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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1006 - ver ahora
Transcripción completa

No tenía dónde guarecerme y...

cogí la llave de la portería. Comprenderá

que podría llamar a la policía.

-Yo tuve un tío que se le fue la mollera,

así que ahora le daré instrucciones de cómo tiene usted que comportarse.

-También pretendéis hacerle pasar por loco.

-Loco no, así como que se le van un poco las ideas.

"Ya le he dicho" que Samuel me lo contó todo.

Sé todas las cosas horribles que hizo.

Sepa que yo sé muchas cosas de usted.

Entre las cosas que dejó en esta casa,

he encontrado una carta de lo más interesante.

-Queremos que sepas que te vamos a poner una profesora particular.

¿Y a quién han contratado?

Es una persona que tiene nuestra confianza,

porque es Arantxa.

Pues yo me alegro mucho de volver a verla, Genoveva.

Que sepa que hemos estado muy preocupados por usted.

En fin, tengo que dejarlas, pero ya hablaremos en otra ocasión

con más calma.

-¿Quién será ese caballero tan elegante?

-Quería ponerla sobre aviso sobre lo que se comenta de Victoriano.

Don Victoriano, a parte de ser un caballero, es un profesional

en el espectáculo y nada tiene que ver en asuntos turbios.

Hoy mismo me va a presentar al dueño de un teatro...

en el que probablemente actúe.

-Un día trabajando en una casa, otro, en la pensión,

relacionándote, con unos y con otros,

hasta con los que no son de tu clase, como el señor Palacios.

-¿El señor Palacios conoce al caballero misterioso?

-Eso parece.

-Ese hombre es ni más ni menos que don Alfredo Bryce.

-Es uno de los empresarios más reputados de este país.

-¿Te has arrepentido con la prueba?

Claro que quiero hacerla. Pues entonces sube al coche,

dentro ya te contaré adónde vamos, no temas.

-Soy teniente. Quisiera hacerle unas preguntas.

Aguarden un momento.

¿Pretenden hacerme creer que este hombre no tiene dónde caerse muerto

y lleva consigo este anillo?

-Perteneció a mi abuelo, y posee un gran valor sentimental.

Les agradezco mucho que hayan acudido a mi cita.

Agradézcanoslo contándonos por qué nos ha citado con tanta premura.

Les presento a Alfredo Bryce, mi marido.

-Yo he hecho mucho por ti, qué menos que agradecérmelo con un beso.

¿Cómo se atreve? Pero ¿por quién me ha tomado?

Ábrame la puerta de inmediato.

Cuando terminemos.

Eres tan bonita. Si se sigue arrimando,

la galleta le va a parecer chica.

Me encanta tu carácter.

Siempre me han gustado las mujeres con temperamento,

y el tuyo se lleva la palma.

¿Sí? Pues la palma esta con los cinco dedos le voy a endiñar

si me vuelve a tocar.

Será baboso. Ábrame la puerta.

¿Y olvidarnos del teatro?

Pero ¿usted qué se cree, que yo me chupo el dedo?

Creí que lo más importante para ti era... tu carrera artística.

Pensaba que era un representante.

Lo soy, no te he engañado.

Pues para usted la perra gorda. ¡Y ábrame! Ahí se queda.

Estás tirando por la borda todo el trabajo que has hecho

para darte a conocer. Vamos a ese teatro

y pelillos a la mar.

¡Abra la puerta, que yo no me voy con usted!

Yo no estaría tan segura.

Algún día me lo agradecerás.

Antes, muerta.

¡Que me abra!

No se atreverá a llevarme en contra de mi voluntad.

Yo no estaría tan segura.

(Se enciende el motor)

¡Auxilio! ¡Socorro!

¡Ayuda!

¡Suélteme, suélteme! ¡Suelte!

¿Qué hace? ¡Suelte, suélteme usted!

Pero ¿qué hace?

Emilio, Emilio, déjele. -¿Dejarle?

Se merece que le arrastre por la calle.

Por favor. Voy a partirle la jeta.

Eso nos traería más problemas.

¿Quiere que le deje marchar?

Sé que es un sobón, pero no podemos tomarnos la justicia

por nuestra cuenta. Cinta, es una...

Rata cobarde.

Y con él se va mi oportunidad de hacer carrera.

¿Eso es lo que a usted le preocupa?

¿A usted qué más le da lo que me preocupe?

Tiene menos sentido del humor que una monja en camposanto.

Han estado a punto de violentarla. Y yo no le necesito.

¿Qué se cree que soy, una criatura indefensa?

Pienso que se mete en demasiados embrollos.

¿Por qué no me deja en paz? ¡Porque me importa usted de verdad!

¿Ha dicho lo que creo que ha dicho?

Da igual, déjelo.

Me ha dejado usted sin palabras. Pues sería la primera vez.

-¡Ese, ese petimetre!

Un loco, ya se lo he dicho, un loco que me ha atacado.

Que no escape. Deténganle, por favor.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Veamos, señor Palacios.

Voy a hacerle algunas preguntas para el peritaje.

Tendrá que responder con sinceridad. -Inspector,...

tenga "cuidao" porque es casi una ofensa "pa" él,

que mi suegro, cuando estaba en su ser, no hubiera "permitío"

que se dudara de su franqueza. -No le pongo en duda, señora,

personalmente, pero el servicio es el servicio, y yo me veo obligado

a advertirle. -Sí, usted siga, inspector, siga.

-Nombre.

-Ramón.

Ramón Palacios...

Antoñito, hijo, ¿cómo se llamaba tu abuela?

-Jarabo. Antonia Jarabo Ramos.

