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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1015 - ver ahora
Transcripción completa

Es el pago por la tranquilidad de mi esposa.

Espero que con ese dinero

demos por finalizada la relación que les une.

No quiero que vuelva a acercarse a ella nunca más.

He decidido retirarle la palabra

a Marcelina, a Casilda y al listo ese de Jacinto.

-Son sus amigos.

-No hasta que no me pidan disculpas.

Solo le ha mandado un reconstituyente

para que no se canse tanto.

A mí me sigue pareciendo raro.

Yo no me siento como antes.

Cuanto más lo pienso, más claro lo tengo.

Carmen está intentando parecerse a Trinidad Crespo.

¿Y Agustina?

En su alcoba.

Algo le sentó mal y prefirió retirarse a descansar.

Marlene no se va a ir por las buenas,

así que,... tendrás que hacer algo para que se vaya,

aunque sea por las malas.

-¿Quién es? -Cristóbal Cabrera.

Anoche, Lolita vio a un hombre muy parecido a él.

Debemos estar atentos por si vuelve a aparecer.

¿De qué duda?

De los verdaderos motivos por los que Ramón ha empezado

una relación conmigo.

¿Y si solo quisiera moldearme

para que me pareciera a su difunta esposa?

No pararé hasta saber dónde está mi hermano.

Mi hermano cometió el error de acercarse a tu marido.

Aún no sé si le empujó el amor

o la fortuna del hombre que se había encaprichado de él.

Aquí tienes la respuesta.

Si lo hubiese amado, jamás hubiese tomado estos retratos.

No le juzgues, Genoveva,

tenía un buen motivo para mandarlos hacer.

No tardó en darse cuenta de lo peligroso que era su amante.

Tenía que protegerse.

¿Protegerse o chantajearle?

En cubrirse las espaldas.

Era consciente del golpe que resultaría

para un hombre como Bryce,

que se hiciera público que mantenía relaciones prohibidas

por la ley de Dios.

Pero fuese lo que fuese

para lo que quisiera en realidad las fotografías,

lo que resulta evidente es que no le resultaron efectivas.

Poco después de realizarlas,

mi hermano desapareció.

¿Y no has vuelto a saber de él?

Genoveva, ya conoces la respuesta.

Las dos sabemos que no le volveré a ver.

Tu esposo se habrá cuidado de hacer desaparecer el cadáver.

No sabes que Alfredo ordenara su muerte.

No me cabe duda de eso.

Así actúan estos hombres cuando sus juguetes dejan de agradarles,

se deshacen de ellos.

Pero había algo con lo que no contaba,

con que mi hermano me hubiera entregado los negativos.

Tú le descubriste su error extorsionándole con ellas.

Y no dejaré de hacerlo hasta que logre arruinarle la vida.

Ese será su castigo.

¿Cómo puedo hacer que cambies de parecer?

No puedes.

En lugar de intentarlo, deberías unirte a mí y a mi propósito.

Genoveva,

el hombre con el que te has casado es el demonio.

Juntas podríamos destruirlo.

Eres una ingenua, nada podemos hacer contra él.

Ni siquiera con los negativos podríamos destruirle.

Alfredo sabe protegerse bien.

Eso está por ver. ¡A todo cerdo le llega su san Martín!

Baja la voz.

Ceja en tu empeño.

Acabará destruyéndote a ti.

De nada van a servir tus amenazas.

Tu hermano no va a aparecer.

Pero quizá seas tú la que salga del juego.

Veo que Alfredo cuenta con una fiel esbirra.

¿Me estás amenazando en su nombre? No,

te estoy advirtiendo.

Llevo días haciéndolo, rogándote que te marches de Acacias.

Puedo conseguirte dinero.

Puedo conseguir una elevada suma.

Viene alguien, no pueden vernos juntas.

(Puerta)

Puedes localizarme en Amparo 7.

Ahí seguiremos hablando a salvo de miradas indiscretas.

Vale, pero vete.

¿Por qué no te alejas de ese hombre?

Genoveva, has sido como una hermana para mí,

me parte el alma verte bajo su yugo.

Ojalá fuera libre, pero no lo soy.

¿Por qué no está en casa con los invitados?

Ahora subía.

Le pedía a Jacinto que estuviera pendiente de unos amigos.

¿Ya se marchaba la señora?

¿Quién era esa mujer con la que hablaba?

No lo sé, no la conocía, nos hemos cruzado en el portal.

¿Quiere hacerme alguna pregunta más, don Felipe?

No estoy acostumbrada a que me sometan

a caprichosos interrogatorios.

Disculpe, no quería molestarla.

Voy a dar un paseo, necesito un poco de aire.

Más tarde volveré al mercadillo.

Espero que me perdone por mi curiosidad,

y que después brinde conmigo.

