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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1055 - ver ahora
Transcripción completa

-Entiendo entonces que todos aceptamos ese dinero

con la condición de no revelar su procedencia.

¿Alguna réplica?

Bien.

Tomaremos el dinero y lo invertiremos

en la compañía de seguros La Tizona.

Si todo sale bien, volveremos a estar como antes y en poco tiempo.

-No saben cómo me alegro, señores.

Hagas lo que hagas,

pase lo que pase, yo siempre voy a seguir queriéndote.

-¿Cree usted que doña Úrsula pudo observar

esa supuesta escena?

-De ninguna de las maneras. Mientras eso pasaba,

ella estuvo conmigo. Es imposible que viera nada.

Ruego al tribunal que no tenga en cuenta estas declaraciones.

-¿En qué basa su petición?

-Casilda es la criada de uno de los acusados,

y Agustina era la del abogado defensor.

-Este tribunal tendrá en cuenta su protesta

y lo considerará a su testimonio.

El juicio ya está en marcha.

He oído que Felipe te ha pedido que testifiques.

-Sí, pero tengo mis dudas.

Que estoy embarazá, que llevo una criatura dentro.

-Entonces no estás enferma.

-No, estoy cansá y me mareo, pero vamos que...

es lo propio de las mujeres en estado interesante.

Estos días estaré muy atento de Ledesma.

No entiendo por qué.

Es un antiguo amigo y me ha tocado a mí atenderle.

A mí ese hombre me parece muy raro.

¿Estás seguro que es un amigo de tu padre?

Ya te estoy diciendo que sí.

-¿Cree que Úrsula pudo contemplar la supuesta violación de Genoveva?

-No, señor, eso no pudo ser posible,

porque ella estuvo todo el tiempo en el altillo conmigo y con Agustina.

-Fabiana, hizo muy bien en contar ese embuste.

De no ser por usted, el juez hubiera creído a Úrsula.

-No me siento muy contenta de haber mentido.

Eso es un delito.

Emilio, contéstame, ¿qué está pasando? ¿Qué me ibas a decir?

Nada, nada, tengo que irme. Ya hablaremos en otro momento.

¡Emilio!

He hablado con la compañía de seguros

y hemos negociado el adelanto,

podremos recuperar la mantequería.

-Ay, suegro, es usted lo más grande que ha pasado por estos lares.

Voy a dar paso a leer el veredicto de este juicio.

Por Dios, díganos ya el veredicto.

Tengo el corazón en un puño. -Señora, por favor,

siéntese.

-Como iba diciendo antes de ser interrumpido,

después de estudiar con detalle las pruebas aportadas

y escuchar a los testigos, he tomado una resolución.

Don Liberto Méndez Aspe,

de los cargos de violación y agresión, le declaro...

inocente. Se levanta la sesión.

Por Dios, ¿cómo ha podido pasar esto?

-Por fin ha acabado esta pesadilla.

-Felicidades, amigo, por fin se ha hecho justicia.

Todo gracias a usted, don Felipe.

-¿Has visto como se han ido con el rabo entre las piernas?

Sinvergüenzas.

¿Qué sucede, qué buscas?

-Nada, tieta.

Nada.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Ya están de vuelta del juicio los señores?

Sí, Úrsula, así es.

Me temo que no hace falta que pregunte cuál ha sido el veredicto.

Que se lo explique mi esposa, que sea ella quien se lo cuente,

que don Liberto ha sido absuelto de todos los cargos.

Estoy seguro de que estará satisfecha.

No, Alfredo, ¿cómo iba a estarlo? Es mi honor el que estaba en juego.

¿A quién tratas de engañar?

No se puede perder lo que nunca se ha tenido.

Soy yo el que va a ser el hazmerreír de todos.

Lo único que podré hacer para defenderme

es acusar a la justicia de corrupta.

Nunca podré olvidar la cara de satisfacción

de ese abogado al escuchar el veredicto.

He sido derrotado por un abogado de tres al cuarto.

¿Qué ha sucedido?

El juicio estaba prácticamente ganado.

Así era, pero a parte de las mentiras de esa tal Fabiana,

no contábamos con que Genoveva pudiera estropearlo todo.

Ni siquiera ha sido capaz de recordar

dónde fue atacada.

Ya te pedí disculpas por ese error, fue culpa de los nervios.

Y yo te demostré que no te creía ni una palabra.

Úrsula, déjenos a solas.

Te dejaste embrollar por las preguntas de ese abogado.

No fuiste capaz de mostrarte como una víctima desvalida

y lograr que el juez mirara con desprecio a Liberto.

Ha sido culpa del interrogatorio de Felipe, es un abogado hábil.

Sobre todo cuando el interrogado es tan colaborador.

Alfredo, tienes que creerme.

Soy la primera que lamenta lo sucedido.

No debemos darle más vueltas,

hemos perdido una batalla pero seguimos ganando la guerra.

¿Por cuánto tiempo?

No importa que Liberto haya sido absuelto.

Su matrimonio está roto y eso es lo que queríamos.

No es menester que les dediquemos más tiempo.

Tenemos cosas más importantes en las que pensar,

¿no es así?

En algo llevas razón,

tengo enemigos más importantes que don Liberto por los que preocuparme.

¿Acaso dudas de mi lealtad?

Te recuerdo que estamos juntos en esto.

Descuida, no soy yo quien parece haberlo olvidado.

Alfredo, te lo ruego, no des más importancia a mi error.

Somos más fuertes si estamos juntos.

No sigas enfadado conmigo.

Voy a tomar algo, ¿me acompañas?

No me has contestado.

¿Sigues furioso conmigo?

¿Serviría de algo que te respondiera?

¿Tomas algo o no?

No, gracias.

Estoy fatigada, voy a descansar un rato.

"Somos más fuertes si permanecemos juntos".

¿Con quién se cree que está hablando?

Después de lo sucedido hoy,

hay un antes y un después en nuestro acuerdo.

Señora, gracias a Dios que ya ha llegao.

Me tenía con el alma en vilo. ¿Qué ha decidío el juez?

-Lo único que la decencia le permitía, Casilda.

Ha dejado libre a Liberto.