-Eso. Ramón Palacios Jarabo,

para servirle a usted.

-Profesión.

-Comerciante.

Actualmente soy presidente y principal hacedor de una compañía

que suministra e instala máquinas de café en prácticamente

las dos terceras partes de los establecimientos hoteleros

de España.

-Padre, ese cargo me lo transmitió a mí hace ya más de 10 años.

-No le haga usted caso, que yo sigo ejerciendo.

Mi hijo, aunque muy válido, aún no está suficientemente preparado

para dirigir una compañía con tanta magnitud.

Es muy joven todavía. -Diga usted que sí,

que mi "marío" le ha "necesitao" como el comer...

cuando empezaron, eso sí.

-¿Recuerda usted dónde ha pasado estos últimos años?

-Perfectamente, en la cárcel.

-¿Y...

cómo dirigía la compañía, entonces? -Vaya pregunta.

Mediante cartas, llamadas telefónicas, reuniones

con el Consejo de Administración, vamos, lo normal.

Discúlpeme usted, inspector, y no se lo tome a mal, pero no tiene ni idea

de las empresas mercantiles.

-¿Qué ingresos recibe usted en este momento?

-Ingentes.

-Eso... es de admirar, don Ramón. -Dígaselo a mi hijo,

que está cuestionando constantemente el volumen de mi negocio.

Un día de estos, el menos pensado, le voy a traspasar la empresa

aunque solo sea por unos días y que se apañe como pueda.

-Luego, su hijo no dirige el negocio.

-Todavía no. Tengo pensado cedérselo,

pero no mientras mis fuerzas y mi mente me lo permitan.

También tengo pensado ponerle un negocio aquí a mi nuera,

que es una mujer muy sagaz,

y sería capaz de llevar una mantequería.

-Pero su nuera ya posee una mantequería.

-¿Quiere un tentempié?

-Eh... no, no, muchas gracias, no nos permiten aceptar convites

de nuestros investigados.

-¿Eso significa que ya ha terminado?

-Me temo que sí.

-¿Y qué va a decir?

-Se dice "informar". -Lo que sea,

lo que sea.

-Recomendaré dar trámite a la solicitud de su esposo.

Ha sido un placer, don Ramón.

-Vuelva cuando quiera, Dionisio.

-Dionisio fue un sobrino suyo... que se murió ya hace mucho tiempo.

-En unos días recibirá la solicitud oficial.

Cuide de su señor padre. -Sí, sí, se lo aseguro.

-(RESOPLA)

-Ha "nacío" usted "pa" el drama, suegro.

-Ay, ay. -Amor mío,

que te quedas, que te quedas.

-Lo mínimo que se le puede pedir a una viuda tan reciente

es que le guarde luto a su difunto esposo.

El luto es la honra de las viudas.

-Y que no es fácil encontrar consorte en tan poco tiempo.

-Habrá sido un flechazo.

-Una viuda como Dios manda debe vestir armadura

para evitar las flechas.

-Las de Cupido no se esquivan tan fácil.

-Bellita, ¿usted cree que se han casado por amor?

-A don Alfredo se le veía muy comprometido.

-Estaría cegado por la lujuria,...

y es por eso por lo que se ha casado con la pelandusca.

-Ay, no seas así, Susana, tampoco es eso.

Hay que reconocer que Genoveva no es la misma muchacha

que llegó con Samuel. Se la ve más asentada.

-Estaba muy discreta, no lo voy a negar,

ha sabido estar en cada momento en segundo plano, detrás de su esposo.

-Quizá el motivo de esa boda apresurada sea práctico.

-Ya. ¿Pescar unos millones?

-Uy, no.

Dios me libre de decir algo así.

Había pensado que Genoveva haya buscado protección

contra los asesinos de don Samuel. -Pues no está mal visto.

¿Quién se atrevería a lastimar a la mujer

del reputado banquero don Alfredo Bryce?

-¿Dónde y cómo se habrán conocido esos dos?

No hace falta que señalemos que no frecuentarían los mismos círculos.

-Ahí lleva razón Susana, hay que reconocer

que alguien como Genoveva no es fácil conocer,

y mucho menos, intimar con un financiero como este.

-Señoras,

el amor, que lo puede todo y escala los más altos muros.

Le cantaría yo la letrilla de un fandango que lo explica muy bien.

-Pues cante. -¿Sí? Ea, pues vamos allá.

# El amor,

# el amor todo lo puede,

# es un potro desbocado

# que galopa sin sentido.

# Da igual que llueva o que truene,

# cautiva el corazón mío. #

-Qué bonito.

Qué bueno. -¿Ven ustedes?

En fin, retomando el tema, ya nos enteraremos tarde o temprano.

-La verdad es que jamás pensé que diría esto,

pero creo que Genoveva ahora sí encajaría en el barrio.

Señora de Bryce, nada menos. -Ay, vámonos,

se nos ha echado encima la hora de la cena, Susana.

-Sí, sí, vámonos. Muchas gracias, Bellita.

-Las acompaño a la puerta.

¿Dónde se habrá metido Cinta?

Imagino cómo debe sentirse, pero no pierda los nervios.

¿Cuánto tiempo me van a tener aquí?

No mucho, no desespere.

En unos minutos volveré a hablar con el comisario

y le intentaré explicar la injusticia.

¿Le han dicho cuándo volvería?

No. Ya sabe cómo son los guardias:

tienen a gala ser de barbilla alzada,

pero sabré ganarme al comisario. Seré una testigo de fiar.

No tiene usted por qué mediar.

Pero ¿cómo que no?

Tienen que saber que el malnacido ese intentó,

solo intentó,

intentó propasarse y usted acudió raudo en mi rescate.