Será un placer.

Con Dios. Con Dios.

(Sintonía de "Acacias 38")

Camino, me aguardan en casa de Genoveva para el mercadillo,

hace rato que empezó. Los vecinos

se preguntarán por qué no he acudido.

¿Hay algo que quieres decirme? -(ASIENTE)

-¿Te ocurre algo?

-(NIEGA)

¿Por qué me retenías entonces?

Coloca los centros de mesa, que es tarde.

Emilio, cuida de tu hermana, está alterada, algo le ocurre.

-De acuerdo, yo me encargaré de ella.

-Hasta luego.

Hasta luego, cielo.

-Gracias por no contarle lo que has visto.

Sí, sí, camino, estoy loco.

He perdido la cabeza por Cinta.

"¿La amas?".

Sí.

Más de lo que pensé que se pudiera amar.

Pero no te preocupes,

haré lo que esté en mi mano para que nadie más se entere.

Para que vivamos nuestro amor en paz.

Considéralo como lo que es,

una buena noticia.

A lo mejor ha llegado el momento de que la suerte cambie para nosotros.

De hecho, he podido apreciar que estás

más animada.

¿Empiezas a encontrarte más cómoda en Acacias?

¿Has conocido a los vecinos y has visto que son buena gente?

¿Ya no les tienes miedo?

-(NIEGA)

-Claro que no. No hay nada que temer.

Nadie te hará daño, te lo juro.

No lo permitiré.

¿Me das un abrazo?

Anda, ven.

A ver.

Hemos reunido una fortuna con el mercadillo.

-Todos se mostraron de lo más generosos.

Todos han colaborado como pudieron.

-Unos más que otros.

A parte del ungüento de Fabiana, no te he visto comprar nada de valor.

-Claro, es que, como parte de la organización,

pues no me pareció oportuno privar a los invitados

de comprar cualquier cosa que les apeteciera.

Me tiene asombrada la capacidad de convocatoria de don Alfredo.

-El matrimonio ha reunido a los más selecto de la sociedad.

-Y han podido quedar delante de todo el mundo

como personas solidarias y generosas.

-No veo inconveniente en que quiera sacar beneficio a su obra.

Don Alfredo es muy inteligente.

-Su esposo cuenta con su amistad.

-Mi Liberto es así, amable con todos.

-Don Felipe también parece muy interesado en él.

-Sí, en don Alfredo y en su esposa Genoveva.

-¿Qué tratas de insinuar, Rosina?

-No insinúo nada, pero no le quitaba los ojos de encima.

-Yo no noté nada.

-Qué poco observadoras sois.

Incluso os diré, que Genoveva,

se fue del mercadillo un momento,

y que en ese mismo instante, también lo hizo Felipe.

-Creo que te estás excediendo de suspicaz, Rosina.

¿Qué quieres decir,

que escaparon para estar juntos?

-Yo digo lo que vi. -Me cuesta creerlo.

Si tuvieran algo que ocultar, no serían tan torpes

como para salir de esa reunión a la vista de todos.

-Por no hablar de que Felipe

no se ha repuesto de la pérdida de su esposa.

-A pesar de haber sido un mujeriego, así es.

-Vale, quizá me he equivocado.

Ahora que lo decís, ¿no es curioso que un calavera, como era Felipe,

aún guarde luto por su esposa, y sin embargo,

don Ramón ya tenga otra mujer?

-Así son los hombres.

Nunca dejan de sorprendernos.

-Ha sido extraño que Carmen no apareciera por el mercadillo.

¿No habrá querido venir?

-Quizá don Ramón no haya querido llevarla

sabiendo las familias que iban a venir.

-Es de entender. Carmen no es mujer para alguien de su posición

y clase.

-Así es.

(Música)

Carmen. Adelante.

Como no has venido al mercadillo,

he pensado que quizás podíamos brindar aquí los dos solos.

Y si quieres, también podemos bailar,

tenemos la casa para nosotros dos.

Te eché de menos en casa de los Bryce.

Compréndeme, no me hubiera sentido cómoda.

-Poco a poco.

Eso va a cambiar, ya lo verás.

Ya te irás acostumbrando a ir de mi brazo.

No tenemos nada de lo que avergonzarnos.

-Lo que yo no quisiera es causarte inconvenientes.

-Nunca lo serás para mí.

-Pero quizá sí para tus vecinos y amigos.

Seguro que piensan que no hago honor a tu nombre.

Pues están muy equivocados, y vamos a demostrárselo.

He pensado en invitar

a las señoras a tomar un té en casa.

Y quiero que estés presente,

como novia mía que eres.

-¿Será una buena idea?

-Por supuesto que sí.

Con tu simpatía, te las vas a meter en el bolsillo.

-Ramón, yo no resulto de lo más extrovertida.

