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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1067 - ver ahora
Transcripción completa

Tras el ágape en el restaurante,

me di cuenta de que no podía ser.

Y que debía olvidarme de Emilio.

Con don Alfredo muerto, ¿quién pagará por mi libertad?

Yo. Ahora trabajas para mí.

¿De dónde va a sacar tanta fortuna para pagar a esa gente?

Si no les paga, van a venir a por mí.

Eso no va a pasar, no te preocupes.

Pero recordé que hoy era nuestro aniversario.

-Los dos, los dos lo recordamos.

Por eso nos encontramos en el río.

Ahí estábamos los dos recordando los buenos momentos que pasamos.

Felipe me echa de menos, lo sé.

Más pronto que tarde volverá a mis brazos.

Si usted lo dice.

¿Usted me ha visto, Úrsula?

Soy una tentación para cualquier hombre.

Y Felipe es un hombre.

Queda mucho por preparar y solo queda una semana.

-Pero si lo más importante, el vestido, ya lo tengo.

Y, además, ya hemos ido a hablar con el cura.

-¿Y todo lo demás?

-No me gusta obligar a mi hijo a hacer algo que no quiere.

Que sepa que no lo hago por gusto,

sino por obligación.

-Lo hace, eso es lo que importa.

¿Qué pasó de verdad entre Genoveva y usted?

-Lo que ocurrió con esa mujer es que le di su merecido.

Hice creer que la quería

para luego despreciarla con todas mis fuerzas.

Me he vengado así de todo el mal

que le ha hecho a usted y a mis amigos.

¿Qué le pasa, Agustina?

-Que ronca, señora Fabiana, que ronca.

Que hace más ruido que un tren.

-¿Agustina ronca?

-Quiero que todo el mundo sepa que nos amamos.

Que somos una pareja normal.

-Tengo un pasado, Felipe.

No puedo.

-¿Me estás diciendo que no?

¿Por qué?

¿No quieres estar conmigo?

-No es eso.

-Claro que quiero estar contigo. Tú eres...

Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

Pero no quiero que la gente lo sepa, todavía.

-¿Entonces, qué te impide vivir nuestro amor?

-Felipe, tengo motivos.

-¿Qué motivos son esos?

¿Crees que no te van a respetar por ser una criada?

¿Por ser de color, por ser extranjera?

Lo único que te tiene que importar es lo que yo piense.

Y yo te amo.

-Mi color va a darnos problemas, lo sé.

Pero eso no me preocupa, sé que me vas a ayudar.

-Yo te voy a proteger.

Es tu pasado, ¿verdad?

-Mi pasado tiene mucho que ver.

Hay muchas cosas de las que no me siento orgullosa.

Mi vida no ha sido fácil.

Cuéntame todo.

-Porque no estoy preparada.

Felipe, tienes que ser paciente conmigo.

Algún día podré hablar de todo y contarle mi historia desde que nací,

hasta que tuve la suerte de llegar a esta casa.

-¿Tan duro ha sido?

-Más de lo que piensa.

De alguna manera, nunca volveré a ser libre.

Siempre...

quedará el recuerdo de lo vivido.

-Yo te puedo hacer olvidarlo.

-Poco a poco.

Tengo la sensación de que no soy una persona normal.

A veces, siento que soy una egoísta

solo por pensar que estamos viviendo este amor.

-Este amor es lo más bello

que he sentido desde la muerte de mi esposa.

He vuelto a sentir cosas que...

jamás creía que volvería a sentir.

-Quedo agradecida por eso.

-Me da igual tu pasado, me da igual lo que hayas vivido

o lo que me cuentes.

Lo que tiene que ser perdonado,

está perdonado.

Y lo que tenga que ser olvidado, igual.

-Solo pido tiempo, un poco más de tiempo.

-Todo el tiempo que necesites.

Solo quiero...

poder pregonar nuestro amor a los cuatro vientos.

-¿Cuatro? ¿Qué es eso?

-Que todo el mundo lo sepa.

-Paciencia, mi amor,

paciencia, la gente no tiene que saberlo.

(Sintonía de "Acacias 38")

La vida, a veces nos lleva a pisar sendas

que no esperábamos transitar.

-¿"Sendas que no esperábamos transitar"?

¿De dónde ha sacado esa frase?

Deje de dar rodeos y cuénteme por qué no rompe su compromiso

con Angelines.

Ya me imagino al sacerdote:

Emilio, ¿acepta a Angelines como su futura esposa

o esa es una senda que no esperaba transitar?

-Tiene razón.

Es un tema del que me cuesta hablar y me voy por los cerros de Úbeda.

Espero que lo que le voy a contar no suponga el final de nuestra amistad.

-Todo depende de lo que me cuente, pero yo también espero que no.

¿Hay algo tan importante

como para que usted no pueda romper su compromiso?

-Eres el más interesado en que nadie sepa lo que le hiciste a Federico.

Solo te lo diré una vez.

Es posible que mi hija no quiera casarse contigo,

pero si tratas de romper el compromiso

o usas alguna triquiñuela

para sabotear nuestro acuerdo, te espera el garrote

o acabar en manos de Valdeza.

-Claro que lo hay.

¿Cree que de no haberlo, habría renunciado al amor de Cinta?

No, de ninguna manera.

-Imagino que será algo bastante grave.