No lo haga.

Si es la verdad.

Una verdad que la pondrá en un brete.

En un brete está usted. En serio.

¿Cómo va a explicar que estaba con ese hombre en un coche?

Las habladurías lo harán peor de lo que es,

su honra estará en entredicho. Callar le condenaría, Emilio.

Y hablar la condenaría a usted.

¿Cómo va a explicar a sus padres

que tenía un representante?

Ese tiene de representante lo que tengo yo

de monja.

Es usted graciosa.

Y usted un inconsciente.

Le agradezco que se preocupe por mí,

pero no será necesario su intervención.

¿Cómo va a justificar el soplamocos que le plantó a Victoriano?

Ya se me ocurrirá algo. Soy bueno improvisando.

Sí, ya.

Bueno,...

será mejor que se marche, mi madre estará a punto de llegar

y no convendría que la encontrara aquí.

Me da no sé qué dejarlo tan desamparado.

-Usted lo sabrá mejor que nadie,

al fin y al cabo, ha servido en casa de doña Genoveva.

-Pues no, Agustina, se me escapan las razones

de esa boda, pero estoy convencida

de que doña Genoveva quería, a don Samuel.

-Pues prisa se ha dado en olvidarle.

-Eso... no podemos decirlo nosotras.

¿Quién sabe lo que guarda en el alma doña Genoveva?

-Razón lleva usted,

que los caminos del Señor son retorcidos.

-Insondables, los caminos del Señor

son insondables. -Lo que sea.

El caso es que, el muerto al hoyo

y el vivo, al bollo.

-Deje, que ya recojo yo. -Gracias.

Mañana será otro día.

-¿Hay moros en la costa? -Pase.

Creo que ya están todas durmiendo.

-¿Te pongo en un compromiso?

-Hombre, pues no sería bueno que nos sorprendieran aquí a solas.

-He venido porque tenía que contártelo.

He pasado un apuro que no te puedes imaginar,

pero todo ha sido para bien.

Antoñito se ha librado del servicio.

-Ay, pero eso es maravilloso. -No ha sido por cobardía,

es más bien una cuestión ideológica.

-Lo sé. Tendrá que explicárselo a la gente.

-Lo haré, descuida. ¿Cómo te encuentras tú?

-Bien,...

como todas,...

cavilando sobre las razones que ha tenido doña Genoveva

para emprender nuevas nupcias. -Ya lo he oído.

Me parece un poco atropellado, pero no somos quién para juzgar a nadie.

Carmen,...

mañana...

voy a comer con Antoñito y Lolita para celebrar

la resolución ministerial.

A los postres,...

aprovechando el clima jubiloso,...

quiero contarles lo nuestro.

-¿Está seguro?

-Como de que me llamo Ramón Palacios Jarabo.

De hecho, he venido a proponerte que...

cuando acabemos el almuerzo me acompañes para...

hacer la presentación oficial como mi prometida.

¿Qué te parece? -¿Que qué me parece?

Que me priva,...

que no hay nada que me guste más

y que me apetezca más.

-No estaría bien

que nos sorprendieran así, antes de mañana.

-Emilio.

Emilio, hijo, pero ¿qué ha ocurrido?

-Cosas de poca monta, madre, no lo hinche usted.

-¿Hincharlo?

Dicen que le has dado una somanta a ese caballero.

-¿Caballero?

El único caballo que ha montado ese en su vida es el del tiovivo.

-Te ha denunciado y está en su derecho.

Pero ¿por qué le pegaste? -Es Victoriano, madre,

el que sospechamos que falsifica billetes.

-Acabáramos. -Discutimos y acabamos a mamporros.

-En parte te comprendo, hijo, pero no deberías haberte tomado

la justicia por tu mano.

-¿Y él sí puede engañarnos con su dinero falso?

-¡Te has caído con todo el equipo, lechuguino!

Vengo de hablar con el comisario y habrá juicio,

haré que te pudras en un penal. -No te preocupes,

contrataremos al mejor abogado.

-Ningún picapleitos te sacará de esta.

Mira cómo me has dejado, no te salva ni la caridad.

Ya me marcho, ya me marcho.

-Pero ¿cómo has podido ser tan insensato?

¿Has visto cómo le has dejado?

-¿Piperrada? -Así lo llaman en mi tierra.

La cosa va de pimientos. -Pero es una salsa, ¿no?

-Sí, se utiliza para acompañar carnes, pescados,

todo lo que se pueda asar. Yo, cada vez que la hago,

mis señores se chupan los dedos.

-Está usted muy apegada a ellos, ¿verdad?

-Como para no estarlo,

ya ni recuerdo cuándo entré a su servicio

y desde siempre me han tratado como una más de la familia.

-Me alegro.

Hacía yo a los artistas un poco endiosados.

-Uy. Qué va.

Los míos son de lo más normales.

Buenos días. Hola.

-¿Qué tal se ha instalado usted?

Bien, gracias.

He ido al mercado

preguntando por un trabajo para usted, pero de momento

solo había para chachas más jóvenes.

Se lo agradezco, Agustina.

No se me venga usted abajo.

No lo haré.

Seguiré buscando, y cuando encuentre una familia

demostraré que, pese a mi edad, sigo estando en condiciones.

Diga usted que sí.

Al fin y a la postre, instruir a infantes no quita el resuello.

No creo que me contraten ya para enseñar.

-No hable usted así.

Es ley de vida.

También yo me encuentro cansada.

-¿Otro tanto? Pero no se me vengan abajo las dos.

