromiso de nuestras familias.

Más allá de quiénes lo cumplan.

-Entonces, ¿se casa usted

para que no lo haga su hijo Emilio con la hija de Ledesma?

-Bueno...

No es eso exactamente, pero es una forma de verlo.

La cuestión es que mi Emilio

no quería contraer matrimonio con esa moza.

-(RESOPLA) ¡Menuda faena!

-Bueno, señoras, si me disculpan,

tengo mucho que hacer.

-¡Con Dios!

-¿Tú le crees?

-¿Y por qué no debería creerlo? -¡Porque no,

Rosina! ¡Porque no!

¡No me seas crédula

y alma cándida!

¡Ahí hay algo más que un compromiso

entre familias!

¡Los compromisos, cuando son absurdos, se rompen!

(Sintonía: música melancólica)

"Pase, Agustina".

¡Pase, por favor!

Le agradezco en el alma que venga a ayudarme.

No sé, por mucho que me esfuerzo,

los postres hojaldrados se me resisten.

Para eso estamos,... (RÍE)

...para ayudarnos unas a otras.

He preparado todo lo que me dijo que comprara:

huevos, mantequilla, nata, azúcar, harina, fresas...

He hecho trampa. (RÍE)

Como el hojaldre se tarda tanto en hacer,

se lo he traído ya hecho.

(SUSPIRA) ¡Qué vergüenza!

Le pido ayuda y trae usted el trabajo medio hecho

de casa de su señor. (RÍE)

Otro día le enseño a hacer la masa del hojaldre.

Es muy laboriosa, pero no es difícil.

Bien...

¿Por dónde empezamos, pues?

Por separar las yemas de la clara, ¿eh?

Una docena.

Me ha comentado mi señora...

que ha visto a don Felipe muy contrariado hoy...

por algo, no sabe por qué.

Por don Mauro.

Se ha marchado de la casa

y se ha instalado en un hotel.

¿Y eso por qué?

¿No habrán discutido?

¿Eh? No, que yo sepa.

¡No están enfadados!

Si don Felipe está contrariado

es porque no le gusta quedarse solo en casa.

¡Ya!

¡Echa de menos a Marcia!

¡Claro!

Quizá la marcha de don Mauro...

tenga algo que ver

con Marcia. ¡Muy serio tenía que estar don Felipe

para que mi señora advirtiese su cambio de humor!

¡Bah! Ya le digo que no sé.

¡Bueno!

Lo siguiente es... batir las claras

a punto de nieve. (RÍE)

No queda más remedio...

que darle con el brazo a base de bien con las varillas.

Eh... También podría ser...

que don Mauro y don Felipe discutieran por la brasileña.

¿Ha sido eso?

¡Agustina!

¡Ven inmediatamente!

-¿Ocurre algo, señor?

-¿Desde cuándo te has vuelto una indiscreta?

¿Eh?

Entienda que no puedo contarle cosas de las que suceden en casa

de mi señor, doña Úrsula.

(SUSPIRA) ¡Claro, claro que lo entiendo!

Y espero que no piense que yo intentaba

sonsacarle información. ¡Era... simple curiosidad!

Había una frase que siempre decía

el señor de una casa en la que serví de joven:

"La curiosidad mató al gato".

No sabía muy bien qué significaba, pero lo deduzco:

que no nos metamos donde no nos llaman.

(SUSPIRA) ¡Oh!

¡Muy buen consejo!

¡Ay, me voy...

a recoger el molde, que se me ha olvidado!

Ahora vengo.

Las he estado escuchando.

Lo siento, no he podido sacarle mucha información.

Siga intentándolo.

Pero cuide de no levantar sospechas.

Yo procuraré enterarme de algo por mi cuenta.

Aunque sé que Marcia está a buen recaudo,

no acabo de fiarme.

¡Buenas!

-Buenas tardes, Camino.

¿Estás sola? -Sí.

Mi madre ha ido a descansar un poco.

Este mediodía esto ha estado lleno y, estando las dos solas...

-¿Sabes algo de tu hermano?

-Que ha llegado a Santander

y que ha empezado a ver si descubre algo de Ledesma.