-Lo es.

Resulta que...

Bueno, que... mi familia contrajo una deuda con Ledesma,

una deuda muy grande.

-¿Una deuda económica? -Sí,...

mucho dinero.

Podría haber significado nuestra ruina para siempre.

La cosa es que

la solución que mi madre acordó con Ledesma

fue mi matrimonio con su hija.

-Pero ¿qué derecho tenía tu madre a comprometer su futuro?

Tampoco tenía responsabilidad, que apenas sería un mozalbete.

-¿Cree que no he intentado mil veces que mi madre dé marcha atrás?

Bueno, no todos tenemos la suerte

de tener un progenitor hábil con los negocios, como es su padre.

-Ya.

En fin, usted tiene una situación muy injusta.

-Mi madre ha cometido errores y yo... debo pagarlos.

-¿Por qué?

-Porque hay cosas que vienen con la sangre, con los apellidos.

Las deudas están entre esas cosas.

-No comparto esa idea,

pero no soy yo quién intente afeársela.

¿Por qué lo ha mantenido tanto tiempo en secreto?

-Bueno, cada uno tiene sus motivos para sentir pudor.

-Buenas noches. Bonita velada se ha quedado.

-Así es.

¿Quiere compartir un anís con nosotros?

-No, gracias.

Tengo que hacer la ronda, y el anís no es amigo de la alerta.

¿Qué tal su prometida?

-¿Angelines?

Creo que es una moza extraordinaria, tiene usted suerte.

-sí, supongo. Apenas la conozco.

-¿No?

Me dijeron que eran ustedes amigos desde la infancia en el pueblo.

-Yo conocía a una niña. Ahora es una señorita.

-Cesáreo, sigue con tu ronda y no hagas tantas preguntas.

-Tiene razón, a veces soy un entrometido.

Con Dios.

-Qué afán hay en este barrio por meterse en la vida de los demás.

-Tampoco hay nada más divertido.

Y el teatro es más caro que los cotilleos.

-Sí, eso es cierto.

En fin, permítame a mí seguir siendo cotilla.

¿Cinta sabe la verdadera causa de su compromiso?

Claro. Ella está muy implicada con todo esto, no podría ocultárselo.

-Lo siento por ella.

Debe de ser muy triste verse afectada

por algo que ocurrió en el pasado

y que ni siquiera es responsabilidad suya.

(BOSTEZA) -(RÍE)

Carmen, que un oso no abre tanto la boca.

Ni una pitón, y se traga una liebre entera.

-Perdona, pero es que no he pegado ojo.

-¿Y eso? Los únicos días que yo no duermo

es por que tengo tantas preocupaciones, que no puedo.

-Sabes que no puedo ser más feliz de lo que lo soy ahora.

Bueno, sí, cuando me case con Ramón.

-Para eso queda bien poco.

No va a haber novia más guapa y pintona en Acacias.

-Calla, que yo ya no soy una mocita.

Las causas para no dormir son mucho más mundanas que los preocupaciones.

¿Has oído hablar de los ronquidos de Agustina?

-Hace años que no duermo en el altillo,

pero no recuerdo que Agustina roncara.

-Eso era antes.

Pero con los años ha ido incrementando el barullo.

-Empezó con un ronquidito,

se quedaba dormida con la boca abierta, y hacia...

Pues eso fue a más.

Y ahora es como un volcán en erupción.

De verdad.

-Buenos días. -Buenos días.

¿Cómo se llamaba ese volcán que explotó,

ese que me contaste el otro día?

-El Krakatoa. -Ese.

-Pues parece que tenemos un "Karacota" de esos.

-Agustina, que no nos deja dormir a ninguna con sus ronquidos.

-Como Lolita. -Qué mentiroso.

-Es que tú no te escuchas, Lolita.

-Gracias, gracias, por decirlo, padre.

Han traído un nuevo león a la Casa de Fieras

y le van a poner de nombre, Lolito,

en recuerdo a los ruidos que salen de esta casa.

(RÍEN)

Y ahora, con el embarazo, mucho peor.

-Muy bonito.

El padre y el hijo en contra de una. ¿Lo ha visto, Carmen?

-Claro que lo veo.

-Le juro que no ronco, que son maledicencias de los Palacios.

-Bien lo sé, que compartimos altillo en tiempos.

Y sé cómo son estos dos jaraneros.

-Aprovechando que estamos ahora todos juntos,

os voy a decir algo que no os pude decir ayer.

-Qué serio, padre, ¿algo importante?

-Sí, importante, sí, pero también venturoso.

He estado pensando que, ahora que vais a tener un hijo

vais a necesitar más espacio;

y cuando Carmen y yo nos casemos, vamos a necesitar intimidad.

-Padre, no hable de sus intimidades desayunando.

-Que sí, Antoñito,

que el casado, casa quiere.

-Ramón. -A lo que iba,

que he pensado que nos vamos a mudar a otra casa.

-Ay... Pero ahora...

Ahora me viene bien tener a Carmen cerca

pa ayudarme con el niño, que nunca he sido madre, suegro.

-No nos vamos a ir a otro barrio, será por aquí cerca.

-Tranquila, que yo seré una suegra pesada que pasa a diario

para ver cómo estás, y te daré consejos hasta que te hartes.