-Claro que lo eres. Si hicieras un esfuerzo,

lo serías aún más.

Tranquila.

Todo va a ir bien, ya lo verás.

¿Quiere usted bailar conmigo?

A las buenas, prima. -A las buenas.

-¿Qué? ¿Qué me dices del mercadillo?

Anda que, las señoras tenían parné pa gastarlo en delicadezas,

y ahí estaban, peleándose por unos bollos en el mercadillo.

-Prima, saben apreciar lo que es bueno.

-No dejaron ni las migajas.

Fueron muy alabaos los bollos de la señá Arantxa.

-El mercadillo fue un éxito.

-Además,

han tenío que recaudar un dineral.

Un señor se dejó mucho dinero en un jarrón. Bueno,

y la mujer del señor notario,

vaya donativo dejó por el abanico de doña Bellita.

-Ay, lo que me hubiese gustao quedarme con ese abanico.

-Prima, mujer, nosotras nunca tendremos cosas tan finas,

y mucho menos de gente tan célebre.

-Ya lo sé, prima, pero soñar es gratis.

-¿Qué me vas a contar?

Anoche me dieron las tantas

recogiendo la casa de los señores Bryce.

Ahora tengo que subir pa dejarlo to limpio.

-(CARRASPEA)

-A las buenas, Servando. -(CARRASPEA)

Aquí estábamos comentando el mercadillo.

-Aquí tiene su periódico, Servando.

-(CARRASPEA)

-¿Hasta cuándo va a estar sin hablar?

-Conociéndolo, con lo cabezota que es, se pue tirar to la vida.

-Ay, ¿quién iba a decirle a una que iba a echar de menos sus tontás?

-Tal vez haya una manera de que vuelva a hablar de una santa vez.

-Pues ya me dirás cómo.

-Tenemos que tratar con él un asunto que le pirre.

Ya verás cómo no mantiene el pico cerrao.

-¿Y de qué podríamos hablar?

-¿Qué es lo que más le importa?

Las castañas de Naveros. -Claro.

-Ven y verás.

Servando.

A ver si nos puede ayudar.

Estábamos comentando cuáles son las mejores castañas

de toda España. -Yo decía que...

las mejores eran las del Bierzo.

-Pero ya le decía yo a mi prima,

que se equivoca,

que las mejores castañas están más cerca.

Y que si no me cree, que le pregunte a usted, que sabe de esto.

¿A que las mejores castañas de todo el mundo

son las que están en el pueblo de al lao del suyo?

De Pontiveros, ¿eh?

-(SE ENFADA)

-Pues sí que se ha enfadao, sí.

Vamos a hablarle del mulato de la Paciencia.

-Vale.

¿Y Arantxa, Canelita?

Eso mismo me pregunto yo.

La estoy esperando para la lección.

Pues aprovecharé pa cortarme queso...

y servirme un vino.

Si Arantxa me ve, me regaña por comer entre horas.

Diga que sí, que hace muy bien.

Estamos muy orgullosos de cómo te estás comportando últimamente.

Se lo agradezco, padre.

Aunque no te voy a engañar,

también seguimos preocupaos

por si vuelves a las andadas, que ya nos conocemos.

Padre, no tiene nada que temer.

A mí me gustaría creerte.

Pero contigo no se puede estar tranquilo.

Prométeme que mientras estemos en Buenos Aires

no harás nada de lo que puedas arrepentirte.

Tiene mi palabra.

Pues ya está.

No necesito nada más.

Eso vale más que el oro.

Lo que yo más quiero en este mundo es a tu madre y a ti.

Se me parte el corazón cuando os veo discutir.

(Puerta)

-Cinta, ¿preparada para la lección?

¿Qué hace usted aquí, señor?

-No me diga más, dando buena cuenta del queso, ¿no?

-¿Qué queso?

Qué cosas tienes, Arantxa.

-Desde luego, tu padre no tiene remedio.

Y tú, así tan mustia, ¿qué te pasa, pues?

Tata, que le acabo de prometer a mi padre

que no les avergonzaría mientras están en Argentina.

Cinta, eso es lo mínimo.

¿Qué problema te acarrea tal promesa?

Que dudo mucho que pueda cumplirla.

Ay, amá.

Ay, amá.

De hecho, no la estoy llevando a cabo.

Jesús, María y José, ¿qué has hecho, criatura, qué has hecho?

Ay, amá.

Emilio y yo nos hemos besao.

¿Una vez?

Una docena.

(HABLA EN EUSKERA)

Estamos enamorados.

(HABLA EN ESUKERA)

¿Qué dices, Arantxa? Mejor no sepas lo que digo.

(TARAREA)

¿Cómo llevas la faena, Casilda?

Bien, señora.

Terminando, aunque

le reconozco que mis sudores me ha costao dejarlo to fetén.