-Nadie más sabe que ha ido allí, ¿no? -No. Todos creen

que ha ido a Barcelona.

Incluso su hija, Cinta.

-Ya... ¡Y que siga así!

-Por mí no se enterará, don José. Se lo juro.

-Muy bien.

Si... Si sabes algo...

o necesitas cualquier cosa, dímelo.

-¡Es usted maravilloso! Con razón su hija le quiere tanto.

-Bueno... (RÍE) ¿Padre?

¿Qué hace usted aquí?

He venido a... ¡comprar buñuelos!

Dame una docena, Camino.

-¡Claro!

Pero si...

¡Si Arantxa los hace riquísimos!

-Antes sí lo estaban, pero últimamente...

¿Tú has probado los de aquí? Eh... No.

¡Ay, pues dale uno a probar! ¡No, no, no, no!

¡No, a mí no me apetece comerme uno ahora!

Gracias. ¡Pues dejo uno pagado!

Para cuando ella quiera.

-¡Claro! Bueno... Aquí tiene.

Se lo pondré en su cuenta.

-¡Muchas gracias!

¡Me voy a poner de buñuelos como el Tenazas!

(RÍE) En fin...

Os dejo que habléis de vuestras cosas.

(BESA) -Con Dios.

-¡Con Dios!

Qué rarito está mi padre.

-No...

Es que los buñuelos de aquí están muy ricos.

¡No, si a mí me da igual!

¡Si a la que le molestará es a Arantxa!

(SUSPIRA) Yo venía a preguntarte por Emilio. ¿Hay noticias?

Pocas: que ya ha llegado a la feria de Barcelona

y, bueno, está trabajando mucho...

y haciendo contactos muy importantes.

Ah... ¿Y te ha dicho cuándo vuelve?

Aún le quedan unos días.

Yo que usted contaría con esperar una semana.

(RESOPLA) ¿Tanto?

Ajá.

Bueno, y, si viene antes, pues una alegría.

Bueno, no nos queda sino esperar.

Pues me voy al cinematógrafo,

así se me hace la espera más llevadera. ¿Vienes?

¡Ay, me encantaría! ¡Me encanta el cinematógrafo! Aviso

de que salgo y vamos. ¡Vale!

Buenas tardes, don Ramón. -Buenas tardes.

Veo que viene de la iglesia. ¿Hay misa ahora?

No, pero a veces me doy cuenta

de que no soy todo lo buen cristiano que debiera

y he entrado a encender una vela por mi difunta Trini.

Más a menudo debería ir yo también.

Cuando necesitamos paz, siempre volvemos la mirada al Señor.

Sí, y nunca nos da la espalda.

¿Puedo ayudarle en algo?

¡Es usted muy perspicaz!

En realidad, pensaba visitarlo para hablar con usted.

Entonces, ha sido un encuentro muy oportuno.

Dígame qué se le ofrece.

Se trata de don Felipe.

Siento que está muy afectado, un poco descentrado.

No pasa por una buena racha,

no es un secreto para nadie.

Usted sabe que no tengo fácil el acceso a él

por los acontecimientos pasados.

Pero me gustaría saber si hay alguna manera de ayudarle.

Eso la honra, pero no sé en qué podemos ayudarle usted o yo.

Se lo preguntaré directamente.

¿Tiene noción de si Felipe sabe algo acerca de esa muchacha brasileña,

de Marcia?

Lo ignoro por completo, doña Genoveva.

Creo que, hasta que no sepa qué fue de ella, por qué se marchó,

no despejará su mente.

Quizá esté usted en lo cierto.

Don Ramón,

prométame que, si oye algo, me lo dirá.

Si podemos ayudar a Felipe

a encontrarla, haremos lo que sea posible.

¡Todo sea por el afecto que le tenemos!

Por supuesto, haremos todo lo que esté en nuestras manos.

¡Don Felipe!

-Disculpen que no me pare. Voy con prisa.

¿Alguna noticia importante?

No.

Estaba haciendo unas gestiones. Con Dios.

Lo que le digo: hay algo que no está bien.

-Cuando quiera que nos enteremos,

ya nos lo comunicará.

Buenas tardes.

Con Dios.