-Yo, como ustedes quieran, pero que sepan que aquí no molestan,

estamos encantados de compartir la casa con ustedes.

-Hijo, ya conoces el refrán:

Cada uno en su casa y Dios en la de todos.

Y ahora, a desayunar,

que aunque os hayáis puesto mustios, es una noticia fenomenal.

-Si no fuera por la hora, propondría un brindis.

¿Le ha dicho que no quería hacer pública su relación?

No lo entiendo.

-Imagínese yo.

Pensaba que era lo que más deseaba esa mujer en el mundo.

-¿Le dio alguna explicación? ¿Acaso no le ama?

-No creo que sea eso, aunque ya nada me extrañaría.

-No, no puede tratarse de eso.

Desde que Marcia llegó a esta casa,

ha besado por donde usted pisaba.

-Y yo, por donde lo hace ella, no quiero ponerme por encima.

Desde el primer momento sentí verdadera pasión por Marcia.

-¿Y puede que tenga que ver con el color de su piel?

-¿A qué se refiere? -Es una idea

rebuscada, desde luego, pero...

quizá al considerarse ella distinta, pueda creer que le está protegiendo

al no presentarse en público con usted.

-Sería un absurdo.

No creo que el color separe a las personas.

Además, su tono oscuro me encanta.

-Desde luego, forma parte de su belleza.

-Ni se le ocurra ponerle el ojo encima.

-Como si no tuviera bastante con Rosina

y no hubiera sufrido lo suficiente por asomarme

fuera del matrimonio. -¿Cómo está doña Rosina?

-Bien, dormida.

Ayer se acostó tarde y ella es de mucho dormir.

-Qué suerte. -Yo también envidio esa capacidad

de acostarse y olvidar los problemas del mundo.

Me voy a marchar, no se vaya a despertar y descuba que he salido.

-Vaya, vaya. Le acompaño a la puerta.

Que pase un buen día. -Lo mismo le deseo, amigo.

-Con Dios. -Con Dios.

¿No me dejas pasar?

Es mejor que no nos veamos a solas.

Te aseguro que a solas será mucho más discreto.

No creo que quieras escándalos en el descansillo.

Jesús, Jesús... ¿Y pa esto madrugo?

Por la virgen del Carmen que no me vuelvo a despertar al alba.

-¿Adónde has ido?

Al despertarme y no verte, me he llevao un susto de muerte.

Arantxa te vio y me dijo que ibas a hacer gestiones,

que si no, pienso que te han secuestrao.

-¿Quién iba a querer secuestrarme a mí?

-Cualquiera. Un jeque, pa su harén.

-Zalamero.

-Flor de lis.

-Anda, anda.

Bueno, ¿qué, dónde has estado? -De aquí pa allá.

No entiendo la manía de abrir los escritorios

cuando no ha clareao el día.

¿Eso es limonada?

Y bien fresca. ¿Quieres una? -Sí, que vengo muy acalorá.

-Arantxa, trae otra limoná.

-Ay, vengo que ardo en llamas.

-¿Me vas a decir dónde has estao o no?

-En los despachos de los más importantes representantes.

Mira, he pensado que lo que le hace falta a Cinta

es llevarse un alegrón y salir al escenario.

-Te habrán abierto las puertas de par en par.

-Pa cerrármelas después, que ni san Pedro negó a Jesucristo

tantas veces como me han negao a mí hoy.

¿Te acuerdas de mis tiempos?

Si eras buena,

actuabas hasta en los salones del palacio de María Eugenia de Montijo.

-Todavía te recuerdo allí, en Biarritz,

antes de que muriera su hijo.

-Cinta ni había nacido.

Cómo aplaudían los franchutes.

-Yo creí que se les rompían las manos.

Tú te lo merecías,

que más emperadora que la Montijo eras tú.

Y lo sigues siendo.

-Y tú más emperador que Napoleón III, mi rey.

-Qué esaborío ese hombre.

-Y que lo digas.

-El caso, vamos a lo que vamos,

que ahora, todo son agendas y planificaciones,

nada de llegar y cantar, eso se acabó.

Que quieren a Cinta, claro que sí,

la Dama del Misterio o como se llame, pero para otoño.

En verano baja la clientela y no vale la pena contratar actuaciones.

-Pues se cierra la actuación para otoño.

-Que no se trata de que actúe,

se trata de que la niña levante cabeza, José.

Lo único que va a hacer que Cinta se recupere, es actuar

y escuchar los aplausos,

que bien lo sé yo, que me he alimentado de ellos.

-Lo mismo pienso yo,

porque Cinta sale al escenario y se queda como una rosa.

Les ha salido hija artista, no sé por qué será.

-Menos sarcasmo, Arantxa. -Es verdad, hombre,

de padres salerosos, no iba a salir una hija sosa como un cardo.

-Tienes razón, pero la niña tiene que casarse con un diplomático.

-Y dale Perico al torno.

-Un escenario, unos aplausos y se olvidan los males.

Aprovechen la verbena del santo.

-¿Qué santo?

-Unas fiestas populares aquí en Acacias.

Me han dicho el nombre del santo, pero es más raro que...

Por ti, solo se celebraría san Ignacio de Loyola.

-Pues claro,

bien santo que era, vasco.

(HABLA EN EUSKERA)

-¿El qué? -De Azpeitia.