La casa está impecable.

Parece que nunca se hubiera celebrado aquí una fiesta.

Te lo agradezco.

No hay de qué. Yo estoy bregá a recoger fiestas.

Ya puedes marcharte, lo poco que queda lo terminaré yo misma.

Pero ¿cómo me voy a marchar dejando la faena a medias?

No es menester que te quedes. Toma, por las molestias.

Señora, si ya me pagó el jornal.

Es una propina.

Madre del amor hermoso. Vaya propinaza.

Se lo agradezco de corazón, doña Genoveva.

Bueno, que siempre

que necesite ayuda, puede contar conmigo.

Cuento contigo. Te acompaño a la puerta.

Sí, sí.

Muchas gracias. Con Dios.

con Dios.

¿Ya se ha ido esa criada? Sí, ya se ha ido.

Entonces estamos solos.

¿Qué querías comentarme antes con tanta urgencia?

Podríamos organizar una fiesta por todo lo alto.

Con los vecinos, para celebrar el éxito del mercadillo.

Me gustaría agasajarles por su generosidad.

No me parece mal.

Te extenderé un cheque.

¿Será suficiente con 1000 pesetas?

Sí, sí, será suficiente.

Gracias.

Estoy cansada de no poder gritar mi amor a los cuatro vientos.

Tenía que decírselo a alguien.

¿A quién mejor que a ti? Ya.

¿Y no podías haber elegido a otra? Tú también...

¿Qué quieres, que tu madre nos pasé de un cuerno a otro

como hace el toro cuando se entere?

¿En qué estabas pensando, Cinta?

¿No podías haber elegido otro pretendiente?

Esas cosas no se eligen.

Habla el corazón.

Y pensar que al principio odiaba a Emilio...

Ya te podías haber quedao así. Nos hubieras ahorrado problemas.

El día que me defendió ante el canalla de Victoriano,

me di cuenta de mi error. Me he rendido a sus pies.

Pero si a mí me gusta Emilio, me parece buen muchacho,

aunque sea lo más alejao de lo que sueñe tu madre para ti.

Ningún diplomático me haría más dichosa.

Y si estás segura de eso,

¿por qué no se lo decís a vuestras familias?

Emilio tampoco es un mindundi.

Tu madre acabaría aceptándolo.

Es muy reciente, estamos tomándonos un tiempo.

Pues no debéis esperar mucho, ¿eh?

Porque acabarán descubriéndoos y será peor.

Tienes razón, Arantxa. ¿Sabes qué?

Haré que nuestro noviazgo salga a la luz lo antes posible.

Y así, mis padres se van más tranquilos.

Eso, ya lo dudo más.

Algo se te ocurrirá para evitarlo, porque no ganamos pa sustos contigo.

¿Has desayunao ya?

Sí, sí, me he tomado un café.

Pues venga, a la lección. Los ríos vascos.

¿Otra vez? Otra vez.

¿Qué ocurre, Alfredo?

Antes,...

desearía hacerte una sencilla pregunta.

¿Para qué quieres el dinero?

Para organizar la fiesta, ¿para qué otra cosa si no?

No sé.

Se me ocurren otras opciones. Por ejemplo,...

dárselo a Marlene.

Buah.

Alfredo, ni siquiera me voy a rebajar a contestarte eso.

Tenemos un pacto, y no te he dado motivos

para pensar que no cumpla mi parte.

Tu talante es suficiente para inquietarme.

Prometiste actuar una vez pasado el mercadillo.

Y así lo haré.

(EXHALA)

Está bien.

Tendrás tu oportunidad.

Voy a ausentarme unos días de la ciudad para asistir

a la junta de accionistas del Banco Americano.

Así podrás actuar con libertad.

Saldré esta misma tarde. A mi vuelta,

celebraremos esa fiesta con los vecinos.

En ella,...

espero brindar contigo por tu éxito.

"Marlene, tengo lo que te prometí".

"Ven a mi casa cuando anochezca".

No lo mires tanto, que lo vas a desgastar.

-¿Ha visto uste?, menudo dineral.

Y por un día de faena.

Ya podría aprender doña Rosina. -A ver.

Arrea, Casilda, estás hecha una potentada.

Entre las propinas que te da Lolita cuando la ayudas,

las que te da una servidora cuando me ayudas con los manteles

y lo que empezará a darte doña Genoveva,

vas a tener más parné que el mismísimo Ramón en su buena época.

-Quiera Dios que tenga usted razón.

Mis buenos sudores me cuesta ganarme ca peseta.

-En eso ties más razón que un santo, hija.

Y pocas hay tan trabajadoras como tú.

-Es que aprendí de uste.

Señá Carmen, ¿adónde va cargá con esas ropas tan bonitas?