¡Que ni siquiera he tenido pesadillas con monstruos

ni con soldados enemigos que me atacaban!

Ha sido con Fabiana.

-¡Pues bien buena mujer que es!

No me creo que tenga pesadillas o tan mala cara por ella.

-¡Pues las pesadillas han sido

con Fabiana y con sus peinetas, que en mal momento se las regalé!

-¡Remordimientos, normal!

¡En qué mal momento le regaló lo que no era suyo

y no supo arreglar el equívoco en el momento!

-Pero... Pero ya vio usted...

la cara de felicidad que se le quedó cuando se las regalé...

-Ajá. -Pero ahora hay que devolverlas.

-O pagarlas. -¡No, no! ¡De eso nada!

¿Usted sabe lo que cuestan? (RÍE)

-¡No sea tacaño! ¿Quiere morirse rico?

-¡Que no! ¡Que no me voy a gastar en ese regalo, hombre!

¡Que eso cuesta un dineral! ¿Usted se cree que estoy loco?

¡Hombre! -Loco no, generoso.

Que Fabiana le ha regalado una botella que también es muy cara.

-Yo no se la he pedido.

-¿Y la va a devolver?

-De eso nada. Me la beberé.

-Ah... O sea,

que Fabiana devuelva las peinetas, y usted se queda el vino.

¡Es usted un miserable, Servando!

¡Pague las peinetas! -Qué fácil...

es ser generoso con el dinero ajeno.

No, no. No, no las puedo pagar.

¡Las tengo que devolver, eso debo hacer!

-¡Servando, Servando! -¿Qué?

-¡Que tengo la solución! -¿Para qué?

-Para que Fabiana le dé las peinetas.

-¿Sí? ¿Y cuál es esa?

-Decirle que le quedan mal.

¿Eh? Que está más fea con ellas que con dos horquillas.

Las mujeres pasan horas ante el espejo para ponerse guapas.

Si le dice que está fea con ellas, no las querrá más.

-Pero no, no... ¡Yo no le puedo decir a Fabiana que está fea!

¡No, hombre! ¡Mira, díselo tú!

-¿Yo? ¡Imposible! ¡No me creería!

Es sabido que no tengo gusto,

que solo sé de ovejas.

-Eso sí... -Ya.

-¿Y cómo la podríamos convencer? No sé, ¿quién se lo podría decir?

-A mí no me miren, que yo no le diré a nadie que está fea

y menos a Fabiana.

-¡Cesáreo, tiene que hacer esto por mí!

¿No ve que la única persona en quien confía Fabiana es usted?

¿Eh? -¡Es sabido que tiene buen gusto!

-¡Claro! ¡Usted es como..., como...,

como el árbitro de la elegancia

en Acacias! Si usted le dice a Fabiana

que no le sientan bien las peinetas,

se las quitará y yo podré devolverlas.

-¡Que no! ¡Que a mí no me van a liar!

-Cesáreo...

¡Por un amigo se hace lo que sea!

-Eso es chantaje.

Chantaje.

(Puerta)

Deje eso, Agustina.

Quiero estar a solas un rato.

-Tenía que haber limpiado aquí esta mañana,

pero, como tenían reunión...

-Por un día que no limpie no pasará nada.

-Lo que mande. -(SUSPIRA)

-¿Quiere algo especial de cena para esta noche?

-No, lo que prepare estará bien.

¿Alguna noticia de Mauro?

-No, ninguna, señor.

(Puerta)

-Vaya, vaya a abrir.

Quizá sea él.

-Sí, señor.

El señor comisario.

-Comisario, no le esperaba.

-¿Puede dedicarme un minuto?

-Claro. Agustina, haga un café al comisario.

-No, no es necesario.

-Déjenos solos. -Sí, señor.

-Venía a ver a Mauro.

(CARRASPEA) -Pues...

ha salido de la ciudad unos días.

-¿Por motivos personales?

-Eso es lo que me ha dicho.

-¿Está seguro de eso?

¿No me oculta nada? -No tendría por qué mentirle.

-¿No está tras la pista de Marcia?

-Usted le dijo que no se inmiscuyera en eso.