-Alabaos sean to los santos.

Las velas que he puesto han causao efecto.

-Parece que sí, Casilda.

Ha sido un alivio para todos.

-¿Y el señor cómo estaba? Estaría la mar de contento.

-Sí, supongo.

-¿Cómo que lo supone?

¿No estaba usted en la sala cuando el juez dio el veredicto?

-No, Casilda, he preferido aguardar el veredicto fuera.

Me he marchado en cuanto me he enterado.

-Entonces no ha visto al señor.

Bueno, enseguro que tiene que estar dando saltos de alegría.

Es una gran noticia.

Pa que luego digan que en este país no se hace justicia.

-Sí. Durante un momento temí

que lo iban a condenar, pero me alegra haberme equivocado,

porque si le condenan, no sé cómo lo hubiera soportado.

-señora, no se me venga abajo, ¿eh?

Al final, la verdad ha triunfao.

Eso tenemos que celebrarlo, no podemos ponernos mohínas.

-Supongo que tienes razón, Casilda. -Pa chasco que sí.

Además, no solo se ha solucionao ese embrollo.

También es muy probable que salgan de la ruina

gracias a los seguros esos. -Así parece.

-Señora, perdóneme, porque...

voy a hablarle a las claras.

Yo creo que ha llegao el momento

en que usted tiene que arreglar las cosas con el señor.

Hablando se entiende la gente.

-Es posible, pero...

creo que es a otra persona a la que la debo una explicación.

Tienes que llevarle una nota a don Ignacio, citándole.

Necesito hablar con él sin más tardanza.

Tráeme papel y pluma.

¿Necesita algo, señor?

No, puede retirarse.

Úrsula, aguarde un momento. ¿Señor?

Sí que hay algo que preciso de usted.

Usted dirá, señor.

Quiero que me conteste a algo.

¿Cómo es posible que no supiéramos que Fabiana iba a testificar?

Se supone que teníamos que estar al tanto

de lo que sucede en casa del abogado.

Así es, señor.

Sí, pero hemos dejado que nos sorprendan,

que se burlen de nosotros.

¿Para qué estamos pagando a la tal Marcia si luego no sirve pa nada?

Tiene razón señor, debería haberse enterado.

Y hay dos explicaciones que justifiquen semejante error.

O que esa chica sea una incompetente o una traidora,

y no sé qué me desagrada más.

Señor, no dude de la lealtad de la muchacha,

estoy segura de que nos es fiel.

Entonces, ya tenemos la respuesta, es una inútil.

Es posible que no supiera que Fabiana iba a testificar,

porque fuera una estrategia de última hora

y no le diera tiempo a enterarse. ¡Basta ya de excusas!

Úrsula, sabe el dinero que me ha costado esa mujer,

y necesito que me rente la inversión.

No quiero más excusas,

¿queda claro?

Descuide, señor, no volverá a haber ni una más.

Eso es lo que quería escuchar.

Pero quiero que le quede algo claro,

no me basta con promesas y buenas intenciones.

El próximo error por su parte

tendrá consecuencias.

Téngalo por seguro.

(Llaman)

Ya seguiremos hablando.

Don Alfredo,

tiene visita.

¿Quién es?

Don Ramón Palacios quiere hablar con usted.

Hágalo pasar.

Qué alegría saber que Liberto ha quedao libre.

-¿Estás segura de que eso es así?

-Casilda se lo ha comentao a Arantxa,

y esta ha venío a contármelo.

-Al fin una buena noticia, que últimamente escasean.

-Sí, que parece que nos había cagao la moscarda.

-Los culpables son los Bryce.

Desde que llegaron a Acacias se suceden las desgracias.

-Mal rayo les parta a los dos.

No entiendo cómo puede haber gente tan mala en el mundo.

-Porque tú eres más buena que el arroz con leche

y no te entra en la cabeza tanta malicia, pero...

se ve que Genoveva nos la tenía bien guardá.

-Si era así, que nos lo hubiera dicho a la carita.

Siempre he creído que es así como se dicen las cosas.

Y si luego hay que agarrarse del moño, se hace.

Pero actuar así, por detrás, a traición,

venga, hombre, eso me parece lo más rastrero del mundo.

Si no necesitan nada de mí, me iba a retirar a mi habitación.

-¿No cenas con nosotros?

Ni con ustedes ni sola, no tengo apetito.

Pues sí que estamos bien.

¿Qué pasa, que estás tan mohína? -Ay, Jose,

¿acaso no lo adivinas?

Ese mal color en la cara y esa tristeza

solo pueden tener una causa.

-Ardor de estómago. -Ay.

Qué va, mastuerzo.

Mal de amores tiene la niña.

-Ah, ¿tú crees?

-Tenlo por seguro.

Cuánto os queda que aprender de las mujeres.

Cinta, ven, siéntate aquí conmigo.

A ver, dime.

¿A que has discutido con tu Emilio?

Ojalá hubiera sido eso, al menos hubiéramos hablado claro.

Últimamente, Emilio hace cosas rarísimas.

Está serio, preocupado,

sin motivo aparente.

-Entonces, el que sufre del estómago es él.

-Cállate y deja que siga la niña.

A ratos es tierno y encantador conmigo,

y a ratos me huye como si tuviera la peste.

La verdad es que no entiendo nada.

¿Todos los hombres son así de raritos?

-No, señor. Yo soy un libro abierto.

-Pero con páginas en blanco.

-Esperando a que tú me las escribas. -(RÍE) Ay...

¿Por qué eres tan saleroso cuando quieres, truhán?

-Cielito mío. Padres,

¿se podrían dejar los requiebros para otra ocasión?

Estoy preocupada.

Ay, Emilio... Esto no habría pasao con un diplomático.

Digo. -(SONRÍE)

-"No esperaba su visita".

-Descuide, a mí me agrada mucho menos que a usted volver a verle.

-Bien, pues entonces no alarguemos lo que para los dos es una tortura.

Dígame a qué ha venido a mi casa.

-¿Y ese dinero? -¿No lo adivina usted?

Me defrauda.

-Es evidente que vengo a que me devuelva la mantequería.