-Si tanto te gustan, te las regalo, yo no las quiero para nada.

-Arrea,

hoy tie que ser mi día de suerte.

-¿Ha perdido el oremus?

¿Por qué se va a desprender de esas prendas tan fetén?

-Un momento, ¿estas ropas no son las que le regaló don Ramón?

-Sí, pero nada tienen que ver conmigo esos ropajes.

-Pues nada, yo le tomo la palabra. No vaya a ser que se arrepienta.

Aunque, bueno, no sé si me lo voy a quedar,

lo mismo me da apuro encontrarme con don Ramón

y que me vea con esta ropa que le ha regalao.

Pero... me voy a probármelo to.

-Toma, que te dejas esto.

-¿Qué ocurre, Carmen?

No está usted nada satisfecha.

-Ay, Fabiana,

está visto que la felicidad no puede ser completa.

¿Por qué Ramón no me acepta como soy, como hizo con Trini,

como su hijo hizo con Lolita?

-Carmen, don Ramón la ama.

-Puede ser,

pero no sé si a mí o a quien le recuerdo.

¿Por qué me tengo que parecer a su difunta esposa?

No puedo imaginar que él sintiese eso.

Fabiana, me ha tenido engañada.

-Temple. Lo que tiene que hacer es contarle eso al interesao,

que hablando se entiende la gente, Carmen.

-Tiene razón.

Me estoy comportando como una cobarde, pero se terminó.

Esta tarde, Ramón ha invitado a las vecinas a una merienda.

Y yo voy a ir tal y como soy.

Sin más fingimientos, Fabiana,

tal y como soy.

(Música)

Don Rafael, qué alegría verle.

¿Se une usted al baile?

-No, hoy no,

ando un poco fatigado.

-Tome asiento. -Con mucho gusto.

-Ahí está Cesáreo, Camino,

¿quieres bailar con él?

Si te apetece, hazlo, es un buen hombre.

No tienes que temer nada de él.

-Buenas tardes. -Buenas.

¿Me concedes este baile, Camino?

-(ASIENTE) -Gracias.

Ven.

Así. Déjate llevar por la música.

Vamos. Yo te llevo.

Y... uno, dos tres. Uno, dos, tres.

-Mire a Camino, madre, parece dichosa.

Ha llegado la hora de la verdad.

-¿Estás segura de lo que vas a hacer?

Así es.

Que Dios nos coja confesaos. Ahí, amá.

Gracias por la invitación, es usted muy amable.

-No hay de qué.

-¿Don Ramón no se va a unir?

Me temo que no podrán contar con su presencia.

Tiene otra cita. Nos ha invitado a merendar a las vecinas.

Ha elegido mejor compañía.

-Lo olvidaba, Rosina también acudirá a esa merienda.

-Había quedao con mi señora para ir juntas.

En tal caso, no las haré esperar. Te veo a mi regreso, querido.

-Lo dudo, en un rato saldré a la estación.

Entonces, nos despedimos ahora. Te echaré de menos.

Sigan con su tertulia,

no les entretengo más. Con Dios.

Con Dios.

-Nos deja, don Alfredo.

-No, solo por unos días.

Debo acudir a la junta del Banco Americano.

-No parece un plan tentador.

-Se equivoca. Cuando los negocios van viento en popa,

las juntas son excusas para encontrarse con los amigos

y celebrar éxitos.

-Le envidio, créame.

Quién pudiera decir lo mismo de sus negocios.

-No malinterprete mis palabras. Aunque la fortuna me sonríe,

en la vida he sufrido muchos fracasos.

Es parte del juego.

-Juego en el que ahora va ganando.

-No puedo quejarme.

El Banco Americano solo me ha dado alegrías.

Y dinero.

-Me alegro. Yo también tengo pensado

salir de viaje. Mi mujer va a actuar en Argentina.

-Otra buena noticia. Imagino que no serán pocos días, ¿no?

-Una temporadita.

-¿Cinta les acompañará?

-No, no hay necesidad de distraer a la niña.

Ella se quedará en casa estudiando.

Estoy tranquilo dejándola con Arantxa.

Seguro que no nos dará ni un solo quebradero de cabeza.

-Seguro que no, Cinta parece muy buena niña.

(Música)

Arantxa, toma los guantes.

(Aplausos)

¿Te apetece bailar la siguiente pieza o estás fatigada?

Ya veo que no.

-¿Me concedería este baile?

(ASIENTE)

-Emilio, te dejo al cargo.

Don Ramón nos ha invitado a merendar y no quiero llegar tarde.

¿Me has escuchado? -Sí, madre, no se preocupe por nada.

-Es un placer bailar con usted.

Es la mujer más bella de toda la fiesta.

Agradezco su cumplido.

(Aplausos)

Por desgracia, como ve, no todos los placeres son eternos.