-(RÍE) ¿Y él me ha hecho caso?

Permítame que lo dude.

Le conozco desde hace demasiados años.

También a usted.

Sé cuándo me oculta algo.

-Le aseguro que no sé dónde está Mauro.

Y no hay nada que me gustaría más.

-(SUSPIRA) Está bien.

Le creeré.

¿Le suena el nombre de Mauricio Aguirre?

-No.

Nunca le había oído nombrar.

-Me fiaré de sus palabras. Solo le pido una cosa.

Manténgame informado.

Mauro San Emeterio se deja llevar a menudo por la pasión

y en este trabajo esa no es una virtud.

-Haré lo que me pide. -Me voy.

Tengo trabajo. -Le acompaño.

-No, no es necesario.

Conozco el camino.

(Puerta cerrándose)

-Mauricio Aguirre...

¡Mauricio Aguirre, claro!

-He preparado café. ¿Le apetece uno recién hecho?

-No, Agustina. Tengo que salir.

(Puerta cerrándose)

(MAURO) Gracias por presentarme a César Andrade.

Sin su ayuda no habría sido posible.

-Ahí lo tiene.

Preséntese y dígale lo que quiere sin rodeos.

-¿No me acompaña? -No.

-Mi tiempo es oro, así que no me lo haga perder.

-Me llamo Mauricio Aguirre.

-Su nombre no me dice nada.

-Pues a mí el suyo me resuena desde hace mucho en los oídos.

A menudo me han dicho que sería interesante conocerle.

-¿Quién le ha dicho eso?

-Buenos amigos...

que solo quieren lo mejor para mí.

Y para usted, claro está.

-Me los traen especialmente de Cuba.

¿Los ha probado?

-No, aún no.

Quizá a su lado consiga los medios para hacerlo.

-Quizá.

No me ha dicho a qué ha venido. -Negocios.

Me han dicho que es usted un hombre...

muy poderoso. -¡Bah!

Exageraciones.

Solo soy un pobre indiano que volvió de Brasil

con una mano delante y otra detrás.

-Pero ha sabido situarse.

-Con mucho trabajo,

dedicación

y noches sin dormir.

-Seguro.

Con todo eso que dice y...

aprovechando las buenas inversiones que le hayan propuesto.

-¿Viene usted a proponerme alguna?

-Puede ser.

Nada me gustaría más que despertar su interés.

Y que ganemos ambos.

-Me gusta que sea usted un hombre de miras altas.

Le escucharé.

Vamos para dentro.

Pero antes... perdone a mis hombres...

Tendrán que asegurarse de que usted no va armado.

-Está bien que todos nos ganemos la confianza.

No tengo inconveniente.

-¿Pasamos al interior?

Nunca me ha gustado hablar de negocios...

al aire libre.

Recuerden que mañana tendremos

espárragos de temporada.

Los esperamos.

Con Dios.

-Veo que, cada vez que sale un cliente,

usted se acerca a ese libro.

-Apunto la facturación.

-¿Y no sería mejor guardar las facturas

y sumarlas al final del día?

-Cada maestrillo tiene su librillo. Yo siempre lo he hecho así.

-¿Y los gastos?

-Los llevo en otro libro.

-Pero así no se ve a simple vista qué se gana y se pierde.

-Lo tengo todo en mi cabeza.

Sé al céntimo

lo que me cuesta el género

y sé al céntimo lo que cobro a la clientela.

Y hasta ahora no me ha ido mal así.

-(SUSPIRA)

¿Le ha dicho Emilio qué contactos ha hecho en Barcelona?

-No. Sé que llamó esta mañana y estuvo hablando con Camino.

Ya me informará a su regreso.

-¿Y su hermana no le preguntó más?

-¡No! ¡Son hermanos, hablarían de sus cosas!

-Usted lleva las cuentas a su modo,

sus hijos no le dan explicaciones a nadie...

Le digo que esto va a cambiar, y mucho,

cuando yo mande en esta familia.

-¡Hasta que ese día llegue, mando yo!

Le ruego que no se meta

en los asuntos de la familia Pasamar hasta que forme parte de ella.

-Eso no ocurrirá.