-En ese caso, es usted el que me sorprende,

¿cómo se puede ser tan ingenuo como para creer que vaya a vendérsela?

No está en venta. Y si así fuese,

usted sería la última persona a la que se la vendería.

-Veo que está usted muy interesado en el negocio de mi nuera.

-Se equivoca otra vez. Interés ninguno.

Tengo pensado derribar el local en cuanto me sea posible.

Ya ha cumplido su propósito. -¿Y este era?

-Hacer daño a su familia.

Que sepan que están a mi merced

y que no tendré piedad de ustedes.

Debo agradecerle que me esté hablando con tanta sinceridad.

-Hágalo recogiendo ese dinero y desapareciendo

de mi vista. -(RÍE)

-¿Qué le hace tanta gracia?

-Verá usted, es algo sencillo.

Me sorprende que un hombre tan avezado en los negocios

no sea capaz de recordar lo que ha firmado.

-No le comprendo. -Yo se lo explicaré.

Me va a devolver usted la mantequería, lo quiera o no.

-¿Y usted me va a obligar a eso? -No, yo no.

-Lo va a hacer el contrato que usted firmo

cuando le prestó el dinero a los míos.

Le aconsejo que revise la clausula quinta,

al parecer, la ha olvidado usted.

Como puede comprobar,

en dicha clausula se estipula

que los antiguos propietarios del negocio, es decir,

mi familia,

lo podrán recuperar en cuanto reúnan el dinero

y le sea devuelto a usted.

No puede hacer nada por evitarlo.

No está en su mano.

No hace falta que cuente el dinero, soy un hombre de palabra, está todo.

-Quédese con su maldita mantequería.

-Eso es precisamente lo que voy a hacer.

-No le perdonaré el daño que le ha hecho a mi familia,

pero descuide,

estoy seguro de que tarde o temprano,

el tiempo pone a cada uno en su sitio.

Espero que hay tenido usted un ben día.

Con Dios.

Parece otro hombre, mucho más relajado y sonriente.

-No es de extrañar, es la primera noche en tiempo que pego ojo.

-Tiene que sentirse aliviado

de haberse librado de tales acusaciones.

-Así es, pero la felicidad no es completa.

Rosina desapareció del juzgado y no he vuelto a saber de ella.

-Bueno, tenga paciencia con su esposa.

Ya vio cómo le defendió en su declaración.

Necesita tiempo para curar sus heridas.

-Lo sé. El trance por el que he pasado es el más duro de mi vida,

pero tampoco ha sido fácil para Rosina. No obstante,

me cuesta dejar escapar a la mujer que quiero sin hacer nada.

-Qué alegría verles, de verdad.

Hagan el favor de sentarse en el restaurante a desayunar,

tenemos mucho que celebrar.

Estamos muy contentos por el resultado del juicio.

-Se lo agradezco.

-Mi más sincera enhorabuena, don Liberto.

-Don Felipe. -Caballero.

-Nos hemos llevado una alegría al enterarnos.

-Agradecido. -Siéntese conmigo y lo celebramos.

-Claro, será un placer. -Y hablando de otros temas,

¿se han enterao de la buena perspectiva

que tiene lo de los seguros? -Sí, estoy al tanto.

Don Ramón quería pedir un adelanto para recuperar la mantequería.

-No sé si al final lo habrá hecho. Preguntémosle, por ahí viene.

-Buenos días.

-Doña Susana. Don Ramón.

Estábamos comentando la inversión en los seguros.

-De eso hablaba con doña Susana.

Bueno, de eso y del maravilloso final

que ha tenido el juicio de Liberto.

-Pero siéntense, así pueden charlar tranquilamente.

Invita la casa.

Aurelio, ayuda a Camino a juntar dos mesas, por favor.

-Ahora mismo, madre.

-Qué agradable e improvisada reunión.

-Siento no poder disfrutarla.

Tengo que enviar unos documentos a un cliente

y me los he dejado en casa.

Así que, si me disculpan. Señores.

Con permiso. -Con Dios, don Felipe.

-Con Dios, don Felipe.

-Hay que ver cómo trabaja, no hay pleito donde no esté metido.

Cariño mío, ¿a estas horas y todavía sin vestir?

Oye, ¿no estarás enferma tú?

No, fiebre no tienes. ¿Te duele algo?

Sí que me duele, tata.

Tengo un dolor insoportable, pero en el alma.

Jesús, pues sí que te has levantado trágica tú hoy.

Voy a preparar un chocolate caliente ahora mismo.

Te lo agradezco, pero no me entra nada en el cuerpo.

Que el chocolate es pa mí.

Pa tomarme yo mientras tú te explicas.

¿Qué demonios te pasa? Cuéntame.

Mi mal tiene nombre, tata.

Emilio. ¿Otra vez?

Ese chico te está llevando por la calle de la amargura.

Tanto luchar por lo nuestro, ¿para qué?

Ahora que estamos juntos, me hace menos caso que nunca.

Bueno, a ver, a ver, pa tanto no será, ¿no?

Ese chico te quiere de verdad, de eso no tengo duda.

Ya podía disimularlo un poco menos.

Parece como si su amor se hubiera desvanecido por arte de magia.

Nunca tiene tiempo para mí, y cuando lo tiene es casi peor.

Pues ya me vas a perdonar, pero no te entiendo.

Que se muestra distante.

Tenso, no sé, como si tuviera la cabeza en otro lado.

¿Y tú le has dicho lo que yo te dije?

¿Has cogido al toro por los cuernos? Más vale que le hubiera corneao,

a ver si así se espabilaba el malaje.

Ya no sé qué más hacer.

Pues tal y como están las cosas,

igual lo mejor es ignorarle.

Sí, que hagas tú como que él no existe.

Ya verás, ya verás como viendo lo que pierde,

de rodillas te va a venir a pedir perdón.

¿Y si no lo hace, qué?

Pues igual ha llegado el momento de pasar página

y buscarte un novio que sí pise el suelo por donde tú pisas.

Tú no mereces menos, cariño mío.

Venga, voy a poner chocolate pa dos.

No, yo no quiero.

Que sí, que sí, que sí quieres.