-Eso está muy lejos, ¿no? -Está donde tiene que estar.

-Que no se os vaya el santo al cielo, nunca mejor dicho.

¿Dices que hay verbena por ese santo?

-Eso me han contao en el altillo.

-Pues hay que intentar que la niña actúe pa los vecinos del barrio.

Pero que Cinta no se entere todavía.

¡Felipe!

Ya lo hemos hablado.

No deseo intimidades contigo. No entiendo.

Te lo he explicado, no me hagas repetirlo.

Eres cruel.

Por eso mismo deberías despreciarme y marcharte de esta casa.

¿Qué quieres de mí?

¿Quieres que me humille? No,

no quiero nada.

¿Qué haces?

Antes te gustaba mi cuerpo.

¿Es que ya no disfrutas de él? Ni se te ocurra.

Puedo desnudarme y salir al balcón,

gritarle a todo el mundo que soy tuya.

Te has vuelto loca. No.

Tú me has hecho volverme loca con tu crueldad.

Hacer que me enamorara de ti para engañarme

es de las cosas más viles que he visto.

No peor que una mujer que engaña al barrio para llevarnos a la ruina.

Me obligaste a confesarte los secretos de Alfredo.

No te obligué a nada. Has nacido para hacer el mal.

Hasta a tu esposo, que era tu cómplice.

Dices que no me amabas, pero tu cuerpo no mentía.

No necesitaba mucho para que estuvieras

dispuesto a yacer conmigo.

Eso no es amor, el amor lo guardo para otra mujer.

¿Otra mujer? ¿Quién?

No es de tu incumbencia. Márchate.

A mi lado podrías ser feliz.

Márchate, si no quieres que yo mismo te eche.

Está bien.

Si te arrepientes, ya sabes dónde estoy.

¿Y no ha dicho ande va a ser la casa?

-Solo que será por la zona.

Ojalá sea en la misma calle Acacias.

-Si don Ramón se pone, la encuentra.

Lo mismo ya tie algo y no la ha dicho na.

-No sé, como lo lleva todo con tanto secreto.

De lo que estoy segura es

de que me pedirá opinión antes de decidir nada.

Solo lo siento por Lolita.

-¿Y eso?

Ahora, con el embarazo y la mantequería funcionando de nuevo...

Ella se apoyaba mucho en mí.

-Pero si se va usté a vivir cerca,

puede seguir siendo como una madre pa ella.

-Eso le he dicho, pero no es lo mismo, claro.

Si Antoñito fuese más espabilado...

-Carmen, si Antoñito fuese más espabilao,

sería don Ramón.

-Mire, la verdad sea dicha.

Antoñito es un bendito,

muy buen hijo y muy buena persona,

pero un poco parado.

Si no es por Lolita, no sé cómo iban a tirar adelante.

-Los ricos caen de pie, Carmen. -Sí,

cierto, como los gatos.

Usté piense que va a tener su propia casa,

pa dormir y lo que no es dormir a solas con su marido,

y sin pensar en que les van a oír.

-Para dormir con mi marido y para dejar de escuchar

los ronquidos de Agustina, que anoche parecía que se caía Acacias.

¿Ha hablado con ella?

-Es que no sé qué decirle, Carmen.

Además, me da encogimiento aquí.

Como si la buena de Agustina roncara a posta.

-Tiene razón, pero las criadas están todas sin descansar.

-Dicen que hay bebedizos pa no roncar,

pero también dicen que son una engañifa.

Va a ser más práctico que toas se pongan tapones en los oídos.

-Algo hay que hacer, pero lo dejo en sus manos.

-Marcho, que está Lolita sola en la mantequería.

-Ay, que se me olvidaba.

Que un día pierdo la cabeza y ni me entero.

Ay...

Carta pa usté.

No sé por qué la ha dejao aquí el cartero, estaba en el buzón.

-Es de María Luisa,

espero que no sean malas noticias.

Qué buena chica.

Mire lo que dice: "Carmen,

solo le pido una cosa, que cuide de mi padre,

porque es una persona maravillosa".

-Razón tiene. -Y sigue.

..."aunque sé que él también ha escogido bien,

y usted se merece lo mejor del mundo".

-¿Y dice si viene a la boda?

-Sí, aquí.

"Víctor y yo tenemos muchos compromisos,

pero haremos lo posible por asistir

y llevar a Milagros con nosotros".

-Don Ramón va a ponerse bien dichoso.

-Merecido lo tiene,

que siempre piensa en la felicidad de los demás más que en la suya.

-Buenas. -Hablando del rey de Roma,

por la puerta asoma.

-Amor, acaba de llegar una carta de María Luisa, y muy cariñosa.

-Les dejo a solas,

que estoy viendo por allí a Agustina y tengo que decirle algo.

-Marche, marche, por el bien de todas.

-¿Me dejas leer la carta o son cosas de mujeres?

-Qué bobo eres. Yo no tengo secretos para ti. Ten.

Va todo tan bien y estoy tan feliz,

que tengo miedo de que todo se nuble.

-Déjate de paparruchas.

¿Has visto lo que dice? Que van a intentar venir a la boda.

-¡Señá Agustina!

-A los buenos días.

¿Me acompaña al quiosco de Marcelina?

-No me diga que se ha aficionado a leer periódicos.

-Pues... no se crea que no me gusta.