Yo pienso estar al pie del cañón,

hasta que el fuelle diga basta,

como que me llamo Arantxa Torrealday.

Bueno, voy a ir ya a trabajar que se me hace tarde.

Abur.

Abur.

¿No la querrá a usted doña Genoveva?

Esa casquivana, ¿qué me va a querer?

Me echó de su casa con cajas destempladas.

Mal rayo la parta.

Lo ha pasado muy mal, la pobre,

a mí me da vergüenza hasta cruzármela.

Le fallé a don Samuel.

Despreocúpese usted,

que mire cómo ella ha encontrado fácil remedio a su pena.

Huele bien.

Es café de Angola, lo traía un buhonero de Portugal.

¿Has dormido bien?

He extrañado un poco la cama.

La cambiaremos, como es el cuarto de invitados jamás la he probado.

¿Qué te parecieron los vecinos? Gente agradable,...

sobre todo ellos.

Liberto era el mejor amigo de Samuel.

La tal Susana tiene pinta de ser una mala pécora.

Es de la piel del diablo, por más beata que se finja.

Vaya en su descargo que la noticia de nuestro matrimonio

es para desconcertar a cualquiera.

Habrían hablado aunque hubiéramos gastado 10 años de noviazgo.

¿Quieres que te prepare algo más?

Deberíamos contratar servicio.

Por el momento prefiero encargarme yo de la casa,

no quiero a nadie metiendo la nariz en nuestros asuntos.

Me parece una buena idea.

Bien.

Voy a asearme, es hora de trabajar.

Te he dejado el despacho listo.

Gracias.

Tengo mucho trabajo,... un montón de informes y memorándums.

-Ahí tiene, Servando.

Entonces, ¿la "señá" Fabiana no le ha puesto de desayunar?

-Sí, Casildilla, pero echaba de menos tus sopas de pan,

que para mí son como el recuerdo de mi infancia.

-Claro. Ande, Servando, que usted no da "puntá" sin hilo.

Venga, dígame por qué ha "subío" al altillo tan temprano.

-Qué bien me conoces, granujilla.

Sin desmerecer tus sopas de pan,

quería conocer al fundador del Banco Americano.

-A don Alfredo. -A ese, al mismo que viste y calza.

Me lo quiero echar en la cara "pa" darle un par de ideas financieras.

-Sí, porque seguro que usted sabe mucho más que él.

-Sí, por ahí anda, que yo no estoy manco "pa" la economía monetaria.

Fíjate, de haber "corrío" yo

la vida de otro modo, no te extrañe que hubiera "llegao" a ser

un gran banquero, porque ideas no me faltan, "to" lo contrario.

-Claro, y a día de hoy usted sería el marido de doña Genoveva.

-Otra que también ha "corrío". -Pues sí, y que lo diga usted.

Doña Rosina y yo tan "preocupás" por ella,

y ella, mientras tanto, ¿qué? Casándose con un banquero.

-Lo dices como reprochándoselo.

-No, no, quía que no, es solamente el pasmo.

-Ah, pues a mí no me parece raro que se haya "casao" con un banquero,

que de todos es sabido que el dinero es más atractivo que la planta.

-¡Yepayaaaa!

-¿No traerás un poco de queso, pastor?

Que se me están haciendo sosas las sopas.

-Lo que porto son noticias frescas.

¿Sabía usted que Emilio, el del restaurante, ha caído preso?

-Yo sí, sí que lo había oído, primo.

Le pegó cuatro castañas a un semejante.

-A un tal Victoriano. Los motivos son confusos.

¿"Pa" qué me quería, Servando?

-Para que me echaras una mano a bajar esos tubos,

que las muchachas no los utilizan

y a mí me vendrían de perlas como aliviadero de la estufa.

-Pues con mucho gusto, cuando pula el suelo del principal,

que quiero tener al pez gordo contento.

A saber por qué a los banqueros les gusta

ver los baldosines relucientes. -Y a "to" el que no sea un guarro.

-Pero ellos más.

Ahora, que yo lo voy a tener contento, que a mí a limpio

no me gana "naide".

Tengo yo un secreto a base de un producto animal

que a pesar de alguna desventaja,

deja el firme reluciente.

-Sí. -Hasta más ver.

-¿Jacinto? ¡Jacinto!

-Servando.

Si quiere, le puedo ayudar con los tubos.

-Haber "nacío" más recia.

Algo... Algo se me ocurrirá.

"¡Ayuda!".

¡Suélteme, suélteme! ¡Suelte!

¿Qué hace? ¡Suelte, suélteme usted!

Pero ¿qué hace?

-¡Porque me importa usted de verdad!

¿Ha dicho lo que creo que ha dicho?

Hija mía, no sabes cómo me encandila

que vuelvas a tener un libro a tu vera.

Agradézcaselo a Arantxa. Te ha metido en vereda, ¿eh?

Esa vasca tiene más redaños que el caballo de Espartero.

-Por los clavos de Cristo.

¿Sabéis que Emilio, está en galeras?

-Hijo, desde luego que como pregonero no te ganabas la vida.

Lo sabe ya hasta el papa de Roma. Y no está en galeras,

solo en comisaría. -Por ahora.

Ea, ya está el profeta.

Parece que se ha metido en camisa de 11 varas.

Al que le ha dado la galleta es don Victoriano.

Bueno, ni que fuera el rey Alfonso.

A tanto no llega, pero con los guindillas tiene mano,

si no, ¿de qué te iba a haber sacado a ti de la mazmorra?

Padre, a lo mejor es más fachada que otra cosa.

-¿Por qué lo dices? ¿Tú sabes algo?

¿Qué he de saber?