Espera, espera, espera.

Marcia podría vernos,

así que modérate. Me pides un imposible.

Tenía tantas ganas de volver a verte...

Yo también, pero espera un segundo.

Marcia.

Marcia.

Ven un momento.

-Voy.

¿Desea alguna cosa el señor?

-Sí, asegúrate que nadie nos molesta.

Tengo asunto importantes que tratar con doña Genoveva.

No me pases visitas hasta nuevo aviso.

-Descuide, señor, así será.

-¿Satisfecha? Aún no.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan dichosa.

Vuelvo a sentir que todo vuelve a su cauce.

Gracias a tu valentía.

Dime,

¿cómo reaccionó Alfredo tras el juicio?

No parecía muy contento.

¿Te puso la mano encima?

No. Aunque casi lo hubiese preferido.

No te comprendo.

Es fácil hacerlo.

Le temo menos cuando expresa su ira.

Su cinismo me causa mayor pavor.

Ya no confía en mí, no dejará de estar al acecho.

Eh, tranquila.

Yo te voy a proteger, nada has de temer.

Solo tú calmas mis miedos.

Ojalá no tuviera que ocultar mis sentimientos ante todos.

Tiene que ser así, no hay otro remedio.

Ya lo sé,

pero me encantaría gritarlo a los cuatro vientos.

Por cierto,...

¿crees que Alfredo se conformará con la exculpación de Liberto?

No le queda otro remedio.

Liberto está a salvo de su ira.

Sí, pero todos conocemos a... Felipe,

no hables más y bésame.

No quiero que Alfredo arruine mis únicos momento dichosos.

Rosina, qué alegría volver a verla.

-Lo mismo digo.

Gracias por acudir a mi llamada. -No podía ser de otra forma.

Me ha causado gran satisfacción leer la nota que me entregó su criada.

Le confieso que estaba muy preocupado.

-¿Por qué?

-Temía haberla molestado al hablarle de mis sentimientos.

Créame que no era esa mi intención. -No se preocupe, no me ha ofendido.

Bueno, una mujer podría hacerlo al escuchar lo que son...

palabras de amor sinceras.

Al contrario, me siento halagada.

-Me tranquiliza escucharla.

-Quería darle las gracias por el apoyo que me ha dado estos días.

-No tiene importancia.

-Sí que la tiene.

En estos momentos tan duros, usted ha hecho más por mí

que cualquiera de las personas que me rodean y llevan tratándome años.

No me cabe duda de que usted es una persona muy especial

que merece ser amada.

Pero...

-Ese "pero" me ha herido como una daga.

-Ignacio,

no puedo corresponder a sus sentimientos.

He estado pensándolo

muy seriamente, lo he meditado,... y sería injusto para usted

que siguiera alentándole en sus propósitos.

-Lo entiendo y... lo comprendo.

Bueno, poco más puedo decir

si no ha sentido lo mismo que yo en nuestro reencuentro,

tan solo conseguiría incomodarla.

Rosina,...

antes de marcharme, si me gustaría que sepa...

que me ha alegrado volver a verla.

Para mí sigue siendo la muchacha de la playa,

esa joven alegre y vital... de pelo precioso.

Espero...

que pueda solucionar sus diferencias con su esposo.

Merece ser dichosa.

-Gracias, Ignacio.

25, 55, 150...

Lo lamento, pero no puedo ayudarle.

No sé nada del tal Ledesma.

-Llevo desde ayer tratando de hablar con él, pero no logro encontrarlo.

Pues ayer llegó bien tarde a la pensión,

mucho después de que usted me preguntara por él.

-¿Y le dijo algo? -Nones.

No dio ni las buenas noches.

Y no es que sea la alegría de la huerta,

pero ayer lo era mucho menos. Trajo un humor de mil demonios.

Se metió en su habitación, y hasta esta mañana que ha salido.

No me ha dicho dónde iba. -Se lo ruego, si vuelve, deme aviso.

-Así lo haré.

Aunque yo de usted no tendría ganas de ver al tal Ledesma.

No sé, hay algo en ese hombre que no me gusta.

-Bueno, marcho.

-¿Se ha enterado ya de lo de don Liberto?

Qué alegría que lo hayan absuelto.

-Muy buena noticia, sí. -Pues que sepa

que si lo hubieran condenado,

un servidor hubiera ido a hablar con el rey para pedirle clemencia.

Que no se puede consentir... -Discúlpeme, Servando,

debo regresar al restaurante.

-Sí, pero lo que le comentaba de don...

-Con Dios.

-Con Dios.

-Emilio,

mira por dónde vas, que parece que estás pensando en las musarañas.

-Discúlpeme, no la había visto.

-A ti te pasa algo.

Antes en el restaurante parecías distraído, y ahora...

pareces preocupado.

¿Adónde ibas? ¿Por qué no vas al restaurante a trabajar?

-Estaba buscando a Ledesma. -¿Ha pasado algo?

-Nada, madre, no se inquiete. Tan solo quería conversar un poco.

-Emilio, dime la verdad.

¿No habrás cometido alguna tontería?

No buscarías a Ledesma si no fuera por algo importante.

-Madre, ya le he dicho que no, no insista.

Vaya al restaurante,

yo iré en un suspiro, que tengo que atender un recado.

Pasa, Casilda. Te agradezco mucho que hayas venido.

-No tiene por qué hacerlo, señor.

Yo estoy deseosa en poder ayudarle en lo que buenamente pueda.

¿Y por qué me ha hecho llamar? -Quería preguntarte por Rosina.

Ayer no puede hablar con ella después del juicio

y quiero saber cómo está.

-Pues sigue mustia y tristona, da pena verla.

-Lamento escucharlo.

-Entiéndame, señor,

que usted quedara liberao de esos embustes la ha aliviao, sí,

pero no lo suficiente como para volver a ser la mujer que era.

-Le causé una herida demasiado honda.

-Ande, no se me mustie usted, señor.

No todo son malas noticias.

Es más, ha ocurrido algo de suma enjundia que debería saber.

-¿Y bien?

-La señora ha dejao de ver a ese amigo suyo.

-¿Estás segura?

-Más o menos.