Pero lo que quiero es que me dé algunos viejos,

para limpiar los cristales.

-¿Quién nos iba a decir que eran lo mejor pa eso?

-Para que vea.

¿Y usted, quería decirme algo?

-No, interesarme por usté,

preguntarle que qué tal está durmiendo.

-Pues ahora que lo dice, intranquila,

como si no descansara.

Y usando el orinal más de lo normal. -¿De veras?

Cuatro y hasta cinco veces por noche.

-Mucho es, desde luego, sí.

-Marcelina, ¿me has guardado los periódicos viejos?

-Sí, claro.

Aquí los tiene.

Y aprovecho que están aquí las dos mujeres más sabias de Acacias,

pa hacerles una consulta.

-¿Las más "sabias" dices? Lo que somos es las más viejas.

-Viejas son las ropas, nosotras somos añejas.

Venga esa consulta.

-Es por mi marío.

Es que...

Que ya no me mira como antes. Ni flores me regala ya.

-Mujer, siendo tú la que las vende...

-Ya, a lo mejor flores no,

pero algo que me haga ver que entoavía le hago tilín.

-¿Se lo has dicho?

Porque las cosas hay que decirlas.

-Eso es verdad.

Si nosotros tenemos un problema, ¿qué hacemos? Hablarlo.

-Por ejemplo,

si una ocupante no dejara dormir a las demás...

-Uy,... ¿y por qué no les iba a dejar dormir?

-No sé, leche, es un suponer.

-Miren, hablen las dos, que yo me voy a limpiar los cristales.

Y a tu marido, dale lo que le gusta a los hombres.

-¿Eso? Eso se lo doy día sí, día también.

Menudo es mi Jacinto,

me funciona como un reloj. -Pues enhorabuena,

que eso es un tema que ni me va ni me viene.

Con Dios.

-Menudo carácter. Ni que no durmiera por las noches.

-El problema es que duerme.

Entonces, ¿qué te impide vivir nuestro amor?

(LLORA)

(Música de tambores)

¡Marcia!

Marcia, ¿qué te pasa, mujer?

-(LLORA)

Pero... Marcia...

Tranquila, tranquila. Tranquila.

(LLORA)

(LLORA)

"¿Te he dicho alguna vez que eres una mujer extraordinaria?".

Parece que has tardao en darte cuenta.

No. Desde el inicio supe que eras distinta a los demás.

En el tren en el que yo te encontré, parecías un pajarillo desvalido.

Y tú me ofreciste tu ayuda

cuando pensé que jamás podría confiar en nadie.

La muerte de Samuel me sumió en un pozo de rencor.

Pero ese rencor está desapareciendo,

y noto como los buenos sentimientos regresan a mi corazón.

Y eso es gracias a usted.

(LLORA)

La he escuchado llorar, señora.

Supongo que su encuentro con don Felipe

no ha resultado de su agrado.

¿Disfruta al verme así?

No, señora, en absoluto.

Recuerde que le sugerí no acudir a ese encuentro,

precisamente para evitar esto.

¿Y qué me sugiere ahora?

Peinarse,

vestirse con sus ropas de luto, ponerse sus joyas

y salir a la calle con la frente muy alta.

Evitar que nadie piense que ha sido usted derrotada.

No voy a salir de esta cama jamás.

Me decepciona usted, doña Genoveva.

Tiene el dinero de don Alfredo, ¿sabe para qué sirve el dinero?

¿Para qué?

Para no bajar la mirada ante nadie.

¿Qué fue de esa mujer que llegó al barrio con la intención

de hacer pagar a todos su desprecio por don Samuel?

Usted vino a vengarse.

¿Y qué ha hecho? Nada.

Hice que todos se arruinaran.

(RÍE) Salga usted a la calle.

Siguen comiendo y cenando en el mismo restaurante,

estrenando ropas caras,

comprando las mejores viandas...

Usted ha sido para ellos un pequeño contratiempo.

¿Tanto artificio para tan poco?

Señora, ahora es la dueña del dinero de don Alfredo.

Úselo para cumplir el juramento de su venganza.

Más tarde.

Ahora solo quiero recuperar a Felipe.

Creo que está con otra mujer.

¿Con otra?

Si consigo acabar con ella,...

Felipe volverá a mi cama.

¿Quién es ella?

No lo sé.

Lo averiguaremos.

Ahora, haga el favor de reponerse.

Levántese de la cama y vístase.

Le prepararé algo para comer.

Marcia.

-Buenas tardes, doña Rosina.

¿Puedo ayudarla en algo? -No, solo quería saludarte.

-Gracias, señora.

-Bueno, saludarte y agradecerte.

Liberto me ha dicho que lo trataste muy bien

el tiempo que estuvo en casa de don Felipe.

-Fue un placer atender a su marido.

Es un hombre educado.

-Y me ha dicho que haces unos platos brasileños muy ricos.

Uno con gambas y nata.

-Se llama moqueca de camarão.

En mi país se hace con leche de coco,

pero como aquí no encuentro, lo adapté.

-Si te parece bien,

le diré a Casilda que te pida la receta

para hacerla algún día en casa.

-Cuando guste, doña Rosina.

Estoy muy feliz de que haya vuelto a su casa

y que todo vuelva a la normalidad.

Don Liberto estará mejor así.