Si me disculpa, voy a tomar agua.

Por supuesto.

Emilio, ¿me pone un vaso de agua?

Cuando anochezca, le aguardo en el callejón. No falte.

Allí estaré.

Se olvida de su vaso de agua. No tengo sed.

(Llaman a la puerta)

Disculpa, se me ha echado la hora encima.

-No te preocupes, aún no han llegado nuestras invitadas.

¿Por qué no te has puesto nada de lo que te regalé?

-Porque no acababa de estar cómoda.

Me sentía como otra persona.

-Haberlo dicho, mujer.

Si algo no te quedaba bien, se hubiera llevado a la modista

para arreglarlo.

(Llaman)

Ya están aquí.

-Este hombre no se entera de nada. -Sean bienvenidas.

-No hay peor sordo que el que no quiere oír.

-Esperamos no llegar tarde.

-No, en absoluto. De hecho, Carmen acaba de llegar.

Vayan dejando sus pertenencias. Gracias.

-Buenas. -Buenas.

-Hola. -Carmen,

ya veo que has estado a punto de llegar tarde,

ni te has podido cambiar de vestido.

-¿Por qué no van tomando asiento, señoras?

Genoveva. Gracias.

Les serviré el té y unos pasteles.

-No, Ramón.

Siéntate con tus invitadas, me encargo yo de atenderles.

-De ninguna manera.

-¿Por qué no?

Estoy acostumbrada a hacerlo.

No se me van a caer los anillos por servir unas tazas de té.

Lo sé bien, Carmen. Mientras estuvo a mi servicio,

siempre me atendió con suma cortesía.

Aún la echo de menos como criada.

Disculpe si la he incomodado, no era mi intención.

No se disculpe.

¿Por qué me iba a molestar que alabase mi trabajo?

Al contrario.

Quería felicitarle por su relación con don Ramón.

Me alegro mucho por ambos.

-Eso.

José también me ha pedido que les felicite.

-Muchas gracias.

-Bueno, pues... -Disculpen, al final...

ni uno ni el otro les estamos sirviendo té,

y van a pensar que pretendíamos matarlas de hambre.

-(RÍEN) -Ahora mismo lo traigo todo.

Bueno, al final, ¿qué?

-Yo ya no sé qué más hacer con este hombre.

Me tiene harta.

-¿No tenía mi prima un plan pa que el Servando hablara?

-Sí. Pero ha sío como el que tiene tos y se acuesta con su abuela.

Empezamos criticando las castañas de Naveros.

-¿Y eso no le hizo saltar? -Na de na.

Como el que oye llover.

Luego le hablamos de su Paciencia y el mulato.

Pero tampoco.

-Arrea, sí que le pinchasteis, sí.

-Nunca mejor dicho, que luego lo intentamos con un alfiler.

-¿Qué?

-Es que, ya no sabíamos qué más hacer,

así que pasamos de las palabras a los hechos.

Y...

le clavamos un alfiler en sus posaderas.

-Bueno, al menos, le sacaríais un grito.

-(NIEGA)

Se le caían unos lagrimones por toda la cara,

pero no hizo ni un carraspeo.

Vais a tener que abandonar vuestro empeño si no queréis matarle.

-Sí, ya se me están quitando las ganas.

Si no quiere hablarme, allá él, que la cosa no fue pa tanto.

-Mujer,

lo mismo hay una forma muy sencilla de que se le pase el enojo.

-¿Cuál? -Blanco y en botella.

Deberíamos pedirle disculpas, y aquí paz y después gloria.

-¿Pedirle disculpas?

Si fui yo quien se llevó el cachiporrazo.

-Mujer, entiéndelo. -Por ahí viene.

-(CARRASPEA)

-A las buenas.

Viene a por las herramientas que me prestó ayer.

-(CARRASPEA)

-Jacinto, ¿entiendes ya sus carraspeos?

-Me voy haciendo a la idea.

Ya sabes lo que tenemos que hacer.

-Está bien.

Pero no me mires con esa cara, que sabes que no puedo negarte na.

(SUSPIRA)

Servando, que...

quiero que sepa que siento mucho haberle ofendió.

Aunque no entiendo muy bien por qué.

-(CHISTA)

-Pero le pido perdón.

Sobre todo, por no oír más al pesao de mi esposo.

-Lo dicho, que lo lamentamos, ¿eh?

Acepte nuestras disculpas y... háblenos de una santa vez.

-(NO PUEDE HABLAR)

-Pero ¿y ahora qué le pasa?

-La, la... -Creo que esta vez se ha quedao

mudo de verdad. ¿Está bien?

-Si lo sé no le pido disculpas. -Ve a por un vaso de agua.

-Sí, sí. -Siéntese aquí, Servando, tranquilo.