Cuando nos casemos, esta familia pasará a ser la familia Ledesma.

Siga haciendo las cuentas a su modo el poco tiempo que le queda.

Con su permiso.

-La he escuchado discutir con Ledesma.

-(SUSPIRA)

Intercambiábamos opiniones.

¿Sabes algo de tu hermano?

-No, supongo que no le es fácil llamar.

-¡Si fuera él, habría puesto tierra de por medio!

Y habría ido a Argentina para no volver nunca más.

-No, madre.

Usted habría hecho lo mismo que él:

quedarse a ayudar a su familia.

-Nos espera un futuro negro con Ledesma, hija.

¡Yo no sé si lo voy a poder aguantar!

-¿Acaso no hemos sabido salir siempre adelante?

-¡Ay, mi niña!

¿Y qué? ¿Qué tal le ha parecido el señor Carratalá?

-¡Bien, me ha parecido un hombre muy cordial y preparado!

Con razón don Felipe hablaba tan bien de él.

-Lo importante es que ustedes congenien.

Es fundamental para el éxito de nuestro proyecto

que haya entre ustedes una comunicación fluida.

-Sí. Por el momento no puede ser mejor.

-Hoy me ha abordado en plena calle doña Genoveva.

-¿Cómo? -Noté que estaba un poco dolida

por el feo que le hizo don Felipe con el asunto de los pasteles,

pero no ha querido comentarme nada.

-¡Huy, huy, huy, don Ramón!

¡Mire que Genoveva es muy seductora

y a su edad...! (RÍE) -(RÍE) ¡Descuide!

Soy completamente inmune a sus encantos,

yo estoy muy enamorado de mi esposa.

-Lo sé, pero nunca está de más recordarlo.

-¿Y qué quería? -Expresarme su inquietud por Felipe.

Al principio pensé

que trataba de sonsacarme información,

pero luego me pareció que estaba siendo sincera.

-Estuvo muy enamorada de él, casi hasta la locura.

-¿Y no le guardaría rencor a la mujer que se lo arrebató?

-Por lo que parece, no.

-En fin, a lo que iba... Doña Genoveva...

quería saber si la conducta errática de Felipe

tenía que ver con la desaparición de Marcia.

-Estoy seguro de que ambas cosas guardan relación.

-¿Usted cree que Felipe la está buscando?

-No puedo contestarle a eso sin faltar a la discreción, Ramón.

-Entiendo. En fin, espero que todo se solucione con bien.

-Eso esperamos todos.

Y ahora, con su permiso, tengo que marcharme.

Debo ir con Rosina a que se compre unos zapatos.

¡Como si yo supiera de zapatos femeninos!

-¡Vaya, vaya! Y, si me permite el consejo,

haga la elección que haga,

esté usted de acuerdo aunque le parezcan los peores zapatos

de la historia. -¡Lo tendré en cuenta! Con Dios.

-¡Adiós!

-Padre.

Quería hablarle.

-Claro, vamos a casa y me cuentas.

-Precisamente quería que habláramos antes de llegar a casa.

-Me estás inquietando. Dime qué pasa.

-Es sobre nuestras esposas.

-¿Ha pasado algo?

-No, de momento no, pero...

Antes, al entrar en la mantequería, las vi enfrentadas...

y con los brazos en jarra.

-¿Discutiendo?

-Me dijeron que no, pero yo creo que sí.

Me dijeron que debatían sobre la diferencia

entre los pasos de la jota de Cabrahígo y la de la tierra

de su esposa. -¿Jotas de Cabrahígo?

¡Trini nunca me dijo que se bailaran jotas en su pueblo!

-Pues eso, creo que de baile nada, que discutían.

Es más, creo que estaban a punto de llegar a las manos.

-¡No me lo puedo creer! -Ni yo. En fin,

por eso le estoy dando vueltas.

He creído que lo mejor era compartirlo con usted.

-¡Pues tenemos que hacer algo para averiguar la verdad!

¡A ver si es cierto lo que dijo doña Susana y no se soportan!

-Bueno, espero que no sea para tanto.

-Eso espero yo también. Venga, vamos y hablamos

en casa. -Sí.

Me ha dicho que se llama Mauricio... ¿qué?