Pero dos no se pelean si uno no quiere.

-No creo que don Victoriano se haya liado a palos.

Más bien lo achaco al ímpetu del mozo.

Discutirían, y al pibe se le ha ido la mano.

-No todos los pimpollos son tan salvajes,

que una cosa es la juventud y otra, la mano larga.

Me voy a estudiar al cuarto.

-Mira lo que te digo, corazón:

de haberte "mandao" "pa" el África,..

yo hubiera "marchao" contigo,...

que dicen que de Cabrahígo era la monja alférez.

-Tampoco cantes victoria tan pronto,

que todavía no hemos recibido la notificación.

Llegará pronto, que bien que se ha "camelao" tu padre al inspector.

(Llaman a la puerta)

Que no tendría que haberle "nombrao", que ahí está otra vez.

Ay.

-¿Interrumpo?

-No, no, usted nunca, Felipe.

-Que le había "confundío" con el espectro.

-Inspector, cariño, se dice inspector.

-Ya lo sé. -¿Está su padre?

-No, ha ido a dar una vuelta para aliviar la tensión,

tuvimos que preparar una farsa para que no me hicieran tropa.

-Sí, estoy al tanto. ¿Libre?

-Por los pelos.

Y no es por canguelo, el enredo,... es que mi Antoñito es "pancifista".

-Pacifista. Que tengo principios, vamos.

-Felicidades, es algo que no abunda en estos tiempos.

-Bueno, pues le diré a mi padre que ha venido a verle.

-Con Dios. -Don Felipe,

¿ha conocido al banquero? -Nos han presentado, sí,

parece un hombre cabal.

-Y de culo inquieto. -Bueno, eso tampoco lo sabemos.

-Algo sí, que por el humo se sabe "ande" está el fuego.

Yo que pensaba que doña Genoveva estaba "enamorá" del Alday,

y encima con un hombre mayor.

-A lo mejor lo ha hecho precisamente por eso,

al sentirse sola, ha necesitado casarse.

-Ya.

Si por un decir tú me faltas, yo me muero bien muerta,

y si no, me corto el dedo de la alianza.

-Cada persona es un mundo.

Nadie sabe cómo reaccionará ante la muerte de un ser querido.

Buenos días.

-Bueno, quizá tenga razón. Voy a ir a hablar con Genoveva...

y le pido perdón por Samuel y por el dinero,

a ver si esta vez me escucha. -Pero no te entretengas mucho,

que luego tenemos la comida.

-Para celebrar que no te vas a la guerra.

Ven aquí, "pancifista".

-Tú dirás lo que quieras, pero el tal Emilio tiene traza de chuleta.

-A su edad, ¿quién no lo es?

-No parece que lo tuyo con el libro sea un noviazgo muy largo.

-Te falta una candelabro para parecer enteramente un fantasma.

-Espera.

¿Qué te pasa, mi niña?

Tengo que hablarles.

-Ni que te lo hubiéramos vedado.

De Emilio.

-¿De Emilio?

¿Qué tienes que ver con el del restaurante?

Un poco. -¿Cómo que un poco?

-Espera,... que no creo que vaya por ahí la cosa.

¿O sí?

He andado en tratos con Victoriano.

¿A mis espaldas?

-Pues claro, deja que se explique.

-A ver,...

¿qué tratos son esos?

Me ofreció convertirse en mi representante.

-¿Y tú le diste el sí?

Iba a conseguirme un teatro en las afueras.

-¿Ibas a seguir actuando a pesar de mi prohibición?

Que no van por ahí las cuitas.

Va de Emilio, la pelea y el cerdo de Victoriano.

-¿Por qué cerdo? -¿Te ha enredado?

Lo intentó, ayer.

Me subió al coche y quiso besarme. -¡Será mamón!

A ese no lo salva ni el Cristo de los Faroles.

-¡Ahora me acuerdo! ¿Te dije o no que me sonaba su jeta?

Era el empresario más pulpo que he conocido.

¡Se le caigan las manos en una brasa, las dos!

Cállense,...

llegó la sangre al río porque Emilio le endiñó.

Bien hecho.

Si llego a estar yo, me hago un collar con sus dientes.

-¿Y por qué te lo habías callado?

Padre, yo no quería, pero...

Emilio me dijo que él lo arreglaría,

sin que me tuviera que exponer

a las habladurías.

-Pues no está mal pensado, no.

Buen muchacho. Habrá que echarle una mano.

O las dos.

-Ay, Señor, qué amargura y qué desazón,

entre tú y Emilio, Emilio y tú, vais a acabar conmigo.

Dios mío, pero ¿a qué tenías tú que entrar en tratos

con el sátiro ese de Victoriano?

¡¿Qué te había dicho yo de la farándula y sus consecuencias?!

¡Ay, Jesús, Jesús, Jesús!

(TARAREA)

-Bueno. Voy a subir a ver a Casilda.

-Ah, ¿no abres el quiosco? -Sí, en cuanto baje,

pero tengo que informarme de las novedades,

que muchos clientes preguntan y no me gusta quedarme "pasmá".

-Yo tengo que subir al altillo, pero después, que Servando

está esperándome para que le ayude. -Pues "cuidaito".

-Che, che, che, che, che. Un besito.

Con Dios.

Buenas.

-Me han dicho que ha encontrado unos guantes.

-Sí, ¿son suyos? -Del Ejército,

yo los tengo en usufructo.

-Enseguida se los traigo.

-No me digas. -Es que se me había pasado,

con lo del hijo de doña Felicia, pero ahora te lo cuento.

Don Ramón, pelando la pava con la criada.

Que lo vi con estos ojos que Dios me ha dado.