-Sí, por fortuna se acabaron los problemas.

Ahora solo falta que don Felipe también encuentre la felicidad.

-Yo le sirvo lo mejor que puedo.

-Sí, claro,

me refiero a que le vendría bien algo de compañía.

¿Sabes si frecuenta a alguna dama?

-No, de eso no sé nada.

-Algo sabrás, tunanta...

Bueno, me voy.

Le diré a Casilda lo de la receta, que me apetece probar ese plato.

Con Dios. -con Dios, señora.

¿Qué hablabas con doña Rosina?

Me pedía una receta.

(RÍE)

Como si supiera cocinar.

Necesito que te enteres de algo

¿Quién se mete en la cama de tu señor?

Yo no sé nada.

La única mujer que le visita es doña Genoveva.

Ya no está con ella.

No me creo que no tenga otra.

Ese abogado es un mujeriego.

Será por las noches, cuando yo voy al altillo.

Pero yo no sé nada.

Espero que no me estés engañando.

Saldrías perdiendo.

(BOSTEZA)

¿Aún estás así?

-Pa casco que sí, Lolita.

Y esta noche va a ser peor, lo presiento.

Los ronquíos de Agustina suenan como si fueran

aullíos de monstruos.

-No sé cómo puedes ser tan exagerá.

-Como no los has oído.

Parece que se abren las puertas del infierno y te caes dentro.

-Bueno, déjate de enormidades, que te cuento lo de don Ramón.

-Buenas tardes. -A las buenas, Carmen.

Aquí, hablábamos de los ronquíos de la Agustina.

-Pensé que hablabais de Ramón.

-Qué va.

La Casilda decía así como... (IMITA UN RONQUIDO)

-Ya.

-Usté lo sabe, que también duerme allí, los ha escuchao.

-Hombre, dormir, dormir,

no duermo yo ni nadie, lo intentamos.

En fin...

¿Qué tal doña Rosina y don Liberto?

-Como en una luna de miel,

todo son miradas, besos aquí, besos allá.

Miedo me da que en una de esas me besen a mí también.

-¿Y qué harías?

-Quedarme allí en medio, no te jeringa.

-Qué cosas tienes, Casilda.

Yo me voy, que solo venía a darte un recado.

Doña Eduvigis me ha pedido que le guardes medio kilo de tocino.

-Ni que se fuera a gastar. Pero vamos, guardao está.

Gracias por la información, Carmen.

-No hay de qué.

A más ver.

-¿Crees que se ha dao cuenta de que hablábamos de don Ramón?

-Pos claro.

Anda, que vaya salida,

que la señá Agustina ronca como un jabalí.

-Lo que se me ha ocurrío.

Solo espero que no se le chafe la sorpresa a mi suegro.

-Es que, no sé de qué me hablas.

-Mejor. Porque la mejor manera de que se entere to el mundo

es contándolo, así que está bien.

Gracias. Con Dios.

Cinta, por favor.

Es mejor que no nos vean hablar. No aguanto más.

Por lo menos, quitémonos de la vista.

No quiero causarte problemas con tu prometida y Ledesma.

¿Qué quieres?

No lo sé.

Solo hablar contigo, mirarte a los ojos.

Esto es malo para los dos.

Lo siento.

Quiero pedirte perdón por todo esto, sé que estás sufriendo.

Tú también estás sufriendo.

Camino me lo ha contado todo.

¿Qué te ha contado?

Lo ocurrido en Valdeza.

Lo de la violación por parte de ese señorito, tu venganza,

el acuerdo con Ledesma...

No debería habértelo dicho.

Era la única forma de que yo lo comprendiera y lo aceptase.

Entonces, ya lo sabes: maté a un hombre.

Hiciste lo que debías.

Aunque las consecuencias hayan sido tan tristes.

Ahora debes evitar que Ledesma te denuncie.

Si para ello te tienes que casar con su hija,... adelante.

Nunca dejaré de amarte.

Ni yo a ti.

Pero no quiero ser la causa de que acabes en el patíbulo.

Solo te pido que hagas como yo,

tratar de hacer que sea lo menos doloroso posible.

Yo me he apartado de ti,...

haz lo tú mismo, no me busques.

No me será fácil.

No lo pienses,...

no hay más remedio.

Me voy.

-Emilio, acabo de cruzarme con Cinta.

¿Estaba con usted?

-No, habrá sido casualidad.

-Ya. Habrá sido eso, sí.

Quería decirle que tengo una idea.

-Pues paténtela.

-En serio, Emilio, una idea para que no tenga terminar

su romance con Cinta.

-Quizá lo mejor sea dejar de pensar en eso.

-¿Por qué no me escucha un momento? Un momento.

Usted no puede romper su compromiso con Angelines, ¿no?

-Bien claro lo tengo.

-Pero nada impide que sea ella la que rompa el compromiso.

-¿Por qué habría de hacerlo?

-A lo mejor pueda ayudarle de alguna forma.

Siempre que usted no se vea salpicado, claro.

Mira lo que he conseguido.

-No me hagas leer. ¿Qué es?

La petición al concejal del distrito para la actuación de Cinta

en las fiestas.

¿Y sabes qué es esto? -Un sello, ¿no?

-El sello que dice que la petición ha sido aceptada.