-Mauricio Aguirre.

-Y se dedica a los negocios. -Así es.

-Deberá ser más específico si quiere ganarse

mi confianza.

-No puedo serlo del todo.

Si veo un duro suelto, intento quedarme con él.

Supongo que como usted.

-Así es, como yo.

Evito que el dinero ande por la calle,

donde puede perderse o caer en malas malos.

Mejor que vaya a parar a las mías.

Supongo que no tiene usted muchos escrúpulos.

-Bueno, digamos que no sigo al pie de la letra...

las leyes que promulga nuestro Gobierno.

-Tendremos mucho tiempo para hablar de negocios,

pero ahora hábleme de usted.

¿Conoce Brasil? -No.

¿Es usted brasileño?

No tiene acento. -Soy español.

Pero hace mucho que emigré,

así que Brasil es casi como mi segunda casa.

-Espero que podamos viajar en breve.

-(RÍE) ¿Juntos?

-Bueno, he oído tantas maravillas de la ciudad

de Río de Janeiro...

que conocerla con un anfitrión como usted sería muy interesante.

La conoce bien, supongo.

-He viajado tanto por todo Brasil

que conozco todo como la palma de mi mano.

Río sobre todo.

Desde el palacio de las Águilas hasta las favelas más pobres.

-El dinero no duerme solo en un barrio.

-Pero no es en las grandes ciudades donde están las grandes fortunas.

¿Ha oído hablar de Manaos?

-Claro. En el Amazonas.

-Allí se han hecho grandes fortunas con el caucho,

tan extraordinarias que cuesta imaginarlas.

-Pero los ingleses acabaron con el negocio

al llevarse la plantación del caucho

al sudeste asiático.

-Veo que está informado.

¿Ha leído sobre el caucho sintético?

-Lo bastante para saber que ya va a ser comercializado

y que eso acabará con el modo de explotación del natural.

-Así es, amigo mío.

Aunque aún nos quedan años de esplendor.

Pero por eso estoy aquí.

El caucho muere y hay que diversificar el negocio.

Llevo años buscando un socio en España.

Podría ser usted.

-¡Suéltenme!

¡Suéltenme! ¡Que me suelten!

¡Suéltenme!

-¡Suelten a ese caballero!

¿Puedo saber quién es usted?

Acabo de hablar con Angelines.

Van a venir más convidados a la boda.

-¿Y eso por qué?

-El tirón de la ciudad.

Al saber sus primos que nos casábamos aquí,

se han apuntado todos.

-No soy la tesorera de palacio.

-Ni yo quiero pasar por tacaño.

Ha recibido un buen dinero.

Invitaremos a mi gente, vengan los que vengan.

-¿Y qué? ¿Qué se cuenta por el barrio?

-¿De chismes?

-O de hechos. ¿En qué entretiene la gente sus paseos?

-Casi todo el mundo habla del bueno de don Felipe y la huida de Marcia.

-¿Y de nosotros?

¿Qué se dice de nosotros?

Unos gamberros estuvieron alborotando

hasta las tantas aquí mismo, en la terraza.

-Gente de mal vivir,

comentan.

No debería usted consentirlo o acabarán dándoles mala fama.

-Andrade nos ha hecho seguir.

-No he visto a nadie seguirnos.

-Porque sus hombres están bien entrenados.

Le dijimos que nos alojábamos aquí y eso ha de parecer.

No volverá a Acacias hasta que acabemos con Andrade.

-¿Y qué hay de mi trabajo?

¡Tengo obligaciones, y muy serias!

-Y quiere encontrar a Marcia, ¿no?

Pues no lo hará si está muerto.

-"Al parecer,"

don Felipe se ha vuelto a aficionar a dormir en camas ajenas.

-Estoy al tanto. -¡Toma ya! Como siempre,

no se le escapa una, ¿eh? -Bueno, mi obligación es estar

a lo que acontece de noche. Y esta es mala consejera.

Y por eso se creó el noble cuerpo de serenos.

-Ya. Para algo es usted tan cumplidor.

Porque... supongo que habrá cumplido, ¿eh?

-¡Está en viaje de negocios! ¡Un viaje de negocios...!