Lo mandó citar, y aluego, cuando volvió del encuentro,

dijo que no volvería a pasar por la casa.

Perdone mi atrevimiento, pero yo diría

que lo ha hecho porque le sigue queriendo a usted.

-¿Qué te hace pensar eso?

Yo he estado todo este tiempo al lao de la señora.

Y sé que lo que ha ocurrido con el librero

no ha sido más que una simple amistad.

Nada comparao a lo que la señora siente por usted.

-Me gustaría creerte.

-Pues hágalo, no se quede con las ganas.

El librero ha sido un hombre muy simpático

muy comprensivo, muy atento...

y, eso ha podido dar lugar a equívocos.

Pero no ha ocurrido nada, de verdad.

Y...

si me permite meterme ande no me llaman,

¿puedo decirle a usted algo?

-Casilda, ya nos conocemos,

me lo vas a decir con permiso o sin él.

-Señor, yo creo que si usted tuviera a bien

hacer un gesto de acercamiento con la señora,

tal vez las aguas volverían a su cauce.

-Te agradezco el consejo.

Te voy a pedir que no le digas nada a Rosina de nuestra conversación.

¿De acuerdo? -Seré una tumba.

¿No necesita nada más?

-No, nada más, Casilda. Gracias, gracias de nuevo.

-Con Dios. -Con Dios.

-Liberto, ¿le ha visitado Casilda?

-Sí, la mandé llamar para preguntarle por Rosina.

-¿Y bien? ¿Hay novedades? -Es posible que sí.

Puede que haya esperanza para mi matrimonio, debo intentarlo.

-Me alegra escucharlo.

Pero he de aconsejarle que sea cauto, mida sus movimientos.

-Lo haré.

Por cierto, don Felipe,... cuando regresaba me pareció ver

en la escalera a Genoveva salir de esta casa, ¿quería algo?

-Ha debido equivocarse, no he recibido ninguna visita suya.

¿Qué tal el desayuno con los vecinos?

-Bien, bien, gracias.

-Voy a seguir trabajando. -Claro.

-Qué alivio que don Liberto ha quedado libre

de acusaciones tan feas.

-Casilda está como unas castañuelas.

Parece que el marido es suyo y no de doña Rosina.

(SUSPIRA)

Ojalá esto sirva para que se arreglen don Liberto y doña Rosina,

que parte el corazón verlos así. -Ojalá, Marcelina.

Pero eso ya es harina de otro costal.

-Nunca llueve a gusto de todos,

porque entre tanta desgracia,

nosotras hemos tenido que perder el parné de la colecta.

-Eso ni me lo miente, que me hierve la sangre al recordarlo.

Con los sudores que nos costó reunirlo.

-Al final, el parné no nos va a servir

ni pa los señores ni pa los pobres.

-Ah... Uy.

Qué mohínas se las ve. -Tenemos motivos, Jacinto.

Nos quejábamos de que nos hayan robado la colecta.

-Quién habrá sido el desaprensivo, ¿eh?

Si me lo cruzo, del primer sopapo lo dejo sin muelas.

-Templa, Jacinto, templa.

-Perdón.

Marcelina, ¿todavía tienes esas plantas ahí?

No ves que de lo feas que son... Anda, sácalas de ahí.

-Por una vez en la vida, tu marido tiene razón.

El otro día me pinché con una de sus ramas.

Es un peligro.

-Está bien, está bien.

Anda, ayúdame a sacarlas,

así, cuando venga el proveedor, le digo que se las lleve,

no vaya a ser que tenga razón y tengamos una desgracia.

Uy.

¿Y esto?

¡Oh!

Anda.

Mira.

-¿Y ese dineral?

¿Acaso el parné sale de las plantas?

No las tires, que esas tienen propiedades.

-No digas tontás, tiene que ser el dinero de la colecta.

-Es cierto. Ese era el papel con el que lo llevaba envuelto Fabiana.

-Se conoce que uno de los pinchos le rajó la limosnera.

Ay, qué alegría, que nadie nos había robao.

-¡Yepaya!

No, no, no, no, pide dos más de esas,

que estas se van a vender en el barrio que ya verás tú.

-Son feas.

No sé qué le pasa a tu hermano.

Lleva todo el día inquieto buscando a Ledesma.

-¿Acaso no está en la pensión?

-Parece que se lo haya tragado la tierra.

-No tendríamos tanta suerte.

-Espero que la desazón de tu hermano

tenga que ver con su ausencia.

¿Tú sabes algo?

¿Ha comentado algo al respecto?

-Lo lamento, pero apenas he cruzado un par de palabras con él.

Quiera Dios que el aparcero no descubra nada.

Imagínate que se entera del amorío de Emilio y Cinta.

-Eso no lo diga ni en broma.

Si así fuera,

se iba a organizar la de Dios es Cristo.

-Incluso la vida de Emilio correría peligro.

-Seguro que su temores son infundados, madre.

Emilio es un chico inteligente y sabe los riesgos que corre.

(Puerta)

-A las buenas. ¿Cómo están?

-Buenas, Cesáreo. ¿Qué le trae por aquí?

-Poca cosa, a tomar un café y a charlar un rato con Camino,

que desde que puede hablar,

le he cogido gusto a nuestras conversaciones.

¿Está todo bien? Parecen nerviosas.

-No, nada de eso, Cesáreo.

Pero ¿le importaría venir más tarde a por ese café?

Ahora estoy ayudando a mi madre

y no podré conversar con usted como me gustaría.

-No se hable más, que a mí me gusta el café hablado.

Vendré luego.

-Con Dios. -Con Dios.

-Con Dios.

¿Cree que ha podido oír de qué hablábamos?

-No lo creo. Pero tenemos que ser cautas.

No sé hasta cuándo vamos a poder ocultarlo.

Tarde o temprano se descubrirá lo que nos une con Ledesma,

es inevitable.

-Pobre Cinta, menudo sofoco se va a llevar cuando se entere.

La pobre no sabe lo que le espera.

La dicha les parece prohibida a ella y a Emilio.

Ojalá pudiéramos dar atrás en el tiempo...

-No se te ocurra ni mentarlo, no vaya a ser que alguien nos escuche.