-No puede ser. A ver, no te digo que la noticia

no sea jugosa, pero no se pueden adelantar acontecimientos,

no se puede llamar "pelar la pava" a una conversación.

-No se limitaron a piar.

Él le regaló un colgante,

y costoso a juzgar por la solemnidad de la entrega.

-Siempre fue generoso, el señor Palacios.

-Para enredar a una criada no hace falta darle dote.

-Pero es que Carmen fue señora, quizá le exigió algo más

y por lo mismo la pareja no es como parece.

-Sí, tú dale alas.

Como si a don Ramón le hubiera importado alguna vez

la categoría de sus mujeres. Trini, manicura de Cabrahígo,

y esta, señora venida a menos.

-No te enciendas, que no hay quien te apague.

Y vamos a ver a Felicia, a ver qué pasó con su hijo.

-Vamos.

Buenas.

-Vaya, vaya, vaya con el señor Palacios.

Ir regalando joyitas a las criadas mientras se las da de infeliz.

-Aquí tiene, sus manoplas.

-¿Sabe a qué hora abre la mantequería?

-A esta hora suele estar abierta, pero hoy están de celebración.

Don Antoñito se ha "librao" de servir en África.

Pues de nada.

-Entonces, ¿ha decidido ya el juez? -Todavía no,...

pero parece que pintan bastos y que irás a juicio.

¿Cómo pudiste arrearle a ese hombre con tanta saña?

-Lo que merecía. -Anda, calla.

Encima no alardees de tu imprudencia.

-Doña Felicia. -Buenas.

-¿Cómo está usted, gallito? -Encima.

No le ría la gracia usted, por favor.

-¿Qué hace aquí, don José?

-Nada, no se alarme.

He acompañado a mi chiquilla a prestar declaración.

Mientras ella rellena las cuartillas,

quería venir a darle las gracias

por defender la honra de mi familia.

-¿Qué honra?

-La de los Domínguez Del Campo.

Estoy en deuda con el muchacho.

-¿Quiere alguien explicarme esta ceremonia?

-Emilio le curtió el cuero al malaje por defender a mi Cinta.

-Pero ¿por qué no me lo has dicho antes?

-Porque su hijo de usted, además de bravo,

es un caballero.

No quería que supiera que don Victoriano había tratado,

y digo tratado,...

de sobrepasarse.

Estaba dispuesto a asumir la culpa, cosa que le honra.

-¿Estabas dispuesto a dejarme sola?

-A veces, un caballero

ha de sacrificarlo todo por una mujer.

Conténtese, doña Felicia, que no hemos permitido que sucediera.

Antes habladurías que un inocente en presidio.

-Era mi deber, madre.

-Gracias redobladas.

Voy a ver si han terminado.

Señora. -Con Dios.

No creas que no te entiendo, hijo.

Hiciste bien,...

pero no tenías que haberme mentido.

(Voz de esfuerzo)

(RESUELLA)

Bueno...

-Pan con pan, comida de tontos.

¿Ha visto usted a la Casilda? No está en casa de doña Rosina.

-Aquí tampoco está.

De estar aquí, me hubiera metido chorizo en el pan.

¿Y tu esposo? Había "quedao" conmigo en ayudarme.

-Ya lo hará, que ahora está "ocupao".

-¿"Ocupao"? "Ocupao" estoy yo, que soy empresario.

-Ya.

No parece que esos tubos pesen tanto.

-Tienes un ojo clínico que... "Pa" moverlo dos o tres palmos

he "tenío" que parar "pa" el avituallamiento.

-Venga ya, no sea blandengue.

Entre usted y yo lo cargamos. -A ver.

Tú lo has querido.

Espera.

-Agárrelo bien, no sea que se caiga. -Tú no te preocupes por mí,

agarra de ahí, a la de tres subimos: una, dos y tres.

Ahí "agarrao", ahí "agarrao". -Uy, uy, uy, uy.

¡Ay, Servando!

-Dios, Dios.

No se apure,...

pues no he "levantao" yo tubos más grandes que este.

Dios, Dios, Dios, Dios, Dios.

"Cuidao".

A ver, por aquí.

-(GRITA) -Agarre.

Dios.

Ahí va.

-Pero ¿cómo...? -"Cuidao".

Dios.

Es que... Que la he "desgraciao".

Dios.

-Ya estoy aquí, Servando. ¡Marcelina!

-Que le ha "dao" un vahído. -¿Qué le ha hecho usted, animal?

-Oiga, que la que se ha "presentao" voluntaria ha sido ella.

-¿La ha hecho cargar con los tubos?

-No.

Dele una galleta, a ver si espabila, hombre.

-Marcelina. Eh.

Marcelina.

Gracias a Dios.

-Menos mal, pelillos a la mar.

-¿Estás bien, estás bien, cordera?

-Sí, sí, sí, pero no gracias a Dios,

sino a la casualidad, que Dios no existe.

¡Uy!

Uy, uy, uy.

Uy, quita, quita.

-África, "pa" los africanos, suegro.

-Gracias, padre, sé que no ha sido nada fácil para usted

prestarse a esta farsa. -Lo ha hecho de rechupete.

-Y en contra de su propio sentido del honor.

-Ya, ya lo sé, pero solo tengo ganas de reírme.

-Pues ríe, hija, ríe. -Muchas gracias.

De no ser por usted, ahora estaría más sola que el lotero de mi pueblo.

-Ha merecido la pena pasar por este mal trago.

-¿Por qué no lo celebramos con un espumoso?

-Eso, eso, cosquillitas.

-Se las presumen muy felices, ¿verdad?