Y no te creas que ha sido fácil. -¿Ah, no?

-No.

-El plazo para pedirlo se había cumplido hace ya dos meses.

-¿Y han hecho la vista gorda?

-Más gorda que las cantantes de ópera

que les gustan a los italianos. -Jesús, pues sí que ha sido gorda.

-¿Y sabes gracias a quién?

-A ti, que tienes mucho arte y un pico de oro

que convence a cualquiera.

-Pues no, ya me gustaría a mí abrir tantas puertas.

Ha sido gracias a ti.

En cuanto el concejal ha sabido que Cinta

es la hija de la gran Bella del Campo,

se ha deshecho en elogios y en facilidades.

-¿Se acordaba de mí?

-Si me ha cantado tus canciones en su despacho.

-¿De veras? -También me ha contado

que estuvo el día que actuaste en el Teatro de las Variedades

para conmemorar los 10 años sobre las tablas.

-Por Dios, qué tiempos.

-Y gracias a eso, me ha puesto el famoso sello.

Eso sí, le he prometido que le mandaba un retrato tuyo firmado

y que le saludarás en las fiestas.

-Por mí encantada. ¿Y ahora qué hay que hacer?

-Pues prepararlo todo. El ayuntamiento pone el escenario,

pero los músicos que acompañen a Cinta, es asunto nuestro.

-Qué pena que Rafael Boquerón esté de gira.

-Encontraremos buenos guitarristas, no te inquietes.

Pero eso sí, que no se entere la niña, que sea una sorpresa.

-Qué emocionante.

Hay que pedirle a Arantxa que se encargue de los vestidos.

-Como cuando lo hacía contigo. -Digo.

Se tiene que poner uno muy andaluz,

con mucho volante, con muchos colores, lunares...

Tendré cuidado con Arantxa,

no la vaya a vestir como si fuera a Pamplona en San Fermín.

-¿San Fermín?

¿Están pensando en ir a los sanfermines?

-Claro, a correr delante del toro.

¿Usted va a correr delante del toro?

No, tu madre.

Pues claro que yo.

¿Quién iba a ser?

Solo le digo que va usted muy apurado si quiere ir este año.

Eh... Otro año será, pues el que viene.

-Alegra esa cara, hija, que son chanzas de tu padre.

-La sonrisa más bonita de España.

Después de la de tu madre, claro.

Dicen que nunca ha habío una verbena mejor.

-¿Mejor que la de la Paloma? -El doble.

Hay casetas de to, de adivinadoras que echan las cartas,

de tiro al blanco, de sorteo de muñecas,

y hasta de algodón de azúcar.

-Me encanta el algodón dulce.

Y pensar que es solo azúcar y colorina...

-A mí me pierden las manzanas con caramelo.

-También.

Pero lo que me has dicho lo hay en todas las ferias,

no le veo ninguna novedá.

-La casa encantá.

-¿Y eso qué es?

-Te subes a un tren que recorre una casa,

y dentro de la casa

hay cosas terroríficas y fantasmas.

-Qué miedo.

-Hay algunos que no aguantan y se mueren del susto.

-¿Y hay que pagar?

-Sí.

-Pues vaya faena tener que pagar pa que te maten a sobresaltos.

-Jacinto no pue venir conmigo, ¿vienes tú?

-¿Quieres que me dé un infarto?

-Tú y yo nos agarramos de la mano

y si algo nos da susto, cerramos los ojos.

-No sé si me va a dejar mi señora.

-Si no se lo pides, no lo vas a saber.

-¿Y el quiosco qué?

-Por unas horas que esté cerrao, no va a pasar na.

-Está bien. Voy a preguntar a mi señora.

Pero no sé si voy a entrar en la casa esa.

-Que sí, que vamos juntas y así no pasamos miedo.

-A las buenas. -A las buenas.

-Me juego lo que sea a que algo tramáis.

-Algo.

-Que nos vamos a una verbena

donde han montao un tren que recorre una casa y te deja turulato.

-¿La casa encantá?

-¿La conoce usté?

-Es más antigua que el hilo negro.

Lo que pasa es que solo la ponen en grandes ciudades,

al barrio no lo traen.

-¿Y cómo es que yo no la conozco?

-Porque eres más de pueblo que las gallinas.

Y Casildilla otro tanto.

-Tengo malas noticias.

No han montao la verbena porque dicen que va a llover.

Así que lo dejáis pa otro día.

-Vaya, mi gozo en un pozo.

Pues me vuelvo pal quiosco.

Con Dios. -Con Dios.

-Otra cosa, Casilda, que quiero que me ayudes.

-Usté dirá.

-Me han dao en el mercao una hierba pa evitar que Agustina ronque.

El problema es que es mu amarga y ella no la va a querer tomar.

-Se tendrá que sacrificar. -Ya,

pero es que ella no sabe que ronca.

Y yo no se lo voy a decir, que me da vergüenza.

-Eso es bien sencillo, señá Fabiana,

le echamos a la infusión cucharadas de azúcar,

que a nadie le amarga un dulce.

Por tos los santos,

espero que se tome la infusión.

Yo soy capaz de bebérmela con ella y decir que sabe a rosas.

Por estas que son cruces.

(Puerta)

Tenemos que ver qué ropa arreglamos, que ya se me nota el embarazo.