(SUSPIRA)

A ver. -¡Ea, aquí está la sidra!

-Ahí...

-Servando, ábrala, que tenemos mucho que celebrar.

-Ea. -¡Y que lo digas,

muchacha, que yo ya daba el parné por perdido!

-¡Y pensar que iban a ir a denunciar el robo...!

-¿Cómo iba a saber yo que la ladrona era una planta?

-¡Y menos mal que no te deshiciste de ellas!

-¡Si eras tú el que quería quitarlas!

-¿Yo? ¡Si tienen propiedades!

-¡Haya paz!

No volváis a discutir por lo mismo,

que bien está lo que bien acaba.

-Ahí tiene usted toda la razón, señora Agustina.

No solo hemos recuperado el monís, sino que nuestros señores

han recibido el parné que necesitaban,

aunque haya sido por otros medios, claro.

¡Ah, y no nos olvidemos!

Don Liberto no ha ido a prisión.

-¡Bueno, y yo no lo hubiera consentido!

¡Si le llegan a condenar...!

-¡Usted mismo hubiese ido a pedirle clemencia al rey!

-¡Eso! (RÍEN)

-Bueno, todo ese parné

ayudará a los más necesitados.

-Sí, no... Y que estoy pensando yo...

que, puestos a hacer obras de caridad,

me lo podía quedar,

¿no? Yo siempre he sido un hombre la mar de necesitado.

-¡Calle ya, Servando, que tiene más cara que espalda, hombre!

(SUSPIRA)

-¿Queríais verme?

-¡Ah!

-Así es, padre.

Sepa...

que queremos hacerle entrega de un donativo

que hemos conseguido entre todos. Tenga.

-(RESOPLA)

¡Este donativo es un dineral!

¡Dios os lo pague! (TODOS) Gracias.

-¡Gracias, padre! -Que digo yo, padre,

que, si no se le ocurren obras de caridad,

que tengo yo un par de ideítas...

-Servando...

Haga el favor, siéntese.

¡Calle y coma! ¡Venga, vale!

Padre, por favor, acompáñenos, siéntese usted también...

Hemos preparado este picoteo.

Hala. -Bueno, padre,

la mesa la damos por bendecida.

-Pero ¡Jacinto, por favor!

¡Huy! -Pero ¡coma, coma!

A ver, prima, ayúdame a mover este sillón,

que esto pesa como un demonio.

A la de una, a la de dos y...

¡Y a la de tres!

-¡Ay! -¡Ahí está!

Ahora aquel de allí.

¡Ay! Pues, ¿sabes? Aún no me puedo creer

que haya aparecido el monís.

(ROSINA) ¡Casilda!

-¡Huy! ¿Sí, señora?

-¡Oh, buenas!

-¡Oh, eh...! Perdone, es que... le he pedido a la Marcelina

que me ayudara a colocar la alfombra.

No le importa, ¿verdad, señora?

-¡No! Si a ella no le importa, a mí no tiene por qué. (RÍE)

(Puerta)

-¡Oh! ¿Quién será?

-Sencillo averiguarlo.

Ve a abrir. -(RÍE)

-Doña Rosina.

Que me alegra que hayan exculpado a don Liberto.

¡Ay! -Gracias, Marcelina.

¿Qué te pasa en la garganta? -¡Oh!

Habrá sido la sidra, que estaba muy fresquita.

Sí. -¡Ah, habéis bebido sidra!

-Han traído este pedazo de ramo para usted, señora.

-¿Quién lo envía?

-No me lo ha dicho el mozo que lo traía, pero hay una nota.

-Servidora sí sabe quién se lo ha enviado.

-¿Cómo que lo sabes? -Sí.

-¿No será ese señor que pretendía a mi señora?

¡Yo creía que nos lo habíamos quitado de encima!

-¡Muchachas, no cuchicheéis,

que estoy aquí y os oigo!

Casilda, pon las flores en agua, que voy a salir.

-Sí, ahora mismo, señora.

¡Ya me estás diciendo quién manda esas flores!

-El ramo lo ha comprado

un señor. ¡Don Liberto!

Yo misma se lo preparé a la hora de comer.

-Al leer la nota,

mi señora ha salido a escape.

¿Se irá a encontrar con don Liberto?

-¡Seguro que sí!

-¡Esto pinta muy bien! -(SUSPIRA)

-¡Ya verás como al final mis señores vuelven a estar juntos!

-¡Claro que sí, prima! -(SUSPIRA)

Anda, colócame

esa mesita, ¿eh? Yo voy a poner las flores en agua.

-Ahí...

(Puerta)

(Suspiro y pasos)

(JOSÉ) Buenas, Arantxa. -Hola.

-¿Y la niña?

-Encerrada en su cuarto.

No ha salido de allí en toda la tarde.

-¡Ay, pobre criatura!

¡Desde luego, que el novio que se ha buscado

me la trae a maltraer!

¿Lo ves, Jose?

¡No me faltaban razones para oponerme a esa relación!

-¡Esto no puede seguir así! Ahora mismo voy a hablar con ella.

¡Vale demasiado para estar sufriendo por ese pollo!

Dile que salga, por favor.

-Sí, señor.

(MARI) ¡Ay, Jesús!

Haces bien en intentarlo, Jose,

pero no creo que te escuche. (RÍE) ¡Ya conoces a la niña!

¡Es igual de cabezota que su abuela, que en gloria esté!

-¡No me quedaré quieto mientras anda por la casa como un alma en pena!

-¡Vaya!

Hay almas en pena más arregladas.

Perdón, madre, pero no tenía ganas

de vestirme.

¡Al menos podías haberte maquillado un poquito,

que una cosa es tener roto el corazón,

y otra, parecer un adefesio!

-Canelita...

¡Estamos con el alma en vilo por ti!

¿Ha sucedido algo más con ese muchacho

para que estés tan disgustada?

¡Puedes hablarme en confianza,

chiquilla, que solo queremos tu bienestar!

-¡Digo, y hacérselo pagar si te ha hecho algo malo!

Descuiden, no ha pasado nada más que ya sepan.