No me mire así, don Juan.

-Se llama don Ramón,

hombre, que "pa" ser usted inspector "tie" muy mala memoria.

-Don Ramón Palacios, sí,

no se me despinta, pero solo los don Juanes regalan joyas a las criadas.

-Pero ¿qué dice, ha bebido o qué?

-No, están borrachos ustedes, porque solo alguien

con la cabeza embotada sería capaz de engañarme.

¿Con que un viejito confundido y con un pie fuera del mundo?

Y, sin embargo, no le importa gastar el dinero en las Maritornes.

-Eso no se lo voy a consentir. -Menudo pieza es su padre.

Con todos esos años y mírale, seduciendo a una tal Carmen

a costa de su patrimonio. En cuanto a usted,...

me encargaré de que cumpla el servicio militar

en el agujero más apestoso... y con mayor peligro.

Buenas tardes, apoquinado. -No es gallina,

es "pancifista".

-¿Crees que no sé por qué mantuviste en secreto la causa de la pelea?

-No le busque los tres pies al gato,

he dicho que trataba de mantener la honra de Cinta.

-No tenías que haberte metido. ¿Quién te mandó?

-No podría no hacerlo en una situación así.

-Sabiendo que solo podrías salir perdiendo.

-Madre, ese hombre trató de abusar de ella,...

y usted sabe la injusticia de la sociedad.

Muchos pensarían que ella habría tratado de incitarle.

-A otro perro con ese hueso. Me lo querías ocultar a mí.

Sabías que me enfadaría cuando supiera

que habías perdido los nervios.

-Ni pensé en eso.

-Contrólate, hijo.

Contrólate...

o saldrán a la luz las cosas del pasado,

y para nada nos interesa

que se conozcan en Acacias. -Ya lo sé, madre,

no hace falta que me trate como un niño pequeño.

-Es lo que pareces cuando pierdes el control de tus actos.

Sabes que lo que ocurrió... nos tendrá hipotecados de por vida.

Por favor, por favor, no lo agraves más.

-Está usted en lo cierto, madre,...

tendré cuidado extremo.

-No lo olvides, hijo,... es importante.

-¿Podré salir esta noche de aquí?

-La policía quiere que te quedes una noche más.

Espero que esto no nos traiga ningún problema.

(SUSPIRA)

-Y todo por su culpa, padre.

-Amor, no digas eso, ten respeto.

-Sí, cuando esté en el Rif escuchando las balas,

entonces podré ser más respetuoso con él.

-Lo siento.

Yo he hecho lo que he podido para que ese inspector nos creyera.

-¿Y lo de Carmen? ¿Cómo que tiene una relación con ella?

-Sí, es cierto. -Con una criada.

-Yo también era una criada cuando nos conocimos.

-Y se entera el inspector antes que nosotros.

-Yo tenía la intención de contarlo, pero con este lío...

-Eso son mentiras, padre, como siempre, una mentira sobre otra.

-Para, tranquilízate, amor mío. -Hijo,

hoy mismo íbamos a contarlo.

Puede que Carmen esté a punto de aparecer,

porque habíamos quedado aquí para hablar los cuatro.

-Precisamente hoy. ¿No se da cuenta que siempre lo mismo, mintiendo?

(Golpean la puerta)

-Mira, aquí está.

Pase, Carmen.

Pase.

Ella os podrá contar.

-Buenas tardes.

-Carmen, vete por donde has venido que no vienes en buen momento.

-Hijo,...

un respeto con ella.

Carmen es la mujer que he elegido y tú no eres quién para tratarla mal.

-Es un irresponsable.

-Insolente. No tienes ningún derecho a hablarme así.

-Tengo el derecho de quien se va a pasar tres años

luchando en una guerra en África.

-Yo lo único que he hecho ha sido tratar de ayudarte,

mientras tú te limitabas a compadecerte de ti mismo.

-Lo que ha hecho es acabar con las posibilidades que tenía

de llevar una vida normal.

-¡Ojalá algún día puedas llevar las riendas de tu vida

y no haya que guiarte como a un infante!

-¡Pues a lo mejor algún día lo hago! -¡Basta ya!

Ahora lo que tenemos que pensar

es una solución.

-Aprender a disparar un Máuser sería una buena solución,

así no me matan los rifeños,

pero mi padre podrá seguir con sus líos amorosos.

-¡No insultes a Carmen!

-Ella no tiene culpa de nada, es usted.

-No te consiento... -No tiene que consentirme nada.

Me voy, no quiero verle.

-Don Ramón, perdónele.

Perdónele, está como loco, hablaré con él.

-Ve, venga, ve, ve, ve.

-Ramón, lo siento,...

no era mi intención que todo esto ocurriera.

-No te apures, que tú no tienes la culpa de nada.

Anda, vámonos al banco del parque, que necesito sentarme y pensar.

(Llaman a la puerta)

Adelante.

La primera vez que entro en tu habitación.

¿Ya has terminado el trabajo?

Sí. Por hoy he tenido suficiente.

¿No sales a pasear con las vecinas?

Te estarán esperando, ahora que saben que eres la esposa

de un banquero de renombre.

No estoy segura, no me han invitado.

Lo harán,... y no tardarán.

Se disputarán el caminar de tu brazo.

No habrás olvidado...

nuestro acuerdo, ¿verdad? Claro que no.

Porque yo estoy cumpliendo con las condiciones.

Y yo cumpliré con las mías.

¿Te ocurre algo, querida?

¿Me amenazas? No.

No tengo que hacer nada contra ti, nunca te haría daño.

Solo tengo que dejar de protegerte.

Hay...

gente...

que no te quiere bien, Genoveva.