Yo, cuando viajaba por negocios... Sí,

no llegaba al negociado porque se paraba en cada taberna.

Es un modo de decirlo, sí.

¡No me venga con mojigangas de negocios!

¡Sabe como yo que Emilio se fue a Barcelona

para no aguantar a Ledesma babeando sobre su madre!

-Felipe de mis pecados ha vuelto a echarse al monte,

y en su caso significa que está de jarana día y noche.

¿Es así o no, Felicia?

-No puedo asegurarlo, doña Susana. Eso son acusaciones mayores.

-¡Vaya, qué modosita está usted hoy!

¿Se ha enterado de lo de Felipe?

(RÍE)

¡Estará con el zascandil de Mauro San Emeterio!

¿Cree que andan detrás de Marcia?

No, no lo creo.

Y, aunque así fuera,

estarán dando palos de ciego.

Marcia está ya muy lejos de su alcance.

-¡No logro entender cómo ha aceptado usted ese trato

por mucho compromiso que tenga!

-Rosina, no metas más el dedo en la llaga, que aquí Felicia

sabe sus circunstancias mejor que nadie.

No sé si me siento cómoda celebrando esta reunión sin don Felipe.

Quizá podríamos postergarla.

-Con todos mis respetos, señora, creo que deberíamos avanzar.

He pasado por casa de don Felipe

y su criada sigue sin tener noticias suyas.

La prolongación de su ausencia

podría convertir este patronato en inoperante.

-Quizá, Genoveva, le parezcamos un poco insensibles.

Por supuesto que nos preocupa nuestro amigo,

pero el mundo no se detiene.

-¡Desde luego, tiene usted...

menos tacto que un guardia civil manco!

¡Mire, mire que cebarse con la buena de Fabiana

en vez de poner a caldo

las peinetas, como debía hacer,

en vez de a ella en sus circunstancias!

¡Qué poca vergüenza de llamarla fea!

-¡Eso es mentira, es una infamia!

-¡Casi echamos a perder el plan

por su retraso! -¡A punto he estado

de toparme con Carmen!

¡Menos mal que he reaccionado y me he escondido en el rellano!

-Ya. Entonces, ¿vamos a hacerlo?

-Te veo inquieto. -No me gusta

tenderle una trampa a mi esposa.

-¡Ya lo hemos hablado!

Es la única manera que tenemos para saber

si nos engañan o de verdad se llevan tan bien como aparentan.

-De modo...

que trabaja usted en el norte. -Así es.

Aunque no me dejo ver mucho.

-No le negaré que he hecho...

algunas averiguaciones en el norte.

-No esperaba menos de usted.

-Y debo decirle que todo han sido elogios para usted.

Según parece, Mauricio Aguirre...

es un hombre solvente.

Terminaremos entendiéndonos, creo.

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  • Capítulo 1088

Acacias 38 - Capítulo 1088

02 sep 2019

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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  1. alyss

    A ver si acnan con el rollo ¿Lolita¿que me tienen aburrida con su¿Cabrahigo¿.Y la verdad que a Felipe le pega mas Genoveva que Marcia.

    03 sep 2019
  2. Belen

    Se está convirtiendo en un rollo total. El guión deja mucho que desear desde que han ninguneado el ente, diálogos lentos, mascan palabras, personajes que han perdido, totalmente, su esencia... Se lo están cargando, al igual que Servir y Proteger. Da lo mismo ver Acacias que GHVIP, pesadamente aburrido, patético, sin sentido, perdiendo el tiempo. La serie se la están cargando, como todo

    03 sep 2019
  3. Magui

    Que se quede Don Felipe con Genoveva haxen bonita pareja, para que Genoveva quede como héroe que apoye a buscar a Marcia y ojala Marcia tenga pareja o esposo jeje porque guardaba mucho hermetismo.

    03 sep 2019
  4. Estela cardozo gaite

    No ponen mas comentarios de la novela? Estoy deseando descubran los maridos de la riña de Carmen y Lolita y q aparesca Marcia y se desmascare las maldedes de Genoveba y el cuervo negro q papel q hace la llegas a odiar

    03 sep 2019