Su desdén es motivo suficiente para tenerme tan mohína.

(Puerta)

-Ve a abrir. ¡Como sea Emilio, me va a oír cuatro cosas!

Si me disculpan, me voy a mi alcoba. Solo quiero estar sola y relajada.

(Puerta)

-Señor, un tal Ledesma pregunta por la niña.

¿Ledesma?

Sí, al parecer, tiene algo muy importante que comunicarle.

Bueno, quizá tiene algo que decirnos sobre Emilio.

-Hazle pasar.

-Pase, por favor.

-Don José Miguel Domínguez Chinarro,

para servirle. Haga el favor de sentarse.

-No será necesario. No me andaré con rodeos.

Me gusta ir al grano.

Muchacha, te he visto acaramelada en la calle con Emilio,

el del restaurante. -Pues yo también

voy a ser claro: lo que haga o deje de hacer mi hija

no es de su incumbencia.

-Por desgracia, sí lo es.

Te lo advierto:

Emilio se aprovecha de tu ingenuidad.

Él sabe bien que vuestro noviazgo no acabará

en boda. (MARI RÍE)

¿Y eso por qué, si puede saberse?

-Porque Emilio ya está comprometido con mi hija.

(SUSPIRA) Y se casarán en breve.

Por eso vengo a la ciudad.

Para organizar el acto.

(SUSPIRA)

Entra.

¿A qué estás esperando?

Yo no me puedo entretener mucho: el señor me está esperando.

-El único señor al que debes rendir cuentas está aquí...,

muchacha.

Gracias por traerla, Úrsula.

Pasa.

(ALFREDO SUSPIRA)

Bien, Marcia...

¿Crees...

que soy un tonto,

un simple del que todo el mundo puede reírse?

-¡No, señor, claro que no!

-¿Y por qué insistes en burlarte de mí?

-¡No he hecho tal cosa, lo juro!

-Tus palabras valen tan poco como tu agradecimiento.

O quizá, simplemente,

es que...

no recuerdas qué he hecho por ti.

¡Contesta!

¿Tan frágil es tu memoria?

-Señor...

¡Sé perfectamente cuánto ha hecho por mí!

-¿Y acaso esperabas que mi ayuda fuese gratis,

que no tendrías que hacer nada para saldar tu deuda?

-¡Yo solo procuro su bien!

-Pues ahora tendrás que esmerarte mucho más.

¡Ven aquí!

¡Y mírame cuando te hablo!

Estoy muy decepcionado contigo.

-Lo lamento...

-Te creo.

Pero... no creo que llegues a adivinar

hasta qué punto puedes lamentarlo.

Me fallaste.

No estaba informado de las maniobras que don Felipe tenía listas

para el juicio. ¡Tu misión era clara!

-¡Se lo juro! ¡Lo intenté,

pero...! -¡Hay una palabra

que mis empleados tienen prohibida, y es "pero"!

¡Mis órdenes se cumplen a rajatabla!

Sea cual sea su precio.

¿Te ha quedado claro?

¡Bien!

Pues...

quiero que me cuentes

absolutamente todo lo que pasa en casa de don Felipe.

Y eres tú...

la que va a encargarse de cumplir mis deseos.

-Le prometo...

No le fallaré.

-¡Eso está mejor!

Pero prefiero los hechos a las promesas.

Y ahora tienes una oportunidad...

para demostrarme tu compromiso.

Vas a contestarme a algo.

Ha estado mi esposa con tu señor hoy,

¿no es cierto?

(SORBE MUCOSIDAD Y CARRASPEA)

(SORBE MUCOSIDAD)

(SUSPIRA)

-Disculpa, he venido en cuanto he leído la nota.

-¡No tienes que disculparte por nada, Rosina!

Te habría esperado hasta el fin de los días.

-Te agradezco de corazón las flores, son muy bonitas.

Y las palabras de la nota también.

-Han salido de mi corazón.

Eso no lo dudes nunca.

Y ahora querría repetírtelas mirándote a los ojos.

Nunca te agradeceré lo bastante lo que hiciste por mí en el juicio,

todo lo que dijiste sobre mí y el apoyo que me diste.

-Era mi obligación.

-No... Créeme que...

nunca nadie ha logrado emocionarme como tú en esa sala.

Sin ti mi destino hubiera sido la cárcel.

-No lo merecías: eres inocente.

-Eso habría hecho mi condena aún más dura si cabe.

Bueno, eso y...

Y que, ahí encerrado, no habría podido verte.

Rosina...

No te detengas ahora y haz completa mi dicha.

Mi felicidad no será posible si no estás conmigo.

¡Mi vida sin ti no tiene sentido, cariño, yo...!

-¡Por favor, por favor, Liberto, no sigas!

Me duele en el alma, pero yo también he de decirte algo.

Todo lo que he dicho en el juicio es cierto,

pero también me siento mezquina porque soy incapaz de perdonarte.

-¡No digas eso! ¡Yo te comprendo,

pero con el tiempo...! -¡No!

¡El tiempo no arreglará nada porque...!

¡Solo ahondará más la herida, Liberto, porque...!

Lo siento, pero seguir viviendo en Acacias, sabiéndote cerca

y consciente de que soy incapaz de estar a tu lado,

es la peor de las torturas.

Por eso he tomado una decisión.

Abandono estas calles

por siempre.

Me voy a ir a Portugal con mi hija.

¡Eso es lo que le ocurría,

que se iba a casar con otra! ¡Ay! ¡Ay, Dios mío!

¡Ay, mi niña! -¡Un vaso de agua!

-¡Voy! -¡Un vaso!

-¡Me he equivocado, pero no puedes irte!

¡Déjame reparar mi error!

-¡Por favor, Liberto! -¡No, por favor, Rosina!

¡Escucha, aún tenemos una oportunidad!

-He estado reunido con los abogados del señor Bryce...

por el asunto de la recompra de la mantequería

y...

no me lo han puesto nada fácil.

Me han mareado con triquiñuelas legales.

-¿Qué ocurre?

¿Tienes un compromiso para casarte con la hija de Ledesma?

¡Contesta!

¿Quién te lo ha dicho?