-Si nadie hubiera ido con el cotilleo de nuestra relación,

nada habría pasado.

-Ya. Ha sido quien me imagino, ¿verdad?

-¿Quién va a ser? Doña Susana.

-Ojalá yo hubiera tenido a alguien que me obligara a estudiar.

Por eso me empeño con Cinta.

-Pero ella quiere ser artista. -No, si puedo evitarlo.

-Antoñito me ha decepcionado.

Siempre protegido por mí y por Trini, por su esposa,...

no he sabido darle las armas suficientes

como para enfrentarse a la vida, Carmen.

Para una vez que tiene que responder por sí mismo,

se agobia y arremete contra todo.

-Déjeme tomarme el café,

que no he "dormío" en "toa" la noche, y todo por su culpa.

-¿Se ha "quejao", la Marcelina?

-"Toa" la noche pegando vueltas en la cama.

Le he dicho que descansara,

pero se ha empeñado en abrir el quiosco.

Ahora iré a ver cómo le va. Está muy rara.

-Por el golpe en la cabeza. -Pues sí.

Se ha puesto a buscar todos los crucifijos y estampitas de santos.

-¿Qué iba, a rezar? -No, no,

eso no sería raro, es lo que hace todas las mañanas.

"Pa" meterlos en una bolsa. Me temo que iba a tirarlo.

-No quería encontrarme con mi padre.

-Ya sabes lo que pienso de eso. Deberías hacer las paces con él.

-No me pidas eso, estamos así precisamente

por su falta de sensatez.

-¿Te da lo mismo que Úrsula viva en el altillo?

Estoy indignada.

-¿Por qué? -¿Cómo que por qué?

Por favor, Liberto.

A ver, en el altillo solo deben vivir las criadas de este edificio,

¿no te importa?

La realidad, Fabiana,...

es que la gente no perdona, digan lo que digan.

Sé que cometí muchos errores en el pasado,

pero ya hace muchos años que no he tenido pendencias con nadie.

Cierto.

Y sin embargo,...

los vecinos no han cambiado de opinión.

Nadie me ha perdonado.

Me ha pedido mi esposa que venga a merendar.

Estaremos encantados de recibirla.

Allí estaré.

Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.

Gracias, querida.

Bien, ya saben cómo funciona: cada uno se sirve lo que quiera.

No ha venido su hijo, don Ramón.

-Tenía asuntos de negocios que le impedían ausentarse

de sus obligaciones.

-Cuánto lo siento,

pero celebremos que los demás estamos aquí.

-¿Se ha "solucionao" el asunto de tu "marío"?

-Solucionarse, Casilda,...

va de mal en peor.

Solo nos queda esperar que no le toque un mal lugar,

como el norte de África.

-Para todos ha sido una sorpresa su matrimonio con Genoveva.

¿Hace mucho tiempo que se conocen?

-¿Creen que Genoveva es una mujer que uno haga que se piense mucho

el casarse con ella?

Es...

tan bella,...

que es una decisión que se toma casi a primera vista.

Marcelina, me ha dicho el párroco que no has pasado

a por la Gaceta Episcopal.

Ahí la dejo. -Pues llévesela de vuelta.

-¿Qué?

-Que no la pienso vender más,

que no me da un céntimo de beneficio.

Y esto es un negocio. -Perdona,

pero no sé de lo que hablas.

-Nos gustaría pedirle disculpas por no haberle prestado ayuda

a Samuel cuando nos lo solicitó.

No supimos estar a la altura de su amistad.

La deuda de mi difunto esposo ha sido saldada por Alfredo.

Es un tema del pasado que trato de no recordar.

Por fin me puedo sentar.

¿Cansada?

Los años,...

y las escaleras que hay que subir para llegar al altillo,

llego agotada.

Además, no me encuentro bien últimamente,

nada grave,

solo mal cuerpo.

Debería ir a ver un médico.

Los médicos son caros.

-Buenas noches.

Mi esposo no está, ha ido a cenar con don Liberto

al Nuevo Siglo XX.

Es con usted con quien quiero hablar.

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Acacias 38 - Capítulo 1006

07 may 2019

Alfredo Bryce es presentado en sociedad. Los vecinos se sorprenden por la diferencia de edad de la pareja. Liberto es el primero en romper el incómodo silencio proponiendo un brindis. Genoveva y Alfredo inician su matrimonio con distancia y hablan acerca de un misterioso pacto.
Emilio golpea a Victoriano al descubrirle intentando abusar de Cinta. Ella muy digna le replica que no necesita de su protección, sin embargo, Emilio declara su amor. Victoriano denuncia al joven y termina en el calabozo, le pide a Cinta que no cuente nada, sin embargo, ella con la intervención de su padre, logra ponerlo en libertad.
El inspector da el visto bueno para que Antoñito no vaya a África, pero se entera de que Ramón está fingiendo. Las cosas se complican para el joven Palacios.
Marcelina ayuda a Servando a transportar un tubo y termina por golpearse la cabeza, a raíz del accidente comienza a comportarse y hablar de forma extraña.
Todos los vecinos están felices con la llegada del banquero: un hombre culto, amable y muy rico, pero ¿por qué Genoveva se casaría con él?

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  1. Sagrario

    Pacifista se hace llamar Antoñito. Este lo que tiene es un canguelo de aúpa.

    10 may 2019
  2. Lidia

    Viendo el avance, por un momento me he imaginado a don Felipe con Genoveva... Interesante pareja

    08 may 2019
  3. Ana

    Me encanta. Me entretiene. Me relaja. Me distrae. Adoro esta serie.

    07 may 2019