-Lo que deberíamos de ver es la forma de que no trabajes las tardes.

No es bueno que estés todo el día de pie.

-Más pa'lante, que el médico ha dicho que todo va bien.

-¡Sorpresa!

-¿Y esto?

-Una cena de honor para mi futura esposa.

-Ah, por eso insistías tanto en que subiera contigo..

-Una artimaña como otra cualquiera.

Y me voy, que aquí sobro.

-Antoñito te espera en el restaurante.

-Al final yo también voy a tener una cena romántica.

Que disfruten.

-Adiós.

Lo primero de todo, un brindis.

(Puerta)

Por la mujer que más feliz me podía hacer en este mundo.

-Me vas a hacer sonrojar.

-Pues aguanta, porque tengo decenas de motivos

para que esta noche te salgan los colores a la cara.

¿Qué te parece?

-No puede estar más bonita. -La cena la ha preparado Felicia.

-¿No has cocinado tú?

Qué decepción.

-No sé ni freír un huevo, pero si te hace ilusión, aprendo.

-Yo no tengo mala mano. En nuestra casa cocinaré yo.

Cuando la tengamos, claro.

-Nuestra casa.

Estoy deseando que podamos compartirla.

Pero siéntate.

Pensé en contratar a un violinista cíngaro

para que tocara música y a unos camareros vestidos de gala

para que nos sirvieran,

pero al final decidí que esta noche tenía que ser para nosotros.

-Bien pensado.

-Así que, te serviré yo.

¿Más champán?

-Un poco,

sin pasarnos, que se me sube a la cabeza y solo digo tonterías.

-Descuide, bella dama, le guardaré el secreto.

Y ahora,

prepárese,

porque le espera una noche llena de sorpresas.

-¿Ah, sí? Me muero de ganas de descubrirlas.

Mira, te traigo un caldito.

Y no me digas que no quieres, porque te lo vas a tomar sí o sí.

-"Obrigada", Casilda, pero no tengo apetito.

-"Obrigada, obrigada".

Obrigada estás a tomártelo.

Deja de protestar.

Uhm... Está muy rico.

-Claro. Como que lo he hecho yo.

Lleva su gallina vieja, su punta de jamón...

Me ha dicho mi señora que me tienes que dar la receta

para un plato de gambas.

-Moqueca de camarão. Es muy fácil. Yo te enseño.

-"Obrigada".

Al final voy a aprender a hablar portugués

y a cocinar como en tu país.

Un año nos vamos a tener que ir allí a celebrar el carnaval.

-Sí, a bailar por la calle.

-Anda, bebe.

Y ahora, dime de una santa vez qué te sucede.

Yo creo que estás enamorada de don Felipe

y él no lo está de ti.

-Él también de mí.

-¿Qué?

-Él está enamorado de mí.

Quiere que todo el mundo lo sepa.

Pero eso es maravilloso, Marcia.

-No, Casilda. Tengo miedo.

No quiero que la gente lo sepa, no sé qué hacer.

Marcia,

si yo fuera tú, me liaba la manta a la cabeza y le decía que sí.

Aunque solo sea por ver en qué termina todo esto.

Al pie de la colina,

con una fachada que daba a la laguna, había una casa.

-A Raúl y a mí nos gustaba sentarnos debajo del porche

y esperar a que el sol se escondiera detrás de las montañas.

-Pues he hablado con los propietarios.

¿Tú sabías que ese picapleitos

quería seducir a doña Genoveva solo para humillarla?

No, juro que no.

Si me entero que me estás engañando,

lo pagarás.

Dudo que Emilio sea capaz de fingir ser alguien tan distinto.

-Yo creo que saldrá bien, Camino, solo tiene que ser egoísta,

despectivo y grosero.

¿Por qué la noto tan angustiada?

¿A mí?

No, señora, no estoy angustiada.

Se equivoca usted.

¿Hay algo que no me haya contado

o no me quiera contar?

No trato de apremiarte, te prometí tiempo y lo tienes.

-Lo siento mucho.

-No tienes por qué sentirlo.

Lo que sí me gustaría saber es,...

¿por qué tienes tanto miedo?

¡Agua, agua!

-¡Eso, dígalo usted más alto!

Es que, le echo dos deditos... -¡Cállese ya, hombre!

¡El pasillo, que está inundao!

-¿Pasillo? ¿Inundao el pasillo?

No sabía que hubiera una fiesta. ¿Quién actúa?

Como se dice que ha florecido una amistad entre usted y Felipe,

¿sabe usted si está liado con su criada?

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Acacias 38 - Capítulo 1067

01 ago 2019

Ramón plantea a la familia marcharse a vivir con Carmen a otro piso a pesar de las reticencias de Lolita.
Los Domínguez preparan una verbena en el barrio para que Cinta actúe, seguro que la joven se animará. Emilio cuenta a Antoñito una versión edulcorada de su secreto de Valdeza y acuerdan poner en marcha un plan para que Angelines anule el compromiso.
Marcia rechaza la propuesta de Felipe de formalizar su relación, está marcada por su pasado y todavía no está preparada para contarle su historia. Genoveva acude a casa de Felipe suplicando que vuelva con ella, pero el abogado le rechaza: está enamorado de otra mujer. Úrsula consuela y anima a su señora para que siga adelante con su venganza, averiguará quien es esa mujer.

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