-Yo estoy acostumbrada a faenar en casa

de doña Rosina, estoy acostumbrada a ella.

¿Y si no encuentro faena?

-¿No te has preguntado...

quién es ese Ledesma, de dónde ha salido?

-¡A mí qué más me da!

¡A mí lo que me importa

es que su hija le va a quitar a la nuestra el marido!

¿O ya has olvidado

que Cinta renunció a su gira por Emilio?

¿O se te ha olvidado que rechazó al Boquerón por Emilio?

-Hoy he ido a una reunión con mi hijo al hotel Sintra...

y le he visto saliendo con Genoveva.

-¿Su hijo también me vio?

-No.

No quiero inmiscuirme en sus asuntos,

pero ¿está usted seguro de lo que hace?

No quiero oír mencionar a Emilio en esta casa.

Él ya forma parte del pasado, ya no existe para mí.

No quiero saber nada de él ni volver a hablar de esto.

¡Te pido que reconsideres tu decisión!

¡Piénsalo un poco!

-No hay nada que pensar.

-¡Acacias es tu hogar! -¡No!

Es solo un agujero negro del que estoy deseando escapar.

-Jamás la voy a perdonar. -Se ha jugado

el cuello entregándonos ese dinero.

¡Alfredo Bryce es un hombre muy peligroso!

-El más peligroso de los que he conocido.

-Deberían intentar perdonarla.

-¡Cálmese, señora Arantxa,

que muchas mujeres no están preparadas para el trabajo de fuerza!

-Sí, ¿eh?

¿Quiere que echemos un pulso, Jacinto?

A ver quién gana...

-¿Por qué fue a su casa?

¿Eh? ¿Cómo se atreve?

-¿Cómo te atreves a seducir a una chica

estando comprometido con mi hija?

Fui a verla para aclarar las cosas y que no se hiciera ilusiones.

¡No consentiré que te rías de mi Angelines!

¡Mi hija está a punto de llegar a la ciudad

y no dejaré que le hagas daño!

¡Y eso ocurrirá si te ve ennoviado con otra!

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Acacias 38 - Capítulo 1055

15 jul 2019

Alfredo airado exige explicaciones a Úrsula y amenaza a Marcia ¿Por qué no conocía la estrategia de defensa de Felipe?
Ramón consigue recomprar la mantequería, con el adelanto de la compañía de seguros. A pesar de la oposición de Bryce.
Rosina rechaza a Ignacio y se cita con Liberto para comunicarle que se marcha de Acacias ya que no puede perdonarle y necesita ordenar sus ideas.
Cinta está confusa por la espantada de Emilio. Ledesma se presenta en casa de los Domínguez y desvela que Emilio está comprometido con su hija Angelines ante la sorpresa de todos.

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  1. Lucy

    Simón vive en Italia con Elvira y tienen un niño, Leandro, Juliana y el hijo de ambos casado con la hija de Don Ramón viven en París y Leonor y el esposo viven en Lisboa y tienen trillizos..yo sigo Acacias desde el 2015 q dió inicio, confieso q a veces se vuelve truculenta pero alli sigo y también Servir y Proteger...Buenas Noches

    23 jul 2019
  2. Mabi

    Melina lamento contradecirte pero uno de los hijos de la sastra, Leandro casado con Juliana la ex dueña de la chocolateria La Deliciosa, vive en Francia y el otro, Simón vive en Italia con la hija del Coronel Valverde, Elvira ... Me gustaría saber de donde sacaste que vive en Sevilla????.... Saludos cordiales

    19 jul 2019
  3. Melina

    Manuela, yo de éso de las tasas no me percaté pero si me fijo que en el altillo, usan una servilleta con flores desde hace más de diez años. Cuando muestran a Servando comiendo en el altillo suele aparecer. Me parece un detalle muy simpático. Otra cosa, el hijo de la sastra no está en Italia sino en Sevilla, casado con una maestra. De allí viene también el hijo de la dueña del restaurante, sólo que en Sevilla no le llaman Emilio sino Rafita jijiji

    18 jul 2019
  4. Mabi

    No les ha llamado la atención que Ursula no haya encarado a Fabiana, ya que sabe que lo que dijo en el juicio es mentira? Pero sobre todo que el Braice no le hiciera ningún comentario? Quizá hubiera sido mucho para éste capítulo y nos esperé la gran venganza Ursuliana más adelante...

    18 jul 2019
  5. Isabel

    Betty es que sale un capítulo por día, entonces mañana verás el 1056,-pasado mañana el 1057 y así sucesivamente.

    17 jul 2019
  6. Mabi

    Bety si la miras por medio de tu móvil en la parte inferior de la página hay un apartado que dice IR A VERSIÓN CLÁSICA y allí encontrarás todas las secciones. Saludos cordiales!

    17 jul 2019
  7. Victoria

    Betty: Cuando abres la página web de la serie verás que tiene varios "apartados" ... hay uno que pone VIDEOS, ahí los encontrarás todos. También puedes acceder a la PORTADA y encontrarás una "sección" que dice: Disfruta de todos los capítulos de 'Acacias 38'. Cualquiera de los dos te llevará a todos los capítulos completos. Espero haberte podido ayudar.

    17 jul 2019
  8. Betty

    Llegué al capítulo 1055 por internet y no puedo continuar. No aparecen los capítulos siguientes. Hace un año que la veo, me apasionan las historias y me voy a quedar en ascuas ??? Cómo hago para continuar?

    17 jul 2019
  9. MariaA

    Que no se vaya Rosinaaaa!! Es de las mejores de la serie, sí, es una esposa insoportable, pero es muy graciosa. Por cierto, qué demonios hace el abogado con la criada? Por qué tontea con ella si luego se acuesta con Genoveva? Los guionistas pegan unos bandazos de flipar, en serio...

    16 jul 2019
  10. Manuela Carmona

    Acacieros no os habéis dado cuenta que las tazas donde D. Ramón, Carmen, Lolita y Antoñito toman el te, son las mismas que utilizaban Rosina, Liberto y Leonor cuando vivían en una casa con jardín que cuidaba Jacinto. Jaajaa, una curiosidad!!

    15 jul 2019