Que si es por las herramientas, se las doy ahora. Siéntese.

-(SE QUEJA) -Servando ,Servando.

Beba agua, beba agua. -El pinchazo, ¿eh?

To el día pinchando a la gente y ahora... No, no.

El mercadillo ha sido un éxito rotundo.

-Le estamos agradecidas de organizarlo en su casa, Genoveva.

No hay de qué.

Hay que apoyar las buenas causas.

-Es una lástima que no hayas podido asistir, Carmen.

¿Acaso tenías faena que atender?

-Así es. -Creo que...

tengo guardado en la despensa una botellita de vino dulce

que les va a gustar.

-No sé si debo.

-Claro que sí, si solo será un dedal.

-Sea, que el vino dulce nunca ha hecho mal a nadie.

-Y de paso, traiga un pastelito. (RÍE)

Lo digo para que no se nos suba el vino.

-Rosina...

-Voy a buscarlo. Ramón, trae tú el vino.

-Claro.

No sé qué ha visto don Ramón en ella, es muy siesa.

-Está nerviosa. -No debería,

que tampoco mordemos, digo yo.

Ya irá cogiendo confianza. Carmen es muy buena mujer.

Eso nadie lo duda.

Lo que no sé es si ella puede cambiar mucho.

De donde no hay, no se puede sacar.

-No conocieron a Trini, pero era... Ella sí sabía estar.

Era la alegría de la huerta, la salsa de todas las fiestas.

-Así es, Rosina. Se la echa tanto de menos.

-Aquí tienen los dulces.

-Sí que va a hacer falta el vino, sí.

Señoras, que esto es un merienda, no un funeral.

-(RÍEN)

Me van a disculpar, pero me tengo que marchar.

Yo también, que se me ha hecho tarde.

-De ninguna manera. Ninguna se irá hasta probar este vino.

Y si no, podíamos jugar unas partidas de parchís de parejas.

¿Recuerdan ustedes? Nos enseñó Trini.

Era una variante de lo que jugaban en Cabrahígo.

-Era muy divertido. -A Trini le gustaba mucho jugar.

Menudas veladas pasábamos.

Suena tentador, pero no me puedo quedar, la modista me aguarda.

-Y yo tampoco, que tengo asuntos que atender.

Pero ya me enseñarán en otra ocasión.

Hasta pronto y muchísimas gracias por invitarnos.

Sí, muchas gracias.

No hace falta que nos acompañen a la puerta.

Señoras. -Adiós.

Ay, pues una lástima, somos impares.

-Descuiden, yo no conozco el juego, echen la partida ustedes.

-No, Carmen, hacemos otra cosa.

-Si no le importa, seguro que se lo pasa bien mirando.

-Usted y yo jugaremos juntos, que hemos sido socios.

-Yo jugaré con Susana.

Espero estar a la altura. Ahora me enseñas las reglas.

-Hombre.

-Bien, pues pasemos a la mesa, señoras.

-Vamos.

Señor, dame fuerzas para soportar tan dura prueba.

Padrenuestro que estás en los cielos,

santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino,

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy.

Agustina.

¿No me ha oído que estaba llamando?

Estaba empezando a preocuparme.

Antes he visto al doctor Maduro salir del edificio.

Sí, ha venido a verme.

¿Por qué motivo?

¿Ha traído el resultado de los exámenes?

¿Ha confirmado que todo está en orden?

Agustina, por el amor de Dios, se lo ruego, hable.

¿No ve que me tiene con el corazón en un puño?

Úrsula,...

me estoy muriendo.

¡Oh!

Carmen, aguarda.

Vete, por favor, te lo ruego, déjame.

-¿Adónde se supone que vas? -No lo sé.

Lejos de estas calles o lejos de ti.

-Pero ¿qué estás diciendo, Carmen?

¿Qué ha sucedido en la merienda para que te marches así?

¿Alguna de mis invitadas te ha ofendido sin que me diera cuenta?

-No, Ramón, no ha sido ninguna invitada, has sido tú.

-¿Yo? ¿Qué he hecho yo para molestarte así?

-¡Que yo no soy Trini!

¡Y nunca lo voy a ser!

-Carmen...

¿Qué estás diciendo?

-¿No lo ves?

No te has dado cuenta de lo que estabas haciendo.

Ramón, has tratado de convertirme en la que fuera tu esposa.

-No, eso no es cierto. -Sí, Ramón, sí lo es.

Acéptalo.

No me gustan los vestidos que me compras ni me gusta

que trates de convertirme

en una persona graciosa y extrovertida,

¡porque yo no lo soy!

Nunca lo he sido. -Carmen...

-¡Déjame acabar!

Me rompe el corazón,

pero si lo que buscas es una copia de tu pobre esposa,

quizá sea mejor que no nos veamos más.

Aunque quisiera,

yo nunca podré dejar de ser quien soy.

No veía el momento de poder estrecharla entre mis brazos.

De estar solos, lejos de todo.

¿Por qué me ha citado aquí?

¿Hay algo que desee decirme?

Su sonrisa me intriga más.

¿Qué sucede?

Nada. Solo quiero que me bese,

que me bese como si no hubiera un mañana.

Sus deseos son órdenes.

Dígame,...

¿no está cansado de estar escondiéndonos de todo el mundo?

Así es.

Ardo en deseos de poder gritar nuestro amor.

Ojalá podamos terminar con esta farsa de una vez por todas.

(Pasos)

Descuide,...

creo que ese momento ya ha llegado.

Ya ha acabado todo, al fin.

Aún me cuesta creerlo.

Te aseguré que conseguiría el dinero.

¿Cómo has logrado que tu esposo cediera?

Digamos que no le he dicho toda la verdad.

¿No sabe que el parné es para mí?

¿Qué hará cuando lo descubra? No te preocupes por eso ahora.

Ya me las apañaré.

Eres una buen amiga. Has vuelto a demostrármelo.

Si no nos cuidamos entre nosotras, nadie lo hará.

Antes de marcharte, brindemos por nosotras.

Te acepto ese trago.

Pero hay algo que no sé si has terminado de comprender.

Te agradezco mucho lo que has hecho,

pero este monís no es suficiente para callar mi boca para siempre.

La dos sabemos que lo que tengo vale mucho más.

Alfredo sería capaz de cualquier cosa por mantener su imagen.

Nunca permitirá que se publiquen unas fotos así cueste lo que cueste.

Tienes razón,... nunca lo permitirá.

Por eso, vas a entregarme los negativos

y te vas a marchar para siempre.

Así de sencillo.

Te enviaré dinero siempre que lo necesites.

No te fallaré.

Lo sé, nunca lo has hecho.

¿Pero?

Compréndeme, no es que no confíe en ti,

pero me pides demasiado, renunciar a mi seguro de vida.

Suponía que esa sería tu respuesta.

Lo siento.

Sí.

Yo también.

(TOSE)

(TOSE)

(SE AHOGA)

¿Cómo has podido?

(TOSE)

¿Cómo has podido?

(TOSE)

(SE AHOGA)

Por favor...

¿Qué más te dijo el médico?

No existe tratamiento, no hay curación.

Difícil será ocultarlo.

Si usted no dice nada, no tienen por qué enterarse.

Si Emilio se entera de que estás enredando a sus espaldas...

¿Y por qué se va a enterar Emilio? Todo va a ir sobre ruedas.

Nadie tendrá tiempo para reflexiones.

Eso, si doña Felicia traga y no se opone al noviazgo.

No se detengan por nada.

Hasta que se deshagan del baúl, ni una palabra.

Que viene. -¿Quién viene, tos?

-No, no, solo Milagros,

que va a venir por las vacaciones.

No puedes tener nada con ella,

absolutamente nada. No puedes seguir enamorándola

y comportándote como si fueras un crío.

Y esto no debería decírtelo yo, ¿me has escuchado?

Felipe me ha enseñao un retrato de uno que anda por el barrio.

Quería saber si es quien vimos cuando liquidaron a Samuel.

-¿Y era él?

-Como cree que no puede estar a la altura de doña Trini,

se inventa eso de que don Ramón quie cambiarla.

-No soy yo la que quiere ser más alegre ni tener más chispa,

no soy yo la que se ha comprado unos vestidos llamativos

como si fuera Trini, ¿Es de Emilio?

Sí. Que me quiere ver en el callejón esta tarde.

¿Una amiga? ¿Qué amiga?

-Pues una con la que eran uña y carne, como hermanas.

Se conocieron en Bilbao y pasaron mucho tiempo juntas.

-¿No te ha dicho el nombre de esa mujer?

-Marlene.

¿Qué te pasa?

Emilio.

Estás temblando.

No podemos seguir viéndonos.

Acacias 38 - Capítulo 1015

20 may 2019

Ramón organiza una reunión para que las señoras de Acacias acepten a Carmen, pero sale mal. Carmen acusa a Ramón de querer convertirla en Trini.
Camino consigue superar sus miedos al bailar con Cesáreo.
Emilio confiesa a Camino que está enamorado de Cinta, la cual también hace lo mismo con Arantxa. Felicia descubre a la pareja besándose.
El médico visita a Agustina; el diagnóstico es devastador: se está muriendo.
Genoveva decide pagar a Marlén para que se vaya Acacias y se deshaga de las fotos de Alfredo. Pero cuando las mujeres se citan, Genoveva envenena a Marlén. El trato con Alfredo se ha cumplido.

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